D. Rod.—¿Qué me dices, Hernando?Her.—Lo que pasa,Que mi señora se salió de casa.D. Rod.—¿Y con quién no has sabido?Her.—¿Cómo puedoSi, como sabes tú, todo Toledo,Y cuantos á él llegabanSu belleza é ingenio celebraban?Con lo cual conocerse no podiaCual festejo era amor, cual cortesía,En que no sé si tú culpado has sido,Pues festejarla tanto has permitido,Sin advertir que aunque era recatada,Es fuerte la ocasion y el verse amada,Y que es fácil que amante é importunoEntre los otros le agradase alguno.D. Rod.—Hernando, no me apures la paciencia,Que aqueste ya no es tiempo de advertencia.¡Oh fiera! ¿quién diriaDe aquella mesurada hipocresía,De aquel punto y recato que mostrabaQue liviandad tan grande se encerrabaEn su pecho alevoso?¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!Quién en vosotras fia,Si con igual locura y osadía,Con la misma medidaSe pierde la ignorante y la entendida!Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,Por la incomodidad de mi pobreza,Con tu ingenio seriaLo que mas alto dote te daria,Y ahora en lo que has hechoConozco que es mas daño que provecho;Pues el ser conocida y celebradaY por nuevo milagro festejada,Me sirve, hecha la cuenta,Solo de que se sepa mas tu afrenta.Pero ¿cómo á la queja se abalanzaPrimero mi valor, que á la venganza?Pero ¿cómo (ay de mí!) si en lo que lloroLa afrenta sé y el agresor ignoro?Y así ofendido, sin saber me quedoNi cómo ni de quién vengarme puedo.Her.—Señor, aunque no sé con evidenciaQuien pudo de Leonor causar la ausencia,Por el rumor que habiaDe los muchos festejos que le hacia,Tengo por caso llanoQue la llevó don Pedro de Arellano.D. Rod.—Pues si don Pedro fuera,Dí ¿qué dificultad hallar pudieraEn que yo por mujer se la entregara,Sin que tan grande afrenta me causara?Her.—Señor, como eran tantos los que amabanA Leonor y su mano deseaban,Y á tí te la han pedido,Temeria no ser el elegido;Que todo enamorado es temerosoY nunca juzga que será el dichoso;Y aunque usando tal medioLe alabo yo el temor y no el remedio,Sin duda por quitar la contingenciaSe quiso asegurar con el ausencia;Y así, señor, si tomas mi consejo,Tú estás cansado y viejo,Don Pedro es mozo, rico y alentado,Y, sobre todo, el mal ya está causado,Pórtate con él cuerdo, cual conviene,Y ofrécele lo mismo que él se tiene.Díle que vuelva á casa á Leonor bella,Y luego al punto cásale con ella;Él vendrá en ello, pues no habrá quien huyaLo que ha de resultar en honra suya;Y con lo que te ordenoVendrás á hacer antídoto el veneno.D. Rod.—Oh Hernando! qué tesoro es tan preciadoUn fiel amigo ó un leal criado!Buscar á mi ofensor al punto elijo,Por convertirlo de enemigo en hijo.Her.—Si, señor, el remedio es bien se aplique,Antes que el mal, que pasa, se publique.
D. Rod.—¿Qué me dices, Hernando?Her.—Lo que pasa,Que mi señora se salió de casa.D. Rod.—¿Y con quién no has sabido?Her.—¿Cómo puedoSi, como sabes tú, todo Toledo,Y cuantos á él llegabanSu belleza é ingenio celebraban?Con lo cual conocerse no podiaCual festejo era amor, cual cortesía,En que no sé si tú culpado has sido,Pues festejarla tanto has permitido,Sin advertir que aunque era recatada,Es fuerte la ocasion y el verse amada,Y que es fácil que amante é importunoEntre los otros le agradase alguno.D. Rod.—Hernando, no me apures la paciencia,Que aqueste ya no es tiempo de advertencia.¡Oh fiera! ¿quién diriaDe aquella mesurada hipocresía,De aquel punto y recato que mostrabaQue liviandad tan grande se encerrabaEn su pecho alevoso?¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!Quién en vosotras fia,Si con igual locura y osadía,Con la misma medidaSe pierde la ignorante y la entendida!Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,Por la incomodidad de mi pobreza,Con tu ingenio seriaLo que mas alto dote te daria,Y ahora en lo que has hechoConozco que es mas daño que provecho;Pues el ser conocida y celebradaY por nuevo milagro festejada,Me sirve, hecha la cuenta,Solo de que se sepa mas tu afrenta.Pero ¿cómo á la queja se abalanzaPrimero mi valor, que á la venganza?Pero ¿cómo (ay de mí!) si en lo que lloroLa afrenta sé y el agresor ignoro?Y así ofendido, sin saber me quedoNi cómo ni de quién vengarme puedo.Her.—Señor, aunque no sé con evidenciaQuien pudo de Leonor causar la ausencia,Por el rumor que habiaDe los muchos festejos que le hacia,Tengo por caso llanoQue la llevó don Pedro de Arellano.D. Rod.—Pues si don Pedro fuera,Dí ¿qué dificultad hallar pudieraEn que yo por mujer se la entregara,Sin que tan grande afrenta me causara?Her.—Señor, como eran tantos los que amabanA Leonor y su mano deseaban,Y á tí te la han pedido,Temeria no ser el elegido;Que todo enamorado es temerosoY nunca juzga que será el dichoso;Y aunque usando tal medioLe alabo yo el temor y no el remedio,Sin duda por quitar la contingenciaSe quiso asegurar con el ausencia;Y así, señor, si tomas mi consejo,Tú estás cansado y viejo,Don Pedro es mozo, rico y alentado,Y, sobre todo, el mal ya está causado,Pórtate con él cuerdo, cual conviene,Y ofrécele lo mismo que él se tiene.Díle que vuelva á casa á Leonor bella,Y luego al punto cásale con ella;Él vendrá en ello, pues no habrá quien huyaLo que ha de resultar en honra suya;Y con lo que te ordenoVendrás á hacer antídoto el veneno.D. Rod.—Oh Hernando! qué tesoro es tan preciadoUn fiel amigo ó un leal criado!Buscar á mi ofensor al punto elijo,Por convertirlo de enemigo en hijo.Her.—Si, señor, el remedio es bien se aplique,Antes que el mal, que pasa, se publique.
D. Rod.—¿Qué me dices, Hernando?
Her.—Lo que pasa,Que mi señora se salió de casa.
D. Rod.—¿Y con quién no has sabido?
Her.—¿Cómo puedoSi, como sabes tú, todo Toledo,Y cuantos á él llegabanSu belleza é ingenio celebraban?Con lo cual conocerse no podiaCual festejo era amor, cual cortesía,En que no sé si tú culpado has sido,Pues festejarla tanto has permitido,Sin advertir que aunque era recatada,Es fuerte la ocasion y el verse amada,Y que es fácil que amante é importunoEntre los otros le agradase alguno.
D. Rod.—Hernando, no me apures la paciencia,Que aqueste ya no es tiempo de advertencia.¡Oh fiera! ¿quién diriaDe aquella mesurada hipocresía,De aquel punto y recato que mostrabaQue liviandad tan grande se encerrabaEn su pecho alevoso?¡Oh mujeres! ¡Oh monstruo venenoso!Quién en vosotras fia,Si con igual locura y osadía,Con la misma medidaSe pierde la ignorante y la entendida!Pensaba yo, hija vil, que tu belleza,Por la incomodidad de mi pobreza,Con tu ingenio seriaLo que mas alto dote te daria,Y ahora en lo que has hechoConozco que es mas daño que provecho;Pues el ser conocida y celebradaY por nuevo milagro festejada,Me sirve, hecha la cuenta,Solo de que se sepa mas tu afrenta.Pero ¿cómo á la queja se abalanzaPrimero mi valor, que á la venganza?Pero ¿cómo (ay de mí!) si en lo que lloroLa afrenta sé y el agresor ignoro?Y así ofendido, sin saber me quedoNi cómo ni de quién vengarme puedo.
Her.—Señor, aunque no sé con evidenciaQuien pudo de Leonor causar la ausencia,Por el rumor que habiaDe los muchos festejos que le hacia,Tengo por caso llanoQue la llevó don Pedro de Arellano.
D. Rod.—Pues si don Pedro fuera,Dí ¿qué dificultad hallar pudieraEn que yo por mujer se la entregara,Sin que tan grande afrenta me causara?
Her.—Señor, como eran tantos los que amabanA Leonor y su mano deseaban,Y á tí te la han pedido,Temeria no ser el elegido;Que todo enamorado es temerosoY nunca juzga que será el dichoso;Y aunque usando tal medioLe alabo yo el temor y no el remedio,Sin duda por quitar la contingenciaSe quiso asegurar con el ausencia;Y así, señor, si tomas mi consejo,Tú estás cansado y viejo,Don Pedro es mozo, rico y alentado,Y, sobre todo, el mal ya está causado,Pórtate con él cuerdo, cual conviene,Y ofrécele lo mismo que él se tiene.Díle que vuelva á casa á Leonor bella,Y luego al punto cásale con ella;Él vendrá en ello, pues no habrá quien huyaLo que ha de resultar en honra suya;Y con lo que te ordenoVendrás á hacer antídoto el veneno.
D. Rod.—Oh Hernando! qué tesoro es tan preciadoUn fiel amigo ó un leal criado!Buscar á mi ofensor al punto elijo,Por convertirlo de enemigo en hijo.
Her.—Si, señor, el remedio es bien se aplique,Antes que el mal, que pasa, se publique.
Vánse. Sale doña Leonor retirándose de don Juan.
D. Juan.—Espera, hermosa homicida;¿De quién huyes? ¿quién te agravia?¿Qué harás de quien te aborrece,Si así á quien te adora tratas?Mira que ultrajas huyendoLos mismos triunfos que alcanzas;Pues siendo el vencido yo,Tú me vuelves las espaldas,Y que haces que se ejercitenDos acciones encontradas,Tú huyendo de quien te quiere,Yo siguiendo á quien me mata.Dª. Leo.—Caballero, ó lo que sois,Si apénas en esta casa(Que aun su dueño ignoro) acaboDe poner la infeliz planta,¿Cómo quereis que yo puedaEscuchar vuestras palabras,Si de ellas entiendo soloEl asombro que me causan?Y así si, como sospecho,Me juzgais otra, os engañaVuestra pasion; deteneos,Y conoced, mas cobradaLa atencion, que no soy yoLa que vos buscais.D. Juan.—¡Oh ingrata!Solo eso falta, que finjas,Para no escuchar mis ansias,Como que mi amor tuvieraCondicion tan poco hidalga,Que en escuchar mis lamentosTu decoro peligrara;Pues bien para asegurarteLas esperiencias pasadasBastaban de nuestro amor,En que viste veces tantasQue las olas de mi llanto,Cuando mas crespas llegabanA querer con los deseos.De amor anegar las playas,Era márgen tu respetoAl mar de mis esperanzas.Dª. Leo.—Ya he dicho que no soy yo,Caballero, y esto basta.Idos ó yo llamaréA quien oyendo esas ansias,Las premie por verdaderas,O las castigue por falsas.D. Juan.—Escucha.Dª. Leo.—No tengo qué.D. Juan.—Pues, vive el cielo, tirana,Que forzada me has de oir,Si no quieres voluntaria,Y ha de escucharme groseroQuien de lo atento se cansa.
D. Juan.—Espera, hermosa homicida;¿De quién huyes? ¿quién te agravia?¿Qué harás de quien te aborrece,Si así á quien te adora tratas?Mira que ultrajas huyendoLos mismos triunfos que alcanzas;Pues siendo el vencido yo,Tú me vuelves las espaldas,Y que haces que se ejercitenDos acciones encontradas,Tú huyendo de quien te quiere,Yo siguiendo á quien me mata.Dª. Leo.—Caballero, ó lo que sois,Si apénas en esta casa(Que aun su dueño ignoro) acaboDe poner la infeliz planta,¿Cómo quereis que yo puedaEscuchar vuestras palabras,Si de ellas entiendo soloEl asombro que me causan?Y así si, como sospecho,Me juzgais otra, os engañaVuestra pasion; deteneos,Y conoced, mas cobradaLa atencion, que no soy yoLa que vos buscais.D. Juan.—¡Oh ingrata!Solo eso falta, que finjas,Para no escuchar mis ansias,Como que mi amor tuvieraCondicion tan poco hidalga,Que en escuchar mis lamentosTu decoro peligrara;Pues bien para asegurarteLas esperiencias pasadasBastaban de nuestro amor,En que viste veces tantasQue las olas de mi llanto,Cuando mas crespas llegabanA querer con los deseos.De amor anegar las playas,Era márgen tu respetoAl mar de mis esperanzas.Dª. Leo.—Ya he dicho que no soy yo,Caballero, y esto basta.Idos ó yo llamaréA quien oyendo esas ansias,Las premie por verdaderas,O las castigue por falsas.D. Juan.—Escucha.Dª. Leo.—No tengo qué.D. Juan.—Pues, vive el cielo, tirana,Que forzada me has de oir,Si no quieres voluntaria,Y ha de escucharme groseroQuien de lo atento se cansa.
D. Juan.—Espera, hermosa homicida;¿De quién huyes? ¿quién te agravia?¿Qué harás de quien te aborrece,Si así á quien te adora tratas?Mira que ultrajas huyendoLos mismos triunfos que alcanzas;Pues siendo el vencido yo,Tú me vuelves las espaldas,Y que haces que se ejercitenDos acciones encontradas,Tú huyendo de quien te quiere,Yo siguiendo á quien me mata.
Dª. Leo.—Caballero, ó lo que sois,Si apénas en esta casa(Que aun su dueño ignoro) acaboDe poner la infeliz planta,¿Cómo quereis que yo puedaEscuchar vuestras palabras,Si de ellas entiendo soloEl asombro que me causan?Y así si, como sospecho,Me juzgais otra, os engañaVuestra pasion; deteneos,Y conoced, mas cobradaLa atencion, que no soy yoLa que vos buscais.
D. Juan.—¡Oh ingrata!Solo eso falta, que finjas,Para no escuchar mis ansias,Como que mi amor tuvieraCondicion tan poco hidalga,Que en escuchar mis lamentosTu decoro peligrara;Pues bien para asegurarteLas esperiencias pasadasBastaban de nuestro amor,En que viste veces tantasQue las olas de mi llanto,Cuando mas crespas llegabanA querer con los deseos.De amor anegar las playas,Era márgen tu respetoAl mar de mis esperanzas.
Dª. Leo.—Ya he dicho que no soy yo,Caballero, y esto basta.Idos ó yo llamaréA quien oyendo esas ansias,Las premie por verdaderas,O las castigue por falsas.
D. Juan.—Escucha.
Dª. Leo.—No tengo qué.
D. Juan.—Pues, vive el cielo, tirana,Que forzada me has de oir,Si no quieres voluntaria,Y ha de escucharme groseroQuien de lo atento se cansa.
(Cógela el brazo)
Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme!D. Juan.—En vano á los cielos llamas,Que mal puede hallar piedadQuien siempre piedad le falta.Dª. Leo.—¡Ay de mí! ¿no hay quién socorraMi inocencia?....
Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme!D. Juan.—En vano á los cielos llamas,Que mal puede hallar piedadQuien siempre piedad le falta.Dª. Leo.—¡Ay de mí! ¿no hay quién socorraMi inocencia?....
Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡Cielos, valedme!
D. Juan.—En vano á los cielos llamas,Que mal puede hallar piedadQuien siempre piedad le falta.
Dª. Leo.—¡Ay de mí! ¿no hay quién socorraMi inocencia?....
(Salen Cárlos y doña Ana deteniéndole).
Dª. Ana.—Tente, aguarda; (á don Cárlos)Que yo veré lo que ha sidoSin que tú al peligro salgas,Si es que mi hermano ha venido.D. Car.—Señora, esa voz el almaMe a atravesado, perdona....Dª. Ana.—La puerta tengo cerrada,Y así de no ser mi hermanoSegura estoy; mas me causaInquietud el que no sea,(Ap.)—Y Cárlos halle á su dama.Pero si ella está en mi cuartoY Celia fué á acompañarla,¿Qué ruido puede ser este?Y á oscuras toda la cuadraEstá....¿Quien vá?D. Cár.—Yo, señora;¿Qué me preguntas?D. Juan.—Doña Ana,Mi bien, señora, ¿por quéCon tanto rigor me tratas?¿Estas eran las promesas?¿Estas eran las palabrasQue me distes en MadridPara alentar mi esperanza?¿Si obediente á tus preceptos,De tus rayos salamandra,Girasol de tu semblante,Clicie de tus luces claras,Dejé solo por servirteEl regalo de mi casa,El respeto de mi padre,Y el cariño de mi patria?Si tú, sino de amorosa,De atenta y de cortesana,Diste con tácito agradoA entender lo que bastabaPara que supiese yoQue era ofrenda mi esperanzaAdmitida en el sagradoSacrificio de tus aras,¿Cómo ahora tan esquivaCon tanto rigor me tratas?Dª. Ana.—¿Qué es esto que escucho, cielos?¿No es este don Juan de VárgasQue mi ingratitud condenaY sus finezas ensalza?Pues ¿quién aquí le ha traido?D. Cár.—Señora, escucha....Dª. Leo.—[Desconociéndole] Hombre, aparta,Yo te he dicho que me dejes.D. Cár.—Escucha, hermosa doña Ana,Mira que don Cárlos soyA quien tu piedad ampara.Dª. Leo.—Don Cárlos ha dicho, ¡cielos!Y hasta en el habla juraraQue es don Cárlos, y es que comoTengo á Cárlos en el alma,Todos Cárlos me parecen,Cuando él (¡ay prenda adorada!)En la prision estará.D. Cár.—Señora....Dª. Leo.Apartad, que bastaDeciros que me dejeis.D. Cár.—Si acaso estais enojada,Porque hasta aquí os he seguido,Perdonad, pues fué la causaSolamente el evitarSi algun daño os amenaza.Dª. Leo.—¡Válgame Dios! lo que á CárlosSe parece!D. Juan.—En fin, ingrata¿Con tal rigor me desprecias?
Dª. Ana.—Tente, aguarda; (á don Cárlos)Que yo veré lo que ha sidoSin que tú al peligro salgas,Si es que mi hermano ha venido.D. Car.—Señora, esa voz el almaMe a atravesado, perdona....Dª. Ana.—La puerta tengo cerrada,Y así de no ser mi hermanoSegura estoy; mas me causaInquietud el que no sea,(Ap.)—Y Cárlos halle á su dama.Pero si ella está en mi cuartoY Celia fué á acompañarla,¿Qué ruido puede ser este?Y á oscuras toda la cuadraEstá....¿Quien vá?D. Cár.—Yo, señora;¿Qué me preguntas?D. Juan.—Doña Ana,Mi bien, señora, ¿por quéCon tanto rigor me tratas?¿Estas eran las promesas?¿Estas eran las palabrasQue me distes en MadridPara alentar mi esperanza?¿Si obediente á tus preceptos,De tus rayos salamandra,Girasol de tu semblante,Clicie de tus luces claras,Dejé solo por servirteEl regalo de mi casa,El respeto de mi padre,Y el cariño de mi patria?Si tú, sino de amorosa,De atenta y de cortesana,Diste con tácito agradoA entender lo que bastabaPara que supiese yoQue era ofrenda mi esperanzaAdmitida en el sagradoSacrificio de tus aras,¿Cómo ahora tan esquivaCon tanto rigor me tratas?Dª. Ana.—¿Qué es esto que escucho, cielos?¿No es este don Juan de VárgasQue mi ingratitud condenaY sus finezas ensalza?Pues ¿quién aquí le ha traido?D. Cár.—Señora, escucha....Dª. Leo.—[Desconociéndole] Hombre, aparta,Yo te he dicho que me dejes.D. Cár.—Escucha, hermosa doña Ana,Mira que don Cárlos soyA quien tu piedad ampara.Dª. Leo.—Don Cárlos ha dicho, ¡cielos!Y hasta en el habla juraraQue es don Cárlos, y es que comoTengo á Cárlos en el alma,Todos Cárlos me parecen,Cuando él (¡ay prenda adorada!)En la prision estará.D. Cár.—Señora....Dª. Leo.Apartad, que bastaDeciros que me dejeis.D. Cár.—Si acaso estais enojada,Porque hasta aquí os he seguido,Perdonad, pues fué la causaSolamente el evitarSi algun daño os amenaza.Dª. Leo.—¡Válgame Dios! lo que á CárlosSe parece!D. Juan.—En fin, ingrata¿Con tal rigor me desprecias?
Dª. Ana.—Tente, aguarda; (á don Cárlos)Que yo veré lo que ha sidoSin que tú al peligro salgas,Si es que mi hermano ha venido.
D. Car.—Señora, esa voz el almaMe a atravesado, perdona....
Dª. Ana.—La puerta tengo cerrada,Y así de no ser mi hermanoSegura estoy; mas me causaInquietud el que no sea,
(Ap.)—Y Cárlos halle á su dama.Pero si ella está en mi cuartoY Celia fué á acompañarla,¿Qué ruido puede ser este?Y á oscuras toda la cuadraEstá....¿Quien vá?
D. Cár.—Yo, señora;¿Qué me preguntas?
D. Juan.—Doña Ana,Mi bien, señora, ¿por quéCon tanto rigor me tratas?¿Estas eran las promesas?¿Estas eran las palabrasQue me distes en MadridPara alentar mi esperanza?¿Si obediente á tus preceptos,De tus rayos salamandra,Girasol de tu semblante,Clicie de tus luces claras,Dejé solo por servirteEl regalo de mi casa,El respeto de mi padre,Y el cariño de mi patria?Si tú, sino de amorosa,De atenta y de cortesana,Diste con tácito agradoA entender lo que bastabaPara que supiese yoQue era ofrenda mi esperanzaAdmitida en el sagradoSacrificio de tus aras,¿Cómo ahora tan esquivaCon tanto rigor me tratas?
Dª. Ana.—¿Qué es esto que escucho, cielos?¿No es este don Juan de VárgasQue mi ingratitud condenaY sus finezas ensalza?Pues ¿quién aquí le ha traido?
D. Cár.—Señora, escucha....
Dª. Leo.—[Desconociéndole] Hombre, aparta,Yo te he dicho que me dejes.
D. Cár.—Escucha, hermosa doña Ana,Mira que don Cárlos soyA quien tu piedad ampara.
Dª. Leo.—Don Cárlos ha dicho, ¡cielos!Y hasta en el habla juraraQue es don Cárlos, y es que comoTengo á Cárlos en el alma,Todos Cárlos me parecen,Cuando él (¡ay prenda adorada!)En la prision estará.
D. Cár.—Señora....
Dª. Leo.Apartad, que bastaDeciros que me dejeis.
D. Cár.—Si acaso estais enojada,Porque hasta aquí os he seguido,Perdonad, pues fué la causaSolamente el evitarSi algun daño os amenaza.
Dª. Leo.—¡Válgame Dios! lo que á CárlosSe parece!
D. Juan.—En fin, ingrata¿Con tal rigor me desprecias?
(Sale Celia con luz.)
Celia.—A ver si está aquí mi Ama;Para sacar á don JuanQue oculto dejé en su cuadraVengo; mas ¿qué es lo que veo?Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡el cielo me valga!¿Cárlos no es este que miro?D. Cár.—Esta es Leonor, ó me engañaLa aprension....Dª. Ana.—¿Don Juan aquí?¡Aliento y vida me faltan!D. Juan—¿Aquí don Cárlos de Olmedo?Sin duda que de doña AnaEs amante, y que por él,Aleve, inconstante y falsaMe trata á mí con desden.Dª. Leo.—¡Cielos! en aquesta casaCárlos, cuando amante yoEn la prision le lloraba!En una cuadra escondido,Y á mí, pensando que hablabaCon otra, decirme amores!Sin duda que de esta damaEs amante; pero ¿cómo(Si es ilusion lo que pasaPor mí) si á él llevaron preso,Y quedé depositada?Yo toda soy un abismoDe penas.Don Juan á doña Ana.—¡Fácil, liviana!¿Estos eran los desdenes,Tener dentro de tu casaOculto un hombre? (¡Ay de mí!)¿Por esto me desdeñabas?Pues ¡vive el cielo, traidora!Que pues no puede mi sañaVengar en tí mi desprecio,Porque aquella ley tiranaDel respeto á las mujeresDe mis rigores te salva,Me he de vengar en tu amante.Dª. Ana.—Detente, don Juan, aguarda.D. Cár.—Son tantas las confusionesEn que mi pecho batalla,Que en su varia confusionEl discurso se embaraza,Y por discurrirlo todo,No acierto á discurrir nada.¿Aquí Leonor? ¡cielos! ¿cómo?Dª. Ana.—¡Detente!D. Juan.—¡Aparta, tirana!Que á tu amante he de dar muerte.Celia.—Señora, mi señor llama.Dª. Ana.—¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mi!Caballeros si mi famaOs mueve, debaos aquíEl ver que no soy culpadaAquí en la entrada de algunoA esconderos, que palabraOs doy de daros lugarDe que averigüeis mañanaLa causa de vuestras dudas;Pues si aquí mi hermano os hallaMi vida y mi honor peligran.D. Cár.—En mí bien aseguradaEstá la obediencia, puestoQue debo estar á tus plantas,Como á amparo de mi vida.D. Juan.—Y en mí que no quiero, ingrata,Aunque ofendido me tienes,Cuando eres tú quien lo mandas,Que á otro, porque te obedece,Le quedes mas obligada.Dª. Ana.—Yo os estimo la atencion.Celia, tú en distintas cuadrasOculta á los dos, supuestoQue no es posible que salgaHasta la mañana alguno.Celia.—Ya poco término falta.Don Juan, conmigo venid.Tú, señora, á esa fantasmaEntrala donde quisieres.
Celia.—A ver si está aquí mi Ama;Para sacar á don JuanQue oculto dejé en su cuadraVengo; mas ¿qué es lo que veo?Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡el cielo me valga!¿Cárlos no es este que miro?D. Cár.—Esta es Leonor, ó me engañaLa aprension....Dª. Ana.—¿Don Juan aquí?¡Aliento y vida me faltan!D. Juan—¿Aquí don Cárlos de Olmedo?Sin duda que de doña AnaEs amante, y que por él,Aleve, inconstante y falsaMe trata á mí con desden.Dª. Leo.—¡Cielos! en aquesta casaCárlos, cuando amante yoEn la prision le lloraba!En una cuadra escondido,Y á mí, pensando que hablabaCon otra, decirme amores!Sin duda que de esta damaEs amante; pero ¿cómo(Si es ilusion lo que pasaPor mí) si á él llevaron preso,Y quedé depositada?Yo toda soy un abismoDe penas.Don Juan á doña Ana.—¡Fácil, liviana!¿Estos eran los desdenes,Tener dentro de tu casaOculto un hombre? (¡Ay de mí!)¿Por esto me desdeñabas?Pues ¡vive el cielo, traidora!Que pues no puede mi sañaVengar en tí mi desprecio,Porque aquella ley tiranaDel respeto á las mujeresDe mis rigores te salva,Me he de vengar en tu amante.Dª. Ana.—Detente, don Juan, aguarda.D. Cár.—Son tantas las confusionesEn que mi pecho batalla,Que en su varia confusionEl discurso se embaraza,Y por discurrirlo todo,No acierto á discurrir nada.¿Aquí Leonor? ¡cielos! ¿cómo?Dª. Ana.—¡Detente!D. Juan.—¡Aparta, tirana!Que á tu amante he de dar muerte.Celia.—Señora, mi señor llama.Dª. Ana.—¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mi!Caballeros si mi famaOs mueve, debaos aquíEl ver que no soy culpadaAquí en la entrada de algunoA esconderos, que palabraOs doy de daros lugarDe que averigüeis mañanaLa causa de vuestras dudas;Pues si aquí mi hermano os hallaMi vida y mi honor peligran.D. Cár.—En mí bien aseguradaEstá la obediencia, puestoQue debo estar á tus plantas,Como á amparo de mi vida.D. Juan.—Y en mí que no quiero, ingrata,Aunque ofendido me tienes,Cuando eres tú quien lo mandas,Que á otro, porque te obedece,Le quedes mas obligada.Dª. Ana.—Yo os estimo la atencion.Celia, tú en distintas cuadrasOculta á los dos, supuestoQue no es posible que salgaHasta la mañana alguno.Celia.—Ya poco término falta.Don Juan, conmigo venid.Tú, señora, á esa fantasmaEntrala donde quisieres.
Celia.—A ver si está aquí mi Ama;Para sacar á don JuanQue oculto dejé en su cuadraVengo; mas ¿qué es lo que veo?
Dª. Leo.—¿Qué es esto? ¡el cielo me valga!¿Cárlos no es este que miro?
D. Cár.—Esta es Leonor, ó me engañaLa aprension....
Dª. Ana.—¿Don Juan aquí?¡Aliento y vida me faltan!
D. Juan—¿Aquí don Cárlos de Olmedo?Sin duda que de doña AnaEs amante, y que por él,Aleve, inconstante y falsaMe trata á mí con desden.
Dª. Leo.—¡Cielos! en aquesta casaCárlos, cuando amante yoEn la prision le lloraba!En una cuadra escondido,Y á mí, pensando que hablabaCon otra, decirme amores!Sin duda que de esta damaEs amante; pero ¿cómo(Si es ilusion lo que pasaPor mí) si á él llevaron preso,Y quedé depositada?Yo toda soy un abismoDe penas.
Don Juan á doña Ana.—¡Fácil, liviana!¿Estos eran los desdenes,Tener dentro de tu casaOculto un hombre? (¡Ay de mí!)¿Por esto me desdeñabas?Pues ¡vive el cielo, traidora!Que pues no puede mi sañaVengar en tí mi desprecio,Porque aquella ley tiranaDel respeto á las mujeresDe mis rigores te salva,Me he de vengar en tu amante.
Dª. Ana.—Detente, don Juan, aguarda.
D. Cár.—Son tantas las confusionesEn que mi pecho batalla,Que en su varia confusionEl discurso se embaraza,Y por discurrirlo todo,No acierto á discurrir nada.¿Aquí Leonor? ¡cielos! ¿cómo?
Dª. Ana.—¡Detente!
D. Juan.—¡Aparta, tirana!Que á tu amante he de dar muerte.
Celia.—Señora, mi señor llama.
Dª. Ana.—¿Qué dices, Celia? ¡Ay de mi!Caballeros si mi famaOs mueve, debaos aquíEl ver que no soy culpadaAquí en la entrada de algunoA esconderos, que palabraOs doy de daros lugarDe que averigüeis mañanaLa causa de vuestras dudas;Pues si aquí mi hermano os hallaMi vida y mi honor peligran.
D. Cár.—En mí bien aseguradaEstá la obediencia, puestoQue debo estar á tus plantas,Como á amparo de mi vida.
D. Juan.—Y en mí que no quiero, ingrata,Aunque ofendido me tienes,Cuando eres tú quien lo mandas,Que á otro, porque te obedece,Le quedes mas obligada.
Dª. Ana.—Yo os estimo la atencion.Celia, tú en distintas cuadrasOculta á los dos, supuestoQue no es posible que salgaHasta la mañana alguno.
Celia.—Ya poco término falta.Don Juan, conmigo venid.Tú, señora, á esa fantasmaEntrala donde quisieres.
(Vánse Celia y don Juan)
Dª. Ana.—Caballero, en esta cuadraOs entrad.D. Cár.—Ya os obedezco.¡Oh quiera el cielo que salgaDe tan grande confusión! (Váse)Dª. Ana.—Leonor, tambien retiradaPuedes estar.Dª. Leo.—Yo, señora,Aunque no me lo mandaras,Me ocultara mi vergüenza. [Váse]Dª. Ana.—¿Quién vío confusiones tantasComo en tan breve discursoDe tan pocas horas pasan?¡Apénas estoy en mí!
Dª. Ana.—Caballero, en esta cuadraOs entrad.D. Cár.—Ya os obedezco.¡Oh quiera el cielo que salgaDe tan grande confusión! (Váse)Dª. Ana.—Leonor, tambien retiradaPuedes estar.Dª. Leo.—Yo, señora,Aunque no me lo mandaras,Me ocultara mi vergüenza. [Váse]Dª. Ana.—¿Quién vío confusiones tantasComo en tan breve discursoDe tan pocas horas pasan?¡Apénas estoy en mí!
Dª. Ana.—Caballero, en esta cuadraOs entrad.
D. Cár.—Ya os obedezco.¡Oh quiera el cielo que salgaDe tan grande confusión! (Váse)
Dª. Ana.—Leonor, tambien retiradaPuedes estar.
Dª. Leo.—Yo, señora,Aunque no me lo mandaras,Me ocultara mi vergüenza. [Váse]
Dª. Ana.—¿Quién vío confusiones tantasComo en tan breve discursoDe tan pocas horas pasan?¡Apénas estoy en mí!
(Sale Celia.)
Celia.—Señora, ya en mi posadaEstá, ¿qué quieres ahora?Dª. Ana.—A abrir á mi hermano baja,Que es lo que ahora importa, Celia.Celia.—Ella está tan asustada,Que se olvida de saberCómo entró don Juan en casa;Mas ya pasado el aprietoNo faltará una patrañaQue decir, y echar la culpaA alguna de las criadas;Que es cierto que donde hay muchasSe peca de confianza;Pues unas á otras se culpanY unas por otras se salvan. (Váse.)Dª. Ana.—¡Cielos! en qué empeño estoy!De Cárlos enamorada,Perseguida de don Juan,Con mi enemiga en mi casa,Con criadas que me vendenY mi hermano que me aguarda.Pero él llega; disimulo.
Celia.—Señora, ya en mi posadaEstá, ¿qué quieres ahora?Dª. Ana.—A abrir á mi hermano baja,Que es lo que ahora importa, Celia.Celia.—Ella está tan asustada,Que se olvida de saberCómo entró don Juan en casa;Mas ya pasado el aprietoNo faltará una patrañaQue decir, y echar la culpaA alguna de las criadas;Que es cierto que donde hay muchasSe peca de confianza;Pues unas á otras se culpanY unas por otras se salvan. (Váse.)Dª. Ana.—¡Cielos! en qué empeño estoy!De Cárlos enamorada,Perseguida de don Juan,Con mi enemiga en mi casa,Con criadas que me vendenY mi hermano que me aguarda.Pero él llega; disimulo.
Celia.—Señora, ya en mi posadaEstá, ¿qué quieres ahora?
Dª. Ana.—A abrir á mi hermano baja,Que es lo que ahora importa, Celia.
Celia.—Ella está tan asustada,Que se olvida de saberCómo entró don Juan en casa;Mas ya pasado el aprietoNo faltará una patrañaQue decir, y echar la culpaA alguna de las criadas;Que es cierto que donde hay muchasSe peca de confianza;Pues unas á otras se culpanY unas por otras se salvan. (Váse.)
Dª. Ana.—¡Cielos! en qué empeño estoy!De Cárlos enamorada,Perseguida de don Juan,Con mi enemiga en mi casa,Con criadas que me vendenY mi hermano que me aguarda.Pero él llega; disimulo.
(Sale don Pedro.)
D. Pedro.—Señora, querida hermana,Qué bien tu amor se conoce,Y qué bien mi afecto pagas,Pues te halló despierta el solY te ve vestida el alba.¿Dónde tienes á Leonor?Dª. Ana.—En mi cuadra retiradaMande que estuviese, en tanto,Hermano, que tu llegabas.Mas ¿cómo tan tarde vienes?D. Pedro.—Porque al salir de su casaLa conoció un deudo suyo,A quien con una estocadaDejó Cárlos casi muerto,Y yo viendo alborotadaLa calle, aunque no sabianQuien era y quien la llevaba,Para que aquel alborotoNo declarara la causa,Hice que de los criadosDos al herido cargaran,Como de piedad movidos,Hasta llevarle á su casa,Miéntras otros á LeonorY á Cárlos presos llevaban,Para entregártela á tí,Y hasta dejar sosegadaLa calle venir no quise.Dª. Ana.—Fue atencion muy bien lograda,Pues escusaste mil riesgosSolo con esta tardanza.D. Pedro—Eres en todo discreta;Y pues Leonor sosegadaEstá, si á tí te parece,No será bien inquietarla,Que para que oiga mis penasTeniéndola yo en mi casaSobrado tiempo me queda;Que no es amante el que trataPrimero de sus alivios,Que no del bien de su dama;Y tambien para que túTe recojas, que ya bastaPor aliviar mis desvelosLa mala vida que pasas.Dª. Ana.—Hermano, yo por servirteMuchos mas riesgos pasara,Pues somos los dos tan uno,Y como tan propias trataTus penas el alma, queImagino al contemplarlasQue tu desvelo y el mioNacen de una misma causa.D. Pedro.—De tu fineza lo creo.Dª. Ana.—[Ap.] ¡Si entendieras mis palabras!D. Pedro.—Vámonos á recoger,Si es que quien ama descansa.Dª. Ana.—Voy á sosegarme un poco,Si es que sosiega quien ama.D. Pedro.—[Ap.] Amor, si industrias alientas,Anima mis esperanzas.Dª. Ana.—[Ap.] Amor, si tu eres cautelas.A mis cautelas ampara. (Vánse.)
D. Pedro.—Señora, querida hermana,Qué bien tu amor se conoce,Y qué bien mi afecto pagas,Pues te halló despierta el solY te ve vestida el alba.¿Dónde tienes á Leonor?Dª. Ana.—En mi cuadra retiradaMande que estuviese, en tanto,Hermano, que tu llegabas.Mas ¿cómo tan tarde vienes?D. Pedro.—Porque al salir de su casaLa conoció un deudo suyo,A quien con una estocadaDejó Cárlos casi muerto,Y yo viendo alborotadaLa calle, aunque no sabianQuien era y quien la llevaba,Para que aquel alborotoNo declarara la causa,Hice que de los criadosDos al herido cargaran,Como de piedad movidos,Hasta llevarle á su casa,Miéntras otros á LeonorY á Cárlos presos llevaban,Para entregártela á tí,Y hasta dejar sosegadaLa calle venir no quise.Dª. Ana.—Fue atencion muy bien lograda,Pues escusaste mil riesgosSolo con esta tardanza.D. Pedro—Eres en todo discreta;Y pues Leonor sosegadaEstá, si á tí te parece,No será bien inquietarla,Que para que oiga mis penasTeniéndola yo en mi casaSobrado tiempo me queda;Que no es amante el que trataPrimero de sus alivios,Que no del bien de su dama;Y tambien para que túTe recojas, que ya bastaPor aliviar mis desvelosLa mala vida que pasas.Dª. Ana.—Hermano, yo por servirteMuchos mas riesgos pasara,Pues somos los dos tan uno,Y como tan propias trataTus penas el alma, queImagino al contemplarlasQue tu desvelo y el mioNacen de una misma causa.D. Pedro.—De tu fineza lo creo.Dª. Ana.—[Ap.] ¡Si entendieras mis palabras!D. Pedro.—Vámonos á recoger,Si es que quien ama descansa.Dª. Ana.—Voy á sosegarme un poco,Si es que sosiega quien ama.D. Pedro.—[Ap.] Amor, si industrias alientas,Anima mis esperanzas.Dª. Ana.—[Ap.] Amor, si tu eres cautelas.A mis cautelas ampara. (Vánse.)
D. Pedro.—Señora, querida hermana,Qué bien tu amor se conoce,Y qué bien mi afecto pagas,Pues te halló despierta el solY te ve vestida el alba.¿Dónde tienes á Leonor?
Dª. Ana.—En mi cuadra retiradaMande que estuviese, en tanto,Hermano, que tu llegabas.Mas ¿cómo tan tarde vienes?
D. Pedro.—Porque al salir de su casaLa conoció un deudo suyo,A quien con una estocadaDejó Cárlos casi muerto,Y yo viendo alborotadaLa calle, aunque no sabianQuien era y quien la llevaba,Para que aquel alborotoNo declarara la causa,Hice que de los criadosDos al herido cargaran,Como de piedad movidos,Hasta llevarle á su casa,Miéntras otros á LeonorY á Cárlos presos llevaban,Para entregártela á tí,Y hasta dejar sosegadaLa calle venir no quise.
Dª. Ana.—Fue atencion muy bien lograda,Pues escusaste mil riesgosSolo con esta tardanza.
D. Pedro—Eres en todo discreta;Y pues Leonor sosegadaEstá, si á tí te parece,No será bien inquietarla,Que para que oiga mis penasTeniéndola yo en mi casaSobrado tiempo me queda;Que no es amante el que trataPrimero de sus alivios,Que no del bien de su dama;Y tambien para que túTe recojas, que ya bastaPor aliviar mis desvelosLa mala vida que pasas.
Dª. Ana.—Hermano, yo por servirteMuchos mas riesgos pasara,Pues somos los dos tan uno,Y como tan propias trataTus penas el alma, queImagino al contemplarlasQue tu desvelo y el mioNacen de una misma causa.
D. Pedro.—De tu fineza lo creo.
Dª. Ana.—[Ap.] ¡Si entendieras mis palabras!
D. Pedro.—Vámonos á recoger,Si es que quien ama descansa.
Dª. Ana.—Voy á sosegarme un poco,Si es que sosiega quien ama.
D. Pedro.—[Ap.] Amor, si industrias alientas,Anima mis esperanzas.
Dª. Ana.—[Ap.] Amor, si tu eres cautelas.A mis cautelas ampara. (Vánse.)
(Salen don Cárlos y Castaño.)
D. Cár.—Castaño, yo estoy sin mí.Cast.—Y yo, que en todo te sigo,Tan solo he estado conmigoAquel rato que dormí.D. Cár.—¿Sabes lo que me ha pasado?Mas juzgo que sueño fué.Cast.—Si es sueño, muy bien lo sé,Y yo tambien he soñadoY dormido como dama;Pues los vestidos, señor,Que me dió al salir LeonorSon quien me sirvió de cama.D. Cár.—¿Galas suyas á llevarlasAnoche Leonor te dió?Cast.—Sí, señor, y las lió;¿No era preciso liarlas?D. Cár.—¿Dónde las tienes?Cast.—Allí,Y en cama quiero rompellas,Que pues las cargué á ellas,Ellas me carguen á mí.D. Cár.—Yo he visto (pierdo el sentido)En esta casa á Leonor.Cast.—Aqueso será señor,Que quien bueyes ha perdido...Y así tù que en tus amoresTe desvanece el furor,Como has perdido á Leonor,Se te aparecen Leonores.Mas dime ¿qué te pasòCon aquella dama bella?Que así Dios se duela de ellaComo de mí se dolió;Porque viendo que contigoEmpezaba á discurrir,Me traté yo de dormirPor escusar un testigo.D. Cár.—Castaño, aquella es malicia;Pero lo que pasó fuéQue, como sabes, entréHuyendo de la justicia;Que ella atenta y cortesanaAmpararme prometió,Y en esta cuadra me entró,Y me dijo que era hermanaDe don Pedro de Arellano,Y que aquí oculto estaria;Porque si acaso venia,No me encontrara su hermano;Y con tanta bizarríaMe hizo una y otra promesa,Que con ser tal su belleza,Es mayor su cortesía.Y discreta y lisonjeraAlabándome, añadióCosas que á ser vano yoA otro afecto atribuyera;Pero son quimeras vanasDe jóvenes, y altiveces,Que en viendo damas cortesesLuego las juzgan livianas;Y sus malicias erradasEn su mismo mal contentas,Si no las ven desatentas,No las tienen por honradas.Y a un pensar tan desigual,Y a un no indigno del desden,Nunca ellas obran mas bienQue cuando las tratan mal;Pues al que se desvaneceCon cualquiera presuncionLe hace daño la atencion,Y es porque no la merece.Pero, volvieondo al sucesoDe lo que á mí me pasó,Ella me favoreció,Castaño, con grande exceso.Yo mi historia le conté,Y ella con discreto modoQuedó de ajustado todo,Con tal que yo aquí me esté,Diciendo que no me dieseCuidado, que ella lo haciaPor el riesgo que tenia,Si yo en público saliese.Condicion para mí queImposible hubiera sido,A no haberme sucedidoLo que ahora te diré.Estando de esta maneraOímos, al parecer,Dar voces una mujerEn otra cuadra de afuera;Y aunque doña Ana impedirQue yo saliese quería,Venciéndola mi porfíaPor fuerza hube de salir.Sacó una luz al rumorUna criada, y con ellaConocer á Leonor bellaPude.Cast.—¿A quién?D. Cár.—A mi Leonor.Castaño.¿A Leonor?—¿Háslo soñado?Hay tan grande bobería!Yo por loco te tenia,Pero no tan rematado.De oirlo solo me espanto;Señor, vete poco á poco;Mira, muy bueno es ser loco,Mas no es bueno serlo tanto.La locura es convenientePor las entradas de mes,Con la luna, un si es no es,Cuando ayude á ser valiente;Mas no, señor, de maneraQue oyendo esos desatinosTe me atizben los vecinosPorque saben la tontera.D. Cár.—¡Pícaro! si no estuvieraDonde estoy...Cast.—Tente, señor,Que yo tambien vi á Leonor.D. Cár.—¿A dónde?Cast.—En tu faltriquera,Pintada con mil primores,Y que era viva entendí,Porque luego que la víLe salieron los colores;Y aunque de razon escasaNo me resolvió la duda,Yo pensé, viéndola muda,Que estaba puesta la pasa.D. Cár.—¡Qué friolera!Cast.—¿Qué? ¿te enfadas?Si viva me pareció,Algunas he visto yoQue están vivas y pintadas.D. Cár.—Si en belleza es sol Leonor,¿Para qué afeites queria?Cast.—Pues si es sol, ¿cómo podiaEstar sin el resplandor?Mas si á Leonor viste, dí,¿Qué determinas hacer?D. Cár.—Quiero esperar hasta verQué causa la trajo aquí.Pues si piadosa mi estrellaAquí la dejó venir,¿A dónde tengo de irSi aquí me la dejo á ella?Y así es mejor esperarDe todo resolucion,Para ver si hay ocasionDe volvérmela á llevar.Cast.—Bien dices; mas hácia acá,Señor, viene enderezadaUna, al parecer, criadaDe esta casa.D. Cár.—¿Qué querrá?
D. Cár.—Castaño, yo estoy sin mí.Cast.—Y yo, que en todo te sigo,Tan solo he estado conmigoAquel rato que dormí.D. Cár.—¿Sabes lo que me ha pasado?Mas juzgo que sueño fué.Cast.—Si es sueño, muy bien lo sé,Y yo tambien he soñadoY dormido como dama;Pues los vestidos, señor,Que me dió al salir LeonorSon quien me sirvió de cama.D. Cár.—¿Galas suyas á llevarlasAnoche Leonor te dió?Cast.—Sí, señor, y las lió;¿No era preciso liarlas?D. Cár.—¿Dónde las tienes?Cast.—Allí,Y en cama quiero rompellas,Que pues las cargué á ellas,Ellas me carguen á mí.D. Cár.—Yo he visto (pierdo el sentido)En esta casa á Leonor.Cast.—Aqueso será señor,Que quien bueyes ha perdido...Y así tù que en tus amoresTe desvanece el furor,Como has perdido á Leonor,Se te aparecen Leonores.Mas dime ¿qué te pasòCon aquella dama bella?Que así Dios se duela de ellaComo de mí se dolió;Porque viendo que contigoEmpezaba á discurrir,Me traté yo de dormirPor escusar un testigo.D. Cár.—Castaño, aquella es malicia;Pero lo que pasó fuéQue, como sabes, entréHuyendo de la justicia;Que ella atenta y cortesanaAmpararme prometió,Y en esta cuadra me entró,Y me dijo que era hermanaDe don Pedro de Arellano,Y que aquí oculto estaria;Porque si acaso venia,No me encontrara su hermano;Y con tanta bizarríaMe hizo una y otra promesa,Que con ser tal su belleza,Es mayor su cortesía.Y discreta y lisonjeraAlabándome, añadióCosas que á ser vano yoA otro afecto atribuyera;Pero son quimeras vanasDe jóvenes, y altiveces,Que en viendo damas cortesesLuego las juzgan livianas;Y sus malicias erradasEn su mismo mal contentas,Si no las ven desatentas,No las tienen por honradas.Y a un pensar tan desigual,Y a un no indigno del desden,Nunca ellas obran mas bienQue cuando las tratan mal;Pues al que se desvaneceCon cualquiera presuncionLe hace daño la atencion,Y es porque no la merece.Pero, volvieondo al sucesoDe lo que á mí me pasó,Ella me favoreció,Castaño, con grande exceso.Yo mi historia le conté,Y ella con discreto modoQuedó de ajustado todo,Con tal que yo aquí me esté,Diciendo que no me dieseCuidado, que ella lo haciaPor el riesgo que tenia,Si yo en público saliese.Condicion para mí queImposible hubiera sido,A no haberme sucedidoLo que ahora te diré.Estando de esta maneraOímos, al parecer,Dar voces una mujerEn otra cuadra de afuera;Y aunque doña Ana impedirQue yo saliese quería,Venciéndola mi porfíaPor fuerza hube de salir.Sacó una luz al rumorUna criada, y con ellaConocer á Leonor bellaPude.Cast.—¿A quién?D. Cár.—A mi Leonor.Castaño.¿A Leonor?—¿Háslo soñado?Hay tan grande bobería!Yo por loco te tenia,Pero no tan rematado.De oirlo solo me espanto;Señor, vete poco á poco;Mira, muy bueno es ser loco,Mas no es bueno serlo tanto.La locura es convenientePor las entradas de mes,Con la luna, un si es no es,Cuando ayude á ser valiente;Mas no, señor, de maneraQue oyendo esos desatinosTe me atizben los vecinosPorque saben la tontera.D. Cár.—¡Pícaro! si no estuvieraDonde estoy...Cast.—Tente, señor,Que yo tambien vi á Leonor.D. Cár.—¿A dónde?Cast.—En tu faltriquera,Pintada con mil primores,Y que era viva entendí,Porque luego que la víLe salieron los colores;Y aunque de razon escasaNo me resolvió la duda,Yo pensé, viéndola muda,Que estaba puesta la pasa.D. Cár.—¡Qué friolera!Cast.—¿Qué? ¿te enfadas?Si viva me pareció,Algunas he visto yoQue están vivas y pintadas.D. Cár.—Si en belleza es sol Leonor,¿Para qué afeites queria?Cast.—Pues si es sol, ¿cómo podiaEstar sin el resplandor?Mas si á Leonor viste, dí,¿Qué determinas hacer?D. Cár.—Quiero esperar hasta verQué causa la trajo aquí.Pues si piadosa mi estrellaAquí la dejó venir,¿A dónde tengo de irSi aquí me la dejo á ella?Y así es mejor esperarDe todo resolucion,Para ver si hay ocasionDe volvérmela á llevar.Cast.—Bien dices; mas hácia acá,Señor, viene enderezadaUna, al parecer, criadaDe esta casa.D. Cár.—¿Qué querrá?
D. Cár.—Castaño, yo estoy sin mí.
Cast.—Y yo, que en todo te sigo,Tan solo he estado conmigoAquel rato que dormí.
D. Cár.—¿Sabes lo que me ha pasado?Mas juzgo que sueño fué.
Cast.—Si es sueño, muy bien lo sé,Y yo tambien he soñadoY dormido como dama;Pues los vestidos, señor,Que me dió al salir LeonorSon quien me sirvió de cama.
D. Cár.—¿Galas suyas á llevarlasAnoche Leonor te dió?
Cast.—Sí, señor, y las lió;¿No era preciso liarlas?
D. Cár.—¿Dónde las tienes?
Cast.—Allí,Y en cama quiero rompellas,Que pues las cargué á ellas,Ellas me carguen á mí.
D. Cár.—Yo he visto (pierdo el sentido)En esta casa á Leonor.
Cast.—Aqueso será señor,Que quien bueyes ha perdido...Y así tù que en tus amoresTe desvanece el furor,Como has perdido á Leonor,Se te aparecen Leonores.Mas dime ¿qué te pasòCon aquella dama bella?Que así Dios se duela de ellaComo de mí se dolió;Porque viendo que contigoEmpezaba á discurrir,Me traté yo de dormirPor escusar un testigo.
D. Cár.—Castaño, aquella es malicia;Pero lo que pasó fuéQue, como sabes, entréHuyendo de la justicia;Que ella atenta y cortesanaAmpararme prometió,Y en esta cuadra me entró,Y me dijo que era hermanaDe don Pedro de Arellano,Y que aquí oculto estaria;Porque si acaso venia,No me encontrara su hermano;Y con tanta bizarríaMe hizo una y otra promesa,Que con ser tal su belleza,Es mayor su cortesía.Y discreta y lisonjeraAlabándome, añadióCosas que á ser vano yoA otro afecto atribuyera;Pero son quimeras vanasDe jóvenes, y altiveces,Que en viendo damas cortesesLuego las juzgan livianas;Y sus malicias erradasEn su mismo mal contentas,Si no las ven desatentas,No las tienen por honradas.Y a un pensar tan desigual,Y a un no indigno del desden,Nunca ellas obran mas bienQue cuando las tratan mal;Pues al que se desvaneceCon cualquiera presuncionLe hace daño la atencion,Y es porque no la merece.Pero, volvieondo al sucesoDe lo que á mí me pasó,Ella me favoreció,Castaño, con grande exceso.Yo mi historia le conté,Y ella con discreto modoQuedó de ajustado todo,Con tal que yo aquí me esté,Diciendo que no me dieseCuidado, que ella lo haciaPor el riesgo que tenia,Si yo en público saliese.Condicion para mí queImposible hubiera sido,A no haberme sucedidoLo que ahora te diré.Estando de esta maneraOímos, al parecer,Dar voces una mujerEn otra cuadra de afuera;Y aunque doña Ana impedirQue yo saliese quería,Venciéndola mi porfíaPor fuerza hube de salir.Sacó una luz al rumorUna criada, y con ellaConocer á Leonor bellaPude.
Cast.—¿A quién?
D. Cár.—A mi Leonor.
Castaño.¿A Leonor?—¿Háslo soñado?Hay tan grande bobería!Yo por loco te tenia,Pero no tan rematado.De oirlo solo me espanto;Señor, vete poco á poco;Mira, muy bueno es ser loco,Mas no es bueno serlo tanto.La locura es convenientePor las entradas de mes,Con la luna, un si es no es,Cuando ayude á ser valiente;Mas no, señor, de maneraQue oyendo esos desatinosTe me atizben los vecinosPorque saben la tontera.
D. Cár.—¡Pícaro! si no estuvieraDonde estoy...
Cast.—Tente, señor,Que yo tambien vi á Leonor.
D. Cár.—¿A dónde?
Cast.—En tu faltriquera,Pintada con mil primores,Y que era viva entendí,Porque luego que la víLe salieron los colores;Y aunque de razon escasaNo me resolvió la duda,Yo pensé, viéndola muda,Que estaba puesta la pasa.
D. Cár.—¡Qué friolera!
Cast.—¿Qué? ¿te enfadas?Si viva me pareció,Algunas he visto yoQue están vivas y pintadas.
D. Cár.—Si en belleza es sol Leonor,¿Para qué afeites queria?
Cast.—Pues si es sol, ¿cómo podiaEstar sin el resplandor?Mas si á Leonor viste, dí,¿Qué determinas hacer?
D. Cár.—Quiero esperar hasta verQué causa la trajo aquí.Pues si piadosa mi estrellaAquí la dejó venir,¿A dónde tengo de irSi aquí me la dejo á ella?Y así es mejor esperarDe todo resolucion,Para ver si hay ocasionDe volvérmela á llevar.
Cast.—Bien dices; mas hácia acá,Señor, viene enderezadaUna, al parecer, criadaDe esta casa.
D. Cár.—¿Qué querrá?
(Sale Celia)
Cel.—Caballero, mi señoraOs ordena que al jardinOs retireis luego, á finDe que ha de salir ahoraA esta cuadra mi señor,Y no será bien que os vea.[Ap.]—Aquesto es porque no seaQue él de aquí vea á Leonor.D. Cár.—Decidle que mi obedienciaLe responde.Cel.—Vuelvo á irme.Cast.—Oye vuesté, y ¿querrá oirme?Celia.—¿Qué he de oir?Cast.—De penitencia.Cel.—Por cierto, lindos cuidadosSe tiene el muy socarron.Cast.—Pues digo, ¿no es confesionEl decirte mis pecados?Cel.—No á mi afecto se abalance,Que son lances escusados.Cast.—Si nos tienes encerrados,¿No te he de querer de lance?Cel.—Ya he dicho que no me quiera.Cast.—Pues ¿que quiere tu rigor?Si de mi encierro y tu amorNo me puedo hacer afuera.Mas ¿siendo criada te engreis?Cel.—¿Criada á mí el muy estropajo?Cast.—Calla, que aqueste agasajoEs porque no te descries.Cel.—Yo me voy, que es fuerza, y luegoSi no es juego, volveré.Cast.—Juego es; mas bien sabe ustéQue tiene vueltas el juego.
Cel.—Caballero, mi señoraOs ordena que al jardinOs retireis luego, á finDe que ha de salir ahoraA esta cuadra mi señor,Y no será bien que os vea.[Ap.]—Aquesto es porque no seaQue él de aquí vea á Leonor.D. Cár.—Decidle que mi obedienciaLe responde.Cel.—Vuelvo á irme.Cast.—Oye vuesté, y ¿querrá oirme?Celia.—¿Qué he de oir?Cast.—De penitencia.Cel.—Por cierto, lindos cuidadosSe tiene el muy socarron.Cast.—Pues digo, ¿no es confesionEl decirte mis pecados?Cel.—No á mi afecto se abalance,Que son lances escusados.Cast.—Si nos tienes encerrados,¿No te he de querer de lance?Cel.—Ya he dicho que no me quiera.Cast.—Pues ¿que quiere tu rigor?Si de mi encierro y tu amorNo me puedo hacer afuera.Mas ¿siendo criada te engreis?Cel.—¿Criada á mí el muy estropajo?Cast.—Calla, que aqueste agasajoEs porque no te descries.Cel.—Yo me voy, que es fuerza, y luegoSi no es juego, volveré.Cast.—Juego es; mas bien sabe ustéQue tiene vueltas el juego.
Cel.—Caballero, mi señoraOs ordena que al jardinOs retireis luego, á finDe que ha de salir ahoraA esta cuadra mi señor,Y no será bien que os vea.
[Ap.]—Aquesto es porque no seaQue él de aquí vea á Leonor.
D. Cár.—Decidle que mi obedienciaLe responde.
Cel.—Vuelvo á irme.
Cast.—Oye vuesté, y ¿querrá oirme?
Celia.—¿Qué he de oir?
Cast.—De penitencia.
Cel.—Por cierto, lindos cuidadosSe tiene el muy socarron.
Cast.—Pues digo, ¿no es confesionEl decirte mis pecados?
Cel.—No á mi afecto se abalance,Que son lances escusados.
Cast.—Si nos tienes encerrados,¿No te he de querer de lance?
Cel.—Ya he dicho que no me quiera.
Cast.—Pues ¿que quiere tu rigor?Si de mi encierro y tu amorNo me puedo hacer afuera.Mas ¿siendo criada te engreis?
Cel.—¿Criada á mí el muy estropajo?
Cast.—Calla, que aqueste agasajoEs porque no te descries.
Cel.—Yo me voy, que es fuerza, y luegoSi no es juego, volveré.
Cast.—Juego es; mas bien sabe ustéQue tiene vueltas el juego.
(Salen doña Leonor y doña Ana.)
Dª. Ana.—¿Cómo la noche has pasado,Leonor?Dª. Leo.—Decirte, señora,Que no me lo preguntarasQuisiera.Dª. Ana.—¿Por qué? (Ap.) ¡Ah! penosaAtencion, que me precisasA agradar á quien me enoja!Dª. Leo.—Porque si me lo preguntasEs fuerza que te respondaQue la pasé bien ó mal,Y en cualquiera de estas cosasEncuentro un inconveniente;Pues mis penas y tus honrasEstán tan mal avenidas,Que si te respondo ahoraQue mal, será grosería,Y que bien, será lisonja.Dª. Ana.—Leonor, tu ingenio y tu caraEl uno á otro se malogran,Que quien es tan entendidaEs lástima que sea hermosa.Dª. Leo.—Como tú estás tan seguraDe que aventajas á todasLas hermosuras, te muestrasFácilmente cariñosaEn alabarlas; porqueQuien no compite no estorba.Dª. Ana.—Leonor, y de tus cuidados¿Cómo estás?Dª. Leo.—Como quien toca,Náufrago entre la borrascaDe las olas procelosas,Ya con la quilla el abismo,Y va el cielo con la popa.[Ap.] ¿Cómo le preguntaré,Pues está el alma medrosa,A qué vino anoche Cárlos?Mas ¿qué temo, si me ahoga,Despues de tantos tormentos,De los celos la ponzoña?Dª. Ana.—Leonor, ¿en qué te suspendes?Dª. Leo.—Quisiera saber... perdona,Que, pues, ya mi amor te dije,Fuera cautela notoriaQuerer no mostrar cuidadoDe aquello que tu no ignorasQue es preciso que le tenga;Y así pregunto, señora,Pues sabes ya que yo quieroA Cárlos, y que su esposaSoy, ¿cómo entró anoche aquí?Dª. Ana.—Deja que no te respondaA esa pregunta tan presto.Dª. Leo.—¿Por qué?Dª. Ana.—Porque quiero ahora.Que te diviertas oyendoCantar.Dª. Leo.—Mejor mis congojasSe divirtieran sabiendoEsto que es lo que me importaY así...Dª. Ana.—Con decirte queFué una contingencia solaTe respondo. Mas mi hermanoViene.Dª. Leo.—Pues que yo me escondaSerá preciso.Dª. Ana.—Antes no,Que ya yo de tu personaLe dí cuenta, porque puedaAliviarte en tus congojas;Que al fin los hombres mejorDiligencian estas cosas,Que nosotras.Dª. Leo.—Dices bien;Mas no sé qué me alborota.
Dª. Ana.—¿Cómo la noche has pasado,Leonor?Dª. Leo.—Decirte, señora,Que no me lo preguntarasQuisiera.Dª. Ana.—¿Por qué? (Ap.) ¡Ah! penosaAtencion, que me precisasA agradar á quien me enoja!Dª. Leo.—Porque si me lo preguntasEs fuerza que te respondaQue la pasé bien ó mal,Y en cualquiera de estas cosasEncuentro un inconveniente;Pues mis penas y tus honrasEstán tan mal avenidas,Que si te respondo ahoraQue mal, será grosería,Y que bien, será lisonja.Dª. Ana.—Leonor, tu ingenio y tu caraEl uno á otro se malogran,Que quien es tan entendidaEs lástima que sea hermosa.Dª. Leo.—Como tú estás tan seguraDe que aventajas á todasLas hermosuras, te muestrasFácilmente cariñosaEn alabarlas; porqueQuien no compite no estorba.Dª. Ana.—Leonor, y de tus cuidados¿Cómo estás?Dª. Leo.—Como quien toca,Náufrago entre la borrascaDe las olas procelosas,Ya con la quilla el abismo,Y va el cielo con la popa.[Ap.] ¿Cómo le preguntaré,Pues está el alma medrosa,A qué vino anoche Cárlos?Mas ¿qué temo, si me ahoga,Despues de tantos tormentos,De los celos la ponzoña?Dª. Ana.—Leonor, ¿en qué te suspendes?Dª. Leo.—Quisiera saber... perdona,Que, pues, ya mi amor te dije,Fuera cautela notoriaQuerer no mostrar cuidadoDe aquello que tu no ignorasQue es preciso que le tenga;Y así pregunto, señora,Pues sabes ya que yo quieroA Cárlos, y que su esposaSoy, ¿cómo entró anoche aquí?Dª. Ana.—Deja que no te respondaA esa pregunta tan presto.Dª. Leo.—¿Por qué?Dª. Ana.—Porque quiero ahora.Que te diviertas oyendoCantar.Dª. Leo.—Mejor mis congojasSe divirtieran sabiendoEsto que es lo que me importaY así...Dª. Ana.—Con decirte queFué una contingencia solaTe respondo. Mas mi hermanoViene.Dª. Leo.—Pues que yo me escondaSerá preciso.Dª. Ana.—Antes no,Que ya yo de tu personaLe dí cuenta, porque puedaAliviarte en tus congojas;Que al fin los hombres mejorDiligencian estas cosas,Que nosotras.Dª. Leo.—Dices bien;Mas no sé qué me alborota.
Dª. Ana.—¿Cómo la noche has pasado,Leonor?
Dª. Leo.—Decirte, señora,Que no me lo preguntarasQuisiera.
Dª. Ana.—¿Por qué? (Ap.) ¡Ah! penosaAtencion, que me precisasA agradar á quien me enoja!
Dª. Leo.—Porque si me lo preguntasEs fuerza que te respondaQue la pasé bien ó mal,Y en cualquiera de estas cosasEncuentro un inconveniente;Pues mis penas y tus honrasEstán tan mal avenidas,Que si te respondo ahoraQue mal, será grosería,Y que bien, será lisonja.
Dª. Ana.—Leonor, tu ingenio y tu caraEl uno á otro se malogran,Que quien es tan entendidaEs lástima que sea hermosa.
Dª. Leo.—Como tú estás tan seguraDe que aventajas á todasLas hermosuras, te muestrasFácilmente cariñosaEn alabarlas; porqueQuien no compite no estorba.
Dª. Ana.—Leonor, y de tus cuidados¿Cómo estás?
Dª. Leo.—Como quien toca,Náufrago entre la borrascaDe las olas procelosas,Ya con la quilla el abismo,Y va el cielo con la popa.
[Ap.] ¿Cómo le preguntaré,Pues está el alma medrosa,A qué vino anoche Cárlos?Mas ¿qué temo, si me ahoga,Despues de tantos tormentos,De los celos la ponzoña?
Dª. Ana.—Leonor, ¿en qué te suspendes?
Dª. Leo.—Quisiera saber... perdona,Que, pues, ya mi amor te dije,Fuera cautela notoriaQuerer no mostrar cuidadoDe aquello que tu no ignorasQue es preciso que le tenga;Y así pregunto, señora,Pues sabes ya que yo quieroA Cárlos, y que su esposaSoy, ¿cómo entró anoche aquí?
Dª. Ana.—Deja que no te respondaA esa pregunta tan presto.
Dª. Leo.—¿Por qué?
Dª. Ana.—Porque quiero ahora.Que te diviertas oyendoCantar.
Dª. Leo.—Mejor mis congojasSe divirtieran sabiendoEsto que es lo que me importaY así...
Dª. Ana.—Con decirte queFué una contingencia solaTe respondo. Mas mi hermanoViene.
Dª. Leo.—Pues que yo me escondaSerá preciso.
Dª. Ana.—Antes no,Que ya yo de tu personaLe dí cuenta, porque puedaAliviarte en tus congojas;Que al fin los hombres mejorDiligencian estas cosas,Que nosotras.
Dª. Leo.—Dices bien;Mas no sé qué me alborota.
(Sale don Pedro)
Mas ¡cielos! ¿qué es lo que miro?¿Este es tu hermano, señora?D. Ped.—Yo soy, hermosa Leonor;¿Qué os admira?Dª. Leo.—¡Ay de mí! todaSoy de mármol... ¡Ah fortuna!Que así mis males dispongas,Que á la casa de don PedroMe traigas!D. Ped.—Leonor hermosa,Segura estais en mi casa,Porque aunque sea á la costaDe mil vidas, de mil almas,Sabré librar vuestra honraDel riesgo que la amenaza.Dª. Leo.—Vuestra atencion generosaEstimo, señor don Pedro.D. Ped.—Señora, ya que las olasDe vuestra airada fortunaEn esta playa os arrojan,No habeis de decir que en ellaOs falta quien os socorra.Yo, señora, he sido vuestro,Y aunque siempre desdeñosaMe habeis tratado, el desdenMas mi fineza acrisola,Que es muy garboso donaireEl ser fino á toda costa.Ya en mi casa estais, y asíSolo tratamos ahoraDe agradaros y serviros,Pues sois dueño de ella toda.Divierte á Leonor, hermana.Dª. Ana.—Celia.Celia.—¿Qué mandais, señora?Dª. Ana.—Di á Clori y Laura que canten.[Ap. á Celia.]—Y tú, pues ya será horaDe lo que tengo dispuesto,Porque mi industria engañosaSe logre, saca á don CárlosA aquesa reja, de formaQue nos mire, y que no todoLo que conferimos oiga.De este modo lograréEl que la pasion celosaEmpiece á entrar en su pecho;Que aunque los celos blasonanDe que avivan el amor,Es su operacion muy otraEn quien se ve como dama,O se mira como esposa;Pues en la esposa despechaLo que en la dama enamora.¿No vas á decir que canten?Cel.—Voy á decir ambas cosas.D. Ped.—Mas con todo, Leonor bella,Dadme licencia que rompaLas leyes de mi silencioCon mis quejas amorosas:Que no siente los cordelesQuien el dolor no pregona.¿Qué defecto en mi amor visteisQue siempre tan desdeñosaMe tratásteis? ¿Era ofensaMi adoracion decorosa?Y si amaros fué delito,¿Cómo otro la dicha goza,E igualándonos la culpaLa pena no nos conforma?¿Cómo, si es ley el dendenEn vuestra beldad, forzosaEn mí la ley se ejecuta,Y en el otro se deroga?¿Qué tuvo para con vosSu pasion de mas airosa,De mas bien vista su pena,Que siendo una misma cosaEn mí os pareció culpable,Y en el otro meritoria?Si él os pareció mas digno,¿No supliera en mi personaLo que de galan me falta,Lo que de amante me sobra?Mas sin duda mi finezaEs quien el premio me estorba,Que es quien la merece ménosQuien siempre la dicha logra;Mas yo os he de adorarEternamente; ¿qué importaQue vos me negueis el premio?Pues es fuerza que conozcaQue me concedeis por finoLo que os negais de piadosa.Dª. Leo.—Permitid, señor don Pedro,Ya que me haceis tantas honras,Que os suplique por quien soisMe hagais la mayor de todas,Y sea que ya que veisQue la fortuna me postra,No apureis mas mi dolor,Pues me basta á mí por sogaEl cordel de mi vergüenzaY el peso de mis congojas.Y puesto que en el estadoQue veis que tienen mis cosas,Tratarme de vuestro amorEs una accion tan impropia,Que ni es bien decirlo vos,Ni justo que yo lo oiga,Os suplico que callais;Y si es venganza que tomaVuestro amor de mi desden,Elegidla de otra forma,Que para que estais vengadoHay en mis penas de sobra.
Mas ¡cielos! ¿qué es lo que miro?¿Este es tu hermano, señora?D. Ped.—Yo soy, hermosa Leonor;¿Qué os admira?Dª. Leo.—¡Ay de mí! todaSoy de mármol... ¡Ah fortuna!Que así mis males dispongas,Que á la casa de don PedroMe traigas!D. Ped.—Leonor hermosa,Segura estais en mi casa,Porque aunque sea á la costaDe mil vidas, de mil almas,Sabré librar vuestra honraDel riesgo que la amenaza.Dª. Leo.—Vuestra atencion generosaEstimo, señor don Pedro.D. Ped.—Señora, ya que las olasDe vuestra airada fortunaEn esta playa os arrojan,No habeis de decir que en ellaOs falta quien os socorra.Yo, señora, he sido vuestro,Y aunque siempre desdeñosaMe habeis tratado, el desdenMas mi fineza acrisola,Que es muy garboso donaireEl ser fino á toda costa.Ya en mi casa estais, y asíSolo tratamos ahoraDe agradaros y serviros,Pues sois dueño de ella toda.Divierte á Leonor, hermana.Dª. Ana.—Celia.Celia.—¿Qué mandais, señora?Dª. Ana.—Di á Clori y Laura que canten.[Ap. á Celia.]—Y tú, pues ya será horaDe lo que tengo dispuesto,Porque mi industria engañosaSe logre, saca á don CárlosA aquesa reja, de formaQue nos mire, y que no todoLo que conferimos oiga.De este modo lograréEl que la pasion celosaEmpiece á entrar en su pecho;Que aunque los celos blasonanDe que avivan el amor,Es su operacion muy otraEn quien se ve como dama,O se mira como esposa;Pues en la esposa despechaLo que en la dama enamora.¿No vas á decir que canten?Cel.—Voy á decir ambas cosas.D. Ped.—Mas con todo, Leonor bella,Dadme licencia que rompaLas leyes de mi silencioCon mis quejas amorosas:Que no siente los cordelesQuien el dolor no pregona.¿Qué defecto en mi amor visteisQue siempre tan desdeñosaMe tratásteis? ¿Era ofensaMi adoracion decorosa?Y si amaros fué delito,¿Cómo otro la dicha goza,E igualándonos la culpaLa pena no nos conforma?¿Cómo, si es ley el dendenEn vuestra beldad, forzosaEn mí la ley se ejecuta,Y en el otro se deroga?¿Qué tuvo para con vosSu pasion de mas airosa,De mas bien vista su pena,Que siendo una misma cosaEn mí os pareció culpable,Y en el otro meritoria?Si él os pareció mas digno,¿No supliera en mi personaLo que de galan me falta,Lo que de amante me sobra?Mas sin duda mi finezaEs quien el premio me estorba,Que es quien la merece ménosQuien siempre la dicha logra;Mas yo os he de adorarEternamente; ¿qué importaQue vos me negueis el premio?Pues es fuerza que conozcaQue me concedeis por finoLo que os negais de piadosa.Dª. Leo.—Permitid, señor don Pedro,Ya que me haceis tantas honras,Que os suplique por quien soisMe hagais la mayor de todas,Y sea que ya que veisQue la fortuna me postra,No apureis mas mi dolor,Pues me basta á mí por sogaEl cordel de mi vergüenzaY el peso de mis congojas.Y puesto que en el estadoQue veis que tienen mis cosas,Tratarme de vuestro amorEs una accion tan impropia,Que ni es bien decirlo vos,Ni justo que yo lo oiga,Os suplico que callais;Y si es venganza que tomaVuestro amor de mi desden,Elegidla de otra forma,Que para que estais vengadoHay en mis penas de sobra.
Mas ¡cielos! ¿qué es lo que miro?¿Este es tu hermano, señora?
D. Ped.—Yo soy, hermosa Leonor;¿Qué os admira?
Dª. Leo.—¡Ay de mí! todaSoy de mármol... ¡Ah fortuna!Que así mis males dispongas,Que á la casa de don PedroMe traigas!
D. Ped.—Leonor hermosa,Segura estais en mi casa,Porque aunque sea á la costaDe mil vidas, de mil almas,Sabré librar vuestra honraDel riesgo que la amenaza.
Dª. Leo.—Vuestra atencion generosaEstimo, señor don Pedro.
D. Ped.—Señora, ya que las olasDe vuestra airada fortunaEn esta playa os arrojan,No habeis de decir que en ellaOs falta quien os socorra.Yo, señora, he sido vuestro,Y aunque siempre desdeñosaMe habeis tratado, el desdenMas mi fineza acrisola,Que es muy garboso donaireEl ser fino á toda costa.Ya en mi casa estais, y asíSolo tratamos ahoraDe agradaros y serviros,Pues sois dueño de ella toda.Divierte á Leonor, hermana.
Dª. Ana.—Celia.
Celia.—¿Qué mandais, señora?
Dª. Ana.—Di á Clori y Laura que canten.[Ap. á Celia.]—Y tú, pues ya será horaDe lo que tengo dispuesto,Porque mi industria engañosaSe logre, saca á don CárlosA aquesa reja, de formaQue nos mire, y que no todoLo que conferimos oiga.De este modo lograréEl que la pasion celosaEmpiece á entrar en su pecho;Que aunque los celos blasonanDe que avivan el amor,Es su operacion muy otraEn quien se ve como dama,O se mira como esposa;Pues en la esposa despechaLo que en la dama enamora.¿No vas á decir que canten?
Cel.—Voy á decir ambas cosas.
D. Ped.—Mas con todo, Leonor bella,Dadme licencia que rompaLas leyes de mi silencioCon mis quejas amorosas:Que no siente los cordelesQuien el dolor no pregona.¿Qué defecto en mi amor visteisQue siempre tan desdeñosaMe tratásteis? ¿Era ofensaMi adoracion decorosa?Y si amaros fué delito,¿Cómo otro la dicha goza,E igualándonos la culpaLa pena no nos conforma?¿Cómo, si es ley el dendenEn vuestra beldad, forzosaEn mí la ley se ejecuta,Y en el otro se deroga?¿Qué tuvo para con vosSu pasion de mas airosa,De mas bien vista su pena,Que siendo una misma cosaEn mí os pareció culpable,Y en el otro meritoria?Si él os pareció mas digno,¿No supliera en mi personaLo que de galan me falta,Lo que de amante me sobra?Mas sin duda mi finezaEs quien el premio me estorba,Que es quien la merece ménosQuien siempre la dicha logra;Mas yo os he de adorarEternamente; ¿qué importaQue vos me negueis el premio?Pues es fuerza que conozcaQue me concedeis por finoLo que os negais de piadosa.
Dª. Leo.—Permitid, señor don Pedro,Ya que me haceis tantas honras,Que os suplique por quien soisMe hagais la mayor de todas,Y sea que ya que veisQue la fortuna me postra,No apureis mas mi dolor,Pues me basta á mí por sogaEl cordel de mi vergüenzaY el peso de mis congojas.Y puesto que en el estadoQue veis que tienen mis cosas,Tratarme de vuestro amorEs una accion tan impropia,Que ni es bien decirlo vos,Ni justo que yo lo oiga,Os suplico que callais;Y si es venganza que tomaVuestro amor de mi desden,Elegidla de otra forma,Que para que estais vengadoHay en mis penas de sobra.
(Salen á una reja don Cárlos, Celia y Castaño, y hablan aparte.)