Chapter 4

Ciertos síntomas insignificantes anunciábanle ya su próxima decadencia.

Las muchachas no interrumpían ya su charla al entrar él para dirigirle miradas de admiración; en cambio las madres le consultaban a menudo sobre sus jóvenes subordinados en busca de novia rica; le trataban como hombre serio, y el mismo embajador le llamaba a la mesa de juego diciéndole: «Venga usted, mi querido Candore; esto es propio de nuestra edad», aunque Su Excelencia no había pasado de los cuarenta...

Pero era uno de esos hombres que son ya maduros a los veinte años, y Raúl, que se creía más joven, no tomó la frase por un cumplimiento.

En fin, una noche, creyó oír a la marquesa de Luchessi pronunciar detrás del abanico el epíteto de «Viejo verde».

Evidentemente aquello no podía referirse a él (lo repetía muy alto para convencerse de ello), pero no había dejado de causarle una impresión tan desagradable como una ducha helada.

¿Iba él a representar el papel del tío Neris o tendría que resignarse a desistir de todo?...

Penosa alternativa para aquel incorregible vividor, mariposa de noche que prefería al aire puro de los bosques la atmósfera asfixiante de los salones, que volaba de flor en flor y se complacía en las intrigas femeninas como una vieja coqueta, pero sin renunciar a jugar su partida ni resignarse a pasar a la reserva.

Según la linda frase de María Leckzinsca, «Un cochero viejo gusta siempre de oír restañar el látigo.»

Pero a Raúl le gustaba más tenerlo por el mango...

Durante aquel período de desanimación y cansancio fue cuando conoció a miss Darling en la embajada de Inglaterra.

Era sobrina de un riquísimo americano, Ricardo Darling, que había empezado por correr con los pies descalzos por las calles nacientes de Chicago vendiendo a los albañiles unos pasteles cuyo aroma era su principal alimento; y diga lo que quiera don César de Bazán, «El olor del festín...» es poca comida para un estómago de diez años.

¿Cómo el pastelero se había elevado a una fortuna comparable con la de Menzikoff? Fue aquel un milagro de energía, de actividad y de audacia de los que son moneda corriente en el Nuevo Mundo.

Hoy, el tío Dick poseía una parte de la ciudad monstruo que había crecido con él y no por eso estaba orgulloso. Su único placer era no rehusar nada a su sobrina ni a su estómago.

—Tú puedes comprarlo todo, y yo también—declaraba con cándida fatuidad.

Desgraciadamente, hay cosas que no se compran, y ocurría con frecuencia que ante las maravillas gastronómicas que se amontonaban en su mesa, el tío Dick echaba de menos el tiempo en que no tenía más que el olor de sus pasteles... y un excelente apetito.

Educada con esa libertad de las americanas del Norte, que, en ella, lejos de degenerar en desvergüenza, era una tranquila conciencia de su fuerza, Eva se destacaba absolutamente en aquella sociedad cosmopolita en la que las antiguas familias romanas, lánguidas y agotadas, tratan de regenerarse al contacto de los jóvenes bárbaros, como Tiberio en Caprea, con esos baños de sangre impotentes para renovar la de sus venas.

Ridículos esfuerzos de un mundo que no quiere morir, y grotescas ilusiones de un mundo que, nacido de ayer y vacilando aún en los pañales, pretende iluminar el universo en las orillas del Tiber como en la rada de Nueva York.

En estas condiciones las personas se mezclan pero no se confunden; cada cual conserva sus cualidades y sus defectos, sus defectos sobre todo, como esos esposos desconfiados que reclaman los beneficios de la comunidad sin querer soportar sus cargas.

Como esos barrios nuevos edificados apresuradamente para la especulación, y ya derruidos sin la patina del tiempo, la joven colonia americana se agrieta y se hunde como la vieja aristocracia romana, la cual, al menos, se armoniza con las ruinas imponentes del Coliseo y del Capitolio en que descansa, todavía majestuosa, como un César expirante.

Miss Darling se destacaba en aquella sociedad ficticia por una nota muy personal: la sinceridad.

Tal como era, así se mostraba, sin ningún cuidado de la opinión ni del efecto que pudiera producir.

Cuando le gustaba una cosa, lo decía; y tampoco disimulaba lo que le inspiraba desprecio. Tenía lo que más falta en esta sociedad indecisa y flotante a pesar de su aplomo afectado: la solidez.

Solidez en su ingenio, en su corazón y en su juicio, así como en su personilla de buena apostura, que marchaba recta a través de la multitud con ese aplomo tan sencillo y tan natural más dominante que la audacia.

Su desprecio por los homenajes se los atraía más que a nadie y una palabra de aprobación o un gesto benévolo tenían más precio viniendo de ella que los más altos favores de las mujeres de moda.

El día en que, en el curso de una conversación, declaró al señor de Candore que no le gustaban los jóvenes, el diplomático sintió casi fatuidad por sus cincuenta años.

—¿Puedo preguntar a usted la razón de ese ostracismo, que, por desgracia, no se refiere a mí?—preguntó sonriendo.

—Es muy sencillo; para mí, el hombre no vale más que por sus actos. Ahora bien, por la fuerza de las cosas y salvo excepciones, los jóvenes no tienen detrás de sí más que la nada y se apoyan solamente en los méritos paternos, que les han hecho lo poco que son. Su mérito personal, a pesar de su soberbia confianza en este punto, no está todavía más que en el estado de esperanzas, y yo espero que se digne revelarse.

—¡Ah! miss Darling, la juventud es también un mérito que se aprecia mucho, sobre todo cuando está lejos.

—En una mujer, sí, como la belleza; pero en un hombre es cosa superflua. Siempre preferiré a unos cuantos belitres como sus agregados de embajada, príncipes del turf o reyes del cotillón, uno de esos reyes del petróleo de los que se ríen en Francia, pero cuya iniciativa, cuya actividad y cuya inteligencia alimentan millares de existencias, o un general viejo, como el príncipe de San Remo, que ha arriesgado veinte veces la suya.

—Pero es muy feo, señorita.

—Yo le encuentro guapo—declaró la joven con entusiasmo.

—¿Habrá que decírselo?

La joven se echó a reír y dijo con más seriedad:

—La verdad es que la edad no importa en la cuestión. Hay octogenarios sin bagajes, y Mozart y Bonaparte eran ya viejos de gloria a los treinta años.

—¡Ay! señorita, ¿hay que ser Mozart o Bonaparte para encontrar gracia con usted?

—No soy tan ambiciosa; no me gustan las nulidades, y nada más.

Nadie se considera como una nulidad. Candore, en particular, tenía una buena opinión de sí mismo y no retuvo de esta conversación más que la parte halagüeña:

La joven americana no temía la madurez.

Raúl, desde entonces, puso una especie de coquetería en confesar su edad y no discutió ya con el espejo la aparición de una arruga o de una cana.

Con el cigarro en la boca y las riendas sueltas en el cuello del caballo, Raúl se dirigía lentamente a Candore pensando en la fina silueta del joven capitán que había visto en la ventana y que había causado tan linda sonrisa en los labios de miss Darling...

¿Quién podía ser aquel muchacho?

—Un oficial de gran mérito y del más brillante porvenir—había respondido Eva con un entusiasmo nada disimulado y que ensombreció un poco la frente del diplomático.

Sin que pareciese que se daba cuenta de ello, la joven se había extendido largamente al hablar de las circunstancias novelescas de su encuentro en África, donde él había desplegado una admirable sangre fría y un raro valor para sacarla, a ella y a su tío, de las garras de una tribu de tuaregs en que se habían aventurado imprudentemente.

Por muy maravillosa que fuese la historia y graciosa la narradora, no encantó más que medianamente los oídos del oyente.

—¿Cómo se llamaba aquel héroe?

—El capitán Raynal.

—Raynal... Raynal...

El conde buscaba en vano en el fondo de su memoria.

Nunca Liette, bastante discreta, es cierto, ni su madre, bastante prolija sin embargo, le habían hablado de un pariente de ese nombre; creía su familia extinguida.

Guardando para él sus reflexiones, el conde escuchaba con creciente irritación aquel molesto elogio del que la joven miss no le dispensaba. Así fue que vio con una especie de alivio la verja del castillo de Argicourt, donde Eva estaba de temporada en casa de unos amigos comunes.

¡El, que se regocijaba por tal vecindad, sin haber previsto el tal militarcito!...

¿De dónde diablos había salido?

Raynal... El capitán Raynal...

Desde su matrimonio no había sabido nada de Liette...

La correspondencia entre ella y su antigua discípula se había ido acabando poco a poco, pues la una temía preguntar y la otra responder. Pronto la pluma se había caído de los dedos helados de la condesita, y el silencio se había producido.

En sus raras apariciones por Candore, el conde, movido por una especie de respeto involuntario, se había abstenido siempre de pronunciar el nombre de la empleada, a quien, por otra parte, había casi olvidado. Sabía solamente por algunas palabras en el aire recogidas al azar de las conversaciones, que se había negado siempre a dejar su puesto, prefiriendo ascender en él, y Raúl lo había atribuido a un recuerdo halagüeño para su persona.

—Pobre muchacha; estaba loca por mí—pensaba con indulgente fatuidad.

Y no se ocupaba más del asunto.

Hoy, la aparición de aquel buen mozo en la misma ventana de otro tiempo... turbaba sus ideas como una interrogación.

Su nombre, sus facciones, su edad, todo era materia de suposiciones y de hipótesis.

Siendo capitán y estando condecorado, debía de tener veinticinco o treinta años, aunque apenas los representaba.

A primera vista se parecía a Liette, evidentemente, no en el color de los ojos y del cabello ni en el corte de cara, sino en la expresión.

¿Y se llamaba Raynal?

¿Será que?...

El negro demonio de los malos pensamientos rozábale con su ala, y una sonrisa burlona respondía a las cejas fruncidas.

¿Será que?...

Tendría gracia...

¡Ella, que las echaba de virtuosa!

¿Habré yo hecho el tonto?

El conde arrojó el cigarro sin acabar con una cólera mezclada de despecho.

El amor propio, más vivaz que el amor, hacíale sentir su aguijón.

¿Se habría burlado de él?

¿Se le habría impuesto por una falsa dignidad y un pudor afectado, hasta el punto de obligarle a ofrecerle su nombre, siendo acaso indigna de él, y conservando la careta hasta el fin para robarle su estima y su respeto?

El conde iba montando en cólera y toda una antigua levadura de celos retrospectivos fermentaba de repente en el fondo de su ser estragado.

Raúl trataba de reírse.

¡Celoso yo!... ¡Y de una cincuentona!... Vamos allá, querido, tu reloj retrasa...

No, pero no quería ser engañado, y si sus sospechas eran fundadas, entonces...

Entonces, ¿qué?

¿Qué le importaba a él?

¿Iba a insultar a una mujer, él, un noble? ¿Y por qué?

¿A causa de aquel guapo oficial a quien sonreían las muchachas?

—Que no se ponga en mi camino—exclamó blandiendo el látigo con una violencia que hizo encabritarse a su caballo.

—Hola, sobrino... ¿Con quién diablos disputas?

El señor Neris, apoyado en su bastón, apareció en la linde del bosque.

El conde sujetó muy diestramente a su caballo y dijo echando pie a tierra:

—¿Quieres que volvamos juntos, tío?

—Con mucho gusto, amigo mío.

Púsose al brazo las riendas del caballo, penetró con su tío bajo las altas arboledas que rodeaban el castillo y siguió el mismo camino en que la pobre miss Dodson vertió tantas lágrimas veinticinco años antes.

—Veo que eres todavía un brillante jinete.

—Gracias a tus lecciones, tío. Tú fuiste quien me puso la primera vez a caballo.

—¡Ay! parece que te estoy viendo todavía con mi pobre Blanca. ¡Qué lejos está eso, Dios mío! Y después, cuántas penas...

Su blanca cabeza se inclinó sobre el pecho. Raúl se callaba, respetando aquel gran dolor.

—Esta mañana saliste muy temprano—dijo al fin el anciano haciendo un esfuerzo.

—Sí, he estado en Argicourt. Había prometido a miss Darling salir con ella a caballo, pues su tío está lejos de valer lo que el mío en punto a equitación. Hemos dado un buen paseo.

—Siempre es bueno un paseo dado con una mujer guapa...

—¿Te gusta miss Darling?

—Mucho. Es sencilla y natural; toda su persona denota una rectitud, una lealtad y un aplomo que no he encontrado en las demás.

—Me hacen feliz esos elogios, pues si yo me decidiera a llenar el vacío de mi hogar, querría mucho tener tu aprobación.

El octogenario se paró de repente.

—¿Piensas acaso?...

Su voz temblaba.

—¡Dios mío! ¿Por qué disimularlo? Ya sabe usted si he amado tiernamente a la querida criatura que el cielo me arrebató muy pronto...

—Pasemos adelante.

—La he llorado durante veinte años y he llevado lealmente su luto.

—Pasemos, pasemos.

—Pero al fin llega una hora en que no debe uno ya mirar detrás de sí y en que los minutos están contados para llenar nuestros deberes respecto del porvenir como respecto del pasado. Un noble no puede dejar extinguirse el nombre que ha recibido de sus antepasados para transmitírselo a sus descendientes.

—En una palabra, quieres casarte con miss Darling...

—Por la razón que te doy...

—¿La permanencia de la raza? Si esa fuera la única, ¿sería necesario recurrir a un matrimonio aventurado?... En la vida de un hombre de placer como tú... y como yo, por desgracia, hay faltas de la juventud que corresponde reparar a la vejez...

—¿Qué quiere usted decir?

—No tengo derecho para ser severo... Pero si hubieras dejado detrás de ti algún remordimiento...

Llegaban a un claro rodeado de hayas gigantes que el sol acribillaba con sus flechas de oro...

«Acuérdate» decía el astro ardiente con sus lenguas de fuego.

«Acuérdate» repetía el murmullo de los árboles, majestuosos testigos del pasado.

«Acuérdate» arrullaban las tórtolas produciendo su nota melancólica y tierna en el silencio de los grandes bosques.

Pero Raúl no se acordaba...

—No tengo ningún remordimiento, querido tío—respondió con desenvoltura.

Neris hizo un gesto vago.

—Eres muy feliz—dijo sencillamente.

Prodújose un momento de silencio.

—En fin, querido tío, si llegase el caso, ¿no tendría usted ninguna objeción seria contra miss Darling?—preguntó el conde, que no quería abandonar su asunto.

—Tiene veinte años y tú has pasado de cincuenta.

—Pero yo también soy como usted, tío mío, estoy construido a cal y canto; es una herencia del abuelo Neris que estoy lejos de despreciar.

—En lo físico, pase aún; pero en lo moral...

—A miss Darling no le gustan los jóvenes; me ha expuesto sus teorías sobre esto...

—Encontrará entonces, acaso, que lo eres demasiado—dijo el anciano con ligera ironía.

—En fin, no es su opinión probable lo que yo quiero conocer, querido tío, sino la tuya—respondió el diplomático con alguna impaciencia.

—Te lo repito, amigo mío; no he encontrado comparable con miss Darling más que una persona.

—¿Y era, si no es indiscreción?...

—Liette Raynal.

Raúl se mordió los labios.

En el estado de ánimo en que se encontraba, aquel nombre sonaba de un modo particularmente desagradable a su oído.

Pero no por eso perdió la ocasión de preguntar con maña:

—¿La institutriz de mi pobre Blanca? Sí, era una persona de mérito—añadió con indiferencia.—¿Qué ha sido de ella?

—Sigue en Candore.

—¿Empleada de Correos?

—Empleada de Correos.

—Por cierto que he creído ver una figura nueva al pasar por delante de la oficina; un militar...

—Es su hijo adoptivo... un pariente... el capitán Raynal.

El conde de Candore hizo sonar la lengua con expresión de duda.

—¿Crees tú en los hijos adoptivos, tío?

El anciano respondió con cierto dejo de severidad:

—Sí, sobrino, como en los hijos abandonados.

Liette estaba en su estrecha oficina viendo, como en el día lejano de su llegada al pueblo, desfilar todo el mundo por delante del ventanillo; pero la curiosidad no era para ella, y, en lugar del irritante malestar de otro tiempo, Liette sentía ahora una dulce satisfacción de orgullo maternal al oír los saludos al joven capitán de los viejos y viejas que le habían conocido niño.

El joven respondía con cordialidad, tratando de conocer en las jóvenes que salían de las vísperas y en los mozos que emprendían partidas de pelota o se iban a tirar al arco a los chicuelos dejados en el pueblo y a quienes se asombraba de encontrar cambiados como él. Y al volver los ojos al modesto interior, lo mismo la fría oficina que el salón de elegancias pasadas de moda, el capitán encontraba con placer infantil todos los muebles y todos los objetos familiares, todo, hasta el pobre Breal, primer compañero de sus juegos, disecado en memoria suya.

Nada había cambiado en aquel cuadro anticuado y envejecido, en el que sólo él no se reconocía cuando el espejo le enviaba la sombra de sus bigotes, justamente encima de su retrato con falda corta y con un tambor a sus pies.

Nada había cambiado, y la misma tía Liette, recta y menuda con su traje sencillo de lana, con su bello perfil de camafeo bajo el cabello apenas encanecido en las sienes y su mirada límpida que reflejaba la serenidad de su alma, la misma tía Liette había envejecido tan poco, que al preguntarle de repente Carlos:

—Tía Liette ¿cuándo vas a pedir tu jubilación?

La empleada respondió prorrumpiendo en una carcajada llena de juventud.

—¿Mi jubilación? Gracias a Dios, amigo mío, estoy todavía fuerte y espero evitar durante algunos años el ser arrinconada.

—Sin duda... Pero es precisamente por eso... Estás joven y activa... No temes los viajes... Y, por otra parte, eres hija y madre de soldado...

—Explícate...

—Oye. Quisiera tenerte más cerca de mí, tía Liette; mi sueldo bastaría para los dos... Quisiera que me siguieses a mis lejanas guarniciones como en otro tiempo a tu padre. Quisiera no tener sólo presente la imagen del hogar que has creado al huérfano, sino ese hogar mismo y la que es su alma. ¿No te gustaría volver a ver aquella tierra de África en que diste los primeros pasos?

Liette sonrió, dulcemente conmovida por esta delicadeza filial.

—Eres bueno y tierno, hijo mío, al pensar en mi soledad más aún que en la tuya; pero a mi edad no se rompen las costumbres de veinticinco años. Me atan a esta pobre aldea muchas cosas de las que no se llevan en la suela de los zapatos. En rigor, pudiera arrastrar conmigo tu cuna como las pobres «reliquias» de mi madre, pero no su tumba; y cuando se baja la cuesta de los cincuenta años los muertos atraen más aún que los vivos.

—Gracias a Dios, tía Liette, como decías hace un momento, estás buena y sana, y yo, que no vivo con mis recuerdos, desearía otra compañía.

—«No es bueno que el hombre esté solo», luego tu deseo es muy legítimo; pero no es una vieja como yo la que debe llenar el vacío de tu casa y de tu corazón... Necesitas una joven y linda compañera y hermosos hijos...

—De los que tú serás abuela.

—Es un papel que me gustará mucho, y quizá entonces pediré mi jubilación para estudiarle con descanso... pero no antes.

El joven se retorció el bigote con expresión distraída y su mirada vaga pareció buscar en el espacio una silueta fugitiva.

La tía Liette le observaba como al descuido.

—¿Está en camino, Carlos?—preguntó maliciosamente.

—No, todavía está en las nubes.

Y con una risa un poco forzada para ocultar su confusión, el joven dio un sonoro beso en la frente de la empleada.

—De modo que no es todavía esta vez cuando te llevo conmigo, tía Liette...

—¡Cómo! mal muchacho, ¿quieres llevarte a mi vecina?

Y el señor Hardoin que entraba le amenazaba alegremente con el dedo.

—Sí, padrino, y a usted también si quiere.

—¡Oh! si no dependiera más que de mí, daría con gusto la vuelta al mundo...

—¿Dejar el despacho? ¿Usted? ¡Imposible! Apuesto a que es el miedo del viaje de novios lo que le ha impedido a usted casarse.

—No se burle usted, mi capitán; no se es siempre soltero por gusto.

Y con un suspiro de los más elocuentes, echó una mirada de reproche a la tía Liette, que se sonreía a medias.

Después recostándose en una butaca y levantándose las gafas por la frente para mirar más a sus anchas las facciones varoniles del joven oficial, dijo:

—Vamos a ver, señor misterioso, ¿tienes la intención de hacerme redactar tu contrato?

—¿Yo? ¡Qué disparate!

—No encontrarías dificultades... No eran las siete de la mañana cuando el tío Griel, un ladino que tiene la costumbre de tratar los negocios al salir de la cama, vino a consultarme sobre la venta de su prado de Ognolles y me insinuó de paso que piensa dar a su hija cien mil francos de dote... y que la chica no detesta a los militares...

—¿La pequeña Irma, que tenía las manos tan rojas y la deplorable costumbre de pisar los moñigos de vaca?

—La pequeña Irma es ahora una joven que vuelve de Santa Clotilde con todos los diplomas y tan hecha a las buenas maneras, que desprecia soberanamente a los aldeanos, empezando por el bueno de su padre.

—Prefiero, entonces, la antigua Irma.

—El recaudador, por su parte, ha venido a tomar conmigo el vino blanco, menos por mi bodega que por su sobrina, cuyos méritos me ha ponderado durante la misa... Tienen que contar...

—Clarita... ¿No la pusieron de largo cuando yo estrené mis primeros calzones?

—Sí, pero los años de campaña se cuentan dobles y ella ha conservado la frescura de su nombre.

—Pongamos que estoy demasiado bronceado para ella, y no hablemos más del asunto.

—Pues no eres poco difícil...

—¿No hay nada más?—preguntó la tía Liette muy divertida.

—Como pasos oficiales, no hay más, y ya es bastante... Pero he recibido otras dos visitas, la una muy simpática... y la otra un poco menos.

—¿Cuáles?

—Eso, joven, es el secreto profesional. Busca y encontrarás. ¿Quién puede quererte bien?

—¿Y mal?—preguntó con inquietud Liette, a quien el notario respondió con una señal imperceptible.

La empleada, impaciente por saber, dijo:

—Oye, Carlos, debías hacer una visita al señor cura para presentarle tus respetos y tu cruz...

—Comprendido... A las órdenes de usted, mi comandante.

Y dando un beso a su madre adoptiva, le dijo al oído:

—Apuesto a que para ti no habrá secreto profesional.

Un instante después atravesaba la plaza con paso diligente e iba a llamar a casa del cura con gran admiración de los muchachos.

Liette, que le había seguido con tierna mirada, se volvió entonces hacia el notario.

—¿Qué hay?—le preguntó sin otro preámbulo.

—En primer lugar, cierto señor Darling, tío y tutor de una riquísima americana, actualmente en el castillo de Argicourt, y que parece querer muy bien a nuestro africano, a quien encontró en el curso de un viaje a Argelia, donde les prestó un señalado servicio...

—Y además...

—Además el conde de Candore, apasionado de la joven miss y a quien los laureles del capitán Raynal impiden dormir.

Liette se puso la mano en la frente cargada de pensamientos.

—¿Le ha preguntado a usted sobre Carlos?

—Sí, indirectamente y con cierta acritud, no se lo disimulo a usted.

—Y usted, ¿qué le respondió?

—Nada o poco más; y se marchó muy contrariado.

—Aquí tiene usted una complicación imprevista, amigo mío. Siento que Carlos esté aquí. Pero no importa; si se trata de su dicha, yo sabré defenderle.

—Le defenderemos—rectificó calurosamente el digno notario.

Cuando Carlos volvió encontró a su madre adoptiva ligeramente preocupada. Una nube fugitiva que se ponía algunas veces en sus tranquilas facciones obscurecía el brillo de sus bellos ojos, tiernamente fijos en él y en los que se leía una vaga alarma.

—Una carta para ti—dijo dándole un sobre blasonado.

El joven la abrió y la leyó rápidamente.

—Es una invitación del señor de Argicourt para un Rally-paper, el sábado.

—¿Vas a ir?

Carlos vaciló un momento.

—No, tía Liette; mi licencia es corta, y quiero dedicártela entera.

—Pero yo no quiero ser egoísta y privarte de los placeres de tu edad.

—¡Qué buena eres!

—No es más sino que te quiero mucho.

Carlos la contempló con enternecimiento.

¡Oh! sí, la tía Liette le amaba... ¡Y él a ella!

A aquella hora la oficina estaba cerrada, y libres de importunos, ambos gozaban de la intimidad del reposo dominical que adormecía al humilde pueblo. Sentado enfrente de ella en el saloncillo ajado y delante del almohadón en que Liette acababa de poner su cesto de labor, Carlos se creía vuelto a la niñez y una sensación de exquisita dulzura penetraba en su ser.

—Siempre te veo el mismo bordado, tía Liette. ¿Haces acaso lo que Penélope?

—No, señor burlón, no es la misma; pero no varío ni el dibujo ni los colores, y de este modo me parece que no envejezco y creo que vas a jugar con los ovillos o a ayudarme a devanar las madejas.

—Y soy todavía muy capaz. Prueba.

—No, ahora eres demasiado alto.

—Puedo bajarme.

Y se puso de rodillas con las manos extendidas.

—¡Loco!—dijo Liette, divertida y feliz, arrojándole un ovillo de lana...

Y mientras buscaba el nudo, le dijo insistiendo afectuosamente:

—¿Irás a Argicourt?

—Conozco muy poco a los dueños.

—¿No ha sido el barón tu camarada?

—Sí, pero en el regimiento se borran las distancias, y, rico o pobre, un oficial vale lo que otro... mientras que hoy el señor de Argicourt vive en sus tierras, rico y casado... con una extranjera según creo...

—Una americana del Norte...

—Que le ha hecho presentar la dimisión... Viven muy en grande según parece...

—Hacen la vida que exige su clase y la fortuna de su mujer.

—Sí, él no tenía más que su nombre.

—Ya es algo—respondió Liette con melancolía.

—¿No te parece, tía Liette, sin hablar mal de nadie, que es un poco humillante para un hombre el debérselo todo a su mujer?

El joven esperó la respuesta con un poco de ansiedad. Era tanta su deferencia por el juicio de aquella guía segura e impecable, que una palabra de su boca le parecía una sentencia sin apelación. Así fue que sintió una especie de alivio cuando ella le respondió con indulgencia:

—¿Por qué? Cuando no hay cálculo en ninguna de las dos partes, el corazón no conoce las balanzas. El que ama verdaderamente se da sin contar, y para las almas bien nacidas, el que da es todavía más obligado que el que recibe.

—Todo el mundo no lo juzga así...

—Todo el mundo no es perfecto y juzga con frecuencia a los demás según él mismo. Para mí es rebajarse el suponer gratuitamente una bajeza.

—Puede uno fiarse de ti en materia de honor, tía Liette. Sin embargo, yo preferiría una mujer que tuviese menos que yo.

—Es un escrúpulo honroso, pero un poco pueril, y la cuenta sería difícil de establecer. ¿En cuánto estimas tu cruz?

Carlos se calló, vencido y contento.

La madeja estaba devanada, pero el joven permanecía a los pies de su madre adoptiva, apoyado en su butaca como cuando siendo pequeño, venía a que le hiciera mimos. Liette, tiernamente maternal, jugaba distraídamente con los dorados del uniforme.

—Decididamente, ¿irás a Argicourt? ¿Te da miedo la linda castellana?

—No, no es eso, tía Liette; pero, francamente, me sería desagradable el ir a una casa donde tú no estás invitada...

—Tienes todas las delicadezas, hijo mío; pero yo no soy tu madre...

—Eres más todavía...

—No es lo mismo. Sólo la maternidad crea un lazo indisoluble y sagrado; el nuestro se puede desatar por mutuo consentimiento, sin indiferencia por mi parte ni ingratitud por la tuya.

—Jamás, tía Liette, y me das mucha pena al iniciar solamente tal idea.

—No es esa mi intención, pero pudieran presentarse unas circunstancias en las que no debiéramos ser obstáculo el uno para el otro... un matrimonio, por ejemplo. Recuerda que eres libre, como yo también lo soy.

—¡En seguida! Yo no te permitiría casarte sin mi consentimiento, aunque fuera con mi querido padrino...

—Entonces, soy más generosa que tú, y, llegado el caso, no llevarías una suegra en tu equipo.

—Pues yo te declaro que no me casaría jamás con una mujer que no te venerase como a su madre.

En este instante pasaron por la calle dos sombrillas en el fondo de una carretela, como un relámpago azul y rosa.

Un momento después se abrió la puerta y apareció en el umbral una graciosa aparición haciendo el saludo militar.

—¡Buenos días, mi capitán!

—¡Miss Darling!—exclamó vivamente el joven levantándose de un salto.

—¡La señora de Argicourt!—dijo la tía Liette dirigiéndose a la segunda visitante.

—Que pide a usted perdón por venir a sorprenderla de este modo; pero esta aturdida de Eva, mi más querida amiga, tenía empeño en serle a usted presentada.

—Mucho—apoyó claramente la aludida;—me han dicho muchas veces que me parecía a la tía Liette, e ignoraba si esto era un cumplimiento... Veo que lo es.

Y poniendo en este homenaje un respeto profundo que corregía su tono atrevido, la joven se inclinó delante de Liette conquistada y encantada.

—Puesto que está hecho el conocimiento por este lado, permítame usted que le presente a mi vez el capitán Raynal, señora baronesa—dijo la empleada dirigiendo una amable sonrisa a la linda niña.

—Sin habernos encontrado todavía, somos antiguos amigos, capitán—dijo la baronesa sentándose donde él le indicaba;—mi marido me ha hablado con frecuencia de usted como de uno de sus mejores amigos, y miss Darling ha apoyado aún sus elogios.

—Naturalmente, no puedo hablar mal de mi salvador. ¿No le ha contado a usted el caso, tía Liette?

—No valía la pena.

—Es usted muy modesto... Eso prueba que aprecia usted menos que yo la existencia, que yo tengo la debilidad de querer conservar... Figúrese usted, señorita, que mi tío y yo estábamos cautivos de una tribu de tuaregs... ¿Conoce usted a esa gente?... mucho color local... pero de relaciones poco sociables... Afortunadamente, el capitán, de vuelta de una expedición al Sur, supo por sus emisarios nuestra triste posición, y, sin importarle nuestra nacionalidad, lo que fue enteramente amable, consiguió librarnos con un puñado de bravos y nos ofreció una hospitalidad... francesa en su blockhaus. Pero, ¡ay! en la Argelia como en América, los blockhaus están hechos para ser bloqueados, y, al día siguiente, cayó sobre nosotros una nube de tuaregs como los saltamontes del desierto, ejecutando en nuestro honor un brillante tiroteo. Seguíamos estando prisioneros, aunque en mejor compañía.

—¡Oh! lo que es eso... Mi destacamento estaba compuesto de demonios casi tan negros como los que nos asediaban. Figúrate aquello, tía Liette.

—Nada de eso. Usted los calumnia; eran buenos muchachos y no sabían qué hacer para complacerme.

—Es que la presencia de usted los metamorfoseaba...

—No como Circe entonces.

—En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me halaga mucho, hoy sobre todo.

—¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio, hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y representaciones...

—¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la corneta?

—¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...

—¡No me lo habías dicho!

—¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta dirección.

—¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.

—También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted caer!...

—La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!

—Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!

Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella naturaleza tan igual a la suya.

Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.

—¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!—dijo a la joven con un impulso irresistible.

—Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.

—¿Se la figuraba usted así?

—No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta anteojos...

—¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van—protestó alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt, había oído las últimas palabras de aquel aparte.

—Pero no los oídos—observó maliciosamente la joven americana.—La verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.

—Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.

Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.

—¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?—preguntó la castellana con mucha amabilidad a Liette.

—Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.

—En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que estaba soltero.

—Muy amable para ti, mi pobre Jenny.

—Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el uniforme...

—Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?

—¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?

—¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre», decía Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado. ¿Verdad, tía Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tía Liette... Dispénseme usted, señorita, y permítame darle un beso sin embargo...

Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.

Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacío y frío.

Y, sin embargo, la tía Liette sigue allí, en su butaca.

Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habían conocido en África, eran de esas que crean en una semana una intimidad de veinte años.

Ya, hacía algún tiempo, habían balsado juntos en un baile del gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases de salón, «se habían cruzado sin verse», según el refrán melancólico, secreto de tantos destinos fracasados.

Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podía ser su tumba, en el roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas cualidades, habían aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se habían quedado en eso.

Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno en su lugar.

La rica americana y el joven oficial no podían menos de ganar en ese contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro habían seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efímera, la duración de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una de las cuales podía ser la última, sus almas no temían mostrarse al desnudo.

Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna, amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces que le estaban prometidos.

Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor por la fuerza del ejemplo.

Lo que no era siempre fácil.

Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más de una vez con el cepo.

Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más que la ocasión de estallar...

Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar claramente estas palabras:

—El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos que canta un gallo.

Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de repente la puerta...

Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada de su jefe...

¿Qué hacer?

Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.

Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.

Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.

Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría ya límites.

Esta vacilación no duró más que un relámpago.

—Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa—dijo Carlos muy tranquilo.

Todos dieron un paso adelante.

—¡Ragasse!—gritó el capitán en tono breve.

—Presente.

—Sígame usted.

Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.

Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los bolsillos.

—Si estaba detrás de la puerta—dijo con malicia,—no le disgustará desembarazarse de mí...

Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.

Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los muertos del día, no recogidos aún por los árabes.

—Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?

Y se lo echó a la espalda, diciendo:

—Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de Saint-Denis...

El capitán hizo formar el círculo.

—Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.

—¡Bueno!—murmuró el soldado,—esa orden del día le gustará a él más que a mí.

—Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando—añadió Carlos.

Ragasse se detuvo sorprendido.

—¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?

—¿Por qué no?—respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara mirada.

Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.

El otro le siguió como un perro.

Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...

¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes tenían buena espalda.

Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado fácil...

Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.

En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades; no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de su lealtad...

Y humillado y furioso decía con rabia:

—¡No puedo!...

De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.

—Llene usted el saco—dijo el oficial.

En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía; inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...

De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.

Ragasse dio un salto.

—¡Mi capitán! ¿No está usted herido?

—No, tiene que volver a empezar—respondió Carlos tranquilamente.

Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:

—Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.

—¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?

—Sí, mi capitán.

—Entonces, en retirada; de prisa.

Dieron unos cuantos pasos.

Hacia la izquierda sonó otra detonación.

Carlos cayó al suelo.

Ragasse se había detenido.

—¿Ha pescado usted algo, mi capitán?—preguntó ansioso mientras se elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la sombra como arenas movibles.

—Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio sin que tú hayas intervenido.

—¡Oh! mi capitán... mi capitán...

Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una descarga general.

Carlos estaba salvado.

Ragasse domado.

Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:

—Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?

Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más fiel.

Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados, escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina debajo de las cenizas.

Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.

Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.

Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.

—Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero os pido que llevéis sus colores en memoria mía.

Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un poco ajada, que adornaba su traje.

A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.

La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.

Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.

Y el joven se quedó encantado.

¡Querida tía Liette!

Su tía había sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba las inconveniencias.

Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podía ya Carlos ser más realista que el rey ni había ninguna razón para hacer el salvaje.

Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la navaja de afeitar para más seguridad.

—¿Está contento mi coronel?—decíale su tía.

Liette pasaba largamente la inspección y se detenía en los menores detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de elección.

—Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un regalo—le dijo.

De la cómoda estilo Imperio en que dormían las reliquias del pasado, sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenía una cruz minúscula que era una verdadera joya artística.

Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que acababa de ser condecorado. Era para mí un recuerdo doblemente precioso, y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.

Mientras ella le prendía la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por aquel pensamiento delicado que le unía más estrechamente aún a su familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.

—¡Oh! tía Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mí?...

—Siendo feliz, hijo mío—respondió Liette con una sonrisa tiernamente maternal.

Sí, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir mientras el break que había ido a buscarle, a él y a otros convidados, rodaba hacia Argicourt.

En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacería tan divertida, en la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era perfecta y él pasaría un día delicioso.

¿Un día?

Digamos el día, el solo, el único día, el día incomparable, casi tan raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira dos veces; el día en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño, y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de luto; el día en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón, modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia, siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que es el amor el director de escena; el día siempre corto que pasa como una hora y las horas como minutos; el día en que dos corazones, fundidos en uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:

—¡Ya!...

¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimía el pecho de los dos jinetes que volvían lentamente a la cacería en las primeras sombras del crepúsculo, que no es ya el día y no es todavía la noche, en que el sol se apaga y las estrellas no se encienden todavía, en que pasa un escalofrío helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se va para no volver; en la vaga melancolía de esa estación indecisa que no es ya el verano y no es todavía el invierno; en la que, por una suprema coquetería, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.

Y los dos paseabanperdidos en los bosques.

¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo, tenían necesidad de dirigirse hacia la cacería... Los dos jóvenes no participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:

Me gusta el son de la trompaen el fondo de los bosques.

Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa, ambos se callaban escuchando en el fondo de sí mismos el eco encantador de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados los menores incidentes de aquel día inolvidable pronto a rodar al abismo del pasado.

Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los picadores, la joven se le había aparecido como una castellana de los antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo lo demás se había borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand» del tío Dick?... Carlos no sabía absolutamente nada. Deslumbrado y fascinado, no veía a nadie más que a ella ni oía más que su dulce voz, que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos días, mi capitán!»

¡Dios mío! ¡Qué bonita la había encontrado!

Tampoco a ella le había parecido mal su brillante uniforme, realzado aún por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente que no montase, el joven había sabido dominarle sin aparente esfuerzo.

—Se le debía llamar Ragasse—dijo la joven al ver al caballo domado obedeciendo dócilmente al jinete.

—¿Por qué?—preguntó el conde.

—Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted, capitán?

¡Si se acordaba!

No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discípula de usted le devuelve su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos de responder con un dejo de amargura:

—¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por elección.

—No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted—respondió la joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta respuesta tenía de desagradable...

...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás... Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...

...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.

La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.

Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...

Su razón le gritaba:

«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu corazón entre las malezas de los bosques.»

Su orgullo le gritaba:

«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del camino.»

Pero su alma cantaba los versos de Musset:

Yo amo sin esperanzamas no sin felicidadla veo y es ya bastante.

Y esa felicidad fugitiva y efímera, de la que no se llevaría más que el recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debía sacrificarla a un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacía gozando de aquella querida presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?

Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo riendo, quizá para ocultar su confusión:

—Creo que nos hemos perdido.

—En efecto...

—¿Desea usted mucho encontrar el camino?

—Haremos lo que usted quiera.

—Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenía aún una razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.

El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que había adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y ridículo...

—Es perfecto—dijo la joven,—para aquellos a quienes divierte. Yo prefiero gozar pacíficamente del encanto de los bosques y de la conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en ellas algún hurón.

También era esta la opinión del capitán.

—Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho—declaró la joven americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.—¿Es hermana de su madre de usted?

—No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.

—Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada más, y es poco...

—¡Cómo! ¿Ni una parienta?

—Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...

—Y con razón; se lo debo todo...

—En mí, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino que establecer... «Hija mía, debías decir a tu tío...» ¡Oh! ya conocía la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se moría de asco; no he querido ya alrededor de mí más que mercenarios declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!

—Sí, en eso está el escollo—murmuró el joven oficial.—Lo que atrae a los unos ahuyenta a los otros.

—¿Por qué?

—¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel que envenena su vida de usted, sería más cruel todavía para los que creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.

—Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca con el frío respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el día en que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo servil destinado al que resulta al fin su amigo.

—Sí, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la abnegación caballeresca del príncipe.

—Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el agradecimiento.

—Habla usted como la tía Liette.

—Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.

—«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...

—¿No pediría usted entonces la mano de una heredera?—preguntó la joven valientemente.

El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y respondió con acento ahogado, pero firme:

—No, señorita.

Hubo un instante de silencio.

Eva azotaba nerviosamente con la fusta las hojas secas que quedaban todavía en las ramas muertas... Carlos se mordía el bigote oprimido por la conciencia de la palabra irreparable arrancada a su conciencia.

¿Quién sabía?

Acaso le amaba ya un poco, a él, que la amaba tan apasionadamente... Acaso su brutal franqueza había helado la florecilla azul de un áspero frío de invierno. Acaso, al ahogar la declaración que asomaba a sus labios, había sacrificado a un exceso de orgullo la dicha de Eva como su propia dicha... Y las hojas caídas no reverdecen más...

La trompa hizo oír a lo lejos su queja melancólica como un débil suspiro... De repente atravesó la calle y se deslizó entre las patas de los caballos un grueso reptil de larga cola y los dos caballos, asustados, hicieron una huida. Carlos permaneció firme en la silla, pero Eva fue arrancada violentamente de la suya y cayó al suelo, felizmente algodonado de musgo. Su grito de pavor fue ahogado por el de su compañero. Más rápido que el pensamiento, el joven, se tiró del caballo y levantó en sus robustos brazos a la linda desmayada.

—¡Eva! ¡Mi querida Eva!—exclamó transportado por irresistible entusiasmo.

¿Había Eva perdido completamente el conocimiento? ¿Vibró en su oído aquella llamada apasionada? ¿Vio a través de sus párpados cerrados aquella cara alterada e inclinada ansiosamente sobre la suya? ¿Adivinó la angustia de aquel corazón poseído por ella y que quería en vano defenderse?

Un fugitivo rubor coloreó sus mejillas y una sonrisa pareció dibujarse en sus labios.

Después de todo era acaso un purpurino rayo de sol que jugueteaba entre las ramas...

Vuelta en sí, la joven declaró valientemente que quería continuar el paseo, pero en el momento de montar a caballo vio una cosa que relucía en la hierba pisada.

Era la crucecita regalo de la tía Liette.

—No me lo hubiera perdonado nunca, y con razón—exclamó la joven miss cuando Carlos le explicó el origen de la cruz.—Espere usted que se la prenda sólidamente.

Y con sus dedos un poco temblorosos prendió la alhaja de esponsales en el uniforme de Carlos, como lo hizo sin duda la pobre criolla cincuenta años antes.

¡Ahora podían ya sonar las trompas!

Era inútil preguntar a Carlos si estaba contento de aquel día. Su dicha rebosaba como el champagne en una copa llena, y brillaba en el timbre de su voz, en el crujido de sus botas y en la antigua casa, poniendo la alegría en todos los muros y una sonrisa en los seres y en las cosas. El mismo Breal le seguía con sus ojos de vidrio con tanta complacencia, que el joven estaba tentado por interpelarle directamente como en los tiempos en que siendo pequeño le tomaba por confidente de sus sueños infantiles.

¡Era dichoso!


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