XXV
—Sin embargo—dijo Julia, cuando el médico se hubo ido—por más que el doctor encuentre el pulso excelente, yo veo el ánimo de Vd. decaido... ¿Qué siente Vd.?
—¡Qué siento! Deploro ver llegar la salud, que vá á robarme la presencia de Vd. y volverme otra vez para Vd. un extraño.
—¡Ah!—respondió Julia, en tanto que el rubor encendía sus mejillas—yo creía que eldolor había hecho nacer en nosotros un sentimiento de fraternidad por ambos comprendido y tácitamente aceptado.
—¡Fraternidad! ¡oh! no se llama así el sentimiento profundo, inmenso, que llena mi alma. ¿A ese lo acepta V.?—
Julia, bajos los ojos, callaba.
—¡Ah! ¡deje V. que interprete en mi favor ese silencio; indíquemelo una palabra sola, una mirada!—
Las miradas de los dos jóvenes se encontraron.
Y la mano blanca, fina, satinada, de uñas trasparentes y rosadas, se posó en las manos de Mauricio, que la llevó á sus lábios.
—¿Para siempre?—demandó el uno.
—¡Para siempre!—respondió el otro.
Y quedaron así, juntas las manos, silenciosos, la mente llena de radiosas visiones.
—Esposa mia,—dijo Mauricio, saboreando con delicia esta palabra,—permíteme sellar nuestra eterna union, colocando en tu manoesta prenda misteriosa que llevé siempre conmigo desde niño, sin saber quien me la diera ni de donde me venía: persuadido solamente de que perteneció á mi madre porque lleva sus iniciales y la fecha de su matrimonio.—
Hablando así, Mauricio quitó del dedo meñique de su mano un anillo de oro y lo pasó al anular de la de Julia.
La jóven besó aquella reliquia con religiosa uncion.
Su bello semblante habíase tornado grave; su voz suavísima tomó un acento solemne.
—Si yo dudase—dijo—si yo dudase de la intervencion sobrenatural en nuestro terrestre destino, desde esta hora habría comenzado á creer en ella.—
Y abriendo el secreto de un medallon de esmalte negro que llevaba al cuello, tomó otro anillo de oro que presentó á Mauricio.
—He aquí—le dijo—la alianza nupcial de mi padre, que yo recogí de su mano, helada ya por la muerte.
Los que moran en el cielo, envían á sus hijos en estos signos visibles, su bendicion.—
En ese momento las paseantes del jardin invadieron el cuarto, llenos pañuelos y sobrefaldas de hermosas rosas primaverales, que esparcieron sobre la cama de Mauricio; en los muebles y hasta en el pavimento.
—Así se quitan los engreimientos—decía riendo, la señora Sanabria.—Seguid, señoritas, echadle flores;date lilia, como dice Ovidio.
—¡Ah, señoras mias—dijo Mauricio, profundamente conmovido—¡cuánta bondad! ¿Cómo podré yo, jamás, hacerme digno de ella? ¡Razon tenía el doctor, que me llamaba feliz!
—¡Ah pícaro! ¡hacía el muerto y nos escuchaba! ¡Niñas, esto merece juicio y castigo! ¿á qué pena le condenarán Vds.? Eso sí, ¡por Dios! no ser tan rigorosas como la otra vez.—
Tras breve cuchicheo, alzóse una voz que exclamó:
—Condenado á la concesion antes negada: á ser nuestro comensal.
—¡Bravo!
—¡Bravísimo!
—Honorable tribunal: No sé donde existe la costumbre de que el reo, despues de oir su sentencia, bese la mano á sus jueces. Yo pido esa pena más, en mi cruel condenacion.—
Las jóvenes tendieron al sentenciado sus blancas manecitas.
Las viejas, todas muy discretas, lo eximieron de esa verdadera penitencia.