VOCABULARIO

de “trigo argentino”; del lanar pampa, al Lincoln, a la cruza fina, desiderátum en textil, en carne y en sabor. Quiere decir que sobre la redención territorial, vino de golpe y porrazo la savia nueva. La Pampa es el único de nuestros territorios del que puede decirse que no ha tenido adolescencia. Y de este espécimen de colonización es posible que no pueda jactarse ninguna nación de la tierra. No sólo no hay indios. ¡No hay gauchos! Es de Europa el entrevero que ha venido a plasmar esta generación uniforme, inteligente y definitiva. El misterio ha quedado a la espalda, en el devocionario de la tradición. Los descendientes de los indios son hoy inteligentes colonos y criadores técnicos. De esta raza bravíaque dominó el desierto—¡suyo era al fin!—no es difícil encontrar hoy retoños de significación en el ganadero acomodado, en el industrial y hasta en la maestra de escuela.

Queda, sin embargo, un rastro de aquel pueblo salvaje y varonil: la nomenclatura de su dominio accidentado. ¡Y bien! conservémosla, siquiera sea por el recuerdo, por la misma étnica tan ajustada al concepto geográfico que consagró el valor de su lingüística, por la propia noción del sacrificio que costó al ejército y a la tutela nacional. Cuando este gran campo de actividad humana se consolide de firme; cuando las colonias sean pueblos y los pueblos ciudades, la posteridad podrá entonces adjudicar el justo premio a los próceres de la noble expedición.

Ya se inicia el pago de la deuda, con modestia, pero con devoción. Santa Rosa ha levantado su pirámide. Ya Pico ha puesto en su plaza pública el busto de Alsina. Mientras la gratitud nacional unifica en una sola voluntad rememorativa el bronce que ha de retar a los siglos, abramos nuestro corazón a este gran territorio destinado a ser una de las primeras provincias argentinas.

Minerva.Diosa de la sabiduría y del trabajo, según leyenda religiosa de la antigüedad.

Caldén.Arbol pampeano, coposo, de crecimiento tardío, de larga vida y cuya madera es un excelente combustible.

Duna.Médano; montículos de arena menuda y liviana, extendidos sobre los campos, y que cambian de local bajo la influencia de los vientos.

Alfilerillo.Yerba silvestre, excelente como forraje.

Aborigen.El habitante primitivo de un país.

Estratégica.De “estrategia”: arte de dirigir las operaciones militares para alcanzar la victoria.

Mapuche.Palabra araucana: de “mapu” (tierra) y “che” (gente).

Vorágine.(Expresión figurada): revuelta violenta, impetuosa.

Autóctono.Aborigen, primitivo.

Epistolar.Propio de la epístola, carta, misiva.

Perímetro.Ambito, contorno de una figura.

Prolegómeno.Principio de alguna obra.

Irrupción.Invasión, acometimiento impetuoso y repentino.

Montonera.Guerrilla; partida militar de caballería, sin residencia fija e irregular en sus movimientos como fuerza armada.

Totora.Junco, espadaña.

Secular.Que dura uno o más siglos.

Perentoriamente.Con urgencia.

Tráfico.Acción de comerciar o negociar, comprando o vendiendo.

Fructífera.Que produce fruto, recompensa o utilidad.

Acervo.Tesoro común.

Eclosionar.Aparecer en forma rápida, violenta.

Exodo.Peregrinación de un pueblo.

Hálito.Soplo, aliento.

Hirsuto.Disperso, duro.

Pasto puna.Pasto silvestre y amargo.

Chirrión.Carro fuerte que chirría mucho.

Certamen.Concurso, torneo.

Desiderátum.(Voz latina): objeto y fin de un constante deseo.

Espécimen.Modelo.

Plasmar.Hacer o formar alguna cosa.

Nomenclatura.Nómina, lista, catálogo de personas o cosas.

Étnica.Perteneciente a una nación, raza o pueblo.

Toay.(Voz araucana). Rodeo. Puede ser abra. Según algunos araucanistas: árbol caído.

Naicó.Manantial. (Voz araucana).

Trenque-Lauquen.(Voces araucanas). Trenque (redonda); Lauquén (laguna).

Pincén, Epumer, Catriel, Namuncurá.Nombres de caciques indígenas. (Voces araucanas).

¡Oh, mi pampa, mi pampita, con tus bosques, con tus dunas!Mi pampita, de los recios pastos punas,De los verdes trebolares,Del caldén!...La que teje con la flor de sus chañaresLa corona de su sién;Mi pampita, que conserva con amorLa leyenda de sus gauchos y el calor de sus cantares,La armonía de su cielo y el perfume de su flor.Yo te quiero, pampa buena, pampa mía,Por tu brava, por tu dulce poesía,Por agreste, por sencilla, por que tú eres inmortal;Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema universal;Y unificas en tu adusta conjunción,Fuerzas nuevas, y aborígenes y extrañasCon la fibra bondadosa de un inmenso corazón.Yo conozco tu lenguaje,Yo interpreto tu salvajeSoledad.Yo traduzco de tus bosques milenarios, el dolor;De tus campos sometidos, la piedad;De tus fúlgidas estrellas, el temblor;Y lo grande, y lo sencillo;Y tus galas importadas y tus nativos despojos;Tus modernas praderías, tu silvestre alfilerillo,La bondad de tus trigales, la ambición de tus rastrojos,La armonía de tus tréboles en flor...¿Y tú sabes, pampa buena, por qué siento tu poesía?Por amor... por amor...¡Que perduren tus troqueles!¡Que haya rastros en tu selva que poblaron los ranqueles!Y si han muerto tus Catrieles, tu Pincén,Haya siempre una corona con las flores amarillasDe tus bosques de caldén!Que germinen las semillasAborígenes y extrañasDe tus razas pobladoras, en su cita fraternal,Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema más poema de la lira universal!

¡Oh, mi pampa, mi pampita, con tus bosques, con tus dunas!Mi pampita, de los recios pastos punas,De los verdes trebolares,Del caldén!...La que teje con la flor de sus chañaresLa corona de su sién;Mi pampita, que conserva con amorLa leyenda de sus gauchos y el calor de sus cantares,La armonía de su cielo y el perfume de su flor.Yo te quiero, pampa buena, pampa mía,Por tu brava, por tu dulce poesía,Por agreste, por sencilla, por que tú eres inmortal;Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema universal;Y unificas en tu adusta conjunción,Fuerzas nuevas, y aborígenes y extrañasCon la fibra bondadosa de un inmenso corazón.Yo conozco tu lenguaje,Yo interpreto tu salvajeSoledad.Yo traduzco de tus bosques milenarios, el dolor;De tus campos sometidos, la piedad;De tus fúlgidas estrellas, el temblor;Y lo grande, y lo sencillo;Y tus galas importadas y tus nativos despojos;Tus modernas praderías, tu silvestre alfilerillo,La bondad de tus trigales, la ambición de tus rastrojos,La armonía de tus tréboles en flor...¿Y tú sabes, pampa buena, por qué siento tu poesía?Por amor... por amor...¡Que perduren tus troqueles!¡Que haya rastros en tu selva que poblaron los ranqueles!Y si han muerto tus Catrieles, tu Pincén,Haya siempre una corona con las flores amarillasDe tus bosques de caldén!Que germinen las semillasAborígenes y extrañasDe tus razas pobladoras, en su cita fraternal,Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema más poema de la lira universal!

¡Oh, mi pampa, mi pampita, con tus bosques, con tus dunas!Mi pampita, de los recios pastos punas,De los verdes trebolares,Del caldén!...La que teje con la flor de sus chañaresLa corona de su sién;Mi pampita, que conserva con amorLa leyenda de sus gauchos y el calor de sus cantares,La armonía de su cielo y el perfume de su flor.

Yo te quiero, pampa buena, pampa mía,Por tu brava, por tu dulce poesía,Por agreste, por sencilla, por que tú eres inmortal;Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema universal;Y unificas en tu adusta conjunción,Fuerzas nuevas, y aborígenes y extrañasCon la fibra bondadosa de un inmenso corazón.

Yo conozco tu lenguaje,Yo interpreto tu salvajeSoledad.Yo traduzco de tus bosques milenarios, el dolor;De tus campos sometidos, la piedad;De tus fúlgidas estrellas, el temblor;Y lo grande, y lo sencillo;Y tus galas importadas y tus nativos despojos;Tus modernas praderías, tu silvestre alfilerillo,La bondad de tus trigales, la ambición de tus rastrojos,La armonía de tus tréboles en flor...¿Y tú sabes, pampa buena, por qué siento tu poesía?Por amor... por amor...

¡Que perduren tus troqueles!¡Que haya rastros en tu selva que poblaron los ranqueles!Y si han muerto tus Catrieles, tu Pincén,Haya siempre una corona con las flores amarillasDe tus bosques de caldén!Que germinen las semillasAborígenes y extrañasDe tus razas pobladoras, en su cita fraternal,Por que tienes el secreto de fundir en tus entrañasEl poema más poema de la lira universal!

Chañar.Arbol leñoso de la región pampásica, de fronda espinosa, flores amarillas y frutos pequeños y dulces.

Agreste.Lo que pertenece al campo o lo que crece sin cultivo.

Adusta.Severa, recia.

Milenario.Que tiene mil años o más.

Fúlgida.Resplandeciente, brillante.

Rastrojo.El terreno cultivado después que se ha recogido la cosecha.

Pradería.Pedazo de prado muy fértil.

Troquel.Cuño, molde. En el caso presente, este vocablo tiene un sentido figurado y se refiere a la influencia primitiva y perdurable de la Pampa, bajo su aspecto de región con características propias.

Por el tren de las seis de la mañana, vía General Acha, hemos realizado nuestro viaje hasta Toay, en donde la línea del Pacífico combina con el Oeste, en amplia curva hacia Buenos Aires. No obstante frisar en septiembre, hace mucho frío. Los pasajeros—pocos—que vienen en el convoy, son en su mayoría agricultores que se van diseminando en los pueblos y estaciones del trayecto. Todo el mundo pasa al coche-comedor en tren de refacción mañanera. Bien arropados, con media cara escondida en la bufanda, establecemos en un rincón nuestro observatorio cerca del calorcito de la cocina. El sol se insinúa en el espacio anunciando un día primaveral. En las mesas próximas se han formado grupos de chacareros que hablan con calor de las perspectivas del año. No se necesita oír las conversaciones para penetrar en el franco optimismo de los circunstantes. Basta mirar la risueña esperanza de los campos...

A veces en una parada del tren llegan hasta nosotros diálogos interesantes:

—¿Esquiló, Apesteguía?

—Sí. Las ovejas que tengo en El Rincón. Es una puntita, nomás. Tenía compromiso de vender.

—¿Y a cómo?

—A 17.50. Poca cosa. Es fina, pero es lana pesada y con semilla...

—¡No sea chambón! El otro día se ha pagado por fina terrosa y corta de Nueva Roma, a 23...

—Es que la mía era un lotecito. Tenía que liquidar... Y como se empeñó mi consignatario...

En una mesa más retirada, un joven de marcada pronunciación francesa, se empeña en convencer a un chacarero de que no deben vivir en la eterna zozobra hasta el resultado final de las cosechas. Se diría que este Aristarco no ha pasado las amarguras del labriego cuando divisa la nube de voladora o recibe el anuncio de la helada con el barrido del viento sur, intemperante y glacial.

—Hasta cuando tienen los trigos en las planchadas, están temblando ustedes—dice el mozo.—Que si se quedarán con el stock, por falta de marchantes; que si se vendrán abajo los precios, por un juego de bolsa o por que no hay bodegas; que si se incendiarán... Y recién les viene el alma al cuerpo, cuando han pescado al comprador y tienen la platita en el bolsillo...

—¡Cómo se conoce que usted no ha sembrado nunca!—responde el chacarero.—La vida del agricultor está sujeta por un hilito a los caprichos del tiempo. Si estuviéramos más adelantados, si fuéramos más previsores, es cierto que no nos iría tan mal. Con la chacra mixta, por ejemplo. Siembre usted variado, cultive su alfalfarcito y métale a la chacra unas vaquitas y unas ovejas. Pero si no sale del trigo, siempre va a tener que andar de la cuarta al pértigo, salvo que los años sean excepcionales...

—¿Y ahora de qué se quejan?

—¿Yo?... De nada. Hay algunos pobres que les ha tocado la lotería de la isoca... Ahí andan desesperados a puras consultas y a puros ensayos. A usted no le supone nada la isoca ¿verdad? por que si encuentra una en el jardín de su casa, la mata con el pie... Pero en los campos!...

Y atenuando la ironía campechana y sincera que desconcierta un tanto a su interlocutor, le enseña por la ventanilla el predio verde y parejo tendido junto al tren como un golpe de espátula.

—Vea los campos. ¡Eso es trigo! Buen madrugador ha sido ese colono. Si parece una bendición de Dios.

Y en verdad que están verdegueantes y lozanos los trigales de la comarca.

Se suceden los centros poblados sin interrupción. Cada estación es un foco de actividad y movimiento a la hora del tren. El vecindario y los colonos que vienen a recoger su correspondencia, tienen consagrado este mentidero del andén de la estación en donde se toma lenguas sobre el estado de las sementeras, se palpita el porvenir del año agrícola y se formalizan transacciones.

Predomina en esta masa de población el elemento europeo, rubio casi siempre y de origen inmigratorio. EnVilla Iris, centro comercial de mucha importancia, numerosos vehículos de todo tamaño y calidad ocupan el canchón de espera: un par de autos norteamericanos, media docena de bateas rusas con sus cuádrigas fornidas, arañas voladoras y flexibles “boggys"... Al paso del tren se ven las calles rectas y amplias con sus faroles a hidro-carburo o alcohol. Cada estación está provista de sus espaciosos galpones de hierro y tinglados, síntoma evidente de riqueza cerealera. El molino de viento se alza en todas partes. El rancho de paredes quinchadas y techo de paja, tan vulgarizado en la provincia de Buenos Aires, no se conoce por aquí. Las casas de los colonos son de hierro galvanizado en casi su totalidad. Nos llama la atención, por cierto, la difusión de estos materiales. Bien está que la chapa de hierro pueda suplir la pared en las poblaciones inestables; pero nos parece inadmisible que se utilice como techo. El clima de la Pampa es recio, sin términos medios, dentro de una indiscutida salubridad. En consecuencia, el hierro se hace insoportable durante la intensidad de las estaciones. El material más adaptable, óptimo si se quiere, es el “ru-ber-oir”, una especie de yute hecho de fibras, amianto y substancias especiales, inaccesible a la lluvia, al frío y al calor. Resiste además, al fuego. Este material se elabora en rollos de 36 pulgadas de ancho, conteniendo 216 pies cuadrados para una superficie de 200 pies. Es absolutamente liviano y su costo, menor de la tercera parte del fierro galvanizado. Un metro de “ru-ber-oid” cuesta alrededor de 1.50 pesos, comprendiendo, además, los clavos y ruberinos. Hay también una derivación en color, de este material denominado “kaloroid” para chalecitos y viviendas elegantes.

Pero sigamos en la marcha del tren. El terreno es ligeramente ondulado. Mucho ganado lanar pace en los potreros, a uno y otro lado de la vía. Hasta Jacinto Arauz, entrada a la Pampa, abundan las praderas naturales. De allí el tren corre por entre sementeras a uno y otro lado. La tierra en esta gran zona está más subdividida. El aspecto externo de cada vivienda demuestra que está bajo el cuidado del propietario. Son campos de colonias subdivididas los que vamos cruzando.Es rara la casita de material, pelada y sin árboles que la cobijen y le presten su simpática tonalidad.

Antes de llegar a Villa Alba, alegra la vista el monte de una chacra donde, de entre el verde suave de sus sauces y las ramas color siena de los álamos erectos, se destaca el rosado de los durazneros en flor. Villa Alba es uno de los focos de colonias rusas más significativos de la Pampa. Desde lejos advertimos el letrero de un almacén en el que, junto al nombre polaco de su poseedor, con un “insky” inconfundible, se destaca el título sintomático de “La Pampa Moderna"...

Sigue otra vez la llanura tendida. Un jinete, a lo lejos, galopa en un camino en sentido contrario al tren. Parece que estuviera desprendido de la tierra. Y más allá, mucho más lejos, un remolino de polvo se eleva en amplia columna hasta desaparecer confundido con el azul terroso del cielo. El día es magnífico. Un sol de las once castiga la tierra e improvisa su espejismo a lo lejos. Vuelven a ralear los árboles en las viviendas diseminadas por todas partes, blanqueadas unas, otras de chapas, sin molino ni reparos.

Después de Bernasconi se advierte el paisaje genuinamente pampeano: la loma poblada de arbustos naturales ensombreando la hondonada.

En Abramo nos cruzamos con el primer tren leñatero, con disposición de seguir a Bahía Blanca. Empieza el dominio de los caldenes. Grandes pilas de leña aguardan turno junto a los desvíos. A menudo cruzamos predios que fueron tupido monte, entregados hoy a la agricultura y sobre los cuales queda aun la remembranza de uno que otro árbol salvaje y disperso en la sabana verde del trigal.

Son los últimos vestigios de la Pampa de ayer, desgarrados del misterio secular para incorporarse a la civilización.

Frisar.Acercarse, lindar, tocar.

Refacción.Alimento moderado, reparador.

Chambón.Poco diestro o torpe.

Aristarco.Crítico severo, censor de cosas ajenas.

Stock.Expresión inglesa, incorporada a nuestro vocabulario comercial, y que significa acopio de producción, mercaderías, etc.

“De la cuarta al pértigo". Expresión criolla que significa andar con poca fortuna en los negocios o empresas.

Isoca.Insecto perjudicial (oruga) que devasta los plantíos.

Mentidero.El sitio donde se junta la gente ociosa a tener conversación.

Batea.Carro sin elásticos, en forma de batea, usado comúnmente por los agricultores rusos.

Cuadriga.El tiro de cuatro caballos de frente.

Araña.Los sulkys sencillos, livianos y altos.

“Buggi". Carro norteamericano de cuatro ruedas, liviano, tipo de jardinera. (Pronúnciase: bogui).

Quinchado.Cerco o pared de ramas y barro.

Sementera.Tierra sembrada.

A medio día llega el tren del Oeste a Santa Rosa. La impresión primera es agradable. La línea del ferrocarril ha venido bordeando el centro urbano. La estación es el remate de las calles principales en cuyo perímetro se recuesta el conglomerado macizo de la población. Transitamos un par de cuadras sobre pavimento de madera—tacos de caldén sobre portland—adoquín de ensayo que se afianzó hace cinco o seis años con un costo de 11.000 pesos por cuadra, o sea ocho pesos el metro cuadrado. La población es compacta, elegante la edificación. Se nota, de entrada, un ambiente de buen tono, en pequeño, si se quiere, algo así como una suave aristocratización, una sosegada estabilidad vecinal, que no condice con la agilidad urbana con que se han organizado los demás pueblos del territorio, bajo el aluvión de la colonia. ¡Claro! estamos en la capital, foco de fuerzas directrices, si no económicas, y donde se han recostado elementos significativos en la administración pública, la magistratura, el foro, el profesorado y la prensa.

Después de dejar nuestro equipaje en un hotel vecino a la plaza central, recorremos la población, al azar, para impresionarnos en conjunto. Es recto su trazado. Las calles están arborizadas con ligustros. La plaza Mitre donde se levanta un prisma conmemorativo a la conquista del desierto, es un paseo umbroso y bien lineado, con sus plantas ornamenticias, sus alamedas coposas y sus escaños de “laqué”, con su gimnasio infantil al aire libre, como en los grandes paseos de Buenos Aires, manifestaciones de edilidad que hablan con elocuencia de munícipes diligentes. Son polvorosas y pesadas las calles; correcta es su nomenclatura; tonificante el aspecto general de sus comercios; amplias y bien pavimentadas las veredas. No hay agua corriente todavía. El molino y las cisternas suplen la falta. El agua es potable y cristalina.

El día patronal del municipio, nos tomó en SantaRosa. La procesión sacramental de la virgen abogada, congregó a numerosas familias. Pudimos advertir en este acto religioso la homogeneidad del concurso social, manifestado en una porción ponderable de su vecindario. Abría las filas, después de las congregaciones y de la imagen que se veneraba, el anciano fundador del pueblo, acompañado de un grupo de vecinos de significación, que contribuyen con su validez a prestigiar la obra colectiva.

Después hemos recurrido a la fuente oficial en procura de informaciones. Visitamos en su despacho al gobernador, quien dentro de breves días debía delegar su mandato, por terminación de período. El gobernador es un caballero de fino trato. Nos habla con la conciencia del deber cumplido. No deja ponderables iniciativas, a pesar de sus tres períodos; pero esta infecundidad no es culpa suya. Es el sistema de las gobernaciones territoriales, lo que ahoga todo buen propósito. Un gobernador de territorio es un delegado, sujeto de pies y manos al ministerio del interior y que se mueve según la cuerda que le tiran. Es un funcionario, subalternizado injustamente a la política oficial, despojado de toda facultad inicial y sometido a recibir, para los servicios del territorio, al excedente de paniaguados que flota en Buenos Aires por falta de acomodo. El gobernador no deja obras pero tampoco deja enconos. Ha sido un funcionario correcto y digno de la estimación pública. Con él discurrimos sobre diversos tópicos de actualidad.

—¿Qué le parece el proyecto sobre el “homestead”?—le interrogamos, girando sobre un asunto de tanto interés que está en el tapete de la discusión parlamentaria aquellos días.

—Sería muy buena su implantación en la Pampa—nos responde.—Pero en la Pampa no se podría aplicar el “homestead” por falta de tierra pública. Apenas quedan al Estado algunos lotes en la parte oeste y sudoeste, donde no ha llegado la agricultura todavía. Lo que podría hacerse, en caso de legislación, sería expropiar...

—¿Y cuál es el valor de la tierra?

—En los alrededores de Santa Rosa, el campo virgen, monte sucio o rastrojo, tiene precios entre 100 y 150 pesos. Al sur, hasta General Acha, a ambos lados del ferrocarril Pacífico, puede valer 60. Donde los campos han alcanzado precios excepcionales es en la zona pastoril de Pico. Allí las tierras alfalfadas pueden valer hasta 500 y 600 pesos la hectárea.

Nuestra interlocución se extiende alrededor de diversos temas, mostrándosenos el gobernante como un observador sagaz. Para él, en la zona sur de la Pampa hay pocos agricultores de profesión. Son sembradores los más. No es la primera vez que oímos este concepto que define una colonización ambulatoria. Fuertes comerciantes del sur—sobre todo de la zona tributaria de Bahía Blanca—opinan lo mismo. Esto se debe, creemos nosotros, al temperamento ancestral de ciertos núcleos de población. Ya lo decimos por ahí en un capítulo referente a los rusos de Doblas y Rivera, procedentes de la región de Odessa, comparados con sus connacionales de otras latitudes. Sin duda alguna, las pampas del sur están más retrasadas que las del norte. Los centros coloniales suelen, por mayoría de nacionalidad, imponerse, no sólo en la vida urbana si no hasta en las orientaciones de la instrucción pública. En Villa Alba, por ejemplo, población en la que predomina el elemento ruso judío, el carnicero criollo no puede faenar sin que mate sus reses el rabí, de acuerdo con sus ritos. En otra forma caería bajo el “boycott” de la colectividad y se vería obligado a levantar su tienda. Hay un egoísmo recalcitrante en todas sus ceremonias, reflejo de la necesidad instintiva de defenderse en tierra extraña y con lengua y religión, extrañas también. Por lo menos queremos, por tolerancia, imaginarlo así.

Nos interesa conocer las relaciones policiales con la provincia de Buenos Aires. Ese meridiano quinto, que separa la provincia del territorio, se nos antoja como los burladeros de las plazas taurinas, usados por los matadores para zafar a las furias del toro. Hemos pensado que la delincuencia puede escurrirse allí por arte de tramoyar. El gobernador nos hace notar, efectivamente, que la policía del territorio tropieza con sus dificultades en aquella larga frontera, debido a las continuas incursiones del elemento maleante y a los robos de haciendas y carneadas a ambos lados de la línea divisoria, no muy abundantes pero no por eso menos atrevidos. Con policía escasa es imposible hacer proezas; y la consumación de estos hechos delictuosos no puede hablar en menoscabo ni del gobierno territorial, ni del jefe de policía.

Aristocratización.Tomar el aspecto aristocrático.

Aluvión.(En sentido figurado). La corriente de nuevos pobladores.

Arborizada.Arbolada.

Ligustro.Arbusto de follaje perenne, muy usado para formar cercos vivos.

Ornamenticia.De adorno.

Edilidad.La acción de los ediles, o funcionarios a cuyo cargo corren los asuntos municipales.

Homogeneidad.De homogéneo: lo que está constituído por partes o elementos muy semejantes, como una reunión de personas de la misma condición, de la misma raza, de la misma estatura, etc., según el aspecto que se considere.

Paniaguados.Se dice de los sujetos favorecidos por un personaje influyente, y que están al servicio de éste. Tiene significado despectivo.

Homestead.Palabra inglesa que significa: la casa habitación, con todas sus dependencias. Se emplea en Estados Unidos para designar cierta ley que asegura a los pequeños propietarios la posesión del “hogar propio”, inembargable. Pronúnciase: jómsted.

Interlocución.Diálogo, conversación entre dos personas.

Ancestral.Heredado de los antepasados.

Rabí.Título que se da entre los judíos a los que son doctos en la ley de Moisés.

Recalcitrante.Terco, obstinado.

Burladeros.Pequeños refugios de entrada muy angosta, que hay en las barreras de las plazas de toros, para que en caso de apuro se guarezcan en ellos los toreros.

Taurinas.Plazas taurinas o de toros.

Tramoya.Trampa, enredo; mecanismo usado en los teatros para figurar ciertas escenas y representar transfiguraciones y sucesos fantásticos.

Delictuoso.Lo que constituye delito.

Menoscabo.Disminución.

El éjido del municipio de Santa Rosa comprende una superficie de 8.000 hectáreas. La planta urbana tiene 155 hectáreas, con una población superior a 6.500 habitantes. Corresponde, políticamente, al departamento segundo del territorio. Está regida por una municipalidad compuesta por cinco miembros y su presidencia es, a la vez, departamento ejecutivo. Cuenta con un cálculo de recursos que oscila alrededor de 60.000 pesos, siendo sus principales rubros patentes fiscales, rodados, contribución directa, alumbrado y limpieza y carnicería municipal.

Dentro de las iniciativas comunales, la que más ha llamado nuestra atención, por ser de beneficios comunes y posiblemente la única de tal carácter en el país, es la municipalización de la carne. En el deseo de poner freno a la especulación de vendedores y matarifes y abaratar este artículo de primera necesidad, sin violentar la libertad de comercio, se llevó a la práctica el proyecto de municipalización de la carne, dictando una ordenanza en la que se encarecía tendenciosamente los derechos de abasto. Se prohibía, por esta resolución, el faenamiento de reses fuera del matadero municipal y se fijaba los derechos de matanza con las siguientes cifras: por cada animal vacuno, 30 pesos; por cada cabrío o lanar, 10; por cada yeguarizo, 25; por cada ternero mamón, 25. Esta ordenanza comenzó a regir el 2 de mayo de 1916.

La exorbitancia del arancel impositivo, fué, sin duda, una cortapisa para el negocio de los abastecedores. Pero fué también, la única forma de moderar los precios, hacer un servicio de higiene y economía públicas y beneficiar las rentas de la comuna.

Acto seguido de ponerse en vigencia la ordenanza, la municipalidad llamó a licitación pública para la adquisición de la carne de lanar y vacuno necesaria al consumo de la población.

Debemos hacer constar que el temperamento adoptado por la municipalidad para oficializar el artículo, no fué resultado de una violenta y caprichosa restricción. El sistema surgió de la imposibilidad de poner de acuerdo, en mediación amigable, al gremio de expendedores de carne y matarifes, para fijar precios equitativos. Los beneficios fueron inmediatos. El cálculo de recursos asigna hoy una partida que no baja de 10.000 pesos, por concepto de la venta oficial de carne, mientras el vecindario come carne higiénica, nutritiva y barata. Este recurso que es diario y parejo y no obedece a dilaciones, suele ser rubro castigado para las erogaciones, como que es el más seguro. No es extraño, pues, que algún “Boletín Municipal” nos anuncie que un edil, solicite que se autorice la inversión de 3.000 pesos de la reserva de fondos de la carnicería, para la construcción de un veredón de cemento portland de seis metros de ancho en la avenida norte de la plaza Mitre y la adquisición de veinte bancos “laqué” y dos hamacas para el gimnasio de los niños...

Pasemos revista por otros servicios de importancia que ha establecido la municipalidad.

Ha instituído dos becas de 30 pesos cada una para alumnos del colegio nacional, pobres y aplicados; entrega a los niños de las escuelas del Estado útiles escolares, a la presentación de vales de pobreza otorgados por la dirección de la escuela; ha establecido el gimnasio de que hemos hecho mención, en la plaza Mitre, aprovechando dos cuadros del jardín de árboles coposos; ha establecido en su local propio, un servicio de baños públicos, con libre acceso; ha organizado un vivero municipal, con el objeto de difundir el árbol en el departamento.

Una obra destinada a tener resonancia, será la instalación del servicio de aguas corrientes, cuyos estudios, formalizados ya, asignan un costo de 200.000 pesos, labor que corresponde al ministerio de obras públicas de la nación, y que bien merece ser realizada a la brevedad, en atención, siquiera, al aporte material valiosísimo con que la Pampa contribuye al engrandecimiento nacional.

Posee Santa Rosa establecimientos culturales de significación, tales como la escuela normal y el colegio nacional bajo la docencia de personales competentes. Tiene, además, diversas escuelas nacionales, entre las que descuella la Sarmiento, no sólo por el número crecido de sus educandos, si no por las condiciones pedagógicas de su hermoso local. La biblioteca pública, bajo el patrocinio de la municipalidad, presta sus buenos servicios al elemento estudioso. En lo administrativo y judicial, sus tribunales con dos juzgados letrados y su correspondiente fiscalía, han congregado un núcleo forense de primer orden, cuya radicación ha contribuído a enaltecer los contornos intelectivos y sociales del municipio. Diversos diarios y periódicos dan la nota acabada de la cultura vecina, como portavoces de la opinión, pudiendo hacerse notar que a la iniciativa de uno de ellos se debe la organización del primer congreso de la prensa territorial del país.

Foco de intensas actividades agrícolas, en Santa Rosa se han celebrado dos certámenes de alta figuración y de perdurable recuerdo: el primero en 1913—la fiesta del grano—algo así como el santoral de las cosechas; y el segundo, el congreso agrícola del territorio, que ha tenido lugar bajo los mejores auspicios y tutelado por el ministerio de agricultura de la nación.

La zona circunvecina a Santa Rosa es eminentemente cerealera. Esta circunstancia circunscribe la intensidad de su movimiento comercial a la época de las cosechas. No han transcurrido todavía diez años de las últimas explotaciones leñateras en los campos vecinos. Pero los montes, descuajados ya, han dado campo a las sementeras y el departamento se ha sembrado de colonias. Es lástima que el latifundio sea todavía la eterna rémora en estas feraces campiñas y que la expansión urbana de Santa Rosa se encuentre con la trabazón de dos heredades que constriñen en sus extramuros a manera de ajustado dogal... Pero la razón, el tiempo o la testamentaría, tarde o temprano se encargarán del desembarazo, obviando la legítima expansión municipal.

Poco desarrollada está la ganadería en los campos del departamento, como asimismo la horticultura. Para la industria de la huerta, hubo al principio sus reparos.Reacias eran las tierras y bravíos los vientos, según el pesimismo vulgarizado. Paulatinamente se ha ido rompiendo el prejuicio, sin que por esto deje de traerse, para las necesidades del abasto local, verduras de Chivilcoy y de Mercedes y aun de Mendoza, dato que hemos podido confirmar en las oficinas del ferrocarril. Todo puede dar esta tierra de Santa Rosa. Nuestra visita a la quinta Villa Concepción, situada en la proximidad del municipio, ha sido para nosotros el mejor comprobante de la feracidad de estas tierras. Su dueño, que es un progresista vecino de la capital, no sólo ha dominado al médano, si no que ha logrado su cultura agrícola, aun para las plantas más exigentes. Son una maravilla sus parras, sus frutales y sus hortalizas. Posiblemente esta quinta, tecnificada con las exigencias de los modernos cultivos, es una de las más hermosas y bien cuidadas que hemos encontrado en el territorio. Pero lo que más debía de halagarnos fué la comprobación de lo que puede hacerse en Santa Rosa y que venía a dar al traste con el poco de escepticismo y de rutina que retrasan los cultivos caseros, tan útiles para la economía familiar.

La quinta se destaca como un oasis sobre la duna conquistada. Desde allí, y bajo el sol radioso de una mañana de noviembre, contemplábamos la campiña, ancha cenefa de verde y siena circuyendo en gracioso panorama la capital.

Ejido.El trazado de un pueblo, con sus chacras.

Exorbitancia.Exageración.

Arancel.Tarifa.

Cortapisa.Obstáculo.

Equitativos.Justos.

Erogaciones.Gastos.

Santoral.Nómina o lista de los santos que venera la Iglesia, con indicación de sus respectivas fiestas. Por extensión puede decirse de las fiestas de otra clase.

Trabazón.Obstáculo, estorbo.

Dogal.La cuerda o soga que sirve para ahorcar a los reos. En el caso presente, está tomado en el sentido siguiente: que constriñe, que ahoga, que ahorca.

Obviando.Facilitando.

Horticultura.Cultivo de las huertas.

Cenefa.Colgadura; por extensión, el fondo de color que rodea a algo.

Dos valles pintorescos y alegres se disputan la supremacía productora en el departamento de Utracán: el de Utracán y el de General Acha. Los dos corren entre médanos bravos; los dos son de tierra morena y fácil; y rinden los dos con igual feracidad. Utracán es largo y angosto. Por quince leguas, desde Doblas a la Hachita, se prolonga la hondanada dentro del marco de las lomas separadas por un kilómetro y medio de extensión. El agua dulce y clara que viene del sur, afluye de la arena como una bendición, para empapar los sembríos. Los primeros predios cultivados, diminutos los más, que constelan el valle con su verde matiz, han dado resultados excelentes. Todo rinde aquel valle providencial: frutas delicadas, frescas hortalizas; exuberantes forrajeras. Pero los cultivos no han pasado aun de ensayos incipientes. El incentivo agrícola está en las doce mil hectáreas circunvecinas entregadas a las sementeras. Numerosos “fundatarios”, dedican la heredad a los cultivos sobre firme: trigos, avenas y alfalfares. Podrán ser muy exquisitas las peras valletanas y el moscatel dar óptimos racimos; pero mientras la tierra se abra en surcos para recibir la caricia de Céres y haya lluvias germinativas y soles benignos que apresuren la macolla y doren las espigas, debe ser un lirismo aquello de engalanar el valle con manzanos, con guindos y perales y ver florecer los cerezos por la primavera...

Pero esto no ocurre en el valle de General Acha. La población aquí es de hortelanos y quinteros genuinos. La tierra está subdividida y cultivada. Cincuenta fincas se extienden desde las cercanías de la estación del ferrocarril hasta los últimos médanos que encajonan el valle y se desparraman, como pequeños oasis, entre las lomas caprichosas. El plantel primitivo de esta colonización fué a base de los lotes donados por el gobierno nacional, allá por el año 83, meses después de fundar el pueblo de General Acha—12 de agosto del 82.—Cada predio tenía dimensiones de 220 metros de frente por 400 de fondo. Sobre esta dádiva, que venía como un corolario a complementar la campaña al salvaje, se delineaban las quintas pobladoras cuyos vestigios nos hablan hoy, en achacosos manzanos, de aquel esfuerzo civilizador. Fueron franceses en su mayoría los primeros colonos. Los hubo también españoles, italianos y criollos. La quinta del general Manuel J. Campos, hoy parque del Estado, situada fuera del valle, fué la primera revelación. La tierra era pródiga y había que aprovecharla. El primer poblador del valle de General Acha fué el francés Adolfo Laffeuillade. Vinieron después el italiano Cirilo P., el argentino Pantaleón T. y el español Guillermo G. Y más tarde, la segunda generación de quinteros, mientras un grupo numeroso de quinteros fundadores, emigraba a Victorica, buscando las nuevas praderas que despertaba el ferrocarril.

Hemos recorrido el valle en toda su extensión deteniéndonos en sus fincas mejores. La impresión es halagadora, desde que se desciende a la amplia hoyada. Por entre las macizas arboledas que deslindan cada propiedad, se advierte el lote de frutales en plena floración, la huerta y el pequeño viñedo extendido en hileras o en parral sombreador, acotado a las viviendas. Se nota un franco espíritu de previsión que debió anticiparse a los cultivos: el reparo forestal. Gruesos álamos, en hileras dobles, alineados como cancerberos junto al alambre divisor, ponen vallas a las furias del pampero. A veces la barrera es combinada—álamos con mimbres o con sauces—pues la situación del valle abierto de norte a sur, reclama toda defensa precaucional. Guarnecida así, aquella tierra no tiene reatos para brindar su tesoro. ¡Y qué frutos!

Visitamos la quinta de don Pedro O., vasco francés establecido en General Acha desde 1885. Un mocetón de veinte años entrega a la labor una media fanega de tierra, desmontada recién, y en donde los últimos raigones del saucedal se desparraman sin medida por la superficie muelle y fresca.

—Es como manteca—nos dice el labriego.—Fíjese la yunta... ¡Ni mella que le hace!

—¿Y qué dá esa tierra?

—De lo que le ponga, señor. Dá hasta por lujo. ¿Ve esas papas que asoman en los surcos? No vaya a creer que son de siembra. Aquí había monte y basura. Son papas tiradas al azar...

Y sigue en pos de su yunta, manejando con pericia la esteva, mientras la cuchilla destripa con facilidad los terrones y se revuelcan los pájaros en la tierra removida que deja a la espalda.

Aquella misma quinta era la que en la exposición universal de París—1889—se aseguraba un primer premio con sus espigas de maíz piamontés.

Nos encantan, en verdad, los prolegómenos de esta colonización. Los primeros vecinos, hechos en Europa sobre la rutina del surco, ajenos a todo tecnicismo agrícola, muy sagaces y valientes debieron ser para afrontar el valle desconocido, luchar con los vientos y reclamar de la tierra inviolada todo lo que la tierra podía dar. Sobre los primeros tanteos debió consagrarse la rutina que ha perdurado hasta hoy. La herramienta moderna, el grano seleccionado, el procedimiento reformador, no debieron llegar hasta esta fértil cuenca, perdida en la inmensidad del desierto. Cuando se escriba la historia de la agricultura de la República Argentina, bella y fundamental debe ser la página que consagre el esfuerzo de estos argonautas.

Lo que ocurre en General Acha es un caso de agricultura que pudiéramos llamar “autóctona”, dada la forma en que se ha producido y las condiciones de aislamiento en que ha podido intensificarse, marcando un provechoso ejemplo para las tierras pampeanas.

La fruta de este valle ha alcanzado justa celebridad, no sólo en el territorio de la Pampa, si no en las rotiserías de Buenos Aires, en donde no siempre pasa con el informe de su procedencia nativa—como que la fruta cuyana o los ejemplares de California, tienen éxito indiscutido, tanto por sabor como por novelería.

—¿Le dan bien sus perales?—interrogamos a un viejo quintero, que ha venido a la reunión de vecinos citada por el agrónomo regional, en propaganda del congreso agrícola a celebrarse en diciembre.

—Espléndidamente—nos responde.

—¿Y qué clase?

—Eso sí que no le puedo decir. Tengo unas peras largas, grandes, en forma de brevas, que maduran en invierno; otras chatas, panzonas, amarillas, de febrero a abril... ¿qué serán, pues?

Nos suponemos, por la reseña superficial, que se trata de la “belle Angevine” y la “duchese d’Angouleme”, de exquisito paladar.

Otro nos explica lo propio de sus manzanas.

—¡Viera qué ejemplares!—nos dice con legítimo orgullo.—Me han dicho que son del país, nomás, pero tienen un sabor exquisito... ¿Conoce esas manzanas retaconas, angulosas, grandes, de color verde claro?... De esas... Tengo también de la misma clase de las californianas que importan a Buenos Aires.

Sin duda alguna nuestro informante se refiere a la manzana “de las cordilleras” y a una clase de la familia de las “renettas”, muy vulgarizadas en todas las quintas.

—¿Y cuál fué el origen de los manzanos fundadores?—interrogamos.

—En un viaje que hizo mi padre a Guaminí—nos dice don Leopoldo Laffeuillade—se le ocurrió traer algunas semillas de manzanas cultivadas en aquella población. Las plantó y dieron. De ese almácigo provienen las primeras plantas que se han desparramado por todo el valle. Si fuera usted por la finca que fué del viejo, vería alguno de esos manzanos que plantó mi madre. ¡Y cómo cargan! No diría usted que llevan treinta años bien cumplidos sin cansarse de florecer y producir...

¡Es bella la añoranza de este colono sencillo, que evoca con emoción el recuerdo maternal en la planta solariega, incansada y generosa!

En esa forma surgieron los plantíos. La necesidad, madre previsora, se anticipaba a la civilización forestal, para alegrar la mesa del labriego. Así se prodigaron los durazneros y los guindos y los perales: por simiente, a la ventura, obra del empuje rústico puesto sobre la tierra providencial. Cuatrocientos años atrás, hacían lo propio los conquistadores, trayendo en las pasas de Málaga, las primeras semillas que serían sarmientos criollos después, hasta culminar con las clases tecnificadas del cabernet, malbec y semillón, lo más ilustre en la nomenclatura vitícola. Estas quintas, no son solamente las primeras de General Acha; son las primeras de la Pampa. Vive aun el viejo que trajo el primer arado a la yerma soledad y que nos habla con amor de aquella colonización familiar en donde han retoñado dos generaciones.

—Estos solares no nos costaron nada—nos dice.—Ya ve la tierra; es una maravilla. Nuestro esfuerzo debía concentrarse más en el reparo que en la propia tierra. Ya ve, con arboledas hemos domado los vientos. ¡Si pudiéramos hacer lo mismo con la langosta y las heladas! Pero esto es un mal general y cuando viene no hay más que conformarse. Nosotros seríamos unos ingratos si nos quejásemos. La buenaventura nunca nos ha abandonado... Los gobiernos fueron buenos con el colono. No nos dieron consejos para sacarnos del camino trillado, pero no nos pusieron trabas tampoco. De quien guardamos un gran recuerdo es del general Campos. ¡Ese sí que era buen criollo para amparar al agricultor!

Y a renglón seguido, el anciano nos hace una semblanza del tiempo pasado y de aquel jefe de la brigada de Acha, figura heroica y tutelar.

Estos colonos de General Acha, son dignos de la más decidida protección de parte del gobierno. Con hacer algo, y mucho, en su favor, no se haría más que reparar una deuda. Demasiado abandonados del amparo oficial han vivido para que se siga incurriendo en la omisión. Aquí la agricultura ha sido obra del prodigio silvestre. Las parras—moscatel rosada, en su mayor parte—algunas veintenarias, cargan porque hay una providencia en este valle. ¡Qué podas tan mal hechas! Como que están libradas a zagalejos que no han salido del solar. Virgilio nos habla con más técnica de esta preparación de sus viduños, dos mil años atrás. Esta inexperiencia preliminar, se justifica con el propio amor a las plantas que profesa el colono. Descargar al sarmiento de los troncos inocuos, sería herir en la entraña aquella vid, cuya conservación ha costado sacrificios. Se prefiere que se prodigue en ramas aunque no cargue en racimos. Viene un Tomba con nosotros—Sylla—de abolengo viticultor y mendocino por añadidura. No es posible permanecer impávido ante este espectáculo del espaldero protector, en donde las plantas se enseñorean en ramas inservibles. Nuestro acompañante coge la podadera y ofrece un ejemplo práctico sobre la forma eficaz de descargar las vides.

No para en esto la rutina. El ejemplo de sembrarlas cucurbitáceas—zapallos, melones y sandías—se tomó de los indios, sin que se hayan reemplazado hasta ahora los procedimientos. La reproducción de los manzanos sigue haciéndose por hijuelos, en forma primitiva. Este sistema tradicional de cultivos ha desaparecido en muchas quintas. No faltan los fruticultores imbuídos ya en los beneficios de la agricultura científica.

—Mis duraznos—nos dice Bonifacio R.—proceden de ingertos que compré en lo de Peluffo. Es una hectárea y media, nomás, pero me está dando muy bueno.

Y sabedlo bien: este buen criollo, casi pampeano, orgulloso con su granjita La Nena, que es una monada, ha obtenido el gran premio en la exposición internacional de San Francisco, por su semilla de alfalfa.

—La cosecha es poca—nos dice casi con rubor—pero a mí me gusta que sea de calidad. No siempre los criollos hemos de quedar dejados de mano. Este agricultor tiene una pradera alfalfada de 150 hectáreas, que le da, a conciencia, dos cortes anuales. Cultiva, además, un predio de hortalizas y algunos estadales de maíz.

Largo sería enumerar la nómina de colonos que dan vida a este valle próvido. Es lógico que no se hayan improvisado fortunas, pero no será aventurado asegurar que no hay ninguna familia que no tenga su buen pasar. La tierra se ha valorizado notablemente. Pero nadie vende su heredad. Fuera de la cuenca, se han hecho transacciones a 240 pesos la hectárea alfalfada. En las abras vecinas, estrechadas por los médanos, quedan aun muchos claros sin cultivo, entregándose los prados naturales al ganado lanar. El valle es fructícola por excelencia; y mucho nos equivocamos o su verdadero porvenir está en la viticultura.

—La manzana y la uva no fallan nunca—nos manifiesta un experimentado agricultor.—¡Lástima las heladas que a veces suelen ser crueles! Contra estas sí que no hay reparo...

—Pero se van atemperando—asegura un tercero.—Después de aquella famosa que cayó en marzo de 1912, que heló la alfalfa alta y achaparró hasta los eucaliptus, no han sido tan malignas las otras. Los vientos fuertes del sur nos tienen con el Jesús en la boca, porque siempre se anticipan a una noche polar. Hasta en diciembre... Pero ya nos estamos acostumbrando a estas amenazas, menos perjudiciales que la langosta cuando se viene a embolsar en el valle.

Hemos pasado una tarde deliciosa entre estas arboledas que nos traen el recuerdo de las quintas del delta del Paraná. El agrónomo regional ha congregado a los colonos del valle para gestionar su concurrencia al congreso agrícola que se celebrará en Santa Rosa el 16 de diciembre. De esta cita numerosa e interesante, ha salido el delegado de la comarca. La reunión ha sido franca, numerosa, al aire libre, con sencillez vecinal.

Una hora más tarde regresábamos a la vieja capital del territorio.

Utracan.(Voz araucana). Significa “valle muy recto". Hay algún araucanista que sostiene que esta voz quiere decir “parada".

Supremacía.Superioridad.

Hondonada.Terreno hondo.

Sembríos.Sembrados.

Fundatarios.Los que tienen o explotan una finca rural o fundo.

Optimos.Ricos, abundantes.

Macolla.De “macollar”: echar una planta las primeras hojas, cuando éstas salen del mismo punto.

Corolario.Consecuencia.

Hoyada.Terreno más bajo que el que lo rodea.

Esteva.La pieza corva del arado en que se apoya el que lo dirige.

Rutina.Hacer siempre una cosa del mismo modo, sin tratar de buscar otro que sea más conveniente.

Cuenca.Hoya, valle, cavidad.

Rotiserías.Restaurantes.

Almácigo.Plantas sembradas para trasplantar.

Añoranza.Aflicción o pena al recordar algo que se ha perdido.

Solariega.Perteneciente al solar; se sobreentiende que se trata del solar paterno o de los antepasados.

Cabernet, Malbec, Semillón.Distintas clases de uva que producen a su vez distintas clases de vinos.

Yermo.Lugar desierto y estéril.

Semblanza.Bosquejo biográfico.

Viduños.Pequeñas viñas o viñedos.

Inocuos.Que no sirven para mal ni para bien: inofensivos.

Espaldero.Armazón, o simple vara, que sostiene la planta.

Se va a San Huberto por Naicó. Se quiebra el camino entre bosquecillos de caldenes, sementeras y campos a medio desmontar. San Huberto es una magnífica propiedad que supone al viajero la más avanzada y elocuente nota de cultura en anticipo al porvenir augural del territorio.

Naicó es una estación leñatera. El plantel de casas, paralelas a la línea del tren, da la idea del futuro centro nutrido. Se recuestan sobre la misma acera, la fonda y el correo, el almacén, que es un vademécum, la carnicería y la tienda de campaña, pródiga en paños gruesos, ropas de cargazón y colorinches. En un recodo de la plaza de la estación, advertimos los postes y faroles destinados a alumbrado público, y traídos por el propietario fundador. Se habla aquí con entusiasmo de urbanizar el caserío, se insinúa la panadería con harinas blancas de Santa Rosa; y nada difícil será, que al retorno de nuestra jira nos encontremos hasta con el periódico “de intereses generales". Ya en Unánue, población de idéntica categoría, una mano anónima nos alcanza por la ventanilla del tren, el primer ejemplar de “La Crítica”, hoja dominical que llega con buenos bríos y programa de luchar por todo lo “que sea noble y justo"...

Este pueblito de Naicó es una promesa. Sin embargo, sobre la prolongación de estos centros, derivados hasta hoy de la industria rudimentaria de sus bosques, no falta el prejuicio pesimista que atribuye al local una vitalidad circunstancial.

—Se van con los caldenes...—suelen decirnos.

—No—hemos argüido siempre, llenos de fe.—Se van los caldenes, pero vienen los trigos.

Estas poblaciones leñateras tienen el porvenir siempre abierto. No ocurre aquí como en los asientos mineros, donde, extinguido el caudal generoso del subsuelo, el organismo vecinal se desmorona, se liquida, siempre que no tenga a la vera el recurso del valle feraz.

Los caldenes, arrancados de cuajo, según el régimen de explotación inveterado, dejan expedito el suelo para toda suerte de cultivos. Removido el desmonte con un rozado previsor, la primera siembra de trigo basta para unificar la condición agrológica del suelo. A pocas cuadras de Naicó, se extiende, en una veintena de casas, el pueblito de Ministro Lobos, en uno de cuyos edificios—la escuela—flamea la bandera nacional.

Vamos a San Huberto. Se suceden las lomas variando el paisaje a cada paso. No hay hojas en los árboles. Para agosto tenuemente... En cambio, la pradera se insinúa en el verde de las gramíneas a medio despuntar. Los campos, rizados por la reja, van borrando el color terroso y diseñando los predios de labor. A lo lejos, las lomas azules cierran el cuadro con una amable tonalidad. Se descubre, por fin, la roja techumbre de la estancia y poco a poco va apareciendo el chalet Luis XVI, que emerge con elegancia de la cenefa siempre verde del monte. Bella es la estampa del cuerpo principal del edificio elevado sobre el principio básico de la línea y de la sobriedad. Tal mansión, que rompe con su discreta y civilizadora enseñanza, la sencillez pastoril de la región, mucho de educador y subjetivo guarda en su interior. Tiene aquella vivienda todo de “cottage” señorial y de cultura clásica, brillante nota estética con que el espíritu culto de su propietario suscribe la clara visión sobre la Pampa futura. Todo en su interior es estilizado y elegante. El amplio comedor “renacimiento” deja la primera impresión. La mano del pintor Tristán Lacroix se prodiga en telas de mérito, escenas de la campaña y apuntes cinegéticos de buen tono. Es una obra de mérito el revestimiento de la gran chimenea donde un tallista parisién puso arte genial en los bajorrelieves. Nada choca en el estilo general del salón. Repisas, jarrones, cuadros, estatuas, todo obedece a una armoniosa sencillez. Y condiciendo con la advocación del santo francés que patrocina las cacerías y da nombre a la valiosa propiedad, el reloj de San Huberto con mil días de cuerda, marca las horas amables de la estancia. La biblioteca, bien nutrida de obras seleccionadas y con su colección completa de tratados deportivos, ofrece su dilecto regazo junto a la sala de billar.

Del “fumoir” tibio y lleno de luz, pasamos al jardín. Incipientes son los parterres, pero la curva delinea con gracia cada cantero. Se prodigan las plantas de adorno, ligustros y pinos marinos. Sobre esta base, aquello será bien pronto un parque coquetón, de corte versallés y en donde los rosales darán la nota de alegre policromía en sus innumerables variedades. En nuestra presencia, dispone el dueño de casa la ubicación de los escaramujos que han de trepar por las ventanas que dan al valle. Un hábil jardinero combina con previsión las variedades apropiadas al clima y busca, para el conjunto del jardín, la estética ornamental evitando el hacinamiento de ejemplares y la nota pesada. Desde la estancia, el paisaje es realmente pintoresco. La laguna se extiende como un río a lo largo de la hondonada. El cuadro nos evoca las riberas del alto Paraguay en las proximidades de Asunción con sus lomas empenachadas de arbustos. Y por cierto que para Buenos Aires, desconocedor en absoluto de estas bellezas pampeanas, muy raro debe ser el simil entre la laguna salitrosa y el ancho río tropical.

En las cercanías del edificio, bajo caldenes y en amplia extensión, está el corral de las aves, planteles finos cuyos maravillosos ejemplares fundadores, aclimatados en la zona, se han prolongado en espléndida generación.

En un cuadro del bosque, más allá de la laguna, se extiende la faisanería tomando un perímetro de varias hectáreas preservadas y techadas por alambre tejido, a recaudo de los gatos monteses y de los gavilanes. En esta sección destinada a la cacería menor, un chalet semi oculto entre los árboles ofrece grato refugio en las accidentadas travesías del bosque.

El montaráz, que guarda el precioso y nutrido plantel, nos habla de la acechanza de aquellos pequeños y ágiles felinos, sobre las aves inocentes.

—Estos gatos tienen el alma de Lucifer—nos dice.—Hace tiempo se coló uno por una falla del cerco y en dos minutos mató más de una docena de faisanes.

—Le hago un buen regalo—le dice el propietario—si se anima a limpiarme de gatos esta parte del monte.

—¡Quién sabe si es posible, señor!... Son andariegos... Hace una semana he muerto un gato montés de aquí a una legua... Lo agarré a tiro porque andaba rengo. Que yo sepa, la pata que le faltaba quedó en uno de los cepos armados aquí nomás. Son muy bandidos estos gatos...


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