Me guardé muy bien de llamarle la atencion.
Arrumbales se perdió á lo lejos.
Empezaba á amanecer.
Yo habia templado mi paso desde que habia conocido á Arrumbales.
Temia que se volviese por acaso sobre su camino y se encontrase conmigo y me reconociese.
Llegué sin novedad á la entrada de la calle de Jesús y María.
Allí estaba el landó.
Yo me precipité hácia él.
Me perseguia la sombra de Arrumbales.
Temia verle aparecer otra vez.
Le habían soltado con fianza, según supe despues, de la prevencion.
En que empiezo á tener una posicion hasta cierto punto independiente.
En el momento en que me acerqué al landó el lacayo bajó del pescante, y sombrero en mano abrió la portezuela.
Entré.
Me dio al momento en la nariz un olor de mil perfumes.
Sentí un calor delicioso.
Se cerró la portezuela.
El carruaje partió y continuó despacio.
—¡Ay, amor mio!—exclamó una temblorosa voz de mujer.—¡Ay, niño de mi vida, que al fin te puedo hablar! ¡Cuánto he sufrido! ¡Cuánto he amado! ¡Estoy aquí desde antes del amanecer!
Afortunadamente yo tengo enfermos en el hospital general.
Voy á cuidar de ellos.
¡Cuánto he sufrido!
¡Cuánto he ansiado!
Nada tiene que decirmi señor.
Su esclavaestá cuidando enfermos.
¿Y qué más enferma que yo?
Agonizo.
Te adoro.
Tu eres muy guapo.
Muy jóven, y muy elegante, y muy diablejo.
Te se conoce.
¡Cómo me has quemado la sangre anoche!
¡Estabas entre aquellas dos mómias!
¡Oh, y qué mujeres tan horribles!
¿Por qué te sonreías con aquellas brujas?
Y Loreto lo decia todo esto con una gran volubilidad.
Con una gran vehemencia.
Aquella mujer me enconfilaba.
Yo sabia de antiguo lo que muchos prójimos ignoran.
Singularmente los que son feos, sin gracia y pobres.
Esto es; que cuando una mujer toma la iniciativa, y esta mujer es una vieja verde, es mucho más vehemente, mucho más atrevida, mucho más inconsiderada que el hombre más libertino.
Aquella mujer no me dejaba hablar.
Me devoraba.
Y era muy bella, bellísima.
Un poco madura.
Pero esto aumentaba sus atractivos.
Era además una beldad á la moda.
Todo el mundo la conocia.
Todo el mundo la codiciaba.
Yo habia ido á su cita, dada la situacion en que me encontraba; más que por otra cosa, por tener una proteccion.
Cuando llegó un momento de calma (era ya de dia muy claro), la hice una confesion general.
—¡Ah! Pues te ayudaré,—me dijo ardorosamente;—estás metido en un atolladero, en una mar delios: yo conozco á Arrumbales; le conozco mucho: es una tempestad; pero no hay tempestad temible si se tiene para-rayos: yo soy una persona respetable para don Silvestre: es amigo de mi marido.
Alguna vez nos ve; siempre con su niña.
No la deja sola por nada del mundo.
Pero frecuentemente me la deja en casa convidada.
Tiene una gran confianza en mí.
En mi reconocida virtud.
Yo me encargo de tu negocio.
Yo no tengo inconveniente en que te cases con Eloisita.
Por el contrario, me alegraria mucho de ello.
De todos modos, tú habias de tener otras sin que yo lo supiese.
¿Qué más da que yo sepa que tienes una?
Yo no soy estúpida.
A un chico tan guapo, tan interesante como tú se le brindan las mujeres, y es una necedad suponer en tí una virtud ridícula.
Las virtudes ridículas, más que virtudes, son un gran defecto.
¡Santa libertad, hijo mio!
Dios nos ha dado la libertad para ejercitarla.
Si no la ejercitamos, ¿de qué nos sirve la libertad?
De tormento.
Debemos evitarnos cuantos tormentos podamos por una razon de conservacion.
Esta moral era tan buena como otra cualquiera.
Loreto estuvo conmigo ejercitando libremente su voluntad hasta las diez de la mañana.
En aquel momento se encontraba el carruaje frente al lugar donde estuvo la puerta de Atocha.
Allí se detuvo.
Loreto miró á través de una cortinilla.
¡Ah! ¡El Hospital general!—dijo:—voy á ver mis enfermos.
Hoy es dia delavado de piésycortadura de uñas.
Vamos á separarnos.
Pero esta noche nos veremos.
Toma esta tarjeta.
Ahí están las señas.
Yo te llevaré noticias de tu negocio.
Toma tambien.
Es necesario que seasun hombre independiente.
Y me dió un papel arrugado.
Hecho un gurruño.
—Ahora, vete,—me dijo,—y hasta la noche á las ocho.
Me despidió cariñosamente, y yo bajé del landó.
El lacayo me saludó como si hubiera sido su amo.
Adelanté hácia el Jardín Botánico.
Cuando hube perdido de vista el landó, me detuve y miré el papel arrugado que me habia dado Loreto.
Dentro venia una sortija con un grueso diamante, que valia por lo ménos diez mil reales.
El papel era un billete de banco de mil pesetas.
¿De dónde salian estas misas?
Se trataba de una ex-ministra.
Milagros de la política y milagros delejercicio de la voluntadde una jamona... verde.
Porque digámoslo de una vez: aquella renombrada beldad; aquella diosa codiciada por todos; aquel prodigio bien conservado, era un principio de viaje.
Olia un poco á manido.
No todo puede componerse.
Hay cosas que no se contrahacen.
Cosas que son adherentes á la vejez.
Cosas repugnantes.
Por allí, por donde han pasado los años, queda siempre una profunda huella.
Estas mujeres, que se defienden de los amores de éste, del otro y del de más allá, cuando se enamoran, pagan á peso de oro el amor, como para sustituir alicientes que ya no tienen.
Yo me encontraba con un punto más de apoyo, y sea dicho en verdad, Loreto era aún muy agradable.
Yo no llevaba más dinero suelto que un doblón de cien reales.
Pero el billete, y la sortija, y el reló, y la botonadura eran una buena prevencion para lo que pudiese sobrevenir.
Me fuí á un cambiador, y reduje á oro el billete, llenando el portamonedas, que no era muy grande, de dorados doblones.
En aquellos momentos era yo un gran señor.
Esperaba ser mucho más gran señor dentro de poco.
Sobre todo, no se me olvidaba mi esposa.
Mi Eloisita.
Rabiaba por verla.
Pero era necesario dejar hacer á Loreto.
Ser prudente.
Necesitaba además descansar.
Me fuí al hotel de París.
Pedí un cuarto.
Mandé que me llamasen á la una; y que me tuviesen preparado un carruaje de lujo.
Entonces me eché en la cama vestido, para dormir dos horas.
Mi abordamiento á mi tercera cita.
Pero no pude dormir.
Estaba terriblemente nervioso.
Con uno de esos cansancios que no dejan descansar.
Sentia además una debilidad extrema.
Me levanté, llamé.
Pedí un ponche de té, bien cargado, y fiambres.
Mientras me lo servian, oí que en el cuarto inmediato disputaban dos que parecian, por su acento y su manera, personas notables.
El uno de ellos estaba irritado.
—Esto es monstruoso,—decia:—aquí, en este miserable artículo, se falta á todo cuanto puedefaltarse; se apuntan secretos graves; se prepara una campaña encarnizada; se comprometen grandes intereses del partido: don F... se impacienta, nos abandona.
El nombre de don F... me llamó la atencion.
¿Era tal vez mi artículo el que producia la cólera del que hablaba, que debia ser un hombre político?
Seguí escuchando.
A poco no pude tener duda: era mi artículo el que causaba toda aquella polvareda.
Esto me alentó.
Mi porvenir se hacia más y más halagüeño.
Yo era un hombre á propósito.
La política, que tiene todas las asquerosidades y todas las mañas de las viejas verdes, me abria los brazos, con mucho más entusiasmo y mucho más arranque que la hermosa Loreto.
Yo veia ya la diputacion á Cortes.
Un escándalo parlamentario.
Por consecuencia, una cartera.
¡Poder de Dios!
Yo empezaba un camino muy trillado.
Pero con mucha más fuerza que otros.
¡El mando, los honores, los títulos, los millones!
¡Ser un hombre importante!
Y todo empezando por una vieja verde.
Me animé.
Se me quitó el cansancio.
Me sentí con fuerzas para resistir á todas las viejas verdes del mundo.
Me estiré.
Me desentumecí.
Pedí dos ó tres platos crasos, y me los embaulé.
Pero cuidé de beber poco.
A la una y media ya estaba listo.
Compuse los ajamientos de mi traje.
El carruaje, que era un hermoso coche, me esperaba ya.
—Al Buen Suceso,—dije al entrar en él.
Diez minutos despues, y cuando empezaban á entrar las elegantes damas de la última misa, estaba yo á la puerta de la iglesia.
A poco paró un carruaje, y llamando la atencion por su extraordinario lujo, entró en el templo una dama larga y avellanada.
Era Guadalupe, la señora del excelentísimo señor don F...
En que continúa el maravilloso relato de mis aventuras.
Ella me vió, y no se contuvo.
Me miró airada.
Como si yo la hubiese hecho una injuria.
Una gravísima injuria, de la que hubiera tenido necesidad de tomar venganza.
La ardian los ojos.
Estaba pálida como una muerta.
Su boca tenia una contraccion siniestra.
Parecia que tenia ánsia de devorar.
Temblaba toda.
Estaba horrible de fea.
Antipática hasta lo repugnante.
A pesar de todo esto se reprimió.
Sin embargo, apagó su ira en una sonrisa, y me dijo:
—¿Es de usted aquel carruaje?
—Sí señora, la respondí.
Llamó ella á su lacayo.
—Que se vuelva el carruaje,—le dijo:—que me espere á las cinco casa de doña Eleuteria.
El lacayo se fué.
El carruaje de don F... se marchó.
Su señora se fué derecha á mi coche, y se metió en él.
Como si hubiera sido suyo.
Descaradamente.
Con la frente alta.
Como si no hubiera cometido una accion indigna.
Como si no se hubiera colocado en una cínica situacion de adulterio.
¿Pero qué es el adulterio para este género de mujeres, sobre mal educadas, embrutecidas, pervertidas, caidas en todas las abyecciones, en todas las infamias?
Está visto, que no puedo curarme de la manía de moralizar.
Habia además en la situacion en que se colocaba Guadalupe algo de sacrilegio.
Se tomaba á la religion por medio y por pretexto.
Su marido debia creerla en misa.
Ella aprovechaba los minutos.
Oir la misa hubiera sido perder tiempo.
Yo la seguí.
—Por la Ronda,—dijo Guadalupe, ni más ni ménos que si el carruaje hubiese sido suyo.
Despues me dijo:
—Eche usted las cortinillas.
Yo lo hice.
—Necesito explicaciones, y explicaciones ámplias,—me dijo:—de otro modo, yo veré lo que tengo que hacer para vengarme.
—Yo no sé de qué explicaciones se trata, señora mia,—la dije.
—¡Mi hermana!...
—¡Ah! ¡Su hermana de usted!...
—Sí, mi hermana: usted tenia anoche con ella una cita.
—Permítame usted,—respondí:—yo no tengo acerca de eso conocimiento alguno.
—Voy á dar á usted una prueba.
—¿Cuál?
—El sombrero que tiene usted puesto, tiene todo el aire de la cabeza de mi marido: yo le conozco muy bien: los sombreros de mi marido toman una forma especial con sólo una vez que se los ponga. El tener usted puesto un sombrero de mi marido, consiste en que anoche perdió usted el suyo en las cocheras de casa, habiendo entrado en ellas para tener una entrevista con Aurora.
Ese sombrero es la prueba.
Por el sombrero de usted, se ha sabido quien usted era.
Se le ha seguido á usted la pista, y se le ha encontrado en la casa del coronel Arrumbales, encerrado, y en situacion ambígua con esa descaminada chicuela, que se ha atrevido á decirme que aunque no le conocia á usted sino desde hacia dos horas, ya le amaba á usted más que á su vida.
—¿Eso ha dicho Eloisa?
—Sí, señor, eso ha dicho esa desvergonzada.
En fin, usted confesa.
Esto es ya una ventaja.
Conste que usted es un miserable.
Que usted ha convenido en una cita con mi hermana, estando citado conmigo.
Que por las consecuencias de su primer desaguisado, cuando acudia usted á la cita con mi hermana, ha ido usted á parar al cuarto de esa polluela insípida y la ha seducido usted de tal modo, que dice que le quiere á usted más que á sus entrañas.
Todo esto es horrible, inícuo.
Atentatorio al amor que en mal hora por usted he concebido.
Ofensivo á mi dignidad, á mi... á todo cuanto hay en mí de delicado, de irascible, de explosivo.
Estoy resuelta á castigar la audacia de usted.
A probarle que no se juega con el corazon de Guadalupe de Aguas-vivas.
Que mi amor es terrible.
Que el que le irrita y le desprecia es un insensato.
Y puesto que yo, tan solicitada, tan buscada, tan admirada por mis sobresalientes prendas, he venido á ser injuriada por un perdido, por un pillete, por un tunante, por un ménos que cualquier cosa, recogido por el vicio, por la torpeza de doña Emerenciana, declaro á usted que esto es más de lo que puede sufrirse, y que no lo sufriré.
Me valdré de mis medios.
Se pondrá á usted donde usted merece estar.
En presidio.
Sí, sí señor, en presidio.
Aquella mujer era una furia.
Habia tenido la fortuna de enamorarla de una manera monstruosa.
Me miraba, que me comia, con sus pequeños ojos hundidos.
Me enseñaba más de lo que habia creido.
Yo soy muy limpio.
A mí no me ha criado Dios para sufrir viejas verdes.
A Guadalupe, la dignísima esposa de su excelencia, lasundelabaun poco el aliento.
Me hablaba con tanta vehemencia, que se metia mis narices en la boca.
Yo me veia obligado á prestarla atencion.
—¡Pero señora!—exclamé yo:—¡usted se olvida de que soy un chico bien educado!
—¡Ah! ¡La educacion! ¡Y puedes tú tener educacion!
—¡Ah! ¡Ya! ¡Usted cree que un hombre pobre no puede llamarse bien educado!
—No, señor: un miserable que, como tú, necesita de una horrible vieja para que le mantenga, no puede llamarse bien educado.
—Pues bien, señora; yo no diré que soy bien educado, pero diré, y digo, que soy muy atento.
—¡Es verdad! Muy atento á las picardías: hijo, tú has dicho: de lo de Dios, cuanto más mejor.
—¿Y qué es eso que usted llama lo de Dios, señora?
—El dinero.
—Verdaderamente,—dije:—el dinero es lo mejor que Dios ha hecho: ¡oh! ¡Dinero, dinero, dinero! ¡El dinero es Dios!
—Pues; y tú te has dicho: he vuelto loca á una vieja; me produce tanto; volvamos loca á otra vieja y tendremos otro tanto más: ¡ah, qué bien merecido ha estado el garrotazo que se ha mamado mi hermana! ¡La lástima es que á tí no te han despampanado!
—¡Ah, señora, que tengo este hombro casi deshecho! ¡otro feroz garrotazo!
—¿Sí? ¿Es verdad? ¡Pues me alegro!
—¡Ingrata!
Pronuncié yo la anterior palabra de una manera tiernísima.
Adurmiendo los ojos.
Soltando de ellos un fluido ponzoñoso, embriagante, alterante.
Con la boca entreabierta.
Asomando á ella la punta de la lengua.
A la alta escuela, en fin.
De una manera perfecta.
Con una práctica firme.
Capaz de hacer caer no digo á una vieja verde sino á la mujer más jóven, más fresca, más rozagante y más pretendida del mundo.
Guadalupe se emocionó de una manera formidable.
—¿Qué dices?—exclamó.
—¡Cruel!
—¡Cállate, hombre, cállate! ¡No me mires de ese modo! ¡Acabarás por hacerme creer que eres un ángel!
—¿Pues quién lo duda, señora, quién lo duda? Yo soy el mejor hombre del mundo.
—Sí, que lo diga mi hermana.
—Repito que mi educacion...
—¡Y vuelta con la educacion! ¿Qué tiene que ver la educacion con todo esto?
—¡Ah, señora! Yo no podia dejar de aceptar una cita dada por una respetabilísima persona.
—Mi hermana no es respetable: si mi hermana no se ha casado, ha sido por falta de respetabilidad: ¡si desde que tenia diez años se ha estado metiendo por los ojos de los hombres! ¡Si en mirándola cualquierquidammedio sí medio no, se accidenta! ¡Si ha rodado hasta por debajo de las mesas de los cafés! Fortuna que el otro, el mio, se industrió y se hizo diputado, y senador, y gran cruz, y académico de ciencias morales y políticas, y qué sé yo qué más, y jefe de partido, y ministro, y no ha querido que ande de ceca en meca, deshonrándonos; porque cuando la revolucion, no habia en el café Imperial, ni en el de Madrid, ni luego más tarde en las buñolerías, nada más que ella.
—Y eso, ¿qué tiene?
—Es verdad que á mí me han visto también entre dos capitanes de la vanguardia republicana en el café de laNacion Española; pero yo iba allí para servir á mi marido, para observar de cerca cómo se juzgaba la política de actualidad entre el pueblo: nosotros estábamos haciéndonos en aquel tiempo nuestro camino: la mujer debe ayudar al marido, y era necesario trabajar.
Yo extrañé esta confesion.
Me pareció un exabrupto.
Era aquello inverosímil.
Ninguna mujer confiesa ciertas cosas.
Tanto ménos cuanto está en más alta posicion.
Yo no sabia á qué atribuir aquella enormidad.
¡La esposa de un jefe de partido!
Una ex-ministra.
¡Una gran dama!
¡Y dando en una tal confesion cicatera!
Esto era incomprensible.
Fenomenal.
Piramidal.
Parecia que Guadalupe se ponia la venda antes de que la diesen el palo.
Se esclarecieron mis recuerdos.
Entonces reconocí en Guadalupe á una antigua buscona de café.
Esto era, como se dice, á laraíz de la revolucion.
Don F... peroraba en el club de la calle de la Yedra con una elocuencia de cañon de veinticinco centímetros.
Su gran mérito era la potencia de su voz.
Y como halagaba las pasiones del público que le escuchaba, y como usaba de todas las monsergas de que se valen los políticos para engañar álos tontos y para escitar á los pícaros, sus éxitos eran formidables.
Se le llamaba el tribuno.
Se decia que con solo aquel hombre bastaba para salvar la pátria.
Para garantizar la libertad.
Para hacer verdaderamente soberano al pueblo.
Para que la division de la propiedad, fuese una verdad, un hecho.
En fin, para que todos los desheredados, todos lospadecidos, todos los patriotas debuena féfueran felices.
¡No más cadenas!
¡No más ignominias!
Con don F... se arreglaba todo.
El mundo iba á ser redimido.
Los entusiasmaba de tal manera, que á veces lo cogian y le llevaban en brazos á su casa, con hachones de viento encendidos.
Luego don F... salia al balcon y peroraba.
Acrecia y acrecia el entusiasmo.
Habia tempestades de vivas y de aplausos.
Le daban una serenata de guitarrones, guitarras y bandurrias.
Le tocaban la marsellesa, el himno de Espartero, el de Riego, el de Garibaldi.
El les enviaba salchichón por largo.
Pellejos de vino.
Del cuero salian las correas.
Le habian hecho concejal.
Pero esto no bastaba.
El necesitaba ser diputado.
Fué diputado.
Tampoco esto era bastante.
Necesitaba ser ministro.
Fué ministro.
Despues cambió treinta veces la casaca.
Y con este teje maneje, y con estos trasiegos llegó á ser millonario.
Los que, engañados y creyendo que con él harian negocio, le habian subido á los cuernos de la luna, se quedaron como se estaban.
Doblegados por el trabajo.
Sacrificados por su fortuna.
Don F... era en fin, como todos los hombres políticos importantes.
Un cómico.
Yo no le conocia.
No habia caido nunca por mi lado.
Pero me habian hablado de él á propósito de su mujer, á la que tampoco habia tratado.
Para busconeo me bastaba yo, que entonces era unplumin, pero que se sabia buscar la vida.
Pasó aquello, vino lo otro y perdí de vista á la Guadalupe.
Yo me habia olvidado de ella.
Pero por las precauciones que acababa de tomar por si yo acababa al fin por reconocerla, se comprendia que ella no me habia olvidado á mí.
Tal vez estaba enamorada de mí desde hacia algunos años.
Las viejas verdes se desviven por los pollos.
Cuanto más tiernos, mejor.
Ellas los educan.
Así es que los niños dehoy en dia, salen muy finos.
Tienen todo lo característico de sus maestras de filosofía práctica.
Son unos prodigios.
Ellos se han hecho los apóstoles de la escuela positivista.
Tienen, como las viejas verdes, atrofiado el corazon.
Yo soy un fenómeno.
Yo conservo todas las aspiraciones dulces y candentes del corazon, sin embargo de lo cual me voy á lo tangible, á lo necesario, á lo práctico, por todos los medios posibles, sin retroceder ante ninguno.
Pero cuando pasan rábanos, los compro.
¡Y cuando esos rábanos se llaman Micaela, Eloisa y áun Loreto!...
En todos los tiempos ha sido necesario, y áun indispensable, irse con la corriente.
Nadar contra ella es perecer.
Predicar lo que nadie entiende ni quiere entender, es dar voces en desierto.
Pero cuando en el fatigoso camino de la actividad industrial de nuestro tiempo se encuentra un pequeño oasis, fresco y sombroso en el que brota una fuente cristálica, se reposa un momento, se bebe hasta saciarse del agua límpida de la fuente encontrada por casualidad y se pasa suspirando: es necesario seguir el camino sobre el fango.
Es necesario vivir.
Y para vivir, ser.
La política.
El imperio.
La arbitrariedad legalizada.
La explotacion de los embrollos.
Y el combate de lobo á lobo.
El excelentísimo señor don F..., su mujer y su cuñada habian sido los tres vicios más escandalosos que han rodado por los cafés, por las timbas, por lascuquerias, por los bodegones y por los bailes públicos.
¿Qué quereis?
Estamos en los tiempos de las grandes trasformaciones.
Las viejas se falsifican.
De la misma manera los bohemios, los desvergonzados, los escandalosos, los cínicos, se adoban, se trasforman, se pintan, se esmaltan hasta el punto de que los desconozcan los que tanto los conocieron, y falsifican la verdad representando un aplomo y una gravedad que los hace pasar por hombres sérios, importantes, como don F...
Si los que los conocieron los desconocen, ellos, al trasformarse, desconocen á todos los que los han conocido.
Corte de cuentas.
Se han trasegado un millon de veces.
Yo me admiraba de no haber conocido á su mujer ni á su cuñada.
Y era que se habian disfrazado con una posicion ilógica, absurda, inverosímil.
Pero estas son las gentes que valen.
Las gentes que sirven.
Los temibles.
Los hombres y las mujeres de mundo.
Los revolucionarios.
Los representantes de todas las conquistas del progreso humano.
¿Pero quién me mete á mí á moralista?
La moralidad es una cosa ridícula.
Y yo nunca he sido moral.
Ni áun mora ni moro.
Y aún no estoy muy seguro de si soy cristiano.
Pero hago lo que otros muchos perdidos.
Moralizar, moralizar y más moralizar.
Porque sin la moralidad...
¡Y hay quien todavía cree en palabras!
En fin, y volviendo á Guadalupe; una vez dados á conocer, nos entendimos perfectamente.
Ella hizo como que olvidaba sus celos, y yo como si no hubiese sentido su resuello.
Los buenos amigos acaban por entenderse.
En fin, nos duró la misa del Buen Suceso hasta las seis de la tarde, es decir, despues de bien oscurecido.
Ella se fué á la casa de la amiga donde la esperaba su carruaje.
Yo me volví al hotel de París, donde en mi propio cuarto me sirvieron una excelente comida de la cual tenia buena necesidad.
Examiné mis valores.
Yo estaba ya riquillo.
Las dos viejas verdes me habian puesto en zancos, sin contar con doña Emerenciana, que era la base.
Loreto habia contribuido.
Despues de bien comido y de bien bebido, y siendo ya cerca de las ocho, miré la tarjeta que me habia dado la ex-ministra Loreto.
Confieso que me interesaba.
Era expléndida.
Me habia llenado la bolsa.
Habia que esperar que ella fuese para mí un riquísimo filon.
¿Para qué habia explotado su marido la política?
¿Para qué habia ella vendido empleos y hecho negocios?
Sentia impaciencia por volverla á ver.
La tarjeta decia:
Mademoiselle Armandine: fleuriste.San Roque, 90.
Las floristas y las modistas de cierto género, son la cosa más útil y más socorrida del mundo.
El coche estaba á la puerta del hotel.
Yo me trataba á lo príncipe.
Me hice llevar á casa de la señorita Armandina.
Una alianza utilitaria.
Encontré hecha una divinidad á mi jamona, á mi Loreto, á la que no me atrevo á llamar vieja verde.
Nos consagramos el uno al otro por espacio de una hora.
Teniamos una gran necesidad de hablar de nuestros asuntos particulares.
—Chiquito,—me dijo,—eres un grande hombre: me uno á tí; juntos nos vamos á tragar la Biblia.
Dicen vulgarmente que no hay hombre sin hombre.
Esto es una tontería.
Lo que es una verdad innegable es que no hay hombre sin mujer.
Las mujeres gobernamos al mundo.
¿Hay acaso quien se consagre con más asiduidad, con más inteligencia, con más astucia y con más audacia á los negocios que la mujer?
En nosotras existe por excelencia el sentido práctico.
Abusamos de los vicios y de las debilidades de los hombres, y los dominamos.
Una mujer política vale por un ejército.
La mujer política cuando no es altamente diplomática, es doctora engramática parda.
Para tí ha sido una fortuna tropezar conmigo.
Loreto se me iba haciendo de momento en momento más preciosa.
Me iba pareciendo verdaderamente más jóven.
—Ya verás, ya verás lo que vale una mujer como yo en esta tierra clásica de lafilfa; tú serás todo lo que quieras ser.
Te advierto que yo no soy celosa.
Para que un hombre aborrezca á una mujer, basta con que ella le haga sufrir celos.
Yo sé lo que sois los hombres.
Sé también lo que somos las mujeres.
Mucho cálculo y mucho positivismo, hijo; lo demás espringue.
Me chocó esta última palabra de mi hermosa.
Ví que en cuanto á positivismo habia llegado hasta el revés de la sarten.
—Yo estoy,—continuó,—por la libertad absoluta; porque cada cual haga aquello que quiera; por consecuencia, quedan suprimidos los celos entre nosotros.
—Convenido,—dije:—todo es cuestion de estómago.
—Bien dicho: tú prosperarás: yo te daré lo que pueda, y yo no quiero que me dés más que tu aprecio: ¿conoces tú todo el valor de esta palabra:espera?
—¡Pues ya lo creo!
—Yo haré todo lo que pueda por complacerte, y de tal manera, que de puro complacido, viendo en mí todos los dias algo nuevo y bueno, no te fastidies y conozcas que en ninguna parte estás mejor que á mi lado: amor, y siempre amor, y no más que amor empalaga; pero en los negocios hay una gran variedad, y cuando son productivos y aumentan la posicion, encantan; se adora á la mujer que trabaja por engrandecer á su amado, y cada dia parece más hermosa.
Yo estaba encantado.
Loreto me iba pareciendo una divinidad.
Luego añadió en un verdadero arranque de pasion:
—¡Yo te adoro, pollo mio!
Yo me sentí arrastrar de nuevo por el torbellino.
Loreto era una libre pensadora.
Una volteriana.
Una doctora.
Unnon plus ultra, y con las dos columnas, y con los dos globos.
Yo me ahogaba.
Aquella mujer me absorbia.
—Vengamos á la cuestion subsidiaria,—me dijo Loreto con el acento conmovido por un afecto muy natural, puesto que me amaba, y teniendo en cuenta que nada hay más egoista ni más exclusivo que el amor:—no soy yo la sola mujer de quien estás enamorado, y esto lo comprendo.
La que cree ser única, es una inocente.
¿Ni qué diablos vale un hombre que se contenta con una sola mujer?
Si hoy te he hecho un bonito obsequio, ha sido haciendo un esfuerzo, y para abrirte el apetito.
Mi marido, aunque hizo grandes negocios cuando fué ministro y tiene una suerte loca á la Bolsa, es muy miserable.
Apenas si me da para unos mezquinos alfileres.
Yo tengo que buscármela.
Ya sabes que los negocios no andan muy bien.
La concurrencia los ha matado.
Así, pues, yo necesito una alianza.
Yo debo procurarte una posicion que te haga independiente.
Es necesario que te cases.
Tu gravísima aventura con la polluela del coronel Arrumbales, nos viene á pedir de boca.
No sabes tú qué rico es ese diablo de vejestorio de coronel.
No sabes lo enamorado que está de mí.
Juzga por lo que voy á decirte.
Aún no hace tres horas que estaba aquí, á mi lado.
Yo le habia enviado un recado.
No se debe escribir.
Vino al momento.
—Solamente por usted,—me dijo,—hubiera yo dejado los graves, los gravísimos negocios que me abruman.
He dejado encerrada á mi hija.
¿Y para qué, señora, para qué?
Mi hija ha resbalado como todas.
Es inútil.
No basta el poder humano.
El diablo llega á una mujer aunque se la meta bajo una campana neumática.
Se cuela á través del cuerpo ménos poroso.
Pero yo la caso, la caso y luego mato al miserable.
No se queda sin pagármela ese pillete.
El está escondido.
Pero yo le encontraré.
—¿Cuánto me da usted por el hallazgo?—le pregunté.
—¡Cómo! ¿Usted sabe dónde está?
—Sí, señor: le tengo en el bolsillo.
—Es que el bolsillo de las mujeres es generalmente el seno.
—Pues bien; en el bolsillo le tengo.
—Pues entonces,—dijo Arrumbales—le mato dos veces; primero porque ha enloquecido á mi hija, y despues, y principalmente, porque le tiene usted en lo más hermoso que Dios la ha dado.
—Usted le casará con su hija y le dejará usted vivir.
—¿Y usted quiere que le case con mi hija?
—¡Pues ya lo creo! Si yo le tuviera en el seno á la manera que usted dice, no querria que se casase con ninguna.
—¡Hum!—esclamó el coronel.—Hay mujeres muy hondas.
—Pues aquí no hay más honduras sino que yo me intereso por usted y por su hija.
La chiquilla le quiere.
El está loco por la chiquilla.
Envíeme usted á Eloisita á casa.
Este será un depósito de confianza.
Yo la casaré.
Yo seré la madrina.
—¡Hum, hum!—dijo el coronel.—Esto me escama.
—En fin,—dije tomando una expresion y un acento imperativo:—¡lo mando yo!
Y al mismo tiempo le solté una mirada de efecto.
Le dí lapuntilla.
El coronel se puso pálido.
Tembló, balbuceó, me miró con una ansiedad angustiosa.
Le arrimé otro puntillazo.
—¡Usted se pone frente á frente de mí!—le dije:—¡Pues bien; nos veremos! ¡No se queje usted cuando sobrevengan las consecuencias!
Se rindió á discrecion.
—Vamos,—me dijo;—está visto que usted hará de mí lo que quiera: empeño mi palabra de honor no sólo de no matarle, sino tambien de tratarle con el mismo amor que á mi hija.
—Pues bien; la niña á casa.
—No, señora, no; que vaya á verme ese tuno.
—¿Palabra de honor de que le recibirá usted como á un hijo querido?
Te advierto que hay que creer como en lo más positivo del mundo, en la palabra de honor del coronel Arrumbales.
Es un hombre que tiene el orgullo de no haber faltado nunca á su honor.
—He empeñado ya mi palabra de perdonarle,—me dijo,—y yo no digo las cosas dos veces; pero hay que deshacer un lio, dos lios, yo no sé cuántos líos.
Yo los desharé.
Hay por medio dos viejas, una jóven y el coronel don Bruno Maturana, mi antiguo compañero.
Estamos desafiados á muerte.
—¿Que está desafiado con don Bruno Maturana el coronel Arrumbales?—exclamé:—por aquí anda doña Emerenciana.
—En efecto; don Bruno, á lo que parece, está tan enamorado de doña Emerenciana, como Arrumbales lo está de mí.
Doña Emerenciana ha sabido tu lio con la hija de Arrumbales.
Como no has parecido por la casa de doña Emerenciana, ésta ha supuesto que Arrumbales te tiene secuestrado, ó que ha hecho contigo alguna brutalidad.
Ha azuzado á don Bruno.
Don Bruno se ha ido á morderle á Arrumbales.
Ha habido sopapos.
Se ha convenido un duelo.
Doña Emerenciana está en la cama baldada de una paliza.
¿No adivinas quién le ha dado para el pelo?
—¡Ya lo creo! ¡Micaela!
—¡Justamente! Una que arregla á doña Emerenciana, y que nunca la ha arreglado como ahora.
Una mujer que te ama: una complicacion del diablo: uncolmo.
Yo con tantos sucesos estaba mareado.
Me habia olvidado de Micaela.
Pero Micaela no se habia olvidado de mí.
Según me explicó Loreto, Micaela habia hecho responsable de mi traicion amorosa á doña Emerenciana.
La habia dicho, que si no me hubiera llevado á casa de don F... yo no hubiese conocido á Eloisita.
Todo se habia descubierto, como se descubren las cosas que dán escándalo.
Micaela se habia enterado.
Habia averiguado.
Lo sabia todo.
Yo no parecia.
Micaela estaba terrible, y prodigaba todo género de lindezas á su señora.
Esta, que aunque vieja, era hembra brava, se habia agarrado al moño de Micaela.
Pero habia sobrevenido la Nicanora, que estaba tambien irritada porque yo no parecia.
En toda comedia hay clases.
Nicanora representaba la parte plebeya en la comedia de las viejas verdes que estaban enamoradas de mí.
Arrimó un golpe de mano de almirez en los riñones á doña Emerenciana, que dió un graznido de grajo, se enderezó á causa del golpe y soltó á Micaela.
Esta cayó sobre doña Emerenciana.
La desconcertó á bofetadas.
La desnudó.
Salió por una parte la peluca.
Por otra los dientes postizos.
Le dió la alferecía á doña Emerenciana.
Fué necesario buscar al tio Calostros para que la curase.
En fin, un lio más.
Untiberioinfinito.
¡Y todo por mis méritos!
Yo estaba que reventaba de orgullo.
—Ya ves, hijo, si tienes partido,—me dijo Loreto:—por tí se pierde el mundo.
Y no es esto sólo.
Don F... se empeña en que te cases con su cuñada; quiere tenerte en la familia.
Con que elige, hijo mio, elige.
—Lo que tú quieras, lo que te parezca.
—Pues me parece que la niña.
Ajustemos cuentas.
Porque, hijo mio, en este mundo todo es cuestion de suma y resta.
Tanto más cuanto, cuanto ménos tanto.
Un millon de dote la niña.
Cuando herede, otros cinco ó seis.
—Sin vacilar la niña,—exclamé fascinado,—yo te pagaré tu comision, Loreto.
—Mira, no me vendria mal, chiquillo, porque no estoy en mis aguas.
Se gasta mucho.
La moda cuesta muy cara.
¡Y luego el otro es tan tacaño!...
¡Cuidado que darle un hombre á su mujer para que vista y calce trescientos reales mensuales!...
¡Esto es horrible!
Acepto la comision de esta boda.
¡Qué vida, niño, qué vida!
¡Qué negocio para como están los negocios!
¡Ni aún queda ya el negocio de las cajas de imposiciones!
Comamos entre tanto con la polla.
—Convenido.
—Don F... te haria diputado, y puede ser que ministro.
Pero yo tengo tanta influencia como don F...
Yo enredo, yo destornillo, yo revoluciono.
Yo soy la hermosa Loreto.
La hermosa á la moda.
Pero yo no me cuento para nada.
Yo no seré jamás para nadie, sino para tí.
Basta ya de campaña.
Me retiro.
Tuya, tuya, tuya, y no más que tuya.
Te adoro, chaval.
Me has embrujado.
Pero no olvidemos lo que importa.
¿Qué se decide?
—La polla.
—Pues á Dios, hijo mio: y díme: ¿dónde te vas tú á ir ahora?
—A dar vueltas: ¿habrás concluido á las once?
—Pues ya lo creo: vamos tú quieres que nos vayamos de huelga.
—Pues, por supuesto: á casa de Santiago.
—Para eso será necesario que me disfrace: á propósito, hay baile en la Zarzuela.
—Es verdad.
—Espérame á las doce y media en la entrada del baile.
—Por supuesto que no permaneceremos.
—¿Y qué diablos tenemos que hacer en el baile? Espero llevar conmigo á Eloisita.
—¿A Eloisita?
—Sí.
—¿Te la dará su padre?
—Ya lo creo: además es necesario acostumbrarla, tú no debes casarte sino con una mujer digna de tí.
—Pues convenido: hasta las doce y media.
—Cuidado, que no hagas alguna calaverada, tú no te perteneces, hijo mio: mira, llévame en tu carruaje á casa de Arrumbales.
—Sea.
Salimos.
Dejé en la puerta de Arrumbales á mi hermosa Loreto.
Faltaban dos horas y media para nuestra cita.
—A andar por las calles,—dije al cochero.
En que se vé hasta qué punto es un inconveniente el amor.
Pero apenas se habia puesto en marcha el carruaje, cuando se detuvo.
Una mujer, una jóven se habia acercado y le habia hecho parar.
En cuanto abrió la portezuela el lacayo, aquella mujer se lanzó dentro y dijo:
—A la calle de Hortaleza, almacen de trajes.
Reconocí la voz de Micaela.
Me dió el corazon un vuelco.
Me alegré.
Estaba verdaderamente enamorado de Micaela.
—No tengo á nadie más que á tí en el mundo,—me dijo.
Me he emancipado.
Le he dado una tunda á esa maldita vieja por tí, y no tengo casa ni hogar.
Por lo pronto nos vamos al baile de la Zarzuela.
—Al diablo,—dije yo para mí:—esto se enreda.
—Ahora bien,—dijo Micaela;—hablemos algo de lo que importa: tú estás enfermo, hijo mio; si sigues con esa vida turbia estás expuesto á que yote la de.
—¿Y qué me vas tú á dar?
—Una puñaladita que te deje seco: ¡pues no faltaba más, pimpollo! yo tengo un claro y perfecto derecho de propiedad sobre tí.
—¡Me gusta el desenfado!
—¡Pues claro está! Por lo que ha dicho doña Emerenciana, que está furiosa, tú has cargado con todas las viejas verdes de Madrid y con las que no son viejas. Si yo no lo hubiera sabido todo, no te hubiera esperado á la puerta de la casa del coronel Arrumbales.
¡Vaya un apellido!
¿Y vas á tener tú la pésima ocurrencia de casarte con una jovenzuela que se llama la señorita de Arrumbales?
—Esto escamama, niña, esto escamama; esa polla es millonaria.
—¡Vaya unacamama! ¡cómo si fuera unacamamael dinero!
—No señor: lacamamaes cogerla la dote antes de casarme con ella: ¡un millon!
—Mira, no me vengas á mí coninfundios; tú me tienes miedo y quieres dármela.
—¡Pues si ya te he dado el alma, vida mia!
—Usted es muy pocochulopara mí; usted ha cogido veinticuatro horas de buena fortuna, y está ustedlililó.
Vamos, lleveme usted á casa de Casacon.
Quiero comerme un besugo y tragarme un cañaveral.
Estoy celosa, reventando.
Yo no le dejo á usted ya.
Es usted muy poco de fiar, caballero.
Me coso á usted.
Vamos á sacar los papeles y á casarnos por lo civil, y luego por lo religioso, y si fuera necesario por lo militar y por lo criminal.
¿Pues qué no hay más que haber yo echado al agua mi honor, y haberme decidido por usted y haber sido su esclava, para que usted me deje plantada?
—¿Pero y el millon, niña?
—Eso es aparte: ya se estudiará lo del millon.
Y se quedó pensativa.
—No puedo exponerme á que otra te me quite,—dijo al fin:—con millon ó sin millon es necesario que yo sea tu mujer.
Y no te chancées conmigo.
¿Seria yo la primera mujer que matase al canalla que la ha engañado?
Eso va en génios, en madera.
Y yo no soy de madera de chopo, que ni para carbon sirve.
Con que no te agarres á lo del millon para darme lacambiada,chaval; eres tú muy niño todavía, y no me engatusas, cariño.
Cuando nos casemos, yo te dejaré que le estruges el bolsillo á todas esas viejas y á todas laspluminasdel mundo; pero antes, te lo repito, casaca aunque sea raida, que luego la bordaremos de oro.
A Segura lo llevan preso.
¡Para que yo vuelva á fiarme de tí!
Micaela se hacia peligrosa.
Era necesario prescindir de ella.
A lo ménos por el momento.
—Yo ya estoy casado,—la dije:—yo tengo conciencia.
—Como los caballos del coche.
En fin, bien, eso ya se verá.
Manda que nos lleven á casa de Casacon.
Yo tiré del cordon y dí la órden.
Poco despues el carruaje se detenia en los andaluces de Casacon.
Esto erain illo tempore.
Casacon ha pasado.
Donde estaba el nunca bien ponderadorestaurantandaluz, calle de Barcelona, esquina á la de la Cruz, hay un sastre en este año de 1883.
El local no ha cambiado de objeto en una de sus partes.
Antes se forraba allí el estómago.
Ahora se forra la persona.
En que se ve que una culebra me libra de una serpiente.
—Señor,—me dijo el lacayo al cerrar,—desde que la señorita se ha metido en el carruaje, otra mujer ha venido corriendo detrás.
—Bueno es saberlo,—dije para mí:—¿quién será? En fin ello dirá.
Mi vanidad crecia.
Era sin duda un nuevo amor que me perseguia.
La fortuna me sonreia más y más.
Al entrar en el gabinete donde se habia metido ya Micaela, sentí que me tiraban con una gran fuerza del brazo.
Me volví y vi á la Nicanora.
—Oiga usted una palabrita,—me dijo,—salga usted.
Una vez en la calle me dijo:
—Eche usted á andar, y de prisa, antes de que la Micaela le eche á usted de ménos y salga.
Y se metió en el carruaje tirando de mí.
—De prisa,—dije al lacayo.
Me convenia escaparme de Micaela.
—¿A dónde?—me dijo el lacayo.
—A cualquier parte.
Me habia sorprendido la Nicanora.
Tenia sin duda algo muy grave que decirme.
—Usted es un niño,—me dijo.
—¿Y á qué viene eso?—la pregunté.
—Si no tuviera usted quien le quisiera bien, le echaban á usted los polvos de matar las ratas.
Se me despegó la carne de los huesos.
—¿Qué dice usted, Nicanora?—exclamé.
—Que usted merece que se le avise; la Micaela lo sabe todo, y ha jurado que le ha de matar á usted.
No se me ocurrió que aquello podia ser una mentira intencionada.
Sentí un vivísimo agradecimiento hácia Nicanora.
¡Luego, tenia una garganta de tal manera mórbida!
Me habia cogido la locura.
El vértigo zumbaba en torno mio.
Estaba nervioso de una manera terrible.
Como un hombre dominado por una pesadilla.
La Nicanora respiraba de una manera fatigosa.
Se sentian los latidos de su corazon.
—Ya se vé,—dijo,—yo soy una pobre, pero muy honrada, y no soy tan despreciable.
Y se echó á llorar.
—Yo no quiero que usted me quiera, señorito, no se ha hecho la miel para la boca del asno; pero quiero guardarle á usted y que no le pase á usted ninguna desgracia: usted es muy jóven y aunque usted se crea muy tunante se le escapan á usted las mejores. La Micaela está metida con un sargento de cazadores que se aprieta mucho el corbatin para estar siempre encarnado. Parece una manzanita.
Aquella era otra calumnia.
Yo no podia dudar de la Micaela.
Habria sido un imbécil.
La Nicanora empezaba á darme miedo.
Tenia algo de salvaje.
Por otra parte me incitaba su misma rudeza.
Su fresca robustez.
La dureza de su desarrollada musculatura.
Me apretaba las manos que me lastimaba.
—Usted,—añadió,—se va á venir conmigo donde yo le lleve á usted, y estará usted seguro.
—No creo estar en peligro,—contesté.
—Usted no sabe de la misa la mitad, no tiene usted más que enemigos alrededor.
—Cuénteme usted...
—No hablemos más hasta que estemos con seguridad en esa casa.
—¿Y dónde está esa casa?
—Ahí cerca, en la calle de la Flor Baja, junto al teatro del Recreo.
Hice parar.
Nicanora dió las señas.
Llegamos.
Entramos en un portal lóbrego.
La Nicanora me tomó de la mano.
—El carruaje puede irse á esperar á la plazuela de Santo Domingo,—me dijo.
Dí la órden, y el carruaje se fué.
Entonces la Nicanora cerró de golpe la puerta de la calle.
Me asió una mano y tiró de mí vigorosamente.
Las escaleras no se acababan nunca.
Llegamos al fin á lo alto.
La Nicanora llamó á la puerta de una boardilla.
Respondió una voz hombruna.
Una voz de vieja.
O de bruja.
O de demonio.
Se abrió la puerta y entramos.
Apenas estuvimos dentro, la Nicanora echó á la vieja, dándola algun dinero.
La bruja nos dió las buenas noches y bajó chancleteando las escaleras.
La Nicanora cerró la puerta y se guardó la llave en la faltriquera.
El espacio en que nos encontrábamos era una cocina.
Sobre el fogon habia en una palmatoria de cristal una bujía encendida.
El fogon no daba muestras de haber tenido fuego en mucho tiempo.
No habia allí un solo mueble, ni un solo utensilio en el reducido vasar.
—Estamos solos,—dijo la Nicanora;—yo he tomado hoy esta boardilla, porque me he salido de la casa de aquella maldita vieja; no he comprado más que unos mueblecillos para la alcoba.
Entra y verás.
Nicanora habia tomado la palmatoria.
Lo que Nicanora llamaba alcoba era un espacio aboardillado.
En él habia una cama de hierro ancha y cómoda, una mesa de noche, un velador de pino pintado y cuatro sillas.
Al fondo se veia una lucana.
La Nicanora puso la palmatoria en la mesa de noche.
—Hijo mio,—me dijo,—tú no me trataras á mí como á la Micaelita: tú no saldrás de aquí sino cuando yo quiera: cuando á todas las otras se las vaya llevando el demonio.
Quise protestar.
Pero me encontré con que tenia delante á una fiera.
Sus ojos relucientes y encarnizados me devoraban.
—Eres muy bonito,—añadió,—muy buen mozo.
Muy hombre.
Muy tunante.
Estoy muerta por tí.
Me has quitado el sueño.
Me has puesto triste.
Si no me quieres te mato.
Y sacó una navaja guifera.
Yo me sonreí.
Me iba gustando la Nicanora.
Iba descubriendo en ella cosas verdaderamente adorables.
Sobre todo una voluptuosidad infernal.
—En toda mi vida,—dijo,—no he querido á un hombre hasta que te he visto.
¡Y cómo te quiero!
¡Si no puedo vivir!
¡Y esto tan pronto!
¡Estaba de Dios!
¡Y pensar que yo siendo tan buena hembra he venido á caer con un pilluelo!
Y seguia encarnizando en mí sus grandes ojos terribles.
Sus ojos de leona.
De momento en momento me parecia mejor.
Al fin llegó á parecerme hermosa.
Estaba en su poder.
Era más fuerte que yo.
Era una india brava, y una india brava es capaz de todo cuando se cuadra.
Toda lucha con ella hubiera sido una temeridad.
Era necesario engañarla.
Se acercaba la hora de mi cita con Loreto en la Zarzuela.
Así, pues, yo comprendí la difícil tarea de domesticar aquella fiera.
A aquella vieja verde de la clase burda.
A una mujer toda bravura.
Toda voluntariedad.
Con las pasiones vírgenes.
Irritada, celosa, encendida en un amor de otoño.
El más violento de los amores.
El del veranillo de los membrillos, en el cual hay dias caniculares, momentos volcánicos.
Se veia claro en su manera y en ese no sé qué indefinible que todo sér humano tiene para el filósofo que es observador, que la Nicanora, á pesar de que en su juventud debia de haber sido una soberbia moza, á pesar de que á sus cuarenta ó cuarenta y cinco años conservaba grandes y sólidos restos de hermosura, de esos que llenan el ojo y se suben á la cabeza, aunque estas bellezas fuesen acentuadas y rudas, no habia amado nunca.