LXII.Venían también los medos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los medos y no de los persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los arios, también estos mudaron el nombre, según refieren los mismos medos. Los cisios,[195]excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los persas: su general era Anafes, hijo de Ótanes. Los hircanios, armados del mismo modo que los persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia.
LXIII.Los asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos delino. A estos llaman sirios los griegos, siendo por los bárbaros llamados asirios, en medio de los cuales habitan los caldeos. Era el que venía a su frente por general Otaspes, hijo de Artaqueas.
LXIV.Militaban los bactrios armando sus cabezas de un modo muy semejante a los medos, con sus lanzas cortas y con unos arcos de caña según el uso de su tierra. Los sacas o escitas cubrían la cabeza con unos sombreros a manera de gorro recto y puntiagudo, iban con largos zaragüelles, y llevaban unas ballestas nacionales, unas dagas y unas segures osagares. Siendo estos escitas amirgios, llamábanlos sacas porque los persas dan este nombre a todos los escitas. El general de estas dos naciones de bactrios y sacas[196]era Histaspes, hijo de Darío y de la princesa Atosa, hija de Ciro.
LXV.Los indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto árbol,[197]llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artabates. Llevaban ballestas los arios al uso de la Media, y los demás aparatos al uso de los bactrios, y tenían por comandante a Sisamnes, hijo de Hidarnes.
LXVI.Las mismas armas que los bactrios llevan los partos, los corasmios, los sogdios, los gandarios y los dádicas.[198]Eran sus respectivos generales: de los partosy de los corasmios, Artabazo, hijo de Farnaces; de los sogdios, Azanes, hijo de Arteo; de los gandarios y de los dádicas, Artifio, hijo de Artabano.
LXVII.Los caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de alfanjes y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así para la guerra, llevaban a su frente al jefe Ariomardo, hermano de Artifio. Los sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores, traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos y lanzas al uso de los medos, y su general era Ferendatas, hijo de Megabazo. Venían los pactias con sus zamarras, armados de unos puñales y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Artaíntes, hijo de Itamitres.
LXVIII.Del mismo modo que los pactias, se dejaban ver armados los utios, los micos y los paricanios.[199]Tenían estos dos generales, porque de los utios y micos lo era Arsámenes, hijo de Darío, y de los paricanios lo era Siromitra, hijo de Eobazo.
LXIX.Los árabes, que traían ceñidas susziraso marlotas, llevaban unos arcos largos que de una y otra parte se doblaban, colgados del hombro derecho. Venían los etíopes, cubiertos con pieles de pardos y de leones con unos arcos largos por lo menos de cuatro codos, hechos del ramo de la palma. Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las cuales en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas con las que suelen abrir sus sellos: traían ciertas lanzas cuyas puntas en vez de hierro eran unos cuernos agudos de cabras monteses, y a más de esto unas porras con clavos alrededor. Al ir a pelear suelen cubrirse de yeso la mitad del cuerpo y la otra mitad de almagre. El general que mandaba a los árabes y a los etíopes situados sobre el Egipto era Arsames, hijo de Darío y de Aristone,hija de Ciro, a la cual como Darío amase más que a sus otras mujeres, hizo una estatua de oro trabajado a martillo.
LXX.De los etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los etíopes onegrosdel oriente, pues dos eran las naciones de etíopes que en el ejército había, estaban agregados al cuerpo de los indios, en el color nada diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque los etíopes del oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los etíopes asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los indios, solo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que cubrirse, usaban de las pieles de las grullas.
LXXI.Venían los libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de Oarizo.
LXXII.Concurrían los paflagonios a la guerra, armada la cabeza con unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de Paflagonia concurrían los ligies, los matienos, los mariandinos, y los sirios, que son por los persas llamados capadocios. Conducía a los paflagonios y matienos el general Doto, hijo de Megasidro, y a los mariandinos, ligies y sirios el general Gobrias, hijo de Darío y de Aristone.
LXXIII.Su armadura, muy parecida a la paflagónica, tenían con cortísima diferencia los frigios, quienes, según cuentan los macedonios, mientras que fueron europeos y vecinos de aquellos se llamaban brigos, pero pasados al Asia, juntamente con la región, mudaron de nombre. Los armenios,colonos de los frigios, venían armados como ellos; y el adalid de estas dos naciones era Artocmes, casado con una hija de Darío.
LXXIV.Los lidios tenían unas armas muy parecidas a las griegas: estos pueblos, llamados antiguamente mayones, mudaron de nombre, tomando el nuevo de Lido, hijo de Atis. Llevaban los misios en sus cabezas unos capacetes del país y unos pequeños escudos, usando de ciertos dardos tostados: son colonos de los lidios y se llaman olimpienos, tomando el nombre del monte Olimpo. El jefe de entrambos pueblos, lidios y misios, era Artafrenes, hijo de aquel Artafrenes que en compañía de Datis dio la batalla de Maratón.
LXXV.Armábanse los tracios con unas pieles de zorra en la cabeza y con túnicas alrededor del cuerpo que cubrían con ziras o marlotas de varios colores: en los pies y piernas llevaban borceguíes hechos de las pieles de los cervatillos: usaban de dardos, de peltas y de pequeñas dagas. Trasplantados estos al Asia menor, se llamaron bitinios, siendo antes, como dicen ellos mismos, llamados estrimonios, porque habitaban a las orillas del Estrimón, de donde pretenden que fueron arrojados por los teucros y misios.
LXXVI.Era general de los tracios situados en el Asia, Basaces, hijo de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos: llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos pueblos se halla un oráculo de Ares.
LXXVII.Los cabeleos mayones que llaman lasonios imitaban a los cilicios en la armadura, que describiré cuando llegue a hablar de los últimos en su lugar. Traían los milias[200]unas lanzas cortas, y apretaban sus vestidos con unas hebillas: llevaban algunos de ellos unos arcos licios y en la cabeza unos capacetes de cuero. A todos estos capitaneaba Badres, hijo de Histanes. Cubrían los moscos la cabeza con un casco de madera, y llevaban sus escudos y sus astas pequeñas, pero armadas con una gran punta.
LXXVIII.Armados como los moscos venían los tibarenos, los macrones y los mosinecos,[201]y eran conducidos por los siguientes caudillos: los moscos y tibarenos por Ariomardo, que era hijo de Darío, habido en Parmis, hija de Esmerdis y nieta de Ciro; los macrones y mosinecos por Artaíctes, hijo de Querasmis, el cual era gobernador de Sesto sobre el Helesponto.
LXXIX.Cubrían los mares la cabeza con unas celadas propias del país que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero también con sus dardos. Traían los colcos puestas en la cabeza unas celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los mares y de los colcos era un hijo de Teaspis, por nombre Farándates; pero el de los alarodios y de los saspires,[202]armados a semejanza de los colcos, era Masistio, hijo de Siromitra.
LXXX.Vestidas y armadas casi como los medos seguían al ejército las naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los que llamandeportados.De estos isleños era comandante Mardontes, hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la batalla de Mícala.
LXXXI.Todas estas naciones que por tierra servían, eran las que venían alistadas en el ejército del continente. Nombrados llevo los generales mayores de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir en cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los oficiales subalternos, así los que mandaban a mil, como los que a diez mil hombres, si bien estos últimos eran los que señalaban a los capitanes para cien hombres, y a los cabos para diez. Verdad es que había otros prefectos que cuidaban de las brigadas y de las naciones, pero los generales mayores eran los mencionados.
LXXXII.Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio, hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero Esmerdómenes, hijo de Ótanes, el cual siendo como el anterior hijo de un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerjes; el cuarto era Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Ariazo; el sexto Megabizo, hijo de Zópiro.
LXXXIII.Estos eran los generalísimos de todo el ejército de tierra, exceptuados empero los diez mil persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes, hijo de Hidarnes. Llamábanse estos persas los Inmortales, porque si fallaba alguno de dicho cuerpo por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca eran ni más ni menos de diez mil persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores y más valientes. Su armadura era la que dejo antes descrita, y a más de ella se distinguían por la gran cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la comitiva demuchas carrozas y en ellas sus concubinas, y una gran compañía de criados con vistosas libreas. Sus bastimentos, separados de las vituallas del ejército, eran conducidos por camellos y otros bagajes.
LXXXIV.Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino solo las que voy a decir. Los persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; solo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro.
LXXXV.Hay, a más de estos, ciertos pastores llamados sagartios que, hablando la lengua de los persas, usan un traje medio entre el de estos y el de los pactias. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, lo arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los persas.
LXXXVI.Iguales armas que la infantería usaban los medos y también los cisios de a caballo. Los indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban cada uno, o desde su montura, o desde sus carros tirados por caballos o por asnos silvestres. Los jinetes bactrianos iban armados como los peones, no menos que los caspios e igualmente que los libios, quienes venían todos montados en sus carros: los caballeros caspios y paricanios usaban también las armas de sus peones: los árabes, si bien eran semejantes en la armadura a los de a pie, venían sobre sus camellos que no ceden en ligereza a los caballos.
LXXXVII.Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 80.000, exceptuados los carrosy los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que estos no les espantasen venían los postreros.
LXXXVIII.Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Harmamitras y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de este; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general.
LXXXIX.El total de las galeras subía a 1207, las que venían suministradas por las naciones siguientes: Con 300 concurrían los fenicios, juntamente con los sirios de la Palestina, quienes armaban sus cabezas con unos yelmos muy semejantes a los de los griegos; cubrían su pecho con unos petos de lino, llevaban unos dardos y escudos sin marco en su contorno. Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme dicen, su asiento en el mar Eritreo, de donde pasaron a vivir en las costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se extiende se llama Palestina. Con 200 galeras concurrían los egipcios, que llevaban en sus cabezas unos capacetes tejidos, unos escudos cóncavos con grandes cercos que los rodeaban, unas lanzas náuticas y unas enormes segures. Completaban su armadura unos grandes sables que llevaba el mayor número de ellos, cubiertos también con sus coseletes.
XC.Venían armados a su modo los chipriotas con 130naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Citnos, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos chipriotas nos refieren.
XCI.Los cilicios daban por su parte 100 naves, y traían armadas las cabezas con celadas de su país; en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba cada uno dos dardos y una espada parecida a las de Egipto. Estos pueblos en los tiempos antiguos se llamaban hipaqueos, y después tomaron el nombre que tienen de un fenicio llamado Cilix, que era hijo de Agénor. Presentaban los panfilios 30 naves y usaban de armadura griega, siendo descendientes de ciertos griegos que, después de la guerra de Troya, se separaron de los demás en compañía de Anfíloco y Calcante.
XCII.Con 50 naves venían los licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban, pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los licios, originarios de Creta, se llamaban antes térmilas, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandión, natural de Atenas.
XCIII.Los dorios del Asia, que iban armados a lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían con 30 galeras. Con 70 se presentaron los carios, armados en lo demás como los griegos, solo que tenían sus hoces y dagas. Llevo ya dicho en lo que antes escribí cómo se llamaban anteriormente tales pueblos.[203]
XCIV.Contribuían con 100 galeras a la armada los jonios, apercibidos y armados como los griegos. Estos pueblostodo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Dánao y Juto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban pelasgosegialeos(de la plaga), si estamos a lo que dicen los griegos; pero después, del nombre de Ion, hijo de Juto, se llamaron jonios.
XCV.Los isleños, armados al modo griego, presentaron 17 galeras;[204]eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero jonios venidos de Atenas. Concurrían los eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de pelasgos. Los helespontios, excepto los de Abido, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de los costas del Helesponto, armados al par de los griegos como colonos de los dorios y jonios, se presentaron con 100 naves.
XCVI.En todas las galeras dichas iba tropa de persas, de medos y de sacas para los combates. Las naves más listas y ligeras eran las de los fenicios, y entre estas con especialidad la de los sidonios. Así para estas naves, como para las tropas de tierra, cada nación había enviado sus respectivos jefes, de los cuales no haré particular mención, por no pedirlo necesariamente el designio de mi historia. Ellos eran tantos, en efecto, cuantas eran las ciudades que enviaban su contingente; pero no todos tenían mérito particular que los haga dignos de memoria, mayormente no concurriendo en calidad de comandantes sino de meros vasallos, pues tengo ya dicho quiénes eran los persas que tenían toda la autoridad como generales de cada la nación.
XCVII.Los caudillos de la armada naval eran Ariabignes, hijo de Darío; Prexaspes, hijo de Aspatines; Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemenes, hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe Ariabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias; de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de padre y madre hermano de Jerjes; del resto de la armada lo eran los otros dos. El número de los triecónteros (naves de 30 remos), de pentecónteros (de 50 remos), de cércuros (naves de carga) y de barcas largas para el trasporte de la caballería, parece que era de tres mil bastimentos.
XCVIII.Los sujetos de mayor nombre después de los generales que venían embarcados eran el sidonio Tetramnesto, hijo de Aniso; el tirio Matén, hijo de Siromo; el aradio Mérbalo, hijo de Agbalo; el cilicio Siénesis, hijo de Oromedonte;[205]el licio Cibernisco, hijo de Sica; los dos chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonacte, hijo de Timágoras, y tres carios, Histieo, hijo de Timnes, Pigres, hijo de Hiseldomo, y Damasitimo, hijo de Candaules.
XCIX.Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisia, mujer que siguió la expedición contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la guerra. Llamábase Artemisia, hija de Lígdamis, por parte de padre, natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora de los halicarnasios, de los de Cos, de los de Nísiros y de los de Calidna;[206]y concurriócon cinco galeras que eran las más famosas de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los más acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecén, y los restantes de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.
C.Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas estas en escuadrones, tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo y acabando por el otro, tanto de la caballería como de la infantería. Después de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y la playa iba Jerjes haciendo la revista.
CI.Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo de Aristón, que le acompañaba en la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablole en estos términos: «Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia.Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres del occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer». Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: «Señor, le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con la lisonja?». A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad, asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.
CII.Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: «Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten».
CIII.Al oírle púsose Jerjes a reír: «Demarato, le replica, ¿qué absurdo es ese que dices? Vamos al caso: ¿noaseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien, soy de sentir que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo».
CIV.A este discurso respondió Demarato: «Bien veía, señor, desde el principio que hablando verdad iba a perdervuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos persas que se dicen capaces de habérselas cada uno con tres griegos. Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos».
CV.De la respuesta de Demarato hizo burla Jerjes, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que lo envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Doriscoa Mascames, hijo de Megadostas, y depuesto el antecesor que Darío había allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia.
CVI.Era Mascames, el nuevo gobernador, un sujeto de tanto mérito, que a él solo, como al persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerjes o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerjes, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue el de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia.
CVII.De todos los gobernadores que fueron echados de aquellas plazas por los griegos, a ninguno tuvo Jerjes por oficial de mérito sino solamente a Boges el de Eyón. A este jamás acababa de celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy particularmente a los hijos que de él quedaron entre los persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan grandes elogios, porque viéndose cercado por los atenienses y por Cimón, hijo de Milcíades, aunque tuvo en su mano el salir capitulando de la plaza y restituirse salvo al Asia, no quiso hacerlo, porque al rey no le pareciese que con villanía había comprado su libertad y vida, sino que aguantó el sitio hasta la extremidad. Y cuando vio que no tenía ya más víveres en la plaza, lo que hizo fue degollar a sus hijos, a su mujer, a sus concubinas y a toda la demás familia, y muertos les pegó fuego: después cuanto oro y cuanta plata había en la ciudad fue esparciéndolo todo desde el muro en las corrientes del Estrimón, yconcluido esto, arrojose al cabo a sí mismo en una hoguera. Por tales hazañas es aún hoy día muy celebrado entre los persas.
CVIII.Desde Dorisco continuaba Jerjes sus marchas camino de la Grecia, obligando a todos los pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen armados, y se lo mandaba como soberano de ellos, habiendo sido conquistada toda aquella tierra, como tengo ya declarado, hasta la Tesalia, y hecha tributaria del rey, primero por Megabazo y después por Mardonio. En el viaje desde Dorisco fue luego pasando Jerjes por las plazas de los samotracios, la última de las cuales hacia poniente es una ciudad que lleva el nombre de Mesembria: vecina a esta se halla Estrime, que es otra ciudad de los tasios; entre las dos corre el río Liso, cuya agua no bastó para satisfacer al ejército de Jerjes, quedando agotada. Este país se llamaba antiguamente la tierra Galaica, y ahora la Briántica, y con toda propiedad debe ser tenida por la región de los cicones.
CIX.Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerjes las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismáride que cae entre Maronea y Estrime, y cual es la Bistónide, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Travo y el Cómpsato.[207]Cerca de Abdera no pasó Jerjes por ningún lago notable, pero sí por el río Nesto, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre,y con todo quedó seca solo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerjes adelante.
CX.Los pueblos de los tracios por donde llevó el rey sus marchas son los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los edonos y los satras.[208]De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra.
CXI.No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Dioniso situado en altísimas montañas; los besos[209]son entre los satras los encargados del santuario, y la promántida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad.
CXII.Adelantándose Jerjes más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los pieres, llamada la una Fagres, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata quedisfrutan los pieres y odomantos,[210]y más que todos los satras.
CXIII.Habiendo ya dejado a los que habitan por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los peonios, los doberes y los peoples,[211]torció hacia poniente hasta llegar al Estrimón y a la ciudad de Eyón, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Fílide esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia poniente se extiende hasta el río Angites que entra en el Estrimón, y hacia mediodía hasta el mismo Estrimón. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos.
CXIV.Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamadoEnnea Odi(los Nueve Caminos) de los edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Estrimón. Oyendo que aquel lugar se llamaba los Nueve Caminos,[212]enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerjes, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra.
CXV.Después que vadeado el Estrimón se puso el ejército en camino, marchó por una playa que cae haciaponiente y pasó cerca de una ciudad griega allí situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando a la izquierda el golfo que está vecino al templo de Poseidón y marchando por la llanura llamada Sileo, pasó más allá de Estagira, ciudad griega, y llegó a Acanto,[213]habiendo incorporado en el ejército estas naciones y las que antes dije, y todas las que moran alrededor del monte Pangeo, obligando a las marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las internadas a seguir el ejército. El camino por donde Jerjes condujo sus tropas tiénenlo los tracios hasta mis días en gran veneración, no confundiéndolo ni sembrándolo jamás.
CXVI.Llegado el ejército a Acanto, declaró el persa por amigos y huéspedes a los acantios y les concedió el uniforme o vestido de los medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado.
CXVII.Estaba Jerjes en Acanto cuando de resultas de una enfermedad acabó allí sus días Artaqueas, oficial prefecto del canal, muy valido en la corte de Jerjes y en la casa de los Aqueménidas. Era en su estatura el mayor de los persas, teniendo cinco codos regios de alto[214]menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto de la voz. Mostró Jerjes gran sentimiento de su muerte, y le honró con suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones sobre el sepulcro. Hácenle los acantios los sacrificios debidos a un héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo nombre.En una palabra, reputaba Jerjes por gran pérdida aquella muerte.
CXVIII.Los griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y recibían con cena a Jerjes, quedaban oprimidos con el excesivo gasto, y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que obligados los tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerjes, encargado de la comisión Antípatro, hijo de Orgeo, hombre de tanto crédito como el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber gastado 400 talentos de plata en aquella cena.
CXIX.Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato, que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas, contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército solo se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real donde iba a descansar el mismo Jerjes, mientras se quedaba la tropa al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargandocon la tienda y con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no llevasen consigo.
CXX.De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus abderitas que todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de los males que con la vuelta de Jerjes les amenazaban, y por otra les dieran gracias muy de veras por lo pasado de que el rey Jerjes no acostumbrase comer dos veces al día, porque preciso les fuera a los abderitas, si se les ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo, caer en una quiebra la mayor del mundo.
CXXI.Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerjes, después de dar orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre,[215]licenciolos a fin de que partieran solos con sus galeras. El motivo que le movió a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerjes dividido sus tropas en tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero, en el cual iba el mismo Jerjes, pasase por el camino de en medio, guiado por los caudillos Esmerdómenes y Megabizo.
CXXII.La armada naval, separada ya de Jerjes, navegópor el canal abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo[216]en que se hallan las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Sarte. Habiendo tomado a bordo la gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo. Dobló, pues, el Ámpelo, promontorio de Torone,[217]y fue recogiendo las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que eran Torone, Galepso, Sermile, Meciberna y Olinto, las que caen en la provincia llamada ahora Sitonia.
CXXIII.Torciendo la misma armada desde Ámpelo hasta el Canastreo, que es el cabo que más se entra en el mar en la región de Palene,[218]iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber: de Potidea, de Afitis, de Neápolis, de Ege, de Terambo, de Escíone, de Mende y de Sane, ciudades de la región que al presente se dice Palene y antes se llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan con Palene y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipaxo, Combrea, Lisas, Gigono, Campsa, Esmila y Enea: la región en que están, aún ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al país de Migdonia, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa la Migdonia de la tierra Botiea. En esta ocupan las ciudades deIcnas y de Pela[219]aquel pequeño distrito que corre hacia la playa.
CXXIV.Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval, esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerjes, con el objeto de llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la región Peónica y por la Crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual nacido en tierra de los crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar.
CXXV.Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que, dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido, ni experimentado.
CXXVI.Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aqueloo, que corre por Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de levante, ni por la de poniente más allá del Aqueloo, nadie verá león alguno en lo demás de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que solo se crían en el distrito que cae entre dichos ríos.
CXXVII.Llegado Jerjes a la ciudad de Terma, hizo altoallí con todo su ejército, el cual, acampado por las orillas del mar, ocupaba toda la tierra que, empezando de la dicha ciudad de Terma y de la de Migdonia, se extiende hasta los ríos Lidias y Haliacmón,[220]que sirviendo de límite a la región de Botiea y de Macedonia, van a juntarse en una misma madre. Acampados, pues, los bárbaros en estas llanuras, se vio que el Equidoro, uno de los ríos mencionados que baja de la tierra de Crestonia, no bastó él solo para satisfacer al ejército, sino que se quedó sin agua.
CXXVIII.Como viese Jerjes desde Terma aquellos dos montes altísimos de la Tesalia, el Olimpo y el Osa, informado de que por un estrecho valle que media entre ellos corría el río Peneo, y oyendo al mismo tiempo que por allí había camino para Tesalia, vínole deseo de ir en una nave a contemplar la desembocadura del Peneo. Moviose a ello por haberse ya resuelto a seguir el otro camino de arriba, que por medio de la alta Macedonia guía a los perrebos pasando por la ciudad de Gono, asegurado de que este viaje sería el más seguro. Lo mismo fue presentársele tal idea que ponerla por obra. Embárcase en una nave sidonia, de la que hacía su capitana siempre que le venía en voluntad alguna de estas excursiones, y levanta bandera para que le sigan las otras, dejando allí sus tropas. Llegado a su destino y contemplada la boca del río, quedó muy maravillado con aquella perspectiva. Llamó después a los que de guía le servían para el camino, y les preguntó si podría el río ir por otra parte a desaguar en el mar.
CXXIX.Corre en efecto una tradición que en lo antiguo era la Tesalia toda una gran laguna cerrada por todas partes con unos muy elevados montes, porque por la parte que mira a levante la ciñen dos montes, el Pelión y el Osa,[221]cuyas raíces están entre sí pegadas; por la partedel Bóreas la rodea el Olimpo; por la de poniente el Pindo, y por la de mediodía y del Noto el Otris: lo que en medio resta circuido por dichos montes era la Tesalia, comarca de tierra baja. Concurren, pues, hacia ella, dejando aparte otros ríos, estos cinco muy célebres: el Peneo, el Apídano, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso, los cuales bajando de los mencionados montes que rodean de todas partes a la Tesalia, y juntándose en aquella llanura, dirigen todos al cabo su curso hacia el mismo valle, y este bien angosto, confundiendo sus aguas en una corriente. Desde el lugar en que se juntan álzase el Peneo con el nombre de los demás, haciendo anónimos a los otros. Es fama, pues, que ya en los tiempos antiguos, no existiendo todavía aquel barranco, ni teniendo el agua salida por él, concurrían allá con sus aguas los mismos ríos que ahora, y a más de ellos la laguna Bebeide; de suerte que no teniendo dichos ríos los mismos nombres que al presente tienen, llevaban la misma agua y hacían con ella de la Tesalia toda una gran llanura de mar. Los tesalios mismos dicen que Poseidón fue quien abrió el canal por donde corre el Peneo; y razón tienen en lo que dicen, pues cualquiera que crea a Poseidón el dios de los terremotos, cuyas obras sean las aberturas que estos producen, no ha menester más que ver aquella quebrada, para decir que es cosa hecha por Poseidón, siendo a mi parecer efecto de algún terremoto la separación de aquellos montes.
CXXX.Volviendo ya a los conductores de Jerjes, preguntados estos por él si tenía el Peneo alguna otra salida para el mar, bien seguros de lo que le decían le respondieron: «No, señor, no tiene este río ninguna otra salida que llegue al mar, esta es la única, estando toda la Tesalia coronada alrededor de montañas». A lo cual se diceque replicó Jerjes: «Son sin duda los tesalios hombres hábiles y prudentes, pues muy de antemano han puesto a cubierto sus estados, retirándose del partido de la Grecia, así por varios motivos, como por ver que su país era fácil de ser sorprendido y en breve subyugado. Para esto no había más que hacer sino cerrar con un terraplén este barranco, y cegado el canal elevar el río sacado de madre, echándole sobre las campiñas, con que se lograría anegar todo el llano de la Tesalia, quedando solamente libres los montes». Con esto aludía Jerjes a los hijos de Alevas, los primeros entre los griegos que habían entregado la Tesalia al rey, quien estaba persuadido de que se le entregaban en nombre de toda la nación. Dicho esto, y observado bien el país, hízose Jerjes a la vela para volver a Terma.
CXXXI.Cerca de Pieria[222]detúvose Jerjes algunos días: el motivo fue el aguardar que la tercera parte de sus tropas desmontase la maleza en las montañas de Macedonia, abriendo por ellas camino al ejército hacia los perrebos. En este intermedio iban volviendo los mensajeros que habían sido destinados a la Grecia a pedir la entrega del país; unos volvían frustrado su intento; otros con el ofrecimiento de la tierra y el agua.
CXXXII.Los pueblos que le prestaron vasallaje fueron los tesalios, los dólopes, los enianes, los perrebos, los locros, los magnesios, los melieos, los aqueos de Ftiótide, los tebanos con los demás beocios,[223]exceptuando los tespieos y los plateos. Los otros griegos, empeñados en hacer la guerra al bárbaro, hicieron un tratado, solemnemente juramentados contra los que se entregaron,que la décima parte de los bienes de todo pueblo griego que, sin verse a ello precisado, de su voluntad se hubiese entregado al persa, sería confiscada después de verse la Grecia fuera ya de aquel apremio, y sería consagrada en Delfos al dios Apolo. En estos términos estaba concebido el juramento de los griegos.
CXXXIII.No había Jerjes hecho partir heraldos ni para Atenas ni para Esparta, escarmentado en los que antes envió allá Darío. Sucedió, pues, entonces, que habiendo Darío pedido la obediencia de aquellas ciudades, parte de los enviados a pedirla fueron arrojados en el báratro, abertura profunda destinada en Atenas a los malhechores, parte en un pozo, con la insolente zumba de mandarles que ellos mismos del báratro y del pozo tomaran el agua y la tierra para su Darío. Esto fue lo que movió a Jerjes a no enviar después otros con la misma demanda. No sabré decir qué mal les viniese a los atenienses en pena de haber violado así a los tales heraldos,[224]a no ser que por ello digamos que su ciudad fue pasada a sangre y fuego, si bien creo que otra fue la causa.
CXXXIV.Dejose sentir entre los lacedemonios la ira de Taltibio, que había sido el pregonero de Agamenón. Hay en Esparta un templo de Taltibio, y los descendientes de este, llamados los Taltibiadas, tienen el privilegio de ejecutar todas las embajadas que por medio de heraldos suele hacer Esparta. Sucedió, pues, a los espartanos que, después del insulto contra los heraldos de Darío no podían en sus sacrificios lograr una víctima de buen agüero. Llevando los lacedemonios muy de mala gana aquella desventura, juntáronse muchas veces públicamente a deliberar sobre ella, y mandaron pregonar un bando en esta forma: «Quién era aquel lacedemonio que quisiera ofrecerse a lamuerte por Esparta». No faltaron dos varones en prendas personales y en riquezas distinguidos, llamado el uno Espertias, hijo de Aneristo, y el otro Bulis, hijo de Nicolao, quienes de su voluntad se ofrecieron a pagar la pena a Darío en venganza de la muerte dada a sus heraldos en Esparta: con esto los espartanos enviaron a los medos estas dos víctimas destinadas al suplicio.
CXXXV.Ni fue más digno de admiración el ánimo de estos héroes que el denuedo con que acompañaron su discurso; porque emprendido el viaje para Susa, presentáronse a Hidarnes, señor persa, que se hallaba de general en las costas y fuertes del Asia menor, el cual, convidándoles con su casa y tratándoles como a huéspedes y amigos, habloles así: «¿Por qué, oh amigos lacedemonios, mostráis tanta aversión a la amistad con que el rey os convida? En mi persona y en mi fortuna tenéis a vista de ojos una prueba evidente de cómo sabe el rey honrar a los sujetos de mérito y a los hombres de valor. En vosotros mismos experimentaríais otro tanto si quisierais declararos por vasallos del rey, quien, como está de vuestras prendas bien informado, haría sin falta que fuese cada uno de vosotros gobernador de alguna provincia de la Grecia». A lo cual respondieron: «Este tu aviso, Hidarnes, por lo que a nosotros mira no tiene igual fuerza y razón que por lo que mira a ti, tú que nos lo das; si sabes por experiencia el bien que hay en ser vasallo del rey, pero no el que hay en ser libre e independiente. Hecho a servir como criado, no has probado jamás hasta ahora si es o no dulce la independencia de un hombre libre; si la hubieses alguna vez probado, seguros estamos que no solo nos aconsejaríais que la mantuviéramos a punta de lanza, sino a golpe de segur ofreciendo el cuello al acero». Así contestaron a Hidarnes.
CXXXVI.Llegados ya a Susa y puestos en presencia del rey, lo primero en que mostraron su libertad fue en responder a los alabarderos, que pretendían obligarles aque postrados adorasen al rey, que nunca harían tal, por más que diesen con ellos de cabeza en el suelo, pues ni ellos tenían la costumbre de adorar a hombre ninguno, ni a tal cosa habían venido; lo segundo, después de haber porfiado en no quererse postrar, encarándose con el rey le hablaron en esta sustancia: «Monarca de los medos, venimos acá enviados de parte de los lacedemonios para pagarte la pena que te deben por haber hecho morir en Esparta a tus heraldos». A esta declaración y oferta respondió Jerjes, con gran bizarría de ánimo, que no imitaría en aquello a los lacedemonios; que ellos en haber puesto las manos en sus heraldos habían violado el derecho de gentes, pero él, muy ajeno de practicar lo que en ellos reprendiera, no declararía a los lacedemonios, dándoles la muerte, por libres y absueltos de su culpa y suplicio merecido.
CXXXVII.Lo que con esto lograron los espartanos fue que se aplacó por entonces la ira vengativa de Taltibio, no obstante de haberse restituido a Esparta los dos enviados Espertias y Bulis, si bien dicen los lacedemonios que se irritó mucho después su furor en la guerra de los peloponesios y atenienses. Soy de opinión que lo que después contra ellos sucedió, fue cosa del todo divina; pues así lo pedía la justicia y disposición de Dios, que una vez declarada contra los enviados la ira de Taltibio, no cesase hasta salir con su intento. Pero lo que más hace ver que anduvo en este negocio la mano de Dios, es el haberse descargado el golpe en los hijos de aquellos dos hombres que se habían presentado al rey para aplacar el enojo de Taltibio, esto es, en Nicolao, hijo de Bulis, y en Aneristo, hijo de Espertias, el último de los cuales, navegando en una urca bien armada de gente, apresó a los pescadores de Tirinto. Lo que sucedió respecto de Nicolao y Aneristo fue que, habiendo sido enviados por mensajeros al Asia de parte de los lacedemonios, fueron cogidos cerca de Bisante,lugar del Helesponto, descubiertos a traición por el rey de los tracios Sitalces, hijo de Tereo, y por cierto Pites, de nación abderita. Conducidos después al Ática, fueron condenados a muerte por los atenienses, en compañía de Aristeas, hijo de Adimanto y natural de Corinto: todo lo cual sucedió muchos años después de la expedición del rey.
CXXXVIII.Mas para volver a tomar el hilo de la historia, el pretexto de aquella armada del rey era hacer la guerra contra Atenas, y el fin y motivo verdadero el embestir a toda la Grecia. Informados los griegos mucho tiempo antes de lo que les aguardaba, no todos miraban con unos mismos ojos aquel nublado. Los que habían prometido al persa el homenaje, entregándole la tierra y el agua, vivían muy satisfechos de que nada tendrían que sufrir de parte del bárbaro; pero los que no le habían prestado vasallaje, hallábanse llenos de miedo, nacido de ver que la Grecia carecía de armada naval capaz de contrastar a la que contra ella venía, y que muchos griegos, prontos a la obediencia de los medos, no querían tomar parte con ellos en aquella guerra.
CXXXIX.Véome aquí obligado a decir lo que siento, pues aunque bien veo que en ello he de ofender o disgustar a muchísima gente, con todo, el amor de la verdad no me da lugar a que la calle y disimule. Afirmo, pues, que si asombrados los atenienses de ver sobre sí el peligro hubieran desamparado su región, o si quedándose en casa se hubieran entregado a Jerjes, no se hallara sin duda nación alguna que por mar se hubiese atrevido a oponerse al rey. Y en caso de que nadie por mar hubiera podido resistir a Jerjes, creo que por tierra no hubiera podido menos de suceder que, por más baluartes y revellines con que cubrieran y ciñeran el Istmo los peloponesios, con todo, desamparados al cabo los lacedemonios de sus aliados, que lo habrían hecho, obligados a despecho suyo al ver sus ciudades tomadas por la armada del bárbaro; viéndosesolos, repito, hubieran, sí, recibido al enemigo con las armas en la mano, pero haciendo prodigios de valor quedaran todos en el palenque. De suerte que por necesaria consecuencia, o hubieran acabado así los lacedemonios, o viendo antes de este lance que se echaban todos los demás griegos al partido del medo, hubieran ellos también capitulado con Jerjes, y así en uno y otro lance quedara la Grecia en poder de los persas, pues no alcanzo por cierto de qué hubieran podido servir las fortificaciones construidas sobre el Istmo, si el rey hubiera logrado la superioridad en el mar. Lo cierto es que, atendido lo que pasó, quien diga que los atenienses fueron los salvadores de la Grecia, razón tendrá para decirlo, pues su situación era tal, que debía la fortuna seguir cualquiera de los dos partidos a que ellos se inclinaran. De donde habiendo elegido el partido de conservar libre a la Grecia, fueron sin duda los que impidieron la esclavitud de los que en ella no se habían entregado al medo, y los que naturalmente hablando arrojaron de ella a aquel soberano; en lo que mostraron su valor, no pudiendo recabar de ellos los oráculos espantosos y llenos de terror que de Delfos les venían, que dejasen los intereses de la Grecia, resueltos a hacer cara al enemigo que les embestía y quedarse firmes en su patria.
CXL.Enviando, pues, a Delfos sus diputados religiosos, querían saber lo que el oráculo les prevendría. Practicadas allí todas las ceremonias legítimas cerca del templo, lo mismo fue entrar con la súplica en el santuario que vaticinarles lo siguiente la Pitia, por nombre Aristónica: «¡Infeliz! ¿Qué es lo que pides con tus súplicas? Deja tu paterna casa, deja la cumbre suma de tu redondo alcázar. No quedará segura tu cabeza, no tu cuerpo, no la mano, no la última planta, nada resta del medio del pecho: todo caído lo abrasa voraz la asiria llama, todo lo tala ligero el sirio carro de Ares: mucha almena cae, y no sola la tuyapropia; devora ya la furia de la llama mucho templo, que miro bañado al presente de sudor líquido y trémulo de miedo; corre de la cúpula la negra sangre de forzosos azares vaticinadora. Ea, fuera, digo, de mi cámara; salid en mal hora».[225]
CXLI.Al oír tales cosas, los enviados de Atenas a la consulta quedaron sorprendidos de tristeza y congoja. Viéndoles en aquella consternación y abatimiento de ánimo por lo terrible del oráculo, Timón, hijo de Andróbulo, uno de los sujetos de primera reputación en Delfos, dioles el consejo de que en traje de suplicantes, y con un ramo de olivo en las manos, entrasen de nuevo a consultar el oráculo. Vinieron en ello los atenienses, y se explicaron en estos términos: «No nos negaréis, señor y dueño, un oráculo mejor a favor de la patria, en atención siquiera a nuestro dolor, que declara este olivo que llevamos, insignia de unos infelices refugiados. En caso negativo, no pensamos en partirnos de este mismo asilo en donde inmobles nos cogerá antes la muerte». Habiendo así hablado, respóndeles segunda vez la promántida: «Ni con halago ni con estudio sabe Palas aplacar al olimpio Zeus en tal enojo: firme como un diamante es otro oráculo que pronunció. Cuanto cierra dentro el muro de Cécrope, cuanto cubre el sacro retiro del divino Citerón, todo será cogido: ni cede próvido Zeus a Tritónida más que un muro de madera nunca tomado, que sirva de asilo para ti y para tu descendencia. No quiero que sufras el ímpetu del caballo, ni de tanto infante que pasa desde el Asia: cede vuelta la cara, aunque delante le tengas. ¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!».
CXLII.Habiendo los enviados tomado por escrito esta segunda respuesta, que parecía ser y era realmente más blanda y suave que la primera, dieron la vuelta para Atenas. Luego que regresaron, como en un congreso del pueblo diesen razón del un oráculo, entre otras varias interpretaciones de los que lo examinaban, dos había que se miraban por más fundadas y graves. Era una la de algunos ancianos, diciendo que lo que aquel dios les significaba a su parecer en el oráculo, era que el alcázar les quedaría salvo y libre; dando por razón que la fortaleza de Atenas estaba en lo antiguo defendida con una estacada, y conjeturando que esta valla debería ser la muralla de que hablaba el oráculo. Otros decían, por otra parte, que aludía el dios a las naves, y eran de sentir que dejando lo demás se alistase la armada, si bien estos que entendían las naves por aquel muro de madera no veían claro el sentido de los dos últimos versos que decía la Pitia: «¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!». Estos versos, repito, ponían en confusión a los que tomaban las naves por aquel muro de leño, por cuanto los intérpretes de esta opinión los entendían de modo como si fuera necesario que los atenienses dispuestos a una batalla naval quedasen vencidos cerca de Salamina.
CXLIII.Había entre los atenienses un sujeto que poco antes había empezado a ser tenido por uno de los políticos de más alta reputación, por nombre Temístocles, hijo de Neocles. Decía este insigne varón, que los intérpretes no daban de lleno en el blanco del oráculo, y alegaba que si aquel verso recayera de algún modo contra los atenienses, no se explicara el oráculo con tanta blandura, antes bien dijera ¡oh fatal Salamina!, en vez de decir ¡oh Salamina la fausta!, puesto que los moradores debiesen perecer cerca de ella, y que tomando el vaticinio por el verso que les convenía, la verdad era que aquel oráculo lo habíadado Dios contra los enemigos y no contra los de Atenas.
Con estas razones aconsejaba Temístocles a sus conciudadanos que se dispusiesen para una batalla naval, creyendo que esto significaba el muro de madera. Este parecer de Temístocles hizo que los atenienses tuvieran por mejor lo que él les decía, que no lo que juzgaban los demás consultores, quienes no convenían en que se preparasen para dar la batalla de mar, antes pretendían que dependiese toda su salud de no levantar ni un dedo contra el persa, sino de abandonar el Ática o irse a vivir a otra región.
CXLIV.Antes de este parecer, había dado ya Temístocles otro que en las circunstancias actuales fue un arbitrio muy oportuno, había sucedido que teniendo los atenienses mucho dinero público, producto sacado de las minas de Laurion, y estando ya para repartirlo a razón de diez minas por cada uno, supo persuadirles Temístocles que, dejado aquel reparto, prefiriesen hacer con aquel dinero 200 naves para la guerra que traían con los de Egina. Y en efecto, emprendida ya dicha guerra, fue la salud de la Grecia, por haberse visto obligados en ella los atenienses a hacerse una potencia marítima, habiendo sucedido la cosa de manera que aquellas naves, sin servir al fin para que se habían fabricado, pudieron ser muy del caso a la Grecia en la ocasión presente. Ni se contentaban los atenienses con las naves ya hechas, sino que al mismo tiempo iban fabricando otras en sus astilleros, puesto que habían determinado, después de recibido aquel oráculo, salir al encuentro al bárbaro que contra ellos venía, embarcados todos juntos con los demás griegos que quisiesen seguirles, persuadidos de que en aquello obedecían al dios Apolo. He aquí lo tocante a los oráculos dados a los de Atenas.
CXLV.En un congreso general de los griegos en que se juntaron los diputados de los pueblos que seguían elpartido más sano,[226]después de haber conferenciado entre sí y asegurádose mutuamente con la fe pública, en las sesiones que luego tuvieron, parecioles que lo que más convenía ante todas cosas era reconciliar los ánimos de todos aquellos que entonces estaban haciéndose entre sí la guerra; porque a más de la que se hacían los atenienses y los de Egina, no faltaban algunos otros pueblos que ya habían empezado sus hostilidades, si bien eran las de los atenienses las que más sobresalían. Después de este acuerdo, oyendo decir que Jerjes con su ejército se hallaba ya en Sardes, resolvieron enviar al Asia menor exploradores que revelasen de cerca las cosas de aquel soberano; despachar embajadores a Argos para ajustar una alianza contra el persa; otros a Sicilia para negociar con Gelón, hijo de Dinómenes; otros a Corcira para animar a aquellos isleños al socorro de la Grecia, y otros finalmente a Creta; todo con la mira de ver si sería posible hacer una liga de la nación griega en que todos los pueblos quisiesen ir a una contra aquel enemigo común, que a todos venía a embestirles. Y por lo que mira a Gelón, la fama hacía tan grandes sus fuerzas que de mucho las anteponía a todas las demás de los griegos.
CXLVI.Tomadas dichas resoluciones y ajustadas entre ellos las desavenencias, lo primero que por obra pusieron fue enviar al Asia tres exploradores, quienes llegados a Sardes y bien enterados de lo que al ejército del rey concernía; como hubiesen sido sentidos y descubiertos, fueron puestos a cuestión de tormento y encarcelados por los generales de la infantería, que los condenaron a muerte. Llegado el asunto a oídos de Jerjes, mereció tal sentencia la indignación del soberano, quien al punto, enviando allá algunos de sus alabarderos, dio la orden de que si hallaban vivos aquellos espías, los condujeran a su presencia.Quiso la suerte que no se hubiera aún ejecutado la sentencia, y fueron con esto conducidos delante del rey; y como él les preguntase a qué fin habían venido, oída la respuesta, mandó a sus alabarderos que los guiasen y mostrasen todas sus tropas así de a pie como de a caballo, y que habiéndolas contemplado a todo su placer y gusto, les dejasen ir libres y salvos a donde quiera que intentasen partir.
CXLVII.Y la razón que dio Jerjes de ordenarlo así fue, que si perecían aquellos exploradores, sucedería que ni supieran los griegos de antemano que él viniese con un ejército mayor de lo que creerse podía, ni sería grande el perjuicio que recibieran sus enemigos con la muerte de tres hombres solos; pero que si volvían estos a la Grecia, añadía, tenía por cierto que los griegos, sabedores antes de su llegada de cuán grandes eran sus fuerzas, cederían a las pretensiones de su misma libertad y lograría con esto sujetarles sin la fatiga de pasar allá con sus tropas. Este modo de pensar es conforme a lo que en otra ocasión resolvió Jerjes, cuando hallándose en Abido vio que bajaban por el Helesponto unos bastimentos cargados de trigo que desde el Ponto llevaban a Egina y al Peloponeso. Apenas oyeron los oficiales de su comitiva que aquellas eran naves enemigas, disponíanse para salir a la presa clavando en el rey los ojos a ver si luego se lo mandaba. Preguntoles entonces Jerjes a dónde iban aquellos bastimentos; y los oficiales: «Van, señor, le respondieron, a nuestros enemigos con esa provisión de trigo». «Pues ¿no vamos nosotros, replicó Jerjes, al mismo lugar que ellos, abastecidos de víveres y mayormente de trigo? ¿Qué injuria nos hacen con trasportar esos bastimentos?». Volviendo, pues, a los exploradores, después que todo lo registraron, puestos en libertad, regresaron a Europa.
CXLVIII.Los griegos confederados contra el persa, después de vueltos ya los exploradores, enviaron segundavez embajadores a Argos. Cuentan los argivos que supieron desde el principio los preparativos del bárbaro contra la Grecia, y como entendiesen y tuviesen por seguro que los griegos les convidarían a la alianza contra el persa, enviaron a Delfos diputados para saber del oráculo qué era lo que mejor les estaría en aquellas circunstancias; que el motivo que a ello les impulsó fue ver que acababan de perder seis mil ciudadanos que habían perecido a manos de los lacedemonios capitaneados por Cleómenes, hijo de Anaxándridas; y que la Pitia dio esta respuesta a sus consultores: «¡Oh tú, odiado de tus vecinos, querido del alto cielo, quédate cauto dentro tu recinto; guarda bien tu cabeza que ha de salvar tu cuerpo!». Tal fue la respuesta que les dio la Pitia, según después los diputados a su regreso entrados en el Senado les dieron cuenta de las órdenes que de allá traían; y con todo respondieron los de Argos a la propuesta hecha por los griegos, que entrarían en la liga con dos condiciones: una la de hacer la paz por treinta años con los lacedemonios; otra que se les diera por mitad el imperio de todo el ejército aliado, pues por más que en todo rigor de justicia les tocase el imperio total de las tropas,[227]con todo se contentaban con solo la mitad del mando.