Chapter 14

LIII.No obstante lo referido, como Periandro, corriendo el tiempo y avanzando ya en edad, no se hallase con fuerzas para atender al gobierno y despacho de los negociosdel estado, envió a Córcira un diputado que de su parte le dijera a Licofrón que viniese a encargarse del mando; pues en el hijo mayor,[275]a quien tenía por hombre débil y algo menguado, no reconocía talento suficiente para el gobierno. Pero, caso extraño, el contumaz Licofrón no se dignó responder una sola palabra al enviado de su padre: y con todo, el viejo Periandro, más enamorado que nunca del mancebo, hizo que una hija suya partiese a Córcira, esperando vencer al obstinado príncipe por medio de su hermana, y conseguir el objeto de sus ansias y deseos. Llegada allá, hablole así la hermana: «Dime, niño, por los dioses: ¿has de querer que el mando pase a otra familia, y que la casa de tu padre se pierda, antes que volver a ella para tomar las riendas del gobierno? Vente a casa conmigo, y no más tenacidad contra tu mismo bien. No saber ceder es de insensatos; no dejes curarte la uña, y vendrás a quedar cojo. Más vale comúnmente un ajuste moderado cediendo cada cual algo de su derecho, que andar siempre en litigios. ¿Ignoras que muchas veces el ahínco en defender a la madre hace que se pierda la herencia del padre? La corona es movediza, y tiene muchos pretendientes que no la dejarán caer en tierra. Nuestro padre está ya viejo y decaído; ven y no permitas que se alce un extraño con lo tuyo». Tales eran las razones que la hija, bien prevenida y enseñada por su padre, proponía a Licofrón, y eran, en efecto, las más eficaces y poderosas; y con todo la respuesta del hijo se ciñó a manifestar que mientras supiera que vivía en Corinto su padre, jamás seguramente volvería allá. Después que la hija dio cuenta de su embajada, Periandro, por medio de un diputado que tercera vez envió a su hijo, hízole decir de su parte que viniera él a Corinto, donde le sucederíaen el mando, que renunciaba a su favor, queriendo él mismo pasar a Córcira. Admitido con esta condición el partido, disponíanse entrambos para el viaje, el padre para pasar a Córcira, el hijo para restituirse a Corinto. Noticiosos entretanto los corcíreos de lo concertado, dieron muerte al joven Licofrón para impedir que viniese a su isla el viejo Periandro.[276]Tal era, pues, el atentado de que este tomaba satisfacción en los corcíreos.

LIV.Pero volviendo a tomar el hilo de la narración, después que los lacedemonios desembarcaron en Samos sus numerosas tropas, desde luego pusieron sitio a la ciudad. Avanzando después hacia los muros y pasando más allá del frente que está junto al mar en los arrabales de la plaza, salió Polícrates contra ellos con mucha gente armada y logró arrojarlos de aquel puerto. Pero habiendo las tropas mercenarias y muchas de las milicias de Samos salido de otro fuerte situado en la pendiente de un monte vecino, sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de los lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados, y no pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los enemigos.

LV.Y si todos los lacedemonios allí presentes hubieran obrado con el ardor con que en lo fuerte del alcance obraron dos de ellos, Arquias y Licopas, Samos hubiera sido tomada sin falta en aquella refriega. Mas por desgracia no fueron sino los dos los que en la retirada de los samios tuvieron valor y osadía para seguirles hasta dentro de la misma plaza; de donde, cerrado después el paso, no pudiendo salir, murieron con las armas en la mano. No dejaré de notar de paso que hablé yo mismo con cierto Arquias, nieto de aquel valiente de que arriba hablaba, e hijo de Samio, habiéndolevisto en Pitana, su propio pueblo. Con ningunos huéspedes se esmeraba tanto este Arquias como con los naturales de Samos, diciendo que por haber muerto en Samos su abuelo como buen guerrero en el lecho del honor, pusieron a su padre el nombre de Samio; y añadía que estimaba tanto y honraba a los de Samos, porque honraron a su buen abuelo con pública sepultura.

LVI.Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso; acerca de lo cual corre una fábula por cierto vana, ni aun bien tramada, según la que, habiendo Polícrates acuñado gran cantidad de moneda de plomo con una capa de oro, la dio a los lacedemonios, quienes aceptándola por legítima y corriente, levantando el sitio se volvieron. Lo cierto es que esta expedición fue la primera que los lacedemonios, pueblo de origen dórico, hicieron contra el Asia.

LVII.Cuando los samios sublevados contra Polícrates vieron que iban a quedar solos y desamparados de los lacedemonios, hiciéronse también a la vela hacia Sifnos.[277]Movíales a este viaje la falta de dinero, y la noticia de que los vecinos de aquella isla, que se hallaba en el mayor auge a la sazón, eran sin duda los más ricos de todos los isleños, a causa de las minas de oro y plata abiertas en su isla, tan abundantes, que del diezmo del producto que de ellas les resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro, por ellos ofrecido, que no cede a ninguno de los más ricos y preciosos que en aquel templo se depositaron. Los vecinos de Sifnos repartían entre sí el dinero que las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de amontonar en Delfos las ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad de saber del oráculo si lessería dado disfrutar sus minas por mucho tiempo, a cuya pregunta respondió así la Pitia:

Cuando sea cándido el pritaneo¡Oh Sifnos! y cándido tu foro,Llama entonces intérprete que expliqueEl rojo nuncio y ejército de leño.

Cuando sea cándido el pritaneo¡Oh Sifnos! y cándido tu foro,Llama entonces intérprete que expliqueEl rojo nuncio y ejército de leño.

Cuando sea cándido el pritaneo¡Oh Sifnos! y cándido tu foro,Llama entonces intérprete que expliqueEl rojo nuncio y ejército de leño.

Cuando sea cándido el pritaneo

¡Oh Sifnos! y cándido tu foro,

Llama entonces intérprete que explique

El rojo nuncio y ejército de leño.

Y quiso la suerte que al acabar puntualmente los sifnios de adornar su plaza y pritaneo con el blanco mármol de Paros, llegasen allá los samios en sus naves.

LVIII.Mas los buenos sifnios nunca supieron atinar el sentido del oráculo, ni luego de recibido, ni después de venidos los samios, aunque estos, apenas llegados a la isla, destacaron hacia la ciudad una nave de su escuadra, que, según se acostumbraba antiguamente en toda embarcación, venía colorada y teñida de almagre. Esto era cabalmente lo que la Pitia en su oráculo les prevenía, que se guardasen recelosos del rojo nuncio y del ejército de madera. Llegados a la ciudad los diputados de la armada samia, no pudiendo alcanzar de los sifnios un préstamo de diez talentos que les pedían, sin más razones ni altercados empezaron a saquear la tierra. Corrió luego la voz por toda la isla, y saliendo armados los isleños a la defensa de sus propiedades, quedaron en campo de batalla tan deshechos que a muchos se les cerró la retirada hacia la plaza; y los samios, de resultas de esta victoria, por no habérseles prestado diez talentos, exigieron ciento de multa y contribución.

LIX.Con esta suma compraron poco después de los hermioneos la isla Hidrea,[278]situada en las costas del Peloponeso,la cual entregaron luego en depósito a los vecinos de Trecén, partiéndose de allí para Creta, en la cual, aunque solo navegaban hacia esta isla con el designio de arrojar de ella a los zacintios, fundaron con todo la ciudad de Cidonia, donde, por el espacio de cinco años que moraron allí de asiento, tuvieron tan próspera la fortuna que pudieron edificar los templos que al presente quedan en Cidonia, entre los cuales se cuenta el de Dictina. Llegado el sexto año de su colonia, sobrevínoles una desgracia, pues habiéndoles vencido los eginetas en una batalla naval, los hicieron, no menos que a los de Creta, prisioneros y esclavos; y entonces fue cuando los vencedores, cortados los espolones de las galeras apresadas, hechos en forma de jabalí, los consagraron a Atenea en su templo de Egina. Tales hostilidades ejecutaron los eginetas movidos de encono y enemistad jurada que tenían contra los samios, quienes, en tiempo que Anfícrates reinaba en Samos, habían hecho y sufrido también iguales hostilidades en la guerra contra Egina, de donde se originaron tantas otras.

LX.Algo más de lo regular me voy dilatando al hablar de los samios, por parecerme que son a ello acreedores, atendida la magnificencia de tres monumentos, a los cuales no iguala ningún otro de los griegos. Por las entrañas de un monte que tiene 150 orgias de altura abrieron una mina o camino subterráneo, al cual hicieron dos bocas o entradas. Empezaron la obra por la parte inferior del monte, y el camino cubierto que allí abrieron tiene de largo siete estadios, ocho pies de alto, y otros tantos de ancho. A lo largo de la mina, excavaron después un conducto de 28 codos de profundidad y de tres pies de anchura, por dentro de la cual corre acanalada en sus arcaduces el agua que, tomada desde una gran fuente, llega hasta la misma ciudad. El arquitecto de este foso subterráneo, que sirviera de acueducto, fue Eupalino el megareo, hijo de Naustrofo. Este es uno de los tres monumentos de Samos. El otro es su muelle,terraplén levantado dentro del mar, que tendrá 20 orgias de alto y más de dos estadios de largo. El tercero es un magnífico templo, el mayor realmente de cuantos he alcanzado a ver hasta ahora, cuyo primer arquitecto fue Reco, natural de Samos e hijo de Files.[279]En atención a estos monumentos me he extendido en referir los hechos de los samios.

LXI.Pero será ya tiempo que volvamos a Cambises, hijo de Ciro, contra quien, mientras holgaba despacio en Egipto haciendo atentados y locuras, se levantaron con el mando del imperio dos hermanos magos, a uno de los cuales, llamado Paticites, había dejado el rey en su ausencia por mayordomo o gobernador de su palacio. Movió al mago a sublevarse la cierta noticia que tenía de la muerte del príncipe Esmerdis, la que se procuraba mantener tan oculta y secreta que, siendo pocos los sabedores de ella, creían los persas generalmente que el príncipe vivía y gozaba de salud: valiose, pues, el mago del secreto tomando las siguientes medidas para alzarse con la corona. Tenía otro hermano mago con quien se unió para urdir la traición y levantamiento, y brindábale para la empresa el ver que su hermano era del todo parecido, no solo en el semblante, sino aun en el mismo nombre, al hijo de Ciro, Esmerdis, muerto secretamente por orden de su hermano Cambises. Soborna, pues, un mago a otro, Paticites a Esmerdis; ofrécele allanar las dificultades todas, llévalo consigo de la mano y le coloca en el trono real de Persia. Toma luego laprovidencia de despachar correos no solo a las demás provincias del imperio, sino también destina uno al Egipto, encargado de intimar públicamente a todo el ejército que de allí en adelante nadie obedezca ni reconozca por soberano a Cambises, sino solamente a Esmerdis, hijo de Ciro.[280]

LXII.Fueron, en efecto, los otros correos publicando su pregón por todos los puntos adonde habían sido destinados. El que corría al Egipto, hallando de camino en Ecbatana, lugar de la Siria,[281]a Cambises, de vuelta ya con toda la gente de armas, y colocándose allí en medio del campo a vista de todas las tropas, pregonó las órdenes que de parte del mago traía. Oyó Cambises el pregón de boca del mismo correo, y persuadido de que sucedía realmente lo que pregonaba, creyó que Prexaspes, enviado antes a Persia con el encargo de dar muerte a Esmerdis, su hermano, no cumpliendo sus órdenes, le había hecho traición. Volviéndose, pues, a Prexaspes, a quien tenía cerca de su persona: «¿Así, le dijo, cumpliste, oh Prexaspes, con las órdenes que te di?». «Señor, responde aquel, os juro que es falso y que miente ese pregonero diciendo que Esmerdis se os ha sublevado. A fe de buen vasallo, os repito que nada, ni poco ni mucho, tendréis que temer de él: bien sabe el cielo que yo con mis propias manos le di sepultura, después de ejecutado lo que me mandasteis. Si es verdad que los muertos resucitan así, aun del medo Astiages podéis recelar no se os alce con el imperio, antes suyo; pero si las cosas de los muertos continúan en ir como han ido hasta ahora, estad bien seguro que no se levantará del sepulcro para subir al trono vuestroEsmerdis. Lo que debemos hacer ahora en mi concepto es apoderarnos luego de ese correo, y averiguar de parte de quién viene a intimarnos que reconozcamos a Esmerdis por soberano».

LXIII.Pareció bien a Cambises lo que Prexaspes decía, y apenas acabó de oírle, llama ante sí al correo y, venido este, pregúntale Prexaspes: «Oh tú, que nos dices venir acá enviado por Esmerdis, hijo de Ciro, di por los dioses la verdad en una sola cosa y vuélvete en hora buena. Dinos, pues: ¿fue acaso el mismo Esmerdis quien te dio esas órdenes cara a cara, o fue alguno de sus criados?». «En verdad, señor, respondiole el correo, que después de la partida del rey Cambises para Egipto nunca más he visto por mis ojos al príncipe Esmerdis, hijo de Ciro. El que me dio la orden fue aquel mago a quien dejó Cambises por mayordomo de palacio, diciéndome que Esmerdis, hijo de Ciro, mandaba que os pregonase las órdenes que traigo». Así les habló el enviado sin faltar un punto a la verdad, y vuelto entonces Cambises a su privado: «Bien veo, Prexaspes, le dijo, que a fuer de buen vasallo cumpliste con lo que te mandó tu soberano, y nada tengo de qué acusar de tu conducta. ¿Pero quién podrá ser ese persa rebelde que alzándose con el nombre de Esmerdis se atreve a mi reino?». «Señor, dijo Prexaspes, difícil será que no adivine la trama. Los rebeldes, os digo, son dos magos; uno el mago Paticites, el gobernador que dejasteis en palacio, y el otro el mago Esmerdis, su hermano, tan traidor como él».

LXIV.Apenas oyó Cambises el nombre de Esmerdis, diole un gran salto el corazón, herido de repente, así con la sinceridad de la narración, como con la verdad de aquel antiguo sueño en que durmiendo le pareció ver a un mensajero que le decía, que sentado Esmerdis sobre un trono real llegaba al cielo con su cabeza. Entonces fue el ponerse a llorar muy de veras y lamentar al desgraciado Esmerdis, viendo cuán en balde y con cuánta sin razón había hechomorir al príncipe su hermano. Entonces fue también cuando al cesar de plañir y lamentar en tono el más triste la desventura que con todo su peso le oprimía, montó de un salto sobre su caballo, como quien no veía la hora de partir a Susa con su gente para destronar al mago. Pero quiso su hado adverso que al ir a montar con ímpetu y sin algún miramiento, tirando hacia abajo con su mismo peso el puño del alfanje, sacase la hoja fuera de la vaina, y que el alfanje desenvainado por sí mismo hiriese a Cambises en el muslo. Luego que se vio herido en la parte misma del cuerpo en que antes había herido al dios de los egipcios, Apis, pareciéndole mortal la herida, preguntó por el nombre de la ciudad en que se hallaba, y se le dijo llamarse Ecbatana. No carecía de misterio la pregunta, pues un oráculo venido de la ciudad de Butona había antes anunciado a Cambises que vendría a morir en Ecbatana, la cual tomaba este por su Ecbatana de Media, donde tenía todos sus entretenimientos y delicias, y en la cual se lisonjeaba echando largas cuentas que vendría a morir en una edad avanzada; pero el oráculo no hablaba sino de otra Ecbatana, ciudad de la Siria.[282]Al resonar, pues, en sus oídos el nombre fatal de la ciudad, vuelto en sí Cambises de su locura, aturdido en parte por la desgracia de verse destronado por un mago, y en parte desesperado por sentirse herido de muerte, comprendió por fin el sentido del oráculo aciago, y dijo estas palabras: «¡Aquí quieren los dioses, aquí los hados, que acabe Cambises, hijo de Ciro!».

LXV.Nada más aconteció por entonces; pero unos veinte días después, convocados los grandes señores de la Persia que cerca de sí tenía, hízoles Cambises este discurso: «Persas míos, vedme al cabo en el lance apretado de confesarosen público lo que más que cosa alguna deseaba encubriros. Habéis de saber que allá en Egipto tuve entre sueños una fatal visión, que ojalá nunca hubiera soñado, la cual me figuraba que un mensajero enviado de mi casa me traía el aviso de que Esmerdis, subido sobre un trono real, se levantaba más allá de las nubes y tocaba al cielo con su cabeza. Confiésoos, señores, que el miedo que mi sueño me infundió de verme algún día privado del imperio por mi hermano, me hizo obrar con más presteza que acuerdo; y así debió suceder, pues no cabe en hombre nacido el poder estorbar el destino fatal de las estrellas. ¿Qué hice, ¡insensato!, al despertar de mi sueño? Envío luego a Susa a ese mismo Prexaspes con orden de dar muerte a Esmerdis. Desembarazado ya de mi soñado rival por medio de un hecho impío y atroz, vivía después seguro y quieto sin imaginar jamás que, muerto una vez mi hermano, persona alguna pudiera levantarse con mi corona. Mas, ¡ay de mí, desventurado!, que no atiné con lo que había de sucederme, porque después de haber sido fratricida y de violar los derechos más sagrados, me veo con todo destronar ahora de mi imperio. Ese vil era el mago Esmerdis, aquel que entre sueños no sé qué dios me hizo ver rebelde. Yo mismo fui el homicida de mi hermano, os vuelvo a confesar, para que nadie de vosotros imagine que vive y reina el príncipe Esmerdis, hijo de Ciro. Dos magos son, señores, los que se alzan con el imperio; uno el mismo a quien dejé en casa de mayordomo, otro su hermano llamado Esmerdis; y en esto no cabe duda, pues aquel hermano mío, el buen príncipe Esmerdis, que en este lance debiera ser y fuera sin duda el primero en vengarme de los magos, murió ya, os lo juro por ese mismo dolor de que me siento acabar, y murió el infeliz con una muerte la más impía que se conozca, procurada por la persona que más allegada tenía sobre la tierra. Ahora, oh persas míos, en falta de mi buen hermano, a vosotros es a quienes debo volverme como asegundos herederos del imperio persa, y también de mi legítima venganza, que quiero toméis después de mi propia muerte. Invoco, pues, a los dioses tutelares de mi corona, y aquí en presencia de ellos, en esta mi última disposición, os mando a todos vosotros, oh persas, en común, y a vosotros, oh mis aqueménidas que estáis aquí presentes, muy en particular, que nunca sufráis que vuelva vuestro imperio a los medos: no, jamás, sino que si con engaño lo han adquirido, con engaño quiero que se lo quitéis; si con fuerza os lo usurparon, con fuerza os mando se lo arranquéis. Desde ahora para entonces suplico a los dioses que si así lo hiciereis, os confirmen la libertad junto con la soberanía, la abundancia en los frutos de la campiña, la fecundidad en los partos de vuestras mujeres, la abundancia en vuestras crías y rebaños. Pero si no recobraseis el imperio, o no tomaseis la empresa con la mayor actividad, desde este momento invoco contra vosotros a todos los dioses del universo, y convierto todos mis votos primeros en otras tantas imprecaciones contra la nación persa entera; añadiendo la maldición de que tenga cada uno de vosotros un fin tan desastroso como el que muy presto voy a tener».[283]Dijo Cambises, y lamentando después su desventura, abominó todas las acciones de su vida.

LXVI.Los persas circunstantes, al ver a su rey entregado a la amargura y al más deshecho llanto, rasgan todos sus vestiduras, y prorrumpen en sollozos y confusos lamentos. Poco después, como la llaga se fuese encancerando a toda prisa y hubiese ya penetrado hasta el mismo hueso, se pudrió todo el muslo; y Cambises, hijo de Ciro, acabó sus días allí mismo, sin dejar prole alguna, ni varón, ni hembra, después de un reinado de siete años y cinco meses. MuertoCambises, apoderose desde luego del ánimo de los persas allí presentes una vehemente sospecha de que sería falsa la nueva de que los magos se hubiesen alzado con el mando, inclinándose antes a creer que cuanto Cambises les había dicho sobre la muerte de Esmerdis era una mera ficción y maliciosa calumnia urdida adrede para enemistar con el príncipe todo el nombre persa; de suerte que pensaban que Esmerdis, hijo de Ciro, y no otro, era en realidad quien había subido al trono, mayormente viendo que Prexaspes negaba tenazmente haber puesto sus manos en el príncipe, obligado a ello por conocer bien claro que, muerto una vez Cambises, no podía ya buenamente confesar haber sido el verdugo de un infante de Persia, hijo de Ciro.

LXVII.Con esto, el mago intruso en el trono, abusando del nombre del príncipe Esmerdis, su tocayo, reinó tranquilo los siete meses que faltaban para que se cumpliera el octavo año del reinado de Cambises.[284]En este corto espacio de tiempo se esmeró en hacer mercedes y gracias a todos sus vasallos, de modo que los pueblos del Asia en general, exceptuados solamente los persas, después de su fallecimiento lo echaron de menos muy de veras y por muchos días. Habíase particularmente conciliado el mago el amor de los súbditos con escribir, luego de subido al trono, a todas las naciones de sus dominios, que por espacio de tres años concedía generalmente que nadie sirviese en la milicia ni le pagase tributo alguno.

LXVIII.Llegado el octavo mes de su reinado, descubriose la impostura del mago del siguiente modo: Ótanes, hijo de Farnaspes, señor muy principal que ni en nobleza nimenos en riqueza cedía a ninguno de los grandes de Persia, fue el primero que vino poco a poco a sospechar dentro de sí que el monarca reinante era Esmerdis el mago, y no el hijo de Ciro. En dos razones fundaba su sospecha: una en que el rey nunca salía del recinto de la ciudad; otra en que jamás admitía a su presencia ningún persa de alguna consideración; y movido de esta idea y recelo, aplicose muy de propósito a averiguar la verdad del caso. Fedima, hija de Ótanes, había sido antes una de las mujeres de Cambises, y continuaba entonces en serlo del mago, encerrada en el serrallo del rey con todas las demás que fueron de su antecesor. Envía, pues, Ótanes un mensaje a su hija pidiéndole le diga si el rey con quien ella duerme es Esmerdis, hijo de Ciro, o algún otro personaje; a lo cual manda ella contestar que ignora con quien duerme, puesto que nunca antes había visto al príncipe Esmerdis, ni sabe al presente quién sea su marido. Envíale Ótanes segundo recado en estos términos: «Mujer, pues que no conoces al hijo de Ciro, puedes al menos preguntar a la princesa Atosa con qué marido, así ella como tú, estáis casadas, pues que Atosa no puede menos de conocer bien a su mismo hermano, el infante Esmerdis». «Pues qué, replicó Fedima a su padre, ¿puedo abocarme con Atosa, ni verme con ninguna de las mujeres del serrallo? Apenas este rey, sea quien quiera, tomó posesión de la corona, se nos separó al punto unas de otras, cada cual en su propio aposento».

LXIX.Con tales demandas y respuestas, trasluciéndosele más y más la impostura a Ótanes, envía a su hija este tercer recado: «Hija mía, por lo que debes a ti misma y a tu cuna, es menester no te excuses ni te niegues a entrar en el peligro a que te llama ahora tu padre, pues si no es ese rey el legítimo Esmerdis, hijo de Ciro, sino hijo de cualquiera, como imagino, es del todo forzoso que ese impostor soberano no se alabe por más tiempo de tener a su disposición una princesa de tu clase, ni de ser el tirano de lospersas seducidos, sino que lleve pronto su castigo. Haz, pues, lo que voy a decirte: la noche que contigo duerma espera que esté bien dormido, y entonces tiéntale las orejas: si se las hallares, no hay más que hacer ni vacilar, pues con esto podrás estar seguro de que eres esposa de Esmerdis, hijo de Ciro; pero si no las tuviere el malvado impostor, sabe, hija, que has venido a ser una cortesana del mago Esmerdis». Respondió Fedima a su padre, que bien veía el gran peligro a que en ello se iba a exponer, pues claro estaba que si aquel hombre no tenía orejas y la cogía en el momento de tentar si las tenía, la haría morir y desaparecer infaustamente; pero no obstante su riesgo, dábale palabra de hacer sin falta la prueba que le pedía. Las orejas a que se aludía habíalas hecho cortar Ciro, padre de Cambises, al mago Esmerdis, no sé por qué delito, que no debió ser leve, que en su tiempo había cometido. La reina Fedima, la hija del noble Ótanes, cumplió exactamente con la palabra dada a su padre: cuando le llegó su vez de dormir con el mago, según la costumbre de las mujeres en Persia, que van por turno a estar con sus maridos, fue al tálamo real y se acostó con aquel. Coge al mago un profundo sueño; Fedima a su salvo le va tentando las orejas, y ve desde luego, sin caberle duda, que carece de ellas el impostor. Apenas, pues, amanece el día, cuando envía un mensaje a su padre dándole cuenta de lo averiguado.

LXX.Hecha ya la prueba, llamó Ótanes a dos grandes de Persia, el uno Aspatines y Gobrias el otro, que le parecieron los más a propósito para guardar el secreto; y no bien acabó de contarles la impostura del mago, de que no dejaban de tener por sí mismos algunos barruntos, cuando dieron entero crédito a la narración. Acordaron allí mismo que cada uno de ellos se asociara para la empresa contra el mago otro persa, aquel sin duda de quien más confianza tuvieran. En consecuencia de esta determinación, Ótanes escogió por compañero a Intafrenes, Gobrias a Megabizo,y Aspatines a Hidarnes. Siendo ya seis los persas conjurados contra el mago, quiso la suerte que llegase entretanto a Susa Darío, hijo de Histaspes, venido de Persia, de la cual era su padre gobernador. Apenas supieron los seis la venida de Darío, les pareció conveniente unirle a su partido.

LXXI.Júntanse, pues, los siete a deliberar seria y eficazmente sobre el punto, unidos entre sí con los más sagrados y solemnes juramentos. Al llegar el turno a Darío, dijo su parecer en esta forma: «Estaba persuadido, señores, de que yo era el único en saber que no vivía Esmerdis, hijo de Ciro, y que un mago nos representaba el papel de soberano: diré más aún, que no fue otra mi venida sino ver cómo podría oponerme al mago y procurar la muerte a ese tirano. Ahora, ya que la suerte ha querido que yo no sea el único dueño del misterio, sabiendo vosotros también el secreto, mi parecer es que pongamos ahora mismo manos a la obra sin esperar a mañana, qué es lo que más nos importa». «Oh buen hijo de Histaspes, le replica Ótanes, hablas como quien eres, pues hijo de un gran padre, no te muestras menos grande que el que te engendró. Pero atiende, Darío, a que lo que propones no sea antes precipitar la empresa que manejarla con arte y prudencia. La gravedad del negocio, si queremos llevarlo a cabo, requiere que seamos más en número los agresores del tirano». «Pues en verdad os aseguro, replica luego Darío, que si adoptáis el parecer de Ótanes, vais desde este punto, amigos míos, a ser otras tantas funestas víctimas consagradas a la venganza del mago. ¿No veis que no ha de faltar alguno, entre muchos, que para hacer fortuna venda con la denuncia vuestras vidas al furor del intruso? Lo mejor hubiera sido que vosotros por vuestra propia mano hubierais antes dado el golpe sin llamar a nadie en vuestro socorro. Pero ya que no lo hicisteis, teniendo por mejor comunicar la empresa con muchos y hacerme entrar en la liga, os repito que estamosya al extremo; o llevemos hoy mismo por cabo la empresa, o si se nos pasa el día de hoy, juro aquí mismo por los dioses que nadie ha de anticiparse en la delación, pues desde aquí voy en derechura a delataros al mago».

LXXII.Cuando Ótanes vio a Darío tan resuelto y pronto a la ejecución, hablole otra vez así: «Ahora bien, Darío, ya que nos obligas, y aun fuerzas, aquí de improviso sin dejarnos respirar un punto a que emprendamos esta hazaña, dinos asimismo por vida de los dioses: ¿cómo hemos de penetrar en palacio para dejarnos caer de golpe sobre ellos? Bien sabes tú o por haberlos visto con tus ojos, o haberlo mil veces oído, cómo están allí apostados por orden los centinelas. Dinos, pues: ¿cómo podremos pasar por medio de ellos?». «¿Cómo? responde Darío, ¿no sabes, Ótanes, que la intrepidez hace ver ejecutadas muchas cosas antes que la razón las mire como posibles? ¿Que otras al contrario da por hechas la razón que no puede cumplir el brazo más robusto? Creedme, fuera reparos y temores; nada más fácil para nosotros que penetrar por medio de esos centinelas apostados, parte porque ni uno de ellos habrá que no nos ceda el paso, siendo los personajes que somos en la Persia, pues los unos lo harán por respeto, y otros quizá por miedo; parte por no faltarme un especioso pretexto con que logremos el paso libre, con decir que recién llegado de Persia traigo de parte de mi padre un importante negocio que tratar de palabra con el soberano. Mentiré sin duda diciéndolo; pero bueno es mentir si lo pide el asunto, pues a mi ver el que miente y el que dice verdad van entrambos al mismo fin de atender a su provecho. Miente el uno porque con el engaño espera adelantar sus negocios: dice verdad el otro para conseguir algo, cebando con ella a los demás para que le fíen mejor sus intereses. En suma, con la verdad y la mentira procuran todos su utilidad; de suerte que creo que si nada se interesara en ello la gente, todo este aparato de palabras se lo llevaría el aire, y tan falso fuera el hombremás veraz, como veraz el más falso del universo. Vamos al caso: al portero y guardia de palacio que cortés y atento nos ceda el paso, sabremos después agradecérselo y pagárselo bien; al que haciéndonos frente tuviere la osadía de negarnos la entrada, le trataremos allí mismo como a enemigo; y empezando por él las hostilidades, avanzaremos animosos al ataque de palacio».

LXXIII.Después de este discurso, toma Gobrias la palabra: «Amigos, les dice, trátase ahora de nuestro honor; nada más glorioso a nuestras personas que recobrar el imperio perdido o morir en la demanda si no pudiésemos salir con ella. ¿Pues qué, nosotros los persas hemos de ser vasallos de un medo, súbditos de un mago, siervo de un criminal infame y con las orejas cortadas? Bien podéis acordaros los que conmigo os hallasteis presentes al último discurso del enfermo y moribundo Cambises, no diré de los encargos y mandas que nos hizo, sino de las horrendas maldiciones de que nos cargó, si después de su muerte no procurábamos recobrar el imperio usurpado. Verdad es que nosotros, temerosos de que no fuera su arenga una calumnia contra Esmerdis, su hermano, no acabamos de darle el crédito que merecía. Ahora repito que me conformo con el parecer de Darío, y añado que nadie salga de está junta sino para ir en derechura a desocupar el palacio, y a deshacernos luego del mago». Dijo, y todos a una voz siguieron el voto de Gobrias.

LXXIV.Entretanto que los coligados estaban en asamblea, sucedió un caso oportunamente llevado por la fortuna. Los magos dominantes acordaron como conveniente atraer a Prexaspes a su partido y confianza, por muchos motivos: uno por saber que había tenido que sufrir de Cambises las más atroces injurias, habiendo su hijo caído a sus propios ojos traspasado de una flecha que el rey le disparó; otro por ser Prexaspes el único o el que mejor que nadie sabía la muerte que con sus propias manoshabía dado al príncipe Esmerdis; y tercero, por ser además uno de los señores de mayor reputación entre los persas. Por estos motivos, habiendo los magos llamado a palacio a Prexaspes, procuraron ganárselo por amigo, y le obligaron con los más solemnes juramentos a darles palabra que les guardaría sumo secreto, sin decir a hombre nacido o por nacer el engaño que habían tramado contra los persas, prometiéndole por su parte montes de oro y cuanto acertara a pedir y desear. Promete Prexaspes a los magos hacer cuanto se le pidiese; y dícenle segunda vez que estaban resueltos a convocar a los persas todos bajo los muros de su real alcázar, deseosos de que él, subido sobre una de las almenas de palacio, les dijese que el soberano a quien entonces obedecían era realmente el mismo Esmerdis, hijo de Ciro, y ningún otro Esmerdis; lo cual le mandaban los magos, así por ser Prexaspes el más acreditado sujeto que tenían los persas, como por saber muy bien que tanto más crédito se le daría, cuantas habían sido en número las ocasiones en que Prexaspes había públicamente asegurado que vivía Esmerdis, hijo de Ciro, negando ser verdad la voz que de su muerte corría.

CXXV.No se hizo rogar Prexaspes, diciendo estar pronto para ello. Llaman, pues, los magos a los persas para aquella asamblea del reino, y mandan a aquel, que puesto sobre una almena les hable desde allí. Entonces el honrado Prexaspes, olvidándose de propósito de lo que los magos le habían pedido, toma desde Aquemenes el exordio de su arenga, va deslindando la ascendencia de Ciro que de él venía, pondera al llegar aquí lo mucho que debe al gran Ciro la nación de los persas, y, concluido su elogio, sigue llanamente diciendo la verdad, confesando que la había antes encubierto por no poder decirla a su salvo y sin que le costase caro; pero que había llegado ya la hora para declarar, según lo exigía su conciencia, el gran misterio del palacio de Susa. Confesó, en efecto, que obligado por Cambises, élmismo había sido antes el verdugo del príncipe real Esmerdis, hijo de Ciro; y que los magos eran entonces los soberanos del imperio. Concluyó por fin descargando sobre los persas las más horrendas imprecaciones, si dejando a los magos sin la debida venganza no volvían a señorearse del mando. Y diciendo estas últimas palabras, se arroja desde lo alto del alcázar cabeza abajo. Así Prexaspes, honrado en vida, murió como persa bueno y leal.

LXXVI.Mientras que esto sucedía en palacio, los siete grandes de Persia confederados, en virtud del acuerdo tomado de poner manos a la obra al momento, sin dilatar la empresa un solo punto, iban a ejecutarla después de haber llamado a los dioses en su favor y ayuda, sin que nada hubieran sabido de la reciente aventura de Prexaspes. A la mitad de su camino oyeron lo que con este acababa de suceder, y retirándose de la calle entraron de nuevo en consulta. Era Ótanes de parecer que se difiriera absolutamente la empresa para mejor ocasión, no siendo oportuna para el intento la presente ocasión del alboroto y fermentación del estado. Darío decía, al contrario, que convenía ir luego a palacio y acometer la empresa sin más tardanza. En el calor de esta contienda, he aquí que aparecen de repente a los septemviros siete pares de halcones dando caza a dos pares de buitres, arrancándoles las plumas por el aire, y destrozándoles el cuerpo con los picos. Venlos los siete conjurados, y dando todos asentimiento a Darío, marchan derechos a palacio llevados en alas de tan felices agüeros.

LXXVII.Llegan a las puertas de palacio; les sucede puntualmente como se prometía Darío, pues al instante los centinelas, parte por respecto a tales grandes y señores de Persia, parte por no pasarles siquiera por el pensamiento que pudieran venir aquellos personajes con el objeto que realmente traían, no solo les dieron paso franco, sino que, como si fueran otros tantos enviados de los mismos dioses, nadie hubo que les preguntase a qué venían. Pero internadosya dentro de las salas de palacio, al dar con los eunucos que solían entrar los recados al soberano, pregúntanles estos qué pretendían allí dentro, gritando al mismo tiempo y amenazando a los guardias por haberles admitido en palacio. Al oírles los conjurados, y al ver la resistencia que se les hacía, anímanse mutuamente, sacan sus dagas, cosen a puñaladas a cuantos se les oponen, y éntranse corriendo hacia el aposento de los magos.

LXXVIII.Hallábanse cabalmente los dos magos dentro de él tomando sus medidas sobre el reciente caso de Prexaspes. Apenas oyeron aquel alboroto y repentina gritería de sus eunucos, salieron ambos corriendo, y al ver lo que dentro pasaba, pensaron en hacer una vigorosa resistencia: el uno de ellos antes que llegasen los conjurados pudo coger su arco, y el otro echó mano luego de su lanza. Cierran los grandes contra los magos; al del arco nada le servían sus flechas no estando a tiro los enemigos, que le tenían cuerpo a cuerpo rodeado y oprimido; el otro, blandiendo oportunamente su lanza se defendía bien y ofendía a los agresores, hiriendo con ella a Aspatines en un muslo y a Intafrenes en uno de los ojos, del cual toda su vida quedó tuerto, aunque no murió de la herida. Pero mientras uno de los magos lograba herir a estos dos, el otro, viendo que no podía hacer uso del arco, iba retirándose de la sala hacia el retrete contiguo, con ánimo de cerrar la puerta a los agresores; pero al mismo tiempo dos de los conspiradores, Darío y Gobrias, arremeten y entran dentro con él. Cógele Gobrias apretadamente y le tiene bien sujeto entre los brazos; mas con todo, Darío no usaba de la daga, temeroso de herir a Gobrias en la oscuridad del aposento, en vez de pasar al mago de parle a parte. Conociendo Gobrias que estaba detenido, pregúntale qué hace del puñal en la ociosa mano: «Téngole aquí suspendido, le dice, y con la mano levantada por no herirte». «Cóseme con él, amigo, responde Gobrias, como pases a puñaladas a este mago maldito».Obedece Darío, da la puñalada y acierta al mago.

LXXIX.Muertos ya los dos magos y cortadas sus cabezas, los libertadores de Persia dejan en palacio a sus dos compañeros heridos, ya porque no podían estos seguirles, ya también con la mira de que se quedasen por guardas del alcázar. Los otros cinco, sanos y victoriosos, salen corriendo de palacio con las dos cabezas en las manos, y lo llenan todo de tumulto y vocería. Convocando luego a los persas, con las cabezas pendientes de las manos, les van contando apresuradamente lo sucedido, y matando juntamente por las calles a cuantos magos les salen al encuentro. Los demás persas, teniendo a la vista la reciente hazaña de sus siete héroes, y patente a los ojos el embuste de los magos, miraban todos como un deber de honor y de justicia ejecutar otro tanto por su parte, y con el puñal en la mano no dejaban a vida mago alguno que pudiesen hallar. Tanta fue la carnicería que, si no la hubiese detenido la noche, no quedara ya raza de magos. Los persas miran como el más solemne y memorable este día, en que celebran una gran fiesta aniversaria, a la que dan el nombre deMagofonía, no permitiendo que en ella comparezcan en público los magos, obligados severamente a mantenerse encerrados en su casa.

LXXX.De allí a cinco días, sosegado ya en Susa el público tumulto, los septemviros levantados contra los magos empezaron a consultar entre sí acerca de la situación y arreglo del imperio persa; y en la deliberación se dijeron cosas y pareceres que no se harán creíbles a los griegos, pero que no por esto dejaron realmente de decirse. Aconsejábales Ótanes que, en primer lugar, se dejase en manos del pueblo la suma potestad del estado, y les hablaba en esta conformidad: «Mi parecer, señores, es que ningún particular entre nosotros sea nombrado monarca de aquí en adelante, pues tal gobierno ni es agradable ni menos provechoso a la sociedad avasallada. Bien sabéis vosotrosmismos a qué extremos no llegó la suma insolencia y tiranía de Cambises, y no os ha cabido poca parte en la audacia extremada del mago. Quisiera se me dijese cómo cabe en realidad que la monarquía, a cuyo capricho es dado hacer impunemente cuanto se le antoje, pueda ser un gobierno justo y arreglado. ¿Cómo no ha de ser por sí misma peligrosa y capaz de trastornar y sacar de quicio las ideas de un hombre de índole la más justa y moderada cuando se vea sobre el trono? Y la razón es, porque la abundancia de todo género de bienes engendra insolencia en el corazón del monarca, juntándose esta con la envidia, vicio común nacido con el hombre mismo. Teniendo, pues, un soberano estos dos males, insolencia adquirida y envidia innata, tiene en ellos la suma y el colmo de todos. Lleno de sí mismo y de su insolente pujanza, cometerá mil atrocidades por mero capricho, otras mil de pura envidia, siendo así que un soberano a quien todo sobra debiera por justo motivo verse libre de los estímulos de tal pasión. Con todo, en un monarca suele observarse un proceder contrario para con sus súbditos: de envidia no puede sufrir que vivan y adelanten los sujetos de mérito y prendas sobresalientes; gusta mucho de tener a su lado los ciudadanos más corrompidos y depravados del estado; tiene el ánimo siempre dispuesto a proteger la delación y apoyar la calumnia. No hay hombre más receloso y descontentadizo que un monarca. ¿Es uno parco o contenido en admirar sus prendas y subirlas a las nubes? Se da él por ofendido de que se falte al acatamiento y veneración debida al soberano. ¿Es otro, por el contrario, pródigo en dar muestras de su respeto y admiración? Se le desdeña y mira como a un adulador falso y vendido. Y no es eso lo peor; lo que no puede sufrírsele de ningún modo es ver cómo trastorna las leyes de la patria; cómo abusa por fuerza de las mujeres ajenas; cómo, finalmente, pronuncia sentencia capital sin oír al acusado. Mas al contrario, un estado republicano, además de llevar en sumismo nombre deIsonomíala justicia igual para todos y con ella la mayor recomendación, no da prácticamente en ninguno de los vicios y desórdenes de un monarca; permite a la suerte la elección de empleos; pide después a los magistrados cuenta y razón de su gobierno; admite, por fin, a todos los ciudadanos en la liberación de los negocios públicos. En resolución, mi voto es anular el estado monárquico, y sustituirle el gobierno popular, que al cabo en todo género de bienes siempre lo más es lo mejor». Tal fue el parecer que dio Ótanes.

LXXXI.Pero Megabizo, en el voto razonado que dio, se declaró por la oligarquía, favoreciendo a los grandes por estas razones: «Desde luego, dijo, me conformo con el voto de Ótanes, dando por buenas sus razones acerca de acabar con la tiranía; mas en cuanto a lo que añadió de que pasase a manos del vulgo la autoridad soberana, en esto digo no anduvo acertado. Es cierto que nada hay más temerario en el pensar que el imperito vulgo, ni más insolente en el querer que el vil y soez populacho. De suerte que de ningún modo puede aprobarse que para huir la altivez de un soberano se quiera ir a parar en la insolencia del vulgo, de suyo desatento y desenfrenado; pues al cabo un soberano sabe lo que hace cuando obra; pero el vulgo obra según le viene a las mientes, sin saber lo que hace ni por qué lo hace. ¿Y cómo ha de saberlo, cuando ni aprendió de otro lo que es útil y laudable, ni de suyo es capaz de entenderlo? Cierra los ojos y arremete de continuo como un toro, o quizá mejor, a manera de un impetuoso torrente lo abate y arrastra todo. ¡Haga Dios que no los persas, sino los enemigos de los persas dejen el gobierno en manos del pueblo! Ahora debemos nosotros escoger un consejo compuesto de los sujetos más cabales del estado, en quienes depositaremos el poder soberano. Vamos a lograr así dos ventajas, una que nosotros mismos seremos del número de tales consejeros, otra que las resoluciones públicas serán las más acertadas, como debe suponersesiendo dictadas por hombres del mayor mérito y reputación».

LXXXII.Tal fue el voto dado por Megabizo. Darío, el tercero en hablar, votó en esta forma:[285]«Bien me parece lo que tocante al vulgo acaba de decir Megabizo, pero no me parece bien por lo que mira a la oligarquía; porque de los tres gobiernos propuestos, el del vulgo, el de los nobles, y el de un monarca, aun cuando se suponga cada cual en su género el mejor, el de un rey opino que excede en mucho a los demás. Y opino así, porque no veo que pueda darse persona más adecuada para el gobierno que la de un varón en todo grande y sobresaliente, que asistido de una prudencia política igual a sus eminentes talentos, sepa regir el cuerpo entero de la monarquía de modo que en nada se le pueda reprender; y tenga asimismo la ventaja del secreto en las determinaciones que fuere preciso tomar contra los enemigos de la corona. Paso a la oligarquía, en la cual, siendo muchos en dar pruebas de valor y en granjear méritos para con el público, es consecuencia natural que la misma emulación engendre aversión y odio de unos hacia los otros; pues queriendo cada cual ser el principal autor y como cabeza en las resoluciones públicas, es necesario que den en grandes discordias y mutuas enemistades, que de las enemistades pasen a las sediciones de los partidos, y de las muertes a la monarquía, dando con este último recurso una prueba real de que es este el mejor de todos los gobiernos posibles. ¿Qué diré del estado popular, en el cual es imposible que no vayan anidando el cohecho y la corrupción en el manejo de los negocios? Adoptada una vez esta lucrativa iniquidad y familiarizada entre los que administranlos empleos, en vez de odio no engendra sino harta unión en los magistrados de una misma gavilla que se aprovechan privadamente del gobierno y se cubren mutuamente por no quedar en descubierto ante el pueblo. De este modo suelen andar los negocios de la república, hasta tanto que un magistrado les aplica el remedio, y logra que el desorden público cese y acabe. Con esto, viniendo a ser objeto de la admiración del vulgo, ábrese camino con ella para llegar a ser monarca, dando en esto una nueva prueba de que la monarquía es el gobierno más acertado. Y, para decirlo en una palabra, ¿de dónde vino a la Persia, pregunto, la independencia y libertad pública? ¿Quién fue el autor de su imperio? ¿Fue acaso el pueblo? ¿Fue por ventura la oligarquía? ¿O fue más bien un monarca? En suma, mi parecer es que nosotros los persas, hechos antes libres y señores del imperio por un varón, por el gran Ciro, mantengamos el mismo sistema de gobierno, sin alterar de ningún modo las leyes y fueros de la patria, lo más útil que contemplo para nosotros».

LXXXIII.Dados los tres referidos pareceres, los cuatro votos que restaban del septemvirato se declararon por el de Darío. Ótanes, que deseaba introducir el gobierno popular y derechos iguales para todos los persas, no habiendo conseguido su intento, les habló de nuevo en estos términos: «Visto está, compañeros míos, que algunos de los que aquí estamos obtendrá la corona, o bien se la dé la suerte, o bien la elección de la nación a cuyo arbitrio la dejemos, o bien por cualquiera otra vía que recaiga en su cabeza. Pues yo renuncio desde ahora el derecho de pretenderla, ni entro en concurso, persistiendo en no querer ni mandar como rey, ni ser mandado como súbdito. Cedo todo el derecho que pudiera pretender, pero cedo con la expresa condición de no estar jamás yo ni alguno de mis descendientes a las órdenes del soberano». Hecha tal propuesta, que fue admitida luego por los seis confederadosbajo aquella restricción, salió Ótanes del congreso; y en efecto, sola su familia se mantiene hasta hoy día libre e independiente entre los persas, pues se le manda únicamente en cuanto ella no lo rehúsa, no faltando por otra parte a las leyes del estado persa.

LXXXIV.Los seis grandes restantes de la liga continuaban en sus conferencias ordenadas a la mejor elección de un monarca; y ante todo les pareció establecer que si la corona venía a recaer en alguno de los seis, se obligara este a guardar a Ótanes y a toda su descendencia el perpetuo privilegio de honrarse con la vestidura de los medos, y enviarle asimismo los legítimos regalos que se miran entre los persas como distinciones las más honoríficas. La causa de honrar a Ótanes con esta singular prerrogativa fue por haber sido el principal autor y cabeza de la conjuración contra el mago, aconsejándola a los demás compañeros de la liga. Respecto al cuerpo de los siete confederados, ordenaron: primero, que cualquiera de ellos, siempre que le pareciese, tuviera franca la entrada en palacio, sin prevención ni ceremonia de pasar antes recado, a no ser que el rey estuviese en su aposento en compañía de sus mujeres: segundo, que el rey no pudiera tomar esposa que no fuese de la familia de dichos confederados: finalmente, por lo tocante al punto principal de la elección al trono, acordaron tomar el medio de montar los seis a caballo en los arrabales de Susa, y nombrar y reconocer por rey a aquel cuyo caballo relinchase el primero a la salida del sol.

LXXXV.Tenía Darío un caballerizo hábil y perspicaz, por nombre Ebares, al cual, apenas vuelto a su casa de la asamblea, hace llamar y habla de este modo. «Hágote saber, Ebares, que para la elección de monarca hemos resuelto que sea nuestro rey aquel cuyo caballo, estando cada uno de nosotros montado en el suyo, fuere el primero en relinchar al nacer el sol. Tiempo es ahora de que te valgas de tus tretas y recursos, si algunos tienes, para hacer detodas maneras que yo y ningún otro arrebate el premio de la corona». «Buen ánimo, señor, responde Ebares; dadla ya por alcanzada y puesta sobre la cabeza; si nada más se exige, y si en lo que decís consiste ser rey o no, albricias os pido, porque ningún otro que vos lo será. Más vale maña que fuerza, y mañas hay aquí y recursos para todo». «Manos a la obra, pues, replícale Darío; si algún ardid sabes, tiempo es de usarlo sin perder un instante, pues mañana mismo ha de decidirse la cuestión». Oído lo cual, practica Ebares esta diligencia: venida la noche, toma una de las yeguas de su amo, aquella cabalmente que movía y alborotaba más el amor del caballo de Darío; llévala a los arrabales y la deja allí atada; vuelve después conduciendo el caballo de Darío, hácele dar mil vueltas y revueltas alrededor de la yegua, permitiéndole solo el acercarse a ella, hasta que al cabo de largo rato le deja holgar libremente.

LXXXVI.Apenas empezó a rayar el alba al siguiente día, cuando los seis grandes de Persia pretendientes de la corona, conforme a lo pactado, se dejaron ver aparejados y prontos en sus respectivos caballos, e iban de una a otra parte paseando por los arrabales, cuando no bien llegados a aquel paraje donde la yegua había estado atada la noche anterior, dando una corrida el caballo de Darío empieza sus relinchos. Al mismo tiempo ven todos correr un rayo por el sereno cielo y oyen retumbar un trueno, cuyos prodigios sucedidos a Darío fueron su inauguración para la corona, de modo que los otros competidores, bajando del caballo a toda prisa y doblando allí mismo la rodilla, le saludaron y reconocieron por su rey.[286]

LXXXVII.Así cuentan algunos el ambicioso artificio usado por Ebares, si bien otros, pues andan en esto divididas las relaciones de los persas, lo refieren de otra manera. Dicenque Ebares aplicó antes su mano al vientre de la yegua, y la mantuvo cubierta entre sus vestidos, pero al momento de apuntar el sol, cuando debían mover los caballos, sacando su mano el caballerizo, la llevó a las narices del caballo, el cual, percibiendo el olor, principió al punto a relinchar.

LXXXVIII.De este modo Darío, hijo de Histaspes, fue no solo proclamado en Susa, sino reconocido también por rey de todos los vasallos del Asia a quienes antes Ciro y después Cambises habían subyugado. Pero en este número no deben entrar los árabes, que nunca prestaron vasallaje y obediencia a los persas, si bien como amigos y aliados quisieron dar paso a Cambises para el Egipto, al cual los persas no hubieran podido embestir con sus tropas si los árabes se les hubieran opuesto. Reconocido ya Darío rey de los persas, empezó sus nuevas alianzas, tomando por esposas de primera clase a las dos hijas de Ciro, llamada la una Atosa y la otra Aristona, aquella casada primero con su mismo hermano Cambises, y después con el mago; esta doncella todavía. Casó asimismo Darío con otra princesa real llamada Parmis, hija del infante Esmerdis, y quiso también tener por esposa de primer orden a la hija de Ótanes que había sido la primera en descubrir al mago impostor.[287]Una vez que tuvo ya Darío seguro y afianzado el imperio en su persona, mandó lo primero erigir por monumento de su nueva grandeza y fortuna una estatua ecuestre de mármol con una inscripción grabada en ella que decía: «Darío, hijo de Histaspes, por el valor de su caballo (al cualnombraba allí por su propio nombre) y de su caballerizo Ebares, adquirió el reino de los persas».

LXXXIX.Establecidas así las cosas entre los persas, señaló Darío 20 gobiernos que llaman satrapías, y nombrando en ellos sus sátrapas o gobernadores, ordenó los tributos que debían pagársele, tasando cierta cantidad para cada una de aquellas naciones tributarias. A este fin fue reuniendo a cada nación algunos pueblos confinantes, que contribuyesen juntamente con ella, y esta providencia tomada para las provincias más cercanas la extendió a las gentes más remotas del imperio, encabezando unas con otras para el reparto de los ingresos de la corona. La forma guardada en la división de los gobiernos y en la distribución de los tributos anuales fue la siguiente. Ante todo mandó a los pueblos que solían contribuir con plata que le pagasen la contribución en talentos babilónicos, y a los que con oro en talentos euboicos: el talento babilónico corresponde a 70 minas euboicas.[288]En el reinado de Ciro y en el inmediato de Cambises, no habiéndose fijado un arreglo todavía ni determinado una tasa individual acerca de los tributos, solían los pueblos contribuir a la corona con sus donativos; de suerte que Darío fue el autor de la talla determinada, de lo cual y de otras providencias de este género nació el dicho de los persas, que Darío fue un mercader, Cambises un señor y Ciro un padre; pues aquel de todo hacía comercio, el otro era áspero y descuidado, y este último muy humano y solícito en hacerlos a todos felices.

XC.Volviendo al asunto, el primer gobierno ordenado por Darío se componía de los jonios, de los magnesios del Asia, de los eolios, de los carios, de los licios, de los milias y de los panfilios: la contribución para la cual dichos pueblos juntamente estaban empadronados subía a 400 talentos de plata. El segundo gobierno, compuesto de los misios, lidios, lasonios, cabalios y los hiteneos, contribuía con 400 talentos. El tercer gobierno, en que estaban encabezados los pueblos del Helesponto que caen a la derecha del que navega hacia el ponto Euxino, a saber, los frigios, los tracios asiáticos, paflagonios, los mariandinos y los sirios,[289]cargaba con 360 talentos de contribución. El cuarto gobierno, que comprendía solo los cilicios, además de 360 caballos blancos que salían a uno por día,[290]pagaba al rey 500 talentos de plata, de los cuales 140 se quedaban allí para mantener la caballería apostada en las guarniciones de Cilicia, y los 360 restantes iban al erario real de Darío.

XCI.El quinto gobierno, cargado con 350 talentos de imposición, empezaba desde la ciudad de Posideo,[291]fundada por Anfíloco, hijo de Anfiarao, en los confines de los cilicios y sirios, y llegando hasta el Egipto, comprendía la Fenicia entera, la Siria que llaman Palestina, y la isla de Chipre, no entrando sin embargo en este gobierno la parte confinante de la Arabia, que era franca y privilegiada. El sexto gobierno se componía del Egipto, de los libios sus vecinos, de Cirene y de Barca, agregadas a este partido, y pagaba al erario real 700 talentos, y esto sin contar el producto que daba al rey la pesca del lago Meris, ni tampoco eltrigo que en raciones medidas se daba a 120.000 soldados persas y a las tropas extranjeras a sueldo del rey en Egipto, que suelen estar de guarnición en el fuerte blanco de Menfis. En el séptimo gobierno estaban encabezados los satágidas, los gandarios,[292]los dadicas y los aparitas que contribuían todos con la suma de 170 talentos. Del octavo gobierno, compuesto de Susa y de lo restante del país de los cisios, percibía el erario 300 talentos de contribución.

XCII.Del nono gobierno, en que entraba Babilonia con lo restante de la Asiria, sacaba el rey 1000 talentos de plata, y además 500 niños eunucos. Del décimo gobierno, compuesto de Ecbatana con toda la Media, de los paricanios y de los ortocoribantios, entraban en las rentas reales 450 talentos. El undécimo gobierno componíanlo los caspios, los pausicas, los pantimatos y los daritas, pueblos que unidos bajo un mismo registro tributan al rey 200 talentos. Del duodécimo gobierno, que desde los bactrianos se extendía hasta los eglos, se sacaban 360 talentos.[293]

XCIII.El decimotercio gobierno, formado de la Páctica, de los armenios, y gentes comarcanas hasta llegar al ponto Euxino, redituaba a las arcas del rey 400 talentos. Del decimocuarto gobierno, al cual estaban agregados los sagartios, los sarangas, los tamaneos, los utios, los micos y los habitantes de las islas del mar Eritreo, en las cuales suele confinar el rey a los reos que llamandeportados, se percibían 600 talentos de contribución. Los sacas y los caspios, alistados en el gobierno decimoquinto, contribuían con 250 talentos al año. Los partos, los corasmios, los sogdos y losarios, que formaban el decimosexto, pagaban al rey 300 talentos.[294]

XCIV.Los paricanios y etíopes del Asia empadronados en el decimoséptimo gobierno pagaban al erario real 400 talentos. A los matienos, a los saspires y a los alarodios, pueblos unidos en el gobierno decimoctavo, se les había impuesto la suma de 200 talentos. A los pueblos del decimonono, moscos, tibarenos, macrones, mosinecos y marsos, se impusieron 300 talentos de tributo. El gobierno vigésimo, en que están alistados los indios, nación sin disputa la más numerosa de cuantas han llegado a mi noticia, paga un tributo más crecido que los demás gobiernos, que consiste en 360 talentos de oro en polvo.[295]

XCV.Ahora, pues, reducido el talento de plata babilónico al talento euboico, de las contribuciones apuntadas resulta la suma de 9880 talentos euboicos. Multiplicado después el talento de oro en grano por 13 talentos de plata, dará esta partida la suma de 4680 talentos: así que, hecha la suma total de dichos talentos, el tributo anual que recogía Darío ascendía a 14.560 talentos euboicos, y esto sin incluir en ella las partidas de quebrados.

XCVI.Estos eran los ingresos que Darío percibía del Asia y de algunas pocas provincias de la Libia. Corriendo el tiempo, se le añadió el tributo que después le pagaron,así las islas del Asia menor, como los vasallos que llegó a tener en Europa, hasta la misma Tesalia. El modo como guarda el persa sus tesoros en el erario, es derramar el oro y la plata derretida en unas tinajas de barro hasta llenarlas, y retirarlas después de cuajado el metal; de suerte que cuando necesita dinero va cortando de aquellos pilones el oro y plata que para la ocasión hubiere menester.

XCVII.Estos eran, repito, los gobiernos y las tallas de tributo ordenadas por Darío. No he contado la Persia propia[296]entre las provincias tributarias de la corona, por cuanto los persas en su país son privilegiados e inmunes de contribución. Hablaré ahora de algunas otras naciones, las cuales, si bien no tenían tributos impuestos, contribuían al rey, sin embargo, con sus donativos regulares. Tales eran los etíopes, confinantes con el Egipto, que tienen su domicilio cerca de la sagrada Nisa, y celebran fiestas a Dioniso, los cuales, como todos sus comarcanos, siguiendo el modo de vivir que los indios llamados calantias, moran en las habitaciones subterráneas. Habiendo sido conquistados por Cambises dichos etíopes y sus vecinos en la expedición emprendida contra los otros etíopes macrobios, presentaban entonces cada tercer año y presentan aún ahora sus donativos, reducidos a dosquénicesde oro no acrisolado, a 200 maderos de ébano, a cinco niños etíopes, y a veinte grandes dientes de elefante.[297]Tales eran asimismo los colcos, que, juntamente con sus vecinos hasta llegar al monte Cáucaso, eran contados entre los pueblos donatarios de la corona, pues los dominios del persa terminan en el Cáucaso, desde el cual todo el país que se extiende hacia el viento Bóreas ennada reconoce su imperio. Los colcos, aun en el día, hacen al persa sus regalos de cinco en cinco años, como homenajes concertados, que consisten en cien mancebos y cien doncellas. Tales eran los árabes, finalmente, que regalaban al rey cada año mil talentos de incienso: y estos eran, además de los tributos, los donativos públicos que debían hacerse al soberano.

XCVIII.Volviendo al oro en polvo que los indios, como decíamos, llevan al rey en tan grande cantidad, explicaré el modo con que lo adquieren. La parte de la India de la cual se saca el oro, y que está hacia donde nace el sol, es toda un mero arenal; porque ciertamente de todos los pueblos del Asia de quienes algo puede decirse con fundamento de verdad y de experiencia, los indios son los más vecinos a la aurora, y los primeros moradores del verdadero oriente o lugar del nacimiento del sol, pues lo que se extiende más allá de su país y se acerca más a Levante es una región desierta, totalmente cubierta de arena.[298]Muchas y diversas en lenguaje son las naciones de los indios; unas son de nómadas o pastores, otras no; algunas de ellas, viviendo en los pantanos que forman allí los ríos, se alimentande peces crudos que van pescando con barcos de caña, pues hay allí cañas tales, que un solo canuto basta para formar un barco. Estos indios de las lagunas visten una ropa hecha de cierta especie de junco, que después de segado en los ríos y machacado, van tejiendo a manera de estera, haciendo de él una especie de petos con que se visten.

XCIX.Otros indios que llaman padeos y que habitan hacia la aurora, son no solo pastores de profesión, sino que comen crudas las reses, y sus usos se dice son los siguientes: Cualquiera de sus paisanos que llegue a enfermar, sea hombre, sea mujer, ha de servirles de comida. ¿Es varón el infeliz doliente? Los hombres que le tratan con más intimidad son los que le matan, dando por razón que corrompido él con su mal llegaría a corromper las carnes de los demás. El infeliz resiste y niega su enfermedad; mas ellos por eso no le perdonan, antes bien lo matan y hacen de su carne un banquete. ¿Es mujer la enferma? Sus más amigas y allegadas son las que hacen con ella lo mismo que suelen los hombres con sus amigos enfermos. Si alguno de ellos llega a la vejez, y son pocos de este número, procuran quitarle la vida antes que enferme de puro viejo, y muerto se lo comen alegremente.

C.Otros indios hay cuya costumbre es no matar animal alguno, no sembrar planta ninguna, ni vivir en casas. Su alimento son las hierbas, y entre ellas tienen una planta que la tierra produce naturalmente, de la cual se levanta una vaina, y dentro de ella se cría una especie de semilla del tamaño del mijo, que cogida con la misma vainilla van comiendo después de cocida. El infeliz que entre ellos enferma se va a despoblado y tiéndese en el campo, sin que nadie se cuide de él, ni doliente ni después de muerto.

CI.El concúbito de todos estos indios mencionados, se hace en público, nada más contenido ni modesto que el de los ganados. Todos tienen el mismo color que los etíopes:el esperma que dejan en las hembras para la generación no es blanco, como en los demás hombres, sino negro como lo es el que despiden los etíopes. Verdad es que estos indios, los más remotos de los persas y situados hacia el Noto, jamás fueron súbditos de Darío.

CII.Otra nación de indios se halla fronteriza a la ciudad de Caspatiro y a la provincia Páctica, y situada hacia el Bóreas, al norte de los otros indios, la cual sigue un modo de vivir parecido al de los bactrianos; y estos indios, los guerreros más valientes entre todos, son los que destinan a la conducción y extracción del oro citado.[299]Hacia aquel punto no es más el país que un arenal despoblado, y en él se crían una especie de hormigas de tamaño poco menor que el de un perro y mayor que el de una zorra, de las cuales cazadas y cogidas allí se ven algunas en el palacio del rey de Persia. Al hacer estos animales su hormiguero o morada subterránea, van sacando la arena a la superficie de la tierra, como lo hacen en Grecia nuestras hormigas, a las que se parecen del todo en la figura. La arena que sacan es oro puro molido, y por ella van al desierto los indios señalados, del modo siguiente: Unce cada uno a su carro tres camellos: los dos atados con sogas a los dos extremos de las varas son machos, el que va en medio es hembra. El indio montado sobre ella procura que sea madre y recién parida y arrancada con violencia de sus tiernas crías, lo que no es extraño, pues estas hembras son allí nada inferiores en ligereza a los caballos y al mismo tiempo de robustez mucho mayor para la carga.

CIII.No diré aquí cuál sea la figura del camello por ser bien conocida entre los griegos; diré, sí, una particularidad que no es tan sabida; a saber, que el camello tiene en las piernas de detrás cuatro muslos y cuatro rodillas, y que sus partes naturales miran por entre las piernas hacia su cola.

CIV.Uncidos de este modo al carro los camellos, salen los indios auríferos a recoger el oro, pero siempre con la mira de llegar al lugar del pillaje en el mayor punto de los ardores del sol, tiempo en que se sabe que las hormigas se defienden del excesivo calor escondidas en sus hormigueros. Es de notar que los momentos en que el sol pica más y se deja sentir más ardiente, no es a medio día como en otros climas, sino por la mañana, empezando muy temprano, y subiendo de punto hasta las diez del día, hora en que es mucho mayor el calor que se siente en la India que no en Grecia al medio día, y por eso la llaman los indios hora del baño. Pero al llegar al medio día, el calor que se siente entre los indios es el mismo que suele sentirse en otros países. Por la tarde, cuando empieza el sol a declinar, calienta allí del mismo modo que en otras partes después de recién salido; mas después se va templando de tal manera y refrescando el día, que al ponerse el sol se siente ya mucho frío.[300]

CV.Apenas llegan los indios al lugar de la presa, muy provistos de costales, los van llenando con la mayor diligencia posible, y luego toman la vuelta por el mismo camino, en lo cual se dan tanta prisa, porque las hormigas, según dicen ellos, los rastrean por el olor, y luego que lo perciben salen a perseguirlos, y siendo, como aseguran, de ligerezatal a que no llega animal alguno, si los indios no cogieran la delantera mientras ellas se van reuniendo, ni uno solo de los colectores de oro escapara con vida. En la huida los camellos machos, siendo menos ágiles, se cansan antes que las hembras, y los van soltando de la cuerda, primero uno y después otro, haciéndolos seguir detrás del carro, al paso que las hembras, que tiran en las varas con la memoria y deseo de sus crías, nada van aflojando de su corrida. Esta, en suma, según nos lo cuentan los persas, es la manera con que recogen los indios tanta abundancia de oro, sin faltarles con todo otro oro, bien que en menor copia, sacado de las minas del país.

CVI.Advierto que a los puntos extremos de la tierra habitada les han cabido en suerte las cosas más bellas y preciosas, así como a la Grecia ha tocado la fortuna de lograr para sí las estaciones más templadas en un cielo más dulce y apacible. Por la parte de Levante, la primera de las tierras habitadas es la India, como acabo de decir, y desde luego vemos allí que las bestias cuadrúpedas, como también las aves, son mucho mayores que en otras regiones, a excepción de los caballos, que en grandeza quedan muy atrás a los de Media llamados niseos.[301]En segundo lugar, vemos en la India infinita copia de oro, ya sacado de sus minas, ya revuelto por los ríos entre las arenas, ya robado, como dije, a las hormigas. Lo tercero, encuéntranse allí ciertos árboles agrestes que en vez de fruta llevan una especie de lana, que no solo en belleza sino también en bondad aventaja a la de las ovejas, y sirve a los indios para tejer sus vestidos.[302]

CVII.Por la parte de mediodía, la última de las tierras pobladas es la Arabia, única región del orbe que naturalmente produce el incienso, la mirra, la casia, el cinamomo y lédano, especies todas que no recogen fácilmente los árabes, si se exceptúa la mirra. Para la cosecha del incienso sírvense del sahumerio del estoraque, una de las drogas que nos traen a Grecia los fenicios; y la causa de sahumarle al irlo a recoger es porque hay unas sierpes aladas de pequeño tamaño y de color vario por sus manchas, que son las mismas que a bandadas hacen sus expediciones hacia el Egipto, las que guardan tanto los árboles del incienso, que en cada uno se hallan muchas de ellas, y son tan amigas de estos árboles que no hay medio de apartarlas sino a fuerza de humo del estoraque mencionado.

CVIII.Añaden los árabes sobre este punto, que todo su país estuviera a pique de verse lleno de estas serpientes si no cayera sobre ellas la misma calamidad que, como sabemos, suele igualmente suceder a las víboras, cosa en que deja verse, según nos persuade toda buena razón, un insigne rasgo de la sabiduría y providencia divina, pues vemos que a todos los animales tímidos a un tiempo por instinto y aptos para el sustento común de la vida, los hizo Dios muy fecundos, sin duda a fin de que, aunque comidos ordinariamente, no llegaran a verse del todo consumidos; mientras los otros por naturaleza fieros y perjudiciales suelen ser poco fecundos en sus crías.[303]Se ve esto especialmente en las liebres y conejos, los cuales, siendo presa de las fieras y aves de rapiña, y caza de los hombres, son unaraza con todo tan extremadamente fecunda, que preñada ya concibe de nuevo, en lo que se distingue de cualquiera otro animal; y a un mismo tiempo lleva en su vientre una cría con pelo, otra sin pelo aún, otra en embrión que se va formando, y otra nuevamente concebida en esperma. Tal es la fecundidad de la liebre y del conejo. Al contrario, la leona, fiera la más valiente y atrevida de todas, pare una sola vez en su vida y un cachorro solamente, arrojando juntamente la matriz al parirlo; y la causa de esto es porque apenas empieza el cachorrito a moverse dentro de la leona, cuando sus uñas, que tiene más agudas que ninguna otra fiera, rasga la matriz, y cuanto más va después creciendo, tanto más la araña con fuerza ya mayor, y por fin, vecino al parto, nada deja sano en el útero, dejándolo enteramente herido y destrozado.


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