VIII

El silencio más profundo reinaba en el campo; la brisa nocturna había parado por completo. Sólo el incesante susurro de los infinitamente pequeños, dedicados sin reposo a la desconocida labor para la cual los ha creado la Providencia, turbaba la quietud de la noche; por el oscuro azul del firmamento no cruzaba nube alguna; de las estrellas partía una suave claridad, y los rayos lunares difundían sobre la tierra resplandores crepusculares, dando apariencias fantásticas a los árboles y a las colinas, los cuales proyectaban larguísima sombra; por la atmósfera, de limpidez tal que permitía oír el pesado y sacudido vuelo de los coleópteros al girar zumbando en torno de las ramas, cruzaban azulados reflejos, y al través de las altas hierbas, a las cuales iluminaban con su fosfórica luz, revoloteaban millares de luciérnagas. En suma, era una de las templadas y límpidas noches mejicanas, desconocidas en nuestros fríos climas menos favorecidos por el cielo; una de esas noches que sumergen el alma en divagación melancólica y suave.

De improviso surgió una sombra en el horizonte, se agrandó y a no tardar dibujó el bulto negro y todavía indeterminado de un jinete; que tal debió ser a juzgar por el ruido que producía en la endurecida tierra el rápido andar de un caballo.

En efecto, un jinete era él que se iba acercando. Seguía éste el camino de Puebla, semiamodorrado sobre su cabalgadura, a la que puede decirse dejaba avanzar a su antojo, de tal suerte llevaba flojas las riendas, cuando ésta, al llegar a una como encrucijada en medio de la cual se levantaba una cruz, hurtó súbitamente el cuerpo, enderezó las orejas y retrocedió con viveza.

El jinete, inopinadamente arrancado de su sueño, o lo que es más probable, de sus meditaciones, dio un salto sobre la silla y hubiera perdido los estribos a no haber instintivamente recogido al caballo tirando de las riendas con todas sus fuerzas.

—¡Hola! dijo el jinete levantando prontamente la cabeza y llevando la mano a su machete, mientras tendía en torno de sí una mirada de inquietud; ¿qué ocurre? ¿qué significa este pavor, Moreno mío? ¡Ea! sosiégate, nadie está pensando en nosotros.

Pero por más que su amo le dirigía palabras de halago y, al parecer, los dos vivían en muy buena inteligencia, el animal no cesaba de rezongar y daba muestras más y más vivas de sobresalto.

—Esto no es natural, vive Dios; tú no acostumbras a espantarte para nada. Vamos a ver, Moreno, ¿qué ocurre?

El viajero miró de nuevo a su alrededor, pero más atentamente que la primera vez y fijando los ojos en el suelo.

—¡Ah! profirió de pronto el jinete, reparando en un cuerpo tendido en tierras Moreno tiene razón; aquí veo algo, quizás el cadáver de algún hacendero a quien los salteadores habrán dado muerte para despojarle con más libertad, y al cual habrán abandonado luego sin cuidarse más de él, veamos.

Mientras estuvo hablando de esta suerte a media voz, el jinete se apeó; pero como era prudente y probablemente hacía mucho tiempo que estaba acostumbrado a recorrer los caminos de la confederación mejicana, amartilló su fusil y se apercibió al ataque y a la defensa, por si al individuo a quien quería prestar socorro se le ocurría levantarse prontamente para pedirle la bolsa o la vida; eventualidad muy en las costumbres de aquella tierra y contra la cual y ante todo es menester prevenirse.

Se acercó pues el jinete al cadáver, y por un instante le contempló con la más grave atención.

—¡Jum! murmuró el viajero, tan pronto se hubo convencido de que nada debía temer del infeliz que yacía a sus pies, y moviendo repetidas veces la cabeza, ahí un pobre diablo que me parece está muy enfermo; si no está muerto poco le falta. En fin, por sí o por no y aun cuando me parece trabajo inútil, veamos de prestarle auxilio.

Después de este nuevo soliloquio, el viajero, que no era otro que Domingo, el hijo del ranchero de que hemos hablado más arriba, bajó el gatillo de su fusil, dejó el arma en la margen del camino y al alcance de la mano por si ocurría tener que hacer uso de ella, arrendó su caballo a un árbol, y se quitó su sarape con objeto de poder obrar con desahogo.

En tomando calmosa y metódicamente todas estas precauciones, pues era hombre cuidadosísimo en todo, Domingo descolgó las alforjas que colgaban de la grupa de su caballo, se las echó al hombro, se arrodilló al lado del cuerpo tendido, apartó a éste las ropas que le cubrían el pecho, en el que tenía una grande herida, y le auscultó.

Domingo, que era de estatura elevada, miembros armónicos y musculatura de bronce, estaba dotado de gran fuerza corporal y sus movimientos eran ágiles y virilmente graciosos; en suma, era una de esas organizaciones robustas poco comunes doquiera que sea, pero de las que con más frecuencia se encuentran ejemplares en las regiones donde las exigencias de una vida de lucha desarrollan en proporciones sobradas veces excesivas las facultades físicas del individuo.

Veintiocho años le hubiera echado cualquiera a Domingo, a pesar de que aún no había cumplido los veintidós. Facciones hermosas, viriles e inteligentes, grandes y negros ojos de mirar noble, frente despejada, cabellos castaños y ensortijados de suyo, boca grande y de labios un tanto gruesos, bigote arrogantemente atusado, barbilla saliente y angulosa, daban a su fisonomía una expresión de franqueza, audacia y bondad, realmente simpática, al par que le imprimía un sello de indecible distinción. Lo más singular era que aquel hombre, perteneciente a la humilde clase de vaqueros, tenía manos y pies de una pequeñez extremada, particularmente las manos, de irreprochable corte aristocrático.

Tal era en lo físico del nuevo personaje que acabamos de presentar al lector y que está llamado a desempeñar un papel importante en el decurso de nuestro relato.

—Trabajo va a costarle el recobrarse, si es que se recobra, profirió Domingo levantándose después de haber inútilmente ensayado oír los latidos del corazón del herido.

Sin embargo, lejos de perder la esperanza, el joven abrió sus alforjas y sacó de ellas un pedazo de tela, un estuche y una cajita cerrada con llave, mientras sonreía y decía entre sí:

—Por fortuna conservo mis costumbres indias y siempre traigo conmigo mi botiquín.

Y poniendo manos a la obra sin perder momento, sondeó la llaga y la lavó cuidadosamente.

De los amoratados labios de la herida salía la sangre gota a gota.

Domingo destapó un frasco lleno de un licor rojizo, vertió sobre la llaga algunas gotas del mismo y la sangre dejó de manar como por arte de magia.

Entonces y con destreza que demostraba mucha práctica, el joven vendó la herida después de aplicar a ésta con tiento sumo algunas hierbas machacadas y humedecidas con el licor rojizo que ya empleara.

El infeliz no daba señal alguna de vida; su cuerpo seguía conservando la rigidez de los cadáveres; con todo, en las extremidades persistía un poco de sudor, diagnóstico que daba a suponer a Domingo que en aquel pobre cuerpo no se había extinguido aún del todo la vida.

Después de haberlo curado con el amor que hemos visto, el joven levantó un poco al herido y le arrimó a un árbol; luego le dio en el pecho, sienes y muñecas unas friegas de ron mezclado con agua, interrumpiendo de vez en cuando su operación para fijar una mirada cuidadosa en el contraído y lívido rostro del paciente.

Todo, al parecer, debía ser inútil: contracción alguna, ni el más leve estremecimiento indicaban que el herido sustentase un átomo de vida.

Mas ¿existe algo tan firme como la voluntad del hombre que se empeña en salvar a un semejante? Domingo, por mucho que empezase a dudar formalmente del éxito de sus esfuerzos, lejos de desalentarse sintió redoblar su ardor, por lo que resolvió no abandonar la partida hasta quedar plenamente convencido de que todo auxilio era inútil.

Conmovedor era el cuadro que formaban aquellos dos hombres, uno impulsado por el santo amor de la humanidad, encarnizándose, si vale la palabra, en prodigar al otro los más solícitos y paternales cuidados, al pie del redentor signo de la cruz, en medio de un camino desierto y durante una noche tranquila y clara.

Domingo interrumpió de improviso las friegas, y dándose una palmada en la frente cual si de su cerebro hubiese surgido súbito un pensamiento, murmuró:

—¿Dónde diablos tengo la cabeza?

Y empezó a sacar objetos de sus alforjas, que parecían inagotables, tal cantidad de adminículos encerraban, hasta que dio con una calabaza tapada cuidadosamente; luego destapó la calabaza, entreabrió con la hoja de su cuchillo los apretados dientes del herido, y al par que con ansiedad examinaba el semblante de éste, le vertió en la boca parte de lo que contenía la referida calabaza.

Dos o tres minutos después el herido se estremeció casi imperceptiblemente y movió los párpados cual si hubiese intentado abrirlos.

—¡Ah! murmuró Domingo con alegría, lo que es esta vez me parece que voy a triunfar.

Y colocando la calabaza a su lado, anudó las friegas con nuevo ardor.

A los redoblados esfuerzos del joven, el herido exhaló un suspiro suave, sus miembros empezaron a perder su rigidez, y su respiración, aunque débil y entrecortada, se hizo más distinta; las facciones se le aflojaron, los pómulos se le salpicaron de manchas encarnadas, y a pesar de que continuaba con los ojos cerrados, movió los labios cual si hubiese querido proferir algunas palabras.

—¡Bah! murmuró Domingo con acento de satisfacción, todavía no ha muerto, pero de buena habrá escapado si se salva. ¡Bravo! he aprovechado el tiempo. Pero ¿quién puede haberle dado tan furiosa estocada? En Méjico nadie se bate a espada. Por mi alma que si no temiese inferirle injuria, casi me atrevería a asegurar que conozco al individuo que ha aviado de tan mala manera a este infeliz; pero paciencia; como hable, que hablará, el demonio me lleve si por astuto que sea no le hago cantar con quien se las ha habido.

Ínterin, la vida, después de haber por largo tiempo vacilado en penetrar de nuevo en aquel cuerpo al que casi abandonara, había empeñado una lucha encarnizada contra la muerte, a la que por momentos hacía perder terreno; los movimientos del herido iban siendo más y más marcados y sobre todo más inteligentes, y por dos veces había abierto éste los ojos, si bien para cerrarlos otra vez y casi al punto. La mejoría era sensible, y no era ya sino asunto de tiempo él que recobrase la razón.

Domingo tomó un vaso, vertió en él un poco de agua en la que echó contadas gotas del licor encerrado en la calabaza, y lo acercó a la boca del herido, el cual abrió los labios y bebió, dando después un suspiro de alivio.

—¿Qué tal se encuentra V.? le preguntó con interés el joven.

Al son de aquella voz desconocida, el herido se estremeció, hizo un ademán como si hubiese querido repeler una imagen espantosa, y murmuró con voz sorda:

—¡Máteme V.!

—¡Cómo se entiende que le mate! me guardaré muy bien, profirió alegremente Domingo: no me afané en resucitarle para eso.

El herido entreabrió los ojos, tendió una mirada despavorida en torno de sí, y fijándola luego y con espanto indecible en el joven, exclamó:

—¡El enmascarado! ¡el enmascarado! ¡oh! ¡atrás! ¡atrás!

—Fuerte ha sido la conmoción cerebral, dijo entre sí Domingo; es pábulo de una alucinación febril que, de persistir, podría parar en la demencia. ¡Jum! el caso es grave. ¿Qué hacer para aplicar remedio al mal?

—¡Verdugo! prosiguió en voz apenas perceptible el herido, ¡mátame!

—Parece que está aferrado a esta idea, murmuró Domingo; este hombre cayó en una emboscada horrible; su conturbado espíritu sólo le recuerda la última escena de muerte en la que tan desgraciado papel le tocó desempeñar; es menester concluir de una vez y devolverle la tranquilidad necesaria a su salud, o de no está perdido.

—Ya lo sé, dijo el herido, que oyera claramente las últimas palabras pronunciadas por Domingo; mátame pues y acaba con mis padecimientos.

—¡Ah! ¿me oye V., señor? profirió Domingo; perfectamente; entonces escúcheme sin interrumpirme; yo no soy uno de los que le redujeron al estado en que V. se encuentra, sino un viajero a quien el acaso, o más bien dicho la Providencia condujo por este camino para que le auxiliase a V., y aquí estoy para salvarle. ¿Me comprende V.? Así pues, déjese de quimeras y olvide si puede, a lo menos por ahora, lo que ocurrió entre usted y sus asesinos; a mí no me anima otro deseo que él de serle útil, y en prueba de ello, sepa que a no ser el auxilio que le he prestado, en lo presente ya estaría V. muerto y bien muerto; no oponga obstáculos a la tarea ya de suyo tan dificultosa que me he impuesto, y sepa que su salvación desde este momento depende exclusivamente de V.

El herido hizo un movimiento atropellado para levantarse, pero sus fuerzas le engañaron y cayó otra vez, dando un suspiro de desaliento y murmurando:

—¡No puedo!

—Yo lo creo, herido como está V., repuso Domingo, es milagro que la horrorosa estocada que recibió no le haya matado instantáneamente. Ea, no resista más a lo que la humanidad me manda hacer por V.

—¿Si no asesino, quién es V. pues? preguntó con desasosiego el herido.

—¿Que quién soy? un pobre vaquero que le encontró a V. aquí agonizando y tuvo la fortuna de devolverle la vida.

—¿Y V. me jura que le animan buenas intenciones?

—Por mi honra se lo juro a V.

—Gracias, murmuró el herido.

Uno y otro interlocutor guardaron silencio por espacio de algunos segundos, al cabo de los cuales y con reconcentrada energía el herido pronunció estas palabras:

—¡Oh! ¡quiero vivir!

—Comprendo este deseo y le hallo muy natural, dijo Domingo.

—Sí, quiero vivir, porque necesito vengarme.

—Justo es; la venganza está permitida.

—¿V. me promete salvarme?

—Haré cuanto esté en mi mano para conseguirlo.

—Estoy rico y le recompensaré a V.

—¿A qué hablar de recompensa? profirió Domingo moviendo la cabeza. ¿V. cree que la abnegación se compra?. Guarde V. su dinero, señor, pues como no lo necesito de nada me serviría.

—Sin embargo, mi deber...

—Ea, basta sobre el particular, por favor se lo ruego, o de no va V. a inferirme grave ofensa. Al salvarle a V. la vida cumplo con mi obligación, y de consiguiente no me cabe derecho a recompensa alguna.

—Obre V. pues como más bien le plazca.

—Ante todo prométame V. que no va a oponer ninguna objeción a lo que yo estime conveniente hacer en pro de su salvación.

—Lo prometo.

—Así nos entenderemos perfectamente. Pronto va a amanecer, y por lo tanto debemos no permanecer aquí más tiempo.

—¿Y a dónde quiere V. que yo vaya si me siento tan endeble que no puedo menearme lo más mínimo?

—No se apure por eso; le colocaré a V. sobre mi caballo y haciendo marchar éste al paso le conduciré a lugar seguro sin que sufra mucho traqueteo.

—Me entrego.

—Es lo mejor que puede V. hacer. ¿Quiere usted que le conduzca a su casa?

—¿Mi casa? profirió con mal disimulado espanto el herido al par que hacía un movimiento como si hubiese querido huir; ¿así pues V. me conoce y sabe dónde vivo?

—No sé quién es V. ni dónde está su casa.

—¿Cómo quiere V. que esté al tanto de estos pormenores si esta noche es la primera vez que le veo?

—Es verdad, murmuró el herido hablando consigo mismo; estoy loco; ése es hombre de buena fe. Luego, dirigiéndose a Domingo, añadió con voz entrecortada y apenas perceptible: soy un viajero; vengo de Veracruz y me dirigía a Méjico, cuando prontamente me vi atacado, despojado de cuanto poseía y abandonado por muerto al pie de esta cruz donde V. me encontró providencialmente; en este instante no tengo otro domicilio que él que a V. le plazca ofrecerme. Ahí mi historia, sencilla como la verdad.

—Tanto si es verdadera como no, nada me importa, señor, objetó Domingo; no me asiste derecho a inmiscuirme por fuerza en sus asuntos de V. Así pues, ahórrese el trabajo de comunicarme noticias que no le pido; nada me aprovechan, y en el estado en que V. se encuentra no pueden menos de serle perjudiciales, ya por la excesiva aplicación a que le sujetan el espíritu, ya porque le obligan a hablar.

En efecto, gracias solamente a un poderoso esfuerzo de voluntad, el herido había logrado sostener una conversación tan larga; la sacudida que experimentara había sido excesivamente recia y demasiado grave su herida para que a pesar de su ardiente deseo le fuese dable continuar la discusión sin peligro de caer en un síncope más peligroso que no él de que le sacara por modo tan milagroso su salvador. Sintiendo el pulsar de sus arterias, inundadas de sudor las sienes, oscurecida la vista, y que sus ideas, tan trabajosamente coordinadas, se le desvanecían de nuevo, comprendió qua sería locura prolongar su resistencia; se dejó caer pues hacia atrás con desaliento, y exhalando un suspiro de resignación, murmuró en voz débil:

—Haga V. de mí según su voluntad, amigo mío; me siento morir.

Domingo, que con ojos conturbados siguiera los movimientos del infeliz, se apresuró a darle de beber algunas gotas de cordial en él que había vertido un licor soporífero; socorro eficaz para el herido, que pareció recobrar la vida.

—Cállese V., dijo el joven a éste, al ver que quería darle las gracias; ya ha hablado usted sobradamente.

Y envolviéndole cuidadosamente en su capa, le tendió en el suelo y añadió:

—Así está V. bien; no se mueva y vea de dormir mientras yo estudio el modo de llevármele de aquí cuanto antes.

El herido no opuso resistencia; habiendo ya obrado en él el soporífero, sonrió suavemente, cerró los párpados y a no tardar quedó sumergido en sueño tranquilo y reparador.

Domingo, completamente satisfecho, le contempló por un instante, y luego murmuró con no fingida alegría:

—Prefiero verle así que no cual a mi llegada; pero todavía no está salvado. Ahora es menester partir lo más pronto posible si no quiero que me lo impidan los importunos que antes de poco van a infestar este camino.

Domingo desarrendó su caballo, le puso otra vez las bridas, le condujo al lado del herido, y después de haber preparado una especie de cama en la grupa del animal con algunas mantas a las que añadió su sarape, de que se despojó sin vacilar, levantó al paciente en sus nervudos brazos, con tanta facilidad como si hubiese sido un niño, y le colocó con tiento sumo sobre la cama, en la que le acomodó lo más bien que supo, cuidando, al mismo tiempo, de sostenerlo para evitar una caída que indefectiblemente hubiera sido mortal.

Una vez el joven se hubo asegurado de que el herido se encontraba en posición tan cómoda como permitían las circunstancias y sobre todo los deficientes medios de transporte de que disponía, arreó a su caballo, y empuñando las riendas echó a andar sin moverse del lado de aquél para sostener en equilibrio la cama, alejándose en dirección al rancho en el que le hemos precedido de una hora para introducir en él al aventurero.

Domingo seguía adelante paso ante paso, sosteniendo con mano firme al herido tendido sobre la silla de su caballo y vigilándole como una madre a su hijo, sin otro deseo que él de llegar lo más pronto posible al rancho a fin de prestar a aquel desconocido que a no ser él habría muerto por modo tan miserable, todos los cuidados que su estado reclamaba todavía.

No obstante la impaciencia que devoraba a Domingo, por desgracia a éste le era imposible apresurar el paso de su caballo al través de aquellos caminos cruzados de torrentes y casi impracticables, si no quería exponer a grave accidente al herido. Así pues, cuando al encontrarse a dos o tres tiros de fusil del rancho vio que se dirigían corriendo hacia él gran número de personas, si bien de momento no conoció quienes eran experimentó una satisfacción indecible, pues representaban un socorro, y éste, por más que le contrariase confesarlo, le era ya necesario a él y sobre todo al herido, porque hacía ya muchas horas caminaba penosamente al través de senderos intransitables al mismo tiempo que se veía obligado a velar constantemente por aquel a quien por milagro tan incomprensible salvara de una muerte cierta y al que el más leve descuido podía cortar instantáneamente el hilo de la existencia.

Cuando los hombres que corrieron al encuentro de Domingo se encontraron a pocos pasos de él, el joven se detuvo y gritó con el alborozo propio del que se ve libre de una grave responsabilidad:

—Acudan pronto, ¡caramba! tiempo hace que deberían encontrarse Vds. aquí.

—¿Qué quiere V. decir, Domingo? profirió en francés el aventurero. ¿Tan premiosamente necesita V. de nosotros?

—¡Hombre! parece que esto lo desoja a usted; ¿no ve que conduzco a un herido?

—¡Un herido! exclamó Oliverio plantándose de un tremendo salto al lado del joven; ¿de qué herido está V. hablando?

—¡Cáspita! del que como Dios me ha dado a entender he sentado sobre mi caballo y no sentiría verle en un buen lecho, del cual, dicho sea entre nosotros, necesita grandemente; porque si todavía vive, por mi alma que lo debe a un incomprensible milagro de la Providencia.

El aventurero, sin responder, levantó prontamente el sarape que cubría el rostro del herido, a quien por espacio de algunos segundos contempló con expresión de angustia, dolor, cólera y pesar imposibles de describir. Su semblante, palidecido súbitamente, había adquirido tonos cadavéricos, un temblor convulsivo le conmovía todos los miembros, y sus pupilas, fijas en el herido, asumían una expresión singular y parecían fulminar rayos.

—¡Oh! murmuró en voz baja y entrecortada por la tempestad que rugía en el fondo de su corazón, ¡este hombre! ¡Es él! ¡sí, es él! ¡no está muerto!

Domingo, no entendiendo palabra de las que profería Oliverio, miraba a éste con extrañeza y como quien no sabe qué pensar de lo que está viendo, hasta que por fin reventó en cólera, diciendo:

—¡Ah! ¿qué significa eso? ¿Salvo a un hombre Dios sabe como, a fuerza de cuidados y al través de innumerables dificultades consigo conducir hasta aquí al desventurado que a no ser yo hubiera perecido como un perro, y le recibe V. de esta suerte?

—Sí, regocíjate, respondió el aventurero con acento de amargura, has llevado a término una acción loable, y por ello te felicito, amigo mío. Quépale la seguridad de que dentro de poco vas a tocar la recompensa.

—Ya sabe V. que no le entiendo, replicó el joven.

—¡Y qué necesidad tienes de comprenderme, infeliz! profirió con desdén y encogiendo los hombros Oliverio; has obrado a impulsos de tus sentimientos, sin meditar y sin intención oculta; de consiguiente no tengo que echarte nada en cara ni darte explicación alguna.

—¿Pero me hace V. el favor de explicarse de una vez?

—¿Conoces tú a este hombre?

—¿Y de qué le conocería?

—No te pregunto eso; ¿cómo es que no conociéndole nos le conduces al rancho sin prevenirnos?

—Por una razón sencillísima: de regreso de Cholula me encaminaba hacia acá, cuando le encontré tendido en medio del camino, con el hipo de la agonía. ¿Cuál era mi deber? ¿acaso la humanidad no me ordenaba socorrerle? ¿podemos por ventura dejar morir de esta suerte a un cristiano sin hacer cuanto esté en nuestra mano para prestarle ayuda?

—Has obrado bien, Domingo, dijo Oliverio con ironía, y estoy lejos de reprobar tu proceder. Verdaderamente un hombre de corazón no puede encontrar a uno de sus semejantes en estado tan deplorable como tú encontraste a éste, sin auxiliarle. Luego, cambiando súbitamente de tono y encogiendo los hombros con desdén, añadió: ¿Recibiste por ventura entre los cobrizos, con los cuales has vivido durante tan largo espacio de tiempo, tales lecciones de humanidad?

El joven iba a responder, pero se contuvo.

—Basta, profirió Oliverio, el mal está ya causado, no se hable más de ello, López va a conducirle al subterráneo del rancho, donde le cuidará. ¡Ea! López, sin perder momento conduce a este hombre ínterin hablo con Domingo.

López obedeció, sin que el joven opusiese objeción alguna; y es que empezaba a comprender que tal vez su corazón le había engañado arrastrándole con demasiada facilidad a un sentimiento humano hacia un hombre que le era completamente desconocido.

Los interlocutores guardaron prolongado silencio; López, que se alejaba con el herido, había ya desaparecido en el subterráneo.

Oliverio y Domingo permanecían inmóviles e imaginativos uno enfrente del otro.

Por fin el aventurero levantó la cabeza y preguntó al joven:

—¿Has hablado con el hombre ese?

—Sólo crucé con él algunas palabras sin ilación.

—¿Qué te dijo?

—Poco que demostrase juicio; me habló de un ataque de que había sido víctima.

—¿Nada más?

—Poco más o menos.

—¿Te dijo su nombre?

—No, ni yo se lo pregunté.

—Pero debe de haberte indicado quién es.

—Si no recuerdo mal me dijo que hacía poco había llegado a Veracruz y que se dirigía a Méjico, cuando prontamente se vio atacado y robado por individuos a quienes no pudo reconocer.

—¿Nada más te dijo respecto de su nombre y de su representación social?

—Ni una palabra.

El aventurero pareció reflexionar por un instante, y luego repuso:

—Escucha y no des torcida interpretación a lo que voy a decirte.

—De boca de V. lo escucho todo, señor, pues le cabe derecho a decírmelo todo.

—Está bien. ¿Te acuerdas de qué modo nos conocimos?

—Sí, señor; entonces era yo un muchacho ruin, que muerto de hambre y de miseria vagaba por las calles de Méjico; V. se compadeció de mí, y no sólo me vistió y me alimentó, sino que me enseñó a leer, escribir y a calcular y qué sé yo cuántas cosas más.

—Prosigue.

—Luego me hizo V. encontrar de nuevo a mis padres, o a lo menos a las personas que me educaron y que a falta de otros he considerado toda mi vida como si perteneciesen a mi familia.

—¿Qué más?

—¡Caramba! eso lo sabe V. tan bien como yo.

—Puede, pero quiero que me lo repitas.

—Como guste: un día que vino V. al rancho, se me llevó consigo y me condujo a la Sonora y a Tejas, donde cazamos el bisonte; dos o tres años después me hizo V. adoptar por una tribu comanche, y se separó de mí ordenándome que me quedase en las praderas y me dedicase a la vida de batidor de bosques hasta tanto no me comunicase la orden de reunirme a V. de nuevo.

—Perfectamente, veo que tienes buena memoria; continúa.

—Obedeciéndole a V., permanecí entre los indios, cazando y viviendo con ellos, hasta que hace seis meses llegó V. a orillas del Gila, donde me encontraba yo entonces, y me dijo que venía por mí y que le siguiese, lo que hice sin pedir explicación alguna, pues perteneciéndole como le pertenezco, en cuerpo y alma, para nada la necesitaba.

—Continúas sustentando el mismo modo de pensar.

—¿Por qué lo contrario? ¿acaso no es V. mi único amigo?

—Gracias; ¿estás pues resuelto a obedecerme a ciegas?

—Sin vacilar, se lo juro a V.

—Esto es lo que yo quería saber; ahora escúchame a tu vez: el hombre a quien auxiliaste tan neciamente, y dispénsame la expresión, no te dijo palabra de verdad. Lo que te contó no es sino un tejido de imposturas, pues no es cierto que solamente hace algunos días llegó a Veracruz, ni que se encaminaba a Méjico, ni en fin, que le hayan atacado y robado desconocidos. A ese hombre yo le conozco; hace ocho meses que se encuentra en Méjico, vive en Puebla, y fue condenado a muerte por quienes tenían derecho a juzgarle y a los cuales él conoce perfectamente; no fue atacado por sorpresa, sino que le pusieron una espada en la mano y dejándole la facultad de defenderse, facultad de la que se aprovechó, cayendo herido en duelo leal; y por último, no le robaron cosa alguna porque no se las hubo con salteadores, sino con hombres honrados.

—¡Oh! ¡oh! profirió el joven, esto cambia de especie.

—Ahora respóndeme: ¿has contraído para con él compromiso alguno?

—¿Qué entiende V. por compromiso?

—Cuando ese hombre volvió en sí y recobró el uso de la palabra ¿imploró tu protección?

—Sí, señor.

—¿Y qué le respondiste tú?

—¡Caramba! ya comprenderá V. que me era dificilillo abandonar al infeliz en el estado en que se encontraba, máxime después de lo que por él había hecho.

—Bien, bien, ¿y entonces?

—Entonces le prometí salvarle.

—Es decir curarle.

—Así lo entiendo yo.

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿Y no hiciste sino prometérselo?

—No, le di mi palabra.

El aventurero se estremeció de impaciencia.

—¿Pero dando por supuesto que se restablezca, dijo el aventurero haciendo un gesto de impaciencia, lo que acá para entre nosotros me parece dudoso, tan pronto haya recobrado la salud te considerarás completamente desligado de él?

—Completamente.

—Entonces del mal el menos.

—¿Sabe V. que no le comprendo pizca?

—Pues entiende que en tu buena acción no has estado feliz.

—¿Por qué?

—Porque el hombre a quien socorriste y al cual prodigaste tan solícitos cuidados es tu mortal enemigo.

—¿Ese hombre mi enemigo mortal? exclamó el joven entre dudoso y admirado; pero si no nos conocemos.

—¡Pobre amigo mío! tú lo supones; pero quépale la seguridad de que no me equivoco y de que te digo verdad.

—¡Es singular!

—Muy singular, en efecto, pero es como acabas de oír; más te diré, el hombre ese es tu enemigo más peligroso.

—¿Qué hacer pues?

—Dejarme que obre; esta mañana me fui al rancho con la intención de decirte que uno de tus enemigos, el más terrible de todos, estaba muerto; pero tú mismo cuidaste de hacerme quedar mentiroso. ¡Bah! quizá valga más que haya sucedido así; Dios hace bien las cosas, sus designios son inescrutables y no nos cabe sino humillar la frente ante la manifestación de su voluntad.

—¿Así pues V. intenta...?

—Confiar la vigilancia del enfermo a López; éste se quedará en el subterráneo, donde se le prodigará toda clase de cuidados. Tú no volverás a ver al herido, porque en lo presente a lo menos, es inútil que entabléis más amplio conocimiento. Ahora a mi vez te doy palabra de que el hombre ese recibirá todos los cuidados que su estado exige.

—Me conformo con lo que V. disponga, repuso Domingo; ¿pero y en cuanto el herido esté sano, qué vamos a hacer?

—Como no es nuestro prisionero, le dejaremos que se vaya tranquilamente. No temas, ya daremos con él fácilmente cuando sea necesario. ¡Ah! se me olvidaba decirte que nadie del rancho debe bajar al subterráneo y hablar con el herido.

—Ya se lo advertirá V. mismo; yo no me encargo de semejante comisión.

—Bien está, se lo advertiré yo mismo; por lo demás, tampoco yo lo veré. Solamente López quedará encargado de él.

—¿Tiene V. algo más que comunicarme?

—Sí, que te vienes conmigo por algunos días.

—¿Vamos muy lejos?

—Ya lo verás; ínterin súbete al rancho y prepara cuanto te sea menester para el viaje.

—Estoy presto, repuso Domingo.

—Tú lo estarás, pero no yo, tengo que comunicar algunas órdenes a López respecto del herido.

—Es verdad; además, es menester que me despida de mi familia.

—Obrarás cuerdamente, porque es probable que tu ausencia sea bastante larga.

—Comprendo, vamos a efectuar una gran cacería.

—A cazar sí vamos, dijo el aventurero con equívoca sonrisa, pero no del modo que tú supones.

—Lo mismo me da; cazaré como a V. le acomode.

—Con ello cuento. ¡Ea! vente, hemos perdido ya sobrado tiempo.

Domingo y Oliverio se encaminaron hacia la colina, llegados a la cual éste entró en el subterráneo y el primero subió al rancho.

Loick y las dos mujeres estaban aguardando al joven en la plataforma, llenos de curiosidad y afanosos por saber el resultado de la larga conversación que éste sostuviera con Oliverio; pero Domingo, que había vivido demasiado tiempo en el desierto para dejar transparentar la verdad cuando le convenía ocultarla, estuvo impenetrable. Todas cuantas preguntas le dirigieron fueron inútiles; no respondió sino con evasivas; así es que su padre y las dos mujeres, perdida la esperanza de hacerle hablar, resolvieron dejarle en paz y que almorzara a sus anchas.

Domingo, que realmente sentía hambre, se asió de este pretexto para dar otro sesgo a la conversación, y entre bocado y bocado anunció su partida.

Loick no hizo objeción alguna, pues estaba acostumbrado a tales inopinadas ausencias.

Poco más o menos media hora después Oliverio penetró en el rancho.

Domingo, al verle, se levantó y se despidió de su familia.

—¿Se lo lleva V.? preguntó Loick.

—Sí, respondió Oliverio, nos vamos por algunos días a la Tierra Caliente.

—Miren lo que hacen, dijo Luisa con zozobra, ya saben Vds. que las guerrillas de Juárez infestan el campo.

—Nada temas, hermanita, profirió el joven abrazándola, seremos prudentes; voy a traerte el corte de fular que tanto tiempo hace te prometí.

—Preferiría que te quedaras, repuso con tristeza la joven.

—Ea, dijo en voz alegre el aventurero, estén ustedes tranquilos, se lo devolveré sano y salvo.

Al parecer los habitantes del rancho tenían grandísima confianza en Oliverio, porque no bien éste les hubo dado tales seguridades, se sosegaron y se despidieron de los dos hombres sin demostrar honda pesadumbre.

Oliverio y Domingo se salieron del rancho, descendieron al valle y se subieron sobre sendos caballos que completamente ensillados y arrendados a un liquidámbar les estaban aguardando.

Después de dirigir un postrer adiós a los habitantes del rancho agrupados en la plataforma, ambos se alejaron al galope, a campo atravieso, en demanda de la carretera de Veracruz.

—¿Conque nos dirigimos a la Tierra Caliente? preguntó Domingo mientras galopaba mano a mano con su compañero.

—No tan lejos, respondió Oliverio; te conduzco a algunas leguas de aquí, a una hacienda en que espero hacerte trabar una nueva amistad.

—Poco cuidado me dan las nuevas amistades.

—Ésta va a serte muy útil.

—Así es distinto. Le confieso a V. que los mejicanos no me son muy simpáticos.

—La persona a quien van a presentarte es francesa.

—Ya varía completamente; ¿pero por qué dijo V. van a presentarme? ¿Acaso no lo hará usted directamente?

—No, sino otra persona a quien tú conoces y hacia la cual te sientes inclinado.

—¿De quién habla V.?

—De León Carral.

—¿El mayordomo de la hacienda del Arenal?

—Él mismo.

—¿Luego nos encaminamos a la hacienda?

—Precisamente a la hacienda no, pero a sus cercanías. He citado al mayordomo para un punto en él que debe aguardarme, y al punto ese es a donde nos dirigimos.

—Entonces adelante: me alegraré de ver nuevamente a León Carral; es un buen compañero.

—Y hombre de corazón y honrado, añadió Oliverio.

La conducta reservada que doña Dolores guardara para con el conde de Saulay desde la llegada de éste a la hacienda del Arenal, se armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos familias. La joven no había sostenido conversación particular alguna con aquél a quien hasta cierto punto debía considerarlo su prometido, ni siquiera le había demostrado la más inocente familiaridad; al par que se mostraba cortés y aun bondadosa, desde el instante en que se vieran tuvo la maña de levantar una valla entre ella y el conde, valla que éste nunca se había atrevido a franquear, y que, tal vez contra sus deseos, le condenara a no traspasar los límites de la más rígida reserva.

En tales condiciones, y máxime después de la escena de que en la noche precedente había sido testigo, se comprende la estupefacción del joven al enterarse de que doña Dolores solicitaba de él una entrevista.

¿Qué podría decir la joven? ¿Por qué le daba aquella cita? ¿Qué le impulsaba a obrar de tal suerte?

Éstas eran las preguntas que Luis del Saulay se dirigía a sí mismo y que forzosamente quedaban sin respuesta.

No es de extrañar pues que el joven sintiese aguijada por modo imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin darse cuenta de ello experimentase cierta satisfacción al oír sonar la hora de la cita.

Como se hubiese encontrado en Francia, en París, en vez de encontrarse en una hacienda de Méjico, de antemano hubiera sabido a qué atenerse respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de conducta; pero la tibieza de doña Dolores para con él, tibieza no desmentida por un instante, y la preferencia que, según la escena nocturna, parecía dar a otro hombre, alejaban toda suposición de amor. ¿Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase inmediatamente la hacienda?

¡Singular contradicción la del espíritu humano! El conde, que por semejante casamiento experimentaba una repulsión creciente, cuya intención decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto del particular, con don Andrés de la Cruz, y había tomado la resolución firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de tan larga fecha y que le disgustaba tanto más cuanto se la impusieran, se sublevó a la suposición de que doña Dolores iba a exigirle una renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al través de un nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella hacía de él, le llenó de ira y de vergüenza.

¡Él, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por su talento y su elegancia, uno de los socios más distinguidos delJockey-club, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se hacía lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el ánimo de una doncella semisalvaje sino una impresión repulsiva, ni haber inspirado más que fría indiferencia! verdaderamente había para desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por un momento llegó a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se sintió impulsado a jurarse a sí mismo permanecer sordo a los ruegos y a las lágrimas de doña Dolores y exigirle dentro de plazo breve y perentorio la celebración de la boda.

Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una resolución tan extrema, le inspiró de improviso un medio más sencillo y sobre todo más agradable para él, de salir del aprieto.

Después de haberse mirado a sí mismo con halago, se iluminó en el rostro una sonrisa de satisfacción; se halló física y moralmente muy superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experimentó ya sino compasión por la doncella, a quien la educación que recibiera la impedían apreciar las innumerables prendas que daban a éste el triunfo sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionaría semejante alianza.

Acariciando estos y otros pensamientos, el conde salió de sus habitaciones en dirección a las de doña Dolores, y a su paso por el patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran número de caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas algunos peones.

A la puerta de las habitaciones de doña Dolores había una joven india de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonrió, hizo una gran reverencia y por medio de una seña indicó a éste que podía entrar.

La doncella, seguida de Luis, atravesó muchas salas a pie llano elegantemente amuebladas, y finalmente levantó una cortina de blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador primorosamente alhajado.

Doña Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zábila, se entretenía en martirizar a una hermosa cotorra no más gruesa que el puño de un niño, riéndose como una loca a los chillidos de cólera que daba el animalito.

¡Cuán hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita! Nunca el conde la había visto tan hermosa.

Luis, después de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte, que doña Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca carcajada, que excusó diciendo:

—Dispénseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura de V., que no he sido dueña de reprimirme.

—Ríase V., prima, contestó el joven, adaptándose inmediatamente a aquella alegría que tan distante estaba de esperar; me place en extremo hallarla de tan buen humor.

—No se quede V. ahí, primo, profirió la joven. ¡Ea! venga V. a sentarse aquí, a mi lado, en esta butaca.

El joven obedeció

—Prima, dijo el joven, después de haber tomado asiento, tengo el honor de acudir a la cita que V. se ha dignado darme.

—¡Ah! es verdad, contestó doña Dolores; le doy a V. las gracias por su atención y por su puntualidad.

—Ya comprenderá V., prima, repuso Luis, que no me era permitido demostrar una solicitud excesiva en obedecerla; ¡me cabe tan rara vez la dicha de ver a V.!

—¿Me dirige V. un cargo?

—De ningún modo, señorita; no me asiste derecho alguno para dirigirle eso a que V. le place apellidar cargo; es V. dueña de obrar como quiera, y sobre todo de disponer de mí a su antojo.

—¡Oh! ¡oh! mi querido primo, en cuanto a esto último no lo juraría: si me diese por sujetar a prueba su devoción, creo que me quedaría hecha una mona, esto es, que se negaría V. rotundamente.

—Ya pareció aquello, dijo entre sí Luis; el cual añadió en voz alta: mi único deseo es halagarla a V. en todo, prima, palabra de caballero; sea lo que fuere lo que de mí exija, estoy pronto a obedecerla.

—Pues mire V., don Luis, me dan tentaciones de cogerle la palabra, repuso la joven inclinándose hacia su interlocutor y sonriendo deliciosamente.

—Ordene V., prima, y verá como la obedezco con más diligencia que el más abnegado de sus esclavos.

La joven quedó imaginativa por unos instantes, luego colocó de nuevo en la percha de palisandro a la cotorrita con la que hasta entonces había estado jugando, saltó de la hamaca, fue a sentarse en una butaca no distante de la del conde, y dijo:

—Primo, tengo que pedirle a V. un favor.

—¿A mí? ¿conque puedo serla útil?

—No por eso es muy importante el favor que de V. pretendo.

—Peor.

—Pero creo va a serle grandemente molesto.

—¿Qué me importa la molestia con tal quede usted complacida?

—Gracias, primo; ahora escuche V.: hoy, dentro de algunos minutos, necesito recorrer a caballo un trayecto muy largo; y por razones que V. apreciará pronto, no puedo ni quiero que me acompañe capataz ni criado alguno de la hacienda. Sin embargo, como en la actualidad los caminos no ofrecen seguridad completa y no me atrevo a recorrerlos sola, es menester que para mi protección y defensa, si se presenta el caso, vaya conmigo un hombre cuya presencia quite ocasión a toda sospecha malévola. Ahora bien, ¿consiente V. en acompañarme?

—De mil amores, prima; no tengo sino observarle que siendo como soy extraño en esta tierra y por lo tanto no conociendo los caminos, temo extraviarme.

—No le apure a V. esto, primo; yo soy hija del país y conozco al dedillo esta comarca en un radio de cincuenta leguas.

—Mejor que mejor, prima; sólo me queda decirle que le agradezco en el alma la honra que se digna V. concederme y que me pongo incondicionalmente a sus órdenes.

—Yo soy quien debo darle las gracias, primo, por su exquisita galantería, dijo doña Dolores: los caballos están prestos; vaya V. a calzarse las espuelas, traiga consigo el ayuda de cámara que debe acompañarle y sobre todo no se olviden de lo que más importa, esto es, de armarse bien, porque uno no sabe lo que puede sobrevenir; dentro de diez minutos me hallará dispuesta.

El conde se levantó, saludó a la joven que le contestó con una graciosa sonrisa, y se salió.

—Vive Dios, que es delicioso el caso y divertida la comisión que me confiere, dijo entre sí él del Saulay mientras se encaminaba a sus habitaciones; me produzco el efecto de acompañar pura y simplemente a mi prima a una cita de amor. Pero hasta hoy no he visto claro que nada podía negarla. Por mi vida que es un hechicero diablillo y que si no ando con pies de plomo es fácil que concluya por enamorarme de ella ... si no lo estoy ya, añadió, ahogando un suspiro.

Luis, una vez en su aposento, dio orden a Raimbaut para que se dispusiese a salir con él, lo que el digno servidor hizo con la puntualidad y el silencio que le distinguían, y después de haber enhebillado a sus talones las pesadas espuelas de plata, echado sobre los hombros un sarape, escogido un fusil de repetición y puesto al cinto un par de revólveres de a seis tiros, se encaminó al patio, seguido de su ayuda de cámara, que se había provisto de un verdadero arsenal.

De esta suerte armados, amo y criado se encontraban, sin exageración de ninguna especie, en disposición de hacer cara a catorce o quince hombres.

Doña Dolores, ya subida sobre su caballo, estaba aguardando la llegada del conde, mientras don Andrés, que departía con ella, se frotaba alegremente las manos, íntimamente satisfecho de la buena inteligencia que reinaba entre los dos jóvenes.

—¿Conque van Vds. a dar un paseo? dijo el hacendero al conde; ¡ea! me alegraré que se diviertan muchísimo.

—La señorita se ha dignado invitarme a que la acompañase, contestó Luis.

—Ha hecho bien, y no podía elegir con más acierto.

Mientras cruzaba estas palabras con su futuro suegro, el conde había saludado a doña Dolores y montado a caballo.

—¡Feliz viaje! continuó don Andrés, y sobre todo cuidado con los malos encuentros, pues según he oído decir, las cuadrillas de Juárez empiezan a vagar por las cercanías.

—Tranquilícese V., padre, profirió doña Dolores; y volviéndose hacia el conde y sonriendo de un modo encantador, añadió: en compañía de mi primo nada temo.

—Entonces vayan Vds. con Dios y vuelvan pronto.

—Estaremos de regreso antes de la oración, padre.

Don Andrés dirigió una postrera señal de despedida a los jóvenes, los cuales abandonaron la hacienda.

El conde y doña Dolores galopaban mano a mano, y Raimbaut, como servidor diestro, cabalgaba tras ellos a algunos pasos de distancia.

—Soy yo quien le conduzco a V., primo, dijo la joven en cuanto se hubieron internado en los bosques de liquidámbares que poblaban el llano.

—No me sería posible hallar un guía mejor, contestó Luis con galantería.

—Tengo que hacerle a V. una confidencia, primo, profirió doña Dolores mirando con el rabillo del ojo a su pariente.

—¿Una confidencia?

—Sí; es V. de tan buena pasta, que me avergüenza el haberle engañado.

—¿V. me engañó, prima?

—De un modo indigno, respondió la joven riendo: va V. a juzgar. Le conduzco a un sitio donde nos están aguardando.

—A V., querrá decir.

—No, porque a quien tienen empeño en ver es a V.

—Le confieso a V., prima, que no comprendo pizca; a nadie conozco en esta tierra.

—¿Está V. bien seguro de ello, primo? preguntó la joven con gesto burlón.

—¡Canario! a lo menos así lo creo.

—¿Ve V.? ya duda.

—¡Si V. habla con tal seguridad!

—Porque realmente sé lo que le digo; la persona que le está aguardando a V., no solamente lo conoce, sino que es amigo de V.

—¡Bravo! la madeja se va enmarañando; prosiga V., se lo ruego.

—Poco debo añadir; por otra parte, dentro de pocos minutos vamos a llegar al término de nuestro viaje y no quiero dejarle más tiempo en la duda.

—Está V. muy amable, prima: aguardo pues humildemente que se digne V. explicarse.

—Precisa así, ya que su corazón de V. es tan desmemoriado. ¡Cómo, caballero! ¿es V. extranjero, se encuentra hace contados días en una tierra desconocida; desde que puso V. los pies en ella no ha encontrado V. sino un hombre que le haya patentizado alguna simpatía y ya le ha olvidado V. por tal modo? Permítame V. que le diga, querido primo, que esto no habla muy en pro de su constancia.

—Anonádeme V., prima, merezco sus reproches; le sobra a V. la razón; efectivamente, hay en Méjico un hombre por el cual siento sincera amistad.

—¡Ah! ¿ve V. como no me engañaba?

—Verdaderamente; pero estaba yo tan lejos de sospechar que ese hombre fuese el de que V. me estaba hablando, que le confieso...

—Que ya no se acordaba V. de él ¿no es así?

—Al contrario, prima, mi más vehemente deseo sería verle de nuevo.

—¿Y cómo apellida V. a ese personaje?

—Me dijo que se llamaba Oliverio; sin embargo, no me atrevería a jurar que tal fuese su nombre.

—¿Sería indiscreta si le preguntase a V. el porqué de tan poco favorable suposición? dijo la joven sonriendo con disimulo.

—De ningún modo, prima; pero don Oliverio me pareció un personaje algo misterioso; su modo de obrar se aparta de todo en todo de lo usual. Me parece, pues, que nada habría de extraordinario en que según las circunstancias...

—Se toma un nombre a capricho, interrumpió la joven; tal vez tenga V. razón, tal vez no; respecto del particular nada sé; lo único que puedo decirle a V. es que efectivamente es él quien le está aguardando.

—Es singular, murmuró el joven.

—¿Por qué? es indudable que tiene que comunicar a V. algo de importancia; a lo menos así me ha parecido comprenderlo.

—¿Se lo dijo a V.?

—Claramente no, pero hablando conmigo esta noche, me significó sus deseos de ver a V. lo más antes posible; ahí porque le rogué a V. que me acompañase en mi paseo.

Doña Dolores pronunció estas palabras con un dejo tan ingenuo, que el conde quedó aturrullado y la miró por un instante como si no la hubiese comprendido.

La joven no reparó en la admiración de su acompañante, pues con la mano colocada a guisa de pantalla sobre los ojos, interrogaba la llanura.

—Mire V., dijo doña Dolores al cabo de un instante e indicando con el dedo cierta dirección, ¿ve V. aquellos dos hombres sentados mano a mano a la sombra de aquel grupo de árboles? pues uno de ellos es don Oliverio; apresuremos el paso.

—Enhorabuena, profirió Luis espoleando a su caballo.

Los dos se lanzaron al galope, en dirección de los dos individuos; los cuales habiendo reparado a su vez en los que hacia ellos se encaminaban, se habían levantado para recibirles.

Oliverio y Domingo, después de haber salido del rancho, caminaron durante un buen rato y mano a mano, sin cruzar palabra; el aventurero parecía entregado a la meditación, y el vaquero, por su parte y a pesar de su aparente indolencia no dejaba de estar preocupado.

Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.

En suma, era uno de esos hombres extraños tan propensos al bien como al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad convertir en héroes como en bandidos.

Oliverio, que estudiara profundamente el carácter de su protegido, tal vez tanto y más que éste mismo, sabía de qué era capaz, y a menudo se había estremecido al sondear los senos de aquella organización singular ignorada de sí propia; así es que al par que imponía su voluntad a tan indómita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino imprudente que juega con el tigre, preveía el momento en que la lava que hervía sordamente en el fondo del corazón del joven de improviso se desbordaría al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnímoda confianza que en su amigo parecía tener el aventurero, éste no hacía sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardándose de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad de su poder moral.

Después de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que orillaba los últimos plantíos de ésta.

—Detengámonos aquí y comamos, dijo Oliverio apeándose; por ahora hemos llegado al fin de nuestro camino.

—Viene a pedir de boca, contestó Domingo, pues le confieso a V. que empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentiré echarme por un rato en la hierba.

—El sitio no puede ser más a propósito, profirió Oliverio.

Los dos viajeros, después de trabar a sus caballos y quitarles las bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.

Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; así es que despacharon su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendió un puro, y un calumet o pipa india el joven.

—Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo, ¿qué le parece a usted la vida que de algunos meses acá le hago llevar en esta provincia?

—Si vale decir la verdad, respondió el vaquero arrojando una espesa bocanada de humo, la hallo absurda y por demás fastidiosa; mucho tiempo hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de mí.

—Es V. un amigo verdadero, profirió Oliverio riéndose y tendiendo la mano al joven; siempre está V. dispuesto a obrar sin hacer observación alguna ni formular el más pequeño comentario.

—Y de ello me vanaglorio: ¿acaso amistad no quiere decir abnegación y devoción?

—Sí, y ahí porque es tan rara entre los hombres.

—Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se privan de un gozo hondísimo; la amistad es el único lazo verdadero que une entre sí a los hombres.

—Para muchos no es sino egoísmo.

—El egoísmo es una variedad de la especie, es la amistad mal comprendida y reducida a proporciones rastreras e ínfimas.

—¡Canario! no le creía a V. tan ducho en la paradoja, ¿Aprendió V. entre los indios estas argucias de lenguaje?

—Los indios son prudentes, señor, respondió el vaquero moviendo la cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado por tal modo embrollarlo todo, que el más sagaz no atina a ver claro y el hombre sencillo pierde a no tardar la noción de lo justo y de lo injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y me llenarían de tedio y asco.

—Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mío, pero como ya le he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.

—Mucho es.

—Quizás halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento indefinible.

—No lo creo.

—Lo veremos; pero ahora recuerdo que todavía no le he dicho qué espero de V.

—Tiene V. razón, y bueno será que me lo diga a fin de que me sea dable llenar cumplidamente sus deseos.

—Escúcheme V. pues, y voy a ser tanto más lacónico, cuanto me reservo darle explicaciones más circunstanciadas una vez hayan llegado las personas a quienes estoy aguardando.

—Hable V.

—Dos son los individuos que deben reunírsenos aquí, un joven y una señorita; ésta se llama doña Dolores de la Cruz, es hija del dueño de la hacienda del Arenal, tiene dieciséis años de edad, y sobre ser muy hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.

—Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy poco de las mujeres.

—Es verdad; así pues no insisto. Doña Dolores está prometida a don Luis, con quien debe casar.

—Buen provecho le haga; ¿y quién es ese don Luis? supongo que uno de tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la mula de un canónigo.

—En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doña Dolores y pertenece a la más encumbrada nobleza de Francia.

—¡Ah! ¿es el francés de marras?

—Sí; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias. El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso, amable, instruido, servicial, en una palabra, un compañero excelente por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.

—Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos días vamos a ser los mejores amigos del mundo.

—Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.

—Mire V., profirió el vaquero, alguien llega; ¡diablos! y vienen volando; dentro de diez minutos los tenemos aquí.

—Son doña Dolores y el conde Luis.

Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos jóvenes, que, en efecto, llegaban a escape.

—Henos aquí por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la habilidad de un picador consumado.

Los recién llegados se apearon de un salto, y Luis, después de haber saludado a Domingo, tendió ambas manos a Oliverio, a quien dijo:

—¿Conque vuelvo a verle a V., amigo mío? gracias por haberse acordado de mí.

—¿Acaso suponía V. que le había olvidado?

—Casi me cabría derecho, respondió alegremente el joven.

—Señor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permítame V. que le presente a don Domingo, más que hermano mío, otro yo, y al cual me sería profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de la amistad con que se digna honrarme a mí.

—Caballero, profirió el conde inclinándose graciosamente ante el vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle compartir conmigo la simpatía que desde ahora me inspira.

—No se apure V. por esto, repuso en francés Domingo, hablo con bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.

—Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclamó el conde; hágame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus órdenes sin reserva.

—De todo corazón, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos más a fondo, y entonces espero me tendrá V. por uno de sus amigos.

Luis y Domingo, después de haber cruzado estas palabras, se estrecharon efusivamente las manos.

—¿Está V. satisfecho, amigo mío? preguntó doña Dolores al aventurero.

—Es V. un hada, querida niña, respondió Oliverio con emoción y dando un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclinó para recibirlo; no puede V. imaginar cuánta dicha me proporciona en este instante.

Y cambiando el tono, añadió:

—Ea, ahora ocupémonos en lo que importa, pues el tiempo apremia; per... todavía falta alguno.

—¿Quién? preguntó la joven.

—León Carral; dejen que le llame.

Y llevándose un silbato de plata a los labios, Oliverio arrancó de él un sonido agudo y prolongado.

Casi al punto se oyó a lo lejos el galope de un caballo, y a poco apareció el mayordomo.

—Venga usted acá, León, le gritó el aventurero.

—Aquí estoy, señor, para lo que guste mandar, respondió el mayordomo.

—Escúcheme V. con atención, repuso Oliverio, dirigiéndose a doña Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me será imposible velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un peligro inminente. ¿Qué peligro es ése? ¿Cuándo se precipitará sobre V.? Ahí lo que no puedo fijar. Lo único que puedo decir es que el peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harán lo que yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo León Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como hermanos.

—Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mío, profirió la joven.

—No, querida niña, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre de V. es un anciano que no sólo no puede proteger a nadie, sino que necesita que lo protejan, que es lo que no dejarán Vds. de hacer si lo reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V., niña, mi opinión, por lo que es inútil insistir sobre el particular; Melchor no podrá o no querrá defenderla. V. no ignora que suelo estar bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo guárdense de que sus palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier otro habitante de la hacienda que Vds. prevén un peligro; concrétense a velar día y noche para que no les sorprendan y tomen todas las precauciones que las circunstancias exijan.

—Velaremos, yo se lo fío, repuso el vaquero; pero permítame que le dirija una observación, a mi ver oportuna. ¿Cómo voy a componérmelas para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar sospechas? Dificilillo me parece.

—Se equivoca V. contestó Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a V. en la hacienda ¿no es eso?

—Eso es.

—Pues bien, se introducirá V. en ella vendiéndose por francés, amigo del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingirá no entender palabra en castellano.

—Dispénseme V., repitió Luis; algunas veces he hablado a don Andrés de un amigo agregado a la legación de Francia en Méjico, el cual de un momento a otro debe venir a verme en la hacienda.

—Perfectamente, profirió Oliverio; Domingo pasará por tal, y si quiere, que chapurre el castellano; ¿cómo se llama el amigo ese?

—Carlos de Meriadec.

—Está bien; Domingo se llamará Carlos de Meriadec, y mientras permanezca en la hacienda yo me las compondré para que no venga a estorbarle aquél de quién toma el nombre.

—Esto es importante, dijo Luis.

—Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que mañana don Carlos de Meriadec llegará a la hacienda.

—En ella será bien recibido, profirió Luis sonriendo.

—A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigiéndose a León Carral.

—Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme de acuerdo con estos señores, repuso el mayordomo.

—Bravo, ahora separémonos, dijo Oliverio; a estas horas debería ya encontrarme muy lejos de aquí.

—¿Ya nos deja V.? preguntó con emoción doña Dolores.

—Es preciso, hija mía; ánimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi ausencia él velará por V. Adiós.


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