—¡Señora, tenga usted la bondad de abrir!
Los desfallecimientos físico y moral de Consuelo Mendoza fueron tan grandes, que casi perdió la conciencia de sí misma y no supo oponerse al mandato del médico; estaba acostumbrada a obedecerle: como un autómata abrió la puerta y entró Gabriel.
—¿No hay nadie?—preguntó.
—No, señor—repuso ella haciendo esfuerzos sobrehumanos por cobrar aplomo—, pero Alfonso no tardará en venir...
Este fué el único embuste que se la ocurrió, pues estaba segura de que Sandoval no regresaría antes de la noche. Se habían sentado en el sofá del gabinete, el uno al lado del otro: Montánchez estaba limpio, sin ninguna manchita de barro en el pantalón, como si acabase de salir de su cuarto.
—¿Vino usted en coche?—preguntó ella por decir algo.
—Sí, señora... He visto salir a Sandoval y a las criadas, sabía que tardarían en volver y que estaba usted sola... por eso he subido...
A pesar de su aplomo, el médico estaba un poco inquieto.
—¿Cuándo es el viaje?—agregó.
—Mañana.
—¿Y de quién partió esa idea sorprendente de ir a correr mundo?
—De mí—repuso Consuelo mirando a su interlocutor audazmente.
—¡De usted, ya lo sabía!... Porque eso más parece una fuga que un viaje.
La joven sintió que su valor declinaba y bajó los ojos.
—Sí—continuó Montánchez—, es una fuga; usted sale de Madrid huyendo de una persona que, sin querer, la mortifica mucho y a quien odia usted con toda el alma, ¿no es cierto?
Consuelo no respondió.
—En estas cuestiones no me engaño nunca: ¿qué más? sé el nombre del ser odiado... ¡soy yo!... No haga usted signos negativos que no me convencerán: usted me odia, me detesta, me aborrece con un sentimiento inextinguible de repulsión, y eso, si el testimonio de mis sentidos no bastase a revelármelo, lo sé por Sandoval, por usted misma... Desconozco el origen de esa repugnancia,quizá usted la ignore como yo, mas no por ello es menos cierta. También usted produjo una revolución en mí, pero de bien distinto carácter: usted me atraía, a su lado me encontraba bien, y al poco tiempo mi amistad hacia usted era más grande y más firme que la que profesaba a Alfonso, con ser ésta muy antigua.
—Pero, caballero—interrumpió Consuelo—, ¿a qué viene usted aquí?... ¿A acusarme?
—No, señora.
—Entonces... ¿a qué?
—A decir que la amo, que la quiero con toda mi alma—repuso Gabriel aplomadamente.
—¿A mí?...—exclamó Consuelo poniéndose de pie—; ¿pero usted sabe lo que dice?
—Sí, señora, porque lo siento aquí dentro, en este pobre corazón que se me rompe.
—¡Ay, por la Virgen del Carmen!—gritó Consuelo llorando—, váyase usted... sí, yo le odio y le temo al mismo tiempo, por eso huyo de Madrid... acertó usted; quiero hallarme lejos, muy lejos, donde no pueda usted hacerme daño...
—Consuelo—dijo Gabriel—, siento asustarla hablándola así, pero el tiempo apremia y no quiero separarme de usted sin confesar toda mi pasión. Hace algunos meses yo la hubiese podido querer a usted castamente, como a una amiga; más todavía: como a una hermana... Pero después este cariño estalló como un volcán y hoy me devora el pecho; ya no tengo paciencia ni fuerzaspara contenerme, ni para resignarme a soportar un día y otro los furiosos embates de esta borrachera amorosa que no da treguas y va abrasándome las entrañas. No, mentira, yo nunca he sido amigo suyo, porque aquel sentimiento amistoso duró un instante y el amor lo substituyó en seguida; yo no puedo cortejarla a usted lentamente, porque ni mi edad ni mi temperamento lo consienten, y sé cuán ridículo es el hombre que mendiga lo que por su esfuerzo puede obtener. Eso es vulgar, y yo, señora, seré un malvado, un criminal... lo que usted quiera; nunca una vulgaridad.
La ventana de una de las habitaciones interiores, impulsada por el viento, se cerró con estrépito, saltando en pedazos sus cristales, y la lívida luz de un relámpago bañó el gabinete con su lívido y fugitivo reflejo.
Consuelo lanzó un grito de terror y se persignó; y cuando, pasados algunos segundos, resonó la lejana voz campanuda del trueno, que gruñía como un mastín malhumorado, la joven se encogió en el diván sollozando, tapándose los oídos.
—¡Por Dios, Gabriel, por el recuerdo de la mujer que más haya querido!—exclamó suplicante—, váyase usted, se lo ruego... siento que las fuerzas me faltan, que mi vista se nubla... voy a ponerme mala.
—Sí, me iré—repuso el médico con apasionamiento—, y para conseguirlo no necesita ustedimplorar la intercesión de un Dios, en quien no creo, ni tampoco la de ninguna mujer querida, pues mi primera pasión está muerta y enterrada, y la única que luego reverdeció mi corazón es la que ahora siento por usted. Por eso me iré, por complacerla, pero antes quiero que sepa usted todo lo que siento, todo lo que sufro... hoy aún es tiempo; mañana ya sería tarde... Consuelo—prosiguió Montánchez, cogiendo una de las manos de la joven, que estaba inmóvil y helada—, repare usted en lo grande que será mi pasión cuando obliga a un hombre, tan altivo y bien curado de calenturas amorosas como yo, a dar este paso. Yo, desengañado del mundo, renuncié a él; cansado de una vida en que sólo pesares y miserias coseché, me escondí en mi estudio resuelto a morir lejos de aquella sociedad que mi juventud amó tanto; usted, mejor que nadie, sabe cómo vivo... y vivía feliz, porque vivía tranquilo, con esa felicidad helada de los que no sienten; y tan dichoso era en mi nuevo estado y tal miedo me inspiraban los combates del mundo, que ni la virtud de Penélope ni la hermosura de Safo, me hubiesen hecho renacer a mi pasada vida aventurera. Usted, sin embargo, tuvo habilidad para transformarme antes de que yo mismo preveyera lo que iba a ocurrir... Ahora la deseo a usted con frenesí, con un arrebato que da vértigos, con la ceguedad que deben de poner en sus pasiones los salvajes o los dementes. Mucho quiero a Sandoval, pero antesque su felicidad está la mía; y como mi dicha es usted y usted es también la suya, estoy dispuesto a disputársela palmo a palmo, cara a cara, riñendo noblemente...
—¡Oh, no!—interrumpió Consuelo—, usted no hará nada en contra de mi marido... entonces le odiaría más y hasta sería capaz de asesinarle.
—No sé aún qué haré—repuso Montánchez levantándose—, pero confieso que algunas veces me ciega una nube de sangre... La noche en que fué usted al baile de la Zarzuela, yo era la máscara disfrazada de astrólogo que la obligó a bailar... ¡Estaba usted tan hermosa... miraba usted a Sandoval con tanto cariño, resultaba tan horrible mi soledad comparada con su alegría!... que enloquecí de celos y tentado anduve de reñir con él para desafiarle y matarle después.
—Es usted un miserable—gritó la joven con violencia y acercándose al balcón—; váyase usted, salga usted de aquí, porque si Alfonso viene y le encuentra se lo cuento todo.
—No me importa.
—¡Váyase usted!
—No puedo.
—Pediré socorro.
—No podrá usted; tengo yo más fuerza y se lo impediré.
—Me da usted miedo—murmuró Consuelo levantándose—; parece usted un demonio.
—¡Y lo soy!—gritó impetuosamente Montánchezatrayéndola hacia sí—; soy un ángel rebelde que sólo tiembla ante sus propias pasiones; no me preocupa la muerte, pues cien veces luché cuerpo a cuerpo con ella sin inmutarme; ni el mundo, porque le desprecio profundamente; ni temo a los hombres, porque al más fuerte de ellos estoy cierto de aplastarle bajo mis pies... Lo único que me seduce es usted, por quien vivo...
Un segundo relámpago, seguido inmediatamente de un trueno horrísono, iluminó la habitación; su luz cárdena resbaló sobre los muebles.
La luz fué tan vivísima que Consuelo cayó temblando sobre el sofá.
El médico la cogió las manos: en aquel momento estaba muy lejos de representar una comedia.
—Consuelo—dijo modificando el tratamiento para imprimir mayor dulzura a sus palabras—, no te aflijas ni asustes de ese modo, porque estando a mi lado nada debes temer. No vengo a proponerte un adulterio vulgar que repugnaría a tu virtud y que a mí también me sería odioso, mas no por eso renuncio a la esperanza de obtenerte. Yo te robaría de aquí, iríamos a vivir a otro país donde nadie nos conociese y en que no tuvieras que avergonzarte de nada, y allí disfrutaríamos de esta pasión gigante que me consume y de la que no tardarías en participar... Yo quise atraerte poco a poco y disminuir la influencia que Alfonso tiene sobre ti, pero el odio que te inspiroy las circunstancias inutilizaron mis planes; ahora te quiero más, mucho más que antes... y la misma violencia de mi amor, aniquila mi paciencia y no me deja suplicar... Consuelo, cariño de mi alma, esperanza mía, quiéreme... te lo pido de rodillas como esclavo sumiso, te lo mando, si es necesario, como un rey absoluto... pero calma mi sed y pon remedio a mis dolores...
Ella, que había permanecido indiferente, con la cabeza caída sobre el pecho, se irguió altanera.
—¡Gabriel, váyase usted!—gritó iracunda, desasiéndose del médico que la retenía por las muñecas.
—Consuelo—repuso Montánchez levantándose y sonriendo fríamente—, yo estoy loco y a los locos no se les razona; se les pega; de lo contrario el loquero está perdido.
—¿Y qué quiere usted decir con esto?
—Que, con palabras, nada consigues de mí.
—¡Ay sí... es verdad, es usted demasiado cruel para enternecerse!
—A ser cruel me enseñó el mundo; ¿no lo eres tú también conmigo?
—Pues me defenderé cuanto pueda; pediré socorro.
—Tampoco conseguirás nada; yo soy el más fuerte.
Montánchez miró su reloj, vió que aún podía disponer de una hora y procuró conquistar mañosamente lo que, por la violencia de sus manosy el imperio de su voluntad, hubiera obtenido al momento.
—Consuelo—repitió acercándose al mirador en que la joven se había refugiado—, acércate, aquí dentro no estarás tan expuesta al flúido eléctrico de la tempestad.
—No, no, antes me muero—repuso ella mirándole con ojos de loca—, prefiero sucumbir abrasada por un rayo a estar junto a usted.
Entonces Montánchez sintió que su calma y su prudencia se agotaban y que las oleadas de ira le invadían el corazón.
—Pero, insensata—rugió asiendo fuertemente a la joven por el talle y atrayéndola hacia sí—, ¿no ves que tu resistencia es inútil y que si ya no apelé a la fuerza es porque te quiero demasiado para lastimarte antes de agotar todos mis recursos y toda mi paciencia?
—¡Piedad!...
—Tú eres mía, mía en cuanto yo quiera... Estás sola, indefensa, entregada a mi pasión... ¿No comprendes que eres mi esclava porque mis ojos te fascinan y no resistes mi mirada?...
—Déjeme usted, suélteme—murmuró la joven pugnando por desasirse.
—No, eso nunca, mañana te vas y el Destino te habrá separado de mí para siempre.
—Va usted a perderme, a envilecerme...
—¿Qué importa? Aquí tiene que haber una víctima... y esa víctima serás tú, pues si yo llevasemi abnegación al extremo de inmolarme por ti, mi sacrificio sería una de esas heroicidades anónimas que nadie agradece y que pronto se olvidan. Tú o yo, es el dilema; pero como me disputas la felicidad me incitas a seguir tu ejemplo, y el triunfo, por tanto, será del que más pueda; ven...
—Piedad, Gabriel, piedad para mí...
—Y de mí, ¿quién tendrá piedad?
—Dios, que lo ve todo.
—No creo en su justicia.
—Por Alfonso, Gabriel.
—Tampoco. Alfonso, en mi caso, sería traidor como yo.
—¡Ay!... ¿Cómo es usted tan insensible?
—¿No lo sabes?—repuso el médico devorándola con los ojos—; porque eres muy hermosa y tu cuerpo es de ésos que los hombres no perdonan. Ven...
Consuelo echó a correr y, pasando por detrás de los sillones colocados delante de la chimenea, se refugió en la alcoba.
Montánchez la siguió.
La tempestad había acortado la duración del crepúsculo, y las sombras nocturnas aumentaban el pavoroso rumor de la lluvia contra los cristales.
—Salga usted de aquí—exclamó Consuelo imperiosamente—; éste es el dormitorio de una mujer honrada en el cual ningún hombre, que nosea su marido, puede entrar; salga usted, repito: fuera, lo que usted quiera; aquí, nada.
Su voz vibraba bajo el influjo de sus nervios crispados.
—Consuelo—repuso el médico, calculando que la cama era demasiado ancha para salvarla de un salto y que la joven se disponía a correr sirviéndose de ella como de un burladero—, acércate.
—¡Salga usted de aquí!—contestó ella.
Montánchez quiso atajarla por un lado, pero comprendió que si se separaba de la puerta su víctima encontraría el paso libre para huir.
—Váyase usted—repitió la joven—, es muy tarde y Alfonso puede llegar.
—Vengo dispuesto a todo y le mataré; pero, antes, acércate.
—Nunca.
—¡Acércate!
—No, no.
—¡Consuelo—gritó Gabriel clavando en la joven su poderosa mirada—, ven aquí!
El flúido magnético empezó a obrar.
—¿No oyes?
Ella lanzó un alarido desgarrador y se tapó la cara con las manos para substraerse al poder de aquellos ojos devoradores.
—¡Ven aquí!—repitió Montánchez—, ¡ven aquí; yo te lo mando!
Después, adivinando que la infeliz, falta de voluntad,no podría moverse, se acercó a ella a pasos lentos y mirándola siempre.
En aquel momento la angustia de Consuelo fué infinita: sabía que su verdugo la sugestionaba desde lejos, que su pobre albedrío era esclavo del suyo y que estaba perdida; Gabriel la envolvía con una red invisible que paralizaba todos sus movimientos y hasta del uso de la palabra la privaba; le vió acercarse y su piernas rígidas se negaron a andar; y cuando sintió la vigorosa mano de Montánchez posarse sobre su hombro fué tan grande la atonía que instantáneamente invadió sus miembros, que hubo de apoyarse sobre el pecho del médico para no caer.
Mas aquel desmayo duró segundos, y otra vez su dignidad ofendida protestó contra las vergonzosas debilidades de los nervios.
—¡Piedad, piedad para mí!—murmuró.
Y con un esfuerzo se zafó de Montánchez y corrió al gabinete: allí se detuvo junto a la ventana, pálida, los cabellos en desorden, la respiración anhelante, perdido el color, mirando a todas partes con una siniestra expresión de idiota asustada.
Pero Gabriel Montánchez, que corría tras ella borracho de lujuria, la asió brutalmente y la arrojó sobre el sofá.
Entonces se trabó entre ambos una lucha desesperada en que la joven, no pudiendo desembarazarse de aquellas manos que la oprimían comodos anillos de hierro, se revolcaba desesperadamente, retorciéndose como un trozo de pergamino sobre el fuego.
—¡No quiero, no quiero!...—repetía.
Mientras, el médico, a quien su pasión fatigaba más que los esfuerzos que hacía para sujetar a su presa, alentaba penosamente como un caballo cargado después de subir una larga cuesta. Luego apoyó una rodilla sobre una de las piernas de la joven, inclinóse hacia adelante y sus labios se acercaron.
La viva luz de un relámpago iluminó el cuadro con resplandores de incendio, y ella lanzó un grito estridente: acababa de ver al médico junto a sí, devorándola con sus ojos inyectados, y sentido su aliento mezclarse al suyo y el primer beso, beso frenético que debió de hacerla sangre en las encías. Aquella era la realización de sus horribles pesadillas de calenturienta; por fin estaba a punto de consumarse el crimen que tanto temió; aquél era el hombre siniestro, encarnación viva de todos los fantasmas que en otras épocas la persiguieron; era el mismo semblante afeitado, pálido y frío, del fatídico monigote vestido de bayeta verde...
Hizo otro esfuerzo supremo para librarse, pero no lo consiguió: no podía respirar ni defenderse; tenía una pierna colgando fuera del sofá y la otra rígida, inmóvil, bajo una rodilla de Gabriel que, ebrio de pasión, la sofocaba besándola losojos, la boca, detrás de las orejas; ella sentía repugnancia y desmadejamiento invencibles y unas manos que la acariciaban bajo las faldas, causándola un sentimiento de asco que helaba su corazón. Después resonó un trueno, y Consuelo, como si acabase de recibir una descarga eléctrica, dió un bote tan violento que Montánchez perdió el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Pero la víctima, privada de conocimiento, ya no se defendía y únicamente se agitaba presa de una crisis nerviosa que la hacía prorrumpir en exclamaciones y frases incoherentes, en tanto Montánchez la mordía, estrujándola entre sus brazos...
Luego se levantó, colocando a Consuelo sobre el sofá, a su lado: también a él le faltaban fuerzas para respirar y lanzó un suspiro profundo, aspirando con regocijo el aire de aquella habitación, tan pura hasta entonces, y que ya parecía oler a adulterio y a cuerpo de mujer gozada: sentía en sus profundos un pequeño escozor, algo así como un remordimiento, por haber vencido a una infeliz desmayada, y al mismo tiempo un sentimiento de orgullo satisfecho que le esponjaba.
Y como Consuelo siguiera gritando y retorciéndose bajo el influjo del ataque histérico que sufría:
—Calla, pobrecita—dijo sujetándola las manos para evitar que se lastimase—, soy malo, es cierto, soy criminal... pero este crimen no quedaráasí, pues pienso unir para siempre mi vida a la tuya... y con el tiempo conquistaré tu cariño y serás mía en cuerpo y alma...
Las luces de los faroles de la calle iluminaban el cuarto con claridad incierta.
Entonces fué cuando Montánchez reparó en el gran espejo puesto sobre la chimenea, y en que sobre su luna, débilmente alumbrada y preñada de sombras se percibía la cabeza de un hombre; aquella cabeza era la suya. Levantóse lleno de curiosidad para examinarse mejor; hacía más de tres años que no se veía y la súbita aparición de su imagen le cautivó. Era el mismo de siempre, con aquélla su hermosura varonil de atleta romano; comparóse mentalmente a su último retrato y vió que no había cambiado notablemente; quizá su frente fuese algo más espaciosa que antes, y las arrugas de su entrecejo, largas horas contraído por la meditación, se hubiesen acentuado; pero la nariz, los ojos, la expresión de la mirada, todo seguía igual, como insensible a los años, a las vigilias y a los sufrimientos.
Montánchez permaneció algunos minutos delante del espejo, inmóvil y preocupado, pensando en la misteriosa relación que tal vez mediase entre su última hazaña y la súbita aparición de su imagen que volvía a ponerse delante de sus ojos, mostrándole tal como fué siempre.
—Ese soy yo—dijo—, el Gabriel de hace quince años... pero desde Amalia a Consuelo, cuántosnombres de mujer, cuántas aventuras, cuántos acontecimientos han pasado... ¿Por qué la memoria seguirá inmutable en medio de las transformaciones de la materia?... ¿Habrá en el hombre algo más que huesos que se rompen, tendones que se relajan y carne que se pudre?...
De pronto recordó que era muy tarde y salió precipitadamente de la habitación; Consuelo quedaba desmayada y expuesta a romperse la cabeza contra el suelo, pero era preciso huir antes de que la llegada de Alfonso agravase la situación. Al llegar al recibimiento sintió que abrían la puerta de la escalera y apenas tuvo tiempo para esconderse tras la cortina que cubría la entrada del despacho.
En aquel momento entró Sandoval, y Consuelito Mendoza, cual si hubiese adivinado su llegada, dió un grito desgarrador, llamándole; Alfonso lanzó otro de sorpresa y corrió hacia el cuarto de su mujer sin acordarse, en su atolondramiento, de cerrar la puerta, circunstancia que aprovechó Montánchez para salir de la casa sin ruido.
Consuelo se revolcaba por la alfombra dando gritos horribles, golpeándose la hermosa cabeza contra los muebles, con el pelo suelto y las ropas jironadas.
Alfonso se arrojó sobre ella para impedir que se destrozase, y trabajosamente consiguió levantarla en brazos y llevarla al lecho. Allí la lucha continuó; ella lanzaba gemidos de angustia, barbotabafrases incoherentes que no podía terminar porque su boca se llenaba de espumarajos blancos, y se retorcía de un lado a otro agitando los brazos como si rechazase las furiosas acometidas de un enemigo invisible.
Pocos momentos después llegaron las criadas. Sandoval las interrogó acerca de cómo había comenzado aquel ataque, pero ellas no supieron qué responder: cuando salieron, la señorita quedó en el gabinete cosiendo; no sabían nada más.
Las convulsiones de la joven eran tan violentas que fué necesario atarla los brazos al cuerpo y los pies a los pilares de la cama, mientras Alfonso agotaba los recursos de su menguada ciencia casera poniéndola un pañuelo empapado en amoníaco debajo de la nariz, friccionando sus muñecas con alcohol, apretándola fuertemente entre sus manos el dedo que llaman “del corazón” y rociándola con agua los ojos y la frente. Después de forzarla a tomar un baño de pies, casi hirviendo, disminuyó la intensidad de la crisis y pasados algunos instantes la enferma abrió los ojos.
—¡Pobre niñita mía!—exclamó con júbilo Sandoval acariciando las mejillas ardientes de Consuelo y desatando sus ligaduras—, no te apures; la tempestad ha pasado; los truenos te asustaron, ¿verdad, nena?... ¡Pícaros truenos! ¡Asustar a mi niña, a la mujercita de mi alma!... ¡Como tope por ahí alguno voy a hacer con él un escarmiento!Pero no los encontraré, porque son unos cobardones que sólo saben meter ruido!...
Consuelito Mendoza estaba inmóvil, insensible a aquellas frases cuyo cariñoso significado no comprendía; sus ojos abiertos no parpadeaban.
—Consuelo—dijo Sandoval, poniéndose en la línea que seguían las miradas de la enferma para obligarla a fijarse en él—, ¿no me conoces?...
—Yo...—repuso ella moviendo la lengua con suma dificultad—, yo... yo no le conozco a usted.
—¿Que no me conoces?
—No, señor.
—¡Muchacha; mírame bien!
Consuelo se alzó de hombros.
—Vaya, cuando digo que no sé quién es usted... Sí, quizá le he visto alguna vez, pero ahora no recuerdo... Lo que tengo es mucho sueño; déjeme dormir...
Y entornó los ojos tranquilamente.
—¡Pero, fíjate bien—insistió Sandoval—, soy yo, tu maridito... Alfonso!...
—Alfonso...—repitió la joven coordinando las ideas rebeldes que se obstinaban en escapar—; sí, recuerdo... ¡pero hace de eso tanto tiempo!... Además... Alfonso ha muerto; ha muerto, sí—añadió suspirando—, le mataron, yo quise defenderle y no pude... le dió una puñalada ese amigo suyo... a quien él quería mucho... ¡hombre, usted debe de conocerle! Concho, ¿qué hace usted ahí callado, que no lo dice?...
—Pues yo soy ese Alfonso de que hablas.
—¿Usted?... ¡Ca, ya quisiera! No nacerá otro hombre como aquél; usted se le parece, pero no es el mismo.
—¿Y quién le mató?—dijo Sandoval emocionado por aquellas extrañas confesiones.
—No sé...
—¿Era Gabriel?
Un súbito presentimiento le animaba.
—Era—repuso ella contrayendo los ojos para reunir mejor sus recuerdos—, era... ¡concho, qué rabia, lo tengo aquí, en la punta de la lengua y no sé decirlo!...
Su semblante se entristeció repentinamente y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.
—Lo cierto es—murmuró con angustia—, que mi Alfonsito ha muerto o que ya no se acuerda de mí, pues nunca viene a verme. Me trajeron a este manicomio pretextando que estoy loca, cuando en realidad no estoy enferma de aquí arriba, sino de aquí—dijo señalando el corazón—; éste es el que me duele, porque ha querido mucho... sí, mucho... a ese Sandoval, precisamente, de quien usted hablaba...
Alfonso, conmovido por aquellas lágrimas de amor, tan puras y tan tristes, estrechó a Consuelo entre sus brazos; ella no hizo ningún movimiento y volvió a quedar tendida sobre el lecho con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Sandoval aprovechó este período de calma paradesnudarla: la operación fué larga, el desmazalado cuerpo de la joven cedía a la fuerza de la gravedad tan absolutamente, que cada uno de sus miembros pesaba doble que en su estado normal, cual si estuviesen rellenos de plomo. Alfonso, jadeante, se aceleraba cuanto podía, recelando una nueva crisis; no pudo desembarazarla de sus pantalones y tuvo que rasgarlos, y como el corsé también se obstinaba en no ceder, cogió unas tijeras y cortó las cintas. Al quitarla el corpiño sus miradas advirtieron un profundo arañazo en el cuello: sin duda se lo hizo ella durante su delirio, como también algunas uñetadas en la frente. Pero examinándola mejor, retrocedió con la estupefacción pintada en el semblante: acababa de ver cinco manchas negras en cada brazo de la enferma, cinco cardenales producidos por los dedos de una mano vigorosa: las señales eran tan claras, tan evidentes, que era imposible dudar, y Alfonso presintió que aquella crisis encerraba un misterio, acaso un atropello abominable.
Consuelo seguía inerte, en medio de aquel lecho tan grande.
Volvió a estudiar Sandoval las manchas cárdenas de los brazos, y se convenció de que sólo las manos de un hombre robusto pudieron causarlas. Entonces sintió que la sangre afluía a sus sienes y con agitación febril empezó a examinar el cuerpo de Consuelo: necesitaba pruebas que corroborasen el lúgubre pensamiento que crecía porinstantes en su cerebro; la reconoció los brazos, el pecho, el vientre, la puso de costado, boca abajo, volteándola en un sentido y en otro, como el tigre que juega con una presa. En la parte anterior interna del muslo derecho vió una manchita negra causada por un golpe o por una fuerte presión, y en el lado posterior de la misma pierna, un arañazo: aquella última señal por sí sola, era inocente, pues Consuelo pudo hacérsela con las uñas, pero unida a las otras constituía una prueba más. Allí había un problema, una incógnita que urgía despejar.
Alfonso Sandoval permanecía de pie, los brazos cruzados, absorto, mirando con insistencia a un ángulo obscuro de la alcoba, como si allí estuviese oculta la clave del misterio. Había en su cabeza tal confusión de pensamientos que no podía meditar en ninguno sin que otros cien vinieran a distraerlo. De pronto tapó a Consuelo que empezaba a tiritar de frío, y apoyó un timbre. La doncella y la cocinera acudieron.
—¿A qué hora—preguntó Alfonso—he salido hoy de aquí?
—Pues... a las dos.
—¿Y vosotras?
—A las tres y media... o poco más.
—¿Había empezado a llover?
—No, señor.
—Cuando os marchasteis, ¿qué hacía la señora?
—La señorita estaba cosiendo aquí, junto a la ventana... aguarde usted, me parece que era una camisa de usted lo que cosía...
—¿Y parecía alegre?
—Sí que lo parecía; “lo cual” que yo la dije que por qué no se echaba a descansar un poquito...
—¿Y después de salir yo, vino alguien?
—No, señor; por lo menos, mientras nosotras estuvimos aquí.
—¿Nadie, nadie?—insistió Sandoval con un acento colérico que hizo temblar a las dos mujeres.
—Le juro a usted que nadie—repuso la doncella—; ya ve usted, ¿qué interés íbamos a tener en negar?...
—¡Basta! podéis acostaros; no ceno esta noche ni estoy para nadie.
Cuando se quedó solo cerró la puerta del aposento con llave y cogiendo el quinqué se puso a escudriñar todos los rincones, buscando las pruebas de aquella espantosa tragedia que creía aspirar en el aire.
Buscó sobre el sofá; debajo de las sillas; junto a la chimenea; sólo halló una horquilla y era un dato tan mezquino, que apenas merecía contarse. Entonces se sentó en una butaca y con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, abismóse en un mar de cavilaciones inconexas.
Desde allí veía la cabeza de Consuelo iluminada por la luz del quinqué colocado a la cabecera dellecho, sobre la mesilla de noche, y su silueta seductora aumentaba sus dudas y sus celos. Porque Alfonso tenía celos...
—Sí—exclamó a media voz—, aquí ha entrado un hombre, no puedo dudarlo... y ese hombre no vino por mi dinero... sino por ella... Y logró su intento: el miserable consiguió su objeto, porque una pobre mujer enferma como ésta no tiene ni valor, ni energías, ni astucia para defenderse... Pero, no—añadió levantándose—, estoy loco; ¿quién se atrevería a tanto? ¿Quién pudo saber que ella estaba sola? Y, sin embargo, esos cardenales que afean sus brazos no tienen explicación posible; los arañazos y aun la mancha del muslo no encierran gravedad, pero, ¿y las señales de los brazos?...
Sandoval se acercó otra vez a la desmayada como queriendo leer a través de sus párpados cerrados la pureza de su alma, o arrancar a su ensueño alguna confesión, algún nombre, que aclarase sus dudas. Las campanadas de un reloj vecino, a pesar de lo amortiguadas que llegaron a la alcoba, produjeron en la enferma el mismo efecto que todos los ruidos lejanos: Consuelo se estremeció, cual si una corriente de aire frío la hubiese azotado, bostezó profundamente y abrió los ojos. La brillantez de su mirada revelaba que el ataque pasó y que la conciencia readquiría su acostumbrado imperio.
—Consuelo, ¿qué tienes?—fueron las primeras palabras de Alfonso.
La joven le miró y sus hermosos ojos reflejaron un espanto indecible; hizo ademán de arrojarse del lecho para huir, y como él se lo impidiera, se echó en sus brazos dominada por una angustia suprema. Pronto aquel paroxismo doloroso empezó a deshacerse en un abundante raudal de lágrimas y suspiros.
—¡Ay, Dios mío, Dios de mi alma... Alfonso de mi vida, si tú supieras, si tú supieras!
—¿El qué, hermosa; qué te ha sucedido?
Pero ella continuó llorando y sin contestar.
Después el exceso del dolor determinó un nuevo accidente, perdió el conocimiento y su espíritu sepultóse en aquel mundo caótico donde de nada le servía a Alfonso la sonda de su buen juicio para guiarse y llegar a la posesión de la verdad. Luego prorrumpió en gritos y frases cuya misteriosa hilación era inapreciable, pues el cerebro funcionaba como el cilindro de una caja de música al que le faltan muchas púas y, por efecto de esta mutilación, produce acordes incompletos.
Así fueron resbalando las horas; eran las dos de la madrugada, la lluvia y el viento habían cesado y en el silencio sólo resonaban las tenues pisadas de los trasnochadores; el ruido de sus pasos se acercaba, se les sentía pasar bajo los balcones y luego aquel rumoreo sordo decrecíalentamente, hasta extinguirse con la sombra del transeúnte; y entretanto, resonaban en la quietud de la casa los gritos de Consuelo; gritos estridentes, espantosos, que erizaban el vello de la piel.
El éter y el agua de azahar fueron impotentes para contrarrestar los efectos del ataque, y la crisis duró hasta el amanecer. Entonces la enferma, dominada por la fatiga, cayó en un sopor profundo que fué relajando sus tendones y quitando a los músculos energía: quedó tendida sobre el lado derecho, la boca entreabierta, las mejillas demacradas, los brazos sobre el embozo, la cabeza caída hacia atrás, sin fuerzas ni aun para cerrar las manos...
Sandoval, que se había sentado junto a la cama, siguió largo rato sumido en sus tenebrosas meditaciones: estaba frente al misterio y no podía resignarse a no resolverlo.
El quinqué, falto de petróleo, se apagó y Alfonso quedó a obscuras, el ceño fruncido, persiguiendo entre las sombras el semblante de aquel hombre que desde hacía algunas horas procuraba inútilmente reconocer: parecía Harpócrates velando la cuna de un niño. Pero el fresquecillo de la mañana y el cansancio de aquella terrible noche rindieron su voluntad, y acabó quedándose adormilado, la frente apoyada sobre el lecho.
Estos violentos ataques de histerismo determinaron nuevos desarreglos en la salud de Consuelo. La desdichada, presa de fuerte calentura, pasaba las noches y casi todas las horas del día delirando o sumida en un sopor del que despertaba temblando de miedo.
En los tres días consecutivos al primer ataque, el mal adquirió ventajas decisivas; los desvanecimientos eran tan prolongados, los delirios tan intensos, había tal confusión en las ideas de la paciente y tal expresión de insensibilidad en su mirada, que Alfonso llegó a temer que Consuelo perdiese la razón.
Alarmado por este pensamiento, encargó a las criadas el cuidado de la joven y corrió a casa de Montánchez.
El médico estaba en su despacho escribiendo, cuando Sandoval llegó.
Alfonso refirió abreviadamente el objeto de su visita.
—¡Diablo!—exclamó Gabriel soltando la pluma—, ¿qué advertiste en ella para alarmarte de ese modo?
—No acierto a decirlo concretamente—repuso Sandoval, a quien un íntimo sentimiento de pudor contenía—; pero desde anteayer está desconocida. Parece que la última tormenta le causó efectos horribles; el ruido de los truenos o la electricidad de la atmósfera rompieron algún resorte capital de su cerebro y la máquina está desorganizada: quiero que la veas, que la examines bien, pero con interés, con verdadera pasión, como si fuera cosa tuya. Me mata la inquietud; necesito conocer el estado de Consuelo, pero pronto, aunque tu diagnóstico me sea fatal... soy de los hombres que prefieren luchar con los obstáculos frente a frente, por grandes que sean, a caminar entre sombras...
—Pues no puedo complacerte.
—¿Cómo?
—Porque no debo ir a tu casa.
—Y ¿por qué?
—Mi presencia perjudicaría a Consuelo; ¿no sabes que me detesta?
Alfonso miró a su amigo de un modo extraño.
—¡Y eso qué importa!... otras veces no te has preocupado de ello: tú vas, la examinas, me prescribes lo que debo hacer y asunto terminado.
—No puedo—repuso Gabriel con entereza—, y no achaques esta negativa a terquedad mía; no puedo, no debo ir, ¿entiendes?...
—¿Me obligas, pues, a buscar otro médico?
—Sí, es preferible; otro cualquiera podrá dirigir a Consuelo con más facilidad que yo, pues no tendrá que habérselas con la antipatía que ella siente por mí. ¿Y delira?
—Constantemente; es una verbosidad inagotable.
Un ligero estremecimiento contrajo las facciones de Montánchez; sus mejillas palidecieron.
—¿Cuál es ahora su tema favorito?
Alfonso repuso, temiendo que el médico descubriera su secreto:
—Ninguno, o mejor dicho, lo ignoro, porque habla con dificultad suma y apenas la entiendo.
Con esto se fué Sandoval y Montánchez se quedó examinando su situación y los acontecimientos que se precipitaban unos en pos de otros como los eslabones de una cadena; estaba indeciso, fluctuando entre la idea de esperar en su casa el trágico desenlace de aquel enredo, o luchar sobre el campo empleando toda su audacia y todo su ingenio en ocultar su crimen: al fin resolvió dejar transcurrir algunos días.
Por su parte, Alfonso no sabía qué hacer: el consejo de llamar a otro médico y de inmiscuirle en sus secretos de alcoba le repugnaba, y consecuente con el procedimiento favorito de los irresolutos, prefirió quedarse en expectativa aguardando la llegada de algo que resolviese aquella situación anómala.
Entretanto el espíritu de Consuelo experimentaba una revolución radical; durante los primeros días la joven estuvo sepultada en un marasmo preñado de siluetas de las que apenas se acordaba. La escena con Gabriel Montánchez fué tan fuerte y concurrieron en ella tantas circunstancias contrarias, que su razón cayó anonadada, cual si hubiese recibido el choque de un rayo en la frente.
Pasado aquel momento en que su miedo y su amor propio la incitaron a defenderse briosamente de su violador, su alma quedó sumida en un mundo inconsciente, tenebroso, velado de sombras; era un vacío inmenso, sin luz ni ruidos, sin sensaciones, poblado de fantasmas negros.
En aquel estado presentía débilmente la existencia del mundo real donde hasta entonces había vivido, pero sus ecos eran tan tenues que no bastaban a sacarla de su letargo: los percibía, sí, pero entre sueños, vagamente, sin que su razón coordinase aquellas impresiones lejanas; era una somnolencia extraña, semejante a un éxtasis, con la diferencia de que el suyo era un éxtasis pasivo, sin alucinaciones visuales ni voces proféticas, como si su alma durmiese con un sueño tan profundo que el cuerpo, a pesar, de las vibraciones de sus nervios, no tuviera fuerzas para despertarla.
A ratos aquel mundo sombrío se iluminaba con destellos fugitivos de razón, y Consuelo entonces readquiría por breves momentos la conciencia yel dominio de sí misma; pero la realidad era tan cruel que no tenía valor para mirarla frente a frente, y tornaba a desvanecerse.
En aquella situación Consuelo se manifestaba exteriormente de dos maneras distintas. Unas veces, particularmente de noche, caía en un estado de idiotez y desmadejamiento completos, y otras su excitación nerviosa era tan grande, que se convulsionaba, lanzando gritos y retorciéndose los brazos como una endemoniada.
Cuando la hiperestesia de aquel primer período fué decreciendo, la enferma presentó una nueva fase: iba recobrando la conciencia de un modo lento, por grados casi insensibles, mientras sus facultades volvían poco a poco al mundo de la luz y de la realidad.
Entonces, y sin procurarlo, se examinó, y advirtióse tan cambiada, tan diferente de sí misma, que tardó mucho en reconocerse, como el borracho a quien aplican un frasco de amoníaco a las narices y vuelve en sí, que hallándose aún medio adormilado por los vapores del alcohol se palpa y duda, a despecho de lo que sus sentidos le dicen, de si aquél es su cuerpo y aquéllas sus manos. Así Consuelo se sentía desfallecida, aplanada por un supremo cansancio moral.
Luego esta impresión indefinible y mortificante se precisó más, trocándose en una tristeza muy grande, muda, taciturna, que no se traducía en lágrimas ni en quejidos; algo así como un remordimiento.Cuando Sandoval procuraba distraerla con sus burletas y sus cuentos, la pobre enfermita permanecía silenciosa, sin comprender bien a su marido.
Éste hablaba de teatros, del viaje que emprenderían en cuanto ella se restableciese un poco, y de las mil preciosas chucherías que pensaba comprarle en los bazares de París: y como ella moviese la cabeza en señal de duda:
—Sí, niña—se apresuraba a decir Alfonso—, lo que tú tienes es una debilidad que desaparecerá no bien aspires los aires del campo; te he examinado y sé que tus órganos están intactos: el corazón y la cabeza, que son los dos centros motores más importantes, funcionan perfectamente, y cuando logres sobreponerte a ese decaimiento que dejó en ti la fiebre, te quedarás mejor que al principio de la enfermedad. ¡Ya verás—proseguía dominando el sombrío curso de sus pensamientos para distraer a la joven y apartarla de los suyos—, en cuanto lleguemos a unos de esos villorrios que blanquean entre las peñas del mar, vamos a ponernos desconocidos; tú más gorda que una sultana favorita, y yo más negro que un moro; porque en eso consiste la mitad de la diversión; en volver bien bronceados por el sol y los aires costeros. Por las mañanas nos levantaremos temprano y en casa de cualquier vaquero vecino ordenaremos nos sirvan dos vasos muy grandes de leche: luego me terciaré una escopetaal hombro y nos iremos al bosque a cazar, cogidos de la mano como dos chicos. Tú llevarás el morral y serás la encargada de coger los pajaritos muertos, o las liebres, que de todo hay en el campo, y tan bien puedo andar de puntería que acaso mate algo; y si quisieras acostumbrarte a los tiros, yo me echaría el fusil a la cara, tú apretarías el gatillo, y así los estragos que causásemos los llevaríamos a medias sobre la conciencia. Cuando el calor apretase mucho nos refugiaríamos al pie de los árboles frondosos, hechos dos filósofos peripatéticos de aquéllos que antiguamente se sentaban, con un libro en las rodillas a arrancarle secretos a la ciencia, al pie de un alcornoque o de un ciruelo. Yo me acostaría tripa arriba, con la cabeza sobre el morral o sobre un canto, y me metería unos taponcillos de hilas en los oídos, para impedir que las hormigas, compañeras inseparables de los que comen en el campo, cayesen en la tentación de amenizarnos la siesta tocándome las trompas de Eustaquio; tú, como eres más delicadita, te acostarías con la cabeza apoyada en mi pecho, y así nos quedaríamos haciendo con nuestros cuerpos la señal de la cruz para ahuyentar al diablo que podía andar por allí y tener la tentación de cargar la carabina para darnos luego un susto. Aunque mejor sería no asustarle para que nos espantase las moscas con el rabo... ¿Qué te parece?
Consuelo casi nunca respondía; cuando más articulabaun monosílabo o hacía un gesto; esto era todo: su atención era tan débil que cuando su marido acababa de hablar no recordaba lo que había dicho, y tanto se acentuó su pasividad intelectual, que Alfonso se convenció de que su mujer había sufrido un golpe que iba privándola de razón y convirtiéndola en una idiota.
No obstante, las ideas de Consuelo fueron precisándose, y comprendía mejor las diferencias de tiempo y de espacio; y la distancia que separaba al ayer del presente, y al hoy del mañana.
Sabía que estaba enferma, y que lo estuvo mucho más, y que sufrió fiebres y delirios espantosos, porque su marido y las criadas se lo dijeron; pero esto no era todo.
Había en su historia de la anterior semana un punto obscuro del cual no recordaba por más empeño que ponía en ello; contraía las cejas, se golpeaba la frente llamando al recuerdo fugitivo y nada, su memoria no conseguía despejar las sombras; y, sin embargo, Consuelo presentía que aquel punto obscuro encerraba un secreto de donde provenía el origen de su enfermedad y de su tristeza.
Cuando su mejoría se acentuó un poco más y pudo hablar, interrogó a su marido acerca de aquella incógnita que tanto la preocupaba; Alfonso, temiendo provocar alguna nueva crisis, rehuía la conversación, aplazando la ocasión de hablar.
—¿Desde cuándo estoy mala?—preguntaba la joven.
—Desde la semana anterior.
—¿Qué día de la semana?
—El viernes.
—¡El viernes!—repetía ella que revelaba por las contracciones de su semblante sus esfuerzos mentales—, no sé qué hice ese día ni a qué hora me acosté, ¿fuimos al teatro aquella noche?
—No.
—Y por la tarde, ¿qué hicimos?
—Lo de costumbre; yo me marché al casino y tú te quedaste cosiendo; ¿no recuerdas que al día siguiente debíamos irnos de viaje?...
—¿Qué viaje?
—¡Por Europa, chiquilla!... Pues apenas si tenías entonces ganas de ver mundo...
—Por Europa... Europa... ¡Es raro! No establezco bien la conexión que hay entre los objetos y las palabras... En cuanto me separo un poquitín de lo visible, mi cerebro empieza a dar vueltas y todas mis ideas desaparecen en una nube de humo... Europa... Tengo de ello una noción que no concreto bien.
—¿Y del viaje?...
—¡Psch!... eso del viaje me parece un sueño, un proyecto que tuvimos hace mucho tiempo.
—Pues no es un sueño, querida mía, porque ahí está nuestro equipaje.
Consuelo no sabía qué responder; sus pensamientosperdían su hilación al llegar a aquel lugar obscuro que dividía su existencia en dos mitades, y todos sus esfuerzos imaginativos para pasar de allí eran inútiles.
Los días se sucedían sin que en la salud de la enferma se iniciase ningún progreso notable: su sueño siempre intranquilo, interrumpido por pesadillas que a cada momento la despertaban, y los días los pasaba inmóvil, mirando un objeto cualquiera con la fijeza de un hipnotizado; por las tardes era preciso arroparla mucho porque la fiebre la hacía tiritar; en cuanto comía empezaba a quejarse del corazón y se mantenía con ponches y tazas de caldo que Alfonso cuidaba de administrarla de hora en hora.
Conforme su organismo iba reconstituyéndose con los buenos alimentos y el descanso, sus ideas se fortalecían y el campo de los recuerdos se agrandaba.
Cierta tarde Consuelo mostróse algo más comunicativa que de ordinario, y hasta se extralimitó a pedir unas rodajitas de pan frito para acompañar el chocolate. Sandoval, maravillado de tan evidente mejoría, procuró animarla a levantarse un ratito, mas ella dijo que la dejasen tranquila pues quería dormir. Pero, mientras su cuerpo permaneció indolentemente inclinado como si realmente disfrutase de un sueño reparador, el espíritu continuaba trabajando, inquiriendo, analizando, zurciendo ideas, evocando impresiones ydesmenuzando recuerdos allá en las microscópicas retortas de su invisible laboratorio. Ello fué que la conciencia avanzó un poco más que otras veces, logrando asir un concepto que hasta entonces anduvo huído; aquél trajo otro y éste otro, que a su vez arrastró tras sí algunos más, pues los recuerdos son como las cerezas, y la luz, la terrible luz tanto tiempo buscada, brotó al fin.
Por primera vez vió Consuelo iluminarse aquel punto tan negro hasta entonces; su conversación con Montánchez, la tempestad, la lucha, la caída... todo desfiló ante sus ojos como las figuras de una terrible linterna mágica.
La impresión causada por este doloroso recuerdo fué tan viva, que la joven dió un salto sobre la cama exhalando un grito angustioso.
Sandoval se levantó precipitadamente.
—¡Consuelo, Consuelo!...
Pero la infeliz ya no le oía.
Cuando, pasado aquel ataque que duró varias horas, recobró Consuelo la conciencia de sí misma, su tristeza hasta entonces muda y sin nombre, sacudió la embotada sensibilidad de sus nervios deshaciéndose en torrentes de lágrimas.
¡Al fin lo recordaba “todo”, estremeciéndose ante el secreto encerrado en aquella palabra!...
Como por arte mágico desfilaron por su imaginación los recuerdos de aquellos dos últimos años y la historia de la insensata pasión de Gabriel: la noche en que Sandoval le presentó a su amigo,la desagradable emoción que experimentó al sondear con una mirada el semblante del médico, las circunstancias innúmeras que más tarde concurrieron a aumentar el antagonismo que involuntariamente sentía por él, la repugnancia a someterse a sus planes curativos, sus ensueños que parecían profetizar lo que luego sucedió, sus congojas cuando estaba junto a aquel hombre misterioso que, a despecho de su amabilidad, la infundía miedo; los perversos planes ideados por Montánchez para alejarla de su marido y disminuir la bienhechora influencia de Sandoval; y, finalmente, sus proyectos de viaje o, más bien, de fuga, único medio de evitar las fatales consecuencias del amor que bien a pesar suyo había encendido.
La pasión creció poco a poco en Gabriel hasta dominarle por completo; era un fuego tardío que volvía a caldear las cenizas aún tibias que le dejaron otros amores, pero que por lo mismo de ser el postrero brotaba con ardor y pujanza juveniles; que así como los crepúsculos matutino y vespertino se parecen, de igual modo las pasiones que marcan la primavera y el otoño del corazón se asemejan también.
Consuelo adivinó la tempestad que en aquella alma iba formándose, la sintió crecer y rugir, y tembló por ella y por Sandoval. Cohibida por las circunstancias, sin energía para tomar una resolución decisiva y temiendo provocar un conflictograve entre Montánchez y Alfonso, cuyo genio arrebatado no necesitaba excitaciones para desbocarse, prefirió esperar creyendo que manifestando repugnancia hacia el médico conseguiría separar a Alfonso de su amigo y disuadir a éste de su amor. Pero la enfermedad era muy grande y un remedio tan débil no dió resultado.
Gabriel no se preocupó de aquel odio de paloma, seguro de conquistar tarde o temprano los favores que Consuelo no quisiera otorgarle de buena voluntad, y Alfonso se rió de las antipatías de su mujer como de un capricho infantil. ¡La pobre no consideró que estando enferma nadie tomaría en serio sus deseos, y la tratarían como a una loca mansa y bonita a la que era necesario dispensar todo!
Quiso protestar y no pudo; le faltaban palabras, conceptos propios y una voluntad enérgica que la sostuviese; si alguna vez procuró hablar con su marido de aquel asunto, Alfonso la embromaba llamándola monigote mimado, la besaba, la daba azotitos, la hacía cosquillas... y ella entonces también reía y olvidaba sus negros presentimientos: así fueron sucediéndose los meses a los días, y cuando Consuelo, quebrantando su letargo, comprendió que era preciso huir, el Destino torció un instante la buena marcha de las cosas, despeñándola al abismo cuando iba tocando con sus manos las puertas de la salvación.
El recuerdo de aquella caída obscura y sin placer,la causaba infinita angustia. ¡Ay!... nadie lo sabía, a nadie se lo dijo, el horrible misterio moriría con ella, pero adivinaba que ya no era la misma, que la Consuelo de ahora era semejante pero no idéntica a la Consuelo de antes, y que sobre su cuerpo, hasta entonces tan fiel, había caído una mancha imborrable, que Alfonso no la perdonaría nunca. Recordaba las conversaciones de su marido acerca de la fidelidad conyugal, la idea elevadisísima que tenía éste formada de la mujer, y lo que dijo una noche en que, siendo novios aún, ella le reprochó llorando sus relaciones con una cantante de zarzuela.
—Ése es un pecadillo que debes perdonarme—había contestado Alfonso—, pues los hombres que como yo están acostumbrados a la vida alegre, no pueden prescindir de ciertas distracciones; pero eso acabará hoy mismo, y si alguna vez mis ojos y mi cuerpo te han sido infieles, mi corazón y mis pensamientos siempre fueron tuyos; la materia podrá caer arrastrada por la tentación, pero el alma te pertenece.
—Esos distingos no me convencen—repuso ella—; ¿te gustaría que yo hiciese otro tanto? ¿O eres tú de los caballeretes que defienden la ley del embudo?...
Entonces Sandoval se extendió en una larga disertación acerca de la citada ley, diciendo que pues las primitivos legisladores no disfrutaron de sueldo, no es raro procuraran recompensarsesu trabajo concediendo a los hombres libertades especiales.
—El amor—sostenía Alfonso—es una pasión única, inmensa, universal, sin épocas ni fronteras; es el único destello que Dios puso en nosotros: el sentimiento que nos hace discurrir, trabajar y caminar hacia adelante; y si estudiásemos minuciosamente la historia, veríamos cuántos adelantos ha realizado el amor en la humanidad. Esta pasión tiene dos fases, dos aspectos diferentes; las mujeres lo consideran de un modo, los hombres de otro. El amor lo ocupa todo en la vida de una mujer, mientras en el hombre sólo llena una parte; la mujer cifra su felicidad en querer hasta el delirio y ser amada de igual modo, y está dispuesta a los mayores sacrificios aun cuando el hombre a quien entregó su albedrío no corresponda cumplidamente a su pasión; y no le pregunta por su pasado, ni le importa que haya tenido queridas; sólo ansía amor, amor eterno; así quieren las mujeres de corazón, así me quieres tú... El hombre no siente el amor así, pues su sexo, su educación y su temperamento, se lo impiden. Yo, verbigracia, hago de mi mujer mi ángel tutelar: tú eres mi amor, mi ilusión más querida, mi esperanza más risueña, mi tesoro más preciado; en ti deposito mi felicidad y mi honor, te doy mi juventud, mi existencia, mi fortuna, el vigor de mis caricias, todo lo que poseo, hasta mi nombre... Nuestros destinos no pueden separarse;tu sangre es mía; tu carne es mi carne, lo que a ti te molesta a mí me ofende también; no tenemos más que una cabeza y un corazón, un entendimiento y una sola voluntad, y, claro es, Consuelo mía, que poniendo en ti toda mi alma, he de quererte más que a mí, pues al amor que te profeso agrego el que tú me inspiras como mujer buena y hermosa. Por mi persona no paso cuidados; soy fuerte y me sobran brazos y corazón para defenderme de cualquier enemigo; pero en cambio tú, niña de mi alma, que eres débil y tímida, me preocupas constantemente. Yo, que conozco los lazos que el vicio enlaza a los pies de las mujeres, ¿cómo he de consentir que ande libremente por el arroyo la joya que yo desearía guardar en un fanal para que el aire no la tocase?... Eso equivaldría a poner una perla en el regajo, al alcance de la codicia pública. No, Consuelo; yo te deseo con toda mi alma y todo mi cuerpo, y por eso quiero que tu cuerpo y tu alma estén enteramente puros, que no hayas querido a nadie, que no hayas besado a nadie, que yo sea el único hombre que estreche tu brazo y llegue a tu corazón. Conozco tu historia; tu buen padre, al echarte en mis brazos limpia de toda mancha, cumplió su misión; ahora he de cumplir yo la mía. No tengo celos de ti, pero debo tenerlos de todos los hombres, porque mi buen sentido me dice que ellos te desean como yo te deseo, porque tu hermosura halaga su sensualidad y despierta sus pasiones,y si no te enamoran es porque no se atreven. Y no digas que soy mal pensado, porque eso mismo hice yo antes de enamorarme de ti con todas las hembras hermosas que he visto, y no soy más pecador que otro cualquiera... Pues bien; si alguno de ellos, abusando de tu debilidad o de mi confianza, llegase a ti, manchando la castidad de tu cuerpo, creería que el mundo me aplastaba. ¡Ay, Consuelo!... Nada ha sucedido y, sin embargo, cuando pienso que esa catástrofe entra en el número de las cosas posibles, siento vértigos de ira. No hallaría ningún tormento para castigar al villano que nos hubiera perdido, pues aunque sorprendiese a su mujer y a sus hijas y devolviera en ellas la afrenta que en ti me hizo, aunque le cosiera a puñaladas, su sangre no bastaría a lavar su crimen, porque las cosas que sucedieron son irremediables. Tú eres luz que me guía, aire que dilata mis pulmones, espejo donde mi honor se refleja... y antes que ese espejo se rompa o se empañe, antes que esa luz se extinga o ese aire me falte, prefiero morir.
De estas apasionadas conversaciones se acordaba Consuelo y cada frase punzaba su corazón: Alfonso había sido un buen profeta, sus temores se cumplieron.
—Ya no soy la misma mujer—murmuraba en sus amargos soliloquios—que hace dos años llevó al altar; ya no soy su ángel custodio, porque el demonio me cortó las alas... Sí, quiero morirpara descansar, para no acordarme; las caricias de Gabriel me dan frío; sus besos, asco... algunas veces creo que se me conocen en la cara... Deseo morir, es el único medio de que este secreto permanezca oculto; muerta yo, Alfonso nada sabrá y seguirá amándome: soy buena, la conciencia no me reprocha nada; merezco, pues, en cierto modo, que él siga amándome... y la idea de que mi memoria le arranque lágrimas y de que irá a poner flores sobre mi tumba, es lo único que me hace feliz... No quiero vengarme de ese canalla; la persona a quien podía encomendar mi venganza es Alfonso, y aunque el desgraciado le matara, se moriría después de dolor; ¡él mismo me lo ha dicho muchas veces!...
Estos monólogos eran silenciosos, los discurría sin llegar a pronunciarlos, y dando vueltas al mismo tema pasaba los días, mientras Alfonso, sentado junto a ella, miraba sus labios, acechando alguna frase que le pusiera en la pista del hecho que su corazón presentía. Cuando la intensidad de aquel marasmo intelectual disminuía, Sandoval procuraba distraerla refiriendo cuentos; ella le escuchaba atentamente, pero de pronto, y cuando él estaba más satisfecho de la virtud terapéutica de su conversación, el rostro de la joven se cubría de palidez cadavérica, sus ojos se llenaban de lágrimas y se arrojaba llorando en brazos de su marido.
—¡Ay, Alfonso, encanto de mi vida—decía entresollozos—, qué desgraciada soy!... ¡Qué pena, Dios mío, qué pena tan grande llevo en el corazón!... Yo me siento morir, porque esto no me deja respirar, no puedo vivir así... tengo metida en el pecho una serpiente que va devorándome las entrañas poco a poco... ¡No, tú no sabes cuánto sufro... es una espina, un veneno, un demonio... deseo morir o que me mates!...
Y en el paroxismo del dolor, con la voz enronquecida por la angustia y como si quisiera descargar su conciencia:
—¡Ay, Alfonso—decía—, si tú supieras, si tú supieras!...
Al fin, caía rendida sobre el lecho, y Sandoval quedaba absorto, devorando sus dudas, estudiando aquellas palabras misteriosas que el dolor arrancaba a la prudencia de la enferma.
Cuando salía de su abstracción, ya Consuelo estaba desmayada y era inútil preguntarla; entonces la sacudía desesperado, cogiéndola de un brazo.
—¿Qué no sé yo? di... ¿qué es lo que ocultas?...
Después su excitación disminuía y tornaba a sentarse, con las piernas extendidas y los brazos cruzados.
Había transcurrido un mes desde que Consuelo cayó enferma: los ataques histéricos eran menos frecuentes, pero su salud quedó muy resentida. Tenía los ojos más hundidos, el semblante enflaquecido,los labios sin color, el cuerpo desmazalado; comía poco, dormía mal y la fatiga avasallaba su espíritu.
Alfonso Sandoval decidió que los médicos la reconociesen, pues Montánchez se había negado a ello rotundamente, y por la alcoba de Consuelo pasaron varias celebridades científicas. Unos creyeron que se trataba de una afección cardíaca, otros de un padecimiento cerebral, quién de un desarreglo en las funciones del aparato generador, y quién imputó al hígado la culpa de todo. Alfonso escuchaba sus pareceres y les hacía recetar, y cuando hubo desfilado el último, reunió un montón de prescripciones tan extensas, que entre todas hubiesen agotado los medicamentos de una botica bien surtida: duchas, fricciones, pomadas, cataplasmas, sanguijuelas, agua de azahar, éter, cloroformo, valeriana, acónito, bromuro... de todo había allí.
El último médico que vió a Consuelito Mendoza fué un antiguo amigo de Sandoval.
El anciano profesor la pulsó, la examinó los ojos, auscultó los latidos cardíacos, reconoció detenidamente el vientre y los costados, y después de repetir las mismas operaciones varias veces, sorprendido de no hallar nada se encogió de hombros.
—El corazón—declaró—está sano, pero anda mal; sufre palpitaciones y contracciones violentísimas que me inducen a creer que la enfermaha experimentado una impresión muy grande.
—No sospecho qué pueda ser—repuso Alfonso.
—¡Es extraño!... yo juraría que algo grave la ha sobrecogido.
—Y usted no podría precisar...
—Imposible; si usted, que vive con ella, lo ignora, ¿cómo voy a saberlo yo, que desconozco su historia y su vida?...
El médico se fué sin recetar y Alfonso volvió al cuarto de Consuelo devorado por sus presentimientos.
La joven, que no se había enterado de nada, parecía dormir.
—En este misterio hay un hombre—murmuró Alfonso—; no sé quién es, pero el corazón me dice que hay un traidor, cuyo nombre necesito conocer; ¡si ella hablase, si pronunciase una palabra, una sola!...
Y se quedó mirando a Consuelo como quien contempla a una esfinge.
La vida de Consuelo iba extinguiéndose paulatinamente, como lámpara falta de aceite. El cerebro perdía vigor y las nociones del mundo real se borraban mezclándose unas a otras; los nervios, relajados por las descargas eléctricas que habían sufrido, no vibraban y yacían insensibles y lacios como las cuerdas de un instrumento musical roto; y como consecuencia inmediata de aquel agotamiento intelectual, el cuerpo también se hallaba rendido.
Consuelo empezó a enflaquecer de un modo alarmante: su repugnancia a ingerir alimentos y su dolor silencioso y continuo, eran dos poderosos agentes de destrucción a los cuales su delicada juventud no podía sobreponerse. En su pálido semblante se acentuaban las dos arrugas laterales que cava el desencanto desde las ventanas de la nariz a las comisuras labiales, los ojos perdieron su brillo, el cuerpo su esbeltez, el cuello su gracia. Una consunción terrible minaba su organismo arrebatando lentamente la vitalidad a la sangre, la energía a los músculos, su frescura a la carne.
Consuelito Mendoza se moría, pero rápidamente, por momentos, con una velocidad tal, que casi podía apreciarse a simple vista: Sandoval lo reconoció y su angustia fué mayor sabiendo que la joven moría de tristeza, de anemia, de histerismo, del corazón, de una enfermedad, en fin, sin nombre, vaga, misteriosa como la producida por aquellos infernales venenos que componían los italianos del siglo XVI.
Hasta entonces se limitó a ver y callar, y cuando hablaba con ella lo hacía de asuntos indiferentes, temiendo mortificarla con sus preguntas. Entretanto, se devanaba los sesos discurriendo siempre acerca de la misma cuestión. ¿Cómo enfermó tan repentinamente? ¿Quién la cubrió los brazos de cardenales?... Un hombre, sin duda; y esehombre, ¿quién era, cómo se llamaba, dónde vivía?...
Muchas veces pensó en Gabriel Montánchez; el médico era su amigo, casi su hermano, y aunque no hubiese renunciado por cansancio y desde hacía mucho tiempo a su antigua vida libertina, el entrañable cariño que ambos se profesaban imposibilitaba una traición: desconfiar de Montánchez equivalía a dudar de la virtud de Consuelo o de sí mismo, presunciones ambas inadmisibles.
Alfonso renunció, pues, a esta primera hipótesis y echóse a discurrir y a fabricar castillos en el aire. Un enamorado desconocido no podía ser, porque Consuelo jamás salía sola a la calle y nadie enloquece de amores por una mujer a quien no ha tratado; el hombre que entró en su casa tampoco fué un ladrón, pues nada faltaba; era, por tanto, lógico suponer que habían ido por su honra y no por su dinero.
El silencio de la joven corroboraba sus conjeturas; era innegable que ella, contra su costumbre, disimulaba algo. ¿Por qué no hablaba del viaje con el interés que hasta entonces? ¿A qué causa atribuir su tristeza y su enfermedad?... ¿Era admisible que una tronada de primavera fuese origen de aquella gravísima perturbación nerviosa?... Y, finalmente, ¿cómo Consuelo no le reveló el motivo de los arañazos y verdugones que tenía en las piernas, en los brazos y en la cara?...Allí había un secreto, tanto mayor cuanto más inexplicable era el silencio de la enferma, y era necesario despejarlo en seguida porque le iba en ello su tranquilidad y tal vez la vida de la joven.
Alfonso Sandoval dejó de salir; permanecía día y noche sentado en un sillón junto al lecho, cuidando a Consuelo, tapándola cuando se desnudaba, inventando farsas para distraerla en sus ratos de juicio, procurándola bocados substanciosos y exquisitos al paladar, y acechando el momento de arrancar a sus delirios alguna revelación. Esta esperanza era la que le sostenía impidiendo que la fatiga cerrase sus párpados; no tenía sueño, ni ganas de comer, ni de salir: era también un estado patológico de sus nervios, acuciados siempre por una idea fija.
De noche se embozaba con su capa para no sentir frío, y mientras apuraba, una tras otra, varias tacitas de café, vigilaba a Consuelo con atención y paciencia incansables; cuando ella balbuceaba alguna frase, Alfonso se inclinaba sobre el pecho de la enferma procurando entender lo que decía por el movimiento de las labios; mas aquellos sonidos mal articulados eran tan débiles que nunca podía entenderlos, y tornaba a sentarse desesperado, bregando siempre con el mismo tema.
Y otra vez desfilaron por su cabeza aquel ladrón desconocido y las figuras de sus compañeros de casino, aun las de aquéllos que menos trataba, y la de Montánchez; y después de examinarlas minuciosamentevolvía a empezar con la primera de la serie, obligándolas a girar en torno suyo como los caballejos de un tío vivo.
De pronto sus ojos se iluminaron y cuatro palabras que envolvían una duda espantosa surgieron ante él entre dos signos de interrogación.
—¿Y si fuese Montánchez?—preguntó la voz reveladora.
—¿Y si fuese Montánchez?—murmuraron como un eco los labios de Sandoval.
Pero, no, eso era imposible; ya se lo había preguntado antes y rechazó tal pensamiento como absurdo... ¿Y por qué lo rechazó?... Ah, sí, por varias razones que eran de gran peso. Sin embargo, no estaba tranquilo.—¿Y si fuese, y si fuese?...—repetía en sus profundos la voz misteriosa.
—Gabriel—agregó—siempre fué un calavera, un perdido con talento y buena fortuna, pero también un vicioso con el alma manchada de cieno. Un hombre que no cree en el honor, ni en sí mismo, ¿no es capaz de todo?... ¡Horror!... Hacerme él traición... no, no lo creo; yo, tratándose de un amigo íntimo, tampoco sería capaz de cometer villanía semejante... Además, Gabriel me quiere bien, tengo recibidas de su cariño pruebas inconcusas, y aunque sea un pillo es también un valiente que, antes de traicionarme, me diría sus intenciones claramente. ¡Además!... él está muy hastiado de placeres y el cansancio es la moralque más santos ha hecho. Por otra parte, Consuelo le odia con toda su alma... ¡No, cuando digo que eso es imposible!...
Sandoval se pasó la mano por la frente horrorizado de la ofensa que mentalmente infiriera a la honradez y fidelidad del médico, y nuevamente comenzó a girar el fantástico tío vivo de sus amistades.
Pero la figura de Gabriel Montánchez volvió a presentarse una vez y otra con tal insistencia, que llegó a dominarle. Recordó las palabras que había oído a Consuelo en diferentes ocasiones, la inexplicable aversión que sintió siempre hacia su amigo, el malestar que experimentaba en su presencia y la facilidad que Gabriel adquirió para dormirla...
—¡Y si el miserable, abusando de ese poder, hubiera llegado hasta el punto...!
El concepto embozado en aquella frase despertó en él una ira salvaje y, sin saber lo que hacía, dió tal patada en el suelo, que las paredes retemblaron y Consuelo abrió los ojos; mas el ruido se extinguió y sus párpados volvieron a cerrarse con la tranquilidad del caminante que, tras una jornada de muchas leguas, se abandona al sueño sobre un colchón de plumas.
Aquellas primeras cavilaciones arrastraron en pos de sí otras memorias y Sandoval fué acordándose del empeño que mostró Gabriel en curar el histerismo de Consuelo por la sugestión; susconsejos acerca de la conveniencia de conceder a la joven más libertad y permitir que anduviese sola y por donde quisiera, so color de fortalecer su voluntad y acostumbrarla a discurrir por sí misma; su empeño en referir en sus reuniones íntimas del invierno, lances maravillosos que cautivaban la imaginación de Consuelo y le ofrecían como a un personaje novelesco rodeado de esa aureola fantástica que envuelve a los protagonistas de los cuentos orientales; y, sobre todo, recordó un detalle... una frase que entonces creyó insignificante, pero que ahora era para él la expresión indubitable de un pensamiento criminal.
En cierta ocasión, estando Consuelo desmayada, él, subyugado por la hermosura de la joven, le preguntó a Gabriel sin poder dominar su pensamiento:
—¿Es hermosa, verdad?
Y Montánchez repuso:
—¡Oh, es perfecta!...
Sandoval recordó bien los pormenores de aquella escena: su amigo estaba de pie, mirando a la enferma con un arrobamiento que le alejaba del mundo; al oír su pregunta se estremeció, y como quien despierta de un sueño lanzó aquella exclamación; exclamación leal, que le salía de muy hondo, porque Montánchez la dijo con el acento del hombre que, creyendo estar solo, habla consigo mismo. Era, pues, indudable, que en tal momento el médico también admiraba la bellezade Consuelo, y este pensamiento envolvía un deseo, un principio de amor, que pudo ir muy lejos.