LIBRO TERCERO.TALÍA.
TALÍA.
Expedición de Cambises al Egipto: derrota de los egipcios. Intenta Cambises conquistar la Etiopía; relación de los descubridores enviados a este país y desgracias de los expedicionarios. — Búrlase Cambises de los dioses egipcios: sus locuras y muerte de su hermano y esposa. — Fortuna de Polícrates, el tirano de Samos, a quien atacan los lacedemonios y corintios. — Álzase contra Cambises el mago Esmerdis y se apodera del trono de Persia: muerte de Cambises. — Descúbrese la impostura del mago y muere a manos de los siete conjurados. — Artificio de Darío para subir al Trono. — Contribuciones del Imperio persa. — Descripción de la India, Arabia y sus producciones. — Oretes, gobernador de Sardes, mata a Polícrates: castigo de Oretes. — Artificio del médico Democedes para regresar a Grecia. — Darío ayuda a Silosonte para recobrar a Samos. — Rebelión de Babilonia, su asedio y reconquista.
I.Contra el rey Amasis, pues, dirigió Cambises, hijo y sucesor de Ciro, una expedición en la cual llevaba consigo, entre otros vasallos suyos, a los griegos de Jonia y Eolia; el motivo de ella fue el siguiente: Cambises, por medio de un embajador enviado al rey Amasis, le pidió una hija poresposa, a cuya demanda le había inducido el consejo y solicitación de cierto egipcio que, al lado del persa, urdía en esto una trama, altamente resentido contra Amasis, porque tiempos atrás, cuando Ciro le pidió por medio de mensajeros que le enviara el mejor oculista de Egipto, le había escogido entre todos los médicos del país y enviado allá arrancándole del seno de su mujer y de la compañía de sus hijos muy amados. Este egipcio, enojado contra Amasis, no cesaba de exhortar a Cambises a que pidiera una hija al rey de Egipto con la intención doble y maligna de dar a este que sentir si la concedía, o de enemistarle cruelmente con Cambises si la negaba. El gran poder del persa, a quien Amasis no odiaba menos que temía, no le permitía rehusarle su hija, ni podía dársela por otra parte, comprendiendo que no la quería Cambises por esposa de primer orden, sino por amiga y concubina: en tal apuro acudió a un expediente. Vivía entonces en Egipto una princesa llamada Nitetis, de gentil talle y de belleza y donaire singular, hija del último rey Apríes, que había quedado sola y huérfana en su palacio. Ataviada de galas y adornada con joyas de oro, y haciéndola pasar por hija suya, enviola Amasis a Persia por mujer de Cambises, el cual, saludándola algún tiempo después con el nombre de hija de Amasis, la joven princesa le respondió: «Señor, vos sin duda, burlado por Amasis, ignoráis quién sea yo. Disfrazada con este aparato real me envió como si en mi persona os diera una hija, dándoos la que lo es del infeliz Apríes, a quien dio muerte Amasis, hecho jefe de los egipcios rebeldes, ensangrentando sus manos en su propio monarca».
II.Con esta confesión de Nitetis y esta ocasión de disgusto, Cambises, hijo de Ciro, vino muy irritado sobre el Egipto. Así es como lo refieren los persas;[244]aunque losegipcios, con la ambición de apropiarse a Cambises, dicen que fue hijo de la princesa Nitetis, hija de su rey Apríes, a quien antes la pidió Ciro, según ellos, negando la embajada de Cambises a Amasis en demanda de una hija. Pero yerran en esto, pues primeramente no pueden olvidar que en Persia, cuyas leyes y costumbres no hay quien las sepa quizá mejor que los egipcios, no puede suceder a la corona un hijo natural existiendo otro legítimo; y en segundo lugar, siendo sin duda Cambises hijo de Casandane y nieto de Farnaspes, uno de los aqueménidas, no podía ser hijo de una egipcia.[245]Sin duda los egipcios, para hacerse parientes de la casa real de Ciro, pervierten y trastornan la narración; mas pasemos adelante.
III.Otra fábula, pues por tal la tengo, corre aún sobre esta materia. Entró, dicen, no sé qué mujer persa a visitar las esposas de Ciro, y viendo alrededor de Casandane unos lindos niños de gentil talle y gallardo continente, pasmada y llena de admiración empezó a deshacerse en alabanza de los infantes. «Sí, señora mía, respondiole entonces Casandane, la esposa de Ciro; sí, estos son mis hijos, mas poco, sin embargo, cuenta Ciro con la madre que tan agraciados príncipes le dio: no soy yo su querida esposa, lo es la extranjera que hizo venir del Egipto». Así se explicaba, poseída de pasión y de celos contra Nitetis: óyela Cambises, el mayor de sus hijos, y volviéndose hacia ella: «Pues yo, madre mía, le dice, os empeño mi palabra de que cuando mayor he de vengaros del Egipto, trastornándoloenteramente y revolviéndolo todo de arriba abajo». Tales son las palabras que pretenden dijo Cambises, niño a la sazón de unos diez años, de las cuales se admiraron las mujeres; y que llegado después a la edad varonil, y tomada posesión del imperio, acordándose de su promesa, quiso cumplirla, emprendiendo dicha jornada contra el Egipto.
IV.Más empero contribuiría a formarla el caso siguiente: servía en la tropa extranjera de Amasis un ciudadano de Halicarnaso llamado Fanes, hombre de talento, soldado bravo y capaz en el arte de la guerra. Enojado y resentido contra Amasis, ignoro por qué motivo, escapose del Egipto en una nave con ánimo de pasarse a los persas y de verse con Cambises. Siendo Fanes por una parte oficial de crédito no pequeño entre los guerreros asalariados, y estando por otra muy impuesto en las cosas del Egipto, Amasis, con gran ansia de cogerle, mandó desde luego que se le persiguiera. Envía en su seguimiento una galera y en ella el eunuco de su mayor confianza;[246]pero este, aunque logró alcanzarle y cogerle en Licia, no tuvo la habilidad de volverle a Egipto, pues Fanes supo burlarle con la astucia de embriagar a sus guardias, y escapado de sus prisiones logró presentarse a los persas. Llegado a la presencia de Cambises en la coyuntura más oportuna, en que resuelta ya la expedición contra el Egipto no veía el monarca medio de transitar con su tropa por un país tan falto de agua, Fanes no solo le dio cuenta del estado actual de los negocios de Amasis, sino que le descubrió al mismo tiempo un modo fácil de hacer el viaje, exhortándole a que por medio de embajadores pidiera al rey de los árabes paso libre y seguro por los desiertos de su país.
V.Y, en efecto, solo por aquel paraje que Fanes indicaba se halla entrada abierta para el Egipto. La región de los sirios que llamamos palestinos se extiende desde la Fenicia hasta los confines de Caditis: desde esta ciudad, no mucho menor que la de Sardes, a mi entender, siguiendo las costas del mar, empiezan los emporios y llegan hasta Yeniso, ciudad del árabe, cuyos son asimismo dichos emporios.[247]La tierra que sigue después de Yeniso es otra vez del dominio de los sirios hasta llegar a la laguna de Serbónida, por cuyas cercanías se dilata hasta el mar el monte Casio, y, finalmente, desde esta laguna, donde dicen que Tifón se ocultó, empieza propiamente el territorio de Egipto. Ahora bien; todo el distrito que media entre la ciudad de Yeniso y el monte Casio y la laguna de Serbónida, distrito no tan corto que no sea de tres días de camino, es un puro arenal sin una gota de agua.
VI.Quiero ahora indicar aquí de paso una noticia que pocos sabrán, aun de aquellos que trafican por mar en Egipto. Aunque llegan al país dos veces al año, parte de todos los puntos de la Grecia, parte también de la Fenicia, un sinnúmero de tinajas llenas de vino, ni una sola de ellas se deja ver, por decirlo así, en parte alguna del Egipto. ¿Qué se hace, pues, preguntará alguno, de tanta tinaja transportada? Voy a decirlo: es obligación precisa de tododemarcoo alcalde, que recoja estas tinajas en su respectiva ciudad y las mande pasar a Menfis, a cargo de cuyos habitantes corre después conducirlas llenas de agua a los desiertosáridos de la Siria;[248]de suerte que las tinajas que van siempre llegando de nuevo, sacadas luego del Egipto, son transportadas a la Siria, y allí juntadas a las viejas.
VII.Tal es la providencia que dieron los persas apoderados apenas del Egipto, para facilitar el paso y entrada a su nueva provincia acarreando el agua al desierto del modo referido. Mas como Cambises, al emprender su conquista, no tuviese aún ese arbitrio de aprontar el agua, enviados al árabe[249]sus mensajeros conforme al aviso de su huésped halicarnasio, obtuvo el paso libre y seguro, mediante un tratado concluido bajo la fe pública de entrambos.
VIII.Entre los árabes, los más fieles y escrupulosos en guardar la fe prometida en los pactos solemnes que contratan, úsase la siguiente ceremonia. Entre las dos personas que quieren hacer un legítimo convenio, sea de amistad o sea de alianza, preséntase un medianero que con una piedra aguda y cortante hace una incisión en la palma de la mano de los contrayentes, en la parte más vecina al dedo pulgar; toma luego unos pedacitos del vestido de entrambos, y con ellos mojados en la sangre de las manos va untando siete piedras allí prevenidas, invocando al mismo tiempo a Dioniso y a Urania, o sea a Baco y a Venus. Concluida por el medianero esta ceremonia, entonces el que contrae el pacto de alianza o amistad presenta y recomiendaa sus amigos el extranjero, o el ciudadano, si con un ciudadano lo contrae; y los amigos por su parte miran como un deber solemne guardar religiosamente el pacto convenido. Los árabes, que no conocen más Dios que a Dioniso y a Urania,[250]pretenden que su modo de cortarse el pelo, que es a la redonda, rapándose a navaja las guedejas de sus sienes, es el mismo puntualmente con que solía cortárselo Dioniso. A este dan el nombre deOrotalt, y a Urania el deAlilat.
IX.Volviendo al asunto, el árabe, concluido ya su tratado público con los embajadores de Cambises, para servir a su aliado, tomó el medio de llenar de agua unos odres hechos de pieles de camellos, y cargando con ellos a cuantas bestias pudo encontrar, adelantose con sus recuas y esperó a Cambises en lo mas árido de los desiertos. De todas las relaciones es esta la más verosímil; pero como corre otra, aunque lo sea menos, preciso es referirla. En la Arabia hay un río llamado Coris que desemboca en el mar conocido por Eritreo. Refiérese, pues, que el rey de los árabes, formando un acueducto hecho de pieles crudas de bueyes y de otros animales, tan largo y tendido, que desde el Coris llegase al arenal mencionado, por este canal trajo el agua hasta unos grandes aljibes que para conservarla había mandado abrir en aquellos páramos del desierto. Dicen que a pesar de la distancia de doce jornadas que hay desde el río hasta el erial, el árabe condujo el agua a tres parajes distintos por tres canales separados.
X.En tanto que se hacían los preparativos, atrincherose Psaménito, hijo de Amasis, cerca de la boca del Nilo que llaman Pelusia, esperando allí a Cambises, pues este, altiempo de invadir con sus tropas el Egipto, no encontró ya vivo a Amasis, el cual acababa de morir después de un reinado feliz de 44 años, en que jamás le sucedió desventura alguna de gran monta. Su cadáver embalsamado se depositó en la sepultura que él mismo se había hecho fabricar en un templo durante su vida. Reinando ya su hijo Psaménito en Egipto, sucedió un portento muy grande y extraordinario para los egipcios, pues llovió en su ciudad de Tebas, donde antes jamás había llovido, ni volvió a llover después hasta nuestros días, según los mismos tebanos aseguran.[251]Es cierto que no suele verse caer una gota de agua en el alto Egipto, y sin embargo, caso extraño, viose entonces en Tebas caer el agua hilo a hilo de los cielos.
XI.Salidos los persas de los eriales del desierto, plantaron su campo vecino al de los egipcios para venir con ellos a las manos.[252]Allí fue donde las tropas extranjeras al servicio del Egipto, en parte griegas y en parte carias, llevadas de ira y encono contra Fanes por haberse hecho adalid de un ejército enemigo de otra lengua y nación, maquinaron contra él una venganza bárbara e inhumana. Tenía Fanes unos hijos que había dejado en Egipto, y haciéndolos venir al campo los soldados mercenarios, los presentan en medio de entrambos reales a la vista de su padre, colocan después junto a ellos una gran taza, y sobre ella los van degollando uno a uno, presenciando su mismo padre el sacrificio. Acabada de ejecutar tal carnicería en aquellas víctimasinocentes, mezclan vino y agua con la sangre humana, y habiendo de ella bebido todas las guardias extranjeras, cierran con el enemigo. Empeñada y reñida fue la refriega, cayendo de una y otra parte muchos combatientes, hasta que al fin cedieron el campo los egipcios.
XII.Hallándome en el sitio donde se dio la batalla, me hicieron los egipcios observar una cosa que me causó mucha novedad. Vi por el suelo unos montones de huesos, separados unos de otros, que eran los restos de los combatientes caídos en la acción; y dije separados, porque según el sitio que en sus filas habían ocupado las huestes enemigas, estaban allí tendidos de una parte los huesos de los persas, y de otra los de los egipcios. Noté, pues, que los cráneos de los persas eran tan frágiles y endebles que con la menor chinita que se los tire se los pasará de parte a parte; y al contrario, tan sólidas y duras las calaveras egipcias que con un guijarro que se les arroje apenas se podrá romperlas. Dábanme de esto los egipcios una razón a la que yo llanamente asentía, diciéndome que desde muy niño suelen raer a navaja sus cabezas, con lo cual se curten sus cráneos y se endurecen al calor del sol. Y este mismo es sin duda el motivo porque no encalvecen, siendo averiguado que en ningún país se ven menos calvos que en Egipto, y esta es la causa también de tener aquella gente tan dura la cabeza. Y al revés, la tienen los persas tan débil y quebradiza, porque desde muy tiernos la defienden del sol, cubriéndosela con sus tiaras hechas de fieltro a manera de turbantes.[253]Esta es la particularidad que noté en dicho campo, e idéntica es la que noté en los otros persas que, conducidos por Aquemenes, hijo de Darío, quedaron juntamente con su jefe vencidos y muertos por Inaro el libio, no lejos de Papremis.
XIII.Volvamos a los egipcios derrotados, que vueltas una vez las espaldas al enemigo en la batalla, se entregaron a la fuga sin orden alguno. Encerráronse después en la plaza de Menfis, adonde Cambises les envió río arriba una nave de Mitilene, en que iba un heraldo persa encargado de convidarlos a una capitulación. Apenas la ven entrar en Menfis, cuando saliendo en tropel de la fortaleza y arrojándose sobre ella, no solo la echan a pique, sino que despedazan a los hombres de la tripulación, y cargando con sus miembros destrozados, como si vinieran de la carnicería, entran con ellos en la plaza. Sitiados después en ella, se entregaron al persa a discreción al cabo de algún tiempo. Pero los libios que confinan con el Egipto, temerosos con lo que en él sucedía, sin pensar en resistir se entregaron a los persas, imponiéndose por sí mismo cierto tributo y enviando regalos a Cambises. Los colones griegos de Barca y de Cirene, no menos amendrentados que los libios, les imitaron en rendirse al vencedor. Diose Cambises por contento y satisfecho con los dones que recibió de los libios; pero se mostró quejoso y aun irritado por los presentes venidos de Cirene, por ser a lo que imaginaba cortos y mezquinos. Y, en efecto, anduvieron con él escasos los cireneos enviándole solamente 500 minas de plata, las que fue cogiendo a puñados y derramando entre las tropas por su misma mano.
XIV.Al décimo día después de rendida la plaza de Menfis, ordenó Cambises que Psaménito, rey de Egipto, que solo seis meses había reinado, en compañía de otros egipcios, fuera expuesto en público y sentado en los arrabales de la ciudad, para probar del siguiente modo el ánimo y carácter real de su prisionero. A una hija que Psaménitotenía, mandola luego vestir de esclava enviándola con su cántaro por agua; y en compañía de ella, por mayor escarnio, otras doncellas escogidas entre las hijas de los señores principales vestidas con el mismo traje que la hija del rey. Fueron pasando los jóvenes y damas con grandes gritos y lloros por delante de sus padres, quienes no pudieron menos de corresponderlas gritando y llorando también al verlas tan maltratadas, abatidas y vilipendiadas; pero el rey Psaménito, al ver y conocer a la princesa su hija, no hizo más ademán de dolor que bajar sus ojos y clavarlos en tierra. Apenas habían pasado las damas con sus cántaros, cuando Cambises tenía ya prevenida otra prueba mayor, haciendo que allí mismo, a vista de su infeliz padre, pareciese también el príncipe su hijo con otros 2000 egipcios, todos mancebos principales, todos de la misma edad, todos con dogal al cuello y con mordazas en la boca. Iban estas tiernas víctimas al suplicio para vengar en ellas la muerte de los que en Menfis habían perecido en la nave de Mitilene, pues tal había sido la sentencia de los jueces regios, que murieran diez de los egipcios principales por cada uno de los que, embarcados en dicha nave, habían cruelmente fenecido. Psaménito, mirando los ilustres reos que pasaban, por más que entre ellos divisó al príncipe, su hijo, llevado al cadalso, y a pesar de los sollozos y alaridos que daban los egipcios sentados en torno de él, no hizo más extremo que el que acababa de hacer al ver a su hija. Pasada ya aquella cadena de condenados al suplicio, casualmente uno de los amigos de Psaménito, antes su frecuente convidado, hombre de avanzada edad, despojado al presente de todos sus bienes y reducido al estado de pordiosero, venía por entre las tropas pidiendo a todos suplicante una limosna a vista de Psaménito, el hijo de Amasis, y de los egipcios, partícipes de su infamia y exposición en los arrabales. No bien le ve Psaménito, cuando prorrumpe en gran llanto, y llamando por su propio nombre al amigomendicante, empieza a desgreñarse dándose con los puños en la frente y en la cabeza. De cuanto hacía el prisionero en cada una de aquellas salidas o espectáculos, las guardias persas que estaban por allí apostadas iban dando cuenta a Cambises. Admirado este de lo que se le relataba por medio de un mensajero, manda hacerle una pregunta: «Cambises, vuestro soberano, dícele el enviado, exige de vos, Psaménito, que le digáis la causa por qué al ver a vuestra hija tan maltratada y el hijo llevado al cadalso, ni gritasteis ni llorasteis, y acabando de ver al mendigo, quien según se le ha informado en nada os atañe ni pertenece, ahora por fin lloráis y gemís». A esta pregunta que se le hacía respondió Psaménito en estos términos: «Buen hijo de Ciro, tales son y tan extremados mis males domésticos que no hay lágrimas bastantes con qué llorarlos; pero la miseria de este mi antiguo valido y compañero es un espectáculo para mí bien lastimoso, viéndole ahora al cabo de sus días y en el linde del sepulcro pobre pordiosero, de rico y feliz que poco antes le veía». Esta respuesta, llevada por el mensajero, pareció sabia y acertada a Cambises; y al oírla, dicen los egipcios que lloró Creso, que había seguido a Cambises en aquella jornada, y lloraron asimismo los persas que se hallaban presentes en la corte de su soberano; y este mismo enterneciose por fin, de modo que dio orden en aquel mismo punto para que sacasen al hijo del rey de la cadena de los condenados a muerte, perdonándole la vida, y desde los arrabales condujesen al padre a su presencia.
XV.Los que fueron al cadalso con el perdón no hallaron ya vivo al príncipe, que entonces mismo, por primera víctima, acababa de ser decapitado. A Psaménito se le alzó en efecto del vergonzoso poste y fue en derechura presentado ante Cambises, en cuya corte, lejos de hacerle violencia alguna, se le trató desde allí en adelante con esplendor, corriendo sus alimentos a cuenta del soberano; y aun se lehubiera dado en feudo la administración del Egipto, si no se le hubiera probado que en él iba maquinando sediciones, siendo costumbre y política de los persas el tener gran cuenta con los hijos de los reyes, soliendo reponerlos en la posesión de la corona aun cuando sus padres hayan sido traidores a la Persia. Entre otras muchas pruebas de esta costumbre, no es la menor haberlo practicado así con diferentes príncipes, con Taniras, por ejemplo, hijo de Inaro el libio,[254]el cual recobró de ellos el dominio que había tenido su padre; y también con Pausiris, que recibió de manos de los mismos el estado de su padre Amirteo, y esto cuando quizá no ha habido hasta ahora quien mayores males hayan causado a los persas que Inaro y Amirteo. Pero el daño estuvo en que no dejando Psaménito de conspirar contra su soberano, le fue forzoso llevar por ello su castigo; pues habiendo llegado a noticia de Cambises que había sido convencido de intentar la sublevación de los egipcios, Psaménito se dio a sí mismo una muerte repentina, bebiendo la sangre de un toro: tal fue el fin de este rey.
XVI.De Menfis partió Cambises para Sais con ánimo resuelto de hacer lo siguiente: Apenas entró en el palaciodel difunto Amasis, cuando sin más dilación mandó sacar su cadáver de la sepultura, y obedecido con toda prontitud, ordena allí mismo que azoten al muerto, que le arranquen las barbas y cabellos, que le puncen con púas de hierro, y que no le ahorren ningún género de suplicio. Cansados ya los ejecutores de tanta y tan bárbara inhumanidad, a la que resistía y daba lugar el cadáver embalsamado, sin que por esto se disolviera la momia, y no satisfecho todavía Cambises, dio la orden impía y sacrílega de que el muerto fuera entregado al fuego, elemento que veneran los persas por dios.
En efecto, ninguna de las dos naciones persa y egipcia tienen la costumbre de quemar a sus difuntos; la primera por la razón indicada, diciendo ellos que no es conforme a razón cebar a un dios con la carne cadavérica de un hombre; la segunda por tener creído que el fuego es un viviente animado y fiero, que traga cuanto se le pone delante, y sofocado de tanto comer muere de hartura, juntamente con lo que acaba de devorar.[255]Por lo mismo guárdanse bien los egipcios de echar cadáver alguno a las fieras o a cualesquiera otros animales, antes bien los adoban y embalsaman a fin de impedir que, enterrados, los coman los gusanos. Se ve, pues, que lo que obró Cambises con Amasis era contra el uso de entrambas naciones. Verdad es que si hemos de creer a los egipcios, no fue Amasis quien tal padeció, sino cierto egipcio de su misma edad, a quien atormentaron los persas creyendo atormentar a aquel; lo que,según cuentan, sucedió en estos términos: Viviendo aún Amasis, supo por aviso de un oráculo lo que le esperaba después de su muerte; prevenido, pues, quiso abrigarse antes de la tempestad, y para evitar la calamidad venidera, mandó que aquel hombre muerto que después fue azotado por Cambises fuese depositado en la misma entrada de su sepulcro, dando juntamente orden a su hijo de que su propio cuerpo fuese retirado en un rincón el más oculto del monumento. Pero a decir verdad, estos encargos de Amasis y su oculta sepultura, y el otro cadáver puesto a la entrada, no me parecen sino temerarias invenciones con que los vanos egipcios se pavonean.
XVII.Vengado ya Cambises de su difunto enemigo, formó el designio de emprender a un tiempo mismo tres expediciones militares, una contra los carquedonios o cartagineses, otra contra los amonios, y la tercera contra los etíopes macrobios, pueblos que habitan en la Libia sobre las costas del mar Meridional.[256]Tomado acuerdo, le pareció enviar contra los carquedonios sus armadas navales, contra los amonios parte de su tropa escogida, y contra los etíopes unos exploradores que de antemano se informasen del estado de la Etiopía, y procurasen averiguar particularmente si era verdad que existiese allí la mesa del sol, de que se hablaba; y para que mejor pudiesen hacerlo quiso que de su parte presentasen sus regalos al rey de los etíopes.
XVIII.Lo que se dice de la mesa del sol es que en los arrabales de cierta ciudad de Etiopía hay un prado que seve siempre lleno de carne cocida de toda suerte de cuadrúpedos; y esto no es algún portento, pues todos los que se hallan en algún empleo público se esmeran cada cual por su parte en colocar allí de noche aquellos manjares. Venido el día, va el que quiere de los vecinos de la ciudad a aprovecharse de la mesa pública del prado, divulgando aquella buena gente que la tierra misma es la que produce de suyo tal opulencia. Esta es, en suma, la tan celebrada mesa del sol.
XIX.Volviendo a Cambises, no bien tomó la resolución de enviar sus espías a la Etiopía, cuando hizo venir de la ciudad de Elefantina a ciertos hombres de los ictiófagos,[257]bien versados en el idioma etiópico; y en tanto que llegaban, dio orden a su armada naval que se hiciera a la vela para ir contra Carquedón o Cartago. Representáronle los fenicios que nunca harían tal, así por no permitírselo la fe de los tratados públicos, como por ser una impiedad que la madre patria hiciera guerra a los colonos sus hijos. No queriendo concurrir, pues, los fenicios a la expedición, lo restante de las fuerzas no era armamento ni recurso bastante para la empresa; y esta fue la fortuna de los carquedonios, que por este medio se libraron de caer bajo el dominio persa; pues entonces consideró Cambises por una parte que no sería razón forzar a la empresa a los fenicios, que de buen grado se habían entregado a la obediencia de los persas, y por otro vio claramente que la fuerza de su marina dependía de la armada fenicia, no obstante de seguirle en la expedición contra el Egipto los naturales de Chipre, vasallos asimismo voluntarios de la Persia.
XX.Apenas llegaron de Elefantina los ictiófagos, los hizo partir Cambises para Etiopía, bien informados de la embajada que debían de dar, y encargados de los presentes que debían hacer, que consistían en un vestido de púrpura,en un collar de oro, unos brazaletes, un bote de alabastro lleno de ungüento, y una pipa de vino fenicio. En cuanto a los etíopes a quienes Cambises enviaba dicha embajada, la fama que de ellos corre nos los pinta como los hombres más altos y gallardos del orbe, cuyos usos y leyes son muy distintos de los de las demás naciones, en especial la que mira propiamente a la corona, conforme a la cual juzgan que el más alto de talla entre todos y el que reúna el valor a su estatura debe ser el elegido por rey.
XXI.Llegados a esta nación los ictiófagos de Cambises al presentar los regalos al soberano[258]le arengaron en esta forma: «Cambises, rey de los persas, deseoso de ser en adelante vuestro buen huésped y amigo, nos mandó venir para que en su nombre os saludemos, y al mismo tiempo os presentemos de su parte los dones que aquí veis, que son aquellos géneros de que con particular gusto suele usar el mismo soberano para el regalo de su real persona». El etíope, conociendo desde luego que los embajadores no eran más que espías, les dijo: «Ni ese rey de los persas os envía con esos presentes para honrarse de ser mi amigo y huésped, ni vosotros decís verdad en lo que habláis; pues vosotros, bien lo entiendo, venís por espías de mi estado y él nada tiene por cierto de príncipe justo y hombre recto, pues a serlo, no deseara más imperio que el suyo, ni metiera en sujeción a los pueblos que en nada le han ofendido. Por abreviar, entregarle de mi parte este arco que aquí veis, y ledaréis juntamente esta mi formal respuesta: El rey de los etíopes aconseja por bien de paz al rey de los persas, que haga la guerra a los macrobios, fiado en el número de vasallos en que es superior a aquel; entonces cuando vea que sus persas encorvan arcos de este tamaño con tanta facilidad como yo ahora doblo este a vuestros ojos; y mientras no vea hacer esto a los suyos, dé muchas gracias a los dioses porque no inspiran a los etíopes el deseo de nuevas conquistas para dilatar más su dominio».
XXII.Dijo el etíope, y al mismo punto aflojando su arco lo entrega a los enviados. Toma después en sus manos la púrpura regalada, y pregunta qué venía a ser aquello y cómo se hacía: dícenle los ictiófagos la verdad acerca de la púrpura y su tinte; y él entonces les replica: «Bien va de engaño; tan engañosos son ellos como sus vestidos y regalos». Pregunta después qué significa lo del collar y brazaletes; y como se lo declarasen los ictiófagos diciendo que eran galas para mayor adorno de la persona, riose el rey, y luego: «No hay tal, les replica; no me parecen galas sino grillos, y a fe mía que mejores y más fuertes son los que acá tenemos». Tercera vez preguntó sobre el ungüento; e informado del modo de hacerlo y del uso que tenía, repitió lo mismo que acerca del vestido de púrpura había dicho. Pero cuando llegó a la prueba del vino, informado antes cómo se preparaba aquella bebida, y relamiéndose con ella los labios, continuó preguntando cuál era la comida ordinaria del rey de Persia y cuánto solía vivir el persa que más vivía. Respondiéronle a lo primero que el sustento común era el pan, explicándole juntamente qué cosa era el trigo de que se hacía; y a lo segundo, que el término más largo de la vida de un persa era de ordinario 80 años. A lo cual repuso el etíope que nada extrañaba que hombres alimentados con el estiércol que llamaban pan vivieran tan poco, y que ni aun duraran el corto tiempo que vivían, a no mezclar aquel barro con su tan preciosa bebida, con lo cual indicaba alos ictiófagos el vino, confesando que en ello les hacían ventaja los persas.
XXIII.Tomando de aquí ocasión los ictiófagos de preguntarle también cuál era la comida y cuán larga la vida de los etíopes, respondioles el rey que, acerca de la vida, muchos entre ellos había que llegaban a los 120 años, no faltando algunos que alcanzaban a más; en cuanto al alimento, la carne cocida era su comida y la leche fresca su bebida ordinaria. Viendo entonces el rey cuanto admiraban los exploradores una vida de tan largos años, los condujo él mismo a ver una fuente muy singular, cuya agua pondrá al que se bañe en ella más empapado y reluciente que si se untara con el aceite más exquisito, y hará despedir de su húmedo cuerpo un olor de viola finísimo y delicado. Acerca de esta rara fuente referían después los enviados ser de agua tan ligera que nada sufría que sobrenadase en ella, ni madera de especie alguna, ni otra cosa más leve que la madera, pues lo mismo era echar algo en ella, fuese lo que fuese, que irse a fondo al momento. Y en verdad, si tal es el agua cual dicen, ¿no se pudiera conjeturar que el uso que de ella hacen para todo los etíopes, hará que gocen los macrobios de tan larga vida? Desde esta fuente, contaban los exploradores que el rey en persona los llevó en derechura hasta la cárcel pública, donde vieron a todos los presos aherrojados con grillos de oro, lo que no es extraño siendo el bronce entre los etíopes el metal más raro y más apreciado. Vista la cárcel, fueron a ver asimismo la famosa mesa del sol, según la llaman.
XXIV.Desde ella partieron hacia las sepulturas de aquella gente, que son, según decían los que las vieron, una especie de urnas de vidrio, preparadas en la siguiente forma: Adelgazado el cadáver y reducido al estado de momia, sea por el medio con que lo hacen los egipcios, sea de algún otro modo, le dan luego una mano de barniz a manera de una capa de yeso, y pintan sobre ella con coloresla figura del muerto tan parecida como pueden alcanzar, y así le meten dentro de un tubo hecho de vidrio en forma de columna hueca, siendo entre ellos el vidrio que se saca de sus minas muy abundante y muy fácil de labrar.[259]De este modo, sin echar de sí mal olor, ni ofrecer a los ojos un aspecto desagradable, se divisa al muerto cerrado en su columna transparente, que lo presenta en la apariencia como si estuviera vivo allí dentro. Es costumbre que los deudos más cercanos tengan en su casa por un año estas urnas o columnas, ofreciéndoles entre tanto las primicias de todo, y haciéndoles sacrificios, y que pasado aquel término legítimo las saquen de casa y las coloquen alrededor de la ciudad.
XXV.Vistas y contempladas estas cosas extraordinarias, salieron por fin los exploradores de vuelta hacia Cambises, el cual, apenas acabaron de darle cuenta de su embajada, lleno de enojo y furor emprende de repente la jornada contra Etiopía.[260]Príncipe de menguado juicio y deira desenfrenada, no manda antes hacer provisión alguna de víveres, ni se detiene siquiera en pensar que lleva sus armas al extremo de la tierra; oye a los ictiófagos, y sin más espera, emprende desde luego tan larga expedición, da orden a las tropas griegas de su ejército que allí le aguardan, y manda tocar a marcha a lo restante de su infantería. Cuando estuvo ya de camino, dispuso que un cuerpo de 50.000 hombres, destacado del ejército, partiera hacia los amonios, que al llegar allí los trataran como a esclavos, y pusiesen fuego al oráculo de Zeus Amón; y él mismo en persona, al frente del grueso de sus tropas, continuó su marcha hacia los etíopes. No habían andado todavía una quinta parte del camino que debían hacer, cuando al ejército se le acababan ya los pocos víveres que traía consigo, los que consumidos, se le iban después acabando los bagajes, de que echaban mano para su necesario sustento. Si al ver lo que pasaba desistiera entonces, ya que antes no, de su porfía y contumacia el insano Cambises, dando la vuelta con su ejército, hubiérase portado como hombrecuerdo que si bien puede errar, sabe enmendar el yerro antes cometido; pero no dando lugar aún a ninguna reflexión sabia, llevando adelante su intento, iba prosiguiendo su camino. Mientras que la tropa halló hierbas por los campos, mantúvose de ellas. Mas llegando en breve a los arenales, algunos de los soldados, obligados de hambre extrema, tuvieron que echar suertes sobre sus cabezas, a fin de que uno de cada diez alimentase con su carne a nueve de sus compañeros. Informado Cambises de lo que sucedía, empezó a temer que iba a quedarse sin ejército si aquel diezmo de vidas continuaba; y al cabo, dejando la jornada contra los etíopes, y volviendo a deshacer su camino, llegó a Tebas con mucha pérdida de su gente. De Tebas bajó a Menfis y licenció a los griegos, para que embarcándose se restituyesen a su patria. Tal fue el éxito de la expedición de Etiopía.
XXVI.De las tropas que fueron destacadas contra los amonios, lo que de cierto se sabe es que partieron de Tebas y fueron conducidas por sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice, por los samios de la fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas, siempre por arenales, y situada en una región a la cual llaman los griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados.[261]Hasta este paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército; pero lo que después le sucedió, ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa ni llegó a los amonios, ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales: llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y la referida Oasis, prepararon allí su comida, lacual tomada, se levantó luego un viento Noto tan vehemente e impetuoso, que levantando la arena y remolinándola en varios montones, los sepultó vivos a todos aquella tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos como nos lo refieren los amonios.
XXVII.Después que Cambises se hubo restituido a Menfis, se apareció a los egipcios su dios Apis, al cual los griegos suelen llamar Épafo, y apenas se dejó ver, cuando todos se vistieron de gala y festejáronle públicamente con grandes regocijos. Al ver Cambises tan singulares muestras de contento y alegría, sospechando en su interior que nacían de la complacencia que tenían los egipcios por el mal éxito de su empresa, mandó comparecer ante sí a los magistrados de Menfis, y teniéndolos a su presencia, les pregunta por qué antes, cuando estuvo en Menfis, no dieron los egipcios muestra alguna de contento, y ahora vuelto de su expedición, en que había perdido parte de su ejército, todo eran fiestas y regocijos. Respondiéronle llanamente los magistrados que entonces puntualmente acababa de aparecérseles su buen dios Apis, quien no se dejaba ver de los egipcios sino alguna vez muy de tarde en tarde, y que siempre que se dignaba visitarles su dios solían festejarle muy alegres y ufanos por la merced que les hacía. Pero Cambises, no bien oída la respuesta, les echó en rostro que mentían, y aun más, los condenó a muerte por embusteros.
XXVIII.Ejecutada en los magistrados la sentencia capital, llama Cambises otra vez a los sacerdotes, quienes le dieron cabalmente la misma respuesta y razón acerca de su dios. Replicoles Cambises que si alguno de los dioses visible y tratable se apareciera a los egipcios, no debía escondérsele a él, ni había de ser el último en saberlo; y diciendo esto, manda a los sacerdotes que le traigan al punto al dios Apis, que al momento le llevaron. Debo decir aquí que este dios, sea Apis o Épafo, no es más que un novillo cumplido, hijo de una ternera, que no está todavía en la edadproporcionada de concebir otro feto alguno ni de retenerlo en el útero: así lo dicen los egipcios, que a este fin quieren que baje del cielo sobre la ternera una ráfaga de luz con la cual conciba y para a su tiempo al dios novillo. Tiene este Apis sus señales características, cuales son el color negro con un cuadro blanco en la frente, una como águila pintada en sus espaldas, los pelos de la cola duplicados y un escarabajo remedado en su lengua.
XXIX.Volvamos a los sacerdotes, que apenas acabaron de presentar a Cambises su dios Apis, cuando aquel monarca, según era de alocado y furioso, saca su daga, y queriendo dar al Apis en medio del vientre, hiérele con ella en uno de los muslos,[262]y soltando la carcajada, vuelto a los sacerdotes: «Bravos embusteros sois todos, les dice: reniego de vosotros y de vuestros dioses igualmente. ¿Son por ventura de carne y hueso los dioses y expuestos a los filos del hierro? Bravo dios es ese, digno de serlo de los egipcios y de nadie más. Os juro que no os congratularéis de esa mofa que hacéis de mí, vuestro soberano». Dicho esto, mandó inmediatamente a los ministros ejecutores de sentencias, que dieran luego a los sacerdotes doscientos azotes sin piedad; y ordenó también que al egipcio, fuese el que fuese, que sorprendieran festejando al dios Apis se le diera muerte sin demora. Así se les turbó la fiesta a los egipcios, quedaron los sacerdotes bien azotados, y el dios Apis, mal herido en un muslo, tendido en su mismo templo, no tardó en expirar, si bien no le faltó el último honor de lograr a hurto de Cambises sepultura sagrada que le procuraron los sacerdotes viéndole muerto de la herida.
XXX.En pena de este impío atentado, según nos cuentan los egipcios, Cambises, antes ya algo demente, se volvió al punto loco furioso. Dio principio a su violenta manía persiguiendo al príncipe Esmerdis,[263]hermano suyo de padre y madre, al cual desterró de su corte de Egipto haciéndole volver a Persia, movido de envidia por haber sido aquel el único que llegó a encorvar cerca de dos dedos el arco etíope traído por los ictiófagos, lo que nadie de los demás persas había podido lograr. Retirado a Persia el príncipe Esmerdis, tuvo Cambises entre sueños una visión en que le parecía ver un mensajero venido de la Persia con la nueva de que Esmerdis, sentado sobre un regio trono, tocaba al cielo con la cabeza. No necesitó más Cambises para ponerse a cubierto de su sueño con un temerario fratricidio, receloso de que su hermano no quisiese asesinarle con deseos de apoderarse del imperio. Envía luego a Persia, con orden secreta de matar a su hermano, al privado que tenía de su mayor satisfacción, llamado Prexaspes; y en efecto, habiendo este subido a Susa, dio muerte a Esmerdis, bien sacándole a caza, según unos, o bien, según otros, llevándole al mar Eritreo y arrojándole allí al profundo de las aguas.
XXXI.Este fratricidio quieren que sea la primera de las locuras y atrocidades de Cambises. La segunda la ejecutó bien pronto en una princesa que le había acompañado al Egipto, siendo su esposa, y al mismo tiempo su hermana de padre y madre.[264]He aquí cómo sucedió este incestuosocasamiento. Entre los persas no había ejemplar todavía de que un hermano hubiese casado jamás con su misma hermana; pero Cambises, criminalmente preso del amor de una de sus hermanas, a quien quería tomar por esposa, viendo que iba a hacer en esto una cosa nueva y repugnante a la nación, después de convocar a los jueces regios les pregunta si alguna de las leyes patrias ordenaba que un hermano casara con su hermana queriéndola tomar por esposa: estos jueces regios o consejeros áulicos son entre los persas ciertos letrados escogidos de la nación, cuyo empleo suele de suyo ser perpetuo, sino en caso de ser removidos en pena de algún delito personal.[265]Su oficio es ser intérpretes de las leyes patrias y árbitros en sus decisiones de todas las controversias nacionales. Pero más cortesanos que jueces en la respuesta dada a Cambises, no protestando menos celo de la justicia que atendiendo a su propia conveniencia, dijeron que ninguna ley hallaban que ordenase el matrimonio de hermano con hermana, pero sí hallaban una que autorizaba al rey de los persas para hacer cuanto quisiese. Dos ventajas lograban de este modo; la de no abrogar la costumbre recibida, temiendo que Cambises no los perdiera por prevaricadores, y la de lisonjear la pasión del soberano en aquel casamiento, citando una ley a favor de su despotismo. Casose entonces Cambises con su hermana, de quien se había dejado prendar, y sin que pasara mucho tiempo, tomó también por esposa a otra hermana, que erala más joven de las dos, a quien quitó la vida habiéndola llevado consigo en la jornada de Egipto.
XXXII.La muerte de esta princesa, no menos que la de Esmerdis, se cuenta de dos maneras. He aquí cómo la cuentan los griegos: Cambises se entretenía en hacer reñir entre sí dos cachorritos, uno de león y otro de perro, y tenía allí mismo a su mujer que los estaba mirando. Llevaba el perrillo la peor parte en la pelea; pero viéndolo otro perrillo su hermano, que estaba allí cerca atado, rota la prisión, corrió al socorro del primero, y ambos unidos pudieron fácilmente vencer al leoncillo. Dio mucho gusto el espectáculo a Cambises, pero hizo sallar las lágrimas a su esposa, que estaba sentada a su lado. Cambises, que lo nota, pregúntale por qué llora, a lo que ella responde que al ver salir el cachorro a la defensa de su hermano, se le vino a la memoria el desgraciado Esmerdis, y que esta triste idea, junto con la reflexión de que no había tenido el infeliz quien por él volviese, le había arrancado lágrimas. Esta vehemente réplica, según los griegos, fue el motivo por que Cambises la hizo morir. Pero los egipcios lo refieren de otro modo: sentados a la mesa Cambises y su mujer, iba esta quitando una a una las hojas a una lechuga: preguntándole después a su marido cómo le parecía mejor la lechuga, desnuda como estaba, o vestida de hojas como antes, y respondiéndole Cambises que mejor le parecía vestida: «Pues tú, le replica su hermana, has hecho con la casa de Ciro lo que a tu vista acabo de hacer con esta lechuga, dejándola desnuda y despojada». Enfurecido Cambises, diole allí de coces, y subiéndosele sobre el vientre, hizo que abortara y que de resultas del aborto muriera.
XXXIII.A tales excesos de inhumano furor e impía locura contra los suyos se dejó arrebatar Cambises, ora fuese efecto de la venganza de Apis, ora de algún otro principio, pues que entre los hombres suelen ser muchas las desventuras y varias las causas de donde dimanan. No tiene dudaque se dice de Cambises haber padecido desde el vientre de su madre la grande enfermedad de gota coral, a quien llaman algunos morbo sagrado: ¿qué mucho fuera, pues, que de resultas de tan grande enfermedad corporal hubiera padecido su fantasía y trastornádose su razón?
XXXIV.Además de sus deudos, enfureciose también contra los demás persas el insano Cambises, según harto lo manifiesta lo que, como dicen, sucedió con Prexaspes, su íntimo privado, introductor de los recados, mayordomo de sala, cuyo hijo era su copero mayor, empleo de no poca estima en palacio. Hablole, pues, Cambises en esta forma: «Dime, Prexaspes: ¿qué concepto tienen formado de mí los persas?, ¿con qué ojos me miran?, ¿qué dicen de mi?». «Grandes son, señor, respondió Prexaspes, los elogios que de vos hacen los persas; solo una cosa no alaban, diciendo que gustáis algo del vino». Apenas hubo dicho esto acerca de la opinión de los persas, cuando fuera de sí de cólera, replicole Cambises: «¿Y eso es lo que ahora me objetan? ¿Eso dicen de mí los persas, que tomado del vino pierdo la razón? Mentían, pues, en lo que antes decían». Con estas palabras aludía Cambises a otro caso antes acaecido: hallándose una vez con sus ministros y consejeros, y estando también Creso en la asamblea de los persas, preguntoles el rey cómo pensaban de su persona y si le miraban los vasallos por igual a su padre Ciro. Respondiéronle sus consejeros que hacía ventajas aun a Ciro, cuyos dominios no solo conservaba en su obediencia, sino que les había añadido las conquistas del Egipto y de las costas del mar. Creso, presente a la junta y poco satisfecho de la respuesta que oía de boca de los persas, vuelto hacia Cambises le dijo: «Pues a mí no me parecéis, hijo del gran Ciro, ni igual ni semejante a vuestro padre, cuando todavía no nos habéis sabido dar un hijo tal y tan grande como Ciro nos lo supo dejar en vos». Cayó en gracia a Cambises la fina lisonja de Creso, y celebrola por discreta.
XXXV.Haciendo, pues, memoria de este suceso anterior, Cambises, lleno entonces de enojo, continuó su diálogo con Prexaspes. «Aquí mismo, pues, quiero que veas con tus ojos si los persas aciertan o desatinan en decir que pierdo la razón. He aquí la prueba que he de hacer: voy a disparar una flecha contra tu hijo, contra ese mismo que está ahí en mi antesala: si le diere con ella en medio del corazón, será señal de que los persas desatinan; pero si no la clavare en medio de él, yo mismo me daré por convencido de que aciertan en lo que de mí dicen, y que yo soy el que no atino». Dice, apunta su arco, y tira contra el mancebo: cae este, y mándale abrir Cambises para registrar la herida. Apenas halló la flecha bien clavada en medio del corazón, dio una gran carcajada, y habló así con el padre del mancebo, presente allí a la anatomía del hijo: «¿No ves claramente, Prexaspes, que no soy yo quien, perdido el juicio, no atina, sino los persas los que van fuera de tino y razón? Y si no, dime ahora: ¿viste jamás otro que así sepa dar en el blanco, como yo he sabido darle en medio del corazón?». Bien conoció Prexaspes que estaba el rey totalmente fuera de sí, y temeroso de que no convirtiera contra él mismo su furor: «Señor, le dice, os juro que la mano misma de Dios no pudo ser más certera». No hubo más por entonces; pero después, en otro sitio y ocasión, hizo el furioso Cambises otra barbarie semejante con doce persas principales, mandándolos enterrar vivos y cabeza abajo, sin haber ellos dado motivo en cosa de importancia.
XXXVI.Viendo, pues, Creso el lidio los atroces desafueros que iba cometiendo Cambises, pareciole sería bien darle un aviso, y así abocándose con él: «Señor, le dice, no conviene soltar la rienda a la dulce ira de la juventud, antes es mejor tirarla, reprimiéndoos a vos mismo. Bueno es prever lo que pueda llegar, y mejor aún prevenirlo: vos, señor, dais la muerte a muchos hombres, la dais también a algunos mozos vuestros, sin haber sido antes halladosreos, ni convencidos de culpa alguna notable: los persas quizá, si continuáis en esa conducta, se os podrán sublevar. Me perdonaréis esta libertad que tomo en atención a que Ciro vuestro padre, con las mayores veras, me encargó que cuando lo juzgase necesario os asistiese con mis prevenciones y avisos». Aconsejábale Creso con mucho amor y cortesía; pero Cambises le contestó con esta insolencia: «Y tú, Creso, ¿tienes osadía de avisar y aconsejar a Cambises? ¿Tú que tan bien supiste mirar por tu casa y corona; tú que tan buen expediente diste a mi padre, aconsejándole que pasara el Araxes contra los maságetas cuando querían pasar a nuestros dominios? Dígote que con tu mala política te perdiste a ti, juntamente con tu patria, y con tu elocuencia engañaste a Ciro y acabaste con la vida de mi padre. Pero ya es tiempo que no te felicites más por ello, pues mucho hace ya que con un pretexto cualquiera debiera yo haberme librado de ti». No bien acaba de hablar en este tono, cuando va por su arco para dispararlo contra Creso; pero este, anticipándosele, sale corriendo hacia fuera. Cambises, viendo que no puede alcanzarle ya con sus flechas, ordena a gritos a sus criados que cojan y maten a aquel hombre; pero ellos, que tenían bien conocido a su amo, y profundamente sondeado su variable humor, tomaron el partido de ocultar entretanto a Creso. Su mira era cauta y doble, o bien para volver a presentar a Creso vivo y salvo, en caso de que Cambises arrepentido lo echara menos, esperanzados de ganar entonces albricias por haberle salvado, o bien de darle muerte después, caso de que el rey, sin mostrar pesar por su hecho, no deseara que Creso viviese. No pasó, en efecto, mucho tiempo sin que Cambises deseara de nuevo la compañía y gracia de Creso; sábenlo los familiares, y le dan alegres la nueva de que tenían vivo a Creso todavía. «Mucho me alegro, dijo Cambises al oírlo, de la vida y salud de mi buen Creso; pero vosotros que me lo habéis conservado vivo no os alegraréispor ello, pues pagaréis con la muerte la vida que le habéis dado». Y como lo dijo lo ejecutó.
XXXVII.De esta especie de atentados, no menos locos que atroces, hizo otros muchos Cambises, así con sus persas, como con los aliados de la corona en el tiempo que se detuvo en Menfis, donde con nota de impío iba abriendo los antiguos monumentos y diciendo mil gracias insolentes y donosas contra las momias egipcias. Entonces fue también cuando entró en el templo de Hefesto, y se divirtió en él, haciendo burla y mofa de su ídolo, tomando ocasión de su figurilla, muy parecida en verdad a los diosesPataicosfenicios que en las proas de sus naves suelen llevar los de Fenicia. Estos dioses, por si acaso alguno jamás los vio, voy a dibujarlos aquí en un rasgo solo, con decir que son unos muñecos u hombres pigmeos. Quiso asimismo Cambises entrar en el templo de los Cabiros,[266]donde nadie más que a su sacerdote es lícita la entrada; con cuyas estatuas tuvo mucho que reír y mofar, haciendo después del escarnio que las quemaran. Estas estatuas vienen a ser como la de Hefesto, de quien se dice son hijos los Cabiros.
XXXVIII.Por fin, para hablar con franqueza, Cambises me parece a todas luces un loco insensato; de otro modo, ¿cómo hubiera dado en la ridícula manía de escarnecer y burlarse de las cosas sagradas y de los usos religiosos? Es bien notorio lo siguiente: que si se diera elección a cualquier hombre del mundo para que de todas las leyes y usanzas escogiera para sí las que más le complacieran, nadie habría que al cabo, después de examinarlas y registrarlas todas, no eligiera las de su patria y nación. Tanta es la fuerza de la preocupación nacional, y tan creídos están los hombres que no hay educación, ni disciplina, ni ley, nimoda como la de su patria. Por lo que parece que nadie sino un loco pudiera burlarse de los usos recibidos de que se burlaba Cambises. Dejando aparte mil pruebas de que tal es el sentimiento común de los hombres, mayormente en lo que mira a las leyes y ceremonias patrias, el siguiente caso puede confirmarlo muy señaladamente. En cierta ocasión hizo llamar Darío a unos griegos, sus vasallos, que cerca de sí tenía, y habiendo comparecido luego, les hace esta pregunta: «¿Cuánto dinero querían por comerse a sus padres al acabar de morir?». Respondiéronle luego que por todo el oro del mundo no lo harían. Llama inmediatamente después a unos indios titulados calatias, entre los cuales es uso común comer el cadáver de sus propios padres: estaban allí presentes los griegos, a quienes un intérprete declaraba lo que se decía: venidos los indios, les pregunta Darío cuánto querían por permitir que se quemaran los cadáveres de sus padres; y ellos luego le suplicaron a gritos que no dijera por los dioses tal blasfemia. ¡Tanta es la prevención a favor del uso y de la costumbre! De suerte que cuando Píndaro hizo a la costumbre árbitra y déspota de la vida, habló a mi juicio como filósofo más que como poeta.
XXXIX.Pero dejando reposar un poco al furioso Cambises, al mismo tiempo que hacía su expedición contra el Egipto, emprendían otra los lacedemonios hacia Samos[267]contra Polícrates, hijo de Eaces, que en aquella islase había levantado. Al principio de su tiranía, dividido en tres partes el estado, repartió una a cada uno de sus dos hermanos; pero poco después reasumió el mando de la isla entera, dando muerte a Pantagnoto, uno de ellos, y desterrando al otro, Silosonte, el más joven de los tres. Dueño ya único y absoluto del estado, concluyó un tratado público de amistad y confederación con Amasis, rey de Egipto, a quien hizo presentes y de quien asimismo los recibió. En muy poco tiempo subieron los asuntos de Polícrates a tal punto de fortuna y celebridad, que así en Jonia como en lo restante de Grecia, se oía solo en boca de todos el nombre de Polícrates, observando que no emprendía expedición alguna en que no le acompañase la misma felicidad. Tenía, en efecto, una armada naval de 100pentecónteros, y un cuerpo de mil alabarderos a su servicio; atropellábalo todo sin respetar a hombre nacido; siendo su máxima favorita que sus amigos le agradecerían más lo restituido que lo nunca robado. Apoderose a viva fuerza de muchas de las islas vecinas, y de no pocas plazas del continente. En una de sus expediciones, ganada una victoria naval a los lesbios, los cuales habían salido con todas sus tropas a la defensa de los de Mileto, los hizo prisioneros, y cargados de cadenas les obligó a abrir en Samos el foso que ciñe los muros de la plaza.
XL.Entretanto, Amasis no miraba con indiferencia la gran prosperidad de Polícrates su amigo, antes se informaba con gran curiosidad del estado de sus negocios; y cuando vio que iba subiendo de punto la fortuna de su amigo,escribió en un papel esta carta y se la envió en estos términos:[268]«Amasis a Polícrates. — Por más que suelan ser de gran consuelo para el hombre las felices nuevas que oye de los asuntos de un huésped y amigo suyo, con todo, no me satisface lo mucho que os lisonjea y halaga la fortuna, por cuanto sé bien que los dioses tienen su poco de celos o de envidia. En verdad prefiriera yo para mí, no menos que para las personas que de veras estimo, salir a veces con mis intentos, y a veces que me saliesen frustrados, pasando así la vida en una alternativa de ventura y desventura, que verlo todo llegar prósperamente. Dígote esto, porque te aseguro que de nadie hasta ahora oí decir que después de haber sido siempre y en todo feliz, a la postre no viniera al suelo estrepitosamente con toda su dicha primera. Sí, amigo, créeme ahora, y toma de mí el remedio que voy a darte contra los engañosos halagos de la fortuna. Ponte solo a pensar cuál es la cosa que más estima te merece, y por cuya pérdida más te dolieras en tu corazón: una vez hallada, apártala lejos de ti, de modo que nunca jamás vuelva a parecer entre los hombres. Aun más te diré: que si practicada una vez esta diligencia no dejara de perseguirte con viento siempre en popa la buena suerte, no dejes de valerte a menudo de este remedio que aquí te receto».
XLI.Leyó Polícrates la carta, y se hizo cargo de la prudencia del aviso que le daba Amasis; y poniéndose luegoa discurrir consigo mismo cuál de sus alhajas sintiera más perder, halló que sería sin duda un sello que solía siempre llevar, engastado en oro y grabado en una esmeralda, pieza trabajada por Teodoro el samio, hijo de Telecles. Al punto mismo, resuelto ya a desprenderse de su sello querido, escoge un medio para perderlo adrede, y mandando equipar uno de suspentecónteros, se embarca en él, dando orden de engolfarse en alta mar, y lejos ya de la isla, quítase el sello de su mano a vista de toda la tripulación, y arrojándolo al agua, manda dar la vuelta hacia el puerto, volviendo a casa triste y melancólico sin su querido anillo.
XLII.Pero al quinto o sexto día de su pérdida voluntaria le sucedió una rara aventura. Habiendo cogido uno de los pescadores de Samos un pescado tan grande y exquisito que le parecía digno de presentarse a Polícrates, va con él a las puertas de palacio, diciendo querer entrar a ver y hablar a Polícrates su señor. Salido el recado de que entrase, entra alegre el pescador, y al presentar su regalo: «Señor, le dice, quiso la buena suerte que cogiera ese pescado que ahí veis, y mirándolo desde luego por un plato digno de vuestra mesa, aunque vivo de este oficio y trabajo de mis manos, no quise sacar a la plaza este pez tan regalado; tened, pues, a bien recibir de mí este regalo». Contento Polícrates con la bella y simple oferta del buen pescador, le respondió así: «Has hecho muy bien, amigo; dos placeres me haces en uno, hablándome como me hablas, y regalándole como me regalas con ese pescado tan raro y precioso: quiero que seas hoy mi convidado».[269]Piénsese cuán ufano se volvería el pescador con la merced y honra que se le hacía. Entretanto, los criados de Polícrates al aderezar y partir el pescado, hallan en su vientre el mismo sello de suamo poco antes perdido. No bien lo ven y reconocen, cuando muy alegres por el hallazgo, van con él y lo presentan a Polícrates, diciéndole dónde y cómo lo habían hallado. A Polícrates pareció aquella aventura más divina que casual, y después de haber notado circunstanciadamente en una carta cuanto había practicado en el asunto y cuanto casualmente le había acontecido, la envió a Egipto.
XLIII.Leyó Amasis la carta que acababa de llegarle de parte de Polícrates, y por su contenido conoció luego y vio estar totalmente negado a un hombre librar a otro del hado fatal que amenaza su cabeza, acabándose entonces de persuadir que Polícrates, en todo tan afortunado que ni aun lo que abandonaba perdía, vendría por fin al suelo consigo y con toda su dicha. Por efecto de la carta hizo Amasis entender a Polícrates, por medio de un embajador enviado a Samos, que anulando los tratados renunciaba a la amistad y hospedaje público que con él tenía ajustado; en lo cual no era otra su mira sino la de conjurar de antemano la pesadumbre que sin duda sintiera mucho mayor en su corazón sí viniera a descargar contra Polícrates el último y fatal golpe que la fortuna le tenía guardado, siendo todavía su huésped y público amigo.
XLIV.Contra este hombre en todo tan afortunado hacían una expedición los lacedemonios, como antes decía, llamados al socorro por ciertos samios mal contentos de su tirano, quienes algún tiempo después fundaron en Creta la ciudad de Cidonia. El origen de esta guerra fue el siguiente: noticioso Polícrates de la armada que contra el Egipto iba juntando Cambises, hijo de Ciro, pidiole por favor, enviándole a este fin un mensajero, que tuviera a bien despachar a Samos una embajada que le convidase a concurrir también con sus tropas a la jornada. Recibido este aviso, Cambises destinó gustoso un enviado a Samos pidiendo a Polícrates quisiera juntar sus naves con la armada real que se aprestaba contra el Egipto. Polícrates, que llevaba muy estudiadala respuesta, entresacando de entre sus paisanos aquellos de quienes sospechaba estar dispuestos para alguna sublevación, los envió en 40 galeras a Cambises, suplicándole no volviera a remitírselos a su casa.
XLV.Dicen algunos sobre el particular, que no llegaron a Egipto los samios enviados y vendidos por Polícrates, sino que estando ya de viaje en las aguas de la isla de Cárpatos acordaron no pasar adelante en una reunión que entre sí tuvieron, recelosos de la mala fe del tirano. Cuentan otros que llegados ya al Egipto, observando que allí se les ponían guardias, huyeron secretamente, y que de vuelta a Samos, Polícrates, saliéndoles a recibir con sus naves, les presentó la batalla, en la cual, quedando victoriosos los que volvían del Egipto, llegaron a desembarcar en su isla, de donde se vieron obligados a navegar hacia Lacedemonia, vencidos por tierra en una segunda batalla. Verdad es que no falta quien diga que también por tierra salieron vencedores de Polícrates en el segundo combate los samios recién vueltos del Egipto; pero no me parece probable, cualquiera que sea quien lo afirme. Pues si así hubiera sucedido, ¿que necesidad tuvieran los restituidos a Samos de llamar en su ayuda a los lacedemonios, siendo por sí bastantes para hacer frente y derrotar a Polícrates? Y por otra parte, ¿qué razón persuade que por un puñado de gente recién vuelta de su viaje pudiera ser vencido en campo de batalla un tirano que, además de la mucha tropa asalariada para su defensa, tenía gran número de flecheros por guardias de su casa y persona? Tanto más, cuanto que al tiempo de darse la batalla, sábese que Polícrates tenía encerrados en el arsenal a los hijos y mujeres de los demás samios fieles, estando todo a punto para pegar fuego al arsenal y abrasar vivas todas aquellas víctimas en él encerradas, caso de que sus samios se pasaran a las filas y al partido de los que volvían de la expedición de Egipto.
XCVI.Llegados a Esparta los samios echados de la islapor el tirano Polícrates, y presentados ante los magistrados como hombres reducidos al extremo de miseria y necesidad, hicieron un largo discurso pidiendo se les quisiera socorrer. Respondiéronles los magistrados en aquella primera audiencia, más a lo burlesco que a lo lacónico, que no recordaban ya el principio, ni habían entendido el fin de la arenga. En otra segunda audiencia que lograron los samios, sin cuidarse de retórica ni discursos, presentando a vista de todos sus alforjas, solo dijeron que estaban vacías y pedían algo por caridad. A lo cual se les respondió que harto había con presentar vacías las alforjas, sin ser menester que pidiesen por caridad; y se resolvió darles socorro.
XLVII.Hechos en efecto los preparativos, emprendieron su expedición contra Samos, con la mira, según dicen los samios, de pagarles el beneficio que de ellos habían antes recibido los lacedemonios, cuando con sus naves les socorrieron contra los mesenios; aunque si estamos a lo que los mismos lacedemonios aseguran, no tanto pretendían en aquella jornada vengar a los que les pedían socorro, como vengarse de dos presas que se les habían hecho, una de cierta copa grandiosa que enviaban a Creso,[270]otra de un precioso coselete que les enviaba por regalo Amasis, rey de Egipto, el cual los samios habían interceptado en sus piraterías un año antes de robarles la copa regalada a Creso. Era aquel peto una especie de tapiz de lino entretejido con muchas figuras de animales y bordado con hilos de oro y de cierta lana de árbol, pieza en verdad digna de verse y admirarse, así por lo dicho como particularmente por contener el urdimbre de cada lizo, no obstante de ser muy sutil, 360 hilos, todos bien visibles y notables.[271]Igual a este es el peto que el mismo Amasis consagró en Lindos a Atenea.
XLVIII.Con mucho empeño concurrieron los corintios a que se efectuase dicha expedición a Samos, resentidos contra los samios, de quienes una era antes de esta expedición, y al tiempo mismo en que fue robada la mencionada copa a los lacedemonios, habían recibido una injuria con el siguiente motivo. Periandro, hijo de Cípselo, enviaba a Sardes, al rey Aliates, 300 niños tomados de las primeras familias de Córcira, con el destino de ser reducidos a la condición de eunucos. Habiendo de camino tocado en Samos los corintios que conducían a los desgraciados niños, informados los samios del motivo y destino con que se los llevaba a Sardes, lo primero que con ellos hicieron fue prevenirles que se refugiasen al templo de Artemisa. Refugiados allí los niños, no permitiendo, por una parte los samios a los corintios que se les sacase del asilo con violencia, ni consintiendo, por otra, los corintios a aquellos que llevasen de comer a los refugiados, discurrieron los samios para socorrer a los niños instituir cierta fiesta que se celebra todavía del mismo modo. Consistía en que venida la noche, todo el tiempo que los niños se mantuvieron allí refugiados, las doncellas y mancebos de Samos armaban sus coros y danzas, introduciendo en ellas la costumbre de llevar cada cual su torta hecha con miel, de forma que pudieran tomarla los niños, que en efecto la tomaban para su sustento. Dilatose tanto la fiesta, que al cabo, cansadas de aguardar en vano las guardias corintias, se retiraron de la isla, y los samios restituyeron a Córcira aquella tropa de niños sin castrar.[272]
XLIX.Bien veo que si muerto Periandro hubieran corrido los corintios en buena armonía con los naturales de Córcira, no hubiera sido bastante la pasada injuria para que tanto favorecieran aquellos la jornada de Samos. Mas, por desgracia, los dos pueblos desde que la isla se pobló[273]nunca han podido tener un día de paz y sosiego: y así es que los corintios deseaban tomar venganza de los de Samos por la injuria referida. Por lo que toca a Periandro, el motivo que le movió a enviar a Sardes los niños escogidos y sacados de entre los principales vecinos de Córcira para que fuesen hechos eunucos, fue el deseo de vengarse de un atentado mayor que contra él habían cometido aquellos naturales.
L.Para declarar el hecho, debe saberse que después que Periandro quitó la vida a su misma esposa Melisa, quiso el destino que tras aquella calamidad le sucediese también otra doméstica. Tenía en casa dos hijos habidos en Melisa, los dos aún mancebos, uno de 16 y otro de 18 años de edad. Habiéndolos llamado a su corte su abuelo materno, Procles, señor de Epidauro,[274]los recibió con mucho cariño y los agasajó como convenía y como suelen los abuelos a sus nietos. Al tiempo de volverse los jóvenes a Corinto, habiendo salido Procles acompañándolos por largo trecho, les dijo estas palabras al despedirse: «¡Ah, hijos míos, si sabéis acaso quién mató a vuestra madre!». El mayor no hizo alto en aquella expresión de despedida; pero al menor, llamado Licofrón, le impresionó de tal modo, que vuelto aCorinto, ni saludar quiso a su padre, que había sido el matador, ni responder a ninguna pregunta que le hiciera; llegando a tal punto que Periandro, lleno de enojo, echó al hijo fuera de su casa.
LI.Echado su hijo menor, procuró Periandro saber del mayor lo que les había dicho y prevenido su abuelo materno. El mozo, sin acordarse de la despedida de Procles, a que no había particularmente atendido, dio cuenta a su padre de las demostraciones de cariño con que habían sido recibidos y tratados por el abuelo; pero replicándole Periandro que no podía menos de haberles aquel sugerido algo más, y porfiando mucho al mismo tiempo en querer saberlo todo puntualmente, hizo por fin memoria el hijo de las palabras que usó con ellos el abuelo al despedirse y las refirió a su padre. Bien comprendió Periandro lo que significaba aquella despedida; mas con todo nada quiso aflojar del rigor que usaba con su hijo, sino que, enviando orden al dueño de la casa donde se había refugiado, le prohibió darle acogida en ella. Echado el joven de su posada, se acogió de nuevo a otra, de donde por las amenazas de Periandro y por la orden expresa para que de allí se le sacara, fue otra vez arrojado. Despedido segunda vez de su albergue, fuese a guarecer a casa de unos amigos y compañeros suyos, quienes, no sin mucho miedo y recelo, al cabo por ser hijo de Periandro, resolvieron darle acogida.
LII.Por abreviar la narración, mandó Periandro publicar un bando para que nadie admitiera en su casa a su hijo ni le hablara palabra, so pena de cierta multa pecuniaria que en él se imponía, pagadera al templo de Apolo. En efecto, publicado ya este pregón, nadie hubo que le quisiera saludar ni menos recibir en su casa, mayormente cuando el mismo joven por su parte no tenía por bien solicitar a nadie para que contraviniera al edicto de su padre, sino que sufriendo con paciencia la persecución paterna, vivía bajo los portales de la ciudad, andando de unos a otros. Cuatrodías habían ya pasado, y viéndole el mismo Periandro transido de hambre, desfigurado y sucio, no le sufrió más el corazón tratarle con tanta aspereza; y así, aflojando su rigor, se le acercó y le habló de esta manera: «¡Por vida de los dioses, hijo mío! ¿Cuándo acabarás de entender lo que mejor te está, si el verte en la miseria en que te hallas, o tener parte en las comodidades del principado que poseo, solo con mostrarte dócil y obediente a tu padre? ¿Es posible que, siendo tú hijo mío y señor de Corinto la rica y feliz, te afirmes en tu obstinación y ciego de enojo contra tu mismo padre, a quien ni la menor seña de disgusto debieras dar en tu semblante, quieras a pesar mío vivir cual pordiosero? ¿No consideras, niño, que si alguna desgracia hubo en nuestra casa, de resultas de la cual me miras sin duda con tan malos ojos, yo soy el que llevé la peor parte de aquel mal, y que pago ahora con usura la culpa que en ello cometí? Al presente bien has podido experimentar cuánto más vale envidia que compasión, tocando a un tiempo con las manos los inconvenientes de enemistarte con los tuyos y con tus mayores y de resistirles tenazmente. Ea, vamos de aquí, y al palacio en derechura». Así se explicaba Periandro con el obstinado mancebo; pero el hijo no dio a su padre más respuesta que decirle pagase luego a Apolo la multa en que acababa de incurrir por haberle hablado. Con esto vio claramente Periandro que había llegado al extremo el mal de su hijo, ni admitía ya cura ni remedio, y determinado desde aquel punto a apartarlo de sus ojos, embarcándole en una nave le envió a Córcira, de donde era también soberano. Pero queriendo vengar la contumacia del hijo en la cabeza del que reputaba por autor de tanta desventura, hizo la guerra a su suegro Procles, a quien cautivó después de tomar por fuerza a Epidauro.