XXIII

XXIII

El Director del diario en que Mauricio escribía, vino á visitar á su empleado.

Fué entónces preciso que el que fingía dormir, se despertara.

El distinguido hombre de mundo saludó al grupo femenino con galante cortesía.

—Perdon, señoras mias,—dijo inclinándose respetuoso.—La oscuridad y el silencio me hicieron creer que el enfermo estaba solo. Grande ha sido mi sorpresa encontrándolo rodeado de tan amable asamblea.

—Confiese Vd., señor, que su verdadera sorpresa fué nuestro silencio—repuso misia Laurencia.—Pero Vd. se engañaba: charlábamos; bien que con el secreto que es el fuerte de las mujeres—concluyó la viejecita, guiñando un ojo con espiritual picardía.

El Director rió del chiste.

Luego, acercándose á Mauricio, informóse del estado de su salud; habló con él de los asuntos del diario; de la importancia de algunos de sus trabajos editoriales.

Despues, abordando la broma.

—¡Ah! señor folletinista—le dijo, volviéndose hácia las señoras para generalizar la conversacion;—Vd. ya no se contenta solo con escribir dramas y romances: los pone en accion.

Y dando una furtiva mirada á la esbelta figura de Julia:

—Veo venir el idilio—prosiguió.—A éste seguirá un epílogo..... y..... un dulcísimo punto final.

A estas palabras, por un impulso unísono de misteriosa intuicion, Julia y Mauricio, volviéronse el uno hácia el otro, y sus miradas se encontraron.

Desde esa hora, ambos supieron que se amaban.

Nada de ello tampoco escapó á la perspicacia del Director. Sonrió con la benevolencia que las altas inteligencias acuerdan á estos juveniles poemas de la vida: y se despidió, recomendando á las señoras, no engreir á su enfermo, y devolverlo cuanto antes á las luchas del periodismo, la más fortificante de las convalecencias—añadió riendo.


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