—¡Oh! señora—exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.—¡Qué buena es usted!...
—No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que trate de tener lo que desea en su lugar?...
—Sí, pero ¿cómo?—dije interesada.
—No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste me las transmitiría bajo sobre con iniciales.
—¡Oh! sí—respondí llena de entusiasmo.—Haga usted eso por mí, señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...
—No, ve tú sola—dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.—Tu abuela se va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.
—Anda Genoveva, te lo suplico—dije abrazándola.—La abuela te lo concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...
—¿Qué hago?—preguntó Genoveva a su madre.—¿Debo arriesgarme?
—Sí—respondió la de Ribert.—Bien puedes hacer eso por Magdalena.
El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.
—La cosa se sale tanto de las conveniencias...—murmuró la pobre abuela consternada.—En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...
Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de responder... Era seguro que vacilaba.
—¡Dios mío!—dijo por fin,—si fuese Magdalena la que pusiera ese anuncio, diría que era imposible de todo punto...
—Así lo comprende mamá—hizo observar Genoveva.
—Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la autorización solicitada.
—Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... Sería capaz de no creernos...
—Esperen ustedes—dijo el cura lleno de condescendencia.
Cogió una tarjeta y escribió debajo:
«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer obstinadamente atado a lo vulgar...
»Todos mis respetos.»
—Gracias, señor cura, gracias de todo corazón—exclamé con un intenso acento de triunfo.
—Calma, calma...—dijo el cura.—Si su cerebro de usted se pone en ebullición, retiro el permiso...
Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.
—Abuela—dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,—aquí tienes la respuesta que esperabas.
La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros:
—El cura descarrila... y vosotras también.
—¡Oh! abuela—dije horriblemente alarmada,—¿niegas el permiso?
—No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y qué anuncio!...
—Gracias, abuela, gracias de todos modos—exclamé con transporte.
—No hay de qué—respondió la abuela.—Pasa por el mundo entero una especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto—concluyó volviéndonos la espalda.
La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se quedó sorprendida de nuestro éxito.
—Bueno—dijo alegremente,—aprovechemos el permiso y ocupémonos del anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.
«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»
—¿Qué pensáis de esto?
—¡Perfecto!—exclamé saltando de alegría.—Pronto, un sobre... ¡Oh! señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...
—Espere usted, Magdalena—dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por mi turbulencia.—Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...
Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... me falta término de comparación.
Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.
22 de diciembre.
¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...
Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que les pone mala cara.
—¿Vas a ese baile, Magdalena?—me preguntó Petra.
—Magdalena no sale más que en la intimidad—respondió la abuela.—Una huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.
—Pero es un baile blanco—observó la de Brenay.
—Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted ha aceptado?—preguntó la abuela a la de Brenay.
—Los Geraumont no son de nuestra sociedad—respondió la de Brenay desdeñosa.
—¡Ah!—respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.—¿Y usted, señora?—preguntó a la de Aimont.
—No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores—respondió ésta.—Es un baile de comerciantes, de modo que...
—Pues nosotros aceptamos—dijo Francisca antes de que se lo preguntaran.—Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda aparte, y será divertido...
—Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa—murmuró la abuela a la sordina.
—Me hace usted reflexionar—dijo la de Aimont.—Si estuviera segura de encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...
La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.
—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó sabiendo que así complacía a todas aquellas señoras.—La chica de Geraumont no es, sin embargo, la única joven casadera...
En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.
En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su vivacidad.
—Señor cura—dijo la de Brenay,—háganos usted saber lo que piensa del desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...
—Y a las que le tiene pequeño—añadió la de Dumais con una convicción de las más sinceras.
—Lo cierto es—prosiguió la de Aimont,—que en nuestra población, como en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...
—Sí—convino el padre Tomás.—Ya he tenido una larga conversación sobre esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no casarse—dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes presentes.—Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...
—Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted—interrumpió Francisca con su petulancia habitual.—Es horrible condenarnos con hechos... y con hechos palpables...
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?—objetó el cura.—En primer lugar, nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, lo que hace el elogio de ustedes, señoras—observó graciosamente el cura,—porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo bastante para mí—se dice,—pero no para tres o cuatro, si tengo hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet hablaba de ella en su libro sobre la mujer.
—Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo estado de cosas?—exclamó la Melanval.
—Es verdad—respondió el cura.—Últimamente he leído un artículo de Marcel Prevost...
—¡Oh!—balbució la Melanval con espanto.—Usted lee a Marcel Prevost...
—¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!—murmuró Francisca con una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.
—Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su misión y...
—Señor cura—dijo en tono lastimero la de Dumais,—perdone usted a Francisca.
—No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para responder—añadió el cura con una buena sonrisa.—Decíamos, pues—dijo reanudando el hilo de sus ideas,—que Marcel Prevost se ocupaba en la cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:
«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»
—¡Bravo por Marcel Prevost!—exclamé con entusiasmo.—Todo eso es justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...
—Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la Iglesia—dijo la abuela descontenta de sus teorías.—¡Si nos vamos a preocupar de la opinión de los literatos modernos!...
—Querida señora—respondió el cura, otra vez en discordancia con su antigua amiga,—esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener en cuenta lo que ellos indican y...
—¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, jamás—respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.—¿Qué madre tendría semejante lenguaje?
—Una madre prudente y lista—dijo el cura muy bajo.—Pero, en realidad, señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos los pensamientos de su nieta?
—Verdaderamente no—repuso la abuela confusa.—Todo lo que oigo ahora es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.
—¿Yo?—balbucí sorprendida.—Diga usted más bien Marcel Prevost... En cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.
—No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...
—¡Ay!—gimió la de Dumais a modo de aprobación.
—¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?—dijo la abuela con más energía.—En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.
—De eso habría mucho que hablar—respondió el cura moviendo la cabeza.—En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha y de discordia con sus maridos...
—¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?—preguntó la de Aimont en tono de burla.—¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...
—Eso—dijo el cura confuso,—depende de las mujeres y... de los maridos.
—Sí—añadió la de Brenay,—sin contar que el intelectualismo exagerado de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se hace con una intelectual?—terminó con una sonrisa llena de malicia.
—Esa es una objeción pueril—respondió el cura.—Nunca el corazón de las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?
—Predica usted a una convertida—dijo la abuela.—Magdalena piensa como usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.
—Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no han creado ni deseado—respondió el cura,—pues en esta clase de cosas las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las solteronas...
—No me extraña—dijo Francisca,—los ingleses razonan siempre en contra del sentido común.
—No tanto, no tanto—murmuró el cura.—En estos tiempos está cada cual tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, están destinadas a pensar en los demás.
—¡Es delicioso!—exclamó Francisca con convicción.
—Es hermoso—dijo la abuela levantándose para despedirse.—Pero, sin embargo, ¿es esa la dicha?...
El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada delante de él como una verdadera interrogación.
—¿La dicha?—respondió.—La dicha se encuentra allí donde está el deber.
—¡Ay!—exclamó Francisca,—esa es la dicha a precios reducidos.
—Yo hubiera preferido otros deberes—replicó la abuela moviendo la cabeza con melancolía.
—Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.
—Puede ser—respondió la abuela.—La generación actual es eléctrica hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este siglo...
El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las solteronas.
¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...
Ya acabé... Qué suerte...
29 de diciembre.
Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.
La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que palpitar, espero...
«Bernardo Monastiel a una persona seria.»Apreciable persona seria:
»Soy hombre y soltero.
»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de consecuencias.
»Una de ellas estaba concebida de este modo:
»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.
»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?
»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:
»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.
»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, debe usted dirigir sus reproches... si los hay.
»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.
Bernardo Monastiel.»
—Esto es hablar para no decir nada—dije a Genoveva, devolviéndole la carta.
—No—replicó la de Ribert,—es el lenguaje de un amable egoísta... La belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores razones...
—Empiezo la otra—exclamó Genoveva.—No nos detengamos en el egoísmo.
«X. Y. Z. a la señora...»Señora:
»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi edad, sin atrevernos a quejarnos.
»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer rica, como casarme con una pobre.
»Homenajes respetuosos.
»X. Y. Z.»
—¡Pobre mozo!—exclamé.—¿Cree usted que ese motivo es verdadero?
—Vaya si lo creo—respondió la de Ribert;—ese muchacho es absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... ¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la gana de comer.
—Es muy triste para los jóvenes—dije con compasión.—¿Cómo remediarlo?
—Es difícil—respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.
—Retrocedamos, entonces, sin vergüenza—dijo Genoveva.—Propongo que las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de riquezas en las mismas manos...
—¡Miren la socialista!—exclamé riéndome.—Esta Genoveva tiene teorías aventuradas. Si la oyese la abuela...
—¡Bah!—dijo Genoveva con serenidad.—Mi socialismo no hace daño a nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.
—En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un joven sin fortuna...
—Pasemos al número tres—dijo la de Ribert.—Es una linda muestra de los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.
«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y respuestas:
»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»
—Cuando se quiere mostrar ingenio—interrumpió la de Ribert,—se engaña uno algunas veces...
«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.
»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice con Anaxándrides:
»Voy a casarme.—Tanto peor.—¡Cómo tanto peor!—Sí, es abrir tu hogar a todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»
»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...
Un perfecto egoísta.»
—El matrimonio pobre—dije riéndome,—es el efecto terrible. No había yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en lugar de uno...
—¿Dos?...—terminó Genoveva;—di más bien tres... cuatro... cinco... seis...
—¿Por qué no doce... o dieciocho?...
—Como en el Canadá—hizo observar la de Ribert.—Pero en el Canadá produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...
—Una maldición—terminé, un poco pensativa.—Cómo huele esta carta a decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta semejante.
—El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo—respondió la de Ribert.—En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella de él.
Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos durante unos segundos.
—En suma—dije a modo de conclusión,—es elyo, siempre elyolo que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, señora?
—Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... ¡Pobres mujeres!...
—Sí—suspiré.—Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con individuos de ese género...
—Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...—murmuró la de Ribert con inconsciente tristeza.
—Dios mío—exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que parecían dolorosas;—qué contenta estoy de aprender a conocer a los señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.
—¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?
—Nada—aseguré con toda convicción.—Lo quiero por amor al arte, y sólo para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria del matrimonio.
—¿Sólo para eso?—repitió la de Ribert mirándome con atención.—¿Está usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...
—No comprendo—exclamé estupefacta.
La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada vez comprendo menos...
1.º de enero 1904.
El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está desolada.
—Piensa, hija mía—me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año nuevo,—piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.
—¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...
—No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no estar casada, es humillante.
—Pues yo no siento semejante humillación.
—Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen en una situación tan ridícula.
—¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, querida abuela.
—No será por su culpa—respondió la abuela, dando un gran suspiro.—¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...
Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...
Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.
—Es mi aguinaldo—me dijo, abrazándome con todo su corazón.—Te deseo un buen año y... un alma hermana...
Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.
—¿Y las cartas?—dijo la de Ribert.—Pensemos en las cosas serias...
Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.
—Estoy haciendo visitas—nos dijo al entrar,—a todas las personas queridas, para desearles un buen año.
Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños monumentales en uso en Aiglemont.
—¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?—exclamó de pronto aturdidamente.
—«Las cartas a Francisca»—dijo la de Ribert, frunciendo las cejas,—son la propiedad de uno de nuestros novelistas...
—Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de las famosas cartas...
—¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.
Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.
—¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a conocer las lucubraciones de esos caballeros!...
—Y con más motivo—dijo la de Ribert,—puesto que encuentro que las dos cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...
—¡Qué suerte!—dijo Francisca interesada.—¿Hay, pues, personas que me aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida mamá.
—Genoveva, léenos esas cartas—dijo la de Ribert a su hija.—Francisca va en seguida a saber a qué atenerse...
—¡Qué!—exclamó Francisca;—si se trata de una reprimenda, me tapo los oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...
Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder sílaba de una lectura tan poco común.
—Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de una correspondencia escandalosa como ésta...—dijo, todavía, antes de callarse definitivamente.
—Se trata de un secreto entre nosotras—hizo observar la de Ribert,—y cuento con la discreción de usted, Francisca.
—A fe de hombre honrado—respondió la aludida,—lo prometo.
—Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más que cuando su físico no sufre ninguna molestia.
«Pedro Marcelier,Registrador de la Propiedad en Santa Rosa,a una persona desconocida.»Caballero o señora:
»Empiezo por presentarme.
»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y apreciables probabilidades de fortuna por herencia.
»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías, que son tan indulgentes.
»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una mujer, y no un dote...»
—Eso es lo que me hace falta—exclamó Francisca.—Buen muchacho...
—Silencio—dijo Genoveva.—Continúo...
«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros, y su corazón preverá un éxito fácil.
»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)
»Hago a usted juez de la situación.
»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de matrimonio.
»—Desgraciadamente—me dijo,—la muchacha no tiene otro dote más que sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...
»—Es mucho, tía.
»—¿Cómo mucho?
»—Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, me contentaré con un matrimonio feliz.
»—Bravo muchacho—respondió mi tía, dándome un abrazo.»
—¡Diablo!—exclamó Francisca,—yo haría otro tanto... Ese Pedro es un corazón de oro...
«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.
»Mi tía se quedó consternada.
»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.
»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.
»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer nuestro presupuesto la señora X... y su hija:
»—¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?—me preguntó mi futura suegra.
»—La que ella quiera—respondí galantemente.
»—Muy bien—continuó la señora X,—Susana no es exigente. Ya sabe usted que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de 80 pesos?
»—Concedido—respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado una suegra tan razonable.
»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.
»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:
»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.
»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le gustaba la sociedad.
»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía tantas habilidades...
»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.
»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se lo pedía.
»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis recursos se elevan a 800.
»—¿Ha calculado usted, señora—dije con algún embarazo,—que hemos gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera, seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase, si hubiera una cuna... o varias...
»—¡Dios mío! es verdad—exclamó mi futura suegra.—¿Qué hacemos?
»¿Qué hacemos?...
»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se transforme.
»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente una causa de celibato forzoso para ellas.
»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...
»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que éstas sean preferidas.
»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que se sirva aceptar mis homenajes.
»Pedro Marcelier.»
—¿Qué decís de esto, hijas mías?—preguntó la de Ribert.
—Es muy interesante—respondí pensativa. Iba a añadir:—«Y muy verdad,»—pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró a quitar al asunto todo carácter personal.
—¡Vaya un cargante!—exclamó.—Qué manía de hacer sumas y restas... Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el cálculo y sus complicaciones...
—Siempre es útil saber contar—dijo dulcemente Genoveva.
—Sí, lo concedo—respondió Francisca en tono de condescendencia.—Pero ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, borrar uno de los gastos...
—¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?—preguntó la de Ribert con una sonrisa ligeramente burlona.
—¿Yo?... Ni uno, señora,—respondió Francisca muy convencida.—Todo eso es estrictamente necesario...
—Sí—dijo la de Ribert,—un gasto a que se está acostumbrado, se convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...
—¡Qué exageración!—exclamó Francisca.
—No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese grave aspecto del matrimonio?...
—La verdad es que no lo sé—dijo Francisca.—Por mi parte prefiero confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.
—Ya ve usted—respondió sencillamente la de Ribert,—que el señor Marcelier tenía razón.
—¿Y la otra carta?—preguntó Francisca, queriendo cambiar de conversación.
Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la reclamada por Francisca.
—Te prevengo—dijo riendo,—que esta carta no te va a gustar mucho más. Escucha.
«Juan Dormal al abonado X. Y. Z.
»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.
»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.
»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes estudios.
»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto. Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta, amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora. Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.»
»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese siempre rodeada de una multitud de adoradores.
»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que, en cambio, sobresalía en el piano, en eltennisy en elcroquet, que nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la gabota...
»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa... diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo.
»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura, una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condicionessine qua nondel matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!...
»—Búscame—dije a mi madre,—una buena camarada, ni muy mundana ni muy seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una hija de la Naturaleza...
»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí desengaño tras desengaño...
»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, realmente, una hija de la Naturaleza...
»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: «Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y volví a tomar el tren.
»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más desagradable de las cuales, fue la de la camarada.
»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...
»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte la expresión de mis respetos.
»Juan Dormal,»Capitán de Artillería.»
Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.
—Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?—preguntó la de Ribert, echando una mirada a Francisca.
—Ese señor es un imbécil—dijo levantándose bruscamente.
—No te enfades, Francisca—exclamé, echándome a reír...—No te he oído nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata de ti.
—Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...
—¿Tu estómago?...
—No, ese capitán del diablo.
—Vamos, Francisca, tranquilícese usted—dijo la de Ribert.—Si hubiera previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las hubiera leído.
—No lo sienta usted, señora—respondió Francisca con una vivacidad enteramente elástica,—soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se engaña... Yo me casaré—añadió con una expresión repentinamente endurecida,—diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...
Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, pero la de Ribert me detuvo.
—Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le turba el entendimiento—dijo moviendo la cabeza con expresión meditabunda.
—¡Bah!—respondió Genoveva siempre indulgente.—Es esa una crisis por la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.
—Pero es una crisis peligrosa—observó la de Ribert;—su corazón y su cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.
—Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras averiguaciones, puesto que esto contraría a usted—respondí un poco confusa.—Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...
—Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que hacemos—murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.—Pero a lo hecho, pecho—añadió con su sonrisa habitual.—Esa Francisca desea demasiado casarse y ese deseo es chocante en una señorita...
—¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante—dijo Genoveva.—Hay en esto un buen sistema de compensaciones...
La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.
—Magdalena—dijo dirigiéndose a mí,—disminuya usted un poco sus relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la señora de Sermet...
Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa con ella. La de Ribert es un poco dura...
Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.
—Hay aquí más visitas que en casa del alcalde—decía.
Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa Melanval no dejó de exclamar:
—Con el permiso de Dios, por supuesto...
A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la Bonnetable, respondió por lo bajo:
—O del diablo, me importa poco...
La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de la poca solidez de los muebles modernos.
Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán, el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de 12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran influencia con el joven en cuestión...
Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto éxito.
8 de enero.
Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta esquela de Genoveva:
«Querida amiga:
»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas esas señales, con muchos besos de tu
»Genoveva.»
Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...
«Señora:
«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a usted sobre un asunto que tanto me interesa.
»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.
»A mi edad—30 años el mes próximo,—se sabe bien lo que se quiere y lo que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta ningún prejuicio...»
—¡Ah! eso es—exclamé sin dejar de leer.
«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de ideas conmigo, podré amarla.
—Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón que no me dejaban respirar.
«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano. Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que, por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.
»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar hay que conocer y no basta la etiqueta...
»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas.
»Me es imposible casarme en esas condiciones.
»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que entregarse...
»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres, somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo?
»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos.
Mauricio Baltet.»
Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer...
Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte, mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha.
No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía hablando de él:
—El alma hermana de usted.
Genoveva iba más lejos y decía:
—Tualter ego.
—Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...
—De prisa vas—respondió Genoveva maliciosamente.—¡Qué lástima, mamá, que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...
No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que empezaba a pesarme un poco.
—Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?—dije con una flexibilidad de tono digna de Francisca.
—Sí—respondió la de Ribert,—y estoy muy satisfecha al ver que los hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí otras cartas en el mismo sentido.
—¿Sí?—exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar más que en la correspondencia de la de Ribert.—¿Qué se les reprocha de nuevo?
—De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por lossportsque distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano, qué tempestades levanta...
—Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote de sus hijas—dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.
—Se equivocan como unas estúpidas—exclamó una voz burlona y vibrante, la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.—Y bien—añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,—¿hay indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...
Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena señora se calló sin embargo.
—He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...
Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que, según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:
—De mi alma hermana.
—Entonces será tan mema como tú—respondió Francisca,—y no es poco decir, mi pobre Magdalena...
Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.
—¿De modo que este majadero es tu ideal?—preguntó en tono burlón en cuanto acabó la lectura.—¿No ves, inocente, que tiene todas las cualidades para ser engañado?...
—¿Cómo es eso?—dije admirada por la apreciación de Francisca.
—Ese señor es demasiado cándido—continuó.—Para cogerle y acapararle no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y ¡pan! ya está pescado...
—Qué cosas dices—murmuré confundida.
—De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi pobre Magdalena.
—Y sería una lástima—respondió la de Ribert, muy descontenta esta vez.—Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No comprendo...
—¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!—suspiró Francisca cómicamente,—yo puedo asegurar que los hombres no valen nada, puesto que...
—Puesto que no se casan contigo—añadió Genoveva.
—Tú lo has dicho—respondió Francisca imperturbable.—¿Sabe usted lo que a los mejores les gusta más en nosotras?
—No—contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.
—Nuestros defectos.
—Pero, Francisca—dijimos con indignación,—¿cómo puede usted decir una cosa semejante?
—Dios mío, no griten ustedes tanto—respondió poniéndose las manos en los oídos.—Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en seguida.
—Entonces está usted madura para el matrimonio—respondió la de Ribert medio enfadada, medio en broma...
—Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.
—Y muy mal educada—añadió la de Ribert.
—Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...
—Francisca—replicó la de Ribert, muy severa esta vez,—si sigue usted así voy a ponerla en la puerta.
—Señora—exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente felina,—hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.
Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que dice esta loca de Francisca... Es tan niña...
—¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de solteros?—preguntó Francisca.—Prometo ser buena como una imagen y respetuosa como un leño.
La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que produjo en todas una franca carcajada.
—Al lado—dijo,—de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio, cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que consientan en cargarse con tan enorme gasto.»
—Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes—exclamó Francisca con graciosa convicción.—¿Y qué van ustedes a hacer de todas estas noticias?
—Nada—respondió la de Ribert.—Es una satisfacción para mí saber que los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.
—Eso no es cierto—dijo Francisca.—Un marido no importa cómo, sea quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la China, es todo lo que yo pido.
—¡Qué Francisca ésta!—murmuró la indulgente Genoveva con una mirada suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.
La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en la mano en el momento de salir.
Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las gafas a la alfombra.
—Muy risueña estás, hija mía—me dijo con su bondad habitual.—¿Qué hay?
Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos diferentes:
—Calla... calla... calla...
Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor y habló de otra cosa...
¡Y yo, que esperaba una reprimenda!...
15 de enero.
Es curioso cómo me interesa el señor Baltet... Llevo dos noches soñando con él. Le veo rubio, delgado, bastante alto. Sus ojos azules son dulces y su voz agradable.
Bajo el imperio de mi preocupación involuntaria, me interesan menos las cartas que recibe la de Ribert, que no comprende mi repentina indiferencia... Hago vanos esfuerzos para recobrar mi ardor, pero no lo consigo.
Genoveva ha descubierto una parte de la verdad.
—Ahora que Magdalena posee su alma hermana, no le interesa ya el resto.
Es eso y no lo es. Pero cómo explicar...
La de Ribert me leyó una porción de misivas explicando de diversos modos la escasez de maridos... ¡Cómo me hubiera interesado todo esto hace quince días!... Hubiera sido para mí un placer transcribir todas estas cartas, estudiarlas de cerca, discutirlas. Hoy no tengo paciencia para ello ni lo deseo... Cómo se cambia...
Lo que yo quisiera, a todo esto, es saber si el señor Baltet es rubio o moreno... Me gustaría que se pareciese a mi sueño...
24 de enero.
¡Qué cosa tan singular es una idea fija!...
Creo, palabra de honor, que no pienso ya más que en el señor Baltet... Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un colmo y un colmo estúpido, como diría Francisca. ¿Qué necesidad tengo de la carta del señor Baltet para dormir?...
¿Estaré enferma?
Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnífica... Me tomo el pulso y nada tiene de anormal... ¿Qué es entonces todo esto?... ¿Existe un resfriado moral?...
Todo me lleva invariablemente a ese señor Baltet a quien no conozco. Ayer encontré a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompañar a paseo a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sería yo muy feliz paseándome así con las niñas de Baltet... si es que existen niñas de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos; todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la nueva intentona de esta ambiciosa señora de Brenay. Se hacen apuestas, y Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no se hace. La de Aimont está muy descontenta porque teme que esta historia de la apuesta llegue a oídos de los Brenay, que se pondrían furiosos.
—Pero también—objetaba la de Aimont,—no se comprende semejante imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las niñas de Erinois... Es correr detrás del padre demasiado visiblemente.
No veo que haya una relación tan visible entre el padre y las hijas, pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales.
¿Será que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?...
29 de enero.
Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario geográfico.
—¿Qué buscas, Magdalena?
—Nada, abuela... El nombre de una población—balbucí ruborizándome de un modo anormal.
—¿Qué nombre?
—Bellefontaine—murmuré ocultando esta vez la cara en el libro.—Tiene 6.000 habitantes—dije sin atreverme a levantar los ojos.
—Un poco menos que Aiglemont—respondió la abuela sin fijarse lo más mínimo en mi confusión.—Me gustan esos pueblos pequeños... Las costumbres son en ellos apacibles y honradas...
Dicho esto, me dejó con el pretexto de dar órdenes a Celestina. No sé por qué me pareció sorprender un relámpago de satisfacción en la mirada que me echó al cerrar la puerta...
2 de febrero.
Descarrilo, positivamente.
Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para obtener un marido.
La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija. Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar.
—He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar mi causa a San Antonio—me dijo la de Aimont al oído.
—Yo he extraviado un pañuelo de valor—respondí con la misma sinceridad,—y espero que San Antonio...
Cambiamos un apretón de manos y no hubo más.
La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros estudios...
Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó otro sesgo.
¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi niñería!
10 de febrero.
Francisca, extrañada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido a buscarme esta mañana.
Vamos a ver, Magdalena—me gritó desde el umbral de la puerta,—vengo a saber por qué desapareces así de la circulación. ¿Por qué no has ido a casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos... Si supieras cómo nos hemos reído... La de Brenay se cree ya suegra del Barón de Erinois; habla de él con un orgullo extravagante y mima a las chiquillas cuanto puede...
—¡Ah!—dije aparentando interés.
—Simona de Erinois dijo el otro día una frase que no tiene precio. Figúrate que se atrevió a decir a la de Brenay: «Eres amable porque quieres a papá...» Imagínate el cuadro...
—¡Ah!...
—Lo que me parece que va bien es el matrimonio de Paulina. Según lo que cuenta la de Aimont, el joven que tiene tan bonita fortuna en Martimprey exige 20.000 pesos de dote. La de Aimont protesta... «¡Qué exigencia!—murmura;—es draconiano...»