LXXVI.Decir esto Sicino y volverles las espaldas, marchándose, fue uno mismo. Los bárbaros, dando luego crédito a lo que acababa de avisarles, tomaron dos medidas: la una hacer pasar muchos persas a la isleta Psitalea,[317]situada entre Salamina y el continente; la otra dar orden, luego de llegada la media noche, que el ala de su armada por el lado de poniente se alargase hasta rodear a Salamina, y que las naves apostadas cerca de Ceos y de Cinosura[318]avanzasen tanto, que ocupasen todo el estrecho hasta la misma Muniquia. Con esta disposición de la armada pretendían que no pudiesen huírseles los griegos, sino que cogidos en Salamina pagasen la pena de los males y daños que les habían causado en las refriegas de Artemisio. Pero la razón que tuvieron en poner la guarnición de persas en la pequeña isla de Psitalea, fue porque, hallándose esta en medio de aquel estrecho en que había de darse la batalla naval, era preciso que de sus resultas fueran a dar en aquella islita los náufragos y los destrozos de las naves. Querían, pues, tener allí tropa apostada, que salvase a los suyosy perdiese a los enemigos arrojados. Hacían con gran silencio estas prevenciones para no ser sentidos de sus contrarios, y en ellas trabajaron toda la noche sin tomar algún reposo.
LXXVII.Aquí no puedo ahora, viendo y pesando atentamente el negocio, declararme contra los oráculos, y decir de ellos que no son predicciones verídicas, sin incurrir en la nota de ir contra la evidencia conocida: «Cuando junte la playa consagrada a Artemisa, de dorada cabellera, a la marina Cinosura, con su puente de barcas, el que taló a Atenas con furiosa lisonja, allí se verá extinguido de mano de la santa Temis, tanto arrojo hijo de tanta soberbia, insultante, rapaz como el de todo poder supremo. Cosido el acero con el acero cubrirá Ares el mar de roja sangre, entonces Zeus y la diosa Victoria felicitarán a la Grecia libre». Siendo, pues, tales y dichas con tanta claridad por Bacis estas profecías, ni me atrevo yo a oponerme a la verdad de los oráculos, ni puedo sufrir que otro ninguno la contradiga.[319]
LXXVIII.Por lo que mira a los jefes griegos en Salamina, llevaban adelante sus porfías y altercados, pues no sabían aún que se hallasen ya cercados de las naves de los bárbaros, antes creían que se mantenían estos en los puestos mismos en donde aquel día los habían visto formados.
LXXIX.Estando dichos jefes en su junta, vino desde Egina el ateniense Arístides, hijo de Lisímaco, a quien con su ostracismo había el pueblo desterrado de la patria, hombre, según oigo hablar de su porte y conducta, el mejory el más justo de cuantos hubo jamás en Atenas.[320]Este, pues, llegándose al congreso, llamó a Temístocles, quien, lejos de ser amigo suyo, se le había profesado siempre su mayor enemigo. Pero en aquel estado fatal de cosas, procurando él olvidarse de todo y con la mira de conferenciar sobre ellas, llamole fuera, por cuanto había ya oído decir que la gente del Peloponeso quería a toda prisa irse con sus naves hacia el Istmo. Sale llamado Temístocles, y le habla Arístides de esta suerte: «Sabes muy bien, oh Temístocles, que nuestras contiendas y porfías en toda ocasión, y mayormente en esta del día, crítica y perentoria, deben reducirse a cuál de los dos servirá mejor al bien de la patria. Hágote saber, pues, que tanto servirá a los peloponesios el altercar mucho como no altercar acerca de retirar sus naves de este puesto; pues yo te aseguro, como testigo de vista de lo que digo, que por más que lo quieran los corintios, y aun diré más, por más que lo ordene el mismo Euribíades, no podrán apartarse ya, porque nos hallamos cerrados por las escuadras enemigas. Entra, pues, tú y dales esta noticia».
LXXX.Respondió a esto Temístocles: «Importante es ese aviso, y haces bien en darme parte de lo que pasa. Gracias a los dioses que lo que yo tanto deseaba, tú, comotestigo ocular, me aseguras haberlo visto ya ejecutado. Sábete que de mi procedió lo que han hecho los persas, pues veía yo ser preciso que los griegos, los cuales de su buena voluntad no querían entrar en combate, entrasen en él, mal que les pesara. Tú mismo ahora, que con tan buena noticia vienes, bien puedes entrar a dársela; que si yo lo hago dirán que me la finjo, y no les persuadiré de que así lo estén efectuando los bárbaros. Ve tú mismo en persona, y diles claro lo que pasa. Si ellos dan crédito a tu aviso, estamos bien; y si no lo toman por digno de fe, lo mismo que antes nos tenemos, pues no hay que temer se nos vayan de aquí huyendo, si es cierto, como dices, que nos hallamos cogidos por todas partes».
LXXXI.En efecto, fue a darles Arístides la noticia, diciendo cómo acababa de llegar de Egina, y que apenas había podido pasar sin ser visto de las naves del enemigo, que iban apostándose de manera que ya toda la armada griega se hallaba circuida por la de Jerjes; que lo que él les aconsejaba era que se preparasen a una vigorosa resistencia. Acabado de decir esto, saliose Arístides,[321]y ellos volvieron de nuevo a embravecerse en sus disputas, siendo creído el aviso de la mayor parte de aquellos jefes supremos.
LXXXII.En tanto que no acababan de dar fe a Arístides, llegan con su galera unos desertores naturales de Tenos, cuyo capitán era Panecio, hijo de Sosímenes, quienes los sacaron totalmente de duda, contándoles puntualmente lo que pasaba. Diré aquí de paso, que en atención a la deserción de dicha galera lograron después los tenios que fuese grabado su nombre entre el de los pueblos quederrotaron al bárbaro, en la trípode que en memoria de tanta hazaña fue consagrada en Delfos. Con esta galera que vino desertando a Salamina, y con la otra de los lemnios que antes se les había pasado en Artemisio, llenaron los griegos el número de su armada, hasta completar el de 380 naves, para el cual eran dos las que antes les faltaban.
LXXXIII.Luego que los griegos tuvieron por verdad lo que los tenios les decían, aprestáronse al punto para la función. Al rayar del alba llamaron a junta a las tropas de la escuadra: entre todos, el que mejor arengó la suya fue Temístocles, cuyo discurso se redujo a un paralelo entre los bienes y conveniencias de primer orden que caben en la naturaleza y condición humana, y las de segunda clase inferiores a las primeras; discurso que concluyó exhortándoles a escoger para ellos las mejores.[322]Acabada la arenga, les mandó pasar a bordo. Embarcados ya, vino de Egina aquella galera que había ido por los Eácidas, y sin más esperar, adelantose toda la armada griega.
LXXXIV.Al verlos mover los bárbaros, encaminaron al punto la proa hacia ellos; pero los griegos, suspendiendo los remos o remando hacia atrás, huían el abordaje e iban retirándose de popa hacia la playa, cuando Aminias Paleneo,[323]uno de los capitanes atenienses, esforzando los remos embistió contra una nave enemiga, y clavando en ella el espolón, como no pudiese desprenderlo, acudieron a socorrerle los otros griegos y cerraron con los enemigos. Tal quieren los atenienses que fuese el principio del combate, si bien pretenden los de Egina que la galeraque cerró ante todas con otra enemiga fue la que había ido a Egina en busca de los Eácidas. Corre aún otra voz; que se les apareció una fantasma en forma de mujer, la cual les animó de modo que la vio toda la armada griega, dándoles primero en cara con esta reprensión: «¿Qué es lo que hacéis retirándoos así de popa sin cerrar con el enemigo?».
LXXXV.Ahora, pues, enfrente de los atenienses estaban los fenicios, colocados en el lado de poniente por la parte que miraba a Eleusis; y enfrente de los lacedemonios correspondían los jonios, en el lado de la armada que estaba hacia levante, vecina al Pireo. De estos no faltaron unos pocos que, conforme a la insinuación de Temístocles, adrede lo hicieron mal; pero los más de ellos peleaban muy de veras. Y bien pudiera yo hacer aquí un catálogo de los capitanes de galera dichos que rindieron entonces algunas naves griegas, pero los pasaré a todos en silencio, nombrando solamente a dos de ellos, entrambos samios, el uno Teoméstor, hijo de Androdamante, y el otro Fílaco. De estos únicamente hago aquí mención, porque en premio de esta hazaña llegó Teoméstor a ser señor de Samos, nombrado por los persas, y Fílaco fue puesto en la clase de los bienhechores de la corona, y como a tal se le dieron en premio muchas tierras: llámanse estos bienhechores del rey, en idioma persa, losorosangas. De este modo se premió a los dos.
LXXXVI.Muchas fueron las naves que en Salamina quedaron destrozadas, unas por los atenienses y otras por los de Egina. Ni podía suceder otra cosa peleando con orden los griegos cada uno en su puesto y lugar, y habiendo al contrario entrado en el choque los bárbaros, no bien formados todavía, y sin hacer después cosa con arreglo ni concierto. Menester es, con todo, confesar que sacaron estos en la función de aquel día toda su fuerza y habilidad, y se mostraron de mucho superiores a sí mismosy más valientes que en las batallas dadas cerca de Eubea, queriendo cada uno distinguirse particularmente, temiendo lo que diría Jerjes, e imaginándose que tenían allí presente al rey que les estaba mirando.
LXXXVII.No estoy en realidad tan informado de los acontecimientos que pueda decir puntualmente de algunos particulares capitanes, ya sean de los bárbaros, ya de los griegos, cuánto se esforzó cada uno en la contienda. Sé tan solo que Artemisia ejecutó una acción que la hizo aún más recomendable[324]de lo que era ya para con el soberano, pues cuando la armada de este se hallaba en mucho desorden y confusión, hallose la galera de Artemisia muy perseguida por otra ateniense que le iba a los alcances. Viéndose ella en una apretura tal que no podía ya salvarse con la fuga, por cuanto su galera, hallándose puntualmente delante de los enemigos y la más próxima a ellos, encontraba a su frente con otras galeras amigas, determinose a aventurar una acción que le salió oportuna y ventajosamente. Sucedió que al huir de la galera ática que le daba caza, topó con otra amiga de los calindios, en que iba embarcado su rey Damasitimo, con quien, estando aún en el Helesponto, había tenido no sé qué pendencia. No me atrevo a definir si por esto la embistió entonces de propósito, o si fue una mera casualidad que se pusiese delante la dicha nave de los calindios. Lo cierto es que con haberla acometido y echado a fondo, fueron dos las ventajas que para sí felizmente obtuvo: la una que como el capitán de la galera ática la viese arremeter contra otra nave de los bárbaros, persuadido de que o era una de las griegas la nave de Artemisia, o que desertando dela escuadra bárbara peleaba a favor de los griegos, volviendo la proa se echó sobre las otras galeras enemigas.
LXXXVIII.Logró Artemisia con esto una doble ventaja, escaparse del enemigo y no perecer en aquel encuentro; y la otra, que aun su mismo indigno proceder con la nave amiga le acarrease para con el propio Jerjes mucho crédito y estima, porque, según se dice, quiso la fortuna, que mirando el rey aquel combate, advirtiese que aquella nave embestía contra otra, y que al mismo tiempo uno de los que tenía presentes le dijese: «¿No veis, señor, cómo Artemisia combate y echa a fondo una galera enemiga?». Preguntó entonces el rey si era en efecto Artemisia la que acababa de hacer aquella proeza, y respondiéronle que no había duda en ello, pues conocían muy bien la insignia de su nave,[325]y estaban por otra parte en la inteligencia que la que fue a pique era una de las enemigas. Y entre otras cosas que le procuró su buena suerte, como tengo ya dicho, no fue la menor el que de la nave calindia ni un hombre solo se salvara que pudiese acusarla ante el rey. Añaden que además de lo dicho, exclamó Jerjes: «A mí los hombres se me vuelven mujeres, y las mujeres hoy se me hacen hombres». Así cuentan por lo menos que habló el monarca.
LXXXIX.En aquella tan reñida función murió el general Ariabignes, hijo de Darío y hermano de Jerjes: murieron igualmente otros muchos oficiales de nombradía, así de los persas como de los medos y demás aliados; pero en ella perecieron muy pocos de los griegos, porque como estos sabían nadar, si alguna nave se les iba a fondo, los que no habían perecido en la misma acción aportaban a Salamina nadando, al paso que muchos bárbaros por nosaber nadar morían anegados. A más de esto, después que empezaban a huir las naves más avanzadas, entonces era cuando perecían muchísimas de la escuadra, porque los que se hallaban en la retaguardia procuraban entonces adelantarse con sus galeras, queriendo también que los viese el rey maniobrar, y por lo mismo sucedía que topaban con las otras de su armada que ya se retiraban huyendo.
XC.Otra cosa singular sucedió en aquel desorden de la derrota; que algunos fenicios, cuyas naves habían sido destrozadas, venidos a la presencia del rey acusaban de traidores a los jonios, pues por su perfidia iban perdiéndose las galeras; y no obstante la acusación, quiso la suerte, por un raro accidente, que no fuesen condenados a muerte los jefes jonios, y que en pago de su acusación muriesen los fenicios. Porque al tiempo mismo de dicha acriminación, una galera de Samotracia embistió a otra de Atenas y esta quedó allí sumergida; pero ved ahí otra nave de Egina que haciendo fuerza de remos dio contra la de Samotracia y la echó a pique. ¡Extraño suceso! Los samotracios, como bravos tiradores, a fuerza de dardos lograron exterminar y limpiar de tropa la galera que les había echado a fondo, y subidos a bordo apoderáronse de ella. Esta hazaña libró de peligro a los jonios, pues viéndoles obrar Jerjes aquella acción gloriosa, volviose a los fenicios lleno de pesadumbre y reprendioles a todos; mandó que a los presentes se les cortase la cabeza, para que aprendiesen a no calumniar, siendo unos cobardes, a hombres de más valor que ellos. En efecto, Jerjes, estando sentado al pie de un monte que cae enfrente de Salamina y se llama Egaleo,[326]todas las veces que veía hacer a uno delos suyos algún hecho famoso en la batalla naval, informábase de quién era su autor, y sus secretarios iban notando el nombre deltrierarcoo capitán de galera, apuntando asimismo el nombre de su padre y de su ciudad. Añadiose a lo dicho que el persa Ariaramnes, que se hallaba allí presente y era amigo de los jonios, ayudó por su parte a la desgracia de aquellos fenicios.
XCI.De esta suerte, el rey volvía contra los fenicios su enojo. Entretanto, los eginetas, viendo que los bárbaros se iban huyendo vueltas las proas hacia el Falero, hacían prodigios de valor apostados en aquel estrecho, pues en tanto que los atenienses en lo más fuerte del choque y derrota destrozaban así las naves que se resistían como las que procuraban huir, hacían los eginetas lo mismo con las que, escapándose de los atenienses, iban huyendo a dar en sus manos.
XCII.Entonces fue cuando vinieron a hallarse casualmente dos naves griegas, la una de Temístocles, que daba caza a una persa, y la otra la del egineta Polícrito, hijo de Crío, que había aferrado con otra galera sidonia. Era esta cabalmente la misma que había tomado la nave de Egina antes apostada de guardia en Escíatos, en la que iba aquel Píteas, hijo de Isquénoo, a quien estando hecho una criba de heridas mantenían todavía los persas, pasmados de su valor, a bordo de su galera; pero esta fue tomada con toda su tripulación cuando llevaba a Píteas, con lo cual recobró este la libertad vuelto a Egina. Como decía, pues, luego que vio Polícrito la nave ática y conoció por su insignia que era la capitana, llamando en voz alta a Temístocles le zumbó con la sospecha que de los eginetas había corrido, como si ellos siguieran el partido de los medos.[327]Hizo Polícrito esta zumba de Temístocles en elmomento mismo de embestir con la galera sidonia.
XCIII.Los bárbaros que pudieron escapar huyendo, aportaron a Falero para ampararse del ejército de tierra. En esta batalla naval fueron tenidos los eginetas por los que mejor pelearon de todos los griegos,[328]y después de ellos los atenienses. De los comandantes, los que se llevaron la palma fueron Polícrito el de Egina y los dos atenienses Eumenes de Anagirunte, y Aminias de Palene, quien fue el que dio caza a Artemisia, y si él hubiera caído en la cuenta de que iba en aquella nave Artemisia, a fe mía que no la dejara antes de apresarla o de ser por ella apresado, según la orden que se había dado a los capitanes de Atenas, a quienes aun se les prometía el premio de diez mil dracmas si alguno la cogía viva, no pudiendo sufrir que una mujer militase contra Atenas. Pero ella se les escapó del modo dicho, como otros que también hubo cuyas naves se salvaron en Falero.
XCIV.Por lo que mira al general de los corintios, Adimanto, dicen de él los atenienses que, al empezar las naves griegas a cerrar con las enemigas, sobresaltado de miedo y de terror se hizo a la vela y se entregó a la huida, y que viendo los otros corintios huir a su capitán, todos del mismo modo se partieron;[329]que habiendo huidotanto hasta hallarse ya delante del templo de Atenea la Escírade,[330]se les hizo encontradiza una chalupa por maravillosa providencia, sin dejarse ver quién la guiaba, la cual se fue acercando a los corintios, que nada sabían de lo que pasaba en la armada naval; circunstancias por donde conjeturan que fue portentoso el suceso. Dicen, pues, que llegándose a las naves les habló así: «Bien haces, Adimanto; tú virando de bordo aprietas a huir, escapando con tu escuadra y vendiendo a los demás griegos. Sábete, pues, que ellos están ganando de sus enemigos una completa victoria, tal cual no pudieran acertarla a desear». Y como Adimanto no diese crédito a lo que decían, añadieron de nuevo los de la chalupa «estar allí prontos a ser tomados en rehenes, no rehusando morir, si no era del todo cierto que venciesen los griegos»; que con esto, vuelta atrás la proa de la nave, llegó con los de su escuadra a la armada de los griegos, después de concluida la acción. Esta historia corre entre los de Atenas acerca de los corintios; pero estos no lo cuentan así por cierto, antes pretenden haberse hallado los primeros en la batalla naval, y a favor de ellos lo atestigua lo demás de la Grecia.
XCV.En medio de la confusión y trastorno que pasaba en Salamina, no dejó de obrar como quien era el ateniense Arístides, hijo de Lisímaco, aquel ilustre varón cuyo elogio poco antes hice como del mejor hombre del mundo; porque tomando consigo mucha parte de la infantería ateniense que estaba apostada en las costas de la isla de Salamina, y desembarcándola en la de Psitalea pasó a cuchillo cuanto persa había en dicha islita.[331]
XCVI.Desocupados ya los griegos de la batalla y retirados los destrozos y fragmentos todos de las naves, cuantos iban compareciendo hacia Salamina preparábanse para un segundo combate, persuadidos de que el rey se valdría de las naves que le quedaban para entrar otra vez en batalla. Por lo que mira a los restos del naufragio, impelió y sacó el viento céfiro una gran parte de ellos a la orilla del Ática, llamada Colíade.[332]No parece sino que todo conspiraba a que se cumpliesen los oráculos, así los de Bacis y de Museo acerca de esta batalla naval, como muy particularmente el que había proferido Lisístrato, grande adivino y natural de Atenas, acerca de que serían llevados los fragmentos de las naves adonde lo fueron tantos años después de su predicción, cuyo oráculo de ninguno de los griegos había sido entendido, y decía: «El remo aturdirá a la hembra de Colíade». Suceso que debía acaecer después de la expedición del rey.
XCVII.Al ver Jerjes aquella pérdida y destrozo padecido, entró en mucho recelo de que alguno de los jonios no sugiriese a los griegos, o que estos mismos no diesen de suyo en el pensamiento de pasar al Helesponto y cortarle allí su puente. De miedo, pues, que tuvo de no verse a peligro de perecer cogido así en Europa, resolvió la huida. Pero no queriendo que nadie ni de los griegos ni de sus mismos vasallos penetrase su designio, empezó a formar un terraplén hacia Salamina,[333]y junto a él mandó unir puestas en fila unas urcas fenicias, que le sirviesen de puente y de baluarte como si se dispusiera a llevar adelante la guerra y dar otra vez batalla naval. Viéndole los otros ocupado en estas obras, creían todos que muy de verasse preparaba para guerrear a pie firme. Mardonio fue el único que, teniendo muy conocido su modo de pensar, entendió de lleno sus designios. Al mismo tiempo que esto hacía Jerjes, envió a los persas un correo con la noticia de la desgracia y derrota padecida.
XCVIII.Yo no sé que pueda hallarse de nubes abajo cosa más expedita ni más veloz que esta especie de correos que han inventado los persas,[334]pues se dice que cuantas son en todo el viaje las jornadas, tantos son los caballos y hombres apostados a trechos para correr cada cual una jornada, así hombre como caballo, a cuyas postas de caballería ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor del sol, ni la noche las detiene, para que dejen de hacer con toda brevedad el camino que les está señalado. El primero de dichos correos pasa las órdenes o recados al segundo, el segundo al tercero, y así por su orden de correo en correo, de un modo semejante al que en las fiestas de Hefesto usan los griegos en la corrida de sus lámparas. El nombre que dan los persas a esta corrida de postas de a caballo es el deangareyo.
XCIX.Llegado a Susa aquel primer aviso de que Jerjes había ya tomado a Atenas, causó tanta alegría en los persas que se habían allí quedado, que en señal de ella no solo enramaron de arrayán todas las calles y las perfumaron con preciosos aromas, sino que la celebraron con sacrificios y regocijos particulares. Pero cuando les llegó el segundo aviso, fue tanta la perturbación, que rasgando todos sus vestidos, reventaban en un grito y llanto deshecho, echando la culpa de todo a Mardonio, no tanto por lapena que les causase la pérdida de la armada naval, cuanto por el miedo que tenían de perder a Jerjes; ni paró entre los persas este temor y público desconsuelo en todo el tiempo que corrió desde la mala noticia hasta el día mismo en que, vuelto Jerjes a su corte, les consoló con su presencia.
C.Viendo entonces Mardonio lo mucho que a Jerjes le dolía la pérdida sufrida en la batalla naval, sospechó que el rey meditaba huir de Atenas, y pensando dentro de sí mismo que siendo él quien le había inducido a la jornada contra la Grecia, no dejaría por ello de llevar su merecido, halló convenirle mejor el arriesgarse a todo con la mira o bien de llevar a cabo la conquista, o si no de perder gloriosamente la vida en aquella empresa, especialmente cuando, llevado de sus altos pensamientos, tenía por más probable poder salir con la victoria sujetando a la Grecia. Sacadas así sus cuentas, habló en estos términos: «No tenéis, señor, por qué apesadumbraros por la desgracia que acaba de sucedernos, ni darlo todo ya por perdido, como si fuera esta una derrota decisiva; que no depende todo del fracaso de cuatro maderos, sino del valor de los infantes y caballos. Es esto en tanto grado verdad, que de todos esos que se lisonjean de haberos dado un golpe mortal, ni uno solo habrá que saltando de sus buques se atreva a haceros frente, ni os la hará nadie de todo ese continente ya que los que tal nos intentaron, pagaron bien su temeridad. Digo, pues, que si a bien lo tenéis, nos echemos desde luego contra el Peloponeso; y si tenéis por mejor el dejarlo de hacer, en vuestra mano está dejarlo. Lo que importa es el no caer de ánimo; pues claro está que no les queda a los griegos escape alguno para no venir a ser esclavos vuestros, pagándoos con eso el castigo de lo que acaban de hacer ahora y de lo que antes hicieron: soy, pues, de opinión que así lo verifiquéis. Si estáis con todo resuelto a retiraros con el ejército, otra idea se me ofreceen este caso. Soy de parecer que no lo hagáis con nosotros de manera que esos griegos se burlen y rían de los persas. Nada se ha malogrado, señor, por parte de los persas, ni podéis decir en qué acción no hayan cumplido todo su deber, pues en verdad no tienen ellos la culpa de tal desventura. Esos fenicios, esos egipcios, esos chipriotas, esos cilicios, son y han mostrado ser unos cobardes. Supuesto, pues, que no son culpables los persas, si no queréis quedaros aquí, volveos en hora buena a vuestra casa y corte, llevando en vuestra compañía el grueso del ejército; que a mi cuenta quedará el sujetar la Grecia entera a vuestro dominio, escogiendo para ello 300.000 hombres de vuestro ejército».
CI.Oído este discurso, que no dejó de sentarle muy bien a Jerjes, alegrose del expediente, atendido el mal estado de sus cosas, y dijo a Mardonio que después de consultado el asunto le respondería cuál de los dos partidos quería escoger. Habiendo, pues, entrado en consulta con los persas sus ordinarios asesores, pareciole llamar a la junta a Artemisia, por cuanto ella había sido la única que antes acertó en lo que debía hacerse tocante al combate naval. Apenas Artemisia vino, mandando Jerjes retirar a los otros consejeros persas, lo mismo que a sus alabarderos, hablole en esta forma: «Quiero que sepas cómo me exhorta Mardonio a qué yo me quede aquí y embista el Peloponeso, dándome por razón que mi ejército de tierra no ha tenido parte alguna en esta pérdida, y que desea todo más bien con ansia que haga yo prueba de su valor. Exhórtame, pues, a que, o lo haga yo así por mí mismo, o en el caso contrario él por sí se ofrece a poner la Grecia entera debajo de mi dominio, escogiendo para la empresa 300.000 combatientes, aconsejándome que yo con lo demás de mis tropas me retire a mi corte y palacio. Ahora quiero, pues, que me aconsejes en cuál de estos dos partidos acertaré más en caso de elegirlo, ya que tú solame diste un buen consejo acerca de la batalla naval, no conviniendo en que se verificara».
CII.Respondiole Artemisia en estos términos: «Bien difícil es, oh rey, que acierte yo con lo mejor, respondiendo a vuestra consulta; pero, con todo, mi parecer sería que en la presente situación de los negocios os volvieseis a vuestros estados, y que dejaseis aquí a Mardonio, ya que él así lo desea, ofreciéndose a salir con la empresa juntamente con las tropas que pide; porque si logra por una parte la conquista que promete y le sale bien la empresa que piensa acometer, vos, señor, vais a ganar mucho en añadir a vuestros dominios esos vasallos; por otra parte, si el negocio sale a Mardonio al contrario de lo que piensa, en ello no será la pérdida considerable para el estado, quedando vos salvo, y bien constituidos los demás intereses de vuestra casa e imperio; pues como quedéis vos vivo y salvo, y vuestra casa y familia se mantengan en su primer estado, mala suerte les auguro a esos griegos; que no les faltarán por cierto ocasiones en que salir armados a la defensa de sus casas. Y si Mardonio sufriere alguna derrota, los griegos victoriosos no tendrán con toda su victoria motivo de quedar muy ufanos por la muerte de uno de vuestros vasallos. Por lo demás, vos habéis logrado el fin de la jornada, habiendo entregado a las llamas la ciudad de Atenas».
CIII.Cayó en gracia a Jerjes el consejo, pues acertó Artemisia con lo mismo que él pensaba ejecutar, tan resuelto a ello, que no se quedara allí, según imagino, por más que todos los del mundo, hombres y mujeres, se lo aconsejaran. Así que alabó mucho a Artemisia, y la envió a Éfeso, encargada de conducir allá unos hijos suyos naturales, pues algunos de estos le habían seguido en su jornada.
CIV.Envió con ella por ayo de sus hijos a Hermótimo, natural de Pédasa, quien podía tanto como el que más entrelos eunucos de palacio. Y ya que hablé de él, no dejaré de mentar un fenómeno que dicen suele acontecer entre los pedaseos situados más arriba de Halicarnaso; es a saber: que siempre que amenaza en breve a los vecinos que moran en la comarca de la ciudad mencionada algún desastre general, en tal caso nácele una grandísima barba a la sacerdotisa que allí tienen de Minerva, lo que ya por dos veces les ha sucedido.[335]
CV.De Pédaso, como decía, era, pues, natural Hermótimo, al cual, para vengarse de la injuria que con hacerle eunuco había padecido, presentósele una ocasión que no sé que se haya dado nunca otra igual: he aquí cómo sucedió: Hiciéronle esclavo los enemigos, y como a tal le compró un hombre natural de Quíos, llamado Panionio, el cual andaba en una granjería la más infame y malvada del mundo, pues logrando algún gallardo mancebo, lo que hacía era castrarle y llevarle después a Sardes o a Éfeso y venderle bien caro; pues sabido es que entre los bárbaros se aprecian en más los eunucos que los que no lo son, por la total confianza que puede haber en ellos. Entre otros muchos que castró Panionio, como quien vivía de la ganancia hecha en esa industria, uno fue nuestro Hermótimo. Pero no queriendo la fortuna que nuestro eunuco fuese en todo lo demás desgraciado, hizo que entre otros regalos que de Sardes se enviaban al rey, le fuese presentado Hermótimo, quien vino a ser con el tiempo el eunuco más honrado y favorecido de Jerjes.
CVI.En la ocasión en que el rey conducía contra Atenas sus tropas persas, vino Hermótimo a Sardes, de donde habiendo bajado por algún encargo o negocio a lacomarca de la Misia llamada Atarneo, en que habitan los de Quíos, topó en ella con Panionio. Conociole, y le habló largamente y con mucha expresión de cariño, dándole primero cuenta de cómo por medio de él había llegado a poseer tanto que no sabía los tesoros que tenía, y ofreciéndole al mismo tiempo que le daría en recompensa montes de oro, con tal que con toda su casa y familia pasase a vivir donde él estaba.[336]Súpole dorar la respuesta de modo que aceptando Panionio el partido con mucho gusto, pasó allá con sus hijos y mujer. Una vez que Hermótimo le tuvo en la red con toda su familia, hablole de esta suerte: «Ahora quiero, oh negociante, el más ruin y abominable de cuantos vio el sol hasta aquí, que me digas qué mal yo mismo o alguno de los míos, a ti o alguno de los tuyos habíamos hecho, para que me parases tal, que de hombre que era, viniese a ser menos que nada. ¿Creías tú, infame, que no llegarían tus malas trazas a noticia de los dioses? Mucho te engallabas, pues ellos han sido los que por su justa providencia te han traído a mis manos, para que haga en ti un ejemplar, y no tengas tú razón de quejarte ni de ellos ni de mí tampoco». Apenas acabó de darle en cara con su sórdida crueldad, cuando hizo comparecer en su presencia a los hijos de Panionio, y primero obligó allí mismo al padre a castrar a sus hijos, que eran cuatro, y después que forzado acabó de ejecutar aquel ministerio, fueron constreñidos los hijos castrados a practicar lo mismo con su padre. Tal fue la venganza que así rodando se le vino a las manos a Hermótimo contra Panionio.
CVII.Pero volviendo a Jerjes, después de entregar sus hijos a Artemisia para que los condujese a Éfeso,mandó llamar a Mardonio, y le ordenó que escogiese las tropas de su ejército que prefiriera, encargándole al mismo tiempo que procurase muy de veras que los efectos correspondiesen a las promesas. Empleose en esto aquel día; pero venida la noche, los generales de mar, salidos con sus escuadras de Falero por orden del rey, hiciéronse a la vela en dirección al Helesponto, poniendo cada uno la más viva diligencia para llegar cuanto antes allá, y guardar el puente de barcas para el paso del soberano. Sucedió que como hubiesen llegado los bárbaros cerca de Zoster, en cuya costa se dejan ver entrados hacia el mar unos delgados picos, creyendo serían unas naves diéronse a la fuga un buen trecho, ni volvieron otra vez a unirse para continuar su rumbo, hasta que supieron que eran unos picos de roca y no galeras enemigas.
CVIII.Al llegar el día, viendo los griegos en el mismo campo el ejército de tierra, daban por supuesto que la armada debía hallarse en el puerto de Falero. Con esto, pues, persuadidos a que el enemigo volvería a combatir por mar, se preparaban, por su parte, a rechazarle. Pero informados después de que se habían hecho las naves a la vela, parecioles ir en seguimiento de ellas sin más dilación. Siguieron, en efecto, su rumbo hasta llegar a Andros, pero sin poder descubrir la armada de Jerjes. En Andros, consultando sobre el asunto, fue de parecer Temístocles que, echando por en medio de aquellas islas y persiguiendo a las naves, se encaminasen en derechura al Helesponto con ánimo de cortarles el puente.[337]Dio Euribíades un parecer totalmente contrario, diciendo que no podían los griegos irrogar a la Grecia mayor daño que cortar el puente al enemigo; porque si el persa, sorprendido, se veía precisado a quedarse en la Europa, no querría,sin duda, estarse tranquilo y ocioso, viendo que con la inacción le sería imposible llevar adelante sus intereses, pues así no se le abriría camino alguno para la retirada y perecería de hambre su ejército; que por el contrario, si se animaba y ponía manos a la obra, todo le podría salir muy bien en las ciudades y naciones de la Europa, o bien tomándolas a viva fuerza, o capitulando con ellas antes de apelar a las armas; que tampoco les faltarían víveres echando mano de la cosecha anual de los griegos; que él discurría que vencido el persa en la batalla naval, no pensaría en quedarse en Europa; que lo mejor era dejarle huir cuanto quisiese hasta parar en sus dominios; pero que una vez vuelto a ellos, entonces sí les exhortaba a que allí le hiciesen guerra.
CIX.A este parecer se atenían también los otros jefes del Peloponeso. Cuando vio Temístocles que no lograría persuadir a los más a navegar hacia el Helesponto, mudando de dictamen, y volviéndose a los atenienses, quienes se daban a las furias al ver que así se les huía la presa de entre las uñas, tan empeñados en navegar al Helesponto que, en caso de rehusarlo los demás, querían por sí solos encargarse de aquella empresa, habloles en esta conformidad: «Yo mismo, amigos, llevo ya en muchos lances observado, y tengo oído que en muchos otros distintos pasó lo mismo, que los hombres reducidos al último trance y apuro, por más que hayan sido vencidos, vuelven a pelear desesperados, y procuran borrar la primera nota de cobardes en que habían incurrido. De parecer sería que nosotros, que apenas sin saber cómo nos hallamos con nuestra salvación y con el bien de la Grecia en las manos, nos contentáramos por ahora con haber ojeado esa bandada espesa de enemigos, sin darles caza en su huida, pues no tanto hemos sido nosotros los que a tal hazaña hemos dado cabo, como los dioses y los héroes, quienes no han podido ver que un hombre solo, impío por demás y desalmado,viniese a ser señor del Asia y de Europa. Hablo de ese sacrílego, que todo, sagrado y profano, lo llevaba por igual; de ese ateo que quemaba y echaba por el suelo las estatuas de los dioses; de ese insensato que al mar mismo mandó azotar y le arrojó unos grillos. Demos gracias a los dioses por el bien que acaban de hacernos; quedemos por ahora en la Grecia, cuidemos de nuestros intereses y del bien de nuestras familias, vuelva cada cual a levantar su casa y cuide de hacer su sementera, ya que hemos logrado arrojar al bárbaro del todo. Al apuntar la primavera, entonces sí que será oportuno ir con una buena armada a volverle la visita en el Helesponto y en la Jonia». Así se explicaba a fin de prepararse albergue en los dominios del persa, donde pudiera recogerse en caso de caer en la desgracia de sus atenienses, como quien adivinaba lo que había de sucederle.
CX.Por más que en esto obrase Temístocles con doble intención, dejáronse con todo llevar de su discurso los atenienses, prontos a deferir en todo a su dictamen, habiéndole tenido desde el principio por hombre entendido, y experimentádole después por político hábil y cuerdo en sus consejos. Disuadidos ya los suyos, sin pérdida de tiempo envió en un batel a ciertos hombres, de quienes se prometía que sabrían callar en medio de los mayores tormentos, para que de su parte fuesen a decir al rey lo que les encargaba, uno de los cuales era por la segunda vez aquel su doméstico Sicino.[338]Llegados al Ática, quedáronse los otros en su barco, y saltando a tierra Sicino, dijo así hablando con el rey: «Vengo enviado de Temístocles, hijo de Neocles, general de los atenienses, y sujeto el máscumplido y cuerdo que se halla entre los de aquella liga, para daros una embajada en estos términos: “El ateniense Temístocles, con la mira de haceros un buen servicio, ha logrado detener a los griegos para que no persigan a vuestras escuadras como intentaban hacerlo, ni os corten el puente de barcas en el Helesponto. Ahora vos podréis ya retiraros sin precipitación alguna”». Dado este recado, volviéronse por el mismo camino.
CXI.Los griegos de la armada naval, después de resolverse a no pasar más adelante en seguimiento de la de los bárbaros, ni a avanzar con sus naves hasta el Helesponto para cortar a Jerjes la retirada, quedáronse sitiando la ciudad de Andros con ánimo de arruinarla. El motivo era por haber los andrios sido los primeros de todos los isleños que se habían negado a la contribución que Temístocles les pedía; mas como este les previniese que los atenienses les harían una visita llevando consigo dos grandes divinidades, la unaPitosy la otraAnankea, por cuyo medio se verían en la precisión de desembolsar su dinero, diéronle los andrios por respuesta: «que con razón era Atenas una ciudad grande, rica y dichosa, teniendo de su parte la protección de aquellas buenas diosas, al paso que los pobres andrios eran hombres de tan cortos alcances y tan desgraciados que no podían echar de su isla a dos diosas que les irrogaban mucho daño, laPeníay laAmecanía,[339]las cuales obstinadamente se empeñaban en vivir en su país; que habiendo cabido a los andrios por su mala suerte aquellas dos harto menguadas diosas, no pagarían contribuciónalguna, pues no llegaría a ser tan grande el poder de los atenienses que no fuese mayor su misma imposibilidad». Por esta respuesta que dieron, no queriendo pagar ni un dinero, veíanse sitiados.
CXII.Entretanto, Temístocles, no cesando de buscar arbitrios cómo hacer dinero, despachaba a las otras islas sus órdenes y amenazas pidiéndoles se lo enviasen, valiéndose de los mismos mensajeros y de las mismas razones de que se había valido antes con los de Andros, y añadiendo que si no le daban lo que pedía, conduciría contra ellas la armada de los griegos. Por este medio logró sacar grandes cantidades de los caristios y de los parios, quienes informados así del asedio en que Andros se hallaba por haber seguido el partido medo, como de la ilustrísima fama y reputación que entre los generales tenía Temístocles, le contribuían con grandes sumas. Si hubo algunos otros más que también se las diesen, no puedo decirlo de positivo, si bien me inclino a creer que otros más habría, y que no serían los únicos los referidos. Diré, sí, que no por eso lograron los caristios que no les alcanzase el rayo, si bien los parios, aplacando a Temístocles con dádivas y dineros, se libraron del sitio en que el ejército les tenía. Con esto, Temístocles, salido de Andros, iba recogiendo dinero de los isleños a hurto de los demás generales.
CXIII.Las tropas que cerca de sí tenía Jerjes, dejando pasar unos pocos días después de la batalla naval, dirigiéronse la vuelta de Beocia por el mismo camino por donde habían venido. Así se hizo la marcha, por parecerle a Mardonio que, además de deber con ellas escoltar al rey, no era ya por otra parte tiempo de continuar la campaña, sino que lo mejor sería invernar en la Tesalia, y a la primavera siguiente invadir el Peloponeso. Llegados a la Tesalia, las primeras tropas que para sí escogió Mardonio fueron todos aquellos persas que llamaban los Inmortales, a excepciónde su general Hidarnes, que se negó a dejar al rey. De entre los otros persas escogió asimismo a los coraceros y aquel regimiento de los mil caballos. Tomó asimismo para sí a los medos, los sacas, los bactrios y los indios, tanto los de a pie como los de a caballo. Habiéndose quedado con todas estas naciones, iba entresacando de entre los demás aliados unos pocos, los mejor plantados que veía, y aquellos también de quienes sabía haberse portado bien en alguna función. En esta gente escogida, el cuerpo más considerable era el de aquellos persas que llevaban su collar y brazalete de oro; después el de los medos, no porque fuesen menos que los persas, sino porque no les igualaban en el valor. En fin, la suma de las tropas subía a 300.000 entre peones y jinetes.
CXIV.Durante el tiempo en que iba Mardonio escogiendo la tropa más gallarda del ejército, manteniéndose todavía Jerjes en la Tesalia, llegoles a los lacedemonios un oráculo de Delfos, que les mandaba pidiesen a Jerjes satisfacción por la muerte de Leónidas, y recibiesen la que él les diera. Los espartanos, sin más dilación, destinaron un rey de armas,[340]quien habiendo hallado todo el ejército parado todavía en Tesalia, se presentó al rey, y le dio la embajada: «A vos, rey de los medos, piden los lacedemonios en común, y los Heráclidas de Esparta en particular, que les deis la satisfacción correspondiente por haberles vos muerto a su rey que defendía a la Grecia». Dio Jerjes una gran carcajada, y después de un buen rato, apuntando con el dedo a Mardonio, que estaba allí a su lado: «Mardonio, le dijo, les dará sin duda alguna la satisfacción que les corresponda». Encargose el enviado de dar aquella respuesta, y se volvió luego.
CXV.Marchó después Jerjes con mucha prisa la vuelta del Helesponto, habiendo dejado a Mardonio en la Tesalia, y llegó al paso de las barcas al cabo de cuarenta y cinco días, llevando consigo de su ejército un puñado de gente tan solo, por decirlo así. Durante el viaje entero, manteníase la tropa de los frutos que robaba a los moradores del país sin distinción de naciones, y cuando no hallaban víveres algunos, contentábanse con la hierba que la tierra naturalmente les daba, con las cortezas quitadas a los árboles, y con las hojas que iban cogiendo, ya fuesen ellos frutales, ya silvestres; que a todo les obligaba el hambre, sin que dejasen de comer cosa que comerse pudiera. De resultas de esto, iban acabando con el ejército la peste y la disentería que le sobrevino. A los que caían enfermos dejábanlos en las ciudades por donde pasaban, mandándolas que tuviesen cuidado de curarlos y alimentarlos, habiendo asimismo dejado algunos en Tesalia, otros en Siris de la Peonia, y otros en Macedonia finalmente. Antes en su paso hacia la Grecia había dejado el rey en Macedonia la carroza sagrada de Zeus, y entonces de vuelta no la recobró: habíanla los peonios dado a los de Tracia, y respondieron a Jerjes que por ella pedía, que aquellos tiros, estando paciendo, habían sido robados por los tracios, que moran vecinos a las fuentes del río Estrimón.
CXVI.Con esta ocasión diré en breve un hecho inhumano que el rey de los bisaltas, de nación tracio,[341]ejecutó en la comarca Crestonia. No solo este se había negado a prestar a Jerjes la obediencia, retirándose por esta razón a lo más fragoso del monte Ródope, sino que había prohibido a sus hijos que le sirvieran en aquella jornada contra la Grecia. Pero ellos, o teniendo en poco la prohibición, o quizá por curiosidad y deseo de hacer algunacampaña, fuéronse siguiendo las banderas del persa. Vueltos después buenos y salvos, a todos ellos, que eran hasta seis, hízoles el padre sacar los ojos por este motivo: tal paga sacaron los infelices de su expedición.
CXVII.Después que los persas, dejada la Tracia, llegaron al paso del Helesponto, embarcados a toda prisa lo atravesaron hacia Abido, no pudiendo pasar por el puente de barcas, que ya no hallaron unidas y firmes, sino sueltas y separadas por algún contratiempo. En los días de descanso que allí tuvieron, como la copia de víveres que lograban fuese mayor que la que en el camino habían tenido, comieron sin regla ni moderación alguna, de cuyo desorden, y de la mudanza de aguas, resultó que muriera mucha gente del ejército que había quedado. Los pocos que restaron, en compañía de Jerjes al cabo llegaron a Sardes.
CXVIII.Cuéntase también de otro modo esta retirada, a saber: que después que Jerjes, salido de Atenas, llegó a la ciudad de Eyón, situada sobre el Estrimón, no continuó desde allí por tierra su marcha, sino que encargando a Hidarnes la conducción del ejército al Helesponto, partió para el Asia embarcado en una nave fenicia. Estando, pues, en medio de su viaje, levantósele vehemente y tempestuoso el viento llamado Estrimonio,[342]y fue tanto mayor el peligro de la tormenta, cuanto más cargada y llena iba la nave, sobre cuya cubierta venían muchos persas acompañando a Jerjes. Entonces, entrando el rey en gran miedo, llamando en alta voz al piloto, preguntole si les quedaba alguna esperanza de vida. «Una sola queda, señor, díjole el piloto; el ver cómo podremos deshacernos de tanto pasajero como aquí viene». Oído esto, pretenden que dijese Jerjes: «Persas míos, esta es la ocasión en que algunode vosotros muestre si se interesa o no por su rey; que en vuestra mano, según parece, está mi salud y vida». Apenas hubo hablado, cuando los persas, hecha al soberano una profunda inclinación, saltaron por sí mismos al agua, con lo que, aligerada la nave, pudo llegar al Asia a salvamento. Allí, saltando Jerjes en tierra, dicen que ejecutó al punto una de sus justicias, pues premió con una corona de oro al piloto por haber salvado la vida del rey, y le mandó cortar la cabeza por haber perdido a tanto persa.
CXIX.Pero a mí por lo menos no se me hace digna de fe esta otra narración de la vuelta de Jerjes, prescindiendo de otros motivos, por lo que se dice en ella acerca de la desventura de los persas; porque dado caso que el piloto hubiera dicho aquello a Jerjes, me atrevo a apostar que entre diez mil hombres no habrá uno solo que conmigo no convenga en que el rey en tal caso hubiera dicho que aquellos pasajeros que estaban sobre la cubierta, mayormente siendo persas, y primeros personajes entre los persas, se bajasen a la parte cóncava del buque, y que los remeros fenicios, tantos en número cuantos eran los persas, fuesen arrojados al mar. Lo cierto es que el rey volvió al Asia, marchando por tierra con lo demás del ejército, como llevo referido.
CXX.Otra prueba vehemente hay de lo que digo; pues consta que en su retirada pasó Jerjes por Abdera, y asentó con los de aquella ciudad un concierto de hospedaje, y les hizo el regalo de un alfanje de oro y de una tiara bordada en oro. Algo más añaden los abderitas, aunque yo no los crea en ello de ningún modo, que allí fue donde la vez primera se desciñó Jerjes la espada después de la huida de Atenas, como quien no tenía ya que temer. Lo cierto es que Abdera está situada más cerca del Helesponto que el Estrimón y Eyón, de donde pretenden los autores de la otra narración que saliese el rey de su galera.
CXXI.Los griegos de la armada, viendo que no podíanrendir a Andros, pasaron a Caristo, y talada la campiña, partiéronse para Salamina. Lo primero que aquí hicieron fue entresacar del botín así varias ofrendas que como primicias destinaban a los dioses, como particularmente tres galeras fenicias, una para dedicarla en el Istmo, la que hasta mis días se mantenía en el mismo punto, otra para Sunio, y la tercera para Áyax en la misma Salamina. En segundo lugar, repartiéronse el botín, enviando a Delfos las primicias de los despojos, de cuyo precio se hizo una gran estatua de doce codos, que tiene en la mano un espolón de galera, y está levantada cerca del lugar donde se halla la de Alejandro el Macedonio, que es de oro.
CXXII.Al tiempo mismo que enviaron los griegos aquellas primicias a Delfos, hicieron preguntar a Apolo en nombre de todos si le parecían bien cumplidas aquellas primicias y si eran de su agrado, a lo cual el dios respondió que lo eran en verdad por lo que miraba a los demás griegos, mas no así respecto de los eginetas, de quienes él pedía y echaba menos un don en acción de gracias por haberse llevado la palma en Salamina. Con dicha respuesta ofreciéronle los eginetas unas estrellas de oro, que son aquellas tres que sobre un mástil de bronce se ven cerca de la copa de Creso.
CXXIII.Hecha la repartición de la presa, tomaron los griegos su rumbo hacia el Istmo para dar la palma de la victoria al griego que más se hubiese señalado en aquella guerra.[343]Llegados allá los generales de la armada naval, fueron dejando sus votos por escrito encima del ara de Poseidón, en los cuales declaraban su parecer sobre quién merecía el primero y quién el segundo premio. Cada unode los generales dábase allí el voto a sí mismo, como al que mejor se había portado en la batalla; pero muchos concordaban en que a Temístocles se le debía en segundo lugar aquella victoria; de suerte que no llevando nadie sino un solo voto, y este el propio suyo, para el primer premio, Temístocles para el segundo era en la votación superior en mucho a los demás.
CXXIV.De aquí nació que no queriendo los griegos, por espíritu de partido y de envidia, definir aquella contienda, antes marchando todos a sus respectivas ciudades sin decidir la causa, el nombre de Temístocles, sin embargo, iba en boca de todos, glorioso y celebrado en toda la nación por el varón más sabio de los griegos. Mas viendo que no había sido declarado vencedor por los generales que dieron la batalla en Salamina, fuese sin perder tiempo a Lacedemonia, pretendiendo aquel honor.[344]Hiciéronle los lacedemonios muy buen recibimiento, y le honraron con mucha particularidad. Dieron a Euribíades la prerrogativa en el valor con una corona de olivo, y a Temístocles asimismo con otra corona igual la prerrogativa y destreza política. Regaláronle una carroza la más bella de Esparta, colmándole de elogios, e hicieron que al irse le acompañasen hasta los confines de Tegea 300 espartanos escogidos, que son los llamados allí caballeros; habiendo sido Temístocles el único, al menos que yo sepa, a quien en señal de estima hayan acompañado hasta ahora los espartanos con escolta.
CXXV.Vuelto Temístocles de Lacedemonia a Atenas, un tal Timodemo Afidneo, uno de sus enemigos, hombre por otra parte de ninguna fama y lustre, muerto de envidia,dábale allí en rostro con el viaje a Lacedemonia, achacándole que en atención a Atenas y no a su persona había llevado aquella honra y premio. Viendo Temístocles que siempre Timodemo le acosaba con aquella injuria, díjole al cabo: «Oye, detractor, ni yo siendo belbinita[345]como tú hubiera sido honrado así por los espartanos, ni tú, amigo, lo serías, por más que fueras como yo ateniense. Pero basta ya de ello».
CXXVI.Iba escoltando al rey hasta el paso del Helesponto el hijo de Farnaces, Artabazo, quien siendo antes ya entre los persas un general de fama, vino a tenerla mayor después de la batalla de Platea al frente de un cuerpo de 60.000 hombres tomados del ejército que Mardonio había escogido. Mas como el rey estuviese ya en el Asia, y Artabazo de vuelta se hallase en Palene,[346]no corriendo prisa alguna el ir a incorporarse con el grueso del ejército, por invernar las tropas de Mardonio en Tesalia y en Macedonia, pareciole que no era razón dejar de rendir y esclavizar a los de Potidea, a quienes halló que se habían rebelado contra el rey. Y en efecto, los potideos se habían alzado declaradamente contra los bárbaros, luego que el rey, huyendo de Salamina, acabó de pasar por su ciudad, y a su ejemplo muchos otros pueblos de Palene habían hecho lo mismo. Con esto Artabazo puso sitio a Potidea.
CXXVII.Y sospechando al mismo tiempo que también los olintios se apartaban de la obediencia del persa, vino sobre aquella ciudad, cuyos moradores eran entonces los botieos,[347]quienes habían sido echados por los macedoniosdel golfo Termaico. A estos olintios, después que apretando el sitio logró rendir la plaza, Farnabazo, sacándolos fuera de ella, los degolló sobre una laguna. Entregó la ciudad a Critobulo de Torone para que la gobernase, y a los de Calcídica[348]para que la poblasen, y con esto vino a ser Olinto una colonia de calcideos.
CXXVIII.Artabazo, dueño ya de Olinto, pensó en apretar con más ahínco a Potidea, y andando el sitio con más viveza, Timoxeno, comandante de los escioneos,[349]concertó entregársela a traición. De qué medios se valiese al principio de esta inteligencia no puedo decirlo, porque nadie veo que lo diga: el éxito de ella fue el siguiente: Siempre que querían darse por escrito algún aviso, o Timoxeno a Artabazo, o bien este a Timoxeno, lo que hacían era envolver la carta en la cola de la saeta junto a su muesca, pero de manera que viniese a formar como las alas de la misma, y así la disparaban al puesto entre ellos convenido. Pero por este medio mismo se descubrió que andaba Timoxeno en la traición de Potidea; porque como disparase Artabazo su saeta hacia el sitio consabido, y no acertase a ponerla en él, hirió en el hombro a un ciudadano de Potidea. Apenas estuvo herido, cuando corrieron muchos hacia él y le rodearon, como suele suceder en la guerra, los cuales, cogida la saeta, como reparasen en la carta envuelta, fueron luego a presentarla a los comandantes. Hallábanse en la plaza las tropas auxiliares de los demás paleneos, y cuando aquellos jefes, leída la carta, vieron quién era el autor de la traición, parecioles, en atención a la ciudad de los escioneos, que no convenía públicamente complicar a Timoxeno en aquella perfidia, para que en lo veniderono quedase a los escioneos la mancha perpetua de traidores. Tal fue el extraño modo de averiguar al traidor.
CXXIX.Al cabo de tres meses del sitio puesto por Artabazo, hizo el mar una retirada extraordinaria, que duró bastante tiempo. Entonces los bárbaros, viendo que lo que antes era mar se les había hecho un lugar pantanoso, marcharon por él hacia Palene; pero apenas hubieron andado dos partes de trecho, de las cinco que pasar debían para meterse dentro de dicha ciudad, sobrecogioles una avenida tan grande de mar, cual nunca antes, a lo que decían los naturales, había allí sucedido, por más frecuentes que suelan ser tales mareas. Sucedió en ella que se anegaron los persas que no sabían nadar, y los que sabían perecieron a manos de los de Potidea, que en sus barcas les acometieron. Pretenden los potideos haber sido la causa de la retirada y avenida del mar y de la desventura de los persas la impiedad de todos los que en él perecieron, quienes habían profanado el templo y la estatua de Poseidón, que estaba en los arrabales de su ciudad. Paréceme que tienen aquellos mucha razón en decir que esta fue la culpa para un tal castigo. Partió Artabazo a la Tesalia con los persas que le quedaron para unirse con Mardonio. Tal fue en compendio la suerte de los persas que escoltaron a su rey.
CXXX.La armada naval, que salva había quedado al rey después de haber pasado desde el Quersoneso hacia Abido a Jerjes, recién llegado al Asia y fugitivo de Salamina, y juntamente con él a lo demás del ejército, fuese a invernar en Cime.[350]En los principios mismos de la próxima primavera reuniose de nuevo en Samos, donde algunasnaves de ella habían pasado aquel invierno. La tropa de mar que en dicha armada servía era por lo común compuesta de persas y de medos, de cuyo mando fueron de nuevo encargados los generales Mardontes, hijo de Bageo, y Artaíntes, hijo de Artaqueas, en cuya compañía mandaba también Itamitres, a quien Artaíntes, siendo su primo, se había asociado en el empleo. Hallándose muy amedrentada la armada dicha, no se pensó en que se alargase más hacia poniente, mayormente no habiendo cosa que a ello le obligase, sino que por entonces los bárbaros apostados en Samos se contentaban con cubrir a la Jonia, impidiendo con las 300 naves que allí tenían, incluidas en este número las jonias, que se les rebelase aquella provincia; ni pensaban, por otra parte, que hubiesen los griegos de pretender venir hasta la Jonia misma, sino que contentos y satisfechos con poderse quedar en sus aguas, se mantendrían en ellas para la defensa y resguardo de su patria. Confirmábales en esta opinión el reflexionar que, al huir de Salamina, no les habían seguido los alcances, antes bien, de su propia voluntad se habían vuelto atrás desde su camino. En realidad, caídos de ánimo sobremanera los bárbaros, dábanse por vencidos en la mar, pero tenían por seguro que su Mardonio por tierra sería muy superior a los griegos. Con esto a los persas en Samos todo se les iba, parte en meditar cómo podrían hacer algún daño al enemigo, parte en procurar noticias sobre el éxito de las empresas de Mardonio.
CXXXI.Mas los griegos, a quienes tenía muy agitados así el ver que se acercaba ya la primavera, como el saber que Mardonio se hallaba en Tesalia, antes de congregar su ejército de tierra tenían reunida ya en Egina la armada naval, compuesta de 110 galeras. Iba en esta por almirante y general de las tropas Leotíquidas, hijo de Ménares, cuyos ascendientes eran Hegesilao, Hipocrátidas, Leotíquidas, Anaxilao, Arquidamo, Anaxándridas, Teopompo, Nicandro,Carilao, Éunomo, Polidectas, Prítanis, Eurifonte, Procles, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo, Heracles. Era, pues, dicho almirante de una de las dos casas reales cuyos antepasados, a excepción de los dos nombrados inmediatamente después de Leotíquidas, habían sido reyes en Esparta.[351]De los atenienses iba por general Jantipo, hijo de Arifrón.
CXXXII.Juntas ya en Egina las naves todas, llegaron a dicha armada griega unos mensajeros de la Jonia, los mismos que poco antes, idos a Esparta, habían suplicado a los lacedemonios que pusiesen a los jonios en libertad: entre estos embajadores venía uno llamado Heródoto, que era hijo de Basileides. Eran estos unos hombres que, conjurados en número de siete contra Estratis, señor de Quíos, le habían antes maquinado la muerte; pero como uno de los siete cómplices hubiese dado parte al tirano de sus intentos, los seis, ya descubiertos, escapándose secretamente de Quíos, habían pasado en derechura a Esparta y de allí a Egina, con la mira de pedir a los griegos que con sus naves desembarcasen en la Jonia, bien que con mucha dificultad pudieron lograr de ellos que avanzasen hasta Delos. En efecto, de Delos adelante todo se les hacía un caos de dificultades, así por no ser los griegos prácticos en aquellos parajes, como por parecerles que hervían todos ellos en gentes de armas, y lo que es más, por estar en la inteligencia de que tan lejos se hallaban de Samos como de las columnas de Heracles:[352]de suerte que concurrían enello dos obstáculos; el uno de parte de los bárbaros, quienes por el horror que a los griegos habían cobrado no se atrevían a navegar hacia poniente; el otro de parte de los griegos, que ni a instancias de los de Quíos osaban de puro miedo bajar de Delos hacia levante. Así que puesto de por medio el mutuo temor, a entrambos servía de pertrecho.
CXXXIII.Habían ya los griegos, como decía, pasado hasta Delos, cuando todavía Mardonio se mantenía en Tesalia en sus cuarteles de invierno. Durante el tiempo que en ellos estuvo este, hizo que un hombre natural de Europo,[353]por nombre Mis, partiese a visitar los oráculos, dándole orden de que no dejase lugar donde pudiese consultarles y que observase lo que le respondieran. Qué secreto fuese el que Mardonio con tales diligencias pretendía penetrar, yo ciertamente, no hallando quien me lo declare, no sabré decirlo; únicamente formo el concepto de que no tendría otra mira sino el buen éxito de su empresa, sin cuidarse de averiguar otras curiosidades.
CXXXIV.De este Mis se tiene por cosa sabida que, habiendo ido a Lebadea[354]y sobornado a uno del país, logró bajar al oráculo de Trofonio, como también que llegó a Abas, santuario de los focidios, para hacer allí su consulta. El mismo, habiendo pasado a Tebas en su primera romería, practicó dos diligencias, pues por una parte habíaconsultado a Apolo Ismenio, el cual por medio de las víctimas suele ser consultado del mismo modo que se usa en Olimpia, y por otra con sus dádivas había obtenido, no de algún tebano, pero sí de un extranjero, el que quisiera dormir en el templo de Anfiarao,[355]pues sabido es que generalmente a ninguno de los tebanos le es lícito el pedir oráculo alguno en dicho templo. La causa procede de haberles hecho saber Anfiarao por medio de sus oráculos, que daba opción a los tebanos para que escogieran, o valerse de él como de adivino, o de aliado y protector solamente: prefirieron ellos, pues, tenerle por aliado que por profeta, de donde está prohibido a todo tebano el irse a dormir en aquel santuario para recibir entre sueños algún oráculo de Anfiarao.
CXXXV.Pero lo que mayor maravilla en mí despierta es lo que de este Mis europense añaden los de Tebas, de quien dicen que, andando todos estos santuarios de los oráculos, fue también al templo de Apolo el Ptoo. Este templo con el nombre de Ptoo está en el dominio de los tebanos, situado sobre la laguna Copaide,[356]en un monte muy vecino a la ciudad de Acrefia. Cuentan, pues, los tebanos que llegado al templo nuestro peregrino Mis en compañía de tres de sus ciudadanos, a quienes había nombrado el público a fin de que tomasen por escrito la respuesta que el oráculo les diera, la persona que allí vaticinaba púsose de repente a profetizar en una lengua bárbara. Al oír los tebanos compañeros de Mis un dialecto bárbaro en vez del griego, no sabían qué hacerse llenos de pasmo y de confusión, cuando el europense Mis, arrebatándoles de las manos el libro de memoria que consigo traían, fue en élescribiendo las palabras que en la lengua bárbara iba profiriendo el profeta, la cual, según ellos dicen, era caria; y que apenas las hubo escrito cuando a toda prisa partió hacia Mardonio.
CXXXVI.Leyó este, pues, lo que los oráculos le decían, y de resultas envió por embajador a Atenas al rey de Macedonia Alejandro, hijo de Amintas. Dos eran los motivos que a este nombramiento le inducían: uno el parentesco que tenían los persas con Alejandro, con cuya hermana Gigea, hija asimismo de Amintas, había casado un señor persa llamado Búbares, y tenía en ella un hijo llamado Amintas, con el nombre de su abuelo materno, quien habiendo recibido del rey el feudo de Alabanda,[357]ciudad grande de la Frigia, poseía en Asia sus estados: otro motivo de aquella elección había sido el saber Mardonio que por tener Alejandro contraído con los atenienses un tratado de amistad y hospedaje, era su buen amigo y favorecedor. Por este medio pensó Mardonio que le sería más hacedero el atraer a su partido a los atenienses, cosa que mucho deseaba, oyendo decir por una parte cuán populosa era Atenas y cuán valiente en la guerra, y constándole muy bien por otra que los atenienses habían sido los que por mar habían muy particularmente destrozado la armada persa. Esperaba, pues, que bien fácil le sería, como ellos se le unieran, el ser por mar superior a la Grecia, cual sin duda en tal caso lo fuera, y no dudando, por otro lado, de que sus fuerzas por tierra eran ya por sí solas mucho mayores; de donde concluía Mardonio que su ejército con los nuevos aliados vendría a superar las fuerzas de los griegos: ni me parece fuera temerario el sospechar que esta era la prevención de los oráculos, quienes debían de aconsejarle que procurase aliarse con Atenas, y que por este motivo enviaba a esta ciudad su embajador.
CXXXVII.Para dar a conocer quién era Alejandro, voy a decir en este lugar cómo llegó por un singular camino a obtener el dominio de Macedonia un cierto Pérdicas, el séptimo entre sus ascendientes. Hubo tres hermanos, así llamados Gavanes, Aéropo y Pérdicas, naturales de Argos y de la familia de Témeno; los cuales, fugitivos de su patria, pasaron primero a los ilirios, desde donde internándose en la alta Macedonia llegaron a una ciudad por nombre Lebea.[358]Concertando allí su salario, acomodáronse con el rey, el uno para apacentar sus yeguas, el otro los bueyes, y el tercero el ganado menor: y como es cosa muy sabida que en aquellos antiguos tiempos muy poco o nada reinaba el lujo y la opulencia en las casas de los reyes, cuanto menos en las particulares, nadie deberá extrañar que la reina misma fuese la que allí cocía el pan en la casa del rey. Estando, pues, en su faena la real panadera, cuantas veces cocía el pan para su criado y mozuelo Pérdicas, levantábasele tanto el horno que venía a salir doblemente mayor de lo que correspondía. Como observase, pues, atendiendo a ello con más cuidado, siempre cabalmente lo mismo, fuese a dar aviso a su marido, a quien luego pareció que se descubría en aquello algún agüero que algo significaba de prodigioso y grande, y sin más tardanza hace venir a sus criados y les intima que salgan de sus dominios. Que estaban prontos, responden ellos; pero querían, como era justo, llevar antes su salario. Al oír el rey lo del salario, fuera de sí, por disposición particular de los dioses, y tomando ocasión del sol que se le entraba entonces en la casa por la misma chimenea, respondioles así: «Elsalario que se os debe y que pienso daros no será sino el que ahí veis»; lo cual dijo señalando con la mano al sol de la chimenea. Oída tal respuesta, quedaron atónitos los dos hermanos mayores Gavanes y Aéropo, pero el menor: «Sí, le dice, aceptamos, señor, ese salario que nos ofrecéis». Dicho esto, hizo con un cuchillo que tenía allí casualmente una raya en el pavimento de la casa alrededor del sol, y haciendo el ademán de coger tres puñados de aquella luz encerrada en la raya, se los iba metiendo en el seno como quien mete el dinero en su bolsillo, hecho lo cual se fue de allí en compañía de sus hermanos.
CXXXVIII.Uno de los presentes que estaban allí sentados con el rey le dio cuenta de lo que acababa de hacer aquel muchacho, diciéndole cómo el menor de los hermanos, no sin misterio y quizá con dañada intención, había aceptado la paga que él les había prometido. Apenas lo oyó el rey, que no lo habría antes advertido, despachó lleno de cólera unos hombres a caballo con orden de dar la muerte a uno de sus criados. Pero en tanto quiso Dios que cierto río que por allí corre, río al cual, como a su dios salvador, suelen hacer sacrificios los descendientes de los tres citados argivos, al acabar de pasarle los Teménidas comenzase a venir tan crecido que no pudieran vadearle los que venían a caballo. Yéndose, pues, los Teménidas a otro país de la Macedonia, fijaron su habitación cerca de aquella huerta que se dice haber sido la de Midas, hijo de Gordias,[359]en la que se crían ciertas rosas de sesenta hojas cada una, de un color y fragancia superior a todas las demás, y añaden aún los macedonios que en dicha huerta fue donde quedó cogido y preso Sileno: sobre ella está el monte que llaman Bermio, el cual de puro frío es inaccesible. En suma, apoderados de esta región los tres hermanos y haciéndose fuertes en ella,desde allí lograron ir conquistando después lo restante de la Macedonia.
CXXXIX.Del referido Pérdicas descendía, pues, nuestro embajador Alejandro, por la siguiente sucesión de genealogía: Alejandro era hijo de Amintas; Amintas lo fue de Alcetas, quien tuvo por padre a Aéropo; este a Filipo, Filipo a Argeo, y Argeo a Pérdicas, fundador de la monarquía. He aquí toda la ascendencia de Alejandro, el hijo de Amintas.