VII
El mismo día de mi llegada me presenté en casa del señor Luis de Franchi; había salido.
Dejé mi tarjeta con una línea anunciándole que acababa de llegar directamente de Sollecaro, y que tenía para él una carta del señor Luciano. Le preguntaba a qué hora podía recibirme, agregando que me había comprometido a entregarle la carta en mano propia.
Para llevarme al gabinete de su amo, donde debía escribir dichos renglones, el criado me hizo atravesar sucesivamente el comedor y la sala. Miré en torno mío con la curiosidad que debe comprenderse, y reconocí los mismos gustos que ya había notado en Sollecaro; sólo que esos gustos estaban perfeccionados por toda la elegancia parisiense. Me pareció, pues, que el señor Luis de Franchi tenía un lindísimo departamento de soltero.
Al día siguiente, y cuando me estaba vistiendo; es decir, a las once de la mañana, mi criado me anunció a su vez al señor Luis de Franchi. Ordené que se le hiciera entrar en la sala, se le diesen los diarios, y se anunciase que al momento me pondría a sus órdenes.
En efecto, cinco minutos después, me presentaba en la sala.
Al ruido que hice, el señor de Franchi que, sin duda por cortesía, estaba leyendo un folletín mío que aparecía enLa Presse, levantó la cabeza.
Me quedé petrificado al ver su parecido con Luciano.
Se puso de pie.
—Señor—me dijo,—trabajo me costaba creer en mi buena suerte, al leer el billetito que me entregó el criado cuandovolví. Le hice repetir diez veces las señas de usted, para convencerme de que estaban de acuerdo con sus retratos; en fin, esta mañana, en mi doble impaciencia de darle a usted las gracias y de tener noticias de mi familia, me he presentado en su casa sin preocuparme mucho de la hora, lo que me hace temer haber sido demasiado madrugador...
—Perdón—le dije,—si no comienzo por contestar a su cortés cumplido; pero, se lo confieso a usted, le estoy mirando, y me pregunto si tengo el honor de hablar a don Luis o a don Luciano de Franchi.
—Sí, ¿no es verdad? el parecido es grande—agregó sonriendo,—y cuando yo me hallaba todavía en Sollecaro, los únicos que no nos equivocábamos éramos mi hermano y yo; sin embargo, si después de mi partida no ha abjurado de sus costumbres corsas, usted ha debido verlo constantemente en un traje que crea alguna diferencia entre nosotros.
—Pues precisamente—repliqué,—la casualidad ha hecho que al separarme de él, estuviese, salvo el pantalón blanco, que aún no es tiempo de ponerse en París, exactamente vestido como usted, de lo que resulta que no tengo, para separar su presencia del recuerdo de Luciano, ni siquiera esa diferencia de traje de que me habla. Pero—continué sacando la carta de mi cartera,—comprendo que tiene usted prisa por saber noticias de su familia; tome usted esta carta, que le hubiese dejado ayer, si no hubiera prometido a la señora de Franchi entregársela a usted mismo.
—¿Dejó usted a todos buenos?
—Sí, pero inquietos.
—¿Por mí?
—Por usted. Pero lea usted su carta, se lo ruego.
—¿Usted me lo permite?
—¡Sin duda alguna!
El señor de Franchi abrió la carta, mientras yo preparaba un cigarrillo.
Entretanto le seguía con los ojos mientras su mirada recorría rápidamente la epístola fraternal; de tiempo en tiempo sonreía murmurando:
—¡Querido Luciano! ¡madre mía!... Sí, sí, comprendo...
Yo no había vuelto aún de mi asombro ante aquel extraño parecido; sin embargo, y como lo había dicho Luciano, observé que Luis era más blanco y que pronunciaba más claramente el francés.
—¡Y bien!—le dije, ofreciéndole un cigarrillo que encendió en el mío,—ya lo ve usted: como se lo había dicho, su familia estaba inquieta, pero veo con satisfacción que no tenía motivo para ello.
—No—me dijo con tristeza,—no del todo. No he estado enfermo, es verdad, pero he tenido un pesar, un pesar bastante violento, que, se lo confieso a usted, aumentaba aún ante la idea de que, al sufrir aquí, hacía sufrir allá a mi hermano.
—El señor Luciano me había dicho ya lo que acaba usted de decirme; pero para que yo creyese una cosa tan extraordinaria y la tuviera por una verdad y no por una preocupación de su espíritu, era menester la prueba que tengo en este instante; de modo que usted también está convencido, señor, de que el malestar que sentía su hermano en Sollecaro dependía del sufrimiento que usted experimentaba aquí.
—Sí, señor, completamente convencido.
—Entonces—repuse,—como su respuesta afirmativa tiene por resultado el de interesarme doblemente en lo que le pasa a usted, permítame que le pregunte, por interés, y no por curiosidad, si el pesar de que me hablaba hace un momento ha pasado, y si está usted en camino de complacerme.
—¡Oh, Dios mío! ya sabe usted, caballero, que los dolores más vivos se adormecen con el tiempo, y si ningún accidente viene a emponzoñar la herida de mi corazón, ¡vamos! seguirá sangrando quién sabe cuanto, pero al fin se cicatrizará. Y ahora, reciba usted mis más expresivas gracias, y concédame el permiso de venir de tiempo en tiempo a hablarle de Sollecaro.
—¡Con el mayor placer!—le contesté;—¿pero por qué no continuamos ahora mismo una conversación que es para mí tan agradable como para usted? ¡Vamos! aquí está el criado: viene a anunciarme que el almuerzo está servido. Hágame usted el gusto de comer un par de chuletas conmigo y conversaremos a nuestras anchas.
—¡Imposible! y de veras que lo siento. Recibí ayer una carta del canciller de Francia, pidiéndome que pase hoy mismo, a mediodía, a verlo por el Ministerio de Justicia, y, ya comprende usted que yo, pobre abogadillo en barbecho, no puedo hacer esperar a tamaño personaje.
—¡Ah! pues probablemente lo llamará a usted por el asunto de los Orlandini y los Colonna...
—Así me parece, y como mi hermano me dice que la querella ha terminado...
—Ante notario, puedo darle a usted noticias ciertas de ello; firmé el contrato, como padrino de Orlandini.
—En efecto, mi hermano me dice algo al respecto.
Y luego, sacando el reloj, añadió:
—Oiga usted; faltan pocos minutos para las doce; voy, pues, primero, a anunciar al canciller que mi hermano ha cumplido mi palabra...
—¡Oh! religiosamente, puedo atestiguarlo.
—¡Querido Luciano! bien sabía yo que, aunque no pensara así, no dejaría de hacerlo.
—Sí, y hay que agradecérselo, se lo aseguro a usted, porque le ha costado bastante.
—Más tarde hablaremos de eso, pues como usted comprenderá, es una gran satisfacción para mí volver a ver con los ojos del pensamiento y evocados por usted, a mi madre, a mi hermano, a mi país. De modo que si usted tiene la bondad de decirme a qué hora...
—Eso es bastante difícil. En estos primeros días de mi llegada tengo necesariamente que ser un tanto vagabundo. Pero dígame usted mismo dónde puedo encontrarlo.
—Diga usted: mañana hay baile de máscaras en la Ópera, el baile de Cuaresma, ¿no es verdad?
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y bien?
—¿Irá usted a ese baile?
—Sí o no, según. Sí, si me lo pregunta usted para que nos encontremos allí; no, si no tengo interés alguno en ir.
—En cuanto a mí, es necesario que vaya; estoy obligado a ir.
—¡Ah, ah!—exclamé sonriendo,—ya veo, como me lo decía usted hace un instante, que el tiempo adormece los más vivos dolores, y que la herida de su corazón ha de cicatrizar...
—Se engaña usted, porque probablemente iré en busca de nuevos dolores.
—Entonces no vaya usted.
—¡Ah, Dios mío! ¿acaso se hace lo que se quiere en este mundo? Me veo arrastrado a pesar mío; voy hacia donde meempuja la fatalidad. Más valdría que no fuese, bien lo sé, y sin embargo, iré.
—¿Así, pues, hasta mañana en la Ópera?
—Sí.
—¿A qué hora?
—A las doce y media, si no tiene usted inconveniente.
—¿Dónde?
—En el foyer. A la una tengo cita debajo del reloj.
—Perfectamente.
Nos estrechamos la mano y Luis de Franchi salió rápidamente de mi casa. Iban a dar las doce.
Ocupé toda aquella tarde y todo el día siguiente en las diligencias indispensables de un hombre que acaba de hacer un viaje de diez y ocho meses.
A las doce y media de la noche me hallaba en el punto de la cita.
Luis se hizo esperar un rato; había seguido por los corredores a una máscara que creyó reconocer, pero ésta se perdió entre el gentío y no pudo alcanzarla.
Traté de hablar de Córcega, pero Luis estaba demasiado distraído para seguir tema tan serio de conversación; sus ojos estaban constantemente fijos en el reloj y de pronto se separó de mí exclamando:
—¡Ah! ¡ahí está mi ramito de violetas!
Y atravesó el gentío para reunirse con una mujer que, efectivamente, llevaba un enorme ramillete de violetas en la mano.
Como, por fortuna para todos los paseantes, había en el foyer ramilletes de toda especie, pronto se me reunió uno de camelias blancas, que tuvo a bien felicitarme por mi feliz regreso a París.
Al ramillete de camelias sucedió uno de rosas.
Al de rosas uno de heliotropos.
Por fin me hallaba con mi quinto ramillete cuando encontré a D**.
—¡Ah! ¡es usted, querido!—exclamó,—sea usted el bienvenido, porque llega de perlas: esta noche cenaremos en casa de Fulano y Zutano (me nombró a tres o cuatro de nuestros comunes amigos), y contamos con usted.
—Muchísimas gracias—contesté;—pero, a pesar de mi gran deseo de aceptar la invitación, no me es posible, porque estoy acompañado.
—Pero me parece que no hay para qué decir que cadacual tiene el derecho de llevar a su cada cual; en la mesa están preparados seis vasos de agua cuyo único objeto será mantener frescos los ramilletes...
—¡Ay! querido, se engaña usted: no tengo ramilletes que poner en sus vasos; estoy con un amigo...
—Pues ya sabe usted el refrán: los amigos de nuestros amigos...
—Es un joven que usted no conoce.
—Así nos conoceremos.
—Le ofreceré tan buen momento.
—Y si rehúsa, llévelo usted por fuerza.
—Haré lo que pueda, se lo prometo... Y ¿a qué hora nos pondremos a la mesa?
—A las tres; pero, como nos hemos de quedar hasta las seis, tiene usted margen...
—Perfectamente.
Un ramillete de myosotis, que probablemente había oído la última parte de nuestra conversación, tomó el brazo de D** y se alejó con él.
Minutos después me encontré con Luis, que, según todas las probabilidades, había terminado con su ramillete de violetas.
Como mi dominó estaba dotado de un ingenio bastante mediano, la envié a intrigar a uno de mis amigos, tomé el brazo de Luis y le dije:
—¿Ha sabido usted lo que deseaba saber?
—¡Oh, sí!—exclamó.—Ya sabe usted, y demasiado, que en los bailes de máscaras, generalmente, no se nos dice sino lo que se debería dejarnos ignorar.
—¡Pobre amigo mío!...—le dije.—Y perdone usted que lo trate así; pero me parece que le conozco desde que conocí a su hermano... ¡Vaya!... ¿Es usted desgraciado, no es cierto? ¿Qué es lo que le pasa?
—¡Oh, Dios mío! nada que valga la pena de ser repetido.
Vi que deseaba guardarse su secreto, y callé.
Dimos dos o tres vueltas en silencio; yo, bastante indiferente, porque no aguardaba a nadie; él, con el ojo siempre avizor, y examinando cuanto dominó pasaba al alcance de nuestra vista.
—¡Vamos!—dije por fin,—¿sabe usted lo que debería hacer?
Se estremeció como el hombre a quien se arranca a sus penas.
—¿Yo?... ¡yo!... ¿qué dice usted? Oí, disculpe usted...
—Le propongo una distracción de que me parece necesitar mucho.
—¿Cuál?
—Véngase usted a cenar conmigo en casa de un amigo.
—¡Oh, no, caramba!... sería un convidado demasiado tétrico...
—¡Bah! se han de decir tantas locuras, que al cabo acabarán por alegrarlo.
—Por otra parte, no estoy invitado.
—Se engaña usted: lo está.
—Su anfitrión de usted es muy galante, pero, palabra de honor, no me considero digno...
En ese momento nos cruzamos con D**. Parecía muy ocupado con su ramillete de myosotis. Sin embargo, me vió.
—¿Y?—me dijo,—quedamos convenidos, ¿no es así? A las tres.
—Menos convenido que nunca, amigo mío; no puedo ir...
—¡Váyase usted al diablo, entonces!
Y continuó su camino.
—¿Quién es ese caballero?—preguntó Luis, visiblemente por decir algo.
—Pues el señor D**, uno de nuestros amigos, mozo de mucho talento, aunque sea gerente de un periódico.
—¡El señor D**!—exclamó. Luis;—¿Conoce usted al señor D**?
—Sin duda alguna. Hace dos o tres años que estoy en relaciones de intereses y sobre todo de amistad con él.
—¿Y se trataba, acaso, de ir a cenar a su casa esta noche?
—Sí.
—¡Oh, entonces es otra cosa; acepto, acepto, con muchísimo placer!
—¡Gracias a Dios! ¡No ha costado poco!
—Quizá no debiera ir—agregó Luis, sonriendo con tristeza;—pero ya sabe usted lo que le decía anteayer; nadie va donde debe ir, todo el mundo va hacia donde lo empuja el destino, y la prueba es que yo no debería haber venido aquí esta noche.
En ese momento volvimos a cruzarnos con D**.
—Querido—le dije,—veo que he cambiado de opinión.
—¿Y es usted de los nuestros?
—Sí.
—¡Ah, bravo! Sin embargo, debo prevenirle una cosa.
—¿Cuál?
—Que todos los que cenen esta noche con nosotros deben volver a cenar con nosotros pasado mañana.
—¿En virtud de qué ley?
—En virtud de una apuesta con Chateau-Renaud.
Sentí estremecerse vivamente a Luis, cuyo brazo tenía bajo el mío. Me di vuelta: aunque estuviese más pálido que un momento antes, su rostro había permanecido impasible.
—¿Y qué apuesta es ésa?—pregunté.
—¡Oh! el cuento es demasiado largo para decírselo en este sitio. Además, hay una persona interesada en la apuesta, que podría hacérsela perder si oyera hablar de ella.
—Perfectamente; hasta luego a las tres.
—Hasta luego.
Nos separamos nuevamente: al pasar frente al reloj miré y vi que eran las dos y treinta y cinco minutos.
—¿Conoce usted a ese señor Chateau-Renaud?—me preguntó Luis con una voz cuya emoción trataba en vano de disimular.
—De vista solamente; le he encontrado algunas veces en sociedad.
—¿De modo que no es amigo suyo?
—Ni siquiera conocido.
—¡Ah! ¡me alegro!—dijo Luis.
—¿Por qué?
—Por nada.
—Pero ¿usted le conoce?
—Indirectamente.
A pesar de lo evasivo de la respuesta, fácil me fué comprender que entre el señor de Franchi y el señor de Chateau-Renaud existía una de esas misteriosas relaciones cuyo conductor es la mujer. E instintivamente comprendí que sería mejor para mi compañero que nos volviéramos a nuestras respectivas casas.
—Oiga usted, amigo mío—le dije.—¿Quiere usted seguir mi consejo?
—Vamos...
—Pues, dejemos esa cena en casa de D**.
—¿Por qué razón? ¿No nos aguarda, o mejor dicho, no le ha anunciado usted que le lleva un convidado?
—Sí: no se trata de eso.
—Entonces, ¿por qué?
—Sencillamente porque creo que sería mejor que no fuéramos.
—Pero, al fin y al cabo, ¿tiene usted un motivo para cambiar así de opinión? Hace un momento insistía usted en llevarme, casi a pesar mío.
—Y nos encontraremos con Chateau-Renaud.
—Tanto mejor: dicen que es muy amable, y me agradaría conocerlo bien.
—¡Entonces, sea!—dije.—Vamos, ya que usted lo quiere.
Bajamos a buscar nuestros sobretodos.
D** vivía a dos pasos de la Ópera; la noche estaba hermosa: pensé que el aire libre calmaría un tanto el espíritu de mi compañero. Le propuse, pues, que fuéramos a pie, y aceptó.
En la sala encontramos a varios amigos míos, y, como yo lo había sospechado, dos o tres máscaras sin careta, que tenían sus ramilletes en la mano, aguardando el momento de ponerlos en los vasos. Presenté al señor Luis de Franchi, a unos y a otras, y demás está decir que fué cortésmente recibido por todos.
Diez minutos más tarde llegó también D**, conduciendo al ramillete de myosotis, que se quitó el antifaz con un abandono y una facilidad que indican, primero, a la mujer bonita; y después, a la mujer acostumbrada a esa clase de fiestas.
Cuando puse en contacto a de Franchi y a D**, mi amigo B** hizo la más oportuna de las indicaciones:
—Si ya no queda nadie por presentar pido que nos sentemos a la mesa.
—Todo el mundo está presentado, pero todos los invitados no han venido—contestó Dujarrier.
—¿Quién falta?
—Chateau-Renaud.
—¡Ah, es verdad! ¿no tiene una apuesta pendiente?—preguntó V**.
—Sí, por una cena de doce personas que pagará si no trae a cierta dama que se ha comprometido a traer.
—¿Y quién es esa dama—preguntó el ramillete de myosotis,—tan esquiva que da motivo a apuestas semejantes?
Miré a de Franchi; estaba tranquilo en apariencia, pero pálido como la muerte.
—¡Vamos!—dijo Dujarrier,—no creo que sea una indiscreción decir el nombre de esa máscara; tanto más cuanto que es muy probable que no la conozcan ustedes. Es la señora...
Luis puso la mano en el brazo de Dujarrier.
—Señor—le dijo,—en obsequio a nuestra nueva amistad, hágame usted un favor...
—Cuanto usted desee...
—No nombre usted a la persona que debe venir con el señor Chateau-Renaud: bien sabe usted que es una mujer casada.
—Sí, pero el marido está en Esmirna, en las Indias, en Méjico, qué sé yo dónde. Cuando un marido está tan lejos es, ya sabe usted, como si no existiera.
—Pues el marido vuelve dentro de pocos días; le conozco, es un caballero y yo desearía evitarle, si es posible, que a su vuelta conozca la inconsecuencia de su mujer.
—Entonces, discúlpeme usted—contestó Dujarrier.—Ignoraba que conociese usted a esa señora; hasta dudaba de que fuera casada: pero, desde que usted la conoce y conoce al marido...
—Los conozco.
—Seremos de la mayor discreción. Señoras y señores, venga o no venga Chateau-Renaud, llegue solo o acompañado, pierda o gane su apuesta, ruego a ustedes que guarden el secreto de esta aventura.
Todos lo prometieron a una voz, probablemente no por sentimiento muy profundo de las conveniencias sociales, sino porque tenían mucho apetito y, por consiguiente, estaban deseando ponerse a la mesa.
—Gracias, señor—dijo de Franchi estrechando la mano de Dujarrier,—le aseguro a usted que acaba de hacer una buena acción.
Pasamos al comedor y nos sentamos. Dos sillas quedaron desocupadas: la de Chateau-Renaud, y la de la persona que debía acompañarle.
El criado fué a sacar los cubiertos.
—¡No!—dijo el dueño de la casa;—deje usted esos asientos: Chateau-Renaud tiene plazo hasta las cuatro de la mañana. A las cuatro sacará usted el cubierto: a las cuatro en punto habrá perdido su apuesta.
Yo no dejaba de mirar a de Franchi; vi que volvía los ojos hacia el reloj que señalaba las tres y cuarenta.
—¿Anda bien ese reloj?—preguntó fríamente de Franchi.
—No me preocupa—contestó Dujarrier,—pues he hecho arreglar el reloj por el de Chateau-Renaud, para que no tenga motivo alguno de queja.
—Pero, señores—dijo el ramillete de myosotis,—puesto que no se puede hablar de Chateau-Renaud y su desconocida, no hablemos más de ellos, porque vamos a caer en los símbolos, las alegorías y los enigmas, lo que resulta mortalmente fastidioso.
—Tiene usted razón, Estela—contesto V**;—hay tantas mujeres de quienes se puede hablar y que no quieren otra cosa...
—A la salud de ellas—dijo Dujarrier.
Y comenzaron a llenarse las copas de champaña helado. Cada uno de los convidados tenía una botella frente a él.
Noté que Luis humedecía apenas los labios en su copa.
—Beba usted—le dije;—ya ve que no va a venir.
—Todavía no son más que las cuatro menos cuarto—replicó.—A las cuatro, y por atrasado que esté, le prometo igualar al que vaya más adelante...
—¡Magnífico!
Mientras cambiamos estas palabras en voz baja, la conversación había ido haciéndose general y bulliciosa; de tiempo en tiempo, Dujarrier y Luis dirigían la vista al reloj que continuaba su marcha impasible, a pesar de la impaciencia de las dos personas que consultaban sus minuteros.
A las cuatro menos cinco miré a Luis.
—A su salud—le dije.
Tomó la copa sonriendo, y había bebido la mitad o poco menos, cuando sonó un campanillazo.
Yo hubiera creído que no hubiese podido ponerse más pálido de lo que estaba, pero me engañé.
—¡Él es!—dijo.
—Sí, pero no quizá con ella—repliqué.
—Es lo que vamos a ver.
El campanillazo había despertado la atención de todo el mundo, y el más profundo silencio sucedió a la ruidosa conversación que rodaba alrededor de la mesa saltando a veces por encima de ella.
Se oyó una especie de discusión en la antesala.
Dujarrier se levantó y fué a abrir la puerta.
—Le he conocido la voz—me dijo Luis tomándome el puño que me oprimió con fuerza.
—¡Vamos! ¡valor! sea usted hombre, es evidente que si viene a cenar con un hombre a quien apenas conoce y entre gentes a quienes no conoce, se trata sencillamente de una perdida, y una perdida no es digna del amor de un caballero.
—Pero entre usted, señora, se lo suplico—decía Dujarrier en la antesala,—entre usted: le aseguro que estamos completamente entre amigos.
—Pero entra, mi querida Emilia—agregaba Chateau-Renaud;—si no quieres, no te quitarás la careta...
—¡Qué miserable!—murmuró Luis.
En ese mismo instante una mujer entró, arrastrada más que conducida por Dujarrier, que creía cumplir así con su deber de dueño de casa, y por Chateau-Renaud.
—Las cuatro menos tres minutos—dijo en voz baja Chateau-Renaud a Dujarrier.
—Muy bien, querido, ha ganado usted.
—Todavía no, señor—dijo la desconocida, dirigiéndose a Chateau-Renaud, e irguiéndose,—pues ahora comprendo su insistencia de usted: ¿había usted apostado a que me traería a cenar aquí, no es cierto?
Chateau-Renaud calló. La desconocida se dirigió entonces a Dujarrier.
—Puesto que este hombre no contesta—dijo,—conteste usted, señor: ¿No es verdad que el señor Chateau-Renaud había apostado que me traería a cenar en esta casa?
—No puedo ocultarle a usted, señora, que el señor Chateau-Renaud me había hecho abrigar esa esperanza.
—Pues bien, el señor Chateau-Renaud ha perdido, porque yo ignoraba dónde me conducía, y creía venir a casa de una de mis amigas: ahora, como no he venido voluntariamente, creo que el señor Chateau-Renaud debe perder su apuesta.
—Pero ya que estás aquí, mi querida Emilia—repuso el señor Chateau-Renaud,—te quedarás, ¿no es cierto? Observa que tenemos excelente sociedad de hombres, y alegre compañía de mujeres.
—Ya que estoy aquí—dijo la desconocida por toda contestación,—agradeceré al señor, que me parece el dueño de la casa, la cortés acogida que quiere hacerme, pero como, desgraciadamente,no puedo aceptar su galante invitación, rogaré al señor Luis de Franchi que me ofrezca el brazo para acompañarme a casa.
—Le haré observar a usted, señora—dijo Chateau-Renaud, con los dientes apretados de cólera,—que yo la he acompañado a usted hasta aquí, y que, por consiguiente, a mí me toca llevarla hasta su casa.
—Señores—dijo la desconocida,—son ustedes cinco, y me pongo bajo la salvaguardia de su honor; espero que no se permitirá que el señor de Chateau-Renaud me haga la menor violencia.
Chateau-Renaud hizo un movimiento: todos nos levantamos.
—Está bien, señora—dijo aquél;—queda usted libre, ya sé con quién tendré que habérmelas.
—Si es conmigo, señor—dijo Luis de Franchi con una altanería imposible de describir,—me encontrará usted mañana todo el día en la calle de Helder, núm. 7.
—Muy bien, caballero; quizá no tenga el gusto de presentarme personalmente en su casa, pero espero que querrá usted recibir en mi lugar a dos de mis amigos.
—No le faltaba a usted, señor—dijo Luis de Franchi, encogiéndose de hombros,—sino dar esa clase de citas delante de una dama. Venga usted, señora—continuó, tomando del brazo a la desconocida,—y crea usted que agradezco desde el fondo del corazón el honor que usted me dispensa.
Y ambos salieron en medio del más profundo silencio.
—¡Vaya, y qué!—dijo Chateau-Renaud, apenas se cerró la puerta:—he perdido y nada más. Hasta pasado mañana a la noche, todos los presentes, en la fonda de los Frères-Provençaux.
Se sentó en uno de los asientos desocupados, y tendió la copa a Dujarrier, para que se la llenara.
Pero, como se comprende, y a pesar de la ruidosa hilaridad de Chateau-Renaud, el resto de la cena resultó bastante sombrío.