VI

VI

Griffo nos aguardaba. Y antes de que su amo le dirigiera la palabra, ya había registrado el bolsillo de la blusa y sacado el faisán. Bastóle oir el tiro para conocerlo.

La señora de Franchi no estaba acostada todavía; pero se había retirado a su habitación, encargando a Griffo que invitara a Luciano a que fuera a hablar con ella antes de acostarse.

El joven averiguó si podía faltarme algo, y ante mi respuesta negativa me pidió permiso para entrar a ver a su madre.

Le di, naturalmente, libertad completa, y subí a mi habitación.

Volví a verla con cierto orgullo. Mis estudios acerca de las analogías no me habían engañado, y me envanecía de haber adivinado el carácter de Luis, como hubiera adivinado también, en el mismo caso, el carácter de Luciano. Desnudéme, pues, lentamente, y después de tomar lasOrientales, de Víctor Hugo, en la biblioteca del futuro abogado, me metí en cama satisfecho de mí mismo.

Acababa de leer por la centésima vez elFuego del Cielo, cuando oí unos pasos en la escalera, que luego iban a detenerse muy quedo a mi puerta; sospeché que fuera mi huésped deseoso de darme las buenas noches, pero al propio tiempo temeroso de que me hubiera dormido ya.

—Entre usted—dije,—dejando el libro sobre la mesa de noche.

Abrióse la puerta, efectivamente, y apareció Luciano.

—Dispense usted—me dijo,—pero pensando en ello, me parece que he estado tan malhumorado esta noche, que no he querido acostarme sin presentarle mis excusas; vengo,pues, a pedirle disculpa y como parece que tiene usted todavía numerosas preguntas que hacer, a ponerme enteramente a sus órdenes.

—Le agradezco muchísimo la atención—le contesté;—gracias a su amabilidad, por el contrario, estoy ya más o menos al corriente de lo que deseaba averiguar, y sólo me queda por saber una cosa, que me he prometido no preguntarle a usted.

—¿Por qué?

—Porque la pregunta sería sobrado indiscreta. Sin embargo, le advierto a usted que no debe estrecharme para que se la diga; en tal caso no respondo de mí.

—Pues entonces, déjese usted llevar; malo es no satisfacer una curiosidad. De ese modo se da naturalmente pábulo a las suposiciones, y de tres suposiciones, siempre hay por lo menos dos más perjudiciales al que es objeto de ellas que la verdad misma.

—Tranquilícese usted a ese respecto; mis suposiciones más injuriosas acerca de usted conducen sencillamente a creer que es usted brujo.

El joven se echó a reir.

—¡Diablos!—exclamó,—va usted a ponerme en tanta curiosidad como usted mismo; diga usted de qué se trata, ahora se lo ruego yo.

—Pues bien, ha tenido usted la bondad de aclarar todo lo que era obscuro para mí, menos un solo punto; me ha enseñado usted las hermosas armas históricas que aún le pediré permiso para ver otra vez antes de marcharme.

—Y va una.

—Me ha explicado usted lo que significaba la doble e igual inscripción de las culatas de las carabinas.

—Y van dos.

—Me ha dado a comprender cómo, merced al fenómeno de su nacimiento, siente, a pesar de hallarse a trescientas leguas de distancia, las mismas sensaciones que experimenta su hermano, como éste por su parte, sin duda, recibe las que experimenta usted.

—Y van tres.

—Pero, cuando la señora de Franchi a propósito del sentimiento de tristeza que usted sintió y que le hizo creer en que le hubiera ocurrido algo enojoso a su hermano, le preguntó si no había muerto, usted le contestó: «No, si hubiese muerto, yo le hubiera vuelto a ver».

—Sí, es verdad, eso contesté.

—Pues bien, si la explicación de esas palabras puede llegar a un oído profano, explíquemelas usted, se lo ruego.

El rostro del joven había ido tomando a medida que yo hablaba, una expresión tan grave, que pronuncié las últimas palabras vacilando.

Y hasta sucedió que cuando hube terminado de hablar, reinó un momento de silencio.

—¡Vamos!—le dije,—bien veo que he sido indiscreto. Considere usted que no he dicho nada.

—No—me contestó,—sólo que es usted un hombre de mundo, y algo incrédulo por lo tanto. Pues bien, temo que trate usted de superstición una antigua tradición de familia que subsiste entre nosotros hace cuatrocientos años.

—Escuche usted—exclamé,—le juro una cosa, y es que nadie, en cuestión de leyendas y tradiciones, es más crédulo que yo, y que hay una clase de cosas en que creo muy especialmente, las cosas imposibles.

—¿De modo que usted creería en las apariciones?

—¿Quiere usted que le diga lo que me ha pasado a mí mismo?

—Sí, ese relato me infundirá valor.

—Pues mi padre murió en 1807, por consiguiente, cuando yo no tenía tres años y medio todavía; como el médico había anunciado el próximo fin del enfermo, me trasladaron a casa de una vieja prima que habitaba un edificio con jardín. Ésta me preparó una cama frente a la suya, me acostó a la hora acostumbrada, y a pesar de la desgracia que me amenazaba y de la que, por otra parte, no tenía conciencia, me dormí. De repente suenan tres violentos golpes a la puerta de la habitación; me despierto, bajo de la cama y me encamino hacia la puerta.

—¿Dónde vas?—preguntó la prima que, despertada también por los tres golpes, no podía dominar cierto temor, pues sabía que, estando cerrada la primera puerta de la calle, nadie podía golpear en la de la habitación en que nos hallábamos.

—Voy a abrirle a papá, que viene a decirme adiós—contesté.

Ella fué entonces quien se tiró de la cama, y fué a acostarme de nuevo, muy a pesar mío, pues yo lloraba y seguía gritando.

—Papá está a la puerta y yo quiero ver a papá, antes que se vaya del todo.

—Y, después, ¿se ha renovado esa aparición?—preguntó Luciano.

—No, aunque yo la haya invocado muy a menudo; pero quizá también Dios acuerda a la pureza del niño privilegios que niega a la corrupción del hombre.

—¡Pues bien!—me dijo Luciano sonriendo;—en nuestra familia somos más dichosos que usted.

—¿Ven ustedes a sus parientes muertos?

—Cada vez que va a producirse o se ha producido algún gran acontecimiento.

—Y ¿a qué atribuye usted ese privilegio acordado a su familia?

—Oiga usted lo que se ha conservado entre nosotros por la tradición oral. Ya le he dicho a usted que Sivilia dejó dos hijos.

—Sí, lo recuerdo.

—Esos hijos crecieron queriéndose con todo el amor que hubieran repartido con los demás parientes, si éstos hubieran vivido. Juráronse, pues, que nada podría separarlos, ni siquiera la muerte, y a raíz de no sé qué poderoso conjuro, escribieron con su sangre, en dos trozos de pergamino, que se cruzaron, el juramento recíproco de que el primero que muriese aparecería al otro, primero en el momento de su muerte, y después en todos los momentos supremos de la vida. Tres meses más tarde uno de los hermanos fué muerto en una emboscada, en momentos en que el otro estaba cerrando una carta dirigida a él; pero cuando éste acababa de apoyar el sello de su anillo en el lacre hirviente, oyó tras él un suspiro y volviéndose, vió a su hermano de pie y con la mano apoyada sobre su hombro, aunque no sintiera el peso de esa mano. Entonces con un movimiento completamente maquinal, le tendió la carta que le dirigía; el otro tomó la carta y desapareció.

La víspera de su muerte volvió a verle.

Sin duda ambos hermanos se habían comprometido para sí y por sus descendientes porque, desde aquella época, las apariciones se han renovado, no sólo en el instante de la muerte de los que fallecían, si no la víspera de todos los grandes acontecimientos.

—¿Y ha tenido usted alguna aparición?

—No, pero como mi padre, durante la noche que precedióa su muerte, fué avisado por su padre de que iba a morir, presumo que mi hermano y yo gozaremos del privilegio de nuestros antepasados, pues nada hemos hecho para perder ese favor.

—¿Y ese privilegio es acordado solamente a los varones de la familia?

—Sí.

—Es extraño.

—Pero así es.

Miré a aquel joven, que me decía, frío, grave y tranquilo, una cosa considerada como imposible, y repetí con Hamlet:

There are more things in heaven and earth, Horatio,Than are dreamt of in your philosophy!

There are more things in heaven and earth, Horatio,Than are dreamt of in your philosophy!

There are more things in heaven and earth, Horatio,Than are dreamt of in your philosophy!

En París hubiera tomado a aquel joven por un sofisticador; pero en el fondo de la Córcega, en una aldehuela ignorada, era menester considerarle o como un loco que se engañaba de buena fe, o como un ser privilegiado, más dichoso o más desgraciado que el resto de los hombres.

—Y, ahora—me dijo,—¿sabe usted todo cuanto quería saber?

—Sí, gracias—contesté,—mucho agradezco su confianza en mí, y prometo a usted guardar el secreto.

—¡Oh! ¡Dios mío! si no hay secreto alguno en eso, y el primer campesino de la aldea le hubiera contado a usted esa historia como se la he contado yo; pero supongo que en París mi hermano no se habrá vanagloriado de ese privilegio, cuyo resultado sería, probablemente, hacer que la gente se le riera en la cara, y que las mujeres sufrieran ataques de nervios.

Y esto diciendo se levantó, me dió las buenas noches, y se retiró a su cuarto.

Algo me costó dormirme, aunque estuviera bastante fatigado, y aun cuando me dormí, mi sueño fué agitado. Volví a ver confusamente todos los personajes con quienes me había puesto en relación durante aquel día, pero forjando entre sí una acción confusa y sin dilación. Sólo al amanecer me dormí con un sueño real, y no desperté sino al repique de las campanas que parecían sonar junto a mi oído.

Tiré del cordón de la campanilla, pues mi sensual antecesor había llevado el lujo hasta el extremo de poner alalcance de su mano la única que probablemente había en la aldea.

Griffo apareció en seguida con el agua caliente. Vi que el señor Luis de Franchi había educado bastante bien a aquella especie de ayuda de cámara.

Luciano había preguntado ya dos veces si estaba yo despierto, declarando que, si no me movía a las nueve y media, entraría en mi cuarto.

Eran las nueve y veinticinco, de modo que no tardé en verle entrar.

Se me apareció vestido de francés, y hasta de francés elegante. Llevaba levita negra, chaleco de fantasía y pantalón blanco, pues ya a principios de marzo hace rato que se pueden llevar pantalones blancos en Córcega.

Vió que le miraba con cierta sorpresa.

—Admira usted mi traje—me dijo,—es una nueva prueba de que me estoy civilizando.

—Sí, a fe mía—contesté,—y le confieso que no estoy poco admirado de que se encuentre un sastre capaz de tanto en Ajaccio. Pero yo, con mi traje de terciopelo, voy a hacer muy triste figura al lado suyo.

—Como que el mío es del sastre Humann, ni más ni menos, huésped mío. Como mi hermano y yo tenemos exactamente el mismo cuerpo, Luis me ha dado la broma de enviarme un guardarropa completo, que no uso, como usted supondrá, sino en las grandes solemnidades: cuando pasa el señor prefecto; cuando el general comandante del octogésimo sexto departamento hace su jira; o también, cuando recibo un huésped como usted, y esa dicha se combina con un acontecimiento tan solemne como el que va a realizarse.

Tenía aquel joven una eterna ironía que, manejada por un espíritu superior, mientras incomodaba un tanto a su interlocutor, no pasaba, sin embargo, nunca, los límites de la perfecta corrección.

Me contenté, pues, con inclinarme, dando las gracias, mientras él se calzaba, con todas las precauciones de estilo, un par de guantes cortados para su mano por Boivin o Rousseau.

Con aquel traje tenía, realmente, el aspecto de un elegante parisiense.

Yo, entretanto, terminé de vestirme.

Dieron las diez menos cuarto.

—Vamos—me dijo,—si quiere usted ver el espectáculo;creo que es hora de que tomemos nuestras plateas; a menos que prefiera usted almorzar, lo que, según creo, sería más razonable.

—Gracias, rara vez como antes de las once o las doce: puedo hacer frente, pues, a ambas operaciones.

—Entonces, vamos.

Tomé el sombrero y le seguí.

Desde lo alto de la escalinata de ocho escalones por la que se llegaba a la puerta de la fortaleza habitada por la señora de Franchi y su hijo, dominábase toda la plaza.

Al contrario de lo que ocurría el día antes, la plaza estaba llena de gente, sin embargo, todo aquel gentío se componía únicamente de mujeres y de niños de menos de doce años: no se veía un hombre.

En el primer escalón del atrio de la iglesia hallábase uno solo, ceñido con la banda tricolor; era el alcalde.

Bajo el pórtico, otro hombre vestido de negro estaba sentado a una mesa, con un papel escrito delante. Aquel hombre era el notario; el papel escrito era el acta de la reconciliación.

Tomé asiento a uno de los lados de la mesa junto con los padrinos de Orlandini. Del otro lado estaban los padrinos de Colonna—detrás del notario se colocó Luciano, que estaba tanto por el uno como por el otro.

En el fondo, en el coro de la iglesia, veíanse los sacerdotes, prontos a decir la misa.

El reloj dió las diez.

Inmediatamente, corrió un estremecimiento por la multitud entera, y las miradas se dirigieron hacia los extremos de la calle si puede llamarse calle un intervalo desigual dejado entre ellas por unas cincuenta casas construídas a capricho de sus propietarios.

Al punto se vió aparecer a Orlandini del lado de la montaña y a Colonna del lado del arroyo: ambos eran seguidos por sus partidarios; pero, de acuerdo con el programa convenido, ni uno solo llevaba armas; hubiérase dicho, a no ser por las caras algo hurañas, que eran honrados cofrades siguiendo una procesión.

Los jefes de ambos partidos presentaban un contraste físico bien marcado; Orlandini, como ya he dicho, era alto, delgado, moreno, ágil. Colonna era bajo, grueso, vigoroso; tenía la barba y el cabello rojos; llevaba barba y cabellos cortos y rizados.

Ambos tenían en la mano una rama de olivo, simbólico emblema de la paz que iban a sellar, y al propio tiempo poética invención del alcalde.

Colonna llevaba también, asida de las patas, una gallina blanca, destinada a reemplazar a título de daños y perjuicios, la gallina que, diez años antes, había dado margen a la querella.

La gallina estaba viva.

Ese detalle tuvo que ser discutido largamente, y había estado a punto de echar a perder las cosas, pues Colonna consideraba doble humillación devolver viva la gallina que su tía había arrojado, muerta, a la cara de la prima de Orlandini.

Sin embargo, a costa de lógica, Luciano había logrado, que Colonna diera la gallina, como había conseguido, a fuerza de dialéctica, que Orlandini la recibiera.

Apenas aparecieron los dos enemigos, las campanas, que habían callado un momento, fueron echadas a vuelo.

Al verse, Colonna y Orlandini hicieron el mismo movimiento, indicando bien a las claras su mutua repulsión; sin embargo, continuaron su camino.

Detuviéronse exactamente en frente de la iglesia, a cuatro pasos el uno del otro.

Si, tres días antes, aquellos dos hombres se hubiesen encontrado a cien pasos de distancia, uno de los dos hubiera quedado seguramente allí.

Durante cinco minutos reinó, no sólo en los dos grupos, sino también en la muchedumbre entera, un silencio que, a pesar del objeto conciliador de la ceremonia, nada tenía de pacífico.

Y el alcalde tomó la palabra.

—¡Vamos, Colonna!—dijo.—¡Ya sabe que a usted le toca hablar!

Colonna hizo un esfuerzo sobre sí mismo y pronunció algunas palabras en dialecto corso.

Creí comprender que expresaba su sentimiento por haber estado diez años envendettacon su buen vecino Orlandini, y que, como reparación, le ofrecía la gallina blanca que llevaba en la mano.

Orlandini aguardó a que la frase de su adversario estuviera completamente terminada y contestó con algunas frases corsas que, por su parte, eran la promesa de no acordarse de nada más, que de la reconciliación solemne quese celebraba bajo los auspicios del señor alcalde, el arbitraje del señor Luciano, y la redacción del señor notario.

Y ambos volvieron a callar.

—Y, ¡señores!—dijo el alcalde,—¿no estaba convenido, me parece, que se darían ustedes las manos?

Con un movimiento instintivo, ambos adversarios echaron al mismo tiempo la mano a la espalda.

El alcalde bajó entonces el escalón en que estaba, fué a buscar a la espalda de Orlandini la mano de éste, volvió hacia Colonna a hacer la misma operación con él, y después de algunos esfuerzos que trató de disimular a sus administrados, con una sonrisa, logró unir ambas diestras.

El notario aprovechó el momento, se levantó y leyó, mientras el alcalde sostenía firmemente las dos manos, que en un principio hicieron cuanto pudieron por desasirse, pero que al fin se resignaron a permanecer unidas.

«Ante nos, Giuseppe Antonio Sarrola, notario real de Sollecaro, provincia de Sartène,«En la plaza principal de la aldea, en presencia del señor alcalde, de los padrinos y de toda la población,«Entre Gaetano Orso Orlandi, llamado Orlandini,«Y Marco Vincenzo Colonna, llamado Schioppone,«Ha quedado solemnemente convenido lo siguiente:«A partir de este día de hoy, 4 de marzo de 1841, cesará lavendettadeclarada hace diez años entre ellos.«A partir de este mismo día vivirán como buenos vecinos y compadres, como vivían sus parientes antes de la desgraciada cuestión que sembró la desunión entre sus familias y sus amigos.«En fe de lo cual, han firmado el presente, bajo el pórtico de la iglesia de la aldea con el señor Polo Arbori, alcalde de la comuna, el señor Luciano de Franchi, árbitro, los padrinos de cada uno de los dos contratantes, y nos, el notario.—Sollecaro, Este, 4 de marzo de 1841».

«Ante nos, Giuseppe Antonio Sarrola, notario real de Sollecaro, provincia de Sartène,

«En la plaza principal de la aldea, en presencia del señor alcalde, de los padrinos y de toda la población,

«Entre Gaetano Orso Orlandi, llamado Orlandini,

«Y Marco Vincenzo Colonna, llamado Schioppone,

«Ha quedado solemnemente convenido lo siguiente:

«A partir de este día de hoy, 4 de marzo de 1841, cesará lavendettadeclarada hace diez años entre ellos.

«A partir de este mismo día vivirán como buenos vecinos y compadres, como vivían sus parientes antes de la desgraciada cuestión que sembró la desunión entre sus familias y sus amigos.

«En fe de lo cual, han firmado el presente, bajo el pórtico de la iglesia de la aldea con el señor Polo Arbori, alcalde de la comuna, el señor Luciano de Franchi, árbitro, los padrinos de cada uno de los dos contratantes, y nos, el notario.—Sollecaro, Este, 4 de marzo de 1841».

Observé con admiración que, por exceso de prudencia, el notario no había dicho la menor palabra a propósito de la gallina que ponía a Colonna en tan mala situación respecto de Orlandini.

También, el rostro de Colonna se iluminó en razón directa de lo que se obscureció el de Orlandini. Este últimomiró la gallina que tenía en la mano, como con violentas ganas de tirarla a la cara de Colonna. Pero una mirada de Franchi mató en germen esa mala intención.

El alcalde vió que no había tiempo que perder; subió hacia atrás, manteniendo entre las suyas las manos de los recién reconciliados, sin perder a éstos de vista un segundo. Luego, para adelantarse a una nueva discusión que no podía dejar de sobrevenir en el momento de firmar, desde que cada uno de los adversarios consideraría que hacerlo primero era una nueva concesión, tomó la pluma, firmó, y convirtiendo la vergüenza en honor, pasó la pluma a Orlandini que la tomó de sus manos, firmó y la pasó a Luciano quien, usando del mismo subterfugio pacificador, la pasó a su vez a Colonna que hizo su cruz.

En aquel mismo instante oyéronse los cánticos eclesiásticos, como se canta elTe Deumdespués de una victoria.

Firmamos todos en seguida, sin distinción de rango ni de título, como la nobleza de Francia signara, ciento veintitrés años antes, la protesta contra el duque del Mainez.

En seguida, los dos héroes de la jornada entraron en la iglesia y fueron a arrodillarse a ambos lados del coro, cada cual en el sitio que le había sido destinado.

Noté que, desde aquel momento, Luciano se quedó completamente tranquilo: todo había terminado, la reconciliación estaba jurada, no sólo ante los hombres sino también ante Dios.

El resto del oficio divino pasó, pues, sin acontecimiento alguno que merezca la pena de ser apuntado.

Terminada la misa, Orlandini y Colonna salieron con el mismo ceremonial. A la puerta y mediante una invitación del alcalde, volvieron a tocarse las manos; luego cada cual tomó, con su cortejo de amigos y parientes, el camino de su casa a la que desde hacía tres años, no había entrado ninguno de los dos.

En cuanto a Luciano y yo, volvimos a casa de la señora de Franchi, donde nos aguardaba el almuerzo.

Fácil me fué ver, por el aumento de atenciones de que era objeto, que Luciano había leído mi nombre por arriba de mi hombro cuando firmé el acta, y que ese nombre no le era completamente desconocido.

Aquella mañana había anunciado a Luciano mi intención de partir después de almorzar; era imperiosamente llamado a París para dirigir los ensayos de mi comediaUn mariagesous Louis XV, y a pesar de las instancias de la madre y el hijo, persistí en mi primera resolución.

Luciano me pidió entonces permiso para aceptar mi ofrecimiento, escribiendo por mi intermedio a su hermano, y la señora de Franchi, que bajo su fuerte carácter antiguo no dejaba de ocultar un corazón de madre, me hizo prometerle que entregaría la carta en mano propia.

La incomodidad no era grande, por otra parte, pues Luis de Franchi, como verdadero parisiense que era, vivía en la calle de Helder, núm. 7.

Pedí que me dejaran visitar por última vez el cuarto de Luciano, quien me condujo a él, y mostrándome con la mano todo cuanto allí había, me dijo:

—Tenga usted muy en cuenta que si hay entre todos estos objetos uno que le agrade debe tomarlo porque es suyo.

Fuí a descolgar un puñalito colocado en un rincón lo bastante obscuro para indicarme que no tenía valor alguno, y como había visto antes que Luciano miraba mi cinturón de caza, y le había oído alabar su distribución, le rogué que lo aceptara; tuvo el buen gusto de tomarlo sin hacerse de rogar.

En ese mismo instante apareció Griffo en la puerta; iba a anunciarme que el caballo estaba ensillado y que el guía aguardaba.

Yo había puesto a un lado el obsequio que destinaba a Griffo: era una especie de cuchillo de caza, con dos pistolas pegadas a ambos lados de la hoja y cuyos gatillos estaban ocultos en la empuñadura.

Jamás he visto alegría semejante a la suya.

Bajé y encontré a la señora de Franchi al pie de la escalera; me aguardaba para desearme buen viaje en el mismo sitio en que me había deseado la bienvenida. Le besé la mano, pues sentía gran respeto hacia aquella mujer tan sencilla y al propio tiempo tan digna.

Luciano me condujo hasta la puerta.

—Cualquier otro día—me dijo,—ensillaría mi caballo y tendría el gusto de acompañar a usted hasta más allá de la montaña, pero hoy no me atrevo a salir de Sollecaro, pues temo que uno u otro de los dos nuevos amigos haga alguna tontería.

—Y hace usted bien—le contesté;—en cuanto a mí, creausted que me felicito de haber presenciado una ceremonia tan nueva en Córcega, como la que acabo de ver.

—Sí, felicítese usted, pues ha visto una cosa que ha debido hacer estremecer en sus tumbas los despojos de nuestros abuelos...

—Comprendo: la palabra era para ellos tan sagrada, que la presencia de un notario en una reconciliación, les hubiera parecido un insulto...

—¡Es que ellos no se hubieran reconciliado!

Y me tendió la mano.

—¿No me encarga usted de dar un abrazo a su hermano?

—¡Oh, sí, si eso no le es incómodo a usted!

—Pues, abracémonos entonces; no puedo dar lo que no he recibido.

Nos dimos un abrazo.

—¿Nos volveremos a ver algún día?

—Sí, si vuelve usted a Córcega.

—No; pero usted puede ir a París.

—No iré jamás—dijo Luciano.

—Sea como sea, hallará usted tarjetas con mi nombre sobre la chimenea de la habitación de su hermano. No olvide usted la dirección.

—Le prometo que, si algún acontecimiento me lleva un día al Continente, mi primera visita será para usted.

—Queda convenido.

Me dió la mano por última vez, y nos separamos; pero, mientras pudo verme bajar por la calle que conduce al arroyo, me siguió con la vista desde la puerta de su casa.

Todo en la aldea estaba bastante tranquilo, aunque todavía podía observarse en ella esa especie de agitación que sigue a los grandes acontecimientos, y me alejé fijando los ojos, a medida que pasaba, en cada puerta, contando siempre con ver salir a mi ahijado Orlandini que, a la verdad, bien me debía las gracias, y no me las había dado.

Pero dejé atrás la última casa de la aldea, y me interné en el campo sin haber visto a nadie que se le pareciese.

Creí que me había olvidado por completo, y debo agregar que, en medio de las graves preocupaciones que debía tener Orlandini en semejante día, le perdonaba sinceramente ese olvido, cuando, de pronto, al llegar a los matorrales de Bicchisano, vi salir de la espesura a un hombre que se puso en medio del camino, y al instante reconocí a quien, en miimpaciencia francesa y en costumbre de corrección parisiense, tachaba ya de ingrato.

Noté que ya había tenido tiempo de volver a ponerse el traje en que se me apareció en las ruinas de Vicentello; es decir, que llevaba la cartuchera con la pistola de rigor, y que iba armado con escopeta.

Cuando estuvo a unos veinte pasos se quitó el sombrero, mientras yo espoleaba mi caballo para no hacerlo esperar.

—Señor—me dijo,—no he querido dejarlo salir de Sollecaro sin darle las gracias por el honor que se ha dignado usted hacer a un campesino sirviéndole de testigo, y como allá no tenía el corazón a mis anchas ni la lengua libre, vine a esperarlo aquí.

—Lo agradezco—le contesté,—pero no había necesidad de que usted descuidara sus asuntos por tan poca cosa, y el honor ha sido para mí.

—Además—agregó el bandido,—qué quiere usted, señor: no se pierden en un día las costumbres de cuatro años. El aire de la montaña es terrible; cuando uno lo ha respirado una vez, se sofoca en todas partes. Hace un rato, cuando estaba en esas miserables casas, a cada instante creía que el techo se me iba a caer encima.

—Pero—repliqué,—va usted a reanudar su vida habitual. ¿No tiene usted, según me han dicho, una casa, un campo y una viña?

—Sí, sin duda, pero mi hermana cuidaba de la casa, y ahí estaban los luqueses para labrar mi campo y vendimiar mi uva. Nosotros, los corsos, no trabajamos.

—¿Qué hacen ustedes, entonces?

—Vigilamos a los trabajadores, nos paseamos con la escopeta al hombro, cazamos.

—Pues bien, mi querido Orlandini—le dije, tendiéndole la mano,—¡buena caza! Pero no olvide usted que mi honor, como el suyo, está comprometido, y que ya no debe usted hacer fuego, de aquí en adelante, sino sobre los carneros silvestres, los gamos, los jabalíes, los faisanes y las perdices, y nunca contra Marco Vincenzo Colonna ni contra nadie de su familia.

—¡Ah, excelencia!—exclamó mi ahijado con una expresión fisonómica que hasta entonces no había observado sino en la cara de los litigantes normandos,—¡la gallina que me devolvió estaba tan flaca!

Y sin agregar una palabra más, se metió entre los matorrales, desapareciendo en seguida.

Yo continué mi camino meditando sobre aquella probable causa de ruptura entre los Orlandini y los Colonna.

Aquella noche dormí en Albiteccia. Al día siguiente llegué a Ajaccio. Ocho días después estaba en París.


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