XI

Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.

Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en que Miramón dispusiera tanlibrementedel dinero de los bonos de la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace de la misma.

Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención, habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.

Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador de España y el representante de Francia, que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado, desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.

La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.

Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente le confiaran los representantes de la nación.

Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y en realidad imponentes de lospuros, como se apellidaban a sí mismos los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida, quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir, una mediación diplomática.

El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:

Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes, celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de restablecer la paz.

Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las diferencias que dividen a los mejicanos.

Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y modo de convocar al Congreso.

Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de España, terminaba con las siguientes significativas palabras que demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:

« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial, obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »

Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.

Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.

Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón, que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17 de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.

Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo. Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota grande y sincero.

Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y resistir hasta el postrer aliento.

Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el general.

La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora.

Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa, parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un animado diálogo.

De improviso el general se irguió con ademán de mal humor, y dejándose caer en una silla de brazos, dijo en voz baja:

—¡Bah! ¿para qué obstinarnos contra la adversidad?

—Para vencerla, general, respondió el aventurero.

—Es imposible.

—¿Y V. desespera? ¿Usted? repuso con intención don Adolfo.

—No desespero, respondió Miramón, muy al contrario, estoy resuelto a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende imponerme Juárez, Juárez, que nada sería a no haberle recogido y educado quien V. y yo nos sabemos.

—¿Qué quiere V.? profirió con zumba el aventurero. Tal vez el individuo a que V. se refiere no lo recogió y educó sino con el fin de llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy.

—Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con más felina paciencia más tenebrosos proyectos ni cometido más odiosas acciones con más descarado cinismo.

—¿No es el jefe de losPuros? dijo riendo el aventurero.

—¡Maldito sea! exclamó Miramón.

—¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo?

—Porque el plan que V. me propone es impracticable.

—¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó con disimulo el aventurero.

—Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno de mí.

—¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió.

—Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en ejecución.

—¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda.

—El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.

—Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención.

—¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda.

—Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente.

—Dice V. bien.

—Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor. Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece.

—El plan es atrevido, lo veo.

—Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.

—¿Cuál?

—La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V. desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los horrores de un sitio.

El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz afectuosa:

—Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es?

—Todavía no las cuatro.

—A las cinco habré salido de Méjico.

El aventurero se levantó.

—¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente.

—Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su permiso me voy.

—¿Volveremos a vernos?

—Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al enemigo?

—Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa, en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

—El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.

—Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.

—¿Todavía dura su desaliento?

—No, no es desaliento, sino convicción.

El presidente tendió afectuosamente la mano al aventurero, el cual se despidió y se retiró.

Poco después don Jaime salía de Méjico y corría en campo raso, montado en un caballo que llevaba la velocidad del huracán.

Como dijera al aventurero, a las cinco de la mañana Miramón salía de Méjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya que entre infantería y caballería apenas si se componían de tres mil quinientos hombres. Artillería no la llevaba, a causa de tener que efectuarse la marcha por senderos extraviados.

Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el avance.

Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano, y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas probabilidades de buen éxito.

Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron olvidar tan rápidamente.

Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos, aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.

A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la monotonía del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.

A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano; todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas, que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien, se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.

Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse fogatas.

A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar al enemigo.

El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de abnegación.

El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón, replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.

De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de aquéllos, a los que se reunió bien pronto.

De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.

—¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.

—Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a vuecencia en persona.

—¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía inmóvil.

—Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.

Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—López, mi general.

—Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?

—Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.

—¿Y te pones a mi disposición?

—Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.

—Dime, ¿conoces esta tierra?

—Nací en ella, mi general.

—¿Así pues eres capaz de guiarnos?

—A donde le plazca a vuecencia.

—¿Conoces la posición del enemigo?

—Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde deben detenerse por largo espacio de tiempo.

—¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?

—Siguiendo este camino, unas tres leguas.

—Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?

—Uno hay que acorta dos tercios la distancia.

—¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.

—Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la caballería, y del todo impracticable para la artillería.

—No traigo cañones.

—Entonces ya es posible pasar por él, mi general.

—Nada más deseo.

—Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.

—Di.

—El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes, hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan conduciendo de las bridas a sus caballos.

—Esto va a hacernos perder mucho tiempo.

—Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.

—Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?

—Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?

—No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.

—Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

—Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en seguida.

—Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de lo que ocurría.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.

—Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.

—¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.

—Adelante, mi general.

El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio y con rapidez y uniformidad notables.

López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

—¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el presidente al guía.

—Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.

—¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

—No comprendo, mi general.

—¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate que si lospuroshan colocado un cordón de centinelas en la altura, van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.

—Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero lospurossaben que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en colocar fuerzas en ellas.

—En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.

Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.

Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda, cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada investigadora, se detuvo súbitamente.

—¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.

—Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están vigiladas y de que el paso es libre.

—Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López; aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.

López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las malezas que orillaban la senda.

Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente, pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.

Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.

—Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.

—No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo envió.

En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.

—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.

—Avancé hasta la cresta misma de la altura, excelentísimo señor, dijo López, y vi claramente el campamento de los puros. Éstos no sospechan la llegada de vuecencia; por lo tanto me parece que vuecencia puede seguir adelante.

—¿Conque no colocaron centinelas en la altura?

—No, mi general,

—Está bien, condúceme hasta la entrada de la senda; quiero inspeccionar el terreno a fin de preparar mi plan de ataque.

—Vamos, dijo López recogiendo su fusil y su sombrero.

Miramón y su guía avanzaron, seguidos, a corta distancia, del ejército.

Como el guía había dicho, todo estaba desierto.

Miramón estudió el terreno con la atención más detenida, y luego murmuró:

—Bravo, ahora sé lo que debo hacer.

Luego, volviéndose hacia su guía, dijo a éste:

—¿Conque tu amo está emboscado de modo que pueda coger por el flanco al enemigo?

—Sí, mi general.

—¿Pero cómo prevenirle para que su ataque coincida con el nuestro?

—Es muy fácil; ¿ve vuecencia aquel árbol solitario cuya cima domina la altura?

—Sí.

—Tengo orden de cortar el trozo superior del mismo en el preciso momento en que vuecencia empiece el ataque; esta señal será la de cargar sobre el enemigo.

—¡Vive Dios! exclamó el presidente, ese hombre nació general; nada le pasa por alto; ve, sube al árbol ese y está preparado; cuando veas que yo blanda la espada, de un machetazo desmóchalo.

—¿Y después qué haré? preguntó López.

—Lo que quieras.

—Está bien, me reuniré a mi amo.

López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.

Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su caballería.

Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de la altura.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta, mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de los suyos.

López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo no se veía soldado alguno.

Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con furia a los gritos de:

—¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!

Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados de la artillería que había tomado posiciones.

La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.

En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.

Cogidos entre dos enemigos, los juaristas se creyeron vendidos, se les desvaneció la cabeza y empezaron a desbandarse.

La caballería de Miramón entró en línea de batalla en este momento y cargó reciamente sobre el enemigo.

Entonces la lucha degeneró en matanza; ya no fue combate, sí una carnicería espantosa. Los juaristas, cogidos por frente, flanco y retaguardia, no pensaban ya sino en abrirse paso.

Empezó la retirada, que pronto se convirtió en derrota completa.

El general Berriozábal, el general Degollado, sus hijos, dos coroneles, todos los oficiales del estado mayor, catorce cañones, gran cantidad de municiones y de armas y más de 2,000 prisioneros cayeron en poder de Miramón, que por su parte experimentó unas 18 bajas entre muertos y heridos.

La batalla sólo había durado veinticinco minutos. La caprichosa fortuna concedía una postrer sonrisa a aquel a quien resolviera perder.

La imprevista, brillante y completa victoria alcanzada por Miramón sobre aguerridas tropas mandadas por oficiales de nombradía, devolvió súbitamente el aliento y la esperanza a los despavoridos partidarios del presidente de la república.

Se modificó hasta tal extremo el espíritu de los soldados, que éstos no dudaron ya del triunfo de su causa y aun hubo instantes en que llegaron a considerarla casi como definitivamente ganada.

Únicamente Miramón, en medio de la alegría general, no se forjaba ilusiones sobre el alcance de la victoria que consiguiera: para él el nuevo lustre que había añadido a su por tanto tiempo victoriosa espada no era sino el último y brillante resplandor que arroja la antorcha próxima a apagarse.

El general conocía demasiado a fondo la situación precaria a que se veía reducido para sustentar por un solo instante engañosas esperanzas; agradecía sí en su fuero interno, a la fortuna, la última sonrisa que ésta se dignara dirigirle y que le evitaría bajar del poder como un hombre vulgar.

Cuando la caballería lanzada en pos de los fugitivos para impedirles que se rehiciesen se hubo por fin reunido al grueso del ejército, que se había quedado en el campo de batalla, Miramón, después de haber concedido a los suyos dos horas de descanso, dio la orden de regresar a Méjico.

La vuelta del cuerpo expedicionario a la capital distó mucho de ser tan rápida como la ida a Toluca: los caballos, fatigados, avanzaban penosamente; la infantería iba a pie para escoltar a los prisioneros; además, los cañones y la numerosa impedimenta de que se apoderaran y seguían al ejército no podían pasar sino por caminos anchos y expeditos, lo que obligó al general Miramón a tomar por la carretera, ocasionándole esto el retardo de algunas horas.

Eran las diez de la noche cuando la vanguardia del cuerpo expedicionario llegó a las garitas de Méjico.

La noche estaba oscurísima; sin embargo, la capital aparecía en medio de las tinieblas iluminada por un número considerable de luces.

Las buenas como las malas noticias se propagan con rapidez extraordinaria; quien pueda, resuelva este problema casi insoluble, pero lo cierto es que apenas había terminado en Toluca la batalla, cuando en Méjico conocían ya el resultado. El rumor de la brillante victoria alcanzada por Miramón había corrido inmediatamente de boca en boca sin que nadie supiese a quien se lo oyera referir.

A la nueva de aquel inesperado triunfo, se despertó la alegría de todos, el entusiasmo llegó a su colmo y por la noche la ciudad se encontró espontáneamente iluminada.

El ayuntamiento, en corporación, aguardaba al presidente en la entrada de la ciudad para felicitarle; las tropas desfilaron entre dos apretadas vallas formadas por el pueblo, que profería entusiastas aclamaciones, mientras agitaba pañuelos y sombreros y disparaba petardos en señal de regocijo; las campanas, a pesar de la hora avanzada de la noche, sonaban a todo vuelo, y las numerosas tejas de los curas confundidos entre la muchedumbre, demostraban que curas y frailes, tan retraídos el día anterior para con el hombre que siempre les sostuviera, a la noticia de la victoria de Toluca habían sentido súbitamente despertar su adormecido entusiasmo.

Miramón pasó por en medio de aquella compacta multitud, tranquilo e impasible, devolviendo con imperceptible expresión de ironía los saludos que a derecha y a izquierda incesantemente le dirigían, y una vez delante de su palacio, se apeó.

Ante la puerta de éste y un tanto separado de la misma, había un hombre en pie, inmóvil y risueño; era el aventurero.

Al verle, Miramón no pudo reprimir un gesto de alegría, y dirigiéndole hacía él, le dijo:

—Venga V., amigo mío.

Y con estupefacción de la muchedumbre, asió del brazo al aventurero y penetró con él en palacio.

Una vez en el gabinete particular en el cual solía dedicarse al trabajo, el presidente se dejó caer en una silla de brazos, con un pañuelo se enjugó el sudor que le corría por la frente, y exclamó con acento de mal humor:

—¡Uf! estoy quebrantado. Fecunda en peripecias fue la jornada.

—Sí, repuso afectuosamente el aventurero; y me place oírle hablar a V. así, general, pues temía que no le hubiese embriagado el humo de la victoria.

—¿Por quién me toma V.? profirió Miramón. Triste concepto tiene V. de mí si supone que va a cegarme un triunfo que, por muy brillante que parezca, no es sino una victoria más, pero cuyos resultados serán nulos para la causa que sostengo.

—Demasiado cierto es lo que V. dice, general.

—¿Usted cree que lo ignoro? Mi caída es inevitable; lo único que me habrá aprovechado esa batalla será prorrogarla por unos días más. Sí, debo caer, porque a pesar de los gritos de entusiasmo de la muchedumbre, siempre voluble y fácil de engañar, lo que hasta lo presente ha constituido mi fuerza y me ha sostenido en la lucha que he empeñado, me abandonó para más no volver; siento que el espíritu de la nación no está ya conmigo.

—Tal vez exagera V., general. De dar V. dos batallas más como la de hoy, quizá recobre V. cuanto ha perdido.

—El buen éxito de la de hoy se lo debo a V., amigo mío; gracias a la brillante carga que V. dio por retaguardia, el enemigo se desmoralizó y por consiguiente quedó vencido.

—Se obstina V. en verlo todo tenebroso, general; le repito que con otras dos victorias como la de hoy está V. salvado.

—Como me den tiempo las libraré, dijo Miramón. Si en vez de encontrarme solo y acorralado en Méjico pudiese todavía contar con generales devotos en campaña, después de la victoria de hoy todo podía haberse reparado.

En esto la puerta del gabinete se abrió para dar paso al general Cobos.

—¡Ah! ¿es V. mi querido general? profirió el presidente tendiendo la mano al recién llegado y recobrando súbito un gesto risueño. ¿A qué debo tan agradable visita?

—Ruego a su señoría me perdone si me atrevo a presentarme sin haberme hecho anunciar, dijo Cobos; pero tengo que comunicar a vuecencia una noticia grave que no consiente dilaciones.

El aventurero hizo ademán de retirarse.

—Quédese V., le dijo Miramón deteniéndole con el gesto; hable V. general.

—Señor presidente, repuso Cobos, entre el pueblo y los soldados reina el mayor desorden: la inmensa mayoría de ellos pide a grandes voces que sean inmediatamente fusilados por traidores a la patria los oficiales hechos prisioneros hoy.

—¿Cómo? profirió Miramón levantándose como impulsado por un resorte y poniéndose un tanto pálido; ¿qué me está V. diciendo, general?

—Si su señoría se toma la molestia de abrir las ventanas de este gabinete, dijo Cobos, oirá los gritos de muerte que profieren a una el ejército y el pueblo.

—¡Ah! murmuró Miramón, ¡asesinatos políticos cometidos impasiblemente después de la victoria! ¡Nunca consentiré en autorizar crímenes tan odiosos! No y mil veces no; a lo menos por lo que a mí respecta no sucederá. ¿Dónde están los oficiales prisioneros?

—En el patío del palacio, vigilados por guardias de vista.

—Dé V. orden de que inmediatamente los conduzcan a mi presencia. Vaya V., general.

—¡Ay amigo mío! exclamó el presidente con desaliento, tan pronto quedó a solas con el aventurero, ¿qué puede esperarse de una multitud desenfrenada? Y sin embargo, el pueblo mejicano no es malo; lo que le ha vuelto cruel es la larga esclavitud en que ha gemido y las interminables revoluciones de que por espacio de cuarenta años ha sido víctima. Sígame V.; es menester concluir.

Miramón abandonó el gabinete, seguido del aventurero, entró en un salón inmenso donde se encontraban reunidos sus más acérrimos partidarios, y se sentó en un sitial colocado en lo alto de dos gradas, preparado para él en el testero, y los oficiales que habían permanecido fieles a su causa se agruparon al punto a derecha y a izquierda.

A una seña amistosa de Miramón, el aventurero se había quedado al lado de éste, demostrando aparentemente la mayor indiferencia.

En esto se oyeron, fuera del salón, rumor de pasos y refregar de armas, y seguidamente después y precedidos del general Cobos penetraron en la vasta estancia los oficiales prisioneros; los cuales, por más que fingiesen la más completa tranquilidad, no dejaban de experimentar alguna zozobra respecto del fin que les reservaba el destino, pues habían oído las voces que profiriera el pueblo y conocían las malas disposiciones en que contra ellos estaban los partidarios de Miramón.

Él que iba a la cabeza de los prisioneros era el general Berriozábal, joven de treinta años a lo sumo, de rostro expresivo, facciones correctas e inteligentes y andar noble y desembarazado; luego venía el general Degollado, entre sus dos hijos, y por fin dos coroneles y los oficiales que componían el estado mayor del primero de los mencionados generales.

Los prisioneros avanzaron con paso firme hacia el presidente, el cual se levantó con presteza y salió al encuentro de aquéllos, a quienes, después de saludarlos galantemente, dijo:

—Caballeros, deploro que las circunstancias en que por desgracia nos encontramos no me permitan devolver a Vds. inmediatamente la libertad; sin embargo y por cuantos medios estén a mi alcance, procuraré hacerles más suave un cautiverio que espero no será de larga duración. Ante todo sírvanse Vds. recobrar sus espadas que con tanta honra ciñen y de las que siento haberles privado.

Miramón hizo una seña al general Cobos, que se apresuró a restituir a los prisioneros las armas de que les despojaran, y que éstos recibieron con gozo.

—Ahora, caballeros, continuó el presidente, dígnense Vds. aceptar la hospitalidad que les ofrezco en este palacio, donde serán tratados con todas las consideraciones debidas a su desgracia; no exijo sino su palabra de soldados y de caballeros de que no saldrán sin autorización mía, no porque yo dude de su palabra de honor, y sí con el fin de librarles de las tentativas de gentes mal dispuestas respecto de Vds. y agriadas por los sufrimientos de una guerra prolongada. Quedan Vds. pues prisioneros bajo palabra y libres de obrar como más bien les parezca.

—Señor general, profirió Berriozábal en nombre de todos, le agradecemos a V. sinceramente su cortesía para con nosotros; no podíamos esperar menos de su reconocida generosidad. La palabra que V. nos exige, se la damos, y no usaremos de la libertad en que nos deja sino en los límites que V. juzgue conveniente. Prometemos a V. no intentar en modo alguno reconquistar nuestra libertad sin que V. nos haya relevado de la palabra.

Después de cruzarse algunos otros cumplidos entre el presidente y los generales, los prisioneros se retiraron a las habitaciones que les asignaron.

En el momento en que el general Miramón se disponía a entrar nuevamente en su despacho, el aventurero le detuvo con viveza, y designando a un oficial superior que al parecer se esforzaba en esconderse entre los grupos, le dijo en voz baja y trémula:

—¿Conoce V. a ese hombre?

—Ya lo creo, respondió el presidente; hace solamente algunos días que se ha afiliado a mi causa y me ha prestado ya importantísimos servicios; es español y se llama Antonio Cacerbar.

—¡Oh! ya sé como se llama, repuso el aventurero; también yo le conozco hace mucho tiempo por desgracia, general; ese hombre es un traidor.

—¡Bah! V. se chancea.

—Le repito a V., general, que ese hombre es un traidor; estoy seguro de ello.

—No insista V. más, se lo ruego, amigo mío, repuso Miramón con viveza. Buenas noches; hasta mañana. Deseo hablar con V. de asuntos de importancia.

Y después de haber dirigido al aventurero una señal afectuosa con la mano, el presidente penetró en su despacho, cuya puerta se cerró tras él.

El aventurero permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos, dolorosamente afectado por la incredulidad de Miramón, y luego murmuró con tristeza:

—¡Oh! Dios quita la razón a los que quiere perder. Ahora todo ha concluido; ese hombre está irremisiblemente condenado, perdida su causa.

El aventurero se salió del palacio, pábulo de las más siniestras previsiones.

Como hemos dicho, el aventurero se salió del palacio de la presidencia. La plaza Mayor estaba desierta; la efervescencia popular se había calmado con la rapidez con que se levantara. Gracias a la intervención de algunos personajes influyentes, los soldados se habían retirado a sus cuarteles, y los léperos y otros ciudadanos del mismo jaez, que componían la mayoría del populacho, al ver que decididamente no quedaba que hacer y que las víctimas a las que codiciaban se les escapaban definitivamente de las manos, después de vociferar por un rato para consolarse acabaron por retirarse también.

Únicamente López había permanecido inmóvil en su puesto. Obedeciendo a una orden del aventurero, había aguardado a éste a la puerta del palacio presidencial.

Cuando López vio abrirse las puertas del palacio, comprendió que únicamente podía salir de él su amo; así es que sin tardanza se reunió a éste.

—¿Qué novedades ocurren? le preguntó el aventurero poniendo el pie en el estribo.

—Nada importante.

—¿Estás seguro?

—Casi casi; sin embargo, ahora que caigo en ello, me parece que vi salir de palacio a un sujeto que no me es desconocido.

—¿Hace mucho?

—Veinte minutos a lo más; pero temo haberme equivocado, porque el sujeto que digo usaba un traje tan distinto del en que le conocí y me ha vagado tan poco el verle, que...

—¿Y a quién creíste reconocer en él? interrumpió el aventurero.

—Tal vez no dé V. crédito a mis palabras si le digo que a don Antonio Cacerbar, mi antiguo herido.

—Al contrario, como que le vi en palacio.

—¡Demonios! entonces siento no haber escuchado su conversación.

—¿Qué conversación? ¿Dónde y con quién habló? Di o te estrangulo.

—A eso voy, mi amo. Cuando don Antonio salió de palacio todavía quedaban algunos grupos en la plaza, y de uno de ellos se separó un hombre para acercarse a aquél.

—¿Conociste quién era el individuo ese?

—No, pues llevaba un amplio sombrero de piel de vicuña derribado sobre los ojos e iba embozado hasta las narices; demás de que en tal instante estaba ese sitio casi ya completamente oscuro.

—Al grano, al grano, dijo el aventurero con impaciencia.

—Don Antonio y el desconocido se pusieron a hablar en voz baja.

—¿Y no cogiste al vuelo palabra alguna?

—Algunas, muy pocas, pero sin ilación.

—Dilas.

—« ¿Conque estaba ahí? » dijo uno. La respuesta no la oí. « ¡Bah! no se atreverá », continuó el primero. Luego siguieron hablando tan quedo, que no oí más. A poco, sin embargo, el primero profirió: « Es preciso ir allá ». « Muy tarde es », replicó el otro, y después no oí más que estas dos palabras: Palo Quemado. Los interlocutores cruzaron todavía algunas más en voz baja, y se separaron, el primero en dirección a los portales y don Antonio dobló a la derecha como si quisiese encaminarse hacia el paseo de Bucareli; pero se habrá detenido en alguna casa, porque no es probable que a estas horas se le haya ocurrido ir a pasearse solo por tal sitio.

—Pronto lo sabremos, repuso el aventurero subiéndose sobre su caballo; dame mis armas y sígueme. ¿Están descansados los caballos?

—Sí, señor, respondió López dando al aventurero un fusil de dos cañones, un par de revólveres y un machete. Según me ha ordenado usted, fui al corral donde dejé nuestros cansados caballos, ensillé al Mono y al Zopilote, que son estos dos, y me vine para aguardarle a V.

—Has hecho bien; adelante.

El aventurero y López se alejaron, atravesaron la desierta plaza, y después de dar algunos rodeos, indudablemente con el propósito de desorientar a los espías que tal vez les acechaban en medio de las tinieblas, se encaminaron hacia el paseo Bucareli.

En Méjico, tan pronto cierra la noche, está prohibido, salvo permiso que se obtiene muy difícilmente, transitar a caballo por las calles; sin embargo, el aventurero se preocupaba poco, al parecer, con semejante prohibición; a bien que su audacia estaba perfectamente justificada por la aparente indiferencia de los celadores que en gran número encontraban a su paso y les dejaban galopar a su antojo sin hacer protesta alguna respecto del particular.

Una vez los dos jinetes estuvieron a bastante distancia del palacio de la presidencia para no temer ya que les siguiesen, cada uno de ellos sacó un antifaz negro de su bolsillo y se cubrió con él el rostro, para evitar que aun en medio de la obscuridad pudiesen conocerles, y luego anudaron la marcha, no deteniéndose hasta que hubieron llegado al paseo Bucareli. Entonces el aventurero tendió a su alrededor una mirada investigadora y dio un prolongado y agudo silbido.

Al punto y de la oquedad de una puerta se destacó una sombra, más bien dicho, un hombre, que avanzó hasta el medio de la calle, donde se detuvo sin proferir palabra.

—¿Pasó alguien por aquí durante los tres últimos cuartos de hora? preguntó el aventurero.

—Sí y no, respondió lacónicamente el desconocido.

—Explícate.

—Vino un hombre que se detuvo delante de la casa que está a la derecha de V., dio dos palmadas, y a poco se abrió una puerta, por la que salió un peón conduciendo de la brida a un caballo pío y llevando sobarcada una capa con vueltas encarnadas.

—¿Cómo pudiste enterarte de tales pormenores estando como está tan oscura la noche?

—El peón traía una linterna. El hombre de que le hablé a V. le dio un sofión por su imprudencia, de una manotada tiró por el suelo la luz, y en pisoteándola se echó la capa sobre los hombros.

—¿Qué traje vestía el hombre ese?

—Uniforme de oficial superior de caballería.

—¿Qué más pasó?

—El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.

—¿Qué dirección tomó?

—La de la plaza Mayor.

—¿Y el peón?

—Se metió otra vez en la casa.

—¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?

—Lo estoy.

—Está bien, vigila, y adiós.

—Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.

El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.

Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.

Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido, a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le interroguen.

—¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.

—Sí, señor, respondió el interpelado.

—¿Hace mucho tiempo?

—Una hora.

—¿Iba solo?

—Solo.

—¿Qué dirección tomó?

—Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo camino de la izquierda.

—Perfectamente.

—¿Me voy con V.?

—¿Dónde está tu caballo?

—En un corral próximo a la garita.

—Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.

—Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la cruz.

Los dos jinetes anudaron su marcha.

—Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con él.

—Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.

Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra, y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que la rodeaba.

—Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.

—Sí, repuso López.

Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.

De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.

—¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito animal nos delataría.

Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.

Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y por último el animal se calló del todo.

Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:

—Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.

López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.

El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo, boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.

Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de una larga lanza.

El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.

Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender. Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar, resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina y por qué se habían congregado.

El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a seguir adelante no titubearía en hacerlo.

En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.

Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del edificio.

El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de tanteo.

Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.

Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso anunciara su llegada.

Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho, desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus ladridos.

Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna.

Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta, reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades, estaban congregados los extranjeros.

El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse, una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado.

Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio Cacerbar.

—¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero, estremeciéndose de gozo y prestando oído atento.

Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no querían aceptar en modo alguno.

—No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y esclavo de mi palabra.

—¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que nos han conferido?

—¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos para ello debidamente autorizados?

—Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.

—¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.

—Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?

—Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida.

—¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos.

—¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente?

—No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.

—¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.

—Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz.

—¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual.

Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte.

—Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada.

—Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio.

—Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico.

Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.

Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban.

—Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta.

Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél.

Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada.

—¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara.

—Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos.

Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura.

Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal.

El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente.

Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron.

Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo:

—Hablemos.

No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular.

—¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor.

—¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe?

—¿Qué quiere V.? preguntó éste.

—Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente.

El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago.

—Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón.

—Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared.

Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:

—Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado.

—Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal.

—Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.

El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.

—Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude...

—Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo...

—Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice.

—Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes.

—No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.

—¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.

—Voy a decírselo a V.

El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó:

—¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para ellos le entregó el señor don Benito Juárez?

Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y persignándose murmuró:

—¡Ese hombre es el diablo!

—No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz. Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda, la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo son de sumo interés.

—¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto.

—Esto no le incumbe a V.

—¿Y si me niego a dárselos?

—Se los tomaré a V. quieras que no.

—Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va provisto de dos revólveres de seis tiros.

—Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta.

—¿Realmente obrará V. como dice, caballero?

—Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con amigos y enemigos.

—¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe.

—No puedo llamarlo de otra manera.

—Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva?

—¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña, respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa. Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.

—Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la vida.

—Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose.


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