Chapter 4

—Es verdad—respondí.—Pero el mundo no hace esas distinciones y condena a las solteronas en conjunto. La abuela, de acuerdo con el mundo, no las quiere nada, aunque tenga una profunda amistad con algunas de ellas... La abuela estaría enteramente desolada si yo me quedase soltera.

—Comprendo que la buena señora desee establecer a usted, pero en fin, ¿qué reprocha al celibato? Confieso que no veo bien el por qué de su animosidad, aunque me dé cuenta del de su preferencia.

—Afirma que el celibato es una situación anormal, antinatural y... ¿qué se yo?

—Sí, la mujer debe casarse, tener hijos... eso es conocido... ¿Y qué más?

—Según ella, la mayor parte de las solteronas son egoístas.

—¿Y los premios Montyon?...—objetó Genoveva.—Esos premios son de solteras y no para las egoístas...

—La abuela dice también que las solteras tienen la devoción estrecha, meticulosa y hecha de menudas prácticas, más que de profunda piedad; que son charlatanas y envidiosas; que tienen ideas mezquinas y atrasadas, y, en fin, que poseen todos los defectillos imaginables, entendiendo por defectillos todo lo que achica un carácter, todo lo que apaga un alma...

—Sí, pero el conjunto de esos defectos constituye una tacha enteramente femenina y no es sólo aplicable a las solteronas... No creía yo que la señora de Sermet tenía respecto a ellas esa opinión tan poco fundada...

—Sí, señora—respondí,—y eso es lo que me ha hecho empezar mis investigaciones. Me sentía tan poca vocación por el matrimonio y tanta por el celibato, que he querido darme cuenta de lo que se podía reprochar a esas pobres criticadas.

—¿Y has encontrado algo?—preguntó Genoveva con interés.

—No mucho... Veo, sobre todo, muchos prejuicios e ideas hechas que pasan de generación en generación como un gabán viejo que cada cual adapta a su talla y a su gusto.

—Creo—dijo Genoveva,—que lo que más ha contribuido a dar un aspecto ridículo a la solterona, es la inconsecuencia de algunas de ellas—las recalcitrantes del celibato, como tú las llamas,—que tienen la mala costumbre de gritar sus penas al primero que se presenta, y de ir de puerta en puerta pidiendo un marido.

—¡De puerta en puerta!—murmuré sorprendida...

—Pregunta a mamá—interrumpió Genoveva.

—Genoveva tiene razón, Magdalena. Conozco personalmente solteras, contemporáneas mías, cuya juventud se ha pasado en repetir a todas sus relaciones: «Cáseme usted... Por Dios, encuéntreme usted un marido... No se olvide usted de mí.» Esto se repite al principio con compasión, después con un dejo de burla y luego con un desdén acentuado. Y se deduce ligeramente que todas las solteronas se encuentran en este caso ridículo y no forman en su conjunto más que una gran colección de «dejadas por cuenta.»

—Es injusto—exclamé con emoción.

—No, Magdalena—respondió sencillamente la de Ribert.—Supongamos que Francisca, Petra y Paulina no se casen. ¿Qué pensará usted?

—Que no han encontrado el pretendiente de sus sueños—respondí sin reflexionar.

—Ya lo ve usted... Usted misma, una amiga, participa de la opinión general. Si no encuentran el pretendiente de sus sueños, es evidentemente porque éste no es tal pretendiente... Convengamos en que hay aquí un «dejado por cuenta» evidente.

—Acaso mis amigas tienen pretensiones por encima de su situación de fortuna y...

—Sí, lo concedo, y de eso tiene la culpa la educación moderna; pero, en suma, sus amigas de usted serían «dejadas por cuenta» puesto que los pretendientes que ellas aceptarían no las quieren...

—Pero—entonces balbucí confundida,—las solteronas han hecho ellas mismas su reputación...

—En mucha parte, sí—afirmó la de Ribert.—Las solteras forzosas han gritado tanto sus desilusiones, que el mundo, generalmente poco benévolo, ha creído que todas las solteras estaban en el mismo caso.

—¡Vírgenes y mártires!—exclamó muy contrariada por esta nueva concepción.—¡Es completo!

La de Ribert y Genoveva se echaron a reír. Mi consternación les divertía.

—Y bien, ese maravilloso estado, ¿te tienta todavía?—preguntó Genoveva con los ojos brillantes de malicia.

—Sí—respondí con alguna vacilación.—Pero me fastidia, sin embargo, pensar que las solteronas tienen un lado un tanto ridículo... ¡Qué idea, reclamar un marido con tanta insistencia y tan poca discrección!... ¡Bah!—exclamé con más firmeza,—me siento, con todo, una aptitud sublime para esa vocación tan desacreditada... Sin embargo, por complacer a mi abuela, consiento en poner toda mi buena voluntad al servicio del matrimonio. Mi amor a las solteronas no me impedirá, probablemente, volver a empezar dentro de poco la ceremonia de los últimos días con otro caballero.

—¿No te ha curado el señor Desmaroy de esa buena voluntad?—preguntó Genoveva sonriendo.

—No, ese señor ha respondido simplemente a la pregunta que yo había hecho al señor Boulmet. «¿Tiene corazón?» Ha resultado que tenía más del necesario, y no ha habido más.

—Sí—dijo la de Ribert muy animada,—y además no le gustaba a usted...

—Absolutamente nada—exclamé con una seguridad inmutable.

La de Ribert y Genoveva me abrazaron con efusión, y las dejé para volver a mi casa.

Al entrar en la cocina para decir una cosa a la buena anciana, me la vi muy afanada delante de la mesa, con la pluma en la mano y la cara congestionada, por los esfuerzos que hacía para escribir una carta.

—Mi pobre Celestina—dije al pasar,—te vas a poner mala.

—No hay cuidado... La señorita no se casa ya, y siendo así... Sé lo que sé, y cumplo mi voto...

—¿Qué voto?

—Eso es cuenta mía... Asunto de conciencia...—respondió misteriosamente Celestina.—He hecho un voto, y puesto que no se casa usted, voy a cumplirlo... No hay más.

Veo que no sacaré nada de esta obstinada y tomo el sabio partido de dejarla cumplir su voto, que no puede ser más que alguna cosa edificante, pues Celestina piensa siempre en todo y por todo, en la edificación del prójimo... ¡Es hermoso!...

22 de noviembre.

Esta mañana nos hemos reído mucho la abuela y yo.

Tenía necesidad la abuela de ver al señor cura a propósito de unos pobres a quienes socorremos, y se fue a casa del padre Tomás. La abuela recibió de su pastor la acogida más alegre que se puede desear. De tan buena gana reía el señor cura, que ya empezaba la abuela a amoscarse ligeramente, cuando aquel sacó una carta de su escritorio y se la dio sin más explicaciones.

Copio textualmente esta obra maestra que la abuela me ha traído como dato para mis estudios sobre las solteronas; pues se trata de una carta de Celestina al cura, la carta que tanta curiosidad me había inspirado. Corrijo las faltas de ortografía, para facilitar su lectura.

Celestina Robert al señor cura de San Aprúnculo.

«Aiglemont 15 de noviembre de 1903.

»Señor cura:

»Ya no se casa nuestra señorita. Como tengo gran confianza en el buen San Pablo, había prometido al gran apóstol dar un paso cerca de usted en el caso de que nuestra señorita no se casara con el señor que ha venido con motivo de las antigüedades de la señora.

»Cumplo mi voto.

»Pienso, señor cura, que Santa Catalina no es una verdadera solterona, puesto que murió joven. Por esto no hay obligación de conservarla como nuestra patrona. Este honor corresponde, sin disputa, al apóstol San Pablo, que permitió a la gente de su tiempo y a la de los tiempos de después, no casar a sus hijas. Aunque se enfade mi pobre señora, que no es de esta opinión.

»El día de Santa Catalina está próximo, señor cura. Para cumplir mi voto pido al señor cura que no se celebre esta santa y que deje la fiesta de las señoritas para San Pablo.

»Su humilde servidora

Celestina Robert.

»Miembro de la orden tercera de San Francisco, cofrade de la Propagación de la fe, de la Santa Infancia, de San José, del Sagrado Corazón, de las ánimas del Purgatorio, de San Antonio, etc., etc...»

Solté una sonora carcajada al leer esta epístola fantástica y también la abuela se rió de buena gana.

—Está decididamente en el aire la manía de escribir—dijo enjugándose los ojos que estaban llenos de lágrimas.—¡En qué siglo vivimos!... Y proponer a San Pablo...

—Es una broma de Francisca—dije a la abuela, en cuanto pude respirar.—La pobre Celestina ha sido sugestionada.

—¿Cómo es eso?—preguntó la abuela incrédula.

Le conté lo que había pasado con Francisca a propósito de San Pablo y el presentimiento que yo tuve de lo que podría hacer la vieja cocinera.

—¿Y qué ha dicho el señor cura?—pregunté.

—Estaba tan divertido por esta petición poco común, que no pensaba en decir su opinión. Mira la carta que me ha dado para Celestina. Léela; no está cerrada.

Agustín Labertal,

»Cura arcipreste de la catedral de Aiglemont,»

»da las gracias a la señorita Celestina Robert por su interesante comunicación, que ha llegado tarde. Por este año no es posible ningún cambio en la reglamentación de las fiestas habituales. El señor Labertal aprovecha la ocasión para recomendaros a las buenas oraciones de la señorita Robert.»

—¡Calla!—dije estupefacta,—el señor cura parece que toma en serio esta comunicación...

—Tiene que usar ciertas consideraciones...

—¡Consideraciones!... ¿Por qué?

—Ofender a una solterona de la intransigencia de Celestina, sería peligroso...

—Sí, comprendo... El señor cura temería legítimas represalias...

—Ciertamente—dijo la abuela con convicción.

—Pobre señor cura, tiene miedo... Teme a los gendarmes de Dios, ¿verdad, abuela?

—¿Qué gendarmes, hija mía?

—Todas las devotas del género de Celestina, son los gendarmes de Dios... A ellas corresponde la vigilancia de la parroquia entera, desde el señor cura hasta el último niño del catecismo... Es seguramente un monopolio.

—Exageras, Magdalena.

—Bien sabe usted lo contrario, abuela... Si el señor cura llega tarde a misa, si se enreda en unoremussi no estaba en el confesionario a la hora exacta, si la señora de Tal ha ido a buscarle a la sacristía, si la señorita Fulana ha tosido en misa, todo es materia de numerosas reflexiones... Pobre señor cura, buena falta le hace tener diplomacia...

—Sí—respondió la abuela contrariada por el sesgo que tomaba la conversación.—La diplomacia ha sido siempre una cosa tan hábil como inteligente.

—Es verdad—dije después de unos momentos de reflexión,—más vale rodear las dificultades que tomarlas por asalto... ¿Sabes, abuela, que no debe de ser agradable ocuparse de tantas fruslerías cuando parece que el alma no debiera ser atraída más que por las grandes cosas?...

—Ve a decir a Celestina que su proyecto no es de una importancia capital, y verás cómo te recibe.

—Pobre Celestina... ¿En qué consiste que el cerebro llega a estrecharse hasta ese punto?

—No creo que el de Celestina haya tenido nunca una amplitud notable...

—Lo admito, en cuanto a Celestina. Pero ¿crees que es una excepción?

—No, hija mía. Ese es uno de los escollos del celibato, pues, en mi concepto, hay más peligro de mezquindad en la mujer que vive sola que en la que tiene marido e hijos. Al contacto de las inteligencias que se mueven alrededor suyo, es más difícil que una mujer se disminuya, intelectualmente hablando: su cerebro, en vez de disminuir, tiene tendencia a ensancharse. Lejos de atrofiarse en la tristeza de la soledad, se expansiona en los goces de la familia... Realmente, habría mucho que hablar respecto de esto...

—¡Oh! abuela—protesté con vehemencia,—no se puede decir que una vida está truncada cuando se tiene la dicha de vivir sin un marido, sin un dueño, y libre de tantas vicisitudes...

—Admitamos que exagero en cuanto a algunas; pero me concederás que muchas solteronas participan de mi opinión. No todas tienen tus ideas y las hay que se resignan difícilmente al celibato.

—Las hay que no se resignan—exclamé riendo al recordar a la Bonnetable y su mal humor.

—Y bien, puesto que somos del mismo parecer, al menos en ciertos casos, es fácil que nos entendamos. Tomemos por ejemplo, si quieres, una soltera que lo es a pesar de sus deseos más sinceros. ¿Crees que será dichosa y apta para ensanchar su horizonte?...

—Qué sé yo...—dije con alguna vacilación.

—Fatalmente tendrá que encerrarse en su concha. En lugar de tener una piedad sincera e ilustrada, sus desilusiones la impulsan a los extremos de la exaltación religiosa. Será una fanática de las pequeñas devociones, de las pequeñas distracciones y de las ocupaciones pequeñas. Pisoteará sin escrúpulo la reputación del prójimo, y se creerá en el camino del infierno si falta a un rosario o a un sermón. Después, si no tiene el corazón bastante noble para entregarse por completo a todos, no pensará más que en sí misma, se replegará en su alma, en su cerebro y en su conciencia. A fuerza de investigar sus propios pensamientos y sus más ínfimos deseos, llegará a inspeccionar al prójimo de un modo igualmente meticuloso. Poco a poco pensará menos en sus defectos que en los de los demás. ¡Ah! Magdalena, una vida truncada es terrible para ella misma y para los otros. La malevolencia sistemática engendra tantas catástrofes...

—Sí—respondí un poco pensativa,—la solterona, tal como tú la pintas, vive en un martirio perpetuo. Todo el calor desocupado de su corazón se transforma y se pierde... Da en hiel lo que hubiera debido prodigar en miel... ¡Pobre solterona!...

—Sí, por lo mismo que compadezco con toda mi alma a esas víctimas de la vida, no querría, hija mía, verte tomar un camino semejante...

—Yo no soy de la madera de esas solteronas... Yo no deseo casarme, sé pensar y no estoy desocupada... No, tranquilízate; si permanezco soltera tendré siempre el alma igual y alegre y seré un ejemplo extraordinario de felicidad en el celibato.

—Quién sabe...—murmuró la abuela pasándose la mano por la frente.—Quién sabe... Dios te preserve de las tempestades del corazón, mi querida nieta... Pero—dijo de pronto para ahuyentar la melancolía,—nos hemos extraviado de Celestina... Cierra la esquela del cura para que yo pueda entregársela, y no hables de esto a la buena mujer. Si sospechase que estamos al corriente de su paso, guardaría rencor al señor cura por esta indiscreción, permitida sin embargo.

—¡Rencor de solterona!—exclamé fingiendo un escalofrío.—¡Qué cosa tan espantosa!...

Esperaba yo ver en Celestina los efectos de una cruel decepción, como vajilla rota, platos echados a perder, gruñidos, empujones... Pero no, Celestina estuvo de buen humor todo el día y hasta le oí cantar a voz en cuello un cántico a la Virgen.

La esperanza permanece en el fondo de su corazón, es cierto. Ha llegado tarde este año, pero el que viene... ¡Pobre Santa Catalina! Ya puede aprovechar lo poco que le queda... ¡Viva San Pablo!...

25 de noviembre.

Hoy gran fiesta para las solteras, jóvenes y viejas.

A primera hora, esta mañana, Celestina, de muy buen humor, se paseaba en su cocina con ardor febril.

—Pero, mujer, te estás cansando—le dije con conmiseración.

—No—exclamó alegremente...—Quiero que el té de la señora sea perfecto. Eso hará rabiar a Mariana, la cocinera de la señorita Bonnetable—añadió con la cara llena de satisfacción.

—¿Por qué ha de rabiar?

—La señorita sabe bien que en el último té de la señorita Bonnetable los pasteles de chocolate estaban quemados.

—¡Ah! y los tuyos...

—Los míos son siempre perfectos—respondió Celestina con vehemencia.—Además—dijo entre dientes,—he prometido dos centavos a San Antonio si sale bien la gran merienda.

Esa gran merienda de que habla Celestina con énfasis, es un simple té que todos los años, el 25 de noviembre, ofrece la abuela a sus amigas y a las mías solteras. De un año a otro Celestina piensa con ardor en la cantidad de novedades que podrá introducir en los pasteles y por toda recompensa no ambiciona más que cumplimientos, lo que, entre paréntesis, no le falta, pues todas conocen su flaco y la adulan.

A las dos y media empezó a oírse la campanilla. Genoveva, Petra, Paulina y Francisca llegaron de las primeras. Siguioles de cerca la señorita Sarcicourt. La Bonnetable, no habiendo podido digerir la «incalificable agresión» de que fue objeto de parte de Francisca y de la mía, se había excusado. Llegaron después la señorita Fontane, encantadora solterona por convicción; la señorita Melanval, presidenta de no sé cuántas asociaciones y ligas, y cuya única ocupación consiste en apuntar en una cartera los nombres de las nuevas adherentes a sus queridas obras; la señora Roubinet, de buena conversación, muy farsante y demasiado ocupada en procurar su efecto personal para pensar mucho en los demás, con lo que va ganando una sólida reputación de benevolencia que nadie piensa en discutir. Faltaron otras dos amigas de la abuela, que estaban resfriadas.

Por disposición de la abuela, que temía las ocurrencias de Francisca y, un poco, las mías, toda la juventud ocupaba el «rincón de las malas cabezas.» Las personas serias rodeaban a la abuela.

Como yo estaba un poco silenciosa, contra mi costumbre, Petra me interpeló de repente:

—Pero di algo, Magdalena; estás en las nubes. Parece que no oyes lo que se dice.

—En efecto—respondí,—estaba distraída mirando al grupo de la abuela.

—¡Ah!—exclamó Petra tan desdeñosa como si se tratara del pobre teniente Cotorrac.—¿Te interesan esas señoritas?

—Mucho. Estaba pensando precisamente que la señorita Fontane debe de ser una solterona por vocación...

—Pienso como tú—exclamó Genoveva.

—Sí, se ve la buena voluntad... Observad qué armoniosa es toda su persona. La mirada, la sonrisa, la voz, el gesto, todo respira el contento.

—¿Y la señorita Roubinet?—prosiguió Genoveva.—¿Creéis que no acusa una satisfacción perfecta?

—Sí—respondí,—pero no es lo mismo. La Roubinet finge la satisfacción de cabeza y la Fontane posee la de corazón.

—¿Y la Melanval, la encuentran ustedes bien armonizada?—preguntó Paulina, que habla poco y escucha mucho.

—Esa es el colmo de la satisfacción—respondió Francisca, absorta hasta entonces en algún pensamiento íntimo, y que pareció que se despertaba de repente.—¡Cómo! tener la presidencia de tantas cosas y poseer el honor de apuntar en su libro de memorias los nombres de tantas personas... es un goce que renace sin cesar... Se está a la cabeza de una sociedad con tan poderoso juego en las manos... Se acabó en Aiglemont el privilegio de la aristocracia—añadió echando a Petra una mirada maliciosa;—ahora es el reinado de la virtud... Por otra parte, sólo al ver el modo que tiene la Melanval de mover las plumas del sombrero, de colocar la cabeza y de hacer reverencias, se comprende su inefable dicha, al lado de la cual no es nada la felicidad paradisíaca...

—La Sarcicourt no participa de esa felicidad—hizo observar Genoveva.—Vean ustedes cómo contrastan sus aires modestos y su palidez con la amable animación de la Fontane y con la alegría de la Roubinet al buscar una frase o una cita.

—Veo que te vuelves burlona, Genoveva—le dije amenazándola con el dedo.

La única respuesta de Santa Genoveva como nosotras la llamamos, fue una fina sonrisa.

—¡Ay!—exclamó de pronto Francisca levantando al techo unos ojos desesperados;—qué fastidioso es pasar la vida con solteronas...

—Veo que sigues con tan poco gusto por ese glorioso estado—dijo Genoveva con compasión.

—Tengo tanto horror al celibato—respondió Francisca,—que me siento con malas disposiciones hacia las solteras... Soy capaz de todas las bajezas por atrapar un marido...

—Yo no—respondió Petra con un movimiento de protesta.—Si deseo casarme, al menos estoy segura de no ir hasta la bajeza. Los Brenay no han cometido jamás malas acciones...

—Tampoco los Dumais—replicó orgullosamente Francisca.—Pero—terminó con filosofía,—alguna vez han de empezar...

—Francisca exagera—se apresuró a decir Genoveva para evitar toda protesta nuestra.—Francisca exagera siempre...

—Nada de eso; no exagero—exclamó Francisca.—Quiero casarme y me casaré—añadió con un fruncimiento de cejas que envejeció de un modo extraño su cara, de ordinario tan animada.

—¿Y tú, Paulina?—pregunté para evitar otra declaración de principios de Francisca.

—Yo—dijo Paulina ligeramente sorprendida por la pregunta,—haré lo que quiera mamá.

—¡Dios mío! qué paloma...—murmuró Francisca con despecho.—Esto se llama un carácter fácil...

—¿Por qué no he de hacer lo que quiera mamá?—replicó Paulina asombrada.—Mamá no puede querer más que mi bien.

—Sí, sí—respondió Francisca muy nerviosa.—Déjate conducir y guiar... No pienses... No hables... No andes... Tu mamá hará todo eso por ti...

—¡Oh! Francisca...

—Y si necesitas sonarte, espera que tu madre te prepare el pañuelo, so mema...

—¡Oh! Francisca...—volvió a decir la pobre Paulina completamente enfadada esta vez.

—Ea, no hables tú ahora como mi madre—exclamó Francisca cada vez más exasperada.—Me fastidias y me irritas...

—¡Vamos, niñas!... ¿Qué pasa?—preguntó la abuela desde el extremo del salón.

—Pasa, señora, que estoy muy enfadada—respondió Francisca.

—Venid un poco con nosotras; nuestro juicio corregirá vuestra exuberancia.

—No, no, voy a decir tonterías... No me llamen ustedes a su lado.

—Sí—respondió mi querida abuela con indulgencia.—Estando prevenidas no nos asustaremos.

—Sí, sí, vengan ustedes, señoritas—insistió la Melanval, la presidenta de las presidentas...—Tengo justamente una nueva obra que presentarles...

—¡Ah!—exclamó Francisca precipitándose de un salto a la silla que le indicaba la abuela a su lado.—Si es una obra para casar a las muchachas en busca de marido, cuente usted conmigo.

Todas nos echamos a reír al instalarnos junto al grupo serio.

—¿Está usted tan descontenta de su suerte?—preguntó la Fontane con su amabilidad habitual.

—Murmurar o quejarse—dijo sentenciosamente la Roubinet,—es oponerse a las leyes universales...

—¿Es usted quien ha inventado eso, señorita?—preguntó Francisca con fingida dulzura volviéndose hacia la oradora.

—No Francisca—respondió la Roubinet con una modestia tan afectada como la dulzura de Francisca.—Esas palabras son de Federico el Grande.

—¡Un prusiano!... ¡Qué horror!... ¿Cómo puede usted citar frases de un enemigo de Francia?—objetó Francisca lo más seria que pudo.

—El genio no tiene patria—respondió la Roubinet convencida.

—Internacionalista y solterona... Es el colmo... ¡Ah!—añadió Francisca cada vez más nerviosa,—no quiero quedarme soltera...

—¿Sueña usted con el acuerdo de dos almas hermanas?—preguntó la Roubinet, que no pensaba en enfadarse por las ocurrencias de Francisca.—Lo comprendo... Encontrar en la vida una alma a nuestro diapasón... ¡Qué ideal!...

—La verdad es que me importa poco el diapasón—respondió Francisca.—Hasta consiento en dar el sí bemol cuando mi alma hermana dé el la natural... Pero, por amor de Dios que me encuentren un marido...

—Pero, Francisca, ¿qué tiene usted? Algo ha debido de ocurrirle, porque no la conozco...

—Sí—respondió francamente Francisca.—Me ha ocurrido, que se presentaba un pretendiente para mí, y mis 2.000 pesos de dote le han puesto en fuga... como de costumbre.

—¿No tenía fortuna?—preguntó la abuela.

—No, señora, ninguna. 500 pesos de sueldo por toda renta.

—Con los intereses de los 2.000 pesos—dijo la Sarcicourt,—pongamos 80 pesos, el total de 580. ¿Espera usted vivir con esa cifra?

—¿Por qué no?—respondió ingenuamente Francisca.

—Es posible vivir con 580 pesos—replicó la abuela,—pero con otra educación que la de usted.

—Eso es lo que ha dicho el pretendiente—confesó con franqueza Francisca.—¿Creerá, usted, señora—añadió,—que ese caballero llegó a querer convencer a papá de que cuando no se tienen más que 2.000 pesos de dote se impone otra educación que la mía?

—¿Si?—dijo la abuela interesada.—¿Y qué respondió el señor Dumais?

—Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente.

—Pobre señora de Dumais—gimió la Sarcicourt.—Es tan buena...

—Demasiado buena—dijo la abuela entre dientes.—De modo—siguió diciendo más alto,—que no se casa usted, Francisca...

—¡Ay!—respondió la aludida,—mis pretendientes no cesan de correr... Señorita—dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,—¿no tiene usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más útil—terminó levantándose,—que todas esas ligas que fastidian a todo el mundo...

—¡Francisca!—dijo la abuela con cierto tono de severidad,—va usted a decir tonterías, hija mía.

—Sí, es verdad... Me callo—respondió Francisca con esa gracia irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.

—No comprendo—dijo la Fontane,—el horror que usted manifiesta por el celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted que está bien visto el quedarse soltera.

—No, amiga mía—respondió vivamente la abuela.—Eso es inadmisible.

—Sin embargo—añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de reír,—estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la quinta—dijo echando una mirada a Genoveva,—y no veo lo que tenemos de reprensible.

—Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. Los hay que yo admito y otros que no—terminó la abuela, ya descontenta al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.

—¿Cuáles son esos motivos admitidos?—suspiró la Sarcicourt,—¿es indiscreto preguntarlo?

—De ningún modo, querida amiga—dijo la abuela, ya en pleno buen humor.—El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a usted, aunque estoy muy cansada.

—No se tome usted esa molestia, señora—interrumpió la Fontane.—Ese asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. Creo—continuó, mirando a la Sarcicourt,—que una de las primeras razones que impulsan al celibato es la abnegación.

—¡La abnegación!—exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona que nunca ha sabido lo que es eso.—¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué suavidad!...

—Hay muchos géneros de abnegación—hizo observar Genoveva.

—En efecto, puede una sacrificarse de mil modos—repuso la Fontane muy risueña.

—Se trata de encontrar el bueno—dijo Francisca, que generalmente proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento.

—Todos son buenos—respondió la Fontane.—Entre la abnegación de una hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación...

—Dios mío—interrumpió Francisca,—bastantes hay ya; no añada usted más...

—¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca—siguió diciendo la Fontane,—que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas nobles hermanas de la caridad, seglares.

—Sí—respondió Francisca poco convencida,—para las almas hermosas puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la mía, no tiene ninguno.

—Yo creí, Francisca—dijo la abuela con tono de reproche,—que tenía usted corazón.

—Mi corazón se atrofia en el celibato—respondió Francisca sin miramientos.—Siento que me voy volviendo mala...

—Buena solterona—murmuró Petra a la sordina.—Esto promete para el porvenir.

—Entonces, Francisca—dijo la Fontane,—no es usted de aquellas a quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor virginal...

—Absolutamente—respondió Francisca con la inconsciente franqueza que brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.—¿Existen, pues, casos de ese género?...

—Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!...

—Sí—hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,—el matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y delicadas...

—¡Oh!—protestaron la abuela, Francisca y Petra.

—Yo misma—continuó la presidenta,—me he estremecido siempre de horror al pensar que un caballero hubiera podido besarme...

—Entonces—exclamó Francisca,—no tenía usted más que besarlo la primera, y así...

—¡Francisca!—dijeron todas a coro.—Schoking...

—Francisca razona como una niña caprichosa—respondió la Melanval.—Habrá que cuidar esa imaginación—añadió un poco descontenta.—Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente...

—¿Qué le voy a hacer?—suspiró Francisca en tono burlón.—Es el efecto en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...

—Ciertas almas—respondió la Fontane,—prefieren su blancura de armiño a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es infinitamente respetable, tanto como hermoso.

—Y muy raro—dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible para que no dijera alguna nueva tontería.

—Es muy difícil el saberlo exactamente—respondió la Fontane.—La pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es un secreto entre ellas y Dios.

—¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...—murmuró la Roubinet con la cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces.

—En materia de secretos de amor—dijo la Fontane,—hay también afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, envejecer y morir solos...

—¡Ah!—dijo Francisca estremeciéndose.—Nos deja usted heladas... Si eso es el amor no le quiero.

—¡Qué hermoso es el amor!—murmuró la Roubinet.

—Muy hermoso—replicó la abuela,—pero muy peligroso para cabezas jóvenes.

—No para la mía—objetó Francisca triunfante.

—¿Quién sabe?...—exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible.

—Una de las causas más frecuentes de celibato—dijo la Fontane,—es tener un carácter demasiado independiente.

—Detestable causa—exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro.

—No es ese mi caso—afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que se le imputase semejante disposición.—En mi vida he sabido lo que era tener ideas fijas y personales...

—¡Pobre amiga!—respondió Francisca llena de lástima.

—Esa independencia de carácter—continuó la Fontane,—no sólo es un motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos jóvenes. ¿Qué vamos a hacer—piensan—de una mujer autoritaria y déspota?...

—Ahogarla—exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya formulado.

—Es un remedio un poquito radical—opinó la Sarcicourt, que no está por las medidas violentas.

—No se emplea casi nunca—respondió la Fontane.—Existe, por otra parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la carga de almas que ese estado lleva consigo.

—¡Qué valentía!—exclamó Genoveva riendo.—Eso huele a las Cruzadas, ¿eh, Petra?

Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada.

—El divorcio y la inseguridad en el matrimonio—prosiguió la Fontane,—provocan igualmente la vocación del celibato en algunas muchachas...

—Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro abismo!—exclamó la Melanval.

—«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el siglo»—dijo la Roubinet orgullosa de su frase.

—Por fortuna—observó la Melanval,—tenemos obras para evitar todos esos peligros... Así, la obra de la reforma social...

—No es suficiente—terminó Francisca con un resplandor malicioso en los ojos.—Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él...

—Ciertamente—respondió la Fontane con sonrisa burlona.—La insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas temibles y temidas.

—Esto es lo que se llama recibir una estocada—articuló Francisca.—Mea culpa...Mea culpa...

—Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo así que...

—Que no valen gran cosa...—concluyó Petra.—Me reconozco a mi vez...Mea máxima culpa...

—¿Para qué tantas pretensiones?—preguntó la Melanval.

—Es muy sencillo—respondió Petra.—Yo deseo el nombre, la familia, la fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un físico agradable.

—¡Mucho es eso!—exclamó la Melanval.

—Tengo veinte mil pesos de dote...

—Es poco—hizo constar la Melanval.—Hagamos un pequeño sacrificio... ¿El nombre?

—Imposible... ¿Un matrimonio desigual?... Horror...

—La familia va con el nombre. ¿La fortuna?...

—Jamás... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver.

—Entonces—replicó la Melanval un poco extrañada—no queda nada que sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el físico...

—Me es indispensable—respondió sencillamente Petra.

—¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía—dijo la abuela con su dulce filosofía.—Y quiera Dios que no sea tarde—suspiró pensando en el teniente Cotorrac.

—Es lo que yo digo algunas voces a mamá—dijo Paulina un poco confusa por no ser de la opinión de su madre.—Mamá, que me quiere mucho, sueña para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... no sé si...

—¿Si conquistarás esa situación?—acabó Francisca riéndose.—Creo que no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener que rebajar algo—gimió Francisca,—pero no puedo disminuir mis pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un mono vestido, lo que está lejos de ser tentador.

—¡Ah!—suspiró la Sarcicourt;—no estamos ya en los tiempos en que la gente se contentaba con una choza y un corazón...

—¡Dichosa época!—exclamó la Roubinet.—Pero si no tenemos ya esas graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida.

—La falta de salud—dijo la Fontane, llevando la conversación a su punto de partida,—asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de una mujer enferma?...

—Cuidarla—murmuró Francisca con irónica piedad.—Pero esos hombres son tan detestables enfermeros...

—Es cierto—dijo la abuela,—que se debería vigilar escrupulosamente la salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros.

—¡Cómo!—exclamó asombrada.—Ahora es la abuela partidaria del celibato... ¡Qué conquista!...

—¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las artes?—interumpió la Roubinet.—En nuestra época hay muchas jóvenes que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada.

—¡Bah!—dijo la abuela.—¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las quiere?

—La estadística se calla en este punto—respondió la Roubinet ligeramente confusa.—Pero he leído con gran satisfacción la vida de ciertas solteronas sabias o artistas—dijo con su énfasis habitual.

—¡Oh!—exclamó Petra.—Creo que sueña usted.

—No, por cierto—insistió la Roubinet.—Así, en literatura...

En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet.

—Suplico a usted que espere un poco—dije a la oradora.—Déjeme servir el té, pues sentiría mucho no oír a usted.

—Vaya usted, vaya, Magdalena—respondió la Roubinet muy halagada por mi petición.

—¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!—exclamó Francisca apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las invitadas.—Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa Catalina, todo debe ser flor de azahar.

—¡Oh!—dijo haciendo monadas la Roubinet,—yo prefiero unas gotas de ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena...

—¡Cuidado!—exclamó Francisca;—el ron es un perfume de coraceros...

—No me importa—aseguró la Roubinet,—mi estómago le recibe muy bien.

—El mío no—dijo dulcemente la Sarcicourt.—El médico me prohíbe los licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.

Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a animar.

—¿Cree usted—dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,—que las solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?

—¡Cómo! Genoveva—dijo la Fontane,—¿olvida usted a nuestra ilustre Eugenia de Guerín?...

—No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no conozco muchas más.

—¡Cómo!—exclamó la Roubinet con indignación.—¿No conoce usted a la señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «Las mujeres, su pasado, su presente y su porvenir...»? ¿Ni a la señorita Bertin, que hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones nuevas, y no sé cuántas más...

—¡Qué diluvio!—exclamó la abuela.—¡Cómo las solteronas tienen la pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena...

—¡Abuela!—imploré.

—La pintura—prosiguió la Roubinet poseída de su asunto—cuenta también solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en el sigloXVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...

—¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas están tan favorecidas...

—¿Por qué no habían de serlo?—preguntó la Melanval.—Las solteras encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.

—Con más motivo—añadió la abuela,—porque no pueden ustedes citar personas vivas. Nada asegura que no se casarán...

—Sí—dijo la Fontane,—se han visto casos en estos últimos tiempos.

—Hablen ustedes de las mujeres de bien—dijo la Melanval;—será más edificante...

—Ahí tenemos a Celestina—exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había oído.

—Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas—siguió diciendo la Fontane.—Creo que habría que nombrarlas todas para no cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o de la sociedad?...

—La señorita Bonnetable—aseguró Francisca.

—Silencio, Francisca,—exclamó la abuela.—El carácter de la señorita Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.

—Sí, señora—respondió Francisca,—en el último fondo, en el sitio que no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar.

—Niña cruel—dijo la abuela encogiéndose de hombros.

—Lo cierto es—siguió diciendo la Melanval,—que la mayor parte de nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres solteras... Sería imposible hacer una lista...

—No veo la dificultad—dijo Francisca disimulando un bostezo.—No hay más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; eso no puede servir de base.

—Detestable burlona—murmuró la Melanval contrariada. Y añadió dirigiéndose a la Fontane:—creo que hay que convenir entre nosotras que si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las solteras son mujeres de bien.

—¡Felices ellas!—exclamó Petra.—Ese es un panegírico bien sentido...

—En un día de Santa Catalina era obligatorio,—repuso Francisca.—Y por cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa distinguida.

—Y una mártir incomparable—añadió la Melanval santiguándose.—¡Buena Santa Catalina!...

—Ora pro nobis—exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían con toda su alma.

—No, no—dijo Francisca dando un salto;—no queremos formar parte de la corporación.

—Y tienen ustedes razón, hijas mías—respondió la abuela siempre llena de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.—Recen ustedes a San José y será mucho mejor...

—Además—añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,—al rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su humor apacible:

Con la sonrisa en los labiosY con la gracia en los ojosLa virtud es aún más bella...

—Bonitos versos—dijo la abuela.—¿De quién son?

—De uno de mis autores favoritos—respondió la Roubinet muy contenta por haber hecho efecto.—Son de Laprade.

—¿Laprade?—murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.—Creo haber leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!...

Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las despedidas.

—Espera—me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la abuela,—voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. Escucha bien.

Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con gracia:

Si el tiempo se va, señora,Nosotras también nos vamos...

Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.

—Delicioso—exclamó la Roubinet extasiada.—Yo conozco estos versos, pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi memoria infiel, Francisca.

—Esos versos son de uno de mis autores favoritos—parodió Francisca.—Son de Ronsard...

—¡De Ronsard!—exclamó la Roubinet sofocada.

—Sí, señorita—terminó Francisca,—rabie usted... Usted no nos ha dado más que Laprade...—Y repitió con una mueca desdeñosa:—Laprade...

Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:

—¡Oh! Francisca...

3 de diciembre.

He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran número de personas a quienes se refiere.

¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!

Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, me extravié completamente.

En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes divisiones:

Solteronas voluntarias.

Solteronas resignadas.

Solteronas recalcitrantes.

Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner en claro en conjunto.

La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su sonrisa bondadosa.

La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce de una mirada.

La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.

Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé a las subdivisiones.

Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.

El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si pertenecen a la categoría de las violentas.

La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato.

—Sin mi mala salud—murmura,—hubiera podido casarme... A mi mala salud debo, pues, el tener que vivir sola...

—En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran ejército de las recalcitrantes.

Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.

En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada, fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...

Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción de mérito.

Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice:

—Es una solterona.

Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada desdeñosa:

—Qué se puede esperar de una solterona...

Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de hombros y murmura:—Es una verdadera solterona...

Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o a las conversaciones agridulces, todos repiten:

—Qué propio es de una solterona...

Para pintar un traje extravagante se exclama:

—Vaya una facha de solterona...

Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito unánime:

—Gustos de solterona...

En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman:

—Inútil como una solterona...

Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que descifrar.

9 de diciembre.

¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.

Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.

—¿Qué vestido te pones?

—El gris, corte de sastre.

—El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente entreabierto, hace muy bien...

—Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que me ponga el traje número uno?...

—Sí... sí... ¿Qué sombrero?...

—El Santos Dumont.

—No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta maravillosamente sobre tu cabello rubio.

—¿Maravillosamente?... Bueno, abuela.

Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre.

—En casa del padre Tomás—murmuré para mis adentros,—no hay nada que temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto.

Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.

La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores, se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus luces comunes continuando su plática.

El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija.

La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de que se hacen los maridos.

En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya pluma, etc.

En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente.

En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.

En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...

Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente—porque debía de haberlo—había llegado tarde al tren.

—Otro día será—pensé con alguna angustia ante la idea de volver a empezar las fases de mi atavío de conquista.

La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como imprevista.

—¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?

—Muy feo—respondí con indiscutible sinceridad.

—Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...

—Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...

—¡Ah! querida—exclamó la abuela besándome con efusión.—Qué dichosa soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...

—¿Su físico?...—respondí disimulando una sonrisa.

—Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la conversación de manera que quedases conquistada...

—¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con discusiones sociales...

—Las muchachas serias—respondió la abuela ligeramente ofendida,—tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más quieren?

Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.

—De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...

—Ciertamente—balbuceó la abuela.—¿Por qué no?

—¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?

—Seguramente—dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.

—Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... cargante, como diría Francisca.

—¡Oh! estas muchachas...

—Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la desgraciada... Cadameetingfracasado será una ocasión de recriminaciones... Cadaspeechinterrumpido constituirá un motivo de discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía,La Linternase va a meter conmigo»—«No, amigo mío.»—«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa desagradable.»—«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»—«Pues si no esLa Linterna, seráLa Acción.»—«Nada de eso, está tranquilo. Además,La Autoridadte defenderá si te atanca.»—«¿Tú crees?»—«La Autoridadestá en el caso de administrarme una paliza disimulada... Me defenderá criticándome.»—«Pues bien, amigo, espera para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»—«¡Ah! así sois las mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...

La abuela se encogió de hombros.

—¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que la belleza moral del señor de Baurepois...

—Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz es todo lo que yo pediría.

—Y bien, el señor Baurepois...

—Temo que me aburriría mortalmente.

—Trate usted de gustar a una muchacha...—murmuró la abuela con una desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.—Oye—me dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,—quiero creer que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.

Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.

De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una joven casadera!...

16 de diciembre.

La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable obstinación.

El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi razón.

—Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía que su conversación había encantado a usted...

—Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos del encanto...

Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha.

La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han depuesto las armas las primeras.

—No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva. Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado.

—¡Oh! señora—respondí con cierta melancolía,—renuncio a conocer jamás esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse...

—Pero, Magdalena—dijo la buena Genoveva,—todo el mundo se casa así en nuestra sociedad.

—Sí—respondí suspirando,—el matrimonio de inclinación es considerado como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las condiciones ordinarias...

Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a llorar. Genoveva me abrazó.

—¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a casarte... Sé razonable...

Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar también.

—No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no piensa obligarla al matrimonio.

—No, señora—respondí entre dos sollozos,—pero todas ustedes me encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace daño, mucho daño en el corazón...

—¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así—me dijo con bondad la de Ribert.—No llore usted más, no sea niña...

—Tranquilízate—añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy encarnados.—Te lo ruego; me das pena...

Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el bolsillo.

—Vamos, ¿se acabó la pena?—me preguntó amablemente la de Ribert dándome un beso.

—Así lo espero—dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.

En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.

—Sí—exclamé,—no puedo, no podré nunca decidirme...

—Pues bien—respondió la de Ribert, que comprendió que no era el momento de insistir,—espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.

—Sí, sí—añadió Genoveva.—Hablemos de las solteronas... Eso distraerá a Magdalena.

Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que piensan los hombres que no se casan.

—¿Para qué?—preguntó la de Ribert un poco asombrada.

—Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.

—La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son motivos suficientes—dijo Genoveva.—No veo qué más puedes desear para informarte...

—Sí—repliqué—hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además—añadí bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,—no pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana que se asuste de casarse con una desconocida.

—¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?—preguntó con curiosidad Genoveva sonriendo.

—Puede ser—dije sintiendo que me ponía colorada.—Quisiera al menos saber si existe...

—Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del natural—exclamó la de Ribert sonriendo...—Después de todo—añadió después de una corta vacilación,—¿por qué no?...

—¡Cómo!—exclamó Genoveva.—¿Qué diría la de Sermet?

—Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la razón.


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