Ciertos sÃntomas insignificantes anunciábanle ya su próxima decadencia.
Las muchachas no interrumpÃan ya su charla al entrar él para dirigirle miradas de admiración; en cambio las madres le consultaban a menudo sobre sus jóvenes subordinados en busca de novia rica; le trataban como hombre serio, y el mismo embajador le llamaba a la mesa de juego diciéndole: «Venga usted, mi querido Candore; esto es propio de nuestra edad», aunque Su Excelencia no habÃa pasado de los cuarenta...
Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y Raúl, que se creÃa más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.
En fin, una noche, creyó oÃr a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás del abanico el epÃteto de «Viejo verde».
Evidentemente aquello no podÃa referirse a él (lo repetÃa muy alto para convencerse de ello), pero no habÃa dejado de causarle una impresión tan desagradable como una ducha helada.
¿Iba él a representar el papel del tÃo Neris o tendrÃa que resignarse a desistir de todo?...
Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche que preferÃa al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los salones, que volaba de flor en flor y se complacÃa en las intrigas femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida ni resignarse a pasar a la reserva.
Según la linda frase de MarÃa Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta siempre de oÃr restañar el látigo.»
Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...
Durante aquel perÃodo de desanimación y cansancio fue cuando conoció a miss Darling en la embajada de Inglaterra.
Era sobrina de un riquÃsimo americano, Ricardo Darling, que habÃa empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor del festÃn...» es poca comida para un estómago de diez años.
¿Cómo el pastelero se habÃa elevado a una fortuna comparable con la de Menzikoff? Fue aquel un milagro de energÃa, de actividad y de audacia de los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.
Hoy, el tÃo Dick poseÃa una parte de la ciudad monstruo que habÃa crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.
—Tú puedes comprarlo todo, y yo también—declaraba con cándida fatuidad.
Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurrÃa con frecuencia que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el tÃo Dick echaba de menos el tiempo en que no tenÃa más que el olor de sus pasteles... y un excelente apetito.
Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella, lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea, con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.
RidÃculos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en la rada de Nueva York.
En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo, como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la comunidad sin querer soportar sus cargas.
Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del Capitolio en que descansa, todavÃa majestuosa, como un César expirante.
Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy personal: la sinceridad.
Tal como era, asà se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del efecto que pudiera producir.
Cuando le gustaba una cosa, lo decÃa; y tampoco disimulaba lo que le inspiraba desprecio. TenÃa lo que más falta en esta sociedad indecisa y flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.
Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, asà como en su personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.
Su desprecio por los homenajes se los atraÃa más que a nadie y una palabra de aprobación o un gesto benévolo tenÃan más precio viniendo de ella que los más altos favores de las mujeres de moda.
El dÃa en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi fatuidad por sus cincuenta años.
—¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por desgracia, no se refiere a m�—preguntó sonriendo.
—Es muy sencillo; para mÃ, el hombre no vale más que por sus actos. Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes no tienen detrás de sà más que la nada y se apoyan solamente en los méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal, a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavÃa más que en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.
—¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia mucho, sobre todo cuando está lejos.
—En una mujer, sÃ, como la belleza; pero en un hombre es cosa superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados de embajada, prÃncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes del petróleo de los que se rÃen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un general viejo, como el prÃncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte veces la suya.
—Pero es muy feo, señorita.
—Yo le encuentro guapo—declaró la joven con entusiasmo.
—¿Habrá que decÃrselo?
La joven se echó a reÃr y dijo con más seriedad:
—La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta años.
—¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia con usted?
—No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.
Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenÃa una buena opinión de sà mismo y no retuvo de esta conversación más que la parte halagüeña:
La joven americana no temÃa la madurez.
Raúl, desde entonces, puso una especie de coqueterÃa en confesar su edad y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.
Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl se dirigÃa lentamente a Candore pensando en la fina silueta del joven capitán que habÃa visto en la ventana y que habÃa causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...
¿Quién podÃa ser aquel muchacho?
—Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir—habÃa respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un poco la frente del diplomático.
Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se habÃa extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su encuentro en Ãfrica, donde él habÃa desplegado una admirable sangre frÃa y un raro valor para sacarla, a ella y a su tÃo, de las garras de una tribu de tuaregs en que se habÃan aventurado imprudentemente.
Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no encantó más que medianamente los oÃdos del oyente.
—¿Cómo se llamaba aquel héroe?
—El capitán Raynal.
—Raynal... Raynal...
El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.
Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante prolija sin embargo, le habÃan hablado de un pariente de ese nombre; creÃa su familia extinguida.
Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba. Asà fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.
¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal militarcito!...
¿De dónde diablos habÃa salido?
Raynal... El capitán Raynal...
Desde su matrimonio no habÃa sabido nada de Liette...
La correspondencia entre ella y su antigua discÃpula se habÃa ido acabando poco a poco, pues la una temÃa preguntar y la otra responder. Pronto la pluma se habÃa caÃdo de los dedos helados de la condesita, y el silencio se habÃa producido.
En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie de respeto involuntario, se habÃa abstenido siempre de pronunciar el nombre de la empleada, a quien, por otra parte, habÃa casi olvidado. SabÃa solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las conversaciones, que se habÃa negado siempre a dejar su puesto, prefiriendo ascender en él, y Raúl lo habÃa atribuido a un recuerdo halagüeño para su persona.
—Pobre muchacha; estaba loca por m×pensaba con indulgente fatuidad.
Y no se ocupaba más del asunto.
Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.
Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de hipótesis.
Siendo capitán y estando condecorado, debÃa de tener veinticinco o treinta años, aunque apenas los representaba.
A primera vista se parecÃa a Liette, evidentemente, no en el color de los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.
¿Y se llamaba Raynal?
¿Será que?...
El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una sonrisa burlona respondÃa a las cejas fruncidas.
¿Será que?...
TendrÃa gracia...
¡Ella, que las echaba de virtuosa!
¿Habré yo hecho el tonto?
El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de despecho.
El amor propio, más vivaz que el amor, hacÃale sentir su aguijón.
¿Se habrÃa burlado de él?
¿Se le habrÃa impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él, y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su respeto?
El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.
Raúl trataba de reÃrse.
¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj retrasa...
No, pero no querÃa ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas, entonces...
Entonces, ¿qué?
¿Qué le importaba a él?
¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?
¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreÃan las muchachas?
—Que no se ponga en mi camino—exclamó blandiendo el látigo con una violencia que hizo encabritarse a su caballo.
—Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?
El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.
El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a tierra:
—¿Quieres que volvamos juntos, tÃo?
—Con mucho gusto, amigo mÃo.
Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tÃo bajo las altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.
—Veo que eres todavÃa un brillante jinete.
—Gracias a tus lecciones, tÃo. Tú fuiste quien me puso la primera vez a caballo.
—¡Ay! parece que te estoy viendo todavÃa con mi pobre Blanca. ¡Qué lejos está eso, Dios mÃo! Y después, cuántas penas...
Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando aquel gran dolor.
—Esta mañana saliste muy temprano—dijo al fin el anciano haciendo un esfuerzo.
—SÃ, he estado en Argicourt. HabÃa prometido a miss Darling salir con ella a caballo, pues su tÃo está lejos de valer lo que el mÃo en punto a equitación. Hemos dado un buen paseo.
—Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...
—¿Te gusta miss Darling?
—Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.
—Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacÃo de mi hogar, querrÃa mucho tener tu aprobación.
El octogenario se paró de repente.
—¿Piensas acaso?...
Su voz temblaba.
—¡Dios mÃo! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...
—Pasemos adelante.
—La he llorado durante veinte años y he llevado lealmente su luto.
—Pasemos, pasemos.
—Pero al fin llega una hora en que no debe uno ya mirar detrás de sà y en que los minutos están contados para llenar nuestros deberes respecto del porvenir como respecto del pasado. Un noble no puede dejar extinguirse el nombre que ha recibido de sus antepasados para transmitÃrselo a sus descendientes.
—En una palabra, quieres casarte con miss Darling...
—Por la razón que te doy...
—¿La permanencia de la raza? Si esa fuera la única, ¿serÃa necesario recurrir a un matrimonio aventurado?... En la vida de un hombre de placer como tú... y como yo, por desgracia, hay faltas de la juventud que corresponde reparar a la vejez...
—¿Qué quiere usted decir?
—No tengo derecho para ser severo... Pero si hubieras dejado detrás de ti algún remordimiento...
Llegaban a un claro rodeado de hayas gigantes que el sol acribillaba con sus flechas de oro...
«Acuérdate» decÃa el astro ardiente con sus lenguas de fuego.
«Acuérdate» repetÃa el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del pasado.
«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y tierna en el silencio de los grandes bosques.
Pero Raúl no se acordaba...
—No tengo ningún remordimiento, querido tÃo—respondió con desenvoltura.
Neris hizo un gesto vago.
—Eres muy feliz—dijo sencillamente.
Prodújose un momento de silencio.
—En fin, querido tÃo, si llegase el caso, ¿no tendrÃa usted ninguna objeción seria contra miss Darling?—preguntó el conde, que no querÃa abandonar su asunto.
—Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.
—Pero yo también soy como usted, tÃo mÃo, estoy construido a cal y canto; es una herencia del abuelo Neris que estoy lejos de despreciar.
—En lo fÃsico, pase aún; pero en lo moral...
—A miss Darling no le gustan los jóvenes; me ha expuesto sus teorÃas sobre esto...
—Encontrará entonces, acaso, que lo eres demasiado—dijo el anciano con ligera ironÃa.
—En fin, no es su opinión probable lo que yo quiero conocer, querido tÃo, sino la tuya—respondió el diplomático con alguna impaciencia.
—Te lo repito, amigo mÃo; no he encontrado comparable con miss Darling más que una persona.
—¿Y era, si no es indiscreción?...
—Liette Raynal.
Raúl se mordió los labios.
En el estado de ánimo en que se encontraba, aquel nombre sonaba de un modo particularmente desagradable a su oÃdo.
Pero no por eso perdió la ocasión de preguntar con maña:
—¿La institutriz de mi pobre Blanca? SÃ, era una persona de mérito—añadió con indiferencia.—¿Qué ha sido de ella?
—Sigue en Candore.
—¿Empleada de Correos?
—Empleada de Correos.
—Por cierto que he creÃdo ver una figura nueva al pasar por delante de la oficina; un militar...
—Es su hijo adoptivo... un pariente... el capitán Raynal.
El conde de Candore hizo sonar la lengua con expresión de duda.
—¿Crees tú en los hijos adoptivos, tÃo?
El anciano respondió con cierto dejo de severidad:
—SÃ, sobrino, como en los hijos abandonados.
Liette estaba en su estrecha oficina viendo, como en el dÃa lejano de su llegada al pueblo, desfilar todo el mundo por delante del ventanillo; pero la curiosidad no era para ella, y, en lugar del irritante malestar de otro tiempo, Liette sentÃa ahora una dulce satisfacción de orgullo maternal al oÃr los saludos al joven capitán de los viejos y viejas que le habÃan conocido niño.
El joven respondÃa con cordialidad, tratando de conocer en las jóvenes que salÃan de las vÃsperas y en los mozos que emprendÃan partidas de pelota o se iban a tirar al arco a los chicuelos dejados en el pueblo y a quienes se asombraba de encontrar cambiados como él. Y al volver los ojos al modesto interior, lo mismo la frÃa oficina que el salón de elegancias pasadas de moda, el capitán encontraba con placer infantil todos los muebles y todos los objetos familiares, todo, hasta el pobre Breal, primer compañero de sus juegos, disecado en memoria suya.
Nada habÃa cambiado en aquel cuadro anticuado y envejecido, en el que sólo él no se reconocÃa cuando el espejo le enviaba la sombra de sus bigotes, justamente encima de su retrato con falda corta y con un tambor a sus pies.
Nada habÃa cambiado, y la misma tÃa Liette, recta y menuda con su traje sencillo de lana, con su bello perfil de camafeo bajo el cabello apenas encanecido en las sienes y su mirada lÃmpida que reflejaba la serenidad de su alma, la misma tÃa Liette habÃa envejecido tan poco, que al preguntarle de repente Carlos:
—TÃa Liette ¿cuándo vas a pedir tu jubilación?
La empleada respondió prorrumpiendo en una carcajada llena de juventud.
—¿Mi jubilación? Gracias a Dios, amigo mÃo, estoy todavÃa fuerte y espero evitar durante algunos años el ser arrinconada.
—Sin duda... Pero es precisamente por eso... Estás joven y activa... No temes los viajes... Y, por otra parte, eres hija y madre de soldado...
—ExplÃcate...
—Oye. Quisiera tenerte más cerca de mÃ, tÃa Liette; mi sueldo bastarÃa para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la que es su alma. ¿No te gustarÃa volver a ver aquella tierra de Ãfrica en que diste los primeros pasos?
Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.
—Eres bueno y tierno, hijo mÃo, al pensar en mi soledad más aún que en la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los vivos.
—Gracias a Dios, tÃa Liette, como decÃas hace un momento, estás buena y sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearÃa otra compañÃa.
—«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legÃtimo; pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacÃo de tu casa y de tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...
—De los que tú serás abuela.
—Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.
El joven se retorció el bigote con expresión distraÃda y su mirada vaga pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.
La tÃa Liette le observaba como al descuido.
—¿Está en camino, Carlos?—preguntó maliciosamente.
—No, todavÃa está en las nubes.
Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio un sonoro beso en la frente de la empleada.
—De modo que no es todavÃa esta vez cuando te llevo conmigo, tÃa Liette...
—¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?
Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.
—SÃ, padrino, y a usted también si quiere.
—¡Oh! si no dependiera más que de mÃ, darÃa con gusto la vuelta al mundo...
—¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.
—No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.
Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la tÃa Liette, que se sonreÃa a medias.
Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven oficial, dijo:
—Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme redactar tu contrato?
—¿Yo? ¡Qué disparate!
—No encontrarÃas dificultades... No eran las siete de la mañana cuando el tÃo Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos de dote... y que la chica no detesta a los militares...
—¿La pequeña Irma, que tenÃa las manos tan rojas y la deplorable costumbre de pisar los moñigos de vaca?
—La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.
—Prefiero, entonces, la antigua Irma.
—El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco, menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado durante la misa... Tienen que contar...
—Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros calzones?
—SÃ, pero los años de campaña se cuentan dobles y ella ha conservado la frescura de su nombre.
—Pongamos que estoy demasiado bronceado para ella, y no hablemos más del asunto.
—Pues no eres poco difÃcil...
—¿No hay nada más?—preguntó la tÃa Liette muy divertida.
—Como pasos oficiales, no hay más, y ya es bastante... Pero he recibido otras dos visitas, la una muy simpática... y la otra un poco menos.
—¿Cuáles?
—Eso, joven, es el secreto profesional. Busca y encontrarás. ¿Quién puede quererte bien?
—¿Y mal?—preguntó con inquietud Liette, a quien el notario respondió con una señal imperceptible.
La empleada, impaciente por saber, dijo:
—Oye, Carlos, debÃas hacer una visita al señor cura para presentarle tus respetos y tu cruz...
—Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.
Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oÃdo:
—Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.
Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.
Liette, que le habÃa seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia el notario.
—¿Qué hay?—le preguntó sin otro preámbulo.
—En primer lugar, cierto señor Darling, tÃo y tutor de una riquÃsima americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a Argelia, donde les prestó un señalado servicio...
—Y además...
—Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los laureles del capitán Raynal impiden dormir.
Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.
—¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?
—SÃ, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.
—Y usted, ¿qué le respondió?
—Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.
—Aquà tiene usted una complicación imprevista, amigo mÃo. Siento que Carlos esté aquÃ. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré defenderle.
—Le defenderemos—rectificó calurosamente el digno notario.
Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente preocupada. Una nube fugitiva que se ponÃa algunas veces en sus tranquilas facciones obscurecÃa el brillo de sus bellos ojos, tiernamente fijos en él y en los que se leÃa una vaga alarma.
—Una carta para ti—dijo dándole un sobre blasonado.
El joven la abrió y la leyó rápidamente.
—Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el sábado.
—¿Vas a ir?
Carlos vaciló un momento.
—No, tÃa Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.
—Pero yo no quiero ser egoÃsta y privarte de los placeres de tu edad.
—¡Qué buena eres!
—No es más sino que te quiero mucho.
Carlos la contempló con enternecimiento.
¡Oh! sÃ, la tÃa Liette le amaba... ¡Y él a ella!
A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecÃa al humilde pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se creÃa vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba en su ser.
—Siempre te veo el mismo bordado, tÃa Liette. ¿Haces acaso lo que Penélope?
—No, señor burlón, no es la misma; pero no varÃo ni el dibujo ni los colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.
—Y soy todavÃa muy capaz. Prueba.
—No, ahora eres demasiado alto.
—Puedo bajarme.
Y se puso de rodillas con las manos extendidas.
—¡Loco!—dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de lana...
Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:
—¿Irás a Argicourt?
—Conozco muy poco a los dueños.
—¿No ha sido el barón tu camarada?
—SÃ, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre, un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...
—Una americana del Norte...
—Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según parece...
—Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.
—SÃ, él no tenÃa más que su nombre.
—Ya es algo—respondió Liette con melancolÃa.
—¿No te parece, tÃa Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?
El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su deferencia por el juicio de aquella guÃa segura e impecable, que una palabra de su boca le parecÃa una sentencia sin apelación. Asà fue que sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:
—¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavÃa más obligado que el que recibe.
—Todo el mundo no lo juzga asÃ...
—Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según él mismo. Para mà es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.
—Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tÃa Liette. Sin embargo, yo preferirÃa una mujer que tuviese menos que yo.
—Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta serÃa difÃcil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?
Carlos se calló, vencido y contento.
La madeja estaba devanada, pero el joven permanecÃa a los pies de su madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venÃa a que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba distraÃdamente con los dorados del uniforme.
—Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?
—No, no es eso, tÃa Liette; pero, francamente, me serÃa desagradable el ir a una casa donde tú no estás invitada...
—Tienes todas las delicadezas, hijo mÃo; pero yo no soy tu madre...
—Eres más todavÃa...
—No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado; el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia por mi parte ni ingratitud por la tuya.
—Jamás, tÃa Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.
—No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo soy.
—¡En seguida! Yo no te permitirÃa casarte sin mi consentimiento, aunque fuera con mi querido padrino...
—Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarÃas una suegra en tu equipo.
—Pues yo te declaro que no me casarÃa jamás con una mujer que no te venerase como a su madre.
En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una carretela, como un relámpago azul y rosa.
Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una graciosa aparición haciendo el saludo militar.
—¡Buenos dÃas, mi capitán!
—¡Miss Darling!—exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.
—¡La señora de Argicourt!—dijo la tÃa Liette dirigiéndose a la segunda visitante.
—Que pide a usted perdón por venir a sorprenderla de este modo; pero esta aturdida de Eva, mi más querida amiga, tenÃa empeño en serle a usted presentada.
—Mucho—apoyó claramente la aludida;—me han dicho muchas veces que me parecÃa a la tÃa Liette, e ignoraba si esto era un cumplimiento... Veo que lo es.
Y poniendo en este homenaje un respeto profundo que corregÃa su tono atrevido, la joven se inclinó delante de Liette conquistada y encantada.
—Puesto que está hecho el conocimiento por este lado, permÃtame usted que le presente a mi vez el capitán Raynal, señora baronesa—dijo la empleada dirigiendo una amable sonrisa a la linda niña.
—Sin habernos encontrado todavÃa, somos antiguos amigos, capitán—dijo la baronesa sentándose donde él le indicaba;—mi marido me ha hablado con frecuencia de usted como de uno de sus mejores amigos, y miss Darling ha apoyado aún sus elogios.
—Naturalmente, no puedo hablar mal de mi salvador. ¿No le ha contado a usted el caso, tÃa Liette?
—No valÃa la pena.
—Es usted muy modesto... Eso prueba que aprecia usted menos que yo la existencia, que yo tengo la debilidad de querer conservar... Figúrese usted, señorita, que mi tÃo y yo estábamos cautivos de una tribu de tuaregs... ¿Conoce usted a esa gente?... mucho color local... pero de relaciones poco sociables... Afortunadamente, el capitán, de vuelta de una expedición al Sur, supo por sus emisarios nuestra triste posición, y, sin importarle nuestra nacionalidad, lo que fue enteramente amable, consiguió librarnos con un puñado de bravos y nos ofreció una hospitalidad... francesa en su blockhaus. Pero, ¡ay! en la Argelia como en América, los blockhaus están hechos para ser bloqueados, y, al dÃa siguiente, cayó sobre nosotros una nube de tuaregs como los saltamontes del desierto, ejecutando en nuestro honor un brillante tiroteo. SeguÃamos estando prisioneros, aunque en mejor compañÃa.
—¡Oh! lo que es eso... Mi destacamento estaba compuesto de demonios casi tan negros como los que nos asediaban. Figúrate aquello, tÃa Liette.
—Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabÃan qué hacer para complacerme.
—Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...
—No como Circe entonces.
—En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco envidiable de las heroÃnas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número de bocas... A todo esto, el tÃo Dick, que se queja siempre de no tener apetito, lo tenÃa feroz en aquellos momentos. Asà fue que para evitar el ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para cooperar a la defensa. Y aquà tiene usted cómo he servido a las órdenes del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tÃa Liette, lo que me halaga mucho, hoy sobre todo.
—¡Y si hubieras visto qué valentÃa y qué buen humor, tÃa Liette! Los socorros se hacÃan esperar, y la desanimación, hermana del fastidio, hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les vertÃa su alegrÃa como champagne, y organizaba conciertos y representaciones...
—¿Recuerda usted al tÃo Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la corneta?
—¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...
—¡No me lo habÃas dicho!
—¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna libertadora, los pobres diablos, que tenÃan el vientre vacÃo hacÃa veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta dirección.
—¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.
—También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted caer!...
—La verdad es que podrÃas alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo debes de despreciar nuestras cacerÃas de papelitos!
—Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!
Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella naturaleza tan igual a la suya.
Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegrÃa.
—¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!—dijo a la joven con un impulso irresistible.
—TenÃa mucho deseo de conocer a su tÃa de usted.
—¿Se la figuraba usted as�
—No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tÃa es generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta anteojos...
—¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van—protestó alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt, habÃa oÃdo las últimas palabras de aquel aparte.
—Pero no los oÃdos—observó maliciosamente la joven americana.—La verdad es que me representaba a «la tÃa Liette» como una viejecita arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.
—Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.
Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.
—¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?—preguntó la castellana con mucha amabilidad a Liette.
—Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.
—En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que estaba soltero.
—Muy amable para ti, mi pobre Jenny.
—Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el uniforme...
—Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?
—¿QuerÃas que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?
—¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre», decÃa Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado. ¿Verdad, tÃa Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tÃa Liette... Dispénseme usted, señorita, y permÃtame darle un beso sin embargo...
Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.
Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacÃo y frÃo.
Y, sin embargo, la tÃa Liette sigue allÃ, en su butaca.
Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habÃan conocido en Ãfrica, eran de esas que crean en una semana una intimidad de veinte años.
Ya, hacÃa algún tiempo, habÃan balsado juntos en un baile del gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases de salón, «se habÃan cruzado sin verse», según el refrán melancólico, secreto de tantos destinos fracasados.
Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podÃa ser su tumba, en el roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas cualidades, habÃan aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se habÃan quedado en eso.
Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno en su lugar.
La rica americana y el joven oficial no podÃan menos de ganar en ese contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro habÃan seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efÃmera, la duración de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una de las cuales podÃa ser la última, sus almas no temÃan mostrarse al desnudo.
Carlos habÃa podido admirar la valentÃa, la sangre frÃa y la sonriente resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna, amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces que le estaban prometidos.
Ella, por su parte, habÃa podido apreciar el carácter caballeresco, la pronta decisión y la viril energÃa de aquel joven jefe encerrado en aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacÃa vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroÃsmo y del honor por la fuerza del ejemplo.
Lo que no era siempre fácil.
Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les producÃa serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas de un tenor de Belleville, y el capitán habÃa tenido que amenazarle más de una vez con el cepo.
Ragasse, pues, le habÃa consagrado un odio astuto que no esperaba más que la ocasión de estallar...
Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar claramente estas palabras:
—El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es para mÃ; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos que canta un gallo.
Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de repente la puerta...
Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada de su jefe...
¿Qué hacer?
Nada tenÃa influencia en aquellas cabezas de hierro.
Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motÃn, y nada más.
Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavÃa más deplorable.
Si creÃan meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendrÃa ya lÃmites.
Esta vacilación no duró más que un relámpago.
—Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa—dijo Carlos muy tranquilo.
Todos dieron un paso adelante.
—¡Ragasse!—gritó el capitán en tono breve.
—Presente.
—SÃgame usted.
Su resolución estaba tomada. HabÃa que impresionar la moral de aquellos seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. EspÃritus y cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.
Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los bolsillos.
—Si estaba detrás de la puerta—dijo con malicia,—no le disgustará desembarazarse de mÃ...
Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.
Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los muertos del dÃa, no recogidos aún por los árabes.
—Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?
Y se lo echó a la espalda, diciendo:
—Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de Saint-Denis...
El capitán hizo formar el cÃrculo.
—Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del dÃa.
—¡Bueno!—murmuró el soldado,—esa orden del dÃa le gustará a él más que a mÃ.
—Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando—añadió Carlos.
Ragasse se detuvo sorprendido.
—¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?
—¿Por qué no?—respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara mirada.
Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.
El otro le siguió como un perro.
Si le habÃa oÃdo, era valiente lo que hacÃa el capitán...
¡Salir tranquilamente asÃ, delante de su fusil!... No tenÃa más que apretar el gatillo... No habÃa nadie... Nada que temer... Los árabes tenÃan buena espalda.
Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado fácil...
Pero no, no tan fácil como parecÃa... Aunque hubiera querido, su mano crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.
En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades; no podÃa herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba asà de su lealtad...
Y humillado y furioso decÃa con rabia:
—¡No puedo!...
De repente tropezó en un cadáver; habÃan llegado al sitio del combate.
—Llene usted el saco—dijo el oficial.
En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombrÃa todavÃa; inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...
De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.
Ragasse dio un salto.
—¡Mi capitán! ¿No está usted herido?
—No, tiene que volver a empezar—respondió Carlos tranquilamente.
Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:
—Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.
—¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?
—SÃ, mi capitán.
—Entonces, en retirada; de prisa.
Dieron unos cuantos pasos.
Hacia la izquierda sonó otra detonación.
Carlos cayó al suelo.
Ragasse se habÃa detenido.
—¿Ha pescado usted algo, mi capitán?—preguntó ansioso mientras se elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la sombra como arenas movibles.
—Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio sin que tú hayas intervenido.
—¡Oh! mi capitán... mi capitán...
Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una descarga general.
Carlos estaba salvado.
Ragasse domado.
Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:
—Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?
Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más fiel.
Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la joven aprendÃa a considerar como hombres a aquellos desgraciados, escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina debajo de las cenizas.
Tan compasiva y dulce como valiente, tenÃa para todos la piedad que consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.
Por eso tenÃan todos por ella una admiración que sólo podÃa compararse con su respeto. El dÃa en que fueron libertados y tuvieron que separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos concedido a su petición, ni las liberales promesas del tÃo Dick, ni la distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.
Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.
—Si fuese yo una reina de otros tiempos, querrÃa condecorar a todos mis bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero os pido que llevéis sus colores en memoria mÃa.
Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un poco ajada, que adornaba su traje.
A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.
La tÃa Liette no habÃa vuelto a preguntar a Carlos si irÃa a Argicourt.
Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.
Y el joven se quedó encantado.
¡Querida tÃa Liette!
Su tÃa habÃa sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba las inconveniencias.
Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podÃa ya Carlos ser más realista que el rey ni habÃa ninguna razón para hacer el salvaje.
Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la navaja de afeitar para más seguridad.
—¿Está contento mi coronel?—decÃale su tÃa.
Liette pasaba largamente la inspección y se detenÃa en los menores detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de elección.
—Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un regalo—le dijo.
De la cómoda estilo Imperio en que dormÃan las reliquias del pasado, sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenÃa una cruz minúscula que era una verdadera joya artÃstica.
Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que acababa de ser condecorado. Era para mà un recuerdo doblemente precioso, y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.
Mientras ella le prendÃa la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por aquel pensamiento delicado que le unÃa más estrechamente aún a su familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.
—¡Oh! tÃa Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mÃ?...
—Siendo feliz, hijo mÃo—respondió Liette con una sonrisa tiernamente maternal.
SÃ, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir mientras el break que habÃa ido a buscarle, a él y a otros convidados, rodaba hacia Argicourt.
En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacerÃa tan divertida, en la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era perfecta y él pasarÃa un dÃa delicioso.
¿Un dÃa?
Digamos el dÃa, el solo, el único dÃa, el dÃa incomparable, casi tan raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira dos veces; el dÃa en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño, y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de luto; el dÃa en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón, modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia, siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que es el amor el director de escena; el dÃa siempre corto que pasa como una hora y las horas como minutos; el dÃa en que dos corazones, fundidos en uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:
—¡Ya!...
¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimÃa el pecho de los dos jinetes que volvÃan lentamente a la cacerÃa en las primeras sombras del crepúsculo, que no es ya el dÃa y no es todavÃa la noche, en que el sol se apaga y las estrellas no se encienden todavÃa, en que pasa un escalofrÃo helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se va para no volver; en la vaga melancolÃa de esa estación indecisa que no es ya el verano y no es todavÃa el invierno; en la que, por una suprema coqueterÃa, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.
Y los dos paseabanperdidos en los bosques.
¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo, tenÃan necesidad de dirigirse hacia la cacerÃa... Los dos jóvenes no participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:
Me gusta el son de la trompaen el fondo de los bosques.
Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa, ambos se callaban escuchando en el fondo de sà mismos el eco encantador de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados los menores incidentes de aquel dÃa inolvidable pronto a rodar al abismo del pasado.
Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los picadores, la joven se le habÃa aparecido como una castellana de los antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo lo demás se habÃa borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand» del tÃo Dick?... Carlos no sabÃa absolutamente nada. Deslumbrado y fascinado, no veÃa a nadie más que a ella ni oÃa más que su dulce voz, que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos dÃas, mi capitán!»
¡Dios mÃo! ¡Qué bonita la habÃa encontrado!
Tampoco a ella le habÃa parecido mal su brillante uniforme, realzado aún por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente que no montase, el joven habÃa sabido dominarle sin aparente esfuerzo.
—Se le debÃa llamar Ragasse—dijo la joven al ver al caballo domado obedeciendo dócilmente al jinete.
—¿Por qué?—preguntó el conde.
—Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted, capitán?
¡Si se acordaba!
No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discÃpula de usted le devuelve su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos de responder con un dejo de amargura:
—¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por elección.
—No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted—respondió la joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta respuesta tenÃa de desagradable...
...¡Después la cacerÃa! La embriaguez de galopar juntos al son de la trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás... Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguÃa a través del espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras arrugas de la frente del diplomático, mientras el tÃo Dick, poco seguro en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tÃo Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...
...Después, embriaguez mayor todavÃa, la entrada en la espesura para encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.
La hubiera seguido asà hasta el fin del mundo.
Y, sin embargo, todo le decÃa que debÃa huir de la peligrosa sirena...
Su razón le gritaba:
«¡Detente!... no vayas más lejos. El espÃritu es fuerte, pero la carne es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu corazón entre las malezas de los bosques.»
Su orgullo le gritaba:
«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearÃas. Es rica, y tú pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del camino.»
Pero su alma cantaba los versos de Musset:
Yo amo sin esperanzamas no sin felicidadla veo y es ya bastante.
Y esa felicidad fugitiva y efÃmera, de la que no se llevarÃa más que el recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debÃa sacrificarla a un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacÃa gozando de aquella querida presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?
Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo riendo, quizá para ocultar su confusión:
—Creo que nos hemos perdido.
—En efecto...
—¿Desea usted mucho encontrar el camino?
—Haremos lo que usted quiera.
—Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenÃa aún una razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.
El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que habÃa adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y ridÃculo...
—Es perfecto—dijo la joven,—para aquellos a quienes divierte. Yo prefiero gozar pacÃficamente del encanto de los bosques y de la conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en ellas algún hurón.
También era esta la opinión del capitán.
—Su tÃa de usted me ha gustado mucho, pero mucho—declaró la joven americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.—¿Es hermana de su madre de usted?
—No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tÃa Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos lazos naturales. Quiero a la tÃa Liette tanto como si fuera mi madre.
—Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no he tenido segunda madre. Mi tÃo es excelente y me quiere mucho, pero es un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada más, y es poco...
—¡Cómo! ¿Ni una parienta?
—SÃ, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tÃa...
—Y con razón; se lo debo todo...
—En mÃ, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino que establecer... «Hija mÃa, debÃas decir a tu tÃo...» ¡Oh! ya conocÃa la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se morÃa de asco; no he querido ya alrededor de mà más que mercenarios declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!
—SÃ, en eso está el escollo—murmuró el joven oficial.—Lo que atrae a los unos ahuyenta a los otros.
—¿Por qué?
—¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel que envenena su vida de usted, serÃa más cruel todavÃa para los que creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.
—Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca con el frÃo respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el dÃa en que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo servil destinado al que resulta al fin su amigo.
—SÃ, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la abnegación caballeresca del prÃncipe.
—Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el agradecimiento.
—Habla usted como la tÃa Liette.
—Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.
—«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...
—¿No pedirÃa usted entonces la mano de una heredera?—preguntó la joven valientemente.
El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y respondió con acento ahogado, pero firme:
—No, señorita.
Hubo un instante de silencio.
Eva azotaba nerviosamente con la fusta las hojas secas que quedaban todavÃa en las ramas muertas... Carlos se mordÃa el bigote oprimido por la conciencia de la palabra irreparable arrancada a su conciencia.
¿Quién sabÃa?
Acaso le amaba ya un poco, a él, que la amaba tan apasionadamente... Acaso su brutal franqueza habÃa helado la florecilla azul de un áspero frÃo de invierno. Acaso, al ahogar la declaración que asomaba a sus labios, habÃa sacrificado a un exceso de orgullo la dicha de Eva como su propia dicha... Y las hojas caÃdas no reverdecen más...
La trompa hizo oÃr a lo lejos su queja melancólica como un débil suspiro... De repente atravesó la calle y se deslizó entre las patas de los caballos un grueso reptil de larga cola y los dos caballos, asustados, hicieron una huida. Carlos permaneció firme en la silla, pero Eva fue arrancada violentamente de la suya y cayó al suelo, felizmente algodonado de musgo. Su grito de pavor fue ahogado por el de su compañero. Más rápido que el pensamiento, el joven, se tiró del caballo y levantó en sus robustos brazos a la linda desmayada.
—¡Eva! ¡Mi querida Eva!—exclamó transportado por irresistible entusiasmo.
¿HabÃa Eva perdido completamente el conocimiento? ¿Vibró en su oÃdo aquella llamada apasionada? ¿Vio a través de sus párpados cerrados aquella cara alterada e inclinada ansiosamente sobre la suya? ¿Adivinó la angustia de aquel corazón poseÃdo por ella y que querÃa en vano defenderse?
Un fugitivo rubor coloreó sus mejillas y una sonrisa pareció dibujarse en sus labios.
Después de todo era acaso un purpurino rayo de sol que jugueteaba entre las ramas...
Vuelta en sÃ, la joven declaró valientemente que querÃa continuar el paseo, pero en el momento de montar a caballo vio una cosa que relucÃa en la hierba pisada.
Era la crucecita regalo de la tÃa Liette.
—No me lo hubiera perdonado nunca, y con razón—exclamó la joven miss cuando Carlos le explicó el origen de la cruz.—Espere usted que se la prenda sólidamente.
Y con sus dedos un poco temblorosos prendió la alhaja de esponsales en el uniforme de Carlos, como lo hizo sin duda la pobre criolla cincuenta años antes.
¡Ahora podÃan ya sonar las trompas!
Era inútil preguntar a Carlos si estaba contento de aquel dÃa. Su dicha rebosaba como el champagne en una copa llena, y brillaba en el timbre de su voz, en el crujido de sus botas y en la antigua casa, poniendo la alegrÃa en todos los muros y una sonrisa en los seres y en las cosas. El mismo Breal le seguÃa con sus ojos de vidrio con tanta complacencia, que el joven estaba tentado por interpelarle directamente como en los tiempos en que siendo pequeño le tomaba por confidente de sus sueños infantiles.
¡Era dichoso!