LXIV.De resultas de este destrozo enviaron los lacedemonios contra Atenas segunda armada, más numerosa que la primera, conducida por su rey Cleómenes, hijo de Anaxándridas, embistiendo a los enemigos no por mar como antes, sino por tierra. Fue entonces también la caballería tesalia la primera en trabar el choque con los lacedemonios, apenas entrados en el Ática; pero sin hacerles mucha resistencia volvió luego las espaldas, y dejando caídos en el campo a más de cuarenta de los suyos, volvieron los demás en derechura a Tesalia. Llevando consigo Cleómenes a los atenienses que se declaraban por la libertad de la república, y llegándose a la ciudad de Atenas, empezó a sitiar a los tiranos, que se habían retirado al fuerte pelásgico.
LXV.No era natural que fueran los Pisistrátidas en aquella sazón echados de la patria por los lacedemonios, así porque estos no llevaban ánimo por su parte de emprender un largo sitio, como por hallarse aquellos por la suya bien apercibidos de víveres para resistirlo; antes era sin duda lo más probable, que después de unos pocos días de asedio partieran otra vez hacia Esparta: entonces ciertoacaso ocasionó la ruina a los sitiados y dio justamente a los sitiadores la victoria, porque quiso la fortuna que los tiernos hijos de los Pisistrátidas, al tiempo de ser llevados fuera del país para su resguardo y seguridad, diesen en manos de los enemigos. Este acaso de tal manera desconcertó las miras de los sitiados y abatió sus bríos, que vinieron en ajustar el rescate y libertad de sus hijos con las condiciones que quisieron imponerles los atenienses, las cuales fueron que dentro del término de cinco días salieran del Ática los sitiados. Habiendo, pues, reinado en Atenas por espacio de 36 años, salieron de ella y se retiraron a Sigeo, ciudad situada sobre el río Escamandro. Eran los Pisistrátidas oriundos de Pilos y descendientes de los Nélidas, de quienes vinieron asimismo Codro y Melanto, primeros reyes extranjeros que hubo en Atenas:[37]de suerte que el motivo de que Hipócrates pensase en poner a su hijo el nombre de Pisístrato fue la memoria de que se llamó Pisístrato el hijo de Néstor, queriendo que del mismo modo se llamase también el suyo. En suma, del modo referido se vieron libres los atenienses de la tiranía; pero quiero añadir cuanto este pueblo, puesto ya en libertad, hizo o padeció digno de la historia, antes que la Jonia se sublevase contra Darío y viniera con esta ocasión a Atenas Aristágoras el milesio para pedirles ayuda y socorro.
LXVI.Después que Atenas, ciudad ya de antes muy grande, arrojó de sí a sus tiranos, vino a hacerse mucho mayor. Dos eran en ella los jefes y partidarios que más poder y mando tenían: uno Clístenes, de la familiade los Alcmeónidas, de quien dice la fama que supo sobornar a la Pitia; el otro Iságoras, hijo de Tisandro, sujeto de una casa verdaderamente ilustre, aunque ignoro de qué raza saliesen sus antepasados: sé únicamente que suelen los de su parentela sacrificar a Zeus el Cario, de quien son muy devotos.[38]Estos dos eran, pues, los caudillos de dos facciones en la república. Hallábase Clístenes abatido; mas habiendo sabido ganarse después a la plebe, logró formar diezphilas(o tribus), de cuatro que solo había primero en todo el estado. Quitó, pues, los nombres que tenían antes las cuatrophilastomadas de los hijos de Ion, que eran antes los de los geleontes, de los egícoras, de los argades y de los hopletes,[39]y en lugar de ellos introdujo los nombres de otros héroes patrios con que distinguir sus nuevasphilas, a excepción de Áyax solo, cuyo nombre añadió a los demás por haber sido vecino y aliado de los atenienses.
LXVII.Mucho habría de engañarme si no quiso nuestro Clístenes imitar en esta parte a su abuelo materno Clístenes, que había sido señor de Sición.[40]Después de haber guerreado con los argivos, el viejo Clístenes procuró dos cosas en descrédito de sus enemigos, una quitar de Siciónun certamen que hacían en ella los rapsodas[41]recitando los versos de Homero, a causa de ser en tales versos los argivos los que se llevaban entre todos la palma de los elogios del poeta; la otra ver cómo podría acabar al fin con el culto que daban los sicionios a Adrasto, hijo de Tálao, cuyo templo tenían levantado en su misma plaza por ser argivo. Consultó, pues, en un viaje que hizo a Delfos, «si sería razón echar a Adrasto de la ciudad»; pero tuvo la mortificación de oír de boca de la Pitia esta respuesta en tono de oráculo: «Que Adrasto había sido rey de los sicionios y él era el verdugo de ellos». Viendo que no condescendía Apolo con su pretensión, vuelto de su romería empezó a discurrir de qué medio se valdría para lograr que el héroe Adrasto se fuese por sí mismo de la ciudad. Después que le pareció haber dado ya con un buen arbitrio para salir con su intento, dirige enviados a Tebas de Beocia, y manda decir a aquellos ciudadanos que su deseo sería poder restituir a Sición al hijo de Ástaco, llamado Menalipo. Obtiene tal gracia de los tebanos,[42]y habiendo restituido a Menalipo erigió para él un templo en el mismo pritaneo, y fijó allí su estancia en un sitio muy fortificado. El motivo que tenía Clístenes para restituir a Menalipo, puesto que es preciso que aquí se declare, no era otro que el haber sido este el mayor enemigo de Adrasto, a cuyo hermano Mecisteo y a su yerno Tideo había dado la muerte. Luego que tuvo edificado su nuevo templo, quitó Clístenes los sacrificios y fiestas que solían hacersea Adrasto y los apropió a Menalipo. Era antes realmente grande la solemnidad y culto con que solían los sicionios venerar a Adrasto, movidos a ello por saber que su región en lo antiguo había sido de Pólibo, de cuya hija habiendo nacido Adrasto, fue declarado heredero del reino, por haber muerto Pólibo sin sucesión varonil. Entre otras honras que tributaban a Adrasto los de Sición, una era la representación de sus desgracias en unos coros o danzas trágicas,[43]de modo que sin tener coros consagrados a Dioniso festejaban ya con ellos a su Adrasto: manda, pues, Clístenes que se conviertan aquellos coros en cantos de Dioniso, y lo demás de la fiesta y de los sacrificios en honra de Menalipo, en lo cual vinieron a parar todas las maquinaciones de Clístenes contra Adrasto.
LXVIII.Hizo aún más contra los argivos. Mantenían los sicionios en susphilaslos mismos nombres que tenían los argivos en las suyas: muda, pues, Clístenes el nombre a lasphilassicionias, de suerte que las puso muy en ridículo; porque sacando aparte a los de su mismaphila, a quienes dando un nombre tomado de la vozarjé(principado) llamóarquelaos(príncipes del pueblo), dio a las otrasphilasnombres sacados de las palabrashis(puerco) yonos(asno), añadiéndoles únicamente la terminación derivada, de modo que a los unos llamó loshiatas, a otros losoneatas, y a los restantes losxoireatas(porquerizos), nombres que los buenos sicionios mantuvieron en susphilas, no solo en el reinado de Clístenes, pero aun unos 60 años después de su muerte, hasta tanto que volvieron en sí, y trocando tales apodos, se llamaronlos híleas, los pánfilos, los dimanatas, y los de la cuartaphila, tomandoel nombre de Egialeo, hijo de Adrasto, hicieron llamarselos egialeos.[44]
LXIX.Como Clístenes el sicionio hubiese, pues, introducido esta novedad en lasphilas, Clístenes el ateniense, que siendo por su madre nieto del sicionio llevaba su mismo nombre, a lo que se me alcanza quiso imitar en este punto a su abuelo y tocayo, haciendo en descrédito y mengua de los jonios que lasphilasde Atenas no retuviesen un nombre común con el de las suyas.[45]Atraído, pues, a su bando todo el vulgo de los atenienses, que antes le era muy contrario, aumentó el número de lasphilastrocándoles a todas el nombre; así que en lugar de cuatro que antes eran losphilarcas(jefes de las tribus), instituyó diez, y a más de esto en cadaphilaseñaló diezdemos[46](o distritos). De donde resultó que su partido, habiéndose ganado así al pueblo bajo, fuera muy superior al de sus contrarios.
LXX.Pero Iságoras, su rival político, viéndose inferior a Clístenes, supo urdirle una buena. Acudió, pues, a la protecciónde Cleómenes, su antiguo huésped, y amigo ya desde el tiempo del sitio que este puso contra los hijos de Pisístrato: ni faltaban malignos que decían de Cleómenes haber sido buen compadre de Iságoras, a cuya mujer solía visitar a menudo. Cleómenes, por medio de un heraldo que destinó a Atenas, intimó a Clístenes que en compañía de otros muchos atenienses salieran de la ciudad, por ser así él, como los demás que nombraba, unosenageas(o malditos y excomulgados), color que daba a su edicto por insinuación de Iságoras, pues los Alcmeónidas con los de su facción eran mirados en Atenas como reos de cierta muerte sacrílega, de la cual no habían sido cómplices Iságoras ni su bando.
LXXI.La acción por la que merecieron los Alcmeónidas la nota de malditos fue la siguiente: Había entre los atenienses un tal Cilón, famoso vencedor en los juegos olímpicos, convencido de haber procurado levantarse con la tiranía de Atenas, pues, habiendo reunido una facción de hombres de su misma edad, intentó apoderarse del alcázar de la ciudad. Pero como le hubiese salido mal la tentativa, refugiose Cilón a sagrado, cerca de la estatua de Atenea. Los prítanes de los naucraros (los presidentes de los magistrados) que a la sazón mandaban en Atenas, sacaron de aquel asilo a los refugiados bajo la fe pública de que no se les daría muerte: mas no obstante esta promesa se les hizo morir, de cuyo atentado se culpaba a los Alcmeónidas.[47]Este caso era antiguo y anterior a la época de Pisístrato.
LXXII.No contento Cleómenes con haber mandado echar de Atenas a Clístenes y a los demás proscritos, por más que estos se hubiesen ya ausentado, se presentó alláen persona con un pequeño cuerpo de tropas. Llegado a Atenas, exterminó luego de ella a 700 familias atenienses, las que Iságoras le fue sugiriendo: después de este primer paso emprendió abolir el Senado, y dar el mando y magistraturas a 300 sujetos partidarios todos de Iságoras. Amotinado de resultas de esta violencia el Senado y no queriendo estar a las órdenes de Cleómenes, ayudado este por Iságoras y por los de su partido, apoderose de la ciudadela, donde los atenienses de la facción contraria, habiéndole tenido sitiado por espacio de dos días, capitulando al tercero, convinieron en que los lacedemonios todos de la ciudadela salieran de allí bajo la fe pública del salvoconducto. Cumpliose a Cleómenes en esta salida el agüero que voy a referir: luego que subió al alcázar con ánimo de apoderarse de él, se fue en derechura al mismo camarín de la diosa (Atenea), como para visitarla pía y religiosamente. Al punto mismo que lo ve la sacerdotisa, levantada de su asiento, y antes que pasara el umbral del santuario, con tono fatídico: «Vuélvete atrás, le dice, lacedemonio forastero, vuélvete: ni pretendas entrar en este sagrario, donde no es lícito que entren los dorios». «Pues sábete, mujer, le responde Cleómenes, que yo no soy dorio sino aqueo».[48]De suerte que por no haber contado entonces con aquella mal augurada palabra «vuélvete atrás», tuvo después Cleómenes que dar la vuelta desgraciadamente con sus lacedemonios. A los demás de la ciudadela puestos luego en prisión, los condenaron a muerte los atenienses, y entre ellos a un ciudadano de Delfos llamado Timesiteo, de cuyo talento y primor en varias obras de manos habría muchísimo que decir. Todos murieron en la cárcel.
LXXIII.Llamados a su patria después de tales turbulencias Clístenes y las 700 familias perseguidas por Cleómenes, despacharon los atenienses sus embajadores a Sardes con la mira de hacer un tratado de alianza con los persas, previendo claramente la guerra que de parte de Cleómenes y de sus lacedemonios les amenazaba. Llegados, pues, a Sardes los diputados, y habiendo declarado la comisión de que venían encargados, preguntó el virrey de ella, Artafrenes, hijo de Histaspes, quiénes eran aquellos hombres que pretendían ser aliados del rey y en qué parte moraban. Habiendo los embajadores satisfecho a la pregunta, respondioles el virrey, en suma, que concluiría con los atenienses el tratado de alianza que se le pedía, con tal que quisieran darse a discreción al rey Darío, entregándole tierra y agua; pero que si no querían hacerlo les mandaba partir de allí. Tomando entonces acuerdo entre sí los embajadores sobre la respuesta, llevados del deseo de aquella alianza, le respondieron que se entregaban a Darío, motivo por el que a su regreso a la patria fueron mal vistos y murmurados.
LXXIV.En tanto que esto pasaba, sabiendo Cleómenes que los atenienses iban haciéndole por obra y de palabra todo el daño que podían, mandó juntar las milicias del Peloponeso entero, sin decir a qué fin las juntaba, el cual no era otro en realidad que el deseo de vengarse del pueblo de Atenas, dándole por señor a Iságoras que en su compañía había salido de la ciudadela. En efecto, a un mismo tiempo embistió Cleómenes a Eleusis con un ejército numeroso,[49]y los beocios de concierto con él tomaron a los últimos pueblos del Ática, que eran Énoe e Hisias, y los calcideos iban por otro lado talando el país de los deAtenas. Estos, si bien no sabían dónde acudir primero, salieron con todo armados contra los peloponesios que se hallaban en Eleusis, dejando para después la venganza de los beocios y calcideos.
LXXV.Estaban a la vista los dos ejércitos prontos ya para venir a las manos, cuando los corintios, que habían conocido la injusticia de aquella guerra, fueron los primeros que, mudando de parecer, comenzaron a dar la vuelta hacia su patria;[50]después de ellos retirose también el rey de los lacedemonios que conducía el ejército, Demarato, hijo de Aristón, por más que antes nunca hubiese sido de parecer contrario al de Cleómenes, y siendo así que hasta entonces solían los dos reyes juntos salir al frente de sus tropas: con esta ocasión y por dicha discordia hízose en Esparta una ley de que al salir el ejército nunca marchasen con él entrambos reyes, sino que exonerado uno de ellos de ir a campaña, se quedase en Esparta con uno también de los Tindáridas,[51]pues antes ambos Tindáridas, como patronos y dioses tutelares de sus reyes, iban siguiéndoles en el ejército. El éxito de la campaña fue que viendo los aliados que no venían los dos reyes de Lacedemonia y que los corintios habían ya desamparado el puesto, empezaron a desertar.
LXXVI.Era la cuarta vez que los dorios armados entrabanen el Ática, pues dos veces fueron allá como enemigos, y dos como amigos en bien de la república de Atenas; pudiéndose contar con razón por la primera jornada hacia esta ciudad la expedición que hicieron los dorios cuando condujeron a Mégara una colonia en tiempo que Codro reinaba en Atenas. La segunda y la tercera fue cuando, con el designio de echar a los hijos de Pisístrato, pasaron allá desde Esparta con gente armada; la cuarta es la que acabo de referir, cuando con las tropas del Peloponeso se dejó caer Cleómenes sobre Eleusis. Bien afirmé, por tanto, que entonces por cuarta vez acometían los dorios a Atenas.
LXXVII.Desbaratado y deshecho tal ejército, sin haber obtenido resultado importante contra los atenienses, con ánimo de vengarse de sus enemigos, llevaron desde luego las armas contra los calcideos, en cuya ayuda y defensa habían ya los beocios salido hacia el Euripo.[52]Ven los atenienses a los beocios puestos en armas y resuelven acometerles antes que a los calcideos; y fue tal el ímpetu con que cargaron sobre ellos, que logrando una completa victoria, además de los muchos enemigos que dejaron tendidos en el campo, hicieron 700 prisioneros. Victoriosos, pasan a Eubea aquel mismo día, y dada una segunda batalla, segunda vez triunfan de sus enemigos. Fruto de esta victoria fue dejar en Eubea 4000 colonos atenienses, repartiendo entre estos las suertes y heredades de los hipobotas de Calcis; y los que entre los calcideos se llamaban con este nombre, que equivale al de caballeros, venían a ser los ciudadanos más ricos y opulentos. Por lo que mira a los prisioneros de guerra, así los de Calcis como los de Beocia, aunque luego de presos los tuvieron aherrojados, algún tiempo después los soltaron, recibiendo enrescate dos minas por cabeza. No obstante, suspendieron los cautivos en la ciudadela los grillos en que les habían tenido, y aún hoy día se ven colgados en aquellas paredes chamuscadas después por el medo, enfrente del camarín, por la parte que mira a poniente. De la décima de dicho rescate, dedicada en el templo, hicieron unacuadrigade bronce, que al entrar en los portales de la fuerza se deja ver luego hacia mano izquierda con este epígrafe: «La gente de Calcis con la gente de Beocia, presa por mano ática con belicoso brío, paga su merecido en calabozo y en férreas cadenas: de su diezmo logra Palas este carro».
LXXVIII.Iban por fin los atenienses libres creciendo en poder de cada día, pues cosa probada es, no una sino mil veces, por experiencia, que el estado por sí más próspero y conveniente es aquel en que reina la isegoría o derecho y justicia igual para todos los ciudadanos. Viose bien esto en los atenienses, que no siendo antes, cuando vivían bajo el yugo de un señor, superiores en las armas a ninguna de las naciones, sus vecinas, apenas se vieron libres e independientes en un gobierno republicano, que se mostraron los más bravos y sobresalientes de todos en sus negocios y empresas de guerra. De donde aparece bien claro que, cuando trabajaban avasallados en pro de un señor despótico, huían de propósito el hombro a la carga, y que viéndose una vez libres y señores mismos, se esforzaban todos, cada cual por su parte, en acrecentar sus intereses y ventajas propias: en una palabra, no podían portarse mejor de lo que lo hacían.
LXXIX.Pero los tebanos, después de aquella pérdida, deseosos de volver el daño a los atenienses y de tomar de ellos venganza, enviaron consulta al dios Apolo, a la cual respondioles la Pitia: «que no pensasen poder por sí solos tomarse la satisfacción que deseaban, sino que les encargaba que consultando primero el asunto con Polifemo,[53]pidiesen ayuda a los más vecinos». Luego que los tebanos, a cuya asamblea los consultantes, vueltos ya de Delfos, daban razón de la citada respuesta, oyeron que era menester acudir a los más vecinos, se pusieron a discurrir de este modo: «Pues si ello es así, siendo nuestros más inmediatos vecinos los tanagreos, coroneos y tespieos, pueblos siempre hechos a seguir nuestras banderas y prontos a ser nuestros compañeros de armas, ¿a qué viene la prevención del oráculo de que les pidamos su asistencia y ayuda? ¿Quizá no será esto sino otra cosa la que quiere significar el oráculo?».
LXXX.Detenidos en su junta entre tales dudas y razones, uno que las oye, salta con este discurso: «Pues ahora me parece haber dado con el sentido de nuestro oráculo. Tengo entendido que fueron dos las hijas de Asopo, Teba y Egina;[54]paréceme, pues, que habiendo sido hermanas las dos, nos querrá decir Apolo en su respuesta, que acudamos los tebanos a los eginetas, pidiendo que quieran ser nuestros vengadores». Al punto los tebanos de la junta, a quienes pareció que no cabía interpretación más adecuada del oráculo, enviaron a los eginetas unos diputados que les pidieran su asistencia, convidándoles a la presa de orden del oráculo, pues que ellos eran sus más cercanos parientes. La respuesta que a los enviados dieron los eginetas, fue que los Eácidas irían allá en compañía de ellos.
LXXXI.Con el socorro de dichos Eácidas anímanse los tebanos a probar fortuna en la guerra; pero viéndose de nuevo mal parados en ella por los atenienses, envían otra vez diputados a Egina, que restituyendo a los eginetas sus Eácidas, en vez de ellos les pedían soldados. Implorados segunda vez los eginetas, llenos en parte de sí mismos y engreídos con su opulencia, y en parte no olvidados de su antiguo rencor contra los de Atenas, se resuelven a hacerles la guerra antes de declararla; y, en efecto, estando las tropas atenienses ocupadas contra los beocios, pasando de repente los eginetas al Ática en sus galeras, saquearon a Falero y a muchos otros pueblos de las costas, causando mucho perjuicio a los atenienses.
LXXXII.Bien será que diga ahora de qué principio nació la inveterada enemistad a que acabo de aludir entre atenienses y eginetas. Sucedió, pues, que negándose la campiña de los epidaurios a producir fruto y cosecha alguna, consultaron estos al oráculo de Delfos acerca de aquella calamidad y desventura. Respondió la Pitia a la consulta que como erigiesen dos estatuas nuevas, una a Damia y otra a Auxesia,[55]verían presto mejorar sus negocios. Instaron los epidaurios si sería bien hacerlas de bronce o de mármol: «Ni de bronce ni de mármol, dijo la Pitia, sino de dulce olivo». De resultas de este oráculo pidieron los epidaurios a los atenienses que les permitieran cortar en su tierra algunos olivos, persuadidos de que los olivos del Ática eran los más divinos y prodigiosos de todos, y aun se añade que en aquella época solo en Atenas y en ningún otro paraje se encontraban olivos. Vinierongustosos los atenienses en conceder el permiso que se les pedía, pero con la condición de que ellos se obligasen a hacer todos los años sus ofrendas a Atenea la Políada,[56]y asimismo a Erecteo. Obligáronse a ello los epidaurios, lograron lo que pedían, hicieron los ídolos de olivo, y dedicados ya, volvió a dar fruto su campiña, y prosiguieron ellos en cumplir a los atenienses lo ofrecido.
LXXXIII.En el tiempo de que voy hablando obedecían todavía, como solían antes, los de Egina a los epidaurios, así en todo lo político como en la jurisdicción de los tribunales; de suerte que los eginetas acudían al foro de Epidauro en sus pleitos y acciones para pedir y responder en justicia. Pero desde aquella época,[57]viéndose los eginetas con gran número de naves, fueron levantándose a mayores, y negando sin razón alguna la obediencia a los epidaurios, empezaron a hacerles cuanto mal cabía como a sus mayores enemigos; y siéndoles superiores en la marina, sucedió que pudieron robar a los epidaurios aquellos ídolos de Damia y de Auxesia, los cuales, transportados a la isla, fueron colocados en medio de ella en un lugar llamado Oya, que viene a distar como veinte estadios de la misma ciudad de Egina. En este sitio, puestas las dos diosas epidaurias, íbanles haciendo sacrificios los de Egina y festejándolas con unos coros satíricos o danzas libres de mujeres, nombrando para cada una de las diosas diez prefectos que corrieran con el gasto de la fiesta. Era uso de dichas danzas y como ceremonia religiosa, practicada antespor los de Epidauro, decir a las mujeres del país mil insolencias y baldones, aunque sin meterse con los hombres. Usaban también sacrificios ocultos.
LXXXIV.Una vez robadas dichas estatuas, como cesasen los epidaurios de hacer las ofrendas que antes solían a los de Atenas, enviáronles estos por aquella falta a dar quejas mezcladas con amenazas. Probaron los epidaurios con buenas razones que ninguna injusticia les hacían en aquello; que en tanto que habían tenido en casa a las diosas, habían sido puntuales en cumplirles lo prometido; que después de habérselas quitado con violencia, no les parecía puesto en razón continuar en aquel antiguo tributo, y que lo exigiesen de los eginetas, pues que estos al presente poseían aquellas. Oído tan justo descargo, enviaron los atenienses a Egina unos diputados que pidiesen dichas estatuas, a los cuales respondieron los de Egina que nada tenían que ver ni hacer con los de Atenas.
LXXXV.Lo que pasó después de esta solemne declaración lo refieren así los atenienses, diciendo que de parte de la república pasaron a Egina en una galera algunos de sus ciudadanos, quienes saltando en tierra y echándose sobre las estatuas, cuya madera miraban como cosa propia, procuraban ver cómo las moverían de sus pedestales; y no pudiendo salir con su maniobra, con unas sogas atadas alrededor de las diosas, las iban arrastrando. Estando en aquella fatiga, oyose de repente un trueno, y al trueno siguió un terremoto. Aturdidos con el nuevo portento los marineros que arrastraban a sus diosas, y saliendo de repente fuera de sí, empezaron entre ellos mismos, como si fueran enemigos mortales, una desaforada matanza, cuyo estrago pasó tan allá que no quedó de todos sino uno que volviese a pasar al Falero.
LXXXVI.Así refieren esta historia los de Atenas; mas no dicen los eginetas que fueran allá en una sola nave los atenienses, pues que a una, y a algunas más, bien hubieranellos resistido aun en el caso de no tener naves propias, sino que los enemigos, con una buena armada, hicieron un desembarco en Egina, cediéndoles por entonces la entrada los del país sin exponerse a una batalla naval; bien que ni los eginetas mismos saben asegurar si el motivo de cederles el paso sería por reconocerse inferiores en el mar, o con la pretensión de poner por obra lo que después con los invasores ejecutaron. Afirman, empero, que viendo los atenienses que nadie les presentaba batalla, saliendo de sus naves se fueron en derechura hacia las estatuas, y no pudiéndolas arrancar de sus pedestales, atadas al cabo con fuertes maromas, empezaron a tirar de ellas, no parando en la maniobra hasta tanto que las dos estatuas a un tiempo hicieron una misma demostración que ellos cuentan y que yo jamás creeré por más que la quiera creer alguno. Cuentan, pues, los eginetas que las dos estatuas se hincaron de rodillas, postura que han conservado siempre desde entonces. Esto hacían los atenienses; los de Egina, por su parte, informados de antemano de que se disponían sus enemigos a venir contra ellos, habían negociado con los argivos que estuviesen prontos y apercibidos para irles a socorrer; y, en efecto, a un mismo tiempo desembarcaban los atenienses en Egina, y los argivos, pasando a la misma isla desde Epidaurio, venían ya sin ser sentidos a dar auxilio a los naturales, y al llegar se dejaron caer de improviso sobre los atenienses apartados de sus naves y del todo seguros de aquel encuentro y refuerzo de que ni la menor sospecha habían antes tenido. En aquel mismo punto, añaden, acaecieron el trueno y el terremoto.
LXXXVII.Esta es, pues, la historia que nos cuentan argivos y eginetas, y en un punto convienen con los de Atenas, a saber, que uno solo volvió salvo al Ática; bien que los argivos quieren que de sus manos se salvase aquel individuo, dándose ellos por los que echaron a pique toda aquella armada; y los atenienses pretenden que no selibró aquel sino de la venganza de algún numen exterminador, aunque no por esto logró verse libre de su ruina el hombre que escapó, sino que pereció también desgraciadamente. Porque vuelto a Atenas el infeliz, como anduviese cantando aquella gran calamidad y destrozo, oyéndole las mujeres de los muertos en la jornada referir el estrago común, y no pudiendo sobrellevar que perdidos todos los demás se hubiera salvado él solo, le fueron rodeando, y cogido en medio, le iban dando tanto golpe y picazo de hebilla, preguntándole cada una dónde estaba su marido, que acabaron allí mismo con el infeliz, después que se había ya librado de la común ruina de sus compañeros. Los atenienses, a quienes esta venganza y furia mujeril pareció más sensible que la pérdida total de su armada, no hallando otro modo de castigar a las mujeres, tomaron la resolución de hacerlas mudar de traje, obligando a todas a que vistieran a la jónica, pues antes las áticas vestían a la dórica, traje muy semejante al vestido corintio.[58]De allí adelante las obligaron a llevar túnica de lino para que no se sirvieran más de hebillas.
LXXXVIII.Verdad es que, hablando en rigor, el traje a que las obligaron no fue en los tiempos antiguos propio de las mujeres jónicas, sino de las carias; pues antiguamente el vestido de toda mujer griega era el mismo que al presente llamamos dórico. Pero los argivos por su parte y los eginetas en sus respectivas ciudades hicieron una ley que las hebillas de sus mujeres fuesen un tercio mayores de lo que eran antes, que las mujeres en los templos de sus dioses ofreciesen hebillas más bien que otra presea alguna, y que en ellos nada venido del Ática pudiese ofrecerseni presentarse; tanto que en adelante no se sirviesen de vajilla procedente de allá, sino que fuese ceremonia legítima beber en los sacrificios con vasijas del país: y se puso en práctica dicha ley, pues desde entonces hasta mis días las argivas y las eginetas, a despecho de las áticas, solían llevar sus hebillas mayores de lo que primero acostumbraban.
LXXXIX.De los sucesos que acabo de referir nació, repito, el principio de la enemistad de los atenienses con los de Egina. Renovando, pues, entonces los eginetas la memoria de dichas estatuas y de los sucesos a ellas concernientes, vinieron gustosos en enviar a los beocios el socorro que les pedían, talando con sus tropas auxiliares las costas del Ática. Al ir los atenienses a emprender la expedición contra los de Egina, vínoles de Delfos un oráculo en que se les prevenía que por espacio de treinta años, a contar desde la injuria que acababan de recibir, se abstuviesen de combatir con los eginetas; pero que venido el año 31 y fabricado un templo a Éaco, empezasen contra ellos las hostilidades; pues haciéndolo así, sucederíales la cosa como deseaban. Mas si desde luego emprendían aquella guerra, entendiesen que durante aquel tiempo tendrían ellos y darían mucho que llorar al enemigo; bien que al cabo darían con él en tierra. Oído, pues, el nuevo oráculo, determinaron los atenienses levantar a Éaco aquel templo mismo que al presente se deja ver en su plaza; pero en la demora de treinta años no pudieron convenir, oyéndose clamar que no debían disimular por tanto tiempo la injuria, después de verse tan maltratados con la invasión de los eginetas.
XC.Con tal resentimiento, al tiempo en que se disponían para tomar venganza de aquellos enemigos, un nuevo contratiempo de parte de los lacedemonios les cerró el paso de la jornada. Porque como en aquella sazón hubiese llegado a oídos de los lacedemonios, así el artificioque usaron los Alcmeónidas para sobornar a la Pitia, como el embuste con que esta les alarmó contra los hijos de Pisístrato, sintieron con tal aviso doblada pesadumbre, viendo por una parte que habían echado de la patria a sus mayores amigos y aliados, y por otra que los atenienses, recibida aquella merced, no se les mostraban obligados ni agradecidos. Añadíase a estas reflexiones la congoja que ciertas profecías les ocasionaban de nuevo, pronosticándoles muchos agravios y desafueros que de parte de los atenienses les aguardaban. Habían antes estado del todo ignorantes de dichas predicciones, y entonces habían empezado a oírlas, habiéndolas traído consigo Cleómenes volviendo de Atenas a Esparta. Sucedió que Cleómenes, estando en la ciudadela de Atenas, pudo haber a las manos ciertos oráculos escritos que habían estado primero en poder de los Pisistrátidas y habían sido dejados allí por los mismos en el templo de Atenea,[59]cuando fueron echados de la ciudad. Cleómenes al salir de la fortaleza quiso llevárselos consigo a Esparta.
XCI.Recibidos dichos oráculos, viendo por una parte los lacedemonios que los atenienses, libres ya y de cada día más poderosos, en nada menos pensaban que en obedecerles, y previendo por otra que la gente ática si quedaba en el estado republicano se les igualaría en el poder, al paso que si volvía a verse oprimida con la tiranía se mantendría débil y pronta a dejarse gobernar por ellos,[60]como esto previesen, pues, los lacedemonios, llamaron a Esparta a Hipias, el hijo de Pisístrato, desde Sigeo, ciudad del Helesponto, adonde con los suyos se había refugiado. Después que llamado Hipias se les presentó, convocan para un congreso de la nación los diputados de las ciudades aliadas, y les hablan así los espartanos: «Amigos y aliados: Conocemos y confesamos al presente nuestra falta de justicia y de política: mal hicimos, alucinados con falsos oráculos, en echar de su patria a unos señores que, sobre sernos buenos amigos y aliados, nos tenían prometido mantener en nuestra devoción y obediencia a la ciudad de Atenas. Cometida esta injusticia, tuvimos la imprudencia de dejar aquel estado en manos de un pueblo ingrato, el cual, apenas se vio libre y suelto por nuestra mano, cuando empezó luego a erguir su cabeza e insolente quiso atrevérsenos, echándonos de su casa a nosotros y a nuestro rey, y desde aquel punto lleno de arrogancia va tomando nuevos espíritus. Lo que digo empiezan ya a llorar, particularmente sus vecinos los beocios y calcideos, y quizá todos los demás lo iréis sintiendo por turno si les tocareis en un solo cabello. Ya, pues, que nos engañamos antes en lo que con ellos hicimos, procurando ahora tomarnos con vuestra asistencia la satisfacción correspondiente, lo iremos remediando. Este ha sido, señores, el motivo, así de hacer que viniera Hipias, a quien veis aquí presente, como de convocaros a vosotros de las ciudades. Nuestras miras consisten en volver a Hipias a Atenas, y restituirle de común acuerdo, y con un ejército común, el dominio que antes le quitamos».
XCII.Tal era la propuesta de los lacedemonios, a la cual ni se acomodaban los más de los diputados, ni se atrevían con todo a contradecirla, guardando todos los aliados un profundo silencio. Rompiolo al cabo Socles el corintio con un tono sublime:[61]
«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada, procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos, y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas. Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62]La antigua constitucióndel estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates, natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente de la familia Cénida.[63]Viendo después Eetión que no tenía hijos de Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia, le recita de repente estos versos:Eetión, digno de gloria, nadie te honracual mereces tú: Labda ya grávidaparece una gran rueda que cayendosobre monarcas, mandará a Corinto.Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de Eetión, en estos términos:“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]Y si bien este oráculo era antes paralos Baquíadas, a quienes se había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto, luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento, se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa que atentamente observada movió a ternura al primero que le había recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición. Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros, pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era, señores, que le viniera el azote de la casade Eetión: porque Labda iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que fue bajo un celemín,[65]bien persuadida que vueltos los diez nobles sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él, resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño, que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo del celemín, en griegocipsele, quedósele en adelante el nombre de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este tenor:“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que a muchos corintiosdesterró, a muchos quitó los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años, habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre las demás veía sobresalir,[67]arrojándolas de sí luego de cortadas, durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo, despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta; pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”; y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como era Trasíbulo, hombre que sin causa seentretenía en echar a perder su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca del río Aqueronte,[68]consultasen al oráculonigrománticoacerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogandoe invocando a su Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro. He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».
«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada, procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos, y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas. Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62]La antigua constitucióndel estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates, natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente de la familia Cénida.[63]Viendo después Eetión que no tenía hijos de Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia, le recita de repente estos versos:
Eetión, digno de gloria, nadie te honracual mereces tú: Labda ya grávidaparece una gran rueda que cayendosobre monarcas, mandará a Corinto.
Eetión, digno de gloria, nadie te honracual mereces tú: Labda ya grávidaparece una gran rueda que cayendosobre monarcas, mandará a Corinto.
Eetión, digno de gloria, nadie te honracual mereces tú: Labda ya grávidaparece una gran rueda que cayendosobre monarcas, mandará a Corinto.
Eetión, digno de gloria, nadie te honra
cual mereces tú: Labda ya grávida
parece una gran rueda que cayendo
sobre monarcas, mandará a Corinto.
Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de Eetión, en estos términos:
“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]
“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]
Y si bien este oráculo era antes paralos Baquíadas, a quienes se había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto, luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento, se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa que atentamente observada movió a ternura al primero que le había recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición. Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros, pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era, señores, que le viniera el azote de la casade Eetión: porque Labda iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que fue bajo un celemín,[65]bien persuadida que vueltos los diez nobles sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él, resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño, que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo del celemín, en griegocipsele, quedósele en adelante el nombre de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este tenor:
“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]
“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]
Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que a muchos corintiosdesterró, a muchos quitó los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años, habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre las demás veía sobresalir,[67]arrojándolas de sí luego de cortadas, durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo, despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta; pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”; y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como era Trasíbulo, hombre que sin causa seentretenía en echar a perder su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca del río Aqueronte,[68]consultasen al oráculonigrománticoacerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogandoe invocando a su Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro. He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».
XCIII.Esto dijo Socles, el diputado de los corintios, a quien Hipias el tirano, invocando a los mismos dioses griegos y poniéndoles por testigos de lo que iba a decir, le respondió, que tiempo vendría, presto y sin falta alguna, en que los mismo corintios echaran de menos y desearan en Atenas a los hijos de Pisístrato cuando les llegara y sobreviniera el plazo fatal de verse oprimidos por los atenienses libres e independientes; lo que decía Hipias aludiendo a aquellos oráculos escritos que nadie mejor que él tenía sabidos. Pero los demás diputados del congreso, que no habían hasta allí despegado sus labios, después de oír a Socles, que tanto había perorado a favor de la libertad común, rompiendo el silencio cada uno por su parte, votaban todos libremente a favor del corintio, y protestando altamente, pedían a los lacedemonios que nada innovasen en aquella ciudad griega. Así, pues, terminó la conferencia.
XCIV.Al irse después Hipias de Lacedemonia, aunque Amintas, rey de Macedonia, le ofrecía la ciudad de Antemunte,y los tesalios le convidaban con Yolco,[69]sin querer aceptar ninguna de las dos, dio la vuelta a Sigeo. Era esta una plaza que a punta de lanza había tomado Pisístrato a los de Mitilene,[70]en la cual una vez ganada puso por señor un hijo bastardo, habido en una mujer argiva, por nombre Hegesístrato: ni este pudo jamás, sino con las armas en la mano, gozar de la ciudad que de Pisístrato había recibido. Con motivo de Sigeo duraron largo tiempo las hostilidades entre mitileneos y atenienses: salían aquellos de la ciudad de Aquileo, y estos de la misma Sigeo a guerrear; los mitileneos pretendían recobrar aquella tierra que reputaban ser suya; los atenienses les negaban el derecho sobre ella, dando por razón que el dominio de la región troyana no tocaba más a los eolios que a los atenienses y demás griegos que en compañía de Menelao habían salido a vengar el robo de Helena.
XCV.Entre varias cosas que acontecieron en el curso de dicha guerra, sucedió que viniendo los enemigos a las manos en una refriega en que la victoria empezaba a declararse por los atenienses, pudo escapárseles el célebre poeta Alceo, huyendo listo y veloz, pero no supo salvarsus armas, las cuales, cayendo en poder de los atenienses, fueron después suspendidas por ellos en el Ateneo (o templo de Atenea) en la misma Sigeo, caso sobre que compuso Alceo unos versos dando en ellos cuenta de su desgracia a Menalipo su camarada[71]y los envió a Mitilene. Ajustó, por fin, estas diferencias, entre los de Mitilene y los de Atenas, Periandro, el hijo de Cípselo, en cuyo arbitrio se habían comprometido las partes; y lo verificó decidiendo y ordenando que cada una se quedase en la pacífica posesión de lo que tenía, con lo que vino Sigeo a quedar por los atenienses.
XCVI.Restituido Hipias de Lacedemonia a Sigeo, no dejaba piedra por mover contra los atenienses, a quienes acriminaba maliciosamente ante Artafrenes, resuelto a echar mano de cuantos medios alcanzase a fin de lograr que Atenas, recayendo bajo su poder, entrase en el imperio de Darío. Informados entretanto los de Atenas de lo que Hipias iba tramando, procuraban desimpresionar a Artafrenes por medio de unos embajadores enviados a Sardes para que no quisiera dar crédito a las calumnias y artificios de aquellos desterrados. No salieron con su intento los enviados, a quienes hizo entender Artafrenes, clara y precisamente, que para la salud de su patria un solo medio les quedaba: el de recibir de nuevo a Hipias por señor. Con esta declaración, en que de ninguna manera consentían los atenienses, resolviéronse estos a mostrarse abiertamente enemigos de los persas.
XCVII.Volviendo ya al milesio Aristágoras, después que Cleómenes el lacedemonio le había mandado salir de Esparta, presentose en Atenas, ciudad la más poderosa de todas, en el punto crítico en que sus ciudadanos, viéndosegravemente calumniados para con los persas, estaban resueltos a declararles la guerra. Allí, en una asamblea del pueblo, dijo en público Aristágoras lo mismo que en Esparta había dicho por lo tocante a las grandes riquezas y bienes del Asia, y también a la milicia y arte de la guerra entre los persas, tropa débil y fácil de ser vencida, no usando ni de escudo ni de lanza en el combate. Esto decía por lo concerniente a los persas; pero respecto a los griegos añadía que, siendo los milesios colonos de Atenas, toda buena razón pedía que los atenienses, a la sazón tan poderosos, les librasen del yugo indigno de la Persia. En una palabra, tanto supo decirles Aristágoras y tanto se atrevió a prometerles, como quien se hallaba en el mayor apuro, que al cabo les hizo condescender con lo que pedía; y lo que había imaginado que más fácil le sería deslumbrar con buenas palabras a muchos juntos que a uno solo, esto fue lo que logró allí Aristágoras, pues no habiéndole sido posible engañar al lacedemonio Cleómenes, le fue entonces muy hacedero arrastrar de una vez con su artificio a treinta mil atenienses.[72]Ganado, pues, el pueblo de Atenas, conviene en hacer un decreto público en que ordena que vayan al socorro de los jonios 20 naves equipadas, y se declara por general de la armada a Melantio, sujeto el más cabal y de mayor reputación que en Atenas había. ¡Ominosas veinte naves, y armada fatal, que fueron el principio de la común ruina de los griegos y de los bárbaros![73]
XCVIII.Aristágoras, que volvió por mar a Mileto antesque llegase la armada, tomó luego un arbitrio del cual ningún provecho habían de sacar los jonios: verdad es que ni él mismo pretendía sacarlo, sino dar únicamente que sentir al rey Darío con aquella idea. Despacha, pues, un mensajero que vaya de su parte a tratar con aquellos peonios que, llevados prisioneros por Megabazo desde el río Estrimón, se hallaban colocados en cierto sitio de la Frigia, viviendo en una aldea separados de los del país. Llegado el mensajero, díjoles así: «Aquí vengo, amigos peonios, comisionado por Aristágoras, señor de Mileto, a proponeros un medio seguro y eficaz para el logro de vuestra libertad, con tal que queráis practicarlo. Al presente, cuando toda la Jonia se ha levantado contra el rey, se os ha abierto la puerta para que salvos os volváis a vuestra patria. A vuestra cuenta correrá, pues, el viaje hasta el mar; desde las costas dejadlo todo a nuestro cuidado». No bien los peonios acabaron de oír el recado, cuando alegres como si el cielo se les abriera, cargando los más con sus hijos y mujeres, se fueron huyendo luego hacia las playas, bien que unos pocos, sobrecogidos de miedo, se quedaron en su aldea. Llegados al agua, se embarcaron para Quíos, donde estaban ya seguros, cuando la caballería persa les iba siguiendo las pisadas a fin de cogerles. Viendo, pues, que no habían podido darles alcance, envíanles una orden a Quíos para que vuelvan otra vez; pero los peonios, no haciendo caso de los persas, fueron conducidos por los de Quíos hasta Lesbos, y por los de Lesbos hasta Dorisco, desde donde, caminando por tierra, dieron la vuelta a Peonia.
XCIX.Entretanto, los atenienses llegan a Mileto con sus veinte naves, llevando en su armada cinco galeras de Eretria, las que no militaban en atención a los de Atenas, sino en gracia de los mismos milesios, a quienes volvían entonces su vez los eretrieos, pues antes habían estos sido socorridos por los de Mileto en la guerra que tuvieroncontra los calcideos, a quienes asistían los samios contra eretrieos y milesios. Llegados a Mileto los mencionados, y juntos asimismo los demás de la confederación jónica, emprende Aristágoras una jornada hacia Sardes, no yendo él allá en persona, sino nombrando por sus generales a otros milesios, los cuales fueron dos, uno su mismo hermano Caropino y el otro Hermofanto, uno de los ciudadanos de Mileto.
C.Llegó a Éfeso la armada, donde dejando las naves en un lugar de aquella señoría llamado Coreso, iban desde allí los jonios subiendo tierra adentro con un ejército numeroso, al cual servían de guías los efesios. Llevaban su camino por las orillas del río Caístro, y pasado el monte Tmolo, se dejaron caer sobre Sardes,[74]de la cual y de cuanto en ella había se apoderaron sin la menor resistencia; pero no tomaron la fortaleza, que cubría con no pequeña guarnición el mismo Artafrenes.
CI.Tomada ya la ciudad, un acaso estorbó que se entregara al saqueo. Eran hechas de caña la mayor parte de las casas de Sardes, y de cañas estaban cubiertas aun las construidas de ladrillo. Quiso, pues, la fortuna que a una de ellas pegase fuego un soldado. Prendiendo luego la llama, fue corriendo el incendio de casa en casa hasta apoderarse de la ciudad entera. Ardía ya toda, cuando los libios y cuantos persas se hallaban dentro, viéndose cerrados por todas parles con las llamas que tenían rodeados ya los extremos de la ciudad, y no dándoles el fuego lugar ni paso para salirse fuera, fuéronse retirando y recogiendo hacia la plaza y orillas del Pactolo,[75]río que llevando en sus arenas algunos granitos de oro, y pasando por mediode la plaza, va a juntarse con el Hermo, que desagua en el mar. Sucedió, pues, que la misma necesidad forzó a lidios y persas, juntos allí cerca del Pactolo, a defenderse de los enemigos; y como viesen los jonios que algunos de aquellos les hacían ya, en efecto, resistencia, y que otros en gran número venían contra ellos, poseídos de miedo fueron retirándose en buen orden hacia el monte que llaman Tmolo, y de allí, venida ya la noche, partieron de vuelta hacia sus naves.
CII.En el incendio de Sardes quedó abrasado el templo de Cibebe, diosa propia y nacional; pretexto de que se valieron los persas en lo venidero para pegar fuego a los templos de la Grecia.[76]Los otros persas que moraban de estotra parte del Halis, al oír lo que en Sardes estaba pasando, unidos en cuerpo de ejército, acudieron al socorro de los lidios; pero no hallando ya a los jonios en aquella capital y siguiendo sus pisadas, los alcanzaron en Éfeso. Formáronse los jonios en filas y admitieron la batalla que los persas les presentaban; pero fueron de tal modo rotos y vencidos, que muchos murieron en el campo a manos del enemigo. Entre otros guerreros de nombre que allí murieron, uno fue el jefe de los eretrieos, llamado Eválcidas, aquel atleta que en los juegos había ganado en premio público la corona y había por ello merecido que Simónides de Ceos le subiera a las nubes. Los otros jonios que debieron la salvación a la ligereza de sus pies, se refugiaron a varias ciudades.
CIII.Tal fue el éxito de aquel combate, después del cual los atenienses desampararon de tal manera a los jonios, que a pesar de los repetidos ruegos e instancias que les hizo después Aristágoras por medio de sus diputados, se mantuvieronsiempre constantes en la resolución de negarles su asistencia. Pero los jonios, aunque se vieron destituidos del socorro de Atenas, no por eso dejaron, según a ello les obligaba el primer paso dado ya contra Darío, de prevenirse del mismo modo para la guerra comenzada. Dirígense ante todo con su armada hacia el Helesponto, y a viva fuerza logran hacerse señores de Bizancio y de las demás plazas de aquellas cercanías. Salidos del Helesponto, unieron luego a su partido y confederación una gran parle de la Caria, pues entonces lograron que se declarase por ellos la ciudad de Cauno, que no había querido antes aliarse cuando quemaron a Sardes.
CIV.Aun más, lograron que se agregasen a su parcialidad todas las ciudades de Chipre, menos la de Amatunte, las que se habían sublevado contra el medo con la siguiente ocasión: Vivía en Chipre un tal Onésilo, hijo de Quersis, nieto de Siromo, biznieto de Eveltón y hermano menor de rey de los salaminios,[77]llamado Gorgo, a quien habiendo ya tiempo antes hablado repetidas veces Onésilo, hombre inquieto, aconsejándole que se rebelase contra el persa; oyendo entonces la sublevación de los jonios, le estaba haciendo las mayores instancias sobre lo mismo. Pero viendo Onésilo que no podía salir con sus intentos, espió el tiempo en que Gorgo había salido fuera de la ciudad y le cerró las puertas, acompañado de los de su facción. Arrojado Gorgo y excluido de su plaza, se refugia a los medos, y Onésilo, señor ya de Salamina, logra con sus diligencias que los pueblos todos de Chipre, fuera de los amatuntios, le imiten en la rebelión, y por no querer seguirle en esta los de Amatunte pone sitio a la plaza.
CV.En tanto que Onésilo apretaba el cerco, llegó alrey Darío la nueva de que Sardes, tomada por los atenienses, unidos con los jonios, había sido entregada a las llamas, siendo el autor de aquella trama y también de toda la confederación el milesio Aristágoras. Corre la fama de que al primer aviso, no cargando Darío en manera alguna la consideración en sus jonios, de quienes seguro estaba que pagarían cara su rebeldía, la primera palabra en que prorrumpió fue preguntar quiénes eran aquellos atenienses, y que oída sobre esto la respuesta, pidió al punto su arco, tomole en sus manos, colocó en él una flecha y disparándole luego hacia el cielo:[78]«Dame, oh Zeus, dijo al soltarle, que pueda yo vengarme de los atenienses». Y dicho esto, dio orden a uno de sus criados que de allí en adelante, al irse a sentar a la mesa, siempre por tres veces le repitiera este aviso:Señor, acordaos de los atenienses.
CVI.Dada esta orden, llama Darío ante sí al milesio Histieo, a quien hacía tiempo que detenía en su corte, y le habla en estos términos: «Acabo ahora de recibir la nueva, Histieo, de que aquel regente tuyo a quien confiaste el gobierno de Mileto ha maquinado grandes novedades contra mi corona. Sábete que habiendo él juntado tropas que llamó del otro continente, y persuadido a que con ellas se coligasen los jonios (a quienes doy mi real palabra de que no se alabarán de una traición que bien caro ha de costarles), han intentado arrebatarme a Sardes. ¿Qué te parece de toda esta maquinación? Dime tú: ¿cabe que esto se haya urdido sin que tú anduvieras en el asunto? Mucho sentiría hallarte después cómplice de tal atentado». A lo que respondió Histieo: «¿Es posible, señor, que eso de mí sospechéis y digáis? ¿Había yo de intentar cosa alguna que ni mucho ni poco pudiera daros que sentir? Pues eso que receláis, ¿aqué fin, o con qué mira lo había yo de procurar? ¿Qué cosa me falta al presente? ¿No gozo de los mismos placeres y bienes que vos? ¿No tengo la honra de tener parte en vuestros secretos y resoluciones? Si mi regente, señor, maquina algo de lo que me decís, estad seguro que sin saberlo yo obra por sí mismo. Pero yo no puedo absolutamente persuadirme de que sea verdadera la nueva de que mi regente ni tampoco los milesios intentasen novedad alguna. Mas si han dado en realidad ese mal paso y vos estáis del todo cerciorado de su alevosía, permitidme, señor, que os diga no haber sido acertado vuestro consejo en quererme tener lejos de aquella nación; pues, no teniéndome a su vista los jonios, quizá se habrán animado a ejecutar lo que tiempo ha deseaban; que si en la Jonia me hubiera hallado yo presente, paréceme que ninguna ciudad hubiera osado mover contra vos un dedo de la mano. Lo que al presente puede hacerse en este caso es permitirme que con toda diligencia me parta para Jonia, donde pueda reponer los asuntos en el mismo pie de antes y os entregue preso en vuestras manos a mi regente, si tales cosas maquinó. Aun os añado, y os lo juro, señor, por los dioses tutelares de vuestro imperio, que después de ajustadas estas turbulencias a toda vuestra satisfacción, no he de parar ni quitarme la misma túnica con que bajaré a la Jonia antes de conquistaros a Cerdeña,[79]la mayor de las islas, haciéndola tributaria de la corona».
CVII.Era tan falsa esta arenga como el alma y fe griega de Histieo, y con todo se dejó persuadir de ella Darío, dándole licencia para partirse de la corte y ordenándole al mismo tiempo que una vez cumplido lo que acababa de ofrecerle, diese la vuelta y se le presentase de nuevo en Susa.
CVIII.Mientras que llegaba al rey aviso de lo sucedido en Sardes y, hecho el alarde del arco, hablaba Darío con Histieo, y este, licenciado por el rey, marchaba hacia las provincias marítimas, iba sucediendo en este intermedio lo que voy a referir.[80]Estaba Onésilo, el de Salamina, apretando el sitio de los de Amatunte, cuando le llega el aviso de que en breve se espera en Chipre al persa Artibio, a donde venía conduciendo en sus naves una poderosa armada. Habida esta noticia, pide Onésilo a la Jonia por medio de unos diputados que vengan en su ayuda y socorro los jonios, y estos, sin gastar mucho tiempo en resolverse, hácense a la vela con una gruesa armada. En un tiempo mismo sucedió, pues, que los jonios aportasen a Chipre, que los persas recién venidos de la Cilicia desembarcados en la isla marchasen ya por tierra la vuelta de Salamina, y que los fenicios doblasen el cabo que llaman las Llaves de Chipre.[81]
CIX.En tal estado de cosas, convocan los señores de las ciudades de Chipre a los jefes jonios y entablan con ellos este discurso: «Nosotros los chipriotas, amigos jonios, dejamos a vuestro arbitrio la elección de salir al encuentro o bien a los persas o bien a los fenicios. El tiempo insta: si escogéis venir a las manos con los persas en campo de batalla, saltad luego a tierra y formar vuestras filas, que en este caso embarcándonos en vuestras naves vamos a cerrar con los fenicios. Pero si preferís combatir por mar con los fenicios, menester es poner manos a la obra. Escoged una de dos, para que así contribuyáis por vuestraparte a la libertad de Jonia y de Chipre». «A nosotros, replican los jonios, nos mandó venir el estado de la Jonia con orden de defender estos mares y no de acometer por tierra a las tropas persas cediendo nuestras naves a los de Chipre. En el puesto señalado procuraremos, pues, desempeñar nuestro deber con todo el esfuerzo posible: ved vosotros de obrar en el vuestro como gente de valor, teniendo presente las indignidades que esos medos, vuestros señores, os han hecho sufrir».
CX.Tal fue la respuesta de los jonios, después de la cual, como hubiesen llegado ya los persas al campo de Salamina, los reyes de Chipre ordenaron contra ellos su gente en esta disposición: Enfrente de los soldados del enemigo, que no eran persas de nación, ordenaron una parte de sus tropas chipriotas; delante de los persas mismos pusieron la flor de su gente escogida entre las milicias de Salamina y de Soli:[82]Onésilo por su voluntad escogió el puesto que correspondía al que enfrente ocupaba Artibio, general de los persas.
CXI.El caballo en que Artibio venía montado estaba enseñado a empinarse contra el enemigo armado. Advertido de esto Onésilo, habló así con un escudero cario[83]que tenía, hombre muy diestro en lo que mira a los encuentros de armas, y en todo lo demás muy sagaz y advertido:«Oigo decir, amigo, que ese caballo de Artibio tiene la habilidad de alzarse sobre los pies y embestir al que delante tiene con las manos y con la boca. Piénsalo tú, y dime luego a cuál de los dos quieres que apuntemos y derribemos antes, si al caballo, o bien a su jinete Artibio». «Pronto estoy, señor, le responde el escudero, para ambas cosas; pronto para cualquiera de las dos y para todo lo que me ordenéis. Diré sin embargo lo que me parece hacer más al caso para vuestra reputación. Lo más propio y decoroso es que un rey cierre contra otro rey, y un general contra otro general, pues si en tal encuentro diereis en tierra con aquel jefe, haréis una regia hazaña, y aun cuando él, lo que no querrán los dioses, os echare al suelo, el morir en tales manos aliviaría en la mitad el peso de la desventura. A nosotros escuderos corresponde medirnos con otros escuderos. No os dé trabajo, señor, el caballo empinado con aquella habilidad, que a fe mía no vuelva jamás a empinarse».
CXII.Dijo, y en aquel punto mismo cerraron las dos armadas por tierra y por mar. En la batalla naval vencieron los jonios a los fenicios, haciendo aquel día prodigios de valor, y los que mejor se portaron en la función fueron los samios. En la tierra, después que estuvieron ya a tiro los dos ejércitos, he aquí lo que pasó entre los dos generales: Embiste Artibio montado en su marcial caballo contra Onésilo; vele este venir; dispara contra él, según lo prevenido por su escudero, y acierta bien el tiro; iba el vecino caballo a dar con las manos contra el adarga de Onésilo, cuando el escudero cario le da listo un golpe de hoz, y se las siega entrambas. El caballo, manco ya y encabritado, da consigo en el suelo, y con él Artibio, el general persa.
CXIII.Encarnizadas en tanto las otras tropas, se hallaban en el calor del combate, cuando Estesenor, el tirano de Curio, entregó alevosamente a los persas una gran divisióndel ejército, que cerca de sí tenía. Pasados al enemigo los curios, colonos, a lo que se dice, de los argivos, siguieron inmediatamente su mal ejemplo los carros guerreros de los salaminios,[84]y de resultas de estas deserciones, como empezasen los persas a llevar la ventaja en el combate, el ejército de los chipriotas volvió las espaldas al enemigo. Entre otros muchos que perecieron en la huida, quedaron rendidos en el campo dos generales, el uno Onésilo, hijo de Queris, autor que había sido de la sublevación de Chipre; el otro Aristócipro, rey de los solios, hijo de Filócipro, de aquel célebre Filócipro a quien sobre todos los demás príncipes ensalzó en sus versos el ateniense Solón, cuando estuvo viajando en Chipre.[85]
CXIV.Los amatuntios victoriosos, para vengarse del asedio que Onésilo les había puesto, le cortaron la cabeza y se la llevaron, colgándola después sobre las puertas de su ciudad. Sucedió, pues, que estando allí suspensa y ya del todo hueca, entró dentro un enjambre de abejas y fabricó en ella sus panales. Vista aquella novedad, tuvieron por conveniente los amatuntios consultar al oráculo acerca de aquel raro fenómeno, y la respuesta fue que se diera sepultura a la cabeza descolgada, y se hicieran a Onésilo sacrificios anuos como a un héroe, y que con esto todo les iría mejor. Y en efecto, así lo hacían hasta mis días los de Amatunte con el héroe Onésilo.
CXV.Los marinos jonios, que gloriosamente acababan de dar en Chipre su batalla naval, viendo ya perdida lacausa de Onésilo, y cercadas al mismo tiempo todas las ciudades de la isla, menos la de Salamina, que los mismos salaminios habían restituido a Gorgo, su antiguo rey, haciéndose luego a la vela, bien informados del mal estado de Chipre, dieron la vuelta hacia Jonia. Entre todas las ciudades de la isla, fue la de Soli la que por más tiempo resistió al cerco, logrando rendirla los persas, pasados cinco meses de sitio, con las minas que alrededor de los muros abrieron.