CANTO XLIV.

El perrillo empezó á ejecutar diferentes bailes.(Canto XLIII.)

El perrillo empezó á ejecutar diferentes bailes.(Canto XLIII.)

»Y para demostrar la verdad de sus palabras, hízose á un lado con la nodriza, y ordenó al diminuto can que diese á aquella mujer una moneda de oro, como prueba de su galantería. Sacudióse el perrillo; y dejó caer una moneda, y Adonio, volviéndose á la nodriza, le dijo que la recogiese, añadiendo:

—»¿Crees que podré dar por ningun precio un animal tan bello y útil como este? No le mando una sola cosa, sea la que quiera, que no me la procure en seguida, y lo mismo sacude perlas que anillos, y que los trajes más ricos y suntuosos. Sin embargo, dí á tu señora, que estoy dispuesto á cedérselo, pero no á cambio de oro; pues un animal como ese no puede pagarse con dinero, sino á condicion de dormir una noche con ella.

»Así diciendo, le entregó una perla que acababa de dejar caer el perrillo para que se la ofreciese á su señora. Esta proposicion pareció á la nodriza más ventajosa que un gasto de diez ó veinte ducados. Acercóse á su ama, y trasladándole la propuesta del peregrino, la excitó con vehemencia á que no titubeara en adquirir aquel perro, ya que podia lograrlo por un precio, que aunque se dé, no se pierde. La hermosa Argía se mostró en un principio esquiva, en parte por no faltar á su esposo, y en parte por creer imposible todo cuanto oia con respecto al perro; pero la nodriza no cesó de acosarla y de apurarla, recordándole que difícilmente volveria á hallar una fortuna tan grande, y al fin consiguió que Argía consintiera en ver otro dia al perro en su propia estancia, sin tantos testigos de vista.

»Esta nueva presentacion de Adonio fué tan fatal como desastrosa para el mísero doctor. El perrillo produjo doblas á centenares, sartas de perlas, y toda clase de piedras preciosas, cuya vista conmovió el altivo corazon de la dama, la cual perdió toda su firmeza al saber que el peregrino era el mismo caballero que con tanta constancia la habia amado. Las instigaciones de su infame nodriza, los ruegos y la presencia de su amante, las riquezas que este le ofrecia, la prolongada ausencia del mísero doctor, la esperanza del misterio, todo en fin se conjuró tan violentamente en contra de sus honestos propósitos, que por último aceptó el hermoso perro, abandonándose en cambio en brazos de su amante.

»Adonio disfrutó á su placer de los encantos de su bella dama, á quien la hada inspiró un amor tan ferviente hácia su galan, que no podia permanecer un momento separada de él. El Sol recorrió los doce signos del Zodiaco antes de que el Juez obtuviese licencia para regresar; al fin volvió, pero poseido de las más crueles sospechas, á causa de la prediccion del astrólogo. Al llegar á su patria, su primera visita fué para él, preguntándole con grande ansiedad si su mujer le habia sido infiel, ó si le habia guardado su amor y su fé. El adivino trazó por medio de sus figuras una representacion del polo con todos sus planetas y constelaciones, y despues le respondió que habia sucedido lo que tanto temia, cumpliéndose su vaticinio, y que su esposa se habia entregado á un amante, seducida por espléndidas riquezas.

»Una lanza ó un venablo que se le hubiese clavado en el corazon no habrian podido causarle una herida tan cruel. Para convencerse más y más de su desgracia, á pesar de que daba entero crédito á las afirmaciones del astrólogo, fué en busca de la nodriza, y llamándola aparte, procuró sonsacarla con cautelosa maña, empleando grandes rodeos y circunloquios para ver si descubria el menor indicio de la verdad; pero á pesar de todos sus esfuerzos y destreza, no pudo obtener el más mínimo dato, porque ella, acostumbrada al fingimiento, lo estuvo negando todo con impenetrable rostro, y á fuerza de estudio y de astucia, supo mantener á su señor en una irritante perplegidad por espacio de más de un mes.

»¡Cuán preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado en el dolor que debia causarle la realidad!Despues de haber procurado infructuosamente por medio de súplicas y de regalos que la nodriza le revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese un sonido falso, resolvió esperar prudentemente á que se deslizase la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca faltan riñas y pendencias. Y en efecto, no tardó en suceder lo que esperaba: á la primera disputa que aquellas tuvieron, fué la nodriza espontáneamente á contárselo todo sin ocultar el más insignificante detalle.

»Seria largo de contar lo que pasó entonces en el corazon y en la consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fué tan intenso, que estuvo á punto de perder el juicio. Dominado por la cólera, se preparó á morir, pero despues de haber muerto á su criminal esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo puñal, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin á su tormento. Regresó, pues, á la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos designios, y desde ella envió al campo á uno de sus más fieles criados, á quien dió préviamente las órdenes más terminantes. Le mandó que pasara á ver á su mujer Argía, y le dijese de su parte, que estaba atacado de una fiebre tan violenta, que difícilmente podria encontrarle vivo, por lo cual, sin esperar más compañía, deberia apresurarse á venir con él, si conservaba algun cariño hácia su esposo; y como estaba seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al criado que en el camino le cortara la cabeza.

»El enviado acudió inmediatamente en busca de su señora para cumplir las prescripciones de su amo. Argía montó á caballo y emprendió acto contínuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya avisado del peligro que corria, aconsejándole, sin embargo, que á pesar de él,no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno. El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas extraviadas, llegó intencionalmente á la orilla de un rio que, bajando de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.

»Parecióle aquel sitio el más solitario y á propósito para desempeñar la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada, participó á Argía cuanto su señor le encargaba, previniéndole por consiguiente, que antes de morir pidiese á Dios perdon de todas sus faltas. No podré decirte cómo se ocultó la dama; pero lo cierto es que cuando el criado fué á herirla, desapareció de su vista, y á pesar de haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar con ella, quedando burlado. Regresó al lado de su señor, avergonzado, confuso, absorto y aterrado, y le refirió aquella extraña aventura, de la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le habia ocultado esta circunstancia, no sé por qué motivo.

»Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado su pena, no sabia qué nueva resolucion tomar: lo que antes era una débil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara á oidos de todo el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos pocos; y así como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de venganza daria lugar á que en breve circulara por todas partes. Harto comprendia que su esposa, despues deconocer sus pérfidas intenciones, haria lo posible por romper los lazos que á él la unian, entregándose en manos de algun señor poderoso que la conservara en su poder con ostensible menosprecio y vergüenza de su marido, ó yendo tal vez á parar á manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su belleza. Para prevenir semejante desgracia, despachó mensajeros en todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las más minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una sola aldea. El mismo Anselmo salió en persona á registrar todo el país, sin que quedase rincon que no visitara ó mandara explorar, pero no pudo adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.

»Al fin llamó á aquel servidor, á quien habia encargado la criminal accion que quedó sin efecto, é hizo que le condujera al mismo sitio en que Argía desapareció de su vista, sospechando que tal vez se ocultara durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna cabaña. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva, pero en su lugar halló un gran palacio.

»Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la hada habia construido de improviso y por encanto, á ruegos de Argía, un palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectónica. El palacio de mi amo, que tan magnífico te pareció anoche, seria á su lado una humilde choza. Los tapices más ricos, los cortinajes de más admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo los salones, las cámaras y las galerías, sino tambien las caballerizas y bodegas. Veíanse por do quiera innumerables jarrones deoro y de plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de telas de seda y oro.

»Como iba diciendo, el Juez tropezó con aquel palacio, cuando no pensaba encontrar ni una cabaña, y sí tan solo el bosque desierto y solitario. Quedóse tan asombrado de lo que veia, que se creyó juguete de una ilusion engañadora: no sabia si estaba ébrio, si soñaba ó si habia perdido la razon. Vió en la puerta principal del palacio un etíope de nariz y lábios abultados, y rostro tan hediondo y desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida: su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz de entristecer al Paraiso, si en él estuviera: su traje era súcio y andrajoso como el de un mendigo: en fin, por más que diga, no podré dar una idea aproximada de su repugnante fealdad.

»Como Anselmo no veia por allí más ser viviente que el etíope á quien pudiera dirijirse, se le acercó preguntándole el nombre del dueño de tan suntuoso edificio.—«Este palacio es mio,»—contestó el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de él, ocultándole la verdad; pero este le afirmó bajo juramento que el palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba de lo cual, le brindó á que entrara á visitarle, si en ello tenia gusto, y que lo recorriera á su placer, añadiendo que si en él veia alguna cosa que le agradara para sí ó para sus amigos, podia desde luego quedarse con ella. Anselmo entregó las riendas del caballo á su criado, se apeó al umbral de la puerta y fué recorriendo las diferentes salas y cámaras, y examinando con prolija atencion los departamentos inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el buen gusto y la situacion del edificio, así comosus ricos y acabados adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia estas palabras:

—»Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar una morada tan espléndida.

»El asqueroso moro le contestó:

—»No es absolutamente imposible adquirirla, y si no á cambio de oro ó plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.

»Y en seguida le hizo una proposicion semejante á la que Adonio dirigió á Argía. Al oir Anselmo una propuesta tan súcia y repugnante, trató al etíope de hombre bestial é insensato, y rechazó con energía por tres ó cuatro veces sus instancias; pero el negro no cejó á pesar de las terminantes negativas del Juez, y renovó con tanta perseverancia sus ruegos, y tales medios de seduccion empleó, ofreciéndole siempre en recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo á acceder á sus desenfrenados propósitos. Argía que estaba oculta cerca de allí, se presentó de improviso en el momento en que su marido incurria en una falta parecida á la suya, y le dijo con penetrante voz:

—»¡Oh espectáculo digno de un doctor tenido por sábio!

»Juzga, señor, cuál seria la vergüenza y la confusion de Anselmo al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion: en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para precipitarse en sus entrañas. Argía, á fin de atenuar su propia falta y aumentar la vergüenza de su marido, empezó á dirigirle las más amargas reconvenciones, gritándole:

—»¿Qué castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste darme la muerte, á pesar de que yo cedí á los ruegos de un amante hermoso y gentil,que me habia ofrecido un presente á cuyo lado nada vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte, debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo, aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme más cruelmente de tu perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdóname, como yo te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos nuestras mútuas culpas y de que jamás nos echaremos en cara nuestro pasado error.

»El marido aceptó con gusto este pacto, y se apresuró á perdonar á su mujer; restablecióse la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde entonces vivieron en la mejor armonía.»

Calló el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor tiñó de vivo rubor su rostro: alabó, sin embargo, la determinacion de Argía, que supo atraer á su marido á la misma red en que ella habia caido, aunque no de un modo tan grosero como él.

Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto á su derecha un país delicioso, y á su izquierda la inmensa laguna: apareció y desapareció en seguida Argenta y su territorio, así como la playa donde el Santerno desemboca.

Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia, de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de España, y que tan abundantes lágrimas hizo derramar á los romañoles. Desde allí dirigieron la embarcacion en filo á la margen derecha del rio, cuyasaguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un lago tranquilo, que los condujo hácia el Sur cerca de Rávena. Aunque Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante, á la sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina á los remeros antes de que le dejasen en tierra.

Mudando guias y caballos, pasó aquella misma noche por Rímini; no quiso detenerse á pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia llegó á Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel, ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda á tan famoso guerrero á aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto tiempo vienen ofreciendo á cuantas damas y caballeros pasan por su corte. Como nadie le detuvo en su marcha, siguió Reinaldo hasta Cagli por el camino más recto; atravesó el Apenino por el monte que cruzan el Metauro y el Gauno[174], dejándolo á la izquierda; pasó por la Umbría y el país de los Etruscos, y descansó en Roma: desde esta gran ciudad se encaminó al puerto de Ostia, y embarcándose allí, se trasladó por mar á la ciudad en que el piadoso Eneas dió sepultura á los restos de su padre Anquises[175].

En dicha ciudad cambió de bajel, y sin pérdida de momento bogó en demanda de la pequeña isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contrarios, harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la oportunidad deseada.

Desembarcó en el momento en que el príncipe de Anglante acababa de dar cima á su empresa, tan útil como gloriosa, arrancando la vida á Gradasso y Agramante, por más que la victoria le costó cara. En aquel combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido en la arena, sufriendo vivos dolores á consecuencia de su caida, que le dislocó gravemente un pié. El Conde no pudo menos de derramar abundantes lágrimas al abrazar á Reinaldo y al participarle la muerte de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinterés y firmeza. Otro tanto sucedió al señor de Montalban cuando vió á su desgraciado amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso: en seguida corrió á abrazar á Olivero, que continuaba en tierra á consecuencia de la dislocacion de su pié, é hizo cuanto le fué posible para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por el pesar que le causaba el haber llegado á participar del banquete cuando ya estaban levantados los manteles.

Los escuderos transportaron los cadáveres de Gradasso y Agramante á la destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegría, turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste fin del magnánimo guerrero debilitó de tal modo la expansion natural de su júbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara la tristeza. ¿Y quién de ellos se atreveria á llevar á Flor-de-Lis la noticia de tan inmensa desgracia?

Durante la noche que precedió á aquel dia, Flor-de-Lishabia visto en sueños la sobrevesta que tejió y bordó por su mano, para que Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas á manera de lluvia tempestuosa; figurábase haberla recamado de aquel modo y sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre sí:—«¿Cómo es que habiéndome recomendado mi dulce dueño que fuera toda negra, la he recamado contra sus deseos de un modo tan extraño y raro?»—No pudo menos de ver en aquel sueño un presagio funesto, cuya espantosa confirmacion se recibió aquella misma noche; pero Astolfo procuró ocultársela hasta que él y Sansoneto reunidos pasaron á ver á la infeliz doncella.

Cuando llegaron á su presencia y observó Flor-de-Lis que en sus semblantes no se retrataba esa expresion de alegría que debe inspirar la victoria, adivinó desde luego, sin necesidad de más aviso, la triste suerte que habia cabido á su Brandimarte. En el momento mismo sintió su corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos sus sentidos, que dió con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en sí, sepultó las manos en su abundante cabellera, y empezó á herirse desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre; siguió arrancándose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando rápidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan, las daban en otro tiempo las Ménades errantes, á los ecos de las bocinas[176].

Tan pronto se dirigia suplicante á los caballeros, pidiéndoles un puñal para sepultárselo en el corazon, como queria correr á la playa donde habia anclado la nave conductora de los cadáveres de los dos sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su furiosa y vengativa saña: otras veces pretendia atravesar el mar, para tener la satisfaccion de exhalar su último suspiro al lado de su amante.

—¡Ah Brandimarte mio! ¿Por qué te dejé acometer tamaña empresa sin ir en tu compañía? exclamaba. ¡Ni una sola vez dejó tu Flor-de-Lis de seguirte á donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me hubieras tenido á tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado un momento de tí, y en el caso de que el infame rey de Sericania te atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio, ó tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponiéndome rápidamente entre tí y tu cruel enemigo, y sirviéndote mi propio cuerpo de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una pérdida tan lamentable como la tuya. Ahora moriré de todos modos; pero sin que mi muerte sea provechosa para nadie. ¡Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa, ¿de qué modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios á mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el ósculo de despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de que tu alma, rodeada de espíritus bienaventurados, volase al seno de su Creador, te habria dicho:—«¡Ve en paz, y espérame en la celestial morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta á seguirte presurosa!»—¿Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias empuñar? ¿Es así como debia pasar contigo á Damogira? ¿Es ese el régio trono que me tenias preparado? ¡Ah Fortuna cruel!¡Cuánta ventura me arrebatas! ¡Qué halagüeñas esperanzas has desvanecido! ¡Ah! Puesto que he perdido tanto bien, ¿qué puede ya interesarme en el mundo?

Mientras así decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales términos, que volvia á arrancarse los cabellos, como si tuvieran la culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba el pecho y los lábios con las uñas. Pero volveré á Orlando y á sus compañeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se consume en estéril llanto.

Deseoso Orlando de aplicar á la dolencia de su cuñado los prontos auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar á Brandimarte honrosa sepultura en un sitio más digno, embarcóse con direccion á la montaña que ilumina la noche con su fuego, y oscurece el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hácia la derecha. Con un viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la pálida luz de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa que rodea á Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales de Brandimarte. Cuando vió cumplidas fielmente sus órdenes, y el Sol dió paso á las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso séquito de caballeros que habian acudido á Agrigento respondiendo á su invitacion, trasladóse á la orilla del mar que parecia abrasada por la llama de infinitas antorchas, y volvió donde estaba depositado el cuerpo del que vivo y muerto habiaquerido tanto, y cuya lamentable pérdida arrancaba gemidos y lamentos á los circunstantes.

Junto al fúnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia tener ya secos los ojos y los párpados á causa de las incesantes lágrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y perversos á los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas ú ofendia su arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con más fuerza los gemidos y las lágrimas: aproximóse el Conde al cadáver, y permaneció algun tiempo con los ojos fijos en él, sin desplegar los lábios y tan pálido como el ligustro ó el flexible acanto arrancados de su tallo por la mañana ó por la noche: por último exhaló un profundo suspiro, y sin separar la vista del rostro de su amigo, exclamó:

—¡Oh valiente, leal y querido compañero, cuyo ensangrentado cadáver contemplo, aunque sé que resides en el Cielo, y que has conquistado una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdóname este llanto que me hace derramar, no tanto la idea de que no estés á mi lado, como el pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro solo: sin tí nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la guerra, ¿por qué no he de participar tambien de tu reposo? ¡Grandes deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandoné en los trabajos, ¿por qué no ha de tocarme parte de la recompensa? Tú has ganado, mientras que yo he perdido: para tí han sido los beneficios; para mí las pérdidas.—El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien á la Italia, laFrancia y la Alemania. ¡Oh! ¡Cuán inmenso será el desconsuelo de mi Señor y tio! ¡Cuán grande la afliccion de todos los paladines! ¡Cuán intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia cristiana, que han perdido en tí su principal sosten! ¡Oh! ¡Cómo disminuirá con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos! ¡Cómo sentirán renacer los paganos su abatido espíritu, recobrando nuevo vigor y nueva audacia! ¡Cuál debe ser en estos momentos el quebranto de tu desdichada esposa! Desde aquí veo su llanto y oigo sus desgarradores gemidos: sé que me acusa, y que tal vez me maldice al ver que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. ¡Oh Flor-de-Lis! Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fué tragado por la Tierra en el Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no fueron más útiles á su patria, ni se ofrecieron á la muerte con más gloria que tu amante.

Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hábitos negros, blancos y grises, y una multitud de clérigos iban en procesion formando dos prolongadas hileras y rogando á Dios que concediera al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber convertido la noche en dia. Alzaron el féretro, en cuya conduccion turnaron condes é ilustres caballeros, é iba cubierto con un paño de seda de purpúreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban con otras de grandes perlas: el cadáver de Brandimarte yacia sobre espléndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y tejido que aquellos.

A la cabeza del fúnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos ellos cubiertos con unas túnicas negras que les llegaban hasta el suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magníficos caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el féretro numerosas banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas, conquistadas todas ellas á mil vencidas huestes en favor del César y de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadáver. Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban todavía los blasones de los esforzados guerreros á quienes habian sido arrebatados. Doscientas personas destinadas á las diversas ceremonias de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los demás, hachas encendidas, y encerradas, más bien que vestidas, en negro ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que devez en cuando derramaba copiosas lágrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no menos aflijido que él. Olivero no pudo asistir á causa del daño de su pié.

Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro ó turquí que se veian en la comitiva, ó contar las infinitas hachas que se quemaron. El fúnebre acompañamiento se dirigió hácia la catedral, haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lágrimas á su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto, tan bueno y tan jóven. Colocaron el cadáver de Brandimarte en la nave principal de la iglesia, y cuando las plañideras hubieron dado tregua á sus inútiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin á los abundantes eleisones y demás oraciones dedicadas á los difuntos, que sobre él pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas, cubriéndola por disposicion de Orlando con un rico paño de oro, hasta que se le trasladara á un sepulcro más costoso.

Antes de salir de Sicilia, mandó Orlando que se acopiara una gran cantidad de pórfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos del mausoleo, y dedicó gruesas sumas para premiar los trabajos de los arquitectos y escultores más afamados. Despues de la partida de Orlando, pasó Flor-de-lis á Sicilia, en donde vigiló cuidadosa la ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de las grandes columnas que hizo traer desde la costa de África. Viendo que sus lágrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada vez más en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor, á pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente, resolvió no separarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerró, pasando allí su vida.

Orlando le envió varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por lo cual pasó él mismo á Sicilia para inducirla á que saliera de allí, asegurándole que si accedia á regresar á Francia, la llevaria á vivir en compañía de Galerana, señalándole una fuerte pension: y si preferia volver al lado de su padre, la acompañaría gustoso hasta Lizza, ó haria que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera más conveniente consagrarse al Señor. A pesar de todo, Flor-de-lis no abandonó el sepulcro, y extenuada allí por la penitencia, y dedicada dia y noche á la oracion, no pasó mucho tiempo sin que la Parca fiera cortara el hilo de sus dias.

Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian los cíclopes sus antiguas grutas, alejándose tristes y afligidos por verse precisados á dejar en ella á su cuarto compañero. Les pesaba en extremo abandonar á Olivero sin un médico que atendiera á su curacion, la cual, descuidada al principio, se presentaba difícil y peligrosa. Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de este asunto, se le ocurrió al piloto una idea, que les comunicó, y les agradó sobremanera. Díjoles el marino que en un islote desierto que se hallaba á corta distancia, vivia un eremita, á quien nadie habia recurrido en vano en demanda de socorro ó de consejos, asegurándoles que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista á los ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la señal de la cruz y amansar el mar cuando más furioso estuviese; por lo cual lesaconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios, no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud á Olivero, puesto que ya habia dado otras muestras más evidentes de su virtud.

Orlando acogió con marcada satisfaccion este consejo, y ordenó que se hiciera rumbo á tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin desviar la proa á uno ú otro lado hasta que al romper el dia divisaron el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron á él con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron á trasladar al Marqués á una lancha, que les condujo á través de las espumosas olas al duro escollo; pasando acto contínuo á la santa morada donde residia el anciano que bautizó á Rugiero.

El siervo del Señor del Paraiso recibió afablemente á Orlando y á sus compañeros, les bendijo con plácido semblante, y les preguntó el motivo que allí les conducia, á pesar de que los espíritus celestiales le habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondió, que el objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa de la Fé de Cristo. El santo anciano se apresuró á tranquilizarle, prometiéndole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de la medicina, y carecia de toda clase de ungüentos y remedios; pero se encaminó á la capilla, dirigió una fervorosa plegaria al Salvador, y saliendo tranquilo y satisfecho, dió su bendicion á Olivero en nombre de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¡Oh poder maravilloso que da el Señor á los que creen en él! De repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sintió su pié radicalmente curado y más fuertey ágil que nunca. Sobrino tuvo entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca sarraceno, cuyas heridas se agravaban más de dia en dia, apenas vió el milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer, se dispuso á abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar la Fé de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon, accediendo á sus deseos, derramó sobre su cabeza las puras aguas del bautismo, y le volvió, rezando, á su vigor primitivo.

Orlando y los demás caballeros se regocijaron de esta conversion casi tanto como de ver á su Olivero completamente sano de su peligrosa dolencia; pero fué mucho mayor el gozo que sintió Rugiero, cuya fé y cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jóven guerrero habia permanecido en el escollo desde la noche en que llegó á él nadando.

El devoto anciano continuó conversando afablemente con los caballeros, y exhortándoles con fervientes súplicas á que procuraran atravesar limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que se llama vida, tan grata para los hombres frívolos y necios, y á que tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.

Orlando dispuso que uno de sus criados pasara á bordo del buque, y que trajera pan y buen vino, caza y cecinas, é hicieron que el santo varon, cuyo paladar acostumbrado á los sencillos frutos de la tierra habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y condescendencia la carne, bebiera vino, é hiciera, en fin, lo mismo que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron los caballeros á hablar de diferentes asuntos; ycomo suele suceder que en la conversacion una cosa sirve de demostracion á otra, vinieron á parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero á aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos á porfía. Reinaldo no sospechó que fuese aquel guerrero con quien habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoció desde el momento en que le vió aparecer al lado del cenobita, quiso, sin embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.

Cuando todos se convencieron de que tenian ante sí á aquel Rugiero, cuya audacia, cortesanía y sublime valor le habian granjeado un nombre célebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y placentero: uno le estrechó la mano; otro le besó con amistosa efusion, y otro le abrazó estrechamente; pero sobre todos el señor de Montalban se esforzó en acariciarle y en darle más vivas muestras de su cariñosa solicitud.

En el otro canto, si teneis á bien escucharlo, os explicaré los motivos de tan afectuosa deferencia.

Reinaldo promete á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, y regresa con él á Marsella.—Astolfo llega al mismo puerto, despues de haber exterminado á sus enemigos, y desde allí pasa á Paris, donde todos los caballeros son recibidos con los mayores honores y consideraciones.—Rugiero marcha á combatir con Leon, á quien el duque Amon habia prometido la mano de su hija.

Con frecuencia acontece que, bajo humildes techos y en albergues miserables, en medio de la estrechez y de las calamidades, los corazones se unen con los lazos de una amistad más firme y duradera, que entre las envidiadas riquezas ó la ociosidad de los regios alcázares y de los expléndidos palacios, llenos de intrigas y de sospechas, de donde está desterrada por completo la caridad, y donde no se encuentra amistad que no sea fingida. Esta es la causa de que los pactos y los convenios que hacen entre sí los príncipes y los reyes sean tan fugaces. Los emperadores, los papas, los reyes, unidos hoy por mútuos tratados de alianza, se convertirán mañana en enemigos capitales; porque ni su corazon, ni sus propósitos guardan consonancia con su apariencia exterior, y porque, importándoseles lo mismo lo justo que lo injusto, tan solo atienden á su conveniencia particular: sin embargo, á pesar de que son poco capaces de comprender los dulces sentimientos de una amistosa cordialidad, porque tan delicado afecto no reside donde siempre se trata de él con hipocresía y disimulo, lo mismo en las cuestiones graves que en las insignificantes, si por casualidad llega á reunirlos en algun sitio humilde una impensaday cruel desgracia, que les agobie mútuamente con su peso, entonces, y solo entonces, aprenden á conocer y apreciar en poco tiempo el valor inapreciable de la santa amistad, de que durante muchos años no pudieron darse cuenta. El santo anciano, en su modesto retiro, logró unir á sus huéspedes con los fuertes vínculos de un acendrado cariño, mucho mejor que otros lo hubieran hecho en la corte, y este cariño quedó tan arraigado en sus corazones, que no se desvaneció sino con la muerte. El piadoso varon los encontró á todos benignos y asequibles á sus exhortaciones, y conoció que sus almas eran más cándidas que el blanco plumaje de un cisne: todos ellos eran francos, amables, generosos, é incapaces de esa iniquidad que os he descrito, propia solo de los que, cubiertos con la máscara de una refinada hipocresía, jamás se manifiestan como son; por lo cual, dieron al olvido sus antiguas ofensas y querellas, y desde aquel momento se amaron más que si los hubieran engendrado los mismos padres.

El señor de Montalban se mostraba más solícito que los demás en acariciar y halagar á Rugiero, tanto por haber tenido ocasion de conocer su valor y bizarría, cuanto por ver en él al caballero más afable y más humano que existia en el mundo, y principalmente por reconocerse deudor de los muchos favores que el esforzado jóven le habia prestado en diferentes ocasiones. Sabia que Rugiero habia salvado á Riciardeto, cuando el Rey de España le hizo encarcelar, por haberle encontrado en el lecho con su hija: sabia tambien que habia librado á los dos hijos del Duque Buovo, segun os he dicho, de las manos de los sarracenos y de los malvados sicarios del maguntino Bertolagio; y estas muestras de heróica abnegacion le parecian tan grandes, que le obligaban á amarle y á reverenciarle: lo que más le pesabaera no haber podido hacer lo mismo cuando militaban el uno bajo las banderas africanas y el otro al servicio de Carlomagno; pero á la sazon, que le veia convertido al cristianismo, se apresuró á satisfacer gustoso su deuda de gratitud, prodigando á Rugiero toda clase de ofrecimientos, honores y demostraciones de cariño.

Viendo el prudente eremita tan marcada benevolencia, tomó pié de ella para decirles:

—Ahora no falta ya más que una cosa, que espero obtener sin oposicion; y es que, así como acabais de uniros por los lazos de una generosa amistad, os unais tambien por los vínculos del parentesco, á fin de que de vuestras dos razas ilustres, cuya nobleza no encuentra igual en el mundo, salga una estirpe que supere en esplendor á todo el que despiden los fulgurantes rayos del Sol mientras recorre su órbita: una estirpe cuya gloria irá en aumento conforme vayan transcurriendo los años y los lustros, y durará (segun lo que Dios me inspira con objeto de que os lo revele) mientras los cielos efectúen sus acostumbradas revoluciones.

Y prosiguiendo su conversacion en estos términos, el santo anciano concluyó por persuadir á Reinaldo á que prometiera á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, si bien es verdad que ninguno de los dos necesitaba tales consejos. El Príncipe de Anglante y Olivero encarecieron á su vez la conveniencia de esta union, esperando que, así como ellos, la aprobaran el rey Cárlos y el duque Amon, y que la Francia entera se regocijaria por ella. Así decian; pero ignoraban que Amon, con aprobacion del hijo de Pepino, se habia comprometido por aquellos dias con Constantino, emperador de Oriente, que le pidió la mano de Bradamante para su hijo Leon, heredero de sus vastos dominios; el cual, sin ver á la jóven, se habia enamoradoperdidamente de ella por la sola fama de sus hazañas. Amon le respondió, que por sí solo no podia decidirse enteramente hasta hablar con su hijo Reinaldo, que por entonces se hallaba lejos de la corte; y aun cuando no le cabia la menor duda de que su hijo daria su consentimiento, aceptando gustoso una alianza tan ilustre, no se atrevia, sin embargo, á tomar una resolucion definitiva á causa de la suma deferencia que le tenia.

Mientras tanto Reinaldo, separado de su padre, ignorante de los tratos de este con el Emperador, y cediendo á su propio deseo, al parecer de Orlando y de sus compañeros, y sobre todo á las instancias del eremita, prometió á Rugiero la mano de su hermana, persuadido de que Amon no podria menos de aprobar satisfecho aquel parentesco. Pasaron todo aquel dia y gran parte del siguiente en compañía del virtuoso cenobita, olvidándose casi de regresar á bordo, á pesar de serles el viento favorable; pero los marinos, que se lamentaban de tanta demora, les enviaron repetidos avisos, apremiándolos para que se embarcaran, hasta que por último tuvieron que separarse del eremita. Rugiero, que habia permanecido en aquel retiro tantos dias, sin apartarse un solo momento del escollo, se despidió afectuosamente del santo maestro que le iniciara en la verdadera fé. Orlando le devolvió su espada, la armadura de Héctor y el buen Frontino, tanto para darle una prueba evidente del cariño que le profesaba, cuanto por saber que antes le habian pertenecido; y si bien el Paladin tenia más derecho á poseer aquel acero encantado, conquistado por él á costa de mil trabajos y fatigas en el formidable jardin de Falerina, que Rugiero, á quien se lo habia entregado un ladron, juntamente con Frontino, sin embargo, se lo cedió voluntariamente, así como las demás armas á la primera indicacion.

Bendecidos los caballeros por el devoto anciano, volvieron á embarcarse, y al instante dieron las velas al Noto y los remos al agua. Durante su navegacion, disfrutaron de un tiempo tan sereno y bonancible, que no tuvieron necesidad de apelar á los rezos ni á los votos hasta que fondearon en Marsella sanos y salvos. Dejémosles allí, hasta que me sea posible conducir á aquel puerto al glorioso duque Astolfo.

Luego que Astolfo tuvo noticia de la victoria alcanzada á costa de tanta sangre, juzgó que la Francia se hallaba para siempre libre de los ataques del África, y por consiguiente creyó oportuno disponer que el Rey de Nubia regresara á su país con su ejército, por el mismo camino que cruzara al marchar contra Biserta. El hijo de Ogiero habia enviado de nuevo al África la escuadra que destruyó la de los moros, y en cuanto desembarcaron de ella los nubios que la tripulaban, un nuevo milagro hizo que los costados, las popas y las proas de las embarcaciones recobraran su primitiva forma de hojas de árbol; despues acudió el viento, y como cosa leve, las dispersó por el aire y las hizo desaparecer en un instante.

No tardaron en alejarse de África las huestes nubias, unas á pié y otras á caballo; pero Astolfo manifestó antes su viva y eterna gratitud al rey Senapo, por haber acudido en persona á prestarle un generoso auxilio con toda su fuerza y todo su poder, y le entregó el terrible y fogoso Austro encerrado en el claustro uterino: quiero decir, que le confió el odre que contenia el viento que suele soplar del Sur con inusitada violencia, agitando las arenas del desierto como si fueran las olas de un tempestuoso mar, y elevándolas en confusos remolinos hasta el mismo Cielo: encarecióle la importancia de mantenerlo cautivo, para queno les molestara en su viaje, y le recomendó, por último, que al llegar á su país, le diese libertad.

Dice Turpin, que en el momento en que el ejército penetró en las gargantas del empinado Atlas, todos los caballos se transformaron de nuevo en piedras, de suerte que los nubios se volvieron como habian venido.

Pero ya es tiempo de que Astolfo regrese á Francia, por lo cual tan pronto como hubo fortificado los principales puntos del reino de África, hizo desplegar las alas á su Hipogrifo, que de un solo vuelo le llevó á Cerdeña, y de Cerdeña á las playas de Córcega; desde allí prosiguió el Duque su camino sobre el mar, volviendo algun tanto las riendas á la izquierda, hasta que por último contuvo la rapidez de su carrera al dar vista á las marismas de la rica Provenza, donde hizo con el Hipogrifo cuanto le ordenó el Evangelista. El santo Apóstol le habia prevenido que, una vez llegado á Provenza, dejara de espolearle, y que cesando de oponer la silla y el freno á su natural impetuosidad, le permitiera alejarse libremente.

Además, el cielo más bajo, que recibe en su seno todo cuanto pierden los mortales, habia privado de sus sonidos á la trompa, que se quedó, no ya ronca, sino muda, cuando el guerrero puso el pié en la divina morada.

Llegó Astolfo á Marsella el mismo dia en que desembarcaron Orlando, Olivero y el señor de Montalban, juntamente con el buen Sobrino y el bravo Rugiero. El triste recuerdo de la muerte de su amigo Brandimarte impidió que los Paladines reunidos pudieran dar expansion al júbilo que sentian por el feliz resultado de la guerra. Desde Sicilia habian participado al Emperador la muerte de los dos reyes sarracenos, la prision de Sobrino y el desgraciado fin de Brandimarte: tampoco ignoraba Cárlos la conversion deRugiero, y en su corazon y en su rostro se echaba de ver claramente el gozo que sentia, por verse libre de aquel peso intolerable que habia gravitado sobre sus hombros, en términos de no poder reponerse fácilmente.

A fin de honrar cual debia á aquellos guerreros, que eran las columnas y el principal sosten del santo Imperio, dispuso el Emperador que toda la nobleza del reino saliera á recibirlos hasta la orilla del Saona, y él mismo se adelantó á su encuentro fuera de los muros de la ciudad con una brillante comitiva, compuesta de reyes y duques, y en compañía de la Emperatriz, que iba rodeada de muchas doncellas, tan notables por su hermosura como por la elegancia y riqueza de sus galas. El alegre Emperador, los paladines, los amigos y parientes, la nobleza y el pueblo acogieron al Conde y á sus compañeros con las más evidentes muestras de cariñoso afecto, aclamando los nombres de Mongrana y Claramonte.

Tan pronto como hubieron terminado los plácemes y los abrazos, Reinaldo, Orlando y Olivero condujeron á Rugiero á la presencia del Emperador, manifestándole que aquel jóven era hijo de Rugiero de Ris, digno heredero de las virtudes de su padre, y tan fuerte y animoso y tan experto en los combates como podrian atestiguar los ejércitos cristianos. En aquel momento se presentaron Marfisa y Bradamante, las dos amigas bellas y esforzadas: la primera corrió á abrazar á su hermano: la segunda le saludó con cierta expansion contenida por el respeto.

El Emperador hizo que Rugiero volviera á montar á caballo, del que se habia apeado reverentemente, y quiso que cabalgara á su lado, no perdonando la menor ocasion de honrarle y darle señales inequívocas de su aprecio; pues sabia su conversion al cristianismo, porque apenas desembarcaron los guerreros, se habian apresurado á poner en noticia de Cárlos los detalles de todo lo ocurrido. La noble comitiva entró en la ciudad en medio de una pompa verdaderamente triunfal: por do quiera se veian enramadas y guirnaldas de flores: todos los edificios estaban colgados de vistosos tapices: sobre los vencedores caia una verdadera lluvia de flores y de yerbas olorosas, que arrojaban á manos llenas desde los balcones y ventanas elegantes damas y apuestas doncellas: al recorrer algunas calles, se encontraban con arcos y trofeos levantados en breves momentos, en que estaban representados la toma y el incendio de Biserta y otros varios hechos de armas: en otras partes se elevaban tablados, en los que se ejecutaban diferentes juegos, pantomimas y espectáculos escénicos, y en fin, por do quiera aparecian fijados grandes cartelones con esta inscripcion:A los libertadores del Imperio. Entre los sonidos de los penetrantes clarines, de los canoros pífanos, y de mil armoniosas músicas; entre los aplausos, las aclamaciones, el gozo y el afecto de una inmensa multitud que apenas cabia en las calles, apeóse el magno Emperador en su palacio, donde todo aquel brillante séquito se entregó durante muchos dias á los placeres de los torneos, de los banquetes, de los bailes, de los juegos y de las representaciones escénicas.

Reinaldo aprovechó la primera oportunidad para participar á su padre su propósito de unir á Bradamante con Rugiero, manifestándole al propio tiempo que se la habia prometido por esposa en presencia de Orlando y de Olivero, los cuales apoyaron su dictámen por creer que era imposible contraer un parentesco, que por la nobleza y valor del elegido fuese, no tan solo igual, sino mejor que el acordado. El duque Amon no quiso ocultar á su hijo el marcado descontento con que escuchó sus palabras, por haberse atrevidoá disponer de la mano de la doncella sin consultarle, cuando él estaba resuelto á desposarla con el hijo de Constantino y no con Rugiero, el cual ni empuñaba un cetro, ni poseia absolutamente nada sobre la tierra, como si no supiese que la nobleza, y especialmente la virtud, carecen de valor cuando no las acompañan las riquezas.

Beatriz censuró la determinacion de su hijo mucho más que el Duque su esposo, calificándola de arrogante en demasía, y declaró secreta y ostensiblemente, que se opondria á que Bradamante fuese esposa de Rugiero, por tener resuelto hacerla á toda costa emperatriz de Oriente. Reinaldo por su parte persistia en su obstinacion, decidido á no faltar en un ápice á su palabra. La madre, que creia á la magnánima doncella predispuesta en favor suyo, la escitaba á confesar que preferia la muerte á enlazarse con un caballero pobre, amenazándole al mismo tiempo con retirarle su afecto si toleraba la grave injuria que su hermano le inferia, y aconsejándole que se negara con audacia y firmeza, puesto que Reinaldo no podia obligarla á acceder á sus deseos á la fuerza.

Bradamante permanecia silenciosa, sin atreverse á contradecir á su madre, hácia quien sentia tal respeto y reverencia, que ni siquiera podia pensar en desobedecerla; pero, por otra parte, consideraba como un crímen prometer lo que no queria cumplir; y no queria, porque no le era posible, pues Amor le habia arrebatado su poco ó mucho albedrío. No atreviéndose á rehusar, ni á dar muestras de contento, se limitaba á guardar un absoluto silencio, interrumpido por frecuentes suspiros; pero cuando se encontraba á solas, y en sitio donde no pudiese ser oida, daba libre curso al llanto que en copioso raudal se escapaba de sus ojos, haciendo sentir á su pecho y á sus blondos cabellos los crueles efectos del dolor que la atormentaba, golpeándose aquel y mesándose lastimosamente estos. En medio de su afliccion y de su llanto, exclamaba:

—¡Ay de mí! ¿Habré de querer lo que no quiere la que debe ejercer sobre mi voluntad un dominio mayor que el mio propio? ¿Tendré en tan poca estima los deseos de mi madre, que me sea posible posponerlos á mi principal anhelo? ¡Ah! ¿Puede haber pecado más grave ó baldon más vergonzoso para una doncella, que el de tomar esposo contra la voluntad de aquellos á quienes está obligada á obedecer? ¡Ay mísera de mí! ¿Tendrá bastante poder mi cariño filial para conseguir que te abandone, Rugiero mio? ¿Logrará que me entregue á una nueva esperanza, á un nuevo deseo y á un nuevo amor, ó haciendo abstraccion completa de la reverencia y atencion que á los buenos padres deben los buenos hijos, atenderé tan solo á mi bien, á mi dicha, á mi deleite? Conozco cuáles son mis deberes, sé cuánto debe exigirse de una buena hija: no lo ignoro ¡ay de mí! pero ¿de qué me sirve si los sentidos luchan ventajosamente con la razon, si Amor la acosa y la obliga á someterse, y no me permite que disponga de ella ni aun de mí misma sino cuando á él le parece, reduciéndome á decir y hacer tan solo lo que él me dicta? Soy hija de Amon y de Beatriz, pero tambien soy ¡desventurada! esclava del amor. Si falto á mis deberes filiales, espero encontrar compasivo perdon en mis padres; pero si ofendo al amor, ¿quién podrá librarme con ruegos y con súplicas de sus furores? ¿quién logrará que atienda una sola de mis disculpas y no me cause una muerte desastrosa y repentina? ¡Ah! He procurado á costa de prolongados é incesantes esfuerzos atraer á Rugiero á nuestra Fé; al fin lo he conseguido, pero ¿qué me importa, si mi piadoso propósito redunda en beneficiode otros, del mismo modo que la abeja renueva su miel todos los años, para verse privada siempre del fruto de su trabajo? ¡No, no! ¡Antes la muerte que verme en brazos de otro esposo! Si no obedezco á mi padre y á mi madre, obedeceré en cambio á mi hermano, que es mucho más prudente que ellos y tiene su cerebro sano y despejado. El mismo Orlando aprueba lo que Reinaldo ordena, de suerte que cuento con el apoyo de ambos caballeros, más temidos y venerados en el mundo que todos nuestros demás parientes juntos. Si no existe un solo mortal que no vea en ellos la flor, la gloria y el esplendor de la raza de Claramonte, si todos los ensalzan y los glorifican á porfía, ¿por qué he de consentir que Amon disponga de mí con preferencia á Reinaldo y al Conde? No, no debo permitirlo, y con tanto mayor motivo, cuanto que el Emperador griego solo ha recibido de mi padre una vaga promesa, al paso que Reinaldo ha comprometido su palabra con Rugiero.

Si Bradamante se afligia y atormentaba, la imaginacion de Rugiero no estaba mucho más tranquila; pues aunque la noticia de la oposicion del Duque y de su esposa no habia circulado todavía por la ciudad, el triste jóven tenia conocimiento de ella. Lamentábase de su adversa fortuna, que no le permitia gozar de tanto bien, por haberle negado tronos y riquezas, cuando se mostraba tan pródiga con otros mil, indignos de poseerlas, y sin embargo, se veia dotado en tan gran cantidad de todos los demás bienes que concede la naturaleza á los hombres, ó se alcanzan á fuerza de estudio y de fatiga, que no ha existido mortal alguno que poseyera tantos, pues á su belleza cedia toda otra belleza; con dificultad se hallaria quien resistiera á su pujanza, y nadie, como él, merecia la palma de la magnanimidad y de la régia esplendidez; pero el vulgo, que dispone á su arbitrio de los honores y las consideraciones, y los da ó los quita como le parece (y no se crea que eximo á nadie del nombre de vulgo, excepto á los hombres prudentes y estudiosos; pues los papas, los reyes y los emperadores no los hacen las mitras, los cetros, ni las coronas, sino la prudencia, el recto criterio, cualidades que el Cielo concede á un limitado número de personas), para ese vulgo, repito, que solo da valor á las riquezas, no existe otra cosa en el mundo más digna de admiracion, y sin ellas, nada respeta y nada aprecia, por grandes que sean la belleza, el valor, la pujanza, la destreza, la virtud, la sabiduría y la bondad, considerando por último como lo más insignificante de todo los amorosos quebrantos semejantes al que me ocupa.

—Puesto que Amon está decidido, pensaba Rugiero, á que su hija sea emperatriz, desearia que no llevara á cabo tan pronto su alianza con Leon, y que me diera por lo menos un año de término; no necesito mayor plazo para precipitar del sólio imperial á Leon y á su padre, y cuando les haya arrancado su corona, Amon no me juzgará un yerno indigno de sí. Pero si Constantino pretende ser suegro de Bradamante con la precipitacion que ha exigido; si no hace caso alguno de la palabra que Reinaldo y su primo Orlando me han dado en presencia del santo eremita, del marqués Olivero y del rey Sobrino, ¿qué deberé hacer? ¿Toleraré tan grave ultraje, ó arrostraré la muerte antes que sufrirlo? ¿Qué haré, Dios mio? ¿Deberá recaer mi venganza en el padre de Bradamante? Paso por alto que no debo precipitarme para tomar una determinacion semejante, y si obro necia ó cuerdamente al intentarla; pero quiero suponer que me sea fácil arrancar la vida al viejo insano y á toda su descendencia: esta venganza ¿me proporcionará alguna satisfaccion? ¡Ah! No: redundará, por el contrario, en contra de mi constanteanhelo, que siempre se ha cifrado en conservar el amor de mi bella dama y en no merecer su ódio; y si doy muerte á su padre, ó intento ó llevo á cabo alguna accion perjudicial para su hermano ó sus parientes, ¿no le doy un justo motivo para que me llame enemigo suyo, y se niegue con horror á ser mi esposa? ¿Qué debo, pues, hacer? ¿Sufriré tal insulto? ¡Ah no, vive Dios! primero la muerte. Pero no, no quiero morir: antes debe perecer con más justicia ese Leon Augusto, que ha venido á turbar mi inmensa alegría: deben perecer él y su infame padre. No costó tanto Elena á su troyano amante, ni Proserpina á Piritoo en tiempos más remotos, como he de hacer pagar caro mi quebranto al padre y al hijo. ¿Y podrá suceder, vida mia, que no te pese abandonar á tu Rugiero por ese griego? ¿Logrará tu padre arrancarte el fatal consentimiento, aun cuando tuviese de su parte á tus hermanos? ¡Ay! ¡Harto temo que tus deseos concuerden con los de Amon más bien que con los mios, y que te parezca mejor partido el que te ofrece un César que el de un simple caballero! ¿Podrá suceder acaso que un nombre régio, un título imperial, la grandeza y la pompa de las cortes lleguen á corromper el levantado ánimo, el gran valor y la sólida virtud de mi Bradamante, hasta el extremo de menospreciar por ellos la fé jurada, y olvidar todas sus promesas? ¿No deberia arrostrar el enojo de Amon, antes que dejar de decirme lo que siempre me ha dicho?

Decia entre sí Rugiero estas y otras muchas cosas, profiriendo con frecuencia sus quejas de tal modo, que llegaban á oidos de los que se hallaban cerca de él, por lo cual Bradamante tuvo más de una vez noticia de su pesadumbre, causándole las penas de Rugiero un dolor no menos vivo que las suyas propias; pero lo que más la atormentaba de cuanto, segun le decian, afligia á su enamorado caballero, erael saber que su principal quebranto procedia de las sospechas de que ella pudiese abandonarle, por entregar su mano al Griego. Con el fin de tranquilizarle y desterrar esta creencia de su corazon, le envió un dia á una de sus más fieles camareras con el encargo de que le trasmitiera estas palabras:

—Tened la seguridad, adorado Rugiero, de que continuaré siendo la misma hasta el sepulcro, y más allá, si posible fuera. Ya se muestre el Amor benigno ó altanero para conmigo, ya sea buena ó mala mi fortuna, mi constancia será tan firme como la de una roca que sufre incontrastable los embates del viento y del mar, segun lo he demostrado permaneciendo, como permaneceré siempre, inmutable, lo mismo en la tempestad que en la bonanza. Una lima ó un cincel de plomo podrán tallar de varios modos el diamante antes que los golpes de la fortuna ó las iras del amor consigan doblegar mi corazon constante, y las aguas del turbio y caudaloso rio subirán hácia la cumbre de los Alpes antes que cualquier nuevo accidente, bueno ó malo, consiga variar el rumbo de mis ideas. A vos tan solo, Rugiero mio, he concedido el dominio sobre mi corazon, lo que es tal vez mucho más de lo que algunos creen. Estoy íntimamente convencida de que mi lealtad es más inquebrantable que la que juran sus súbditos á un nuevo monarca: sé que ningun rey ni emperador del mundo reina en sus estados con mayor seguridad que vos en mi albedrío, y que no necesitais construir fosos ni murallas por temor de que otro os arrebate su posesion; pues sin necesidad de que levanteis tropas, no habrá asalto que yo no rechace, ni riqueza capaz de conquistarme, ni un corazon como el mio se adquiere á tan vil precio; ni podrá sojuzgarme la nobleza, ni el brillo de una corona que suele deslumbrar al vulgo necio; ni existirá una de esas bellezas que tanto influyen en las imaginaciones volubles y caprichosas capaz de impresionarme tanto como la vuestra. Desechad, pues, todo temor de que mi corazon pueda amoldarse á las nuevas formas que se pretenda darle, pues vuestra imágen está tan profundamente grabada en él, que es imposible borrarla. El marfil, el diamante, la piedra más dura y que más resistencia oponga al esfuerzo del lapidario, pueden romperse, pero no es posible grabar en ellos una figura distinta á la esculpida primitivamente. Mi corazon, que participa de la naturaleza y propiedades del mármol ó de otra materia resistente al hierro, podrá tal vez quedar destrozado por los golpes de Amor, pero este será impotente para grabar en él otra imágen que no sea la vuestra.

A estas palabras añadió otras muchas, llenas de amor, de fé, de consuelo, y capaces de restituirle mil veces á la vida, si mil veces hubiese muerto; pero cuando más confiados estaban en haber llevado sus esperanzas á buen puerto y al abrigo de los furores de la tempestad, viéronse de nuevo envueltos en oscuro ó impetuoso torbellino, que los arrojó lejos de la playa á merced de las procelosas olas. Resuelta Bradamante á cumplir todavía más de lo prometido, y evocando su acostumbrada audacia, hizo caso omiso de todo respeto y reverencia, y se presentó un dia á Carlomagno, diciéndole:

—Señor, si mis trabajos han encontrado alguna gracia á los ojos de vuestra majestad, dignaos concederme un don en recompensa; pero antes de deciros en qué consiste, os ruego que me empeñeis vuestra palabra real de acceder á mi deseo, seguro de que mi demanda será justa y recta.

—Querida hija, le respondió el Emperador, tu valor y virtud merecen que te dé cuanto me pidas, y aunque desees una parte de mis estados, juro concedértela con tal de contentarte.

—La gracia que espero de vuestra Alteza, repuso la doncella, es que no permitais que me den un esposo cuyo valor sea inferior al mio. Los que aspiren á mi mano, han de sostener antes conmigo un combate á espada ó lanza. El vencedor será mi esposo: el vencido deberá ir á otra parte en busca de mujer.

El Emperador le contestó con rostro placentero, que la demanda era en un todo digna de la que la hacia; por lo cual podia estar tranquila, pues él por su parte haria cuanto le rogaba.

Aquella entrevista no permaneció tan secreta, que no llegara al poco tiempo á noticia de todos, y en el mismo dia tuvieron conocimiento de ella el anciano Amon y su esposa Beatriz. La irritacion y el enojo que les causó el atrevido paso de su hija, fueron indescriptibles; porque vieron que su propósito no era otro que el de elegir á Rugiero y rechazar á Leon. Atendiendo diligentes á impedir que se realizara el intento que habia formado, la sacaron engañada de la corte, y se retiraron con ella á Roca-Fuerte, castillo que Cárlos habia dado pocos dias antes á Amon, el cual estaba situado entre Perpiñan y Carcasona, en un punto importante de la orilla del mar. Allí la tuvieron encerrada como en una prision, con designio de enviarla cuanto antes á Oriente, alejándola de buen ó mal grado de Rugiero, para obligarla á contraer su enlace con Leon.

La valerosa doncella, no menos sumisa que animosa y fuerte, permanecia resignada y obediente á la voluntad de su padre, á pesar de que no le habian puesto centinelas de vista y podia entrar y salir libremente del castillo: sin embargo, estaba firmemente resuelta á sufrir la prision, lostormentos más crueles y hasta la muerte, antes que renunciar á su Rugiero.

Al verse Reinaldo separado de su hermana á causa del ardid de Amon, y conociendo que ya no podria disponer de ella, con lo cual quedaba imposibilitado de cumplir su palabra, se quejó amargamente de su padre, hablando de él en términos exentos de todo respeto filial; pero el Duque se cuidaba muy poco de tales quejas, y seguia adelante con los proyectos que habia formado sobre el porvenir de su hija.

Informado Rugiero de este nuevo contratiempo, temió perder para siempre á su amada y que Leon alcanzaria voluntaria ó forzosamente su mano, si continuaba mucho tiempo vivo: obligado por tan cruel alternativa, se propuso secreta y resueltamente inmolar á su rival, convirtiéndole de Augusto en Divino, y arrancar la vida juntamente con el trono al padre y al hijo, si sus esperanzas no quedaban defraudadas. Vistióse las armas que fueron del troyano Héctor y despues de Mandricardo, hizo ensillar al excelente Frontino, y cambió de cimera, de escudo y de sobrevesta. No juzgó conveniente ostentar en su proyectada empresa el águila blanca en campo azul, y en su lugar puso por divisa en su escudo un unicornio blanco como la azucena en campo rojo. Eligió por única compañía al más fiel de sus escuderos, con expreso encargo de que no revelara en ocasion alguna el nombre de su señor.

Pasó el Mosa y el Rin, atravesó las provincias de Austria y de Hungría, bajó por la orilla derecha del Ister[181], y tan de prisa anduvo, que al poco tiempo llegó á Belgrado. Cerca del sitio en que el Save se precipita en el Danubio y marcha unido con él á desembocar en más anchuroso mar,vió Rugiero un numeroso ejército acampado en tiendas y pabellones en torno de la enseña imperial; pues Constantino intentaba recobrar aquella ciudad que le habian conquistado los búlgaros. El mismo Emperador, teniendo al lado á su hijo, mandaba en persona cuantas tropas habia podido reunir en todo el Imperio. En frente de él tenia el ejército búlgaro, que ocupaba la ciudad y toda la montaña que la rodea, extendiéndose hasta la misma orilla del Save, cuyas aguas acudian á beber las huestes de una y otra nacion.

Rugiero llegó en el momento en que los griegos se esforzaban en echar un puente sobre el rio, mientras los búlgaros procuraban impedirlo, y encontró á los dos ejércitos batiéndose con encarnizamiento.

El número de los griegos era cuádruple al de sus contrarios, y además tenian embarcaciones con puentes para facilitar el paso del rio, que estaban empeñados en atravesar á viva fuerza. Mientras una parte del ejército imperial se ocupaba en esta operacion, Leon se alejó del rio por medio de un movimiento simulado, y dando un gran rodeo por el campo, retrocedió de nuevo, echó los puentes en la orilla opuesta y pasó por ellos con toda rapidez, seguido de mas de veinte mil soldados, entre infantes y ginetes, con los cuales marchó por la orilla del rio, y cayó furiosamente sobre uno de los flancos del enemigo. Tan luego como el Emperador vió aparecer á su hijo por la margen opuesta, uniendo puentes á puentes y naves á naves, pasó á su vez con el resto de sus tropas.

Vatrano, jefe y rey de los búlgaros, guerrero de gran prez, prudente y animoso, se esforzaba inútilmente en contener por todas partes un ataque tan impetuoso, cuando oprimiéndole Leon con su robusta mano, le hizo caer debajo del caballo; y como no quiso rendirse prisionero, perdió la vida atravesado por mil espadas. Los búlgaros habian hecho frente hasta entonces; pero apenas se vieron privados de su jefe, se apresuraron á huir de la tormenta que en torno suyo descargaba cada vez más amenazadora, volviendo las espaldas hácia donde antes tenian el rostro.

Rugiero, que habia pasado el rio confundido entre los griegos, al ver aquella derrota, se dispuso á socorrer á los búlgaros, sin pararse á reflexionar en lo que hacia, é impulsado tan solo por su ódio á Constantino, ó más bien á su hijo Leon. Picó á Frontino, que se asemejaba al viento en su velocidad, y se adelantó á todos los ginetes, colocándose en medio de los búlgaros, que poseidos de un terror pánico, huian al monte, abandonando la llanura. Consiguió detener á muchos de ellos, llevólos de nuevo al combate, enristró su lanza, y lanzó su caballo contra los griegos con tan terrible aspecto, que Marte y Júpiter se estremecieron de espanto en su olímpica morada.

Fijó la vista, con preferencia á los otros, en un caballero que llevaba bordada en su purpúrea sobrevesta una mazorca de seda y oro, con todo su tronco, al parecer de mijo: era hijo de una hermana de Constantino, y su tio le amaba con paternal ternura: Rugiero le hizo pedazos, cual si fueran de vidrio, el escudo y la coraza, y el hierro de su lanza le salió más de un palmo por la espalda. Despues de dejar muerto á aquel guerrero, empuñó su Balisarda, se precipitó sobre el escuadron más próximo, y repartiendo cuchilladas á diestro y siniestro, empezó á hendir troncos y cabezas, á atravesar pechos y costados y á segar gargantas.

Pronto quedó el campo sembrado de cabezas, piernas, brazos, manos y troncos; la sangre de los muertos, formando un espantoso arroyo, corria hasta el valle. Al ver tan descomunales tajos, no hubo un solo griego que se atreviera á contrastarlos: aterrados estos, dejaron de oponer resistencia, de suerte que en breve cambió la faz del combate; pues cobrando nuevo ardimiento el búlgaro fugitivo, hizo frente á su enemigo, empezó á perseguirle con denuedo, y en un momento rompió sus apiñados escuadrones é hizo emprender la fuga á todas sus banderas.

Leon Augusto se habia retirado á una eminencia, al ver la desordenada huida de los suyos: triste y consternado contemplaba desde aquella altura que dominaba todo el campo, al guerrero que hacia morder el polvo á tanta gente y que era capaz él solo de exterminar á todo su ejército: á pesar del gran daño que le causaba, no podia menos de admirar su valor y elogiar sus ínclitas proezas. Por la divisa, la sobrevesta y la brillante armadura con ricos adornos de oro, que llevaba aquel guerrero, conocia fácilmente que no era búlgaro, á pesar del generoso auxilio que les prestaba. No se cansaba de contemplar atónito sus hechos de armas sobrehumanos, llegando á ocurrírsele que tal vez seria un ángel exterminador bajado del Cielo para castigar á los griegos por los pecados con que tantas y tantas veces habian ofendido al Eterno.


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