IX
Me había presentado a las ocho de la noche en casa del señor de Franchi, a preguntarle si no tenía alguna recomendación para hacerme, y él me había rogado que aguardara hasta el día siguiente, contestándome con un aire particular.
—La noche trae consejo.
Al día siguiente, pues, en lugar de ir a buscarle a las ocho, lo que nos hubiera dado suficiente margen para estar a las nueve en el sitio de la cita, me presenté a las siete y media en casa de Luis de Franchi.
Estaba en su gabinete, escribiendo.
Al oir el ruido que hice abriendo la puerta, se volvió. Estaba muy pálido.
—Discúlpeme usted—me dijo—voy a acabar de escribir a mi madre; siéntese usted y tome un diario.La Pressetrae un folletín encantador del señor Mery.
Tomé el diario indicado y me senté considerando con asombro el contraste que formaba la palidez, casi lívida del joven con su dulce voz, grave y tranquila.
Traté de leer, pero mientras seguía las letras con los ojos, las palabras no presentaban a mi espíritu el menor significado. Al cabo de cinco minutos me dijo Luis:
—He terminado—y llamó al ayuda de cámara, para ordenarle:—José, no estoy para nadie, ni siquiera para Giordano; si viene, hágalo usted entrar en el salón; deseo estar diez minutos a solas con este señor, sin ser interrumpido.
El criado salió y cerró la puerta.
—Usted sabe, mi querido Alejandro, que Giordano es corso, tiene ideas corsas; por eso no puedo fiarme de él; lepediré que guarde el secreto, y nada más; en cuanto a usted, es necesario que me prometa ejecutar punto por punto mis instrucciones.
—Sin duda alguna, ¿no es ése el deber del testigo?
—Deber tanto más real cuanto que de ese modo ahorrará usted una segunda desgracia a mi familia.
—¿Una segunda desgracia?—pregunté sorprendido.
—Tome usted, lea esta carta que dirijo a mi madre:
Tomé la carta de manos de de Franchi y leí con creciente asombro:
«Mi querida madre:—Si no supiese que es usted fuerte como una espartana y sumisa como una cristiana, emplearía todos los medios posibles para prepararla al horrible acontecimiento que va a herirla a usted: ¡cuando reciba usted esta carta ya no tendrá sino un hijo, Luciano, mi excelente hermano que la amará por los dos!«Anteayer me ha dado un ataque de fiebre cerebral, cuyos primeros síntomas descuidé; el médico ha llegado demasiado tarde; querida madre mía, ya no hay remedio para mí, si no sobreviene un milagro, ¿y qué derecho tengo de esperar que Dios haga por mí ese milagro?«Le escribo a usted en un momento lúcido; si muero, esta carta será echada al correo un cuarto de hora después de mi muerte; porque, en el egoísmo de mi amor hacia usted, quiero que usted sepa que he muerto sin echar de menos otra cosa que su cariño y el de mi hermano.«Adiós, madre mía, no llore usted; el alma y no el cuerpo era lo que la amaba a usted, y a cualquier parte a que vaya continuará amándola.«Adiós, Luciano; no te alejes nunca de nuestra madre, y recuerda que ya sólo le quedas tú.—Luis de Franchi».
«Mi querida madre:—Si no supiese que es usted fuerte como una espartana y sumisa como una cristiana, emplearía todos los medios posibles para prepararla al horrible acontecimiento que va a herirla a usted: ¡cuando reciba usted esta carta ya no tendrá sino un hijo, Luciano, mi excelente hermano que la amará por los dos!
«Anteayer me ha dado un ataque de fiebre cerebral, cuyos primeros síntomas descuidé; el médico ha llegado demasiado tarde; querida madre mía, ya no hay remedio para mí, si no sobreviene un milagro, ¿y qué derecho tengo de esperar que Dios haga por mí ese milagro?
«Le escribo a usted en un momento lúcido; si muero, esta carta será echada al correo un cuarto de hora después de mi muerte; porque, en el egoísmo de mi amor hacia usted, quiero que usted sepa que he muerto sin echar de menos otra cosa que su cariño y el de mi hermano.
«Adiós, madre mía, no llore usted; el alma y no el cuerpo era lo que la amaba a usted, y a cualquier parte a que vaya continuará amándola.
«Adiós, Luciano; no te alejes nunca de nuestra madre, y recuerda que ya sólo le quedas tú.—Luis de Franchi».
Después de leer estas palabras me volví hacia el que las había escrito.
—Pero—le pregunté,—¿qué significa esto?
—¿No lo comprende usted?—me preguntó.
—No.
—Es que seré muerto a las nueve y diez minutos.
—Que, ¿lo van a matar a usted?...
—Sí.
—¿Pero está usted loco? ¿Por qué abrigar una idea semejante?
—No estoy loco, ni preocupado, amigo mío. Estoy prevenido, nada más.
—Prevenido, ¿y por quién?
—¿Mi hermano no le ha contado a usted—preguntó sonriendo Luis,—que los varones de mi familia gozan de un privilegio singular?
—Es verdad—contesté, estremeciéndome a pesar mío.—Me ha hablado de apariciones...
—Precisamente. Pues bien, esta noche se me ha aparecido mi padre; por eso me ha encontrado usted tan pálido: la vista de los muertos hace palidecer a los vivos.
Lo miré con asombro no exento de terror.
—¿Usted ha visto a su padre esta noche, dice?
—Sí.
—¿Y le ha hablado?
—Me ha anunciado mi muerte.
—Sería algún horrible sueño.
—Era una terrible realidad.
—¿Estaba usted dormido?
—Velaba. ¿No cree usted que un padre puede visitar a su hijo?
Bajé la cabeza, pues en el fondo de mi corazón no creía en esa posibilidad.
—¿Cómo sucedió?—le pregunté.
—¡Oh, Dios mío! de la manera más sencilla y más natural. Hallábame leyendo y aguardaba a mi padre, pues sabía que si corría algún peligro se me aparecería, cuando a la media noche mi lámpara palideció sin que hubiera causa visible para ello, la puerta se abrió lentamente y apareció mi padre.
—Pero ¿cómo?—pregunté.
—Pues como cuando vivía: vestido con el traje que llevaba habitualmente; sólo que estaba muy pálido y sus ojos no miraban.
—¡Oh, Dios mío!
—Acercóse lentamente a mi lecho. Yo me incorporé, sosteniéndome en el codo.
—Sea usted el bienvenido, padre mío—le dije.
Acercóse a mí, me miró fijamente, y me pareció que sus ojos sin brillo se animaban por la fuerza del amor paterno...
—Continúe usted. ¡Eso es terrible!...
—Entonces movió los labios, y cosa extraña, aunque suspalabras no produjeran ruido alguno, las oí resonar en mi interior, distintas y vibrantes como un eco.
—¿Y qué le dijo a usted?
—«¡Piensa en Dios, hijo mío!»—«¿Seré muerto en ese duelo?»—pregunté.—Y vi que dos lágrimas corrían de aquellos ojos sin luz, deslizándose por el pálido rostro del espectro. «¿Y a qué hora?»—interrogué.—Volvió el índice hacia el reloj. Seguí la dirección indicada. El reloj señalaba las nueve y diez minutos.—«Está bien, padre»—dije entonces.—«Que se haga la voluntad de Dios. Dejo a mi madre, es verdad, pero voy a reunirme con usted». Una pálida sonrisa vagó entonces por sus labios, y haciéndome una señal de adiós se alejó de mí. Abrióse la puerta a su paso... desapareció y la puerta se cerró tras él.
Este relato estaba tan sencilla y tan naturalmente dicho, que me pareció evidente que la escena contada por Luis de Franchi había sucedido realmente, o que en la preocupación de su espíritu había sido juguete de una ilusión que había tomado por la realidad, y que, por consiguiente, era tan terrible como ella.
Enjugué el sudor que me corría por la frente.
—Ahora bien—continuó Luis,—usted conoce a mi hermano, ¿verdad?
—Sí.
—¿Qué cree usted que hará en cuanto sepa que he sido muerto en duelo?
—Saldrá inmediatamente de Sollecaro para venir a batirse con el matador.
—Precisamente, y si lo mata también, mi pobre madre quedará tres veces viuda, viuda de su marido, viuda de sus dos hijos.
—¡Lo comprendo! Eso sería horroroso.
—Pues bien, eso es lo que hay que evitar... Creyendo que he muerto de una fiebre cerebral, mi hermano no atacará a nadie, y mi madre se consolará más fácilmente, si cree que me ha arrebatado la voluntad de Dios, que si sabe que he muerto a manos de un hombre... A menos que...
—¿A menos qué?—repetí.
—¡Ah, no!...—exclamó Luis.—Espero que no ha de suceder semejante cosa.
Comprendí que contestaba a un temor personal, y no insistí.
En ese momento la puerta se entreabrió.
—Mi querido de Franchi—dijo el barón Giordano, presentándose,—he respetado tu consigna mientras ha sido posible. Pero son las ocho, la cita es para las nueve, tenemos legua y media que andar, y debemos ponernos inmediatamente en marcha.
—Estoy pronto, querido—dijo Luis.—Entra. Ya he dicho a este caballero cuanto tenía que decirle.
Y se puso un dedo en los labios, mirándome.
—En cuanto a ti, amigo mío—volviéndose hacia la mesa y tomando un sobre lacrado,—he aquí lo que te destino. Si me sucediera una desgracia, lee este billete y confórmate, te lo ruego, con lo que en él te pido.
—¡Perfectamente! ¿Estaba usted encargado de las armas?—me preguntó el barón Giordano.—¿Están en el carruaje?
—Sí—contesté,—pero al salir he notado que uno de los gatillos funcionaba mal. De paso tomaremos en casa de Devisme una caja de pistolas.
Luis me miró sonriendo y me tendió la mano; había comprendido mi intención de no dejarlo matar con mis pistolas.
—¿Tienen ustedes un carruaje—preguntó Luis,—o hay que mandar en busca de uno con José?
—Ahí está mi cupé—dijo el barón,—y apretándonos un poco cabremos los tres. Como ya estamos algo retrasados, siempre andaremos más ligero con mis caballos que con los de un fiacre.
—Vamos—dijo Luis.
Y bajamos. En la puerta nos aguardaba José.
—¿Iré con el señor?—preguntó.
—No, José, es inútil; no lo necesito—contestó Luis.
Y quedándose hacia atrás:
—Tome, amigo mío—agregó, poniéndole en la mano unas monedas de oro,—y si he sido duro con usted en algún momento de mal humor, perdónemelo.
—¡Oh, señor!—exclamó José con las lágrimas en los ojos,—¿qué significa eso?
—¡Nada!—dijo Luis, lanzándose al carruaje, en el que se sentó entre nosotros dos.
—Era un buen servidor—dijo mirando por última vez a José,—y si uno u otro puede serle útil, lo agradeceré de veras.
—¿Lo despides acaso?—preguntó el barón.
—No—contestó Luis sonriendo.—Lo dejo, nada más.
Nos detuvimos frente a casa de Devisme, nada más que el tiempo necesario para tomar una caja de pistolas, pólvora y balas; después salimos al trote largo de los caballos.
A las nueve menos cinco minutos estábamos en Vincennes, un carruaje llegaba al mismo tiempo que el nuestro: era el del señor de Chateau-Renaud.
Nos internamos en el bosque por dos caminos diferentes. Nuestros cocheros debían reunirse en la gran alameda.
Pocos instantes después nos hallábamos en el punto de la cita.
—Señores—dijo Luis, bajando primero,—ya saben ustedes que no hay arreglo posible.
—Pero, sin embargo...—dije.
—¡Oh, querido! recuerde usted la confidencia que le he hecho; usted, menos que nadie, tiene derecho para hacer ni recibir proposiciones...
Bajé la cabeza ante aquella voluntad absoluta, que, para mí, era una voluntad suprema.
Dejamos a Luis junto al carruaje, y nos acercamos a los señores de Boissy y de Chateaugrand; el barón Giordano llevaba la caja de pistolas.
Cambiamos un saludo.
—Señores—dijo el barón Giordano,—en circunstancias como ésta, los cumplidos más cortos son los mejores, porque podemos ser incomodados de un momento a otro. Nos encargamos de traer las armas: helas aquí. Pueden ustedes examinarlas: acabamos de tomarlas de casa del armero, y damos a usted nuestra palabra de que el señor Luis de Franchi no las ha visto siquiera.
—Esa declaración era inútil, caballero—contestó el vizconde de Chateaugrand,—ya sabemos con quién tenemos que habérnoslas.
Y tomando una pistola mientras que el señor de Boissy tomaba la otra, los dos testigos hicieron jugar los gatillos y examinaron el calibre.
—Son pistolas comunes de tiro—dijo el barón,—y no han servido todavía: ahora falta saber si los adversarios pueden hacer uso de ellas puestas al pelo.
—Me parece—dijo el señor de Boissy,—que cada cual debe hacer lo que le convenga y lo que acostumbre.
—Sea—contestó el barón Giordano.—Todas las probabilidades iguales son aceptables.
—Entonces, usted se lo advertirá al señor de Franchi, y nosotros se lo diremos al señor de Chateau-Renaud.
—Perfectamente; ahora, caballero, como nosotros hemos traído las pistolas, a ustedes les corresponde cargarlas.
Los jóvenes tomaron cada uno una pistola, midieron rigurosamente la misma carga de pólvora, tomaron al azar dos balas, y las metieron en el cañón, empujándolas con la baqueta.
Mientras duraba la operación, en la que no quise tomar parte, me acerqué a Luis, que me recibió con la sonrisa en los labios.
—No olvide usted nada de cuanto le he pedido—me dijo,—y trate de conseguir que Giordano, a quien, por otra parte, se lo pido en la carta que le di, no cuente nada ni a mi madre ni a mi hermano. Trate usted también, de que los diarios no hablen de este asunto, y si lo hacen, de que no pongan nombres.
—¿Sigue usted teniendo la terrible convicción de que este duelo ha de ser fatal?—le pregunté.
—Estoy más convencido que nunca; pero hágame la justicia por lo menos de confesar que veo venir la muerte como un verdadero corso.
—Su tranquilidad, mi querido de Franchi, es tan grande que me da la esperanza de que ni usted mismo esté bien convencido.
Luis sacó el reloj.
—Todavía tengo siete minutos de vida—dijo,—y ahora que pienso en ello, tome usted mi reloj; guárdelo, se lo ruego, como un recuerdo mío: es un excelente Bregut.
Tomé el reloj y estreché la mano de Franchi.
—Dentro de ocho minutos—exclamé,—espero poder devolvérselo.
—No hablemos más de eso; esos caballeros se acercan.
—Señores—dijo el vizconde de Chateaugrand,—aquí, a la derecha, debe haber un claro que me ha servido a mí mismo el año pasado; ¿quieren ustedes que lo busquemos?
—Guíenos usted, caballero—dijo Giordano,—le seguimos a usted.
El vizconde echó a andar delante y lo seguimos, formando dos grupos separados. En efecto, a unos treinta pasos de allí, siguiendo un declive apenas sensible, nos encontramos en medio de un claro que en otro tiempo, sin duda, debía haber sido una charca semejante a la de Auteuil, yque, completamente desecada, formaba una hondonada completamente rodeada por un talud; el terreno parecía, pues, hecho a propósito para servir de teatro a una escena como la que iba a desarrollarse.
—Señor de Martelli—dijo el vizconde,—¿quiere usted medir los pasos conmigo?
El barón contestó con un saludo de asentimiento; luego, poniéndose al lado del señor de Chateaugrand, ambos midieron los veinte pasos convenidos.
Todavía permanecí algunos instantes solo con de Franchi.
—A propósito—me dijo,—encontrará usted mi testamento sobre la mesa en que escribía cuando entró usted esta mañana.
—Muy bien—contesté;—esté usted tranquilo.
—Señores, cuando ustedes dispongan—dijo el vizconde de Chateaugrand.
—Aquí estoy—contestó Luis.—Adiós, querido amigo; gracias por todos los trabajos que le he dado, sin contar—agregó con melancólica sonrisa—los que aún tengo que darle.
Le tomé la mano. Estaba fría, pero sin agitación alguna.
—¡Vamos!—exclamé,—olvide usted la aparición, y apunte lo mejor que pueda.
—¿Se acuerda usted delFreischütz?
—Sí.
—Pues, entonces, ya sabe usted que cada bala tiene su destino. Adiós.
Encontró a su paso al barón Giordano que tenía la pistola destinada a él; la tomó, la amartilló, y sin mirarla siquiera fué a ocupar su sitio, indicado por un pañuelo.
El señor de Chateau-Renaud estaba ya en el suyo.
Hubo un instante de terrible silencio mientras ambos jóvenes saludaban a sus testigos, luego a los de sus adversarios, y luego se saludaban entre sí.
El señor de Chateau-Renaud parecía estar acostumbrado a esta clase de asuntos, y sonreía como un hombre seguro de su destreza. Quizá supiera que de Franchi tomaba por primera vez una pistola.
Luis estaba tranquilo y frío; su hermosa cabellera parecía la de un busto de mármol.
—¡Vamos, señores!—dijo Chateaugrand,—prepárense ustedes.
Y en seguida, golpeando las manos, exclamó:
—Una... dos... tres.
Los dos tiros se confundieron en una misma detonación. Y al mismo tiempo vi que Luis de Franchi giraba dos veces sobre sí mismo, para caer luego sobre la rodilla izquierda.
Chateau-Renaud quedó en pie. Sólo tenía atravesado por la bala el faldón de la levita.
Me precipité hacia Luis.
—¿Está usted herido?—pregunté, aunque lo estuviera viendo.
Trató de contestarme, pero sin conseguirlo; en sus labios apareció un poco de espuma sanguinolenta. Al propio tiempo dejó escapar la pistola y se llevó la mano al costado derecho.
En la levita apenas se le veía un agujerito, en que cabría la punta del dedo meñique.
—¡Señor barón!—exclamé,—corra usted al cuartel y traiga al cirujano del regimiento.
Pero de Franchi, reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, detuvo a Giordano indicándole con un movimiento de cabeza que la diligencia era inútil.
Y cayó sobre la otra rodilla.
Chateau-Renaud se alejó al punto, pero sus testigos se acercaron al herido.
Mientras tanto habíamos abierto la levita y rasgado el chaleco y la camisa.
La bala penetraba debajo de la sexta costilla de la derecha y salía algo más arriba del cuadril izquierdo.
A cada respiración del moribundo, la sangre salía por las dos heridas.
No había remedio.
—Señor de Franchi—dijo el vizconde de Chateaugrand,—crea usted que sentimos muchísimo el desenlace de este malhadado asunto, y esperamos que no guardará usted rencor al señor de Chateau-Renaud.
—Sí, sí...—murmuró el herido,—sí, le perdono... pero que se marche, que se marche...
Luego, volviéndose hacia mí, me dijo:
—¡Recuerde usted su promesa!
—¡Oh! le juro que la cumpliré.
—Y ahora—agregó sonriendo,—mire usted el reloj.
Y se desplomó lanzando un suspiro.
Era el último.
Miré el reloj: señalaba, precisamente, las nueve y diez minutos.
En seguida dirigí la vista hacia Luis de Franchi: ¡estaba muerto!
Condujimos el cadáver a la casa, y mientras el barón Giordano iba a hacer su declaración ante el comisario de policía del barrio, yo, ayudado por José, le subí a su cuarto. El pobre mozo lloraba a mares.
Al entrar, mis ojos se dirigieron involuntariamente al reloj: señalaba las nueve y diez minutos.
Sin duda habían olvidado de darle cuerda, y se había detenido en la hora fatal.
Un momento después, el barón Giordano entró con gente del juzgado que, advertida por él, iba a poner los sellos.
Quería enviar tarjetas a los amigos del difunto, comunicándoles la dolorosa noticia, pero le rogué que antes leyera la carta que le había dejado Luis al partir.
En esa carta le rogaba que ocultase a Luciano la causa de su muerte, y lo invitaba a que hiciera el entierro con el menor ruido posible, y sin pompa alguna.
El barón Giordano se encargó de todos esos detalles, y yo fuí a visitar a los señores de Boissy y de Chateaugrand, para rogarles que guardaran reserva sobre el desgraciado suceso, y que aconsejaran a Chateau-Renaud que saliera por algún tiempo de París.
—Sería muy posible—les dije,—que de otro modo tuviera este duelo mayores consecuencias para él: naturalmente no hay que decírselo...
Me prometieron secundar mis deseos en cuanto estuviera en sus manos, y mientras iban a casa de Chateau-Renaud, yo fuí a poner en el correo la carta que anunciaba a la señora de Franchi que su hijo acababa de morir de una fiebre cerebral.