XVI
Una ruidosa invasion en la vivienda inmediata interrumpió aquellas cavilaciones.
Risas, remocion de muebles, apertura del piano.
Una mano inteligente, pero ¡ay! no la mano de aquella noche, recorrió el teclado con una avalancha de melodías.
—Por Dios, Rosita, acaricia ese obsequio de la señora D..., no lo aporrées—decía la voz que Mauricio sentía vibrar en su alma.
—¡Ah!—replicaba otra—esa intemperancia de manoteos es lo único que me desagrada en la escuela francesa.
—Y lo que yo nunca pude sufrir en Gottschallk—añadió la voz temblona de una vieja;—cerraba los ojos para no verlo en el piano; porque me parecía un caballo picado de tábanos. (Perdóneme el arte esta blasfemia).
Rosita, moderando su ruidosa manera, ejecutó una preciosa composicion.
—¿Qué es eso?
—«La Emancipacion de la Mujer».
—¿Quién es su autor?
—Ortíz Zeballos, un artista limeño.
—¡Un hombre, partidario de esa causa!
—¡Un fénix!
—¡En verdad! ¡con qué ardor atacan los hombres esa idea!
—¡Y con qué argumentos! El otro dia lei en un artículo firmado por una notabilidad literaria:
—.... El mismo Cristo, en las bodas de Caná, estableció su dependencia del hombre.—Mujer, dijo á su madre, que le pedía un milagro, ¿qué hay de comun entre tú y yo?
Alicia, ruégote que tomes de sobre aquella mesa los Santos Evangelios y leas en San Juan las palabras de Jesús á su Madre, en aquella ocasion.
Oyóse hojear el libro y la voz de Alicia leyó:
—..... Y como faltara el vino, dijo á Jesús su Madre:—«No tienen vino»—y Jesús respondió—«Mujer, ¿qué tenemos que hacer en esto, tú y yo? Mi hora aún no ha llegado».
—Jesús se refería á la edad en que un profeta debía comenzar su obra: los treinta años, que él no había alcanzado todavía.
Pero la madre que tenía la seguridad de ser obedecida, dijo á los criados:—«Haced lo que él os dijere.»
Y Jesús obedeció: y por obedecerla hizo su primer milagro: convirtió el agua en vino esquisito que hizo exclamar á los convidados:—«¿Por qué nos dan ahora este vino que debimos gustar al principio?»
—Pues que de citas equivocadas se habla, ninguna como la de aquel señor diputado que en plena Cámara llamó precepto evangélico al—«Creced y multiplicaos»—del Génesis.
—Y diputado por Córdoba: la ciudad teóloga por excelencia.
—¡Ah! ¡y que con todas estas deficiencias se atrevan los hombres á disputarle á la mujer su emancipacion!
—Emancipada ó no, la mujer será siempre reina del mundo. Nada en él se hace sin su influencia: todo por obedecerla, para agradarla, por merecerla.
Recorramos la Historia, desde los remotos dias de la creacion, hasta la hora presente.
¿Qué encontramos?
Siempre y en todas partes el culto de la mujer.
A ella, por ella, para ella. He ahí el móvil humano en toda la extension del planeta, como diría Emilio Castelar.
—Puedo afirmarlo yo—intervino la voz de la anciana—yo, que he vivido y visto mucho; yo, que, durante los últimos catorce años, he tenido ante mí, el espectáculo repugnante del despotismo de una esposa y la sumision de un marido.
Era aquello tan odioso, que más de una vez me sorprendí anhelando para ella la esclavitud; y en él, con un garrote en la mano, una hora de tiranía.—
Risas.
—¿Quiénes son ellos?
—Por Dios, misia Laurencia, delátelos V.
—¡Ah! demasiado alto ha delatado una doble catástrofe, esa culpable inversion de la debilidad y la fuerza.—
Siguió un largo silencio.
Luego, aquí y allí—Ya sé—Ya sé—dijeron varias voces.
—¡Ay!—Ya sé—podía decir tambien, aquel que detrás de la puerta escuchaba.
Y en el corro femenil:
Usted habitaba en su vecindad, ¿no es cierto?—dijeron.
—En frente mismo de su casa, con nuestros balcones, por decirlo así, cara á cara, mediando solo, entre unos y otros, la angosta calle de Esmeralda: en la mayor proximidad. Sin embargo, y por esto mismo, nunca nos tratamos. Yo no podía sufrir, ni de vista, á aquella mujer autoritaria, que hacía de su marido un esclavo y lo ponía en ridículo con las extravagancias de su capricho. Hace daño el espectáculo de tales desequilibrios en un hogar.
Así, cuando dejé aquella casa al propietario que quería habitarla, aunque hacía años que moraba en ella, me plació alejarme de la proximidad de aquel infierno.....
¿Sonrien Vds.? ¡Ah! otra cosa era oirlo. Aquel eterno contrariar cuanto pensaba ó deseaba el esposo.
¡Y este!... El desventurado, por más que ante ella sonreia siempre, á vueltas de esa sonrisa su semblante estaba triste.
Una vez sola, vilo con aire gozoso. Fué pocos dias antes de su muerte.
Salía yo de aquí, á tiempo que él pasaba en compañía de un amigo, á quien decía alegre frotándose las manos:
—Dice V., que tiene curiosidad de saber ¿por qué estoy tan contento?
—De seguro, un buen negocio—replicaba el otro.
—Sí; pues anda V. léjos—breve: es un obsequio que he hecho á mi mujer en el porvenir; y lo mejor aún, sin que ella lo sospeche, siquiera; y todavía, contra la poderosa voluntad de aquella querida criatura.
El desgraciado hablaba así, de aquella que lo arrastró á la ruina y á la muerte.
—¡Pobre mujer! demasiado cruelmente ha expiado sus faltas. ¡Paz á su memoria!—oyóse decir á Julia Lopez, con piadoso acento.
—Yo he hablado así, hija, y hecho esas referencias, para impugnar, ya sea explícita, ya implícita, la emancipacion de la mujer.
¿Qué piensa Vd. de ello, Julia?
—Yo pienso que la mujer es la mitad del hombre; que ambos son las dos partes integrantes de un ser; y que, por tanto, están destinados á juntarse y unirse eternamente por el amor, para formar el Todo humano: la idea del Creador...—
Mauricio sintió una ola de deliciosa embriaguez inundar su alma.
El, tambien, creyó que le faltaba la mitad de sí mismo, parecíale que venía á él, que se acercaba; que la voz que hablaba era la suya y lo llamaba.
Cuando el nimbo radioso que lo envolvía se hubo disipado, y Mauricio pudo darse cuenta de lo que en él pasaba, encontróse profundamente apasionado.
Otro habría reido del idealismo de ese amor, encarnado en el sonido de una voz, en la sombra de un velo.
Mauricio le abrió el corazon y se entregó á su misterioso encanto.