IX

IX

El desterrado vagaba entre esas grandezas, solo, pobre, desconocido, como un alma en pena; pero el orgullo nacional sobreponíase á estas mezquindades, y llenaba de gozo su alma.

Antes de entrar en la morada de los vivos, Mauricio quiso hacer una visita á los muertos y dirijió sus pasos al cementerio.

En los alrededores de éste, habíanse tambien efectuado suntuosas trasformaciones. Grutas, lagos, jardines, estátuas, habríanle hecho creer que se había extraviado, si más allá no se alzara ante él, la lúgubre fachada.

Mauricio penetró en el triste recinto.

Un sepulturero lo llevó al mausoleo de su familia.

Mauricio despidió al cicerone y quedóse solo.

Delante de él, colocado en un lecho de hierro, estaba el ataud que guardaba los restos de su padre; y ¡oh! ¡amarga ironía de la casualidad ó de la providencia! el despojo de aquella que lo dominara en vida, encerrado ahora en una caja de ébano, pesaba, todavía, como una obsesion sobre sus heladas cenizas.

En el extremo opuesto, Mauricio divisó aislado y solitario, el sepulcro de su madre—muertaá la edad de veinte años—decía el epitafio.

A ella dirijió su plegaria y la efusion filial de su alma.....

Dió una severa mirada á las otras dos tumbas, y se alejó murmurando unrequiescant in pacede perdon.


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