Acompaña a Dora y luego entra en el salón, donde la señora anciana acude a su encuentro.
Acompaña a Dora y luego entra en el salón, donde la señora anciana acude a su encuentro.
LA SEÑORA.—¡Qué! ¿Tienes una nueva discípula?
JULIA.—¡No, mamá! Es una muchacha que carece de condiciones para el estudio...
El despacho de un juez de instrucción; moblaje pobre; un bureau debajo de una ventana; tres sillas; una biblioteca con cortinillas, que probablemente no encierra ningún libro; una puertecilla, que da a las habitaciones del escribano, invisible; se entra por otra puerta que hay en el fondo. Los que vienen por aquí vuelven solos raras veces. A esta puerta va a llamar cierto día el señor Eloy Genvrain; este quincuagenario agostado no se retrasa mucho; en esta misma mañana ha recibido una hoja invitándolo a presentarse en el palacio de Justicia, a cosa de las dos, en el despacho del señor Renato de Espardeillan, juez de instrucción. Este viejo caballero estaba ayer mismo reluciente y llevaba erguida una noble faz, muy rasurada, peluda, adornada con una gran nariz delgada y subrayada por un bigote en forma de paréntesis. ¡Parecía un bravo jabalí domesticado! Hoy no es mas que un mísero vejete, repentinamente encorvado, que parece implorar la caridad. ¡Compréndese que este hombre no se teñirá más! La vejez lo ha herido irremediablemente, gracias a la citación del juez.
El despacho de un juez de instrucción; moblaje pobre; un bureau debajo de una ventana; tres sillas; una biblioteca con cortinillas, que probablemente no encierra ningún libro; una puertecilla, que da a las habitaciones del escribano, invisible; se entra por otra puerta que hay en el fondo. Los que vienen por aquí vuelven solos raras veces. A esta puerta va a llamar cierto día el señor Eloy Genvrain; este quincuagenario agostado no se retrasa mucho; en esta misma mañana ha recibido una hoja invitándolo a presentarse en el palacio de Justicia, a cosa de las dos, en el despacho del señor Renato de Espardeillan, juez de instrucción. Este viejo caballero estaba ayer mismo reluciente y llevaba erguida una noble faz, muy rasurada, peluda, adornada con una gran nariz delgada y subrayada por un bigote en forma de paréntesis. ¡Parecía un bravo jabalí domesticado! Hoy no es mas que un mísero vejete, repentinamente encorvado, que parece implorar la caridad. ¡Compréndese que este hombre no se teñirá más! La vejez lo ha herido irremediablemente, gracias a la citación del juez.
Después de un calvario de indagaciones, llega ante el umbral del Torquemada; llama a la puerta; acércase un escribano polvoriento; el paciente muestra su citación; es introducido en este despacho. Sobre elbureauestá inclinado un caballero joven, delgado y más bien elegante, con el aspecto de un primer actor del Vaudeville: nariz roma, boca glotona, ausencia de cejas y calvicie agresiva. Este magistrado, poco decorativo, se levanta cortésmente e indica una silla Imperio que hay junto a su temiblebureau.
EL JUEZ.—Es usted el señor Eloy Genvrain, diputado del Bajo Saona, ¿verdad?
ELOY (humilde).—¡El mismo, señor juez!
EL JUEZ.—Muchas gracias por haber acudido tan pronto a mi citación; trátase de un asunto en que los querellantes dan muestras de una prisa especial y quieren una solución pronta.
ELOY (fingiendo torpemente una sorpresa).—¡Le confieso que estoy mal preparado para esta conversación!
EL JUEZ (burlón).—¿De qué piensa que se iba a tratar en ella?
ELOY.—Soy relator de la ley acerca del aumento de sueldo a los magistrados instructores y pensaba que usted deseaba interrogarme sobre este particular.
EL JUEZ (turbado).—¡No, señor diputado...! Desde luego, esta cuestión no me es indiferente. Pero yo le he llamado aquí para un asunto que le atañe de un modo más directo. Le acusan a usted de corruptor de una menor.
ELOY (dando un brinco).—¡Yo...! ¿Yo...? ¡Qué infamia...!
EL JUEZ.—Comprendo su emoción. ¡Sin embargo, hay una querella contra usted!
ELOY (sin darle importancia).—¡Tiene gracia!
EL JUEZ.—No lo dudo; pero, con arreglo a los informes de la Policía, usted fué sorprendido en un hotel de la calle de las Grandes Baldosas en compañía de una muchachita que no había cumplido los quince años; el padre y el hermano de la joven lograron del comisario un proceso verbal instruído a instancias suyas; la joven Elisa Machut declaró ante el oficial de Policía que había sido llevada a este hotel merced a pérfidos manejos, y que una vez encerrada con usted no había podido substraerse a sus galantes empeños.
ELOY (aniquilado).—Señor juez: ¡soy víctima de una abominable maquinación! ¡Han logrado dar un golpe dechantagepolítico sin ejemplo en la historia del sufragio universal!
EL JUEZ.—¡No veo la relación que pueda tener esto con el sufragio universal!
ELOY.—¿Me juzga usted culpable?
EL JUEZ.—Yo le pregunto solamente si confiesa los hechos.
ELOY.—¡No puedo negarlos, puesto que me cogieron en flagrante delito! ¡Pero es preciso que sepa usted la verdad! ¡Aquí donde usted me ve, caballero, nunca he engañado a mi mujer...!
EL JUEZ (dubitativo).—¡Sin embargo...!
ELOY.—Quiero decir que nunca la había engañado hasta estos últimos tiempos. ¡Y algún mérito tenía el conservar esta constancia...! Soy diputado desde hacecinco años. ¡Excuso decirle las tentaciones que habré tenido que sufrir en los teatros subvencionados! Además, he redactado el informe de Bellas Artes. ¡Y he permanecido casto...! ¡Este hecho es único en los anales de Bellas Artes!
EL JUEZ.—¡En efecto!
ELOY.—Puede usted felicitarme tanto más cuanto que la señora Genvrain, sin que horripile, tampoco puede pasar por una belleza.
EL JUEZ (indulgente).—¡Y usted no tenía valor para engañarla! ¡Claro! Así, las señoritas subvencionadas no resultan ya tan atrayentes.
ELOY.—No tengo opinión sobre este asunto, porque nunca quise verlas de cerca.
EL JUEZ.—Estos escrúpulos le honran. ¡Pero después se ha desquitado usted...! ¡Las quería usted menores, picarón!
ELOY.—¡Yo picarón...! ¡Usted tiene ganas de broma...! ¡Aborrezco el amor, así se trate del conyugal...!
EL JUEZ.—¡Usted oculta sus intenciones, mi querido diputado!
ELOY.—Le repito que soy víctima de una maquinación. La culpa de todo esto la tiene la Proporcional.
EL JUEZ.—No comprendo cómo la Reforma electoral le ha impulsado a llevar a una menor a una casa de citas.
ELOY.—Porque usted no conoce la perfidia de los competidores. Voy a desenvolver ante usted toda la canallada de mis adversarios. ¡Podría hacerse con ella una película...!
EL JUEZ (resignado).—Está usted aquí para defenderse y yo le escucho con paciencia.
ELOY.—Mi historia será breve. En el Bajo Saona soy el campeón de las ideas avanzadas; los republicanos cuentan siempre conmigo; recibí proposiciones de Fumeux. ¿No lo conoce usted?
EL JUEZ.—No.
ELOY.—Es el boticario de Bizons-les-Dames, un agente de la reacción, a quien derroté en las elecciones de mil novecientos catorce. Este me dijo: «Genvrain: ¿quiere usted figurar conmigo en la lista de candidatos? La Acción Francesa le apoyará; saldrá usted con dos conservadores, que se disfrazarán de moderados; yo y Chaulard, el liquidador, corremos con los gastos...» ¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar...?
EL JUEZ (cándido).—Hubiese aceptado.
ELOY.—¡Yo lo rechacé! ¡No se ha hecho ese pan para mis dientes!
EL JUEZ.—¡Bah! ¡La cuestión es comer!
ELOY.—Fumeux separóse de mí lanzándome una mirada perversa, y me amenazó de esta suerte: «Amigo mío: ya que se empeña usted en obrar por su cuenta, veremos cómo nos las arreglamos para impedirle que triunfe.» Entonces no concedí importancia a estas palabras; sentíame orgulloso de haber rechazado los obsequios de Artajerjes.
EL JUEZ.—Todo esto no me explica...
ELOY.—¡Espere usted! A partir de aquel día, recibí extraños ofrecimientos: me proponían entrar en Consejos de Administración y patrocinar negocios comerciales. Iba a ganar miles y más miles. ¡No se me exigía trabajo alguno!
EL JUEZ.—¡Y decir que yo he buscado durante toda mi vida una ganga como esa!
ELOY.—¡Es usted una criatura! Veíase demasiado la trampa; pretendían comprometerme en un negocio puerco. ¡No iban a ir con semejantes destinos a un imbécil como yo...!
EL JUEZ.—¡Justo!
ELOY.—Sin embargo, yo no era lo suficientemente estúpido para dejarme atrapar; cuando los otros vieron que por este camino no iban a conseguir nada, ensayaron otra martingala: me mandaron a Chabornac; éste es uno de mis electores más influyentes, un encargado de café-cantante de toda mi confianza. El tal Chabornac vino a buscarme hace pocos días y me habló de esta manera: «Mi querido diputado: vengo de parte de la familia Machut para ver a Elisita Machut, que ha huído del hogar paterno a fin de debutar en un café-cantante. A estas buenas personas les disgusta tener una niña en el teatro y querrían traerla al buen camino a fuerza de puntapiés en... ¡Ya me entiende usted...! En fin, si usted quisiera, vendría conmigo al curso de Canto donde la rapaza se perfecciona; le echaríamos el guante, usted le diría buenas cosas y yo me la llevaría a Bizons. ¡Usted no puede negarme esto, que causará, además, un efecto excelente en su distrito...!» Yo no me había olido la trastada, y seguí a mi Chabornac; llevóme a lo más hondo de una callejuela, allá, por el bulevar de Estrasburgo; subimos la escalera de una casa tan nauseabunda, que usted no la hubiera encontrado digna de albergar siquiera sus canes. Al llegar al entresuelo, pasamos a una habitación sin muebles; no había en ella mas que un piano, sobre el cual manoteaba un mísero bujarrón tuberculoso; en tornosuyo había una fila de mujercitas, que repetían a coro una canción necia. El profesor les tarareaba el estribillo de moda; estas desventuradas debían desgañitarse cantando en seguida aquello en losmusic-hallsde provincias, donde son entregadas como pasto a los sargentos mayores de la guarnición. ¡Y que se tolere esto en nuestra época...!
EL JUEZ.—¡Se toleran tantas cosas...!
ELOY.—¡Qué tristeza...! ¡Valiente porquería el tal curso de Canto...! Las pobres criaturas cantaban al unísono y descubrían sus muslos con el mismo ademán. No he visto en el mundo nada más lúgubre que aquello. En la primera hilera de estas réprobas distinguimos a Elisita Machut, que se movía con más ardor que sus compañeras y que alzaba la pierna a la altura de un principal. ¡Ya le daré a usted la dirección, señor juez, para que haga cesar este escándalo!
EL JUEZ.—¡Sí..., sí...! ¡Continúe...!
ELOY.—Esperamos a que acabara esta triste exhibición; luego se adelantó Chabornac, se llevó aparte a la rapaza durante algunos minutos y después de esto me la trajo, diciéndome: «¡Aquí la tiene, señor Genvrain! Es una chica razonable, que sólo desea tornar al buen camino; vamos a llevarla a comer y usted le sermoneará lo que sea necesario...» Le juro que había tomado en serio mi papel de bienhechor; por otra parte, la tarea era fácil: la joven Elisa tenía una cara apicarada y un cuerpo delicioso y carnosito. Hubiera usted pensado que contaba por lo menos veinte años. ¡Tan hermosa y robusta parecía...!
EL JUEZ.—¡Evidentemente, usted se dejó engañar por las apariencias...!
ELOY.—Fuimos a comer al restaurante Duval para acabar nuestra conversación; el miserable Chabornac me hacía beber, mientras que yo multiplicaba los sabios consejos a la rapaza; ésta estaba sentada a mi lado; me contemplaba con sus grandes ojos y murmuraba: «¡Qué bien habla usted...! Habla como mi confesor. Estuve enamorada de mi confesor cuando hice mi primera comunión...» ¡Yo charlaba y bebía...! A los postres, Chabornac se eclipsó, como quien no hace nada, dejándome con la pilluela. Esta habíase vuelto completamente buena y me juraba que tomaría el tren del día siguiente para tornar al redil; yo sentíame feliz y orgulloso de haber realizado una buena acción; cierto que estaba a medios pelos y que consideraba al universo con indulgencia. Notaba en mí una imprevista juventud. He de advertirle que no fuí nunca joven. Ejercía el cargo de ujier en Bizons cuando mi mujer se fijó en mí. Yo no había cometido ninguna locura en esta capital de distrito. Desengañado de cuanto se relaciona con los sentidos, habíame consagrado a la política, canalizando en esta dirección todas mis aspiraciones. Mientras yo predicaba justamente la prudencia, apoderóse de mí un demonio, que experimentó un maligno placer obligándome sin decir oxte ni moxte a hacer ademanes contrarios. Pronunciaba palabras definitivas acerca del deber, en tanto que mis manos se perdían por la rolliza grupa de esta Elisa tan trémula. ¿Qué sucedió luego...? Creo recordar que la joven me condujo a un baile público y que me obligó a bailar. Debí escandalizar a los concurrentes habituales de aquel lugar, porque prontonos plantaron en la calle. Yo era ya un pingajo. La de los Machut hizo entonces de mí lo que le dió la gana. ¿Cómo desperté en un hotelito de la calle de las Grandes Baldosas? ¿Cometí el crimen que usted me reprocha? ¡Lo ignoro! No soy mas que un pobre hombre que no puede con el vino de Champaña...
EL JUEZ.—¡Sin embargo, el flagrante delito...!
ELOY.—Yo dormía y soñaba que acababa de ser nombrado presidente de la Comisión de Presupuestos, cuando unos golpes retumbaron en la puerta; recuerdo que, medio dormido, murmuré: «¡Levántate, Julia...! ¡Es el correo!» Julia es mi mujer. Los golpes se hicieron más recios; mi compañera fué a abrir con una precipitación que me asombró. Entró un comisario, seguido de los Machut, padre e hijo, los cuales no vacilaron en compararme con el más vil de los animales. El comisario cogió mis papeles y me invitó a seguirle; Elisa lloraba y se arrojaba a los pies de su papá; yo contemplaba esta escena bíblica con un estupor ridículo. ¡De súbito lo comprendí todo! ¡Había caído en una encerrona! El traidor Chabornac había maquinado esta perfidia; necesitábase un escándalo para desacreditar al campeón de las ideas republicanas en el Bajo Saona. ¡Los Machut se habían vendido al enemigo y Chabornac me había traicionado! Me atrajeron a este hotel de tercer orden después de haber alquilado previamente la habitación. ¡Estaba perdido...!
EL JUEZ (conmovido).—Señor diputado: su relato es bastante verosímil; pero yo no puedo dejar de cursar una denuncia tan grave.
ELOY.—¡Oh! ¡No hay nada más sencillo! Anunciea los querellantes que no me presentaré otra vez diputado si desisten de su denuncia. ¿Quieren que cante la palinodia? Pues la canto, y en paz...
EL JUEZ (perplejo).—Sin embargo, ¿y si está en juego el interés de la República?
ELOY.—¡Oh! ¡El interés de la República...! ¡Si viera usted cuán poco me importa! A mí no me preocupa mas que una cosa.
EL JUEZ.—¿Cuál?
ELOY.—¡Que mi mujer no se entere de esta historia!
EL JUEZ.—Será muy difícil ocultársela.
ELOY.—¿De veras?
EL JUEZ.—Y, además, ¿qué importaría que lo supiera?
ELOY (aterrado.)—¡Valiente ocurrencia! ¿Ignora usted que el capital es suyo?
EL JUEZ (amable).—¡Bah! ¡Acabará usted por convencerme...! Vamos a ver, mi querido diputado... Acaso hay un medio de arreglarlo todo...
ELOY.—¡No haga que me alegre sin motivo...!
EL JUEZ.—¡Usted, en fin de cuentas, es víctima de unos maestros delchantage!
ELOY.—¿Se convence usted?
EL JUEZ.—Se echará tierra a este asunto; pero con una condición.
ELOY.—¡Aceptada...!
EL JUEZ.—En estos últimos tiempos, usted ha votado de una manera que ha contrariado al presidente del Consejo; usted, que era el más firme apoyo del Gobierno, ha cedido a las peores sugestiones de la oposición.
ELOY.—¿Lo sabe usted...?
EL JUEZ.—¡Ay, querido diputado! La justicia no es tan ciega como se dice.
ELOY.—¡Ya me doy cuenta...!
EL JUEZ.—No tengo que darle ningún consejo. Usted es demasiado listo para no comprender que su suerte está en sus propias manos. ¡Vuelva, pues, a su casa, caballero...! Arreglaremos este asunto. Y en lo sucesivo desconfíe delchantage, plaga de nuestra época...
El maestro Eustaquio Bouteloup es el director de una sala de armas situada en el barrio Monceau; tres amplias estancias, adornadas con floretes, espadas, caretas y fusiles antiguos; el maestro es un hombre de estatura mediana y horriblemente musculoso; lleva puesto el peto de asalto; su rostro evoca un retrato de Velázquez; para completar la imagen, sólo le falta la gorguera... Este hombrecito es el rey de la espada y su lección pasa por infalible; no ama mas que su arte y experimenta un placer sensual manejando espadas. Desde hace treinta años ha sido confidente de todos los duelistas, lo mismo de los más listos que de los más ignorantes; solamente la guerra pudo interrumpir las consultas que el maestro Eustaquio solventaba en su pisito bajo de la calle Logelbach. Al comienzo de este diálogo, el maestro se dispone a colocar una hoja de espada en una empuñadura; deplora, en tanto que canturrea, la tristeza de estos tiempos, en que nadie se bate y en que no se concede atención al noble arte de las armas; solamente tiene como discípulos alos antiguos concurrentes a la sala, que combaten la gota o la arterioesclerosis. ¡La guerra ha matado al duelo, lo mismo que mató a la conversación! El maestro ha terminado de fijar la hoja en la empuñadura con grandes precauciones, cuando suena la campanilla de la puerta de entrada. El maestro sale a abrir e introduce a dos caballeros: uno es el señor Bill Sharp, su antiguo discípulo; otro es un joven muy pálido, muy alto, muy rubio y que no parece estar muy tranquilo.
El maestro Eustaquio Bouteloup es el director de una sala de armas situada en el barrio Monceau; tres amplias estancias, adornadas con floretes, espadas, caretas y fusiles antiguos; el maestro es un hombre de estatura mediana y horriblemente musculoso; lleva puesto el peto de asalto; su rostro evoca un retrato de Velázquez; para completar la imagen, sólo le falta la gorguera... Este hombrecito es el rey de la espada y su lección pasa por infalible; no ama mas que su arte y experimenta un placer sensual manejando espadas. Desde hace treinta años ha sido confidente de todos los duelistas, lo mismo de los más listos que de los más ignorantes; solamente la guerra pudo interrumpir las consultas que el maestro Eustaquio solventaba en su pisito bajo de la calle Logelbach. Al comienzo de este diálogo, el maestro se dispone a colocar una hoja de espada en una empuñadura; deplora, en tanto que canturrea, la tristeza de estos tiempos, en que nadie se bate y en que no se concede atención al noble arte de las armas; solamente tiene como discípulos alos antiguos concurrentes a la sala, que combaten la gota o la arterioesclerosis. ¡La guerra ha matado al duelo, lo mismo que mató a la conversación! El maestro ha terminado de fijar la hoja en la empuñadura con grandes precauciones, cuando suena la campanilla de la puerta de entrada. El maestro sale a abrir e introduce a dos caballeros: uno es el señor Bill Sharp, su antiguo discípulo; otro es un joven muy pálido, muy alto, muy rubio y que no parece estar muy tranquilo.
EL SEÑOR SHARP.—Querido maestro Eustaquio: te traigo a uno de mis amigos, el señor vizconde León de Cogniot, que tiene necesidad de tus conocimientos.
EUSTAQUIO.—¡Adelante, señores! Pasen a la sala de armas; a estas horas no hay nadie todavía. (Introduce a los visitantes en el santuario.) ¡Siéntense en el diván...! ¡Bienvenido a nuestra sala, señor vizconde...! Entra usted en un salón que vió las mejores espadas de esta época. Ahí donde se sienta usted se sentaron los más famosos campeones de espada, que son discípulos míos.
EL SEÑOR SHARP.—¡El maestro Bouteloup conserva la pura tradición de la espada! ¡Todo el que recibe sus lecciones es invencible!
EL VIZCONDE (débil).—¡Acepto este augurio!
EUSTAQUIO.—¿De qué se trata...? ¿Quiere adiestrarse este caballero?
EL SEÑOR SHARP.—¡No! Mi amigo tiene que batirse en duelo dentro de algunos días...
EUSTAQUIO (sorprendido).—¡Pues no lo comprendo!¿No está prohibido el duelo mientras dure el estado de sitio...?
EL SEÑOR SHARP.—Tienes razón, amigo mío; pero dentro de diez días volveremos al antiguo régimen merced a la ratificación del Tratado de paz, y entonces las personas decentes podrán zurrarse a su talante en el terreno. ¡En fin, ya era hora...! ¡Se iba uno enmoheciendo...!
EUSTAQUIO (radiante).—¡Gracias a Dios! Me traen ustedes una noticia estupenda, por la que les doy las gracias. Les juro que creía que mis compatriotas no tenían mas que sangre de nabo en las venas. Le prometo, señor vizconde, prepararlo con todo esmero.
EL VIZCONDE (siempre débil).—¡Muchas gracias, maestro!
EUSTAQUIO.—¡Vamos a ver de qué se trata...! A mí me gusta conocer siempre el asunto, porque debe usted comprender que si éste no me agrada lo enviaré a un compañero.
EL VIZCONDE.—Apruebo sus escrúpulos. Mi caso es de los más honrosos y estoy seguro de que usted, a su vez, aprobará mi conducta. No tengo nada de matón y desde mis más tiernos años evité las cuestiones. Yo me inclino a la conciliación.
EUSTAQUIO (severo).—¡Mal hecho! ¡Un hombre no debe dejarse pisotear por nadie...!
EL VIZCONDE.—Tiene usted razón, mi querido maestro; pero yo soy alegre por naturaleza y mis principios me apartan del duelo.
EUSTAQUIO.—Veo que no es usted deportista. Usted no tiene sangre en las venas.
EL VIZCONDE.—He jugado altennis, que es todo lo que me permitían mis medios.
EUSTAQUIO.—¡Sí! Usted ha descuidado su educación. ¡Continúe...!
EL VIZCONDE (molesto).—¡Yo he cumplido con mi deber durante la guerra! Figuré en la sección veintidós y tengo los galones de sargento.
EL SEÑOR SHARP (confuso).—¡Adelante!
EL VIZCONDE.—Digo esto para indicar que no soy pendenciero y que no me gusta armar camorra con el prójimo.
EUSTAQUIO.—¡Estos sentimientos le honran! ¡Nunca se debe buscar camorra al prójimo! Lo que se debe hacer es aprovechar las ocasiones que éste le ofrezca a uno para romperle las narices. ¡Eso es todo!
EL VIZCONDE.—¡Usted hará de juez, caballero! Estaba yo en elcabaretde Lutecia, en compañía del señor Sharp, mi amigo, aquí presente, y de mi amiga, la señorita Amelia Migeon, conocida principalmente por el sobrenombre deZipette; la velada deslizábase deliciosa, divirtiéndonos todos delicadamente, como personas bien educadas. Pero he aquí que viene a sentarse junto a nosotros un individuo acompañado de una especie de pellejo. No comprendo cómo admiten gente de esta calaña en elcabaretde Lutecia; la mujer hallábase en un estado de embriaguez avanzada, y el hombre apenas se encontraba mejor que ella; piden champaña, y luego se ponen a mirarnos de hito en hito aZipettey a mí, y a comunicarse en voz baja ciertas reflexiones, que debían ser muy graciosas porque les hacían reír de una manera irritante; yo sentía que se me subía la sangre ala cabeza, y mi amiga, por su parte, se agitaba; lo cual no es buena señal en ella.
EL SEÑOR SHARP.—¿No exageró usted las cosas?
EL VIZCONDE (molesto).—No soy un niño, amigo mío, y veo claramente todo. Usted, en cambio, no ha visto nada, porque nos refería su viaje al Canadá.
EUSTAQUIO.—Le ruego que refiera pronto su historia.
EL VIZCONDE.—¡Está bien! Los vecinos persistían en su molesta actitud; en esto, miZipette, agotada ya su paciencia, se pone a hablar en voz alta y a gritar que había en el vasto universo personas sin educación, las cuales acabarían por recibir unas cuantas bofetadas de las personas distinguidas de la reunión.
EUSTAQUIO.—¡Ah! Esto es una provocación.
EL VIZCONDE.—¡Usted perdone! ¡Era la respuesta a una provocación!
EL SEÑOR SHARP.—¡Y dale! ¿Vas a empezar otra vez...? Los testigos han reconocido que tú eras el ofensor.
EL VIZCONDE (con amargura).—¡Los testigos son unos calabazas!
EL SEÑOR SHARP.—¡Muchas gracias! ¡Se sacrifica uno por ti para que luego lo trates de esta manera!
EL VIZCONDE.—¡Yo no he hablado de ti en particular! Ahora bien; apenas había lanzadoZipetteestas aladas palabras, cuando la doncella de al lado, dirigiéndose a la concurrencia, aludió a ciertas golfantas que merecían recibir una buena azotaina; agregó que los caballeros y las señoras a quienes interesaraeste espectáculo no tendrían que esperar mucho tiempo para verlo. Entonces miZipetteapostrofa a su vecina y le dice: «¡Usted perdone, señora! ¿Se dirigen a mí esas frases?» «Señora: se dirigen a los pendones en general. Pero ¡si usted quiere aplicárselas...!» «Los dichos de una prostituta no tienen importancia: por eso desdeño los suyos...» Etc., etc. Figúrese usted cómo se regocijaría la honrada reunión; esto excitaba más a las dos señoras, las cuales llegaron a emitir dudas acerca de su fidelidad para con sus amantes. Cuando los cocheros riñen, llega siempre un momento en que los golpes van a dar sobre los clientes. Lo mismo sucede en las discusiones de mujeres; hasta entonces nos habíamos esforzado por calmar a las señoras, pero esto no servía sino para enfurecerlas más; nos vimos arrastrados en la cuestión; el caballero de al lado me trató de idiota, y yo le califiqué de «rastacuero»; revolotearon los epítetos; con ademán simultáneo nos tiramos los platos a la cabeza; yo le obsequié con un cangrejo a la americana; él me envió mollejas de ternera; nos separaron; cambiamos las tarjetas, y luego nos plantaron a los cinco en la calle. Al día siguiente nuestros testigos poníanse a trabajar; mi adversario, un tal Gómez Ocervo, español, exigió la espada. Esto es muy desagradable para mí, porque no sé coger un florete. ¡Me bato mañana, y seré incapaz de defenderme...!
EUSTAQUIO.—¡Creo conocer a su adversario...! ¡Calle...! ¡Ocervo...! ¡Pertenece a la sala Massena...! ¡Es un tipo muy bragado...!
EL VIZCONDE (inquieto).—¿De veras?
EUSTAQUIO.—Si es el Ocervo que yo me imagino, le vencerá desde el primer encuentro... En fin, tranquilícese... Yo me las apañaré para que no resulte mas que herido. ¿Dónde se bate usted...?
EL SEÑOR SHARP.—En el Parque de los Príncipes, en el barrio de los exploradores, a las once.
EL VIZCONDE.—Yo pensaba que nadie se batía en tiempo de guerra.
EUSTAQUIO.—¡Sí! Pero se ha levantado el estado de sitio y el duelo no es ya contrario a las leyes del honor.
EL VIZCONDE.—No es que tenga miedo; pero yo había contado con un breve aplazamiento a fin de adiestrarme.
EUSTAQUIO.—Voy a enseñarle a ponerse en guardia. Si sigue usted bien mis consejos, no arriesgará gran cosa. Póngase este peto y tome esta careta; aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted sobre el terreno; coloque su brazo en tal forma que su espada sea como una prolongación de su antebrazo. ¡Esté así, inmóvil! ¡No deje que su hoja se separe de la línea...! Usted tiene un brazo bastante sólido y no debe hacer mas que recobrar inmediatamente su posición. Ahora voy a ensayar las principales estocadas que se intentan sobre el terreno; su adversario es muy fuerte y no arriesgará combinaciones complicadas: rectas, fondos, envolvimientos, una y dos... Conteste sin descubrirse. Cuando advierta que va a venir la estocada, salte hacia atrás.
EL VIZCONDE.—Pero ¿y si no advierto que viene?
EUSTAQUIO.—¡Oh! ¡Es cuestión de intuición...! Si hubiera tenido más tiempo, le hubiese enseñado areplicar inmediatamente. ¡Nada como esto para desconcertar a un adversario...!
EL VIZCONDE.—De todas maneras, mi querido maestro, si escapo de ésta vendré a perfeccionarme en su arte.
EUSTAQUIO (tranquilo).—¡Cuento con ello! ¡Cuidado! ¡Voy a atacarle...!
EL VIZCONDE (saltando muchos metros atrás).—¡Caramba...!
EUSTAQUIO (persiguiéndole).—¡Muy bien! ¡Pero no se vaya tan lejos...!
La lección continúa; al cabo de una hora, el vizconde casi sabe ponerse en guardia con la espada; el maestro le garantiza que no hará mal papel, le aconseja que se acueste temprano y que duerma y le vende un par de espadas de combate con la cazoleta reglamentaria. El vizconde se marcha seguido del señor Sharp; diez minutos después de esta visita, el maestro recibe otra: el comandante Prune le trae a un caballero moreno, de tez olivácea, que tampoco parece muy tranquilo.
La lección continúa; al cabo de una hora, el vizconde casi sabe ponerse en guardia con la espada; el maestro le garantiza que no hará mal papel, le aconseja que se acueste temprano y que duerma y le vende un par de espadas de combate con la cazoleta reglamentaria. El vizconde se marcha seguido del señor Sharp; diez minutos después de esta visita, el maestro recibe otra: el comandante Prune le trae a un caballero moreno, de tez olivácea, que tampoco parece muy tranquilo.
PRUNE (cabeza de viejo militar retirado).—¡Salud, mi querido Bouteloup! Le traigo a mi amigo el señor Gómez Ocervo, que tiene mañana una cuestión de honor. Gómez: el señor maestro Bouteloup, cuyo elogio le he hecho!
GÓMEZ.—¡Celebro mucho conocerle, maestro!
EUSTAQUIO (que ha pasado ya de la edad de los asombros).—¿Es usted pariente del esgrimidor?
GÓMEZ.—¡De ninguna manera! No somos de la misma familia. ¡Además, yo no sé ni coger una espada...!
EUSTAQUIO.—¡Bah! Ya le enseñaré a ponerse en guardia. No lo matarán. Apenas le herirán levemente. ¡Y esto es lo esencial!
PRUNE (principiando un discurso).—Mi amigo riñó ayer con un borracho...
EUSTAQUIO.—¡Sí, sí! ¡Ya lo sé...! ¡En elcabaretde Lutecia...!
PRUNE.—¿Cómo se ha enterado usted...?
EUSTAQUIO.—En mi sala se está al corriente de todas las cuestiones de honor. Este caballero se bate mañana, a las once, en el Parque de los Príncipes, ¿no es cierto?
GÓMEZ.—¡Efectivamente! ¡Está usted bien informado!
EUSTAQUIO.—No tiene usted tiempo que perder. ¡Póngase este peto...! (Le da el mismo peto que acaba de dejar el vizconde.) ¡Cúbrase con esta careta! ¡Aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted mañana! ¡Ya está...! Colóquese de forma que su antebrazo sea como una prolongación de su espada... Etcétera..., etcétera...
Reprodúcese la lección lo mismo que ya la conocemos; el maestro aconseja a su neófito que no se mueva, que salte nada atrás y así sucesivamente; Gómez se despide de su profesor, después de haber comprado un par de espadas de combate y la manopla.
Reprodúcese la lección lo mismo que ya la conocemos; el maestro aconseja a su neófito que no se mueva, que salte nada atrás y así sucesivamente; Gómez se despide de su profesor, después de haber comprado un par de espadas de combate y la manopla.
EUSTAQUIO.—Será muy extraño que mañana por la mañana se hagan daño alguno. De todas formas, iré a ver el duelo, porque me parece que no se aburrirá uno allí.
Llegan los discípulos y se ponen al corriente del acontecimiento.Al otro día por la mañana, en el barrio de los exploradores, los cuatro testigos y los dos adversarios se encuentran; saludos ceremoniosos; mientras los duelistas se van, cada uno a su cabina, para ponerse la obligatoria camisa sin almidonar, el director del combate, el célebre Julio, gran campeón de espada, charla con los testigos; mídese el suelo a grandes zancadas; juéganse los puestos a cara o cruz; loschauffeursde las dos limosinas que han conducido a los dos grupos han trepado al techo de las cabinas, a fin de asistir al juicio de Dios. Cada uno de ellos se pone de parte de su patrón, aunque ambos son de alquiler.
Llegan los discípulos y se ponen al corriente del acontecimiento.
Al otro día por la mañana, en el barrio de los exploradores, los cuatro testigos y los dos adversarios se encuentran; saludos ceremoniosos; mientras los duelistas se van, cada uno a su cabina, para ponerse la obligatoria camisa sin almidonar, el director del combate, el célebre Julio, gran campeón de espada, charla con los testigos; mídese el suelo a grandes zancadas; juéganse los puestos a cara o cruz; loschauffeursde las dos limosinas que han conducido a los dos grupos han trepado al techo de las cabinas, a fin de asistir al juicio de Dios. Cada uno de ellos se pone de parte de su patrón, aunque ambos son de alquiler.
EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Qué aire más ridículo tiene tu cliente...! ¡Apenas puede mantenerse en pie...!
EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Tu cliente sí que parece ridículo...! ¡Seguramente está temblando!
EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Mi cliente es todo un hombre! ¡Se va a comer al tuyo como si fuera un mostachón...! ¡Y sin beber siquiera...!
EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Quita de ahí, hombre¡El mío es todo nervios! ¡Os podremos! ¡Te lo aseguro...! ¡Eso es viejo!
EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Tú no calles...! ¡Pero ya verás...!
Continúa la discusión entre estos caballeros; están a punto de venir a las manos; pero he aquí que llegan los periodistas, el operador del cinematógrafo, los fotógrafos, el maestro Bouteloup, los parientes y los amigos de cada combatiente; aquello se llena de gente; se desinfectan las espadas quemándolas en una palangana; los dos médicos, que proceden a esta delicada operación, parecen hacer un ponche; ambos duelistas, en camisa, se mantienen aparte; el guarda del barrio se acerca al vizconde y le habla.
Continúa la discusión entre estos caballeros; están a punto de venir a las manos; pero he aquí que llegan los periodistas, el operador del cinematógrafo, los fotógrafos, el maestro Bouteloup, los parientes y los amigos de cada combatiente; aquello se llena de gente; se desinfectan las espadas quemándolas en una palangana; los dos médicos, que proceden a esta delicada operación, parecen hacer un ponche; ambos duelistas, en camisa, se mantienen aparte; el guarda del barrio se acerca al vizconde y le habla.
EL GUARDA.—Caballero: ¡hoy es día de aniversario...!
EL VIZCONDE (encantado de encontrarse con un interlocutor).—¿De veras? ¿Y qué aniversario es?
EL GUARDA.—Hoy hace seis años, justos y cabales, que el príncipe Monsousoff fué muerto en desafío en este mismo sitio.
EL VIZCONDE (sonriendo débilmente).—¡Espero que esto no será contagioso!
EL GUARDA.—¿Quién es capaz de saberlo...? ¡Se da tan pronto una grave estocada! ¡Pobre príncipe...! ¡Lo vuelvo a ver cayendo bañado en su sangre! ¡Mire! Fué a morir allí, en la cabina, donde usted se ha vestido...
EL VIZCONDE (verduzco).—¡Oh! ¡No soy supersticioso...!
Los testigos ponen fin a esta agradable conversación; los adversarios son conducidos a sus sitios; aquéllos hácense un poco atrás; el famoso Julio pronuncia la palabra sacramental: «¡Adelante, caballeros!» De común acuerdo, siguiendo las enseñanzas del maestro, ambos combatientes dan un brinco hacia atrás; ligera emoción en la concurrencia; pausa; de esta guisa podrían permanecer mucho tiempo; Julio toma la resolución de conducir otra vez a estos caballeros a su punto de partida; los enemigos se observan, rígido el brazo, sin moverse; el operador del cine da vueltas a su manivela. ¡Esto no formará un conjunto excelente! Así se pasa el tiempo del encuentro; luego son separados los adversarios; sus testigos van a confortarlos, en tanto que los doctores se dedican al masaje del antebrazo.
Los testigos ponen fin a esta agradable conversación; los adversarios son conducidos a sus sitios; aquéllos hácense un poco atrás; el famoso Julio pronuncia la palabra sacramental: «¡Adelante, caballeros!» De común acuerdo, siguiendo las enseñanzas del maestro, ambos combatientes dan un brinco hacia atrás; ligera emoción en la concurrencia; pausa; de esta guisa podrían permanecer mucho tiempo; Julio toma la resolución de conducir otra vez a estos caballeros a su punto de partida; los enemigos se observan, rígido el brazo, sin moverse; el operador del cine da vueltas a su manivela. ¡Esto no formará un conjunto excelente! Así se pasa el tiempo del encuentro; luego son separados los adversarios; sus testigos van a confortarlos, en tanto que los doctores se dedican al masaje del antebrazo.
SHARP (a su apadrinado).—¡Muy bien! ¡Ha estado usted estupendo! Pero ¿por qué no intenta usted un pequeño ataque?
Como el comandante Prune ha hecho la misma advertencia a su apadrinado, síguese que en el segundo encuentro los adversarios se atacan con una violencia noexenta de torpeza; hay un cuerpo a cuerpo que regocija al operador de cine; precipítase Julio para separar a estos dos furiosos; pínchase fuertemente en el índice; lo vendan; descanso.Tercer encuentro: más calma; tejemaneje insignificante y anodino; sin embargo, la espada del vizconde roza la muñeca de Gómez.
Como el comandante Prune ha hecho la misma advertencia a su apadrinado, síguese que en el segundo encuentro los adversarios se atacan con una violencia noexenta de torpeza; hay un cuerpo a cuerpo que regocija al operador de cine; precipítase Julio para separar a estos dos furiosos; pínchase fuertemente en el índice; lo vendan; descanso.
Tercer encuentro: más calma; tejemaneje insignificante y anodino; sin embargo, la espada del vizconde roza la muñeca de Gómez.
JULIO (lleno de esperanza).—¡Alto! ¡Ha sido usted tocado, caballero...!
Se desnuda al español; no tiene nada; se le vuelve a vestir; se desinfectan las espadas.Cuarto encuentro: al esbozar una tímida agresión, el vizconde se pincha en la muñeca con la espada tendida de su compañero. ¡No se ha escapado esto a la mirada vigilante de Julio!
Se desnuda al español; no tiene nada; se le vuelve a vestir; se desinfectan las espadas.
Cuarto encuentro: al esbozar una tímida agresión, el vizconde se pincha en la muñeca con la espada tendida de su compañero. ¡No se ha escapado esto a la mirada vigilante de Julio!
JULIO (precipitándose con el bastón levantado).—¡Alto...!
Los médicos se apoderan de la muñeca que les tiende el vizconde, un poco pálido, y, a fuerza de apretársela, hacen salir una gotita de sangre de la herida.
Los médicos se apoderan de la muñeca que les tiende el vizconde, un poco pálido, y, a fuerza de apretársela, hacen salir una gotita de sangre de la herida.
JULIO (satisfecho).—El duelo ha terminado, caballeros, puesto que uno de los adversarios se encuentra en condiciones de inferioridad.
Ceremonia de la reconciliación; después de una corta pero cortés discusión, Gómez se adelanta hacia el vizconde y le expresa la esperanza de no haberle herido mortalmente; el otro le tiende la mano tan poco ensangrentada; hay un asalto de finezas.
Ceremonia de la reconciliación; después de una corta pero cortés discusión, Gómez se adelanta hacia el vizconde y le expresa la esperanza de no haberle herido mortalmente; el otro le tiende la mano tan poco ensangrentada; hay un asalto de finezas.
GÓMEZ.—Pronto será mediodía. Usted no ha desayunado y yo tampoco. ¿Quiere hacerme el favor de ser mi huésped en compañía de sus amigos?
EL VIZCONDE (contento).—¡Con mucho gusto! Mi coche está ahí. Iremos juntos. ¿Adonde nos dirigimos?
GÓMEZ (finamente).—¡Elcabaretde Lutecia me parece el lugar más indicado. Telefonaremos a las señoras, que vendrán a reunirse con nosotros, y así se conocerán mejor.
Dicho y hecho; el vizconde y el señor Ocervo suben a la misma limosina; todo el mundo está locamente alegre, menos elchauffeurdel vizconde, que no comprende nada de esto.
Dicho y hecho; el vizconde y el señor Ocervo suben a la misma limosina; todo el mundo está locamente alegre, menos elchauffeurdel vizconde, que no comprende nada de esto.
EL «CHAUFFEUR».—¡Cómo! ¡Se baten y después se van juntos! ¡Qué asquerosa es la gente del gran mundo! ¡Y decir que he estado a punto de zurrarme con mi colega a causa de este tío imbécil...!
FIN
MARCELO PROUST.—Por el camino de Swann.Traducida del francés por Pedro Salinas.
A la sombra de las muchachas en flor.Traducida por Pedro Salinas.
ENRIQUE MANN.—Las diosas. Diana.Traducida del alemán por José P. Bances.
Las diosas. Minerva.Traducida por M. Pedroso.
Las diosas. Venus.Traducida por M. Pedroso.
Los pobres.Traducida por M. Pedroso.
El profesor Unrat.Traducida por José P. Bances.
EMILIO CLERMONT.—Laura.Traducida del francés por Luis Bello.
ANDRES SUARES.—Créssida.Traducida del francés por Bernardo G. de Candamo.
LEONARDO COIMBRA.—La alegría, el dolor y la gracia.Tr. del portugués por Valentín de Pedro.
MIGUEL DE UNAMUNO.—Tres novelas ejemplares y un prólogo.
ANTON CHEJOV.—El jardín de los cerezos.Traducida del ruso por Saturnino Ximénez.
TOMAS MANN.—La muerte en Venecia.Tristán.Traducida del alemán por J. Pérez Bances.
ALEJANDRO ARNOUX.—El "cabaret".Traducida del francés por Bernardo G. de Candamo.
JUAN GIRAUDOUX.—La escuela de los indiferentes.Traducida del francés por Tomás Borrás.
Simón el Patético.Traducida por Manuel Azaña.
Lecturas para una sombra.Traducida por N. González Ruiz.
FRANCIS JAMMES.—Rosarioal sol. Traducida del francés por Magda Donato.
ANNIE VIVANTI.—Los devoradores.Traducida del italiano por Cristóbal de Castro.
ESCIPION SIGHELE.—Eva moderna.Traducida del italiano por Cristóbal de Castro.
La mujer y el amor.Traducida del italiano por Pedro Pedraza.
HUMPHRY WARD.—Roberto Elsmere.Traducida del inglés por F. Villaverde.
CARLOS PEGUY.—Obras escogidas.
VALERY LARBAUD.—Fermina Márquez.Traducida del francés por Enrique Díez-Canedo.
ISRAEL ZANGWILL.—Los hijos del Ghetto.Traducida del inglés por Vicente Vera.
EUGENIO D'ORS.—Oceanografía del tedio.
SCHNITZLER.—Anatol.Tr. del alemán por L. Araquistain.
LOS POETAS
MIGUEL DE UNAMUNO.—El Cristo de Velázquez.
FRANCIS JAMMES.—Del toque de alba al toque de oración.Tr. del francés por E. Díez-Canedo.
TEIXEIRA PASCOAES.—Tierra prohibida.Traducida del portugués por Valentín de Pedro.
ALBERT SAMAIN.—En el jardín de la infanta.Traducida del francés por Emilio Carrère.