XXII
Ido el médico, formóse en torno á la mesita central el corro femenil. Julia estaba en él. Mauricio, entreabriendo los ojos, veia su silueta destacándose en el claro oscuro del cuarto, blanca, ligeramente pálida en su vestido de luto.
Tenía en la mano un trozo de tela de lino que deshilaba con sus rosadas uñas, colocando cuidadosamente las hebras extraidas en un papel de seda, abierto sobre la mesa.
—Se dá Vd. un trabajo inútil—díjole la señora de Sanabria.—Yo he traido un paquete de hilas de la botica.
—Quién sabe qué manos las hicieron y de qué tela.
—Julia tiene razon. Ejemplo: Fernando B... padeció dos años de un cortesito en la mano, convertido en una grande llaga, por el uso de ciertas hilas que, averiguado su orígen, resultaron ser despojo de la sábana de un enfermo de viruelas.
—¡Qué horror!
—¿Y ha escrito Fernando B...?
—De todos los lugares donde se ha detenido: de Barcelona, de Valencia, de Sevilla. Encantados él y Carmencita.
—¡El, desde luego! Es su patria.
—Pues, hé ahí, que, en la ciudad natal, Madrid, aguardábale un gran pesar; uno de esos pesares que es necesario haberlos sentido para poderlos comprender.
El dia mismo de su llegada á la Corte, hijoamante, fué á visitar los sepulcros de sus padres, que, diez años antes, había dejado con un adios de lágrimas y plegarias.
Pero al llegar al sitio que antes ocupaba el cementerio, no pudo reconocerlo. Reemplazaban al fúnebre recinto, calles y edificios....
—¡Ay! ¡padre querido!—murmuró Julia, juntas las manos—¡quién me dice á mí, que cuando algun dia me sea dado ir á buscar tus amados restos, no encuentre desaparecido el sepulcro que los guarda!—
Mauricio envió una execracion al destino, que le negaba la dicha de realizar para Julia esos anhelos, que constituian la felicidad de su alma.
Execró, sobre todo, la vanidad de esa utopía que tanto tiempo había mecido sus ensueños. Querer es poder...
—El relato de Vd. misia Laurencia, ha entristecido á Julia.
—Pésame de ello. En verdad, que estas pláticas en que se mezcla el dolor, despiertansiempre écos de reminiscencia en algun corazon. Hablemos de otra cosa.
—¡Qué bien duerme nuestro enfermo! Si parece que no respira.—
Era que Mauricio comprimía el aliento para mejor escuchar el cuchicheo de aquellas nimiedades que, inmensamente, sin embargo le interesaban, porque Julia tomaba parte en ellas.
—Es hora de renovar el apósito; pero el doctor ha recomendado que se le guarde el sueño.—
A la idea del contacto de esa mano que iba á posarse en su pecho, Mauricio sintió un estremecimiento delicioso que le recordó la leyenda del condenado que, camino del infierno, se despeñó en una sima y.... cayó en el cielo.
—Al cabo llega Vd., Renata.
—¡Ah! señorita Julia, en este momento acabo el arreglo de los cuartos. ¿Cómo vá el caballero? ¿Debe tomar alguna bebida?
—Orchata con hielo. Vaya V. á traerlade la Confitería «La Gema.» No de otra parte, porque allí la hacen deliciosa. Al volver, compre Vd. de paso el hielo en cantidad bastante á cubrir la garrafa. Porque el hielo dentro del líquido, es malsano.
—Yo creía que la mejor orchata es la que se hace al minuto: pisando la almendra en el momento de confeccionarla.
—Yo tambien creía eso; pero un dia tomé una orchata en «La Gema» y declaro que es esquisita.
—Qué magníficos aguinaldos han llegado á esa confitería; qué lujo y variedad de bombones; qué delicadas masas, y los dueños, los hermanos Baez, tan afables y corteses.