XVI

Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó:

—¿Está V. preparado?

—Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.

—Diga V.

—¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?

—Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí.

—Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo.

—Déjese V. de suposiciones; morirá V.

—Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?

—Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.

—Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.

—Lo seré.

—Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas, en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis papeles.

—Corriente.

—Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.

—Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa?

—En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca., banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen a V. peso sobre peso.

—¿Nada más?

—Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos?

—Le doy a V. mi palabra de caballero.

—Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.

—¿Cuál?

—Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo. ¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.

—El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto.

—Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la buena de Dios; me portaré tan bien como sepa.

—Amén, repuso don Jaime sonriendo.

Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse mutuamente, este singular testamentoin extremisdispuesto con impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza, teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se estremezca instintivamente.

En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las gentes del pueblo se baten a cuchillo.

El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.

Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia, con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo escondida tras la capa.

El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la boca cerrada y jadeante el pecho.

Era verdaderamente un duelo a muerte.

Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.

Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.

La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.

De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho.

El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.

Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón.

—¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.

En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho.

Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.

—¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo tener segura mi venganza.

Los dos jinetes partieron a escape.

El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en verdad, que había recibido en el duelo.

La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.

Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias de su carrera nocturna.

A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados.

Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del cuarto.

Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.

Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.

Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía.

A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.

—¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito.

—Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente.

—¡Ah! murmuró don Jaime.

—Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho.

—Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?

—Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.

—¿Y qué oíste en ella?

—Sólo dos cosas.

—A ver la primera.

—Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y que no están de ella sino a tres jornadas.

—Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra?

López se echó a reír.

—¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime.

—La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo.

—¿Tan chistosa es?

—¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los más temibles guerrilleros de don Benito Juárez.

Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había pasado este suceso.

—Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes, se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de la sala donde ocurrió el conflicto.

—Es singular, en efecto, repuso don Jaime.

—Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal, que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se refieren atrocidades.

—Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose.

—No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él, profirió López.

—Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas, por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la luna.

—Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga.

—Si no te necesito haré que te avisen.

—Váyase V. tranquilo, mi amo.

Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora exacta que le habían señalado.

En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo inmediatamente en presencia de Miramón.

El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito contiguo a sus habitaciones particulares.

—Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime, serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste; ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y departamos.

—Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V. algún percance desagradable?

—No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa; la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste.

—Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana?

—Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy perplejo.

Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro.

Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos segundos.

Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó:

—¿Y los prisioneros?

—Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.

—Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos.

—Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.

—Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?

Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:

—Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más.

—Dios quiera que triunfe V.

—Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna.

Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres.

—Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital, Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior, esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda, por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal.

—En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que pensar más en él; está muerto.

—Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.

—Es cierto.

—Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos nosotros para resistirles?

—Pero...

—Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más, de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará, por demás débil.

—En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre.

—Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en reducirla a tal extremidad.

—Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le oyesen expresarse de esta suerte.

—Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón, en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las simpatías de sus enemigos.

—No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado amistosamente.

—Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren; caeremos o triunfaremos juntos.

—Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los discuta, mi general, dijo el aventurero.

—Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.

—Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no piensa V. en entregarse a sus enemigos.

—Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V. mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.

—En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de buen éxito.

—Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro; de no, mi caída es irremediable.

—Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número.

—En fin, vivir para ver, profirió Miramón.

—¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?

—No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted.

—Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.

—Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones.

—Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.

—Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién.

—Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.

—A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.

Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.

Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.

—¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.!

—Los negocios, dijo Jaime sonriendo.

La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa.

—Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe.

—¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.

Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.

La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata intimidad.

Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella imprevista fiesta las llenaba de gozo.

Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación.

—¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya!

—¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es menester pensar en retirarnos.

Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible, se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.

López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán.

—¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime.

—Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.

Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de mirada menos penetrante que la del aventurero.

—Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds.

—A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre.

—El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que haya ocurrido entre ese fulano y yo.

—Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.

—Hasta la vista.

Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de éste, y además de León Carral.

El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido alguno.

Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil observar todos los movimientos del supuesto espía.

Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones, tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el desconocido se encontró cara a cara con don Jaime.

El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente.

—¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.

El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna.

Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo:

—¿Vas a responder al fin, gran tunante?

—¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.

—Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital?

—Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada.

—¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote.

—¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado.

—Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho.

Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo:

—Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.

—Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite?

—Estoy de expedición, excelentísimo señor,

—¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.

—Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste.

—¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?

—Vuecencia le conoce.

—Puede; pero ¿cómo se llama, repito?

—Don Melchor de la Cruz.

—Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Qué más?

—Nada más.

—¡Ah! pillo, mientes.

—Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.

—Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola.

—¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.

—Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.

—¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez.

—Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.

—¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.

—Obrarás cuerdamente.

—Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las visitan.

—¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.

—No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.

—¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?

—Desde hace doce días.

—¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras?

—Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.

—Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?

—Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas.

—Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos.

—¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.

—¿Quién, él? está más pobre que tú.

—¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas.

—Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.

—¿Yo, excelentísimo señor?

—¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.

—¿A quiénes se refiere vuecencia? Confieso que tengo los colmillos muy aguzados y que les serviré con entusiasmo.

—¡Lo creo! ¿Pero tú te imaginas que voy a perder el tiempo dándote consejos?

—Sí vuecencia quisiese le serviría a las mil maravillas.

—¿Tú? ¡quita allá!

—¿Por qué no?

—Siendo, como eres, enemigo de las personas a quienes quiero, debes serlo mío.

—¡Cómo yo lo hubiese sabido!

—¿Qué hubieras hecho?

—No lo sé, pero de fijo que no las habría espiado; empléeme vuecencia, se lo ruego.

—Maldito si sirves para cosa buena.

—Sujéteme vuecencia a prueba.

El aventurero hizo como que reflexionaba.

Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.

—No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.

—¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le soy!

—Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me engañes...

—No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia, quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?

—Sencillamente de cambiar de casaca.

—Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.

—Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?

—Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos como los dedos de la mano.

—No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.

—Perfectamente.

—Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.

—¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.

—Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.

—¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!

—Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:

—Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.

—Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.

—Ya les conozco; pero se las han con uno más astuto que no ellos; fíe V. en mí.

—Esto te atañe a ti; lo que te digo es que al menor descuido te mando a paseo.

—No habrá para qué.

—Si no recuerdo mal, me has dicho que eres listo de manos.

—En efecto lo soy, excelentísimo señor.

—Pues bien, si por acaso a esos caballeros se les caen algunos papeles importantes, cógelos y tráemelos inmediatamente; porque has de saber que soy muy curioso.

—Basta; si no los hallo en el suelo los buscaré en otra parte.

—Aprobado; pero oye, los papeles te los pagaré aparte; te daré tres onzas por cada uno de ellos si valen la pena. Como te equivoques, peor para ti, pues no cobrarás nada.

—Ya me las compondré para que los dos quedemos satisfechos, excelentísimo señor. ¿Quiere vuecencia decirme ahora dónde le encontraré cuando se me ocurra comunicarle algo o entregarle algún documento?

—De tres a cinco de la tarde me paseo todos los días por las inmediaciones del canal de las Vigas.

—Allá iré.

—Sobre todo sé prudente.

—Como una zorra.

—Adiós y ojo al Cristo.

—Tengo el honor de saludar a vuecencia.

Los dos interlocutores se separaron.

Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.

El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su busca cuando éste entró.

Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.

Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para servirle a él de espía.

Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada del día, y al separarse dijo aquél:

—Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme su ayuda en cuanto yo la reclame.

El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.

Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno de mención.

Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las noticias políticas.

En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.

La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.

Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse después mutuamente satisfechos.

No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y amenazas encubiertas.

—Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen olfato.

—Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de traicionar a un caballero tan generoso como V.

—Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal, y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace tres días.

Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había sino un paso.

Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza, dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando un buen pico, a robárselos después.

A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.

—¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo de veras.

Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez, que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él cogidos del brazo y hablando de sus negocios.

Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al guerrillero.

El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto, animal y otras lindezas por el estilo.

Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.

Este gesto imprudente fue causa de su perdición; los desconocidos se abalanzaron a él, le derribaron y le mataron a puñaladas; luego, como la calle teatro de tan poco edificante escena estaba desierta y por consiguiente nadie la había presenciado, los homicidas se alejaron con toda tranquilidad, no empero sin antes haber desvalijado al difunto, al que no dejaron objeto alguno que pudiese identificarle.

Tal fue el fin del señor Jesús Domínguez.

Dos horas después los celadores levantaron el envarado cuerpo del guerrillero, y como nadie le conocía, lo arrojaron sin ceremonia alguna a una hoya abierta en un cementerio, y aquí paz y después gloria.

A don Melchor tal vez le admiró no ver más al guerrillero, pero como era muy problemática la confianza que éste le inspiraba, supuso que Jesús, después de haberse hecho culpado de alguna sustracción, había creído conveniente poner tierra de por medio, y no pensó más en él.

Miramón no había desperdiciado los contados días transcurridos desde su última entrevista con don Jaime.

Decidido a jugar el todo por el todo, no quiso arriesgarse antes de haber puesto de su lado sino todas las probabilidades de éxito, a lo menos igualado el partido para que la lucha, que debía ser decisiva fuere cual fuese su resultado, favoreciese lo más posible sus proyectos.

No sólo el presidente se ocupaba con actividad suma en reclutar y organizar su ejército y en armarlo de un modo formidable, sino que también, comprendiendo cuan perjudicial le era la sustracción de los seiscientos sesenta mil pesos de la Convención inglesa, efectuada en la casa misma del cónsul de S. M. británica, hacía enérgicos esfuerzos para remediar el mal que le causara este golpe de mano, a cuyo efecto estaba negociando un arreglo por el cual se comprometía a devolver en Londres mismo el dinero de que tan malhadadamente se apoderara; alegando, para paliar esta acción atrevida, que no había sido sino un acto de represalias contra Mr. Mathew, representante del gobierno británico, cuyas incesantes maquinaciones y no interrumpidas demostraciones hostiles contra el gobierno reconocido de Méjico habían colocado al presidente en la situación crítica en que se hallaba; y en prueba de lo que decía citaba el hecho de haberse encontrado, después de la batalla de Toluca, en los equipajes del general Degollado, un plan de ataque de Méjico, escrito de puño propio de Mr. Mathew, acto que por parte del representante de un gobierno amigo constituía una felonía.

El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó algunas simpatías.

Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en presentarse.

La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.

Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario, estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que temer un sitio.

Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad, avivaban en los grupos reunidos en las plazas.

Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos, podían haber salvado al gobierno.

Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en lugar de atender al verdadero interés de la nación.

Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil, era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en absoluto la parte diplomática.

Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.

Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso, de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera.

Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se entibiara el entusiasmo de los soldados.

Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores que no quería fuesen a parar a manos ajenas.

Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete, cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la visita de don Jaime.

—Que entre inmediatamente, dijo Miramón.

El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste:

—¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.

—Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca.

El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras don Jaime le contemplaba con indecible melancolía.

—¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el aventurero al cabo de un rato.

—Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis enemigos.

—No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame que le pregunte cuando decide emprender la marcha.

—Mañana, en terminando la revista que he ordenado.

—Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del enemigo.

—Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con gratitud su ofrecimiento, don Jaime.

—Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército que ha resuelto V. atacar el primero.

—Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución es atacar a González Ortega.

El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose a oponer reparo, se limitó a murmurar:

—Está bien.

El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al lado de don Jaime, dijo con acento jovial:

—Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación importante. Diga usted.

—No se equivoca V., general; hágame V. el favor de enterarse de este papel.

El presidente tomó uno doblado en cuarto que don Jaime le tendió, y después de leerlo sin manifestar la más leve sorpresa, lo devolvió a éste, quien le preguntó:

—¿Ha leído V. la firma?

—Sí, respondió fríamente Miramón, es una carta credencial de don Benito Juárez para que sus secuaces atiendan a Antonio Cacerbar, a cuyo favor está expedida.

—Esto es. ¿Le queda a V. todavía alguna duda respecto de la traición de ese hombre?

—Ninguna.

—Perdóneme V. que le interrogue, general; pero ¿qué determina V. hacer?

—Nada.

—¡Cómo nada! exclamó don Jaime con no fingida sorpresa.

—Nada, lo repito.

—No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de estupor.

—Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante; don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante largos años.

—Lo sé, mi general, profirió don Jaime.

—Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador? ¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso, no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable.

—Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.

—Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor, esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en Toluca.

—Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V. definitivamente.

—¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de él sin publicidades ni ruidos.

El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo prontamente:

—Me parece haber dado con el modo.

—Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va a responderme a ella.

—Se lo prometo a V.

—¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?

—Es verdad.

—Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural. Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan.

—Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica.

—El único, en efecto.

—Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese hombre?

—¿Usted lograría semejante?

—Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen, sino que le autorizará a V. para que le encause.

—Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el presidente con gesto de duda.

—Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.

—Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo para ello.

—Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre de V.

—Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.

—Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto llegue el momento oportuno.

—¿Tiene V. que comunicarme algo más?

—Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en su expedición.

—Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.

—Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha el ejército.

—Le agrego a V. a mi estado mayor.

—Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don Jaime.

—¿Por qué?

—Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá V. a su lado durante la batalla.

—Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del privilegio de obrar milagros.

—Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi general, con su permiso me retiro.

—Vaya V., amigo mío.

Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa donde él moraba.

La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado de una alabarda.

Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó que condujese al recién llegado.

El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada de un lado, y le dijo:

—Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.

Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al aventurero a que pasase adelante.

Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador, don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le saludó con galantería suma, y le preguntó:

—¿A qué debo su amable visita, caballero?

—Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a propósito.

—A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino satisfacciones, profirió Pacheco.

Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de saludarse nuevamente, dijo el embajador:

—Sírvase V. explicarse, señor.

—Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.

—Enhorabuena, respeto su deseo.

Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto al diplomático, diciéndole:

—Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.

Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo metió de nuevo en su cartera.

—¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el embajador.

Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.

—Está bien, profirió don Francisco Pacheco.

El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:

—Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente; ¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?

—Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del general Miramón.

El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su interlocutor, diciendo:

—Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.

—Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don Jaime haciendo una respetuosa reverencia.

—¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo?

—Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.

El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier.

Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se retiró.


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