CAPITULO VI.

En lo que puede consistir que un hombre sea feliz cuando se cree más desgraciado.

Doña Emerenciana estaba sobre la alfombra.

Se agitaba en las convulsiones de uno de los ataques epilépticos más terribles que yo he visto en toda mi vida.

Aquella horrible vieja era un esqueleto repugnante.

Yo, aunque estoy dotado de un estómago muy fuerte, sentí náuseas.

Doña Emerenciana nos hacia ir adelante y atrás con sus horribles convulsiones.

Por dos veces nos caimos con ella.

Al fin logramos colocarla en el lecho.

—Ténla firme,—dijo Micaela,—que no vuelva á venir al suelo; yo voy á llamar al sereno.

—¿Al sereno?

—Sí, hombre, no hay nadie que mejor la sujete que el tio Calostros; se abraza á ella, y á poco vuelve en sí como por encanto. Además, cuando vuelva en sí no quiero que te vea y que sepa que tú la has visto tal cual ella es: seria funesto.

Micaela se fué al balcon, y llamó, ni más ni ménos que si hubiera sido un tunante.

Soltó un silbido rasgado.

Cerró de nuevo el balcon, y vino á ayudarme á sujetar á doña Emerenciana.

Yo estaba ya rendido.

Poco despues entró el tio Calostros.

—Vale Dios,—dijo dejando el chuzo en un rincon,—que yo tengo gracia para hacer que la señora vuelva en sí.

—Vámonos,—dijo Micaela;—el tio Calostros no nos necesita.

—Puespur de cuntadu, señurita Micaela,—dijo el maruso quitándose la anguarina.

Nos salimos.

Se oyó un ruido de lucha, gritos sofocados, estremecimientos horribles.

Al fin, á los diez minutos, apareció el tio Calostros con la anguarina puesta y el chuzo en la mano.

—Vamus,—dijo,—ya estágubernadala señora. ¿No habrá pur ahí una butelleja de vino? Face un friu de mil demonius.

—Vaya usted al comedor y tome usted lo que quiera, tio Calostros,—dijo Micaela.

—Moitas gracias, señurita Micaela, usté siempre tan buena. ¿Y cuándo le dá á usted alferecía?

—Elsabaduque viene,—dijo Micaela.

—Vaya, pus buenas noches y salú, y si ocurre otra vez, no hay más que avisar.

El tio Calostros salió del gabinete.

Micaela entró en el dormitorio.

Yo sentia la ardorosa respiracion de doña Emerenciana.

La oia hablar de una manera calenturienta con Micaela.

A poco ésta salió.

Yo estaba en mis glorias.

Aquello prometia.

Tenia hecha mi posicion.

La influencia de la vieja me serviria.

Periodista, diputado, alto empleado en Ultramar, millonario; yo sentia en mí el mismo vértigo que sienten todos los gacetilleros, todos los periodistas.

Yo estaba en el camino de la fortuna.

Yo pasaba revista á los que se habian levantado de la miseria hasta las esplendentes cumbres del poder.

La lista era infinita.

Micaela empezaba á tomar para mí la apariencia de un ángel.

—La maldita bruja,—exclamó Micaela,—se ha quedado tan tranquila como si tal cosa.

Tú tienes la culpa, la has enamorado. Me ha preguntado por tí, yo la he engañado, me ha mandado que te cuide mucho, y sobre todo, que no me enamore de tí.

—¿Y no te ha encargado que yo me cuide de ella?

—¡Ah, vieja infame, y ya tenemos la noche toledana! la pueda repetir el accidente, y las repeticiones son terribles.

—Pero aquí no podemos hablar, mi querida Micaela.

—Sí, cuando vuelve de un accidente pierde la razon, y luego cae en una soñarrera, de tal manera densa, que aunque disparasen junto á ella un cañonazo no lo oiria.

—¿Y por qué siendo rica doña Emerenciana no tiene á nadie más que á tí para que la cuides?

—Ya te lo he dicho, yo no soy verdaderamente su criada, la mayor parte de sus conocimientos me creen su sobrina. Doña Emerenciana no quiere que nadie conozca sus rehenchidos y sus adobos, el aguador compra, una asistenta que se va por la noche, guisa y limpia la casa. Yo más que otra cosa, soy su confidenta, y me va bien,espero. Casi casi estuve por aconsejarte que la hicieras el amor; pero yo gozaba, siendo para tí un misterio. Ve aquí, la casualidad lo ha hecho todo.

—¿Y cómo has conocido á doña Emerenciana?

—Relaciones de mis padres. Mi padre era coronel de infantería, ya viejo cuando se casó, de más de sesenta años, y no nos quedó pension ni á mi madre ni á mí. Cometió una imprudencia al casarse. Antes que yo naciese murió. Mi madre era alegre, doña Emerenciana estaba entonces verdaderamente hermosa, yo no sé cómo estas mujeres que son hermosas en su juventud, cuando llegan á viejas se convierten en brujas. Mi madre era infinitamente más jóven que ella, juntas hicieron la gran vida. Una noche, hace seis años, mi madre al salir del baile atrapó una pulmonía y fué necesario que me sacaran, de Loreto, donde me educaba, para llevarme al lado de mi madre moribunda.

Lloré mucho, me afligí mucho.

Yo amaba á mi madre con delirio, porque con locura me amaba ella, y era muy hermosa.

Pero me consolé andando el tiempo.

Todo se olvida.

Doña Emerenciana me sacó de Loreto hace cuatro años.

Desde entonces vivimos juntas.

He visto mucho y he escarmentado en cabeza ajena.

Me divierto, pero no me prodigo.

Tú lo sabes.

Lo que has visto hasta ahora en mí lo verás siempre.

Si me he descubierto á tí, ha sido por el brazalete.

De otro modo, te hubiera mareado.

Hubiera probado conmigo misma tu fidelidad.

Porque tú al verme no has conocido en mí al dominó blanco y azul.

Pero te se encandilaron los ojos, hijo, lo que no le gustó mucho á doña Emerenciana.

—No me la nombres, exclamé; aún me dan arcadas.

—Pues así y todo tendrás que apencar con ella.

—¿Y tú me lo dices?

—Pues por supuesto; ¿á mí qué se me da?

—¿Y no tendrás celos?

—¿Celos de qué?

—Cuando una mujer ama á un hombre...

—No olvida por él el negocio; ahora, si tuvieras siquiera una sonrisa para otra pobre como yo, seria distinto; sabe Dios á donde iríamos á parar; ¡pero una tia vieja y asquerosa... una vieja verde!Engáñala hijo; enconfíala; diviértete; que crea que te mueres por ella; que no vives más que para ella, y trágate esa mómia con tal de que los dos nos traguemos hasta el último real de la vieja.

Así pensaba Micaela.

Así pensaba yo entonces.

Ahora es distinto.

Ahora que soy un hombre de circunstancias, me han salido una moralidad y una dignidad que yo no conocia entonces en mí.

Yo era un miserable.

Yo apencaba por todo.

Yo era casi casi un Satanás.

El brazalete de Adriana ó de Micaela, ó más bien de doña Emerenciana, lo prueba.

La miseria corrompe.

Estravía.

Incita á todo género de bajas acciones, y áun al crímen.

Hace transigir con lo que nos repugna.

Hace parecer amable lo horrible.

De aquí el fenómeno de mujeres jóvenes y hermosas enamoradas de viejos.

A lo ménos bastante cómicas, bastante ladinas para hacer creer á un viejo que están enamoradas de él.

Y lo están, en efecto.

Porque el viejo es para ellas la buena casa, la buena mesa, los ricos trajes, los carruajes, las brillantes joyas, los espectáculos y el dinero que se ahorra.

¿Cómo no han de amar á lo que de tal manera las dora, las empingorota, las despelota, las pone más hermosas de lo que lo son, y más codiciables de lo que lo eran, sin las insensatas prodigalidades del viejo.

Pero así están hechos el hombre y la mujer, y así hay que tomarlos.

Pretender otra cosa es pretender lo imposible.

Es soñar.

¡Eh! ¿qué tal?

Me parece que puedo ir á explicar filosofía práctica al Ateneo.

¡La vida! ¡La vida!

¿Y qué es la vida?

Hé aquí una pregunta á que no sabrán contestar ninguno de los filósofos habidos ó por haber.

Una fantasmagoría.

Un misterio.

Generalmente un castigo.

Una sucesion de pecados cuya culpa no es nuestra, sino de las propensiones, de las influencias, de las fuerzas incontrastables, de la materia, de la atmósfera.

¿Y el espíritu?

Sufrimos ó gozamos lo que á nosotros viene, y por un instante de alegría, de placer, pasamos largas horas de padecimientos insoportables.

Pero basta.

La filosofía, que para nada sirve, tiene el privilegio de ser fastidiosa para la generalidad de las gentes.

¿Qué nos importa estudiar y conocer, hasta el punto que nos es posible, lo que somos, si por esto no hemos de hacernos mejores ni hemos de vencer nuestra mala fortuna?

La verdad de mi caso era entónces, que á solas yo con mi hermosa Micaela, no me acordaba para nada de la filosofía.

Verdad es que entonces yo no era filósofo.

No habia ahorcado todavía mis estudios de farmacia para meterme á hombre importante.

Esto es, á hombre político.

No era todavía periodista.

No habia ingresado en el Ateneo.

Estudiaba, no con mucho ahinco, la farmacopea; asistia lo ménos posible á cátedra; me las buscaba con las mujeres; me pegaba con los hombres; era unmocito cruo, y me recomia por mi dominó blanco y azul.

Por mi Adriana.

Tenia al fin á Adriana delante de mí sin careta,con su encantador desaliño, convertida en Micaela.

¡Micaela!

Nunca me habia gustado este nombre.

Pero entonces me parecia delicioso.

Sí Micaela se hubiese llamado Canuta ó Pánfila, me hubieran parecido tambien nombres deliciosos.

¡La fascinacion!

¡La concupiscencia!

Hay un nombre de mujer que me encanta.

María.

Me parece que una mujer que se llama María es dos veces mujer.

El nombre María tiene para mí no sé qué encanto inexplicable.

El es por sí solo para mí una hermosura.

¡Caprichos!

Porque esto en mí no es devocion mística.

No es un homenaje á la madre de Jesús.

María es un nombre hebreo que significa felicidad y hermosura.

Y si no lo significa, yo quiero que tenga esa significacion.

Yo podria preguntar á uno que supiese hebreo qué significa María.

Pero no me meteré en ello.

No me hace falta.

Lo que sí me hacia falta era Micaela.

Ella me miraba con los ojos relucientes.

Con la boca entreabierta.

Con las mejillas contraidas, convulsionadas, podria decirse.

Me adoraba.

Yo fenecia.

La así una mano.

Ella hizo un esfuerzo para desasirse.

La retuve.

Entonces con la otra mano me soltó una bofetada.

Y de firme.

—Yo te adoro á pesar de que eres un tunante y no mereces mi querer,—me dijo;—pero, ¿qué quieres? El sino de las criaturas; pero casaca, hijo mio, casaca ante todo, y para la casacaquisquis, muchos quisquis; sino, no hay que contar conmigo: te doy seis meses de plazo: si dentro de seis meses no has hecho tu posicion, si no me mereces me desinfecciono, te desahucio, te relego y me dedico á otro tunante que sea de más provecho que tú: los tengo así,—(y juntaba en piña sus preciosos dedos).

Yo no gemía, mugía.

Estaba atormentado.

No me conocia á mí mismo.

Micaela me sujetaba.

Me esclavizaba.

Me hacia sentir un hambre horrible de su hermosura.

Yo no vivia.

Me sentía enfermo de gravedad.

Congestionado.

¡Qué criatura!

¡Qué primor!

¡Qué belleza!

¡Qué audacia!

Y además de todo esto, ¡cuánta pureza!

Me dolia el corazon.

Tenia en él flato.

¿No sabéis lo que es flato del corazon?

¡Oh! pues es una cosa horrible.

Un dolor insoportable.

Una cosa que ahoga.

Cuando las mujeres nos meten el flato en el corazon, estamos perdidos.

Hacen de nosotros lo que quieren.

Yo era un cobarde delante de Micaela.

Estaba alelado.

Chiflado.

Aquello era insoportable.

Y ella debia tambien tener flato en el corazon.

Se la conocia el sufrimiento.

Pero le dominaba.

—Hijo mio,—me dijo,—es necesario queamoraquesá la vieja; que la engatuses; pero esto no es fácil; le has gustado y mucho; yo lo he conocido en cuanto has venido, en la manera que tenia de mirarte y de hablarte; pero te encuentras ocupada la plaza, y bien ocupada: debuten.

—¿Por don Bruno?

—Mira, puede ser.

—¡Pues si le ha engañado, ó pretendido engañarle por mí!

—Te diré: no es que doña Emerenciana ame á don Bruno ni mucho ménos, ni cómo habia de amar á un tal camello: es que don Bruno la tiene amedrentada.

—Ya lo sé: la hace el espanto.

—Pues, y tiene ahuyentado al cariño, á la pasion, á la locura de doña Emerenciana.

—¡Algun chulapejo!

—¡Quiá! Un sietemesino espiritado, con la cabeza muy gorda y el cuerpo muy flaco, pequeñuelo, ruin: un engendro del diablo.

Y sin embargo, ahí verás tú. Doña Emerenciana está loca por él: es necesario que tú desbanques á ese Adonis; que le arrojes del corazon de la vieja. Hipolitito no se atreve á entrar en la casa, ni tan siquiera á pasar por su calle: y la adora; pero siempre está á las vueltas de doña Emerenciana don Bruno, y al solo nombre de donBruno, Hipolitito se liquida, pierde el sentido de miedo, le salen alas y escapa: doña Emerenciana se pasa semanas enteras sin ver á su cariño; pero recibe todos los dias tres cartas suyas por el correo interior, y en cada carta un retrato suyo en actitud distinta: tiene ya una coleccion numerosísima de representaciones del tal vichejo; pero calla,—añadió Micaela aplicando el oido.

¿Qué dije yo?

Me parece que tenemos funcion: alguien anda en la puerta del cuarto.

En efecto.

Se oia un ruido áspero y extraño.

—El es, sin duda,—dijo Micaela.

—¿Quién?

—Don Bruno.

—¿Don Bruno?

—Don Bruno, sí, señor; ya me lo esperaba yo; él te ha visto entrar con doña Emerenciana... los celos...

—Espera, espera,—la dije,—ya verás.

Seguia el ruido.

—Mira,—me dijo,—que don Bruno es muy malo.

—Yo soy peor,—la contesté;—le voy á contar yo un cuento á ese tio.

Y me levanté.

—¡Ah, no! ¡No vayas!—me dijo Micaela avalanzándoseá mí.—Por el contrario, escóndete: déjame á mí; yo sé lo que me tengo que hacer.

Yo aproveché la ocasion, y besé á Micaela en la garganta.

—¡Ah, traidor!—me dijo;—pero en fin, no me importa, yo te amo.

Y me empujó hácia una puerta con una fuerza de que yo no la hubiera creido capaz.

Me dejé conducir.

Yo enlanguidecia.

Tenia el cuerpo y el alma llenos de Micaela.

Me sacó al fin del gabinete.

Cerró la puerta.

Nos encontrábamos en una habitacion oscura.

Micaela me tenia siempre abrazado.

—No, no irás,—me decia;—ese hombre es muy traidor; te mataria; es muy madrugon y embiste como un toro: ¡ah, traidor!—añadió.—Tú abusas.

Pasó por mí un vértigo.

No oia, ni veia.

Micaela era mi misma vida.

Mi universo.

Pasaron algunos minutos.

De improviso sonó un fuerte golpe á la puerta, que se abrió por la violencia del empuje.

Apareció don Bruno con una cerilla encendida en la mano izquierda.

Con la derecha blandia un baston.

Una especie de garrote.

—¡Ah! esto á mí no me importa,—dijo al vernos á Micaela y á mí:—esto es distinto; de otro modo...

Yo me separé como pude de Micaela.

Un momento despues estaba engargolado al pescuezo de don Bruno.

Se lo apretaba con las dos manos.

Don Bruno sacaba un palmo de lengua.

—¡Calla, hijo,—dijo Micaela:—yo sabia que avanzabas y que te agarrabas como un gato, pero no sabia que eras un perro de presa.

Le solté.

Don Bruno fué á caer bamboleando sobre un sillon.

La embestida habia sido buena.

Micaela tenia en la mano el cerillo que se le habia caido á don Bruno.

Yo tenia su enorme baston.

—¡Ah, el miserable, el traidor!—exclamaba don Bruno.

Y se palpaba el pescuezo.

Habia enronquecido de tal manera, que apenas si se le entendia una palabra.

Rugía sordamente.

Estaba vencido, pero no dominado.

Era necesario tratarle duro.

—Espere usted, don Bruno,—dijo Micaela:—voy á traerle á usted una vinagrada para que haga usted gárgaras.

—¡Gárgaras, ah, gárgaras!—exclamó don Bruno;—pero este bribon está loco; no ha debido tratarme así: ¿no me dijo que partiriamos la vaca? ¿Crees tú que vas á llegar solo al otro lado? ¿Te parece inútil mi alianza? ¿Sabes tú la fuerza que hay que vencer aquí? ¿Conoces tú las pasiones de una vieja verde? ¿Sabes tú quién es Hipolitito?

—En cuanto conozca á ese Hipolitito,—dije yo,—le retuerzo el pescuezo.

—¿Qué es lo que estás diciendo, animal?—me dijo don Bruno:—¡retorcerle el pescuezo á Hipolitito! ¡Oh! ¡Pues si eso fuera posible!

—¡Qué! ¿No tiene pescuezo ese caballero?

—Y bien largo y bien flaco: un pescuezo de grulla: ¿pero sabes tú lo que sucederia? Te lo repito. Tú, aunque eres un pillo, no sabes lo que es una vieja verde: el Vesubio, el Etna, cuantos volcanes hay en el mundo, son una vagatela comparados con el amor de estas tales viejas: ¡horror! Moriria de despecho, de rabia, de desesperacion, y yo no quiero que muera: ese vestiglo me enamora, me domina, me hace desfallecer, delirar: una brujería: no puede ser otra cosa: su boca sin dientes es para mí una delicia; su cabeza monda, con sus mechones de canas, me parece de una hermosurainfinita. ¡Ah! ¡ah! ¡Si yo no te hubiera visto en los brazos de Micaela! ¡Si te hubiera encontrado en los suyos! ¡Ah! ¡Desgraciado de tí! ¡Más te hubiera valido no nacer! No te fies de que por sorpresa, y echándome de improviso las dos manos á una de las partes más sensibles de mi individuo, me has vencido: esto ha sucedido una vez, pero no sucederá dos, yo te lo aseguro: pruébalo sino.

Y se levantó y me presentó los puños cerrados.

Yo le amenacé con el baston.

Apenas le hube levantado, me encontré sin él.

Inmediatamente me cogió á su vez por la garganta.

Pero no apretó.

—¿Te has convencido?—me dijo.

—Esto ha sido por sorpresa tambien,—respondí.

—Sorpresa por sorpresa,—me dijo,—estamos iguales: así, pues, podemos tratar.

Yo te dejo en la quieta y pacífica posesion de Micaela.

—Esa ha sido una traicion,—dijo Micaela que acababa de entrar, pretendiendo parecer gravemente enojada, pero contenta en la realidad.—Vamos, don Bruno,—añadió.

—No; eso de nada me serviria: danos más bienun vaso de aguardiente á cada uno; á los dos nos vendrá muy bien: el aguardiente es confortante y revulsivo: ¡oh, y qué aventuras del diablo! Anda, anda por el aguardiente, hija mia: y no estaria demás que tú te tirases un buen trago: estás muy sofocada.

—Si usted no hubiera andado en la puerta, hubiera sido mucho mejor,—dijo Micaela saliendo.

—¡Andar en la puerta! ¡Andar en la puerta! ¡Y que hay puertas difíciles!... Se necesita el paletin, chiquito.

—Es verdad,—dije yo;—pero cuando uno se empeña...

—Por supuesto, pillo, lo más difícil se abre; pero, ¿no amas tú á esa maldita vieja? ¿No tienes tan mal gusto como yo?

—¿Y si eso fuese?

—¡Ah! ¡No, no! ¡No te chancées; no provoques á un tigre gris rodado de Bengala; eso seria expuestísimo: sobre todo, cuando se trata de mi amor: ¡ah, ah, si la hubieras visto hace un momento! ¡Verdad es que tú no estabas para ver nada: ¡si la hubieras visto dormida, con aquella boca abierta, que parece la sima de Cabra! ¡Yo debo estar loco! ¡Yo no puedo comprenderlo, y sin embargo, la amo! ¿Me quieres tú decir lo que es el corazon humano; lo que vale esta bestia racionalque se llama hombre? ¡Ah, pero la garganta, la garganta! ¡Qué garganta, y qué hombros y qué ojos! ¡Si tú la hubieras conocido hace treinta años! ¡Oh! ¡La edad! ¡Los destrozos del tiempo! ¡Los cabellos que encanecen, que se caen! ¡La piel que se arruga! ¡Los dientes que se marchan! ¡Las carnes que se aflojan! ¡Y el histérico, el terrible histérico! ¡Qué cambio! ¡No valemos nada! Doña Emerenciana no es ya más que la garganta, y los hombros, y los ojos! ¡Y los oyitos de las mejillas cuando se pone la caja de dientes y de muelas y se estira la piel con soliman! ¡Has visto tú nada más hermoso que ella cuando se pone la peluca y se ensancha con los postizos y se ajusta con el traje! ¡Ah!... ¡Micaela la pone hecha una Venus! Micaela es una muchacha de talento, y además de esto, una señorita: te doy la enhorabuena; pero es necesario que partamos la vaca.

—¡Que partamos á Micaela!—exclamé con acento feroz.

Y merasqué.

Es decir, para los que no conozcan el lenguaje de los galopos, eché mano al bolsillo en busca de la navaja.

—Estáte quieto, muchacho,—me dijo don Bruno,—que aunque Micaela es la muchacha más bonita de Madrid, yo no la codicio ni te la envidio; gózala con salud y buena pro os haga á los dos;¡pero la vieja, la vieja, mi prenda, mi esperanza! Pero la verdad es que si no fuera rica, no la querria tanto; porque mira, el amor por sí solo sabe muy bien, pero revuelto con plata, sabe mejor.

—Vamos: aquí está el aguardiente,—dijo Micaela, que apareció con una bandeja, en que se veian una botella y dos copas.

La puso sobre un velador.

—Voy á ver si la vieja duerme,—dijo Micaela;—pero debe dormir; siempre que el tio Calostros la cura el accidente, se queda como una piedra.

—¡Quien diga que la vida no es un disparate!—exclamó don Bruno:—¡pensar en que para curar los accidentes de eseesperpentose necesita un sereno! ¡Y yo apenado! ¡Yo loco! ¡Yoguillado! ¡Buen aguardiente, Micaela, hija mia! ¡Y cómo os cuidais! ¡Buena tajada y buen trago! ¡Ah, miserable! ¡Si no fuera porque yo la hago el espanto! Vamos, hijos mios, nos hemos entendido; hemos salido de dudas; no tengo celos despues de mi visita de inspeccion; el aguardiente me ha quitado la ronquera; me voy; que Dios os dé muy buenas noches; sois el uno para el otro, y tú harás fortuna, muchacho; pero partamos la vaca; créeme; no seas mi enemigo; vamos, muchacha, hija mia, échame á la calle; la puerta de la calle me la abrió el tio Calostros; ¡por vida del tio Calostros! Perotodos los médicos tienen privilegios: cuando se trata de la salud, y tal vez de la vida, hay que cerrar los ojos: conque otra vez buenas noches, sobrino de tu tia, y venga esa mano.

Se la dí.

—Con que amigos, ¿no es verdad?—me dijo.

—Sí, amigos,—le contesté.

—¿Y qué hemos de ser más que amigos?—dijo Micaela,—amigos hasta la pared de enfrente, por la cuenta que nos tiene: vamos, don Bruno, que tengo sueño.

Micaela y don Bruno, á quien yo habia devuelto su baston, y que llevaba su cerillo encendido en la mano, salieron.

Poco despues volvió Micaela.

A poco, todo dormia en la casa.

Todo estaba sumido en una paz profunda.

Mi vida entraba en una situacion regular.

Era feliz.

Don Bruno habia llegado muy á tiempo.

En que se vé cómo iba yo acercándome á la fortuna, llevado de la mano por una vieja verde.

Al otro dia me desperté muy tarde.

Al abrir los ojos ví delante de mí á mi divina rubia que me sonreia.

Tenia en la mano, en un plato de porcelana, una taza de leche.

Se me trataba bien.

A lo príncipe.

Con la mayor delicadeza.

Tomé la leche, que era riquísima.

—Levántate,—me dijo;—esa mujer me ha llamado para que la arregle: no quiere verte hasta que esté compuesta: en esto se tardará, por lo ménos, hora y media; la hora del almuerzo: laNicanora está ya en la cocina y avisará: nada sabe doña Emerenciana; ten prudencia; no me mires como me estás mirando; me parece que la tenemos; me ha preguntado con mucho afecto por tí: se ha informado de cómo has pasado la noche; yo la he dicho que, á mi parecer, la habias pasado admirablemente: ¿he mentido?

—¡Poder de Dios, que yo reviento de felicidad!—la contesté.

—Pues procura, no reventar, hijo, que los reventones no son para sufridos, y adios, que la vieja me espera impaciente; me parece que tiene ganas de verte; la cosa no puede ir mejor.

Micaela se fué.

Yo me levanté.

Me arreglé, y me fuí á la cocina.

En ella habia una mujer ordinaria, oronda, como de cuarenta años; pero frescota, no desgraciada, y un tanto pretenciosa como doña Emerenciana.

Se sonrió al verme, me guiñó un ojo, y me dijo:

—¿Con que, á lo que parece, todos somos de la casa?

—Yo creo que sí,—la respondí.

—Y me parece tambien, que hemos de llevarnos muy bien: la señorita es un ángel, y le quiere á usted mucho; es necesario que usted seahombre de bien y corresponda con ella; la vieja, segun la señorita me ha dicho, le quiere á usted tambien mucho: de modo que usted está aquí como la yema del huevo; y por supuesto: ¿qué le ha de pasar á un buen mozo sino cosas buenas?

—Muchas gracias; pero usted debe de haber tenido muy buenos bigotes.

—¿Y qué, no los tengo todavía?—exclamó con vehemencia y con un ligero acento de enojo: pues mire usted, no está la carne en el garabato por falta de gato, y cada una sabe cómo le va, y muchos quisieran lo que hay donde se cree que no hay nada; y en fin, que eso ya se verá.

—¿Y quién duda de que es usted una buena moza? Por lo ménos en otro tiempo.

—¡Ah! ¡en otro tiempo, cuando vivia el mio, que era músico de alabarderos, y yo lavaba la ropa del cuerpo! ¡Ah! entonces las tapias se echaban para atrás cuando yo pasaba: calcule usted lo que serian los hombres y las mujeres; he tenido yo mucho aquél, y aún le tengo, y mire usted, si quisiera casarme, no me faltan proporciones; pero el buey suelto bien se lame.

Yo tenia hambre, y mientras charlaba con Nicanora, echaba ojo al almuerzo que se estaba preparando, y que parecia ser excelente.

Micaela habia dado una vuelta, y yo habia reparado que no la gustaba mucho mi charla conla asistenta, ni la manera que tenia ésta de mirarme.

Yo era caballo de buena boca.

La Nicanora conservaba algunas cosas muy apreciables y no me habia desagradado.

Pero era necesario irse con mucha diplomacia, no fuera que se armara una culebra.

A la hora del almuerzo se presentó doña Emerenciana ya emperifollada.

Me causó una viva impresion.

Micaela se habia esmerado aquel dia con ella.

La habia pintado y la habia compuesto admirablemente.

Además de esto habia en doña Emerenciana una languidez hechicera.

Me abarcó con la candente y dulce mirada de sus grandes ojos negros.

Se sonrió, y se marcaron en sus mejillas los hechiceros hoyitos.

Parecia increible que fuera ella la misma que yo habia visto despojada á través del hueco de lo alto de la puerta.

—¡Ah! hijo mio,—me dijo,—que ésta me ha engañado: que me ha dicho que has pasado muy buena noche, y estás pálido y con ojeras.

Y paseaba su mirada escudriñadora de Micaela á mí.

—Esta noche será distinto,—añadió;—no la pasaremos como anoche; te se pondrá su cuarto junto al mio; no quiero yo que mi hermana riña conmigo porque vuelvas desmejorado al pueblo.

Y su mirada se encarnizaba más en Micaela.

Esta estaba admirable de sinceridad, divina.

—Es necesario que te lleves bien con mi sobrino,—la dijo;—yo te tengo á tí en lugar de hija, y me doleria mucho ver que eras desagradecida.

—Le juro á usted,mamá,—dijo con una gracia hechicera Micaela,—que su sobrino no tendrá queja de mí... ni usted tampoco... vamos á llevarnos como ángeles.

—Cuidado, cuidado, Micaela, que yo no quierobelenesen casa,—dijo, no pudiendo contenerse ya doña Emerenciana. Y usted, Nicanora, que se lo está usted comiendo con los ojos; mucho ojo; si es bonito y jóven, á usted no le importa nada.

—Vaya unredioscon la señora,—dijo la asistenta;—pues se puede usted guardar á su sobrino en elchaquetin, doña Emerenciana; ¡como si una estuviera en las últimas! pues cada cual tiene lo que le hace falta, y sin...

Un enérgico guiño mio contuvo á la Nicanora.

O yo no sé una palabra de gramática, ó la Nicanora,que se habia picado, iba á decir:sinpeluca.

Si lo hubiera dicho, y con lo que habia sucedido, los resultados hubieran sido horribles.

—¿Y sin qué?—dijo doña Emerenciana. Y vibró una mirada tremenda sobre la cocinera.

—Sin tantos arrumacos,—respondió ésta.

—¿Y cómo hemos de entender eso de los arrumacos?—dijo doña Emerenciana.

Un segundo guiño mio acabó de arreglar á la Nicanora.

—Es que usted, señora,—dijo,—tiene mucha experiencia y se va más allá de las cosas, y se figura lo que no hay.

—En fin, Nicanora,—dijo doña Emerenciana,—usted es una vieja verde y se le van los ojos detrás de los muchachos.

—Yo soy...—gritó la cocinera.

Un tercer guiño la contuvo.

—Yo soy una buena mujer,—añadió,—y no merezco que se me trate como se me trata; y si el mocito ha venido aquí para que á usted le parezca lo que no puede ser y me maltrate usted, yo estoy de más, aunque estaba muy contenta de la casa.

Esto me demostraba que la Nicanora era una gran maestra, así, con su gramática parda.

Al mismo tiempo se habia sentado en el suelo como las mujeres cuando se desmayan. Se le habiabajado el pañuelo, y yo habia visto el principio de dos globos ebúrneos.

Yo me embriagaba.

Micaela al natural me aturdia.

Doña Emerenciana artificial me enloquecia.

La Nicanora, con sus magníficos restos, me enlanguidecia.

En efecto; yo estaba en aquella casa como la yema en el huevo.

Lo habia dicho muy bien la Nicanora.

Aquellas tres mujeres debian desvivirse por cuidarme.

Era posible que un dia se arañasen.

Pero mejor, mucho mejor.

Un hombre por el cual no se araña una mujer con otra, no vale unperro chico.

Micaela estaba admirable de serenidad.

Doña Emerenciana admirable de celosa.

La Nicanora admirable de desenfado.

Era una manola que por nada del mundo hubiera sufrido ni áun mucho ménos de lo que la habia provocado doña Emerenciana.

Sin embargo, habia obedecido á mis guiños.

Era cuanto se podia esperar.

Empezó el almuerzo, y á cuidarme doña Emerenciana.

Me puso la pechuga del pollo.

Me sirvió la copa.

Al mismo tiempo me apretaba la rodilla.

Yo veia desvancado áHipolitito.

—En los pueblos vivís muy atrasados, sobrino,—dijo doña Emerenciana;—allí con esa americana y ese chaleco á cuadros estarias muy elegante; pero aquí estás muy cursi. Nicanora, sirva usted de una vez el almuerzo, y váyase usted á la calle de Valverde, que vengan al momento con una berlina de lujo para mí. Entérese usted. Ya saben allí lo que yo quiero. Que esté aquí para cuando acabemos de almorzar. Tenemos que salir mi sobrino y yo. Quiero acostumbrarle á la buena vida de la córte. ¡Como que es mi heredero!

Indudablemente, Hipolitito estaba destronado.

Micaela me miraba al descuido de la vieja, y me decia con su elocuentísima y graciosa mirada:

—Esto va que ni de encargo, hijo mio,—y con su pequeño pié pisaba mi pié.

La Nicanora se habia ido murmurando.

Mi tiame cuidó admirablemente.

Almorcé como un príncipe.

La Nicanora volvió antes de que acabase el almuerzo.

El carruaje estaba ya á la puerta.

—Ahora,—dijo doña Emerenciana,—á casa de Alcaide.—Es el primer sastre de Europa. Elte pondrá verdaderamente elegante; pero como él quiera, lo caro resulta muy barato. ¡Y luego la confeccion!... Ven á acabar de arreglarme Micaela.

Cinco minutos despues estábamos en el carruaje.

—Casa de Caracuel y Alcaide, Puerta del Sol, núm. 15,—dijo doña Emerenciana al lacayo.

El carruaje partió.

Doña Emerenciana tomó un cierto aspecto de gravedad.

—Yo creo,—me dijo,—que tú habrás conocido la verdad entera.

—¡Oh! sí,—la respondí, pretendiendo tomarle una mano.

Doña Emerenciana me rechazó.

—Yo he conocido,—dijo,—estos amores interesantísimos de hoy; estos amores dignísimos; yo soy toda alma; toda pasion; yo amo, amo con toda mi alma, pero no es á tí á quien amo; me agradas, es verdad. Si yo no amara, seria muy posible que me enamorase de tí.

—Esto es ser muy cruel, hermosa mia,—la dije,—yo me muero por usted, yo me vuelvo loco.

—Deja, hijo mio, deja,—me respondió un tanto conmovida doña Emerenciana;—perola costumbre del alma...

Era la primera vez que yo oia esta frase.

—Hay un sér en el mundo que me impresiona de una manera gravísima; una criatura que llena todas mis aspiraciones; pero esa criatura es débil... la espanta ese ogro de don Bruno, ya te lo he dicho: yo te conozco, espanta á don Bruno, que me deje en paz con mis amores, y espéralo todo de mí.

—Soy verdaderamente muy desgraciado,—la dije,—porque no soy la criatura á quien ama usted.

—¿Quién sabe, quién sabe? eres muy guapo; vamos, cualquier cosa; he pensado mucho en tí; he soñado contigo; perola costumbre del alma...

—Es necesario sobreponerse á las malas costumbres,—la dije;—tal vez ese de la costumbre sea algun mal favorecido, algun ingrato.

—¿Y qué mujer, por hermosa que sea,—dijo doña Emerenciana,—puede contar con la gratitud de los hombres? Mira, tente, no estés tan pegado á mí, que me sofoco: cuida mucho de no requebrarme, porque en ello te va la fortuna: con que dime, ¿le romperás el alma á don Bruno? ¿Le ahuyentarás? ¡Oh, qué hombre, qué mónstruo! No me puedo tratar con nadie; ya se ve, todos no han de ser unos Gaiferos; no es este el tiempo de los valientes. El valor no hace falta para nada; con que arréglame á don Bruno.

—Pues ya lo creo; don Bruno no se atreverá á nada que pertenezca á usted, ¡bueno soy yo!

—Bien sabia yo lo que me hacia abrigándote; pero me parece que estamos ya en casa de Alcaide.

Subimos al taller del famoso sastre.

Doña Emerenciana encargó para mí cinco trajes completos.

Salimos y nos fuimos á la camisería.

Doña Emerenciana tomó para mí cuatro docenas de camisas.

Despues á la joyería.

Me compró un magnífico reloj y una hermosa sortija.

Las viejas verdes ricas son un filon.

Me iba enamorando de veras de doña Emerenciana.

Me parecia hermosísima.

Despues de la joyería me llevó á Fornos.

Tomamos café.

Cuando salimos, fuimos á la Fuente Castellana.

Hacia un dia hermosísimo; uno de esos dias de invierno de Madrid que parecen de primavera.

Doña Emerenciana era incansable.

Parecia que Dios la habia dotado de un estómago de buitre.

Despues de haber almorzado abundantementeen casa, todavía tuvo apetito para comerse en la Fuente Castellana una perdiz y no sé cuántas cosas más.

Bebió tambien largamente.

Sin embargo, no se la resintió la cabeza.

Continuó perfectamente serena.

Yo no comprendia una tal fuerza de organizacion en una tal vieja, á la que la noche anterior habia visto entregada á un formidable ataque de epilepsia.

Estaba como si tal cosa.

Me miraba con delicia.

Con ánsia.

Parecia que yo era cuanto habia en el mundo para ella.

Sin embargo, miraba á todo hombre que pasaba si era jóven y algo buen mozo; y siempre tenia un agudo chiste para cada mujer que veia, si era algo bella.

Influia sobre mí aunque yo recordaba su cabeza pelada, su boca sin dientes, todos los estragos, en fin, que en ella habian hecho la edad y, sin duda alguna, á pesar de sus protestas acerca de su pureza, sus desórdenes.

Yo no sabia qué pensar de aquel fenómeno.

Una mujer tan horrible, tan repugnante, despejada de sus composturas, y que compuesta llegaba á una tal belleza ideal.

Una vieja como ella, que tenia una voz en que se sentian todos los encantos de la juventud.

Y sobre todo, lo extraño de su conducta.

Una mujer que se prodigaba en los cafés; que miraba á todo el mundo; que provocaba á todo el mundo; que tenia todas las apariencias de la buscona más descarada, y que, sin embargo, no tenia amante; que era rica, y á la que servia de médico y de remedio, en los graves accidentes, el tio Calostros, el sereno.

Todo esto era extraordinario, todo inexplicable.

Causaba en mí una especie de perturbacion moral.

Se añadia á esto el efecto de los regalos que me habia hecho, la posicion que me habia dejado entrever.

Yo empezaba á enorgullecerme, á creerme persona importante.

Doña Emerenciana, á vueltas de mirarme con una pasion volcánica, se mostraba severa y me obligaba á contenerme en los buenos límites.

Esto me aturdia más y más.

¿Estaba loca aquella mujer?

¿O habia habido un tiempo en que su alma habia sido tan hermosa como su cuerpo, y habiendo pasado, gastada por los años la hermosura del cuerpo, conservaba la hermosura del alma?

Habia mucho de juventud en su mirada.

Sus grandes ojos no podian ser más lucientes ni más hermosos.

Yo me fascinaba más y más.

Se me olvidaba el vestiglo.

No veia más que la apariencia seductora de doña Emerenciana.

Ella necesitaba pertenecer á un hombre que tuviese cierta importancia.

Que significase algo.

Que pudiese entrar en todas partes y pudiese ser influyente.

—Para eso,—me decia,—no hay más que la política.

Todo lo que está fuera de la política, no vale nada.

La política es el único camino que hay para las grandes posiciones ilustradas con los grandes honores.

Un quidan que tiene un cierto descaro, una cierta habilidad, un cierto tacto y un mediano ingénio, tiene zapatos al dia siguiente de haber entrado en la política, y no tarda mucho en andar en coche.

Se empieza por lo más bajo, y por poco que ayuden la fortuna y la audacia, se sube rápidamente, se van dominando escalones hasta que al fin aparece el grande hombre.

Otros muchos han empezado más penosamente que tú.

Tú eres hombre de corazon, quiero decir, de puños, y que no te detienes en nada.

Encontraremos fácilmente para tí un lugar importante.

No faltará un hombre político que pague bien y te favorezca, porque firmes esos artículos peligrosos que pueden producir un lance personal ó una persecucion del gobierno.

Es temprano todavía.

A las tres iremos casa de don... (y me dijo uno de los nombres más conocidos y más altos de la política.)

—Es un antiguo amigo mio,—añadió,—que me estima en lo que valgo, y que en más de una ocasion me ha servido bien.

En verdad que yo le he servido mejor.

La reciprocidad es una gran cosa.

Donde no puede haber reciprocidad, no hay nada.

Nadie dá sino porque le tiene cuenta dar.

La justicia anda por las nubes.

En vez de ella, llena la tierra la conveniencia.

El interés lo absorbe todo.

Lo demás es imbecilidad ó farsa.

Tú serás periodista.

Esta misma noche asistirás á tu redacción, y tendrás un sueldo.

Don F... te dirigirá.

Yo te prestaré la buena ayuda de mi ingenio.

Lo mismo que te creo muy á propósito para la chismografía intencionada de la prensa, y para hilvanar cada dia un artículo de los que ponen de mal humor á un gobierno, te creo capaz de preparar y producir un motin.

No sé si me equivoco.

Pero desde que te ví anoche fundé en tí grandísimas esperanzas.

Sabe Dios á dónde llegaremos.

Pero, hijo mio, son las dos y media.

A las tres encontraremos en su casa á don F...

Estábamos entonces en lo alto de Chamberí.

Doña Emerenciana tiró del cordon, y dió al lacayo órden de que nos llevase á la calle de... número...

No me atrevo á dar el nombre ni el domicilio del personaje ante el cual me puso doña Emerenciana.

Aquel señor la recibió como á una antigua y queridísima amiga.

Creyó ó hizo como que creia, que yo era sobrino de doña Emerenciana.

Estuvo conmigo amabilísimo.

En fin, me dió asunto para un artículo terrible de oposicion que debia ver la luz al dia siguiente en su periódico.

—Este artículo,—dijo el hombre político,—puede producir un lance personal, un lance grave, y producirá indudablemente una denuncia, si se escribe como yo espero lo escribirá usted: en fin, esta es una prueba: se hará ruido; se querra saber quien es el nuevo gladiador que aparece en el estadio de la prensa: jóven, las posiciones sociales cuestan muy caras: hay que hacer frente á grandes compromisos, á grandes peligros.

Pero cuando se llega á la cúspide...

Amigo mio,—añadió mirando su reló:—necesito de todo punto ir al Congreso.

Así, pues, adios, y hasta la noche, los esperamos á ustedes para comer; cuento con que usted traerá ya por lo ménos el plan del artículo.

Salimos.

Yo acabé de aturdirme.

Aquello era ya demasiado.

Cómo no adorar á doña Emerenciana, que era ya para mí un ángel.

Nos volvimos á casa.

Encontré sonriente á Micaela.

De todo punto solícita á Nicanora.

Aquellas tres mujeres, las dos viejas y la jóven se desvivian por mí.

Doña Emerenciana me habló del artículo.

Era necesario que le llevase á la hora de comer, no en embrión, sino concluido.

Se me habia provisto de un secreto de Estado.

Se habia hecho de mí una gran confianza.

Como si se hubiera tratado de un hombre viejo ya y práctico en las cosas políticas.

Doña Emerenciana me habia aconsejado.

Podia decirse que ella habia hecho el artículo.

Yo no habia hecho más que darle la forma.

Esto no me habia sido difícil.

Yo habia escrito ya en algunos periódicos de literatura.

Habia hecho algunas revistas de toros.

Sabia zaherir y morder.

Escribí el artículo en una hora.

Lo leí á doña Emerenciana, que se asombró.

—Tienes la fortuna, hijo mio,—me dijo,—de que yo te haya adivinado: pero, francamente, no sabia que valias tanto.

Aquí saltan tres duelos.

Se produce una denuncia.

En cuanto á los duelos, debes dejar que se arreglen satisfactoriamente.

Pero lleva á cabo uno de ellos.

Da ó recibe una estocada.

Si puedes matar á tu adversario mátale.

Déjate de generosidades si es que eres generoso.

Hay que establecerse de una manera séria.

Si logras matar al director de... á quien en tu artículo has abofeteadomoralmente, y que es un brabucon, te colocas á una altura envidiable.

¿Quién le tose á un diputado de palabra audaz, que da estocadas de muerte, ó por lo ménos graves?

El abusa de sus ventajas.

Mátale si puedes.

Tienes todas las condiciones necesarias, querido mio.

¡Oh! ¡Si no ejerciera sobre mí una tal influencia Hipolitito!

Pero, en fin, ya veremos, mi querido sobrino.

Ahora prepárate.

Arréglate lo mejor que puedas.

Yo te disculpé con lo de que acababas de llegar del pueblo.

En fin, se hará todo lo que se pueda hacer, y los resultados serán magníficos.

Micaela estaba muy contenta.

Decia que las cosas no podian ir con mejor suerte.

En cuanto á la Nicanora, se descotaba cuanto podia el pañuelo para dejar ver más parte de su garganta, de sus hombros y de su seno.

Todas las mujeres conocen lo que tienen de más incitante, y hacen cuanto le es posible por dejarlo ver.

Llegaron las siete de la noche.

Durante la tarde habia cambiado el tiempo.

Al oscurecer diluviaba.

Habia sobrevenido una de esas noches que hacen imposible todo lo que no sea la permanencia en un gabinete con una mujer al lado de una chimenea.

El frio era horrible.

Los criados del hombre político debian extrañar que yo me presentase con un sombrerete hongo y una raida americana.

Se comisionó á Micaela, que volvió con dos ó tres mancebos de ropería elegante, cargados de ropas.

Acompañaba un excusabarajas con camisas.

Ni Alcaide, ni la camisería á donde habiamos ido, podian tener concluidos sus encargos hasta pasados algunos dias.

Cerca de las ocho estuve yo completamente trasformado.

Un peluquero me habia rizado admirablemente los cabellos.

Yo podia pasar por un jóven decente y aún distinguido.

Entonces se me ocurrió que para ser algo en Madrid, podia ser muy eficaz la ayuda de una vieja verde.

De una beldad en ruina, restaurada á fuerza de arte.

El carruaje estaba esperando.

Doña Emerenciana se habia prendido admirablemente.

Estaba verdaderamente hermosa.

Pero esmaltada con más fuerza.

Me pareció además que la peluca era de un negro más intenso y más brillante.

Es decir, que era más nueva.

No se podia pedir más.

Encantaba.

Yo me miré á un espejo, y me encontré irresistible.

Aunque no me hubiera mirado, me lo hubieran dicho las miradas de las dos viejas y de la jóven que se recreaban en mí.

Yo iba armado con mi artículo.

Salimos y entramos en el carruaje.

Me atreví á traer á mí á doña Emerenciana y á besarla una mejilla.

Hizo un leve movimiento de repulsion; pero me dijo:

—Eso es ya diferente: me vas pareciendo un hombre de pasiones: creo que podrás decidirme á algo: puede ser que venzas mi resistencia al matrimonio.

Y suspiró.

Pretendí tomarme alguna libertad algo más determinante, y se rehizo, y me llamó severamente al órden.

La ruina resistia.

Pretendia imponerse.

Hacerse aceptar por completo, fuera de afeites y de composturas.

De resultas del beso, me quedó en los lábios algo pegajoso, algo craso, que sabia á yeso.

¿Pero qué importaba?

¿Y la posicion?

Llegamos.

Poco despues estábamos en el estrado del hombre político.

En que se vé hasta qué punto subordinan á lo positivo sus sentimientos amorosos las viejas y las jóvenes.

Yo creí que se nos recibiria en forma.

Pero me engañé.

Habia allí algunas señoras que parecian cualquier cosa, y algunos jovenzuelos, á todas luces, aprendices de hombres de Estado.

Habia tambien algunas mujeres verdaderamente bellas.

Muy jóvenes las unas.

Otras de edad ya séria.

Dos ó tres viejas, muy emperifolladas.

Particularmente dos.

La una parecia una espátula.

La otra un espárrago.

Eran la esposa y la cuñada del hombre político, dueño de la casa.

Dos mujeres políticas.

Dos hembras de Estado.

Estaban vestidas de una manerasui generis.

Lo que les faltaba de belleza y de juventud, les sobraba de ampulosidad en el traje y en los adornos.

Eran dos ejemplares preciosos de un género raro.

Fluia de ellas un ridículo sério.

El peor de los ridículos.

Cada una de ellas me agarró con los ojos en cuanto me vió, como hubiera podido agarrarme con sus tenazas un escorpion.

Las otras me miraron con una amable sorpresa.

Con una sorpresa agradable.

Yo me sentia perfectamente aceptado.

En cuanto á ellos, me habian saludado con una grave reserva.

Habia allí tiesura.

Algo que demostraba que ninguno de los que estaban allí habia tenido sus principios muy en relacion con su situacion actual.

Faltaba de todo punto esequid, esa cosa inexplicable que no se aprende ni se compra, y que se llama distincion.

Se tocaba la moneda falsa.

Todos habian debido empezar sobre poco más ó ménos como yo.

¿Quién sabia dónde estaba, cuál habia sido el principio de su importante posicion?

Habia, sobre todo, un chiquitin verdinegro, que era de todo punto impresentable.

Y aquel podia ser, y lo era en efecto, un importante hombre público.

Tal vez un jefe de partido.

No le hace.

Así está hecho nuestro mundo omnipotente, y así hay que tomarle.

Yo, que aún estaba en el umbral del palacio mágico de la política, me sentí muy superior á todos aquellos señores.

La cabeza empezaba á hinchárseme.

Me desconocia ya á mí mismo de todo punto.

Doña Emerenciana era para mí una gran mujer.

¿Qué importaba que todo lo que la hacia aparecer hermosa no fuese suyo?

¿Acaso es de ellas todo lo que hace aparecer encantadoras á la mayor parte de las mujeres?

La mentira es la reina del mundo.

Las monedas falsas las que más corren en el mundo social y político.

Si copelais, si depurais á la mayor parte de loscómicos políticos, vereis que son un catecismo aprendido de memoria, con algunas ligeras variantes.

Un repertorio de ideas infecundas repetidas y vueltas á repetir hasta lo infinito.

Una rutina.

Un valor sobre entendido.

En fin, un oficio muy fácil de aprender.

Lo que es indispensable es la audacia.

Lo que es de todo punto imprescindible es la deslealtad.

Lo que de todo punto estorba es la conveniencia pública.

Lo único que debe tenerse en cuenta es el acrecimiento propio.

Las coaliciones son necesarias.

Cofradía contra cofradía.

Comunidad contra comunidad.

Se expulsó á los frailes.

Pero no se adelantó nada.

Quedaron en su lugar los políticos, con reglas diferentes, como los frailes con hábitos de distintos colores.

Antes todo holgazan que queria gozar de lavita birlonga, se metia fraile.

Hoy todas las nulidades audaces se hacen políticas.

Los frailes se lo comian todo.

Los políticos se alimentan hasta reventar de la olla grande.

De la flor de ella.

De lo exquisito.

Así andan orondos y colorados y gordos, ni más ni ménos que un guardian pezuño de capuchinos.

Lo repito.

Me desvanecia.

Me creia muy más capaz que todos aquellos gravísimos señores de llegar á ser un hombre importantísimo.

En cuanto á doña Emerenciana, con sus setenta años encima, hacia un magnífico papel entre todas aquellas mujeres, contando á las más jóvenes y á las más bellas.

Habia en doña Emerenciana un aspecto extraño, algo de monumental, algo de augusto.

Nadie hubiera sospechado en ella á una asídua concurrenta nocturna al café.

¿Qué importaba que se supiese esto?

Excentricidades.

¿Acaso no vemos á todos los graves hombres políticos, y altos funcionarios, en los rincones de los cafés, donde se encuentra el género fácil?

¿Qué tiene que ver esto con lo otro?

¿En qué se opone lo cortés á lo valiente?

Y si penetráramos en los lugares no públicos...

Y si descendiéramos...

Y si ascendiéramos....

¡Cuánto fenómeno!

¡Cuánta inmundicia!

¡Cuánto cambio de decoracion!

Como los frailes.

Ellos tenian el recurso de salir disfrazados de sus conventos, para correr la vida airada durante la noche.

En fin, la humanidad.

Las apariencias.

La farsa.

Los pícaros viviendo de los tontos.

Los más fuertes sobre el país.

Los más débiles hollados por todos.

La calumnia siempre en ejercicio.

La explotacion en auge.

La inmoralidad en acceso.

La corrupcion en todo.

Hasta en el aire.

Esto que acabo de decir lo dice en todos los tonos todo el mundo.

Ello es lo mismo que ladrar á la luna.

La audacia, el cinismo, el catequismo, el discurso vacío, la idea fija, la picardía y la tunantería y la traicion, y la mentira y la calumnia,siguen haciendo fortuna, y envenenándolo todo, por la explotacion y la corrupcion.

El que no explota es tonto.

Yo no he podido pertenecer nunca al número de los imbéciles.

Si me he dejado explotar ha sido para sacar partido de la explotacion.

En cuanto á la conciencia, no he tenido para qué ocuparme de ella.

La conciencia no sirve para nada, y estorba para todo.

En cuando al estómago, me lo he blindado.

Es decir, le he puesto en condiciones de digerir todo lo más repugnante.

Por consecuencia, me iba decidiendo por doña Emerenciana como ella era, con peluca y sin dientes, y con su armadura postiza.

Es más.

Me iba pareciendo deliciosa.

Me iba enamorando de ella.

Noté que doña Emerenciana estaba disgustada y como pesarosa de haberme llevado allí.

Todas aquellas señoras, jóvenes y viejas, me comian con los ojos.

Particularmente las dos estantiguas de la casa.

Esto es, la mujer y la cuñada del ex-ministro, dueño de la casa.

Se habian puesto una á cada lado de mí.

Me comian á miradas.

Me agoviaban á preguntas.

Yo no sabia qué contestar.

Estaba á oscuras.

Conocian á la familia de doña Emerenciana.

Yo me veia obligado á apurar mi ingénio.

Afortunadamente allá, á las ocho y media, llegó el amo de la casa.

En el profundo, en el servil respeto con que le saludaron ellas y ellos, hubiera comprendido cualquiera, sin saber su nombre, que se trataba de un personaje importantísimo.


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