VI

—La verdad siempre cura con dolor.

Sandoval concluyó por irritarse formalmente; pero, a pesar de su autoridad, no pudo vencer la obstinación de Consuelo.

—Ahora querría yo ver a Montánchez—decía Alfonso—, a él, que hace unos momentos me asegurabaque tu enfermedad principal consistía en no tener voluntad...

—Pues no quiero hacerlo—repetía ella triunfante—, no lo hago aunque me descuarticen; no quiero hacer nada que venga por conducto o iniciación suya, porque ese hombre sólo puede aconsejar maldades.

—¿Y si te mueres?

—Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes con otra... ¡y tal día hizo un año!...

En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía. Ella tenía sus razones para obrar así.

Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas. Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él terror razonado y repugnancia invencibles.

Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el capricho de saber lo que sucederíaen su entierro; la sombra del crimen y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella en la realidad un idilio horrible.

Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero, fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...

Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.

Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida delplacer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve, despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la dormía mirándola...

Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.

Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que queríanacostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla indefensa al individuo que tanto temía.

Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual; las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno abrieron de nuevo sus puertas.

Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que “en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su cabeza y a moverse por sí misma...”

Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.

—Bueno—dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática adelantaría más—; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.

—¡Tampoco, tampoco—gritó Consuelo—, no quiero nada que venga de manos de ese hombre,ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando yo me niego a complacerte, mis razones tendré.

—¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...

—Está bien.

—Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.

—Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal... cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis ojos...

—No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.

—Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir empezó a mascar tierra!...

Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder explícitamente.

—No me atormentes con más preguntas—agregó—, porque ni puedo ni sé decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca del estómago y ahí permanece hasta marcharse.

—Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas—dijo Sandoval—, cualquiera mañanadespiertas convencida de que ya no puedes aguantarme y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú; conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con llave”.

—Y cualquiera mañanita lo hago.

—Ya digo que no me cogería de susto.

—Lo que debíamos hacer—repuso Consuelo conciliadora—era salir de Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me gustaría a mí, viajar!... ¡Tengo tantos deseos de ver Granada!... ¿No dices que necesito mucha distracción?... pues, mira: nada mejor que amanecer hoy aquí y acostarme sesenta leguas más allá. ¡Visitar Roma, Nápoles, Venecia, París... especialmente París!...

—¡Eche usted tierras!

—Mas, en fin: me es indiferente ir a un sitio o a otro, llegar a Londres o no pasar del Escorial; lo único que deseo ardientemente es salir de Madrid, a ver si durante nuestra ausencia me curo, o la sociedad que ahora conocemos, cambia. Nos vamos a cualquiera parte, a Málaga, a Valencia... o a uno de esos villorrios que, por sobradamente pequeños, no aparecen consignados en ninguna carta geográfica: lo importante es que nadie sepa de nosotros, que nos crean viajando por el extranjero... Di, ¿te parece bien mi idea?... ¿No te agradaría vivir fuera de Madrid un par de añitos?...Me es indiferente el nombre y situación del retiro que elijamos, por aquello de que quien se ahoga no mira el agua que bebe, y porque, teniéndote a mi lado y estando persuadida de que ningún mal nos amenazaba, todos me parecerían igualmente seductores. Habla: ¿me complacerás? Ese viaje me haría infinito bien, los desarreglos de esta cabecita y de este corazón se curarían y ¡quién sabe!...—añadió poniéndose un poco colorada—, si se realizarían nuestros deseos de tener un hijo...

Alfonso sonrió.

—Eres una tunantuela con mucho jarabe en el pico: tú quieres salir de Madrid no para ver mundo, sino para estar lejos de Montánchez...

—Precisamente.

—¿Y por huir de un hombre que hasta ahora no nos ha hecho ningún daño, y que se guardaría de hacerlo, porque para eso vivo yo, vamos a salir de aquí punto menos que huídos y renunciando al bienestar de que ahora disfrutamos?

—Sí, Alfonso, ¿qué quieres?... ese hombre me asusta... Todas las leguas que pongamos entre él y yo, son necesarias.

Alfonso Sandoval tardó poco en decidirse a emprender aquel largo éxodo: a él también le agradaba dar otro paseíto por Europa, ya que ni la juventud, ni el buen humor, ni el dinero le faltaban. Resolvieron, por tanto, que pasado el invierno saldrían de Madrid para Italia, pasarían unmes en Roma, invertirían otros dos recorriendo Nápoles y Venecia, y al empezar la estación veraniega irían a instalarse en los alrededores de París, allí donde pudiesen gozar simultáneamente de la tranquilidad y comodidades del campo y del bullicio de la gran ciudad. Entretanto su cuartito de la calle Arenal seguiría como hasta entonces: dejarían los armarios bien perfumados con alcanfor para que la polilla no hiciese de las suyas en las ropas; cerrarían las persianas de los balcones para que la luz no deteriorase el color de las alfombras, y con estas precauciones y las limpiezas que de vez en cuando hiciese la cocinera, que sería la persona encargada de quedarse con la llave del cuarto, todo estaba arreglado.

Los fríos y las humedades de octubre influyeron perjudicialmente en la salud de Consuelo Mendoza: los días lluviosos la inspiraban tristeza mortal; sus ojos se llenaban de lágrimas, no podía respirar, el corazón la dolía como si se lo apretasen con un nudo corredizo y sufría accesos de fiebre y dolores neurálgicos.

—Parece—decía explicando su enfermedad—, que están metiéndome una barrena de sien a sien, y siento un objeto muy duro y muy frío que gira en mi cabeza como queriendo rompérmela en dos pedazos.

Una tarde de tormenta produjo en ella un violentísimo ataque histérico; era el primero que sufría después de los baños.

Las sacudidas nerviosas fueron terribles, y Sandoval, que estaba solo con ella, tuvo que apelar a todo su brío y coraje para sujetarla y evitar que se destrozase la cabeza contra los pilares de la cama. Como siempre, la enferma fué insensible a las exhortaciones de su marido, y el ruido de la lluvia que chocaba contra los cristales del mirador y los silbidos del viento tampoco la impresionaron. Pero los fenómenos eléctricos de la tormenta la produjeron angustias mortales; la vívida luz de los relámpagos, a pesar de ser casi imperceptible dentro de la alcoba, la hacía parpadear fuertemente. Entonces lanzaba un grito, un grito horrible, como si el rayo la hubiese herido en la frente, y al pavoroso fragor del trueno respondía con salvajes alaridos: su boca se llenaba de grandes espumarajos pegajosos que no podía escupir, y en su semblante, tan pronto contraído por el gesto del miedo como por el de la ira, empezaban a manifestarse síntomas de asfixia. Dejaba de alentar, sus mejillas se coloreaban de sangre, sus pupilas se dilataban bajo sus párpados cerrados, hinchábanse las venas de su cuello, inclinaba la cabeza sobre el pecho apretándose furiosamente la garganta con la mandíbula inferior, y de su pecho salía un ruido ronco, inarticulado, como el último estertor de los moribundos. Los efectos de la asfixia aumentaban rápidamente y su cuerpo se doblaba como el arco de un violín; hincaba la nuca sobre la almohada y los talonesen el colchón, e iba arqueándose poco a poco hacia arriba, formando con el cuerpo un puente, mientras sus brazos permanecían fuertemente unidos a los costados; después, cuando la contracción histérica alcanzaba su mayor intensidad, daba un grito formidable seguido de grandes silbidos causados por el aire al penetrar violentamente en los pulmones, y caía desmadejada sobre el lecho, como si careciese de coyunturas y sus brazos y piernas pudieran doblegarse lo mismo en un sentido que en otro. Luego suspiraba profundamente, entreabría los párpados, bebía algunos sorbos de agua y quedaba tranquila.

Aquel ataque fué seguido de otros muchos: rara era la semana en que Alfonso no tenía que deplorar algún nuevo accidente: un cambio de temperatura, una escena desagradable o la opresión del corsé, ponían a Consuelo repentinamente enferma; otras veces, sin causa ninguna justificativa, empezaba a sentirse muy triste, muy acongojada por una pena sin nombre, y, como no podía llorar y desahogarse, sobrevenía la crisis inmediatamente. Sandoval recurrió una vez más a Montánchez, solicitando de su experiencia nuevos consejos.

—No puedo añadir nada a lo que ya sabes—dijo Gabriel—, es necesario dominar a Consuelo, rendirla, esclavizarla...

—Pero, si no puedo, si te odia con sus cincosentidos, con toda su alma, con todos sus nervios...

—¡Me odia!...—repuso Gabriel fríamente—, ¡ya lo sé!... y por algo te dije que ese odio dificultaría mi gestión. Ese odio me abruma, soy impotente para luchar con él, no sé cómo vencerlo... y, sin embargo, hay que dominarlo, es indispensable, absolutamente indispensable...

—Pues, chico, no quiere.

—¡Pues, aunque no quiera!—exclamó Montánchez con arrebato—, en uno de esos ataques puede sobrevenir la ruptura de la aorta y morirse... Ya ves, estamos jugándonos su vida, que es preciosa, y debemos disputársela a la muerte con energía y por cuantos medios sean oportunos; yo estoy resuelto a todo; ahora, quien tiene que decidirse eres tú...

Gabriel Montánchez acompañó a su amigo hasta el recibimiento y luego volvió a su laboratorio a continuar un experimento que la inesperada visita de Sandoval había interrumpido.

Montánchez vestía su ropa de trabajo: una dulleta con el cuello y las bocamangas de piel, y un gorro colorado adornado por una larga borla de seda negra.

Las hojas de madera de los balcones estaban cerradas, según costumbre, y las cortinas corridas; sobre la mesa de escribir lucía un gran quinqué con depósito de cristal y pantalla verde, que sólo iluminaba la parte inferior de la habitación, dejando la mitad superior de los armarios, el cuadro de Cleopatra y las sangrientas figuras de los atlas anatómicos, envueltos en sombras.

A pocos pasos delante de Montánchez había una mesita pequeña, con piedra de mármol, y sobre ella un gato, víctima inocente sacrificada por la ciencia en aras del progreso.

El animalito se hallaba tendido boca arriba, sujetoa la mesa por una correa que le pasaba por mitad del cuerpo y con las manos y las patas hábilmente atadas por fuertes ligaduras, que le impedían todo movimiento, excepto los respiratorios.

Montánchez quería comprobar la posibilidad de contener la vida psíquica en una cabeza separada del tronco. Muchas veces lo había intentado y jamás sus investigaciones le satisficieron. El primer gato que utilizó para esto murió medio minuto después de la decapitación, sin darle tiempo a someterlo a la circulación artificial; la segunda víctima sacrificada fué un conejo, que también sucumbió a los dolores prematuramente, y las sucesivas experiencias tampoco dieron mejores resultados.

La operación era difícil y exigía una habilidad de manos y un golpe de vista perfectos para aprovechar los segundos y establecer la circulación mecánica antes de que la muerte sobreviniese. Junto a la mesita de operaciones estaba un aparatito semejante al usado por Schiff en sus curiosos experimentos, y al cual Gabriel Montánchez agregó ciertos detalles que omitió su inventor, y que él estimaba esenciales.

Era un aparato de aspecto irregular, formado por dos depósitos: uno grande, cuya mitad inferior era de metal y estaba destinado a recibir el calor de un reverbero, y otro más pequeño de cristal, puesto en comunicación con el primeropor un tubito casi capilar de vidrio. En el receptáculo mayor se ponía la sangre ya desfibrinada, para que no se solidificara al contacto del aire e imposibilitase la operación; la sangre, sometida a la presión de un émbolo de “caoutchouc” que el operador podía elevar o deprimir según estimase oportuno, ascendía por el tubito capilar a la otra esfera y desde allí pasaba a cuatro conductos muy delgados destinados a enchufarse en las yugulares y arterias carótidas y vertebrales de la cabeza, y mantener en ésta la circulación.

Montánchez encendió el reverbero, y esperó a que un termómetro colocado dentro de la vasija mayor, y cuyo depósito de mercurio estaba sumergido en la sangre, marcase cierta temperatura, y en seguida, valiéndose de un bisturí muy cortante, cercenó con dos golpes la cabeza del animal, procediendo inmediatamente con singular destreza y sangre fría a atar con hilo encerado las venas, que no podían relacionarse con los tubos del aparato, para evitar por ellas la hemorragia, y luego de poner éstos en comunicación con las yugulares, vertebrales y carótidas, colocó bajo la mesita un vaso de porcelana destinado a recibir la sangre, que en abundancia manaba del cuello cortado, apoyó una mano sobre el émbolo y empezó a imprimirle un movimiento acompasado y lento, procurando que fuesen idénticos en intensidad y rapidez a las palpitaciones del corazón.

La cabeza del gato, fuertemente sujeta a la mesapor una correa y comunicando solamente con el resto del cuerpo por los nervios y ligamentos espinales, después de algunas contorsiones agónicas que sucedieron a la decapitación, cerró los ojos y quedó insensible, cual si la muerte se hubiese apoderado de ella. Pero así que los movimientos del aparato ingirieron parte de la sangre desfibrinada restableciendo la circulación craneal, la vida reapareció en todos los órganos: abrió la boca y agitó varias veces la lengua, queriendo expresar con mayidos los dolores del suplicio; pero los pulmones faltaban y la laringe no pudo articular sonido ninguno; también abrió los ojos y sus pupilas rodaron en todos sentidos quedando fijas en el médico, y mirándole permanecieron inmóviles.

Montánchez, satisfecho del sesgo que adquiría la operación, se recostó en el sillón y, extendiendo la mano, hizo girar un sistema de dos cristales de aumento colocados encima de la mesa sobre un soporte metálico.

La luz del quinqué atravesó la primer lente, y el rayo luminoso, ya reforzado por la potencia concentrativa del cristal, atravesó el segundo, yendo a proyectarse sobre los ojos del animal decapitado. Aquél era el objeto único del difícil experimento, pues había de demostrar la existencia o ausencia de la vida psíquica en la cabeza amputada.

Montánchez se inclinó hacia delante anhelandover comprobadas sus teorías acerca de las fuentes de las vidas orgánicas y pensantes. Al caer el haz de rayos luminosos sobre los ojos del gato, los párpados, hasta entonces inmóviles, se contrajeron violentamente, y el médico, que antes de hacer girar los lentes reflectores palideció de ansiedad, tornó a palidecer de alegría; aquello era lo que él buscaba, lo que tantas veces afirmó antes de poder comprobarlo por sí mismo.

La vida intelectual, como la física, depende exclusivamente de la circulación sanguínea, tanto, que el órgano donde ésta se mantuviese con perfecta regularidad, podría vivir y desarrollarse separado del cuerpo.

El movimiento producido por el rayo de luz en los ojos del gato, pertenecía al orden de los movimientos llamados reflejos, pues implicaba acción y reacción nerviosa: acción directa o sea transmisión de la impresión visual por los nervios centrípetos a los tálamos ópticos, y reacción instintiva o voluntaria a lo largo de los nervios centrífugos desde los tálamos ópticos a los músculos constrictores del ojo, que eran los que inmediatamente determinaron la contracción de los párpados. Se trataba, por tanto, de un fenómeno nervioso perfecto.

La sensación de dolor causada en la retina por la luz del quinqué, determinó un movimiento puramente físico que hirió al nervio óptico y se transmitió al cerebro; y luego esta conmociónfísica engendró otra de un orden reflejo o psíquico, que partía del centro a la periferia implicando la existencia de un entendimiento que comprende dónde están el peligro y el dolor, y de una voluntad ordenadora que cierra los párpados para impedir que la luz mortifique la retina.

Gabriel Montánchez apartó dos o tres veces el haz luminoso de los ojos del animal para volver a dirigirlo sobre ellos, y siempre obtuvo el mismo feliz resultado.

—¡Ya está, ya conseguí lo que deseaba, ya llegué adonde me propuse llegar!—exclamó en voz alta—. Lo sé todo: sé cómo nace el pensamiento, cómo vibran los nervios, cómo se engendra el deleite en la médula espinal... Los hombres son cadáveres galvanizados que van pudriéndose poco a poco: somos una cloaca en que diariamente se disgrega lo que ingerimos en ella por la boca; cuando la bala de un revólver o la hoja de un cuchillo rompe las paredes de esa gran retorta, llena de substancias putrefactas, todo ha concluído, y la última idea, la última aspiración de la materia, sucumben con la última contracción nerviosa. No hay alma, no hay espíritu, no hay en nosotros nada que recuerde lo eterno. ¡Horrible verdad!... Saber que sólo tenemos huesos, carne, nervios y cartílagos, materia frágil que se pudre sin cesar... Y, sin embargo, fuerza es resignarse a tan espantoso suplicio y dejar que el tiempo vaya abatiendo las energías de esta pobre armazónde barro que apenas puede resistir, sin estallar, las furiosas acometidas de sus propias pasiones.

Cogió de encima de una silla una larga pipa de ámbar amarillo y empezó a cargarla lentamente de tabaco; sacaba la picadura de una tabaquerita de plata y la metía en el depósito de la pipa, apretándola con los dedos; luego, mezcló al tabaco algunos granos de opio y se puso a fumar.

En aquella posición, con el gorro tunecino echado sobre las cejas, la pipa entre los dientes, la mirada inmóvil y más bien encogido que sentado en su butaca, parecía un mercader judío tomando el sol a la entrada de una sinagoga.

El médico había caído en una especie de sopor que confundía sus ensueños y pasiones de hombre y de sabio; ya no recordaba su experimento, ni las cuartillas que tenía preparadas para anotar las observaciones que resultasen del ensayo, ni siquiera el sitio donde estaba; su imaginación iba de un punto a otro, acariciando ideas que rechazaba en seguida, sin detenerse en ninguna, cual soñando con los ojos abiertos.

En la casa reinaba silencio absoluto, semejante al que debe haber en el interior de las tumbas cuando los gusanos acabaron de devorar el cadáver y se retiran arrastrándose por las hendiduras de la tierra en busca de otros festines; la luz del quinqué esparcía por la habitación reflejos indecisos que aumentaban la hediondez y repulsivoaspecto de las figuras anatómicas pendientes de la pared; el único sitio bien iluminado por las lentes reflectoras era la mesilla, con piedra de mármol, sobre la cual yacía aquella cabeza ensangrentada cuyas grandes pupilas, de un color amarillento leonado, expresaban una angustia suprema. Los pelos de la cola estaban erizados, el cuerpo temblaba bajo sus ligaduras, del cuello medio cercenado salía un reguero de sangre que se solidificó al caer de la mesa a la vasija y parecía un hilito de lacre obscuro... Montánchez, absorto en sus pensamientos, miraba indiferente el silencioso y trágico suplicio...

Poco a poco la sangre contenida en el receptáculo del aparato inhalador fué enfriándose, el émbolo quedó inmóvil, la circulación sanguínea se paralizó en los tubitos de goma, cesó la respiración artificial y la muerte se extendió instantáneamente sobre aquel despojo que la ciencia defendió algunos segundos. Los pelos de la cabeza se erizaron, la lengua escapóse de la boca, como si el animal muriese por estrangulación, y sus ojos sanguinolentos, tras una contracción espantosa, quedaron inmóviles, turbios, mirando al médico iluminados por aquel frío rayo de luz que los cubría bajo su brillante efluvio como en un sudario de puntos luminosos.

Gabriel Montánchez continuaba impasible, la pipa entre los dientes, contemplando el cadáver.

—¡Ya ha muerto!—exclamó al fin—, ya acabótodo... Así acaban los hombres y los pueblos. Hace media hora ese animal gozaba una vida semejante a la mía, pero la suya era mejor porque sentía y pensaba menos, y en las sensaciones siempre hay más dolor que placer; y ahora nada; un pedazo de materia que dentro de algunas horas apestará y que pasado mañana albergará muchos gusanos... “Acuérdate, hombre, de que polvo eres y que en polvo te convertirás”, dice la Iglesia. No, no hay cielo; desgraciadamente todo acaba aquí, todos morimos aquí como el sapo que expira entre las tembladeras del pantano y parece no desempeñar ningún papel en el concierto universal... El gran secreto de la vida está en la sangre: cuando ésta deja de correr llega nuestro último cuarto de hora, y la sangre corre mientras late nuestro corazón, y a éste sólo le paraliza el tiempo, el implacable enemigo de la vida: todo le está sometido, todo envejece por igual y corre hacia el no ser con la misma velocidad; y yo, que no tengo relojes que me cuenten las horas, ni almanaques que recuerden el curso de los días y de los meses, ni espejos donde mirarme, también camino a la muerte con perseverancia aterradora, pues, aunque en cierto modo viva separado del mundo, ¿dejaré por eso de envejecer con él?...

Se puso de pie y colocó la mano sobre el cadáver del gato, que continuaba mirándole con sus ojos vidriosos: estaba frío y rígido. Entonces zafólas ligaduras que le sujetaban a la mesa y lo arrojó con repugnancia sobre el trozo de cinc extendido delante de la chimenea: el cuerpo produjo al chocar contra el suelo un ruido sordo y quedó extendido con la cara hacia abajo y las patas abiertas.

—¡Imposible!—prosiguió diciendo el médico—, no puede adormecerme; me sucede con el opio lo que a Mitrídates con los venenos, y lo siento, porque me hace mucha falta descansar... ¡Oh! Tengo un amor funesto, una pasión insensata que está cavando nuevos abismos a mis pies... Y la idea de morir sin satisfacer este último capricho me llena de angustia... Amo a Consuelo... Eso no me lo puedo negar, a mí, que me conozco perfectamente; ¡casi no puedo ocultárselo tampoco a los demás!... No sé cómo ni cuándo nació tan peligroso deseo, pero comprendo que me devora y que soy impotente para dominarlo o cobarde para combatirlo. ¿Dónde me arrastrará este postrer delirio? No lo sé; pero soy capaz de llegar por él a donde sólo van los locos de amor. ¡Y todo por una mujer!... ¿Qué misterioso encanto tiene esa criatura que no poseen las demás? No temo las consecuencias de esta pasión por ella, sino por mí; sí, por mí, que pierdo la tranquilidad, el único placer positivo de la tierra... Porque Sandoval no me importa... Creo que me quiere bastante; en muchas ocasiones dió prueba de ello; es lo que en el lenguaje vulgarse llama “un buen amigo”; pero su cariño es finito como todos los afectos humanos. Alfonso prefiere su bienestar al ajeno y no vacilaría en sacrificar mi felicidad a la suya; me quiere lo suficiente para darme todo el dinero que yo le pidiese y exponer su vida por mí; mas si yo le dijera: no deseo dinero porque me sobran corazón y brazos para adquirirlo, ni que arriesgues tu vida, porque me basto solo para defenderme, pero sí pretendo que me des algo que vale más que la vida y el dinero; deseo esa mujer en quien depositaste tu ternura y tu honor, la dueña de tu corazón y de tu hogar, la compañera de toda tu vida, la que te adormece con sus caricias y calma tus afanes con sus besos, la que cerrará tus párpados el día de tu muerte... dámela o concédeme permiso para conquistarla, porque esa mujer también forma mi encanto y sin ella la existencia me es imposible... estoy cierto de que Alfonso se echaría a reír...

Volvióse hacia la chimenea, quedando inmóvil, el ceño arrugado, contemplando con ensimismamiento las lenguas de fuego que corrían sobre los carbones encendidos.

—Eso no sucederá—agregó—, porque eso no se pide; se toma, se adquiere de cualquier modo... con habilidad o por la fuerza... Somos dos hombres para una mujer: él es bastante egoísta para cedérmela de buen grado, y demasiado valiente para no defenderla, y a mí me sobran coraje y audacia para renunciar mansamente a poseerla;él o yo, tal es el dilema; pero si yo tengo más fuerza, más valor o más fortuna, el sacrificado será él. Y ella... ella me odia, me detesta, como su marido me ha dicho, con toda su alma y todos sus nervios; mas no importa, yo sabré enamorarla y predisponerla en mi favor, y pues me abraso de amor, es muy justo que ella se queme también. Todo esto parecerá monstruoso, pero ya que la naturaleza nos puso el corazón a un lado, ¿por qué no darle de lado algunas veces?...

Presa de una agitación febril que le hacía temblar, Montánchez tornó a sentarse.

—Vivo entregado a la ciencia—dijo—. ¡Ja, ja, ja! ¿Y qué es eso?

Removió un poco la lumbre con la badila, puso los pies sobre los morillos para calentárselos mejor, encendió de nuevo su pipa y esperó...

Las azuladas espirales de humo desprendidas del tabaco y del opio quemados, ascendían lentamente girando alrededor de su cabeza y produciéndole enervamiento invencible. Sus pensamientos se obscurecían difundiéndose en aquella especie de vaporosa neblina que bajaba del mundo de lo inconsciente, quitando precisión a sus conceptos, lo mismo que la neblina borra los contornos de los cuerpos: la conciencia se sumergía en un delicioso no ser saturado de pereza y de suprema tranquilidad, las nociones de la vida real fueron borrándose una tras otra, olvidó el sitio donde estaba, la luz del quinqué palideció y suluz tornóse más diáfana; un velo gris cubría los estantes y los muebles, y al fin el opio consiguió apoderarse de su cerebro produciéndole alucinaciones exquisitas.

La luz que irradiaban los carbones de la chimenea fué disminuyendo hasta extinguirse, y sus ojos sólo vieron aún el cadáver del gato tendido sobre la plancha de cinc, con las patas abiertas; pero el sangriento despojo también acabó de borrarse y el médico se quedó soñando, sumido en una atmósfera de humo.

La amorosa pasión de Gabriel tardó mucho tiempo en manifestarse, pero una vez declarada se desató furiosa, arrollándolo todo: amistad, afectos, conveniencias sociales. Aquel tardío rasgo de su vida afectiva fué el más violento de todos los que hasta entonces experimentó: fué una pasión salvaje, una inexplicable explosión de ternuras y de juventud en un corazón de cuarenta años. Era la primera vez que Gabriel avanzaba contrariando realmente el curso natural de las cosas, pues mientras el mundo envejecía, él, en menos de un año, había logrado quitarse de encima cerca de dos lustros.

No le importaban su pasado vituperable, ni el cansancio que las batallas reñidas al Destino dejaron en su alma, ni las ilusiones malogradas, ni aquella lozana juventud perdida: un mundo nuevo y alegre, una vida seductora, un horizonte vastísimoiluminado con los mágicos resplandores de una aurora primaveral, extendía ante sus ojos la ilusión.

La vez primera que Gabriel Montánchez vió a Consuelo no sintió la menor emoción: sólo recordaba que su amigo Alfonso se la presentó en el teatro después de un estreno... y era una mujer como las demás... acaso más guapa que otras... Luego, la obsequiosa amistad de Alfonso, los lazos que a él le unían, la enfermedad de la joven y las tardes pasadas en la intimidad de aquel hogar, contribuyeron a revestir de interés la figura de Consuelito Mendoza.

Cuando Montánchez hizo votos de romper con el mundo y cayó en aquella misantropía que le obligaba a vivir en una noche perpetua, ignorante de la sucesión de los días, sin espejos, relojes, almanaques, termómetros, ni nada que recordase el movimiento decadente de las cosas, creyó que en aquel nido de anacoreta cortesano podría envejecer tranquilo entregado a sus estudios y a sus libros: los mundanales deleites ya no constituían para él un misterio, los conocía perfectamente; todos los fué apurando uno tras otro y le eran familiares. Pasaron los años y de pronto su viejo corazón despertó; y aquel despertar fué dulcísimo, pues su pasión, como todas las pasiones grandes, empezó a desarrollarse lentamente. El color blanco pálido de la joven, sus grandes ojos hebraicos que miraban con tristeza y abandonoorientales, su boquita entreabierta, sus actitudes llenas de languidez y de gracia, todo concurrió a reavivar con maravillosos artificios los recuerdos de la juventud pasada. El médico creyó que se trataba de un afecto amistoso, limpio de todo pensamiento carnal, y cuando aquel fugitivo destello de amistad se había convertido en amor, casi se alegró, como hombre que no acostumbra a preocuparse mucho de los acontecimientos que embarazan el porvenir.

—Vivimos—dijo—en este mundo para amar y ser amados, para reír y gozar, y lo que tienda a fortalecer nuestra felicidad, es bueno y santo. No soporto imposiciones morales que son al espíritu lo que las esposas para las muñecas del preso; me gusta la amistad en tanto mis amigos no me molestan; y el mundo, siempre que no quiera volver a ponerme sobre la cabeza su gorro de plomo; y la ética, siempre que esté de acuerdo con mis deseos; y hasta me agrada respetar, como al que más, la mujer del prójimo, cuando comprendo que ese prójimo la quiere con toda su alma... y que ella no me gusta mucho. Pero renunciar a una pasión que me hace enteramente feliz, por temor al escándalo o por no lastimar a un amigo, es imbecilidad indiscutible: seré un monstruo de egoísmo, pero el mundo me enseñó a discurrir así; son muy contadas las personas que quieren a un amigo tanto como a sus muelas, a sus brazos o a sus piernas, y, sin embargo, cuando aquéllasduelen más de lo justo corren a casa del dentista, y si los otros se enferman, el cirujano se encarga de amputarlos; ¿con cuánta más razón podremos amputarlos del corazón un afecto que nos amarga la vida en vez de embellecerla?...

Firme en este criterio, entregóse a su nueva pasión con el frenesí del jugador que aventura a una carta su última peseta; y como Gabriel Montánchez creía, con todos los que han corrido mucho, que el verdadero placer reside más en el deseo que en el goce, así como los secretos más deliciosos de la mujer son los que tiene mejor guardados, no se dió prisa en conquistar lo que por un medio u otro estaba seguro de obtener.

El carácter impetuoso y uraño de Consuelo, sus murrias, sus histerismos, la profunda aversión que le tenía y las dificultades de tiempo y de lugar con que continuamente tropezaba, le desconcertaron bastante, y entonces apeló a otro sistema, quizá más lento, pero indudablemente más seguro. Durante aquellas tardes de invierno que Alfonso Sandoval y él distraían contando cuentos, Montánchez sorprendió muchas veces el efecto que sus palabras, sus narraciones y hasta sus gestos, ejercían sobre el ánimo de Consuelo; y aunque estaba cierto de que un odio infundado, pero invencible, le separaba de ella, sabía que esta repulsión era ineficaz porque la joven vivía subyugada y fascinada en absoluto por él, que a su lado no tenía pensamientos, ni voluntad, niconciencia de sus actos, y que la sugestión magnética la convertía en una muñequita dócil a cuanto se la quisiera imponer; sabía también que Consuelo le adivinaba obedeciendo a esas misteriosas relaciones merced a las cuales los animales presienten la aproximación de una tempestad, y que su presencia la atortolaba como a una perdiz los ladridos del perro que se acerca, y reconociendo que el terror le hacía déspota único de aquella alma niña, esperó, con la cachaza del cocodrilo que acecha una presa mientras toma el sol, la ocasión propicia de rendir el cuerpo. Para asegurar la victoria probó en Consuelo el sueño hipnótico, deseando saber de antemano la facilidad con que podría rendirla, y aconsejó a Alfonso que se apartase de la joven para favorecer su emancipación moral. La primera parte del plan salió según su deseo; la mujer, convertida en máquina, estaba dispuesta a entregarse; sólo faltaba la ocasión, el eterno “cuarto de hora” que, afortunadamente para Consuelito Mendoza, aún no había llegado.

Mientras Gabriel Montánchez urdía y maduraba sus endiablados proyectos fumando sendas pipas morunas cargadas de opio y de sándalo en su estudio de la calle Hortaleza, Consuelo esperaba ansiosamente el fin del invierno para realizar aquel delicioso “viaje de novios” que tenía proyectado. No era por satisfacer una curiosidad, pues nunca sintió grandes deseos de ver mundo, ni por el gusto tonto de deslumbrar a sus amigas refiriendolas mil y una maravillas que pensaba ver en su excursión, porque las pocas personas que conocía habían viajado más que ella y la importaban tanto las montañas suizas o las nieblas del Rhin, como las nubes de antaño; ni tampoco el deseo de escribir sus impresiones, pues nunca tuvo pujos de escritora, y las contadas veces que cogió la pluma en su vida fué para escribir a Sandoval cartas en las cuales la pasión y la ortografía andaban en razón inversa. La pobre niña sólo quería huir de Madrid, adivinando que Gabriel Montánchez constituía un peligro para ella y para Alfonso.

Cuando le conoció no supo formar idea ninguna de él; sí recordaba que le había saludado con bastante encogimiento y que hasta dudó en alargarle la mano; pero, como aquello la sucedió con otras personas, no dió importancia a su vacilación. Más tarde, la noche en que Gabriel estuvo examinándola, pudo reconocer mejor los rasgos más salientes de aquella extraña fisonomía: su palidez marmórea, sus labios delgados, su ancha frente que las tempestades del alma surcaron de arrugas indelebles, sus ojos grandes, indescifrables y traidores; entonces sintió gravitar sobre ella todo el peso de aquella mirada penetrante que registraba sus pensamientos, y quedó sobrecogida de pavor; fué una descarga eléctrica que la dejó sin movimientos y sin fuerzas.

Quién había comunicado a Montánchez aquelascendiente sobre ella, fué lo que Consuelo no se explicaba; mas no por eso dejó de padecer los efectos del fenómeno con menor intensidad: sentía que el médico le robaba las ideas, los movimientos, la voluntad; junto a él no tenía fuerzas, porque él se las quitaba con sólo mirarla, le imitaba inconscientemente y hasta de gustos propios carecía; siempre estaba conforme con sus opiniones, y su docilidad era tan absoluta, que antes de que hablase ya daba ella con la cabeza señales de asentimiento. De esta pasividad moral Consuelo se daba exacta cuenta, y la idea de estar incapacitada para defenderse de un “algo” misterioso, y criminal que presentía en Montánchez, la infundió hacia él repulsión espantosa.

Sus accidentes y la influencia hipnótica de Gabriel acabaron de aterrarla: creyó que Montánchez era un encantador, un mago de buena sociedad que se perfumaba todas las mañanas para no oler a azufre y al que no se podía espantar con cuentas de azabache ni matas de ruda, y se consideró perdida: por eso le dijo cuantos descomedimientos la vinieron a la boca, e hizo cuanto pudo por que Alfonso riñese con él; y cuando se convenció de que la cizaña moral no existiría si todas las personas fuesen tan torpes como ella para sembrarla, concibió el proyecto de viajar mucho, medio fácil de poner entre ella y el odiado médico centenares de leguas. Esta idea significó para Consuelo un rayo de felicidad, y tan bienhechoresfueron sus efectos que hasta los ataques de histerismo disminuyeron.

Nunca se levantaba antes de las once: tomaba el chocolate en la cama, y mientras apuraba lentamente el contenido de la jícara y partía los bizcochos y casi lloraba porque un pedacito que “le era simpático” se cayó al suelo, su mano, un poco torpe, equivocaba frecuentemente el camino que conducía a la boca, y el bizcocho, mojado en chocolate, solía marcar sobre la nariz una manchita obscura; entonces, la joven se dejaba caer hacia atrás riendo a carcajadas, con el cuello y los pechos descubiertos, la boquirrita y los ojos contraídos por la risa.

—¡Concho, qué bien debo de estar así—decía—; pareceré un clown!...

Y cuando ya estaba más serena:

—Alfonsito—continuaba—, ¿quieres una sopa de chocolate? Está muy rico; anda, concho, cernícalo, si no te pinto... ¡pero, qué mal pensado eres!... Si a mí me hubiesen dicho que querían hacer contigo, es decir, que querían que tú hicieras conmigo... ¿entiendes?...

—Ahora entiendo menos.

—Que si tú quisieras hacer conmigo lo que yo he procurado hacer contigo... ¿está bien así? ¡Vaya, ya salió!... te hubiera dicho en seguida que sí, porque nunca pienso que puedas engañarme, y eso que el nene, concho, es de oro... Conque, ¿quieres?... Anda, sosón...

Con sus ardides y marrullerías entretenía a Sandoval hasta las doce o la una; entonces se levantaba, y luego de bien lavoteada y peripuesta iba al comedor.

Después de la comida, y mientras llegaba la hora de que Alfonso se fuese al casino, hablaban del pesado sueño que tenían por las mañanas, de lo que ella le dijo para obligarle a abrir los ojos y de la grandísima picardía que él contestó; de teatros, del último estreno, del “crimen de ayer” referido con prolijidad enojosa por los periódicos de la mañana, de si saldrían o no por la noche, de modas y del viaje; ¡sobre todo, del viaje!

Esta conversación era inagotable para Consuelo: por docenas podían contarse las veces que habló de cada detalle, invirtiendo horas en discutir la clase en que debían viajar, el sitio que ocuparían en el vagón y hasta el color de los vestidos, que serían grises por ser los más sufridos...

Cuando Alfonso se marchaba, Consuelito Mendoza se encerraba en su gabinete o en el despacho, y allí se ponía a coser. Por las noches el matrimonio cenaba un bocadillo ligero antes de ir al teatro.

Aquel invierno también picó en lluvioso y frío, pero Consuelo, a despecho de la estación y de la falta de medicinas, pues se había negado rotundamente a tomar ninguna, temiendo que estuviesen prescritas por Montánchez, estaba mejor de salud.

La soledad de sus tardes la entretenía con los preparativos del viaje. Aunque propensa a la vida holgazana y contemplativa, desplegó una actividad ejemplar. Le parecía que entre todos los relojes de Madrid estaba verificándose la apuesta de cuál de ellos daría más vueltas en menos tiempo, lo que hacía que las horas, por su brevedad, pareciesen minutos; que las hojas de los calendarios se cayesen solas, que los meses huyeran como golondrinas y que el momento de la partida iba a sorprenderla sin tener arreglados sus trapitos.

—¿Cuánta ropa llevaremos?—le preguntó a Sandoval.

—La que calcules que podamos necesitar en un viaje de ocho o nueve meses.

La respuesta era algo vaga, y Consuelo no supo a qué atenerse; y después de contar las semanas que tiene cada mes y las veces que ella mudaba sus ropas interiores a la semana, más las prendas que se pierden y las que se rompen, creyó necesario llevar, por lo menos, cuatro docenas de cada artículo.

Preparar cuarenta y ocho camisas suyas y otras tantas de Alfonso, más otro número igual de calzoncillos, pantalones de señora, calcetines, sábanas, etc... era un trabajo enorme para cuyo desempeño tuvo que desplegar todo su celo.

Las festividades de Pascua pasaron para ella casi inadvertidas, pues los preparativos del viajeabsorbían de tal modo su atención, que hasta las ganas de dormir le quitaban. En todo este tiempo su salud fué inmejorable; se puso más gruesa y de mejor color, con más alegría en los ojos y menos electricidad en los nervios. Sandoval estaba encantado: era indudable que la robustez de la joven triunfaba de todo, y que por aquella vez quedarían chasqueadas la ciencia y las profecías de Montánchez.

Hasta muy vencida la segunda quincena de enero no creyó Consuelito Mendoza que el equipaje estaba terminado y que podía enseñarle a Alfonso su obra de tantos meses; y éste, aunque la había visto andar muy afanosa de un lado a otro saqueando roperos, y notó los vacíos que dejaron en los estantes los libros secuestrados, se quedó estupefacto ante el convoy que su mujercita tenía preparado.

—Pero, muchacha—dijo—, ¿tú sabes lo que eso pesa y el dineral que cuesta su traslado?

Consuelo, avergonzada, no se atrevía a hablar.

—Veamos—dijo Alfonso—, ¿cuántos baúles destinas a la ropa blanca?

—¿Yo?—repuso ella con el aplomo de la persona que sabe bien lo que ha dispuesto—, pues... siete.

—¡Siete baúles, es decir, siete mundos, pues apostaría la cabeza a que los elegiste así!—exclamó Sandoval encogiéndose cómicamente de hombroscomo temiendo que aquel sistema planetario, repleto de ropa blanca, se desplomara sobre él.

—¿Qué, te parecen muchos?

—Ay, niña; no me asustan esos siete, si no los que irán saliendo, porque para tus trajes y los míos, ¿qué menos vamos a necesitar que otros tres?

—Cinco calculé yo, y no son muchos.

—¿Cinco dijiste?... Más a mi favor. ¿Ves cómo hice bien no asustándome de los siete primeros?... Y miren cómo mi mujercita me ha convertido en una especie de Dios chico, que se permite el lujo de andar rodando por ahí con sus mundos, maravillando a los carabineros y empleados de ferrocarriles que sólo están acostumbrados a tratar con esos pobres diablos que no tienen más que un baúl... quiero pensar en lo que, gracias a ti, voy a reírme en el viaje cuando se hable de astronomía y mi interlocutor me pregunte con acento inglés:

“—¿El Sol marcha, verdad?

“—Sí, señor—le responderé yo—; el Sol marcha; Eugenio Pelletán fue un descortés que sólo se acordó de la Tierra; pero el Sol también le da a las tabas lindamente a pesar de sus muchos años.

“—Y la Tierra, ¿hacia dónde camina?

“—La Tierra camina conmigo.

“—¿Cómo, con usted?—dirá mi inglés, un tío muy largo, como si le viera, con grandes patillas rubias, un monóculo, una guía debajo del brazoy un sombrero más chiquito que la cabeza—, ¿usted está loco?

“—No, señor; el mundo va conmigo, adonde yo quiera llevarlo, como otros treinta o cuarenta que vienen ahí detrás; es todo un sistema planetario: Flammarión no se ha enterado aún de esta francachela cósmica que vamos corriendo, pero puede usted creerme bajo mi palabra”.

Consuelito Mendoza, aunque desconcertada y corrida, declaró que, a su juicio, se necesitaban diez y ocho baúles de los grandes.

Sandoval se echó a reír.

—Todo nuestro equipaje—dijo—ha de caber en un baúl. ¿Oyes?... No admito ni una sombrerera más.

—Pero, hombre, ¡qué cosas tienes! ¿Y dónde meto el contenido de los diez y siete mundos restantes?

—En ninguna parte, lo dejas aquí.

—¿Y tus libros?

—Mis libros se quedan en su sitio; ¿qué necesidad tienen los pobretes de exponerse a perder un canto por esos andurriales?

—¿Y cuando quieras leer?

—Compro uno.

—¿Y qué haremos de los libros comprados?

—Si encuentro alguno bueno lo guardaré; pero lo bueno escasea tanto que probablemente me cabrán todos en un bolsillo del chaleco; los malos, los tiro o los quemo, o los cambio en las estacionesdel tránsito por vasos de agua o por naranjas...

Estaban a mediados de febrero y la gente moza y alegre de Madrid, animada por la festividad del día y por un hermoso sol primaveral, bajaba al Prado y a Recoletos en bulliciosa manifestación.

Era domingo de Carnaval.

Las máscaras ejercían sobre Consuelo atracción irresistible, aunque ignoraba, con el candor de una niña, los placeres de que las mujeres disfrutan llevando el semblante bajo un antifaz.

El Carnaval se asociaba en su memoria a recuerdos infantiles que la transportaban quince años atrás, cuando era una rapaza que pasaba las noches pensando en los pollitos culones de la señora Daniela; eran recuerdos inocentes, que todos los años se renovaban produciéndola la misma dulce y poética complacencia.

Siendo niña se asomaba a la ventana a ver las máscaras mientras oía con suave ensimismamiento “El carnaval de Venecia” de Schulhoff, tocado al piano por una vecinita suya; y mezclando las notas populares que sirvieron de tema al profesor alemán para componer su célebre obra, con la idea que ella tenía formada de Venecia, llena de góndolas, y los monigotes embadurnados de amarillo y de verde que desfilaban ante sus ojos, con otras muchas tonterías aposentadas en su cerebro de muchacha, formaba un carnaval extraño, fantástico, con músicas y tipos enteramentesuyos. Esta borrosa visión infantil duró muchos años, y siempre recordaba con plácida melancolía aquel carnaval veneciano escuchado por ella tras los cristales de su gabinete.

Alfonso y su mujer bajaban la calle Alcalá en un coche abierto. La animación era inmensa. Al llegar a la fuente Cibeles la multitud se bifurcaba, y mientras unos seguían por el Salón del Prado, hacia Neptuno, otros caminaban hacia la plaza de Colón.

Los coches descubiertos formaban mayoría, y en ellos lucían sus atractivos algunas jóvenes disfrazadas de pasiegas, de andaluzas o de gitanas; también había muchos niños vestidos a la antigua, con pelucas empolvadas, medias de seda, zapatos de charol con hebillas de plata, pantalón ceñido y largos casacones bordados que les azotaban las corvas; parecían comparsas de teatro, y sus perillas y bigotes postizos, de un negro betún, daban a sus tersas caritas una expresión de seriedad y vejez contrahecha que inspiraba risa. Entre ellos también mostraban sus atractivos las Pompadour de tres pies de estatura, semejantes a figuritas arrancadas de un abanico estilo Watteau.

Por entre las dos filas de coches, una de las cuales iba con la misma lentitud con que la otra venía, como los costados paralelos de una correa sin fin, pululaban bandadas de máscaras vocingleras:mujeres con disfraces varoniles cuyas piernas apenas podían moverse dentro de los pantalones en que un capricho de su dueña las aprisionó; hombres que cambiaban su traje por una enagua y un corpiño, comparsas de frailes rezadores que leían en un libro y echaban bendiciones; “bebés”, astrólogos, escoceses, locuras, moros, caballeros del siglo XVI, estudiantes, osos, enanos, lechuzas y otros mil abigarrados figurones y disparates.

Por las aceras discurría el público de a pie, y entre los trajes obscuros de los espectadores pacíficos, bullían grupos de máscaras retozonas que perseguían a sus conocidos para darles un confite y una broma: todo ello bajo un cielo azul que se deshacía en torrentes de luz.

En aquellas fiestas, consagradas al placer de los sentidos, Alfonso recordaba sus travesuras de soltero, y aunque ni su edad ni su posición de hombre casado le permitían ciertas distracciones, gustaba de hacer un extraordinario echando, como vulgarmente se dice, una cana al aire.

El extraordinario fué bien insignificante y se redujo aquel año a comer fuera de su casa, en una de esas fondas donde se sirven comidas desde diez reales en adelante: porque Alfonso, lo mismo que Consuelo, gustaban de sentarse de cuando en cuando junto a una mesa de pino, a la luz de un mechero de gas, aspirando el fuerte olora guisos escapado de las cocinas y oyendo las voces de la plebe.

Aquella noche cenaron bien; cuando salieron a la calle, aún no eran las nueve: entraron en el Oriental a tomar café y luego se fueron a la Comedia. Ambos iban muy contentos.

—Es preciso—decía ella—hacer algo gordo, que suene, concho... para que salgamos en los papeles.

—¿Te atreves a ir a la Zarzuela?—propuso Alfonso, olvidándose de lo mal que están los casados en un baile público.

Consuelito Mendoza acogió la idea con regocijo.

—Sí, sí—dijo palmoteando—, eso es lo que yo quería, concho, sólo que no me acordaba.

—¿Entonces, no vamos al teatro?

—¡Quiá, qué disparate!

—¡Pues, ale!... Corriendo a casa, que no hay momento que perder.

Al cruzar de nuevo la Puerta del Sol, vieron a Montánchez.

—Si quieres pasar la noche conmigo—dijo Sandoval estrechándole la mano y sin detenerse—, ve a la Zarzuela; allí estaré yo.

El médico saludó quitándose el sombrero y repuso:

—No iré.

—¿Para qué le has hablado a ese gaznápiro?—exclamó Consuelo con el semblante contraído comosi fuese a llorar—; ¿cómo te empeñas en hacerle partícipe de nuestras alegrías sabiendo que le odio y que donde él esté no puede haber sosiego para mí?

Alfonso, que comprendió su yerro, acudió a componerlo recurriendo al repertorio de sus ternezas, y como el enfado de la joven no era muy sincero no le costó trabajo tranquilizarla. A la una de la madrugada llegaron a la Zarzuela.

Consuelo vestía un capuchón azul con adornos negros, zapatitos de raso blanco y antifaz encarnado. Todos los palcos estaban ya vendidos y tuvieron que comprar dos entradas. Las luces, el calor y el ruido causados por la aglomeración de personas, produjeron en Consuelo un sobrecogimiento que la hizo aferrarse estrechamente al brazo de su marido; aquel espectáculo, tan nuevo para ella, la atraía y asustaba a la vez.

Entonces la orquesta no tocaba y los bailarines descansaban dando vueltas al salón: en el centro de aquella movible cinta de carne humana había muchos hombres que, no teniendo pareja, esperaban ansiosamente la llegada de nuevas mujeres. En los palcos se comían fiambres y se vaciaban botellas de Jerez, y en uno de ellos, ocupado por camareras y jóvenes de buena sociedad, un adolescente, en el colmo de la embriaguez, vertía el vino en el interior de su sombrero de copa, aplicaba los labios a las alas y bebía. En el escenario algunos bailarines disfrazados se habíanrendido ya a las fatigas del baile y a los vapores de la bebida, y dormían profundamente tendidos boca arriba, con los brazos abiertos, los semblantes desfigurados por las pinturas, el sudor y el polvo, y teniendo aún en una mano la última botella vacía; mientras otros, que hicieron con su rabo de diablo una especie de cojín para sentarse y estar más cómodos, cenaban tranquilamente recostados contra la pared.

De repente, y cayendo sobre aquel polífino desconcierto producido por tantas voces que destempló la agitación y la borrachera, resonaron nuevamente los acordes de la orquesta, y aquella masa de carne empezó a ondular siguiendo el ritmo musical.

Consuelo, aunque sufriendo ya el malestar causado por el calor y la mucha gente, se dejó llevar por Alfonso a través de aquella multitud ebria de vino y de vicioso júbilo.

—¿Te sientes mal?—preguntó él inquieto.

—No—repuso la joven mirándole cariñosamente por las aberturas del antifaz—, estoy muy contenta.

Terminado el baile, Sandoval dejó a Consuelo un momento para saludar a varios amigos que le habían llamado: en tal momento un numeroso grupo de máscaras empujó a la joven hacia un extremo del salón.

Ella, toda medrosita y atortolada, sin fuerzas para resistir la avalancha, ni estatura paraorientarse en aquel mar de cabezas, empezó a gritar llamando a Alfonso. Algunos desocupados, notando su turbación, se complacieron en aumentarla con sus voces y requiebros, y siguieron acosándola hasta acorralarla contra un ángulo del escenario. En esto la orquesta volvió a tocar y muchos quisieron bailar con ella: Consuelo, al principio pudo defenderse, pero después el miedo paralizó su lengua; un hombre medio borracho y disfrazado de diablo se arrodilló ante ella para verle el rostro por debajo de la sotabarba, y mientras con lengua estropajosa iba diciendo cuantas sandeces se le ocurrían, extendió la mano y la pellizcó una pierna; Consuelo dió un grito y retrocedió algunos pasos sin poder desembarazarse de otros importunos que, excitados por su cándido aspecto, abusaban de su turbación para manosearle los brazos y los pechos. Y ya empezaban a acongojarla, cuando rompiendo violentamente el grupo de hombres que en torno de ella se había formado, la forzó a bailar, cogiéndola por el talle, una máscara disfrazada de astrólogo.

La súbita presentación y el aire autoritario de aquella extraña figura, vestida con un rico manto de terciopelo azul cuajado de estrellas argentinas, sorprendió a todos, incluso a la misma Consuelo, que se dejó arrebatar.

El máscara bailaba sin decir palabra: al llegar al comedio del salón pasó Sandoval y la joven corrió hacia él dando un grito. Alfonso se volviórepentinamente, y viendo que el astrólogo procuraba retenerla por un extremo del capuchón quiso agredirle, pero algunos bastoneros le contuvieron y la cuestión no siguió adelante.

Cuando regresaron a su casa, Consuelito Mendoza, extenuada por las fuertes emociones de aquella noche de aventuras, no pudo resistir más y se desmayó.

Las amistosas relaciones entre Gabriel Montánchez y Sandoval parecían haberse enfriado un poco: sólo de tarde en tarde se veían, y cuando Alfonso reprochaba a su amigo su tibieza, el médico se disculpaba alegando sus muchas ocupaciones.

Consuelo Mendoza celebró aquel retraimiento, pero a pesar de tan tranquilizadoras apariencias siempre recordaba con miedo la tarde en que Montánchez estuvo hablándola de amistad, quejándose de sus soledades y explicando su necesidad de ser querido por alguien; y sus palabras, sus gestos, el fuego que puso en su conversación y la extraña expresión de su mirada. En su lenguaje apasionado, la joven adivinó un amor criminal; y aunque Montánchez, o por prudencia o por miedo, no se declaró más francamente y todo ello parecía olvidado, Consuelo recelaba las consecuencias de esas tempestades que se forman poco a poco y sin ruido, y en un momento dado estallan con violencia aterradora.

Consuelo sentía cernirse sobre su cabeza aquel ciclón “pasional”; empezó por un puntito negro apenas perceptible y ya ocupaba el horizonte. Como a sus cándidos ojos de niña crédula Gabriel Montánchez se había ofrecido como un genio superior relacionado y hasta emparantado con los espíritus maléficos más poderosos del otro mundo, temía que el endiablado médico pusiera en juego para rendirla algún procedimiento sobrenatural, algún filtro o conjuro, alguna hierba milagrosa de ésas que, según afirman las viejas zurcidoras de voluntades, poseen la virtud de volver los corazones hacia determinados afectos. Y esto era precisamente lo que más miedo y repugnancia le causaba: la idea de que Montánchez poseyese el secreto de hacerse querer de ella, hasta estrecharla entre sus brazos alguna vez...

Cuando Sandoval cogía un periódico y leía la descripción de uno de esos sangrientos dramas de amor y de celos tan frecuentes en nuestro pueblo, Consuelo se echaba a temblar como si su conciencia la acusase de algo.

—¡Calla, por Dios—decía—; la relación de ese crimen me crispa los nervios! ¿Te parece bien que siempre, las pobrecitas mujeres, paguen el pato?

—Como que sois las únicas causantes de nuestras malandanzas y desventuras.

—Sí, ¿eh?

—Claro, ¿quién os manda ser tan guapas?

—Y a vosotros, ¿quién os obliga a ser tan viciosos?

—¡Toma... misterios del querer!...

—¡Ay, amigo, eso no está bien!... ¿De modo que el amante, el Tenorio callejero, que allana una casa sin pedir permiso y no vacila en hacer desgraciada a una familia por satisfacer un necio antojo, no merece castigo?

—Ése, también; el hombre por buscar... la mujer por dejar que la encuentren.

—¿Así que tú—agregó Consuelo riendo—eres uno de esos maridos matasietes que no perdonan a nadie?

—A nadie—repuso Sandoval distraído.

—¿Y matarías a tu contrario, Alfonsito?

—Como a un perro.

—¿De un tirito?

—O de dos; de todos los que hicieran falta.

—Naturalmente, porque si con el primero no tenía bastante...

—Repetía la dosis.

—¡Concho, qué miedo!... ¿Y a mí también me matarías?

—También; con otros dos o tres tiritos, según tuviera el pulso.

—¡Qué burro!... ¿Y después?...

—Después—contestó Sandoval que continuaba leyendo—, me pegaba otro tiro, o dos... ya digo que eso dependería de cómo tuviese el pulso.

—Necesitarías antes volver a cargar, porque las cápsulas se te habrían acabado ya.

—Naturalmente.

—Conque, ¿se habrían acabado, naturalmente?

—Muchacha, ¿quieres dejarme leer?

—Oye, Alfonsito—prosiguió ella bromeando y por agotar la conversación y la paciencia de su marido—, y después que todos estuviésemos bien muertos, ¿qué harían con nosotros?...

—Pero, ¿es que estás tomando informes para que nada te coja de susto?—preguntó Sandoval amostazado—; pues no sé lo que harían con nosotros; probablemente nos enterrarían de cara al sol... no sé... ¡Déjame en paz, tabardillo!

Estas conversaciones en que siempre descubría Alfonso los sanguinarios instintos de su celoso temperamento, preocupaban mucho a Consuelo; sin querer echábase a fantasear acerca del cúmulo inagotable de calamidades que caerían sobre ella si el Destino consintiese que sus tristes presentimientos se cumplieran y Montánchez la violentara o rindiera con sus hechicerías; pensaba en la horrible tragedia que entonces se desarrollaría entre aquellos hombres, y se veía sola, indefensa, arrodillada en el suelo llorando, sin fuerzas para separar a los dos rivales; y después calculaba las consecuencias de su caída...

Éstas dependían del resultado de la lucha. ¡Oh, no! ella no quería que Sandoval riñese con Gabriel Montánchez, porque el médico no era unhombre como los demás, sino un demonio que le vencería. ¿Pero, y si Alfonso quedaba triunfante?... Entonces ella también podía darse por muerta, porque Sandoval, en su exaltación, la aplastaría con el pie como quien mata una araña. ¡Qué miedo, morir así o estrangulada... y quedarse luego muy fea, con los ojos desencajados y la roja lengüecilla fuera de la boca!...

Si, por el contrario, Sandoval sucumbía a manos de Montánchez, ¡qué horror!... verle muerto y quedar entregada a las caricias de aquel otro tipo tan disimulado y tan hipócrita que tarde o temprano la mataría también...

A fuerza de discurrir en el mismo tema, esta idea llegó a dominar su espíritu; creía que el desastre iba a suceder de un día a otro y hasta extrañaba que nada serio hubiese ocurrido aún; era una pesadilla ineluctable, un espectro con la cara y las manos manchadas de sangre que la perseguía en el lecho, en la mesa, en el teatro.

El viaje se había fijado para el día quince de marzo.

La víspera de la partida Consuelo comenzó a sufrir ese vago sentimiento de temor que infunde lo desconocido. Como todas las mujeres de corazón sensible, nunca había fijado dique a sus afectos y amaba cuanto veía a su alrededor; y a colocar ordenadamente sus afecciones, se hubiera visto que la primera, la más grande, era la de Alfonso Sandoval, aun cuando este amor relegabael de Dios a un impío segundo término; y después y en línea descendente, figuraban otro sin fin de amorcillos que no por su pequeñez eran menos reales ni dignos de ser apreciados; tales como el cariño que sentía por la cocinera, por el niño ciego que algunas tardes tocaba un violín implorando la caridad pública al pie de sus balcones, por el jilguero que alegraba la casa con sus trinos, por una sillita de cuero donde se sentaba a coser, por un dedalito de plata que la regalaron siendo niña, y por cuantos muebles y fruslerías estaban en contacto con ella. Separarse de todo aquello, aunque sólo fuese por un tiempo relativamente corto, era una necesidad que la afligía hasta el llanto, pues no sólo pensaba en sus penas, sino en las que por idéntico motivo sufrirían sus queridos chirimbolos, a los que, desde luego, suponía capaces de sentir pesadumbres de amor.

Aquella mañana la joven madrugó más que de costumbre y se asomó al balcón: el tiempo había cambiado, y un fuerte viento Sur empujaba rápidamente las nubes unas sobre otras: se padecía ese bochorno que precede a las tempestades; el cielo estaba nublado y de los nubarrones más bajos caían gruesas gotas que manchaban la calle de enormes viruelas negras.

Consuelo seguía en el cierre de cristales, mirando distraídamente las columnas de polvo que el viento levantaba, como esgrimiendo un escobóninvisible; las puertas y ventanas se cerraban o abrían con estrépito, sacudidas por el ciclón; algunos cristales cayeron a la calle hechos pedazos y por la Puerta del Sol eran muchos los transeúntes que corrían detrás de sus sombreros.

Recordando su próximo viaje Consuelito tuvo miedo.

—¡Dios mío!—meditó—, ¿no quieres que me vaya?...

El resto de la mañana lo invirtió arreglando de nuevo su bagaje.

Debían de salir a la noche siguiente para Barcelona, donde embarcarían en el primer buque que navegase con rumbo a Italia.

—¿Y nos iremos de aquí aunque llueva?—preguntó Consuelo, que a un mismo tiempo temía y deseaba marcharse.

—¿Pues quién nos lo impide?...—repuso Sandoval—; el agua no molesta cuando se viaja en ferrocarril.

Después de almorzar, Alfonso salió a hacer efectivos algunos cheques, y como Consuelo no quiso acompañarle, acobardada por el mal cariz del tiempo, la cocinera y la camarera fueron las encargadas de comprar una maleta destinada a guardar los enseres de tocador.

—Oye—gritó Consuelo desde el gabinete a su doncella, que ya se iba—, cuando vuelvas llama con los nudillos para que yo te reconozca, o sino... llévate el llavín; mejor es, porque quizá tenga luego gana de echarme a dormir un rato...

Las mujeres salieron y la joven se puso a coser cerca del balcón.

El horizonte se había obscurecido completamente y la luz que penetraba por los visillos era escasa. Consuelo empezó a sentir miedo, miedo de saberse sola en aquella casa tan grande que parecía dormir bajo sus tapices y cortinajes, y recordando las cabezotas de yeso del despacho y aquel ensueño en que las vió animadas, volvió a temblar; a cada instante creía que caminaban por el pasillo los bustos de Cervantes o de Quevedo, asentados sobre dos piernas muy largas y negras como patas de langosta, y tan grande fué su aprensión, que hubo de levantarse y cerrar la puerta.

El viento silbaba en la calle produciendo, al quebrarse en las esquinas, lamentos lúgubres semejantes a suspiros. Consuelo dejó su costura y se asomó a la ventana: del cielo caían gruesos goterones que, por lo pesados, parecían de plomo, y causaban un ruido fastidioso al chocar contra el cinc del mirador; luego aquellos amagos de lluvia fueron aumentando hasta convertirse en espantoso aguacero.

La lluvia caía tan compacta que parecía un inmenso velo de gasa: los transeúntes, acobardados por el agua, se guarecían en los portales a esperar cachazudamente que disminuyese la fuerzadel chaparrón, y sólo los muy impacientes seguían con el inútil paraguas abierto, el cuello de la americana levantado y los pantalones doblados sobre los tobillos.

Consuelo se retiró del balcón un poco mareada por aquel continuo llover, y al ir a sentarse repercutió el timbre de la puerta de entrada. La joven quedó inmóvil, con la quieta rigidez de las estatuas.

—¿Quién será?—pensó—; aún es muy temprano para que Alfonso vuelva... Es extraño, no adivino quién pueda ser...

De pronto sus facciones se contrajeron y llevóse ambas manos a la boca sofocando un grito de terror; se había acordado de Montánchez.

El timbre volvió a vibrar, y Consuelo salió al pasillo, dirigiéndose al recibimiento.

—¿Quién?—preguntó con voz trémula.

—Yo—repuso una voz de hombre que la joven no reconoció.

Acercóse a la mirilla de la puerta, mas no pudo distinguir nada porque el visitante estaba cerca de la pared.

—¿Y... quién es usted?—inquirió Consuelo, cuyas piernas flaqueaban.

—Gabriel, señora.

—¡Ay... no le había conocido!

—¿Puede usted recibirme?

—Alfonso no está...

—No lo sabía... pero eso no empece...

—Estoy sola.

—Vuelvo a repetir que su soledad no es un inconveniente.

—Pero...

—Deseo hacerles a ustedes un encargo, es asunto para mí de mucha cuantía; sé que se van mañana y no quiero desperdiciar la ocasión...

—No puedo...

—Haga usted un poder, se lo ruego...

Su voz era imperiosa. La requerida, aunque jadeante de emoción, aún quiso resistir.

—¡Vaya... que no puedo!


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