XXIV

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—Ya lo ha oído V., amiguito,—dijo la señora de Sanabria, alzando el dedo con cómica autoridad;—diz que no debemos engreirlo.

—¡Ah! señora—exclamó Mauricio—jamás podrían Vds. curarme de este delicioso engreimiento.

—¿Qué no? ¡Vamos á ver!... Señoras, comencemos por dejarlo solo y vamos á cosechar las primeras rosas del jardin, para... adornarle el cuarto.—

Y riendo, salieron todas en tropel.

Julia iba á seguirlas, cuando sobrevino el médico.

—¡Hola!; ¡buena señal! Cuando hay alegría, todo vá bien. ¿No es verdad, señorita Julia? ¿Cómo vá, mi jóven amigo? Pero ¡bah! deje Vd. que lo averigüe yo mismo... ¡Qué! si este pulso está de plácemes... Magnífico... Veamos la herida... ¡Casi cicatrizada! Parece increible, sobre todo, cuando se ha visto el cuchillo que la hizo. ¡Poder de la juventud!... Cuando se ha hecho buen uso de ella,—añadió el doctor, estrechando cordialmente la mano á Mauricio.

—Adios, señorita. Mañana levantaremos al enfermo, que ya no es tal, sino convaleciente.

—¿Lo cree Vd. así, doctor?

—¡Vaya si lo creo! Sí, señorita.


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