No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta vez le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde. La idea del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar, sin embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo, deteniéndolo el brazo:
—Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.
Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de hermosa ataujía de oro purpúreo.
Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.
No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa preocupado con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a menudo, en las puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje misterioso que había dado muerte al jabalí, en aquella partida de caza?...
Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo, representándose, a la vez, toda la escena lejana...
Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron. Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o leonado, y galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de los hidalgos.
Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las traíllas, los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a los hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil, saltó del otro lado del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los ventores, asió con una mano el cerro de la fiera metiéndole con la otra el puñal por los sobacos. El jabalí se desplomó; y el caballero, volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, saludó con la gorra a las damas, alejándose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atónitos. Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacería, se desmayó; y parecíale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que el personaje que acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y de oro purpúreo.
—¿A qué pensar en esto?—se dijo por último.—Lo que importa es que estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un amorío! Sin esta máscara no podré continuar.
Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cántaro, desfilaron por su mente.
El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas, una flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca lobreguez de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos una risa tenue y temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.
Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y verdoso. Era casi de noche.
Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la cuesta de Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más frecuentados del arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.
Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el aspecto de un mercado berberisco.
Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano, vendedor de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo más lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carnicerías.
—Alguna gresca de matarifes, alguna muerte—se dijo.
Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad. Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y bailadoras.
Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o cacharros, mientras los impávidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las aves. Debía ser harto grande la pasión de los avileses por la caza de altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de pájaros.
Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro de aquellos que llamabanletradosen Castilla, por sus alas escritas, a lo ancho, como las fojas de un libro. Había también melancólicos laneros de Galicia, baharís de Mallorca, rubios tagarotes de Berbería; y no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que sólo se dignaban caminar sobre un paño de tinte vistoso. Los azores abundaban. Azores de Noruega, de Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer de Algeciras don Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero que bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda del galgo.
Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires, para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo en forma de codorniz.
Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda, lanzábanse sobre cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecían complacerse en las heridas monstruosas que recibían a menudo en las alturas. Sin habérselo formulado jamás, el mancebo reconocía un emblema de su ánimo en aquellos avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro lado, picotazos bravíos, soñando en presas imaginarias.
En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su memoria. Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje menos haraposo y siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnación. Era la anciana a que él llamaba en su recuerdo: la hechicera.
—¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?—preguntó la mujer, mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
Luego, misteriosamente, bajando la voz:
—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace más cosa en el día que perfumarse e cantar.
El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de mujer habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la zaga de mí, sin hablarme.
Ramiro la siguió desde lejos.
Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los pilares eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado retorcía su ramaje junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueños, hacían pensar en una casa cristiana.
Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave peligro que corría al entregarse de aquel modo a cualquier treta criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más débil rayo de luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso de tiempo, difícil de apreciar, se detuvo.
Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor subterráneo, a juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor terroso del ambiente.
Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.
—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no anuncia que he de morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose entonces un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebió el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriagó su sentido.
Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe estancia con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre obeso, vestido de larga túnica azul, se alejaba. Había viejos divanes contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mármol, dos arcos policromos y dorados hacia el fondo; y aquí y allá algunas tablecillas incrustadas de marfil y de nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de cobre desprendía tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer, dejándole solo, se internó por las otras habitaciones gritando:
—¡Aixa! ¡Aixa!—en el silencio.
Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina, abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas femeninas color de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitándose la gorra, introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia contigua. ¡Pareciole soñar!
Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que sucede a los baños.
Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó con avidez sino la desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.
La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los copos destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los bordes. ¿Era también su guedeja o las serpientes fascinadas de algún extraño sortilegio?... Ramiro admiró la dulzura de los párpados orlados de sombra, bajo las cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de ensueño, que estremecía levemente sus labios, como si un vuelo invisible mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.
De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro. El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los botes, los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde del baño, púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una substancia rosada y corrediza, que desprendía almizclado perfume. La joven se estremeció de pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a mirar hacia la misma parte del muro.
Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del agua, rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió correr por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de las abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol. Cuando la criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al entrar, presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero. Acercándose, con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa morisca, según el uso de Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó en su conciencia un grito de indignación ante aquella práctica lasciva de los baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad, el ascético abandono, el desprecio y la mortificación del harapo corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los admirables anacoretas, dejándose podrir las ropas sobre la piel, como un anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San Macario, sumergido en el cieno; Santa María Egipciaca, resecada por el sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiñosos; en fin: la sublime aspiración abriendo su corola de pureza sobre el estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio, todo pasó por su mente como a la luz del relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de su juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en el torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se dirigía a tomar las babuchas en el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanzó un grito de espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un blanco velo caía desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde tafetán, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su rostro, arrojó su indignación contra la anciana, en las sílabas guturales y fuertes de su algarabía. Denso rubor, como el aterciopelado carmín de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismánica, que mostró la blancura de sus dientes, tornó, al pronto, su semblante claro y tranquilo como la luna.
—¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas! Perdón, si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al sombrero.
—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí vuestra risa.
—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve encogida cabe la reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la alcoba, ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo. Era para el mancebo un coloquio extraño, casi fabuloso. La sarracena preguntaba, sin cesar, como los niños. El fleco de medallas, que colgaba sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento ofrecíale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas; y ella a su vez reía y reía al morderlas, reía como una mujer semibárbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras sus pestañas, larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio polvillo de lujuria y de nigromancia.
Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el capotillo, desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole que su existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Sentía ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad, ese columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su juicio, cortaba en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia quería formular el peligro que sus sentimientos católicos habían de correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro, clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando presagios indescifrables. El no quería escuchar y se burlaba de sus recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel deleite sería un instante, un guiño de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabría arrojar bien lejos el vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que buscaba? ¡Ah!, entonces sí que estaba seguro de la absolución del canónigo. «Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas sus mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío para facilitar su comisión?
Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió que era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba. Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de algalia. Sus besos húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con frenesí tan severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más potente. Ya era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces, junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda de tribulación, que le arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomándole los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso delicioso y tibio como un dátil; y, cada vez, la sorprendente caricia le llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que realizar, destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando, insensiblemente, todos los refinamientos que constituían la vida habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tanteábale con horror sus ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en cambio, para aquellas horas de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadísima túnica de cendal, perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose, por gracia, obscurecer los párpados con el kohl; y su horror fanático hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su amada le inició en las dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual ella hacía deshojar puñados de rosas, unas muy pálidas y otras como sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos, le preguntaba:
—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e la mesma creencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose hasta el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
—¿Lo juras? ¿Lo juras?
El, buscándola, musitaba como ebrio:
—¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del Nuevo Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril, nuestro espíritu en forma humana.—Soy el mensajero a ti, de parte de Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.—¿De dónde podrá venirme este hijo, respondió la virgen, que nunca se ha allegado a mí ningún hombre, ni he sido mala?...—Tu hijo será el milagro y la dicha del universo.»
Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda antigua, con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.
«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez deslumbrador y pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos entoldados por el ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las uñas sobre el labio, sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola de perlas, y al llegar a la descripción de las delicias celestiales envolvíale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y Alcafur, juntando frenética su rostro con el suyo.
Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:
—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos por alguna calleja nos miraremos con odio.
—Será o no será—respondió la sarracena.—Los destinos van colgados de nuestro cuello.
Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos días acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima de un taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un librejo centenario, prorrumpió:
—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que me darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
—Está en palabras harto ascondidas.
Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.
Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con acento claro y jubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa toda la sangre de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia y blanca como la plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno día. Nunca ríe, camina despacio.
Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del mancebo. En seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no había advertido en ella hasta entonces, expresó que no había en este mundo dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la contemplación del Ser Único, verdadero, permanente, teniendo siempre fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte le sobrecogiera en dicho estado.
Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español, resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados, extáticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupción. Sus esencias inteligentes contemplaban al Ser Único en la eternidad; y nada ayudaba a abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el supremo delirio, como la imitación de su movimiento por medio de la danza, de la rotación indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera Sublime, cuya esencia está inmune de materia, y no es la esencia del Ser Único ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del sol en un espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su palidez, su mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis comenzaba a inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda bordada de arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo maduro de aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo, Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como llamas sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse hacia uno y otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez lastimero y anhelante agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas. Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa sus pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué prodigiosas visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante los ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corrió a sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre las losas, apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado de pétalos y de joyas, se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a bañarla el semblante. Su palidez sobrepujó las alburas del mundo, el azahar, los lirios, la nieve. Ramiro recordó la descripción de los arrobos de la madre Teresa de Jesús y de otras siervas admirables del Señor, y acordose también de su propia madre, cuando, después de larga plegaria en el oratorio, se desplomaba de súbito, como herida de dulcísima muerte. Era la misma palidez patética, el mismo temblor de los labios, el mismo estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de claridad. No, no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de los místicos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola contemplación, acababa de remontarse a las más altas regiones del éxtasis.
El la llamó varias veces:—¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!—palpándola los brazos, las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía, cadavérica y glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa él mismo de perversa tentación, la cubrió de apasionadas caricias.
Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina entremezclada con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores sobre la muerte.
Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sacó la daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su sorpresa fue grande al advertir que los conductores no hacían sino dar vueltas y revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra, sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio, indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la morería. Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en el patio el morisco del precioso puñal, y después de hablar un instante con la anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en la calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre sus talones y se puso a caminar hacia el naciente.
—Segura estoy—dijo la anciana a Ramiro—que este perro vase agora a juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte—agregó, señalando en la dirección de Santo Tomás:—Algún lazo os quieren armar, señor caballero.
Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella. Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño, levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montañas. Dicha abertura había sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo, era imposible descubrirla; dos grandes peñascos la ocultaban. Sin embargo, el acceso no era difícil.
Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano, tendiéndole los brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una terraza descubierta que avanzaba hacia el mediodía.
Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el centro, una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del árbol, el hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, también: la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los cabellos su almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado gesto en el agua, y luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevábase la red a la boca y gemía de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras sus empapadas sortijas relucían en la penumbra.
Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza, hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y taciturno en medio de la terraza.
Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz, hablaban tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los principales señores de la ciudad, de sus genealogías, de sus parentescos.
Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y su mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.
El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso subía de los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés embermejaba hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experimentó como nunca la religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de grana para entonar la angélica salutación; y pensó que se hallaba acaso entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos conversos. ¿Rezarían con él las avemarías?
El y ellos callaban.
De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de caravana más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo, hacia el costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención. Ramiro creyó distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste. Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación exterior delidzan, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales, hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde. Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y otro sobre las peñas, y, entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte, entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita palabras ilustres, cuyos ecos están siempre despiertos en la memoria.
Ella dijo:
«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para darme tormento.»
El replicó:
«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba, gime cuando el sol toca el poniente.»
Y siguieron alternando:
«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente de los hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues él sabe el remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión, pues no hay para mi otro quibla que el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo sintió que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del Señor; y un acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó en la conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El kebir los conduce cantando y con ésos va mi corazón para la tierra amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a la caravana. Seguirá la polvareda de los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de Zemzem. ¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente que da vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del templo de la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas, respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes, y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto, tocaban las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho bullidoras y cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura sobre la cual desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se humilló, se anonadó, se redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdón sin cesar, por algo odioso, por algo enorme, aborrecible, que sentía ahora por primera vez, en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los ojos del mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso anochecer.
Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar al señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendió para acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna, como si buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que algunas personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.
—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo algún oficioso impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado siempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de atenuar con una sonrisa la dureza de las palabras—las más peregrinas especies. Unos propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así creo yo en estas patrañas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a explicar vuestros cotidianos paseos por la morería.
Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había recibido en nombre de Su Majestad.
—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde pueden venir esas aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada cuando determine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo, y mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emoción, le dijo:
—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras que acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. ¡Ea, dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada, resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes honores.
La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su conducta, el olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no había querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo? ¿Qué leve indicio había logrado sorprender después de visitar día a día aquella casa, cuyos muros guardaban, quizá, el secreto de la conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado en mucho libro de religión ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se desceparía del pecho aquel amor de la sarracena y jugaría su vida en algún golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se inclinaran ante él y nadie osara dudar de su honra, habría llegado el momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no podía ser sino él quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas invenciones que le había referido el hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a experimentar los primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición de tortura se mezclaba ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que meditó el modo mejor de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya fascinación podía resurgir más adelante en su camino. Imaginaba, allá en lo más hondo de su conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla perecer, sin arma alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua, con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le sirviera de sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban al morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un negro amasijo, repelente.
Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa, más enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispación de una mano sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureció, se llenó de miedo, semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados, la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su pérdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede arrollar o desarrollar, con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra vez dueño de sí mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo instintos de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la apostasía y el perjurio.
La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzábale por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con semejante enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición y de engaño, y, demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos, sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos bañados en lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.
Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba disimuladamente los muros esperando descubrir algún secreto resorte. Ella, en cambio, no hacía sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la cantinela monótona, el ruego único, desesperado. Junto a Granada, sobre el Genil, decíale, tenía una casa toda blanca como su cuerpo, con una puertecita roja para él, sólo para él; y reía con una risa servil, lasciva, y cuasi llorosa.
Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca, le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca, le había revelado lo que pasaba por él.
—Es secreto—agregó—que a ti mismo se te asconde.
Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El doloroso recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía ahora evocado por aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la anciana sacó de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin híspida y espesa. La cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban de parte a parte la garganta. Ramiro sabía harto bien lo que aquello significaba, y tembló por la doncella, ante el pavoroso recurso de la hechicería.
Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondió:
—Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis en grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo pueden resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande hermosura corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos más sotiles de la tentación y él mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese ñudo de una sola cuchillada, como nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposición y los tapujos de esa casa, tengo para mí que ha de ser sitio de clandestinas reuniones, y pienso agora que si llegárades a introduciros en ella, a eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderíais, de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha de asistir en la empresa. ¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no llevara, al menos, estos hábitos graves!
Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma noche tentaría la sorpresa.
Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón apoyado en el libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesiástica prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte», agitaba su manteo. Enorme mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encendía y apagaba, y volvía a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.
Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su casa, ya entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana. Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio. Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal, invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica, espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una corneja!
Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta abertura, Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peñas y desaparecieron por la ventana. Un momento después un grupo más numeroso bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres más, y, por fin, otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido más de una hora sin que nadie llegase, Ramiro emprendió a su vez el escalamiento. La ventana estaba entreabierta. Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la primera habitación. Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó los azulejos.
Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando la sombra con el estoque.
Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa había hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando rabiosamente la víscera.
Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la llaga hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado para siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la herida bajo las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la calentura.
Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso haz de sol entraba por alguna rendija, estampando en el tapiz un óvalo ardiente que parecía chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos subían y bajaban como átomos de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.
Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el tañido de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia, sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.
El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la frescura de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones; pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una abolición mortal solía bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones ordinarias de peso y de contacto; y sólo el cerebro conservaba la vibración de la vida. Parecíale entonces flotar en los aires y columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los campos del pavor y la demencia, y su cráneo llenábase, cual pútrida calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que subían unas sobre las otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.
Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta. Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían entrado personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor de pasos numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.
Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen, hasta recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.
Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el estoque tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los cristales del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde había pasado tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al salón de los divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso contento advirtió, hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!
Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no se había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observó que el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La sarracena iba entretanto de diván en diván. Los hombres la besaban las manos y los brazos con respetuosa sensualidad.
Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué podía significar aquella repartición de largas agujas de espartañero, cuya punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? ¿Qué dijo en su discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba junto al hachón encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar la atención? Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro mundo.
Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
—¡El bajá!
Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.
A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus enormes ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado: apenas hubo entrado en la cuadra del baño, exclamó:
—¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole de las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo, muy quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su amada le puso la mano sobre los ojos.
El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles, conservaban aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultáneo de los moriscos, levantándose de las almohadas y acudiendo en tumulto.
Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble sabor de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían ablandados, emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable, desnudando sus armas y descañando los hachones. El vio entonces, con certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su martirio. Recordaba que su valor no había desfallecido un segundo. Su virilidad irradió hacia todos sus miembros un calor de bravura.
Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias, creyendo menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre el resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó en su imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con la espada en el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja terrible apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado de estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole muy hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo agitando su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban, amedrentados. Entonces, Ramiro, cubriéndose con su rodela, y ebrio de sanguinario furor, comenzó a repartir estocadas en el tumulto, sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los cuerpos que recibían la punta como pellejos de vino.
Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban apenas con el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto mancebo armado de larga espada española. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario desapareció en la tiniebla.
Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás, fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazón, un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse morir, y el frío del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todavía, a la humosa luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que, abriéndose paso entre los demás, se echaba sobre él y le cubría con su cuerpo, repitiendo un mismo grito en algarabía:
—¡Ebni! ¡Ebni!...
Luego sobrevino el desmayo.
Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí, hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos combinaciones de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un ungüento, traído de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en precioso bote de marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole, como a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares de pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de septiembre, la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallábase sentado junto a la ventana que abría sobre el valle. El hombre entró lentamente y se detuvo ante él. Por primera vez le veía llegar con espuelas. Era lo único que denunciaba para el oído su andar silencioso. Melancólica arrogancia ennoblecía todo su porte, y sus gestos eran varoniles y refinados.
—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los creyentes ha caído sobre mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo quiero pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la justicia, avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan huir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.
—Sí—contestó el mancebo.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá, para él la oración y la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba, espejos de ciencia, flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el hombro. Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la penumbra. Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal, pidiole a Ramiro que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la ventana. Un hombre le esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le había visto montar y alejarse.
Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que había de decir, al siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia. Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas horas o caer en un largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habrían tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber revelar lo que había presenciado. Sin embargo, su palabra estaba empeñada. El sabía lo que era para un honrado caballero semejante compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la idea del juramento. ¡Cuántos antepasados suyos habrían afrontado la muerte por un «aceto», por un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se hallaba la Basílica de San Vicente, la más famosa iglesiajuraderadel reino. No importaba que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba haber leído en las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por haber violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
—¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era tiempo de declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y, así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.
—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba como confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había caído en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó que su discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella cabecera. No había tiempo que perder.
—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir o no de esta cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos presenta sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos. ¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores. Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las palabras, cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba. Llamábale al oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez junto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso camino, hizo llamar al lectoral.
—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún medio honroso de anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No podría escribírsele, sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?
—Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel—respondió el Canónigo—en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio, requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo Tomás; es, a saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste os faltó, puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice de un delito contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es cosa santa—dice, si mal no recuerdo, la ley del Rey Sabio—no fue establecido para mal facer; mas para las cosas derechas, facer e guardar.» Luego dividió el asunto en dos partes. De un lado ponía los compromisos caballerescos y legítimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, más precioso que la vida; del otro, los pactos ilícitos, los juramentos anatemas, en contra de la majestad de Dios o el interés de la Iglesia, y de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte sorprendía a un alma con semejante pecado, arrojábala derecho a las peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en favor de los enemigos de la religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su Divina Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera desde que le dejó en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa, de Gulinar y de algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el alma de la mácula horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Señor, que ya no quedaban en su corazón ni vestigios del pasado apegamiento.
Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.
Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría, resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas, fue sangrado del brazo y del tobillo.
Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la extenuación. La carne toda se sentía fenecer. Era una sensación glacial, tenebrosa. Su sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visitó, siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los innumerables esqueletos apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en el anónimo de toda aquella leña humana entremezclada por el monástico desprecio.
Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de su conciencia.
Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas reliquias pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, habían resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la Extremaunción, administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doña Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicación de varias amigas, mandó en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas milagrosas. La mujer lavó la herida copiosamente con un cocimiento, aplicó un emplasto, prescribió un brebaje y recomendó que no acercasen cosa alguna a la llaga si no querían corromperla. Dos días después cesaba el delirio y la calentura decrecía.
Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos autores sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la delicia de vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a maravillarle. Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón formulaba de nuevo las preguntas elementales que acosaron su niñez. ¿Dónde se redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los atambores del trueno? ¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...
Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la presa de gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito que sus ojos contemplaban sin fatigarse.
Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia más fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le reservaba para algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera prueba de las vidas predestinadas. Recordó la biografía de los héroes. El comienzo de la fortuna orilló casi siempre los despeñaderos. La hoja mejor batida era aquella que había estado más cerca de partirse en la bigornia. Nueva confianza en su destino erguía ahora su hercúlea voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión, llegando a decirse a sí mismo las frases admirativas que su sola presencia provocaría muy pronto por doquier. Luego examinaba, ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante. Además, estaba destinado a recibir uno de los más opulentos mayorazgos de Segovia. Pensó sin inquietud en los mancebos de las otras familias, demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en ardid, en denuedo.