Dª. Ana.—Don Rodrigo con mi hermanoEstá; desde aquí pretendoEscuchar á lo que vino,Que como á don Cárlos tengoOculto, y lo vió mi hermano,Todo lo dudo y lo temo.D. Rod.—Digo, pues que aunque ya vosEnterado estareis de esto,Don Cárlos á vuestra hermanaHizo lícitos festejos,Correspondióle doña Ana;No fué mucho, pues lo mesmoSucedió á Leonor con vos.D. Ped.—(Ap.) ¿Qué es esto? [¡válgame el cielo!]¿Don Cárlos quiere á mi hermana?Dª. Ana.—¿Cómo llegar á saberloHa podido don Rodrigo?D. Rod.—Digo, por no detenerosCon lo mismo que sabeis,Que viéndose en el aprietoDe haberlo ya visto vosY de estar con él riñendo,La sacó de vuestra casa.D. Ped.—¿Qué es lo que decis?D. Rod.—Lo mesmoQue vos sabeis y lo propioQue hicísteis vos; pues es buenoQue me hicierais vos á míLa misma ofensa, yo cuerdoVenga á tratarlo, y que vos(Sin ver que permita el cieloQue veamos por nosotrosLa ofensa que á otros hacemos)Os mostrais tan alterado.Tomad, hijo, mi consejo,Que en las dolencias de honorNo todas veces son buenos,Ni bastan solo süaves,Los medicamentos recios,Que ántes suelen hacer daño;Pues cuando está malo un miembro,El experto cirujanoNo luego le aplica el hierroY corta lo dolorido,Sino que aplica primeroLos remedios lenitivos;Que acudir á los cauteriosEs cuando se reconoceQue ya no hay otro remedio.Hagamos lo mismo acá:Don Cárlos me ha hablado de ello.Doña Ana se fué con él,Y yo en mi poder la tengo.Ellos lo han de hacer sin vos,Pues ¿no es mejor, si han de hacerlo,Que sea con vuestro gusto,Haciendo cuerdo y atentoVoluntario lo preciso?Que es industria del ingenioVestir la necesidadDe los visos del afecto.Aqueste es mi parecer,Ahora consultad cuerdoA vuestro honor, y vereisSi os está bien el hacerlo.Y en cuanto á lo que á mí toca,Sabed que vengo resueltoA que os caseis esta noche;Pues no hay por qué deteneros.Cuando vengo de saberQue á mi sobrino don DiegoDejásteis herido anoche,Porque llegó à conoceros,Y á Leonor quiso quitaros.Ved vos cuan mal viene aquestoDe que vos no la sacasteis.Y en suma, este es largo cuento,Pues solo con que os caseisQueda todo satisfecho.Dª. Ana.-Temblando estoy qué respondeMi hermano; mas yo no encuentroQué razon pueda moverA fingir estos enredosA don Rodrigo.D. Ped.—Señor,Digo, en cuanto á lo primero,Que el decir que no saquéA Leonor, fué fingimiento,Que me debió decorosoMi honor y vuestro respeto,Y pues solo con casarmeDices que quedo bien puesto,A la beldad de LeonorOculta aquel aposento,Y ahora en vuestra presenciaLe daré de esposo y dueñoLa mano; pero sabedQue me habeis de dar primeroA doña Ana, para queSiguiendo vuestro consejoLa despose con don CárlosAl instante. [Ap.] Pues con estoSeguro de este enemigoDe todas maneras quedo.D. Rod.—¡Oh, qué bien que se conoceVuestra nobleza y talento!Voy á que entre vuestra hermana,Y os doy las gracias por ello.
Dª. Ana.—Don Rodrigo con mi hermanoEstá; desde aquí pretendoEscuchar á lo que vino,Que como á don Cárlos tengoOculto, y lo vió mi hermano,Todo lo dudo y lo temo.D. Rod.—Digo, pues que aunque ya vosEnterado estareis de esto,Don Cárlos á vuestra hermanaHizo lícitos festejos,Correspondióle doña Ana;No fué mucho, pues lo mesmoSucedió á Leonor con vos.D. Ped.—(Ap.) ¿Qué es esto? [¡válgame el cielo!]¿Don Cárlos quiere á mi hermana?Dª. Ana.—¿Cómo llegar á saberloHa podido don Rodrigo?D. Rod.—Digo, por no detenerosCon lo mismo que sabeis,Que viéndose en el aprietoDe haberlo ya visto vosY de estar con él riñendo,La sacó de vuestra casa.D. Ped.—¿Qué es lo que decis?D. Rod.—Lo mesmoQue vos sabeis y lo propioQue hicísteis vos; pues es buenoQue me hicierais vos á míLa misma ofensa, yo cuerdoVenga á tratarlo, y que vos(Sin ver que permita el cieloQue veamos por nosotrosLa ofensa que á otros hacemos)Os mostrais tan alterado.Tomad, hijo, mi consejo,Que en las dolencias de honorNo todas veces son buenos,Ni bastan solo süaves,Los medicamentos recios,Que ántes suelen hacer daño;Pues cuando está malo un miembro,El experto cirujanoNo luego le aplica el hierroY corta lo dolorido,Sino que aplica primeroLos remedios lenitivos;Que acudir á los cauteriosEs cuando se reconoceQue ya no hay otro remedio.Hagamos lo mismo acá:Don Cárlos me ha hablado de ello.Doña Ana se fué con él,Y yo en mi poder la tengo.Ellos lo han de hacer sin vos,Pues ¿no es mejor, si han de hacerlo,Que sea con vuestro gusto,Haciendo cuerdo y atentoVoluntario lo preciso?Que es industria del ingenioVestir la necesidadDe los visos del afecto.Aqueste es mi parecer,Ahora consultad cuerdoA vuestro honor, y vereisSi os está bien el hacerlo.Y en cuanto á lo que á mí toca,Sabed que vengo resueltoA que os caseis esta noche;Pues no hay por qué deteneros.Cuando vengo de saberQue á mi sobrino don DiegoDejásteis herido anoche,Porque llegó à conoceros,Y á Leonor quiso quitaros.Ved vos cuan mal viene aquestoDe que vos no la sacasteis.Y en suma, este es largo cuento,Pues solo con que os caseisQueda todo satisfecho.Dª. Ana.-Temblando estoy qué respondeMi hermano; mas yo no encuentroQué razon pueda moverA fingir estos enredosA don Rodrigo.D. Ped.—Señor,Digo, en cuanto á lo primero,Que el decir que no saquéA Leonor, fué fingimiento,Que me debió decorosoMi honor y vuestro respeto,Y pues solo con casarmeDices que quedo bien puesto,A la beldad de LeonorOculta aquel aposento,Y ahora en vuestra presenciaLe daré de esposo y dueñoLa mano; pero sabedQue me habeis de dar primeroA doña Ana, para queSiguiendo vuestro consejoLa despose con don CárlosAl instante. [Ap.] Pues con estoSeguro de este enemigoDe todas maneras quedo.D. Rod.—¡Oh, qué bien que se conoceVuestra nobleza y talento!Voy á que entre vuestra hermana,Y os doy las gracias por ello.
Dª. Ana.—Don Rodrigo con mi hermanoEstá; desde aquí pretendoEscuchar á lo que vino,Que como á don Cárlos tengoOculto, y lo vió mi hermano,Todo lo dudo y lo temo.
D. Rod.—Digo, pues que aunque ya vosEnterado estareis de esto,Don Cárlos á vuestra hermanaHizo lícitos festejos,Correspondióle doña Ana;No fué mucho, pues lo mesmoSucedió á Leonor con vos.
D. Ped.—(Ap.) ¿Qué es esto? [¡válgame el cielo!]¿Don Cárlos quiere á mi hermana?
Dª. Ana.—¿Cómo llegar á saberloHa podido don Rodrigo?
D. Rod.—Digo, por no detenerosCon lo mismo que sabeis,Que viéndose en el aprietoDe haberlo ya visto vosY de estar con él riñendo,La sacó de vuestra casa.
D. Ped.—¿Qué es lo que decis?
D. Rod.—Lo mesmoQue vos sabeis y lo propioQue hicísteis vos; pues es buenoQue me hicierais vos á míLa misma ofensa, yo cuerdoVenga á tratarlo, y que vos(Sin ver que permita el cieloQue veamos por nosotrosLa ofensa que á otros hacemos)Os mostrais tan alterado.Tomad, hijo, mi consejo,Que en las dolencias de honorNo todas veces son buenos,Ni bastan solo süaves,Los medicamentos recios,Que ántes suelen hacer daño;Pues cuando está malo un miembro,El experto cirujanoNo luego le aplica el hierroY corta lo dolorido,Sino que aplica primeroLos remedios lenitivos;Que acudir á los cauteriosEs cuando se reconoceQue ya no hay otro remedio.Hagamos lo mismo acá:Don Cárlos me ha hablado de ello.Doña Ana se fué con él,Y yo en mi poder la tengo.Ellos lo han de hacer sin vos,Pues ¿no es mejor, si han de hacerlo,Que sea con vuestro gusto,Haciendo cuerdo y atentoVoluntario lo preciso?Que es industria del ingenioVestir la necesidadDe los visos del afecto.Aqueste es mi parecer,Ahora consultad cuerdoA vuestro honor, y vereisSi os está bien el hacerlo.Y en cuanto á lo que á mí toca,Sabed que vengo resueltoA que os caseis esta noche;Pues no hay por qué deteneros.Cuando vengo de saberQue á mi sobrino don DiegoDejásteis herido anoche,Porque llegó à conoceros,Y á Leonor quiso quitaros.Ved vos cuan mal viene aquestoDe que vos no la sacasteis.Y en suma, este es largo cuento,Pues solo con que os caseisQueda todo satisfecho.
Dª. Ana.-Temblando estoy qué respondeMi hermano; mas yo no encuentroQué razon pueda moverA fingir estos enredosA don Rodrigo.
D. Ped.—Señor,Digo, en cuanto á lo primero,Que el decir que no saquéA Leonor, fué fingimiento,Que me debió decorosoMi honor y vuestro respeto,Y pues solo con casarmeDices que quedo bien puesto,A la beldad de LeonorOculta aquel aposento,Y ahora en vuestra presenciaLe daré de esposo y dueñoLa mano; pero sabedQue me habeis de dar primeroA doña Ana, para queSiguiendo vuestro consejoLa despose con don CárlosAl instante. [Ap.] Pues con estoSeguro de este enemigoDe todas maneras quedo.
D. Rod.—¡Oh, qué bien que se conoceVuestra nobleza y talento!Voy á que entre vuestra hermana,Y os doy las gracias por ello.
(Sale doña Ana)
Dª. Ana.—No hay para que, don Rodrigo,Pues para dar las que os deboEstoy yo muy prevenida.Y á tí, hermano, aunque merezcoTu indignacion, te suplicoQue examines por tu pechoLas violencias del amor,Y perdonarás con estoMis yerros, si es que lo sonSiendo tan dorados yerros.D. Ped.—Alza del suelo, doña Ana,Que hacerse tu casamientoCon mas decencia pudiera,Y no poniendo unos mediosTan indecentes.D. Ped.—DejadAqueso, que ya no es tiempoDe reprension, enviadUn criado de los vuestrosQue á buscar vaya á don Cárlos.Dª. Ana.—No hay que enviarlo, supuestoQue como á mi esposo, ocultoDentro mi cuarto le tengo.D. Ped.—Pues sácale luego al punto.Dª. Ana.—¡Con qué gusto te obedezco!Que al fin mi amante porfiaHa logrado sus deseos! [Váse]D. Ped.—Celia.
Dª. Ana.—No hay para que, don Rodrigo,Pues para dar las que os deboEstoy yo muy prevenida.Y á tí, hermano, aunque merezcoTu indignacion, te suplicoQue examines por tu pechoLas violencias del amor,Y perdonarás con estoMis yerros, si es que lo sonSiendo tan dorados yerros.D. Ped.—Alza del suelo, doña Ana,Que hacerse tu casamientoCon mas decencia pudiera,Y no poniendo unos mediosTan indecentes.D. Ped.—DejadAqueso, que ya no es tiempoDe reprension, enviadUn criado de los vuestrosQue á buscar vaya á don Cárlos.Dª. Ana.—No hay que enviarlo, supuestoQue como á mi esposo, ocultoDentro mi cuarto le tengo.D. Ped.—Pues sácale luego al punto.Dª. Ana.—¡Con qué gusto te obedezco!Que al fin mi amante porfiaHa logrado sus deseos! [Váse]D. Ped.—Celia.
Dª. Ana.—No hay para que, don Rodrigo,Pues para dar las que os deboEstoy yo muy prevenida.Y á tí, hermano, aunque merezcoTu indignacion, te suplicoQue examines por tu pechoLas violencias del amor,Y perdonarás con estoMis yerros, si es que lo sonSiendo tan dorados yerros.
D. Ped.—Alza del suelo, doña Ana,Que hacerse tu casamientoCon mas decencia pudiera,Y no poniendo unos mediosTan indecentes.
D. Ped.—DejadAqueso, que ya no es tiempoDe reprension, enviadUn criado de los vuestrosQue á buscar vaya á don Cárlos.
Dª. Ana.—No hay que enviarlo, supuestoQue como á mi esposo, ocultoDentro mi cuarto le tengo.
D. Ped.—Pues sácale luego al punto.
Dª. Ana.—¡Con qué gusto te obedezco!Que al fin mi amante porfiaHa logrado sus deseos! [Váse]
D. Ped.—Celia.
[Sale esta.]
Cel.—¿Qué me mandas?D. Ped.—TomaLa llave de ese aposentoY avisa á Leonor que salga.¡Oh amor! que al fin de mi anheloHas dejado que se logrenMis amorosos intentos!Dª. Leo.—Pues me tienen por doña Ana,Entrarme quiero allá dentroY librarme de mi padre,Que es el mas próximo riesgo;Que despues para librarmeDe la instancia de don Pedro,No faltarán otros modos.Mas subir á un hombre veoLa escalera. ¿Quién será?
Cel.—¿Qué me mandas?D. Ped.—TomaLa llave de ese aposentoY avisa á Leonor que salga.¡Oh amor! que al fin de mi anheloHas dejado que se logrenMis amorosos intentos!Dª. Leo.—Pues me tienen por doña Ana,Entrarme quiero allá dentroY librarme de mi padre,Que es el mas próximo riesgo;Que despues para librarmeDe la instancia de don Pedro,No faltarán otros modos.Mas subir á un hombre veoLa escalera. ¿Quién será?
Cel.—¿Qué me mandas?
D. Ped.—TomaLa llave de ese aposentoY avisa á Leonor que salga.¡Oh amor! que al fin de mi anheloHas dejado que se logrenMis amorosos intentos!
Dª. Leo.—Pues me tienen por doña Ana,Entrarme quiero allá dentroY librarme de mi padre,Que es el mas próximo riesgo;Que despues para librarmeDe la instancia de don Pedro,No faltarán otros modos.Mas subir á un hombre veoLa escalera. ¿Quién será?
[Salen don Cárlos]
D. Cár.—A todo trance resueltoVengo á sacar á LeonorDe este indigno cautiverio;Que supuesto que doña Ana,Está ya libre de riesgo,No hay por qué esconder la caraMi valor, y ¡vive el cielo!Que la tengo de llevar,O he de salir de aquí muerto.
D. Cár.—A todo trance resueltoVengo á sacar á LeonorDe este indigno cautiverio;Que supuesto que doña Ana,Está ya libre de riesgo,No hay por qué esconder la caraMi valor, y ¡vive el cielo!Que la tengo de llevar,O he de salir de aquí muerto.
D. Cár.—A todo trance resueltoVengo á sacar á LeonorDe este indigno cautiverio;Que supuesto que doña Ana,Está ya libre de riesgo,No hay por qué esconder la caraMi valor, y ¡vive el cielo!Que la tengo de llevar,O he de salir de aquí muerto.
[Pasa don Cárlos junto á Leonor]
Dª. Leo.—Cárlos es [válgame Dios!]Y de cólera tan ciegoVa que no reparó en mí;Pues ¿á qué vendrá, supuestoQue me llevó á mí, pensandoQue era yo doña Ana? ¡Ah cielos!¡Que me hayais puesto en aquesto!¡Que estos ultrages consiento!Mas si acaso conocióQue dejaba en el empeñoA su dama y á librarlaViene ahora.... Yo me acercoPara escuchar lo que dice.D. Cár.—Don Pedro, cuando yo entroEn casa de mi enemigo,Mal puedo usar de lo atento.Vos me teneis....Mas ¿qué miro?¿Don Rodrigo aquí?D. Rod.—Teneos,Don Cárlos, y sosegaos,Porque ya todo el empeñoEstá ajustado, ya vieneEn vuestro gusto don Pedro;Y pues á él se lo debeis,Desde el agradecimiento,Que yo el parabien os déDe veros felice dueñoDe la beldad que adorais,Que goceis siglos eternos.D. Cár.—[Ap.] ¿qué es esto? Sin duda yaSe sabe todo el suceso,Porque Castaño el papelDebió de dar ya, y sabiendoDon Rodrigo que fui yoQuién la sacó, quiere cuerdoPortarse y darme á Leonor;Y sin duda ya don Pedro,Viendo tanto desengaño,Se desiste del empeño.[A don Rod.]—Señor, palabras me faltanPara poder responderos;Mas válgame lo dichosoPara disculpar lo necio;Que en tan no esperada dicha,Como la que yo merezco,Si no me volviera loco,Estuviera poco cuerdo.D. Rod.—Mirad, si os lo dije yo...Quiérela con grande estremo.D. Leo.—¡Qué es esto, cielos! ¡qué escucho!¡Qué parabienes son estos,Ni qué dichas de don Cárlos!D. Ped.—Aunque debierais atentoAveros de mí valido,Supuesto que gusta de elloDon Rodrigo, cuyas canasComo de padre venero,Yo me tengo por dichosoEn que tan gran caballeroSe sirva de honrar mi casa.Dª. Leo.—Ya no tengo sufrimiento;No ha de casarse el traidor.
Dª. Leo.—Cárlos es [válgame Dios!]Y de cólera tan ciegoVa que no reparó en mí;Pues ¿á qué vendrá, supuestoQue me llevó á mí, pensandoQue era yo doña Ana? ¡Ah cielos!¡Que me hayais puesto en aquesto!¡Que estos ultrages consiento!Mas si acaso conocióQue dejaba en el empeñoA su dama y á librarlaViene ahora.... Yo me acercoPara escuchar lo que dice.D. Cár.—Don Pedro, cuando yo entroEn casa de mi enemigo,Mal puedo usar de lo atento.Vos me teneis....Mas ¿qué miro?¿Don Rodrigo aquí?D. Rod.—Teneos,Don Cárlos, y sosegaos,Porque ya todo el empeñoEstá ajustado, ya vieneEn vuestro gusto don Pedro;Y pues á él se lo debeis,Desde el agradecimiento,Que yo el parabien os déDe veros felice dueñoDe la beldad que adorais,Que goceis siglos eternos.D. Cár.—[Ap.] ¿qué es esto? Sin duda yaSe sabe todo el suceso,Porque Castaño el papelDebió de dar ya, y sabiendoDon Rodrigo que fui yoQuién la sacó, quiere cuerdoPortarse y darme á Leonor;Y sin duda ya don Pedro,Viendo tanto desengaño,Se desiste del empeño.[A don Rod.]—Señor, palabras me faltanPara poder responderos;Mas válgame lo dichosoPara disculpar lo necio;Que en tan no esperada dicha,Como la que yo merezco,Si no me volviera loco,Estuviera poco cuerdo.D. Rod.—Mirad, si os lo dije yo...Quiérela con grande estremo.D. Leo.—¡Qué es esto, cielos! ¡qué escucho!¡Qué parabienes son estos,Ni qué dichas de don Cárlos!D. Ped.—Aunque debierais atentoAveros de mí valido,Supuesto que gusta de elloDon Rodrigo, cuyas canasComo de padre venero,Yo me tengo por dichosoEn que tan gran caballeroSe sirva de honrar mi casa.Dª. Leo.—Ya no tengo sufrimiento;No ha de casarse el traidor.
Dª. Leo.—Cárlos es [válgame Dios!]Y de cólera tan ciegoVa que no reparó en mí;Pues ¿á qué vendrá, supuestoQue me llevó á mí, pensandoQue era yo doña Ana? ¡Ah cielos!¡Que me hayais puesto en aquesto!¡Que estos ultrages consiento!Mas si acaso conocióQue dejaba en el empeñoA su dama y á librarlaViene ahora.... Yo me acercoPara escuchar lo que dice.
D. Cár.—Don Pedro, cuando yo entroEn casa de mi enemigo,Mal puedo usar de lo atento.Vos me teneis....Mas ¿qué miro?¿Don Rodrigo aquí?
D. Rod.—Teneos,Don Cárlos, y sosegaos,Porque ya todo el empeñoEstá ajustado, ya vieneEn vuestro gusto don Pedro;Y pues á él se lo debeis,Desde el agradecimiento,Que yo el parabien os déDe veros felice dueñoDe la beldad que adorais,Que goceis siglos eternos.
D. Cár.—[Ap.] ¿qué es esto? Sin duda yaSe sabe todo el suceso,Porque Castaño el papelDebió de dar ya, y sabiendoDon Rodrigo que fui yoQuién la sacó, quiere cuerdoPortarse y darme á Leonor;Y sin duda ya don Pedro,Viendo tanto desengaño,Se desiste del empeño.
[A don Rod.]—Señor, palabras me faltanPara poder responderos;Mas válgame lo dichosoPara disculpar lo necio;Que en tan no esperada dicha,Como la que yo merezco,Si no me volviera loco,Estuviera poco cuerdo.
D. Rod.—Mirad, si os lo dije yo...Quiérela con grande estremo.
D. Leo.—¡Qué es esto, cielos! ¡qué escucho!¡Qué parabienes son estos,Ni qué dichas de don Cárlos!
D. Ped.—Aunque debierais atentoAveros de mí valido,Supuesto que gusta de elloDon Rodrigo, cuyas canasComo de padre venero,Yo me tengo por dichosoEn que tan gran caballeroSe sirva de honrar mi casa.
Dª. Leo.—Ya no tengo sufrimiento;No ha de casarse el traidor.
(Sale doña Leonor con manto.)
D. Rod.—Señora, á muy lindo tiempoVenis; mas ¿por qué os habeisOtra vez el manto puesto?Aquí está ya vuestro esposo.Don Cárlos, los cumplimientosBasten ya: dadle la manoA doña Ana.D. Cár.—¿A quién? ¿qué es esto?D. Rod.—A doña Ana vuestra esposa.¿De qué os turbais?D. Cár.—¡Vive el cielo!Que este es engaño y traicion.¿Yo á doña, Ana?Dª. Leo.—(Ap.) ¡Albricias, cielos!Que ya desprecia á doña Ana!D. Ped.—Don Rodrigo ¿qué es aquesto?¿Vos de parte de don CárlosNo venisteis al conciertoDe mi hermana?D. Rod.—Claro está,Y fué porque Cárlos mesmoMe entregó á mí vuestra hermanaQue la llevaba, diciendoQue la sacaba, porqueCorria su vida riesgo.Señora, ¿no fué esto así?Dª. Leo—Sí, señor, y yo confiesoQue soy esposa de Cárlos,Como vos vengais en ello.D. Cár.—Muy mal, señora doña Ana,Habeis hecho en exponerosA tan público desaire,Como por fuerza he de haceros;Pero pues vos me obligaisA que os hable poco atento,Quien me busca exasperado,Me quiere sufrir grosero,Si mejor á vos que á algunoOs consta que yo no puedoDejar de ser de Leonor.D. Rod.—¿De Leonor? ¿qué? ¿cómo es esto?¿Qué Leonor?D. Cár.—De vuestra hija.D. Rod.—¿De mi hija? Bien por cierto,Cuando es de don Pedro esposa.D. Cár.—Antes que logre el intentoLe quitaré yo la vida.D. Ped.—Ya es mucho mi sufrimiento,Pues en mi presencia os sufroQue atrevido y desatentoA mi hermana desaireis,Y pretendais á quien quiero.
D. Rod.—Señora, á muy lindo tiempoVenis; mas ¿por qué os habeisOtra vez el manto puesto?Aquí está ya vuestro esposo.Don Cárlos, los cumplimientosBasten ya: dadle la manoA doña Ana.D. Cár.—¿A quién? ¿qué es esto?D. Rod.—A doña Ana vuestra esposa.¿De qué os turbais?D. Cár.—¡Vive el cielo!Que este es engaño y traicion.¿Yo á doña, Ana?Dª. Leo.—(Ap.) ¡Albricias, cielos!Que ya desprecia á doña Ana!D. Ped.—Don Rodrigo ¿qué es aquesto?¿Vos de parte de don CárlosNo venisteis al conciertoDe mi hermana?D. Rod.—Claro está,Y fué porque Cárlos mesmoMe entregó á mí vuestra hermanaQue la llevaba, diciendoQue la sacaba, porqueCorria su vida riesgo.Señora, ¿no fué esto así?Dª. Leo—Sí, señor, y yo confiesoQue soy esposa de Cárlos,Como vos vengais en ello.D. Cár.—Muy mal, señora doña Ana,Habeis hecho en exponerosA tan público desaire,Como por fuerza he de haceros;Pero pues vos me obligaisA que os hable poco atento,Quien me busca exasperado,Me quiere sufrir grosero,Si mejor á vos que á algunoOs consta que yo no puedoDejar de ser de Leonor.D. Rod.—¿De Leonor? ¿qué? ¿cómo es esto?¿Qué Leonor?D. Cár.—De vuestra hija.D. Rod.—¿De mi hija? Bien por cierto,Cuando es de don Pedro esposa.D. Cár.—Antes que logre el intentoLe quitaré yo la vida.D. Ped.—Ya es mucho mi sufrimiento,Pues en mi presencia os sufroQue atrevido y desatentoA mi hermana desaireis,Y pretendais á quien quiero.
D. Rod.—Señora, á muy lindo tiempoVenis; mas ¿por qué os habeisOtra vez el manto puesto?Aquí está ya vuestro esposo.Don Cárlos, los cumplimientosBasten ya: dadle la manoA doña Ana.
D. Cár.—¿A quién? ¿qué es esto?
D. Rod.—A doña Ana vuestra esposa.¿De qué os turbais?
D. Cár.—¡Vive el cielo!Que este es engaño y traicion.¿Yo á doña, Ana?
Dª. Leo.—(Ap.) ¡Albricias, cielos!Que ya desprecia á doña Ana!
D. Ped.—Don Rodrigo ¿qué es aquesto?¿Vos de parte de don CárlosNo venisteis al conciertoDe mi hermana?
D. Rod.—Claro está,Y fué porque Cárlos mesmoMe entregó á mí vuestra hermanaQue la llevaba, diciendoQue la sacaba, porqueCorria su vida riesgo.Señora, ¿no fué esto así?
Dª. Leo—Sí, señor, y yo confiesoQue soy esposa de Cárlos,Como vos vengais en ello.
D. Cár.—Muy mal, señora doña Ana,Habeis hecho en exponerosA tan público desaire,Como por fuerza he de haceros;Pero pues vos me obligaisA que os hable poco atento,Quien me busca exasperado,Me quiere sufrir grosero,Si mejor á vos que á algunoOs consta que yo no puedoDejar de ser de Leonor.
D. Rod.—¿De Leonor? ¿qué? ¿cómo es esto?¿Qué Leonor?
D. Cár.—De vuestra hija.
D. Rod.—¿De mi hija? Bien por cierto,Cuando es de don Pedro esposa.
D. Cár.—Antes que logre el intentoLe quitaré yo la vida.
D. Ped.—Ya es mucho mi sufrimiento,Pues en mi presencia os sufroQue atrevido y desatentoA mi hermana desaireis,Y pretendais á quien quiero.
(Empuñan las espadas, y sale doña Ana con don Juan de la mano, y por la otra puerta Celia y Castaño de dama.)
Dª. Ana.—A tus pies mi esposo y yo,Hermano... pero ¿qué veo?A don Juan es á quien traigo!Que, en el rostro el ferreruelo,No le habia conocido.D. Ped.—Doña Ana, pues ¿cómo es esto?Cel.—Señor, aquí está Leonor.D. Ped.—¡Oh hermoso divino dueño!Cast.—Allá vereis la belleza;Mas yo no puedo de miedoMoverme; pero mi amoEstá aquí, ya nada temo,Porque él me defenderá.D. Rod.—Yo dudo lo que estoy viendo.Don Cárlos, pues ¿no es doña AnaEsta dama que vos mesmoMe entregasteis, y con quienOs casais?D. Cár.—Es manifiestoEngaño, que yo á LeonorSolamente es á quien quiero.Dª. Ana.—Acabe este desengañoCon mi pertinaz intento;Y pues el ser de don JuanEs ya preciso, yo esfuerzoCuanto puedo que le estimo,Que en efecto es ya mi dueño.Don Rodrigo, ¿qué decis?¿Qué Cárlos? Que no lo entiendo,Y solo sé que don Juan,Desde Madrid, en mi pechoTuvo el dominio absolutoDe todos mis pensamientos.D. Juan.—Don Pedro, yo á vuestros piesEstoy.D. Ped.—Yo soy el que deboAlegrarme, pues con vosUno la amistad al deudo,Y así porque nuestras bodasSe hagan en un mismo tiempo,Dadle la mano á doña Ana,Que yo á Leonor se la ofrezco.
Dª. Ana.—A tus pies mi esposo y yo,Hermano... pero ¿qué veo?A don Juan es á quien traigo!Que, en el rostro el ferreruelo,No le habia conocido.D. Ped.—Doña Ana, pues ¿cómo es esto?Cel.—Señor, aquí está Leonor.D. Ped.—¡Oh hermoso divino dueño!Cast.—Allá vereis la belleza;Mas yo no puedo de miedoMoverme; pero mi amoEstá aquí, ya nada temo,Porque él me defenderá.D. Rod.—Yo dudo lo que estoy viendo.Don Cárlos, pues ¿no es doña AnaEsta dama que vos mesmoMe entregasteis, y con quienOs casais?D. Cár.—Es manifiestoEngaño, que yo á LeonorSolamente es á quien quiero.Dª. Ana.—Acabe este desengañoCon mi pertinaz intento;Y pues el ser de don JuanEs ya preciso, yo esfuerzoCuanto puedo que le estimo,Que en efecto es ya mi dueño.Don Rodrigo, ¿qué decis?¿Qué Cárlos? Que no lo entiendo,Y solo sé que don Juan,Desde Madrid, en mi pechoTuvo el dominio absolutoDe todos mis pensamientos.D. Juan.—Don Pedro, yo á vuestros piesEstoy.D. Ped.—Yo soy el que deboAlegrarme, pues con vosUno la amistad al deudo,Y así porque nuestras bodasSe hagan en un mismo tiempo,Dadle la mano á doña Ana,Que yo á Leonor se la ofrezco.
Dª. Ana.—A tus pies mi esposo y yo,Hermano... pero ¿qué veo?A don Juan es á quien traigo!Que, en el rostro el ferreruelo,No le habia conocido.
D. Ped.—Doña Ana, pues ¿cómo es esto?
Cel.—Señor, aquí está Leonor.
D. Ped.—¡Oh hermoso divino dueño!
Cast.—Allá vereis la belleza;Mas yo no puedo de miedoMoverme; pero mi amoEstá aquí, ya nada temo,Porque él me defenderá.
D. Rod.—Yo dudo lo que estoy viendo.Don Cárlos, pues ¿no es doña AnaEsta dama que vos mesmoMe entregasteis, y con quienOs casais?
D. Cár.—Es manifiestoEngaño, que yo á LeonorSolamente es á quien quiero.
Dª. Ana.—Acabe este desengañoCon mi pertinaz intento;Y pues el ser de don JuanEs ya preciso, yo esfuerzoCuanto puedo que le estimo,Que en efecto es ya mi dueño.Don Rodrigo, ¿qué decis?¿Qué Cárlos? Que no lo entiendo,Y solo sé que don Juan,Desde Madrid, en mi pechoTuvo el dominio absolutoDe todos mis pensamientos.
D. Juan.—Don Pedro, yo á vuestros piesEstoy.
D. Ped.—Yo soy el que deboAlegrarme, pues con vosUno la amistad al deudo,Y así porque nuestras bodasSe hagan en un mismo tiempo,Dadle la mano á doña Ana,Que yo á Leonor se la ofrezco.
[Llégase á Castaño]
D. Cár.—Antes os daré mil muertes!Cast.—Miren aquí si soy bello,Pues por mí quieren matarse!D. Ped.—Dame, soberano objetoDe mi rendido albedrío,La mano.Cast.—Sí, que os la tengo,Para dárosla mas blanca,Un año en guantes de perro.
D. Cár.—Antes os daré mil muertes!Cast.—Miren aquí si soy bello,Pues por mí quieren matarse!D. Ped.—Dame, soberano objetoDe mi rendido albedrío,La mano.Cast.—Sí, que os la tengo,Para dárosla mas blanca,Un año en guantes de perro.
D. Cár.—Antes os daré mil muertes!
Cast.—Miren aquí si soy bello,Pues por mí quieren matarse!
D. Ped.—Dame, soberano objetoDe mi rendido albedrío,La mano.
Cast.—Sí, que os la tengo,Para dárosla mas blanca,Un año en guantes de perro.
(Descúbrese Leonor)
Dª. Leo.—Tente, Cárlos, que yo quedoDemas, y seré tu esposa;Que aunque me hiciste desprecios,Soy yo de tal condicion,Que mas te estimo por ellos.D. Cár.—¡Mi bien, Leonor! ¡que tú eras!D. Ped.—¿Qué es esto? ¿por dicha sueño?Leonor está aquí y allí.Cast.—No sino, que viene á cuentoLo de: Nos sois vos Leonor.D. Ped.—Pues ¿quién eres tú, portento,Que por Leonor te he tenido?
Dª. Leo.—Tente, Cárlos, que yo quedoDemas, y seré tu esposa;Que aunque me hiciste desprecios,Soy yo de tal condicion,Que mas te estimo por ellos.D. Cár.—¡Mi bien, Leonor! ¡que tú eras!D. Ped.—¿Qué es esto? ¿por dicha sueño?Leonor está aquí y allí.Cast.—No sino, que viene á cuentoLo de: Nos sois vos Leonor.D. Ped.—Pues ¿quién eres tú, portento,Que por Leonor te he tenido?
Dª. Leo.—Tente, Cárlos, que yo quedoDemas, y seré tu esposa;Que aunque me hiciste desprecios,Soy yo de tal condicion,Que mas te estimo por ellos.
D. Cár.—¡Mi bien, Leonor! ¡que tú eras!
D. Ped.—¿Qué es esto? ¿por dicha sueño?Leonor está aquí y allí.
Cast.—No sino, que viene á cuentoLo de: Nos sois vos Leonor.
D. Ped.—Pues ¿quién eres tú, portento,Que por Leonor te he tenido?
(Descúbrese Castaño)
Cast.—No soy sino el perro muertoDe quien se hicieron los guantes.Cel.—La risa tener no puedoDel embuste de Castaño.D. Ped.—Mataréte: ¡vive el cielo!Cast.—¿Por qué? si cuando te díPalabra de casamiento,Que ahora estoy llano á cumplirte,Quedamos en un concierto,De que si por tí quedaba,No me harias mal; y puestoQue ahora queda por tí,Y que yo estoy llano á hacerlo,No faltes tú, pues que yoNo falto á lo que prometo.D. Cár.—¿Cómo estas así, Castaño,Y en tal traje?Cast.—Este es el cuento,Que por llevar el papel,Que aun aquí guardado tengo,En que á don Rodrigo dabasCuenta de todo el enredo,Y de que á Leonor llevaste,Para llevarlo sin riesgoDe encontrar á la justicia,Me puse estos faldamentos;Y don Pedro enamoradoDe mi talle y de mi aseo,De mi gracia y de mi garbo,Me encerró en este aposento.D. Cár.—Mirad, señor don Rodrigo,Si es verdad que soy el dueñoDe la beldad de Leonor,Y si ser su esposa debo.D. Rod.—Como se case LeonorY quede mi honor sin riesgo,Lo demas no importa nada;Y así, don Cárlos, me alegroDe haber ganado tal hijo.D. Ped.—Tan corrido, vive el cielo,De lo que me ha sucedidoEstoy, que ni hablar acierto;Mas disimular importa,Que ya no tiene remedioEl caso. Yo doy por bienLa burla que se me ha hecho,Porque se case mi hermanaCon don Juan.Dª. Ana.—La mano ofrezcoY tambien con ella el alma.D. Juan.—Y yo, señora, la acepto,Porque vivo muy seguroDe pagaros con lo mesmoD. Cár.—Tú, Leonor mia, la manoMe da.Dª. Leo.—En mí, Cárlos, no es nuevo,Porque siempre ha sido tuya.Cast.—Dime, Celia, algun requiebro,Y mira si á mano tienesUna mano.Cel.—No la tengo,Que la dejé en la cocina;Pero ¿bastaráte un dedo?Cast.—Daca, que es el dedo malo,Pues es él con quien encuentro.Y aquí, altísimos señores,Aquí, senado discreto“Los empeños de una casa”Dan fin. Perdonad sus yerros.
Cast.—No soy sino el perro muertoDe quien se hicieron los guantes.Cel.—La risa tener no puedoDel embuste de Castaño.D. Ped.—Mataréte: ¡vive el cielo!Cast.—¿Por qué? si cuando te díPalabra de casamiento,Que ahora estoy llano á cumplirte,Quedamos en un concierto,De que si por tí quedaba,No me harias mal; y puestoQue ahora queda por tí,Y que yo estoy llano á hacerlo,No faltes tú, pues que yoNo falto á lo que prometo.D. Cár.—¿Cómo estas así, Castaño,Y en tal traje?Cast.—Este es el cuento,Que por llevar el papel,Que aun aquí guardado tengo,En que á don Rodrigo dabasCuenta de todo el enredo,Y de que á Leonor llevaste,Para llevarlo sin riesgoDe encontrar á la justicia,Me puse estos faldamentos;Y don Pedro enamoradoDe mi talle y de mi aseo,De mi gracia y de mi garbo,Me encerró en este aposento.D. Cár.—Mirad, señor don Rodrigo,Si es verdad que soy el dueñoDe la beldad de Leonor,Y si ser su esposa debo.D. Rod.—Como se case LeonorY quede mi honor sin riesgo,Lo demas no importa nada;Y así, don Cárlos, me alegroDe haber ganado tal hijo.D. Ped.—Tan corrido, vive el cielo,De lo que me ha sucedidoEstoy, que ni hablar acierto;Mas disimular importa,Que ya no tiene remedioEl caso. Yo doy por bienLa burla que se me ha hecho,Porque se case mi hermanaCon don Juan.Dª. Ana.—La mano ofrezcoY tambien con ella el alma.D. Juan.—Y yo, señora, la acepto,Porque vivo muy seguroDe pagaros con lo mesmoD. Cár.—Tú, Leonor mia, la manoMe da.Dª. Leo.—En mí, Cárlos, no es nuevo,Porque siempre ha sido tuya.Cast.—Dime, Celia, algun requiebro,Y mira si á mano tienesUna mano.Cel.—No la tengo,Que la dejé en la cocina;Pero ¿bastaráte un dedo?Cast.—Daca, que es el dedo malo,Pues es él con quien encuentro.Y aquí, altísimos señores,Aquí, senado discreto“Los empeños de una casa”Dan fin. Perdonad sus yerros.
Cast.—No soy sino el perro muertoDe quien se hicieron los guantes.
Cel.—La risa tener no puedoDel embuste de Castaño.
D. Ped.—Mataréte: ¡vive el cielo!
Cast.—¿Por qué? si cuando te díPalabra de casamiento,Que ahora estoy llano á cumplirte,Quedamos en un concierto,De que si por tí quedaba,No me harias mal; y puestoQue ahora queda por tí,Y que yo estoy llano á hacerlo,No faltes tú, pues que yoNo falto á lo que prometo.
D. Cár.—¿Cómo estas así, Castaño,Y en tal traje?
Cast.—Este es el cuento,Que por llevar el papel,Que aun aquí guardado tengo,En que á don Rodrigo dabasCuenta de todo el enredo,Y de que á Leonor llevaste,Para llevarlo sin riesgoDe encontrar á la justicia,Me puse estos faldamentos;Y don Pedro enamoradoDe mi talle y de mi aseo,De mi gracia y de mi garbo,Me encerró en este aposento.
D. Cár.—Mirad, señor don Rodrigo,Si es verdad que soy el dueñoDe la beldad de Leonor,Y si ser su esposa debo.
D. Rod.—Como se case LeonorY quede mi honor sin riesgo,Lo demas no importa nada;Y así, don Cárlos, me alegroDe haber ganado tal hijo.
D. Ped.—Tan corrido, vive el cielo,De lo que me ha sucedidoEstoy, que ni hablar acierto;Mas disimular importa,Que ya no tiene remedioEl caso. Yo doy por bienLa burla que se me ha hecho,Porque se case mi hermanaCon don Juan.
Dª. Ana.—La mano ofrezcoY tambien con ella el alma.
D. Juan.—Y yo, señora, la acepto,Porque vivo muy seguroDe pagaros con lo mesmoD. Cár.—Tú, Leonor mia, la manoMe da.
Dª. Leo.—En mí, Cárlos, no es nuevo,Porque siempre ha sido tuya.
Cast.—Dime, Celia, algun requiebro,Y mira si á mano tienesUna mano.
Cel.—No la tengo,Que la dejé en la cocina;Pero ¿bastaráte un dedo?
Cast.—Daca, que es el dedo malo,Pues es él con quien encuentro.Y aquí, altísimos señores,Aquí, senado discreto“Los empeños de una casa”Dan fin. Perdonad sus yerros.
FIN DE LA COMEDIA.
Carta de la muy ilustre señora Sor Filotea de la Cruz, que se imprimió con licencia del Ilmo. y Exmo. señor don Manuel Fernández de Santa Cruz, dignísimo obispo de los Angeles en la Puebla, año de 1690, en que aplaude á la poetisa la honesta é hidalga habilidad de hacer versos, mandándole dar á la estampa la Crísis sobre un sermon, con el título de “Carta atenagórica.”
Señora mia:
He visto la carta de V. md. en que impugna las Finezas que de Cristo discurrió el R. P. Antonio de Vieira en el sermon del Mandato, con tanta sutileza que á los mas eruditos ha parecido que como otra águila de Ezequiel habia remontado á este singular talento sobre sí mismo, siguiendo la planta que formó ántes el Ilmo. César Menéses, ingenio de los primeros de Portugal; pero á mi juicio, quien leyere su Apología de V. md. no podrá negar que cortó la pluma mas delgada que ambos, y que pudieran gloriarse de verse impugnados por una mujer, que es honra de su sexo. Yo á lo ménos he admirado la viveza de los conceptos, la discrecion de sus pruebas y la enérgica claridad con que convence el asunto, compañera inseparable de la sabiduría: que por eso la primera voz que pronunció la Divina fuéluz, porque sin claridad no hay voz de sabiduría. Aun la de Cristo, cuando hablaba altísimos misterios entre los velos de las parábolas, no se tuvo por admirable en el mundo; solo cuando habló claro mereció la aclamacion de saberlo todo. Este es uno de los muchos beneficios que debe V. md. á Dios, porque la claridad no se adquiere con el trabajo é industria; es don que se infunde con el alma.
Para que V. md. se vea en este papel de mejor letra, le he impreso, y para que reconozca los tesoros que Dios depositó en su alma y le sea, como mas entendida, mas agradecida; que la gratitud y el entendimiento nacieron siempre de un mismo parto. Y si, como V. md. dice en su carta, quien mas ha recibido de Dios está mas obligado á la correspondencia, temo se halle V. md. alcanzada en la cuenta; pues pocas criaturas deben á su Magestad mayores talentos en lo natural con que ejecuta el agradecimiento, para que si hasta aquí los ha empleado bien [que así lo debe creer de quien profesa tal religion] en adelante sea mejor.
No es mi juicio tan austero censor que esté mal con los versos, en que V. md. se ha visto tan celebrada, despues que Santa Teresa, el Nacianceno y otros santos canonizaron con los suyos esta habilidad; pero deseara que los imitara así como en el metro tambien en la eleccion de los asuntos. No apruebo la vulgaridad de los que reprueban en las mujeres el uso de las letras, pues tantas se aplicaron á este estudio, no sin alabanza de San Gerónimo. Es verdad que dice San Pablo que las mujeres no enseñen; pero no manda que las mujeres no estudien para saber; porque solo quiso prevenir el riesgo de la elacion en nuestro sexo, propenso siempre á la vanidad.
A Sarai le quitó una letra la Sabiduria divina, y puso una mas al nombre de Abrahan, no porque el varon ha de tener mas letras que la mujer, como sienten muchos, sino porque la i añadida al nombre de Sara, esplicaba temor y dominacion.Señora miase interpretaSarai, y no convenia que fuese en la casa de Abrahanseñora, la que tenia empleo de súbdita. Letras que engendran elacion, no las quiere Dios en la mujer; pero no las reprueba el Apóstol, cuando no sacan á la mujer del estado de obediente. Notorio es á todos que el estudio y saber han contenido á V. md. en el estado de súbdita, y la han servido de perfeccionar primores de obediente, pues si las demas religiosas por la obediencia sacrifican la voluntad, V. md. cautiva el entendimiento, que es el mas arduo y agradable holocausto que puede ofrecerse en las aras de la religion.
No pretendo segun este dictámen, que V. md. mude el genio, renunciando los libros, sino que le mejore leyendo alguna vez el de Jesucristo. Ninguno de los Evangelistas llamó libro á la genealogía de Cristo, sino es San Mateo, porque en su conversion no quiso este Señor mudarle de inclinacion sino mejorarla, para que si ántes, cuando publicano, se ocupaba en libros de sus tratos é intereses, cuando apóstol mejorase el genio, mudando los libros de su ruina en el libro de Jesucristo. Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razon que se perfeccionen los empleos y se mejoren los libros. ¿Qué pueblo hubo mas erudito que el egipcio? En él empezaron las primeras letras del mundo, y se admiraron los geroglíficos. Por grande ponderacion de la sabiduría de Josef le llama la Santa Escritura consumado en la erudicion de los egipcios; y con todo esto, el Espíritu Santo dice abiertamente que el pueblo de los egipcios es bárbaro, porque toda su sabiduría, cuando mas, penetraba los movimientos de las estrellas y cielos; pero no servia para enfrenar los desórdenes de las pasiones. Toda su ciencia tenia por empleo perfeccionar al hombre en la vida política, mas no ilustraba para conseguir la eterna; y ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad. Así lo sintió Justo Lipsio, pasmo de la erudicion, [estando vecino á la muerte, y á la cuenta, cuando el entendimiento está ilustrado] que consolándole sus amigos con los muchos libros que habia escrito de erudicion, dijo, señalando un Santo Cristo:Ciencia que no es del Crucificado, es necedad y solo vanidad.
No repruebo por esto la leccion de estos autores; pero digo á V. md. lo que aconsejaba Gerson: préstese V. md. no se venda ni se deje robar de estos estudios; esclavas son las letras humanas, y suelen aprovechar á las divinas; pero deben reprobarse cuando roban laposesion del entendimiento humano á la Sabiduría divina, haciéndose señoras las que se destinaron á la servidumbre. Comendables son cuando el motivo de la curiosidad, que es vicio, se pasa á la estudiosidad, que es verdad. A San Jerónimo le azotaron los ángeles, porque leia en Ciceron, arrastrado y casi no libre, prefiriendo el deleite de su elocuencia á la solidez de la Sagrada Escritura; pero loablemente se aprovechó este santo doctor de sus noticias y de la erudicion profana que adquirió en semejantes autores.
No es poco el tiempo que ha empleado V. md. en estas ciencias curiosas; pase ya como el gran Boecio á las provechosas, juntando á las sutilezas de la natural la utilidad de una filosofía moral. Lástima es que un tan grande entendimiento de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo; y ya que se humilla al suelo, que no baje mas abajo considerando lo que pasa en el infierno; y si gustare algunas veces de inteligencias dulces y tiernas, aplíquese su entendimiento al monte Calvario, donde viendo finezas del Redentor é ingratitudes del redimido, hallará gran campo para ponderar excesos de un amor infinito, y para formar apologías, no sin lágrimas, contra la ingratitud que llegó á lo sumo. ¡Oh qué útilmente otras veces se engolfará este rico galeon de su ingenio en la alta mar de las perfecciones divinas! No dudo que le sucedería á V. md. lo que á Apéles, que copiando el retrato de Campaspe, cuantas líneas corría con el pincel en el lienzo, tantas heridas hacía en su corazon la saeta del amor, quedando al mismo tiempo perfeccionado el retrato y herido mortalmente de amor del original el corazon del pintor.
Estoy muy cierta y segura que si Vmd. con los discursos vivos de su entendimiento formase y pintase una idea de las perfecciones divinas [cual se permite entre las tinieblas de la fe] al mismo tiempo se veria ilustrada de luces su alma, y abrasada su voluntad, y dulcemente herida del amor de su Dios, para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural sobre Vmd. no se vea obligado á concederla beneficios solamente negativos en lo sobrenatural, que por mas que la discrecion de Vmd. los llame finezas, yo los tengo por castigos; porque solo es beneficio el que Dios hace al corazon humano, previniéndole con su gracia, para que le corresponda agradecido, disponiéndole con su beneficio reconocido, para que no represada la liberalidad divina, se los haga mayores. Esto desea á Vmd. quien desde que la besó, muchos dias ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor por la distancia ni el tiempo, porque el amor espiritual no padece achaques de mudanzas, ni le reconoce el que es puro sino es hácia el crecimiento. Su Majestad oiga mis sùplicas y haga á Vmd. muy santa, y me laguarde en toda prosperidad. Deste convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Angeles, y noviembre 25 de 1690.
B. L. M. de Vmd. su afecta servidora.Filotea de la Cruz.
Respuesta de la poetisaá la muy ilustreSor Filotea de la Cruz.
Muy ilustre señora, mi señora:
No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos dias mi respuesta. ¿Qué mucho si al primer paso encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero [y para mí el mas rigoroso] es saber responder á vuestra doctísima, discretísima, santísima y amoresíma carta. Y si veo que si preguntado el Angel de las escuelas Santo Tomas de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió:Que callaba, porque nada sabia decir digno de Alberto; ¿Con cuanta mayor razon callaría yo, no como el Santo, de humildad, sino que en realidad es no saber algo digno de vos? El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor de dar á las prensas mis borrones; merced tan sin medida, que aun se le pasara por alto á la esperanza más ambiciosa y aldeseo más fantástico, y que ni aun, como ente de razon, pudiera caber en mis pensamientos, y en fin, de tal magnitud que no solo no se puede estrechar á lo limitado de las voces, pero excede á la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano:Minorem spei, majorem benefacti gloriam per eunt.Y tal que enmudecen al beneficio.
Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda madre del Bautista, vió en su casa tan desproporcionada visita, como la Madre de el Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso, y así, en vez de los agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas:Et unde hoc mihi?¿De dónde á mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió á Saul cuando se viò electo y ungido rey de Israel:Numquid non filius ego sum de minima Tribu Israel &. cognatio mea inter omnes de Tribu Benjamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum?Así yo diré: ¿De dónde, venerable señora, de dónde á mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atencion? PuesQuare locutus es mihi sermonem istum? Et unde hoc mihi?Ni al primer imposible tengo más que responder, que no ser nada digno de vuestros ojos, ni al segundo más que admiraciones en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar á mis manos impresa la carta, que vuestra propiedad llamóAtenagórica, prorumpí [con no ser esto en mí muy fácil] en lágrimas de confusion, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvencion que Dios hace á lo mal que le correspondo, y que como á otros corrige con castigos, á mí me quiere reducir á fuerza de beneficios, especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero tambien especial modo de avergonzarme y confundirme, que es más primoroso medio de castigar, hacer que yo mesma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero, acá á mis salos suelo decir:Bendito seais vos, Señor, que no solo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mia lo pusisteis, sino que le reservasteis á la vuestra, y me librásteis á mí de mí y de la sentencia que yo misma me daria; que forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser ménos que de condenacion, y vos la reservásteis á vuestra misericordia porgue me amais más de lo que yo me puedo amar.
Perdonad, señora mia, la digresion, que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de confesar toda, tambien es buscar efugios para huir la dificultad de responder, y cuasi me he determinado á dejarlo al silencio; pero como este es cosa negativa, aunque esplica mucho con el énfasis de no esplicar, es necesario ponerle algun breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque este es su propio oficio,decir nada. Fué arrebatado el Sagrado Vaso de Eleccion al tercer cielo, y habiendo visto los arcanos secretos de Dios, dice:Audivi arcana Dei, quæ non licet homini loqui.No dice lo que vió; pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquieraque no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber que decir, sino es no caber en las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan (Cap. 21 v. 25) que si hubiera de escribir todas las maravillas que obró nuestro Señor Jesucristo, no cupieran en todo el mundo los libros; y dice Vieira sobre este lugar que en solo esta cláusula dijo mas el Evangelista, que en todo cuanto escribiò; y dice muy bien el Fénix lucitano (pero cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San Juan todo lo que dejó de decir, y expresó lo que dejó de expresar. Así yo, señora mia, solo responderé que no sé responder, solo agradeceré diciendo que no sé agradeceros, y diré [por breve rótulo de lo que dejo al silencio] que solo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada me puedo atrever á hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla; pues es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo mas materia á vuestra benignidad, y vos dareis mayor forma á mi reconocimiento.
No se hallaba digno Moises, por balbuciente, para hablar con Faraon, y despues el verse tan favorecido de Dios le infunde tales alientos, que no solo habla con el mismo Dios, sino que se atreve á pedirle imposibles:Ostende mihi faciem tuam(Exod. Cap. 33. v. 13.) Pues así yo, señora mia, ya no me parecen imposibles los que puse al principio, á vista de lo que me favoreceis; porque quien hizo imprimir la carta tan sin noticia mia, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto, siendo del todo indigna por sí y por su autora, ¿qué no hará? ¿qué no perdonará? ¿qué dejará de hacer, y qué dejará de perdonar? Y así debajo del supuesto de que hablo con el salvoconducto de vuestros favores, y debajo del seguro de vuestra benignidad, y de que me habeis, como otro Asuero, dado á besar la punta del cetro de oro de vuestro cariño, en señal de concederme benévola licencia para hablar y proponer en vuestra venerable presencia; digo que recibo en mi alma vuestra santísima amonestacion de aplicar el estudio á libros sagrados, que aunque viene en trage de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto, con no pequeño consuelo de que aun ántes parece que prevenia mi obediencia vuestra pastoral insinuacion, como á vuestra direccion, inferido en el asunto y pruebas de la misma carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia, sino sobrelo mucho que habreis visto, de asuntos humanos que he escrito; y así lo que he dicho no es mas que satisfaceros con ella á la falta de aplicacion que habreis inferido [con mucha razon] de otros escritos mios; y hablando con mas especialidad, os confieso con la ingenuidad que ante vos es debida, y con la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desaficion, ni de aplicacion la falta, sino sobra de temor, y reverencia debida á aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz, y para cuyo manejo soy tan indigna; resonándome siempre en los oidos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibicion del Señor á los pecadores como yo:Quare tu enarras justitias meas, &. assumis testamentum meum per os tuum?[Ps. 49. v. 16.]
Esta pregunta y el ver que aun á los varones doctos se prohibia el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aun el Génesis, este por la obscuridad, y aquellos porque de la dulzura de aquellos epitalamios no tomase ocasion la imprudente juventud de mudar el sentido en carnales afectos, compruébalo mi gran padre San Gerónimo mandando que sea esto lo último que se estudie, por la misma razon:Ad ultimun fine periculo discat Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit sub carnabilus verbis spiritualium nuptiarum Epithalamium, non intelligens, vulneretur.(S. Hic. Ep. ad Let. ante finem.) Y Séneca dice:Feneris in annis haut clara est fides. (Sen. de Benefic.) Pues ¿cómo me atrevería yo á tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano, y ha hecho retroceder los asuntos hácia el mesmo entendimiento de quien querian brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y esta,justa, vel injusta, timenda nos est, pues deja comulgar y oir misa, por lo cual me da poco ó ningun cuidado, porque segun la mesma decision de los que lo calumnian, ni tengo obligacion de saber, ni aptitud para acertar: luego si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertary ad impossibilia nemo tenetur. Y á la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mi que tenga el caudal de letras é ingenio que pide la obligacion de quien escribe, y así es la ordinaria respuesta á los que me instan (y mas si es asunto sagrado): ¿Qué entendimiento tengo yo? ¿qué estudio? ¿qué materiales? ¿ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar. Yo no estudio para escribir ni ménos para enseñar, que fuera en mí desmedida soberbia, sino solo por ver si con estudiar ignoro ménos. Así lo respondo, y así lo siento.
El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza agena, que les pudiera decir con verdad:Vos me coegistis. Lo que sí es verdad, que no negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la verdad) que desde que me rayó la luz de la razon, fué tan vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas reprehensiones (que he tenido muchas) ni propias reflexas (que he tenido no pocas) han bastado á que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí; su Majestad sabe porqué y para qué, y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demas sobra (segun algunos) en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificarle solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien solo lo debió saber, lo que intenté en órden de esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentacion; y así seria. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, señora mia, creo que solo os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazon, haciéndoos patentes sus mas sellados secretos, conozcais que no desdice mi confianza lo que debo á vuestra venerable persona y excesivos favores.
Prosiguiendo en la narracion de mi inclinacion (de que os quiero dar entera noticia) digo que no habia cumplido los tres años de mi edad, cuando enviando mi madre á una hermana mia, mayor que yo, á que se le enseñase á leer en una de las que llamanAmigas, me llevó á mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban leccion, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, á mi parecer, á la maestra le dije:Que mi madre ordenaba me diese leccion. Ella no lo creyó, porque no era creible; pero por complacer al donaire me la dió. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañò la esperiencia, y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabia, cuando lo supo mi madre, á quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardon por junta; y yo lo callé creyendo que me azotarian por haberlo hecho sin órden. Aun vive la que me enseñó,Dios la guarde, y puede testificarlo. Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golocina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenia de comer queso, porque oi decir que hacia rudos, y podia conmigo mas el deseo de saber que el de comer, siendo este tan poderoso en los niños. Teniendo yo despues como seis años ó siete, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oi decir que habia Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apénas lo oi cuando empecé á matar á mi madre con instantes é importunos ruegos sobre que, mudándome el trage, me enviase á Méjico, en casa de unos deudos que tenia para estudiar y cursar la Universidad. Ella no lo quiso hacer (é hizo muy bien); pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenia mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones á estorbarlo; de manera que cuando vine á Méjico se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenia, en edad que parecia que apénas habia tenido tiempo para aprender á hablar. Empecé á deprender gramática, en que creo no llegaron á veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres (y más en tan florida juventud) es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro y seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba ántes, é imponiéndome ley de que si cuando volviese á crecer hasta allí no sabia tal ó talcosa, que me habia propuesto deprender en tanto que crecia, me lo habia de volver á cortar, en pena de rudeza. Sucedia así que él crecia y yo no sabia lo propuesto, porque el pelo crecia á priesa y yo aprendia de espacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza; que no me parecia razon que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas de las repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo más decente que podia elegir, en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinacion, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentacion, la vencí con el favor Divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huia de mi misma; pero ¡miserable de mí! trájeme á mí conmigo, y traje mi mayor enemigo en esta inclinacion que no sé determinar si por prenda ó castigo me dió el Cielo, pues de apagarse ó embarazarse con tanto ejercicio quela religion tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí elprivatio es causa appetitus.
Volví (mal dije, pues nunca cesé), proseguí, digo, en la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban á mi obligacion) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin mas maestro que los mismos libros. Ya se ve cuan duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y esplicacion del maestro; pues todo este trabajo sufria yo muy gustosa por amor á las letras; si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo, cuanto podia, y dirigirlo á su servicio, porque el fin á que aspiraba era á estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo catòlica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios, y que siendo monja y no seglar debia, por el estado eclesiástico, profesar letras; y mas siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponia yo de mi misma, y me parecia razon; si no es que era (y esto es lo más cierto) lisonjear y aplaudir mi propia inclinacion, proponiéndola como obligatorio su propio gusto; con esto proseguí dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio á la cumbre de la sagrada teología; pareciéndome preciso, para llegar á ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas, porque ¿cómo entenderá el estilo de la reinade las ciencias, quien aun no sabe el de las ancillas?
¿Cómo sin lógica sabria yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin retórica entenderia sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin física tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales, de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saul al sonido del arpa de David fué virtud y fuerza natural de la música, ó sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de dias, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin geometría se podrá medir el Arca Santa del Testamento y la ciudad de Jerusalen, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes, tan maravilloso? ¿Cómo sin arquitectura el gran templo de Salomon, donde fué el mismo Dios el artífice que dió la disposicion y la traza, y el sabio rey solo fué sobrestante que la ejecutó, donde no habia basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusion, arquitrave sin significado; y así de otras sus partes, sin que el mas mínimo filete estuviese solo por el servicio y complemento el arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la historia se entenderán los libros historiales? ¿Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narracion lo que en el hecho sucedió primero? ¿Cómo sin grande noticia de ambos derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudicion tantas cosas de historias profanas de que hace mencion la Sagrada historia? ¿Tantas costumbres de gentiles? tantos ritos? tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lecciones de Santos Padres se podrá entender la oscura locucion de los profetas? Pues sin ser perito en la música ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo á Dios Abrahan por las ciudades, de que si perdonaria habiendo cincuenta justos? y de este número bajó á cuarenta y cinco que essesquinona, y es demiáre; de aquí á cuarenta, essesquioctava, y es como dereámi; de aquí á treinta, que essesquitercia, que es la deldiatessaron; de aquí á veinte, que es la proporcionsesquialtera, que es la deldiapente; de aquí á diez que es ladupla, que es el diapason; y como no hay mas proporciones armónicas, no pasó de ahí. Pues ¿cómo se podia entender esto sin la música? Allá en el libro de Job le dice Dios:Nunquid conjungere valebis micantes stellas pleyades, aut gyrum Areturi poteris dissipare? Nunquid producis Luciferum in tempore suo, &. Vesperum super filios Terce consurgere facis?Cuyos términos, sin noticia de astrología, será imposible entender. Y no solo estas nobles ciencias, pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, como el libro que comprende tonos los libros, y la ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y despues de saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia mas que todo lo dicho, que es una continua oracion y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgacion de ánimo é ilustracion de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, de nada sirve lo demas.
Del Angélico Doctor Santo Tomas dice la Iglesia estas palabras:In difficultatibus locorum Sacrae Scripturœ ad orationem jejunium adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat, quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam divinitus traditum accepisse.Pues yo tan distante de la virtud y las letras ¿cómo habia de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos principios grangeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinacion, sino para todas en general; por lo cual el haber estudiado en unas mas que en otras, no ha sido en mi eleccion, sino que el acaso de haber topado mas á mano libros de aquellas facultades, les ha dado (sin arbitrio mio) la preferencia; y como no tenia interes que me moviese, ni límite detiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa, por la necesidad de los grados, casi á un tiempo estudiaba diversas cosas, ó dejaba unas por otras; bien que en eso observaba órden, porque á unas llamaba estudio y á otras diversion; y en estas descansaba de las otras; de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado á las otras. Es verdad que esto digo de la parte práctica en las que la tienen, porque claro está que miéntras se mueve la pluma, descansa el compas, y miéntras se toca el arpa sosiega el órgano,&. sic de cœteris: porque como es menester mucho uso corporal para adquirir hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede lo contrario, y quisiera yo persuadir á todos con mi esperiencia, á que no solo no estorban, pero se ayudan, dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variados y ocultos engaces que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor; de manera que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazon y concierto. Es la cadena que siguieron los antiguos, que salia de la boca de Júpiter, de donde pendian todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el R. P. Atanasio Quirquerio en su curioso libro deMagnete. Todas las cosas salen de Dios, que es el centro á un tiempo y la circunferencia de donde salen y donde paran todas las líneas criadas.
Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al esplicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes; como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos, como se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales ó no; y que la oracion del lógico anda como la línea recta por el camino mas breve, y la del retórico se mueve como la curva por el mas largo, pero van á un mismo punto los dos. Y cuando dicen que los expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado; y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas, pues estas ántes se ayudan; sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud mia y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad; lo que si pudiera ser descargo mio, es el sumo trabajo, no en carecer de maestros, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo solo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicacion y ejercicio, muchos estorbos, no solo los de mis religiosas obligaciones (que estas ya se sabe cuan útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas cosas accesorias de una comunidad, como estar yo leyendo, y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando, y pelear dos criadas y venirme á constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo,y venir una amiga á visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad; de donde es preciso no solo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio; y esto es continuamente, porque como los ratos que destino á mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran á las otras para venirme á estorbar; y solo saben cuanta verdad es esta los que tienen esperiencia de la vida comun, donde solo la fuerza de la vocacion puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es union, no hay para él estremos distantes.
En esto sí confieso que ha sido inesplicable mi trabajo, y así no puedo decir lo que con envidia oigo á otros, que no les ha costado afan el saber: ¡dichosos ellos! A mí no el saber (que aun no sé) solo el desear saber, me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi padre San Gerónimo (aunque no con su aprovechamiento:)Quid ibi laboris insumserim: quid sustinuerim difficultatis: quoties desperaverim: quotiesque cessaverim, &. contentione dicendi rursus incœperim; testis est conscientia tan mea, qui passus sum, quam corum, qui mecum duxerunt vitam.Ménos los compañeros y testigos (que aun de ese alivio he carecido), lo demas bien puedo asegurar con verdad. Y ¡qué haya sido tal esta mi negra inclinacion, que todo lo haya vencido!
Solia sucederme que como, entre otros beneficios, debo á Dios un natural tan blando y tan afable, y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía; conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas á mi, gusto mas de la suya; así me solia ir, los ratos que á unas y á otras nos sobraban á consolarlas y recrearme con su conversacion. Reparé que este tiempo hacia falta á mi estudio, y hacia voto de no entrar en celda alguna, si no me obligase á ello la obediencia ó la caridad; porque sin este freno tan duro, al de solo propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacia por un mes ó por quince dias; y dando, cuando se cumplia, un dia ó dos de treguas, lo volvia á renovar, sirviendo este dia no tanto á mi descanso (pues nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto á que no me tuviesen por áspera, retirada é ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.
Bien se deja en esto conocer cual es la fuerza de mi inclinacion. Bendito sea Dios, que quiso fuese hácia las letras, y no hácia otro vicio, que fuera en mí casi insuperable; y bien se infiere tambien cuan contra la corriente han navegado (ó por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aun falta por referir lo mas arduo de las dificultades, que las de hasta aquí solo han sido estorbos obligatorios y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que directamentehan tirado á estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así; porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar; y los que mas nocivos y sensibles me han sido, no son aquellos que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien (y por ventura mereciendo mucho con Dios por la buena intencion) me han mortificado y atormentado más que los otros con aquel:No conviene á la santa ignorancia, que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer en tanta altura con su mesma perspicacia y agudeza.¿Qué me habrá costado resistir esto? ¡Rara especie de martirio, donde yo era el mártir y me era el verdugo! Pues por la (en mi dos veces infeliz) habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? O ¿cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mia, que algunas veces me pongo á considerar, que el que se señala, ó le señala Dios, que es quien solo lo puede hacer, es recibido como enemigo comun, porque parece á algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen ó que hace estanque de las admiraciones á que aspiraban, y así le persiguen. Aquella ley políticamente bárbara deAténas, por la cual salia desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes, porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro no ménos eficaz, aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo, que es, aborrecer al que se señala, porque desluce á otros. Así sucede, y así sucedió siempre.
Y si no ¿cuál fué la causa de aquel rabioso odio de los Fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda mas amable que aquella divina hermosura? ¿cuál mas poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdiccion sobre los albedríos, y con blanda y apetecida violencia los sabe sugetar, ¿qué haria aquella con tantas prerogativas y dotes soberanos? ¿Qué haria? ¿qué moveria? Y ¿qué no moveria aquello incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso cristal, se estaban trasparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no moveria aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moises, de solo la conversacion con Dios, era intolerable á la flaqueza de la vista humana, ¿qué seria el del mismo Dios humanado? Pues si vamos á las demas prendas, ¿cuál mas amable que aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos? ¿Aquella profunda humildad y mansedumbre? ¿Aquellas palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él? Dice la Santa Madre, y madre mia Teresa, que despues que vió la hermosura de Cristo, quedó libre de poderse inclinar á criatura alguna, porque ninguna cosa veia que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿Cómo en los hombres hizo tan contrario efecto? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimacion de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacia, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo le aborrecian! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen:Quid facimus, quia hic homo multa signa facit?(Juan. cap. 11. v. 47.)¿Hay tal causa? Si dijeran: Este es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador, que con engaños alborota al pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decian; pero eran causales mas congruentes á lo que solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los Fariseos. Pues así es que cuando se apasionan los hombres doctos prorumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad, quesolo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿porqué es esa tan cruel determinacion? No responden más, sino quemulta signa facit. ¡Válgame Dios! que el hacer cosas señaladas ¿es causa para que uno muera? Haciendo reclamo, á este:multa signa facit; á aquel:O radix lesse, qui stas in signum populorum; y al otro:In signum cui contradicetur.(Isai. Cap. 11. v. 10.Luc. Cap. 2. v. 43.) ¿Por signo? Pues muera. ¿Señalado? Pues padezca, que ese es el premio de quien se señala. Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los vientos y de la fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de puas; defensa parece, y no es sino propiedad forzada: no puede estar sin puas que la puncen quien está en alto: allí está la ojeriza del ave, allí el rigor de los elementos, allí despican la cólera los rayos, allí es el blanco de las piedras y flechas: ¡Oh infeliz altura, espuesta á tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicion! Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pension; pero la que con mas rigor experimenta es la del entendimiento, lo primero porque es el mas indefenso, pues la riqúeza y el poder castigan á quien se les atreve, y el entendimiento no, pues miéntras mayor es, es mas modesto y sufrido, y se defiende menos. Lo segundo es porque, como lodijo doctamente Gracian, las ventajas del entendimiento, lo son en el ser. No por otra razon es el ángel mas que el hombre, que porque entiende mas; no es otro el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende mas, porque es consecuencia del ser mas. Sufrirá uno y confesará que otro es mas noble que él, que es mas rico, que es mas hermoso, y aun que es mas docto; pero que es mas entendido, apénas habrá quien lo confiese:Rarus est, qui velit cedere ingenio.Por eso es tan eficaz la batería contra esta prenda.
Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversion de nuestro Señor Jecristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la pùrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué solo la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demas insignias, fuese de escarnio é ignomia, pues ese era el fin? No, porque la sagrada cabeza de Cristo, y aquel divino cerebro, eran depósito de sabiduría; y cerebro sabio en el mundo, no basta que esté escarnecido, ha de estar tambien lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría, no espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana, si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la soberbia Roma las diversas hazañas de sus capitanes tambien con diversas coronas: ya con la cívicaal que defendia al ciudadano, ya con la castrense al que entraba en los reales enemigos, ya con la mural al que escalaba el muro, ya con la obsidional al que libraba la ciudad cercada ó el ejército sitiado, ó el campo en los reales, ya con la naval, ya con la oval, ya con la triunfal otras hazañas, segun refieren Plinio y Aulo Gelio; mas viendo yo tantas diferencias de coronas, dudaba de cual especie seria la de Cristo; y me parece que fué la obsidional, que (como sabeis, señora), era la más honrosa, y se llamaba obsidional, deobsidio, que quiere decir cerco; la cual no se hacia de oro ni plata sino de la misma grama ó yerba que cria el campo en que se hacia la empresa; y como la hazaña de Cristo fué hacer levantar el cerco al príncipe de las tinieblas, el cual tenia sitiada toda la tierra, como lo dice en el libro de Job:Circuivi terram, & ambulavi per eam(Job. cap. 1. v. 7.) Y de él dice San Pedro:Circuit quœrens, quem devoret; (Ep. Petri, Cap. 5. v. 8), y vino nuestro caudillo y le hizo levantar el cerco:Nunc Princeps huius mundi ejicietur foras: así los soldados le coronaron, no con oro ni plata, sino con el fruto natural que producia el mundo, que fué el campo de la lid; el cual despues de la maldicion,spinas, & tribulos germinavit tibi, (Joan Cap. 12, v. 30.Gen. Cap. 3, v. 18.) no producia otra cosa que espinas; y así fué propísima corona de ellas, en el valeroso y sabio vencedor, con que le coronó su madre la Sinagoga. Saliendo á ver el doloroso triunfo,como al del otro Salomon festivas, á este llorosas las hijas de Sion, porque es triunfo de sabio obtenido con dolor y celebrado con llanto, que es el modo de triunfar la sabiduría; siendo Cristo, como rey de ella, quien estrenó la corona, porque santificada en sus sienes se quite el horror á los otros sabios y entiendan que no han de aspirar á otro honor.
Quiso la misma vida ir á dar la vida á Lázaro difunto; ignoraban los discípulos el intento y le replicaron:Rabbi, nune quærebant te Judæi lapidare: & iterum vadis illuc?(Joan, Cap. 1, v. 8.) Satisfizo el Redentor el temor:Nonne duodecim sunt horæ diei?Hasta aquí parece que temian, porque tenian el antecedente de quererle apedrear, porque les habia reprendido, llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas. Y así temian que si iba á lo mesmo [como las reprensiones, aunque sean justas, suelen ser mal reconocidas] corriese peligro su vida; pero ya desengañados, y enterados de que va á dar vida á Lázaro, ¿cuál es la razon que pudo mover á Tomas para que tomando aquí los alientos, que en el Huerto Pedro: (Eamus & nos ut moriamur cum eo?) ¿Qué dices, Apóstol santo? á morir no va el Señor ¿de qué es el recelo? Porque á lo que Cristo va, no es á reprender, sino á hacer una obra de piedad, y por esto no le pueden hacer mal. Los mismos judios os podian haber asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear:Multa bona opera ostendi robis ese Patre meo, propter quodeorum opus me lapidastis? le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de blasphemia(Joan c. 10, v. 32. 33.) Pues si ellos dicen que no le quieren apedrear por las buenas obras, y ahora va á hacer una tan buena, como dar vida á Lázaro, ¿de qué es el recelo? ó por qué? ¿No fuera mejor decir: Vamos á gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra que va á hacer nuestro Maestro? ¿á verle aplaudir y rendir gracias al beneficio? ¿á ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al parecer, una cosa tan fuera del caso, como es:Eamus cum eo.Mas ¡ay! que el Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo á hacer un milagro? Pues ¿qué mayor peligro? Ménos intolerable es para la soberbia oir las reprensiones, que para la envidia ver los milagros. En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino solo porque he tenido amor á la sabiduría y á las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.