—Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.
El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien continuó en estos términos:
—Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten, de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.
—¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose.
—Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas referentes a los hechos narrados en este manuscrito.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.
—Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.
V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme desaparecer y recuperarlas.
—En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas tan abrumadoras para él.
—Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros, los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez, no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.
—Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el conde.
—Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe, por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.
—Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V. en la situación extrema en que se halla?
Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo, donde al parecer conversaban con mucha animación.
—¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya demasiado tarde; yo hubiera querido...
—Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo.
—No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde, que nada puede hacer en mi favor.
—Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si quieren.
—¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de alegría.
—¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle, cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?
—Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse?
—Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer venenos. Tome V. la sortija.
—¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo, nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V. acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.
El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar.
—Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo, deben morir hoy en el patíbulo.
—Es un consuelo supremo, repuso el capellán.
El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego dijo al reo:
—No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds. reunidos hasta el momento de la ejecución.
A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero, que acudió a abrir la puerta del calabozo.
—Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe.
El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la ejecución.
De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es que por fin iba a ver cumplida su venganza.
No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa que de alejarse sentía aquél.
Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las tres de la tarde.
Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso, pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le entregaban sino tres cadáveres.
En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no hallaron sino tres cadáveres.
Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.
Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.
—¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo descubriéndose.
—A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.
El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.
Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.
Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio; así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn, situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso, empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la capital de Austria, fue recibido en audiencia.
Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa, sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero. Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte, con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles, Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida bajo esfuerzo alguno.
El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en pie y arrimado a una chimenea.
La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo. La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:
—Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V., señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos consiga V. sus propósitos.
El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.
Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete, expedido por el emperador.
El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó:
—¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?
—Casi casi, respondió el joven.
—¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el resultado de sus observaciones.
—¿Me permite V. que se lo diga?
—Pues sí.
—Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble. En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, elprimus ínter pares, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien, todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente, y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba, ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia celebrada en Schoenbrunn.
—En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio, y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador; pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.
Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto. ¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse, ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente, ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho, su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el castigo a sus maldades.
El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo silencio.
La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias llamaban a los fieles a la misa del alba.
El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento, dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus compañeros.
Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo seguía las evoluciones del aventurero.
—Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?
—Sí, respondió lacónicamente el aventurero.
—¿No tiene V. que añadir nada más?
—No.
—Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.
—No le comprendo a V., mi querido conde.
—Me explicaré, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que no me interrumpa V.
—Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.
—Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V. el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos, nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro, pedirnos.
—Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.
—Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds. la historia que escucharon.
—Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar con franqueza.
—Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo, repuso el aventurero con tristeza.
—¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.
—Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné, y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes, retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor, olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de haber bebido.
—No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V. necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven; pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V. a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V. muñecos de alfeñique.
—V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal. Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto que para nada les interesa, me hace estremecer.
—Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V., también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.
El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:
—Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.
—¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.
—Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.
—Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta:uno y dos hacen tres.¿Se acordarán Vds.?
—Perfectamente.
—Adiós.
Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.
La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía.
En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros.
Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el conde y Domingo.
El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun, puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron; ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos, que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales, impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer fácilmente.
A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña María, todavía no habían parecido.
Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía largo rato las estaba aguardando doña María.
Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien, desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.
—¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso mohín, que mi primo no haya llegado todavía?
—Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!
—Sería horrible.
—¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?
—Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre está ausente.
Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.
Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.
—¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y entrecortada al oído de su amiga.
—¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?
—También.
Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse.
—¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen.
—No sé; me parece que le he amado siempre.
—¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María.
—¡Desde el momento que yo le amo!
—Tienes razón.
Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente ilógico; de lo contrario no sería tal.
De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al corazón.
—Aquí está, dijo doña Dolores.
—Viene, profirió doña Carmen.
¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio más profundo?
Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.
Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.
El conde y su amigo entraron.
—¿Están las señoras? preguntó Luis.
—En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la puerta.
Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando; las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y quedaron grandemente sorprendidas al verles.
Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron respetuosamente a las damas.
—Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben Vds. que estábamos en zozobra?
—¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.
—¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.
El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las miraron con sorpresa.
—Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no vinieron antes es porque les fueron imposible.
—Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña Dolores con desdén.
—Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco, añadió doña Carmen en el mismo tono.
Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de gracia, perdieron la serenidad.
Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y Domingo palidecieron de despecho.
—¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos de esta suerte por una falta que no hemos cometido.
—Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el conde.
—¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.
—Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.
Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en tono festivo.
Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron en sus pullas.
En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes; les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.
De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar, durante el camino, una sola palabra.
—¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.
—No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?
—Porque desearía hablar contigo.
—Magnífico; yo también tengo que hablarte.
—¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.
—De mil amores.
Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero:
—¡Qué día más delicioso hemos pasado!
—¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.
—¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una resolución repentina.
—Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero.
—Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a esta tierra.
—Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu prima doña Dolores de la Cruz.
—Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla; porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan hermosa es doña Dolores.
—¡Sí lo es! murmuró Domingo.
—Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer cumplida.
—Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.
—Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al morir, no obstante estar yo enamorado...
—¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante.
—Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen.
—¡Oh! gracias, Dios mío.
—¿Qué? no te entiendo.
—También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores.
El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél.
Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados.
—Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus corazones.
Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora.
La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.
En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados, que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la cerraba como una jaula.
Aquella casita era una venta.
En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga.
Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra, muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban durmiendo a pierna suelta.
Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las armas de la cuadrilla, puestas en pabellón.
Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.
En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual, acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado y preguntó:
—¿No quiere V. comer, señor don Felipe?
—Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.
—Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados militares.
—No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.
—Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.
—¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.
El ventero saludó y se retiró al punto.
Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte.
Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta.
Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando.
—¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan horrible!
A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y lo condujo al corral.
—Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá a V. mal después de la carrera que acaba de dar.
El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con voraz apetito.
Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes, ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como complemento obligado de la comida.
—Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián, patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.
—De mil amores, contestó éste sonriendo.
—Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer hablé con el general de un asunto que yo contaba proponerle a V.; ¿y sabe V. lo que me contestó? pues me contestó que no lo hiciera, porque V., a pesar de su inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones más ridículas y no comprendería el alcance patriótico del asunto que yo quería proponerle, ni vería sino el dinero, que se negaría a aceptar, por más que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y terminó con estas palabras textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no sea sino por la singularidad del caso, verá como si por casualidad le habla V. del asunto le cierra la boca y le envía noramala, a V. y a sus veinte mil duros.
—¡Jum! murmuró el coronel, a quien la enunciación de la cantidad había dado que pensar.
—Y meditándolo bien, continuó don Diego, que espiaba a su interlocutor con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razón; así pues de nada le hablaré a V.
—¡Ah! profirió el coronel.
—Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolución definitiva, me iré a encontrar a Cuéllar, que tal vez no sea tan meticuloso.
—Cuéllar es un pillo, exclamó don Felipe con arrebato.
—Lo sé, profirió don Diego con la mayor naturalidad; pero ¿qué me importa que lo sea si dándole una decena de miles de duros anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposición, que por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa?
—¡Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por demás preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; ¡diez mil duros!
—No diez, veinte, querido señor, replicó don Diego; ¿oyó V. bien? No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis amigos.
—¡Pero Cuéllar no es amigo de V.!
—Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él.
—Pero en definitiva, ¿de qué se trata?
—Es un secreto.
—¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una tumba.
—¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar un rato, o de hacer que reflexionaba.
—Por mi honor se lo juro a V.
—Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata: nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad: a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio es realmente honroso para él que se encargue de darle cima.
—Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres?
—¡Qué! ¿no se lo dije a V.?
—Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme.
—No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su costa.
—Pero bien, ¿cómo se llaman?
—Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es don Antonio Cacerbar y el segundo...
—Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe.
—¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente fingida.
—La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar; nadie comprende el porqué de este repentino favor.
—De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos.
—Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me exige, las pondré en manos de V.
—¿De veras?
—Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo para conseguir este resultado.
—Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V. dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte.
Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al grado inmediato, que él tanto ambicionaba.
Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.
Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.
—¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se levantaba.
—Sí, siento verme obligado a dejarle a V.
—Hasta la vista, señor don Diego.
El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez, mientras decía para sus adentros:
—Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los miserables van a quedar cogidos en ella.
El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear el jarabe con más bríos que afinación.
Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.
Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban charlando a cual más.
Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por mano de un hombre fiel a toda prueba.
Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.
Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal momento versaba la conversación de las dos jóvenes.
Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler a los dos jóvenes a que se declarasen.
Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes, ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado, en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a las veces implacable.
Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo sostuvieron sobre el mismo asunto.
—Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo, y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?
—¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda más pariente que él, mi prometido de la infancia.
—¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras? dijo doña Carmen.
—Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no nos cabe sino humillar la frente.
—Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si resistiésemos...
—Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos nuestra reputación.
—¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina llevar adelante la boda esa?
—¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que me amaga.
—¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se allanarían todas las dificultades.
—No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me favorece.
—¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento.
—No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal vez él me ame a mí.
—Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen.
—Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada: debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta que no me desvíe.
—Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V. a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto!
—¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa? ¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más desventurada.
En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas.
—Alguien viene, dijo doña Dolores.
—Es el conde, repuso al punto doña Carmen.
—¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.
—Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña María sonrojándose.
—Viene solo a lo que parece.
—Sí.
—¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?
—Dios quiera que no.
Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.
Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se inclinaba para ocultar su rubor.
—Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.
—Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir a saludarla a V.
—Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y hablemos.
—Con sumo gusto, prima.
—Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos jóvenes.
—Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su preciosa salud.
—Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.
—¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.
—Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no poder salir de su dormitorio.
El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:
—Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería importuna; voy...
—No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le autoriza a V. para quedarse.
—Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V. nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.
—Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo, tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.
—Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.
—¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña Carmen.
—Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?
—¿Por qué me lo pregunta?
—Como veo que se levanta.
—Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda con V.
—Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre cuánto siento su indisposición.
Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.
El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.
Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión debe salir de labios de un hombre.
Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.
—Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?
—Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada, primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.
—La felicito a V., prima.
—En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera felicidad no existe?
—Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.
—Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.
—Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra, puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?
—Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.
—Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el conde.
—¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores, fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.
—He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra; temo serle a V. enojoso.
—No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que le plazca.
—El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en gloria, deseaba...
—Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.
—Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.
Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:
—Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.
—¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance. La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una desventura.
—Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V. noble y bondadoso.
—Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?
—¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.
—¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.
—¡Ay! suspiró Dolores.
—Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.
—¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.
—Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V. lo consiente, de velar por su dicha.
—¡Primo!
—Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente, de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad. Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al cumplimiento de sus más caros deseos.
—¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V., tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?
—El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores; no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya conocidos.
—¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V. sabe?
—Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no fue tan discreto; todo me lo ha confesado.
—¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?
En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.
—Él mismo va a decírselo a V.
—¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.
—¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?
—Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña Dolores le permite a V. adorarla.
—¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de rodillas a los pies de ésta.
—¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por qué abusó usted de esta suerte de un secreto?
—Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.
—¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.
En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.
Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le detuvo, diciéndole:
—No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de su amor?
—¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de Luis, soy el más dichoso de los hombres.
—Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi alma tal vez llora sin esperanza.
Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña Dolores.
La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a llorar a lágrima viva.
Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo, y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo así, a confesar su amor.
La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.
No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo podría impedir su pronta unión?
Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se la escapara y la llenaba de vergüenza.
Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.
Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había declarado su amor, no lo deploraba.