VIII
Mauricio aspiró con ánsia el aire natal. Nada más había para él en aquella soledad, que la ausencia y la muerte habían hecho en torno suyo.
Ni parientes ni amigos: extraño en su patria.
Al entrar en la Avenida Montes de Oca previno al cochero que debía alojarse en un hotel.
—¿A qué hotel quiere ir el señor?—preguntó el automedon.
—Al que á Vd. mejor le parezca, amigo.
—¿El señor es forastero?
—¡Forastero!—repitió Mauricio, con amargura.—Sí, forastero.
—Entónces vamos al Gran Hotel, que tiene muy buenas condiciones para los extranjeros.
—Pues, al Gran Hotel, mi amigo. Lleve Vd. allí mi equipaje y entréguelo con ésta tarjeta.
—¡Cómo! ¿el señor no viene tambien?
—Yo iré á pié para mejor ver la ciudad. ¿Dónde está el Gran Hotel?
—Cangallo entre Reconquista y.........
—Bien, bien: ya lo hallaré.—
Y Mauricio echó á andar á lo largo de la Avenida Montes de Oca y desde allí siguió entre quintas,chalets, jardines y vergeles.
Los tristes pensamientos que al llegar lo asaltaron, desvanecíanse ante el grandioso espectáculo que contemplaba.
De la Buenos Aires de sus recuerdos, solo reconocía el nombre: tan grande y bella, la gloriosa metrópoli habíase tornado. Sus calles niveladas, llenas de luz, surcadas por vias férreas, con anchas veredas y rico pavimento; sus casas renovadas, ó transformadas en palacios; sus plazas en jardines adornados de estátuas; con avenidas de palmeras, que recuerdan las grandiosidades fabulosas de la India; sus escuelas que remedan suntuosos alcázares; sus teatros visitados por las primeras celebridades del mundo, con un público de gusto esquisito, que juzga con rigor y paga con régia generosidad.
Como un talisman de preservacion tutelar, en las puertas de esos millares de edificios aglomerados en aquel vasto conjunto, brillaba la placa de la Compañía de Seguros «La Buenos Aires», poderosa asociacion que cuenta en su seno á los más fuertes capitalistas nacionales y extranjeros.