CANTO XLI.

Dudon cede á Rugiero los siete reyes cautivos.—El campeon sarraceno se embarca con ellos: una deshecha tempestad echa á pique su nave.—Rugiero se salva á nado.—Un verdadero siervo de Dios le convierte al cristianismo.—Combate de Orlando, Brandimarte y Olivero con los tres reyes moros, en el que queda herido Sobrino y muertos Gradasso y Agramante.

Los perfumes que un apuesto jóven ó una hermosa doncella, á quienes el amor causa con frecuencia apasionado llanto, esparcen en sus cabellos ó en sus elegantes trajes, exhalan y desprenden en derredor sus aromáticos efluvios, y durante muchos dias conservan su fragancia, dando un testimonio claro y evidente de su excelencia primitiva. El benéfico licor que, por desgracia suya, hizo Icario probar á sus pastores[152], y en cuya busca pasaron los Alpes en otro tiempo los celtas y los boios sin sentir el cansancio[153], manifiesta que si al principio es dulce, lo es mucho más pasado un año. El árbol que no pierde sus hojas durante el rigor del invierno, demuestra que al llegar la primavera conservaba todavía su verde ramaje. La ínclita estirpe que de tan diversos modos se mostró siempre rodeada de la auréola de la hidalguía, cuyo brillo y esplendor aumenta sincesar, atestigua y hace presumir claramente que el progenitor de la ilustre casa de Este debia brillar, como el Sol entre las estrellas, por esas obras virtuosas y laudables que remontan á los hombres hasta el Cielo.

Acostumbrado Rugiero á imprimir en todas y cada una de sus notables acciones el ostensible sello de su valor sublime y de su cortesía, y á patentizar la magnanimidad siempre creciente de su corazon, se mostró del mismo modo en su combate con Dudon, absteniéndose de emplear todo su vigoroso esfuerzo por temor de darle muerte. Dudon sospechó con verosimilitud que Rugiero no queria matarle, porque habiéndose quedado más de una vez á descubierto, y estando tan cansado que apenas podia resistir á su adversario, este renunció á hacer uso de su superioridad. Cuando se persuadió de que Rugiero respetaba su vida y procuraba no herirle, resolvió igualarle en delicadeza, ya que en fuerza y vigor era muy inferior á él.

—Por Dios, le dijo, dejemos el combate, ya que la victoria no puede ser mia. Así lo reconozco, y me confieso vencido y á merced de tu generosidad.

Rugiero le respondió:

—Tambien yo deseo la paz, pero con la condicion de que me entregues en libertad á esos siete reyes que tienes ahí encadenados.

Y le mostró los siete reyes que estaban cargados de cadenas y con la frente inclinada, segun dije antes, exigiendo que no le estorbara su regreso al África con ellos. El Paladin accedió á tal demanda, y le concedió además que eligiese el buque que fuera más de su agrado para pasar á su país. Rugiero lo hizo así; se desataron las amarras de la nave, desplegáronse las velas y se entregaron á merced del viento, que al principio impulsó con soplo favorable lahinchada lona con gran contento del piloto. Fué huyendo la costa de la vista de los navegantes, y al poco tiempo acabó por desaparecer de tal modo, que no parecia sino que el mar se habia quedado sin límites ni orillas.

Hácia la caida de la tarde dió á conocer el viento claramente su perfidia y sus malas artes: desde la popa saltó á la proa, en la que no permaneció fijo mucho tiempo, sino que fué dando vueltas en derredor del buque, y burlando los esfuerzos del piloto; pues tan pronto soplaba por delante como por detrás ó por los costados: elevábanse las olas arrogantes y amenazadoras, produciendo montañas de mugiente espuma: cada una de ellas parecia mostrarse pesarosa ó indecisa de tantas muertes como todas juntas iban á producir.

Los vientos continuaban encontrados: unos hacian avanzar la embarcacion, otros la obligaban á retroceder y otros la acometian de través, amenazándola todos con sumergirla. El piloto que dirigia la maniobra, lanzaba fuertes suspiros; pálido y turbado gritaba ó indicaba inútilmente por medio de señas que virasen ó amainasen las velas; pero de poco le servian sus señas y sus gritos, pues la lluvia y las sombras de la noche impedian que se distinguieran los más próximos objetos, y la voz iba á perderse sin dejarse escuchar por el aire, herido entonces con mayor fuerza por los gritos unánimes de los navegantes y por el fragor que producian las olas al romperse, de suerte que en la popa, en la proa ó en una y otra banda era absolutamente imposible oir las voces de mando.

El viento despedia horribles silbidos al chocar contra el aparejo: inflamaban el aire frecuentes relámpagos: en el Cielo rimbombaban truenos espantosos. Corrian los marineros aterrados, unos al timon, otros á los remos; otros seesforzaban en atar ó desatar las cuerdas, segun la necesidad, y muchos se dedicaban á extraer el agua de la embarcacion, devolviendo el mar al mar. El soplo incesante del Bóreas, cada vez más furioso, daba nuevo aliento al fragor creciente de aquella horrible tempestad: las velas azotaban á los mástiles, produciendo estridentes sonidos: las olas se elevaban cada vez más, y casi llegaban al Cielo: hiciéronse pedazos los remos, y la implacable borrasca desató su impetuoso furor hasta tal extremo, que se inclinó el buque por la proa, tocando en la superficie del mar su desarmada borda. Toda la banda derecha fué á parar debajo del agua, y el buque estuvo á punto de quedar con la quilla hácia arriba; al verse los tripulantes expuestos á caer en el profundo abismo, lanzaron gritos de terror, encomendándose al Todopoderoso. Juguetes de la Fortuna, libráronse de aquel peligro para precipitarse en otro no menos terrible; pues la nave empezó á abrirse por muchas partes, dando paso á las enemigas olas.

El impetuoso temporal no cedia en sus embates crueles y aterradores. A veces veian los navegantes que avanzaban las olas tan desmesuradamente elevadas, que parecian tocar con su espumosa cresta en los cielos: otras veces se veian ellos mismos levantados á tanta altura, que al mirar abajo creian ver los abismos infernales. Poca ó ninguna era ya su esperanza, y si acaso les quedaba alguna, se desvanecia ante el espectáculo de una muerte inevitable.

Toda la noche fueron recorriendo errantes los distintos mares adonde les arrojó el viento, que, en vez de cesar, redobló su furia al amanecer. De pronto descubrieron un pelado escollo: hicieron desesperados esfuerzos para esquivarlo, pero no les fué posible, porque el tempestuoso mar y el aquilon les echaban sobre él á pesar suyo. El piloto,pálido de espanto, apeló tres ó cuatro veces á todo su vigor para dar vuelta al timon; pero rompiéndose este, fué arrebatado por el mar. El viento hinchaba las velas con tanta fuerza, que no era posible calarlas poco ni mucho: próximos á estrellarse contra aquel fatal peñasco, no tenian ya tiempo para deliberar ni para evitar su ruina.

Conociendo que no habia remedio para la irreparable pérdida de la nave, cada cual se atuvo á su interés particular; cada cual atendió exclusivamente á salvar su vida, y todos á porfía se precipitaron en la lancha, que repentinamente cargada con el peso de tanta gente como en ella procuraba refugiarse, amenazaba zozobrar. Rugiero, que vió al cómitre, al contramaestre y al resto de la tripulacion abandonar en tropel el buque, quiso asimismo salvarse en la frágil barquilla, sin armas y en jubon como se hallaba; pero la encontró tan cargada ya, y eran tantos los fugitivos que sucesivamente la invadian, que fué hundiéndose por momentos hasta desaparecer enteramente bajo las olas, sepultando en ellas á cuantos esperaron librarse de la muerte abandonando el bajel. Entonces se oyeron angustiosos y lastimeros gritos implorando el socorro del Eterno; pero estos gritos no llegaron hasta las celestiales regiones, porque precipitándose el mar lleno de furiosa rabia, cerró de improviso toda salida á los quejidos y lamentos. La mayor parte de los náufragos quedó para siempre en el fondo del abismo; los otros pudieron salir, flotando á merced de las olas; otros sacaban la cabeza y procuraban salvarse á nado: por un lado veíanse brazos luchando con la muerte; por otro piernas desnudas.

Rugiero, despreciando el furor de la tempestad, se remontó desde el fondo á la superficie de las aguas, y vió á corta distancia el pelado escollo de que él y sus compañeroshabian procurado huir inútilmente. Esperando hallar un refugio en la roca, se puso á nadar vigorosamente, despidiendo fuertes resoplidos á fin de rechazar las importunas olas que inundaban su rostro.

Mientras tanto el viento y la tempestad iban empujando la vacía embarcacion, totalmente abandonada por aquellos que, en su afan de salvarse, corrieron por desgracia suya á la muerte. ¡Cuán falaz es la esperanza humana! Salvóse la nave que debia perecer, en cuanto el piloto y los marineros la dejaron flotar sin rumbo ni gobierno. No parecia sino que el viento hubiese cambiado de opinion al ver la fuga de todos los tripulantes; pues apenas evacuaron estos el buque, hizo que siguiera mejor rumbo, sin tocar tierra y deslizándose por mares más tranquilos: mientras que bajo la direccion del piloto fué incierto su derrotero, apenas careció de ella, lo enderezó directamente al África, fué á parar cerca de Biserta, dos ó tres millas más hácia Egipto, y faltándole el viento y el agua, quedó encallado en la estéril y desierta arena.

La casualidad hizo que Orlando se paseara por aquella playa cuando varó la nave. Deseoso el Paladin de saber si venia sola, vacía ó cargada, saltó en un ligero esquife, acompañado de Brandimarte y Olivero, y los tres pasaron á su bordo. Pusiéronse á registrar la embarcacion por todas partes, y quedaron sorprendidos al no ver en ella ningun ser humano: tan solo encontraron el caballo Frontino, la armadura y la espada de Rugiero, el cual, en su precipitacion por salvarse del naufragio, no habia tenido tiempo de recoger sus armas. Orlando conoció en seguida aquella espada, llamada Balisarda, por haberle pertenecido en otro tiempo. Tengo noticia de que habeis leido la historia en que se manifiesta cómo se la arrebató á Falerina, cuandodestruyó sus magníficos jardines; cómo Brunel se la robó despues al Conde, y cómo la regaló el astuto africano á Rugiero al pié del monte de Carena.

Orlando habia tenido frecuentes ocasiones de experimentar las maravillosas propiedades de aquel acero: por eso se llenó de júbilo al verle de nuevo en su poder, y dió fervorosas gracias al Eterno, persuadido (como lo manifestó despues repetidas veces) de que Dios se lo enviaba para que se sirviese de él en su próximo combate con el señor de Sericania, que á su incontrastable valor, reunia la doble ventaja de poseer á Bayardo y Durindana. En cuanto á la armadura, como ignoraba su procedencia, no le pareció una cosa tan sublime como se lo parecia al que acostumbraba á resguardarse con ella; y aun cuando la creyó buena, admiró mucho más su adorno y su riqueza. Siendo su cuerpo invulnerable, poca falta le hacian las armas defensivas: así es que cedió todas aquellas á Olivero, menos la espada, que tuvo buen cuidado de ceñirse: Brandimarte se quedó con el corcel. De esta suerte, quiso el Conde que se repartieran entre los tres compañeros de armas los objetos hallados en el buque.

Deseando todos ellos presentarse el dia de la batalla con magnificencia, procuraron engalanarse con trajes nuevos y ricos. Orlando hizo bordar en su divisa la torre de Babel destruida por el rayo. Olivero quiso ostentar un perro de plata echado, con la trailla sobre el lomo, y estas palabras:Hasta que venga: quiso además que la veste fuese de oro y digna en un todo de él. Brandimarte determinó vestir una sobrevesta oscura y triste, en señal de luto por la muerte de su padre, y tambien por su propia dignidad. Flor-de-lis se esforzó cuanto pudo en hacerla más bella y airosa, añadiéndole en derredor una franja de paño sencillo entretejida de piedras preciosas, que resaltaban sobre el color oscuro del ropaje.

La tierna amante hizo por su mano aquella sobrevesta, digna de armadura más lujosa, que el caballero debia vestir sobre su coraza, é hizo tambien la gualdrapa que habia de cubrir la grupa, el pecho y las crines del caballo. Pero desde el dia en que empezó aquel trabajo hasta el en que le terminó sin interrupcion y aun mucho despues, desapareció de su rostro la alegría. Oprimia su corazon el temor, el continuado tormento de que su Brandimarte fuese arrebatado á su cariño. Más de cien veces le habia visto arrostrar los peligros de las batallas, y sin embargo, nunca sintió el temor que entonces le helaba la sangre y marchitaba los hermosos colores de su rostro. Esta zozobra, desconocida para ella, redoblaba la angustia de su corazon.

Cuando los tres caballeros tuvieron listas sus armas y sus arneses, se hicieron á la mar, dejando á Astolfo y Sansoneto encargados del ejército y de la prosecucion de la conquista. Flor-de-lis, entregada á la desesperacion y dirigiendo al Cielo sus querellas, fué siguiendo con la vista el bajel hasta que desapareció en el horizonte. Astolfo y Sansoneto no pudieron arrancarla de la playa sino á costa de mucho trabajo, y la acompañaron al palacio, dejándola tendida en su lecho temblorosa y desconsolada.

Mientras tanto una aura favorable impulsaba el bajel á cuyo bordo iban los tres escogidos caballeros, que tardaron poco en llegar á la isla en donde debia tener efecto el combate. El caballero de Anglante, su cuñado Olivero y Brandimarte saltaron en tierra, y levantaron su tienda hácia el lado oriental de la isla. Agramante llegó el mismo dia y acampó en el lado contrario; pero como se acercaba la noche, aplazaron la lucha para la siguiente aurora. Por unay otra parte se apostaron centinelas armados que custodiaron las tiendas hasta el nuevo dia.

Durante la noche pasó Brandimarte, con permiso de Orlando, al alojamiento de los sarracenos, con objeto de hablar al Rey de África, de quien habia sido amigo, y bajo cuyas banderas pasó en otro tiempo á Francia. Despues de haberse cambiado recíprocos saludos y muestras de deferencia, procuró el leal caballero, con amistosas razones, disuadir al Rey pagano del proyectado combate, prometiéndole en nombre de Orlando que se le restituirian todas las ciudades situadas entre el Nilo y las columnas de Hércules, con tal que creyese en el Hijo de Maria.

—El cariño que siempre os he profesado y os profeso todavía, me induce á daros este consejo; y podeis creer que lo considero excelente, cuando yo mismo lo he adoptado. Por fortuna mia he conocido que Jesucristo es el verdadero Dios, y Mahoma un insensato; y siendo así, me complacería en extremo veros, merced á mis esfuerzos, en el camino que yo sigo, que es el de la salvacion, y con vos á todos cuantos amo. En esto consiste vuestro bien; la mejor determinacion que podeis tomar es esta, pues cualquiera otra que adopteis no os valdrá tanto, y menos que todas la de combatir con el hijo de Milon; porque la utilidad de la victoria no podrá compararse con las desgracias que serán consecuencia de una probable derrota. Si salís vencedores, vuestras ventajas serán muy limitadas; al paso que si salís vencidos, os exponeis á sufrir mayores pérdidas. Aun cuando mateis á Orlando y á los dos que hemos venido á vencer ó morir con él, no creo que por esto logreis recobrar los dominios perdidos. Tampoco debeis esperar que nuestra muerte varíe el aspecto de las cosas; pues á pesar de ella, Cárlos no carecerá de guerreros que sepan defender hasta la última torre del país conquistado.

Así decia Brandimarte, y se manifestaba dispuesto á añadir otras razones no menos poderosas, cuando le interrumpió el pagano, diciéndole con voz airada y altivo rostro:

—En verdad que es temeridad ó locura la tuya y la de todo el que se permita dar buenos ó malos consejos á quien ni los pide ni los necesita. Hablando ingénuamente, debo decirte, que no sé cómo podré persuadirme de que el consejo que me das proceda del cariño que me has tenido y me tienes todavía, cuando te veo aquí en compañía de Orlando. Antes bien creeré que eres presa de aquel dragon que devora las almas y desea arrastrar contigo al mundo entero á la infernal mansion del dolor eterno. Dios, en sus altos juicios, tiene ya determinado concederme la victoria ó hacerme sufrir la derrota; reponerme en el trono de mis antepasados ó condenarme á vivir desposeido de él; pero ni á tí, ni á mí, ni á Orlando nos es dado prever lo que sobrevendrá. Suceda lo que quiera, no podrá obligarme el liviano temor á cometer una accion indigna de mi elevada alcurnia, y aun cuando estuviera seguro de morir, prefiero perder la vida antes que deshonrar mi sangre. Puedes ya retirarte, y si mañana no te muestras más experto en el manejo de las armas de lo que hoy me lo has parecido como orador, pobre compañía será la de Orlando!

Agramante pronunció estas últimas palabras con reconcentrada y sarcástica ira. Separáronse en seguida, y se entregaron al descanso hasta que el nuevo Sol salió de entre las olas. Apenas habia despuntado la aurora, cuando en un momento estuvieron todos cubiertos con sus armas y montados á caballo. Cambiaron entre sí muy escasas palabras, y sin ninguna dilacion, sin que precediera el menor intervalo, enristraron las lanzas para acometerse.

Pero me pareceria, Señor, cometer una falta imperdonable, si, por querer ocuparme exclusivamente de ellos, dejara á Rugiero tan abandonado en el mar, que al fin se ahogase. El esforzado jóven iba, segun os dije, empujando con piés y brazos las horribles olas. El viento y la tempestad se agitaban amenazadores en torno suyo, pero su propia conciencia le agitaba mucho más. Le aterraba la justa venganza de Jesucristo; pues como se habia cuidado tan poco de recibir el bautismo en las aguas puras y cristalinas del templo, cuando dispuso del tiempo necesario, temia á la sazon encontrarlo en aquellas aguas amargas y salobres. Entonces recordaba las promesas que tantas veces hizo á su amada, y el juramento que pronunció antes de empezar su combate contra Reinaldo, todo lo cual habia dejado sin cumplimiento. Arrepentido de sus culpas y lleno de remordimientos, rogó al Señor varias veces que no le hiciera sufrir allí el merecido castigo, ofreciéndole de todo corazon abrazar el cristianismo si fijaba en tierra su planta, y no volver á esgrimir espada ni lanza contra los fieles en favor de los moros, sino que regresaria presuroso á Francia y prestaria homenaje á Carlomagno, cumpliendo además los ofrecimientos hechos á Bradamante, y llegando cuanto antes al término honesto de sus amores.

Apenas hubo andado cien pasos cuando vió á un hermitaño.(Canto XLI.)

Apenas hubo andado cien pasos cuando vió á un hermitaño.(Canto XLI.)

Apenas pronunció este voto, sintió como por milagro que se acrecentaban sus fuerzas, al paso que decrecian las del viento. Al par de la fuerza renació su abatido ánimo: continuó azotando y hendiendo las olas, que se sucedian unas á otras sin intermision, y tan pronto le elevaban á considerable altura, como le hacian adelantar con su violento empuje. A fuerza de elevarse y descender alternativamente, y despues de mucha fatiga, logró por último tocar la playa, y salió, empapado en agua, á aquella parte del islote que se metia en el mar con inclinacion más pronunciada. Todoslos demás tripulantes del buque náufrago, vencidos por la fuerza incontrastable de las olas, quedaron al fin sepultados en ellas: Rugiero fué el único que se salvó en el solitario escollo, merced á la bondad divina.

A los pocos momentos de encontrarse en aquel monte inculto y salvaje al abrigo de los embates del mar, apoderóse de su alma un nuevo recelo, producido por el temor de verse aislado en tan reducidos límites y expuesto á perecer de hambre; sin embargo, se sobrepuso á aquel temor, indigno de su corazon indomable, y dispuesto siempre á sufrir cuanto el Cielo tenia prescrito, dirigió su intrépida planta por aquellas duras peñas, subiendo en derechura hácia la cumbre del monte. Apenas hubo andado cien pasos, cuando vió un hombre agobiado por la edad y la abstinencia, que por su traje y su aspecto parecia un eremita digno de respeto y veneracion. El anciano, al ver junto á sí á Rugiero, exclamó, repitiendo las palabras que el Señor dijo á San Pablo cuando le hirió con aquel golpe saludable:

—¡Saulo, Saulo! ¿por qué persigues mi fé?—Creiste pasar el mar sin pagar flete, defraudando las esperanzas de los otros: ya ves que Dios, cuya mano es muy larga, te ha alcanzado en el momento en que creias estar más lejos de él.

Y continuó hablando en estos términos el santo eremita, el cual habia tenido la noche anterior una vision, en que Dios le reveló que Rugiero se salvaria en el escollo con su ayuda, haciéndole sabedor tambien de la vida pasada y futura del jóven héroe, de la muerte funesta que le estaba reservada, y el destino de todos sus descendientes. El ermitaño estuvo algun tiempo reprendiendo severamente á Rugiero, pero despues le dirigió palabras consoladoras. Le reprendia porque habia ido difiriendo el momento de ponersu cuello bajo el suave yugo de himeneo, y porque, habiendo descuidado lo que debia hacer mientras era dueño de su albedrío y Cristo le atraia suplicante hácia sí, lo habia hecho despues de un modo menos meritorio, y solo cuando le vió venir amenazándole con su terrible azote. Le consoló despues, asegurándole que Cristo concede la gloria, tarde ó temprano, al que se la pide humilde; y le citó la parábola de los obreros del Evangelio que recibieron todos igual recompensa[154].

Mientras se encaminaban á la celda del ermitaño, que estaba abierta en el corazon de la roca, aquel santo varon fué iniciando á Rugiero, con caridad y con ferviente celo, en los preceptos de nuestra Santa Fé. Sobre la roca en que existia la celda, descollaba una pequeña capilla, bastante cómoda y bella, que miraba hácia el Oriente. Al pié de la capilla se veia un bosque, que iba á parar en descenso hasta la playa, y estaba poblado de laureles, enebros, mirtos y palmeras fructíferas y fecundas, regados siempre por una fuente cristalina, cuyas aguas caian murmurando desde la cumbre de la roca. Cerca de cuarenta años hacia que el ermitaño habitaba en aquel escollo, que le habia designado el Salvador como el lugar más á propósito para dedicarse á la vida contemplativa. Durante tanto tiempo su alimento consistió en las frutas que cogia de una ú otra planta y en agua pura; así es que frisaba en los ochenta años sin haber perdido su fuerza y su energía y exento de todo achaque.

Cuando entraron en la celda, se apresuró el anciano á encender un buen fuego, y puso en la mesa algunos frutos que Rugiero aceptó de muy buen grado, despues de secar su ropa y sus cabellos. Fué aprendiendo despues con másdespacio todos los grandes misterios de nuestra Fé, y al dia siguiente le bautizó el santo anacoreta con las aguas puras del manantial.

Rugiero se encontraba todo lo contento que era posible en aquella morada solitaria, y mucho más despues de haberle prometido el anciano que le enviaria de allí á pocos dias adonde tanto deseaba volver. Entre tanto pasaba agradables ratos hablando frecuentemente con el ermitaño, ora del reino de los cielos, ora de los asuntos que con él tenian relacion, y ora de su posteridad. El Señor, que lo sabe y lo ve todo, habia revelado al santísimo eremita que Rugiero pereceria siete años despues de haberse convertido á la fé cristiana; pues á consecuencia de la muerte que Bradamante dió á Pinabel y que se atribuyó á Rugiero, y á causa tambien de la de Bertolagio, le asesinarian los impíos maguntinos, quedando tan oculto este crímen, que no llegaria á noticia de nadie, porque sus matadores tendrian cuidado de enterrarle en el mismo sitio del asesinato. Por esta causa no podrá ser vengado, hasta transcurrido mucho tiempo, por su hermana y por su esposa, la cual, á pesar de hallarse en cinta, le irá buscando por diferentes países. Bradamante dará á luz un hijo en los bosques inmediatos al frigio Ateste, entre el Adige y el Brenta, al pié de aquellos collados que le parecieron al troyano Antenor tan amenos con sus minas sulfurosas, sus rios transparentes, sus campos plácidos y sus deliciosas praderas, que dejó por ellos voluntariamente el elevado Ida[155], el suspirado Ascanio[156]y el querido Xanto[157]. El hijo de Bradamante, llamado tambien Rugiero, crecerá adornado de belleza y de valor, y reconocidopor aquellos pueblos troyanos como descendiente de su propia raza, le elegirán por su jefe. Jóven aun, prestará á Cárlos su apoyo y sus útiles servicios en la guerra contra los lombardos, y en recompensa obtendrá á justo título el dominio de aquel país que para él será erigido en marquesado, y como Cárlos le dirá en latin:—Esteseñores aquí[158]—cuando le haga tal merced, aquella hermosa comarca tomará con propicio augurio el nombre de Este en el futuro siglo, perdiendo por consiguiente sus dos primeras letras el nombre de Ateste que antiguamente llevara.

El Señor predijo tambien á su siervo los efectos de la terrible venganza que sufririan los asesinos de Rugiero, el cual se apareceria en sueños á su fiel consorte poco antes de despuntar el dia, para indicarle el nombre de sus matadores, y mostrarle el sitio en que se hallará sepultado, y entonces Bradamante y su cuñada destruirán á sangre y fuego la ciudad de Poitiers. Su hijo Rugiero castigará tambien á los maguntinos en cuanto llegue á la pubertad. El Eterno habia hablado además al ermitaño de los Azzos, de los Albertos, de los Obizzos y de su ilustre descendencia, así como de Nicolás, Leonelo, Borso, Hércules, Alfonso, Hipólito é Isabel. Pero el santo anciano, que no podia decir cuanto sabia, refirió á Rugiero lo que creyó oportuno, guardando silencio sobre lo que no juzgó conveniente participarle.

Mientras tanto Orlando, Brandimarte y el marqués Olivero se precipitaban lanza en ristre contra el sarraceno Marte (que de tal modo se podia llamar á Gradasso) y contra los reyes Agramante y Sobrino, que á su vez corrian rápidamente á su encuentro, resonando la playa y el mar vecino con el estrépito producido por su carrera. Al primer encuentro, las lanzas volaron hasta las nubes hechas astitillas; el estruendo ocasionado por este choque hizo que el mar se hinchara, y que resonaran sus ecos hasta en las costas de Francia. Orlando dirigió su acometida contra Gradasso; por su valor eran dignos el uno del otro, pero el segundo pareció más resuelto y aguerrido, merced á la ventaja que le proporcionaba la posesion de Bayardo. El intrépido corcel chocó tan vigorosamente contra el caballo de Orlando, cuya resistencia era menor, que le hizo oscilar á uno y otro lado, y al fin cayó en el suelo cuan largo era. Orlando se esforzó tres ó cuatro veces en levantarle, castigándole con el acicate y con la mano; pero viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se apeó, embrazó el escudo y desenvainó á Balisarda.

Olivero y el Rey de África se embistieron, sin que de su encuentro resultase ventaja para ninguno de ambos. Brandimarte derribó á Sobrino del caballo, no pudiéndose averiguar si la culpa habia sido del ginete ó del caballo, pues Sobrino no solia caer tan fácilmente; pero ya tuviese la culpa el caballo, ya el ginete, el caso es que el sarraceno quedó debajo de su corcel. Al ver Brandimarte á su contrario en el suelo, no quiso renovar el ataque, sino que se lanzó contra Gradasso que acababa de dejar desmontado á Orlando.

La lucha entre el Marqués y Agramante continuaba como al principio: despues de haber roto sus lanzas contra los escudos, se acometieron espada en mano. Orlando, que no veia á Gradasso dispuesto á embestirle de nuevo, porque Brandimarte se lo impedia estrechándole y no concediéndole un momento de reposo, volvió la vista y vió á Sobrino, que estaba, como él, á pié y sin tener con quien luchar. Corrió á su encuentro, y al precipitarse sobre él, hasta el mismo Cielo se asustó de su terrible aspecto. Viéndose Sobrino atacado por un campeon tan formidable, empuñó con más fuerza las armas para resistir su acometida, y así como el nauta, contra el que se dirigen mugiendo las amenazadoras olas, presenta la proa á sus embates, y al ver cómo se hincha el mar, quisiera encontrarse en la tierra, del mismo modo opuso Sobrino su escudo á los desastrosos golpes de la espada de Falerina; pero era tan fino el temple de aquella Balisarda, que no habia armadura que le resistiera, y mucho menos estando manejada por un guerrero tan valeroso como Orlando, único en el mundo por su pujanza y denuedo. Aquel tajo atravesó el escudo, sin que de nada le sirviera estar reforzado por un círculo de acero: lo atravesó de parte á parte, y alcanzó el hombro de Sobrino, resguardado por una doble chapa de hierro y la cota de malla, á pesar de lo cual penetró en la carne causándole una profunda herida. Revolvióse colérico el sarraceno, pero en vano procuraba herir á Orlando, á quien el supremo Motor del cielo y de los astros habia concedido la gracia de la invulnerabilidad. El valeroso Conde descargó un nuevo tajo sobre su contrario, con intencion de separarle la cabeza del cuerpo: conociendo ya Sobrino el vigor del de Claramonte, y lo inútil que era parar sus golpes con el escudo, se hizo atrás, pero no lo suficiente para evitar que Balisarda le alcanzara en la frente. El golpe cayó de plano, pero fué tan tremendo, que le abolló el casco, le atronó la cabeza, y le hizo caer sin sentido en tierra, pasando mucho rato antes de que pudiera levantarse.

Creyendo el Paladin haber terminado la lucha con él, ó suponiendo que yacia muerto, corrió á atacar á Gradasso para impedir que hiciera sucumbir á Brandimarte; porque el pagano le aventajaba en armas, en espada, en caballo, y quizá tambien en pujanza. Montado el audaz Brandimarteen Frontino, aquel excelente corcel que perteneció á Rugiero, se portaba tan bien en su lucha con Gradasso, que no se advertia gran desventaja por su parte, y aun tal vez llevara lo mejor de la pelea si hubiese poseido una coraza tan bien templada como la del pagano; mas no siendo así, le era forzoso esquivar los golpes de su adversario, haciéndose á uno ú otro lado. No ha existido otro caballo que comprendiera mejor que Frontino los movimientos de su ginete: cual si estuviera dotado de inteligencia, sabia inclinarse á la derecha ó á la izquierda para evitar los tajos de Durindana. Agramante y Olivero continuaban por su parte luchando con encarnizamiento, demostrando que eran dos guerreros igualmente ejercitados en el manejo de las armas y poco diferentes en cuanto á vigor.

Orlando habia dejado, segun he dicho antes, á Sobrino tendido en el suelo, y deseando socorrer á Brandimarte en su combate parcial con el rey Gradasso, se adelantaba á pié y con la celeridad posible, cuando, próximo ya á acometer al pagano, vió vagar libremente por el campo el caballo de que fué derribado Sobrino, y deseando servirse de él, corrió á sujetarle. Lo consiguió sin dificultad; de un salto se acomodó en la silla, y sosteniendo la espada con una mano, cogió con la otra las lujosas riendas de aquel corcel. Gradasso vió la actitud de Orlando, y desafiando su furor, le llamó por su nombre, haciendo alarde de vencer por sí solo al Paladin, á Brandimarte y á su compañero. Dejando á Brandimarte, volvióse hácia el Conde, y le tiró una estocada que atravesó la armadura hasta tropezar en la carne, á tiempo que Orlando le descargaba un tremendo mandoble con su Balisarda; y como donde esta caia eran inútiles todos los encantos, bajó hendiendo el yelmo, el escudo, la coraza, el arnés, y todo cuanto halló á su paso, dejando herido al Rey de Sericania en el rostro, en el pecho y en el muslo, lo cual no le habia sucedido nunca desde que llevaba aquella armadura: por lo mismo le causó extrañeza, y sobre todo despecho y sobresalto, que aquella espada cortase de tal modo, á pesar de no ser su Durindana: si Orlando se hubiese hallado más cerca de su enemigo, era más que seguro que le habria hendido desde el cráneo hasta el vientre. Gradasso comprendió por semejante prueba, que no debia tener ya tanta confianza en la bondad de su armadura; así es que en adelante procedió con más prudencia y cautela de lo que solia, y estuvo más atento á parar los golpes. Brandimarte, á quien la intervencion de Orlando habia dejado sin adversario con quien combatir, se puso en medio de la liza para acudir en auxilio del que lo necesitara.

Hallándose en tal estado la batalla, el rey Sobrino volvió en sí y se levantó del suelo, donde habia permanecido hasta entonces, á pesar del fuerte dolor que sufria en la cara y en el hombro. Tendió la vista en todas direcciones, y observando el combate de su Señor, se dirigió hácia él con objeto de ayudarle; pero tan cautelosamente, que nadie lo notó. Colocóse detrás de Olivero, que tenia los ojos fijos en el rey Agramante sin cuidarse de otra cosa, y de una terrible cuchillada le desjarretó el caballo, que cayó en tierra instantáneamente. Olivero cayó tambien, y como aquel ataque habia sido tan imprevisto, se quedó con el pié izquierdo metido en el estribo y debajo del caballo, de suerte que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia para levantarse. Sobrino le descargó otra cuchillada de través, creyendo cortarle la cabeza; pero el acero quedó embotado en el yelmo terso y brillante, fabricado por Vulcano, que Héctor usó en otro tiempo.

Brandimarte vió el peligro que corria su compañero, y se lanzó á toda brida sobre el sarraceno, descargándole en la cabeza un mandoble que le hizo medir el suelo; pero el animoso anciano se levantó con prontitud, y volvió á acometer á Olivero con intencion de abrirle el camino de la otra vida ó de no permitirle al menos que se levantara. El campeon cristiano, que tenia expedito el mejor brazo y podia por lo tanto defenderse con su espada, la empezó á esgrimir con tal rapidez, que obligó á Sobrino á mantenerse á una respetuosa distancia: Olivero esperaba salir pronto de situacion tan embarazosa, si conseguia tener á raya un breve espacio á su enemigo, pues le veia tan empapado en sangre, y era tanta la que seguia derramando, que á su parecer pronto debia sucumbir, siendo tal su debilidad que apenas le permitia tenerse de pié. Olivero continuaba entre tanto haciendo los mayores esfuerzos para levantarse, pero su caballo permanecia inmóvil.

En el ínterin Brandimarte habia acometido al rey Agramante, cayendo sobre él como una furiosa tempestad: montado en aquel Frontino, que giraba como un torno, tan pronto le atacaba por delante, como por los lados. Si bueno era el caballo del hijo de Monodante, no era peor el del rey del Mediodia, que cabalgaba en Brida-de-oro, el soberbio corcel que le regalara Rugiero despues de habérselo conquistado al arrogante Mandricardo. La armadura de Agramante, buena y perfecta á toda prueba, era de un temple superior á la que Brandimarte cogió al acaso y tan precipitadamente como lo exigia la perentoriedad del tiempo, confiando en su esfuerzo para trocarla pronto por otra mejor, aun cuando el Rey africano le habia teñido en sangre el hombro derecho con una penetrante cuchillada, despues de tener otra herida de alguna consideracion en elcostado, causada por la espada de Gradasso. El amante de Flor-de-lis espió con tal cuidado los movimientos de su enemigo, que al fin halló modo de descargarle un tajo, que destrozándole el escudo, penetró en el brazo derecho, y le ocasionó una lijera herida en la mano; pero todo esto no era más que un juego ó un pasatiempo en comparacion de la lucha espantosa que sostenian Orlando y el rey Gradasso.

Este último habia casi desarmado al Paladin, cuyo casco estaba roto por la cimera y los lados; el escudo hecho pedazos en la pradera; la coraza y las mallas abiertas en muchos sitios; pero como era invulnerable, no habia podido herirle. Sin embargo, el estado á que Orlando tenia reducido á Gradasso era mucho peor; porque además de la primera herida, le habia inferido otras en el rostro, en el cuello y en medio del pecho. Desesperado el sarraceno al ver correr su sangre, mientras Orlando se conservaba incólume á pesar de tantos golpes, empuñó su espada con ambas manos, con el firme propósito de abrirle la cabeza, el pecho, el vientre y todo el cuerpo: cayó el acero tan de lleno y con tal furia sobre la frente del valiente Conde, que cualquier otro que no fuera Orlando habria quedado hendido de arriba á abajo; pero la espada volvió á levantarse tan luciente y tersa como si aquel golpe hubiera sido dado de plano. El Paladin quedó aturdido con la violencia del golpe, que le hizo ver mil estrellas en el suelo: soltó la brida, y habria soltado tambien la espada, á no tenerla sujeta á la muñeca por una cadenilla. Asustado el caballo que montaba Orlando con el estrépito de aquel golpe, echó á correr por la arenosa playa dando á conocer la velocidad de sus piernas, y sin que el Conde, privado todavía de sentido, pudiera refrenarle. Persiguióle Gradasso, y le habriaalcanzado fácilmente á poco más que hubiese excitado á Bayardo, cuando al volver la vista, vió en la situacion más apurada á Agramante, á quien el hijo de Monodante tenia sujeto con la mano izquierda, y despues de haberle desatado el casco, procuraba introducirle un puñal por la garganta: el monarca africano no podia oponerle resistencia alguna, por haber perdido su espada.

Dejando Gradasso la persecucion de Orlando, voló en auxilio de Agramante, y mientras el incauto Brandimarte, no creyendo que el Paladin dejara escapar al Rey de Sericania, estaba muy ajeno de que le atacara, y atendia únicamente á degollar á Agramante, llegó Gradasso, y empuñando su espada con ambas manos, descargó con toda su fuerza un descomunal fendiente sobre el yelmo del descuidado Brandimarte. ¡Oh Padre celestial! ¡Dígnate conceder un lugar entre tus elegidos á ese mártir de tu fé, que al llegar al término de su viaje borrascoso, recoge sus velas para siempre en el puerto! ¡Ah Durindana! ¿Has podido mostrarte tan cruel para con tu señor Orlando, que no tuviste reparo en inmolar ante sus mismos ojos al compañero más leal y más querido que tenia en el mundo? El círculo de hierro y de dos dedos de espesor que ceñia el yelmo quedó roto y partido por tan vigorosa cuchillada: igual suerte tuvo la cofia de acero que debajo de él estaba, y Brandimarte, con rostro pálido y desencajado, cayó al suelo de espaldas, regando la arena con el ancho raudal de sangre que se escapaba de su herida.

Al recobrar el Conde el sentido, volvió los ojos y vió á su Brandimarte en el suelo y á Gradasso sobre él, en actitud que indicaba claramente que habia sido su matador.

Ignoro si pudo más en Orlando el dolor ó la ira, perocomo no tenia tiempo para lamentarse, devoró su afliccion y dió rienda suelta á su inmensa cólera.

Mas tiempo es ya de terminar este canto.

Orlando alcanza la victoria.—Bradamante y Reinaldo se lamentan amargamente, la una por la ausencia de Rugiero, y por la de Angélica el otro.—Decídese Reinaldo á ir en busca de su amada, y encuentra en el camino al Desden que le protege.—A consecuencia de este encuentro, se dirige hácia Italia, donde le acoge placenteramente un caballero.

¿Qué duro freno, qué férreo nudo ó qué cadena de diamante, si forjarse pudiera, será bastante á contener la impetuosidad de tu cólera, de modo que su explosion no traspase los límites fijados de antemano, cuando veas á la persona por quien más cariño ó amistad siente tu corazon constante, expuesta á la deshonra ó á la muerte por efecto de la violencia ó de la perfidia? Si una justa indignacion inclina entonces tu ánimo á la crueldad y á la venganza, merece excusa, en este caso, porque la razon no ejerce imperio alguno en el pecho. Al ver Aquiles que Patroclo, llevando un falso almete, enrojecia el campo con su sangre, no se satisfizo con dar muerte á su matador, sino que llevó su venganza hasta el extremo de arrastrarle y hacerle pedazos[159].

Un furor parecido inflamó, invicto Alfonso, á vuestros soldados el dia en que os hirió una piedra en la frente, y al veros tan mal parado, creyeron que habíais exhalado el último aliento: fué tal el arrebato de su cólera, que ni las murallas, ni los fosos, ni los parapetos pudieron librar de ella á vuestros enemigos, todos los cuales perecieron á sus manos, en términos de no quedar uno solo para anunciar la derrota[160]. Caísteis herido, y vuestra caida fué causa del dolor que movió á los vuestros al furor y á la crueldad; si hubiérais permanecido á su frente, tal vez habrian refrenado su rencorosa saña. Bastaba á vuestra gloria haber recobrado la Bastia en menos horas que dias necesitaron para arrebatárosla las tropas cordobesas y granadinas; pero quizás la venganza divina permitió que en aquella ocasion os halláseis herido, á fin de que no pudiérais oponeros al castigo de los criminales y depravados escesos que aquellas tropas habian cometido poco tiempo antes, cuando el desventurado Vestidel, herido, casi exánime y desarmado, se entregó despues de vencido en manos de aquellos soldados, moriscos en su mayor parte, los cuales le dieron una muerte cruel, atravesándole con más de cien espadas. En resúmen, diré que no hay ira semejante á la que uno siente al presenciar un ultraje inferido á su señor, á su pariente, á su constante compañero. Por esta razon es justo y natural que Orlando sintiera su corazon poseido por una repentina cólera, al ver á su querido amigo Brandimarte tendido en el suelo sin vida á consecuencia de la horrible cuchillada que le descargara el rey Gradasso.

Así como un pastor trashumante blande colérico y rabioso su cayado contra la fugitiva y hórrida serpiente que le acaba de matar con sus dientes ponzoñosos al hijo que jugueteaba por la arena, del mismo modo blandió el señor de Anglante su cortadora espada, más temible que otra alguna: el primero que encontró al alcance de su brazo fué el rey Agramante, que ensangrentado, sin espada, con el escudo hecho pedazos, desatado el yelmo y lleno de heridas, se habia librado de las manos de Brandimarte, como se libra de las garras del azor el gavilan medio muerto, despues de haber dejado, envidioso ó atontado, la cola en poder de su enemigo. Atacóle Orlando, descargándole una cuchillada en el sitio en que la cabeza se une al cuerpo; y como el yelmo estaba desatado é indefenso el cuello, se lo cortó á cercen como si hubiera sido un endeble junco. El pesado tronco del monarca africano cayó, y fué á dar en la arena su última sacudida, mientras que su alma pasó á las cenagosas aguas del Infierno, donde la recogió Caronte con un garfio, pasándola á su barca.

Orlando se precipitó en seguida sobre el Sericanio, blandiendo su Balisarda, sin cuidarse más de Agramante. Cuando Gradasso vió caer al Rey de África con la cabeza separada del tronco, sintió lo que no habia sentido hasta entonces: tembló su corazon y palideció su rostro. Dominado por un triste presentimiento, se creyó ya vencido, al ver venir hácia él al caballero de Anglante; y aun no habia podido apercibirse á la defensa, cuando cayó sobre él el golpe mortal. Orlando le hirió en el costado derecho por debajo de la última costilla; y el acero, despues de atravesar las entrañas, salió más de un palmo por el costado izquierdo, teñido en sangre hasta la misma empuñadura, y demostrando claramente que la mano del guerrero másvaleroso y audaz del universo habia dirigido la estocada que arrancó la vida al más fuerte y decidido de todos los paganos.

Poco satisfecho el Paladin con tal victoria, saltó rápidamente del caballo, y con el rostro turbado y lloroso, acudió con prontitud adonde yacia Brandimarte. La tierra estaba inundada de sangre en torno suyo; el yelmo, que parecia abierto de un hachazo, tal vez le habria defendido lo mismo si hubiese sido más quebradizo que una corteza. Orlando se apresuró á quitar el casco á Brandimarte, y vió con horror que este tenia la cabeza partida desde el cráneo hasta la boca entre una y otra ceja: sin embargo, conservaba aun bastante aliento para pedir hasta el último instante al Rey del Paraiso la remision de sus pecados; para aconsejar al Conde, cuyas mejillas surcaba el llanto, que tuviera paciencia, y para decirle:

—Orlando, tenme presente en tus oraciones, tan agradables á Dios; te recomiendo tambien á mi Flor de...

No pudo concluir de pronunciar aquel nombre y expiró. Al mismo momento se oyeron sonar en el espacio las gratas voces y armoniosos cantos de los ángeles que recogian su alma, la cual, desligada de su corpóreo velo, subió á las regiones celestiales entre dulcísimas melodias. Aunque Orlando debia manifestarse contento por tan devoto fin, y estaba seguro de que Brandimarte habia volado á más feliz morada, puesto que vió el Cielo abierto para él, sin embargo, su condicion humana, frágil por naturaleza, no le permitió contemplar, sin llanto en los ojos, la pérdida del jóven guerrero, á quien queria más que á un hermano.

Entre tanto Sobrino yacia tendido en el suelo, derramando por sus heridas tan copiosa sangre, que debia tener ya casi exhaustas las venas. Olivero continuaba en su violenta posicion, sin haber logrado levantarse ni sacar su pié, dislocado y casi roto por el peso del caballo; y si su cuñado no acudiera á ayudarle á pesar del llanto y la afliccion que le embargaba, no habria podido retirarlo por sí mismo, pues sufria dolores tan crueles, que aún despues de levantarse, le fué imposible apoyarse en él: tenia además la pierna tan entumecida, que necesitaba apoyo para dar algunos pasos.

Una victoria semejante causaba poca satisfaccion á Orlando, pues vino á amargarla la muerte de Brandimarte y la poca seguridad que ofrecia la vida de su cuñado. Acercóse á Sobrino, que, si bien respiraba todavía, estaba tan empapado en sangre propia, que el velo de la muerte iba tendiéndose sobre sus ojos. El Conde hizo que le atendieran y curaran esmeradamente sus heridas, y procuró consolarle con palabras afectuosas, como si le hubieran unido á él los lazos del parentesco: el bravo Paladin, tan terrible en los combates, se mostraba lleno de clemencia y humanidad despues de la victoria. Recogió las armas y caballos de los muertos, y abandonó á sus escuderos los restantes despojos.

Federico Fulgoso manifiesta alguna duda con respecto á la veracidad de esta parte de mi historia, y asegura que habiendo recorrido con su armada todas las costas de Berbería, llegó á esta isla y la encontró tan salvaje, tan montuosa y desigual, «que no existe, dice, en toda su extension un solo sitio llano donde fijar la planta;» por lo cual cree inverosímil que, en tan escabroso escollo, pudieran combatir á caballo los seis mejores guerreros del mundo. Para semejante objecion solo tengo una respuesta: en aquel tiempo existia en el interior de la isla una plazoleta de las más á propósito para este género de luchas; pero un temblor de tierra ocurrido poco despues hizo pedazos un peñasco, cuyos fragmentos cubrieron por completo aquella llanura. Así, pues, ¡oh luz radiante de la Fulgosa estirpe, antorcha serena y esplendorosa! si por esto me has censurado tal vez en presencia de aquel invicto capitan á quien debe vuestra patria su actual reposo, abandona tu malevolencia, trocándola en cariño, y apresúrate á decirle, como te lo suplico, que tampoco he faltado ahora á la verdad.

En aquella ocasion, dirigió Orlando sus miradas hácia el mar, y vió que una embarcacion ligera se adelantaba rápidamente y á toda vela, con intencion, al parecer, de fondear en la isla. En este momento no os diré quien iba en ella, porque más de una persona me espera en otra parte. Veamos si en Francia estaban contentos ó tristes despues de haber expulsado á los sarracenos, y veamos lo que hace aquella fiel amante al ver alejarse de ella á su adorado.

Me refiero á la acongojada Bradamante, que despues de haber presenciado la violacion del juramento que Rugiero hizo pocos dias antes en presencia de las huestes cristianas y sarracenas, no sabia ya en qué fijar su esperanza, al ver que aquella le habia salido fallida. Desesperada por esta nueva decepcion, reprodujo sus antiguos llantos y querellas; volvió segun su costumbre á acusar de cruel á Rugiero y de duro y despiadado á su destino, y dando rienda suelta á su dolor, tachó al Cielo de injusto, débil é impotente, porque toleraba tal perjurio sin dar muestras inequívocas de su desagrado. Prorumpió despues en ágrias acusaciones contra Melisa, y maldijo tambien al oráculo de la gruta, porque sus afirmaciones engañosas la habian sumergido en el mar de los amores, en el cual se veia próxima á perecer. Haciendo á Marfisa partícipe de su afliccion, volvió á lamentarse con ella amargamente de la conducta de Rugiero, que tan impíamente habia faltado á sus promesas, ycon ella procuró desahogarse, pidiéndole auxilio contra su propia desesperacion.

Marfisa se limitó á encogerse de hombros y á prodigarle los más tiernos consuelos, única cosa que podia hacer, diciéndole que no creia á Rugiero tan pérfido que prolongara mucho tiempo su ausencia; pero que si no volvia, le daba su palabra de que no sufriria tan punible falta, pues estaba dispuesta á hacerle cumplir lo prometido, ó á castigarle con las armas en la mano. De este modo hizo que Bradamante refrenara un poco su dolor; tan cierto es que las penas se mitigan cuando encuentran un corazon amigo donde desahogarse.

Ya que hemos visto á Bradamante en medio de su afliccion llamando á Rugiero perjuro, impío y soberbio, veamos ahora si era mejor la suerte de su hermano, que no tenia en su cuerpo vena ó nervio, hueso ó médula que no sintiera el hálito ardiente de la llama del amor. Me refiero á Reinaldo, el cual, segun sabeis, estaba enamorado en extremo de Angélica la bella, aunque no era tanto la hermosura de esta jóven como la fuerza de los encantamientos lo que le habia hecho caer en las redes de Cupido. Mientras los demás paladines disfrutaban tranquilamente de un reparador sosiego despues de haber aniquilado las fuerzas de los moros, él era el único de los vencedores que se entregaba á la pesadumbre causada por su amoroso quebranto. Cien mensajeros habian partido por órden suya en busca de Angélica, y él mismo hizo algunas pesquisas con este objeto; pero al fin tuvo que recurrir á Malagigo, cuyo auxilio le habia sido tan útil en distintas ocasiones, y le reveló su amor con los ojos bajos y frente ruborosa, rogándole que le indicase el punto donde á la sazon se encontraba su deseada Angélica.

Malagigo oyó con el mayor asombro esta confesion, pues sabia que Reinaldo habia despreciado repetidas veces la posesion de la jóven con que ella misma le brindara, y aun él mismo habia hecho y dicho entonces cuanto pudo, empleando los ruegos y hasta las amenazas, para inducirle á que correspondiera á los deseos de Angélica, sin haber podido conseguirlo, á pesar de que de la aquiescencia de Reinaldo dependia la libertad de Malagigo. A la sazon le veia anhelar lo mismo que habia rechazado, cuando ni podia servir á nadie de utilidad, ni tenia un motivo tan poderoso para ello: por esta causa le dijo, que recordara cuán sin razon le habia ofendido en otro tiempo tratándose de este mismo asunto, y cuán cerca estuvo de perecer en una oscura prision por efecto de sus desdenes.

Sin embargo, cuanto más importunas parecian á Malagigo las súplicas de Reinaldo, tanto más le patentizaban la intensidad de su pasion. Los ruegos del Paladin no fueron inútiles, pues lograron que Malagigo sepultara en el océano del olvido sus antiguos resentimientos, y que se dispusiera á prestarle el auxilio reclamado: aplazó, sin embargo, su respuesta decisiva, aunque le hizo más llevadera esta demora con la esperanza de que le seria favorable, asegurándole que pronto le diria la residencia de Angélica, bien fuese en Francia ó bien en otra parte.

Malagigo pasó en seguida á una gruta situada entre dos montañas inaccesibles, donde solia conjurar á los demonios: abrió allí su libro, evocó en tropel á los espíritus infernales, y al presentarse estos, llamó al que estaba al corriente de los casos de amor, preguntándole la causa de que Reinaldo, cuyo corazon era antes tan duro, le tuviera entonces tan blando y asequible al amor. El demonio consultado le explicó la virtud de aquellas dos fuentes, una delas cuales encendia el fuego de la pasion, al paso que la otra lo extinguia, añadiendo que el mal que causaba la una no podia remediarse de otro modo sino bebiendo las aguas de la otra que corrian en direccion opuesta. Malagigo supo por el mismo espíritu, que habiendo bebido Reinaldo en la fuente que inspiraba la aversion, se mostró obstinado y reácio á los incesantes ruegos de la hermosa Angélica; pero bebiendo despues, por su mala estrella, el amoroso fuego de la otra, volvió á amar, en virtud del influjo de aquellas aguas, á la misma que tan implacablemente habia rechazado hasta entonces. Su mala estrella y peor destino le llevaron á beber la llama de aquel helado manantial; pues acercándose Angélica casi al mismo tiempo á apagar su sed en el otro, privado de dulzura, sintió de improviso su corazon tan radicalmente curado de su amor, que desde entonces huyó del Paladin como podria huir de una serpiente: en cambio Reinaldo la amó con tanta vehemencia cuanto mayor era el ódio y el despego que hasta entonces sintiera por ella.

Aquel espíritu instruyó perfectamente á Malagigo de cuanto tenia relacion con el anómalo estado de Reinaldo, y le participó asimismo que Angélica, despues de entregarse á un jóven africano, abandonó las regiones de Europa, zarpando de las costas españolas á bordo de las atrevidas naves catalanas, y dirigiendo su rumbo á la India á través de las veleidosas olas.

Cuando Reinaldo se presentó á su primo en busca de la respuesta prometida, esforzóse Malagigo en disuadirle de su amor hácia Angélica, diciéndole que se habia convertido en esclava de los caprichos de un vil pagano, y que á la sazon se hallaba tan lejos de Francia, que era imposible seguir sus huellas, pues iba navegando en compañía de Medoro con direccion á su país natal. La partida de Angélica no habria parecido por sí sola una cosa muy grave á su animoso amante, ni le habria turbado el sueño ó hecho desistir del propósito de ir hasta el Oriente en su busca; pero al saber que un sarraceno habia cogido antes que él las primicias de su amor, sintió tal pasion y desconsuelo, que en toda su vida se vió tan desesperado.

No pudo contestar una sola palabra: un temblor convulsivo estremeció su corazon y sus lábios: se le trabó la lengua, y sintió su boca tan amarga como si hubiera apurado un ponzoñoso brevaje. Alejóse bruscamente de Malagigo, y arrastrado por sus furiosos celos, determinó pasar á Oriente, despues de haber derramado copioso llanto y de dar libre curso á sus quejas y lamentos.

Pidió licencia al hijo de Pepino para emprender aquel viaje, alegando como pretexto el deseo de recobrar su caballo Bayardo, que Gradasso le habia robado menospreciando las reglas de caballería, por lo cual su honor exigia que le persiguiera, á fin de impedir que el falaz sarraceno llegara á alabarse de haberlo arrebatado, con las armas en la mano, á un paladin francés. Cárlos le concedió la licencia que pedia para ausentarse, á pesar del profundo sentimiento que tanto á él como á toda la Francia causaba la partida del Paladin; pero como le pareció justa y honrosa su demanda, no supo negarse á ella.

Dudon y Guido quisieron acompañarle; mas Reinaldo desechó la oferta de uno y otro, y se alejó enteramente solo de Paris, exhalando contínuos suspiros y entregado á su amoroso quebranto.

No podia apartar de su memoria el penoso recuerdo de las innumerables veces que pudo haber disfrutado de los encantos de Angélica, mientras que él, obstinado y loco,rechazó constantemente los halagos de tan rara beldad; entonces desperdició las ocasiones más propicias de gustar un placer que siempre rechazaba, y ahora se daria por muy satisfecho con poder disfrutarlo un solo dia, aunque despues le costase la vida.

Constantemente le tenia preocupado la idea, que no se apartaba un momento de su imaginacion, de cómo podia ser que un pobre soldado borrase del corazon de Angélica el recuerdo del amor y del mérito de sus primeros adoradores.

Agitado por tales pensamientos, que le destrozaban el pecho, tomó Reinaldo el camino de Levante, y pasó por el Rin y Basilea, hasta llegar á la gran selva de las Ardenas. Despues de haber andado muchas millas por aquel bosque lleno de aventuras, lejos de ciudades y castillos, y por donde el terreno era más áspero y peligroso, vió que el cielo se cubria de improviso con negras nubes, que ocultaban la luz del Sol, á tiempo que salia de una caverna oscura un mónstruo extraordinario con figura de mujer. Tenia en la cabeza mil ojos desprovistos de párpados; no podia cerrarlos, ni creo que durmiese nunca: el número de sus oidos igualaba al de sus ojos; en vez de cabellos, rodeaba su cabeza una multitud de serpientes; y por cola ostentaba una serpiente mayor y más horrible, que despues de rodearle el pecho, se enroscaba por el cuerpo, formando inextricables anillos. Aquel sér espantoso habia salido al mundo, procedente de las regiones infernales.

Sucedióle entonces á Reinaldo lo que no le habia sucedido en mil y mil empresas: al ver que el mónstruo se preparaba á acometerle y se adelantaba á su encuentro, sintió circular por sus venas un terror tan desusado, que no podia siquiera compararse con el que sienten los más cobardes enpresencia del peligro: sin embargo, fingió un ardimiento que estaba lejos de poseer, y empuñó la espada con mano temblorosa. El mónstruo se lanzaba al combate de un modo que revelaba su experiencia y su pericia en las luchas: vibró en sentido vertical su venenosa serpiente, y embistió en seguida á Reinaldo, dando grandes saltos y amenazándole por cien lados á la vez. En vano era que el Paladin, indeciso y vacilante, le descargara numerosos tajos á diestro y siniestro; ninguno de ellos podia herirle. Unas veces le aplicaba el mónstruo su serpiente contra el pecho, haciéndole sentir su helado contacto bajo la armadura y hasta en el mismo corazon: otras, la introducia por la visera del casco, deslizándola por el cuello ó por el rostro del guerrero, que renunciando á sostener aquella lucha, intentó escapar clavando desaforadamente los acicates en los hijares de su corcel; pero la furia infernal, que no parecia coja, de un solo salto se lanzó sobre la grupa del caballo.

Por más que Reinaldo se revolvia á la derecha, á la izquierda y á todos lados, no podia desprenderse de aquel sér maldito, ni sabia qué medio arbitrar para alejarlo de su lado, viendo que de nada le servian los saltos y carreras de su corcel. El corazon del Paladin temblaba como la hoja en el árbol, no porque la serpiente le causara herida alguna, sino porque le hacia sentir tal horror y tal aversion, que, á pesar suyo, se estremecia, suspiraba y hasta se arrepentia de vivir. En tanto iba atravesando desatentado y frenético los senderos más tenebrosos, los sitios más agrestes de aquel intrincado bosque, por donde eran más ásperas sus quebraduras, y por donde el terreno llano estaba más cubierto de espinas y maleza y más profunda era la oscuridad, esperando librarse de este modo de aquel mónstruo hediondo, abominable y hórrido, y habria corrido un inminente riesgo de perecer, si no recibiera á tiempo un pronto auxilio; pero lo socorrió oportunamente un caballero, cubierto con una armadura tersa y brillante, que usaba por cimera un yugo roto, y en cuyo escudo se veian pintadas encendidas llamas sobre fondo amarillo, divisa que tambien ostentaba en su lujosa vestidura y en la manta del caballo: llevaba empuñada su lanza, la espada al cinto, y la maza de armas, despidiendo fuego, pendiente del arzon de la silla. Aquella maza estaba llena de un fuego eterno, que ardia continuamente sin consumirse nunca: el broquel más duro, la coraza de mejor temple, ó el casco más reforzado no podian resistir sus golpes; por lo cual era forzoso dejar el paso franco á aquel caballero por donde quiera que girara su inextinguible antorcha, siendo su auxilio el más á propósito para librar á nuestro guerrero de las manos del asqueroso mónstruo.

Cual convenia á un caballero de ánimo varonil, corrió el desconocido á rienda suelta hácia el sitio de donde salia aquel rumor, hasta que descubrió al mónstruo enlazando á Reinaldo con los anillos de su serpiente y haciéndole sentir calor y frio á un tiempo mismo, sin que el Paladin pudiera desembarazarse de él, á pesar de todos sus esfuerzos. Lanzóse el caballero sobre aquel sér extraordinario, y descargándole un golpe en el costado, le hizo caer sobre el lado derecho; pero apenas tocó en el suelo, se irguió con presteza y empezó á girar y vibrar de nuevo su temible serpiente. El caballero renunció entonces á hacer uso de su lanza y apeló al fuego para combatirle: empuñó la maza, y sacudiéndole con ella innumerables golpes, más espesos que el granizo, no le dió tiempo siquiera para que le acometiese á su vez. Mientras el guerrero incógnito obligaba á retroceder ó mantenia á raya al horrendo animal, hiriéndole y vengando de esta suerte mil injurias, aconsejaba al Paladin que se alejara por el sendero que subia hasta la cumbre de la montaña: Reinaldo siguió el consejo y el camino designado, y sin volver una sola vez la cabeza para mirar atrás, no cesó de andar hasta perderle de vista, á pesar de lo áspera y difícil que era la ascension de aquella eminencia.

Cuando el caballero hubo obligado al mónstruo infernal á guarecerse en su oscura caverna, donde quedó royéndose y desgarrándose á sí mismo, y vertiendo eterno llanto por sus mil ojos, subió por aquella cuesta tras de Reinaldo, con objeto de servirle de guia, le alcanzó en la cumbre y se reunió con él á fin de sacarle fuera de aquellos sitios agrestes y sombríos. Apenas le vió el Paladin á su lado, se apresuró á manifestarle su vivo agradecimiento, diciéndole que se consideraba obligado á perder su vida por él donde quiera que se encontrase. Despues le rogó que le dijera su nombre, á fin de conocer al que le habia dado tan generosa ayuda, y de ensalzar cual merecia su bondad sublime en presencia de Carlomagno y de los campeones franceses. El caballero respondió:

—No lleves á mal que por ahora te oculte mi nombre; pero prometo revelártelo antes de que la sombra haya crecido un paso, demora que no debe parecerte larga.

Siguieron caminando juntos hasta llegar á un fresco manantial, cuyo dulce murmullo solia atraer á los viandantes y pastores, que acudian á beber en sus linfas transparentes el amoroso olvido. Aquellas eran, Señor, las heladas aguas que apagaban el fuego del amor: al beberlas, nació en el corazon de Angélica el ódio constante que desde aquel momento tuvo á Reinaldo. Si Angélica le habia desagradado tanto anteriormente y si encontró en él un ódio tan tenaz,no consistió, Señor, en otra causa que en la de haber bebido Reinaldo aquellas aguas.

Al encontrarse el caballero que acompañaba á Reinaldo junto á la orilla del manantial, detuvo su corcel jadeante de cansancio, y dijo:

—No haremos mal en reposar aquí un momento.

—No haremos sino muy bien, respondió Reinaldo; pues además de que va apretando el calor del medio dia, me encuentro tan asendereado de resultas de mi combate con aquel mónstruo, que disfrutaré con placer algunos instantes de tranquilo reposo.

Apeáronse ambos de sus caballos, dejándoles pastar libremente por la floresta: tan pronto como fijaron la planta entre las florecillas de variados colores que esmaltaban el suelo, se quitó cada cual su yelmo, y Reinaldo, abrasado por el calor y por una sed ardiente, corrió al líquido cristal, apagando á la vez la sed y el amor que le devoraban, al primer sorbo que dió en las heladas ondas.

Cuando el otro caballero vió que Reinaldo retiraba del agua sus lábios, alejando arrepentido de su mente hasta el menor rastro de aquel insensato deseo que le inspiraba Amor, se levantó erguido, y con semblante grave y altanero le dijo lo que se negó á revelarle poco antes.

—Sabe, Reinaldo,—exclamó—que me llamo el Desden, y que he venido tan solo para romper un yugo indigno de tí.

Apenas pronunció estas palabras, desapareció de improviso, y su caballo con él.

Reinaldo consideró como un milagro esta brusca desaparicion: dirigió la vista á todas partes diciendo: ¿Dónde se halla? y quedó entregado á la mayor indecision, sin poder adivinar si todo aquello habia sido efecto de algun sortilegio,merced al cual Malagigo le habria enviado uno de sus ministros infernales para que rompiera las cadenas que le habian tenido aprisionado tanto tiempo, ó si consistiria en que Dios, en su inefable bondad, le habria mandado desde las regiones celestiales un ángel que le curara de su ceguera, como en otro tiempo envió al arcángel á curar á Tobías.

Fuese ángel, demonio ú otra cosa el sér que le habia devuelto su libertad, el Paladin no pudo menos de dar las gracias y alabar la benéfica accion de aquel caballero, de quien solo sabia que acababa de curar su corazon de sus amorosas ánsias. En el acto sintió renacer su antiguo ódio hácia Angélica, pareciéndole sumamente indigna, no ya de ir á buscarla hasta tan lejos, sino de andar siquiera media legua por ella. Sin embargo, perseveró en su propósito de pasar á la India con objeto de recobrar á su Bayardo en el reino de Sericania, tanto porque su honor se lo exigia, cuanto porque así se lo habia anunciado al Emperador.

Entró al dia siguiente en Basilea, donde poco tiempo antes habia llegado la noticia del combate que debia sostener Orlando contra los reyes Gradasso y Agramante. La noticia de esta lucha no se sabia por aviso del Conde, sino por haberla circulado como verídica un viajero procedente de Sicilia. Reinaldo, que deseaba hallarse al lado de Orlando en aquella batalla, vió con disgusto la gran distancia que de él le separaba, y por lo tanto, emprendió la marcha con toda premura, cambiando de guias y caballos de diez en diez millas, y aumentando la rapidez de su viaje tanto como le era posible. Pasó el Rhin por Constanza, y sin detenerse un momento, atravesó volando los Alpes, entró en Italia, dejó atrás á Verona y Mantua, y llegó á las orillas del Pó, pasándolo con toda precipitacion.

Llegaba el Sol al término de su carrera y aparecia ya la primera estrella en el Cielo, cuando, mientras estaba Reinaldo á la orilla del rio, vacilando entre si deberia mudar de caballo, ó detenerse hasta que las sombras huyesen ante la nueva aurora, vió que se llegaba á él un caballero de bondadoso aspecto y agradable semblante, el cual, despues de saludarle, le preguntó si era casado. Reinaldo respondió, bastante sorprendido al oir tal pregunta:

—Estoy, en efecto, sometido al yugo de himeneo.

El caballero repuso:

—Me alegro mucho de que así sea.

Y con objeto de explicar la causa de su pregunta, añadió:

—Ruégote que te dignes aceptar la hospitalidad que para esta noche te ofrezco en mi morada, y te haré ver una cosa que merece llamar la atencion de todo el que viva con una mujer.

Reinaldo, ya fuese porque el cansancio producido por su precipitado viaje le invitara el reposo, ó ya porque el deseo de ver y oir contínuas aventuras era innato en él, aceptó la oferta del caballero y echó á andar en su compañía.

Apenas se hubieron alejado un tiro de saeta del camino, se encontraron delante de un gran palacio, de donde salió una multitud de escuderos iluminando con antorchas sus inmediaciones. Entró Reinaldo en aquel edificio, y dirigiendo la vista en torno suyo, quedó sorprendido ante su magnificencia desusada, y ante sus bellas y bien entendidas formas arquitectónicas; riqueza, lujo y dispendios que no correspondian á un simple particular. Piedras combinadas de jaspe y pórfido formaban el elegante arco de entrada: las puertas eran de bronce con figuras cinceladas, que parecian moverse y respirar. Atravesábase despues un pórticoformado de admirables mosáicos que recreaban la vista, y desde él se pasaba á un patio cuadrado, que tenia en cada uno de sus lados una galería de cien brazas de longitud. A cada una de estas galerías daba acceso una puerta, y entre esta y la galería descollaba un arco, desiguales todos en anchura, pero semejantes en cuanto á la variada ornamentacion con que los habia engalanado un artista hábil y prolijo. Desde cada arco se entraba en la respectiva galería por una rampa tan suave, que una acémila cargada podria subir sin dificultad por ella: al extremo de la rampa, se encontraba otro arco, y todos ellos precedian á un salon. Los arcos superiores adelantaban tanto su bóveda, que cubrian con ellas las anchurosas puertas, y cada uno de ellos estaba sostenido por dos columnas, de bronce ó de mármol.

No acabaria nunca, si pretendiera describir en todos sus detalles las suntuosas habitaciones de aquel palacio, ni cuanto, además de lo que se veia, habia construido el hábil arquitecto debajo de tierra. Las elevadas columnas, los capiteles de oro que servian de sostenimiento á ricos artesonados, recargados de pedrerías, los mármoles más peregrinos en que una diestra mano habia esculpido caprichosos adornos, las pinturas, las molduras, y otros mil detalles, cuya mayor parte no podia verse á causa de la oscuridad, probaban que los tesoros de dos reyes juntos no habian bastado para costear la construccion de tan soberbio edificio.

Entre los ricos, bellos y numerosos adornos que abundaban en aquella deliciosa mansion, descollaba una fuente, cuyas aguas fresquísimas y abundantes formaban una multitud de bulliciosos arroyuelos: allí era donde los pajes habian colocado las mesas, pues estaba en medio del patio á igual distancia de las galerías, y desde ella se veian las cuatro puertas del magnífico palacio. Un artista diligente yentendido habia construido aquella fuente, de un trabajo prolijo al par que elegante: tenia la forma de un pabellon ó templete octogonal, coronado por un cielo de oro, cuya parte interior estaba esmaltada de variados colores; ocho estátuas de mármol blanco sostenian aquel cielo con el brazo izquierdo. El ingenioso escultor habia puesto en la mano derecha de cada estátua el cuerno de Amaltea, del cual caia el agua con delicioso murmullo en un recipiente de alabastro. Aquellas ocho estátuas representaban otras tantas matronas, y aun cuando todas diferian en el rostro y en los trajes, eran iguales en gracia y en belleza. Cada una de ellas tenia apoyados los piés en otras dos bellas figuras de menor tamaño, que con la boca entreabierta daban á entender el deleite que les causaba el canto y la armonía: su actitud parecia indicar que cifraban todo su estudio y su trabajo en cantar las alabanzas de las hermosas damas colocadas sobre sus hombros, como si realmente fuesen aquellas cuyas facciones reproducian.


Back to IndexNext