CAPITULO IX.

Don F... se dirigió ávidamente á mí.

Me estrechó la mano.

Me sonrió.

Se sentó con la mayor confianza á mi lado.

Echó un brazo sobre el respaldo de mi silla.

Cruzó las piernas, la una sobre la otra, y tomó una actitud de un estilo particular.

Esto hizo que mi soberbia creciese.

Cuando aquel alto pícaro me trataba de una manera tan familiar, podia suponerse que él creia que yo podia servirle para mucho.

Me dí importancia.

Al fin el hombre público me llamó á su gabinete.

Le leí mi artículo.

Durante la lectura manifestó su complacencia y su admiracion repetidas veces.

—Hé aquí que tenemos todo un hombre,—me dijo cuando hube concluido;—bastarán algunas supresiones ligeras, algunas líneas adicionadas al fin; usted aprenderá pronto.

Dejó el artículo encima de su mesa de despacho.

Pasamos al comedor.

La comida fué expléndida.

Sibarítica.

Resultados fecundos de la política.

Los políticos comen bien.

Durante la comida estuve entre la esposa y la cuñada del grande hombre.

En la rodilla izquierda sentia una rodilla aguda: era la de la ex-ministra.

En la de la derecha experimentaba la sensacion de otra aguda rodilla: la de la cuñada del ex-ministro.

Tenia la pierna derecha extendida, y sentí en el pié una ligera presion, que no fué la última.

Miré.

Otra ex-ministra, lánguida, ya entrada en años, pera con magníficos ojos, magníficos rizos y abundantes protuberancias, estaba sentada frente á mí, y me miraba de una manera vaga, casi imperceptible, como diciéndome:

—Ese que sientes es mi pié.

Ella era alta como yo, como yo debia tener las piernas largas, por consecuencia, nos alcanzábamos sin dificultad el uno al otro por debajo de la mesa.

Debia tener algo de ingeniero aquella mujer; no se habia equivocado acerca de la posicion de mi pié.

Habia calculado bien.

Tenia la seguridad de que era mio aquel pié que amaba.

Es incalculable la audacia que tienen las mujeres delbuen mundo.

Con ellas se estrechan las distancias de una manera verdaderamente extraña, pero rápida.

Se suprimen los trámites.

Se llega muy pronto al fondo de la cuestion.

¡Particularmente las viejas verdes!

¡Oh, y qué amor tan impaciente el suyo!

Nadie podia apercibirse del triple ataque de que yo era objeto.

Nos habiamos puesto en cadena magnética tres mujeres y yo.

La ex-ministra del frente paró.

Habia en ella algo terriblemente contrariado.

Pero mi izquierda y mi derecha...

¡Ah! ¡terrible, imposible!

¡Apencar con cualquiera de aquellos esqueletos ó con los dos á la vez!

¡Inficionarse de vejez y de fealdad!

Porque todo se pega.

Pero ¿qué hay imposible para la ambicion?

Tiene voracidad y estómago de buitre.

Yo me arrobaba por la izquierda, por la derecha y por el fondo.

Continuaba el tecleo.

Se aumentaba.

Se perdian las manos bajo la mesa.

Encontraban otra mano ociosa.

Se oscurecia el bello semblante de enfrente.

El pié habia vuelto á pisar con cólera.

Yo me reprimia.

Disimulaba.

¿Creeis que es exagerado lo que yo digo?

¡Ah! ¿Que miento?

¡¡¡Pues si fuera á decirlo todo!!!...

Hay diálogos sin palabras, y áun sin miradas, que son lo más elocuentes del mundo.

Hay historias que pudieran llamarse «Historias de debajo de la mesa ó del tapiz».

Historias de una trascendencia enorme.

Yo, por ejemplo, me encontraba en una sociedad de alto coturno.

Al lado de una mujer séria, de una mujer respetable.

Del aspecto más severo del mundo.

La esposa de una altísima persona, con la cual os veis bajo el amparo de una gran influencia.

La señora os ha mirado rápida, levemente, de una manera casi imperceptible.

Pero vos sois práctico, comprendeis que la habeis llamado la atencion.

Sobreviene el sentado á la mesa.

Por acaso estais junto á aquella mujer.

Avanzais prudentemente una rodilla.

Encontrais la suya.

Debeis tener cuidado de que parezca que el encuentro ha sido sin intencion.

Observais.

Ella no ha retirado su rodilla.

Pensais aún que no ha sentido el contacto.

Haceis entonces un poco más fuerte la presion.

No se retira.

Entonces apretais de una manera decidida.

Si no se retira la otra rodilla, estais del otro lado.

Empieza el diálogo.

Meteis bajo la mesa una mano.

Poneis un dedo sobre el muslo contrario, grueso ó flaco.

Le abarcais al fin.

Otra mano encuentra la vuestra.

Sobreviene un apreton expresivo.

Una señal indudable.

Ya sabeis que podeis atreveros á la propietaria de aquella mano.

Indudablemente os dirán de una manera rápida una cosa semejante á ésta:

—Mañana á las ocho iré á los Incurables; yo tengo allí enfermos.

Al dia siguiente esperais junto al sitio indicado.

Llegan las ocho.

Se detiene un carruaje de plaza.

Mirais.

Un rostro hechicero ó amojamado os mira á través del no muy limpio, y á veces roto, cristal.

Es la mujer política, á la que no habeis conocido sino la noche anterior en un banquete, debajo de cuya mesa habeis tenido un diálogo de rodillas y de manos y habeis cruzado media docena de palabras.

Ya teneis una influencia, y una influencia poderosa.

Os zambullís en el pesetero.

El jamelgo parte.

El cochero sabe adonde va.

Os encontrais en tres dias con un ascenso, ó con un acta de diputado, ó con la creacion lucrativa de un gran encargo.

Vivís al fin.

Habeis mordido la manzana mujer.

Habeis tragado la vieja verde.

Pero habeis acrecido vuestra posicion.

Yo estaba en contacto con la vieja verde.

A mí debia sobrevenirme algo.

Esto era indudable.

Terminó la comida á las diez y media.

Pasamos al gabinete del café.

Cuando le tomábamos, la cuñada de la ex-ministra me dijo al oido:

—A la una, junto á la puerta de la segunda cochera.

Yo me sobrecogí.

La otra, la morena, la del pié, la que era verdaderamente voluptuosa, aunque ya vieja, es decir, cuarentona, me dijo, sonriendo:

—¿Qué haria usted si encontrara á la entrada de la calle de Jesús y María un landó parado al amanecer?

—Como probablemente al amanecer hará mucho frio, me meteria en el landó, señora mia.

Apenas se habia separado de mí la morena, cuando la dueña de la casa me dijo:

—¿Le gusta á usted ir á misa de dos al Buen Suceso?

—¡Ah! ¡Mucho!—le dije.

No se habló más.

El dia siguiente era domingo.

Tres citas en tres minutos.

Resultados de tres diálogos de pié y pierna debajo del mantel.

Yo sentí nuevas aprensiones.

Estaba seguro de recibir nuevas citas.

¡Oh! ¡La crápula dorada!

¡El vicio enmascarado!

¡El olvido de toda idea de deber, de todo sentimiento digno!

Pero no filosofemos ni moralicemos: la moral va envuelta en el fondo de los vicios.

Aparecen las consecuencias.

Y sobre todo, ¿para qué ocuparse de la moral?

La materia, los fenómenos tangibles la suplen con ventaja.

Yo estaba que no cabía en mí.

Si me hubieran ofrecido el imperio de la tierra, lo hubiera despreciado.

Yo podia ser un redentor de la humanidad.

Yo era...

Sí... digámoslo de una vez.

Yo era socialista.

La anarquía era la forma de gobierno que me parecia más utilitaria y más practicable.

Yo empezaba.

Yo adelantaba.

Yo venceria.

Yo ejercitaria la audacia.

Yo escribiria; yo llegarla un dia á dar al travéscon todas las indignidades; con todos los monopolios; con todos los vicios sociales.

Yo me proclamaria el jefe de la anarquía.

Por ante la absoluta libertad humana.

¡Oh! ¡Y qué palacios!

¡Qué mujeres!

¡Qué banquetes!

¡Qué territorios!

¡Qué influencia omnímoda!

Sobre todo. ¡Qué nombre en la historia!

¡Yo habria sido el salvador del género humano!

¡Yo hubiera hecho impotentes á las viejas verdes, que no sirven más que para estragarnos el estómago!

Yo me vengaria de todas las violencias que me habian hecho sufrir.

De todas las repugnancias que habia agotado.

De todos los envilecimientos á que me habian sujetado.

Yo me creia ya un Julio César.

Doña Emerenciana estaba en áscuas.

Veia que me pimpolleaban demasiado.

Sudaba, y sudando, se desteñía.

Ella era muy práctica.

Conocia que si no se iba al instante, iba á parecer muy pronto de jaspe.

Por eso en las casas en que se sabe tratar á lasmujeres, y por no contrariarlas diciéndolas que se vayan en cuanto suden, se cuida de que la temperatura no sea muy elevada.

El cosmético de las cejas y de los cabellos, la hermosa tinta de las ojeras, los toques de efecto, todo esto fundido por el sudor que se corre, se mezcla.

¡Horror! Doña Emerenciana me arrebató consigo.

—Has tenido un gran éxito,—me dijo cuando estuvimos en el carruaje;—no esperaba yo tanto; es demasiado; ¿qué te dijo Aurora?

—Que esté á la una junto á la segunda cochera de su casa.

—¿Y la Guadalupe?

—Que le gusta mucho la misa de dos en el Buen Suceso.

—Y mañana es domingo.

—Eso es.

—Y la Loreto, la morena, ¿qué te dijo?

—Que al amanecer habria un landó en la entrada de la calle de Jesús y María.

—¡Las sinvergüenzas! Pues mira, hijo, por qué yo no me he decidido á abandonar á Hipólito, temiendo tus mañas.

—Yo no iré si usted no me lo manda.

—¿Y por qué nó? Una cosa es el amor y el negocio es otra cosa. ¿Pero por qué he de tener yo celosdel negocio? Esas tres señoras nos ayudarán, sin saberlo, en nuestros planes.

Como se ve, doña Emerenciana no reñia con las conveniencias.

No era sólo por interés, sino por lo que representaba el que yo satisfaciese los empeños de aquellas beldades rancias.

Ellas podian subirme á mucho.

No se sabe á que altura ha subido un hombre público sirviéndole de escalera una vieja verde.

Ya una vez en el pináculo, muy ingrato debia ser si no prestaba mi influencia á doña Emerenciana.

¡Produce tanto el agiotaje de la política!

¡Se divide en tantas partes el resultado de la inmoralidad!

Doña Emerenciana lo tenia esto en cuenta.

Veia en mí grandísimas disposiciones.

Se proponia explotarlas.

Por consecuencia, hacia callar á su corazon y á su amor propio.

Me amaba, yo no tenia duda de ello.

Yo no habia desbancado todavía á Hipolitito.

Pero iba en muy buen camino.

Mejor dicho, doña Emerenciana queria tenerme á mí sin renunciar á aquel ruin engendro, de cuyo trato inmediato la habia privado y la privaba don Bruno.

No he conocido todavía una vieja verde que se haya contentado con un solo amante, ó por mejor decir, con una sola víctima, ó para decirlo mejor aún, con un solo alquilon.

La pasion de las viejas verdes llega aldelirium tremens.

Es horrible.

Un amor de diablo.

Un amor insaciable.

La carne manida es mucho más exigente que la carne fresca.

¡Mil veces horror!

Y cuenta con que ya es menester algo para que yo me horrorice.

Yo soy un gran filósofo.

El dinero es la azúcar que endulza todos los ácidos.

El manjar más repulsivo del mundo se come con apetito una vez apurada la primera, la segunda, la tercera repugnancia, hasta acostumbrar el estómago.

Si no fuera así, no habria ni sepultureros, ni médicos, ni curas, ni áun verdugo.

Decidle á un sepulturero que se abrace á un cadáver en corrupcion y que le dareis tanto ó cuanto dinero.

Habreis hecho muy mal.

Perdereis vuestro dinero y él se habrá quedadocontentísimo y con deseo de que le pagáseis el abrazo á obro cadáver.

Así, pues, bienaventuradas las viejas verdes que tienen dinero, porque de ellas es el reino de los amores alquilados y pueden escoger todos los buenos mozos que quieran, seguras de que los tales se mostrarán traspillados de amor por ellas, pero mediante siempre los conquibus.

Y como se trata de un contrato bilateral en que en ninguna de las partes hay en juego ni una sola partícula de espíritu, como todo es sensualidad reherbida y trasnochada irritacion, é insaciable, la vieja verde irritada, no se contenta con un solo amante.

No conoce el amor.

Lo que siente por los que la revolucionan, podrá ser todo lo que se quiera ménos amor.

Así se comprende que aleteando doña Emerenciana por Hipolitito, aletease también por mí, y era capaz de aletear por medio mundo.

Lo que habia que extrañar, y mucho, en doña Emerenciana, era que nunca se le habia conocido amante.

Micaela me habia dicho que nunca jamás habia concedido el más leve favor á aquellos á quienes habia enamorado.

¿Qué era esto?

Una singularidad.

Una rareza, y tal vez se trataba de una sensualidad puramente ideal.

Tal vez esta excitacion de los nervios podia explicar aquellos ataques epilépticos de que no salia doña Emerenciana, sino por medio del sistema curativo del tio Calostros, el sereno.

Despues se quedaba como si tal cosa.

Como si por ella no hubiera pasado accidente alguno.

¡Oh! ¡Y qué vieja tan extraña!

Ella me habia autorizado; más aún, me habia incitado para que acudiese á las tres citas que tenia empeñadas.

¿Pero seria de igual manera impasible Micaela?

En Micaela habia para mí verdadero amor.

No podia dudarlo. Micaela era mi cielo.

Yo temia una tempestad si la decia que iba á pasar la noche fuera de la casa de miquerida tia.

Yo me creia bastante tunante.

Pero me engañaba.

Yo era entonces un tunante incipiente, un tunante en mantillas.

Como aún no era hora de acudir á mi primera cita, ni con mucho, yo me habia sentado á la chimenea.

Micaela se habia metido adentro para despojar á la vieja de su carga de postizos.

Habia comido y bebido en demasía; necesitaba reposar, y se habia retirado.

La señora Nicanora se habia ido.

Apenas doña Emerenciana se habia acostado, y ya sus sonoros ronquidos demostraban que la hacia el amor Morfeo.

Micaela me llevó á su cuarto, se arrojó en mis brazos y me colmó de deliciosas caricias.

—Hombre,—me dijo,—ni siquiera te quitas el sombrero.

—¿Yo, qué hé de quitarme nada?—la dije, mirando mi reló;—si sólo me falta media hora para mi cita.

—¿Para tu cita?—me dijo con una expresion singular.

—Para mi primera cita,—la dije.

—¡Ah! ¿Con que no es una sola cita?

—¡Ah, no! Soy hombre de suerte; se han enamorado de mí tres damas en la casa donde me ha llevado, para hacerme hombre, doña Emerenciana.

—¿Qué edad?—me preguntó con una gran calma.

—Viejas.

—¿Qué posicion?

—Una ex-ministra, la hermana de ésta y otra ex-ministra.

—Pues anda, hijo, anda, no te entretengas; túno sabes lo que sirven estas ex-ministras para hacer á un hombre ministro; pero mucho ojo; mira que están dadas al diablo, y es más difícil asegurarlas que si se tratara de encerrar el agua en una cesta. Les sobran los adoradores; tienen donde escoger. ¡Cómo que tienen para cada amor suyo una posicion oficial! Sino, averigua quiénes son los acomodadores de tanto y tanto perdido sério á sueldo del Estado: viejas amorosas; pero yo te aconsejaré, yo te daré lecciones. Yo sé bien que tú no puedes ni quieres escaparte de mi amor; que estamos unidos por una perfecta conveniencia de voluntades; que yo seré tu mujer, tu mujercita, estás; que no quiere á nadie más que á tí, y que cuando envejezca, no será vieja verde: y cuando me case contigo, quiero ser prudente; y que si yo no necesito cosas, como otras que han andado rodando por el arroyo, á las que todo el mundo, se sabe de memoria, y que, sin embargo, son las excelentísimas y virtuosísimas, y hermosísimas doña Fulana de Tal y de Tal, ornamento y orgullo de su sexo, una prueba indudable, de la grandeza á que pueden llevar sus méritos á una mujer. Anda, hijo, anda, que se acerca la hora, y estasliberalasson muy déspotas.

Como que conocen muy bien cuánto valen.

Abracé á Micaela y salí.

Ella bajó á abrirme la puerta.

Tomé el tole hácia la casa del grande hombre político, ex-ministro y jefe de partido, con el que me habia puesto en contacto miadorada tia.

En el punto en que llegaba á la puerta de la segunda cochera, esto es, al lugar de mi cita, daba la una en un reló inmediato.

En que se ven las peregrinas aventuras que me sobrevinieron cuando acudí á la cita de Aurora.

Apenas me habia acercado á la puerta, cuando sentí en ella por la parte de adentro tres golpes.

Era sin duda mi enamorada Aurora.

La ilustre cuñada del ex-ministro don F...

Contesté con otros tres golpes dados con los nudillos.

Rechinó inmediatamente de una manera leve un cerrojo.

Se abrió un postigo de la gran puerta cochera.

Entré.

El interior estaba densamente oscuro.

Avancé una mano.

Encontré otra.

¡Pero qué mano, señor!

¡Qué amor de mano!

Suave, gordita, delicada, pequeña.

Una mano que temblaba, revelando la emocion de su dueña.

Mi otra mano habia tropezado en un seno.

¡Pero qué seno!

¡Qué voluptuosidad!

¡Qué encanto!

¿Era aquella la cuñada del grande hombre?

Pero yo recordaba que las manos de Aurora eran como manojos de sarmientos.

Que en cuanto á seno podia decirse de ella:unquam tabula rasa.

—¡Ya!—dije yo para mí:—¡y que sea yo tan torpe! Sin duda la señora ha enviado á su doncella.

Pero la doncella me convenia.

Me conducia.

No se habia inquietado por el contacto de mi mano en su seno.

Se detuvo.

Sentí á poco un leve ruido semejante al de la puerta de un carruaje que se abre.

Comprendí.

Uno de los carruajes que estaban en la cochera,era, sin duda alguna, un gabinete tan bueno como cualquier otro en que me hubiera recibido Aurora.

Sentí que la doncella, silenciosa siempre, subia y tiraba de mí.

Pero inmediatamente dió un grito.

—¿Quién hay aquí?—dijo.

Habia tropezado en unas piernas.

—¡Ah, ah!—dijo una voz áspera;—ya sabia, yo que habia de cogerte, Emilia, con el cabeza gorda.

La manecita suave y mórvida me soltó.

Sentí el crugir de la falda de una mujer que se alejaba á la carrera.

En seguida, un garrotazo, que me alcanzó á bulto, y que me hizo dar un graznido.

Pasó por mí no sé qué de angustioso y horrible.

Salté atrás.

Dí contra una pared.

Reboté.

Sentí cerca de mí, sobre la pared, otro garotazo.

El pavor me dió tiento.

Me escurria sin tropezar.

Tirando garrotazos á bulto, sentia á un hombre que me llenaba de improperios, y que á veces se ponia muy cerca de mí.

Su voz bronca, brutal y grosera era sin duda la de algun mozo de cuadra.

Yo habia encontrado unas escaleras.

No sabia si eran torcidas ó rectas.

Pero esa especie de tacto del miedo, me llevaba.

Ví el reflejo de una luz.

Corrí hácia él.

Se me apareció una especie de fantasma.

Al acercárseme, retrocedí.

Por la luz que aquel fantasma traia en la mano, reconocí que era Aurora.

Iba sin duda á la cita vestida de blanco para interesarme más.

El bárbaro que me seguia debia venir ciego.

Descargó un garrotazo.

Yo me esquivé á tiempo.

El garrotazo debió alcanzar á Aurora, porque la palmatoria cayó al suelo, y ella lanzó un grito horrendo.

Casi de muerte.

Luego sonó el ruido de un cuerpo que caia en tierra.

Yo estaba en un corredor.

La luz de la luna aclaraba el nublado, del cual continuaba desprendiéndose la lluvia, y penetraba algo de luz por las grandes vidrieras.

Al grito de la víctima, habia sucedido algun movimiento en una habitacion inmediata.

Se abrió una puerta y apareció una mujer.

Sin duda una criada.

Al ver mi bulto, se sobrecogió, y escapó gritando:

—¡Ladrones!

El asunto era sério.

Me habia quedado sólo en el corredor.

Corrí.

Encontré otra escalera.

Subí por ella.

Fuí á dar en una boardilla.

Encontré una lucana.

Salí por ella.

Me deslicé por el tejado.

Llegué á un grupo de chimeneas, y me oculté tras ellas.

Habia perdido mi sombrero, y la lluvia me hacia sentir en la cabeza una sensacion muy penosa.

Las tejas estaban peligrosamente resbaladizas.

Hacia un frio horrible.

No podia sostenerme en aquella situacion.

Yo oia allá abajo en la casa de donde habia escapado un verdadero tumulto.

Gentes que iban y venian.

Se buscaba sin duda á los ladrones.

De improviso el cañón de una de las chimeneas me dejó oir un ruido confuso de voces.

Escuché.

—La señora dice que tú, Gaspar, la has dado un golpe en la cabeza. ¿Cómo puede ser esto?

Yo habia reconocido en aquella voz la del dueño de la casa: el eminente hombre político, en fin, don F...

—Vamos claros, señor, que yo no tengo porqué callar,—dijo el que sin duda se llamaba Gaspar;—yo soy el marido de mi mujer.

—¿Y qué tiene que ver esto con la brutalidad que has cometido con la señorita?

—Si la señorita no hubiera venido por las mismas escaleras del traspatio, no la hubiera sucedido nada: yo habia atrapado á mi hombre... sí señor, sí: á un señoritingo que he de comerme crudo, porque mi mujer...

—¡Como que tu mujer!—esclamó con un interés que no parecia natural se tomase el grande hombre.

—Mi mujer, con el pretexto de que la señorita la ocupa hasta muy tarde para que la cuente cuentos, no viene á mi cuarto ya hace más de quince dias hasta cerca del amanecer: y como nadie se queda en las cocheras...

—¡Eh! ¡Qué!—dijo el hombre público;—¿qué nos importa eso?

—Si á V. E. no le importa, á mí sí; y me va pareciendo que...

—¡Cómo, cómo!

—Que no es un señoritingo, sino V. E... el que tiene citas en el landó con mi mujer.

—¡Cómo! ¡Insolente!—exclamó el hombre público.

—Lo que yo digo, señor, es que yo no merezco que V. E. me trate con una tal dureza.

—¡Ah! ¿Era eso lo que querías decir?

—Ya lo creo, señor; yo soy muy leal á V. E.; yo no podia figurarme...

—Dejemos esa conversacion.

—Sí: pero resulta que yo le he dado un garrotazo á la señorita Aurora.

—Tú creiste sin duda que habia ladrones en la casa.

—Lo que siento es el garrotazo que á V. E. le he dado en la cochera: ¡ya se ve; está aquello tan oscuro!...

—¿Pero estás loco, Gaspar? Tú no me has dado garrotazo alguno; yo llegué, llamé, no me respondieron; creí que Pedro no habia podido acudir y me entré por la puerta principal, y me encontré con el alboroto.

—Pues entonces, señor, ó la señorita Aurora traia estebelen, y se valia de Emilia, ó Emilia esperaba á V. E. y al otro.

—¡Cómo! ¡qué!—exclamó,—acreciendo en interés y con acento irritado el grande hombre.

—Sí señor, yo he dado á un individuo extraño un garrotazo como para él sólo.

—Pues bien, pon eso en claro con Emilia; pero sin maltratarla: que se acabe esta situacion ambigua: yo te tomo bajo mi proteccion; yo haré tu fortuna.

—Muy bien, señor, muy bien; ya sabe V. E. que yo me contento con la portería mayor de...

—Bien, hombre, bien; pero, sobre todo, es necesario averiguar quién es ese individuo extraño.

—La señorita Aurora debe saberlo.

El lacayote tomaba alas.

Abusaba.

El hombre de estado sufría.

¡El amor!

Debia ser muy hermosa Emilia.

¡Aquella mano!

¡Aquel seno!

Cesó al fin de todo punto el ruido.

Mi cita habia tenido un desenlace inesperado.

Yo habia recibido un garrotazo.

Mi vieja verde habia sido descalabrada.

Se habia descubierto un adulterio.

El adúltero y el marido injuriado habian acabado por entenderse.

La moral andaba por aquella casa en paños menores.

El eminente hombre público se vulgarizaba.

Se ponia á nivel, por más de un concepto, con uno de sus lacayos.

Lo más crudo, lo más fastidioso del lance habia sido para mí.

El frio aumentaba.

La lluvia arreciaba.

El viento crecia.

El tejado se hacia más y más resvaladizo.

Yo me agarraba á los cañones de las chimeneas.

Pero empezaba á sentir las convulsiones del frio.

El espasmo.

El sopor se apoderaba de mí.

Me aventuré á probar.

Me separé un tanto de las chimeneas.

Necesitaba ganar una lucana inmediata.

Adelanté con mucho cuidado, sentado sobre las tejas.

Arrastrándome.

De repente sentí un pavor como no le he sentido nunca.

El pavor de la muerte.

Habia resbalado.

Habia llegado al borde del tejado.

Habia sentido que faltaba bajo mí.

Que estaba lanzado en el espacio.

Hay momentos que son eternidades horribles.

Aquel fué uno de ellos.

Un momento solo.

Me sentí detenido en mi caida.

Me habia recibido algo blando.

Habia causado un fuerte ruido.

Habia impulsado algo que habia caido en otra cosa y la habia hecho resonar de una manera metálica.

Yo no me habia lastimado.

Habia caido sobre mi rollo de esteras viejas.

Habia lanzado, tropezando en él con los piés, un tiesto de flores, que habia ido á chocar con un caldero viejo.

Habia sonado un ruido infernal.

Poco despues sentí una voz conmovida.

Voz de mujer jóven, argentina, deliciosa.

—¡Ah! ¿Eres tú?—dijo:—¡te has caido! ¿Te has hecho daño?

Aquella voz salia de una puertecilla que daba á la pequeña azotea donde yo estaba.

Me arrojé á la joven.

—Entra, Alfredo mio, entra,—añadió la voz,—pero no hagas ruido: hace poco tiempo que papá se ha acostado.

Aún no habia acabado de decir esto la jóven, cuando se oyeron pasos precipitados que se acercaban, y una voz terrible que decia:

—¡Inícua!

La jóven lanzó un chillido semejante al de un raton cogido por un gato.

Yo me replegué al terrado.

Pretendí de nuevo escalar el terrado.

Esto era imposible.

Las tejas se venian sobre mí.

Pasaron algunos instantes.

Yo oia alaridos y golpes.

Se propinaba, sin duda alguna, una repasata á la hija por el padre.

Yo buscaba en vano sitio por donde escapar.

La azoteilla estaba profundamente encajada entre los tejados.

Todo acceso era imposible.

Por el único lado que no habia tejado, se veia la boca tenebrosa de un profundo patio.

La lluvia era ya torrencial.

Tenia la cabeza descubierta, y el agua, penetrando por el cuello, me corria sobre la piel.

Mi magnífico abrigo no me servia más que para abrumarme con su peso.

El viento, que era, glacial, empezaba á helarme.

Me lancé á la puertecilla.

Me entré en un desvan.

Allí por lo ménos, no me caeria el agua encima, ni me batiria el viento.

Habian cesado los golpes.

Pero seguian los sollozos.

Hubo un momento en que creí que el irritado se habia olvidado de mí.

Pero me engañé.

Aquel mónstruo, que sabia demasiado que yo no podia escapar, habia ido á prevenirse.

Sentí pasos en unas escaleras.

Ví luz por las rendijas de una puerta, que se abrió.

Apareció un hombre vestido con una larga levita vieja, y en la cabeza una gorra militar de jefe, de coronel.

Tenia por lo ménos setenta años.

Esto me importaba muy poco.

Lo que me importaba mucho, era que traia en la mano derecha una pistola de arzon, y en la izquierda una de esas lamparillas que se llaman capuchinas.

—¡Ah, miserable!—exclamó al verme:—¡así te has atrevido al coronel Arrumbales!

—Permítame usted, mi coronel,—le respondí;—yo nunca me he atrevido á los individuos de la benemérita clase á que usted pertenece.

—Pero te has atrevido á una individua adjunta á mi por la naturaleza y por la moral: á mi hija.

—Yo no tengo la felicidad de conocer á esa señorita: yo estoy aquí por un accidente.

—¡Ah, ah! ¡Tú pretendes engañarme! ¡Tú has forjado una historia!

—Esa misma señorita afirmará la verdad de lo que digo.

—¡Ah! ¡Sí¡ ¡Tú eres el gato! ¡Habia subido á buscar el gatito! ¡Ella tambien hace novelas! ¡Pues bien; estas novelas se convierten en trajedia! ¡Sígueme ó te mato!

Y me encañonaba aquel maldito pistolon, que parecia un cañón de á treinta y seis.

—Hágame usted el favor de tranquilizarse,—le dije,—que el diablo las carga y puede suceder una desgracia inútil.

—Sígueme, pues; echa delante,—exclamó.

Adelanté.

Apenas habia pasado de él, cuando sentí un puntapié formidable que me hizo vacilar.

Se me saltaron las lágrimas, no sé por qué fenómeno.

Pero aquellas lágrimas eran las de un tigre.

Bueno es que sepan los lectores que no soy cobarde.

Me volví furioso; pero me encontré con la boca del cañón de la pistola en la frente.

Ni que yo hubiera sido el gigante Fierabrás.

—¡Marchen de frente!—exclamó el coronel.

Yo tomé por las estrechas escaleras; llegamos á un corredor.

—Abre esa puerta,—dijo el coronel:—ese es el aposento de tu esposa.

Abrí una puerta que encontré á mi derecha.

—Entra,—me dijo el coronel.

Entré.

Yo creí que el coronel entraría tras mí; pero me engañé; cerró la puerta del cuarto por fuera.

Esto significaba que el coronel era todo un original.

En que se vé que yo no podia dudar de que mi esposa era inocente.

Yo tenia un hombro terriblemente dolorido á consecuencia del brutal garrotazo del lacayo, esposo de Emilia, de la que no conocia yo más que una parte del delicioso bulto, y sentia no ménos dolor en otra parte por el puntapié recibido á causa de otra mujer, á quien no conocia ni poco ni mucho.

Estaba horriblemente mojado.

Temblaba de frio.

Sentí, pues, un grande consuelo físico por la impresion de la alta temperatura de aquel gabinete.

Me habia dado en la nariz un suave perfume.

Lo primero que habia visto habia sido un cándido lecho completamente blanco.

Una mujer estaba replegada sobre una butaca al lado de una chimenea encendida.

Yo no podia juzgar de esta mujer sino á bulto, á causa de su posicion.

Yo no estaba para saludos.

Ni para nada.

Me molestaban los dos dolores de las dos contusiones.

Arrojé el gaban empapado de agua, que no era ya abrigo, sino tormento, y me senté desfallecido en una butaca que habia al otro lado de la chimenea.

Poco á poco fuí volviendo á la reflexion, tranquilizándome.

Lo que primero me pareció bien, fué el aspecto del aposento.

Estaba en una casa perfectamente amueblada.

Con un gusto exquisito.

Con riqueza.

¡Luego eran ricos!

La mujer que estaba delante de mí, vestía una bata del mejor gusto.

Luego era elegante.

En el peinado tenia una pequeña flor de oro y en ella un grueso diamante.

Era posible que el señor coronel Arrumbales, si no era un hombre muy rico, fuera á lo ménos muy bien acomodado.

El me habia dicho:

—Entra en el cuarto de tu esposa.

El me habia casado con ella.

Yo me habia enjugado.

Se me habia calmado en gran manera el dolor de los golpes.

No me sentia del todo mal.

Todo aquello olia bien.

Yo estaba vestido de una manera elegante y distinguida.

Era posible que bodas aquellas cosas que habian tenido lugar en pocas horas, y de una manera tan extraña, las hubiese permitido la providencia para convertirme, dándome una posicion honorable.

Aquel Alfredito á quien habia llamado la niña, me inquietaba.

Me acordaba, por otra parte, de mi hermosa, de mi adorada Micaela, de mi esposa del corazon.

La historia del hombre se hace por sí misma.

Las eventualidades...

Las consecuencias...

Una eventualidad me habia llevado junto á aquella jóven que estaba delante de mí, replegada con la cabeza entre las manos, inmóvil y silenciosa, como si hubiese estado muerta.

¿Cuál era su edad?

¿Cuál su figura?

¿Hasta qué punto eran graves sus amores con Alfredito?

Era necesario averiguar todo esto.

¿Y á qué habia yo de andarme con timideces con mi esposa?

Me acerqué á ella y la así las manos para apartarlas de su cabeza.

Me extremecí.

¡Oh! ¡Qué morvidez, Dios mio!

¡Qué forma de brazos!

Levantó la cabeza.

Apareció en su semblante una expresion de sorpresa, de admiracion.

No he visto nada tan candoroso, tan puro, tan hermoso como aquel hechicero semblante, en que aparecia aún la infancia unida á una poderosa y desarrollada hermosura.

Apenas si aquella criatura tenia quince años.

Era blanca nacarada, rubia dorada; con una boca de lábios purpúreos; con unos ojos celestes, con pupila negra, dulces y al par poderosos, incitantes y puros.

El candor, la virginidad, aparecian en ella de una manera indudable.

Sus amores con Alfredito debian ser una tontería, una niñada.

La inocencia rebosaba de todo el sér de aquella criatura.

Sentí ánsias de amor.

Se me apretó y se me dilató el corazon.

Yo no acertaba á explicarme ni queria explicarme lo que me sucedia.

Yo, dueño de aquel arcángel, por una casualidad rarísima, por una sucesion de aventuras inauditas, no sabia qué pensar de aquella otra aventura presente, más inaudita aún.

Sin duda el coronel Arrumbales, tomándome por el amante de su hija, habia supuesto entre ella y yo una intimidad completa, y se habia tal vez dicho:

—No importa: le retengo prisionero: le considero ya el marido de mi hija; ¿qué más dá?

Hay hombres muy raros.

A mí me han sucedido en este mundo cosas increibles.

La locura coge á una gran parte de la humanidad.

La estupidez á otra parte mayor.

Los hombres de buen sentido son raros, muy raros.

Apenas si se encuentra uno en toda la vida.

¿Quién comprendia, ni quién podia comprender la temeridad de aquel terrible coronelazo, dejando sola con un hombre á su hija, sino por un exceso de positivismo, ó más bien de cinismo?

En cuanto á mí, no me pesaba de la aventura.

Se unia á esto que la sorpresa que yo habia causado en la niña, era grata para ella.

Fijaba en mí, con un placer candoroso y tentador, sus grandes ojos garzos.

—Yo creia que era Alfredito,—me dijo.

—¿Y quién es Alfredito?—dije yo.

—El vecino.

—¿Y quién es el vecino?

—Un muchacho.

—¿Qué edad tiene?

—Doce años.

—¿Y por qué salias tú á recibirle al terrado?

—¡Calla! ¡Y me tutea usted!

—Eres mi esposa.

—¡Ah! ¡Es verdad! Papá dijo: «Entra en el aposento de tu esposa:» por eso yo creí que seria Alfredito, porque es mi novio.

Yo me espeluzné.

A pesar del aspecto de inocencia de la niña, en que yo veia una inmaculada pureza del alma y del cuerpo, aquel Alfredito que se entraba de noche por el terrado en la casa del coronel Arrumbales y en el cuarto de su hija, me irritaba, me mortificaba á pesar de sus doce años.

Hoy los muchachos á los doce años son ya unos pilletes.

Yo no podia tener una conversacion seria con aquella chica.

No me atrevia tampoco á asombrar su alma.

Sentia, por la primera vez de mi vida, un amor puro.

Creia, por la primera vez, en la Providencia.

Supuse que Dios queria que yo no siguiese adelante en mi carrera de perdido.

Yo me reduje á seguir informándome.

Su padre, segun ella me dijo, era un señor muy raro.

Su madre, que era muy jóven, puesto que cuando murió sólo tenia veinte años, habia sucumbido doce años antes.

Yo supuse que la infeliz se habia muerto por no sufrir al coronel Arrumbales.

No me engañé á juzgar por lo que siguió diciéndomemi esposa.

Su padre era rico, muy rico.

No tenia parientes.

Era muy celoso.

No quería que nadie se acercase á su hija, ni hablarse con ella.

No se separaba de ella jamás sino para dormir.

No tenia criados.

Una mujer iba por la mañana.

Hacia el servicio de limpieza únicamente.

Cuando acababa se iba.

Además de esto, siempre que esta mujer entraba en la casa, ó el aguador, ó la lavandera, elcoronel no se separaba de su Eloisita, que así se llamaba la niña.

Luego el coronel se ponia su uniforme de retirado, hacía que Eloisa se vistiese, y se iba á almorzar con ella al café ó á la fonda.

Si hacia buen tiempo, iban á pié; si malo, el coronel se metia con su hija en la primera parada en un coche simon, y no le dejaba en todo el dia.

Llevaba á Eloisita á todas partes.

Se gastaba con ella un dineral.

Tenia los trajes á docenas.

Sus joyas valian una fortuna.

No habia espectáculo á que no la llevase.

Si algun individuo se iba detrás de ellos, el coronel se volvia de una manera brusca, y su mirada terrorífica ahuyentaba al goloso.

No visitaba á nadie.

Nadie lo visitaba á él.

Habia prohibido á su hija que hablase con las vecinas.

Los cristales de los balcones eran opacos.

No se veia á través de ellos.

Sus maderas tenian llave.

Dentro de casa Eloisa era una monja.

En la calle llevaba junto á sí al cancervero.

En cuanto el padre se apercibia de que á causa de Eloisita los seguia un enamorado, despues de ahuyentarle como he dicho, la emprendia con lapobre niña, y el sermon bilioso no cesaba en seis horas.

Por Eloisita habia tenido el coronel Arrumbales más de un lance desagradable.

Pero eran tan feos los bigotes del coronel, habia estropeado de tal manera á aquellos con quienes se habia batido en duelo, que echó fama y nadie se atrevia ni áun á mirar á Eloisita á causa del respeto temeroso que causaba su padre.

Algunos verdaderamente enamorados de ella y de su cuantiosa dote, habian procurado entenderse, lo cual no era muy fácil con el coronel, y le habian pedido la mano de su hija.

—Usted se ha equivocado;—respondia con una agresiva seriedad Arrumbales:—el matrimonio es la esclavitud de la mujer, y yo no quiero que mi hija sea esclava: mi hija no se casará mientras yo viva, y yo pienso vivir más que ella.

Esto era desesperante.

Hubo quien le dijo que esperaria á que Eloisita fuese mayor de edad.

—Cuando sea mayor de edad y pueda disponer de sí misma,—decia el tremendo coronel, mataré al que mi hija haya elegido para hacerse esclava.

Un desventurado se atrevió á decirle en el colmo de su locura, que seduciria á Eloisita, y que le obligaria á dársela por una razon de honor.

Aún no habia acabado de decirlo, cuando le abofeteó.

El abofeteado no tuvo valor bastante para pedir razon de las bofetadas.

Se las tragó.

Era mucho viejo el tal coronel.

Yo, sin haber conocido á su hija ni haber pedido su mano, habia logrado lo que para otros habia sido imposible.

Esto es, que Arrumbales no sólo me concediese su hija, sino que me la entregase.

Pero yo me temia una nueva y terrible excentricidad.

Por ejemplo: que despues de casada conmigo Eloisa, el coronel la dejase viuda.

Todo habia que temerlo de aquel loco.

La mayor estravagancia era la cosa más natural del mundo tratándose de él.

¿Pero por qué considerándome ya como esposo de su hija me habia encerrado con ella?

Esta era una extravagancia.

Yo estaba contento.

No podia darse cosa más hermosa en realidad que mi Eloisa.

Tenia cuantos alicientes pueden conmover por una mujer á un hombre.

¿Pero era verdaderamente inocente?

¿Aunque fuera inocente, era pura?

Yo me propuse probarlo, y lo probé.

No me quedó duda alguna.

Eloisa era pura como un rayo del sol.

Inocente como una niña recien nacida.

Divina como Venus.

Yo estaba loco.

Habia conocido á Alfredito, que era su vecino, y se ocupaba en buscar nidos de gorriones en el tejado.

Tal fué la causa de que se conociesen un dia en que Eloisa estaba tomando el sol en el terrado, y Alfredito, buscando nidos, la vió.

Así empezaron aquellos amores de niños.

Tanto era así, que cuando Eloisa conoció el amor verdad, no tuvo alma más que para mí.

Y corria el tiempo.

No se oia en la casa el más leve ruido.

El coronel Arrumbales no estaba en ella.

Si hubiera estado, hubiera acudido.

¿Adónde habia ido el coronel?

Me importaba poco.

Yo era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Yo bendecia la hora en que habia conocido á mi vieja verde.

Porque el orígen de mi felicidad era doña Emerenciana.

De cómo pude asistir á mi segunda cita.

¿Qué sucedia en tanto en la casa del hombre político don F...?

Ya sabemos que se habia convenido con su lacayo respecto á Emilia.

Este habia sido un arreglo como tantos otros de los que vé todo el mundo en la casa de su vecino.

Pero quedaba el garrotazo de Aurora.

Don F... se fué á ver á su cuñada.

Tenia ésta entrapajada la cabeza, y no se podian sufrir sus gipidos ni sus impertinencias.

Estaba en estado de delirio.

No por el arrotazo, que no habia sido gran cosa, á causa de lo duro que tenia el testuz, sino á causa de su amor.

Habia contraido por mí una pasion trágica, súbita, trascendental, terrible, de primer órden.

Apostrofaba á su cuñado.

Decia que él habia preparado todo lo que habia sucedido.

Que habia armado una trampa infernal para coger al único hombre que habia conmovido su corazon, hasta entonces sin amor.

Juraba y perjuraba que sino se la probaba que á mí no me habia sucedido mal alguno, daria un escándalo que llegaria á las nubes, y haria que las gentes se tapasen los oidos, al ver el estado de sensibilidad en que ella se encontraba.

Amenazaba con que ella probaria que su cuñado habia sido un buitre voraz sobre la cosa pública.

Fué necesario buscar noticias acerca de mí para calmarla.

Gaspar tuvo una inspiracion.

En la cochera se habia encontrado un sombrero flamante.

La etiqueta era de Beiras, calle del Desengaño.

La compra debia haber sido reciente.

El furor amoroso de Aurora no conocia límites.

Aurora conocia más de un secreto trascendental de su cuñado.

Secretos de familia.

Secretos de Estado.

Secretos de toda especie.

Estaba desesperada, y furiosa, y anhelante.

Era la una y media de la madrugada.

¿Pero qué importaba?

Gaspar se fué con el sombrero casa de Beiras.

Apeló al sereno para que le abriesen la puerta.

Abrieron, preguntó, mintió.

Manifestó que se trataba de un asunto de la mayor importancia.

Examinaron el sombrero y declararon que el dia anterior habia sido vendido á un joven que habia ido con una señora ya de cierta edad; pero muy bien conservada.

Por las señas que habian quedado para que se remitiesen otros sombreros de distintas formas, se supo que aquella señora era doña Emerenciana, y yo, por consecuencia, el dueño del sombrero.

Entre tanto, otros criados habian reconocido la casa para descubrir por donde yo habia podido escapar.

Al fin se dió con la bohardilla que salia al tejado, y en éste con las tejas arrolladas.

No se tuvo duda de que yo estaba en la casa del coronel Arrumbales.

O á lo ménos de que yo habia escapado por ella.

No se atrevieron á penetrar en la casa por el terrado.

Esto hubiera sido exponerse á ser tratados como ladrones.

Pero llamaron á la puerta de la calle.

Aurora estaba terrible.

Habia necesidad de satisfacerla.

Nadie contestó al llamamiento.

Al fin, para no ser molestados por más tiempo por aquellos desaforados llamamientos, un vecino del cuarto bajo abrió una reja.

El vecino, que era amable, les dijo que el vecino del tercer piso al cual llamaban, tenia el sueño muy pesado, ó se hacia el sordo, y se prestó á ir él mismo á llamar á la puerta de su cuarto.

Yo obtenia más y más pruebas de la inocencia de mi mujer, cuando nos sorprendieron grandes campanillazos á la puerta del cuarto.

Se sucedian sin interrupcion.

Eloisa y yo nos perdiamos en suposiciones.

No podia ser el papá.

Pero si no estaba en casa el papá, no podiamos responder: estábamos encerrados.

Los campanillazos se repetian.

Se sentian gentes en la calle.

Tampoco podiamos decir nada por el balcon.

Ya he dicho que las maderas de los cristales tenian cerraduras.

¿Qué hacia entonces el coronel Arrumbales?

Estaba encerrado como un hombre en la prevencion del distrito.

¿Y por qué?

En el momento en que considerándome esposo de su hija me encerró con ella, se enganchó en la cintura un par de pistolas, se puso la capa y el sombrero y se fué á la parroquia.

Para él era cosa indispensable, imprescindible, que, sin reparar en formalidades y comoin articulo mortis, se me casase con su hija en el momento.

Su honor no podia estar en suspenso ni un solo minuto más de lo necesario desde el momento en que él habia conocido, ó creido conocer aportillado su honor.

Despues todo era cuestion de matarme.

Llamó de tal manera á la casa del cura, dijo que para un asunto de tal urgencia necesitaba hablar al párroco, que al fin uno de los tenientes le recibió.

Se asombró cuando le dijo su pretension.

Respondió que era imposible.

Pretendió persuadirle á que esperase que se llenasen las formalidades.

El coronel se irritó, amenazó, se asustó el teniente.

Acudió el sacristan.

No siendo esto suficiente, sobrevinieron los sepultureros.

Se armó una zalagarda del diablo.

Acudió un inspector con algunos agentes, y el coronel fué cogido, desarmado y conducido, á pesar de sus reclamaciones de fuero militar, á la prevencion del distrito.

Nada de esto hubiera sucedido si yo no hubiera conocido á doña Emerenciana.

Fatalidades.

O mejor dicho, consecuencias de consecuencias.

Como el coronel no contestaba, porque no podia contestar, y nosotros no acudiamos, porque no podiamos acudir, ni nos atreviamos á responder á voces desde nuestro cuarto, los que llamaban temieron hubiese sucedido una desgracia.

El sereno llamó á los agentes.

Los agentes al inspector.

El inspector avisó al juez de guardia.

Sobrevino el juzgado.

Se forzó la puerta, se registró.

Llamaron á nuestro cuarto.

Manifestamos que no podiamos abrir porque estábamos encerrados.

El mismo cerrajero que habia abierto la puerta del cuarto, abrió la del aposento de Eloisita.

Me encontraron allí.

Se nos tomó declaracion.

Yo dije que amaba á Eloisa, que estaba resuelto á casarme con ella, que habia encontrado medio para introducirme en su aposento.

Que su padre nos habia sorprendido.

Que nos habia encerrado.

No habia más que decir.

El juez me mandó que le siguiese.

Entonces saltó don F... y dijo quién era, lo cual puso en respeto al juez.

Se convino en que se echaria tierra al negocio.

El juez se fué.

Se fueron todos.

Nos quedamos solos don F..., Eloisita y yo.

—Es necesario,—dijo don F...,—que los dos se vengan ustedes á mi casa; no sabemos las intenciones que puede tener el papá: yo tomo á ustedes bajo mi proteccion.

Eloisita tenia un miedo que no le cabia en el cuerpo.

Estaba además loca de amor.

Se me dió un sombrero del hombre público, que me venia que ni pintado.

Salimos.

Cuando yo me ví en la calle, tuve una feliz ocurrencia.

La de emanciparme.

Yo no sabia por donde podia salir todo aquello.

Lo mejor era poner piés en polvorosa y tomar distancia.

La sombra del coronel Arrumbales me perseguia, me acosaba.

Me dí, pues, á correr como un gamo.

El hombre público quiso seguirme; pero yo volaba.

El sereno habia querido detenerme.

Pero yo habia saltado por encima de él.

Una vez perdido de vista, templé mi carrera, que era demasiado violenta.

Me encontré en la de San Gerónimo, frente á la calle de Sevilla, antes Ancha de Peligros.

Tenia hambre: las aventuras de aquella noche no habian sido para menos.

Me entré en un establecimiento que ya no existe, porque se lo ha llevado el ensanche de la calle, en que se servia muy bien y que era muy concurrido.

La Cervecería alemana.

Allí me encontré con un señorito que habia bebido demasiado, y que se metió conmigo.

Yo no estaba de humor.

Me puse enfranquia.

Me fuí al Brillante, buen café, que se cerraba muy tarde.

Le encontré cerrado.

Debian ser más de las tres.

Miré el reló.

En efecto, eran las tres y media.

En fin, encontré abierta la chocolatería de doña Mariquita.

Pero mi estómago no estaba entonces para chocolate.

Necesitaba algo más sólido.

Me acogió al café de las Antillas.

Cené bien; luego recordé mi cita con la ex-ministra morena, con Loreto: otra vieja verde.

Mi cita al amanecer en la entrada de la calle de Jesús y María en un landó.

Ya era cerca del amanecer.

Me fuí hácia la plazuela del Progreso.

Cuando iba por la calle de Relatores, pasó junto á mí un hombre alto.

—¡Juro á Dios,—decia,—que á ese miserable le he de hacer pedazos ¡Yo reconocí la voz de Arrumbales!


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