Chapter 2

Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír.

La abuela dio un salto de indignación.

El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos:

—Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber...

La abuela me lanzó una mirada de triunfo.

—Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar—añadió.

Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente.

El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.

—El matrimonio es cosa tan grave—continuó,—que cierto moralista ha dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de comprometerse a él...

La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación.

—No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en fin—dijo el cura moviendo la cabeza,—no podemos menos de reconocerle cierta prudencia...

La abuela se estremeció, y yo me eché a reír.

—Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados del matrimonio.

—Pero, padre—interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,—¿hacían falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios...

—Evidentemente—respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando un buen polvo.—Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes acostumbradas a la obediencia pasiva...

—Señor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradicción. Habla usted de obediencia pasiva... ¿Quién me ha aconsejado desarrollar la personalidad de mi nieta?... ¿Quién me ha impulsado a formarle un carácter suyo?... ¿Quién me ha dicho a cada uno de sus caprichos: «Déjelo usted pasar; será una mujer y no una figurante?...» ¿No ha sido usted, señor cura?

—Sí, señora—respondió el cura sin confusión alguna.—Y hoy lo repetiría una vez más. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos. La vida fácil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio al sol, y educar a las jóvenes como se las educaba en otro tiempo, sería un verdadero anacronismo.

—¿Por qué?—dijo la abuela, no convencida.

—Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de formarle un carácter fácilmente maleable para asegurar la felicidad conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de las muchachas sin dote, que no encuentran con quién casarse, existen las jóvenes de dote pequeño o mediano, que no son más buscadas por los hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jóvenes es, pues, un grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaños ciertos...

—No veo en qué—replicó la abuela.

—¡Que no ve usted en qué!—dijo el cura sorprendido.—Piense usted, señora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio... ¿Qué quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espíritu, cuya voluntad y cuyo corazón no están formados y necesitan equilibrarse con el espíritu, la voluntad y el corazón de un hombre?...

—Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para las mujeres...—preguntó la abuela.

—Sí, señora, creo en ella.

—Magdalena tiene un bonito dote y...

—Sí, es posible, y se casará fácilmente—respondió el cura.—Pero como posee un carácter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad vendrá de su parte. Querrá reflexionar, elegir, calcular...

—Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema, señor cura!

—Sí—dijo el cura pensativo;—es cierto que ahí está el escollo. El matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está atravesando una crisis...

—Por eso mismo hay que combatirla—afirmó la abuela con gran energía.

—¿Cómo?—dijo el cura más y más pensativo.—Lo que pasa en los grandes centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay tendencias a la huelga general...

—¡La huelga contra el matrimonio!—exclamó la abuela, que no sabía si reír o enfadarse.

—La huelga contra el matrimonio, sí—articuló claramente el cura.—Lo que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al matrimonio, y tendrá la palabra de la situación.

—Entonces—exclamó la abuela desesperada,—Magdalena es una huelguista...

—No, todavía no—dijo dulcemente el cura,—pero tiene tendencias.

Y añadió designándome a la abuela:

—¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años?

—Veinticinco, señor cura, veinticinco—rectificó la abuela, un poco humillada por la cifra respetable de mis primaveras.

—Veinticinco años—repuso el cura;—entonces es más grave... A los veinticinco años no se es ya un alma cualquiera y se tiene una personalidad... Sí, es más grave... A esa edad se sabe que la vida de la mujer casada es una vida relativa y que su dicha está a merced de otro... No hay que extrañar que ciertas naturalezas se subleven y retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, señora, qué general es la huelga del matrimonio; tan difícil es decidir a ciertos jóvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio.

—Sin embargo, señor cura, todavía se casa la gente—objetó la abuela.

—Sí—respondió el cura con bondad,—todos los obreros no están en huelga, pero sí muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres; entre éstas habrá usted de contar a todas las que no quieren casarse por motivos de abnegación, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la persona complementaria, es decir, del marido.

Bajé la cabeza y me ruboricé ante la mirada investigadora del cura.

—Además—prosiguió éste,—hay los huelguistas hombres, de los que no tenemos para qué ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse son de interés o de egoísmo, lo que es poco caballeresco... Entre los huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre, víctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jóvenes que no encuentran con quién casarse por falta de un poco de dinero. Esta es una de las plagas de nuestra época—concluyó el cura haciendo un gesto de desanimación.

—Entonces—respondió la abuela con un resplandor de esperanza,—puesto que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que está por el matrimonio...

—Sin duda, señora—afirmó el cura,—el matrimonio es una necesidad social a la que deben someterse los que están llamados a ese estado...

La abuela volvió a tomar aspecto de triunfo.

—Pero no soy de opinión de que se violenten las vocaciones...

A mi vez cobré valor.

—Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas—añadió con una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.

—Señor cura—dije en tono de protesta,—si usted supiera cuánto deseo complacer a la abuela...

—Eso está muy bien dicho, pequeña—respondió la abuela muy contenta.

—Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo—dijo el cura sin dejar de sonreír.

—No será porque no las quiera ni porque no las defienda—contesté arriesgando una mirada del lado de la abuela.

—Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova—exclamó el cura satisfecho al ver que estábamos más contentas.—Tiene usted razón. La solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de todas las caridades y de todas las abnegaciones.

—¡Ah!—exclamé aturdidamente,—siendo el cristianismo el que ha hecho posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...

—Otra tontería de Magdalena—murmuró la abuela.

—¿Cómo?—dijo el cura con estupor,—¿encuentra usted que Magdalena ha dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de la solterona?

—No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el cristianismo ha hecho las solteronas...

—¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?—preguntó el cura maliciosamente.

—¡Oh! sí, señor cura—suspiró la abuela.

—Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena el respeto que debe a esos cabellos blancos—prosiguió el cura con su franca sonrisa.—Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo demás...

—¡Imposible!—exclamó la abuela.—No va usted a decirme que es el cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una herejía...

—Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija, hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...»

—¡Ah!—exclamó la abuela indignada,—jamás hubiera esperado semejante lenguaje de un apóstol y un santo...

—Cálmese usted, señora—dijo el cura muy divertido,—y observe qué alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por las costumbres para hallar el esposo obligatorio...

—No—exclamó la abuela,—no hubiera creído jamás que un apóstol, que un santo, aconsejase el celibato mundano...

—Y en esto tiene usted razón—respondió el cura.—Tan lejos ha estado San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en los tiempos modernos.

—¿Por qué?—pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su indignación.

—A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las almas a quienes no atrae una vocación especial...

—¿En interés de qué?—dije más y más poseída de mi asunto.

—En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver, Magdalena—dijo el cura en tono regañón,—un poco de memoria... Usted debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los bárbaros.

—No es difícil, señor cura—respondí con entusiasmo.—Ayer precisamente he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores, las hijas estaban excluidas de la propiedad.

—Bien—dijo el cura con satisfacción,—muy bien...

—Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es justo—añadí con convicción.

—Eso es un detalle—dijo el cura en tono doctoral.—¿Y qué pasó después de la conquista?

—Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,» sino «nada de hijos delante de los primogénitos...»

—Perfectamente—exclamó el cura.—Va usted a ver en seguida el encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer, inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.

—¡Infelices!—exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de antaño.

—Los siglos pasados—continuó el cura, que se creía en su cátedra,—están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias, gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran entonces encerradas en los conventos...

—¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!—exclamé con una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció.

—San Pablo...—murmuró con rencor,—San Pablo es un mal santo.

—¡Oh! señora—respondió el cura descontento,—San Pablo es la gloria de la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San Pablo.

El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran librote que abrió por la página en cuestión.

—Se trata, señoras—dijo,—de la Princesa Isabel de Francia, hermana de San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II. Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba de celibato mundano... «No tendré—respondía a todas las instancias,—otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano, a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar con una «solterona» entre sus miembros.

El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que la abuela y yo soltamos la carcajada.

—Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted, señora. «Me dicen—escribía el Pontífice,—que queréis vivir en el mundo y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis obediencia.»

—Eso está bien hablado—exclamó la abuela;—Inocencio IV me consuela de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía?

—Lo que probablemente respondería Isabel de Francia...

—Isabel—continuó el cura,—escribió al Papa una larga carta para justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una rebelde—decía,—ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la excelencia y de la santidad del matrimonio...

—¡Qué gran Papa!—exclamó la abuela llena de admiración.

—...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...»

—¡Otra vez San Pablo!—gruñó la abuela...—¡Qué santo!...

—«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al mundo.»

—Es encantador que también San Agustín se meta en esto—dijo la abuela.—Y añadió volviéndose hacia mí.—¿De modo que las ideas de la Princesa son las tuyas?

—No por completo—confesé.—La Princesa es una santa y yo no. Además, su celibato no es más que una vida religiosa...

—Precisamente—confirmó el cura.—La historia nos enseña que si la Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo monja, y murió siéndolo.

—¡Bah!—dijo la abuela,—para ser una solterona tan convencida de su derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...

—Es verdad—contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a la abuela.—Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los suyos...

—Ese fue entonces el comienzo de la rebelión—objetó la abuela, levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un tiempo precioso.

—Nada de eso, señora—respondió con bondad el cura;—es el primer vagido de una personalidad que se ignora.

—¡Singular vagido!—dijo la abuela.—En fin... a San Pablo y San Agustín se lo debemos—añadió con rencor.—Verdaderamente, no puedo digerir eso...

—Sí, sí—respondió el cura con condescendencia,—ya lo digerirá usted. Ya verá, ya verá.

Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:

—Vayan en paz, señoras, vayan en paz...

Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror del Papa Inocencio IV por las solteronas.

—¡Eso un Papa!—exclamó Celestina.—Debe de ser, todo lo más, un Papa falso...

Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija hace bien; el que no la casa hace mejor.»

Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras.

—Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo... santo. No hay como los apóstoles.

—No hay como los Papas—replicó la abuela.

Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina!

Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y me vi entrar a Celestina muy sofocada.

—No comprendo—acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la palabra,—no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice un «inocente.»

—Inocencio IV no era un inocente—repliqué.—Fue, por el contrario, un gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina.

—¡Bah!—dijo Celestina incrédula;—la señorita no me hará creer que nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.

Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre Inocencio IV!

18 de octubre.

Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos cuando la campanilla sonó alegremente a impulso de un mano viva y nerviosa.

—Es la señorita Francisca, seguramente—dijo Celestina, yendo a abrir sin apresurarse.

Era ella, en efecto, que venía con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus madres, a buscarme para dar un paseo. Acepté con entusiasmo. La abuela tiene dificultad para andar y me confía con placer a esas señoras que me acogen siempre con gran amabilidad.

Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis más antiguas amigas, y, como yo, son aiglemontesas de nacimiento.

Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho años. Es una morenita delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo. Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatería y adicta sin ostentación, es enteramente mi ideal. A ella es a quien confío más fácilmente mis pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carácter firme y leal de Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera por gusto, según dice ella, pero la abuela, que no podría soportar semejante inconveniencia, asegura que es más bien por abnegación para su madre, a la que cuida y consuela en sus dolores físicos y morales. Yo soy de la misma opinión.

Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrática silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y fantástica y algo niña mimada. Su padre, el Barón de Brenay, no ve más que por los ojos de su querida hija, que es la única bonita, la única bien nacida y la única posible. A fuerza de oírlo repetir, Petra lo cree y espera con serena convicción la hora encantadora y deseada en que la renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le atraerán algún millonario por marido. Los señores de Brenay desean el millón, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte enteramente las opiniones de sus padres. Está convenido que Petra no se casa con menos de un millón.

—No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al año—dice a cada momento el Barón de Brenay.

—Es lo justo para no morirse de hambre—añade la Baronesa.

Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la partícula «de» colocada delante de un nombre, conservan la dulce o inocente ilusión de que toda la humanidad participa de esa fe. Un riquísimo plebeyo será indudablemente muy halagado al depositar a los pies de la divina Petra un número incalculable de billetes de banco... Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una condescendencia muy divertida. Muchas veces nos reímos entre nosotras de los sueños dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los dogmas de fe no se discuten.

Dejando a las mamás que hablasen entre ellas, tomamos rápidamente la delantera en cuanto estuvimos fuera de la población.

—Y bien, Magdalena—exclamó de repente Francisca,—¿sigues defendiendo a las aiglemontesas?

—Como las ataques mucho, puede ser.

—¡Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena—exclamó Francisca triunfante.—El otro día te alzabas en los espolones como un gallo inglés.

—Si alguien enseñaba los espolones—dije reprimiendo una fuerte gana de reír,—no creo que fui yo...

—No, joven virtuosa; confieso que debió de ser mi modesta persona la que se agrió con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas solteronas...

—Si tú las provocas, no tienes más que lo que mereces.

—Eso es, métete en esa pandilla, y contra mí además... ¡Ah!—dijo Francisca dando un gran suspiro,—bastante desgraciado es pensar que se va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona...

—Nadie te obliga a enmohecer—objetó Genoveva.

—Sí, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas.

—Pues bien, cásate—exclamé.

—¡Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os prevengo que salto a él y de grado o por fuerza le llevo al cura y al alcalde.

—¿Aunque no te guste?...—pregunté interesada.

—Un pretendiente gusta siempre.

—¿Aunque sea feo y viejo?

—Me tiene sin cuidado—respondió Francisca con su desenvoltura habitual.

—¡Oh!—dije indignada.—No creo que te casaras con alguien que no te gustara...

—¿No?... Como que le iba a dejar... ¿Estás todavía en los dichosos tiempos de los matrimonios por amor?

—¡Cómo!—exclamé consternada.—¿No estás tú ya en ellos?

—El amor sublime...—respondió la incorregible burlona;—creo que no me sentaría bien.

—Dices tonterías—hizo observar la prudente Genoveva, también muy sofocada.

—Tonterías... no. En realidad—añadió Francisca viendo que había ido demasiado lejos, estoy hablando en broma.—Me sacáis de mis casillas con vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridículo, malo, maldiciente y charlatán... una sobra.

—Yo no creo ser una sobra—protestó vivamente Genoveva.

—Tú, puede que no—concedió con generosidad Francisca,—pero las demás... Dios mío, no es ese mi ideal.

—Ni el mío—afirmó Petra.—A mí me gustará comerme el dinero de un marido muy rico.

—¡Comerte el dinero!—objeté.—¿Es eso todo lo que tú ves en el matrimonio?

—Evidentemente—respondió Petra con su gran aspecto de las cruzadas.—Comprenderás que si me caso con un plebeyo rico, no voy a pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle valsar, es otra cosa...

—Pobre plebeyo—dijo Francisca con compasión.—Estoy segura de que le harás ver que es un honor para él dejarse roer el dinero por tus lindos dientecitos aristocráticos.

Petra sonrió sin responder.

—¡Bah!—replicó Francisca sin poderse contener, una partícula no es cosa que se come...—¿Qué le vas a dar en cambio a tu marido?

—Nada—respondió Petra desdeñosa.

—Pobre señor; su vida va a ser un perpetuo viernes...

Genoveva, para cambiar de conversación, nos llamó la atención sobre el paisaje de otoño que se ofrecía a nuestra vista.

—No, no, Genoveva, nada de poesía; nada de hojas muertas o a punto de morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrés años que estoy contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la Naturaleza... Es aburrido.

—Qué alma de artista—murmuréin petto; y después, armándome de valor, me atreví a hablarles de mis estudios sobre las solteronas. Francisca aprovechó la ocasión para lanzar gritos de horror, que Petra imitó a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobación de Genoveva, conté mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y les dije que en los pueblos polígamos no las había.

—¿No?—exclamó Francisca.—Pronto, Petra, vámonos a esos pueblos felices.

—No creas que me conformaría con la vida de harén—respondió Petra en tono desdeñoso.

—Es verdad—exclamó Francisca;—ya he dicho otra tontería.

—No me extraña—dijo dando un suspiro la pobre señora de Dumais que nos había seguido.

—Esperaba eso de mamá—respondió Francisca con filosofía.

A mí tampoco me extrañan las reflexiones maternales...

Cuando llegamos a mi casa ofrecí a todas las señoras una taza de té. Las de Brenay y Dumais tenían prisa por volver a sus casas, y rehusaron; pero las tres jóvenes aceptaron. Celestina, que sabe cuánto me gusta tomar un refrigerio al volver de paseo, lo preparó todo en seguida, y entre una galleta y una tostada continué mis confidencias.

La idea de que San Pablo, con gran escándalo de la abuela y gran contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirtió mucho a mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidió que llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hícelo yo de buen grado y pedí una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo.

—Y bien, Celestina—dijo Francisca,—San Pablo es un gran santo...

—Sí, señorita—respondió respetuosamente Celestina, que pareció mirar a Francisca con mejores ojos.—No es como ese inocente...

—¿Qué inocente?—interrogó Francisca asombrada.

—Ya te contaré eso dentro de un momento—dije.—Vamos, Celestina, dinos lo que piensas de San Pablo—continué dirigiéndome a la anciana, que se obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una humedad molesta.

—Pienso—respondió la aludida, a la que halagaba la atención de que era objeto,—pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las jóvenes se pierdan casándose.

—Pero, Celestina—dijo Genoveva con una débil sonrisa,—no es una perdición el casarse.

—Sí, señorita—aseguró Celestina;—en los hombres es puro vicio y en las mujeres una torpeza...

—¡Bueno!... Ya está la especie humana rápidamente juzgada—exclamó Petra en medio de las risas de todas.

—Pues bien, Celestina—añadió Francisca muy seria,—encuentro que tiene usted razón. En su lugar de usted daría algún paso cerca del señor cura para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea puesta en la puerta de la corporación y que San Pablo sea nombrado patrono en su lugar.

—¡Cuánta razón tiene la señorita y qué bien estaría eso!...

—Me apresuré a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos.

Reanudé mi narración de las solteronas para explicar el «inocente» de Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se ahoga con una castaña en dulce y Petra se atragantó completamente al beber el último sorbo de té.

Por fin se restableció el silencio y emprendimos una nueva conversación más seria, aunque sobre el mismo asunto.

Genoveva me preguntó con qué objeto hacía mis investigaciones, y le respondí que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la introducción de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora no me daba cuenta más que de la solterona involuntaria.

—Mi madre debe de tener algo sobre eso—dijo Genoveva después de reflexionar.—Buscaré y te enviaré todo lo que encuentre.

—Le di las gracias con efusión, y como se hacía tarde, unos campanillazos vinieron a poner término a nuestra alegre conversación. Era que venían a buscar a mis amigas.

Francisca fue todavía la que tuvo la última ocurrencia. Había ya salido de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia mí y me dijo con su gracia acostumbrada:

—Hasta la vista, solterona...

—Adiós y gracias—repitieron en coro Genoveva y Petra.

—Adiós, hasta la vista, muchachas...—respondí gozosa, mientras se restablecía el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todavía a lo lejos las notas del alegre terceto.

¡Solterona!... Pues bien, acepto el augurio...

20 de octubre.

Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo.

Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es una creación exclusivamente moderna.

¿De dónde viene?

Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han conservado, evidentemente, esas nobles maneras.

¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados?

Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir, por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente «cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos, sabían animarlos graciosamente.

La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros, no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.

El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente, imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a la mujer y buscaba el dinero.

La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote al convento a dotarlas para casarlas.

Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»

La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la época se oponían a este último partido.

Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.

¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado de vocación que llevaba a tantas pobres almas.

Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»

Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de su fealdad o de su pobreza.»

Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la especie no quiso desaparecer. Al fin del sigloXVIII, el moralista Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»

Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis demasiado sabias meditaciones.

—Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a ver a la señora de Brenay.

—Es verdad—exclamé,—no me acordaba...

—Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos, despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón.

En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que entraba un poco de inocente admiración.

Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí. Dejamos la apacible tranquilidad de nuestrohomey nos encontramos en pleno huracán en casa de los Brenay.

El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón, estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.

El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que motivaba semejante perturbación en su interior.

—Esta democracia...—dijo con un desdén exasperado,—esta democracia es audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos de renta—¿qué es eso?—se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?

—Audaz es en efecto—dijo la abuela en tono de broma.—Un gusano de la tierra enamorado de una estrella...

—Precisamente—exclamó Brenay con acento de aprobación.—El teniente Cotorrac...

—¿Es posible—dijo la señora de Brenay confundida,—que con semejante nombre se atreva a pensar en mi hija?...

—¡Ah!—gimió Petra,—estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en un salón... La señora de Cotorrac...

La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.

—¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si volviera el antiguo régimen!

—Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una buena paliza a esos insolentes...—acentuó la señora de Brenay,—no pasarían estas cosas.

—Dios mío—se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo por aquella tragicomedia.—¿Creen ustedes que el crimen no tiene excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...

—Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su clase—gruñó el padre.

—Un pobre diablo puede tener ojos—añadió la abuela,—y hasta corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.

—No cambia nada—exclamó Brenay.—¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo afirma que está loco por mi hija...

—Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...

—¿Y qué?—preguntó la abuela.

—Que es un amor inadmisible—respondió Brenay con su voz más mordaz,—que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus tumbas a todos los Brenay pasados...

—Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,—apoyó la de Brenay.

La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco en deponer su cólera.

Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.

—¡Bah!—dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que acababa de oír;—supongamos que vivimos en el sigloXVIIIen lugar de encontrarnos en elXX, y todo será natural...

—Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos—murmuró la abuela...—Es curioso—añadió,—el ver cuántas personas inteligentes hay entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.

—¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... Pides demasiado.

La abuela, sorprendida, me miró atentamente.

—Acaso tengas razón—añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien había hablado.—En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del celibato.

—¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.

Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más que de prisa.

22 de octubre.

Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros corazones.

Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado de mis lecturas.

La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias sorprendentes e inverosímiles.

Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que recibieron cada una dos sonoros besos.

La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de su apacible amabilidad.

El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert, apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz.

—Y bien, ¿cómo van esos estudios?—dijo el cura con una risa sonora que hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.

—Están suspendidos, señor cura.

—¿Por qué?

—Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y me falta una Princesa Isabel...

—¡Dios mío!—gimió la abuela,—no se concibe semejante obstinación.

—Sí, señora, ciertamente—respondió el cura con bondad.

Y añadió dirigiéndose a mí:

—Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...

—¡Qué aturdida soy!—dije con convicción.—Es verdad, olvidaba a madama Isabel, la hermana de Luis XVI...

—Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del Código de Napoleón?...

—Nada absolutamente, señor cura—dejé escapar a pesar mío.—Esas dos cosas no me dicen nada que valga.

—Pues es un error—respondió el cura.—La Revolución y el Código de Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les acomoda. De aquí se deduce...

—¿Entonces, señor cura—preguntó la de Ribert muy interesada,—usted cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...

—Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la burguesía?...

—Sí, es cierto. Sin embargo...

—No hay sin embargo—afirmó el cura con autoridad.—Desde el momento en que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el Código...

—No, no—dijimos en coro,—la cosa no es distraída.

—Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es mayor de edad; la segunda es una eterna menor.

—Pero dije cautivada por la demostración;—entonces usted cree...

—Sin duda, sin duda—replicó el cura.—Es claro que al convertirse la soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, toda la apariencia de una posición escogida.

—Si lo que usted dice es exacto—repuso la abuela olvidando su antipatía por este asunto,—habría que buscar en esa transformación de las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.

—Así lo creo, señora—respondió el cura.—La evolución femenina de que habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el cambio de éstas lo que produce el de los primeros.

—Es curioso, muy curioso—exclamó la de Ribert.—Sin embargo—objetó,—no comprendo bien la importancia extraordinaria que da usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.

—Va usted a comprenderlo—respondió el cura, muy contento por la atención de su auditorio.—Por primera vez en la historia de los siglos, la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución no traiga consigo otra?

—Es verdad—dijo Genoveva,—todo se enlaza.

—Usted me comprende, señorita Genoveva—dijo el cura con una mirada de aprobación.—La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay que contar.

—¡Qué lejos estamos—exclamé,—de las leyes de Manou, del Génesis y del Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la mujer sin marido no era nada y no podía nada...

—Sí—aprobó el cura,—todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las solteronas—añadió con malicia.

—¡Todo!—exclamó la abuela.—Las solteronas son entonces, según usted, abominables feministas....

—No, no—respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.—Usted exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la mujer sea un excelente factor de matrimonio.

—Es verdad—aprobó la de Ribert.—La independencia de bienes provoca la de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.

La abuela no pudo contener una exclamación de horror.

—Sí—dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la abuela,—el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...

—No, señor cura—respondió Genoveva con energía.—Se puede tener una personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que usted señala.

—He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran escollo. Muchas jóvenes—añadió con tristeza más acentuada, mirándome con fijeza;—muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...

—Y bien—dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a suspirar,—tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.

—Sí, lo concedo—dijo el cura.—¿Pero por qué ese estado de alma reina precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única probabilidad de dicha...

—¡Pobre probabilidad!—interrumpió la de Ribert.

—...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se implante demasiado ese miedo del matrimonio.

—Eso es lo que me canso de decir—exclamó la abuela.—Es malo, es espantoso...—acabó en el último grado de la indignación.—¡Ah! señor cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?

—Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?—parodió dulcemente el sacerdote.—Pero señora,—continuó con más vivacidad,—no he hecho nada malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,—añadió con la satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.

—Sí, lo concedo, no es mala—dijo la abuela halagada en su amor maternal.—Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...

—Ya sé, ya sé—replicó el cura confuso.—Verdaderamente, no había previsto ese peligro.

—¡Un peligro!—exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas con la abuela.—¿Dónde ve usted ese peligro?

—Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se entiende—explicó el sacerdote.—Involuntariamente, al armar a las muchachas para el famosostruggle for life, las armamos contra el matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en un corazón femenino?... Pero, en realidad—continuó el buen cura levantando la cabeza con confianza,—Magdalena no ha dicho que renuncia al matrimonio.

—Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese camino?

—Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.

—Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...

—San Pablo, señora...

—No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios—dijo la abuela con agitación.

—Y bien, Magdalena—preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una nueva algarada;—¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?

—El marido—respondí con sincera convicción.

—¡El marido!—exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.—¡El marido!... Qué gran verdad...

La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con la promesa de vernos muy pronto.

—Estas señoras son muy amables—dijo la abuela en cuanto se marcharon,—pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se razona ahora!... En mi tiempo no era así.

—En tu tiempo, abuela—repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su hombro,—todo el mundo era perfecto.

—Aduladora—respondió la abuela dándome un beso.—Bien sabes que haces de mí todo lo que quieres...

Y se firmó la paz con otro beso.

¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...

24 de octubre.

Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y ese es mi caso...

Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la abuela me dirigió este discurso:

—Hija mía, puedes hacerme justicia...

—No tengo otra intención, abuela.

—Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación futura...

Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo.

—Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años...

—¡Adiós!... Estoy cogida.

—...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.

—¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas?

—Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios.

—¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa.

—¡Otra vez!—exclamó la abuela con alguna impaciencia.—¿Soy yo, a mi edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué desabridas y singulares son esas muchachas...

—No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que se respira.

—Empiezo a creerlo—replicó la abuela descontenta.—Pero como quiero cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, al lado de tus estudios sobre las solteronas...

Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén.

—...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te puedan hacer...

—Abuela, me habías prometido...

—Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás haciendo.

—Abuela—protesté,—soy tan feliz... No trato más que de estar a tu lado.

—Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es natural...

—Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te tengo a ti?

—¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena...

Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.

—He recibido hace un momento—prosiguió la abuela,—una esquela de nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de matrimonio...

—¡Oh! no, no—exclamé con espanto.—¡Ah! San José...

—He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre de resolver lo que te acomode, pero quiero...

La abuela puso en esta palabra toda su energía.

—...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has hecho hasta hoy.

—Pero abuela—repliqué victoriosa,—sabes que no estaré libre a las dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a paseo, de modo...

—Escribe dos letras a Francisca para excusarte—respondió la abuela con su tranquila firmeza de los grandes días.

Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice.

A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...

Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció una alusión directa a la dicha del matrimonio.

El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco.

—Ea, Magdalena—me dijo después de los primeros cumplimientos,—no ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un entierro...

—Casi—exclamé dando un suspiro.

—Entonces—preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,—¿la conversión no se ha verificado?...

—¡Ay!—murmuró la abuela.

—Es muy singular—siguió diciendo el señor Boulmet.—¿Querrá usted creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna manifiestan respecto de él una frialdad significativa.

—Semejante disposición huele a feminismo—dijo la abuela pensando todavía en la conversación del cura con la de Ribert.

—¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!—exclamó con horror el Señor Boulmet.—Me deja usted estupefacto, señora... Después de todo—añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,—tengo tan poco tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si me declaro incompetente.

—Sí, lo comprendo—respondió la abuela.—Pero dígame usted, entre nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy?

—Que son muy viejas para su edad.

—¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!—exclamó la abuela triunfante.

—Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las solteras...

—¿Por qué?—pregunté interesada por mis queridas solteronas.

—Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de familia y en el temperamento personal.

—¿Cómo?—pregunté con emoción y sorpresa.

—Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta propensión al celibato.

—¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...

—No—respondió el notario sonriendo por mi ardor.—En los países muy fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una solterona...

—Sería un escándalo—añadió la abuela contenta al ver que había en la tierra numerosas personas sensatas.—Pero—continuó,—no nos extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo mucho mejor que hacer que permanecer solterona...

—Evidentemente—exclamó el señor Boulmet.—Una joven tan bonita, tan inteligente, tan instruida... Una mujer superior...

—Señor Boulmet—dije en tono de súplica, ofendida por unos cumplimientos que tomaba por una burla.

—Con tan hermoso dote—prosiguió nuestro notario,—sería una lástima... Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores contratos.

Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo:

—Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como en esperanzas...

—¡Oh!—exclamé con indignación.

—¿Qué hay?—me preguntó el notario muy tranquilo.—Acaso la palabra esperanzas... Es el término corriente.

—Sí—respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,—es el término para hablar de la muerte de las personas queridas... La esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas circunstancias en sinónima de tristeza y de luto...

Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor emoción.

—Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los 28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se contenta, todo está bien. Así, pues...

—¿Y el joven?—preguntó la abuela.

—¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, principios religiosos...

—Perfectamente—exclamó la abuela,—queremos ante todo principios religiosos...

—Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de cuatro a cinco mil pesos.

—Soberbio—exclamó la abuela encantada.—¡Oh! querido amigo, qué agradecimiento...

—Tiene un automóvil, caballos, coches...

—¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, Magdalena.

—Estoy escuchando y espero...

—¿Qué?

—Saber algo del joven.

—¡Cómo! ¿no sabe usted bastante?—dijo el notario sorprendido.—¿Qué más quiere usted saber?...

—¿Cómo es ese caballero?...

—¡Ah! es muy justo—dijo el notario tomando de su cartera otro sobre.—Vea usted su fotografía...


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