IV

—Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en la calle.

—Está bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y le enhebilló las espuelas.

—Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.

—Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeció sin replicar.

Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del hermano de su prometida.

A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del conde, con quien cambió un apretón de manos.

—Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

—Adiós, contestó don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando, pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin dueño de sus implacables enemigos.

Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don Melchor y le dijo:

—Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.

—Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.

—No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado donde nos encontraremos a las mil maravillas.

—Pues vamos allá.

El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél hablara.

A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa; tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.

Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.

Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.

De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del subterráneo y se encontraba al raso.

—Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y metálico llamó la atención del joven.

Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda que le cubría los ojos.

Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.

El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría, y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas estrellas las luces de las casas de Puebla.

El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.

Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.

Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.

—Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en este momento?

—Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.

—¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?

—Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta de mi parte sería inútil.

—No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente les prestó.

—¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado Vds. tácitamente.

El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas palabras:

—Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la patria; le requiero pues para que se defienda.

—No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.

—Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:

—Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?

—La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.

Don Melchor permaneció impasible.

—Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio; tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.

—¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.

—Ahorcado.

—Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.

—Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para que le ayude a V. a bien morir.

—Gracias, profirió lacónicamente el joven.

El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas, y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos no le perdían de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía, por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente, de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos, erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una palidez lívida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el rostro.

—¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.

—Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible; arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.

Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile, que permanecía inmóvil ante él.

Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven obedeció automáticamente.

Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.

—Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?

—Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza, sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don Antonio de Cacerbar.

—Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.; pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.

—¿Trae V. armas?

—No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de enemigos?

—Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente ahorcado.

—Tiene V. razón, exclamó el joven.

—Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número de armas.

—Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra su pecho.

—Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos llegar a ellos, estamos salvados.

—Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el joven; y si Dios permite que escapemos...

—Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de saldar nuestras cuentas más adelante.

El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que estaba seguro de no morir sin vengarse.

De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.

—¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.

—Sí, respondió fríamente el joven.

—Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la carátula.

Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los mandatos del desconocido.

Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.

—Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él, sígame V.

—Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y empuñando su puñal.

Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados, descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y consiguieron abrirse paso.

Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma; hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:

—¡Hasta la vista!

Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.

Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían tendidos en el suelo.

—¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero ¿quién es ese fraile maldito?

León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:

—Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.

—¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!

Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.

Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura. Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió. Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor, que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió, de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató, con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado, había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable. El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas; pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza, había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó sirviéndole como hasta entonces.

El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había desaparecido.

Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se escapan. »

Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas; nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del convento permaneció muda.

—Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la hallaremos.

No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.

Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.

Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de Carmelitas.

La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba ninguna de las que para ella llegaban al convento.

De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.

Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.

Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña Dolores.

La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento, a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra, y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la cual lo abrió y lo leyó rápidamente.

—Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.

—Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.

—No la olvidaré, señor.

—Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar recado a doña Dolores.

La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a la joven.

Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió en un instante.

—Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la perfección con que imito su firma.

No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien dijo a Izaguirre:

—Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en manos de V.

—Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y desinteresadamente.

La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.

—¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.

—Sí, respondió ésta lacónicamente.

—Entonces hágame V. el favor de seguirme.

—Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de la abadesa.

Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la apremiara el deseo de verse libre de su presencia.

—Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la amabilidad de subirse sobre este caballo.

—Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias inútiles, pero...

—Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.

—¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.

—Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo sin tardanza.

La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.

—Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a escape y buen viaje.

Los jinetes desaparecieron como un torbellino.

—¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá apuradillo para alcanzarles.

Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del gobernador, donde vivía.

Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral; los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al conde.

Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba salvada.

El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña Carmen.

Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas que se hiciesen sus confidencias.

El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven, hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con diligencia, compartir con él su vivienda.

A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas. En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible; a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama, éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones, el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas, reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.

Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego, permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la calle.

—¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un mismo tiempo y estremeciéndose.

—Es más de media noche, dijo Domingo.

—Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.

—Indudablemente será él, repuso Domingo.

En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.

—Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a estas horas, ¿no es verdad?

—Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.

—Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.

Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.

—¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy pereciendo de hambre.

Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.

Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y la colocó ante don Adolfo.

—Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la mesa.

—De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de don Jaime.

El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el ruido de los cuchillos y de los tenedores.

Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos los tres amigos.

—Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena; nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.

Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:

—Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más preciosos productos de su patria.

Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su vaso.

Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto llenos como vacíos.

Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más confidencial.

—¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.

A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y áspero, y dijo:

—¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle desenvolver semejante teoría.

—Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad; es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí? Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros, porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de desengaños, a que me demuestre lo contrario.

—Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico: desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.

—¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una explicación, don Adolfo.

—Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá grandemente.

—¿Qué proposición es esa?

—Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds. ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y continuásemos hablando?

—Por mi parte acepto, respondió el conde.

—Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?

—Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó un papel en ella.

—¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás curiosos, dijo intencionadamente el conde.

—Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo, gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no encierra interés alguno.

—No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así pues doblemos la hoja.

—Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

—Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador, que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes de esta historia, por lo demás muy curiosa.

—Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.

—Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir, movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían, pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así, diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial, grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez; en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.

Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

—Deme V. de beber.

El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:

—Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados, quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y le autorizó para que tomara el título de marqués.

—De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.

—Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que no nos merecen sino el más profundo desprecio.

—Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

—El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable; viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos, y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber, el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa, movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador. El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario, por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano. Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano, siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los dolores del parto, y dio a luz una niña.

Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano. La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo con ironía:

—¿Qué les parece a Vds. la historia?

—Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer, dijo el conde.

—¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo una mirada límpida y penetrante a Luis.

—Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.

—¿Cuáles?

—La apócrifa y la verdadera.

—Si no se explica V...

—De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.

—Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?

—Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.

—O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?

—En efecto, así es.

—¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?

—Sí, respondió con gravedad el conde.

Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza, vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y entrecortada, dijo:

—Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora voy a contar vale la pena de ser oído.

Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.

Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:

—La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas, a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana, por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe, ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues entablado negociaciones con un gran número de familias principescas del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza, destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues, daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz, y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa de aquella efervescencia extraordinaria.

—Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros, más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa, resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado, todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos, maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró por último la traición; uno de los secuaces delBrazo Rojo, que tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él traicionándole. Una semana despuésBrazo Rojofue sorprendido por las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida. Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a muerte y ejecutados inmediatamente. El capitán y dos de sus principales tenientes fueron los únicos que quedaron por entonces en la cárcel, para que su suplicio fuese más ejemplar. Debían ser ejecutados al día siguiente. Ahí la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck. Los habitantes de las poblaciones circunvecinas habían acudido presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras con el ayuda de cámara de aquél.

—¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.

—Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.

—¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana; ahora es demasiado tarde.

—Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana sería inútil que se viese con vuecencia.

—¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?

—Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a que se sentase.

—Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda oído hablar de la captura de ciertos malhechores?

—Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

—Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe, debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.

—Lo sé, señor.

—El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios, su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia, y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V.

—¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber entre yo y ese bandido?

—Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de un secreto de importancia grandísima.

—No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de contacto pueda tener con la suya mi existencia.

—Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría, en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V. en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V. Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos? Acceda V., señor conde, se lo suplico.

Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su casa en compañía del sacerdote.

A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche, la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de las aldeas circunvecinas.

Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran número de centinelas.

El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras:

—Pueden Vds. entrar.

El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.

El condenado estaba en capilla.

Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer, continuó.

—El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y saludando con la cortesía más exquisita, dijo:

—Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.

El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron en las butacas que aquél les acercara.

Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos, silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela colocado en el corredor para vigilar al condenado.

Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar, cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.

Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático de éste.

Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor, rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando tras sí la puerta.

El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el uniforme y que en traje de paisano están ridículos.

Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.

Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de los hombres.

—Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.

—Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en Dios, su bondad es infinita.

Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.

—En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí, me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir contase con los testigos indispensables, para que después la justicia humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues, señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.

El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger sus recuerdos.

Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde, principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.

Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí, dijo:

—Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado, el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.

—Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel; no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.

—Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi familia.

—Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.

Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera, que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún, si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón, los títulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro. El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde, causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.


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