Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario—una Juno—; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, JulietaCapulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja.
Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario—una Juno—; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, JulietaCapulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja.
ELSA.—¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!
INÉS.—¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!
RAQUEL.—Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!
LORENZA (cortés).—¡Muy buenos, amigas mías...! ¡A ver si me dejáis en paz...! Estoy a punto de sorprender el secreto del «modelado fino».
TERESA.—¿Te divierte pintar así?
LORENZA.—¡Mucho...! ¡No hago mas que pensar en el modelo desde por la mañana hasta la noche!
INÉS.—¿Qué te parece, Cornu...? ¡Vaya satisfacción para ti...!
RAQUEL.—¡Me siento holgazana, hijas mías...! (Se despereza.)
JULIETA.—¿Estuviste también de juerguecita...?
RAQUEL.—¡Estuve bailando con los norteamericanos hasta las dos de la madrugada...! No sé dónde tengo las piernas... ¡Y este endiablado estudio apenas está empezado...!
ELSA.—¡A mí me da miedo pensar que tengo que cubrir de color este lienzo...! Lo único que me interesa de todo esto son los calzoncillos, porque es lo más fácil de hacer. Lo demás tiene muchos músculos. Prefiero las mujeres, porque tienen menos músculos.
JUANA.—Pues yo prefiero los hombres; cuando seha dado con el quid de los músculos todo marcha como una seda.
ÁGATA (a Juana).—¿Quién te ha hecho este vestido, chica...? ¿Armal y Martian...?
JUANA.—¡No! Tengo una modistilla que trabaja muy bien y que me copia los modelos de las Casas más importantes. Dentro de un rato iré a verla, para que me pruebe unas cosillas, y te llevaré conmigo. ¡Atiza...! ¿No está allí Luciana...?
RAQUEL.—No... ¡Ya no vendrá...! Está prometida, y su maridito no quiere que en lo sucesivo vea a ningún hombre desnudo.
SOFÍA.—¡Bah! Después de todo, no tenía ni pizca de talento. ¿Con quién se casa...?
RAQUEL.—Con un pintor llamado Gedeón Lourmail; un señor que expone en los Independientes mujeres azules y hombres verdes...
TODAS (indignadas).—¡Oh!
TERESA.—Por nada del mundo querría casarme con un artista. Busco un médico.
ELSA.—¡Ay! ¡Qué mal haces...! ¡Los médicos son muy pillastres...!
TERESA.—Tomaré mis precauciones; tengo una amiga que se casó con un gran ginecólogo. Le prohibe que ausculte a las clientes ni siquiera la piel, y asiste a todas las consultas escondida detrás de un tapiz que representa a Alejandro victorioso. Cada vez que su marido va más allá de lo conveniente, Alejandro se agita.
JUANA (dándose polvos).—¡Dios mío! ¡Qué estúpido ser celosa...! ¿Verdad, Raquel...?
RAQUEL.—Más estúpido todavía es casarse. ¡A menos que se presente una buena proporción...!
TERESA.—¡El maestro Joaquín, por ejemplo...!
RAQUEL.—¿Qué quieres decir con eso...?
TERESA.—¡Nada! ¡Oh! ¡Nada...! ¡Había corrido el rumor de tus esponsales con él...!
RAQUEL.—¡Es una calumnia infame...! El señor Pont-Dugard me ha cortejado, como lo ha hecho con todas... ¡Así lo exige su profesión...! Pero tú sabes de sobra que no está libre... Tiene un compromiso...
ÁGATA.—¡Bah! ¿Quién es...?
INÉS.—Una princesa italiana que fué raptada por él. ¡Lo sabe todo el mundo...! Se trata de una patricia muy bella que lo alimentó cuando él estaba en la miseria.
ÁGATA.—¡Ay! ¡Estás demoliendo a mi ídolo...!
INÉS.—¿Por qué...? Todos los grandes hombres fueron lanzados por mujeres... La princesa Lappioni se ha consagrado a la gloria de nuestro querido maestro; vive en un hotel inmediato al suyo, y hay en él una puerta de comunicación con una escalerilla secreta...
TERESA.—«La escalera de sus vicios.»
JULIETA (corriendo).—¡Hala..., hala...! ¡A trabajar...! ¡Acaba de llegar Joaquín...!
Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un hombre de cincuenta años, extremadamentechicy muy atildado. Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta, demasiadonegra. Luce una severa levita con la gran roseta de comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa» afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y permanecen de pie.
Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un hombre de cincuenta años, extremadamentechicy muy atildado. Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta, demasiadonegra. Luce una severa levita con la gran roseta de comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa» afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y permanecen de pie.
JOAQUÍN.—Dispénsenme ustedes, señoritas, que me haya retrasado; pero me han entretenido en el Elíseo, donde yo desayunaba con la delegación del Instituto.
RAQUEL.—Maestro: no me he acordado de decir a mis compañeras que recibía usted esta mañana, de manos del presidente, la corbata de comendador.
Viva emoción.
Viva emoción.
JOAQUÍN (modesto).—No concedamos a estos vagos honores sino la poca importancia que merecen. ¡Sólo el Arte debe ser objeto de nuestras ambiciones, señoritas...! ¡El es el que da una significación, un valor a la existencia...! ¡Trabajemos sin descanso, señoritas...! El trabajo nos proporciona alegrías puras, junto a las cuales la riqueza y las condecoraciones no son mas que fruslerías.
EL MODELO (entre dientes).—¡Farsante...!
JOAQUÍN.—¡Y ahora voy a ver sus estudios! (Todas tornan a su tarea. Joaquín principia por el lienzo de Raquel.) ¡Delicioso...! ¡Ah! ¡Delicioso...! ¡Todavía un poco compendioso, pero vigorosamente indicado...!¡Acuse el contorno...! «El dibujo es la probidad del Arte», dijo Ingres... ¡Caramba...! ¡Usa usted un perfume exquisito...!
RAQUEL.—Es «Ola en el alma», de la Casa Liedon.
JOAQUÍN.—Adoro los perfumes, porque viven con vida propia; se identifican con las mujeres y traducen su secreto pensamiento. ¡Un perfume es una confesión!
RAQUEL (enrojeciendo).—¡Maestro...!
JOAQUÍN (satisfecho de su conquista).—¡Continúe, hija mía, continúe...! ¡Su estudio se presenta bien! (Pasa a la vecina, a Inés, que ha pintarrajeado una imagen informe, una composición para salvajes.) No se moleste, señorita... (Estudiando su lienzo.) ¡Delicioso! ¡Oh! ¡Deliciosísimo...! ¡Y muy personal...! ¡Sacrifica usted a los falsos dioses de la nueva escuela!
INÉS (convencida).—Resulta feo, ¿verdad?
JOAQUÍN (protestando).—¡Yo no he dicho eso...! ¡Está lleno de promesas...! Pero precise más el dibujo... ¡Acuse los contornos...! ¡Dé relieve a los músculos...! ¡Haga carne que sea sonrosada...! Aficiónese al color de rosa, que es el color de la alegría... Tiene usted un bonito griñón... Es de encaje, ¿verdad...?
INÉS (conmovida).—Sí, mi querido maestro.
JOAQUÍN.—¡Ah, los encajes...! ¡Qué poemas de paciencia y de reflexión...! Se piensa en las mujeres que gastaron años enteros en producir estas maravillas, ornato de la belleza de usted... ¡Le sienta estupendamente...!
INÉS.—¡Es usted demasiado bueno, maestro...!
JOAQUÍN (cogiendo un pincel).—¡Con su permiso...! Voy a disminuir este muslo... ¡Qué buenos muslos tieneeste mozo...! ¡Ajajá...! Para darle carácter, dibuja usted el esternocleidomastoideo... ¡Qué soberbio músculo...! Trabaje, hija mía. ¡Va usted por buen camino...! (Se acerca a otra discípula, a Julieta.) ¡Delicioso...! ¡Oh! ¡Completamente delicioso...! Hace usted progresos... Pero no acusa bastante el contorno...! No caiga usted en la tentación de pintar el fondo con las raspaduras de la paleta... ¡Enternézcase sobre la carne...! ¡No ve usted bastante el tono rosado...!Etc., etc...
De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas primarias. Todas están encantadas.
De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas primarias. Todas están encantadas.
JOAQUÍN (llega al lado de Lorenza).—¡Señorita White...! ¡Mi discípula preferida...!
LORENZA (muy tranquila).—¡Maestro...! ¡Reciba usted mis saludos...!
JOAQUÍN (mirando el estudio).—¡Delicioso! ¡Oh...! ¡Qué delicioso...! ¡Ha hecho usted progresos considerables...!
LORENZA (fría).—Pero no acuso bastante los contornos, ¿verdad?
JOAQUÍN (turbado).—¡En efecto...!
LORENZA.—¡Ni acuso bastante los músculos...! ¡Ay! ¡Conozco mis defectos...!
JOAQUÍN (recobrándose).—¡No! ¡Al revés! ¡Tiene usted tendencia a acusarlos...! ¡Esta no es pintura de mujer...! ¡Hay que atenuar un poco más...!
LORENZA (asombrada).—¡Ah! ¡Yo creía que había que abordar abiertamente el desnudo...!
JOAQUÍN.—Endulce usted su temperamento, porque de lo contrario caerá en el impresionismo.
LORENZA.—¿Es un crimen?
JOAQUÍN.—¡Por lo menos, es una torpeza...! Se lo advierto: tiene usted muy buenas condiciones... Hasta le permitiré que acuda este año a la Exposición del Salón.
LORENZA.—¿Cree usted, maestro, que estoy bastante segura de mí misma?
JOAQUÍN.—Yo estoy seguro de usted y le garantizo que será admitida. Tengo un asunto para usted: un lavadero con unas aldeanas, desnudas hasta la cintura, golpeando la ropa.
LORENZA (amargamente).—¡Qué novedad...!
JOAQUÍN.—Es un asunto eterno. Vendrá usted a hacer esto a mi casa. Mañana me traerá el esbozo. ¿Se lo figura usted así...? Carnes rosadas al aire libre; vestidos rosados; alrededor, matorrales rosados, y encima, la luz rosada del crepúsculo.
LORENZA.—Yo he visto lavanderas en Bretaña; eran viejas, sucias, feas y espléndidas; lavaban en pleno sol y estaban amarillas y terrosas. Componían un horrible poema de miseria y de espanto.
JOAQUÍN.—Señorita: es preciso que el pintor magnifique la Naturaleza y la haga agradable. ¡Esta es nuestra razón de ser...! (Mirándola.) ¡Está usted muy linda, señorita White...! ¡Me gustaría hacer su retrato...!
LORENZA.—¡Qué honor para mí, maestro...!
JOAQUÍN.—Querría dejar una imagen inmortal deusted... ¡Mire...! ¡La pintaría tal como está ahora... delante de su principiado lienzo...!
LORENZA (burlona).—¡Esto no se ha hecho nunca!
JOAQUÍN (ingenuo).—¿Verdad que no...? ¡Qué buena idea...! Dígaselo a su padre, y si tengo algunos días libres, siento que, inspirado por su radiante belleza, haré uno de mis más hermosos retratos. Y tampoco resultaría mal que los dos expusiéramos juntos nuestros cuadros... La crítica hablaría de ellos y yo alcanzaría en seguida una mención para usted.
LORENZA.—¡Me colma usted de favores...!
JOAQUÍN.—Me siento atraído hacia usted por una simpatía de artista. Quiero revelárselo a usted misma. Venga a mi casa después de clase. ¡Charlaremos de todo esto...! (Levantándose.) ¡A los pies de ustedes, señoritas...!
Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de manchas.
Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de manchas.
LAFRIPE.—¡Ustedes dispensen, señoritas! (Todas se vuelven.) ¿No ha venido todavía el maestro?
RAQUEL (secamente).—Acaba de marcharse, caballero.
LAFRIPE.—¡Maldita sea...! ¡Buena la he hecho! ¡Me va a echar una bronca...!
LORENZA.—¿Qué desea usted decirle? Voy a verlo dentro de un rato.
LAFRIPE.—Yo soy quien le pone sus esbozos en cuadrícula. ¡Hay que vivir...! Me había citado aquí; pero me he entretenido jugando a la malilla... ¡Hola, Cornu...!
LORENZA.—¡Si puedo servirle en algo...!
LAFRIPE.—¡Es usted muy atenta, señorita...! Acepto su ofrecimiento; le dirá usted que estuve a ver a una vieja parienta enferma y que me retrasé por eso. El no creerá una sola palabra; pero, por tratarse de usted, aparentará creerla...
LORENZA.—¿Piensa usted que tengo tanto crédito para con él...?
LAFRIPE.—¡Claro...! Usted es su discípula predilecta. (Acercándose.) ¡Caramba! ¡No está mal del todo este dibujo...!
LORENZA (encantada).—¿De veras?
LAFRIPE.—En serio. Se nota todavía en él cierta inexperiencia, pero no carece de solidez... Además, es de «pintor». Tiene usted buenas cualidades... ¡Qué lástima...!
LORENZA.—¿Por qué «¡qué lástima...!»?
LAFRIPE.—Porque lo perderá todo. ¿Es usted robusta y violenta? Pues Joaquín la sumergirá en sus tonos rosados. ¿Dibuja usted con el pincel como los verdaderos, como los puros...? Pues él le hará «acusar» el contorno. ¿Ama usted su arte? Pues él la obligará a caer en el oficio: las «Lavanderas» almibaradas y las «Pastoras» de confitería. Y, para concluir, el retrato a la inglesa: la dama tocada con un amplio sombrero, al pie de un olmo y con flores en las manos... ¡Ah! ¡Buen pintamonas está el tal Joaquín...! ¡Cuántos talentos hizo abortar...! ¡Quéviejo tan miserable...! Usted... usted misma tiene entusiasmo e impetuosidad... El color fluye de sus dedos... Y ¿qué está usted buscando en esa caja...?
LORENZA.—Procuro aprender la técnica.
LAFRIPE.—¡Está buena la técnica de Joaquín...! Váyase usted a su casa; pinte tres manzanas en una compotera, o el carrete de su portera. Trabaje desde la mañana a la noche; dibuje y malgaste el color; pero hágalo, sobre todo, sin maestro. Entréguese usted en cuerpo y alma a su labor; reviente de exaltación, de duda, de despecho, y no pida consejos a nadie. Antes de nada huya de esta escuela como de la peste. Y de aquí a diez años tal vez sea usted una gran pintora.
LORENZA.—Seguiré sus indicaciones, caballero. Sin embargo, yo no puedo trabajar sola. ¿Podría usted darme lecciones...? Se las pagaría bien.
LAFRIPE (frío).—¡Muchas gracias...! ¡Soy un fracasado...! Retoco los lienzos del patrón, juego a la malilla y bebobocksmientras describo los cuadros que no haré nunca. ¡Y me conformo con esto...! ¡Que usted lo pase bien, señorita...! (Se marcha, vehemente y sucio.)
El sargento Cirilo Bauquet llega a París; su primer cuidado es visitar a la señora Leonie Marchesse, una persona muy amable, que lo eligió como ahijado y que durante cuatro años de guerra lo colmó de regalos y de golosinas y le escribió cartas deliciosas, muy bien compuestas, a las cuales respondió él con páginas muy elocuentes; durante la lucha le describía los duros combates, y después del armisticio le hizo la crónica de la ocupación. Leonie le contestaba diciéndole todo lo que pasaba en la capital, la descripción de las fiestas de la victoria, el relato de una sesión parlamentaria a la que había asistido, etc., etc. Cirilo sacó la conclusión de que la señora Leonie desempeñaba el cargo de ama de gobierno en casa de la señora baronesa de Boel, en la calle de Richelieu. El sargento Bauquet es un joven de fisonomía agradable. Luce sobre el pecho una colección de gloriosas insignias: la placa de piloto aviador, a la derecha; la cinta de la cruz de guerra, la de la medalla militar, la de los heridos, la condecoración norteamericana, etc.; lleva,por último, la forrajera roja. Llega al número 206 de la calle de Richelieu: es una casa que parece habitada por comerciantes; pregunta al portero: «¿Hace el favor de decirme dónde vive la señora baronesa de Boel?» El portero le mira de un modo extraño: «En el primero, pasado el entresuelo; hay una placa.» En efecto; en el primero de la derecha, una puerta se adorna con una gran placa de cobre, cubierta en sus cuatro picos de arabescos multicolores; en el centro se lee esta sola palabra: Boel.Por lo visto, la baronesa se dedica al comercio. Cirilo llama; repique lejano. Una criadita, con cara de parisiense, abre.
El sargento Cirilo Bauquet llega a París; su primer cuidado es visitar a la señora Leonie Marchesse, una persona muy amable, que lo eligió como ahijado y que durante cuatro años de guerra lo colmó de regalos y de golosinas y le escribió cartas deliciosas, muy bien compuestas, a las cuales respondió él con páginas muy elocuentes; durante la lucha le describía los duros combates, y después del armisticio le hizo la crónica de la ocupación. Leonie le contestaba diciéndole todo lo que pasaba en la capital, la descripción de las fiestas de la victoria, el relato de una sesión parlamentaria a la que había asistido, etc., etc. Cirilo sacó la conclusión de que la señora Leonie desempeñaba el cargo de ama de gobierno en casa de la señora baronesa de Boel, en la calle de Richelieu. El sargento Bauquet es un joven de fisonomía agradable. Luce sobre el pecho una colección de gloriosas insignias: la placa de piloto aviador, a la derecha; la cinta de la cruz de guerra, la de la medalla militar, la de los heridos, la condecoración norteamericana, etc.; lleva,por último, la forrajera roja. Llega al número 206 de la calle de Richelieu: es una casa que parece habitada por comerciantes; pregunta al portero: «¿Hace el favor de decirme dónde vive la señora baronesa de Boel?» El portero le mira de un modo extraño: «En el primero, pasado el entresuelo; hay una placa.» En efecto; en el primero de la derecha, una puerta se adorna con una gran placa de cobre, cubierta en sus cuatro picos de arabescos multicolores; en el centro se lee esta sola palabra: Boel.Por lo visto, la baronesa se dedica al comercio. Cirilo llama; repique lejano. Una criadita, con cara de parisiense, abre.
CIRILO.—¿Vive aquí la señora baronesa de Boel?
LA SIRVIENTA.—Sí, señor.
CIRILO.—¿Podría hablar con la señorita Leonie Marchesse? (Le entrega su tarjeta.)
LA SIRVIENTA.—No sé si estará levantada ya.
CIRILO (asombrado).—¿A las tres de la tarde?
LA SIRVIENTA.—Las damas estas se acostaron muy tarde. De todas maneras, pasaré a ver... ¿Quiere esperar el señor en el salón?
La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios,una dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante; alarga a Cirilo una mano bien cuidada.
La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios,una dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante; alarga a Cirilo una mano bien cuidada.
LEONIE.—¡Dispense, mi querido ahijado, que le haya hecho esperar...! Estaba acabando de arreglarme... ¿Por qué no me anunció usted su llegada en la última carta...? ¡Habría ido a aguardarle a la estación...!
CIRILO.—Ha sido un viaje imprevisto. Vengo para preparar mi desmovilización.
LEONIE.—¡Oh! ¡Es una lástima...! ¡Le sentaba tan bien el uniforme...!
CIRILO.—¡Bastante lo llevé ya...!
LEONIE.—¿No quiere usted hacer carrera en el ejército...? ¡Me parece mal...! Un hombre joven y bien formado, como usted, tiene un hermoso porvenir en la carrera militar. ¡Pero siéntese usted...!
CIRILO.—¡Muchas gracias...! ¡Temería molestarla...!
LEONIE.—¡Oh! No tengo nada que hacer hasta las ocho. Si usted quiere, saldremos juntos a recorrer París.
CIRILO.—Prefiero permanecer al lado de mi querida madrina, que ha sido tan buena para mí y a la que yo deseaba tanto conocer. Sus cartas me sostuvieron durante las horas penosas. Tengo que felicitarla. ¡Escribe usted como madame Sevigné...!
LEONIE (orgulloso).—¡Oh! Tengo mis títulos académicos, aunque maldito si me sirven de algo.
CIRILO.—Una mujer no debe sentir nunca ser instruida, cuando es bonita.
LEONIE.—¡Indudablemente...! ¡Pero es preferible que sea bonita...!
LA SIRVIENTA (entrando sin llamar).—¡Leo..! La señora pregunta si podrás salir de paseo a las seis.
LEONIE.—¡Bah! ¡Ya ves que tengo aquí a mi ahijado...! Que mande a Carmen, o a Irma.
LA SIRVIENTA.—¡Es que el general quiere que seas tú...!
LEONIE.—¡Pues contéstale que he salido y déjanos en paz...!
Este breve coloquio sume a Cirilo en una estupefacción inquieta. La sirvienta sale.
Este breve coloquio sume a Cirilo en una estupefacción inquieta. La sirvienta sale.
CIRILO.—¿Tiene usted mucho trabajo?
LEONIE.—Ahora hay algo menos que hacer, a causa de la marcha de los norteamericanos. Dentro de poco no nos quedará mas que la clientela ordinaria...
CIRILO.—¡Ah...! ¿Se dedica usted a los negocios?
LEONIE.—¿A qué negocios...?
CIRILO.—Yo creía... Acabo de ver en la puerta una placa comercial...
LEONIE (retorciéndose de risa).—¡Ah...! ¡Es verdad...! ¡No te dije lo que hacía...!
CIRILO (asombrado por este tuteo repentino).—¡En efecto...! ¡Y temí ser indiscreto si le pedía algunos detalles...!
LEONIE.—Y como tú no me los pedías, yo no telos di. Además, me disgustaba que supieras lo que hacía... ¿Qué habrías pensado de tu madrina si ésta te hubiera escrito: «Estoy empleada en casa de la señora Boel, una amable mujer que recibe desde las ocho de la noche hasta las tres de la madrugada a los caballeros que buscan un alma hermana metidita en carnes...?» Habrías dicho para tus adentros: «¡Es una perdida...!» Y no me hubieras contestado más. Esto me habría apesadumbrado, porque te llegué a tomar cariño. Aquí, en la casa, mis compañeras me gastaban bromas: «¡Ya está Leo escribiendo a su galán...!» «¡No le habléis...! ¡Es sagrado...!» ¡Y tenían razón! Te escribía todas las noches, después del yantar, y si me hubiesen molestado, me habría vuelto loca de rabia...
CIRILO (turbado).—No tengo por qué censurarla, señora. Por el contrario, le debo un gran reconocimiento. Esperaba sus cartas todas las mañanas con una impaciencia de la que no puede usted tener idea. ¡Eran tan compasivas y tan conmovidas...! Se las leía a mis compañeros de trinchera y luego a mis camaradas de ocupación en Maguncia. Todo el mundo me envidiaba; los amigos que partían con permiso me pedían la dirección de usted con el pretexto de traerle noticias mías. ¡Y yo no quería dárselas...!
LEONIE.—¿Tenías celos?
CIRILO.—¡No...! Pero los soldados que pasaron en las primeras líneas los meses más rudos conservaron la rudeza de su precaria existencia. No saben hablar a las mujeres, y alguno hubiera podido agraviarla...
LEONIE.—¡Bah! ¡Figúrate tú...! ¡Precisamente en mi oficio...!
CIRILO.—Desconocía su oficio, como usted dice. Suponía que usted era el ama de gobierno de una señora anciana... su lectora...
LEONIE (soñadora).—Por esto y nada más que por esto hubiera querido esperarte en la estación y llevarte conmigo por ahí. ¿Te avergüenzas de mí...?
CIRILO (sincero).—¡Oh! No tengo derecho a juzgarla. ¡Ya ve usted...! Yo no había pensado siquiera en buscar madrina...
LEONIE (asombrada).—¿Es posible...? Entonces el anuncio de laVida Parisiense...
CIRILO.—Era una broma que mis compañeros me habían gastado sin que yo lo supiera. Cuando usted me escribió, su carta me pareció tan bonita, que contesté. De esta manera comenzó nuestra correspondencia. Yo la estimulé; advertía en usted una criatura delicada y maltratada por la vida. Nos comprendimos.
LEONIE.—¡Oh! ¡Te aseguro que te había comprendido...! ¡Eras tan atento y tan dulce...! Cuando tenía algún pesar, me consolabas con las palabras necesarias. Será una estupidez, pero llegué a enamorarme de ti... ¿No te disgusta que te lo confiese...?
CIRILO (confuso).—¡Sin duda está usted de buen humor...!
LEONIE.—¡Hablo muy en serio...! Tú no eres como los demás; tú tienes carácter. Cuando una persona es un grosero, no escribe cosas tan bellas. Por esta causa, yo había trazado mis proyectos para el porvenir: «En cuanto vuelva, saldré a su encuentro. Nos juntaremos; nos iremos a provincias, a su lindo país de Gascogne, donde estaré bien escondida. Me encargaré del cuidado de su casa. Le ayudaré; seré suabnegada compañera, su esclava, y le amaré tanto que acabará por ser dichoso...» Todas las noches me dormía pensando en ti y rezaba también por ti... ¡Porque sabrás que tengo sentimientos religiosos...!
CIRILO (conmovido).—¿De manera que pensaba usted en mí de este modo...?
LEONIE.—¡Sí...! No lo tomes a broma. Estoy segura de haberte preservado de algunos peligros.
CIRILO.—¡Qué extraño...!
LEONIE.—¡Ah...! ¡Comprendido...! Eres como todos los compañeros... ¡No tienes fe...!
CIRILO.—¡Al contrario...! ¡Tengo mucha...!
LEONIE (interrumpiéndole).—¡Más vale así...! ¡Te aseguro que no miento...! Es inútil decirte que no he sido muy feliz. Estaba de maestra de instrucción primaria en un pueblecillo del centro. Conocí al hijo del alcalde. ¡Tenía que suceder así! En un pueblecillo de provincias se aburre una. Pasa un buen mozo, bien puesto, que se dedica a perseguirnos. ¡Y se acaba por ceder...! Luego, el seductor os deja plantada con dos niños que se parieron en secreto y que se confiaron a una nodriza... Entonces ya no se sabe a qué santo encomendarse... No basta el sueldo... Y hay que hacerse prostituta, aunque no se tengan ganas de ello...
CIRILO (cogiéndole las manos).—¡Pobrecita mía...!
LEONIE.—Afortunadamente, di con la señora Boel, que se portó muy bien conmigo. A esta casa vienen solamente personas distinguidas, que no tienen maneras brutales y que pagan convenientemente. ¡Qué diantre...! ¡Son como parroquianos...! La casa está habitada por familias burguesas. Ninguno de los inquilinos sospecha que haya aquí una casa de citas.Jamás se da un escándalo; las mujeres no se extralimitan en nada; nunca hemos tenido disgustos con la Policía. Pero me estoy charla que charla y no me acuerdo de que hablemos de ti.
CIRILO.—¡Bah! ¡Yo no soy interesante...!
LEONIE.—¿Por qué...? Vas a ser desmovilizado y debes preocuparte del porvenir...
CIRILO.—Volveré en seguida a mi antigua profesión...
LEONIE.—¡Tan joven y ya tienes una profesión...!
CIRILO.—¡Sí...!
LEONIE.—¿Y a qué te dedicabas cuando eras paisano...? ¡Nada... nada...! ¡Tienes que contestarme...! Yo te he referido toda mi vida y tú debes ser también franco conmigo... De lo contrario, me imaginaré que tienes un oficio del que te avergüenzas...
CIRILO (confuso).—No es ésta precisamente la razón que me impide confesárselo a usted...
LEONIE.—A pesar de mi profesión, yo, hijo mío, soy una buena muchacha... ¡Es que no tienes confianza con tu madrina...!
CIRILO (vacilante).—¡Va usted a tomar a mal que no se lo haya avisado antes...! He sido un cobarde. Yo pensé: «¡Si me descubro, no me escribirá con tanta franqueza...!» Además, hubiera usted dejado de enviarme las golosinas y los obsequios, que yo repartía entre mis compañeros. ¡Fuí muy culpable y ahora sufro el castigo de mi disimulo...!
LEONIE (impaciente).—¡Acabarás por desesperarme! ¿Qué ocultas en tu existencia...? ¿Acuñas moneda falsa...? ¿Te dedicas a la trata de blancas...? ¿Eres diputado...? ¡Contéstame...!
CIRILO.—¡Soy cura...!
LEONIE (estupefacta).—¿Eh...? ¿Que tú... que usted es sacerdote...?
CIRILO.—Antes de la guerra estaba de cura ecónomo en Saint-Sacernien-Haute-Garonne. Senté plaza para mientras durase la guerra, como mis compañeros. ¡Veinticuatro meses disfrazado! Luego me hirieron en Bouchavesnes; después entré en aviación. ¡Y aquí estoy...! No me guarde usted rencor por esta tardía confesión, puesto que usted misma la ha provocado. Yo hubiera querido salir de esta casa dejando a usted ignorante de mi condición. La veo consternada y pronta a llorar...
LEONIE.—No me faltan motivos para ello... Ahora va usted a detestarme...
CIRILO.—Soy tan amigo de usted como antes. En cualquier tiempo, nuestra misión fué toda de indulgencia. Pero la guerra ha venido a confirmarla; cuando se vió lo que yo he visto, siéntese uno incapaz de severidad, si no es para consigo mismo. Aunque hubiera sabido quién era usted, no habría dejado de venir.
LEONIE.—¡Es usted demasiado bueno, caballero...! Me consuela lo mejor que puede. Si yo lo hubiera sabido, jamás me hubiera atrevido a escribirle...
CIRILO.—Lo importante para la nobleza de nuestros actos es la intención, no la persona. Yo he conservado sus queridas cartas y las releeré cuando dude de la bondad de los humanos. No me avergüenza la ternura que contienen; usted ha puesto en ellas lo mejor de su corazón. Y si no ve usted inconveniente en ello, le ruego que continúe esta correspondencia.
LEONIE.—¡Cómo...! ¡Ya, en lo sucesivo, es imposible...!
CIRILO (sonriente).—¿Por qué no se atreverá usted a dirigirse a un ministro de la religión, mientras que, en cambio, charlaba libremente con el «peludo» Bauquet? ¡Pues es una tontería, mi querida amiga...! Allá lejos, como ayer, cumpliré con mi obligación y necesitaré de alguien que me dé ánimos. Además, ¿qué sería de usted si no tuviera ya la ayuda moral que mis pobres cartas le proporcionaban...?
LEONIE.—¡Yo pensaba escribir a un hombre, caballero...! Me había forjado ciertas ideas...
CIRILO (sonriente).—¿Acaso el sacerdote no es un hombre...? Ninguno, entre mis hermanos, se atrevería a censurarme en este instante. Tengo una deuda de agradecimiento para con usted, y quiero saldarla. Pude apreciarla en todo su valor, mi querida amiga; un alma como la suya no está completamente perdida. Usted puede redimirse de sus faltas, si hay falta en ello.
LEONIE (vaga).—¡Cierto...! ¡Pero ya no me las pagarán...!
CIRILO.—Usted puede ganarse la vida en otro oficio más... ¿cómo decirlo...? más catalogado... Es usted inteligente e instruída; le recuerdo sus propias palabras: usted pensaba convertirse en la esposa de un desmovilizado...
LEONIE.—¡En la suya...!
CIRILO.—Yo le encontraré una colocación decente lejos de París. Allí, si usted lo desea, podrá aislarse del pasado y olvidar lo que ha sufrido. Se convertirá de nuevo en un ser libre.
LEONIE.—Todo eso es muy bonito, pero irrealizable. Si usted hubiera sido un ahijado como todos los demás, hubiéramos podido entendernos. Usted hubiese encontrado en mí una criada sumisa y pronta a embellecerle todos los minutos de la vida. Hay que renunciar a ello; vuelvo a caer en mi miseria...
CIRILO.—¿Por qué no intenta usted siquiera un esfuerzo...?
LEONIE.—Le repito que no resulta práctico. Ejerzo una profesión que no es de las más regocijadas; hay en ella momentos desagradables... ¡Pero no sirvo mas que para esto...! La costumbre nos hace indiferentes a todas las náuseas... Sea como fuere, tengo el pan seguro para mí y para mis hijos. Usted me ha ofrecido buenos consejos, que, por desgracia, llegaron un poco tarde.
CIRILO.—¡Nunca es demasiado tarde...! La Magdalena... Santa María Egipcíaca...
LEONIE.—¡Siempre mencionan a éstas...! Son el orgullo de la corporación. Tuvieron suerte, y nada más. En nuestro oficio, para ser perdonadas, hay que hacer antes fortuna. Después se compra un castillo y se vuelve una decente.
CIRILO.—¡Usted leyó eso en las novelas...!
LEONIE.—¡De ningún modo...! Conozco a señoras respetables que principiaron como yo, pero que supieron administrarse y ahorraron dinero. Se casaron y entraron en el buen camino.
CIRILO.—No pierdo la esperanza de hacer que usted entre también en él; pero por medios más sencillos. (Levantándose.) ¡Ea! Ya es tarde y tengo que hacer un montón de cosas... Mi querida madrina: cuandono lleve este uniforme me será muy difícil visitarla. Además, abandonaré raras veces mi puesto. Prométame que me escribirá, que me permitirá continuar por carta la obra de su rehabilitación...
LEONIE (triste).—¡Se lo prometo, caballero...! No me servirá de mucho... En fin, podemos probar a ver... Lo acompañaré hasta la puerta...
Leonie lleva a Cirilo hasta el recibimiento; apenas cerrada la puerta, aparece la sirvienta.
Leonie lleva a Cirilo hasta el recibimiento; apenas cerrada la puerta, aparece la sirvienta.
LEONIE.—¿Qué quieres...?
LA SIRVIENTA.—Es lo de siempre... El general, que está colgado del teléfono... Pregunta por cuarta vez si volviste a casa... El pobrecito pierde la paciencia. ¿Qué se contesta...?
LEONIE.—¡Que ya voy...! ¡Maldito rufián...!
LA SIRVIENTA.—¿Se marchó tu ahijado...? ¿Y sin tomar nada...?
LEONIE.—¡No! ¡Figúrate...! ¡Es una aventura extraordinaria! ¿Conoces la historia deThais?
LA SIRVIENTA.—¡He leído algo de eso...! ¿No es un cura de antaño, que va a casa de una muchacha alegre para convertirla...?
LEONIE.—¡Justo...! Pues bien, amiga mía; acaba de sucederme lo mismo...
LA SIRVIENTA.—Entonces... ¿te metes en un convento...?
LEONIE.—¡Por ahora no! Voy a ver al general... ¡A escape...! ¡Mi sombrero...!
La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la señoritaDora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues, acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana.
La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la señoritaDora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues, acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana.
DORA.—¿La señorita Duval...?
LA SEÑORA.—¡Aquí es...! ¿Viene usted a propósito de las lecciones...?
DORA.—Estoy de paso en París y querría adquirir algunas nociones de pirograbado. (Alargándole una tarjeta.) Soy la señora Stowe, de Chicago.
LA SEÑORA.—Voy a avisar a mi hija.
Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida, porque se adivina que ladueña de la casa ha fabricado por sí misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados, estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval.
Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida, porque se adivina que ladueña de la casa ha fabricado por sí misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados, estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval.
JULIA.—Es usted la señora Stowe, ¿verdad?
DORA (con un acento americano bien imitado, pero que no engaña a nadie).—¡La misma! Vengo con motivo del pirograbado y del cuero.
JULIA (muy tranquila).—Estoy a sus órdenes. ¿Qué género de objetos desea usted estudiar más especialmente?
DORA (guiada por cierta presciencia).—¡Dios mío...! Los objetos de ornamentación corriente... Los que convienen a un hogar burgués...
JULIA.—¡Comprendido...! Usted tiene un marido que se interesa por las artes aplicadas y que desearía convertirla en una artesana...
DORA.—¡No! Estoy aquí sin que lo sepa. Querría darle una sorpresa, ¿me entiende?
JULIA (que ya sabe a qué atenerse).—¡Sí! Se trata de una de esas gestiones que una no se atreve a confesar a su prometido, y todavía menos a su esposo,aunque éste sea tan americano como usted y como yo.
DORA (ingenua).—¡Justo! Usted es la persona indicada para guiarme.
JULIA.—¿De veras? ¿Ha visto usted obras mías...?
DORA.—¡Naturalmente...! ¡En el Salón...!
JULIA.—Pues tiene usted muy buena vista, porque debo confesarle que no he acudido a ninguna Exposición.
DORA.—¡Qué aturdida soy...! Yo he visto trabajos de usted en otra parte... En casa de Chose..., o de Machin...
JULIA (complaciente).—¡Apuesto a que ha sido en la calle de San Honorato...!
DORA.—¡Eso es! ¡Qué cosa tan bonita, Dios mío...!
JULIA.—Gracias por sus plácemes; los adoro cuando son sinceros.
DORA.—¡Además había oído hablar de usted...!
JULIA.—¡Ah! ¿Quiere decirme a quién...?
DORA.—A una amiga que desea permanecer desconocida.
JULIA (burlona).—¡Lo adivino! Una amiga anónima, ¿verdad?
DORA.—¡Algo parecido!
JULIA.—Dará usted las gracias a su amiga, puesto que me proporciona una discípula tan agradable...
DORA.—En cuanto al precio...
JULIA (interrumpiéndola).—Ya hablaremos de esto más adelante. Siéntese en ese sillón, porque tenemos que decirnos muchas cosas.
DORA.—¿Usted qué sabe?
JULIA.—Hace poco tenía yo un presentimiento.Y pensaba: «Hay una señora Stowe, de Chicago, que vendrá a verme una de estas tardes para pedirme algunas lecciones. Se mostrará muy confusa, a causa de su gestión, que es un poco atrevida, y apenas llegada aquí tendrá grandes deseos de marcharse. ¡Son tan tímidas las americanas...!»
DORA (valerosa).—Se equivoca usted. No me marcharé si no me echa a la calle.
JULIA.—Me guardaré muy bien de portarme así con una persona que acude a mí con tanta cortesía. A mi edad, y en mi posición, debe una dedicarse a formar buenas discípulas, ¿verdad...?
DORA.—Eso depende de las intenciones de usted.
JULIA.—¡Oh! Voy a retirarme de los negocios después de no haber hecho fortuna. Ya no valgo para nada. Por lo tanto, le cederé muy gustosamente mis secretos. ¿Desea usted adornar la casa de su marido...? No conozco al señor Stowe; pero... (Ojeada a la fotografía.) conozco a bastantes individuos que se le parecen; tomaremos, pues, un nombre general: el del señor Stowe. ¡Además, todos los nombres se parecen...!
DORA.—Tratemos sólo del señor Stowe.
JULIA.—Es más cómodo. Vamos a ver... El señor Stowe, ¿es su marido desde hace muy pocos días...? ¿Es un buen mozo, todavía joven, de unos treinta y cinco años...?
DORA.—Así es, poco más o menos.
JULIA.—¿Y usted no sabe aún nada acerca de su carácter ni de sus gustos...?
DORA.—¡Dios mío...!
JULIA.—¡Dejemos en paz a Dios...! ¿Usted tiene empeño en ser feliz con un ciudadano al que ha aceptado a ojos cerrados...? Nada más sencillo, si usted acierta a conducirse bien. En primer lugar, ¿lo ama usted?
DORA.—¡Oh! ¡Ya lo creo...! ¡Estoy segura de ello...!
JULIA.—El, por su parte, debe amarla. Sin duda, para casarse con usted, ha sacrificado algunos afectos que estimaba en mucho.
DORA.—Lo ignoraba hasta hace poco.
JULIA.—¡Bueno! Desde luego hay que contar con que es un hombre formado para la vida del hogar. No se trata de un bohemio. Necesita sus comidas a una hora fija y sus... diversiones están previstas de antemano. Usted es bastante joven para él y acaso toma el matrimonio como una liberación de la vida de familia. El, en cambio, entra un poco más en ella. ¡Mucho cuidado! De aquí provienen las primeras discrepancias. Las primeras horas de toda unión son las más difíciles. Si en ellas sobreviene el choque, ¡se acabó!... No caiga usted en el exceso contrario y no sea una fregatriz. Con una poca costumbre, llegará usted a discernir los días en que hay que ser una compañera de fiesta y aquellos en que hay que resignarse a no ser mas que una esposa. Apuesto a que el señor Stowe es uno de estos egoístas risueños que quieren que todo el mundo sea feliz en el momento en que ellos están satisfechos de la vida, y que no toleran que nadie esté alegre si ellos están tristes. No son unos indiferentes; pero consideran al mundo con relación a su querida persona. Amanse ellos en usted, si me es lícito hablar así, y la aman a usted al través de ellos. ¡Se ha pretendidoerróneamente que el amor era el egoísmo de dos personas...!
DORA.—¡Me tranquiliza usted...!
JULIA.—Los hombres no son santos; pero tienen una excusa, y es que las mujeres apenas valen más que ellos. Si se encuentran algunas mejores, entre todas, no hay que alabarlas demasiado; la bondad es para ellas un deporte o una costumbre. ¡Prosigamos...! Que la acogida de usted sea siempre risueña, como el vestido será siempre objeto de sus cuidados. Un joven autor ha consagrado una comedia a las mujeres que no se preocupan de sí mismas. En ellas les ha hecho saludables advertencias.
DORA.—No tema usted nada. Tengo una serie dedeshabillésmuy notables.
JULIA.—Todo no se reduce a losdeshabillés. Usted debe estar siempre en plena representación delante de su marido; ha de interpretarle continuamente la comedia del descuido; en este momento es usted joven, todo marcha bien y las menores cosas le resultarán fáciles; dentro de diez años habrá perdido usted ya su brillo y ganado otros atractivos. Yo así lo espero. Sin embargo, tendrá usted que estar sobre aviso, y esta diplomacia no se improvisa. El tiempo en que la mujer está segura de sí misma dura muy poco; el tiempo en que está segura de su marido dura todavía menos. Hay que prever el minuto en que el compañero es amenazado por el demonio de la saciedad.
DORA (desconsolada).—¿Supone usted que mi marido se cansará de mí?
JULIA (amargamente).—¿No se cansó de su querida?Porque supongo que el señor Stowe habrá tenido una querida antes de su matrimonio.
DORA.—Yo también lo supongo.
JULIA.—¿Y piensa usted que esta mujer, que no hacía con él su primer experimento, y que acaso lo amaba, no habrá recurrido a todo para atraérselo y conservarlo...?
DORA.—Y, en opinión de usted, ¿por qué no lo consiguió...?
JULIA.—Porque el hombre más enamorado siente la necesidad de comprometer su dicha, aunque no sea mas que para convencerse a sí mismo de que es libre; una mujer alegre conserva raramente a su amigo, o, si usted lo prefiere, a su amante, más de siete años.
DORA.—¿Qué diferencia establece usted entre el amante y el amigo?
JULIA.—Para nosotras, el amigo es el amante legítimo, es lo que representa en nuestra clase al esposo, al caballero de confianza. Después de todo, los mejores maridos para ustedes se fabrican con nuestros amigos.
DORA.—¡Comprendido! ¡Ustedes son, como quien dice, una escuela de aplicación...!
JULIA.—¡Ay, sí...! Y no ignoramos que formamos discípulos para bien de las mujeres honradas, que nos detestan. Nuestra única venganza consiste en pensar que con el tiempo nos casaremos con los maridos divorciados de nuestras rivales.
DORA (furiosa).—¡Pero yo no quiero que suceda eso!
JULIA.—¡No lo digo por usted, señorita! Confío en que sabrá usted defender su tesoro.
DORA.—No deseo otra cosa; pero reconozco toda mi inferioridad...
JULIA.—¿Qué entiende usted por eso...?
DORA.—¡Es difícil de explicar! Hay una ciencia del amor, que se hace muy mal en no enseñar a las jóvenes. De esta suerte, las tales llegan al matrimonio sin conocer los refinamientos que agradan a su compañero.
JULIA (riendo).—No va usted a hacerme creer que las jovencitas de hoy estén tan poco enteradas de estas cosas. He oído confidencias de caballeros que me enseñaron bastante acerca de la inocencia de las señoritas de la buena sociedad. ¡Muchas de estas mosquitas muertas podrían darnos lecciones!
DORA.—Desgraciadamente, es exacto; sin embargo, hay entre nosotras algunas que no están muy enteradas y que quieren aparentar que saben más de lo que saben realmente.
JULIA.—Pues aconseje a éstas que no se engrían con una ciencia de la que no conocen mas que los principios. El hombre que sea su marido, tendrá a gran felicidad enseñarles la práctica, si le parece bien. Además, será preciso animarle; lo que se cuida más en una comida son los entremeses y el postre. ¡Es importante no asombrarse ante las primeras sorpresas! Por el contrario, reprima usted las manifestaciones de su asombro y diga que todo tiene su razón de ser, hasta las familiaridades que al principio le parezcan excesivas. ¡Sobre todo, no se niegue usted a nada! No sea indiferente ni distraída; espere a comprender el porqué de las acciones que la desconcertaron; esta revelación no le será concedidasino al cabo de un tiempo vario; con paciencia y buena voluntad, apenas se hará esperar.
DORA.—Muchas amigas mías me han confesado que ellas no habían experimentado nunca esta revelación.
JULIA.—Porque sus amigas tendrán unos esposos imbéciles o torpes; lo cual viene a ser lo mismo. O bien porque ellas serán bastante tontas y se habrán asqueado de un juego en el que no ganaban desde el primer instante. «No hay atajo sin trabajo», ha dicho un fabulista.
DORA.—¡Confiese usted que todo esto resulta muy complicado!
JULIA.—Pasa lo que en todos los aprendizajes; pero crea usted que el aprendizaje es lo más delicioso que hay. Conviene entregarse a él sin procurar analizarse; toda distracción es nefasta en estos minutos. Procure especialmente no aparentar un entusiasmo que no sienta; esto no engaña a nadie y es más bien vejatorio para el copartícipe, que tiene medios de comprobar la sinceridad de los sentimientos y la exactitud de las expresiones de usted. Al principio, la ignorancia de usted será lo que le seducirá mejor; luego seguirá con alegría sus progresos; el minuto más precioso será aquel en que adivinará que usted toma interés en la partida, jugando fuerte y pagando fuerte y en buena moneda. En esta noche quedará él conquistado definitivamente y no pensará más en la querida, que le enseñó el arte de las caricias.
DORA.—¿Está usted muy segura de que no pensará más en ella?
JULIA.—Se lo juro; puede usted entregarse con toda confianza al dulce dueño, que la iniciará. Además, nunca le recomendaré bastante que dedique todos sus cuidados al «guardarropa». Una mujer enamorada debe estar siempre dispuesta a las conversaciones inesperadas; a partir de los treinta y cinco años, en cuanto un hombre tiene un... motivo de conversación, quiere aprovecharlo en seguida, ante el temor de que esta conversación decaiga; esté usted siempre engalanada y emperifollada; no provoque la charla, pero compóngaselas para favorecerla. Si parece que su marido no le hace mucho caso, no recurra a los celos; éstos son mal excitante, que dejan en pos de sí microbios de reproches y de discusiones. Tampoco sirve de nada una visible tristeza; la mujer triste pierde mucho de su encanto o impacienta a su marido. Cierto que excita a los otros; lo cual es una compensación...
DORA.—¡Una compensación para las coquetas...!
JULIA.—Una coqueta no está triste nunca. Otra recomendación: no se muestre jamás aburrida, porque correría usted el riesgo de aburrir. Sonría, ármese de buen humor y siempre llevará usted las de ganar. ¡Ea! ¿Se me olvida algo...?
DORA.—¡Oh! Todavía tengo que aprender muchas cosas. No sospechaba que la vida fuese tan complicada...
JULIA.—¡Tranquilícese! Tiene usted lo esencial, porque es usted bonita, joven y además nada tonta.
DORA.—¿Y en qué nota usted que no soy tonta?
JULIA.—En la gestión que ha hecho. ¡Pocas jóvenes hubieran sido capaces de ello, señora Stowe!No le guardo rencor por esto; al contrario, me parece muy bien. Sin embargo, ¡pudiera usted haber dado con una profesora de pirograbado menos indulgente que yo...!
DORA.—Le ruego que me perdone si mi visita le ha causado alguna pesadumbre.
JULIA.—Mi pesadumbre pasó hace ya mucho tiempo. Sin duda voy a empezar otra vez mi vida. ¡No hago otra cosa de veinte años a esta parte!
DORA.—Me dolería entretenerla más tiempo. (Levantándose.) ¡Toda lección merece su salario, señora! ¿La ofenderé suplicándole que acepte esta sortija, que no tiene valor alguno...? (Le ofrece una sortija que se ha quitado del dedo.)
JULIA (cogiendo la sortija).—¡Muchas gracias, señorita!