LAS DOS DONCELLAS.
Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero: no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran lijereza.
Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho, y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él, y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.
Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos, viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.
No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del aposento, y llevando consigo unas bolsas grandesde cuero, se entró en él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció arrimó á ella dos sillas.
Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped, y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda, cuando dijo:
—¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar ángeles á mi casa?
—¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.
—No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola, porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le bendiga.
—¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.
—Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.
—Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.
Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos del transilvano, que nuestro Señor guarde.
El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion, y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna: ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:
—Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced conseguirá su intento.
Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el deseoso cuatro reales.
Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.
Eran las noches de las perezosas y largas de diciembre, y el frio y el cansancio del camino forzaban á procurar pasarlas con reposo: pero como no le tenia el huésped primero, á poco mas de la media noche comenzó á suspirar tan amargamente, que con cada suspiro parecia despedírsele el alma; y fué de tal manera, que aunque el segundo dormia, hubo de despertar al lastimero son del que se quejaba, y admirado de los sollozos, con que acompañaba los suspiros, atentamente se puso á escuchar lo que al parecer entre sí murmuraba. Estaba la sala escura, y las camas bien desviadas; pero no por esto dejó de oir entre otras razones, estas, que con voz debilitada y flaca, el lastimado huésped primero decia:
—¡Ay sin ventura! ¿adónde me lleva la fuerza incontrastable de mis hados? ¿Qué camino es el mio, ó qué salida espero tener del intricado laberinto donde me hallo? ¡Ay pocos y mal esperimentados años, incapaces de toda buena consideracion y consejo! ¿Qué fin ha de tener esta no sabida peregrinacion mia? ¡Ay honra menospreciada, ay amor mal agradecido, ay respetos de honrados padres y parientes atropellados, y ay de mí una y mil veces, que tan á rienda suelta me dejé llevar de mis deseos! ¡Ó palabras fingidas, que tan de veras me obligastes á que con obras os respondiese! Pero ¿de quién me quejo, cuitada? ¿Yo no soy la que quise engañarme? ¿No soy yo la que tomó el cuchillo en sus mismas manos, con que corté y eché por tierra mi crédito, con el que de mi valor tenian mis ancianos padres? ¡Oh fementido Marco Antonio! ¿Cómo es posible que en las dulces palabras que me decias, viniese mezclada la hiel de tus descortesías y desdenes? ¿Adónde estás, ingrato, adónde te fuiste, desconocido? Respóndeme, que te hablo: espérame, que te sigo: susténtame, que descaezco: págame lo que me debes: socórreme, pues por tantas vias te tengo obligado.
Calló en diciendo esto, dando muestra en los ayes y suspiros que no dejaban los ojos de derramar tiernas lágrimas. Todo lo cual con sosegado silencio estuvo escuchando el segundo huésped, coligiendo por las razones que habia oido, que sin duda alguna era mujer la que se quejaba, cosa que le avivó mas el deseo de conocella, y estuvo muchas veces determinado de irse á la cama de la que creia ser mujer; y hubiéralo hecho, si en aquella sazon no le sintiera levantar, y abriendo la puerta de la sala dió voces al huésped de casa que le ensillase el cuartago, porque queria partirse. Á lo cual, al cabo de un buen rato que el mesonero se dejó llamar, le respondió que se sosegase, porque aun no era pasada la media noche, y que la escuridad era tanta, que seria temeridad ponerse en camino. Quietóse con esto, y volviendo á cerrar la puerta se arrojó en la cama de golpe, dando un recio suspiro.
Parecióle al que escuchaba que seria bien hablarle, y ofrecerle para su remedio lo que de su parte podia, por obligarle con esto á que se descubriese, y su lastimera historia le contase, y así le dijo: Por cierto, señor gentilhombre, que si los suspiros que habeis dado y las palabras que habeis dicho no me hubieran movido á condolerme del mal de que os quejais, entendiera que carecia de natural sentimiento, ó que mi alma era piedra, y mi pecho de bronce duro; y si esta compasion que os tengo, y el presupuesto que en mí ha nacido de poner mi vida por vuestro remedio (si es que vuestro mal le tiene) merece alguna cortesía, en recompensa ruégoos que la useis conmigo, declarándome, sin encubrirme cosa, la causa de vuestro dolor.
—Si él no me hubiera sacado de sentido, respondió el que se quejaba, bien debiera yo de acordarmeque no estaba solo en este aposento, y así hubiera puesto mas freno á mi lengua y mas tregua á mis suspiros; pero en pago de haberme faltado la memoria en parte donde tanto me importaba tenerla, quiero hacer lo que me pedís, porque renovando la amarga historia de mis desgracias, podria ser que el nuevo sentimiento me acabase; mas si quereis que haga lo que me pedís, habeisme de prometer por la fe que me habeis mostrado en el ofrecimiento que me habeis hecho, y por quien vos sois (que á lo que en vuestras palabras mostrais, prometeis mucho) que por cosas que de mí oigais en lo que os dijere, no os habeis de mover de vuestro lecho, ni venir al mio, ni preguntarme mas de aquello que yo quisiere deciros; porque si al contrario desto hiciéredes, en el punto que os sienta mover, con una espada que á la cabecera tengo, me pasaré el pecho.
Esotro (que mil imposibles prometiera por saber lo que tanto deseaba) le respondió que no saldria un punto de lo que le habia pedido, afirmándoselo con mil juramentos.
—Con ese seguro pues, dijo el primero, yo haré lo que hasta agora no he hecho, que es dar cuenta de mi vida á nadie, y así escuchad. Habeis de saber, señor, que yo que en esta posada entré, como sin duda os habrán dicho, en traje de varon, soy una desdichada doncella, á lo ménos una que lo fué no ha ocho dias, y lo dejó de ser por inadvertida y loca, y por creerse de palabras compuestas y afeitadas de fementidos hombres: mi nombre es Teodosia, mi patria un principal lugar desta Andalucía, cuyo nombre callo (porque no os importa á vos tanto el saberlo, como á mí el encubrirlo): mis padres son nobles y mas que medianamente ricos, los cuales tuvieron un hijo y una hija, él para descanso y honra suya, y ella para todo lo contrario: á él enviaron á estudiar á Salamanca: á mí me tenian en su casa, adonde me criaban con el recogimiento y recato que su virtud y nobleza pedian, y yo sin pesadumbre alguna siempre les fuí obediente, ajustando mi voluntad á la suya sin discrepar un solo punto, hasta que mi suerte menguada ó mi mucha demasía me ofreció á los ojos un hijo de un vecino nuestro mas rico que mis padres, y tan noble como ellos: la primera vez que le miré no sentí otra cosa que fuese mas de una complacencia de haberle visto; y no fué mucho, porque su gala, gentileza, rostro y costumbres eran de los alabados y estimados del pueblo, con su rara discrecion y cortesía; pero ¿de qué me sirve alabar á mi enemigo ni ir alargando con razones el suceso tan desgraciado mio, ó por mejor decir, el principio de mi locura? Digo en fin, que él me vió una y muchas veces desde una ventana que frontero de otra mia estaba; desde allí, á lo que me pareció, me envió el alma por los ojos, y los mioscon otra manera de contento que el primero gustaron de miralle, y aun me forzaron á que creyese que eran puras verdades cuanto en sus ademanes y en su rostro leia: fué la vista la intercesora y medianera de la habla, la habla de declarar su deseo, su deseo de encender el mio y de dar fe al suyo: llegóse á todo esto las promesas, los juramentos, las lágrimas, los suspiros, y todo aquello que á mi parecer puede hacer un firme amador, para dar á entender la entereza de su voluntad y la firmeza de su pecho, y en mí, desdichada (que jamas en semejantes ocasiones y trances me habia visto) cada palabra era un tiro de artillería que derribaba parte de la fortaleza de mi honra; cada lágrima era un fuego en que se abrasaba mi honestidad: cada suspiro un furioso viento que el incendio aumentaba de tal suerte, que acabó de consumir la virtud que hasta entónces aun no habia sido tocada; y finalmente, con la promesa de ser mi esposo á pesar de sus padres (que para otra le guardaban), di con todo mi recogimiento en tierra, y sin saber cómo me entregué en su poder á hurto de mis padres, sin tener otro testigo de mi desatino, que un paje de Marco Antonio (que este es el nombre del inquietador de mi sosiego); y apénas hubo tomado de mí la posesion que quiso, cuando de allí á dos dias desapareció del pueblo, sin que sus padres ni otra persona alguna supiesen decir ni imaginar dónde habia ido. Cual yo quedé, dígalo quien tuviere poder para decirlo, que yo no sé ni supe mas de sentillo: castigué mis cabellos, como si ellos tuvieran la culpa de mi yerro; martiricé mi rostro, por parecerme que él habia dado toda la ocasion á mi desventura; maldije mi suerte, acusé mi presta determinacion, derramé muchas é infinitas lágrimas, víme casi ahogada entre ellas y entre los suspiros que de mi lastimado pecho salian, quejéme en silencio al cielo, discurrí con la imaginacion, por ver si descubria algun camino ó senda á mi remedio, y la que hallé fué vestirme en hábito de hombre, y ausentarme de la casa de mis padres, y irme á buscar á este segundo engañador Enéas, á este cruel y fementido Vireno, á este defraudador de mis buenos pensamientos y legítimas y bien fundadas esperanzas; y así sin ahondar mucho en mis discursos, ofreciéndome la ocasion un vestido de camino de mi hermano, y un cuartago de mi padre que yo ensillé, una noche escurísima salí de casa con intencion de ir á Salamanca, donde, segun despues se dijo, creian que Marco Antonio podia haber venido; porque tambien es estudiante, y camarada del hermano mio que os he dicho: no dejé asimismo de sacar cantidad de dineros en oro, para todo aquello que en mi impensado viaje pueda sucederme; lo que mas me fatiga es que mis padres me han de seguir y hallar por las señas delvestido y del cuartago que traigo, y cuando esto no tema, temo á mi hermano que está en Salamanca, del cual si soy conocida, ya se puede entender el peligro en que está puesta mi vida; porque aunque él escuche mis disculpas, el menor punto de su honor pasa á cuantas yo pudiere darle: con todo esto, mi principal determinacion es, aunque pierda la vida, buscar al desalmado de mi esposo, que no puede negar el serlo sin que le desmientan las prendas que dejó en mi poder, que son una sortija de diamantes, con unas cifras que dicen: Es Marco Antonio esposo de Teodosia. Si le hallo, sabré dél qué halló en mí que tan presto le movió á dejarme; y en resolucion haré que me cumpla la palabra y fe prometida, ó le quitaré la vida, mostrándome tan presta á la venganza, como fuí fácil al dejar agraviarme; porque la nobleza de la sangre que mis padres me han dado, va despertando en mí brios que me prometen ó ya remedio, ó ya venganza de mi agravio. Esta es, señor caballero, la verdadera y desdichada historia que deseábades saber, la cual será bastante disculpa de los suspiros y palabras que os despertaron: lo que os ruego y suplico es, que ya que no podais darme remedio, á lo ménos me deis consejo con que pueda huir los peligros que me contrastan, y templar el temor que tengo de ser hallada, y facilitar los modos que he de usar para conseguir lo que tanto deseo y he menester.
Un gran espacio de tiempo estuvo sin responder palabra el que habia estado escuchando la historia de la enamorada Teodosia, y tanto, que ella pensó que estaba dormido y que ninguna cosa le habia oido; y para certificarse de lo que sospechaba, le dijo:
—¿Dormís, señor? y no seria malo que durmiésedes, porque el apasionado que cuenta sus desdichas á quien no las siente, bien es que causen en quien las escucha mas sueño que lástima.
—No duermo, respondió el caballero, ántes estoy tan despierto, y siento tanto vuestra desventura, que no sé si diga que en el mismo grado me aprieta y duele que á vos misma, y por esta causa el consejo que me pedís, no solo ha de parar en aconsejaros, sino en ayudaros con todo aquello que mis fuerzas alcanzaren; que puesto que en el modo que habeis tenido en contarme vuestro suceso, se ha mostrado el raro entendimiento de que sois dotada, y que conforme á esto os debió de engañar mas vuestra voluntad rendida que las persuasiones de Marco Antonio, todavía quiero tomar por disculpa de vuestro yerro vuestros pocos años, en los cuales no cabe tener esperiencia de los muchos engaños de los hombres: sosegad, señora, y dormid, si podeis, lo poco que debe de quedar de la noche; que en viniendo el dia nos aconsejaremos los dos y veremos qué salida se podrá dar á vuestro remedio.
AgradecióseloTeodosia lo mejor que supo, y procuró reposar un rato por dar lugar á que el caballero durmiese, el cual no fué posible sosegar un punto, ántes comenzó á volcarse por la cama y á suspirar de manera que le fué forzoso á Teodosia preguntarle qué era lo que sentia, que si era alguna pasion á quien ella pudiese remediar, lo haria con la voluntad misma que él á ella se le habia ofrecido. Á esto respondió el caballero:
—Puesto que sois vos, señora, la que causa el desasosiego que en mí habeis sentido, no sois vos la que podais remedialle, que á serlo, no tuviera yo pena alguna.
No pudo entender Teodosia adónde se encaminaban aquellas confusas razones; pero todavía sospechó que alguna pasion amorosa le fatigaba, y aun pensó ser ella la causa, y era de sospechar y de pensar, pues la comodidad del aposento, la soledad y la escuridad, y el saber que era mujer, no fuera mucho haber despertado en él algun mal pensamiento, y temerosa desto se vistió con grande priesa y con mucho silencio, y se ciñó su espada y daga, y de aquella manera, sentada sobre la cama estuvo esperando el dia, que de allí á poco espacio dió señal de su venida con la luz que entraba por los muchos lugares y entradas que tienen los aposentos de los mesones y ventas: y lo mismo que Teodosia habia hecho el caballero, y apénas vió estrellado el aposento con la luz del dia, cuando se levantó de la cama, diciendo:
—Levantáos, señora Teodosia, que yo quiero acompañaros en esta jornada, y no dejaros de mi lado hasta que como legítimo esposo tengais en el vuestro á Marco Antonio, ó que él ó yo perdamos las vidas; y aquí veréis la obligacion y voluntad en que me ha puesto vuestra desgracia.
Y diciendo esto, abrió las ventanas y puertas del aposento.
Estaba Teodosia deseando ver la claridad, para ver con la luz qué talle y parecer tenia aquel con quien habia estado hablando toda la noche; mas cuando le miró y le conoció, quisiera que jamas hubiera amanecido, sino que allí en perpetua noche se le hubieran cerrado los ojos; porque apénas hubo el caballero vuelto los ojos á mirarla (que tambien deseaba verla), cuando ella conoció que era su hermano, de quien tanto se temia, á cuya vista casi perdió la de sus ojos, y quedó suspensa, y muda, sin color en el rostro; pero sacando del temor esfuerzos, y del peligro discrecion, echando mano á la daga, la tomó por la punta, y se fué á hincar de rodillas delante de su hermano, diciendo con voz turbada y temerosa:
—Toma, señor y querido hermano mio, y haz con este hierro el castigo del que he cometido, satisfaciendo tu enojo, que para tan grande culpa como la mia no es bien que ninguna misericordia me valga: yo confieso mi pecado, y no quiero que me sirva de disculpa mi arrepentimiento: solo te suplico que la pena sea de suerte, que seestienda á quitarme la vida, y no la honra, que puesto que yo la he puesto en manifiesto peligro, ausentándome de casa de mis padres, todavía quedará en opinion, si el castigo que me dieres fuere secreto.
Mirábala su hermano, y aunque la soltura de su atrevimiento le incitaba á la venganza, las palabras tan tiernas y tan eficaces con que manifestaba su culpa le ablandaron de tal suerte las entrañas, que con rostro agradable y semblante pacífico la levantó del suelo, y la consoló lo mejor que pudo y supo, diciéndole entre otras razones, que por no hallar castigo igual á su locura, le suspendia por entónces; y así por esto, como por parecerle que aun no habia cerrado la fortuna de todo en todo las puertas á su remedio, queria ántes procurársele por todas las vias posibles, que no tomar venganza del agravio que de su mucha liviandad en él redundaba.
Con estas razones volvió Teodosia á cobrar los perdidos espíritus, tornó la color á su rostro, y revivieron sus casi muertas esperanzas. No quiso mas D. Rafael (que así se llamaba su hermano) tratarle de su suceso: solo le dijo que mudase el nombre de Teodosia en Teodoro, que diesen luego la vuelta á Salamanca los dos juntos á buscar á Marco Antonio, puesto que él imaginaba que no estaba en ella, porque siendo su camarada, le hubiera hablado, aunque podia ser que el agravio que le habia hecho le enmudeciese y le quitase la gana de verle. Remitióse el nuevo Teodoro á lo que su hermano quiso. Entró en esto el huésped, al cual ordenaron que les diese algo de almorzar, porque querian partirse luego.
Entre tanto que el mozo de mulas ensillaba, y el almuerzo venia, entró en el meson un hidalgo que venia de camino, que de D. Rafael fué conocido luego. Conocíale tambien Teodoro, y no osó salir del aposento por no ser visto. Abrazáronse los dos, y preguntó D. Rafael al recien venido qué nuevas habia en su lugar. Á lo cual respondió, que él venia del Puerto de Santa María, adonde dejaba cuatro galeras de partida para Nápoles, y que en ellas habia visto embarcado á Marco Antonio Adorno, el hijo de D. Leonardo Adorno. Con las cuales nuevas se holgó D. Rafael, pareciéndole que pues tan sin pensar habia sabido nuevas de lo que tanto le importaba, era señal que tendria buen fin su suceso: rogóle á su amigo que trocase con el cuartago de su padre (que él muy bien conocia) la mula que él traia, no diciéndole que venia, sino que iba á Salamanca, y que no queria llevar tan buen cuartago en tan largo camino. El otro, que era comedido y amigo suyo, se contentó del trueco, y se encargó de dar el cuartago á su padre. Almorzaron juntos, y Teodoro solo, y llegado el punto de partirse el amigo, tomó el camino de Cazalla, donde tenia una rica heredad.
No partió D. Rafaelcon él, que por hurtarle el cuerpo le dijo que le convenia volver aquel dia á Sevilla; y así como le vió ido, estando en órden las cabalgaduras, hecha la cuenta y pagado el huésped, diciendo adios, se salieron de la posada, dejando admirados á cuantos en ella quedaban de su hermosura y gentil disposicion, que no tenia para hombre menor gracia, brio y compostura D. Rafael, que su hermana belleza y donaire.
Luego en saliendo contó don Rafael á su hermana las nuevas que de Marco Antonio le habian dado, y que le parecia que con la diligencia posible caminasen la vuelta de Barcelona, donde de ordinario suelen parar algun dia las galeras que pasan á Italia ó vienen á España, y que si no hubiesen llegado podian esperarlas, y allí sin duda hallarian á Marco Antonio. Su hermana le dijo que hiciese todo aquello que mejor le pareciese, porque ella no tenia mas voluntad que la suya.
Dijo D. Rafael al mozo de mulas que consigo llevaba, que tuviese paciencia, porque convenia pasar á Barcelona, asegurándole la paga á todo su contento del tiempo que con él anduviese. El mozo, que era de los alegres del oficio, y que conocia que D. Rafael era liberal, respondió que hasta el cabo del mundo le acompañaria y serviria. Preguntó D. Rafael á su hermana qué dineros llevaba. Respondió que no los tenia contados, y que no sabia mas de que en el escritorio de su padre habia metido la mano siete ó ocho veces, y sacádola llena de escudos de oro, y segun aquello imaginó D. Rafael que podia llevar hasta quinientos escudos, que con otros doscientos que él tenia, y una cadena de oro que llevaba, le pareció no ir muy desacomodado; y mas persuadiéndose que habia de hallar en Barcelona á Marco Antonio.
Con esto se dieron priesa á caminar sin perder jornada, y sin acaecerles desman ó impedimento alguno, llegaron á dos leguas de un lugar que está nueve de Barcelona, que se llama Igualada. Habia sabido en el camino como un caballero, que pasaba por embajador á Roma, estaba en Barcelona esperando las galeras, que aun no habian llegado; nueva que les dió mucho contento. Con este gusto caminaron hasta entrar en un bosquecillo que en el camino estaba, del cual vieron salir un hombre corriendo y mirando atras como espantado. Púsosele D. Rafael delante diciéndole:
—¿Por qué huís, buen hombre, ó que caso os ha acontecido, que con muestras de tanto miedo os hace parecer tan lijero?
—¿No quereis que corra apriesa y con miedo, respondió el hombre, si por milagro me he escapado de una compañía de bandoleros que queda en ese bosque?
—Malo, dijo el mozo de mulas, malo, vive Dios: ¿bandoleritos á estas horas? Para mi santiguada que ellos nos pongan como nuevos.
—No os congojeis, hermano, replicó el del bosque, que ya los bandoleros se han ido, y han dejado atados á los árboles deste bosque mas de treinta pasajeros, dejándolos en camisa: á solo un hombre dejaron libre para que desatase á los demas despues que ellos hubiesen traspuesto una montañuela que le dieron por señal.
—Si eso es, dijo Calvete (que así se llamaba el mozo de mulas), seguros podemos pasar, á causa que al lugar donde los bandoleros hacen el salto no vuelven por algunos dias, y puedo asegurar esto como aquel que ha dado dos veces en sus manos, y sabe de molde su usanza y costumbres.
—Así es, dijo el hombre.
Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja deagnusque de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos, dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le mirasen.
Apeóse Teodoro á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas, le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo, preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.
Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer mal suceso el calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en suhermosura traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les forzaba la poca seguridad de la playa.
Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen ántes que el sol, puesto que aquella noche no la durmieron toda, sino con mas sobresalto de los hermanos que ellos se pensaron, causado de que estando á la mesa, y con ellos el mancebo que habian desatado, Teodoro puso ahincadamente los ojos en su rostro, y mirándole algo curiosamente, le pareció que tenia las orejas horadadas, y en esto y en un mirar vergonzoso que tenia, sospechó que debia de ser mujer, y deseaba acabar de cenar para certificarse á solas de su sospecha; y entre la cena le preguntó D. Rafael que cúyo hijo era, porque él conocia toda la gente principal de su lugar, si era aquel que habia dicho. Á lo cual respondió el mancebo que era hijo de D. Enrique de Cárdenas, caballero bien conocido. Á esto dijo D. Rafael que él conocia bien á D. Enrique de Cárdenas; pero que sabia y tenia por cierto que no tenia hijo alguno; mas que si lo habia dicho por no descubrir sus padres, que no importaba, y que nunca mas se lo preguntaria.
—Verdad es, replicó el mozo, que D. Enrique no tiene hijos; pero tiénelos un hermano suyo, que se llama don Sancho.
—Ese tampoco, respondió D. Rafael, tiene hijos, sino una hija sola, y aun dicen que es de las mas hermosas doncellas que hay en la Andalucía, y esto no lo sé mas de por fama; que aunque muchas veces he estado en su lugar, jamas la he visto.
—Todo lo que, señor, decís es verdad, respondió el mancebo, que D. Sancho no tiene mas de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice; y si yo dije que era hijo de D. Enrique, fué porque me tuviésedes, señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de D. Sancho, que ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa, y por cierto enojo que di á mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise venirme á Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra, por quien vienen, segun he visto, á hacerse ilustres aun los de oscuro linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decia, notaba atentamente Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.
Acabóse la cena, alzáronse los manteles, y en tanto que D. Rafael se desnudaba, habiéndole dicho lo que del mancebo sospechaba, con su parecer y licencia se apartó con el mancebo á un balcon de una ancha ventana que á la calle salia, y en él puestos los dos de pechos, Teodoro así comenzó á hablar con el mozo.
—Quisiera, señor Francisco (que así habia dicho él que se llamaba), haberos hecho tantas buenas obras, que os obligara á no negarme cualquiera cosa que pudiera ó quisiera pediros; pero el poco tiempo que há que os conozco, no ha dado lugar á ello: podria ser que en el que está por venir conociésedes lo que merece mi deseo; y si al que ahora tengo no gustáredes de satisfacer, no por eso dejaré de ser vuestro servidor, como lo soy tambien ántes que os le descubra. Quiero tambien que sepais que aunque tengo tan pocos años como los vuestros, tengo mas esperiencia de las cosas de mundo que ellos prometen, pues con ella he venido á sospechar que vos no sois varon como vuestro traje lo muestra, sino mujer, y tan bien nacida como vuestra hermosura publica, y quizá tan desdichada como lo da á entender la mudanza del traje; pues jamas tales mudanzas son por bien de quien las hace: si es verdad lo que sospecho, decídmelo, que os juro por la fe de caballero que profeso, de ayudaros y serviros en todo aquello que pudiere. De que seais mujer, no me lo podeis negar, pues por las ventanas de vuestras orejas se ve esta verdad bien clara, y habeis andado descuidada en no cerrar y disimular esos agujeros con alguna cera encarnada, que pudiera ser que otro tan curioso como yo y no tan honrado, sacara á luz lo que vos tan mal habeis sabido encubrir: digo que no dudeis de decirme quién sois, con presupuesto que os ofrezco mi ayuda, y os aseguro el secreto que quisiéredes que tenga.
Con grande atencion estaba el mancebo escuchando lo que Teodoro le decia, y viendo que ya callaba, ántes que le respondiese palabra, le tomó las manos, y llegándoselas á la boca, se las besó por fuerza, y aun se las bañó con gran cantidad de lágrimas que de sus hermosos ojos derramaba, cuyo estraño sentimiento le causó en Teodoro de manera, que no pudo dejar de acompañarle en ellas (propia y natural condicion de mujeres principales enternecerse de los sentimientos y trabajos ajenos); pero despues que con dificultad retiró sus manos de la boca del mancebo, estuvo atenta á ver lo que le respondia, el cual dando un profundo gemido, acompañado de muchos suspiros, dijo:
—No quiero ni puedo negaros, señor, que vuestra sospecha no haya sido verdadera: mujer soy, y la mas desdichada que echaron al mundo las mujeres; y pues las obras que me habeis hecho y los ofrecimientos que me haceis, me obligan á obedeceros en cuanto me mandáredes, escuchad, que yo os diré quién soy (si ya no os cansa oir ajenas desventuras).
—En ellas viva yo siempre, replicó Teodoro, si nollegue el gusto de saberlas á la pena que me darán el ser vuestras, que ya las voy sintiendo como propias mias.
Y tornándole á abrazar, y á hacer nuevos y verdaderos ofrecimientos, el mancebo algo mas sosegado comenzó á decir estas razones.
—En lo que toca á mi patria, la verdad he dicho: en lo que toca á mis padres, no la dije; porque D. Enrique no lo es, sino mi tio, y su hermano D. Sancho mi padre, que yo soy la hija desventurada que vuestro hermano dice que D. Sancho tiene tan celebrada de hermosa, cuyo engaño y desengaño se echa de ver en la ninguna hermosura que tengo: mi nombre es Leocadia: la ocasion de la mudanza de mi traje oiréis ahora. Dos leguas de mi lugar está otro de los mas ricos y nobles de la Andalucía, en el cual vive un principal caballero que trae su origen de los nobles y antiguos Adornos de Génova: este tiene un hijo, que si no es que la fama se adelanta en sus alabanzas, como en las mias, es de los gentiles-hombres que desearse puede. Este pues, así por la vecindad de los lugares, como por ser aficionado al ejercicio de la caza cómo mi padre, algunas veces venia á mi casa, y en ella se estaba cinco ó seis dias, que todos y aun parte de las noches él y mi padre las pasaban en el campo: desta ocasion tomó la fortuna, ó el amor, ó mi poca advertencia la que fué bastante para derribarme de la alteza de mis buenos pensamientos, á la bajeza del estado en que me veo; pues habiendo mirado, mas de aquello que fuera lícito á una recatada doncella, la gentileza y discrecion de Marco Antonio, y considerado la calidad de su linaje y la mucha cantidad de los bienes que llaman de fortuna, que su padre tenia, me pareció que si le alcanzaba por esposo, era toda la felicidad que podia caber en mi deseo: con este pensamiento le comencé á mirar con mas cuidado, y debió de ser sin duda con mas descuido, pues él vino á caer en que yo le miraba; y no quiso ni le fué menester al traidor otra entrada para entrarse en el secreto de mi pecho, y robarme las mejores prendas de mi alma. Mas no sé para qué me pongo á contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que él con muchas de solicitud granjeó conmigo, que fué que habiéndome dado su fe y palabra, debajo de grandes, á mi parecer, firmes y cristianos juramentos de ser mi esposo, me ofrecí á que hiciese de mí todo lo que quisiese; pero aun no bien satisfecha de sus juramentos y palabras, porque no se las llevase el viento, hice que las escribiese en una cédula que él me dió firmada de su nombre, con tantas circunstancias y fuerzas escrita, que me satisfizo. Recebida la cédula, di traza como una noche viniese de su lugar al mio, y entrasepor las paredes de un jardin á mi aposento, donde sin sobresalto alguno podia coger el fruto que para él solo estaba destinado. Llegóse en fin la noche por mí tan deseada.
Hasta este punto habia estado callando Teodoro, teniendo pendiente el alma de las palabras de Leocadia, que con cada una dellas le traspasaba el alma, especialmente cuando oyó el nombre de Marco Antonio, y vió la peregrina hermosura de Leocadia, y consideró la grandeza de su valor con la de su rara discrecion, que bien lo mostraba en el modo de contar su historia. Mas cuando llegó á decir: llegó la noche por mí tan deseada, estuvo por perder la paciencia, y sin poder hacer otra cosa le salteó la razon, diciendo:
—¿Y bien? así como llegó esa felicísima noche, ¿que hizo? ¿entró por dicha? ¿gozásteisle? ¿confirmó de nuevo la cédula? ¿quedó contento en haber alcanzado de vos lo que decís que era suyo? ¿súpolo vuestro padre, ó en que pararon tan honestos y sabios principios?
—Pararon, dijo Leocadia, en ponerme de la manera que veis, porque no le gocé, ni me gozó, ni vino al concierto señalado.
Respiró con estas razones Teodosia, detuvo los espíritus que poco á poco la iban dejando, estimulados y apretados de la rabiosa pestilencia de los celos, que á mas andar se le iban entrando por los huesos y médulas, para tomar entera posesion de su paciencia; mas no la dejó tan libre, que no volviese á escuchar con sobresalto lo que Leocadia prosiguió, diciendo:
—No solamente no vino, pero de allí á ocho dias supe por nueva cierta que se habia ausentado de su pueblo y llevado de casa de sus padres á una doncella de su lugar, hija de un principal caballero, llamada Teodosia, doncella de estremada hermosura y de rara discrecion; y por ser de tan nobles padres, se supo en mi pueblo el robo, y luego llegó á mis oidos, y con él la fria y temida lanza de los celos que me pasó el corazon, y me abrasó el alma en fuego tal, que en él se hizo ceniza mi honra y se consumió mi crédito, se secó mi paciencia y se acabó mi cordura: ¡Ay de mí, desdichada! que luego se me figuró en la imaginacion Teodosia mas hermosa que el sol, y mas discreta que la discrecion misma, y sobre todo mas venturosa que yo sin ventura. Leí luego las razones de la cédula, vilas firmes y valederas, y que no podian faltar en la fe que publicaban; y aunque á ellas como á cosa sagrada se acogiera mi esperanza, en cayendo en la cuenta de la sospechosa compañía que Marco Antonio llevaba consigo, daba con todas ellas en el suelo: maltraté mi rostro, arranqué mis cabellos, maldije mi suerte, y lo que mas sentia era no poder hacer estos sacrificios á todas horas, por la forzosa presencia de mi padre: en fin, por acabar de quejarme sin impedimento ó por acabar la vida, que es lo mas cierto, determiné dejar la casa de mi padre; y como para poner por obra un mal pensamiento parece que la ocasion facilita y allana todos los inconvenientes, sin temor alguno hurté á un paje de mi padre sus vestidos, y á mi padre mucha cantidad de dineros, y una noche, cubierta con su negra capa, salí de casa, y á pié caminé algunas leguas, y llegué á un lugar que se llama Osuna, y acomodándome en un carro, de allí á dos dias entré en Sevilla, que fué haber entrado en la seguridad posible para no ser hallada, aunque me buscasen: allí compré otros vestidos y una mula, y con unos caballeros que venian á Barcelona con priesa por no perder la comodidad de unas galeras que pasaban á Italia, caminé hasta ayer, que me sucedió lo que ya habréis sabido de los bandoleros que me quitaron cuanto traia, y entre otras cosas la joya que sustentaba mi salud y aliviaba la carga de mis trabajos, que fué la cédula de Marco Antonio, que pensaba con ella pasar á Italia, y hallando Marco Antonio presentársela por testigo de su poca fe, y á mí por abono de mi mucha firmeza, y hacer de suerte que me cumpliese la promesa; pero juntamente con esto he considerado que con facilidad negará las palabras que en un papel están escritas, el que niega las obligaciones que debian estar grabadas en el alma: que claro está, que si él tiene en su compañía á la sin par Teodosia, no ha de querer mirar á la desdichada Leocadia: aunque con todo esto pienso morir, ó ponerme en la presencia de los dos, para que mi vista los turbe su sosiego: no piense aquella enemiga de mi descanso gozar tan á poca costa lo que es mio: yo la buscaré, yo la hallaré y yo la quitaré la vida, si puedo.
—¿Pues qué culpa tiene Teodosia, dijo Teodoro, si ella quizá tambien fué engañada de Marco Antonio, como vos, señora Leocadia, lo habeis sido?
—¿Puede ser eso así, dijo Leocadia, si se la llevó consigo? Y estando juntos los que bien se quieren, ¿qué engaño puede haber? Ninguno por cierto: ellos están contentos, pues están juntos, ora estén como suele decirse en los remotos y abrasados desiertos de Libia, ó en los solos y apartados de la helada Escitia: ella le goza sin duda, sea donde fuere, y ella sola ha de pagar lo que he sentido hasta que le halle.
—Podia ser que os engañásedes, replicó Teodosia, que yo conozco muy bien á esa enemiga vuestra que decís, y sé de su condicion y recogimiento que nunca ella se aventuraria á dejar la casa de sus padres ni acudir á la voluntad de Marco Antonio: y cuando lo hubiese hecho, no conociéndoos, ni sabiendo cosa alguna de lo que con él teníades, no os agravió en nada, y donde no hay agravio, no viene bien la venganza.
—Del recogimiento, dijo Leocadia, no hay que tratarme, que tan recosida y tan honesta era yo como cuantas doncellas hallarsepudieran, y con todo eso hice lo que habeis oido: de que él la llevase, no hay duda; y de que ella no me haya agraviado, mirándolo sin pasion, yo lo confieso; mas el dolor que siento de los celos, me la representa en la memoria, bien así como espada que atravesada tengo por mitad de las entrañas, y no es mucho que como á instrumento que tanto me lastima, le procure arrancar dellas y hacerle pedazos: cuanto mas, que prudencia es apartar de nosotros las cosas que nos dañan, y es natural cosa aborrecer las que nos hacen mal y aquellas que nos estorban el bien.
—Sea como vos decís, señora Leocadia, respondió Teodosia, que así como veo que la pasion que sentís no os deja hacer mas acertados discursos, veo que no estais en tiempo de admitir consejos saludables: de mí os sé decir lo que ya os he dicho, que os he de ayudar y favorecer en todo aquello que fuere justo y yo pudiere; y lo mismo os prometo de mi hermano, que su natural condicion y nobleza no le dejarán hacer otra cosa: nuestro camino es á Italia; si gustáredes venir con nosotros, ya poco mas ó ménos sabeis el trato de nuestra compañía: lo que os ruego es, me deis licencia que diga á mi hermano lo que sé de vuestra hacienda, para que os trate con el comedimiento y respeto que se os debe, y para que se obligue á mirar por vos como es razon: junto con esto me parece no ser bien que mudeis de traje; y si en este pueblo hay comodidad de vestiros, por la mañana os compraré los vestidos mejores que hubiere, y que mas os convengan, y en lo demas de vuestras pretensiones, dejad el cuidado al tiempo, que es gran maestro de dar y hallar remedio á los casos mas desesperados.
Agradeció Leocadia á Teodosia, que ella pensaba ser Teodoro, sus muchos ofrecimientos, y dióle licencia de decir á su hermano todo lo que quisiese, suplicándole que no la desamparase, pues veia á cuántos peligros estaba puesta, si por mujer fuese conocida.
Con esto se despidieron y se fueron á acostar, Teodosia al aposento de su hermano, y Leocadia á otro que junto dél estaba.
No se habia aun dormido D. Rafael, esperando á su hermana por saber lo que le habia pasado con el que pensaba ser mujer; y en entrando, ántes que se acostase, se lo preguntó: la cual punto por punto le contó todo cuanto Leocadia le habia dicho, cúya hija era, sus amores, la cédula de Marco Antonio, y la intencion que llevaba. Admiróse D. Rafael, y dijo á su hermana:
—Si ella es la que dice, séos decir, hermana, que es de las mas principales de su lugar, y una de las mas nobles señoras de toda la Andalucía: su padre es bien conocido del nuestro, y la fama que ella tenia de hermosa corresponde muy bien á lo que ahora vemos en su rostro; y lo que desto me parece es que debemos andar conrecato, de manera, que ella no hable primero con Marco Antonio que nosotros, que me da algun cuidado la cédula que dice que le hizo, puesto que la haya perdido; pero sosegáos y acostáos, hermana, que para todo se buscará remedio.
Hizo Teodosia lo que su hermano la mandaba, en cuanto al acostarse, mas en lo de sosegarse no fué en su mano, que ya tenia tomada posesion de su alma la rabiosa enfermedad de los celos. ¡Oh cuánto mas de lo que ella era se le representaba en la imaginacion la hermosura de Leocadia, y la deslealtad de Marco Antonio! ¡Oh cuántas veces leia ó fingia leer la cédula que la habia dado! ¡Qué de palabras y razones la añadia, que la hacian cierta y de mucho efecto! ¡Cuántas veces no creyó que se le habia perdido, y cuántas imaginó que sin ella Marco Antonio no dejara de cumplir su promesa, sin acordarse de lo que á ella estaba obligado!
Pasósele en esto la mayor parte de la noche sin dormir sueño. Y no la pasó con mas descanso D. Rafael su hermano; porque así como oyó decir quién era Leocadia, así se le abrasó el corazon en sus amores, como si de mucho ántes para el mismo efeto la hubiera comunicado; que esta fuerza tiene la hermosura, que en un punto, en un momento lleva tras sí el deseo de quien la mira y la conoce: y cuando descubre ó promete alguna via de alcanzarse y gozarse, enciende con poderosa vehemencia el alma de quien la contempla, bien así del modo y facilidad con que se enciende la seca y dispuesta pólvora con cualquiera centella que la toca.
No la imaginaba atada al árbol, ni vestida en el roto traje de varon, sino en el suyo de mujer, y en casa de sus padres, ricos y de tan principal y rico linaje como ellos eran: no detenia ni queria detener el pensamiento en la causa que la habia traido á que la conociese: deseaba que el dia llegase para proseguir su jornada, y buscar á Marco Antonio, no tanto para hacerle su cuñado, como para estorbar que no fuese marido de Leocadia; y ya le tenian el amor y el celo de manera, que tomara por buen partido ver á su hermana sin el remedio que le procuraba, y á Marco Antonio sin vida á trueco de no verse sin esperanza de alcanzar á Leocadia: la cual esperanza ya le iba prometiendo felice suceso en su deseo, ó ya por el camino de la fuerza, ó por el de los regalos y buenas obras, pues para todo le daba lugar el tiempo y la ocasion.
Con esto que él á sí mismo se prometia, se sosegó algun tanto, y de allí á poco se dejó venir el dia, y ellos dejaron las camas, y llamando D. Rafael al huésped le preguntó si habia comodidad en aquel pueblo para vestir á un paje á quien los bandoleros habian desnudado. El huésped dijo que él tenia un vestido razonable que vender: trújole, y vínole bien á Leocadia. Pagóle D. Rafael, y ella se le vistió, y seciñó una espada y una daga con tanto donaire y brio, que en aquel mismo traje suspendió los sentidos de D. Rafael, y dobló los celos en Teodosia. Ensilló Calvete, y á las ocho del dia partieron para Barcelona, sin querer subir por entónces al famoso monasterio de Monserrate, dejándolo para cuando Dios fuese servido de volverlos con mas sosiego á su patria.
No se podrá contar buenamente los pensamientos que los dos hermanos llevaban, ni con cuán diferentes ánimos los dos iban mirando á Leocadia, deseándola Teodosia la muerte, D. Rafael la vida, entrambos celosos y apasionados: Teodosia buscando tachas que ponerla, por no desmayar en su esperanza; D. Rafael hallándole perfecciones, que de punto en punto le obligaban mas á amarla. Con todo esto no se descuidaron de darse priesa, de modo que llegaron á Barcelona poco ántes que el sol se pusiese.
Admiróles el hermoso sitio de la ciudad, y la estimaron por flor de las bellas ciudades del mundo, honra de España, temor y espanto de los circunvecinos y apartados enemigos, regalo y delicia de sus moradores, amparo de los estranjeros, escuela de la caballería, ejemplo de lealtad, y satisfacion de todo aquello que de una grande, famosa, rica y bien fundada ciudad puede pedir un discreto y curioso deseo.
En entrando en ella, oyeron grandísimo ruido, y vieron correr gran tropel de gente con grande alboroto, y preguntando la causa de aquel ruido y movimiento, les respondieron que la gente de las galeras que estaba en la playa, se habia revuelto y trabado con la de la ciudad. Oyendo lo cual D. Rafael, quiso ir á ver lo que pasaba, aunque Calvete le dijo que no lo hiciese, por no ser cordura irse á meter en un manifiesto peligro, que él sabia bien cuán mal libraban los que en tales pendencias se metian, que eran ordinarias en aquella ciudad, cuando á ella llegaban galeras. No fué bastante el buen consejo de Calvete para estorbar á D. Rafael la ida, y así le siguieron todos: y en llegando á la marina, vieron muchas espadas fuera de las vainas, y mucha gente acuchillándose sin piedad alguna: con todo esto, sin apearse llegaron tan cerca, que distintamente veian los rostros de los que peleaban, porque aun no era puesto el sol.
Era infinita la gente que de la ciudad acudia, y mucha la que de las galeras se desembarcaba, puesto que el que las traia á cargo, que era un caballero valenciano, llamado D. Pedro Vique, desde la popa de la galera capitana amenazaba á los que se habian embarcado en los esquifes para ir á socorrer á los suyos; mas viendo que no aprovechaban sus voces ni sus amenazas, hizo volver las proas de las galeras á la ciudad, y disparar una pieza sin bala, señal de que si no se apartasen, otra no iria sin ella.
En esto estaba D. Rafael atentamente mirando la cruely bien trabada riña, y vió y notó que de parte de los que mas se señalaban de las galeras, lo hacia gallardamente un mancebo de hasta veintidos ó poco mas años, vestido de verde, con un sombrero de la misma color adornado con un rico trencillo al parecer de diamantes: la destreza con que el mozo se combatia, y la bizarría del vestido, hacian que volviesen á mirarle todos cuantos la pendencia miraban; y de tal manera le miraron los ojos de Teodosia y de Leocadia, que ambas á un mismo punto y tiempo dijeron:
—¡Válame Dios! Ó yo no tengo ojos, ó aquel de lo verde es Marco Antonio.
Y en diciendo esto, con gran lijereza saltaron de las mulas, y poniendo mano á sus dagas y espadas, sin temor alguno se entraron por mitad de la turba, y se pusieron la una á un lado, y la otra al otro de Marco Antonio (que él era el mancebo de lo verde que se ha dicho).
—No temais, dijo así como llegó Leocadia, señor Marco Antonio, que á vuestro lado teneis quien os hará escudo con su propia vida, por defender la vuestra.
—¿Quién lo duda, replicó Teodosia, estando yo aquí?
D. Rafael que vió y oyó lo que pasaba, las siguió asimismo, y se puso de su parte. Marco Antonio ocupado en ofender y defenderse, no advirtió en las razones que las dos le dijeron: ántes cebado en la pelea, hacia cosas al parecer increibles. Pero como la gente de la ciudad por momentos crecia, fuéles forzoso á los de las galeras retirarse hasta meterse en el agua. Retirábase Marco Antonio de mala gana, y á su mismo compas se iban retirando á sus lados las dos valientes y nuevas Bradamante y Marfisa, ó Hipólita y Pantasilea.
En esto vino un caballero catalan de la famosa familia de los Cardonas, sobre un poderoso caballo, y poniéndose en medio de las dos partes, hacia retirar los de la ciudad, los cuales le tuvieron respeto en conociéndole. Pero algunos desde léjos tiraban piedras á los que ya se iban acogiendo al agua; y quiso la mala suerte que una acertase en la sien á Marco Antonio con tanta furia, que dió con él en el agua, que ya le daba á la rodilla; y apénas Leocadia le vió caido, cuando se abrazó con él y le sostuvo en sus brazos, y lo mismo hizo Teodosia. Estaba D. Rafael un poco desviado, defendiéndose de las infinitas piedras que sobre él llovian; y queriendo acudir al remedio de su dama, y al de su hermana y cuñado, el caballero catalan se le puso delante, diciéndole:
—Sosegáos, señor, por lo que debeis á un buen soldado, y hacedme merced de poneros á mi lado, que yo os libraré de la insolencia y demasía deste desmandado vulgo.
—¡Ah señor! respondió D. Rafael, dejadme pasar, que veo en gran peligro puestas las cosas que en esta vida mas quiero.
Dejóle pasar el caballero, mas no llegó tan á tiempo, que ya no hubiesen recogido en el esquife de lagalera capitana á Marco Antonio y á Leocadia, que jamas le dejó de los brazos, y queriéndose embarcar con ellos Teodosia, ó ya fuese por estar cansada, ó por la pena de haber visto herido á Marco Antonio, ó por ver que se iba con él su mayor enemiga, no tuvo fuerza para subir en el esquife, y sin duda cayera desmayada en el agua, si su hermano no llegara á tiempo de socorrerla, el cual no sintió menor pena de ver que con Marco Antonio se iba Leocadia, que su hermana habia sentido (que ya tambien él habia conocido á Marco Antonio). El caballero catalan, aficionado de la gentil presencia de D. Rafael y de su hermana (que por hombre tenia), los llamó desde la orilla, y les rogó que con él se viniesen; y ellos forzados de la necesidad, y temerosos de que la gente, que aun no estaba pacífica, les hiciese algun agravio, hubieron de aceptar la oferta que se les hacia.
El caballero se apeó, y tomándolos á su lado, con la espada desnuda pasó por medio de la turba alborotada, rogándoles que se retirasen, y así lo hicieron. Miró D. Rafael á todas partes por ver si veria á Calvete con las mulas, y no le vió á causa que él así como ellos se apearon, las antecogió y se fué á un meson donde solia posar otras veces.
Llegó el caballero á su casa, que era una de las principales de la ciudad, y preguntando á D. Rafael en cuál galera venia, le respondió que en ninguna, pues habia llegado á la ciudad al mismo punto que se comenzaba la pendencia, y que por haber conocido en ella al caballero que llevaron herido de la pedrada en el esquife, se habia puesto en aquel peligro, y que le suplicaba diese órden como sacasen á tierra al herido, que en ello le importaba el contento y la vida.
—Eso haré yo de buena gana, dijo el caballero, y sé que me le dará seguramente el general, que es principal caballero y pariente mio.
Y sin detenerse mas, volvió á la galera, y halló que estaban curando á Marco Antonio, y la herida que tenia era peligrosa, por ser en la sien izquierda y decir el cirujano ser de peligro: alcanzó con el general se le diese para curarle en tierra, y puesto con gran tiento en el esquife, le sacaron, sin quererle dejar Leocadia, que se embarcó con él como en seguimiento del norte de su esperanza. En llegando á tierra, hizo el caballero traer de su casa una silla de manos, donde le llevasen. En tanto que esto pasaba, habia enviado D. Rafael á buscar á Calvete, que en el meson estaba con cuidado de saber lo que la suerte habia hecho de sus amos, y cuando supo que estaban buenos, se alegró en estremo, y vino adonde D. Rafael estaba.
En esto llegaron el señor de la casa, Marco Antonio y Leocadia, y á todos alojó en ella con mucho amor y magnificencia: ordenó luego como se llamase un cirujano famoso de la ciudad para que de nuevo curase á Marco Antonio: vino, pero no quiso curarle hasta otro dia, diciendo que siempre los cirujanos de los ejércitos y armadas eran muy esperimentados, por los muchos heridos que á cada paso tenian entre las manos, y así no convenia curarle hasta otro dia: lo que ordenó fué le pusiesen en un aposento abrigado, donde le dejasen sosegar.
Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras, y dió cuenta al de la ciudad de la herida, y de cómo le habia curado, y del peligro que de la vida á su parecer tenia el herido; con lo cual se acabó de enterar el de la ciudad, que estaba bien curado; y ansimismo (segun la relacion que se le habia hecho) exageró el peligro de Marco Antonio.
Oyeron esto Leocadia y Teodosia con aquel sentimiento que si oyeran la sentencia de su muerte; mas por no dar muestras de su dolor, le reprimieron y callaron, y Leocadia determinó de hacer lo que le pareció convenir para satisfacion de su honra: y fué que así como se fueron los cirujanos, se entró en el aposento de Marco Antonio, y delante del señor de la casa, de D. Rafael, Teodosia y de otras personas, se llegó á la cabecera del herido, y asiéndole de la mano, le dijo estas razones:
—No estais en tiempo, señor Marco Antonio Adorno, en que se puedan ni deban gastar con vos muchas palabras; y así solo querria que me oyésedes algunas que convienen, si no para la salud de vuestro cuerpo, convendrán para la de vuestra alma, y para decíroslas es menester que me deis licencia, y me advirtais si estais con sujeto de escucharme: que no seria razon, que habiendo yo procurado desde el punto que os conocí, no salir de vuestro gusto, en este instante que le tengo por el postrero, seros causa de pesadumbre.
Á estas razones abrió Marco Antonio los ojos, y los puso atentamente en Leocadia, y habiéndola casi conocido, mas por el órgano de la voz, que por la vista, con voz debilitada y doliente le dijo:
—Decid, señor, lo que quisiéredes, que no estoy tan al cabo que no pueda escucharos, ni esa voz me es tan desagradable, que me cause fastidio el oirla.
Atentísima estaba á todo este coloquio Teodosia, y cada palabra que Leocadia decia, era una aguda saeta que le atravesaba el corazon, y aun el alma de D. Rafael, que asimismo la escuchaba. Y prosiguiendo Leocadia, dijo:
—Si el golpe de la cabeza, ó por mejor decir, el que á mí me han dado en el alma, no os ha llevado, señor Marco Antonio, de la memoria la imágen de aquella, que poco tiempo ha que vos decíades ser vuestra gloria y vuestro cielo, bien os debeis acordar quién fué Leocadia, y cuál fué la palabra que le distes firmada en una cédula de vuestra manoy letra, ni se os habrá olvidado el valor de sus padres, la entereza de su recato y honestidad, y la obligacion en que le estais, por haber acudido á vuestro gusto en todo lo que quisistes: si esto no se os ha olvidado, aunque me veais en este traje tan diferente, conoceréis con facilidad que yo soy Leocadia, que temerosa que nuevos accidentes y nuevas ocasiones no me quitasen lo que tan justamente es mio, así como supe que de vuestro lugar os habíades partido, atropellando por infinitos inconvenientes, determiné seguiros en este hábito, con intencion de buscaros por todas las partes de la tierra hasta hallaros: de lo cual no os debeis maravillar, si es que alguna vez habeis sentido hasta dónde llegan las fuerzas de un amor verdadero, y la rabia de una mujer engañada. Algunos trabajos he pasado en esta mi demanda, todos los cuales los juzgo y tengo por descanso, con el descuento que han traido de veros; que puesto que esteis de la manera que estais, si fuere Dios servido de llevaros desta á mejor vida, con hacer lo que debeis á quien sois ántes de la partida, me juzgaré por mas que dichosa, prometiéndoos, como os prometo, de darme tal vida despues de vuestra muerte, que bien poco tiempo se pase sin que os siga en esta última y forzosa jornada: y así os ruego primeramente por Dios, á quien mis deseos y intentos van encaminados, y luego por vos, que debeis mucho á ser quien sois, últimamente por mí, á quien debeis mas que á otra persona del mundo, que aquí luego me recibais por vuestra legítima esposa, no permitiendo haga la justicia lo que con tantas veras y obligaciones la razon os persuade.
No dijo mas Leocadia, y todos los que en la sala estaban guardaron un maravilloso silencio en tanto que estuvo hablando, y con el mismo silencio esperaban la respuesta de Marco Antonio, que fué esta:
—No puedo negar, señora, el conoceros, y que vuestra voz y vuestro rostro no consentirán que lo niegue: tampoco puedo negar lo mucho que os debo, ni el gran valor de vuestros padres junto con vuestra incomparable honestidad y recogimiento; ni os tengo ni os tendré en ménos por lo que habeis hecho en venirme á buscar en traje tan diferente del vuestro; ántes por esto os estimo y estimaré en el mayor grado que ser pueda; pero pues mi corta suerte me ha traido á término, como vos decís, que creo que será el postrero de mi vida, y son los semejantes trances los apuraderos de las verdades, quiero deciros una verdad, que si no os fuere ahora de gusto, podria ser que despues os fuese de provecho. Confieso, hermosa Leocadia, que os quise bien y que me quisistes, y juntamente con esto confieso que la cédula que os hice, fué mas por cumplir con vuestro deseo que con el mio; porque ántes que la firmase,con muchos dias, tenia entregada mi voluntad y mi alma á otra doncella de mi mismo lugar, que vos bien conoceis, llamada Teodosia, hija de tan nobles padres como los vuestros; y si á vos os di cédula firmada de mi mano, á ella le di la mano firmada y acreditada con tales obras y testigos, que quedé imposibilitado de dar mi libertad á otra persona en el mundo. Los amores que con vos tuve fueron de pasatiempo, sin que dellos alcanzase otra cosa sino las flores que vos sabeis, las cuales no os ofendieron, ni pueden ofender en cosa alguna: lo que con Teodosia me pasó, fué alcanzar el fruto que ella pudo darme, y yo quise que me diese, con fe y seguro de ser su esposo, como lo soy; y si á ella y á vos os dejé en un mismo tiempo, á vos suspensa y engañada, y á ella temerosa y á su parecer sin honra, hícelo con poco discurso y con juicio de mozo, como lo soy, creyendo que todas aquellas cosas eran de poca importancia, y que las podia hacer sin escrúpulo alguno, con otros pensamientos que entónces me vinieron y solicitaron lo que queria hacer, que fué venirme á Italia, y emplear en ella algunos de los años de mi juventud, y despues volver á ver lo que Dios habia hecho de vos y de mi verdadera esposa; mas doliéndose de mí el cielo, sin duda creo que ha permitido ponerme de la manera que me veis, para que confesando estas verdades, nacidas de mis muchas culpas, pague en esta vida lo que debo, y vos quedeis desengañada y libre para hacer lo que mejor os pareciere; y si en algun tiempo Teodosia supiere mi muerte, sabrá de vos y de los que están presentes, como en la muerte le cumplí la palabra que le di en la vida; y si en el poco tiempo que della me queda, señora Leocadia, os puedo servir en algo, decídmelo, que como no sea recebiros por esposa, pues no puedo, ninguna otra cosa dejaré de hacer que á mí sea posible, por daros gusto.
En tanto que Marco Antonio decia estas razones, tenia la cabeza sobre el codo, y en acabándolas dejó caer el brazo, dando muestras que se desmayaba. Acudió luego D. Rafael, y abrazándole estrechamente, le dijo:
—Volved en vos, señor mio, y abrazad á vuestro amigo y á vuestro hermano, pues vos quereis que lo sea: conoced á D. Rafael, vuestro camarada, que será el verdadero testigo de vuestra voluntad, y de la merced que á su hermana quereis hacer con admitirla por vuestra.
Volvió en sí Marco Antonio, y al momento conoció á D. Rafael, y abrazándole estrechamente y besándole en el rostro, le dijo:
—Ahora digo, hermano y señor mio, que la suma alegría que he recebido en veros, no puede traer ménos descuento que un pesar grandísimo, pues se dice que tras el gusto se sigue la tristeza; pero yo daré por bien empleadacualquiera que me viniere, á trueco de haber gustado del contento de veros.
—Pues yo os le quiero hacer mas cumplido, replicó D. Rafael, con presentaros esta joya, que es vuestra amada esposa.
Y buscando á Teodosia la halló llorando detras de toda la gente, suspensa y atónita entre el pesar y la alegría por lo que veia, y por lo que habia oido decir. Asióla su hermano de la mano, y ella sin hacer resistencia se dejó llevar donde él quiso, que fué ante Marco Antonio, que la conoció y se abrazó con ella, llorando los dos tiernas y amorosas lágrimas.
Admirados quedaron cuantos en la sala estaban, viendo tan estraño acontecimiento: mirábanse unos á otros, sin hablar palabra, esperando en qué habian de parar aquellas cosas. Mas la desengañada y sin ventura Leocadia, que vió por sus ojos lo que Marco Antonio hacia, y vió al que pensaba ser hermano de D. Rafael en brazos del que tenia por su esposo, viendo junto con esto burlados sus deseos y perdidas sus esperanzas, se hurtó de los ojos de todos (que atentos estaban mirando lo que el enfermo hacia con el paje que abrazado tenia), y se salió de la sala ó aposento, y en un instante se puso en la calle con intencion de irse desesperada por el mundo, ó adonde gentes no la viesen; mas apénas habia llegado á la calle, cuando D. Rafael la echó ménos, y como si le faltara el alma, preguntó por ella, y nadie le supo dar razon dónde se habia ido; y así sin esperar mas, desesperado salió á buscarla, y acudió adonde le dijeron que posaba Calvete, por si habia ido allá á procurar alguna cabalgadura en que irse; y no hallándola allí, andaba como loco por las calles, buscándola de unas partes á otras; y pensando si por ventura se habia vuelto á las galeras, llegó á la marina, y un poco ántes que llegase, oyó que á grandes voces llamaban desde tierra el esquife de la capitana, y conoció que quien las daba era la hermosa Leocadia, la cual recelosa de algun desman, sintiendo pasos á sus espaldas, empuñó la espada, y esperó apercebida que llegase D. Rafael, á quien ella luego conoció, y le pesó de que la hubiese hallado, y mas en parte tan sola, que ya ella habia entendido, por mas de una muestra que D. Rafael le habia dado, que no la queria mal, sino tan bien que tomara por buen partido que Marco Antonio la quisiera otro tanto.
¿Con qué razones podré yo decir ahora las que D. Rafael dijo á Leocadia, declarándole su alma, que fueron tantas y tales, que no me atrevo á escribirlas? Mas pues es forzoso decir algunas, las que entre otras le dijo, fueron estas:
—Si con la ventura que me falta, me faltase ahora ¡oh hermosa Leocadia! el atrevimiento de descubriros los secretos de mi alma, quedaria enterrada en los senos del perpetuo olvido la masenamorada y honesta voluntad, que ha nacido ni puede nacer en un enamorado pecho. Pero por no hacer este agravio á mi justo deseo, véngame lo que viniere, quiero, señora, que advirtais, si es que os da lugar vuestro arrebatado pensamiento, que en ninguna cosa se me aventaja Marco Antonio, sino es en el bien de ser de vos querido: mi linaje es tan bueno como el suyo, y en los bienes que llaman de fortuna, no me hace mucha ventaja; en los de naturaleza no conviene que me alabe, y mas si á los ojos vuestros no son de estima: todo esto digo, apasionada señora, porque tomeis el remedio y el medio que la suerte os ofrece en el estremo de vuestra desgracia: ya veis que Marco Antonio no puede ser vuestro, porque el cielo le hizo de mi hermana, y el mismo cielo, que hoy os ha quitado á Marco Antonio, os quiere hacer recompensa conmigo, que no deseo otro bien en esta vida que entregarme por esposo vuestro: mirad que el buen suceso está llamando á las puertas que hasta ahora habeis tenido del malo, y no penseis que el atrevimiento que habeis mostrado en buscar á Marco Antonio, ha de ser parte para que no os estime y tenga en lo que mereciérades, si nunca le hubiérades tenido, que en la hora que quiero y determino igualarme con vos, eligiéndoos por perpetua señora mia, en aquella misma se me ha de olvidar, y ya se me ha olvidado todo cuanto en esto he sabido y visto; que bien sé que las fuerzas que á mí me han forzado á que tan de rondon y á rienda suelta me disponga á adoraros y á entregarme por vuestro, estas mismas os han traido á vos al estado en que estais, y así no habrá necesidad de buscar disculpa, donde no ha habido yerro alguno.
Callando estuvo Leocadia á todo cuanto D. Rafael le dijo, sino que de cuando en cuando daba unos profundos suspiros, salidos de lo íntimo de sus entrañas: tuvo atrevimiento D. Rafael de tomarle una mano, y ella no tuvo esfuerzo para estorbárselo, y allí besándosela muchas veces, le decia:
—Acabad, señora de mi alma, de serlo del todo á vista destos estrellados cielos que nos cubren, y deste sosegado mar que nos escucha, y destas bañadas arenas que nos sustentan: dadme ya el sí, que sin duda conviene tanto á vuestra honra, como á mi contento: vuélvoos á decir que soy caballero, como vos sabeis, y rico, y que os quiero bien, que es lo que mas habeis de estimar, y que en cambio de hallaros sola y en traje que desdice mucho del de vuestra honra, léjos de la casa de vuestros padres y parientes, sin persona que os acuda á lo que menester hubiéredes, y sin esperanza de alcanzar lo que buscábades, podeis volver á vuestra patria en vuestro propio, honrado y verdadero traje, acompañada de tan buen esposo como el que vos supistes escogeros; rica, contenta, estimada y servida, y aun loada detodos aquellos á cuya noticia llegaren los sucesos de vuestra historia: si esto es así, como lo es, no sé en qué estais dudando: acabad (que otra vez os lo digo) de levantarme del suelo de mi miseria al cielo de mereceros, que en ello haréis por vos misma, y cumpliréis con las leyes de la cortesía y del buen conocimiento, mostrándoos en un mismo punto agradecida y discreta.
—Ea pues, dijo á esta sazon la dudosa Leocadia, pues así lo ha ordenado el cielo, y no es en mi mano ni en la de viviente alguno oponerse á lo que él determinado tiene, hágase lo que él quiere y vos quereis, señor mio; y sabe el mismo cielo con la vergüenza que vengo á condescender con vuestra voluntad, no porque no entienda lo mucho que en obedeceros gano, sino porque temo que en cumpliendo vuestro gusto me habeis de mirar con otros ojos de los que quizá hasta agora, mirándome, os han engañado; mas sea como fuere, que en fin el nombre de ser mujer legítima de D. Rafael de Villavicencio no le podré perder, y con este título solo viviré contenta; y si las costumbres que en mí viéredes, despues de ser vuestra, fueren parte para que me estimeis en algo, daré al cielo las gracias de haberme traido por tan estraños rodeos y por tantos males á los bienes de ser vuestra: dadme, señor D. Rafael, la mano de ser mio, y veis aquí os la doy de ser vuestra, y sirvan de testigos los que vos decís, el cielo, la mar, las arenas y este silencio, solo interrumpido de mis suspiros y de vuestros ruegos.
Diciendo esto se dejó abrazar, y le dió la mano, y D. Rafael le dió la suya, celebrando el nocturno y nuevo desposorio solas las lágrimas que el contento, á pesar de la pasada tristeza, sacaba de sus ojos. Luego se volvieron á casa del caballero, que estaba con grandísima pena de su falta, y la misma tenian Marco Antonio y Teodosia: los cuales ya por mano de clérigo estaban desposados, que á persuasion de Teodosia (temerosa que algun contrario accidente no le turbase el bien que habia hallado) el caballero envió luego por quien los desposase, de modo que cuando D. Rafael y Leocadia entraron, y D. Rafael contó lo que con Leocadia le habia sucedido, ansí les aumentó el gozo, como si ellos fueran sus cercanos parientes; que es condicion natural y propia de la nobleza catalana saber ser amigos, y favorecer á los estranjeros que dellos tienen necesidad alguna.
El sacerdote que presente estaba ordenó que Leocadia mudase el hábito, y se vistiese en el suyo; y el caballero acudió á ello con presteza, vistiendo á las dos de dos ricos vestidos de su mujer, que era una principal señora, del linaje de los Granolleques, famoso y antiguo en aquel reino. Avisó al cirujano, quien por caridad se dolia del herido, cómo hablaba mucho, y no le dejaban solo, el cual vino y ordenó lo primero que le dejasen en silencio. Pero Dios, que así lo tenia ordenado, tomando por medio é instrumento de sus obras (cuando á nuestros ojos quiere hacer alguna maravilla) lo que la misma naturaleza no alcanza, ordenó que el alegría y poco silencio que Marco Antonio habia guardado, fuese parte para mejorarle, de manera, que otro dia cuando le curaron le hallaron fuera de peligro, y de allí á catorce se levantó tan sano, que sin temor alguno se pudo poner en camino.