Y dándosela a la abuela, esperó el resultado del examen.
—No es feo...—exclamó la abuela acercándose y retirándose la fotografía a los ojos para ver sus diversas expresiones.—Me gusta esta expresión enérgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... Sí, no es feo... Mira, Magdalena.
No eché más que una ojeada a la fotografía, que representaba, en efecto, un buen mozo. Para mí importa tan poco el físico en la cuestión del matrimonio, que no me fijé gran cosa en las facciones de aquel señor que me ofrecían como pudieran ofrecerme otra cosa.
—Ha comprendido usted mal, caballero—dije al notario devolviéndole su fotografía.—Preguntaba cómo era moralmente ese caballero, el señor X... hasta más amplia información.
—No tiene ningún vicio—afirmó redondamente el notario.—Si fuese jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría tan eficazmente.
—Seguramente—apoyó la abuela muy satisfecha.
—¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni borracho?—pregunté.
—No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no hay tacha.
—¿Tiene corazón?—pregunté sencillamente.
—¿Corazón?—dijo el notario sorprendido.—Creo que sí; todo el mundo posee en el pecho una víscera de ese nombre.
—¿Se le conocen sentimientos generosos?...
—Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo...
—¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se ocupa de ellos?...
—¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa?
—¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o chismes de política?...
—¡Demonio!—exclamó el digno notario.—Esto no es una proposición de matrimonio; es un examen...
—Sí—respondí sonriendo;—es un examen. El matrimonio es cosa bastante seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer...
—Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista y...
—¡Oh! todavía no—respondí con espanto.—No estoy decidida a tomar en consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de confiar mi vida a un desconocido.
—Ya le conocerás y le amarás—dijo la abuela con fuego.
—No, abuela, no te hagas ilusiones—objeté moviendo la cabeza.—Entre algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese elegido, escogerle entre todos y, sobre todo—añadí más bajo,—quisiera amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no ocurriera tal cosa...
—¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...—gimió la abuela.—¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes instruidas y razonadoras?
—Puede ser—dijo el notario ligeramente pensativo.—Magdalena tiene alguna razón.
—¿Verdad, caballero?—dije con confianza.—La abuela encuentra extraño que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a usted que preferiría mil veces permanecer soltera...
—Es sabido—respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en los oídos para no oír el resto.
—...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.
—Bueno, pero, una entrevista...—propuso el notario.
—Sí—dije con amargura;—una entrevista en la que los dos estaremos tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio...
—En fin, di adónde vas a parar—exclamó la abuela violenta.—El uso quiere que las cosas se hagan así...
—El uso sí, abuela—respondí dulcemente,—pero la prudencia...
—¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo que dices... En fin—dijo al señor Boulmet,—dejemos a esta razonadora reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... Sería una locura el rehusar tal situación...
—Sí—confirmé políticamente al notario,—la situación es tentadora, pero el hombre...
—¡Bah!—respondió bruscamente el notario levantándose para despedirse.—La situación vale lo que vale el hombre...
—Es cierto—confirmó la abuela con seguridad.—Ese caballero me es muy simpático.
—A mí no—respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento.
En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente.
—Y bien Magdalena—dijo con ternura,—reflexiona, te lo suplico... Piensa que puedes darme una gran alegría...
Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir si quiero o no ver al señor X...
¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha escuchado demasiado bien a la abuela...
28 de octubre.
La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme mientras la abuela estaba en misa:
—No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.
—¿Qué quieres decir?
—No estoy ciega—respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir otra explicación.
Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no ver al señorito X...
Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar la entrevista.
Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y no aceptar nada.
Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una solución.
Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una evolución que todo el mundo echa de ver.
No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...
Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.
Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales argumentos.
Ahora se ha hecho una revolución.
Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un marido.
Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de presidir al buen orden de las comidas.
Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.
Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más estúpidas observaciones.
Mi asunto, pues, es claro.
Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es lo que necesito...
¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.
¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan buenas ganas...
31 de octubre.
Mucho la mujer varía,Loco quien de ella se fía...
La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.
Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...
Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal arreglada, etc.
No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus palabras me llegaban ahora distintamente:
—¿Quién se confiesa tan largamente?
—La de Bormel.
—Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que está muy a sus anchas...
—Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, tendrá para toda la mañana.
—¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...
—Vaya si es verdad.
—¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...
—Está todo el día metido en su casa...
Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí más fuerte.
Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.
—¿De veras?
—Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una joven...
Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...
—Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja—siguió diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.
—Sí—respondió la otra,—así es como se llega insensiblemente a la perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas personas.
Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras siguieron impertérritas.
—¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi indecente...
—Es que se da importancia—respondió la otra por lo bajo...—Piense usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de casarla...
—¿Hace mucho tiempo?
—Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece... Ya comprende usted...
—¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a desembarazar de su nieta.
—Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja...
—No me extraña, porque está muy mal educada.
—Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que esa chica no quiere casarse?
—¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta farsante?
—No lo creo.
—Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda...
Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de voluntad.
¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.
Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto de la conversación.
—Querida—dijo una de ellas,—me está usted distrayendo.
—Es verdad—confesó la otra,—y voy a rezar humildemente un diez del rosario para pedir perdón a Dios.
Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.
En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que repetir:
—Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...
Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:
—Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...
¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una maledicencia?...
Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, cuando me llegó la vez de confesarme.
Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y perdoné por completo a mis detractoras.
En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta tranquilidad.
—¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las lenguas?
—De ningún modo, abuela.
—Entonces, hija mía, ¿qué te importa?
—Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre todo.
—Dios está en todas partes—respondió la abuela,—y ofenderle aquí o allá siempre es ofenderle.
Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle algunos informes complementarios.
Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa. Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos para ella.
Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela, aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de parecer.
—Después de todo—dijo,—una entrevista no compromete a nada...
Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana.
Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente, vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto de ver las antigüedades—el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a mí,—el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera...
Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurarsotto voce:
—Todos estos misterios huelen a casorio...
Hice como que no comprendía. ¿Para qué?
La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel. Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso. Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso...
—¿Para qué, abuela?
—Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.
—¡Mi traje de boda!—exclamé con estupor.—Dios mío, todavía no estamos en ese caso.
Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.
—¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...
Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...
2 de noviembre.
Día de duelo y de tristeza...
La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último sueño.
La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento mortificante del cambio que se prepara.
¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien posible.
La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?...
¡Ay!... ¿Qué responder a esto?
Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos.
En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas, olvidados de la tristeza ambiente, cantaban elDe Profundis, y se sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves también, con sus sobrepellices blancas, entonaban elmiserere. A lo lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas delLibera, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...
5 de noviembre.
La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de noviembre.
Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones, causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las solteronas.
La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas, pues quería hacer mis estudios del natural.
Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por completo. Es poco halagüeño para mí...
Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el «rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés, entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes, del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada, cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.
Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.
El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se chismorrea.
Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al ver tal actividad intelectual.
—Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral—gime aterrada.
Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...
La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone—pues es una verdadera exposición,—preciosas miniaturas antiguas. La mesa retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.
—¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas—me dijo en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.—Esto es una traición.
—No, señor cura—respondí alegremente.—Continúo mis estudios, con permiso de la abuela.
—¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?—preguntó el cura con tono bastante irónico.
—Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por ahora, y hasta pasado mañana—imploré más con la mirada que con la palabra.—Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con usted para ayudarme, ya que ha venido.
—Muy bien—dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura detesta a las veletas.—¿Qué desea usted saber de éste su humilde servidor?—prosiguió, con mirada maliciosa.
—¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las solteronas?—preguntó la abuela descontenta.—Creo, señor cura, que es usted tan insoportable como mi nieta...
—¿Cree usted?—preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que él tiene el secreto.—Y yo que me hacía ilusiones...
La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede contrariar a la abuela.
—Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?—me dijo por fin, cuando recobró el aliento.
—Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de las involuntarias...
—¿Cómo es eso?
—En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.
—¿Llegadas a qué?—preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores detrás de las gafas.
—Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda posesión de su yo personal.
—¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»—protestó la abuela,—van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.
—No tanto como usted cree—respondió vivamente el cura.—Si he comprendido bien—continuó dirigiéndose a mí,—querría usted saber cómo se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son de cierta edad...
—Eso es, señor cura, enteramente eso.
—Entonces—replicó el cura sonriendo a medias,—se tiene ya la murmuración del pueblo como base de información...
—¡Oh!—protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.
—No deja usted de saber—prosiguió con acento burlón más marcado,—que la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., etc.
—Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.
—Veo—respondió el cura riéndose,—que no ha olvidado usted la conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...
Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a rabo mi escena de la Catedral.
—Comprendo ese rencor—continuó el cura.
—He perdonado, señor cura.
—Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?
—Que está dentro de su vocación, señor cura.
—Tiene usted razón.
—¡Bonitas cosas dicen ustedes!—exclamó la abuela con repentina energía...—¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...
—No hay por qué, señora—respondió el cura con un dejo de impaciencia.—Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?
—Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se conoce—murmuré estremeciéndome...
—No hablemos de matrimonios—exclamó el cura.—Estamos en el celibato, hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos cuenta si está o no en su vocación.
—Eso es muy fuerte—protestó la abuela indignada.—¿Hay, pues, ahora una vocación del celibato?...
—Puede ser—dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?
—Pero eso es abominable—exclamó la abuela con espanto.
—No, no tanto como usted supone—respondió el cura un tanto malicioso.—Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto quea priori, toda mujer debe ser encantadora...
—Sin embargo, señor cura—repliqué sin recoger la alusión a mí contenida en las últimas palabras,—esa mujer ha podido atravesar pruebas que hayan transformado su carácter...
—No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma en su vía... Qué rica naturaleza...
—Pero entonces—interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco reverente,—si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la característica de la soltera por vocación...
—No tan de prisa—exclamó el cura.—¿Qué hace usted de la enfermedad, que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... ¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.
—¡Ah!—dije interesada,—¿en qué se puede reconocer a éstas; en el color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su traje?...
—No—respondió el cura, divertido por mi interés.—Se las conoce... ¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que mujeres de edad...
—Sí, comprendo, señor cura—dije conteniendo la risa,—son las «Flácidas» de la corporación...
Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves—se anuncia todavía en casa de la abuela,—anunció:
—La señorita Sarcicourt.
El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar en lo vivo.»
Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas señoras, que querían retenerle.
—¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...—murmuraba la señorita Sarcicourt haciendo monadas.
—Nada de eso, nada de eso—respondía el cura, que no entendía de finuras...—Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.
Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:
—Sobre todo, no falte usted a la caridad...
Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer elpudigncon fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera visto nunca.
Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...
La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: «Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, borrosa, cuadro despintado...»
Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo nuevas visitantes:
—La señorita Bonnetable.
—La señora y la señorita Dumais.
De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su perro.
La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de plomo.
—¿Qué hay de nuevo, señoras?—preguntó en cuanto estuvo sentada.—Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja a su ama...
—¿De veras?—exclamó la señorita Sarcicourt.
—Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...
—¡Buena!... ¡Buena!...—replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.—Si lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...
—Me asombra usted—exclamó la de Dumais.
—Figúrense ustedes, señoras...
—La señora y la señorita Aimont—anunció Celestina en este momento.
Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, que me respondió con un vigorososhake-hand.
Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la boca:
—Mi hija se casará con una posición.
Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:
—Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay posiciones...
Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.
Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:
—Sí, mamá.
Su bonita y agradable cara no refleja más que sentimientos amables y plácidos. Sin ser preciosa, no es fea, y hasta se parece bastante a un bombón pequeñito, rosado y apetitoso. Lo que le da sobre todo ese aspecto es la falta de expresión de su mirada. Sus ojos grises están invariablemente tranquilos y como fijos en el blanco lechoso que los rodea. Francisca, que tiene para cada cual su frase picante, exclamó un día dirigiéndose a Paulina:
—Lo que tú tienes no son ojos, sino linternas sordas...
La frase ha hecho fortuna y es corriente, cuando se habla de Paulina, el decir, para distinguirla de su prima del mismo nombre, «la de las linternas sordas.» Su madre lo sabe y es la primera en reírse.
—Linternas de 10.000 pesos—exclamó.—No está tan mal. ¡Cuántas cosas se pueden alumbrar con ellas!...
Se reanudó la conversación en cuanto se dieron noticias de la salud de todas, y se supo al fin que la de Courtin pesaba el pan a su doncella, le medía el vino y no dejaba a su disposición ni el más pequeño terrón de azúcar.
—Si esa muchacha se hubiera puesto mala en la noche, decía la Bonnetable en tono trágico, no hubiera tenido azúcar para hacerse una infusión...
Era lamentable, en efecto.
En resumen, después de diversas peripecias en las que el vino se mezclaba con el azúcar y el pan, la doncella se había despedido.
Debió hacerlo antes...
—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó la de Aimont queriendo llevar la conversación a su asunto favorito.
—Ni uno—respondió la Bonnetable en tono contundente.
—Sin embargo—insinuó la Sarcicourt,—¿no se habla del matrimonio de la señorita de Brenay con el capitán Bellortet?
—¡Qué disparate!—exclamó la Bonnetable.—La chica de Brenay no puede encontrar un marido serio...
—¡Víbora!—murmuró Francisca entre dientes.
—¡Oh!—protestó la abuela,—Petra es amiga de mi nieta y es encantadora.
—Y muy distinguida—confirmó la de Aimont.
—Enteramente como es debido—afirmó la de Dumais.—¡Ah! si Francisca se le pareciese...—terminó dando un suspiro.
—La señorita de Brenay puede ser encantadora, no digo que no—dijo categóricamente la Bonnetable,—pero es gastadora hasta el extremo... Y después, esa pretensión a millones cuando se tiene un dote modesto...
—No es tan modesto un dote de 20.000 pesos—exclamó la de Aimont pronta a indignarse.
—Es modesto para la señorita de Brenay que quiere hacer una vida de 10.000—afirmó la Bonnetable con bastante razón esta vez.—No se comprenden semejantes exigencias... Su cocinera dijo una vez a la mía...
—Si escucha usted los chismes de las criadas—dijo la abuela,—no oirá nada serio...
—No los escucho, los oigo—respondió la Bonnetable ofendida por la observación de la abuela, lo que no es lo mismo—afirmó con un tono de superioridad aplastante...—Esos chismes, como usted los llama, enseñan por lo menos a conocer a las personas de que se habla...
—Como no sirvan precisamente para lo contrario—rectificó la abuela descontenta.
—En todo caso—añadió la Bonnetable más y más ofendida por la oposición de la abuela,—la de Brenay es ridícula y su hija también...
—¡Oh!—protestaron las señoras en coro.
—Eso se llama ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio—dijo Francisca a media voz.
—Sí, son ridículas, lo mantengo—replicó la Bonnetable, dispuesta esta vez a dar la cabeza, si era preciso, para sostener su opinión.—Hase visto querer casarse con un hombre que tenga millones y un nombre histórico cuando se tiene 20.000 pesos y un nombre que no tiene nada de eso...
—Los Brenay son de buena familia—dijo la de Aimont.
—No digo que no en cuanto a la honradez—se dignó responder la Bonnetable.—Pero en cuanto a su partícula—acentuó con perfecto desprecio,—es una broma. Los Brenay son burgueses de partícula usurpada y no pertenecen en modo alguno a la aristocracia... Yo soy de tan buena familia como ellos, y jamás he tenido tales pretensiones... en los tiempos en que las tenía—añadió la amable vieja.
—Menos mal—dejó escapar Francisca por lo bajo.
—¿Usted ha tenido pretensiones?—preguntó alegremente la de Aimont tratando de evitar la tempestad que amenazaba.—Yo creí que estaba usted libre de tales debilidades...
—No...—dijo haciendo monadas la Bonnetable con voz que ella se esforzaba por hacer aflautada;—he pagado mi tributo a la juventud como todo el mundo... He sido muy solicitada.
—¡Qué guasa!—exclamó Francisca empujándome con el codo.
—Y muy adulada... Si no he hecho un brillante matrimonio ha sido porque no he querido.
—Embustera—dijo Francisca a la sordina, mientras yo me mordía los labios para no reír.
—¡Ah!—gimió la de Dumais,—nuestras pobres hijas no podrán decir otro tanto...
—Lo diremos de todos modos, mamá. A cuarenta años de distancia se dicen siempre esas cosas aunque sean inexactas—exclamó Francisca sin poder contener su maldita lengua.
El silencio, un terrible silencio de plomo se extendió como por encanto por el salón. La Bonnetable tomó la actitud de una persona gravemente ultrajada y la de Dumais, aplastada en su butaca, no tuvo siquiera el recurso de decir como de costumbre:
—¡Oh! Francisca...
—Sí—siguió diciendo la de Aimont, tratando de salvar la situación,—es indiscutible que el matrimonio es difícil para nuestras hijas. ¡Hay tan pocas buenas posiciones!... Es imposible casarlas con un empleadillo de 600 u 800 pesos de sueldo. ¿Verdad, Paulina?
—Sí, mamá.
—Sin embargo—se atrevió a decir la Sarcicourt con una apariencia de valor,—esos son los sueldos ordinarios de los jóvenes. Solamente más adelante...
—Queremos un marido que haya llegado. ¿Verdad, Paulina?
—Sí, mamá.
—En la industria y en el alto comercio se encuentran muy buenas posiciones—dijo la de Aimont, que no quería que se creyese la verdad, es decir, que dejaría a Paulina casarse con un vejestorio con tal de que hubiese llegado.
—El alto comercio y la industria—respondió victoriosamente la Bonnetable,—tienen otras pretensiones que las que usted puede atribuirles. ¿Qué son 10.000 pesos para un industrial o un comerciante tales como usted los concibe?... Una gota de agua.
—¿Y 2.000 pesos—preguntó Francisca con un candor inimitable,—qué serán entonces?... Serán la quinta parte de una gota... Una miseria.
—Sí, señorita—respondió la Bonnetable lanzando a la pobre Francisca unos ojos furibundos,—2.000 pesos de dote son la miseria... Por otra parte—siguió diciendo la dulce solterona,—haría falta una fortuna para corregir los desastres de la educación moderna. Las jóvenes actuales están muy mal educadas—terminó con una intención que no se ocultó a nadie.
—¿Están mucho peor educadas que las de otro tiempo?—preguntó Francisca en tono de exquisita urbanidad.
—¡Oh! Francisca...—murmuró la de Dumais pálida de espanto.
—Ciertamente—respondió la Bonnetable aniquilándola con la mirada.—En mis tiempos las jóvenes no preguntaban jamás a las personas mayores y esperaban modestamente que se les dirigiese la palabra.
—Debía de ser muy fastidioso—dijo Francisca con la modestia de una sólida convicción.
—En aquellos tiempos—siguió diciendo la Bonnetable más severa que nunca,—las jóvenes no pensaban más que en la corrección de su actitud.
—Qué mujeres tan distinguidas debían de ser...—suspiró Francisca con una expresión ingenua que velaba la impertinencia de sus palabras.
La de Dumais parecía literalmente sobre ascuas, la abuela fruncía la nariz y la de Aimont contenía una enorme gana de reír, mientras que la de Sarcicourt y Paulina echaban a su alrededor miradas de ciervas moribundas. Hacer frente a la intrépida señorita Bonnetable... Qué audacia...
Seguramente, ésta no es del tipo resignado... En su humor agresivo y autoritario, adivinaba yo una rabiosa recalcitrante. ¿Pero cómo cerciorarme?
Sin adivinar el precipicio que se abría ante mis pasos, me lancé inocentemente en la pelea preguntando a la Bonnetable si estaba satisfecha de haber permanecido soltera.
¡Dios mío, qué éxito!...
Fue aquello un estupor tan general en todo el salón, que comprendí instantáneamente que había metido los pies en el plato. Preciso era retirarlos...
La abuela vino por fortuna en mi socorro y reanudó la conversación como pudo para mantenerla en alturas inofensivas. Y sin la señorita Bonnetable, que respiraba con ruido como para tragar una píldora enorme, se hubiera creído que no había pasado nada extraordinario.
Al fin la situación se mejoró por completo en cuanto la inefable señorita Bonnetable se dignó levantarse para despedirse. Dio un adiós bastante seco a la abuela, nos volvió la espalda a Francisca y a mí y apenas estuvo política con las otras personas que allí estaban.
—¡Uf!—murmuró Francisca en cuanto se cerró la puerta después de dar salida a la dulce señorita Bonnetable.—¡Qué solterona!
Solamente entonces supe que la Bonnetable no se ha consolado todavía de su situación de solterona, debida a su carácter irascible y desagradable. «En los tiempos en que tenía pretensiones,» según su expresión, se dice que puso en fuga a cinco pretendientes; los cinco habían estado muy enamorados del dote, que era bueno, pero nunca pudieron resignarse a casarse con la mujer. Hasta se cuenta que uno de ellos ofreció a su futuro suegro tomar el dote sin la mujer. A lo que el señor Bonnetable contestó:
—¡Por vida del demonio! ¡Cómo le comprendo a usted, amigo mío!...
—¿Y yo?—respondió Francisca.—En lugar de ese pretendiente hubiera hecho duplicar el dote y tomado la mujer para ahogarla. Hubiera sido un servicio a la humanidad.
—¡Oh! Francisca...—protestó su madre angustiada.—No hables así...
La risa que se apoderó de todo el mundo acabó de restablecer el perfecto equilibrio de la conversación. Cuando todos se marcharon la abuela me regañó por mi indiscreta curiosidad y por las reflexiones de Francisca.
—Las faltas son personales—hice observar a la abuela.—Bastante tengo con mi tontería sin echar sobre mis hombros las de Francisca.
Pues, señor, he aquí un feliz estudio del natural...
A pocas torpezas de este género, estoy segura de ser despellejada viva antes de mucho tiempo... La abuela, que no quiere mi muerte, me ha impuesto que en adelante haga mis investigaciones con más discreción, y hasta ha añadido a modo de peroración:
—Ese género de torpezas, Magdalena, son señal de una educación detestable.
¡Qué humillación!...
7 de noviembre.
El gran día ha pasado...
Se acabó la entrevista y desapareció el miedo...Deo gratias.
En cuanto me desperté esta mañana me sentí la cabeza pesada, oprimido el corazón y contraído el estómago. Traté en vano de recobrar mi calma habitual... El pensamiento de pasar a mi vez por las exigencias de la feria del matrimonio me tenía un poco embobada.
—Señorita, he aquí un marido que le conviene a usted—zumbaba a mi oído no sé qué voz discordante del dominio de la pesadilla.—Véale usted... Examínele... este hombre es perfecto...
—Caballero...—me figuré que otras voces murmuraban en el mismo momento al señor Desmaroy,—acuda usted pronto a Aiglemont... En esa peña viven en buena armonía el dote y la mujer que le esperan... Tome usted a peso el primero y sea indulgente con la segunda... ¿Qué importa ésta si aquél le agrada?...
—Estos son—pensé,—los preliminares del matrimonio... del santo matrimonio cristiano... ¿Dónde está usted, monseñor Dupanloup?...
Resuelta, a pesar de estas terribles reflexiones, a afrontar las necesidades de mi no menos terrible situación de joven casadera, me presté de buen grado a los preliminares de ese comienzo de acuerdo entre dos almas... ¡Dos almas!... ¡Qué ironía!...
Un lindo cuerpo de seda azul pálido, moldeaba mi talle; y mi cabello, más cuidadosamente ondulado que de ordinario, realzaba mi modesta fisonomía. Una ojeada al espejo me dijo lo que yo sabía, es decir, que con menos de mis 28.600 pesos tendría aún alguna probabilidad de gustar a un pretendiente que no fuese ciego.
Concedido esto a la imparcialidad, me encontré sobre las armas a las dos menos cuarto. En seguida bajé al salón donde encontré a la abuela muy agitada.
—Y bien, Magdalena, ¿te late el corazón?—preguntó la abuela con emoción.
—No, querida abuela, mi corazón está muy tranquilo... El cerebro es otra cosa... Tengo un horrible dolor de cabeza.
—Muy tonta vas a estar, mi pobre Magdalena. Al diablo se le ocurre tener dolor de cabeza en un momento semejante...
—Poco importa, abuela, puesto que no soy ni coja, ni torcida, ni manca, ni muda, ni sorda, y tengo 28.600 pesos de dote... Con esta cifra supongo que no se exige tener ingenio. Por 28.600 pesos tiene una mujer todos los derechos posibles a la tontería.
—¡Siempre tus ideas!... ¡Qué extraña eres!... En fin, explica de una vez lo que quieres...
—¿Lo que quiero?... no hago más que repetirlo, abuela. Desearía, sencillamente, elegir yo misma mi marido... si debo casarme. Quisiera que se me permitiese ver seres masculinos de carne y hueso y aprender a conocerlos de otro modo que de oídas. Mi satisfacción sería completa si un día sintiese en el corazón el estremecimiento preludio del amor y pudiera decirte designándote al que lo hubiera provocado: ese es mi marido, con ese me casaré, no porque tiene el bigote rubio o los ojos de tal color, una fábrica o una fortuna, sino porque me gusta bastante para seguirle para siempre en el dolor como en la alegría...
—¡Qué demencia!—exclamó la abuela consternada.—Esas son ilusiones románticas... La vida no es una novela...
—¿Por qué no?... ¿Qué inconveniente verías en que la vida de dos en el matrimonio fuese una deliciosa novela?... Debe ser una de esas novelas cuya lectura puede permitir una madre a su hija... con tal de que esté bien escrita, entendámonos... Me gusta cuidar el estilo...
—Locuras—balbució la abuela.
Un campanillazo, un ademán de la abuela para asegurarse de que su peinado está como es debido, un dolor más fuerte en mi cabeza, y entró en el salón mi destino bajo la forma del señor Boulmet acompañado del señor Desmaroy.
Boulmet estaba radiante y, con una gracia antigua, solemnizada por cuarenta años de notariado, nos presentó al señor Desmaroy como un ferviente aficionado a antigüedades, lo que trajo a los labios de todos una leve sonrisa...
Desmaroy, muy en su papel, no parecía cortado para un hombre en su caso, y se resignó con visible buen humor a ver todas las antigüedades posibles, incluso mi persona.
Aproveché el interés que manifestaba el visitante, suspendido de los labios de la abuela, que le explicaba la procedencia de una consola, la historia de un cuadro o la leyenda de una miniatura, para observar en detalle a mi pretendiente.
Era visible que se esforzaba por conquistar a la abuela por una atención respetuosa y delicada a todas sus palabras. Un buen punto por esto...
Ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, Desmaroy tiene unas señas personales que corresponden a no pocos ciudadanos franceses... Es de los que se dice: frente regular, nariz regular, etc... Sólo su mirada autoritaria y su barbilla testaruda ofrecen algo bastante característico.
Desmaroy no es ciertamente un cualquiera y hasta estoy dispuesta a creer que posee cualidades eminentes. Los ojos y la sonrisa son francos, pero la voz, voluntariamente dulcificada, tiene a veces singulares inflexiones. Es cortante y punzante. Además, ese diablo de barbilla... esa mirada... huelo el dueño, el hombre seguro de su fuerza y que quiere imponérsela a todos... Es verdaderamente guapo; y, sin embargo, tengo la intuición de la antipatía de nuestros defectos, así como creo en la probable simpatía de nuestras cualidades. Su autoritarismo da miedo a mi independencia. Si me decido a tomar un marido, no quiero darme un dueño.
Poco a poco, el señor Desmaroy olvida su dulzura convencional. Su mirada es la de un comisario cuando inspecciona las cosas que le enseña Boulmet, el cual, correcto en extremo, se mata por presentar a su cliente todas las antigüedades de la abuela.
—Esto, señor mío, es del sigloXIII... Esto delXIV... Tal cosa data del reinado de Luis XIV... Tal otra es del más puro Enrique II...
Y el señor Desmaroy mira, toma a peso, aprecia y estima.
Ni una sola vez habla del valor artístico del objeto designado... No... vale tanto o cuánto. Su admiración no empieza hasta los 100 pesos; hasta esa cifra hace un gesto desdeñoso.
Es halagüeño para mí... Si soy pesada en la misma balanza, qué ideal...
Al llegar al inmenso tapiz de Beauvais, del comedor, el señor Desmaroy deja escapar un grito del corazón:
—Qué error dejar dormir tanto dinero... Cuánto dinero improductivo... Si este tapiz fuese mío, qué pronto le vendería...
La abuela disimula su asombro con una sonrisa que lo mismo significa adhesión que reprobación. De prisa va el caballero... «Si fuese mío...» ¡Oh! hablar de vender el tapiz de Beauvais...
La mirada del señor Desmaroy se cruza con la mía. Nuestras dos voluntades cruzan el hierro. La suya, un poco arrepentida de la reflexión que se le ha escapado; la mía bastante desdeñosa por la indiscreción cometida.
Evidentemente mi antipatía se precisa.
Desmaroy sostiene sus ideas y yo las mías, nos miramos otra vez, no como amigos sino como luchadores.
Leo en sus ojos:
—Esta muchacha es demasiado absoluta... Qué cabeza... Yo la meteré en cintura... Una mujer está hecha para obedecer.
Bajo los ojos y mis párpados ocultan una respuesta acerba e irritada...
—No, no me meterá usted en cintura, porque jamás seré su mujer...
Desde este momento mi cerebro se despeja, póngome alegre y sonriente, la preocupación desaparece y me encuentro libre... ¡Dichosa sensación!... Ya no hay pretendiente, ni estudio, ni cuidado, ni veo en el señor Desmaroy más que un aficionado a antigüedades...
Mi buena querida abuela está encantada viendo aquel cambio repentino y la visita se acaba con todas las apariencias de un acuerdo cordial. Adivino que el señor Desmaroy me encuentra muy a su gusto y salta a la vista que Boulmet está orgulloso de su cliente; la abuela se enorgullece ostensiblemente con una nieta tan linda.
—Estas tablas—le dice,—son modernas; están pintadas por mi nieta... Este almohadón bordado ha sido copiado por mi nieta de un modelo antiguo...
No faltó más sino que la abuela me hiciese ponerme al piano para tocar una pieza o cantar una romancita...
Por fin se termina la sesión. Todo el mundo está satisfecho y yo también... Decididamente, la feria del matrimonio tiene de bueno que enseña a estar contento de uno mismo y de los demás. Esto último es mucho más raro que lo primero. La abuela no cesa de elogiar al pretendiente.
—¿Y el tapiz, abuela?...
—¿Qué tapiz?... ¡Ah! sí, la venta... Razonamiento de hombre de negocios, hija mía... Piensa como un hombre serio.
Pido ocho días de reflexión. Es imposible decir hoy a la abuela:
—Los defectos de ese caballero son antipáticos a los míos; no le quiero.
La buena señora me creería loca y se pondría enferma de pena. En ocho días todo se arregla. El tiempo es un hábil auxiliar...
Mientras tanto respiro a mis anchas y me siento libre de un peso enorme... ¡Qué bien voy a dormir esta noche!...
15 de noviembre.
Hacía bien en contar con mi buena estrella para sacarme del mal paso. Todo se ha arreglado con una sencillez asombrosa.
Una aventura no muy lejana ocurrida al señor Desmaroy y descubierta por el padre Tomás, encargado por la abuela de comprobar los informes del notario, ha puesto fuego a la pólvora y apresurado el no final. La abuela ha suspirado un poco por la forma al pronunciarle categóricamente, pero su negativa ha sido espontánea porque no podía prescindir de la cosa... Boulmet se ha mostrado menos fácil.
—Pardiez—exclamó,—puesto que la novela en cuestión se terminó ocho días antes de las negociaciones, ¿qué más quieren ustedes?...
—Nada de novelas—repliqué.
—¡Nada de novelas!—repitió el señor Boulmet en el colmo de la estupefacción.—¿Dónde encontrará usted un hombre de treinta años que no haya tenido su novela?... ¿Su novela?... Sus novelas, su colección de novelas...
—De acuerdo—replicó la abuela, contrariada por encontrar una tacha en su pájaro raro.—Pero si desgraciadamente es imposible ignorar que existen esas novelas, se puede exigir al menos que la última no se haya terminado hace tan poco tiempo... y, sobre todo, que no haya lugar a temer que la última hoja de esa novela no se haya vuelto tan definitivamente como se quiere asegurar...
—Señora—respondió Boulmet,—el señor Desmaroy es un hombre de honor.
—¿Qué tiene que ver el honor de un hombre con esta especie de cosas?... ¿Ignora usted, acaso, que hay hombres que se jactan de pagar sus deudas y no temen faltar a sus juramentos? El honor humano es poca garantía cuando se trata de la fe conyugal.
—El señor Desmaroy tiene principios religiosos, de modo que...
—¿Le han protegido los principios religiosos?
—Acaso le han sostenido y preservado mucho tiempo... Y después, qué diablo—añadió nuestro notario falto de argumentos,—los principios religiosos salvan el edificio, pero no impiden las grietas... en ciertas naturalezas.
—Y bien—dijo la abuela,—nosotras no queremos grietas, está decidido.
He vuelto, pues, a ser una joven como las demás... ¡Qué suerte!
La de Ribert y Genoveva, a quienes había puesto al corriente de las peripecias de los últimos días, me aprobaron completamente cuando fui a contarles el desenlace de nuestros proyectos de matrimonio.
—Magdalena—me dijo la de Ribert con una melancolía que no es en ella habitual—desconfíe usted de las locuras pasadas en un futuro marido... Estas locuras vuelven a empezar muchas veces.
Es lo que yo pensaba. Me ha satisfecho, sin embargo, oírselo repetir a una mujer que ha tenido ciertamente algo de ese género que reprochar a su marido. Aunque se suponga lo contrario, la experiencia de los demás nos aprovecha siempre un poco.
Con la de Ribert he reanudado mis averiguaciones relativas a las solteronas. Le he contado nuestro pique con la Bonnetable y mi desencanto a propósito de las solteronas desde que las estudio al natural. En primer lugar, la maldad de algunas de ellas, mis dos malas lenguas de la Catedral; después el matiz grisáceo y desteñido de las pobres solteronas resignadas con su estado, en lugar de estar alegres; en fin, la omnipotencia notable de las recalcitrantes del celibato que dejan caer sobre todo el mundo, en general, y sobre cada cual, en particular, el peso de su descontento perpetuo.
—Hará usted mal de juzgar por el carácter de la excepción el carácter de la masa—me respondió la de Ribert.—¿Cree usted de buena fe que las solteronas tienen el monopolio de la maldad en la charla, y que sólo una de ellas puede presentar el carácter de la Bonnetable?...
—No—respondí convencida por el razonamiento.—Tiene usted razón. El amor a los chismes no es solamente un defecto de solterona, sino la pasión de todas las mujeres desocupadas y frívolas. En cuanto al carácter de la Bonnetable, debe ciertamente de encontrarse en mujeres casadas.
—Conozco algunas, por mi parte, que no dejan nada que desear en cuanto al órgano, al gesto y a la manía del mando. Esas hacen marchar su casa con la punta del dedo, y no están contentas más que de ellas mismas y de su progenitura. Todo lo que no toca inmediatamente al círculo reducido de su familia, es implacablemente criticado, denigrado y pisoteado...—dijo Genoveva.
—Eso no es raro—repuso la de Ribert, sonriendo.—Hasta hay mujeres que se dicen bien educadas que llegan a decir palabrotas... Pero no hablemos de esas monstruosas excepciones. El matrimonio es un gran sacramento, es verdad, pero sería pueril reconocerle la facultad de dar a las que le reciben inteligencia, dulzura y virtud. Existen las agriadas del matrimonio, como las agriadas del celibato. Y así como no se dice que todas las casadas son desagradables, porque lo son algunas, se debe tener la misma circunspección respecto de las solteras.