La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza.¡Sigamos! (Después de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su embotamiento.
La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza.¡Sigamos! (Después de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su embotamiento.
LINE (estirándose).—¡Ay, querido mío...!
LIONEL.—¡Gatita mía...! ¡Mi comadreja...! ¡Mi conejito...!
LINE.—¡Calla...! ¡Yo conozco eso...! ¡Eso es de La Fontaine...!
LIONEL.—Sí; el fabulista halló todos los bonitos nombres de amor que se toman prestados de los animales...
LINE.—¡Oye...! Me parece que es ya «el oporto menos cinco».
LIONEL (saltando al suelo y poniéndose el pijama).—¡El oporto de la señora se ha adelantado...! (Corre a un velador y trae dos vasos y una botella.)
LINE.—¡Muy poco...! ¡Medio vaso...! Prefiero tomar cuatro medios vasos a tomar uno lleno. ¡Dios mío, que hambre tengo...!
LIONEL.—¡Todavía quedan pastelillos...!
LINE.—¡Gracias...! ¡Hazte cargo...! Este curso de Cocina me había dejado vacía. Porque todavía no te he contado cómo se fabrica el pollo a la Trevoux... ¡Es delicioso...! Según te iba diciendo, coges tu pollo y le quitas los huesos... ¡Haz el favor de tener las manos quietas...!
LIONEL.—¿Y qué más...?
LINE.—Lo recoses después de haberlo rellenado con un picadillo de tocino de pecho, en pedacitos, con menudillos, setas, trufas, unos trozos de naranja, unapizca de perejil y la carne machacada de dos pajarillos. Haces cocer tu pollo, en un hornillo económico, suavemente.
LIONEL.—¡Y después te lo comes...!
LINE.—¡Todavía no...! ¡El pollo no es nada...! ¡La salsa es todo...!
LIONEL.—¡Lo sospechaba...!
LINE.—Antes has hecho un buen caldo de pollo.
LIONEL.—¿Con otro pollo...?
LINE.—¡Naturalmente...! Das éste a la cocina; no has guardado de él mas que los menudillos para aumentar el relleno del pollo número uno. El maestro nos ha recomendado mucho que pongamos toda nuestra atención en este caldo... ¡Y ahora resulta que ya no me acuerdo...! ¡Qué coraje...! ¡Quería prepararte este plato para el jueves...!
LIONEL.—¡Es verdad...! ¡El jueves como con tu marido!
LINE.—¡Bah! No pongas esa cara tan seria. ¡No te van a envenenar...! Y, además, me divertirá saborear contigo un plato del que hemos hablado en circunstancias tan particulares... Espero que mi cocinera recordará la manera de hacer la salsa.
LIONEL.—Yo también lo espero. ¡Tu famoso plato va a resultar incomestible...!
LINE.—Te chuparás los dedos y pensarás: «Mi querida estaba en camisa. ¡Cuánto nos habíamos amado...! ¡Y este severo señor no sospecha nada...!»
LIONEL.—¡Eres sádica...!
LINE.—Vamos a ver... ¡Ya deben ser cerca de las siete...! Tengo que vestirme... ¡Vuelve para acá el reloj de viaje...!
LIONEL (obedeciendo y enseñándole la esfera del mencionado reloj).—Mira...
LINE (brincando).—¿Qué? ¡Son las ocho menos diez...! ¡Y no estoy vestida...! ¿Y qué voy yo a decir, Dios mío...?
Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas egoístas, que pierden la noción del tiempo.
Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas egoístas, que pierden la noción del tiempo.
LIONEL (compasivo).—¿Qué quieres que le haga...? ¡Era tan dichoso...!
LINE.—¡No digas una sola palabra...! ¡Te mordería...! ¡Me siento furiosa...! ¡Y habrás adelantado mucho...! ¡Mi marido será víctima otra vez de una crisis de celos, no me dejará ya salir sola y yo no podré explicarte el pollo a la Machin!
LIONEL (contrito).—¡Line...! ¡Lineta mía...!
LINE.—Tu Lineta está que echa espuma... Dame el corpiño y procura abrochármelo ligero... ¿lo oyes?
LIONEL (muy humilde).—¡Ya..., ya está...!
LINE (peinándose).—¡Ea! Ya no tengo aspecto de mujer adúltera, ¿verdad?
LIONEL.—¡No mucho...! ¡Unicamente los ojos...!
LINE.—¡Los ojos no tienen importancia...! ¡Con tal de que encuentre untaxi...! ¡Oh, San Antonio de Padua...! ¡Tú, que lo encuentras todo, encuéntrame también untaxi...!
LIONEL.—¡Se lo diré a la portera...!
LINE.—¡No..., no...! ¡No hay tiempo...! ¡Hasta el lunes, querido mío...! Estudiaremos la «codorniz sobre el canapé».
La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a su discípula.
La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a su discípula.
LA CONDESA.—Usted, querida mía, desea amueblar su palacio; hubiera podido llevarla a casa de algún afamado tapicero, que le habría proporcionado un decorado cualquiera; usted hubiera tenido eseinterior banal que se ve en casa de todos los nuevos ricos. Yo he preferido traerla a casa de la señora Maschine.
LUCY.—¿Quién es ésta...? ¿Una tapicera...?
LA CONDESA.—¡Quia! ¡No...! Es una mujer de la mejor sociedad. Es la viuda del célebre barón ruso Maschine, que fué muerto en Petrogrado cuando la primera revolución. El barón, que había sido locamente rico, habíase arruinado, en parte, por satisfacer los gustos dispensiosos de su esposa; cuando murió, mi amiga Maschine descubrió súbitamente su pobreza. Como era muy linda...
LUCY (acabando la frase).—¿Se dedicó a la vida alegre...?
LA CONDESA.—¡Se equivoca usted! ¡Era una mujer honrada en toda la extensión de la palabra...! Tomó un amante; pero, al mismo tiempo, tomó un oficio que no lo parecía. Como era muy artista, hízose de improviso profesora de decorado práctico. Va usted a serle presentada, porque le he pedido una cita y nos espera. ¡Ya verá usted...! ¡Es una mujer exquisita...! ¿Subimos...?
Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso. La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una elegancia discreta. Presentaciones.
Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso. La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una elegancia discreta. Presentaciones.
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Encantada de conocerla, señora...! La señora condesa Rabat me ha dicho que deseaba usted consultarme...
LUCY.—Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era... (Decidiéndose.) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva rica...!
LA SEÑORA MASCHINE (sonriente).—¡No hay ningún mal en ello, señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!
LUCY.—Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos; era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los días, a la misma hora, se presentaba y me compraba elmismo trajecito. Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Como declaración, resulta bastante original...!
LUCY.—¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo sorprendida que me quedaría...! El mostróse muychicy no me propuso nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle; arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría. «¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones! ¡El pobre papá no volvía de su asombro...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!
LUCY.—Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las tiendas. ¡Me lo compraría todo...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...
LUCY.—¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante; pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este asunto.
LA SEÑORA MASCHINE.—No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La habitación más importante...
LUCY (aturdida).—¿Es la alcoba...?
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...! (Conduce a las damas a una habitación muy clara.) ¡Aquí está! Usted ha elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono neutro.
LUCY.—¿Y por qué sin ramajes...!
LA SEÑORA MASCHINE.—Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda usteddel reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas, cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista. La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de allí los divanes y laschaises longues, donde se sienten tentaciones de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes, adornados con doseles del sigloXVIII, que se llenan de polvo y atraen los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello. Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá una luz sobre la mesita colocada a su lado...
LUCY.—¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo. Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee, usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemosalsommier; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan. Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar conciliador.
LUCY.—¡No está mal...!
LA SEÑORA MASCHINE.—Una recomendación: procure no amueblar ninguna habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...! Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el comedor... ¡Vengan ustedes...!
(Van al comedor.)
(Van al comedor.)
LUCY.—¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...? Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita usted una mesa especial para esto...?¿Tiene usted unos aparadores para poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión. El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.
LUCY.—¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!
LA SEÑORA MASCHINE.—Las mesas están en la repostería; se traen en el último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera. Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidadosel aderezo de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos catadores que usted reciba.
LUCY.—¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?
LA SEÑORA MASCHINE.—Al salón. Esta es la habitación menos interesante, porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los maestros y losbibelots. Convendrá que se procure usted una colección de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas, que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, lamise en scènenecesaria; un pequeñobureau, en el que pensarán que escribe usted. En el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».
LUCY (tímida).—¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Está usted un poco retrasada en cuestión de modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento debaile. Los tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa depoker, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!
LUCY.—Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.
LA SEÑORA MASCHINE.—Lo dejaba para lo último. (Nuevo viaje; entran en una amplia sala, muy alegre.) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos. Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el chocolate reparador. Más lejos hay un pequeñobureau, su verdaderobureau, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, lacoiffeuse; no necesito describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el calientabaños...
LUCY.—¿Por qué?
LA SEÑORA MASCHINE.—Porque es un instrumento caprichoso y variable. No calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios. Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por esta calamidad del calientabaños.
LUCY.—¿Y si recurriera a la calefacción central...?
LA SEÑORA MASCHINE.—No tendría nunca agua caliente a la hora que la deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más, cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará usted al marido vacilante...
LUCY.—Espero que el señor Mers no vacilará nunca...
LA SEÑORA MASCHINE.—¡Quién sabe...! Acuérdeseusted de mi consejo: cuide mucho el tocador. (Un silencio.) Ahora, señoras, ya sólo me falta enseñarles el recibimiento.
LUCY.—¿La antesala...?
(Nuevo viaje.
(Nuevo viaje.
LA SEÑORA MASCHINE.—¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar, arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana. Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero, todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.
LUCY.—Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.
LA SEÑORA MASCHINE.—Rechazo su proposición; en primer lugar, porque este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque ya está vendido.
LUCY (desolada).—Entonces, ¿me abandona usted...?
LA SEÑORA MASCHINE.—Déjeme continuar: mañana iré a visitar su palacio. No se preocupe usted de la instalación; yo me encargo de ella. Le costará doscientos mil francos a precio alzado; pero dentro de veinte días estará usted en su verdadero hogar, que será todavía más cordial que éste.
LUCY.—Una última pregunta. ¿Qué tal es el hogar de usted, que se dedica a adornar los hogares del prójimo...?
LA SEÑORA MASCHINE.—¿Mi hogar...? Yo vivo en un hotel.
La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos; veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la «H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal, que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidasde blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso. Están vestidas de enfermeras.
La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos; veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la «H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal, que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidasde blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso. Están vestidas de enfermeras.
VERA.—Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera... Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.
LA GENERALA (una comadre gruesa y canosa; pero de modales autoritarios).—¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En fin...! ¿A qué se dedica su padre...?
SITA (tímida).—Mi padre es director de las Forjas de Commentry-Yapamieux.
LA GENERALA (ya más amable).—¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene usted vocación...?
SITA.—Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos, a inclinarme sobre los dolores.
LA GENERALA.—¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.
SITA.—Siento dentro de mí algo como un apostolado...
LA GENERALA.—¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida; antes hay que seguir los cursos...
SITA.—Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.
LA GENERALA.—Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos, como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.—¿Quién es esa dama?
LA GENERALA.—Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no hubiéramos tenido un solo herido...!
SITA.—¿De veras...?
LA GENERALA.—¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.
SITA.—¡Parece que usted no la quiere mucho...!
LA GENERALA.—La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están contra mí...
SITA (ingenua).—¿Es que hay dos partidos...?
LA GENERALA.—Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su palacio y no se le pide más.
VERA (acercándose).—Generala: la llaman en el economato...
LA GENERALA.—¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (Ella desaparece, moviendo las caderas.)
VERA.—He tomado este pretexto para alejarla de aquí. Mientras se entretiene, le presentaré a la patrona mayor, la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.—¡Yo no sé si debo...!
VERA.—Hija mía: en nuestro sacerdocio, lo mismo que en los otros, hay que estar bien con todo el mundo; de lo contrario, aunque ponga usted en ello toda su buena voluntad, no llegará a ser nada... ¡Ah...! ¡Aquí llega nuestra querida presidenta...!
Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama, sinedad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de compasión. Vera le presenta a Sita.
Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama, sinedad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de compasión. Vera le presenta a Sita.
LA MARQUESA.—¡Ah...! ¡Perfectamente...! ¡La señorita Volanges...! Su padre hizo un donativo importante a nuestra Obra, y yo le di las gracias con una carta personal. Los grandes industriales han comprendido que debían ayudar a las víctimas de esta guerra, que sirvió para favorecerlos. ¿Viene usted a unirse a nuestras abnegadas hijas...? ¡Muchas gracias...! Entonces voy a indicarle el camino que deberá seguir. No se atenga usted demasiado a la parte práctica; nosotras formamos aquí mujeres capaces de suplir a los médicos cuando éstos se encuentran lejos. Deberá usted trabajar y seguir nuestros cursos con asiduidad. Las damas que escucharon mis consejos serían capaces de sufrir el examen del internado. La generala le dirá a usted que sus funciones son las de una muchacha de sala. Esta pobre criatura se equivoca; si se la hubiera hecho caso, nuestra Casa no existiría ya. Yo soy quien reclutó los cirujanos y los profesores más famosos. Si tenemos en nuestra Casa las más nobles lumbreras de la Ciencia, es gracias a mí. Ayer me di la maña suficiente para engatusar al renombrado práctico Moumel, que desea dejar a las «Damas de Aquitania» para operar en nuestro santuario; me prometió, además, explicar un curso de Rinoplastia y de Estomatología dos veces a la semana. ¿Sabe usted lo que son estas dos ciencias...?
SITA.—¿No tienen por objeto restaurar los semblantes de los heridos en el rostro...?
LA MARQUESA.—¡Eso es...! Veo que tiene usted ya conocimientos quirúrgicos. Siento que no nos hayan enviado heridos del rostro; como siempre, la generala se ha conducido tan torpemente, que nos vemos privados de tan interesantes heridos. El curso del profesor Moumel será, sin embargo, muy cautivador, aunque sólo sea teórico. Las aplicaciones de la ciencia quirúrgica no se pierden nunca; si usted no se aprovecha inmediatamente de estas lecciones, puesto que ya terminó la guerra, podrá utilizar su beneficio cuando llegue el próximo conflicto europeo.
SITA (aterrorizada).—¡Por Dios, señora...! ¿Piensa usted que una nueva catástrofe...?
LA MARQUESA.—Yo veo claro y ya tengo descontada una nueva conflagración mundial. Para nosotras, lo mismo que para los militares, la guerra es una ocasión de sacrificio y de actividad. ¡Dios me libre de desearla! La creo fatal y quiero preparar un equipo de mujeres superiores, que suplirán a los hombres de ciencia. ¡Ah! Le advierto que no quiero enfermeras demasiado elegantes. ¡Nada de rojo en los labios, ni de pintura, ni de vestidos de carnaval, ni de perfumes...!
SITA (disgustada).—Señora presidenta: yo no tenía esa intención...
LA MARQUESA.—¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias. Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospitalmodelo. Una advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están conmigo están contra mí...
SITA (perpleja).—¡Muy bien, señora presidenta...!
LA MARQUESA.—Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija mía...!
Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha.
Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha.
VERA.—¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?
SITA.—¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me fastidiará todo lo que pueda.
VERA.—Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir. Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.
Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita.
Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita.
LA ENFERMERA.—¿Espera usted a alguien, señorita...?
SITA.—¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.
LA ENFERMERA.—¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!
SITA.—¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?
LA ENFERMERA.—Es la primera impresión que se experimenta. Luego se acostumbra una...
SITA (por decir alguna cosa).—Estas damas son muy agradables...
LA ENFERMERA.—¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una cofia para chismorrear más a gusto.
SITA.—¿Hay aquí chismes?
LA ENFERMERA.—¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!
SITA.—¡Es horrible...!
LA ENFERMERA.—¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les ofrece higiene y laotra les brinda operaciones. ¡Bonito tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el amor...!
SITA.—¿El amor para los moribundos...?
LA ENFERMERA.—¿Qué duda cabe...? Si yo fuera la dueña, querría que todos los heridos viviesen en un sueño espléndido. ¡Que las enfermeras, sin excepción, fuesen lindas y cariñosas...! No prohibiría ni el tango ni el flirteo. Ponga usted aparte los atacados de altas fiebres. Los demás tienen un padecimiento terrible: el aburrimiento. Devuelva usted al convaleciente el placer de vivir, el amor; esto vale más que las partidas depiqueto de malilla a pública subasta o que la lectura de la última novela salida a luz. Querría que todas las enfermeras fueran enamoradas, criaturas lindamente adornadas y vestidas por los grandes modistos...
SITA.—Hay también un músculo que se llama el gran sartorio...[3].
LA ENFERMERA.—¡Es usted ya demasiado sabia, señorita...! Los infortunados que usted cuidará no tienen necesidad de su ciencia; reclaman solamente su gracia. ¡Amelos! ¡Proporcione a los que sufren la ilusión de una tierna novela! ¡No sienta usted ninguna curiosidad fisiológica...! Procure curar solamente su parte moral. Hay que distraer a estos niños grandes con pasioncillas. Cuando el pensionistase levanta, usted, sublime comedianta, le hará una reverencia. De todas formas, lo habrá salvado de la desesperación y del tedio; habrá suscitado usted en él la voluntad de vivir, que es el auxiliar más eficaz del médico. Le advierto que estosresucitadosson luego muy embarazosos... ¡No importa...! Volvieron a ser hombres, y, por consiguiente, hay ya medios para hacerles entrar en razón. Hija mía: yo soy en esta Casa la última entre las últimas; pero tengo lo que falta a todas estas damas: sentido común... ¡Le enseñarán el espica del brazo y el galeno de la cabeza...!
SITA.—¡Los conozco...! Son vendajes.
LA ENFERMERA.—¡Está usted muy enterada para su edad...! ¡No importa...! Lave las escudillas, desinfecte el instrumental, dé vueltas a las vendas según está ordenado; pero no olvide usted que es mujer y que su ternura es la que cura todos los males. Un herido que se enamora de su enfermera adopta en seguida la resolución de sanar; es dócil, se presta a todas las operaciones, no recrimina y piensa, mientras se le cura: «¡Es por ella...!» Sea usted coqueta y dulce. ¡Sea elegante...! ¡Perfúmese...! ¡Es necesario...! ¡Esto forma parte de sus deberes...!
SITA.—¡No es así, señora, como se me presentaban mis funciones de enfermera...!
LA ENFERMERA.—¡Mal hecho...! Mire usted la decoración en que ha de ejercitar sus facultades: es un palacio, que abrigó las fiestas más hermosas de antes de la guerra. Su decoración fué pensada para gentes dichosas. El marido partió para la guerra en los primeros días de la movilización; abandonó este interior,que todos los artistas habían exornado para deleite de los ojos; la mujer quiso que este hogar fuera el de todos los héroes que se habían sacrificado por la salud de la patria. Se habló y se bromeó a costa de los que habían sacrificado su casa. A pesar de todo, los desdichados que vivieron aquí sus horas de sufrimiento conocieron la alegría de una acogida cordial y suntuosa. No ponga usted su atención en las mezquinas rivalidades de estas damas, que no supieron concebir toda lafeminidadde su misión. Ya resulta hermoso que se consagren a esto; perdóneles la pobreza de sus ambiciones si el herido ha de beneficiarse con ello.
SITA.—Sin embargo, desde que estoy aquí no vi aún esa desinteresada abnegación, cuya grandeza ensalza usted. Oí a la generala glorificarse a costa de la marquesa; oí a la marquesa expresarse sin miramiento alguno en todo lo concerniente a la generala.
LA ENFERMERA.—¡Simple divergencia de métodos y de autoridades...! Tranquilícese... Como cada una de estas damas quiere afirmar su supremacía sobre la otra, los enfermos están mejor cuidados.
SITA.—Es usted muy indulgente. Adivino que seremos amigas.
LA ENFERMERA.—¡No se haga ilusiones...!
SITA.—¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría preguntarle algo más...!
LA ENFERMERA.—¡Pregunte...!
SITA.—Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...
LA ENFERMERA.—¿Por qué...?
SITA.—Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y, sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué le parece...?
LA ENFERMERA (turbada).—Me es muy difícil contestarle...
SITA.—¿Por qué...?
LA ENFERMERA.—Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos, señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...! El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...
Estrecha la mano de Sita y se va.
Estrecha la mano de Sita y se va.
VERA (corriendo).—¡Hala... hala... Sita...! El profesor Moumel ocupa ya la cátedra. ¡Como no alivie usted, no encontraremos buen sitio...!
SITA (levantándose).—¡Vamos...! ¡Dígame...! ¿Quién es aquella enfermera que zarandean allí, y con la que estuve hablando mucho tiempo...?
VERA.—¿Aquella morenilla...? ¡Oh...! ¡Es la condesa de los Charmes...! (Desdeñosa.) ¡Valiente mujer...!
En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia, con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta. Una cabeza demadonnaprerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible. Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos.
En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia, con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta. Una cabeza demadonnaprerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible. Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos.
EL MODELO.—¡Señorita White...! Llega usted antes de la hora...
LORENZA.—Pienso darme una buena sesión de trabajo. Quiero acabar mi estudio.
EL MODELO.—Si usted lo desea, adoptaré lapose.
LORENZA.—¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se empezara sin ellas.
EL MODELO.—¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el «Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (Desdeñoso.) Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre todas ellas, usted es la única formal.
LORENZA (ufana).—¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...
EL MODELO.—¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!
LORENZA.—¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?
EL MODELO.—He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard: «Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»
LORENZA.—¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!
EL MODELO.—¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos. Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de la lección particular.
LORENZA.—¿Qué lección...?
EL MODELO.—¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual él le retocará el pandero.
LORENZA.—¿El pandero...?
EL MODELO.—¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete. Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!
LORENZA.—¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!
EL MODELO (subiéndose a la mesa).—¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (Adopta laposey se apoya noblemente en el mango de una escoba.) ¿Estoy bien?
LORENZA.—¡Sí!