VIII

VIII

Al día siguiente, o mejor dicho, aquel mismo día, hallábame a las diez de la mañana a la puerta del señor Luis de Franchi. Al subir la escalera me encontré con dos jóvenes que bajaban: el uno era, evidentemente, un hombre de sociedad; el otro, con la condecoración de la Legión de Honor, parecía, aunque estuviese vestido de particular, un oficial del ejército.

No me cupo duda de que aquellos dos caballeros salían de la casa de de Franchi, y los seguí con los ojos hasta el pie de la escalera, para continuar luego mi camino y llamar a la puerta de mi joven amigo.

El criado acudió a abrir: su amo se hallaba en el bufete.

Cuando entró para anunciarme, Luis, que se hallaba sentado escribiendo, levantó la cabeza.

—Pues precisamente—dijo arrugando el billete comenzado y arrojándolo al fuego,—esta esquela era para usted, e iba a enviarla a su casa. Está bien, José, no estoy para nadie.

El criado salió.

—¿No ha encontrado usted a dos caballeros en la escalera?—continuó Luis acercando su sillón.

—Condecorado uno de ellos...

—Precisamente.

—Sospeché que salían de aquí.

—Y ha adivinado.

—¿Venían de parte del señor Chateau-Renaud?

—Son sus padrinos.

—¡Ah! caramba, conque ha tomado la cosa a lo serio, por lo que se ve...

—No podía ser de otro modo, como usted comprenderá—contestó Luis.

—¿Y venían?...

—A pedirme que enviara dos de mis amigos a conversar del asunto con ellos: entonces pensé en usted.

—Mucho le agradezco su recuerdo, pero no puedo ir solo a verme con ellos.

—He rogado a uno de mis amigos, el barón Giordano Martelli, que venga a almorzar conmigo. Estará aquí a las once. Almorzaremos juntos, y a mediodía tendrán ustedes la bondad de ir a casa de esos señores que han prometido no salir hasta las tres. Aquí están sus nombres y sus señas.

Y Luis me presentó dos tarjetas.

El uno se llamaba el vizconde René de Chateaugrand, el otro el señor Adriano de Boissy. El primero vivía en la calle de la Paz, número 12; el segundo, que, como yo lo había sospechado, pertenecía al ejército, era teniente de los cazadores de África, y vivía en la calle de Lille, número 29.

Volví y revolví las tarjetas en la mano.

—Y... ¿qué es lo que le preocupa a usted?—preguntó Luis.

—Quisiera saber, francamente, si toma usted este asunto a lo serio. Ya comprende usted que nuestra conducta depende de eso.

—¡Cómo! ¡Muy en serio! Por otra parte, ya lo ha visto usted, me he puesto completamente a las órdenes del señor Chateau-Renaud, y él es quien me envía sus padrinos. No me toca, pues, nada más que dejarlo hacer.

—Sí, seguramente, pero al fin y al cabo...

—Termine usted—dijo Luis sonriendo.

—Pero, al fin y al cabo, hay que saber por qué se baten ustedes. Uno no puede ver que dos hombres se maten sin conocer, por lo menos, el motivo del combate. Ya sabe usted que la posición del padrino es más grave, en cuanto a responsabilidad, que la del combatiente.

—Por eso también, voy a decirle a usted en dos palabras el motivo de esta disputa. Helo aquí: A mi llegada a París, uno de mis amigos, capitán de fragata, me presentó a su mujer. Era hermosa, era joven; al verla sentí tan profunda impresión que, temiendo enamorarme de ella, aproveché lo menos posible el permiso de ir a su casa a cualquier hora. Mi amigo se quejaba de mi indiferencia, y tanto se quejó que, al fin, acabé por decirle francamente la verdad: que sumujer era demasiado encantadora para exponerme a verla demasiado a menudo. Se sonrió, me tendió la mano, y exigió que fuese a comer con él ese mismo día.

—Querido Luis—me dijo a los postres,—dentro de tres semanas saldré para Méjico; quizá permanezca ausente tres meses, quizá seis, quizá más... Nosotros, los marinos, sabemos a veces cuándo marchamos, pero nunca cuándo volveremos. Le recomiendo a Emilia durante mi ausencia. Emilia, te ruego que trates a Luis de Franchi como a un hermano.

La joven contestó tendiéndome la diestra.

Yo estaba estupefacto: no supe qué contestar, y debí parecer de lo más tonto a mi futura hermana.

Mi amigo partió efectivamente, tres semanas después.

Durante aquellas tres semanas había exigido que fuere a comer con ellos por lo menos una vez cada semana.

Emilia se quedó con su madre: no necesito decirle a usted que la confianza de su marido había hecho que fuera sagrada para mí, y que, sin dejar de amarla mucho más que a una hermana, nunca la consideré de otro modo.

Pasaron seis meses. Emilia vivía con su madre, y su marido antes de marcharse le había exigido que continuara recibiéndome. Mi pobre amigo no temía nada tanto como la reputación de hombre celoso: el hecho es, también, que adoraba a Emilia, y que tenía absoluta confianza en ella.

Emilia continuó recibiéndome, pues. Por otra parte sus recibos eran íntimos, y la presencia de la madre quitaba hasta a los espíritus más perversos todo pretexto de reproche; así es que nadie dijo palabra que pudiera empañar siquiera su reputación.

Hace tres meses, poco más o menos, el señor Chateau-Renaud se hizo presentar. Usted cree en los presentimientos, ¿no es cierto? Pues al verlo me estremecí; no me dirigió la palabra; se mostró lo que debe ser un hombre de mundo en un salón, y sin embargo, cuando salió... yo le odiaba ya. ¿Por qué? Yo mismo lo ignoraba, o mejor dicho, había notado que él también había sentido la impresión que sentí al ver a Emilia por primera vez.

Parecíame también que Emilia, por su parte, lo había recibido con desusada coquetería: me engañaba sin duda, pero, ya se lo he dicho a usted, allá en el fondo del corazón no había dejado de amar a Emilia, y estaba celoso.

Así es que, en la siguiente velada no perdí de vista alseñor de Chateau-Renaud; quizá notara mi persistencia en seguirlo con los ojos, pues me pareció que, hablando a media voz con Emilia, trataba de ponerme en ridículo.

Si hubiera dado oídos únicamente a mi corazón, aquella misma noche hubiera provocado un incidente con cualquier pretexto, y me hubiese batido con él; pero me contuve, diciéndome que semejante conducta sería absurda.

¡Qué quiere usted! de allí en adelante, cada viernes fué para mí un nuevo suplicio. El señor de Chateau-Renaud era un hombre de mundo en toda la extensión de la palabra, un elegante, un león; bajo muchos conceptos, yo mismo reconocía su superioridad sobre mí, pero me parecía que Emilia lo colocaba mucho más alto que lo debido.

Pronto supe que no era yo sólo el que había observado la preferencia de Emilia hacia el señor de Chateau-Renaud; esa preferencia aumentó de tal modo y se hizo tan visible que Giordano, que también frecuentaba la casa, me habló de ella.

Desde aquel momento tomé mi partido: resolví hablar a mi vez a Emilia, convencido como estaba de que por su parte aquello no era todavía más que una inconsecuencia, y que con sólo abrirle los ojos sobre su conducta reformaría cuanto hasta entonces hubiera podido hacerla acusar de ligereza.

Pero, con grande asombro mío, Emilia tomó a broma mis observaciones, pretendiendo que yo estaba loco y que cuantos participaban de mis ideas estaban tan locos como yo.

Insistí.

Emilia me contestó que no tenía que pedirme consejo en un asunto de esa especie, y que un hombre enamorado era necesariamente un juez poco imparcial.

Me quedé estupefacto: ¡el marido se lo había dicho todo!

Ya comprende usted que, desde aquel momento, mi papel, encarado como el de un amante desgraciado y celoso se hacía ridículo, y hasta odioso si se quiere: cesé de ir a casa de Emilia.

Pero no por eso dejé de tener noticias suyas; no por eso dejé de saber lo que hacía, y de sufrir, pues ya comenzaban a notarse las asiduidades del señor de Chateau-Renaud, con Emilia, y a hablarse de ellas en alta voz.

Resolví escribirle; lo hice con toda la mesura de que soy capaz, suplicándole, en nombre de su honor comprometido,en nombre de su esposo ausente y lleno de confianza en ella que pensase seriamente en lo que hacía; pero no me contestó.

¡Vamos! El amor es independiente de la voluntad; la pobre criatura amaba, y como amaba estaba ciega, o mejor dicho, quería estarlo a toda costa.

Poco tiempo después oí decir públicamente que Emilia era la querida de Chateau-Renaud. No puede usted figurarse lo que sufrí...

Mi hermano sintió entonces la repercusión de mi dolor.

Entretanto pasaron varios días, y usted llegó.

El mismo día de su llegada, yo había recibido una carta anónima: Venía de parte de una dama desconocida que me daba cita en el baile de la Ópera. Decíame la dama que tenía algunos datos que ofrecerme acerca de una señora amiga mía, de la que, por el momento se contentaba con darme el nombre de bautismo: Emilia...

En cuanto a la autora de la carta, la reconocería en el baile por un ramillete de violetas.

Recuerdo haberle dicho a usted entonces que no debía ir a aquel baile; pero, lo repito, iba empujado por la fatalidad.

Fuí. Encontré a mi dominó a la hora y en el sitio indicado por ella. Me confirmó lo que ya me había dicho: que Emilia era la amante de Chateau-Renaud, y como yo lo dudara o mejor dicho fingiera dudarlo, la desconocida me dió esta prueba: el señor de Chateau-Renaud había apostado que llevaría a su nueva querida a cenar en casa de Dujarrier.

La casualidad hizo que usted conociese a Dujarrier, que éste le invitase a cenar, que usted le pidiera autorización para llevar a un amigo, y que ese amigo fuera yo...

Ya sabe usted lo demás.

Y ahora, ¿qué puedo hacer, sino aguardar y aceptar las proposiciones que se me hagan?

Nada había que replicar a esto, de modo que incliné la cabeza.

—Pero—dije al cabo de un momento, con cierto temor,—creo recordar, y espero engañarme, que su hermano me ha dicho que jamás ha tocado usted una pistola ni una espada.

—Es cierto.

—¡Pero, entonces, está usted a la merced de su adversario!

—¡Qué quiere usted! ¡Dios dirá!

En aquel mismo instante el criado anunció al barón Giordano Martelli.

Era, como de Franchi, un joven corso de la provincia de Sartène; servía en el regimiento 17, en que, dos o tres admirables hechos de armas lo habían hecho nombrar capitán a los 23 años. De más parece decir que iba vestido de particular.

—¡Vamos!—exclamó después de saludarme,—las cosas han llegado adonde tenían que llegar, y según lo que me has escrito vas a recibir hoy la visita de los padrinos del señor de Chateau-Renaud...

—Ya han venido.

—¿Te dieron su nombre y dirección?

—Aquí están sus tarjetas.

—¡Bueno! el criado me ha dicho que la mesa estaba servida... Almorcemos, y en seguida iremos a devolverles la visita.

Pasamos al comedor, y ya no se volvió a tratar del asunto que nos reunía.

Luis me interrogó entonces acerca de mi viaje a Córcega, pues hasta entonces aún no había tenido tiempo de contarle cuanto ya sabe el lector.

En aquel momento, cuando el espíritu del joven se había tranquilizado con la seguridad de que al día siguiente se batiría con Chateau-Renaud, todos los sentimientos de patria y de familia le rebosaban del corazón. Me hizo repetir veinte veces lo que para él me había dicho su madre y su hermano. Lo que más le conmovía, conociendo las costumbres realmente corsas de Luciano, eran los esfuerzos que había hecho para apaciguar la querella de los Orlandini y los Colonna.

Dieron las doce.

—Creo, y esto no importa despedirlos—dijo Luis,—que ya es hora de ir a devolver la visita a esos caballeros; tardando más podría creerse que los descuidamos.

—¡Oh! en cuanto a eso, tranquilícese usted—repliqué.—No hace dos horas que han salido de aquí, y han tenido que darle a usted el tiempo necesario para avisarnos.

—No importa—dijo el barón Giordano;—Luis tiene razón.

—Pero, ahora—agregué,—es necesario que sepamos si prefiere usted la espada o la pistola.

—¡Oh! ¡Dios mío! ya sabe usted que me es completamente indiferente, puesto que no sé manejar ninguna de las dos. Por otra parte, el señor de Chateau-Renaud me ahorrará el trabajo de elegir. Sin duda se considerará ofendido, y con este título podrá imponer el arma que le convenga.

—Sin embargo, la ofensa es discutible. Usted no ha hecho más que tomar el brazo que se le ofrecía.

—Escuche usted—me contestó Luis,—a mi juicio cualquier discusión podría tomar el aspecto de un deseo de arreglo. Soy de inclinaciones muy pacíficas, como usted sabe; estoy muy lejos de ser un duelista, pues éste es el primer duelo que tengo, pero precisamente a causa de todas esas razones quiero jugar con toda liberalidad...

—Fácil es decirlo, querido; pero usted juega sólo la vida, y nos deja a nosotros, ante toda su familia, la responsabilidad de lo que ocurra...

—¡Oh! en cuanto a eso puede usted estar tranquilo, conozco a mi madre y a mi hermano. Se limitarán a preguntarle a usted: «¿Se ha conducido Luis como un caballero?» Y cuando usted les haya contestado «Sí», dirán a su vez: «está bien».

—Pero, ¡caramba! de todas maneras necesitamos saber qué arma prefiere usted.

—Pues, si se propone la pistola, acepten ustedes en seguida.

—Es también mi opinión—dijo Giordano.

—Vaya por la pistola—murmuré,—ya que ambos la prefieren. Pero la pistola es un arma perversa.

—¿Tengo tiempo de aprender a manejar la espada de aquí a mañana?

—No. Pero quién sabe si con una buena lección de Grisier no llegara usted a defenderse un tanto...

Luis sonrió.

—Créame usted—dijo;—lo que ha de sucederme mañana, está ya escrito allá arriba, y hagamos lo que hagamos, no lo podemos variar...

Le dimos un apretón de mano y bajamos.

Nuestra primer visita fué, naturalmente, para aquel de los padrinos que vivía más cerca, es decir, el señor de Chateaugrand, que, según ya dije, vivía en la calle de la Paix, número 12.

Este caballero no estaba visible para nadie que no se presentara en nombre del señor Luis de Franchi. Así, pues,apenas presentamos nuestras tarjetas y dijimos quién nos enviaba, fuimos introducidos en la casa.

Hallamos en el señor de Chateaugrand un perfecto hombre de mundo. De ninguna manera permitió que nos diéramos el trabajo de ir a casa del señor de Boissy, diciéndonos que ambos habían convenido que aquél en cuya casa nos presentásemos enviaría en busca del otro. E inmediatamente envió a su lacayo a avisar al señor de Boissy que estábamos aguardándole en su casa.

Durante aquel momento de espera no se trató para nada del asunto que nos reunía. Se habló de carreras, de la ópera, de cacerías...

Diez minutos después llegaba el señor de Boissy.

Ni siquiera mencionaron la pretensión de elegir armas: la espada y la pistola eran igualmente familiares para el señor de Chateau-Renaud, que dejaba la designación al señor de Franchi o a la suerte.

Se tiró una moneda de cinco francos al aire, la cara para la espada, la cruz para la pistola: cayó cruz.

En seguida se resolvió que el encuentro se efectuase al día siguiente, a las diez de la mañana, en el bosque de Vincennes; que los adversarios se colocarían a veinte pasos de distancia, que se darían tres palmadas, y que a la tercera harían fuego.

Fuimos a comunicar este resultado al señor de Franchi.

Aquella noche, al volver a casa, encontré las tarjetas de los señores de Chateaugrand y de Boissy.


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