CANTO XLIII.

Las estátuas inferiores sostenian tambien grandes cartelones donde, entre pomposas alabanzas, se leian los nombres de las figuras superiores. Dichos cartelones contenian asimismo, aunque algun tanto apartados de los otros, los de las figuras pequeñas trazados con caractéres legibles. Reinaldo examinó á la luz de las antorchas aquellas damas y caballeros uno por uno. La primera inscripcion en que fijó la vista nombraba con mucho elogio á Lucrecia Borgia, cuya belleza y honestidad deben anteponer sus compatriotas los romanos á las de la antigua matrona del mismo nombre. Los dos caballeros que tenian á bien sostener tan excelente y honrosa carga eran, segun la leyenda, Antonio Tebaldeo y Hércules Strozza: émulo de Lino el primero, y rival de Orfeo el segundo.

No menos airosa y bella era la estátua siguiente, en cuyo cartel se leia: «Esta es Isabel, hija de Hércules; la ciudad de Ferrara se considerará mucho más feliz por haberla visto nacer en su seno, que por cualquier otro favor que, durante el rápido transcurso de los años, deberá concederle la fortuna benigna, propicia y bienhechora.»—Los dos caballeros que la servian de sosten, mostrando en su actitud el vehemente deseo de que resonara siempre la gloria de Isabel, se llamaban ambos Juan Jacobo, Calandra el uno y Bardelone el otro.

En el tercero y cuarto lados del octógono, donde el agua salia del pabellon por estrechas canales, se elevaban dos damas, cuya patria, estirpe y fama les era comun, así como eran iguales en belleza y elevado ánimo. Llamábase la una Isabel; Leonor la otra, y segun manifestaba la marmórea inscripcion, por ellas deberia adquirir tanta gloria la tierra de Manto, que no se envanecerá tanto de haber sido la patria de Virgilio, cuya circunstancia la honra en extremo, como de haber visto nacer en su seno á estas princesas. Tenia la primera al pié de la veneranda orla de su vestido á Jacobo Sadoleto y Pedro Bembo: un elegante Castiglione y un culto Muzio Arelio servian de pedestal á la segunda. Tales eran los nombres desconocidos entonces, y hoy tan famosos, que se veian esculpidos en el bello mármol.

Vieron despues á aquella, á quien el Cielo dotará con tantas perfecciones cuantas el próspero ó adverso destino haya prodigado á dama alguna en el transcurso de los siglos. La inscripcion de oro indicaba que aquella princesa era Lucrecia Bentivoglio, y entre otras muchas alabanzas, afirmaba que el duque de Ferrara se mostraria contento y orgulloso de ser su padre. Un Camilo cantaba sus perfeccionescon voz sonora y halagüeña, que escuchaban el Reno y Felsina con tanta atencion y asombro, como en otro tiempo escuchó el Anfriso[161]los cánticos de su pastor; y las cantaba tambien aquel poeta por quien la comarca donde el Isauro derrama sus dulces aguas en mayor vaso[162]será mucho más famosa desde la India á la Mauritania y desde las regiones australes hasta las hiperbóreas, que por haberse pesado en ella el oro romano cuya circunstancia le dió perpétuo nombre: me refiero á Guido Postumo, á quien Palas y Febo ceñirán las sienes con doble corona.

La dama que sigue en órden á las precedentes es Diana. «No la juzgueis por la altivez de su semblante, decia la marmórea inscripcion; pues su corazon será tan bondadoso como bello su rostro.»—El docto Celio Calcagnin extenderá con armoniosos acentos la fama y el glorioso nombre de esta princesa hasta el reino de Moneso y el de Juba, la India y la España; al mismo tiempo que un Marco Cavallo hará brotar por ella en Ancona un raudal de poesía tan abundante como el que hizo salir el caballo alado en el monte, no sé si del Parnaso ó de Helicona.

Al lado de estos elevaba su magestuosa frente Beatriz, cuyo escrito hacia su elogio en estos términos:—«Beatriz labrará la dicha de su esposo mientras viva, pero la muerte de esta princesa ocasionará la ruina de su consorte y la de toda la Italia, que siendo vencedora con ella, gemirá sin ella en la esclavitud.»—Un señor de Correggio y un Timoteo, honor de los Bendedei, parecian escribir las glorias de Beatriz en cadenciosas rimas; los sonidos de las dulcísimas liras de uno y otro obligarán á detener su curso paraescucharlos al rio donde sudaron los antiguos electros.

Entre el lado que ocupaban estas estátuas y el de la columna en que estaba representada la Borgia, se veia esculpida en alabastro una gran dama de tan noble y magestuoso porte, que, á pesar de estar velada por un transparente tul, y de vestir un ropaje negro y sencillo, sin ninguna clase de adornos, brocados de oro ni joyas, sobresalia por su belleza entre las otras figuras más engalanadas, como sobresale entre todas la estrella de Venus. Cuanto más fijamente se contemplaba su rostro, menos se podia conocer lo que dominaba con preferencia en él; si la gracia ó la belleza, la magestad ó el ingenio y la modestia.—«El que pretenda cantar cual corresponde las virtudes de esta dama, decia el tallado mármol, acometerá la más digna de las empresas, pero nunca podrá alabarse de haberla llevado al término que se merece.»—A pesar de la bondad y de la gracia que se veian impresas en su apacible y perfecto continente, parecia desdeñosa de que se atreviese á celebrarla con humilde canto un ingenio tan rudo como era el único que le servia de pedestal, sin tener otro á su lado, ignoro por qué causa. Todas las figuras anteriores tenian esculpidos sus nombres: la mano del artífice habia suprimido tan solo los de estas dos últimas.

Aquellas estátuas dejaban en medio un espacio circular cuyo pavimento era de coral finísimo; en dicho espacio reinaba constantemente un ambiente fresco y agradable comunicado por el puro y líquido cristal que por fuera de aquel recinto caia en un canal fecundo, el cual, despues de regar un pequeño prado esmaltado de verde, azul, blanco y amarillo, se dividia en varios arroyuelos, acogidos con placer por las mórbidas yerbas y los delicados arbustos.

El Paladin, sentado á la mesa, sostenia una amistosaconversacion con su atento huésped, recordándole con demasiada frecuencia el cumplimiento de lo prometido; pero observaba con extrañeza que el caballero estaba muy distraido por algun pesar oculto, pues apenas transcurria un momento sin que exhalase ardorosos suspiros. Impulsado por la curiosidad, estuvo Reinaldo muchas veces á punto de preguntarle la causa de su tristeza; pero contenido por una modesta delicadeza, no se atrevió á interrogarle. Al terminar la cena, un page que desempeñaba las funciones de copero puso sobre la mesa una magnífica copa de oro puro, llena de piedras preciosas por fuera y de vino por dentro. El señor de la casa levantó entonces la cabeza, miró á Reinaldo con una sonrisa, en la que un observador atento hubiera adivinado más amargura que satisfaccion, y exclamó:

Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro(Canto XLII.)

Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro(Canto XLII.)

—Ha llegado ya el momento de cumplir esa promesa que tanto me recuerdas: voy á suministrarte una prueba que debe ser grata y preciosa para todo hombre casado. En mi concepto, todo marido tiene la obligacion de averiguar si su mujer le ama, de saber si le honra ó le convierte en objeto de menosprecio, si hace que le respeten como un hombre ó le comparen á un animal. El peso de los cuernos es el más lijero que puede haber, á pesar de la infamia con que abruma al hombre: todo el mundo lo ve, mientras el que los lleva no lo siente. Sabiendo á ciencia cierta que tu mujer te es fiel, tendrás más razon para amarla y respetarla, que el que conoce la perfidia de la suya ó el que da cabida en su corazon á las sospechas y á los celos. Muchos maridos están sin razon celosos de sus mujeres, á pesar de ser castas y buenas, al paso que otros, ciegamente confiados en la lealtad de su consorte, van por el mundo ostentando sus cuernos. Ahora bien: si deseas estar persuadidode la fidelidad de tu esposa (como creo que crees y debes creer, porque es trabajo inútil hacer creer lo contrario, á no ser que tengas una prueba fehaciente de ello), tú mismo podrás cerciorarte de su lealtad, sin necesidad de que nadie te la afirme, solo con que acerques á tus lábios ese vaso que te he hecho traer con el único objeto de mostrarte lo que te he prometido. Al beber en él, observarás un efecto maravilloso, porque si llevas la cimera de Cornualles, se derramará el líquido por tu pecho sin que llegue una sola gota á tu boca; pero si tienes una mujer fiel, apurarás su contenido de un solo trago. Haz, pues, la prueba.

Así diciendo, se puso á mirar atentamente si se derramaba el vino por el pecho de Reinaldo.

El Paladin, casi convencido y deseoso de averiguar lo que tal vez no le hubiera gustado saber despues, extendió el brazo, cogió el vaso y estuvo á punto de hacer la prueba; pero se detuvo, pensando en lo peligroso que era aproximar á él los lábios.

Permitid, señor, que descanse un momento, y en seguida os referiré la respuesta de Reinaldo.

El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le privó de su dicha.—Reinaldo marcha á Rávena con objeto de embarcarse, y oye otra historia durante el viaje.—Llega á la isla en que su primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le dejara.—El cenobita que bautizó á Rugiero, convierte á Sobrino al cristianismo y cura á Olivero.

¡Oh execrable avaricia! ¡oh apetito desordenado de riquezas! No me maravillo de que subyugues fácilmente á las almas viles ó contaminadas por el vicio: pero sí me causa asombro ver que sujetas con la misma cuerda y aferras con la misma garra á más de un hombre, cuyo elevado ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse á tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos los fenómenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido pensamiento hasta el mismo sólio del Altísimo; y sin embargo, heridos por tu mortífero y venenoso aguijon, no tienen más afan ni más idea que la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud y su única esperanza.

Otros derrotan ejércitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho al acero enemigo y los últimos en retirarse, á pesar de lo cual no pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento ó su aptitud habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes ó enlas ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.

¿Y qué diré de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par belleza, á quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes y más firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la asídua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado de improviso, y sin amor (¿quién lo creeria?), las ofrece como rica presa á las seducciones de un viejo, de un sér deforme ó de un mónstruo.

¡Ah! No sin motivo me lamento de ello: entiéndame quien pueda, que yo sé bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo con estas quejas de mi propósito, ni olvido la materia de mi canto; mas no quiero adaptar por más tiempo mis palabras á lo que venia diciendo, sino á lo que tengo que deciros. Volvamos, pues, á ocuparnos del Paladin, que estuvo próximo á hacer la prueba de la copa.

Os decia que quiso meditar un poco antes de acercar el vaso á sus lábios. Reflexionó y despues dijo:

—Asaz loco seria el que buscase lo que no quisiera encontrar. Mi esposa es mujer, y por consiguiente, frágil: dejemos, pues, que mi confianza en ella siga siendo la misma; pues si hasta ahora me ha hecho y me hace vivir tranquilo, ¿qué ganaré con someterla á una prueba? Pocas serian las ventajas, y en cambio, me expondria tal vez á perder mucho, porque el tentar á Dios suele á veces irritarle: no sé si mi resolucion es prudente ó insensata, pero sí que no quiero saber lo que me conviene ignorar. Apártese, pues, ese vino de mi vista: ni tengo sed, ni deseo tenerla; porque hay cosas que el Señor nos prohibe investigarlo mismo que prohibió á nuestro primer padre tocar el árbol de la vida; y así como Adan, despues de haber gustado la manzana que el mismo Dios le mandó respetar, pasó de la alegría al llanto, y transcurrió su vida entera sufriendo las miserias de los mortales, así tambien se ve precipitado el hombre desde la dicha á la pena y la afliccion de que jamás logra verse libre, cuando una necia curiosidad le mueve á averiguar cuanto hace y dice su mujer.

Mientras así decia el buen Reinaldo, iba apartando lejos de sí el odiado vaso, y al terminar sus palabras, observó que el señor de aquel palacio derramaba abundantes lágrimas, exclamando, despues de haberse tranquilizado algun tanto:

—¡Maldito sea el que me incitó á hacer esa prueba, que me ha arrebatado ¡ay de mí! ¡á mi dulce consorte! ¿Por qué no te habré conocido diez años atrás, para haber atendido tus consejos, antes de que empezaran mis afanes y las incesantes lágrimas que me tienen casi ciego? Pero quiero descorrer el velo que oculta esta historia, á fin de que conozcas mis desgracias, y participes de mi afliccion, refiriéndote el principio y el orígen de mi incomparable tormento.

»Habrás dejado algo más arriba una ciudad á la cual ciñe en torno, á manera de lago, un claro rio, que siguiendo desde ella su curso, se precipita en el Pó, y tiene su nacimiento en Benaco[163].

»Esta ciudad fué construida en la época en que quedaron arruinados los muros de la que edificaron los descendientes del dragon de Agenor[164]. Allí nací yo, de estirpe ilustre,pero bajo humilde techo y en pobre cuna. Si la fortuna se mostró conmigo tan poco cuidadosa que al nacer no me dió riquezas, la Naturaleza suplió este descuido concediéndome una hermosura superior á la de todos mis iguales. En mi lozana juventud, ví á más de una dama y de una doncella prendadas de mi gallarda apostura; pues, aunque parezca mal que el hombre se elogie á sí mismo, debo advertir que supe realzar mis gracias naturales con modales distinguidos.

»Vivia por entonces en mi ciudad natal un hombre de prudencia suma y profundo conocedor de todas las ciencias, el cual, cuando cerró sus ojos á la luz del Sol, contaba la edad de ciento veintiocho años. Pasó su vida entera en la soledad y el aislamiento más completos; pero cuando llegaba á su ocaso, sintió el fuego del Amor, y á fuerza de dádivas, obtuvo la posesion de una matrona hermosa, de la cual tuvo secretamente una hija. Con objeto de impedir que esta imitara el ejemplo de su madre, que vendió por oro su castidad, esa virtud más preciada que todos los tesoros del mundo, la apartó de todo roce con la sociedad, y la trajo á este sitio desierto y solitario, donde, por arte mágica, obligó á los demonios á que levantaran el palacio rico, espléndido y anchuroso que estás viendo. Confió á algunas mujeres de edad madura y de notoria castidad la educacion de su hija, que fué creciendo en gracias y belleza; prohibiéndoles estrechamente que le permitieran ver á hombre alguno, y sobre todo, que le hablaran de ellos en tan tierna edad; y á fin de que tuviera sanos ejemplos en que inspirarse, hizo modelar en lienzo y enmármol los retratos de las mujeres más pudorosas que con mayor fortaleza habian sabido resistir los halagos de sus seductores; y no solo quiso que se reprodujesen las facciones de aquellas que en los pasados tiempos fueron el ornato del mundo por su amor á la virtud, y cuya fama, conservada en la Historia, durará eternamente, sino tambien las de otras damas no menos honestas, que en la edad futura darán nuevo realce á toda la Italia, como esas ocho que ves en esta fuente.

»Cuando el viejo conoció que su hija habia llegado á la edad en que el hombre puede coger los sazonados frutos del amor, ya fuese por mi suerte ó por mi desdicha, me consideró como el más digno de todos para ofrecerme su mano, señalándome como dote de la jóven, además de este magnífico palacio, las extensas campiñas, así de secano como de regadío, que le rodean en un rádio de veinte millas. Ella era tan hermosa y recatada cuanto pudiera apetecer el más exigente deseo: con respecto á las labores de aguja, competia en destreza y perfeccion con la misma Palas; su magestuoso porte y la melodía de su voz y de su canto le daban el aspecto de un sér celeste y no mortal; conocia tan bien las artes liberales que rivalizaba, ó poco menos, con su padre. A su gran talento, á su incomparable belleza, que hasta á las peñas habria inspirado amorosos deseos, unia un amor, una dulzura, cuyo solo recuerdo me traspasa el corazon. Su único placer, su más vehemente anhelo, consistia en estar á mi lado por donde quiera que fuese. Mucho tiempo vivimos de este modo, sin que la menor querella turbara nuestra dicha: pero al fin la tuvimos, por culpa mia.

»Cinco años habian transcurrido desde que doblé la cerviz al yugo de himeneo, cuando murió mi suegro, empezandoal poco tiempo los pesares que me abruman todavía, del modo que vas á oir. Aun me tenia cobijado bajo sus alas el amor de mi esposa, que te pondero tanto, cuando una noble dama de este país se apasionó de mí hasta un extremo inconcebible. Aquella dama conocia el arte de los encantamientos y sortilegios, como puede conocerlo la maga más experta: hacia la noche clara, el dia oscuro, detenia el Sol en la mitad de su carrera, y obligaba á la Tierra á estremecerse; pero aun así, no tuvo suficiente poder para inducirme á curar su amorosa herida con el remedio que únicamente podria aplicarle faltando á la fidelidad jurada á mi esposa; y á pesar de que era bastante bella y expresiva, á pesar de constarme su loca pasion, á pesar de las frecuentes promesas y regalos que me hacia, y de sus vivas y contínuas instancias, no pudo conseguir que desprendiese una chispa de mi primer amor para dársela á ella, porque mi confianza en la lealtad de mi mujer bastaba para refrenar mis deseos.

»La esperanza, el crédito, la certidumbre que del amor de mi esposa tenia me habrian hecho despreciar hasta los seductores detractivos de la jóven Leda, ó los ofrecimientos de riquezas y sabiduría que en otro tiempo se hicieron al gran pastor del monte Ida[165]; pero todas mis repulsas no eran suficientes á alejarla de mi lado.

»Un dia en que aquella maga, llamada Melisa, me encontró fuera del palacio, y me pudo hablar con toda tranquilidad, halló medio de convertir mi paz en guerra, y dearrancar con el áspero aguijon de los celos la confianza arraigada en mi corazon. Empezó por alabar mi propósito de ser fiel á quien lo fuese conmigo, y despues añadió:

—»Pero tú no puedes decir que tu esposa guarda la fé jurada, mientras no veas una prueba fehaciente de su lealtad. Porque ella no comete falta alguna, cuando podria faltar, te figuras que es leal y pudorosa; pero ¿en qué fundas esa creencia, para decir y asegurar que tu mujer es un modelo de castidad, cuando no te separas un momento de su lado, ni le permites que vea á ningun hombre? Aléjate un poco; aléjate de tu casa; haz circular por ciudades y aldeas la noticia de tu ausencia, y que tu mujer ha quedado sola; deja que los amantes y sus tiernas epístolas lleguen hasta ella, y si, resistiendo á las súplicas y á las dádivas, no mancilla el lecho conyugal, ó si, mancillándolo, cree que su falta permanecerá oculta, entonces podrás decir que te es fiel.»

»La encantadora no cesó de hablarme de este modo, hasta que me predispuso á poner á prueba la fidelidad de mi mujer.

—»Supongamos, le dije, que mi esposa sea tal cual yo no puedo creerla: ¿cómo podré convencerme despues de que es digna de premio ó de castigo?»

»Melisa me contestó:

—»Yo te daré una copa, de una propiedad extraordinaria: la copa que en otro tiempo hizo Morgana para descubrir á su hermano la traicion de Ginebra. El que tiene una mujer honesta, bebe en ella sin trabajo; pero el marido burlado no puede aproximarla á sus lábios sin que antes se vierta el vino que contiene y se le derrame por el pecho. Antes de partir harás la prueba, y segun lo que presumo, beberás fácilmente, pues estoy en la creencia de que tumujer está aun pura de toda mancha: así verás el efecto de esa copa. Pero si al regresar repites la prueba, no espero ver tu pecho tan limpio; á pesar de que si no queda empapado en el vino, y bebes sin dificultad, podrás considerarte como el más feliz de los maridos.»

»Acepté sin vacilar la oferta. Melisa me entregó la copa: hice la prueba, y dió el resultado previsto, atestiguando, conforme á mis deseos, la honradez y fidelidad de mi dulce consorte. La maga exclamó entonces:

—»Déjala algun tiempo sola: permanece separado de ella uno ó dos meses: vuelve despues, coge el vaso de nuevo, y prueba si bebes, ó si te mojas el pecho.»

»A mí se me hacia muy duro el partir, no tanto por demostrar de este modo mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, como porque no podia resolverme á permanecer dos dias, ni siquiera una hora, lejos de ella. Advirtiéndolo Melisa, dijo:

—»Yo haré que conozcas la verdad por otros medios. Quiero que mudes de voz y de traje, y que te presentes á tu esposa bajo la figura de otro caballero.»

»Señor, cerca de aquí existe una ciudad defendida por los terribles y amenazadores brazos del Pó, cuya jurisdiccion se extiende desde aquí hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigüedad á las ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato: la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jóven yapuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, llegó á mi palacio, y al entrar en él, vió á mi esposa, la cual le causó una impresion tan viva, que le quedó su imágen grabada en el corazon. Desde entonces no perdonó medio alguno para inclinarla á satisfacer sus deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que desistió de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion el recuerdo de su sin par belleza.

»Tanto fué lo que me instó Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus consejos, que me decidí á tomar la forma del gobernador, y sin que yo pueda decirte cómo, transformó mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido un viaje con direccion á Levante, cuando volví á mi casa bajo el aspecto, traje, voz y facciones de su jóven seductor. Melisa me acompañaba, disfrazada de paje, llevando las más ricas pedrerías que pueden producir las Indias ó las costas Eritreas. Yo, que conocia las costumbres de mi palacio, entré en él sin vacilacion alguna, seguido de Melisa, y llegué á donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna, que á la sazon no estaba á su lado ninguna doncella ni escudero. Hícele presentes mis deseos; le presenté el perverso estímulo de toda mala accion, ostentando ante su vista los rubíes, diamantes y esmeraldas capaces de conmover á la virtud más firme, y le dije que todo aquello era nada en comparacion de lo que podia esperar de mí. Le hablé despues de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le recordé que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar, añadiendo por último, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar la merecida recompensa.

»Manifestóse al principio bastante turbada y confusa; surostro se tiñó con el carmin de la vergüenza, y no queria escucharme; pero al ver los brillantes destellos de las piedras preciosas, empezó á ablandarse su corazon, y por último me respondió con voz rápida y temblorosa lo que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedería á mis súplicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jamás. Esta respuesta fué un dardo envenenado que me atravesó el alma: sentí que recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expiró en mi garganta.

»Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituyó mi forma primitiva. Puedes juzgar cuál seria la mortal palidez de mi esposa al verse sorprendida por mí en tan grave falta. Quedamos entrambos lívidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y ánimo para exclamar:

—«¿Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar mi deshonra?»

»La única contestacion que pudo dar á estas palabras consistió en derramar un torrente de lágrimas. Mucha fué su vergüenza, pero mayor la irritacion que sintió al ver que era yo quien le inferia aquella afrenta; irritacion que siguió multiplicándose hasta convertirse en ódio y en furor. En el momento mismo resolvió huir de mi lado, y á la hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigió al rio, saltó en una lancha, y fué surcando toda la noche su corriente: al rayar el dia se presentó al caballero que tiempo atrás la habia requerido de amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado el fuego de su pasion, creo inútil deciros si la recibiria con júbilo. Desde allí me envió á decir mi esposa, que renunciara para siempre á poseerla, y á que me devolviera su amor.

»¡Triste de mí! Desde aquel dia viven juntos con gran contento, mofándose de mí, mientras yo me voy consumiendo á impulsos del mal que entonces me procuré, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevará al sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en mí, y aun creo que habria muerto durante el primer año, si no me hubiese sostenido un solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se han albergado en mi palacio de diez años á esta parte y á quienes he presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara el líquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. Tú has sido el único prudente entre infinitos necios, porque tú solo te has negado á hacer ese ensayo peligroso.

»Mis deseos de poner á prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga ó breve, no tenga nunca sosiego ni reposo. Melisa se manifestó desde luego gozosa por este resultado, pero su infundado júbilo duró poco; porque habiendo sido la causa de mi mal, la odié de tal modo, que no podia soportar su vista. Irritada ella al verse odiada por mí, á quien decia amar más que á su propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una vez alejada mi esposa, tardó poco en ausentarse á su vez por no tener siempre presente la causa de su mal, y abandonó este país, de tal modo que no he vuelto á tener noticias suyas.»

Así dijo el afligido caballero, y cuando puso fin á su historia, Reinaldo se quedó algunos momentos pensativo, movido á compasion: despues exclamó:

—Melisa te dió á la verdad un consejo pérfido, al proponerte que hostigaras á la abeja: y á tu vez fuiste pocoperspicaz corriendo en busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo á la avaricia, se vió inducida á faltarte á la fé jurada, no te asombre; porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta lucha: ¡cuántas mujeres de mucho más talento y de mayor fortaleza han cometido las acciones más bajas por menor precio! ¿Acaso no ha habido tambien hombres que por oro han vendido á sus señores y á sus amigos? Si deseabas ver cómo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan terribles armas: ¿ignoras por ventura que ni el mármol ni el durísimo acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa cediendo tan pronto. ¡Oh! Si ella te hubiese puesto á prueba del mismo modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.

Al decir esto, dejó Reinaldo la mesa, pidiendo licencia á su huésped para retirarse á dormir, con intencion de descansar un poco y emprender de nuevo su marcha una ó dos horas antes de la salida del Sol. Como disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin desperdiciar un solo momento. El señor del palacio le dijo, que podia pasar á las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente; pero añadió que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la noche á pierna suelta y viajar mientras dormia.

—Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrás continuar tu viaje, disfrutar un sueño tranquilo y sin cuidado toda la noche, y adelantar una jornada tu camino.

Reinaldo se apresuró á aceptar este ofrecimiento, dando repetidas gracias á su amable huésped, y sin más tardanza,se dirigió al rio, donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendió con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de seis remos, se deslizó por la superficie del agua con tanta rapidez y agilidad como un pájaro por los aires. El caballero francés quedó dormido apenas inclinó la cabeza, habiendo encargado antes á los remeros que le despertasen en cuanto estuvieran á la vista de Ferrara.

El veloz esquife dejó pronto á Melara á la izquierda y á Sermide á la derecha, y pasó por Figarolo y Stellata, donde el iracundo Pó se divide en dos brazos. El nauta tomó el de la derecha, y dejó que el de la izquierda siguiera su curso hácia el territorio de Venecia: pasó luego por Bondeno, y ya iba aclarándose el Cielo hácia la parte del Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores que derramaba de su canastillo, cuando se despertó Reinaldo, en ocasion en que se divisaban á lo lejos los dos castillos de Tealdo.

—¡Oh ciudad venturosa!, exclamó, ¡de quien me predijo mi primo Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compañía, despues de contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espíritu adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y esplendor, que serás la honra y prez de toda la Italia!

Así decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizándose sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que tuviese alas: en breve llegó á la pequeña isla que está más próxima á la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada, alegróse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cuán bella y próspera llegaria á ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo este mismo viaje, acompañado de Malagigo, le oyódecir que cuando la cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167], aquella isla seria la más amena y deliciosa de cuantas se hallasen circundadas por el mar, por los rios ó los lagos, y que al verla, no habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria de Nausicaa[168]. Le oyó tambien decir, que por la magnificencia de sus edificios sobrepujaria á la isla que tenia el emperador Tiberio en tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase de plantas, dejarian muy atrás á los afamados de las Hespérides; que Circe[170]no tuvo nunca en sus rebaños ni en sus establos tan inmenso número de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria á Chipre y á Guido para residir en aquella isla en compañía de Cupido y de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo y al cuidado del que, uniendo á su poder é inteligencia la voluntad, sabria además rodear á su ciudad nativa de tan fuertes murallas y baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al auxilio extranjero, y que el príncipe que deberia hacer unas cosas y otras seria hijo de un Hércules y padre de otro Hércules.

De esta suerte iba Reinaldo trayendo á su memoria todo cuanto, adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar algunos ratos en semejantes pláticas, y alver el aspecto pobre y humilde de la ciudad, decia para sí:

—¿Cómo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias y las artes liberales? ¿Será posible que esa aldea miserable se convierta en una ciudad anchurosa y espléndida, y en campiñas amenas y feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estériles quebraduras? ¡Oh ciudad venturosa! ¡Desde ahora me apresuro á saludar el amor, la hidalguía, la gentileza de tus señores, y las esclarecidas virtudes de tus caballeros y de tus egrégios ciudadanos! ¡Ojalá que la inefable bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus príncipes te mantengan perpétuamente en medio de la abundancia y la alegría, y disfrutando de una paz y un amor inalterables! ¡Ojalá te preserven siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar tú la suerte de alguno de ellos!

Mientras Reinaldo se expresaba en estos términos, el sutil leño iba surcando las aguas con más rapidez que el halcon cuando desciende de la region de los aires atraido por el señuelo y las voces del cazador. El nauta dirigió poco despues la nave por el afluente de la derecha del brazo derecho del Pó por donde iban navegando, y pronto dejaron atrás á San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente, Reinaldo se acordó del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche anterior; recordó tambien que aquella ciudad era la causa de sus tormentos, y le vino á las mientes aquella copa que revelaba las faltas de las mujeres. Despues acudió á su memoria el experimento que el caballero proponia á sus huéspedes, sin haber encontrado uno solo, de cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el pecho. Unasveces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella prueba, pero otras decia entre sí:

—Ahora me alegro de haberme resistido á efectuar tal ensayo; porque si salia bien, confirmaba mi creencia, y si no, ¿qué partido deberia adoptar? Mi creencia vale tanto como la más completa seguridad, de suerte que en muy poco podria acrecentarla; por lo cual, dado caso de que la prueba me hubiese salido bien, seria harto débil la utilidad que de ella reportara: en cambio, el daño que me habia de causar la conviccion de descubrir en mi Clarisa lo que no deseara, seria infinito. Era, pues, correr un albur de mil contra uno, y arriesgarme á perder mucho para ganar muy poco.

Entregado estaba el caballero de Claramonte á estas reflexiones, con la cabeza inclinada, cuando uno de los remeros que iba enfrente de él, se puso á mirarle con mucha atencion: y creyendo adivinar la idea que absorbia su imaginacion por completo, le dirigió la palabra, expresándose con elegancia y energía. Su conversacion giró sobre la inexperta conducta del caballero que habia hecho con su esposa la prueba mayor que puede hacerse con una mujer, conviniendo en que la dama que defiende del oro y la plata su corazon armado de castidad, es capaz de defenderlo más fácilmente entre mil espadas ó en medio de las llamas.

—Con harta razon le dijiste, añadió el remero, que no debia haberle ofrecido tan ricos presentes; pues hay muy pocos pechos que tengan la fortaleza necesaria para rechazar semejantes ataques. No sé si habrás oido hablar de una jóven, cuya historia tal vez haya llegado hasta tu país, que vió incurrir á su esposo en una falta igual á aquella, por la que este la habia condenado á muerte. Mi amo debia recordar que el oro y los regalos ablandan los corazonesmás duros; pero lo olvidó cuando necesitaba tenerlo bien presente en su memoria, y se acarreó su desgracia. No obstante, él sabia tan bien como yo el ejemplo que cito, por haber acontecido en nuestra patria, en esa ciudad de aquí cercana, que el refrenado Mincio baña y rodea como un lago: me refiero á Adonio, que regaló á la mujer del juez un perro maravilloso.

—Esa historia no ha atravesado todavía los Alpes, dijo el Paladin; nunca he oido hablar de ella, ni en Francia, ni en las apartadas regiones por donde he viajado: así es que, si no te sabe mal referírmela, te escucharé de muy buena voluntad.

El remero empezó aquella historia de esta suerte:

—Existió en otro tiempo en este país un caballero llamado Anselmo, de familia noble, que en su juventud, vestido con larga toga, se dedicó á aprender lo que Ulpiano enseña[171]. Cuando quiso elegir esposa, buscó una bella, honesta y de noble progenie, cual á su posicion correspondia, hallando por fin en un país inmediato una jóven de hermosura sobrehumana, la cual estaba dotada de tantas gracias y donosura, que parecia toda amor y gentileza, mucho más tal vez de lo que al reposo doméstico y á la profesion de su esposo convenia. Apenas se unió á ella, cuando se convirtió en el más celoso de todos los maridos; no porque ella le diese motivo para serlo, sino á causa de la misma belleza y lozanía de su esposa. Habitaba en la misma ciudad un caballero de antigua é ilustre cuna, descendiente de aquella arrogante estirpe producida por la mandíbula de un dragon, de la cual descendieron tambien Manto y los que con ella fundaron mi ciudad natal. Estecaballero, llamado Adonio, se enamoró de la bella esposa de Anselmo, y para llegar á la realizacion de sus deseos, empezó á gastar sin tasa ni medida en trajes, en banquetes, y en presentarse con una magnificencia igual á la de los señores más ricos y poderosos. El tesoro del emperador Tiberio no habria bastado para tan locos dispendios[172], de suerte que á los dos años, segun creo, habia derrochado ya todo su patrimonio. Su casa, frecuentada hasta entonces mañana y tarde por numerosos amigos, hallóse abandonada en cuanto faltaron en ella las perdices, las codornices y los faisanes; y Adonio, que siempre habia sido el primero en los festines, se vió postergado y casi reducido á mendigar, por lo cual tomó el partido de ir á ocultar su pobreza en un país lejano, donde no fuese conocido.

»Poniendo por obra esta resolucion, salió una mañana de su patria, sin despedirse de nadie, y mientras caminaba por la orilla del lago que lame los muros de la ciudad, suspirando, vertiendo triste llanto y sin poder olvidar, á pesar de lo mucho que le preocupaba su miserable estado, á la dama que reinaba en su corazon, una aventura imprevista vino á sacarle de la mayor indigencia para elevarle al colmo de la dicha. Vió que un labriego estaba muy afanoso pegando palos á una zarza con un enorme garrote; detúvose y le preguntó la causa de tanto trabajo; el campesino le contestó que acababa de ver en aquel matorral una culebra muy vieja y tan larga y gruesa como no la habia visto ni esperaba verla en toda su vida, añadiendo que estabaresuelto á no alejarse de allí hasta haberla encontrado y muerto.

»Adonio no pudo oir con paciencia las palabras del campesino, pues solia amparar á las culebras, que eran el emblema de su linaje, en memoria de haber salido sus antepasados de los esparcidos dientes de un dragon; y dirigiéndose al labriego con amenazador aspecto, le obligó, bien á pesar suyo, á abandonar la empresa, de modo que ni pudo matarla ni hacerle daño alguno. Adonio continuó su camino hácia el país en que esperaba vivir desconocido, donde pasó siete años ausente de su patria y entregado al dolor y á la indigencia. A pesar de la ausencia y de la estrechez en que vivia, causa suficiente de constante preocupacion, aquel amor que se habia apoderado de su alma, no cesaba un momento de abrasarle y profundizar la herida de su corazon, en términos de que al fin le fué forzoso volver á los sitios en que habitaba la dama cuya belleza anhelaban contemplar extasiados sus ojos, y emprendió el regreso á su país natal, triste, aflijido, con la barba y los cabellos largos y descuidados y pobremente vestido.

»En aquella época necesitó mi patria enviar al Padre Santo un embajador, cuya residencia en la Santa Sede debia tener una duracion ilimitada: echaron suertes, y recayó en el Juez esta mision. ¡Oh dia infortunado, orígen del perpétuo llanto de Anselmo! En vano presentó todo género de excusas; en vano apeló á los ruegos, á las súplicas y á las promesas para evitar aquel viaje: no tuvo más remedio que someterse. Tan duro y cruel le parecia tener que pasar por aquel terrible trance, como si se hubiera visto abrir las carnes ó arrancar el corazon. Pálido y desencajado por la inquietud y los celos que le habria de causar su mujer durante su ausencia, le rogó suplicante, en los términos queconsideró más eficaces, que no le faltase á la fé jurada, repitiéndole que á la mujer no le basta la hermosura, ni la nobleza, ni la fortuna para ser respetada cual corresponde, como no dé á conocer en sus palabras y acciones que posee además esa virtud tanto más apreciada cuanto más pura é inmaculada se ostenta despues de luchar y vencer, la virtud de la castidad; añadiendo, por último, que su ausencia le proporcionaria ancho campo donde poner á prueba la suya.

»Con semejantes frases procuraba grabar profundamente en su pecho la obligacion en que estaba de serle fiel. ¡Con cuántas lágrimas, con cuánto desconsuelo se lamentó ella, gran Dios, de aquella partida cruel é irremediable! En medio de su afliccion, juró á Anselmo que el Sol perderia su luz antes de que ella fuese tan cruel que faltase á la fé jurada, y que si alguna vez llegara á sentir este deseo, preferiria morir antes. Aun cuando el contrariado esposo dió crédito á tales promesas y juramentos, que le tranquilizaron algun tanto, quiso obtener mayores seguridades buscando ¡oh insensato! nuevas causas que aumentaran su desconsuelo. Tenia un amigo, que poseia la facultad de leer en el porvenir, y conocia del todo, ó á lo menos en su mayor parte, la ciencia de la mágia y de los sortilegios. Fué á verle, y le rogó que le predijera si su mujer, llamada Argía, permaneceria siéndole fiel durante el tiempo de su ausencia, ó si sucederia lo contrario. El astrólogo, obligado por sus ruegos, se puso á trabajar sobre el punto propuesto, y empezó á trazar líneas y figuras correspondientes á las del Cielo. Anselmo le dejó dedicado á su tarea, y al dia siguiente volvió á saber la respuesta.

»El adivino permaneció silencioso al verle, por no revelar al doctor una cosa que le afligiria seguramente; procuróeludir la contestacion con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos, le anunció que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que él tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria motivada por la belleza ó por las súplicas de un amante, sino por un vil interés. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrás apreciar por tí mismo cómo se quedaria el corazon del triste Anselmo, al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en él se abrigaban; pero lo que llevaba al último extremo la tristeza que le oprimia, no concediendo un momento de reposo á su calenturienta imaginacion, era la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de traficar con su honra.

»Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre á robar los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dejó en posesion de todos sus bienes (que no eran pocos), entregándole el dinero, las alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra, todo cuanto poseia.

—»Paso á tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la consumas, la disipes, la dés ó la vendas, y en fin, para que hagas con ella cuanto se te antoje. Con tal de volver á hallarte como te dejo, poco me importa lo demás; con tal de que continúes siendo siempre la misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.»

»Rogóle además que no siguiese habitando en la ciudad, á no ser que tuviera noticia de su regreso; y le instó que se trasladase al campo, donde podria vivir con más comodidad, lejos del trato social. Este consejo se lo inspiraba lacreencia de que los sencillos campesinos, dedicados al cultivo de la tierra ó á la custodia de sus ganados, no podrian influir fatalmente en los honrados propósitos de su esposa. Argía, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso Anselmo, y bañándole el rostro en llanto que á raudales brotaba de sus ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan débil y culpable como si ya le hubiese engañado, y porque su injusta sospecha procedia de que no tenia confianza en su cariño leal.

»Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto se dijeron en el momento de la separacion.—«¡Te recomiendo mi honor!»—fueron las últimas palabras de Anselmo: echó á andar en seguida, y no parecia sino que el corazon iba á saltársele del pecho cuando volvió la brida al caballo. Ella lo siguió mientras le fué posible con la vista anublada por las copiosas lágrimas que surcaban sus mejillas.

»Durante este tiempo, el mísero y desdichado Adonio, pálido y desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su patria, esperando no ser ya conocido en ella: llegó al lago próximo á la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio á la culebra á quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso matorral con la intencion de matarla. Al llegar á aquel paraje, en el momento en que empezaba á despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo algunas estrellas, vió que se adelantaba á su encuentro por la orilla del lago una doncella, vestida con un traje extraño y de porte noble y magestuoso, aunque no llevaba en su compañía doncellas ni escuderos. Aquella dama se dirigió á él con agradable semblante y le dijo estas palabras:

—»Aunque no me conoces, ¡oh noble caballero! soy pariente tuya, y te debo además un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido linaje de ambos remonta su orígen al arrogante Cadmo. Soy la hada Manto; yo fuí quien puso la primera piedra de esa ciudad á la que, segun habrás oido decir, llamé Mantua, de mi nombre: soy tambien una de las hadas, y para decirte lo que á mí se refiere, te haré saber que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas á padecer todos los males de los humanos, excepto la muerte; pero á nuestra existencia inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte: cada siete dias nos vemos precisadas á tomar la forma de una culebra. Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama, é ir arrastrándose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el mundo, y tanto es así, que maldecimos la vida. Con decirte que en dicho dia nos vemos expuestas á toda clase de peligros á causa de nuestra metamórfosis, comprenderás en qué consiste la gratitud que te debo, cuyo orígen voy á recordarte. No hay animal más aborrecido en la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos es soportar el peso de la mano que nos hiere. ¡Cuánto más nos valdria morir, que exponernos á quedar destrozadas ó heridas bajo las plantas de los hombres!

»El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que me maltrataba: á no ser por tu generosa intervencion, habria corrido inminente riesgo de salir con la cabeza ó los riñones aplastados, y aun cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me dejara coja ó deslomada; pues durante los dias enque nos arrastramos por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo á nuestra voluntad, se niega á obedecernos. En los restantes dias, nos basta una sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su luz; para que la inmóvil Tierra dé vueltas y se traslade de un punto á otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.

»He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el beneficio que de tí recibí entonces. Libre del manto viperino, puedo conceder cuantas gracias se me pidan: á partir de este momento, quiero que seas tres veces más rico de lo que lo fuiste al heredar á tu padre: no quiero que te vuelvas á ver sumido en la indigencia, sino que cuanto más gastes, más se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continúas envuelto en las redes con que Amor te prendió tiempo atrás, voy á decirte el medio más á propósito para que desahogues tus encendidos deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido esté ausente, y que vayas á presentarte á su mujer, que vive retirada en el campo: yo te acompañaré.»

»Y continuó diciéndole de qué modo deberia presentarse á la señora de sus pensamientos, indicándole el traje que habia de llevar, las palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le convenia hacer uso. Le manifestó tambien la forma en que ella pensaba presentarse; pues, á excepcion del dia en que vagaba errante convertida en culebra, todos los demás podia metamorfosearse del modo que mejor le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el amor de Dios. Manto se transformó en el perro más pequeño de cuantoshaya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, más blanco que el armiño, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hácia la casa de la bella Argía: al llegar cerca de algunas cabañas de labradores, le pareció oportuno al jóven detenerse, y empezó á tocar una especie de caramillo, á cuyo son se puso el perro á bailar sostenido sobre las patas traseras.

»Aquel rumor y aquella música llegaron á oidos de Argía, que se mostró curiosa de presenciar tan raro espectáculo, y mandó á decir al romero que fuera con el perro á su morada. Comenzaba á cumplirse el destino del doctor. Adonio empezó de nuevo á ordenar al perrillo diferentes juegos, y este, obediente á su voz, ejecutó una porcion de bailes del país y extranjeros, con los movimientos, las actitudes y los pasos más apropiados; despues hizo todo cuanto le mandó su amo, con tanta atencion y dando pruebas de tan extraordinaria inteligencia, que los circunstantes, asombrados, no se atrevian á pestañear ni á respirar siquiera. Quedóse Argía en extremo prendada de aquel donoso animalejo; no tardó en sentir un vivo deseo de poseerlo, y encargó á su nodriza que ofreciera al astuto peregrino una cantidad no despreciable por su adquisicion.

—»Aunque tuvieseis más tesoros de los que pueden saciar la avaricia de la mujer, respondió el fingido romero, no serian bastantes á pagar una sola pata de este perro.»


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