Chapter 17

Madre, la mi madre,Guardas me poneis.

Madre, la mi madre,Guardas me poneis.

Madre, la mi madre,

Guardas me poneis.

Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto que buena voz, y fueron estas:

Madre, la mi madre,Guardas me poneis;Que si yo no me guardo,No me guardaréis.Dicen que está escrito,Y con gran razon,Ser la privacionCausa de apetito:Crece en infinitoEncerrado amor,Por eso es mejorQue no me encerreis:Que si yo, etc.Si la voluntadPor sí no se guarda,No la harán la guardaMiedo ó calidad:Romperá en verdadPor la misma muerte,Hasta hallar la suerteQue vos no entendeis.Que si yo, etc.Quien tiene costumbreDe ser amorosa,Como mariposaSe irá tras su lumbre,Aunque muchedumbreDe guardas le pongan,Y aunque mas proponganDe hacer lo que haceis:Que si yo, etc.Es de tal maneraLa fuerza amorosa,Que á la mas hermosaLa vuelve en quimera:El pecho de cera,De fuego la gana,Las manos de lana,De fieltro los piés.Que si yo no me guardo,Mal me guardaréis.

Madre, la mi madre,Guardas me poneis;Que si yo no me guardo,No me guardaréis.Dicen que está escrito,Y con gran razon,Ser la privacionCausa de apetito:Crece en infinitoEncerrado amor,Por eso es mejorQue no me encerreis:Que si yo, etc.Si la voluntadPor sí no se guarda,No la harán la guardaMiedo ó calidad:Romperá en verdadPor la misma muerte,Hasta hallar la suerteQue vos no entendeis.Que si yo, etc.Quien tiene costumbreDe ser amorosa,Como mariposaSe irá tras su lumbre,Aunque muchedumbreDe guardas le pongan,Y aunque mas proponganDe hacer lo que haceis:Que si yo, etc.Es de tal maneraLa fuerza amorosa,Que á la mas hermosaLa vuelve en quimera:El pecho de cera,De fuego la gana,Las manos de lana,De fieltro los piés.Que si yo no me guardo,Mal me guardaréis.

Madre, la mi madre,

Guardas me poneis;

Que si yo no me guardo,

No me guardaréis.

Dicen que está escrito,

Y con gran razon,

Ser la privacion

Causa de apetito:

Crece en infinito

Encerrado amor,

Por eso es mejor

Que no me encerreis:

Que si yo, etc.

Si la voluntad

Por sí no se guarda,

No la harán la guarda

Miedo ó calidad:

Romperá en verdad

Por la misma muerte,

Hasta hallar la suerte

Que vos no entendeis.

Que si yo, etc.

Quien tiene costumbre

De ser amorosa,

Como mariposa

Se irá tras su lumbre,

Aunque muchedumbre

De guardas le pongan,

Y aunque mas propongan

De hacer lo que haceis:

Que si yo, etc.

Es de tal manera

La fuerza amorosa,

Que á la mas hermosa

La vuelve en quimera:

El pecho de cera,

De fuego la gana,

Las manos de lana,

De fieltro los piés.

Que si yo no me guardo,

Mal me guardaréis.

Al fin llegaban de su canto y baile el corro de las mozas, guiado por la buena dueña, cuando llegó Guiomar la centinela, toda turbada, hiriendo de pié y de mano como si tuviera alferecía, y con voz entre ronca y bajo, dijo:

—Despierto señor, señora; y señora, despierto señor, y levantas y viene.

Quien ha visto banda de palomas estar comiendo en el campo sin miedo lo que ajenas manos sembraron, que al furioso estrépito de disparada escopeta se azora y levanta, y olvidada del pasto, confusa y atónita cruza por los aires: tal se imagine que quedó la banda y corro de las bailadoras pasmadas y temerosas, oyendo la no esperada nueva que Guiomar habia traido; y procurando cada una su disculpa y todas juntas su remedio, cuál por una, y cuál por otra parte, se fueron á esconder por los desvanes y rincones de la casa, dejando solo al músico, el cual dejando la guitarra y el canto, lleno de turbacion no sabia qué hacerse.

Torcia Leonora sus hermosas manos: abofeteábase el rostro, aunque blandamente, la señora Marialonso. En fin, todo era confusion, sobresalto y miedo. Pero la dueña, como mas astuta y reportada, dió órden que Loaysa se entrase en un aposento suyo, y que ella y su señora se quedarian en la sala, que no faltaria escusa que dar á su señor, si allí las hallase.

Escondióse luego Loaysa, y la dueña se puso atenta á escuchar si su amo venia, y no sintiendo rumor alguno, cobró ánimo, y poco á poco, paso ante paso se fué llegando al aposento donde su señor dormia, y oyó que roncaba como primero, y asegurada de que dormia, alzó las faldas y volvió corriendo á pedir albricias á su señora del sueño de su amo, la cual se las mandó de muy entera voluntad.

No quiso la buena dueña perder la coyuntura que la suerte le ofrecia de gozar primero que todas las gracias que ella se imaginaba que debia tener el músico; y así, diciéndole á Leonora que esperase en la sala en tanto que iba á llamarlo, la dejó y se entró donde él estaba no ménos confuso que pensativo, esperando las nuevas de lo que hacia el viejo untado: maldecia la falsedad del ungüento, y quejábase de la credulidad de sus amigos y del poco advertimiento que habia tenido en no hacer primero la esperiencia en otro, ántes de hacerla en Carrizales.

En esto llegó la dueña, y le aseguró que el viejo dormia á mas y mejor: sosegó el pecho, y estuvo atento á muchas palabras amorosas que Marialonso le dijo, de las cuales coligió la mala intencion suya, y propuso en sí de ponerla por anzuelo para pescar á su señora. Y estando los dos en sus pláticas, las demas criadas que estaban escondidas por diversas partes de la casa, una de aquí otra de allí, volvieron á ver si era verdad que su amo habia despertado, y viendo que todo estaba sepultado en silencio, llegaron á la sala donde habian dejado á su señora, de la cual supieron el sueño de su amo, y preguntándole por el músico y por la dueña, les dijo dónde estaban, y todas con el mismo silencio que habian traido, se llegaron á escuchar por entre las puertas lo que entrambos trataban.

No faltó de la junta Guiomar la negra; el negrosí, porque así como oyó que su amo habia despertado, se abrazó con su guitarra, y se fué á esconder en su pajar, y cubierto con la manta de su pobre cama sudaba y trasudaba de miedo; y con todo eso no dejaba de tentar las cuerdas de la guitarra: tanta era (encomendado él sea á Satanas) la aficion que tenia á la música.

Entreoyeron las mozas los requiebros de la vieja, y cada una le dijo el nombre de las pascuas: ninguna la llamó vieja, que no fuese con su epíteto y adjetivo de hechicera y de barbuda, de antojadiza, y de otros que por buen respeto se callan; pero lo que mas risa causara á quien entónces las oyera, eran las razones de Guiomar la negra, que por ser portuguesa, y no muy ladina, era estraña la gracia con que la vituperaba. En efeto, la conclusion de la plática de los dos fué que él condescenderia con la voluntad della, cuando ella primero le entregase á toda su voluntad á su señora.

Cuesta arriba se le hizo á la dueña ofrecer lo que el músico pedia; pero á trueco de cumplir el deseo que ya se le habia apoderado del alma, y de los huesos y médulas del cuerpo, le prometiera los imposibles que pudieran imaginarse: dejóle, y salió á hablar á su señora; y como vió su puerta rodeada de todas las criadas, les dijo que se recogiesen á sus aposentos, que otra noche habria lugar para gozar con ménos ó con ningun sobresalto del músico, que ya aquella noche el alboroto les habia aguado el gusto.

Bien entendieron todas que la vieja se queria quedar sola; pero no pudieron dejar de obedecerla, porque las mandaba á todas. Fuéronse las criadas, y ella acudió á la sala á persuadir á Leonora acudiese á la voluntad de Loaysa, con una larga y tan concertada arenga, que pareció que de muchos dias la tenia estudiada: encarecióle su gentileza, su valor, su donaire y sus muchas gracias: pintóle de cuánto mas gusto le serian los abrazos del amante mozo, que los del marido viejo, asegurándole el secreto y la duracion del deleite, con otras cosas semejantes á estas, que el demonio le puso en la lengua, llenas de colores retóricos, tan demostrativos y eficaces, que movieran, no solo el corazon tierno y poco advertido de la simple é incauta Leonora, sino el de un endurecido mármol. ¡Oh dueñas, nacidas y usadas en el mundo para perdicion de mil recatadas y buenas intenciones! ¡Oh luengas y repulgadas tocas, escogidas para autorizar las salas y los estrados de señoras principales, y cuán al reves de lo que debíades usais de vuestro casi ya forzoso oficio! En fin, tanto dijo la dueña, tanto persuadió la dueña, que Leonora se rindió, Leonora se engañó, y Leonora se perdió, dando en tierra con todas las prevenciones del discreto Carrizales, que dormia el sueño de la muerte de su honra.

Tomó Marialonso por la mano á su señora, y casipor fuerza, preñados de lágrimas los ojos, la llevó donde Loaysa estaba, y echándoles la bendicion con una risa falsa de demonio, cerrando tras sí la puerta, los dejó encerrados, y ella se puso á dormir en el estrado, ó por mejor decir á esperar su contento de recudida. Pero como el desvelo de las pasadas noches la venciese, se quedó dormida en el estrado.

Bueno fuera en esta sazon preguntar á Carrizales, á no saber que dormia, que ¿adónde estaban sus advertidos recatos, sus recelos, sus advertimientos, sus persuasiones, los altos muros de su casa, el no haber entrado en ella ni aun en sombra álguien que tuviese nombre de varon, el torno estrecho, las gruesas paredes, las ventanas sin luz, el encerramiento notable, la gran dote en que á Leonora habia dotado, los regalos continuos que la hacia, el buen tratamiento de sus criadas y esclavas, el no faltar un punto á todo aquello que él imaginaba que habian menester y que podian desear? Pero ya queda dicho que no habia para qué preguntárselo, porque dormia mas de aquello que fuera menester: y si él lo oyera, y acaso respondiera, no podia dar mejor respuesta que encoger los hombros, enarcar las cejas y decir: todo aqueso derribó por los fundamentos la astucia, á lo que yo creo, de un mozo holgazan y vicioso, y la malicia de una falsa dueña, con la inadvertencia de una muchacha rogada y persuadida: libre Dios á cada uno de tales enemigos, contra los cuales no hay escudo de prudencia que defienda, ni espada de recato que corte.

Pero con todo esto, el valor de Leonora fué tal, que en el tiempo que mas le convenia, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto engañador, pues no fueron bastantes á vencerla, y él se cansó en balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos. Y en esto ordenó el cielo que á pesar del ungüento Carrizales despertase, y como tenia de costumbre, tentó la cama por todas partes, y no hallando en ella á su querida esposa, saltó de la cama despavorido y atónito, con mas lijereza y denuedo que sus muchos años prometian; y cuando en el aposento no halló á su esposa, y le vió abierto, y que le faltaba la llave de entre los colchones, pensó perder el juicio; pero reportándose un poco salió al corredor, y de allí andando pié ante pié por no ser sentido, llegó á la sala donde la dueña dormia, y viéndola sola sin Leonora, fué al aposento de la dueña, y abriendo la puerta muy quedo, vió lo que nunca quisiera haber visto: vió lo que diera por bien empleado no tener ojos para verlo: vió á Leonora en brazos de Loaysa, durmiendo tan á sueño suelto, como si en ellos obrara la virtud del ungüento y no en el celoso anciano.

Sin pulsos quedó Carrizales con la amarga vista de lo que miraba, la voz se le pegó á la garganta, los brazos se le cayeron de desmayo, y quedó hecho una estatua de mármol frio; y aunque la cólera hizo su natural oficio, avivándole los casi muertos espíritus, pudo tanto el dolor, que no le dejó tomar aliento; y con todo eso tomara la venganza que aquella grande maldad requeria, si se hallara con armas para poder tomarla: y así determinó volverse á su aposento á tomar una daga, y volver á sacar las manchas de su honra con sangre de sus dos enemigos, y aun con toda aquella de toda la gente de su casa. Con esta determinacion honrosa y necesaria volvió, con el mismo silencio y recato que habia venido, á su estancia, donde le apretó el corazon tanto el dolor y la angustia, que sin ser poderoso á otra cosa, se dejó caer desmayado sobre el lecho.

Llegóse en esto el dia, y cogió á los nuevos adúlteros enlazados en la red de sus brazos. Despertó Marialonso, y quiso acudir por lo que á su parecer le tocaba, pero viendo que era tarde, quiso dejarlo para la venidera noche. Alborotóse Leonora viendo tan entrado el dia, y maldijo su descuido y el de la maldita dueña, y las dos con sobresaltados pasos fueron donde estaba su esposo, rogando entre dientes al cielo que le hallasen todavía roncando; y cuando le vieron encima de la cama callando, creyeron que todavía obraba la untura, pues dormia, y con gran regocijo abrazaron la una á la otra. Llegóse Leonora á su marido, y asiéndole de un brazo, le volvió de un lado á otro por ver si despertaba sin ponerles en necesidad de lavarle con vinagre, como decian era menester para que en sí volviese. Pero volvió Carrizales de su desmayo, y dando un profundo suspiro, con una voz lamentable y desmayada dijo:

—¡Desdichado de mí, y á que tristes términos me ha traido mi fortuna!

No entendió bien Leonora lo que dijo su esposo, mas como le vió despierto y que hablaba, admirada de ver que la virtud del ungüento no duraba tanto como habian significado, se llegó á él, y poniendo su rostro con el suyo, teniéndole estrechamente abrazado, le dijo:

—¿Qué teneis, señor mio, que me parece que os estais quejando?

Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza, al cabo de la cual le dijo:

—Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y querríalos ver ántes que me muriese.

Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia en aquel trance; y respondiéndole que harialo que la mandaba, mandó al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho, preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.

Ya la dueña habia dicho á la gente de casa y á Loaysa la enfermedad de su amo, encareciéndoles que debia de ser de momento, pues se le habia olvidado de mandar cerrar las puertas de la calle cuando el negro salió á llamar á los padres de su señora: de la cual embajada asimismo se admiraron, por no haber entrado ninguno dellos en aquella casa despues que casaron á su hija.

En fin, todos andaban callados y suspensos, no dando en la verdad de la causa de la indisposicion de su amo, el cual de rato en rato tan profunda y dolorosamente suspiraba, que con cada suspiro parecia arrancársele el alma.

Lloraba Leonora por verle de aquella suerte, y reíase él con una risa de persona que estaba fuera de sí, considerando la falsedad de sus lágrimas.

En esto llegaron los padres de Leonora, y como hallaron la puerta de la calle y la del patio abiertas, y la casa sepultada en silencio y sola, quedaron admirados y con no pequeño sobresalto. Fueron al aposento de su yerno, y halláronle, como se ha dicho, siempre clavados los ojos en su esposa, á la cual tenia asida de las manos, derramando los dos muchas lágrimas, ella con no mas ocasion de verlas derramar á su esposo: él por ver cuán fingidamente ella las derramaba.

Así como sus padres entraron, habló Carrizales, y dijo:

—Siéntense aquí vuesas mercedes, y todos los demas dejen desocupado el aposento, y solo quede la señora Marialonso.

Hiciéronlo así, y quedando solos los cinco, sin esperar que otro hablase, con sosegada voz, limpiándose los ojos, desta manera dijo Carrizales:

—Bien seguro estoy, padres y señores mios, que no será menester traeros testigos para que me creais una verdad que quiero deciros: bien se os debe acordar (que no es posible se os haya caido de la memoria) con cuánto amor, con cuán buenas entrañas hace hoy un año, un mes, cinco dias y nueve horas, que me entregasteis á vuestra querida hija por legítima mujer mia: tambien sabeis con cuánta liberalidad la doté, pues fué tal la dote, que mas de tres de su misma calidad pudieran casar con opinion de ricas: asimismo se os debe acordar la diligencia que puse en vestirla y adornarla de todo aquello que ella se acertó á desear y yo alcanzé á saber que le convenia: ni mas ni ménos habeis visto, señores, cómo llevado de mi natural condicion, y temeroso delmal de que sin duda he de morir, y esperimentado por mi mucha edad en los estraños y varios acaecimientos del mundo, quise guardar esta joya que yo escogí y vosotros me disteis, con el mayor recato que me fué posible; alcé las murallas desta casa, quité la vista á las ventanas de la calle, doblé las cerraduras de las puertas, púsele torno como á monasterio de monjas, desterré perpetuamente della todo aquello que sombra ó nombre de varon tuviese; dile criadas y esclavas que la sirviesen, ni les negué á ellas ni á ella cuanto quisieron pedirme; hícela mi igual, comuniquéle mis mas secretos pensamientos, y entreguéla toda mi hacienda: todas estas eran obras para que, si bien lo considerara, yo viviera seguro de gozar sin sobresalto lo que tanto me habia costado, y ella procurara no darme ocasion á que ningun género de temor celoso entrara en mi pensamiento; mas como no se puede prevenir con diligencia humana el castigo que la voluntad divina quiere dar á los que en ella no ponen del todo en todo sus deseos y esperanzas, no es mucho que yo quede defraudado en las mias, y que yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va quitando la vida; pero porque veo la suspension en que todos estais, colgados de las palabras de mi boca, quiero concluir los largos preámbulos desta plática con deciros en una palabra lo que no es posible decirse en millares dellas: digo pues, señores, que todo lo que he dicho y hecho ha parado en que esta madrugada hallé á esta, nacida en el mundo para perdicion de mi sosiego y fin de mi vida (y esto señalando á su esposa) en los brazos de un gallardo mancebo, que en la estancia desta pestífera dueña ahora está encerrado.

Apénas acabó estas últimas palabras Carrizales, cuando á Leonora se le cubrió el corazon, y en las mismas rodillas de su marido se cayó desmayada. Perdió la color Marialonso, y á las gargantas de los padres de Leonora se les atravesó un ñudo que no les dejaba hablar palabra. Pero prosiguiendo adelante Carrizales, dijo:

—La venganza que pienso tomar desta afrenta no es ni ha de ser de las que ordinariamente suelen tomarse; pues quiero que así como yo fuí estremado en lo que hice, así sea la venganza que tomare, tomándola de mí mismo como del mas culpado en este delito, que debiera considerar que mal podian estar ni compadecerse en uno los quince años desta muchacha con los casi ochenta mios, y yo fuí el que como el gusano de seda me fabriqué la casa donde muriese; y á tí no te culpo, ¡oh niña mal aconsejada! (Y diciendo esto se inclinó y besó el rostro de la desmayada Leonora.) No te culpo, digo, porque persuasiones de viejas taimadas, y requiebros de mozos enamorados, fácilmente vencen y triunfan del poco ingenio que los pocos años encierran; mas porque todo el mundo veael valor de los quilates de la voluntad y fe con que te quise, en este último trance de mi vida quiero mostrarlo de modo que quede en el mundo por ejemplo, si no de bondad, al ménos de simplicidad jamas oida ni vista: y así quiero que se traiga luego aquí un escribano para hacer de nuevo mi testamento, en el cual mandaré doblar la dote á Leonora, y le rogaré que despues de mis dias, que serán bien breves, disponga su voluntad, pues lo podrá hacer sin fuerza, á casarse con aquel mozo, á quien nunca ofendieron las canas deste lastimado viejo; y así verá que si viviendo jamas salí un punto de lo que pude pensar ser su gusto, en la muerte hago lo mismo, y quiero que le tenga con el que ella debe de querer tanto: la demas hacienda mandaré á otras obras pias, y á vosotros, señores mios, dejaré con que podais vivir honradamente lo que de la vida os queda: la venida del escribano sea luego, porque la pasion que tengo me aprieta de manera, que á mas andar me va acortando los pasos de la vida.

Esto dicho, le sobrevino un terrible desmayo, y se dejó caer tan junto de Leonora, que se juntaron los rostros: ¡estraño y triste espectáculo para los padres, que á su querida hija y á su amado yerno miraban! No quiso la mala dueña esperar á las reprensiones que pensó le darian los padres de su señora; y así se salió del aposento, y fué á decir á Loaysa todo lo que pasaba, aconsejándole que luego al punto se fuese de aquella casa, que ella tendria cuidado de avisarle con el negro lo que sucediese, pues ya no habia puertas ni llaves que lo impidiesen. Admiróse Loaysa con tales nuevas, y tomando el consejo, volvió á vestirse como pobre, y fuese á dar cuenta á sus amigos del estraño y nunca visto suceso de sus amores.

En tanto pues que los dos estaban transportados, el padre de Leonora envió á llamar á un escribano amigo suyo, el cual vino á tiempo que ya habian vuelto hija y yerno en su acuerdo. Hizo Carrizales su testamento en la manera que habia dicho, sin declarar el yerro de Leonora, mas de que por buenos respetos le pedia y rogaba se casase, si acaso él muriese, con aquel mancebo que él la habia dicho en secreto. Cuando esto oyó Leonora se arrojó á los piés de su marido, y saltándole el corazon en el pecho, le dijo:

—Vivid vos muchos años, mi señor y mi bien todo, que puesto caso que no estais obligado á creerme ninguna cosa de las que os dijere, sabed que no os he ofendido sino con el pensamiento.

Y comenzando á disculparse y á contar por estenso la verdad del caso, no pudo mover la lengua, y volvió á desmayarse. Abrazóla así desmayada el lastimado viejo, abrazáronla sus padres, lloraron todos tan amargamente, que obligaron y aun forzaron á que en ellas les acompañase el escribano que hacia el testamento, en el cual dejó de comer á todas las criadasde casa, horras las esclavas y negro, y á la falsa de Marialonso no le mandó otra cosa que la paga de su salario; mas sea lo que fuere, el dolor le apretó de manera, que al seteno dia le llevaron á la sepultura.

Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que cumpliese lo que ya él sabia que su marido en su testamento dejaba mandado, vió que dentro de una semana se entró monja en uno de los mas recogidos monasterios de la ciudad: él despechado y casi corrido se pasó á las Indias. Quedaron los padres de Leonora tristísimos, aunque se consolaron con lo que su yerno les habia dejado y mandado por su testamento. Las criadas se consolaron con lo mismo, y las esclavas y esclavo con la libertad, y la malvada de la dueña, pobre y defraudada de todos sus malos pensamientos.

Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda la voluntad libre; y de lo ménos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oido eshortaciones destas dueñas de monjil negro y tendido, y tocas blancas y luengas. Solo no sé qué fué la causa que Leonora no puso mas ahinco en disculparse y dar á entender á su celoso marido cuán limpia y sin ofensa habia quedado en aquel suceso; pero la turbacion le ató la lengua, y la priesa que se dió á morir su marido no dió lugar á su disculpa.


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