LAS NOCHES MEJICANAS

—Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a mí, dijo Luis al mayordomo.

—¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

—¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

—Ese hombre es capaz de todo.

—¡Entonces es un monstruo!

—No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.

—¿Ni en el parricidio?

—Ni en el parricidio.

—Lo que V. me dice es espantoso.

—¿Qué quiere V., señor? es así.

—A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada tendremos que temer.

—Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien como yo el proverbio.

—¿Qué proverbio?

—De la mano a la boca se pierde la sopa.

—Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.

—Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?

—En efecto, tengo que hacerle una recomendación.

—Diga V.

—Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V. tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

—Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?

—No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha del conde.

—¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.

—Sí y no, respondió Domingo a media voz.

El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la zozobra del conde, que dijo:

—Explícate.

—¿Para qué si no me comprenderías?

—Puede que sí.

—Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro, si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

—¿Qué te lo da a suponer?

—Indicios para mí seguros y que mi dilatada costumbre del desierto me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.

—¿Qué infieres de esto?

—Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos aguardan los que nos están acechando.

—Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de los pesares.

—Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte salvará a ese anciano y a su inocente hija?

—A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de sus perseguidores.

—Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar preparados a todo evento.

Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.

—¡Atención! dijo el conde en voz baja.

Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.

Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada por un estremecimiento de terror y de sorpresa.

La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y a izquierda coronaban las alturas.

Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no era otro que don Melchor.

—A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.

—Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya deshonra caería por entero sobre aquél.

—¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales consentiré en cederles el paso.

—¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.

—Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.

—A eso vamos.

Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la orden de hacer fuego.

Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de plomo.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.

Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.

La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.

Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más recio de la pelea.

El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos, demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus pistolas, echaron mano del arma blanca.

Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.

Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos; empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.

Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.

La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.

Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores. Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo, pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus compañeros.

Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.

Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de don Andrés hubo dado la señal de alarma.

Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba siendo mayor.

Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y levantándole suavemente le dijo:

—Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.

El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de gratitud, y se desmayó.

Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez echó tras el raptor.

El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en encontrarse fuera de todo alcance.

En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho, luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.

Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su fusil.

Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos cien metros de él.

El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.

Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando al jinete en su caída.

En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.

Cuéllar iba al frente de ellos.

Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que ellos.

D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.

—¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo cabalgamos por más tiempo juntos.

—No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella, que es mi hermana, está desmayada.

—¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero, sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le juro a V. que esto no continuará así.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.

—Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a V. bastante claro?

—Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y para mí y le dejo.

—El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la cabeza y esperó.

En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.

Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.

—Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo de perecer.

—No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente el conde.

—Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta señorita, ¿no es eso?

—Sí, señor.

—¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con arrogancia don Melchor.

—Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase a sus enemigos.

—Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde, añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán iguales.

—Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo mismo.

—¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos pasos como para alejarse.

—¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.

—¡Padre! exclamó don Melchor con voz rencorosa, no le tengo.

—Es verdad, repuso con asco el conde, porque V. le ha matado.

Don Melchor se estremeció, le cubrió el rostro palidez cadavérica, una sonrisa amarga le contrajo los delgados labios, y tendiendo una mirada venenosa sobre los que le rodeaban, profirió con voz atragantada:

—Acepto esta nueva injuria. ¡Paso! ¡Paso al parricida!

Todos retrocedieron con horror, siguiendo con mirada despavorida a aquel monstruo que en la apariencia se alejaba tranquilo y sosegado a campo atravieso.

—Ese hombre es un demonio, murmuró el mismo Cuéllar, santiguándose.

Gesto que fue piadosamente imitado por sus soldados.

Doña Dolores, levantada con todo cuidado por Domingo, fue colocada sobre el caballo del conde, y los jóvenes, escoltados por Cuéllar, regresaron al lado de don Andrés, cuyas heridas le habían curado los peones como Dios les diera a entender.

Éstos, por orden del conde, labraron unas angarillas con algunas ramas, las cubrieron con sus sarapes y luego colocaron en ellas al anciano, que continuaba desvanecido, y a su hija a un lado.

—Siento más que no pueda V. imaginar, dijo entonces Cuéllar dirigiéndose al conde, este desdichado acontecimiento, pues por más que este hombre sea español y por lo tanto enemigo de Méjico, el triste estado a que le veo reducido me inspira verdadera compasión.

Los jóvenes dieron las gracias al agreste guerrillero por esta muestra de simpatía, se separaron definitivamente de él y tomaron de nuevo y en medio de la mayor tristeza el camino de Puebla, a donde llegaron dos horas después, acompañados de muchos parientes del señor de la Cruz, los cuales, advertidos por un peón a quien mandaron exprofeso, habían salido a su encuentro.

I.Las cumbresII.Los viajerosIII.Los salteadoresIV.El RayoV.La hacienda del ArenalVI.Por la ventanaVII.El ranchoVIII.El heridoIX.DescubrimientoX.La citaXI.En la llanuraXII.Un poco de políticaXIII.Los bonos de la ConvenciónXIV.La casa del arrabalXV.Don MelchorXVI.El asaltoXVII.Después de la batallaXVIII.La emboscada

Loick se calló.

Largo había sido el relato del vaquero, a quien don Jaime escuchó sin interrumpirle, con el rostro impasible y frío, pero chispeándole los ojos.

—¿Ha terminado V.? preguntó don Jaime volviéndose hacia Loick.

—Sí, señor.

—¿De qué modo ha sabido V. tan circunstanciadamente esa espantosa catástrofe?

—El mismo Domingo me la contó. ¡Ah! el pobre estaba como loco de dolor y de rabia, y al saber que yo tenía que verle a V. me encargó que le refiriese...

—Está bien, repuso don Jaime, interrumpiendo prontamente a Loick y fijando en éste una mirada de fuego; ¿no le dio a V. otro encargo para mí Domingo?

—Señor, balbuceó el ranchero lleno de turbación.

—¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o revienta.

—Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.

—En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la majadería esa?

—Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta necesidad de hablarle, que...

—Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...

—Donde se encontraba V., sí, señor.

Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran crimen.

Hubo unos instantes de silencio.

—Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me ocultaba en esta casa.

—¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así, apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.

—Tienes razón. ¿Conque va a venir?

—Lo presumo.

—Está bien.

Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión, y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le preguntó:

—¿Vino V. solo a Méjico?

—López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta de Belén donde me está aguardando.

—Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no, antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.

—Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick frotándose las manos.

—Ahora adiós.

—Dispense V., traigo una carta.

—¿Para mí? ¿de quién?

Loick sacó del bolsillo de su dolmán un billete cuidadosamente sellado y lo entregó a don Jaime, diciendo:

—Tenga V.

—¡De don Esteban! exclamó con gozo el aventurero después de dirigir una mirada al sobre y abriéndolo con presteza.

Aunque muy corto, el billete estaba cifrado, y su contenido era el siguiente:

«Todo marcha a pedir de boca; el individuo que V. sabe acude por sus propios pies al cebo. El sábado, a media noche; peral.

»¡Esperanza!

»CÓRDOBA.»

Don Jaime rompió el billete en partículas impalpables, y preguntó de improviso a Loick:

—¿En qué día estamos?

—¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada del todo.

—¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?

—Tiene V. razón, señor; hoy es martes.

—¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro infalible.

El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán preocupado.

—¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.

—Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con acento bronco.

Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al aventurero.

Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:

—¿Ha recibido V. malas noticias?

—Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.

—¿Podemos saberlas?

—No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a personas queridas para ustedes.

—¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez Dolores?

—Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue sorprendida e incendiada por los juaristas.

—¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre Dolores! ¿y don Andrés?

—Está gravemente herido.

—Demos gracias a Dios que no haya muerto.

—Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.

—¿Dónde se encuentran actualmente?

—En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones mandados por León Carral.

—Es un criado fiel.

—Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros franceses, el conde del Saulay...

—¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.

—El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la horrible suerte que les esperaba.

—Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.

—No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don Jaime.

—¡Ah! repuso con curiosidad la joven.

—Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.

—Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.

—Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.

—¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.

—Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme allá.

—¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y su padre recibiría los cuidados que su estado exige.

—Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si su estado consiente el viaje.

—Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.

Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una expresión sombría y se le contrajeron las facciones.

—¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.

—¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.

—Me llena V. de espanto, don Jaime.

—Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada por los guerrilleros, ¿no es eso?

—Sí, respondió doña María, palpitante de terror.

—¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don Melchor de la Cruz.

—¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.

—Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y ese hombre era don Melchor.

—¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.

—Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.

—Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.

La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la familia de don Andrés, las llenaba de dolor.

Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan necesitados estaban después de semejante desastre.

—Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no aguardara la visita del barón de Meriadec.

—Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin pesar, dijo suavemente doña María.

Don Jaime se sonrió.

En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y resonar los pasos de un caballo en el zaguán.

—Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su visitante.

En efecto, el recién llegado era Domingo.

Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban muy bien:

—Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con impaciencia.

Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su incógnito, respondió:

—Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime; pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese que el camino es largo.

—Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean conocerle.

—Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas. Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi hermana, y doña Carmen, mi sobrina.

Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las saludó respetuosamente.

—Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española; si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.

Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:

—Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.

—Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds. se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.

—Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su hechicera hija, respondió doña María.

—Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.

—¡Oh, hable V., hable V.!

—Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.

—¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.

—¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.

—No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.

—Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones, se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es espantoso el terror que reina en Puebla.

—Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?

—Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.

—Lo sé.

—Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición. Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.

—Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.

—¡Pues todavía son tortas y pan pintado!

—¿Cómo se entiende?

—Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo, le aplicaron el tormento.

—¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.

—Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.

—¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El desventurado murió, es indudable.

—Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura, y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten jugando con su víctima.

—¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!

—Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.

—¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive para decírmelo!

—He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.

—¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?

—Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine a verme con V.

—Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues el conde y León Carral se quedaron en Puebla?

—Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.

—Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?

—Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que me fuese conocido su parecer.

—Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María, añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña Dolores.

—¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.

—Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.

—¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.

—Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.

—¿Loick está aquí?

—Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.

—Yo le envié.

—Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.

—Como V. quiera.

—¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales perseguidores de don Andrés?

—Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.

—¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la existencia.

—¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.

—¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una mirada singular en su interlocutor.

—La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente dejando tras sí un largo reguero de sangre.

—Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?

—¿Todavía no lo ha adivinado V.?

—Don Melchor ¿no es eso?

—El mismo.

—Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la robó.

—Es probable.

—¿Y el tercero?

—El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen, que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.

—¿Se llama?

—Don Diego Izaguirre.

—¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan desesperado como me temí; triunfaremos.

—¿Lo cree V.?

—Estoy seguro de ello.

—Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.

Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.

Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.

Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para Domingo.

—Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.

El joven se despidió de las damas.

—Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña María.

—Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.

Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz temblorosa:

—Una pregunta.

—Hable V., hermana mía.

—¿Conoce V. al joven ese?

—Mucho.

—¿Realmente es un caballero francés?

—Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.

—¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y dando un suspiro.

El aventurero se sonrió sin responder.

Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos lanzados a escape.

De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un centinela a orillas del camino.

El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus cabalgaduras.

Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos caballos de las bridas.

Dichos caballos iban ensillados.

El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco y volvieron a montar.

Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y a Domingo.

El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando de los cuatro caballos.

—¡Adelante! gritó don Jaime.

La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.

Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los caballos en un ruinoso rancho.

Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.

Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado palabra.

A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.

En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad a Méjico.

A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.

Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:

—Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer nuestro cuartel general.

Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a desensillar a sus caballos.

—Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.

—¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.

—No, porque yo me voy a Puebla.

—¿Y sí le conocen a V.?

El aventurero se sonrió.

Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen ramonear la hierba, aquél dijo al joven:

—Sígame V.

Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.

Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.

La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes iguales por lo ancho.

Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes parecía estar sumergido en profundas reflexiones.

El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando su machete empezó a cavar el suelo.

—¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.

—Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.

El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.

Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos groseros escalones tallados en la peña.

—Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.

Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las entrañas de la tierra.

Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.

—Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.

—Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.

—¿Cuál?

—Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo sabríamos.

—Efectivamente se lo dije a V.

—No comprendo absolutamente como puede ser eso.

—Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?

—Sí.

—Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren, aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura, son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran facilidad puede conocerse de qué proceden.

—Entonces nada temo ya, repuso Domingo.

—Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.

Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había quitado algunas prendas de su traje.

—¿Qué hace V.? preguntó Domingo.

—Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones sin temor de que sospechen de mí.

El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada en la pared estaba meditando.

—¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le entristece algo.

—En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si de improviso le hubiese mordido una víbora.

—¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?

—Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy un infame.

—¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.

—No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del conde.

El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el joven, y dijo:

—Ya lo sabía.

—¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la vez como impulsado por poderoso resorte.

—Sí, repuso don Jaime.

—¿Y no me desprecia V.?

—¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?

—¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!

—Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de la exclamación del joven.

—¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?

Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su interlocutor, dijo con voz natural:

—El conde no ama a doña Dolores.

—¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.

—He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no comprenden que los demás tengan también ojos para ver.

—Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.

—Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.

—¿No vino ex professo a Méjico con este fin?

—Sí.

—Luego ya ve V. que casará con ella.

—Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece acaso el mañana?

—Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su prometida.

—Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.

—La ama, la ama, dijo Domingo.

—Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.

—¿Usted lo cree así?

—Estoy seguro de ello.

—¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.

—Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí; pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de regreso.

—Se lo juro a V.

—Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el aventurero se alejó por una galería lateral.

El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de pieles, y murmuró con voz apagada:

—Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.

El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que, por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi solitaria.

El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente, se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre. El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia, en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza, era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos, se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente la mano hacia la mesa.

—Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.

Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:

—¿Quién es V.?

—¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.

—¿Quién es V.? repitió don Melchor.

—¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena, mire V.

Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.

—¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.

—¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a encontrarle.

—Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión; en definitiva vale más acabar de una vez.

Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.

—Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V. así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.

—¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven con ironía.

—¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la competencia a tan estimable empleado.

—El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz, sin duda para asesinarme.

—Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado a hacerle a V. promesas, ¿no es así?

—¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se introdujo V. furtivamente en mi casa?

—¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña Dolores.

Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.

—¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.

—Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado; pero le obligaré a que me diga la verdad.

—Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo, añadió:

—Le escucho a V.

—Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos, sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

—¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V. que yo soy el tutor legal de mi hermana.

—¡Cómo su tutor!

—Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.

—¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero levantándose de un brinco.

—¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su muerte fue conmovedora.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el aposento.

—Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?

—No, respondió resueltamente don Melchor.

—Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.

En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de porte elegante entró en el aposento.

—Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente al ver al recién llegado.

El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una mirada indiferente al fingido fraile:

—¿Incómodo?

—Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a hora tan insólita?

—Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay, su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de mandar la escolta esa.

—¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.

—¿Es posible? exclamó don Diego.

—Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.

—Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por traidor y bandido.

Don Adolfo encogió con desdén los hombros.

—Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de su suerte.

—¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a esa nación maldita?

—No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de una escolta especial.


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