Chapter 15

CIX.Así que si las víboras y sierpes voladoras de los árabes nacieran sin fracaso alguno por su orden natural, no quedara hombre a vida en aquel país. Pero sucede que al tiempo mismo del coito, cuando el macho está arrojando la esperma, la mala hembra, asiéndole del cuello y apretándole con toda su fuerza, no le suelta hasta que ha comido y tragado su cabeza. Muere entonces el macho, mas después halla la hembra su castigo en sus mismos hijuelos, que antes de nacer, como para vengar a su padre, la van comiendo las entrañas, de modo que para salir a luz se abren camino por el vientre rasgado de su misma madre. No sucede así con las otras serpientes, en nada enemigas ni perjudiciales al hombre, las que después de poner sus huevos van sacando una caterva sin número de hijuelos. Respecto a las víboras, observamos que las hay en todos los países del mundo; pero las sierpes voladoras solo en Arabia se ven ir a bandadas, lo que las hace parecer muchas en número, y es cierto que no se ven en otras regiones.

CX.Hemos referido el modo como los árabes recogen el incienso; he aquí el que emplean para recoger la casia.Para ir a esta cosecha, antes de todo se cubren no solo el cuerpo sino también la cara con cueros y otras pieles, dejando descubiertos únicamente los ojos; porque la casia, nacida en una profunda laguna, tiene apostados alrededor ciertos alados avechuchos muy parecidos a los murciélagos, de singular graznido y de muy gran fuerza, y así defendidos los árabes con sus pieles los van apartando de los ojos mientras recogen su cosecha de casia.

CXI.Más admirable es aún el medio que usan para reunir el cinamomo, si bien no saben decirnos positivamente ni el sitio donde nace, ni la calidad de la tierra que lo produce; infiriendo solamente algunos por muy probables conjeturas que debe nacer en los mismos parajes en que se crió Dioniso. Dícennos de esta planta que llegan al Arabia unas grandes aves llevando aquellos palitos que nosotros, enseñados por los fenicios llamamos cinamomo, y los conducen a sus nidos formados de barro encima de unos peñascos tan altos y escarpados que es imposible que suba a ellos hombre nacido. Mas para bajar de los nidos el cinamomo han sabido los árabes ingeniarse, pues partiendo en grandes pedazos los bueyes, asnos y otras bestias muertas, cargan con ellos, y después de dejarlos cerca del lugar donde saben que está su manida, se retiran luego muy lejos: bajan volando a la presa aquellas aves carniceras, y cargadas con aquellos enormes cuartos los van subiendo y amontonando en su nido, que no pudiendo llevar tanto peso, se desgaja de la peña y viene a dar en el suelo. Vuelven los árabes a recoger el despeñado cinamomo, que vendido después por ellos pasa a los demás países.

CXII.Aun tiene más de extraño y maravilloso la droga del lédano, o ládano como los árabes lo llaman, que nacida en el más hediondo lugar es la que mejor huele de todas. Cosa extraña por cierto; va criándose en las barbas de las cabras y de los machos de cabrío, de donde se le extrae a la manera que el moho del tronco de los árboles. Es el másprovechoso de todos los ungüentos para mil usos, y de él muy especialmente se sirven los árabes para sus perfumes.

CXIII.Basta ya de hablar de estos, con decir que la Arabia entera es un paraíso de fragancia suavísima y casi divina. Y pasando a otro asunto, hay en Arabia dos castas de ovejas muy raras y maravillosas que no se ven en ninguna otra región: una tiene tal y tan larga cola, que no es menor de tres codos cumplidos,[304]y es claro que si dejaran a estas ovejas que las arrastrasen por el suelo, no pudieran menos de lastimarlas con muchas heridas; mas para remediar este daño, todo pastor, haciendo allí de carpintero, forma pequeños carros que después ata a la gran cola, de modo que cada oveja arrastra la suya montada en su carro: la otra casta tiene tan ancha la cola, que tendrá más de un codo.

CXIV.Por la parte de poniente al retirarnos del mediodía sigue la Etiopía, última tierra habitada por aquel lado, que tiene asimismo la ventaja de producir mucho oro, de criar elefantes de enormes dientes, de llevar en sus bosques todo género de árboles y el ébano mismo, y de formar hombres muy altos, muy bellos y vividores.[305]

CXV.Tales son las extremidades del continente, así en el Asia como en la Libia; de la parte extrema que en la Europa cae hacia poniente, confieso no tener bastantes luces para decir algo de positivo. No puedo asentir a lo que se dice de cierto río llamado por los bárbaros Erídano, que desemboca en el mar hacia el viento Bóreas, y del cual sedice que nos viene el electro,[306]ni menos saldré fiador de que haya ciertas islas llamadas Casitéridas de donde proceda el estaño; pues en lo primero el nombre mismo de Erídano, siendo griego y nada bárbaro, clama por sí que ha sido hallado y acomodado por alguno de los poetas; y en lo segundo, por más que procuró averiguar el punto con mucho empeño, nunca pude dar con un testigo de vista que me informase de cómo el mar se difunde y dilata más allá de la Europa, de suerte que a mi juicio el estaño y el electro nos vienen de algún rincón muy retirado de la Europa, pero no de fuera de su recinto.

CXVI.Por el lado del norte parece que se halla en Europa copiosísima abundancia de oro, pero tampoco sabré decir dónde se halla, ni de dónde se extrae. Cuéntase que lo roban a los grifos los monóculos arimaspos;[307]pero es harto grosera la fábula para que pueda adoptarse ni creerse que existan en el mundo hombres que tengan un ojo solo en la cara, y sean en lo restante como los demás. En suma, paréceme acerca de las partes extremas del continente, que son una especie de terreno muy diferente de los otros, y como encierran unos géneros que son tenidos acá por los mejores, se nos figura también que allí son todo preciosidades.

CXVII.Hay en el Asia, pues tiempo es de volver a ella, cierta llanura cerrada en un cerco formado por un monte que se extiende alrededor de ella, teniendo cinco quebradas. Esta llanura, estando situada en los confines de los corasmios, de los hircanios, de los partos, de los sarangas y de los tamaneos, pertenecía antes a los primeros; pero despuésque el imperio pasó a los persas, pasó ella a ser un señorío o patrimonio de la corona. Del monte que rodea dicha llanura nace un gran río, por nombre Aces,[308]que conducido hacia las quebradas, y sangrado por ellas con canales, iba antes regando las referidas tierras, derivando su acequia cada cual de aquellos pueblos por su respectiva quebrada. Mas después que estas naciones pasaron al dominio de los persas, se les hizo en este punto un notable perjuicio, por haber mandado el rey que en dichas quebradas se levantasen otras tantas presas con sus compuertas; de lo cual necesariamente provino que, cerrado todo desaguadero, no pudiendo el río tener salida, se difundiera por la llanura y la convirtiera en un mar. Los pueblos circunvecinos, que solían antes aprovecharse del río sangrado, no pudiendo ya valerse de su agua, viéronse muy pronto en la mayor calamidad, pues aunque llueve allí en invierno como suele en otras partes, echaban de menos en verano aquella agua del río para ir regando sus sementeras ordinarias de panizo y de ajonjolí. Viendo, pues, aquellos que nada de agua se les concedía, así hombres como mujeres fueron de tropel a la corte de los persas, y fijos allí todos a las puertas de palacio, llenaban el aire hasta el cielo de gritos y lamentos. Con esto el rey mandó que para aquel pueblo que mayor necesidad tenía del agua, se les abriera la compuerta de su propia presa, y que se volviera a cerrar después de bien regada la comarca y harta ya de beber; y así por turno y conforme a la mayor necesidad fueran abriéndose las compuertas de las acequias respectivas. Este, según oigo y creo muy bien, fue uno de los arbitrios para las arcas reales,cobrando, además del tributo ya tasado, no pequeños derechos en la repartición de aquellas aguas.

CXVIII.Pero dejando esto, volvamos a los septemviros de la célebre conjuración; uno de los cuales, Intafrenes, tuvo un fin bien desastrado, a que su misma altivez e insolencia le precipitaron. Pues habiéndose establecido la ley de que fuera concedido a cualquiera de los siete la facultad de presentarse al rey sin preceder recado, excepto en el caso de hallarse en el momento en compañía de sus mujeres, Intafrenes quiso entrar en palacio poco después de la conjuración, teniendo que tratar no sé qué negocio con Darío, y en fuerza de su privilegio, como uno de los siete, pretendía entrada franca sin introductor alguno; mas el portero de palacio y el paje encargado de los recados se la negaban, alegando por razón que estaba entonces el rey visitando a una de sus esposas. Sospechó Intafrenes que era aquel uno de los enredos y falsedades de los palaciegos, y sin más tardanza saca al punto su alfanje, corta a entrambos, al paje y al portero, orejas y narices, ensártalas a prisa con la brida de su caballo, y poniéndolas luego al cuello de estos, los despacha adornados con aquella especie de collar. Preséntanse entrambos al rey, y le declaran el motivo de su trágica violencia en aquella mutilación.

CXIX.Receló Darío en gran manera que una tal demostración se hubiese hecho de común acuerdo y consentimiento de los seis conjurados, y haciéndolos venir a su presencia uno a uno, iba explorando su ánimo para averiguar si habían sido todos cómplices en aquel desafuero. Pero viendo claramente que ninguno había tenido en ello participación, mandó que prendieran no solo a Intafrenes, sino también a sus hijos con todos los demás de su casa y familia, sospechando por varios indicios que tramaba aquel con todos sus parientes alguna sublevación,[309]y luego de presos los condenóa muerte. En esta situación, la esposa de Intafrenes, presentándose a menudo a las puertas de palacio, no cesaba de llorar y dar grandes voces y alaridos, hasta que el mismo Darío se movió a compasión con su llanto y dolor. Mándale, pues, decir por un mensajero: «Señora, en atención y respeto a vuestra persona, accede el rey Darío a dar el perdón a uno de los presos, concediéndoos la gracia de que lo escojáis vos misma a vuestro arbitrio y voluntad». «Pues si el rey, respondió ella después de haberlo pensado, me concede la vida de uno de los presos, escojo entre todos la vida de mi hermano». Informado Darío y admirado mucho de aquella respuesta y elección, le hace replicar: «Señora, quiere el rey que le digáis la razón por que dejando a vuestro marido y también a vuestros hijos, preferís la vida de un hermano, que ni os toca de tan cerca como vuestros hijos, ni puede serviros de tanto consuelo como vuestro esposo». A lo cual contestó la mujer: «Si quieren los cielos, ¡oh señor!, no ha de faltarme otro marido, del cual conciba otros hijos, si pierdo los que me dieron los dioses. Otro hermano sé bien que no me queda esperanza alguna de volver a lograrlo, habiendo muerto ya nuestros padres;[310]por este motivo me goberné, señor, en mi respuesta y elección». Pareció tan acertada la razón a Darío, que prendado de la discreción de aquella matrona, no solo le hizo gracia de su hermano que escogía, sino que además le concedió la vida de su hijo mayor, por quien no pedía. A todos los demás los hizo morir Darío, acabando así con todos sus deudos Intafrenes, uno de los siete grandes de la liga, poco después de recobrado el imperio.

CXX.Volviendo a tomar el hilo de la historia, casi por el mismo tiempo en que enfermó Cambises sucedió un caso muy extraño. Hallábase en Sardes por gobernador un señor de nación persa, por nombre Oretes, colocado por Ciro en aquel empleo, y se empeñó en ejecutar el atentado más caprichoso e inhumano que darse puede, cual fue dar muerte a Polícrates el samio, de quien, ni de obra ni de palabra había recibido nunca el menor disgusto, y lo que es más, no habiéndole visto ni hablado en los días de su vida. Por lo que mira al motivo que tuvo Oretes para desear prender y perder a Polícrates, pretenden algunos que naciese de lo que voy a referir. Estaba Oretes en cierta ocasión sentado en una sala de palacio en compañía de otro señor también persa, llamado Mitrobates, entonces gobernador de la provincia de Dascilio,[311]y de palabra en palabra, como suele, vino la conversación a degenerar en pendencia. Altercábase en ella con calor acerca de quién tenía mayor valor y méritos personales, y Mitrobates empezó a insultar a Oretes en sus barbas, diciendo: «¿Tú, hombre, te atreves a hablar de valor y servicios personales, no habiendo sido capaz de conquistar a la corona y unir a tu satrapía la isla de Samos, que tienes tan cercana, y es de suyo tan fácil de sujetar que un particular de ella con solos quince infantes se alzó con su dominio en que se mantiene hasta el día?». Pretenden algunos, como dije, que vivamente penetrado Oretes en su corazón de este insulto, no tanto desease vengarle en la persona del que se lo dijo, cuanto borrarlo con la ruina de Polícrates, ocasión inocente de aquella afrenta.

CXXI.No faltan otros con todo, aunque más pocos, que lo refieren de otro modo. Dicen que Oretes envió a Samos un diputado para pedir no sé qué cosa, que no expresan losnarradores, a Polícrates, que echado sobre unos cojines en su gabinete estaba casualmente entreteniéndose con Anacreonte de Teos.[312]Entra en esto el diputado de Oretes y empieza a dar su embajada. Polícrates entretanto, ora a propósito quisiera dar a entender cuán poco contaba con Oretes, ora sucediese por descuido y falta de reflexión, vuelto como estaba el rostro a la pared, ni lo volvió para mirar al enviado, ni le respondió palabra.

CXXII.De estos dos motivos que suelen darse acerca de la muerte de Polícrates, adopte cada cual el que más le acomode, nada me importa. En cuanto a Oretes, como viviese de asiento en Magnesia, ciudad fundada en las orillas del río Menandro, y estuviese bien informado del espíritu ambicioso de Polícrates, enviole a Samos por embajador a Mirso, hijo de Giges y natural de Lidia. Sabía Oretes que Polícrates había formado el proyecto de alzarse con el imperio del mar, habiendo sido en este designio el primero de los griegos, al menos de los que tengo noticia. Verdad es que no quiero en esto comprender ni a Minos de Cnoso, ni a otro alguno anterior, si lo hubo, que en los tiempos fabulosos hubiese tenido el dominio de los mares;[313]solo afirmo que en la era humana, que así llaman a los últimos tiempos ya conocidos, fue Polícrates el primer griego que se lisonjeó con la esperanza de sujetar a su mando la Jonia e islas adyacentes. Conociendo, pues, Oretes el flaco de Polícrates, le envía una embajada concebida en estos términos: «Oretes dice a Polícrates: Estoy informado de que meditas grandes empresas, pero que tus medios no alcanzan a tus proyectos. Si quieres, pues, ahora seguir mi consejo, te aseguro que con ello conseguirás provecho, y me salvarásla vida; pues el rey Cambises, según sé ciertamente, anda al presente maquinándome la muerte. En suma, quiero de ti que vengas por mí y por mis tesoros, de los que tomarás cuanto gustares, dejando el resto para mí. Ten por seguro que por falta de dinero no dejarás de conquistar la Grecia entera. Y si acerca de los tesoros no quisieres fiarte de mi palabra, envíame el sujeto que tuvieres de mayor satisfacción, a quien me ofrezco a mostrárselos».

CXXIII.Oyó Polícrates con mucho gusto tal embajada, y determinó complacer a Oretes. Sediento el hombre de dinero, envió ante todo para verlo a su secretario, que era Menandrio, hijo de Menandrio, el mismo que no mucho después consagró en elHereo[314]los adornos todos muy ricos y vistosos que había tenido Polícrates en su mismo aposento. Sabiendo Oretes que aquel explorador era un personaje de respeto, toma ocho cofres y manda embutirlos de piedras hasta arriba, dejando solo por llenar una pequeña parte la más vecina a los labios de aquellos, y después cubre de oro toda aquella superficie; ata muy bien sus cofres, y los deja patentes a la vista. Llegó poco después Menandrio, vio las arcas de oro, y dio cuenta luego a Polícrates.

CXXIV.Informado este del oro, a pesar de sus privados que se lo aconsejaban, y a pesar asimismo de sus adivinos que le auguraban mala suerte, no veía la hora de partir en busca de las arcas. Aun hubo más, porque la hija de Polícrates tuvo entre sueños una visión infausta, pareciéndole ver en ella a su padre colgado en el aire, y que Zeus le estaba lavando y el Sol ungiendo. En fuerza de tales agüeros, deshaciéndose la hija en palabras y extremos, pugnaba en persuadir al padre no quisiera presentarse a Oretes, tan empeñada en impedir el viaje, que al ir ya Polícrates a embarcarse en su galera, no dudó en presentársele cual ave de mal agüero. Amenazó Polícrates a su hija que si volvía salvotarde o nunca había de darle marido. «¡Ojalá, padre, sea así!, responde ella; que antes quisiera tarde o nunca tener marido, que dejar de tener tan presto un padre tan bueno».

CXXV.Por fin, despreciando los consejos de todos, embarcose Polícrates para ir a verse con Oretes, llevando gran séquito de amigos y compañeros, entre quienes se hallaba el médico más afamado que a la sazón se conocía, Democedes, hijo de Califonte, natural de Crotona. No bien acabó Polícrates de poner el pie en Magnesia, cuando se le hizo morir con una muerte cruel, muerte indigna de su persona e igualmente de su espíritu magnánimo y elevado, pues ninguno se hallará entre los tiranos o príncipes griegos, a excepción solamente de los que tuvieron los siracusanos, que en lo grande y magnífico de los hechos pueda competir con Polícrates el samio.[315]Pero no contento el fementido persa con haber hecho en Polícrates tal carnicería que de puro horror no me atrevo a describir, le colgó después en un aspa. Oretes envió libres a su patria a los individuos de la comitiva que supo eran naturales de Samos, diciéndoles que bien podían y aun debían darle las gracias por acabar de librarlos de un tirano; pero a los criados que habían seguido a su amo los retuvo en su poder y los trató como esclavos. Entretanto, en el cadáver de Polícrates en el aspa íbase verificando puntualmente la visión nocturna de su hija, siendo lavado por Zeus siempre que llovía, y ungido por el sol siempre que con sus rayos hacia que manase del cadáver un humor corrompido. En suma, la fortunade Polícrates, antes siempre próspera, vino al cabo a terminar, según la predicción profética de Amasis, rey de Egipto, en el más desastroso paradero.

CXXVI.Pero no tardó mucho en vengar el cielo el execrable suplicio dado a Polícrates en la cabeza de Oretes, y fue del siguiente modo: Después de la muerte de Cambises, mientras que duró el reinado de los magos, estuvo Oretes en Sardes quieto y sosegado, sin cuidar nada de volver por la causa de los persas infamemente despojados del imperio por los medos; antes bien, entonces fue cuando, aprovechándose de la perturbación actual del estado, entre otros muchos atentados que cometió, quitó la vida no solo a Mitrobates, general de Dascilio, el mismo que le había antes zaherido por no haberse apoderado de los dominios de Polícrates, sino también a Cranaspes, hijo del mismo, sin atender a que eran entrambos personajes muy principales entre los persas. Y no paró aquí la insolencia de Oretes, pues, habiéndole después enviado Darío un correo, y no dándole mucho gusto las órdenes que de su parte le traía, armole una emboscada en el camino y le mandó asesinar a la vuelta, haciendo que nunca más se supiese noticia alguna ni del posta ni de su caballo.

CXXVII.Luego que Darío se vio en el trono, deseaba muy de veras hacer en Oretes un ejemplar, así en castigo de todas sus maldades, como mayormente de las muertes dadas a Mitrobates y a su hijo. Con todo, no le parecía del caso enviar allá un ejército para acometerle declaradamente desde luego, parte por verse en el principio del mando, no bien sosegadas las inquietudes públicas del imperio, parte por considerar cuán prevenido y pertrechado estaría Oretes, manteniendo por un lado cerca de su persona un cuerpo de mil persas, sus alabarderos, y teniendo por otro en su provincia y bajo su dominio a los frigios, a los lidios y a los jonios. Así que Darío, queriendo obviar estos inconvenientes, toma el medio de llamar a los persasmás principales de la corte y hablarles en estos términos: «Amigos, ¿habrá entre vosotros quien quiera encargarse de una empresa de la corona, que pide maña o ingenio, y no ejército ni fuerza? Bien sabéis que donde alcanza la prudencia de la política, no es menester mano armada. Hágoos saber que deseo muchísimo que alguno de vosotros procure presentarme vivo o muerto a Oretes, hombre que además de ser desconocido a los persas, a quienes en nada ha servido hasta aquí, es al mismo tiempo un violento tirano, llevando ya cometidas muchas maldades contra nos, una la de haber hecho morir al general Mitrobates, juntamente con su hijo, otra la de haber asesinado a mis enviados que le llevaban la orden de presentársenos, mostrando en todo un orgullo y contumacia intolerables. Es preciso, pues, anticipársele, a fin de impedir con su muerte que pueda maquinar algún atentado mayor contra los persas».

CXXVIII.Tal fue la pregunta y propuesta hecha por Darío, al cual en el punto mismo se le ofrecieron hasta 30 de los cortesanos presentes, pretendiendo cada cual para sí la ejecución de la demanda. Dispuso Darío que la suerte decidiera la porfía, y habiendo recaído en Bageo, hijo de Artontes, toma este desde luego un expediente muy oportuno. Escribe muchas cartas que fuesen otras tantas órdenes sobre varios puntos, luego las cierra con el sello de Darío, y con ellas se pone en camino para Sardes. Apenas llegado, se presenta a Oretes, y delante de él va sacando las cartas de una en una, dándolas a leer al secretario real pues entre los persas todo gobernador tiene su secretario de oficio nombrado por el rey.[316]Bageo, al dar a leer y alintimar aquellas órdenes reales, pretendía sondear la fidelidad de los alabarderos, y tentar si podía sublevarlos contra su general Oretes. Viendo, pues, que llenos de respeto por su soberano ponían sobre su cabeza las cartas rubricadas y recibían las órdenes intimadas con toda veneración, da por fin a leer otro despacho real concebido en esta forma: «Darío, vuestro soberano, os prohíbe a vosotros, persas, servir de alabarderos a Oretes». No bien se les intimó la orden, cuando dejan todos sus picas. Animose Bageo a dar el último paso, viendo que en aquello obedecían al rey, entregando al secretario la última carta en que venía la orden en estos términos: «Manda el rey Darío a los persas, sus buenos y fieles vasallos en Sardes, que maten a Oretes». Acabar de oír la lectura de la carta, desenvainar los alfanjes los alabarderos y hacer pedazos a Oretes, todo fue en un tiempo. Así fue como Polícrates el samio vino a quedar vengado del persa Oretes.

CXXIX.Después que llegaron a Susa, confiscados los bienes que habían sido de Oretes, sucedió dentro de pocos días que al bajar del caballo el rey Darío en una de sus monterías, se le torció un pie con tanta fuerza que, dislocado el talón, se salió del todo de su encaje. Echó mano desde luego para la cura de sus médicos quirúrgicos, creído desde atrás que los que tenía a su servicio traídos del Egipto eran en su profesión los primeros del universo. Pero sucedió que los físicos egipcios, a fuerza de medicinar el talón, lo pusieron con la cura peor de lo que había estado en la dislocación. Siete días enteros habían pasado con sus noches en que la fuerza del dolor no había permitido al rey cerrar los ojos, cuando al octavo día, en que se hallaba peor, quiso la fortuna que uno le diese noticia de la grandehabilidad del médico de Crotona, Democedes, de quien acaso había oído hablar hallándose en Sardes. Manda al instante Darío que hagan venir a Democedes, y habiéndolo hallado entre los esclavos de Oretes, tan abyecto y despreciado como el que más, lo presentaron del mismo modo a la vista del rey, arrastrando sus cadenas y mal cubierto de harapos.

CXXX.Estando en pie el pobre esclavo, preguntole el mismo Darío en presencia de todos los circunstantes si era verdad que supiera medicina. Democedes, con el temor de que si decía llanamente la verdad no tenía ya esperanza de poder volver a Grecia, no respondía que la supiese. Trasluciéndose a Darío que aquel esclavo tergiversaba, hablando solo a medias palabras, mandó al punto traer allí los azotes y aguijones. La vista de tales instrumentos y el miedo del inminente castigo hizo hablar más claro a Democedes, quien dijo que no sabía muy bien la medicina, pero que había practicado con un buen médico. En una palabra, dejose Darío en manos del nuevo médico, y como este le aplicase remedios y fomentos suaves, después de los fuertes antes usados en la cura, logró primero que pudiera el rey recobrar el sueño perdido, y después de muy breve tiempo le dejó enteramente sano, cuando Darío había ya desconfiado de poder andar perfectamente en toda su vida. Al verse sano el rey, quiso regalar al médico griego con dos pares de grillos de oro macizo, y al irlos a recibir, pregúntale con donaire Democedes, si en pago de haberle librado de andar siempre cojo, le doblaba el mal su majestad, dándole un grillo por cada pierna. Cayó en gracia a Darío el donaire del médico, y le mandó fuese a visitar sus esposas. Decían por los salones los eunucos que le conducían: «Señora, este es el que dio vida y salud al rey nuestro amo y señor». Las reinas, muy alegres y agradecidas, iban cada una por sí sacando del arca un azafate lleno de oro, y el oro y el azafate del mismo metal todo lo regalaban a Democedes. La magnificencia delas reinas en aquel regalo fue tan extremada, que un criado de Democedes, llamado Escitón, recogiendo para sí únicamente los granos que de los azafates caían, juntó una grandiosa suma de dinero.

CXXXI.El buen Democedes, ya que de sus aventuras hacemos mención, dejando a Crotona su patria, como referiré, fue a vivir con Polícrates. Vivía antes en Crotona en casa de su mismo padre, hombre de condición áspera y dura, y no pudiendo ya sufrirle por más tiempo, fue a establecerse en Egina. Allí, desde el primer año de su domicilio, aunque se hallaba desprovisto y falto todavía de los hierros e instrumentos de su profesión, dejó con todo muy atrás a los primeros cirujanos del país; por lo que al segundo año los eginetas le asalariaron para el público con un talento, al tercer año le condujeron los atenienses por cien minas, y Polícrates al cuarto por dos talentos:[317]por estos pasos vino Democedes a Samos. La fama de este insigne profesor ganó tanto crédito a los médicos de Crotona, que eran tenidos por los más excelentes de toda la Grecia; después de los cuales se daba el segundo lugar a los médicos de Cirene. En la misma Grecia los médicos de Argos pasaban a la sazón por los más hábiles de todos.

CXXXII.De resultas, pues, de la cura del rey, se le puso a Democedes una gran casa en Susa, y se le dio cubierto en la mesa real, como comensal honorario de Darío, de suerte que nada le hubiese quedado que desear, si no le trajera molestado siempre el deseo de volver a su querida Grecia. No había otro hombre ni otro privado como Democedes para el rey, de cuyo favor se valió especialmente en dos casos; el uno cuando logró con su mediación que el reyperdonase la vida a sus médicos de Egipto, a quienes por haber sido vencidos en competencia con el griego había condenado Darío a ser empalados; el otro cuando obtuvo la libertad para cierto adivino eleo, a quien veía confundido y maltratado con los demás esclavos que habían sido de la comitiva de Polícrates.

CXXXIII.Entre otras novedades no mucho después de dicha cura, sucedió un incidente de consideración a la princesa Atosa, hija de Ciro y esposa de Darío, a la cual se le formó en los pechos un tumor que una vez abierto se convirtió en llaga, la cual iba tomando incremento. Mientras el mal no fue mucho, la princesa lo ocultaba por rubor sin hablar palabra; mas cuando vio que se hacía de consideración se resolvió a llamar a Democedes y hacer que lo viese. El médico le dio palabra de que sin falta la curaría, pero con pacto y condición de que la princesa jurase hacerle una gracia que él quería suplicarle, asegurándola de antemano que nada le pediría de que ella pudiera avergonzarse.

CXXXIV.Sanada ya Atosa por obra de Democedes, estando en cama con Darío, hablole así, instruida por su médico de antemano: «¿No me diréis, señor, por qué tenéis ociosa tanta tropa sin emprender conquista alguna y sin dilatar el imperio de Persia? A un hombre grande como vos, oh Darío, a un príncipe joven, al soberano más poderoso del orbe, el honor le está pidiendo de justicia que haga ver a todos, con el esplendor de sus proezas, que los persas tienen a su frente un héroe que los dirige. Por dos motivos os conviene obrar así; por el honor, para que conozcan los persas que sois un soberano digno del trono que ocupáis; y por razón de estado, para que los súbditos afanados en la guerra no tengan lugar de armaros alguna sublevación. Y ahora que os veo en la flor de la edad quisiera miraros más coronado de laureles, pues bien sabéis que el vigor del espíritu crece con la actividad del cuerpo, y al paso que envejece el último, suele aquel ir menguando hasta quedaral fin ofuscado o del todo extinguido».[318]En esta forma repetía Atosa las lecciones de su médico. «Me hablas, Atosa, responde Darío, como si leyeras los pensamientos y designios de mi espíritu; pues quiero que sepas que estoy resuelto ya a emprender una expedición contra los escitas, haciendo a este fin un puente de naves que una entre sí los dos continentes de Asia y Europa; y te aseguro, mujer, que todo lo verás en breve ejecutado». «Meditadlo antes, señor, le replica Atosa; dejad por ahora esos escitas, que ni son primicias convenientes para vuestras armas victoriosas, y son víctimas seguras por otra parte siempre que las acometáis. Creedme, caro Darío; acometed de primer golpe a la Grecia, de la cual oigo hablar tanto y decir tales cosas, que me han dado deseos de verme pronto rodeada aquí de doncellas laconias, argivas otras, unas áticas, otras corintias. Y no parece sino que lo disponen los dioses, que os han traído un hombre el más apto de todos para poder iros informando punto por punto de todas las cosas de la Grecia, el buen médico que tan bien os curó el pie dislocado». «Mujer, respondió Darío, si te parece mejor acometer antes a la Grecia, creo sería del caso enviar delante nuestros exploradores conducidos por el médico que dices, para que, informados ante todo y aun testigos oculares del estado de la Grecia, puedan instruirnos después, y con esta ventaja podremos acometer mejor a los griegos».

CXXXV.Dicho y hecho, pues apenas deja verse la luz del día, cuando Darío llama a su presencia a quince de sus persas, hombres todos de consideración, y les ordena doscosas: una, ir a observar las costas de la Grecia conducidos por Democedes; otra, que vigilen siempre para que no se les escape su conductor, al cual de todos modos manda lo devuelvan a palacio. Instruidos así los persas, hace Darío venir a Democedes y pídele que después de haber conducido algunos persas alrededor de la Grecia, sin dejar cosa que no les haga ver, tenga a bien dar la vuelta a la corte. Al mismo tiempo le convida a cargar con todos sus muebles preciosos para regalarlos a su padre y hermanos, en vez de los cuales le daría después otros más numerosos y mejores, para lo cual le cedía desde luego una barca bien abastecida de provisiones, que cargada con aquellos presentes le fuese siguiendo en su viaje. Soy de opinión que Darío hablaba de este modo con sincero corazón, aunque el hábil Democedes, recelándose de que fuese aquella una fina tentativa de su fidelidad, anduvo con precaución, sin aceptar desde luego las ofertas de su amo, antes cortésmente le replicó que su gusto sería que su majestad le permitiera dejar alguna parte de sus alhajas para hallarlas después a su vuelta, y que aceptaría con placer la barca que su majestad tenía la bondad de ofrecerle para cargar en ella los regalos para los suyos. Tales, en suma, fueron las órdenes con que Darío le envió con sus compañeros hacia el mar.

CXXXVI.Habiendo, pues, bajado a Fenicia y llegado a Sidón, uno de los puertos de aquel país, equiparon sin pérdida de tiempo tres galeras, y cargaron de todo género de bastimentos una nave, en que embarcaron asimismo varios y preciosos regalos. Abastecidos de todo, siguieron el rumbo hacia la Grecia, que fueron costeando y sacando los planos de sus costas, sin dejar nada que notar por escrito, y practicada esta diligencia con la mayor parte de los lugares, y en especial con los más nombrados, llegaron por fin a Tarento en las playas de Italia. Aristofílides, rey de los tarentinos, a quien Democedes logró fácilmente sobornar, le complació en sus dos solicitudes, de quitar los timones alas naves de los medos, y de arrestar por espías a los persas, echando voz de que lo eran sin duda. Mientras se irrogaba este daño a la tripulación, Democedes llegó a Crotona, y una vez refugiado ya en su patria, suelta Aristofílides a sus prisioneros, restituyendo los timones a sus naves.

CXXXVII.Hechos a la vela otra vez los persas, parten en seguimiento de Democedes, y como llegados a Crotona le hallasen paseando por la plaza, le echaron mano al momento. Algunos de los vecinos de Crotona a quienes el nombre y poder de los persas tenía amedrentados, no mostraban dificultad en entregarles el fugitivo; pero otros, saliendo a la defensa de su paisano, le sacaron a viva fuerza de las manos de los extranjeros, contra quienes arremetieron con sus bastones, sin contar con las protestas que entretanto les hacían los persas. «Mirad, decían estos, mirad lo que hacéis. ¡Cómo, quitarnos de las manos a ese esclavo y fugitivo del rey! ¿Cómo pensáis que Darío, el gran rey, sufrirá esta injuria que se le hace? ¿Cómo podrá disimularla? ¿Cómo podrá dejar de saliros muy cara la presa que ahora nos arrebatáis? ¿Queréis ser los primeros a quienes hagamos guerra declarada, los primeros a quienes hagamos cautivos nuestros?». Pero salieron vanas sus protestas y amenazas, antes bien, no contentos los crotoniatas con haberles arrebatado a Democedes, echáronse sobre la barca del rey que con ellos venía. Viéronse con esto obligados los persas a tomar su derrotero hacia el Asia, sin cuidarse de llevar adelante sus observaciones sobre la Grecia, faltos ya de guía y adalid. Con todo, Democedes, al despedirse de ellos, no dejó de pedirles que de su parte dijeran a Darío que había tomado por esposa a una hija de Milón, sabiendo bien cuánto significaba para el rey el famoso nombre de aquel luchador de primera clase, Milón el crotoniata.[319]Y a mi juicio, dioseDemocedes a fuerza de dinero tanta maña y prisa en aquel casamiento, con la mira de que Darío le tuviera por hombre de consideración en su patria.

CXXXVIII.Salidos los persas de Crotona, aportaron con sus naves a la Yapigia,[320]donde quedaron esclavos; lo cual sabido por Gilo tarentino, desterrado de su patria, tuvo la generosidad de redimirlos y conducirlos libres al rey Darío, beneficio que fue tan del agrado del soberano, que se hallaba pronto a hacer en su recompensa cuanto quisiera pedirle. Gilo, después de darle cuenta de su desgracia, le suplicó por favor que negociase su vuelta a Tarento; mas, para no poner en agitación toda la Grecia, como sin falta sucedería si por su causa destinase una poderosa armada para la Italia, hízole saber que como los cnidios quisieran restituirle a su patria, serían bastantes ellos solos para salir con su intento. Decíalo Gilo persuadido de que los cnidios, amigos de los tarentinos, lograrían su regreso si lo pretendían con eficacia. Complácele Darío al punto según había ofrecido, mandando a los cnidios por medio de un enviado que se empeñasen en restituir su amigo Gilo a Tarento; pero porque obedientes a Darío procuraron ellos lograr dicha vuelta pidiéndola buenamente a los tarentinos, y no teniendo bastantes fuerzas para obligarles por la violencia, no consiguieron al cabo lo que pedían. Tal fue, en suma, el éxito de los persas exploradores de la Grecia, siendo los primeros que pasaron allí desde el Asia con ánimo de observar la situación del país.

CXXXIX.Después de estas tentativas apoderose Darío de Samos, la primera de todas las ciudades así griegas como bárbaras de que se hizo dueño, y fue con el motivo siguiente: En tanto que Cambises hacía la expedición al Egipto,muchos griegos, como suele acontecer en tales ocasiones, pasaban allá, estos con sus géneros y mercaderías, aquellos con ánimo de sentar plaza entre las tropas mercenarias, y algunos pocos sin otra mira que la de viajar y ver el país. De estos últimos fue uno Silosonte, hijo de Eaces y hermano de Polícrates, a la sazón desterrado de Samos, a quien sucedió allí una rara aventura. Había salido de su posada con su manto de grana, y vestido así iba paseándose por la plaza de Menfis. Darío, que a la sazón servía entre los alabarderos de Cambises, no siendo todavía de grado superior, al ver a Silosonte se prendó de su manto encarnado, y llegándose a él quería comprárselo con su dinero. Quiso la buena suerte de Silosonte que se mostrara bizarro con el joven Darío viéndole perdido por su manto. «No os lo venderé por ningún dinero, le dice; os lo regalo, sí, de buena gana, ya que mostráis voluntad de tenerlo». Darío, agradeciéndole la cortesía, tomó luego el manto de grana tan deseado.

CXL.Silosonte, al ver que le cogía la palabra y el manto, se tuvo a sí mismo por más simple y sandio que por cortés y caballero. Andando después el tiempo, muerto ya Cambises, muerto asimismo el mago a manos de los septemviros, y nombrado Darío, uno de ellos, por soberano, oyó decir Silosonte que había recaído el cetro en manos de aquel joven persa a quien antes allá en Egipto había regalado su manto cuando se lo pidió. Con esta nueva, anímase a emprender el viaje de Susa, y presentándose a las puertas de palacio da al portero el recado de que allí estaba un bienhechor de Darío que deseaba hablarle. Recibido el recado, empezó admirado el rey a discurrir consigo mismo: «¿Quién puede ser ese griego, a cuyos servicios ahora ya al principio de mi gobierno esté obligado como a bienhechor mío? No sé que hasta aquí haya llegado a mi corte griego alguno, ni recordar puedo que nada deba yo a nadie de aquella nación. Con todo, que entre ese griego, puesquiero saber de él mismo qué motivo tiene para lo que él dice». El portero introdujo a Silosonte a la presencia del rey, y puesto en pie, pregúntanle los intérpretes quién es y cuáles son sus servicios hechos al soberano para decirse su bienhechor. Refirió Silosonte lo tocante a su manto y que él era aquel griego afortunado que había tenido el honor de regalarlo a Darío. A esto responde luego el rey: «¿Eres tú, amigo, aquel tan bizarro caballero que me hizo aquel regalo cuando no era yo más que un mero particular? El don entonces recibido pudo ser de poca monta, pero no lo será mi recompensa, sino tal como la que daría al que en el estado actual en que me hallo me ofreciera un magnífico presente. Todos mis tesoros ahí los tienes a tu disposición; toma de ellos el oro y la plata que quisieres, que no sufriré que te puedas jamás arrepentir de haber sido liberal conmigo, con el sucesor de Cambises». «Señor, le responde Silosonte, agradezco sumamente vuestra liberalidad: agradézcoos el oro y la plata que de vuestros tesoros me ofrecéis. Otra es la gracia que de vos deseara: recobrar el dominio de Samos, mi patria, que me tiene usurpado un criado de nuestra casa, después que Oretes dio la muerte a mi hermano Polícrates. La merced, pues, que de vos espero es que me repongáis en el señorío de Samos sin muerte ni esclavitud de ninguno de mis paisanos».

CXLI.Oída la petición de Silosonte, envió Darío al frente de un ejército al general Ótanes, uno del famoso septemvirato, con orden de llevar a cabo las pretensiones y demandas de su bienhechor. Llegado a los puntos marítimos del reino, Ótanes dispuso las tropas para la expedición de Samos.

CXLII.El mando de Samos estaba a la sazón en manos de aquel Menandrio, hijo de Menandrio, a quien Polícrates al partirse de la isla había dejado por regente de ella. Este, dándose por el hombre más virtuoso y justificado de todos, no tuvo la suerte ni la proporción de mostrarse tal; porquelo primero que hizo, sabida la muerte de Polícrates, fue levantar un ara a Zeus Libertador, dedicando alrededor de ella un recinto religioso, que se ve al presente en los arrabales de la ciudad. Erigido ya el sagrado monumento, llamó a la asamblea a todos los vecinos de Samos y habloles así: «Bien veis, ciudadanos, que teniendo en mis manos el cetro que antes solía tener Polícrates en las suyas, si quiero puedo ser vuestro soberano. Mas yo no apruebo en mi persona lo que repruebo en la de otro, pues puedo aseguraros que nunca me pareció bien que quisiera ser Polícrates señor de hombres tan nobles como él, ni semejante tiranía podré jamás consentirla en hombre alguno nacido o por nacer. Pagó ya Polícrates su merecido y cumplió su destino fatal. Resuelto yo a depositar la suprema autoridad en manos del pueblo, y deseoso de que todos seamos libres y de una misma condición y derecho público, solo os pido dos gracias en recompensa: una, que del tesoro de Polícrates se me reserven aparte seis talentos; otra, que el sacerdocio de Zeus Libertador, investido desde luego en mi persona, pase a ser en los míos hereditario; privilegios que con razón pretendo, así por haber erigido esas aras, como por la resolución en que estoy de restituiros la independencia». Esta era la propuesta que bajo tales condiciones hacia Menandrio a los samios: oída la cual, levantose uno de ellos y le dijo: «No mereces tú, según eres de vil y despreciable, de malvado y ruin, ser nuestro soberano. ¡Perdiérannos los dioses si tal sucediera! De ti pretendemos ahora que nos des cuenta del dinero público que has manejado».[321]El que así se expresaba era uno de los ciudadanos más principales, llamado Telesarco.

CXLIII.Previendo Menandrio claramente que no habíade faltar alguno que se alzara con el mando, en caso de que él lo dejase, mudó la resolución de abandonarlo que tenía antes formada; y para asegurarse más en el imperio, retirado a la ciudadela, hacía llamar allí uno por uno a los vasallos, con el pretexto de dar cuenta del dinero, pero en llegando los mandaba coger y poner en prisiones. En tanto que permanecían bien custodiados, asaltó a Menandrio una grave enfermedad, de la cual, creyendo Licareto, uno de los hermanos de Menandrio, que iba este a morir, con la ambiciosa mira de facilitarse la posesión del señorío de Samos, procuró la muerte a aquellos presos, que pensó no dejarían de querer en adelante la independencia y libertad del estado.

CXLIV.En esta situación se hallaban los negocios cuando los persas aportaron a Samos llevando consigo a Silosonte. Entonces no solo faltó quien les saliera al encuentro con las armas en las manos, sino que desde luego que llegaron allá capituló con ellos la tropa misma de Menandrio, mostrándose pronta a salir de la isla y a hacer que saliera juntamente su actual señor. Convino Ótanes por su parte en firmar el tratado, y compuestas así las paces, los oficiales mayores de la armada persa, haciendo colocar unos asientos junto a la ciudadela, estaban allí sentados.

CXLV.Sucedió entretanto un caso impensado. Tenía el gobernador Menandrio un hermano llamado Carilao, hombre algo atolondrado y furioso, quien no sé por qué delito estaba en un calabozo, desde donde, como informado de lo que pasaba, sacase la cabeza por una reja y viese delante sentados a los persas en paz y sosiego, púsose a gritar como un insensato pidiendo que le llevasen a Menandrio, a quien tenía que hablar, lo cual sabido por este mandó que le sacaran de la cárcel y se lo presentaran. Llegado apenas a su presencia, principió a echar maldiciones de su boca y cargar de baldones a su hermano, porque no caía de improviso sobre aquellos persas allí recostados. «¡Insensato!, le dice,¿a mí, que soy tu hermano y que en nada tengo merecida la cárcel, me tienes aherrojado en un calabozo, y ves ahí a esos persas que van a sacarte del trono y de tu misma casa echándote a donde te lleva tu mala fortuna, y de puro cobarde no le arrojas sobre ellos? Teniéndolos ahí en tu mano, ¿cómo no los cazas y coges a tu placer? Si de nada eres capaz, ven acá, cobarde, confíame tus guardias, y con ellos les pagaré bien la visita que vinieron a hacernos, y a ti te aseguro que te dejaré salir libre de la isla».

CXLVI.Así dijo Carilao, y aceptó Menandrio el partido que su furioso hermano le proponía, no porque hubiera perdido de modo el sentido común que con sus tropas se lisonjeara de salir victorioso del ejército del rey, sino ciego de envidia, si no me engaño, contra la dicha de Silosonte, no sufriendo que este, con las manos limpias, sin pérdida de gente y sin el más mínimo menoscabo, viniera a ser señor de tan rico estado. Debió, pues, querer irritar antes a los persas para empeorar y turbar así el estado de Samos y dejarlo revuelto y perdido a su sucesor, pues bien veía que los samios, cruelmente irritados por su hermano, vengarían en los persas la injuria recibida. Por su persona nada tenía que temer, sabiendo que de todos modos tendría libre y segura la salida de la isla, siempre que quisiese, pues a este fin tenía ya prevenida una mina o camino subterráneo que salía al mar desde la misma ciudadela. Así, pues, Menandrio, embarcándose furtivamente, salió de Samos; y Carilao, haciendo tomar las armas a sus tropas, abiertas las puertas de las plaza, dejose caer de repente sobre los persas, descuidados y seguros de semejante traición, como que estaban del todo creídos de que la paz quedaba ya concluida y ajustada. Envisten los guardias de Carilao contra los persas que reposaban en sus asientos, y fácilmente pasan a cuchillo a todas las cabezas del ejército persa; pero acudiendo después lo restante de él a la defensa de sus caudillos, y cargando sobre las tropas mercenarias deCarilao, las obligaron a encerrarse de nuevo en la ciudadela.

CXLVII.Cuando el general Ótanes vio aquella alevosía, junta con tanto estrago de sus persas, olvidado muy de propósito de las órdenes de Darío, quien le había mandado al despedirse para el ejército que entregase la isla de Samos al dominio de Silosonte, sin muertes, sin esclavitud, sin otro daño ni agravio de los isleños, dio orden a sus tropas de que pasasen a cuchillo a todo samio que hallaran, sin distinción de niños, ni mozos, ni hombres, ni viejos; de suerte que, al punto, parte de las tropas pónese a sitiar en forma la ciudadela, parte va corriendo por uno y otro lado matando a cuantos se les ponen delante, así dentro como fuera de los templos.

CXLVIII.Entretanto, Menandrio, huyendo de Samos, iba ya navegando hacia Lacedemonia. Aportado allí felizmente, desembarcó todo el equipaje e hizo con los muebles preciosos que consigo traía lo que voy a referir. Coloca en su aparador la copiosa vajilla que tenía de oro y plata, mandando a sus criados que la limpien y bruñan primorosamente.[322]Mientras esto se hacía en su albergue, entreteníase Menandrio discurriendo con Cleómenes, hijo de Anaxándridas, a quien como rey de Esparta había ido a cumplimentar. Alargando de propósito la conversación, de palabra en palabra vinieron los dos hablando hasta la posada del huésped. Entra en ella Cleómenes, ve de improviso tan rica repostería, y quédase atónito y como fuera de sí. El cortés Menandrio, prevenido ya con tiempo, bríndale con ella, insta, porfía que tome cuanto le agrade. No obstante la suspensión de Cleómenes y la bizarría de Menandrio en ofrecerle segunda y tercera vez su magnífica vajilla, el severo espartano,mostrando en su desinterés un ánimo el más entero y justificado, nada quiso aceptar de todo cuanto se le ofrecía. Aún más, comprendiendo muy bien que el huésped, regalando a algunos ciudadanos, como sin duda lo hiciera, no dejaría de hallar protectores en el cohecho, fue en derechura a verse con los éforos, y les propuso que sin duda fuera lo más útil echar luego del Peloponeso al desterrado de Samos, de quien recelaba mucho que a fuerza de dádivas había de corromper sin falta o a él mismo, o a algún otro de los espartanos. Prevenidos así los éforos, publicaron un bando en que se mandaba salir de sus dominios a Menandrio.

CXLIX.Mientras esto se hacía en Esparta, los persas no solo entregaban al saqueo la isla de Samos, sino que la barrían como con red, envolviendo a todos sus vecinos y pasándolos a cuchillo, sin perdonar a ninguno la vida. Así vengados, entregaron a Silosonte la isla vacía y desierta, aunque el mismo general Ótanes la volvió a poblar algún tiempo después, movido, así de una visión que tuvo en sueños, como principalmente por motivo de cierta enfermedad vergonzosa que padeció.

CL.Por el mismo tiempo que se hacía la expedición naval contra Samos, negaron la obediencia a los persas los babilonios, que muy de antemano se habían apercibido para lo que intentaban. Habiéndose sabido aprovechar de las pertubaciones públicas del estado, así en el tiempo en que reinaba el mago, como en aquel en que los septemviros coligados recobraban el imperio, se proveyeron de todo lo necesario para sufrir un dilatado sitio, sin que se echara de ver lo que iban premeditando. Cuando declaradamente se quisieron rebelar, tomaron una resolución más bárbara aún que extraña, cual fue la de juntar en un lugar mismo a todas las mujeres y hacerlas morir estranguladas, exceptuando solamente a sus madres y reservándose cada cual una sola mujer, la que fuese más de su agrado: el motivo dereservarla no era otro sino el de tener panadera en casa, y el de ahogar a las demás el de no querer tantas bocas que consumieran su pan.

CLI.Informado el rey Darío de lo que pasaba en Babilonia, parte contra los rebeldes con todas las fuerzas juntas del imperio, y llegado allí, emprende desde luego el asedio de la plaza. Los babilonios, lejos de alarmarse o de temer por el éxito del sitio, subidos sobre los baluartes de la fortaleza bailaban alegres a vista del enemigo, mofándose de Darío con todo su ejército. En una de estas danzas hubo quien una vez dijo este sarcasmo: «Persas, ¿qué hacéis aquí tanto tiempo ociosos? ¿Cómo no pensáis en volveros a vuestras casas? Pues en verdad os digo que cuando paran las mulas, entonces nos rendiréis». Claro está que no creía el babilonio que tal decía que la mula pudiera parir jamás.

CLII.Pasado ya un año y siete meses de sitio, viendo Darío que no era poderoso para tomar tan fuerte plaza, hallábanse él y su ejército descontentos y apurados. A la verdad no había podido lograr su intento en todo aquel tiempo, por más que hubiese jugado todas las máquinas de guerra y tramado todos los artificios militares, entre los cuales no había dejado de echar mano también de la misma estratagema con que Ciro había tomado a Babilonia. Pero ni con este ni con otro medio alguno logró Darío sorprender la vigilancia de los sitiados, que estaban muy alerta y muy apercibidos contra el enemigo.

CLIII.Había entrado ya el vigésimo mes del malogrado asedio, cuando a Zópiro, hijo de Megabizo, uno de los del septemvirato contra el mago, le sucedió la rara monstruosidad de que pariera una de las mulas de su bagaje.[323]El mismo Zópiro, avisado del nunca visto parto, y no acabando de dar crédito a nueva tan extraña, quiso ir en persona acerciorarse; fue y vio por sus mismos ojos la cría recién nacida y recién parida la mula. Sorprendido de tamaña novedad, ordena a sus criados que a nadie se hable del caso; y poniéndose él mismo muy de propósito a pensar sobre el portento, recordó luego aquellas palabras que dijo allá un babilonio al principio del sitio, que cuando parieran las mulas se tomaría a Babilonia. Esta memoria, combinada con el parto reciente de su mula, hizo creer a Zópiro que debía, en efecto, ser tomada Babilonia, habiendo sido sin duda providencia del cielo, que previendo que su mula había de parir, permitió que el babilonio lo dijese de burlas.

CLIV.Persuadiose Zópiro con aquel discurso ciertamente agorero que había ya llegado el punto fatal de la toma de Babilonia. Preséntase a Darío y le pregunta si tenía realmente el mayor deseo y empeño en que se tomase la plaza sitiada, y habiendo entendido del soberano que nada del mundo deseaba con iguales veras, continuó sus primeras meditaciones, buscando medio de poder ser él mismo el autor de la empresa y ejecutor de tan grande hazaña, y tanto más iba empeñándose en ello, cuanto mejor sabía ser entre los persas muy atendidos de presente y muy premiados en el porvenir los extraordinarios servicios hechos a la corona. El fruto de su meditación fue resolverse a la ejecución del único remedio que hallaba para rendir aquella plaza: consistía en que él mismo, mutilado cruelmente, se pasase fugitivo a los babilonios. Contando, pues, por nada quedar feamente desfigurado por todos los días de su vida, hace de su persona el más lastimoso espectáculo: cortadas de su propia mano las narices, cortadas asimismo las orejas, cortados descompuestamente los cabellos y azotadas cruelmente las espaldas, muéstrase así maltrecho y desfigurado a la presencia de Darío.

CLV.La pena que Darío tuvo al ver de repente ante sus ojos un persa tan principal hecho un retablo vivo de dolores, no puede ponderarse: salta luego de su trono, y le preguntagritando quién así le ha malparado y con qué ocasión. «Ningún otro, señor, sino vos mismo, le responde Zópiro, pues solo mi soberano pudo ponerme tal como aquí me miráis. Por vos, señor, yo mismo me he desfigurarlo así por mis propias manos, sin injuria de extraños, no pudiendo ya ver ni sufrir por más tiempo que los asirios burlen y mofen a los persas». «Hombre infeliz, le replica Darío, ¿quieres dorarme un hecho el más horrendo y negro con el color más especioso que discurrirse pueda? ¿Pretextas ahora que por el honor de la Persia, por amor mío, por odio de los sitiados has ejecutado en tu persona esa carnicería sin remedio? Dime por los dioses, hombre mal aconsejado, ¿acaso se rendirán antes los enemigos porque tú te hayas hecho pedazos? ¿Y no ves que mutilándote no has cometido sino una locura?». «Señor, le respondió Zópiro, bien visto tenía que si os hubiera dado parte de lo que pensaba hacer nunca habíais de permitírmelo. Lo hice por mí mismo, y con solo lo hecho tenemos ya conquistada la inexpugnable Babilonia, si por vos no se pierde, como sin duda no se perderá. Diré, señor, lo que he pensado. Tal como me hallo, deshecho y desfigurado, me pasaré luego al enemigo; les diré que sois vos el autor de la miseria en que me ven, y si mucho no me engaño, se lo daré a entender así, y llegaré a tener el mando de su guarnición. Oíd vos ahora, señor, lo que podremos hacer después. Al cabo de diez días que yo esté dentro, podréis entresacar mil hombres, la escoria del ejército, que tanto sirve salva como perdida, y apostármeles allá delante de la puerta que llaman de Semíramis. Pasados otra vez siete días, podréis de nuevo apostarme dos mil enfrente de la otra puerta que dicen de Nínive. Pasados veinte días más, podréis tercera vez plantar otra porción hasta cuatro mil hombres en la puerta llamada de los caldeos. Y sería del caso que ni los primeros ni los últimos soldados que dije tuvieran otras armas defensivas que sus puñales solos, los que sería bueno dejárselos.Veinte días después podréis dar orden general a los tropas para que acometan de todas partes alrededor de los muros, pero a los persas naturales los quisiera fronteros a las dos puertas que llaman la Bélida y la Cisia. Así lo digo y ordeno todo, por cuanto me persuado que los babilonios, viendo tantas proezas hechas antes, por mí, han de confiármelo todo, aun las llaves mismas de la ciudad. Por los demás, a mi cuenta y a la de los persas correrá dar cima a la empresa».

CLVI.Concertado así el negocio, iba luego huyendo Zópiro hacia una de las puertas de la ciudad, y volvía muy a menudo la cabeza con ademán y apariencia de quien deserta. Venle venir así los centinelas apostados en las almenas, y bajando a toda prisa, pregúntanle desde una de las puertas medio abiertas quién era y a qué venía. Respóndeles que era Zópiro que quería pasárseles a la plaza. Oído esto, condúcenle al punto a los magistrados de Babilonia. Puesto allí en presencia de todo el congreso, empieza a lamentar su desventura y decir que Darío era quien había hecho ponerle del modo en que él mismo se había puesto; que el único motivo había sido porque él le aconsejaba que ya que no se descubría medio alguno para la toma de la plaza, lo mejor era levantar el sitio y retirar de allí el ejército. «Ahora, pues, continuó diciendo, ahí me tenéis, babilonios míos; prometo hacer a vosotros cuanto bien supiere, que espero no ha de ser poco, y a Darío, a sus persas y a todo su campo cuanto mal pudiere; que sin duda será muchísimo, pues voto a Dios que estas heridas que en mí veis les cuesten ríos de sangre, mayormente sabiendo yo bien todos sus artificios, los misterios del gabinete y su modo de pensar y obrar».

CLVII.Así les habló Zópiro, y los babilonios del congreso, que veían a su presencia, no sin horror, a un grande de Persia con las narices mutiladas, con las orejas cortadas, con las carnes rasgadas, y todo él empapado en la sangreque aún corría, quedaron desde luego persuadidos de que era la relación muy verdadera, y se ofrecieron a aliviar la desventura de su nuevo aliado, dándole gusto en cuanto les pidiera. Habiendo pedido él una porción de tropa, que luego tuvo a su mando, hizo con ella lo que con Darío había concertado, pues saliendo al décimo día con sus babilonios, y cogiendo en medio a los mil soldados, los primeros que había pedido que apostase Darío, los pasó todos a filo de la espada. Viendo entonces los babilonios que el desertor acreditaba con obras lo que les ofreciera de palabra, alegres sobremanera se declararon nuevamente prontos a servir a Zópiro, o más bien a dejarse servir de él enteramente. Esperó Zópiro el término de los días consabidos, y llegado este, toma una partida de babilonios escogidos, y hecha segunda salida de la plaza, mata a Darío dos mil soldados. Con esta segunda proeza de valor no se hablaba ya de otra cosa entre los babilonios ni había otro hombre para ellos igual a Zópiro, quien dejando después que pasasen los días convenidos, hace su tercer salida al puesto señalado, donde cerrando en medio de su gente a cuatro mil enemigos, acaba con todo aquel cuerpo. Vista esta última hazaña, entonces sí que Zópiro lo era todo para con los de Babilonia, de modo que luego le nombraron generalísimo de la guarnición, castellano de la plaza y alcaide de la fortaleza.

CLVIII.Entretanto, llega el día en que, según lo pactado, manda Darío dar un asalto general a Babilonia, y Zópiro acredita con el hecho que lo pasado no había sido sino engaño y doble artificio de un hábil desertor. Entonces los babilonios apostados sobre los muros iban resistiendo con valor al ejército de Darío que los acometía, y Zópiro al mismo tiempo, abriendo a sus persas las dos puertas de la ciudad, la Bélida y la Cisia, les introducía en ella. Algunos babilonios testigos de lo que Zópiro iba haciendo se refugiaron al templo de Zeus Belo; los demás, que nada sabían ni aun sospechaban de la traición que se ejecutaba, estuvieronfijos cada cual en su puesto hasta tanto que se vieron clara y patentemente vendidos y entregados al enemigo.

CLIX.Así fue tomada Babilonia por segunda vez. Dueño ya Darío de los babilonios vencidos, tomó desde luego las providencias más oportunas, una sobre la plaza, mandando demoler todos sus muros y arrancar todas las puertas de la ciudad, de cuyas dos prevenciones ninguna había usado Ciro cuando se apoderó de Babilonia;[324]otra tomó sobre los sitiados, haciendo empalar hasta tres mil de aquellos que sabía haber sido principales autores de la rebelión, dejando a los demás ciudadanos en su misma patria con sus bienes y haciendas; la tercera sobre la población, tomando sus medidas a fin de dar mujeres a los babilonios para la propagación, pues que ellos, como llevamos referido, habían antes ahogado a las que tenían, a fin de que no les gastasen las provisiones de boca durante el sitio. Para este efecto ordenó Darío a las naciones circunvecinas, que cada cual pusiera en Babilonia cierto número de mujeres que él mismo determinaba, de suerte que la suma de las que allí se recogieron subió a cincuenta mil, de quienes descienden los actuales babilonios.

CLX.Respecto a Zópiro, si queremos estar al juicio de Darío, jamás persa alguno, ni antes ni después, hizo más relevante servicio a la corona, exceptuando solamente a Ciro, pues a este rey nunca hubo persa que se le osase comparar ni menos igualar. Cuéntase con todo que solía decir el mismo Darío que antes quisiera no ver en Zópiro aquella carnicería de mano propia que conquistar y rendir no una, sino veinte babilonias que existieran. Lo cierto es que usó con él las mayores demostraciones de estima y particular honor, pues no solo le enviaba todos los años aquellos regalos que son entre los persas la mayor prueba de distinción y privanzacon el soberano, sino que dio a Zópiro por todo el tiempo de su vida la satrapía de Babilonia, inmune de todo pecho y tributo. Hijo de este Zópiro fue el general Megabizo, el que en Egipto guerreó con los atenienses y sus aliados, y padre del otro Zópiro que, desertado de los persas, pasó a la ciudad de Atenas.


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