Sandoval quiso reñirla por su falta de respeto y de juicio.
—Vaya—exclamó Consuelo insinuando un mohín como si fuese a llorar—, te aseguro que por hoy no puede ser; no te encalabrines, hombre, mañana será otro día; ahora estoy muy distraída y os será imposible sacar partido de mí. ¿Sabes de lo que estaba acordándome hace un rato?... Pues de aquella fábula que habla de un labrador que, estando sentado a la sombra de un guindo,se lamentaba de que las guindas no fuesen tan grandes como los melones; y cuando ya empezaba a sentir humos de teólogo campestre y a decir que el mundo no estaba bien arreglado y que Dios no sabía un pitoche de eso de fabricar planetas, ¡pum! le cayó una guinda en la punta de la nariz; lo cual le hizo comprender que bien están los melones cerquita del suelo. Y por eso yo pensaba: si conforme esta bola es una esferita que no pesa, fuese como un melón o un pepino, cualquiera me hacía estar debajo de ella...
—Pues mírese usted las narices—dijo Montánchez—, a mí, me es igual...
—Como a mí—interrumpió ella riendo—, que se mire usted las suyas, o que se las suene.
—Lo digo porque los resultados son idénticos; ese procedimiento y el de mirarse el ombligo eran los usados por los frailes medioevales.
—¡Hoy no me parece nada bien; mañana, mañana!...—gritó Consuelo.
Montánchez se convenció de que la misma impresionabilidad de la joven, que al principio juzgó circunstancia favorable para emplear el hipnotismo como plan curativo, era el primer obstáculo que entorpecía sus planes.
Consuelo Mendoza era una desequilibrada animada por un espíritu de protesta que la incitaba a rebelarse continuamente. Cuando comprendía que se trataba de un asunto serio sentía deseos de jugar, porque su alegría y su risa seexcitaban ante la gravedad ajena; y, por el contrario, si veía a los demás contentos, experimentaba súbitos accesos de tristeza. El único modo de dominarla era sorprenderla con lo desconocido, con lo que ella no pudiese prever ni esperar; a traición exclusivamente se vencerían las asperezas de aquel carácter que sólo era consecuente en sus propias inconsecuencias.
—Estoy seguro de subyugarla—decía Montánchez a su amigo—; si bien necesitamos aprovechar la ocasión propicia. Siempre el primer experimento es el más difícil, porque aún el organismo no está predispuesto a recibir las influencias del sueño hipnótico, pero en los sucesivos se camina como por país conquistado.
Aquella ocasión tardó mucho en presentarse.
Aunque Alfonso dejó de ir al casino con tal de que Montánchez fuese a visitarle por las tardes, casi nunca Consuelo les acompañaba: se metía en sus habitaciones y ellos quedaban en el comedor, con los pies colocados sobre los morillos de la chimenea, las piernas envueltas en mantas, fumando y bebiendo café, adormecidos en la tibieza de la atmósfera. A veces Consuelo, cansada de estar sola, venía a acompañarles: ellos entonces sacudían su pereza oriental y hablaban de los asuntos del día, para distraerla: Sandoval refería chascarrillos o el escándalo de la última semana: Montánchez le escuchaba atentamente, porqueaquéllos eran los ecos de un mundo que él desconocía.
Las conversaciones de su amigo despertaban en su memoria gratos recuerdos de otros tiempos y de otros lugares, y su borrascosa juventud desfilaba ante sus ojos medio cerrados: él también había amado y reñido con maridos celosos, y recibido heridas por mujeres que no le importaban, y peleado, como Byron, por una patria que no era la suya, y sufrido miserias por el gusto de triunfar de todas y poder referirlas después... Y entonces recordaba los años que fueron y le acometían súbitos deseos de desenterrar, charlando, detalles de su historia que sus amigos ignoraban; y cuando Alfonso agotaba el tema de las comidillas callejeras, Gabriel hablaba de París, de Argel, de un carnaval pasado en Venecia, de la noche en que hirió, a la entrada de Atenas, a un marinero corso por una mora a quien había visto sólo un ojo y con la cual huyó después a Menidi; de las noches pasadas al pie de las palmeras en los oasis, contemplando el fantástico espectáculo de la luna iluminando la arenosa inmensidad del desierto; y de las orgías nocturnas celebradas en góndolas al pie del Vesubio, con napolitanas complacientes...
A Consuelo la divertían aquellos episodios que, por lo inverosímiles, parecían capítulos sacados de un folletín.
Montánchez gozaba refiriéndolos, y como losrecuerdos, cuando son muy vivos, caldean el cerebro, aquellas viejas memorias adquirían a sus ojos toda la fuerza de la realidad: entonces parecía que su alma misteriosa, deponiendo su habitual reserva, se desdoblaba para mostrarse mejor, y Consuelo le escuchaba embelesada, algunas veces con curiosidad, otras con grima, siempre con interés.
Gabriel Montánchez, que vivió mucho en poco tiempo, era más viejo de lo que parecía y tenía una historia más larga de lo que sus amigos imaginaban. Aquel hombre cuyos ojos encerraban, como el mar, abismos insondables; el médico que vivía encerrado en su estudio, emborrachándose con tinta, según la expresión de Flaubert, y arrancándole secretos al cuerpo humano con el microscopio y el bisturí; aquel viejo de cuarenta años, tan frío y dueño de sí mismo, era en sus ratos de expansión, otro individuo. A pesar del empeño que siempre mostraba en no revelarse, la naturaleza o el temperamento vencían su voluntad, y el alma surgía. Su conversación era sencilla, su lenguaje claro, sus pensamientos ingeniosos o mordaces: todo lo refería llanamente, con un candor de niño grande que cautivaba, aun cuando tratase asuntos difíciles: los mayores delitos los refería claramente, sin rebuscar palabras que dulcificaran las durezas de la acción ni disculparse de las infamias cometidas.
Aquellas confesiones provocaban las de Sandoval,reverdecía sus amores de estudiante, las graves deudas que contrajo y de las cuales hubo de librarle su padre, su viaje por Europa, en compañía de algunas pecadoras que se encargaron de embellecerle su estancia en Basilea, Munich y París, y otros pormenores de su antigua vida de soltero: Montánchez refería una historieta y él otra, y a veces contaban entre los dos una travesura en que ambos intervinieron.
Consuelo les oía silenciosa, sin acordarse de su costura, pensando que su inocencia debía de ser muy grande cuando no tenía nada que referir: quería conocer bien los secretos del hombre a quien estaba unida por los vínculos del amor, de la religión y de la ley, y de aquel otro fantástico personaje que el Destino atravesaba en su camino. Pero en Alfonso jamás sorprendió nada aborrecible; siempre fué el mismo calavera de buen tono, franco y valiente, que ella conoció; mozo sin dobleces ni hipocresías, poeta por temperamento y artista de corazón, que necesitaba de la alegría y del amor, como del aire, para poder vivir.
En Montánchez su fino instinto procuró ver la luz, y, no hallándola, retrocedió espantada ante las tinieblas pavorosas que rodeaban su espíritu gigante: aquel hombre, a pesar de su amabilidad y de la miel que destilaban sus labios, tenía una historia lúgubre, que se traslucía en las sencillas narraciones de su vida pasada. Lo más novelesco,los cuadros más interesantes y dramáticos, aquéllos donde existía un destello de pasión para disculpar los errores del hombre, eran los que Montánchez contaba; pero tras estos episodios había otros cuidadosamente velados, lagunas enormes que el narrador no quiso o no supo llenar, contradicciones que envolvían misterios, viajes sin objeto, ciudades y personas cuyos nombres no pudo saber.
A Sandoval le parecía su amigo un calavera afortunado y de talento, que, cansado de correr mundo, se retiró a la vida tranquila cuando su cerebro conservaba aún muchas energías para el estudio y su corazón mucho entusiasmo por la gloria; para Consuelito Mendoza, Gabriel Montánchez era algo peor que un aventurero; era un criminal; y su imaginación, predispuesta siempre a ver las cosas abultadas y por su lado pésimo, creyó adivinar en el misterioso pasado de aquel truhán muchas páginas rojas. Su marido decía que Gabriel fué un loco de buena índole, porque él era bueno y no podía juzgar mal a nadie; pero ella no pensaba así: Montánchez no trabajaba “por amor al estudio”, mentira; quien tal cosa dijese, era un embustero o un tonto: estudiaba por distracción, por espantar algún remordimiento ineluctable: el trabajo era para él lo que el aguardiente para los borrachos o el opio para los chinos; un medio de olvidar...
Gabriel Montánchez era alto, fornido, con unpechazo de atleta y un cuello de león. Cuando aquel cerebro privilegiado funcionó estimulado por la abrasadora sangre de la juventud, y a sus nervios, semejantes a hilos telegráficos, los contrajo la pasión, sus energías serían portentosas. Era, pues, un coloso que, si entonces se mostraba grande en sus libros y en sus rarezas, también lo fué antes en sus amores y en sus crímenes. Un amor desgraciado y un crimen horrendo: tal era, según Consuelo, el nudo más interesante de la historia del terrible médico.
Prescindiendo de estas particularidades físicas, lo que más aterrorizaba a Consuelo era la aureola sobrenatural que, según ella, envolvía el nacimiento y la historia del arriscado desertor de las tropas argelinas. Montánchez era médico, conocía el mecanismo de los músculos y de los huesos, los secretos de la química y de la botánica, y dormir con los ojos e imponer su voluntad a la persona dormida, convirtiéndola en instrumento inconsciente y dócil de sus caprichos; y además de este saber peligroso que adquiriera en las bibliotecas, había viajado mucho por Oriente, donde aprendió, quizá por boca de algún endiablado brujo, el secreto de componer venenos, decir sortilegios y preparar filtros mágicos. En suma: Montánchez era un bandido que, cual otro Judío Errante, recorrió el mundo bajo la nefasta influencia de su sino; un corsario del siglo XV vestido a la moderna, un brujo rezagado de la última “misa negra”que se celebró antes del descubrimiento del gas; un nigromante que, a usar bigote, hubiera tenido tres pelos del diablo en cada una de sus guías; una mala persona de la que era prudente recatarse como de los espíritus infernales...
—Adviértele a Gabriel—dijo Consuelo a su marido una noche después que el médico se hubo marchado—, que no vuelva a contar más aventuras; de oírle me pongo nerviosa; es un hombre que da miedo, porque, si es malo lo que cuenta, peor es lo que calla.
—¿Así que tú crees que Montánchez es uno de los pocos demonios que se libraron de las parrillas inquisitoriales?
—Poco menos.
—Entonces, ¿un Borgia con su correspondiente redomita de venenos en el pomo de la espada?... Pues aún le haces favor...
—Búrlate cuanto quieras—exclamó la joven—, pero ¡ojalá que ese tío no sea nuestro ángel malo!
Alfonso sonrió.
—¡Ay, cabecita, cabecita mía!—dijo—, ¿cuándo te acostumbrarás a ver las cosas como son?...
Aquellas tardes de invierno pasadas con sus amigos y al amor de la lumbre, fueron una resurrección para el misantrópico carácter de Montánchez.
Insensiblemente su espíritu despertaba, sus expansiones eran más francas, sus pensamientosmás explícitos, y aunque seguía fiel a su antigua costumbre de vivir retraído, esquivando las impresiones con el mismo cuidado que ponía en impedir que ciertos elementos químicos quedasen expuestos a la luz, aquel cuartito bien alfombrado y confortable de la calle Arenal, fue para él un oasis delicioso en su desierto de estudios y vigilias. En casa de Alfonso encontró comodidades, una chimenea siempre encendida, tabacos, café, un amigo con quien evocar libremente los recuerdos de los años pretéritos en la seguridad de ser escuchado con interés, ya que sus vidas corrieron juntas muchas veces, y una mujer que halagaba su vanidad con la atención que prestaba al relato de sus aventuras.
En el seno de aquella intimidad, donde la presencia de Consuelo reforzaba el afecto de los dos amigos, pasó el invierno y llegó el mes de mayo con sus alegres alboradas.
—Estoy quebrantando mis votos—solía exclamar el médico—, y jugándome la tranquilidad; y como aún soy joven y remolco muchos vicios sobre la conciencia, temo que el mundo consiga engatusarme otra vez.
Sandoval procuraba retenerle alegando, entre otras razones, la necesidad de velar por la salud de su mujer.
—No seas maniático—decía—; aquí vives perfectamente, tan libre del mundo y del tiempo como en tu misma casa; puedes con más facilidadestudiar el temperamento y los achaques de mi enfermita y, sobre todo, ganar poco a poco su confianza y su aprecio, circunstancias que te permitirán entenderte con ella y someterla a tus procedimientos sugestivos.
—Eso sí—replicaba Gabriel—, en cuanto yo pueda allanar el misterioso santuario donde las personas nerviosas encierran sus afectos, y Consuelo se acostumbre a verme sin temblar, su curación está asegurada.
La vida de Montánchez había cambiado notablemente. Al principio sus visitas eran raras, parecía que le llevaban a remolque, y siempre pretextaba, para no ir, su amor a la soledad o la urgencia con que había de terminar algunos trabajos: después sus visitas menudearon y pocos meses después eran casi diarias: hubiérase dicho que su espíritu empezaba a disfrutar de una segunda primavera y que bajo el sol de la amistad retoñaban los pocos gérmenes que no tronchó el sufrimiento.
—El mundo y la juventud vencen mi voluntad—decía Gabriel cuando vió que el fastidio también le perseguía en su cuarto de estudio—; la soledad me aburre, mi dolor de tantos años se desploma, el contento vuelve a uncirme a su dorado carro de cascabeles...
Pero Consuelo creía con terror que quien le arrastraba era un diablo, y que ese diablo le empujaba hacia ella...
La joven seguía empeorando; cada vez su temperamento era más irritable, más irregular; lloraba y reía por todo, y su carácter cambiaba como las piedras de un kaleidoscopio sin que en ella se revelase ninguna idea matriz que sirviese de norma a sus pensamientos. Pocas eran los noches en que no sufría algún ataque de jaqueca: entonces se ponía insoportable; todo la molestaba: la luz, el ruido de los platos que la doncella fregaba a cencerros tapados al otro extremo de la casa, el ruido de la péndola del reloj, las voces de los vecinos, el rodar de los coches. Al fin se quedaba dormida boca abajo, con la cabeza entre las manos para no oír, sufriendo descargas nerviosas que la hacían brincar cual si de improviso la pusieran en comunicación con una pila eléctrica.
Algunos médicos que la examinaron dijeron que aquello no revestía gravedad, que todo ello desaparecería con los primeros síntomas de embarazo, y que era inútil y hasta peligroso emprender ningún plan curativo, ya que se trataba de una enfermedad que no ofrecía caracteres determinados. Montánchez también se mostró partidario de la espera.
—Aguardemos—decía—a que llegue el verano; el frío ejerce influencia funesta sobre los organismos delicados, pues contrae los nervios sometiéndolos a dolores cruelísimos; con los primeros calores se disiparán esos amagos de histerismoy entonces emplearemos con ella un tratamiento más bien higiénico que terapéutico.
A despecho de tantas opiniones tranquilizadoras, un accidente imprevisto demostró que no se trataba de ningún desarreglo vulgar, y que el mal de Consuelo adquiría proporciones alarmantes.
Una tarde, después que Montánchez se marchó, la joven fué a sentarse sobre las rodillas de su marido, rogándole con porfiada insistencia que contase algún cuento para distraerla; todo el día estuvo alegre y parlanchina, y muy entusiasmada con la idea de ir por la noche a ver unos acróbatas chinos que despertaban en el público, según decía el cartel, “gran atracción”.
—¿Te sientes bien?—preguntó Alfonso.
—Sí, muy bien.
—Tienes amarillentos los ojos y las encías muy pálidas—agregó él examinándola—; pronto empezarás a beber agua de hierro y en cuanto llegue el buen tiempo saldremos a pasear todas las mañanas, para que aspires los aires vivificadores del campo; y este verano, al mar, a bañarnos y a correr por la playa. Dos meses de vida salvaje nos harán infinito bien a los dos: este Madrid es una cloaca blasonada donde estamos pudriéndonos poco a poco.
—Conformes, ¿me cuentas eso?...
—No creas—continuó Sandoval distraído—, yo también deseo verme vestido de campesino y teneruna escopeta y un perro, ¡me aburren tanto esas alamedas del Retiro, con sus arbolitos recortaditos y afeitados por la mano del jardinero!...
—¿Me complaces en lo que pido—interrumpió Consuelito impaciente—, sí o no?
—Sí, niña; ¿qué es ello?
—Un cuento.
—¿Cómo lo quieres?
—¡Como te dé la gana, con tal que dure hasta la hora de cenar!
Y su cara, hasta entonces sonriente, se puso seria, expresando en pocos segundos sorpresa, furor y angustia.
Había visto en el alfiler de corbata de Alfonso un hilo de toquilla, que recordaba la presencia de otra mujer.
—¿Qué tienes aquí?—preguntó levantándose y cogiendo entre sus dedos convulsos aquella prueba de adulterio.
—¿Dónde?—preguntó Sandoval estupefacto.
—Aquí, ¿no ves? ¿Dónde has estado, de dónde vienes, a qué mujer has abrazado? Alfonso, dímelo por Dios, por tu madre... mira que prefiero saber la verdad, toda la verdad, por tus labios. ¿No ves? Habla, cuéntamelo todo, yo te perdono antes de saberlo... pero dime a quién has abrazado, dime su nombre, ¡su nombre! para que yo pueda maldecirlo...
—¡Consuelo, por lo que padeció Cristo en la cruz!
—Porque tú has abrazado a otra mujer—afirmó ella—; éste es un hilo de toquilla, de una toquilla azul y yo no tengo ninguna de ese color...
—Cálmate y déjame hablar—dijo Alfonso poniéndose muy serio—, y procura no aturdirme con papeles trágicos; estás preguntándome cosas a las cuales no puedo responder porque las ignoro tanto como tú...
—¡Mentira!
—Repito que no puedo satisfacer tu curiosidad más que con suposiciones: yo no he estado en ningún sitio donde no pueda entrar contigo, y con esto digo bastante: ni he hablado con mujeres. Ese hilo maldito habrá caído de algún balcón y se enredaría ahí... ¿qué sé yo?...
—¡Mentira!—gritó la joven con vehemencia—, conozco que mientes en tu manera tibia de negar; porque si fueras inocente y te doliesen mis dudas, protestarías fogosamente, como todo el que tiene su conciencia limpia.
Y continuó mesándose los cabellos:
—¡Con otra, Virgen santa, con otra, dejarme a mí por otra, a mí, que le quiero tanto!... ¡Eres un criminal que va matándome poco a poco!... Y es que ya no me quieres... estás harto de mí y con mi enfermedad, Dios mío, te aburro más aún... y me castigas así, dejándome, como si yo tuviese la culpa de los dolores que sufro...
—¿Quieres escucharme una observación?
—No, este desengaño me mata... no podré resistirlo... ¡Con otra, padre mío, con otra!...
Aquel ataque de celos fue tan violento, que su delicado organismo no pudo soportarlo. Calló repentinamente, permaneciendo de pie, con la cabeza un poco inclinada hacia adelante y los brazos inertes a lo largo del cuerpo; parecía la imagen del abatimiento: después, perdiendo el equilibrio, lanzó un grito ronco y hubiese caído al suelo si Alfonso no la coge del talle.
Inmediatamente una criada fué en busca de Montánchez, que no tardó en acudir: cuando llegó, la joven seguía tendida en la cama sin recobrar el conocimiento: tenía los ojos un poco abiertos y entre los párpados dos gruesos lagrimones que parecían congelados; el semblante conservaba su color habitual, pero el pulso era casi imperceptible y la respiración fatigosa. Gabriel la llamó por su nombre y no obtuvo contestación.
—Está insensible—dijo—; todo lo que ahora hiciésemos por despertarla a la vida sería inútil; esperemos a que decline la crisis.
—¿Te parece—observó Alfonso—que le echemos agua fría por la cara?... Acaso reaccione.
—No consigues nada, pues no hay reacción donde la sensibilidad falta; es preferible aguardar a que vuelva en sí, y probablemente no tardará mucho, pues ya la naturaleza estará luchandoy poniendo en juego sus resortes para triunfar del mal.
Alfonso, lleno de impaciencia, comenzó a pasear por el gabinete, mientras Montánchez permanecía de pie junto a la cama, mirando a la enferma: estaba un poco pálido y en su semblante impasible vagaba una ligera expresión de tristeza y ansiedad. En aquel momento Consuelo sonrió y sus facciones denotaron bienestar infinito.
—Consuelo—exclamó Alfonso cogiéndola una mano—, ¿te sientes mejor?
Montánchez le hizo seña de que era inútil hablar, pues la enferma no oía.
—¿Que no me oye... y está riendo?
—Ríe... ¡vaya al diablo a saber de qué! Esta muchacha es histérica y casi todos los ataques de histerismo se presentan así.
—Nunca la he visto igual.
—Es porque el mal sigue creciendo.
—¡No quiero café, concho!... ¿No sabes que me pone nerviosa?—gritó de repente la joven.
Los dos hombres se miraron.
—De eso hablamos hoy a la hora de almorzar—dijo Alfonso—. ¿Pero será posible que no me oiga?... ¡Consuelo, Consuelo!...
—Alfonsete, ¡qué rico!...—exclamó ella—, las consecuencias serán de oro, ya verás... si no te quedas ciego... ¿Sabes que me duele el corazón?
—¡Si parece loca!—murmuró Sandoval consternado—; ¿es posible que se discurra así sin haber perdido la razón?...
—Lo que presenciamos no es extraordinario; cuando recobre el conocimiento estará como de costumbre y sin acordarse de nada.
Consuelo se había quedado seria y su semblante expresó ira, cansancio, después miedo.
—¿Y si muriera en un ataque de esos?...—preguntó Alfonso.
—Imposible, en el caso presente, por lo menos.
Sandoval empezó de nuevo a pasear con los brazos cruzados a la espalda, mientras el médico continuaba en la alcoba mirando a la joven con insistente fijeza. Entonces Consuelo sonreía con sonrisita semejante a un iris de paz, cual si sus oídos gozasen los acordes de una música deliciosa.
Alfonso, que se había detenido delante del lecho, exclamó:
—¿Es hermosa, verdad?
—¡Oh... es preciosa!—repuso Montánchez cerrando los ojos, distraído y como en éxtasis.
Sandoval le miró un instante y dijo:
—No puedo estar tranquilo mientras la vea tendida ahí, como una muerta; ¿quieres que probemos a despertarla dándole a oler amoníaco?
—Probemos.
Alfonso salió del gabinete trayendo a poco un frasquito destapado que puso bajo las narices de la enferma; ésta, al principio, no demostró sentirnada; luego ladeó la cara con un gesto de repugnancia, se colorearon sus mejillas y empezó a toser.
—Hola—murmuró Sandoval alegre—, ya parece volver a la vida.
Pero Montánchez le obligó a retirar el brazo, diciendo:
—No lo creas; esa tos proviene, no de que su olfato perciba el olor, sino de la irritación que el amoníaco produce en la membrana pituitaria; tengamos paciencia, pues, para ser espectadores.
Transcurrieron algunos minutos y Consuelo comenzó a inquietarse; la sonrisa huyó de sus labios y su entrecejo se contrajo; parecía ahogarse; luego balbuceó palabras incoherentes...
—A... aa.. ven, ven... siento que suben... la escalera, qué miedo, qué frío... es un hombre, un hombre alto... ¡¡Alfonso!!
Dió un grito fortísimo, y como si los músculos del cuello hubieran perdido instantáneamente el vigor, su hermosa cabeza rodó sobre la almohada, y su boca se llenó de espumarajos que en vano pretendía escupir; después llevóse las manos al corazón y su respiración fué difícil, agitóse violentamente presa de movimientos espasmódicos y volvió a quedar tranquila. Luego bostezó profundamente y abrió los ojos; sus miradas, que parecían por lo inmóviles las de una idiota, se fijaron alternativamente en su marido y en Montánchez.
—¡Uy, qué miedo!—murmuró.
—¿Quieres agua?—dijo Alfonso acercándola un vaso a los labios.
—Agua... agua—repitió ella como un eco.
Bebió algunos sorbos y volvió a tenderse diciendo que tenía mucho sueño.
El acceso histérico había pasado.
Aquellas crisis se repitieron. Ocurrían sin pretexto justificativo, a veces por la menor contrariedad, y se anunciaban por un malestar general y una laxitud indefinible que obligaban a la paciente a adoptar distintas posturas sin que en ninguna de ellas acertara a estar bien: entonces sentía frío y calor, contento y tristeza, miedo y ganas de llorar; era una modorra suprema que la hacía maldecir de sí misma.
Con los primeros amagos de sueño experimentaba deseos de estirarse y de suspirar: extendía los brazos y las piernas, arqueaba la columna vertebral con la voluptuosidad de los gatos que se desperezan al sol, y su boca se abría bajo la acción de grandes bostezos que hacían crujir sus mandíbulas y llenaban sus ojos de lágrimas. Después quedaba inmóvil, los párpados temblaban un momento antes de cerrarse, la cabeza perdía su posición, y sus miembros, atacados de súbito desmadejamiento, adoptaban la actitud más conforme con las leyes de la gravedad: en seguida sobrevenía el desvanecimiento y la insensibilidad era completa.
Aquello era una muerte que sólo conservaba de la vida el aliento y un poco de calor: perdido el oído, la vista y el olfato, el mundo exterior desaparecía completamente.
En ciertas ocasiones el ataque era pasivo y Consuelito Mendoza conservaba durante muchas horas la misma posición, sin parpadear ni moverse: otras su espíritu rebrincaba furioso en su cárcel de células, víctima de pesadillas intraducibles, y entonces refería escenas que había presenciado o lo que pensaba hacer, y todo con perfecta hilación y notable claridad y lógica, como si estuviera despierta.
Cuando las crisis eran habladoras, Alfonso y su amigo escuchaban con vivísimo interés aquellas confesiones inconscientes en que la enferma refería todos sus pensamientos con la prolijidad y franqueza del que charla sin saber que le oyen; y tan íntimas fueron en más de una ocasión sus confidencias, que Sandoval hubo de taparle la boca.
Todo cuanto se hacía para arrancarla de aquel estado, era inútil; no había medio de conmoverla; los nervios estaban rotos o embotados y era imposible hacerlos vibrar.
Lo más sorprendente de aquellas crisis eran los presentimientos, las corazonadas. Consuelo, que no veía la luz encendida delante de sus ojos, ni oía las voces dadas cerca de ella para despertarla,experimentaba pequeñas sensaciones inapreciables para otro cualquiera.
—En toda mi carrera de médico, y a pesar de lo mucho que he estudiado las afecciones mentales—decía Montánchez—, he visto nada semejante: a veces creo habérmelas con una de aquellas adivinas que el fanatismo de la Edad Media asesinó en las hogueras inquisitoriales; a una posesa que mantiene relaciones sobrehumanas con ese mundo fantástico que no vemos y dicen está habitado por millones de almas de personas que ya murieron y de otras que no han nacido aún. Porque en esos momentos, aunque Consuelo no disfrute una vida semejante a la nuestra, tiene otra enteramente suya, en la cual discurre con perfecta lógica; un retablo poblado de imágenes y de escenas que ella misma dispone y al cual raras veces llegan las luces y rumores del mundo.
Y esto era cierto, pues la joven, que parecía ajena a toda sensación física, contraía súbitamente los ojos, como herida por una luz vivísima.
—¡Oh, qué miedo!—murmuraba—, ¿has visto, Alfonso?... Por ahí ha pasado una sombra; será la de algún bandido; sal al balcón y llama a los guardias, di que quieren robarte... pero no, no vayas, porque teniéndote junto a mí estoy más tranquila. Ven, acércate, ¿dónde te escondes?...¿Es que no quieres estar conmigo?... ¿No quieres?
Extendía las manos y sus dedos se agitaban en el aire buscando un fantasma, un vapor impalpable, y luego cerraba los brazos apretando entre ellos aquel ser misterioso que su imaginación la ofrecía, en tanto su bello semblante expresaba placer y sosiego subidísimos.
Pero la sombra de que hablaba no era un antojo; Sandoval y Montánchez la habían visto también: fué la de un coche que se dibujó fugazmente en el techo del gabinete, o un reflejo ligerísimo que entró por la ventana, casi nada... y, sin embargo, Consuelo la vió, puesto que sus párpados temblaron en el preciso instante de cruzar la sombra y hasta explicó su aparición diciendo que era la de un hombre que huía... Otras veces sus cejas se arqueaban y permanecía inmóvil, conteniendo el aliento y abriendo la boca para oír mejor; después se incorporaba en el lecho, apoyándose sobre un codo y estirando el cuello, como escuchando la revelación de algún espíritu a través del espacio infinito...
—Algo debe de impresionarla—decía Montánchez—; todos sus gestos lo indican.
—¡Consuelo, Consuelo!—gritaba Alfonso—, ¿me oyes?
Pero la joven le rechazaba, imponiéndole silencio con el ademán, mientras escuchaba aquellos ruidos que sólo ella percibía.
—¡Ah, sí, es él... le conozco perfectamente por el modo de andar!... ¡Qué oportunamente llega! Cuando sepa que ha entrado aquí un ladrón y que estuve sola con él, se pondrá furioso... Sí; ya ha entrado en el zaguán; ya empieza a subir la escalera...
En efecto, se oía ruido de pisadas.
—¡Ya viene, ya va a tocar!—exclamaba Consuelo alegremente—; voy a abrirle.
Y como hiciese ademán de levantarse y Alfonso se lo impidiera:
—Dejadme, concho—decía—; quiero abrirle la puerta; es mi marido...
Y sus misteriosos ensueños la daban, efectivamente, la facultad de presentir y de ver a despecho de la distancia y de los cuerpos opacos, pues mientras decía aquello el timbre de la escalera sonaba. Las agudas vibraciones del metal disipaban instantáneamente su ilusión; Consuelo se entristecía, echaba la cabeza hacia atrás y volvía a tenderse en la cama suspirando profundamente.
—¡No es él, no es él!—murmuraba—. ¡Dios mío! ¿dónde andará?... ¿Por qué no viene?...
Transcurrido algún tiempo, la crisis disminuía y su desaparición se indicaba por caracteres semejantes a los que fueron heraldo de su llegada.
Empezaba a desperezarse y a bostezar, paladeaba mucho, chasqueando la lengua como si tuviese mal sabor de boca o se la hubiera atravesadoalgún cabello en la garganta, se pasaba las manos por la frente y abría los ojos.
Al volver en sí no recordaba nada y permanecía atontada largo rato, sorprendida de oír los detalles que su marido y el médico referían de su accidente. No tenía conciencia de lo pasado y su memoria no hallaba solución de continuidad entre lo último que dijo o hizo antes de perder el conocimiento y el instante en que lo recobró, aun cuando el acceso hubiese durado varias horas.
La buena alimentación, los largos paseos por el campo, los vasos de leche recién ordeñada bebidos en el Retiro o en la Moncloa, y las distracciones de que Sandoval procuró rodear a la joven, no modificaron su salud, que, aparte de su histerismo y de sus ratos de negra pesadumbre, era excelente.
Los primeros días de junio fueron de distracción para Consuelo; el cumpleaños de su marido se acercaba y era preciso celebrarlo según costumbre.
“El día grande”, como ella lo llamaba, estuvo atareadísima. Aquella mañana fué a la joyería de Ansorena a recoger una preciosa sortija de oro, con esmalte verde, que había encargado; luego, a una tienda de bisutería de la calle del Príncipe; después a casa de Tournié en busca de dulces y fiambres. Por la tarde no quiso salir de la cocina, empeñada en preparar por sí misma los flanes y las fuentes de natillas que debían de servirse alos postres; aquel desusado trajín y el calor de la lumbre la rindieron, y tuvo que sentarse junto a la ventana, fatigada, sudorosa, aventándose con el delantal.
La hora de la cena deslizóse agradablemente; el único invitado a ella fué Montánchez. Se habló de literatura; el médico, contra lo que de un empirista acérrimo podía esperarse, sostuvo la preeminencia de la forma sobre el fondo.
—Si hubiera caído la caja de Pandora entre mis manos—dijo—, no la hubiese abierto.
Después, ponderando la magnitud de sus pesadumbres, agregó:
—Aseguraba Ernesto Renán, que para leer todo lo que se ha escrito, para amar y para escribir, se necesitan tres vidas; figuraos yo, que he escrito bastante y leído mucho y amado mucho también, si habré sufrido condensando las amarguras de esas tres existencias en una sola.
Después de tomar el café, y cuando los tres se disponían a prolongar en la sala la reunión, dijo el médico:
—Sandoval es un Nabab que me ha tratado espléndidamente, pero esto no pasa de ser una comida europea. Yo, a mi vez, deseo invitaros a una fiesta oriental, si es que os dignáis aceptar el modesto ofrecimiento de un persa con levita: mi festín se reducirá a algunos exquisitos licores que yo mismo compongo, porque aquí son desconocidos; a frutas de entre trópicos y a media docenade pipas cargadas de opio: ahí es donde escondo los deleites de mi orgía.
—Opio he tomado una vez—repuso Sandoval—, y creí volverme loco; después de aquel ensayo anduve atontado varios días, y prometí contentarme con los sueños que tuviera cuando me acostase del lado izquierdo.
—Pero yo lo sé administrar y respondo de que no sufrirás la menor molestia.
—¡Tú no tomarás eso!—gritó Consuelo acercándose a Alfonso y sacudiéndole por un brazo—; no lo tomarás porque es un veneno, y no hagas caso de lo que ese hombre te diga...
—No te apures—repuso Sandoval rechazándola suavemente—; aún no ha sucedido nada.
—Pero sucederá...
—No, mujer.
—Lo que Gabriel te brinda no es opio, es ponzoña... lo sé... me lo ha revelado ahora mismo una voz misteriosa...
Y agregó con excitación creciente:
—¡Júramelo!... Júrame que no tomarás nada de su mano... Júrame que no te separarás de mí ni el negro de una uña... ¡Júramelo!
Palideció.
—¡Consuelo, Consuelo!
Ella no contestó: sus labios balbucearon algunas palabras, arreboláronse sus mejillas, se llevó las manos al corazón y empezó a vacilar.
—¡Agua, agua en seguida!...—pidió Sandoval.
Entonces Montánchez se acercó a la enferma y, cogiéndola por un brazo, la miró fijamente a los ojos: ella exhaló un pequeño grito y quedó inmóvil, sosteniendo la mirada del médico.
Fué una escena relámpago que apenas duró tres segundos.
—Vamos—exclamó Gabriel con aire triunfal—, al fin se presentó la ocasión que tanto hemos buscado y pude aprovecharla. Ya está hipnotizada.
Las experiencias que siguieron a esta primera sugestión se realizaron fácilmente.
Todas las tardes iba Gabriel Montánchez a casa de Alfonso, y era tan grande la presión que ejercía sobre el ánimo de la joven, que no necesitaba recurrir al procedimiento de la bolita metálica, ni a ninguno de los medios que provocan la hipnotización por fatiga: le bastaba mirarla repentinamente a los ojos para ponerla en estado cataléptico.
Una vez dormida, Gabriel imponía su voluntad de un modo absoluto, con sólo tocar a la enferma, obedeciendo ésta los mandatos del médico con la pasividad de una máquina.
—Como su desarreglo nervioso—explicaba Montánchez—procede indudablemente de atonía cerebral o medular, podemos someterla a duchas artificiales; esto es, a duchas imaginarias o nerviosas que, sobre ser más intensas que las naturales, ofrecen la ventaja de aumentar o disminuir en intensidad frigorífica a mi capricho. Ya verásqué remedio tan raro, es un baño que puede tomar el paciente sin desnudarse ni mojarse las puntas de los pies, y de cuya dolorosa impresión no se acuerda en cuanto recobra el dominio de sí mismo.
Durante estas sesiones Alfonso se colocaba en un ángulo del aposento, sin hablar y comunicándose con el médico por señas, mientras Consuelo, en los momentos de descanso, permanecía de pie en medio de la habitación.
Gabriel se acercaba a ella y, poniéndola una mano sobre el hombro o en la frente, decía con acento enérgico:
—¡Hace un frío horrible, estás tiritando!...
Consuelito Mendoza dudaba un momento, luego empezaba a temblar y sus dientes castañeteaban, corría de un lado a otro, acercándose a los muebles, buscando algún calor que mitigase el frío que penetraba sus huesos; poco a poco la alucinación adquiría mayor fuerza y los efectos producidos por la voluntad del operador eran conmovedores. La joven se arrodillaba, se encogía, doblegándose y enroscándose como un gato para calentar unas con otras las partes de su cuerpo, lanzaba quejidos angustiosos, se azotaba los sobacos con las manos, se alentaba las puntas de los dedos e iba encogiéndose hasta quedar tendida sobre la alfombra hecha un ovillo, casi sin conocimiento, acometida por tiritones intermitentes,como una mendiga que hubiese caído medio helada bajo nieve.
Entonces palidecía hasta la lividez, sus labios perdían el color, su nariz se amorataba y los efectos de aquel frío imaginario eran tan reales y valederos, que casi paralizaban los movimientos respiratorios y las palpitaciones cardíacas; y era que sus nervios, sometidos en absoluto a la voluntad del médico, vibraban al unísono coadyuvando a producir la misma alucinación de frío.
—En estos momentos no hay para Consuelo más mundo que el que yo quiera poner delante de sus ojos—decía Gabriel—: y reirá hasta morir o llorará hasta que sus ojos queden secos, si ése fuere mi gusto: es un cuerpo que, durante la operación, no tiene más inteligencia, ni otros sentidos, ni más voluntad, ni más conciencia que mi capricho: y mira cómo el hipnotismo ha proclamado, en este siglo de libertades, la esclavitud del espíritu.
Luego, cuando calculaba que aquella sensación no debía prolongarse más, ponía una mano sobre el cuerpo de la joven, diciendo con el mismo tono autoritario de antes:
—¡Hace un calor insoportable; estás ahogándote!...
Instantáneamente Consuelo dejaba de tiritar y se ponía de pie; el semblante readquiría su color natural; comenzaba a pasearse con la boca abierta, cual si la faltase aire respirable; quería abrirlos balcones y era preciso sujetarla para que no se desnudase. En menos de dos minutos aparecían los primeros síntomas de la asfixia, y se dejaba caer sobre una silla o en el suelo, la faz congestionada, la frente inundada en sudor copiosísimo, la mirada inmóvil, los ojos inyectados...
Estos “baños nerviosos” sólo duraban cinco o seis minutos, pues aunque Consuelo, al recobrar su personalidad, no se acordaba de lo hecho y hasta se resistía a creer lo que su marido y el médico contaban, solía quedar tan rendida que era necesario llevarla al lecho.
Una tarde Gabriel Montánchez tuvo una curiosidad.
—Alfonso—dijo—, ¿quieres que examinemos a esta criatura por dentro?
—No entiendo—repuso Sandoval.
—Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.
—¿Y lo dirá todo?
—Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo advertirte queel bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero, chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo; un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre gusta violar el alma de una mujer.
—Probemos—exclamó Sandoval—, aunque me parece que Consuelo no tiene un pensamiento que yo desconozca.
—Sin embargo—dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono—, si se tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a quien amas!... Sinopor mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún secreto íntimo.
—No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo hemos de asustarnos; por tanto...
—Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que guarda su conciencia.
Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:
—Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece Gabriel Montánchez.
Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones encantadoras.
Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.
—Es la primera vez, y quizá la última—advirtió Montánchez—, que una persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un milagro de muy difícil repetición.
Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la sugestionaba.
A su marido le quería ciegamente, con frenesí,como ninguna mujer amó a su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...
Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos enguantadas.
—¿Qué te parece esto?—dijo.
—Me parece un sueño—repuso Montánchez.
Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.
Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente:
—¿Qué piensas de mí?...
—Tú... tú...
—Sí, yo.
—Apuesto a que le pareces muy mal—dijo Alfonso en voz baja.
—¿Y quién eres tú—preguntó la joven.
—¿Y tú, quién crees que soy?
—No lo sé.
—Mírame bien.
—No sé... no veo nada.
—¿No ves?
—No.
—Fíjate; esta frente...
—¡Ah! sí... esa frente...
—Estos ojos...
—Sí, sí... esos ojos... esos ojos...
Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...
—Soy Montánchez; ¿qué te parezco?
—¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...
—No es el muñeco de tafetán, no...
—¡Dice que no es el muñeco de tafetán!—repuso la joven perpleja.
—Soy Montánchez.
Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.
—¡Qué miedo!—dijo—; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted mucho...
Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí permaneció extendiendolas manos hacia adelante como para rechazar una agresión.
—Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...
Alfonso miró a Montánchez.
—¡Es singular!—murmuró.
—Y tanto...—repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.
—¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso, Alfonso!!...—gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo invisible.
Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo molido.
Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no desvirtuar su acción.
El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido, uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.
Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la visita de Montánchez.
—Sandoval ha salido hace un momento—dijo la joven—, pero si desea verle puede buscarle en el casino.
El médico pareció muy contrariado.
—Siento no encontrarle aquí—repuso—, porque ir al casino es exponerme a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a las cuales mi salud no interesa...
Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar a lo ya dicho.
—¿Quiere usted que vayan a buscarle?—preguntó súbitamente.
—¡Oh, no... no merece la pena!
—Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...
—No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.
Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo, y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar a la criada algo importante...
Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza susojos vieron los de Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.
No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.
—¡Ay—balbuceó entre dientes—; no puedo!...
Después empezó a temblar.
—¿Qué tiene usted?—preguntó Gabriel.
—Nada... mucho frío.
—Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño, dígamelo también para mi sosiego.
—No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los nervios...
—Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?
—No, señor... de ningún modo...
Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que se negaban a sostenerla.
—Yo vine esta tarde—continuó Montánchez—creyendo hallar a Alfonso y con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!... que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un amigo verdadero con quien hablar. En buscade ese rato de plática sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.
—No, señor... ¿por qué?...
—Consuelo—prosiguió el médico acercando su silla a la joven—, ¿usted y yo somos amigos?
—¡Oh, amigos!...
—Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?
—Sí... ¿por qué no?
—¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio. Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?
—No le entiendo... no comprendo bien...
—Consuelo—agregó Gabriel con acento insinuante—, hace tiempo que me examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo, sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe... La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantosgérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos, un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...
Consuelo lanzó un quejido.
—¿Pero qué pretende usted de mí?—dijo—; yo sólo sé que le temo; que ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luegoesta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.
—¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...
—No, no, señor—repuso Consuelo con súbita energía—; pero comprendo que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...
Y agregó vivamente y sonriendo:
—Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces... pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee usted talento, le creo doblemente peligroso...
Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo, y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.
—Usted lo dice—exclamó Montánchez—; parezco un criminal, una fiera... y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente, que yo era un malvado...
—¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que decía—interrumpió Consuelojuntando las manos suplicante—, y sin deseo de ofenderle!...
—Haré lo posible por complacerla—respondió Gabriel fríamente.
Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico continuó:
—Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?
—Sí—repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.
—¿No me engaña usted?
—No, no le engaño.
—¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...
—Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...
—Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.
—No sé... no estoy para distingos ni argucias; parece que el comedor da vueltas en torno mío...
—Usted me teme porque sólo ve mi lado malo; usted cree que soy un criminal que ha recorrido el mundo huyendo de la justicia y de sus remordimientos, o un hechicero como aquel famoso José Bálsamo, que reveló a la reina María Antonieta su trágico fin mostrándoselo en el fondo de una botella.
—¡Yo no sé... no sé!...
—¿Está usted mala?
—Estoy en un potro, mientras esté usted aquí.
—Bien, me voy; pero, su amistad, ¿podré obtenerla algún día?...
Entonces sonó el timbre de la escalera y Consuelo dió un grito. Montánchez se levantó.
—No se atortole usted—dijo tranquilo—; será alguna visita.
—No, debe de ser Alfonso.
Era la modista; Consuelo lanzó un largo suspiro de liberación y contento; el médico se despidió inclinándose gravemente.
—Señora...
—Adiós, don Gabriel.
—Beso a usted los pies.
A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.
Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en el humor y en la salud de Consuelo.
Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos súbitos desvanecimientos dela temporada anterior. Alfonso, creyéndola definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular, pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.
—Es indispensable—concluyó—que tu mujer vuelva a someterse al hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones, podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y confieso que no vi nada tan dignode estudio. Consuelo, aunque correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas, entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti, porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para infundírselo, mientrastú sigas viviendo y queriendo y pensando por ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter, su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.
—¿Y para eso, qué debemos hacer?—preguntó Sandoval.
—Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la seguridad de que mis planes no han de fallar.
—Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...
—Exactamente.
—Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer comoyo. Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...
—Búrlate cuanto quieras—repuso Montánchez—; pero si examinas el asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú eres apasionado, enérgico, arrebatado,dominador; naciste para vivir libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un “mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin, bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases; un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís” incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.
—¿Y qué haré para principiar mi tarea?
—No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga sola...
—¿Y si la enamoran por ahí?
—No es probable.
—Pero, ¿y si sucediera?
—Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo así, no cuentes conmigo.
De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que Gabriel le había prescrito.
—Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte—agregó Sandoval preparando el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación moral de su esposa—, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte: deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre cuatro paredes.
La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para ella desconocido, se enfureció.
—¿Y eres tú quien propone eso?
—Naturalmente.
—¿Tú?...
—Claro, mujer—repuso Alfonso con aire inocente.
—¡Eres un embustero!
—Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?
Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió en un chaparrón de sollozos y pucheritos.
—No me quieres ni me has querido nunca—decía—, pues si me quisieras un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya para engañarme!...
—Muchacha—respondió Sandoval desconcertado—, mi proposición es inofensiva, pero tienes un geniecillo tan arrebatado, que ves un bombardeo donde sólo hay un tiro de pichón.
Ella continuó:
—¿Qué hiciste de tus celos, de tu empeño en no dejar que nadie me viese ni se acercara a mí, y de cuantos cuidados me rodearon hasta ahora?... Te veo y no te conozco, y te oigo y me figuroque los oídos me engañan también. ¿Quién te dijo que para curarme necesito andar sola de Ceca en Meca, como una de esas vendedoras de específicos que ya están subidas sobre una silla bajo los portales de la Plaza Mayor, como en el pescante de un coche de alquiler en medio de la Glorieta de Bilbao?... Y, sobre todo, si esa vida ambulante me es provechosa, ¿por qué no has de soportarla también tú?...
—No me comprendiste, niña—repuso Alfonso disponiéndose a desarrollar la teoría de cómo se influencian las personas que viven juntas—, y voy a darte las razones que me asisten...
—Sí lo sé todo—replicó ella haciendo un mohín despreciativo—; no tienes que molestarte; conozco la fuente, la cabeza, de donde ha brotado esa idea tan huérfana de sentido común... Eso te lo dijo Montánchez, ese tío infame, ese bandido con traje de persona decente, que será tu perdición y la mía; sí, lo que oyes, soy medio bruja, voy a morirme pronto y tengo la facultad de conocer lo futuro, como les sucede a muchos moribundos. Y ahora sí te juro que no lo hago; aunque me muera, no lo hago... ¡y yo sé por qué!... Montánchez es un miserable, un criminal con más veneno que sangre en el cuerpo... Si no, el tiempo ha de decirlo y entonces exclamarás, si tienes la desgracia de verlo: “¡Pero con cuánta razón hablaba aquella pobrecita loca... que decía las verdades!”
—Y suponiendo que Montánchez sea el autor de ese proyecto—interrumpió Alfonso—, ¿por qué te parece mal?
—Porque... ¡no sé por qué!... pero él pone siempre, en cuanto dice, segunda intención, y esa intención es perversa.
—¡Deliras con los ojos abiertos!
—Alfonso—gritó Consuelo muy excitada—, ¡no me hagas hablar!
—¿Tienes algún secreto?
—¡Quién sabe!
—No, no te tiro de la lengua... sé que no tienes nada que decir.
—¿No crees en la virtud profética de ciertos sueños?... ¿No recuerdas aquél, tan espantoso, que tuve una noche?...
—¿Cuál?
—Aquél en que un monigote verde me abrazaba: pues ese antojo era Gabriel, le vi perfectamente y recuerdo la escena como si ahora sucediese... y el demonio que anda metido en esto hará que mi pesadilla se realice...
—Hazme el obsequio de no seguir disparatando porque tus visiones me lastiman.