CANTO XLV.

Como Leon abrigaba un corazon magnánimo y sublime, quedó tan prendado de aquel campeon, á quien otros muchos en su caso habrian cobrado ódio, que deseaba verle salir ileso del combate; y tanto era así, que hubiera preferido perder, no ya uno, sino seis de sus soldados, y hasta una parte de su reino, antes que presenciar la muerte de tan digno caballero.

Así como el tierno niño á quien su enojada madre castiga y aleja de sí, no va á buscar un refugio al lado de suhermana ó de su padre, sino que vuelve á buscar á la que le castigó, abrazándola dulcemente, así tambien Leon no podia sentir ódio alguno hácia Rugiero, por más que hubiese esterminado su vanguardia, y amenazara con la misma suerte al resto del ejército, porque el increible valor de audaz guerrero excitaba en su alma más afecto que ódio.

Mas si Leon admiraba y queria ya á Rugiero, creo que no obtendrá la misma favorable correspondencia; porque el bravo Paladin le odiaba con toda su alma, y su único deseo era el de darle la muerte por su mano. Le fué buscando con insistencia por todas partes, preguntando á muchos dónde podria encontrarle; pero la buena estrella y la prudencia del príncipe griego impidieron que se hallase con él frente á frente. Leon mandó tocar retirada para evitar el total exterminio de sus huestes, y ordenó que un mensajero partiera á todo escape á rogar al Emperador que emprendiese á su vez la retirada y repasara el rio, asegurándole que podia darse por muy satisfecho si no se lo estorbaban: mientras tanto, él, con las escasas tropas que consiguió reunir, volvió al puente por donde habia pasado el Save. Fueron innumerables los griegos que perecieron á manos de los búlgaros en el monte y en el rio; é indudablemente habrian perecido todos, á no haber pasado á la orilla opuesta del rio, cuyas aguas les protegieron en su derrota. Muchos soldados cayeron precipitados desde los puentes y se ahogaron: otros muchos corrieron durante largo tiempo buscando un vado, sin atreverse á volver la vista atrás, y muchos tambien cayeron prisioneros y fueron conducidos á Belgrado.

Terminada de este modo aquella batalla, que hubiera sido funesta para los búlgaros despues de la muerte de su rey, si no hubiese vencido por ellos el animoso guerrero que llevaba pintado en su rojo escudo el unicornio blanco, se apresuraron los vencedores á mostrarle su inmensa gratitud por aquella victoria, que á él tan solo debian, segun se complacian en reconocer. Unos le saludaban, otros se inclinaban reverentemente al llegar junto á él; estos le besaban la mano, aquellos el pié; considerándose muy dichosos los que podian verle de cerca, y más aun los que lograban tocarle, por creer que tocaban una cosa divina y sobrenatural. Por último, en medio de entusiastas aclamaciones le suplicaron unánimes que accediera á ser su rey, su capitan, su guia.

Rugiero les respondió que seria su rey y su capitan, ó lo que ellos quisieran; pero que aquel dia se negaba á empuñar el cetro ó el baston de mando, y hasta á descansar en Belgrado, porque queria perseguir á Leon antes de que se alejara más y consiguiera vadear el rio, y no cesar en su persecucion hasta conseguir alcanzarle y darle muerte; pues con este solo objeto habia hecho un viaje de más de mil millas, y no por otra causa. Sin esperar á más, separóse del grupo que le rodeaba, y se dirigió por el camino que, segun informes, atravesaba Leon volando, por miedo tal vez de que le cortaran la retirada. Era tal el ardor con que siguió las huellas de su rival, que ni siquiera se detuvo á llamar ni á esperar á su escudero.

Leon le llevaba tanta ventaja en su huida (pues de tal puede calificarse aquella confusa retirada), que encontró el paso libre y expedito, rompiendo en seguida el puente é incendiando las naves. Cuando llegó Rugiero, ya habia ocultado el Sol sus rayos; y no encontrando un albergue donde recogerse, siguió adelante, caminando á la débil claridad de la Luna, sin hallar á su paso ciudad ni castillo alguno. Ignorando á donde dirigirse para buscar un asilo, prosiguiódurante la noche su marcha, sin apearse un solo momento del caballo, hasta que al despuntar la nueva aurora, vió por fin á la izquierda una ciudad, en donde se propuso permanecer todo el dia, con objeto de conceder algun descanso á Frontino que tantas millas habia andado la noche anterior sin detenerse un momento ni verse libre de la brida.

Uno de los súbditos más queridos de Constantino, llamado Ungiardo, era el gobernador de aquella ciudad, de la cual habia sacado el Emperador, con motivo de la guerra, un número considerable de peones y ginetes. Hallando libre la entrada, penetró Rugiero en la ciudad, en la que le hicieron tan favorable acogida, que consideró innecesario seguir adelante para buscar un sitio mejor ni más abundante. Hácia la tarde alojóse en la misma posada que él un caballero de Rumanía, que se habia encontrado en la terrible batalla cuando Rugiero tomó parte en ella á favor de los búlgaros: aquel caballero pudo escapar milagrosamente de las manos del prometido de Bradamante; pero tan aterrado, que aun se sentia estremecido de espanto, pareciéndole ver por todas partes al caballero del unicornio.

Apenas vió el escudo, conoció al guerrero que usaba aquella divisa, el mismo que derrotó á los griegos y á cuyas manos pereció tanta gente. Inmediatamente se dirigió corriendo al palacio del gobernador, solicitando una audiencia para revelarle una cosa de la más alta importancia, é introducido á presencia de Ungiardo, le dijo cuanto me reservo para el canto siguiente.

Leon libra de la muerte á Rugiero, que habia sido encarcelado.—Rugiero, encubierto con la armadura del príncipe griego y ostentando el blason de este, vence en combate singular á Bradamante; el dolor y la angustia que le produce su victoria, le inducen á atentar contra su vida.—Marfisa emplea todos los medios imaginables para estorbar el matrimonio de Bradamante con Leon.

Cuanto más alto veais al mísero mortal en la inestable rueda de la Fortuna, tanto más rápidamente le vereis con la cabeza donde antes tenia los piés, dando una espantosa caida. Tenemos repetidos ejemplos de esta verdad en Polícrato[182], el rey de Lidia[183], Dionisio[184], y otros cuyos nombres creo inútil recordar, los cuales cayeron desde la cúspide de la grandeza y poderío en la miseria más extremada. En cambio, cuanto más deprimido, cuanto más humillado se encuentra el hombre en la parte inferior de la rueda, tanto más cerca se ve de su punto culminante, si aquella da una vuelta completa; y más de uno que casitenia la cabeza metida en un cepo, al dia siguiente ha dictado leyes al mundo. Servio[185], Mario[186]y Ventidio[187]nos han ofrecido una prueba de esto en los tiempos antiguos, y el rey Luis en el nuestro[188]. Este monarca, suegro del hijo del Duque mi señor, despues de haber sido derrotado en Saint-Aubin y de caer en las garras de su enemigo, estuvo á punto de perder la cabeza: el gran Matias Corvino[189]corrió poco antes un peligro mucho mayor, y sin embargo, el uno subió al trono de Francia, y el otro fué coronado rey de Hungría. Los numerosos ejemplos de que están llenas las historias antiguas y modernas, nos hacen ver que la desgracia va siempre en pos de la prosperidad y vice-versa, que la gloria y el baldon se suceden alternativamente y que el hombre no debe confiar jamás en sus riquezas, en sus estados, ni en sus victorias; pero tampoco debe abatirse por los reveses de la Fortuna, cuya rueda está siempre dando vueltas.

Era tal la confianza que Rugiero tenia en su valor y su fortuna despues de la victoria alcanzada sobre Leon y el emperador Constantino, que se creia capaz de dar la muerte al padre y al hijo, acometiéndolos él solo, sin compañía niauxilio de ninguna clase, aunque les rodearan cien escuadrones armados. Pero la veleidosa deidad que no quiere que nadie confie en ella, le demostró en pocos dias con cuánta facilidad ensalza á los hombres ó los precipita en el abismo, con qué rapidez se convierte de amiga en adversa. Para hacérselo conocer así, se valió del caballero que en la terrible batalla habia tenido no poco trabajo en escapar de sus manos, el cual acudió presuroso á procurarle disgustos y penalidades, haciendo saber á Ungiardo que el guerrero que derrotó y aniquiló para muchos años las huestes de Constantino, se encontraba aquel dia en la ciudad, donde pernoctaría seguramente, y que, aprovechando una ocasion tan propicia, seria fácil aprisionarle sin trabajo ni riesgo alguno, con lo cual se hallaria el Emperador en disposicion de subyugar fácilmente á los búlgaros.

Ungiardo habia sabido por los fugitivos que en gran número acudieron á refugiarse en su ciudad, por no haber podido todos pasar el puente, las circunstancias de aquella matanza en la que habian perecido la mitad de los griegos á manos de un caballero, cuyo solo esfuerzo derrotó un ejército y salvó á otro. No pudo menos de asombrarse al oir que él mismo habia ido á caer en la red sin que nadie le persiguiera, y demostró en su rostro y sus palabras la complacencia que le causaba aquella noticia. Aprovechando el momento en que Rugiero estaba durmiendo sin la menor desconfianza, envió algunas de sus gentes, que con todo sigilo y cautela le sorprendieron en el lecho, y se apoderaron fácilmente de él.

Descubierto Rugiero por su propio escudo, quedó en la ciudad de Novengrado prisionero de Ungiardo, hombre cruelísimo, á quien regocijó lo que no es decible tan cobarde hazaña. ¿Qué resistencia podia oponer Rugiero, desnudo ydesarmado, cuando al despertar se vió cargado de cadenas? Ungiardo despachó inmediatamente un correo á caballo, participando á Constantino tan feliz nueva. El Emperador se habia alejado la noche precedente de las orillas del Save con todo su ejército, retirándose con él á la ciudad de Beltek, que pertenecia á su cuñado Andrófilo, padre del jóven príncipe cuyas armas habia atravesado, cual si fuesen de cera, la lanza del gallardo caballero, cautivo á la sazon de Ungiardo. Constantino hacia fortificar los muros y reparar las puertas de aquella ciudad por temor de que los búlgaros, guiados por un guerrero tan valiente, le causaran otra cosa peor que miedo, y concluyeran de aniquilar el resto de sus tropas; pero al tener noticia de la prision del caballero, rehízose su ánimo hasta el punto de no temer ya á sus enemigos, aun cuando les hubiese auxiliado el mundo entero.

Fué tal el júbilo que inundó el corazon del Emperador, que no sabia lo que se hacia.—«Derrotaremos á los búlgaros,»—exclamaba con acento alegre y con la más completa conviccion: y así como el campeon que en un combate ha cortado los dos brazos á su adversario, puede dar por segura la victoria, tan cierto estaba el Emperador de la suya, luego que supo el encarcelamiento de Rugiero. No tenia Leon menos motivos de alegría que su padre; pues además de lisonjearse con la esperanza de recobrar á Belgrado y hacerse dueño de todo el país de los búlgaros, habia formado el propósito de captarse la amistad del guerrero por medio de beneficios sin cuento, é inducirle á que militara bajo sus banderas. Si lo conseguia, no envidiaria ya á Carlomagno, que contaba con paladines tan famosos como Reinaldo y Orlando.

Muy distintos á los de Leon eran los deseos de Teodora, á cuyo hijo habia dado muerte Rugiero pasándole de parte á parte con su lanza. Corrió á arrojarse á los piés de Constantino, de quien era hermana, derramando copiosas lágrimas que iban á caer en su seno, merced á las cuales consiguió atraerse el corazon del monarca, enterneciéndole y excitando en él una profunda compasion.

—No me alzaré, Señor mio, de tus plantas, mientras no permitas que me vengue del infame que inmoló á mi hijo, ya que le tenemos aprisionado. Considera que mi hijo, además de haber sido sobrino tuyo, te amó con entrañable cariño; considera tambien cuántas arriesgadas empresas llevó á cabo en tu obsequio, y juzga si harás mal en no vengarle del que le ha arrancado la vida. Bien ves que el mismo Cielo, apiadado de nuestro dolor, ha alejado del campo de batalla á ese impío, y le ha hecho caer en nuestras redes, cual desatentada avecilla, á fin de que mi hijo no permanezca mucho tiempo á orillas de la laguna Estigia, esperando su venganza. Entrégame, Señor, á ese guerrero, y permite que desahogue mi tormento presenciando el suyo.

El llanto, la afliccion y las eficaces palabras de Teodora, que no quiso levantarse á pesar de las instancias de Constantino, le obligaron por último á consentir en su demanda, y á ordenar que el cautivo fuese puesto á disposicion de su hermana. Las terminantes órdenes del Emperador tuvieron pronto cumplimiento, y al dia siguiente ya estaba el guerrero del unicornio en poder de la cruel Teodora, la cual, considerando un castigo harto leve para su deseo de hacer que le descuartizaran vivo, ó el de imponerle una muerte pública y afrentosa, quiso inventar otro género de suplicio más espantoso é inusitado. Desde luego mandó que le encerraran, encadenado de piés, manos y cuello, en el fondo tenebroso de una torre, donde jamás habian penetrado los rayos del Sol. Concedióle por único alimento un poco de pan enmohecido, y aun le tuvo privado de él por espacio de dos dias, y confió su custodia á un carcelero más dispuesto que ella misma á hacerle todo el mal que pudiese.

¡Oh! Si la bella y valerosa hija de Amon, ó la magnánima Marfisa hubieran tenido noticia de los tormentos que sufria Rugiero en aquella prision, una y otra habrian arriesgado su vida por alcanzar su libertad, y la misma Bradamante no hubiera vacilado en arrostrar la cólera de Amon ó de Beatriz con tal de volar en su auxilio.

Fiel Carlomagno á la promesa que hiciera á la doncella de no consentir en que entregaran su mano á caballero alguno cuyo valor y audacia fueran inferiores á los suyos, hizo publicar á son de trompa esta decision, no tan solo en su corte, sino tambien en todos los dominios del Imperio, desde donde se esparció en alas de la Fama por toda la Tierra. El bando contenia estas condiciones: «Todo el que aspirase á enlazarse con la hija de Amon, deberia sostener con ella un combate singular desde la salida hasta el ocaso del Sol, y si prolongaba su resistencia todo este tiempo sin ser vencido, deberia entenderse que la doncella se consideraba vencida por él, sin que ella pudiera negarse de ningun modo á cumplir lo pactado. La eleccion de armas quedaba al arbitrio del aspirante, pues esta circunstancia le era completamente indiferente á la doncella.» Y con razon podia hacerlo, porque las manejaba todas á la perfeccion, lo mismo á pié que á caballo.

Amon se vió obligado á ceder, porque no se atrevió ni quiso desobedecer al Emperador, y despues de muchas vacilaciones, se decidió á regresar á la corte en compañía de su hija. A pesar del enojo y de la cólera que á Beatriz le causaba la determinacion de su hija, hizo que le prepararan ricos y elegantes trajes de distintas hechuras y colores. Bradamante pasó á la corte con su padre, y no encontrando en ella al objeto de su pasion, ya no le pareció tan bella como solia en tiempos más felices. Así como el que admira en los meses de Abril y Mayo un jardin frondoso y esmaltado de flores, al volverlo á ver cuando el Sol, inclinándose hácia el Austro, va acortando los dias, lo encuentra desierto, hórrido y salvaje, así tambien le pareció á la doncella á su regreso que la corte imperial, abandonada por Rugiero, no era la misma que habia dejado al ausentarse. No se atrevió á preguntar qué habia sido de su amante, por temor de infundir mayores sospechas; pero prestaba atento oido á las conversaciones en que de él se trataba, procurando tener noticias suyas sin averiguar directamente lo que deseaba. De este modo supo que habia partido; mas le fué imposible conocer con exactitud el camino que siguiera, porque Rugiero, al ausentarse, ocultó su determinacion á todos, excepto al escudero que se llevó consigo.

¡Ah! ¡Cuántos suspiros exhaló! ¡Cuán grande fué su temor al saber que se habia ausentado como pudiera hacerlo un fugitivo! ¡Cómo la afligieron además las punzantes sospechas de que se hubiese alejado por olvidarla! Agitaba angustiosamente su imaginacion la idea de que Rugiero, perdida ya toda esperanza de enlazarse con ella en vista de la obstinada negativa de Amon, se habia alejado tal vez con el propósito de romper sus amorosos lazos, y con el de hacer lo posible por arrancar su imágen de su corazon, buscando de uno en otro país una doncella cuya belleza pudiera borrar el recuerdo de su primer amor, así como, segun se dice, un clavo saca á otro clavo. A este pensamiento sucedia otro nuevo, que le representaba á su amante llenode leal ternura, y que la obligaba á reprenderse á sí misma por haber prestado oidos á tan necias é inícuas sospechas. De esta suerte iban dominando alternativamente en su cerebro dos ideas distintas: la una defendia á Rugiero, la otra le acriminaba: tan pronto las acogia como las rechazaba, sin saber en cuál fijarse, presa de la más cruel perplegidad, hasta que optó por la opinion más favorable, desechando la contraria. Cada vez que recordaba las tiernas y frecuentes protestas de su Rugiero, se arrepentia de sus sospechas y de sus infundados celos, como pudiera arrepentirse del error más grave; y cual si estuviese en presencia de su amante, confesaba su falta y se golpeaba el pecho, exclamando:

—Conozco que he hecho mal; pero el que á ello me ha obligado, es tambien causa de mayores males. Toda la culpa es de Amor, que ha grabado en mi corazon tu imágen tan bella y placentera; de Amor, que ha impreso en él ese ardimiento, ese ingenio y esas virtudes que todos reconocen. ¿No debe parecerme imposible que cualquier dama y doncella que tenga ojos para ver, no se sienta repentinamente inflamada por tu amor, y no emplee todos los medios posibles para romper los amorosos lazos que nos unen y atraerte á los suyos? ¡Ah! ¡Ojalá hubiese esculpido el Amor tus pensamientos en los mios, del mismo modo que ha grabado en ellos tu imágen! Estoy segura de que se ofrecerian á mi mente tan claros y ostensibles como impenetrables los veo ahora; entonces me veria tan libre de estos insoportables celos, que con dificultad volverian á atormentar mi corazon, y en lugar de la indecible angustia que hoy me causan, quedarian no ya vencidos y destrozados, sino muertos para siempre. Ahora me parezco al avaro, cuyo corazon está tan unido al tesoro que ha enterrado,que ni le es posible vivir contento lejos de él, ni consigue desechar el temor de que se lo roben.

»No viendo tu adorada imágen, ni oyendo tu voz, Rugiero mio, el temor puede más en mí que la esperanza; y aunque le considero vano y engañoso, me abandono á él á pesar mio; pero apenas brille para mis ojos la luz de tu agradable rostro que hoy me ocultas, contra lo que tenia derecho á esperar, no sé en qué parte del mundo, desaparecerá este falso temor, arrojado en el abismo por una sólida esperanza. ¡Vuelve, pues, Rugiero amado; vuelve y alienta la esperanza casi desvanecida por el temor!

»Así como las sombras crecen á medida que el Sol se aleja, produciendo ridículos terrores, y conforme aparecen los primeros rayos del más brillante de los astros se reducen las sombras, tranquilizando á los tímidos; del mismo modo tiemblo sin Rugiero, y así tambien se desvanece mi temor cuando le veo. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Rugiero, vuelve antes de que el temor oprima enteramente á la esperanza!

»Así como durante la noche lanzan todas las estrellas fúlgidos destellos que se apagan en cuanto aparece el dia, así mi sol, al privarme de su vista, me convierte en satélite del insoportable temor; pero tan pronto como se presenta en el horizonte huye el miedo, y renace la esperanza. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, vuelve, luz adorada, y expulsa al temor que me consume!

»Cuando el Sol se aleja, haciendo más breves los dias, la Tierra se despoja de sus galas, mugen los vientos, arrastrando las nieves y el hielo, enmudecen las aves y desaparecen las flores y las hojas. Yo tambien ¡oh dulce Sol mio! cuando por desgracia apartas de mí tus espléndidos fulgores, siento tales y tan horribles tormentos, que sus rigores son como un áspero invierno que entristeciera mi alma muchasveces al año. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Sol mio, vuelve y conduce la deseada y dulce primavera! Disipa las nieves y los hielos, y restituye su serenidad primitiva á mi nublada y oscurecida mente.»

Así como Progne ó Filomena exhalan dolientes quejas cuando, al regresar de proporcionarse el alimento necesario para sus hijuelos, encuentran el nido vacío, ó cual se lamenta la tórtola que ha perdido su compañera, así tambien se lamentaba Bradamante, por temor de haber perdido para siempre á su Rugiero, inundando frecuentemente de lágrimas su rostro lo más ocultamente que podia. ¡Oh! ¡Cuánto mayor seria su quebranto si supiese lo que todavía ignoraba; si tuviese noticia de que su amante gemia en un hediondo calabozo, atormentado, afligido y condenado á una muerte cruel!

La Bondad eterna permitió que llegaran á oidos del generoso hijo del César las crueldades que ejercia la infame Teodora con el caballero á quien tenia cautivo, y su propósito de darle muerte en medio de mil inusitados tormentos; por lo cual formó el decidido empeño de auxiliarle con todas sus fuerzas, á fin de impedir que pereciera un guerrero dotado de tanto valor. El generoso Leon, que sentia irresistible afecto hácia aquel campeon, ignorando, sin embargo, que fuese Rugiero atraido por aquel valor que calificaba de sin par y le parecia sobrehumano, estuvo reflexionando mucho tiempo en los medios de que deberia valerse para salvarle; y por fin encontró uno que creyó el más á propósito para conseguir su intento, sin exponerse al ódio de su cruel tia. Habló secretamente con el carcelero, diciéndole que queria tener una entrevista con el cautivo, antes de que tuviera cumplimiento la terrible sentencia fulminada contra él.

Leon pone en libertad á Rugiero.(Canto XLV.)

Leon pone en libertad á Rugiero.(Canto XLV.)

En cuanto llegó la noche, se presentó en la torre acompañado de uno de sus más fieles escuderos, hombre audaz, vigoroso y apto para la lucha, é hizo que el carcelero le abriese ¡as puertas de la prision, guardando un riguroso incógnito. El carcelero, que estaba completamente solo, introdujo ocultamente á Leon con su escudero en la torre donde gemia el mísero Rugiero destinado á sufrir el mayor de los suplicios; una vez dentro, echaron ambos un lazo corredizo al cuello del carcelero en el momento en que les volvia las espaldas para abrir el portillo, y le enviaron rápidamente al otro mundo. Inmediatamente levantaron la trampa, y el Príncipe, con una entorcha encendida en la mano, se descolgó por una cuerda colocada allí á este efecto, y bajó al sitio en que yacia Rugiero privado de la luz del Sol, encontrándole cargado de cadenas y tendido sobre una reja que apenas le separaba un palmo del agua que por debajo de ella corria. Aquel recinto húmedo y malsano hubiera bastado por sí solo para ocasionar la muerte del prisionero en un mes ó tal vez en menos tiempo.

Leon estrechó á Rugiero entre sus compasivos brazos, diciéndole:

—Caballero: el maravilloso valor de que has dado tantas pruebas me une á tí con los espontáneos é indisolubles lazos de una amistad eterna y verdadera, exigiéndome que anteponga tu bien al mio propio, que olvide mi seguridad por la tuya, y que sacrifique el cariño de mis padres y de toda mi familia al que deseo merecer de tí. Yo soy Leon, el hijo de Constantino, que vengo en persona, como ves, á darte auxilio, á pesar del peligro á que me expongo (si mi padre llega á saberlo) de ser desterrado de mi patria, ó de acarrearme para siempre su enojo; pues desde la espantosa derrota que le hiciste sufrir en Belgrado, siente un inextinguible ódio contra tí.

Y continuó dirigiéndole otras muchas frases consoladoras, y procurando reanimar su esperanza, al mismo tiempo que rompia sus ligaduras. Rugiero le contestó:

—¡Ah! ¡Os debo una inmensa gratitud! Esta vida, que me devolveis, es vuestra; disponed de ella á vuestro antojo: en todas ocasiones me hallareis dispuesto á sacrificarla en vuestro obsequio.

Rugiero fué sacado de aquel oscuro calabozo, sin que él ni sus libertadores fueran conocidos de nadie, quedando en su lugar el cadáver del carcelero. Leon le condujo á su palacio, donde le aconsejó que permaneciera tres ó cuatro dias oculto y silencioso, ofreciéndole que haria en tanto lo posible para que le restituyeran las armas y el magnífico corcel de que se apoderara Ungiardo. Al dia siguiente echóse de ver la fuga de Rugiero, por haber encontrado vacía la prision y al carcelero extrangulado. Nadie sabia á quién achacar aquella evasion, de la que todos hablaban, pero sin atinar con lo cierto: á cualquiera otro se habria atribuido antes que á Leon, porque muchos opinaban con verosimilitud, que el Príncipe tenia más motivos para exterminar á un enemigo peligroso que para socorrerle.

Tanta hidalguía por parte de Leon no pudo menos de confundir á Rugiero, el cual se sintió tan poseido de asombro por la conducta de su rival, y experimentó tal cambio en sus ideas, especialmente en la que le obligara á emprender aquel largo viaje, que comparando las más recientes á las antiguas, resultaban totalmente distintas: sus primitivos pensamientos rebosaban en ódio, ira y veneno: los que á la sazon dominaban en su mente estaban llenos de amor y gratitud. Embebido en estas reflexiones noche y dia, sumayor cuidado, su principal deseo consistia en pagar el inmenso agradecimiento que debia á Leon con una abnegacion igual ó mayor á la del Príncipe, pareciéndole que aunque consagrara á su servicio los pocos ó muchos años que le quedaran de vida, ó se expusiera á mil muertes seguras, nunca haria tanto como Leon merecia.

Entre tanto llegó á la corte de Constantino la noticia del bando publicado por el Rey de Francia, previniendo que el que aspirara á la mano de Bradamante deberia medir sus fuerzas con ella, á espada y lanza. Supo el Príncipe griego esta condicion con tanto disgusto, que su rostro se cubrió de una palidez mortal; porque, conociendo hasta donde alcanzaban sus fuerzas, estaba persuadido de que no podia pelear con buen éxito con la guerrera. Meditó detenidamente el modo de salir airoso de este compromiso, y se le ocurrió que la astucia y la sagacidad podrian sustituir á la falta de vigor, haciendo que aquel guerrero, cuyo nombre ignoraba todavía, y á quien consideraba capaz por su pujanza y denuedo de medirse con cualquier paladin francés, se presentara á aceptar el reto, encubierto con sus armas y blasones, estando persuadido de que confiándole tal empresa era seguro el vencimiento y la sumision de Bradamante. Mas para esto se necesitaban dos cosas: primera, que el caballero se prestara á secundar sus planes; y segunda, que le sustituyese de modo que no pudiera traslucirse semejante superchería.

Llamó, pues, á Rugiero; le expuso sus proyectos y le rogó con persuasivas palabras que accediera á tomar parte en aquel desafío con nombre ajeno y bajo mentida enseña. Grande era el poder de la elocuencia del Príncipe, pero en el ánimo de Rugiero pesaba mucho más que su elocuencia la inmensa gratitud que le debia y de la que no creia versedesligado nunca; por lo cual, aunque le parecia dura y casi irrealizable semejante proposicion, le respondió, no obstante, con una solicitud que estaba muy lejos de sentir su corazon, que podia disponer de él en todo y por todo. A pesar del agudo dolor que laceró su alma, apenas pronunció esta promesa, dolor tan intenso que le atormentaba dia y noche sin concederle un momento de reposo; á pesar de que en tal empresa veia su sentencia de muerte, jamás se le ocurrió la idea de arrepentirse; pues antes que dejar de complacer á Leon, estaba dispuesto á arrostrar, no una, sino mil muertes. Y estaba seguro de morir; porque renunciar á su amada, era lo mismo que renunciar á la vida, tanto si el dolor y la amargura lograban aniquilarle, como si no llegaban á triunfar de su vigoroso espíritu; pues en uno ú otro caso, estaba resuelto á hacer pedazos el velo que rodea al alma, arrojándola fuera de él, lo cual le seria mucho más fácil y soportable que ver á Bradamante en brazos de otro hombre.

Aun cuando se hallaba dispuesto á morir, vacilaba en escoger un género de muerte. Asaltóle la idea de fingirse menos fuerte y presentar su pecho desnudo á los golpes de la guerrera, con lo cual, si lograba perecer á sus manos, no habria muerte más deliciosa que la suya; pero al mismo tiempo reflexionó que, si bien impedia de este modo el matrimonio de la doncella con Leon, faltaria en cambio á su sagrada deuda de gratitud y á su palabra; porque habia prometido luchar con Bradamante en singular batalla, y no fingir ó intentar tan solo el combate de modo que Leon no tuviera por qué felicitarse de su auxilio. Decidió, por último, permanecer fiel á su promesa, y aun cuando no cesaron de agitarle mil pensamientos contrarios, los fué alejando de su mente, y adoptó tan solo el que le exhortaba á no faltar á su palabra.

Leon habia hecho preparar en tanto, con asentimiento de su padre Constantino, armas y caballos; y acompañado de un séquito tan distinguido y numeroso cual convenia á su elevado rango, emprendió la marcha, llevando consigo á Rugiero, á quien hizo devolver de antemano todas sus armas y su buen Frontino; y tanto anduvieron un dia y otro dia, que en breve llegaron á Francia y á París. Leon no quiso entrar en la ciudad; hizo plantar sus tiendas en el campo, y en el mismo dia envió al Rey de Francia un mensajero dándole noticia de su llegada. Carlomagno apreciaba en extremo al hijo de Constantino, como se lo habia demostrado repetidas veces, haciéndole frecuentes visitas y colmándole de atenciones y regalos. Leon le manifestó la causa de su venida y le rogó que diera órden para que se presentara cuanto antes en el palenque la guerrera que se negaba á unirse con un marido menos fuerte que ella; pues el único objeto de su viaje era el de obtenerla por esposa ó perecer bajo sus golpes. Carlomagno atendió á la demanda, é hizo que Bradamante se presentase al dia siguiente fuera de las puertas de la ciudad, en el palenque que se construyó á toda prisa durante la noche al pié de los elevados muros de París.

Rugiero pasó la noche que precedió al dia fijado para la batalla, como suele pasarla el condenado que debe morir á la mañana siguiente. No queriendo ser conocido, habia optado por combatir enteramente cubierto con la armadura; tampoco quiso hacer uso de lanza ni de caballo, ni de más armas ofensivas que la espada. Si rehusó emplear la lanza en la pelea, no fué por el temor que pudiera infundirle aquella lanza de oro que solia derribar de la silla á todo caballero, y que de manos de Argalia, pasó á las de Astolfo, y últimamente á las de la doncella; pues nadie supo queposeyera tal propiedad ó que estuviese hecha por medio de la nigromancia, excepto el Rey que la hizo forjar, legándosela á su hijo. Astolfo y Bradamante, que la habian usado despues, ignoraban que estuviese encantada, y creian que á su propia pujanza, y no al encanto, debian el triunfo en todos sus combates, creyendo tambien que con cualquiera otra asta que hubiesen tenido á mano, habrian hecho lo mismo. El único motivo que tuvo Rugiero para negarse á pelear á caballo fué el de no verse en la precision de cabalgar en Frontino; pues la jóven podria conocerlo fácilmente, tan luego como le viera, por haberlo montado y cuidado mucho tiempo en Montalban. El jóven héroe, cuyo único afan consistia en evitar por todos los medios posibles que Bradamante pudiera conocerlo, no quiso hacer uso de Frontino ni de otra cualquier cosa que pudiera dar indicios de su persona.

Tampoco quiso servirse de su espada en aquella empresa; pues harto sabia que contra Balisarda seria toda coraza tan blanda como la cera y todo temple irresistible á sus tajos. Echó mano de otra espada; pero antes procuró quitarle el filo á martillazos, á fin de que cortase menos. Con tales armas se presentó Rugiero en el palenque al brillar en el horizonte el primer albor matutino. Para parecerse más á Leon, se vistió la sobrevesta que hasta entonces habia llevado este príncipe, y ostentó en su escudo el águila de oro con dos cabezas sobre fondo rojo. Esta suplantacion era tanto más fácil, cuanto que los dos tenian la misma estatura y robustez; además de que, al presentarse el uno, tuvo el otro sumo cuidado de no ser visto de nadie.

Bradamante hacia por su parte preparativos diametralmente opuestos á los de su amado; pues mientras Rugiero se ocupaba en embotar el filo de su espada á martillazos,para evitar que tajase ó punzara, la doncella se entretuvo en afilar la suya cuidadosamente, anhelando que traspasara las armas defensivas de su adversario, penetrando en su carne; quisiera que todos sus golpes fuesen tan bien dirigidos que atravesaran de parte á parte el corazon del Príncipe.

Cual se suele ver en las barreras un caballo árabe, esperando fogoso la señal de las carreras, y que en su impaciencia no cesa de piafar, hinchando las narices y enderezando las orejas, así tambien la animosa doncella, muy ajena de presumir que su adversario fuese Rugiero, aguardaba con una febril impaciencia la señal del combate, no pudiendo permanecer tranquila en ningun lado y sintiendo circular por sus venas un fuego abrasador. Así como, despues de oirse el estampido del trueno, se levanta repentinamente un viento furioso, que agita el mar hasta en sus más profundas capas y levanta en un momento torbellinos de polvo que llegan hasta el Cielo, haciendo que las fieras se dispersen por los bosques, que el pastor busque un refugio con sus ganados, y que el aire se resuelva en lluvia y en granizo, con un furor igual empuñó Bradamante la espada y acometió á su Rugiero, apenas se dejó oir la señal deseada. Pero no oponen mayor resistencia al impetuoso soplo de Bóreas el roble secular, ó el macizo muro de una sólida torre; no contrasta con más vigor los embates de las procelosas olas un duro escollo, á quien azotan por todas partes dia y noche con espantoso fragor, como resistió Rugiero, resguardado por la impenetrable armadura que Vulcano dió en otro tiempo al troyano Héctor, á los furibundos golpes que el ódio y la cólera de Bradamante hacia llover cual desatada tempestad sobre sus costados, su pecho ó su cabeza.

Tan pronto daba tajos como estocadas la doncella;todos sus conatos se cifraban en introducir la punta de la espada por entre las junturas de la armadura, de modo que su cólera quedase satisfecha. Ora le atacaba por un lado; ora por otro; girando aquí y allí, y consumiéndose de despecho y de impaciencia, al ver que sus golpes no producian efecto alguno. Así como el que asedia una ciudad de gruesas murallas y sólidos baluartes, multiplica sus asaltos, y se esfuerza en echar abajo las puertas ó las altas torres, ó en cegar los fosos, y prodiga estérilmente las vidas de sus soldados, sin encontrar un medio para abrirse paso, así tambien Bradamante se afanaba y se deshacia en inútiles esfuerzos, sin poder romper malla ni coraza, á pesar de los innumerables tajos y reveses que descargaba sobre los brazos, la cabeza y el pecho de Rugiero, haciendo saltar millares de chispas del escudo, del almete ó de la coraza del guerrero á los impulsos de sus golpes, más espesos que el granizo que cae con sonoroso estrépito sobre los tejados de las casas.

Rugiero se mantenia siempre en guardia, limitándose á defenderse con gran destreza y absteniéndose de ofender á su amada; deteníase, retrocedia, daba vueltas, y su mano seguia el movimiento de sus piés. Tan pronto oponia el escudo como la espada á los tajos de la mano enemiga, procurando no atacarla á su vez, ó si lo hacia, era de modo que no pudiese ofenderla en lo más mínimo. Bradamante ardia en deseos de terminar aquella lucha antes de que expirase el dia, pues recordaba las condiciones del bando, y preveia el peligro que la amenazaba, si no se daba prisa; veíase expuesta á quedar en poder del aspirante á su mano, si no le hacia prisionero ó le arrancaba la vida.

Ya el Sol, próximo á sumergir su cabeza en el mar, se acercaba á los límites de Alcides, cuando la guerrera empezó á desconfiar de sus fuerzas y á perder la esperanza.A medida que esta le iba faltando, redoblaba su ódio y multiplicaba sus golpes, anhelando vivamente romper aquellas armas que habian resistido todo un dia á su furioso ímpetu, semejante al obrero que habiendo descuidado el trabajo del dia, al ver que la noche se aproxima, se apresura en vano, se fatiga y rinde, hasta que le faltan á un mismo tiempo la luz y las fuerzas.

¡Oh desdichada doncella! ¡Si conocieras al que deseas inmolar! ¡Si supieses que es Rugiero, de cuya vida depende la tuya, pronto volverias contra tí misma el acero que dirijes contra su pecho! ¡Harto me consta que su existencia te es más querida que la tuya propia, y cuando conozcas que tu adversario ha sido Rugiero, sé muy bien que te arrepentirás de la lucha que con él has sostenido!

Cárlos y cuantos le rodeaban, persuadidos de que el contendiente de la doncella era Leon y no Rugiero, al ver que era tan fuerte y ágil en el manejo de las armas como la misma Bradamante, admiraban la destreza con que sabia defenderse sin ofenderla, y modificando sus ideas, exclamaron:—«No hay duda de que se convienen mútuamente, y son dignos uno de otro.»

Cuando Febo desapareció enteramente en el mar, el Emperador mandó suspender el combate, y declaró que Bradamante estaba obligada á aceptar á Leon por esposo, sin excusa de ningun género. Rugiero volvió entonces presuroso al pabellon en donde le esperaba el Príncipe, cabalgando en un caballo de mezquina apariencia, sin descansar un solo instante, sin quitarse el yelmo ni aligerarse de sus armas. Leon le estrechó repetidas veces entre sus brazos con demostraciones de un cariño fraternal, y despojándole despues de su yelmo, le besó en el rostro con grande amor.

—Quiero, le dijo, que de hoy en adelante dispongas demí á tu albedrío; mi persona, mis bienes, mis estados, todo queda desde hoy á tu disposicion. Nunca podré remunerarte dignamente el inmenso favor que acabas de prestarme, y aunque ciñera á tu cabeza mi propia corona, tampoco quedarias suficientemente recompensado.

Rugiero, agobiado por una pesadumbre indecible y aborreciendo la vida, contestó algunas palabras entrecortadas, y se apresuró á devolver al Príncipe su traje y enseñas, tomando otra vez su blanco unicornio: en seguida, suponiéndose cansado y débil, alejóse lo más pronto que pudo, y se retiró á su alojamiento. Hácia la mitad de la noche, armóse de piés á cabeza, ensilló su corcel, se colocó en él de un salto, y se puso en marcha dejando á Frontino que siguiera el camino que mejor le pareciese, sin llevar un solo escudero en su compañía ni ser oido de nadie. Frontino fué caminando á la ventura, y llevó á su amo tan pronto por caminos rectos como por senderos extraviados, unas veces por los bosques y otras por las campiñas, mientras el desventurado jóven no daba tregua á su llanto, llamando á la muerte, cuya presencia deseaba para calmar su obstinado quebranto: la muerte le parecia el único medio de acabar con su insoportable martirio.

—¡Ay de mi! exclamaba. ¿A quién debo acusar de haberme arrebatado á un tiempo mi bien y mi esperanza? ¡Ah! Si no deseo vengar mi injuria, ¿contra quién he de volverme? ¡Nadie, nadie más que yo me ha ofendido y sepultado en condicion tan miserable! Preciso es, pues, que me vengue de mí contra mí mismo, puesto que soy el único culpable. Y si tan solo me hubiera perjudicado á mí, tal vez podria perdonarme aunque con dificultad mi propia falta, ó más bien, quizás me perdonaría contra mi voluntad; pero ¿acaso me será posible hacerlo, cuando he causado ámi amada una injuria igual á la mia? Aun cuando llegara yo mismo á perdonarme, no es justo que deje á Bradamante sin venganza. Para vengarla, pues, debo y quiero morir, sin que me pese abandonar la vida; pues la única cosa que puede librarme de mis tormentos es la muerte. Lo que más me desespera es no haber perecido antes de ofender á mi amada. ¡Oh! ¡Cuán feliz habria sido expirando en el calabozo en que me tuvo la cruel Teodora! Aunque para matarme hubiese empleado los tormentos que le inspiraba su misma crueldad, me habria quedado al menos el consuelo de esperar que Bradamante recibiria la noticia de mi muerte con lágrimas de compasion. Pero cuando sepa que he pospuesto su aprecio al de Leon, y que me he desprendido de mi propia voluntad para entregarla en sus manos, tendrá razon en odiarme muerto ó vivo.

Exhalando estas y otras muchas tristes quejas, acompañadas de frecuentes suspiros y sollozos, se encontró al amanecer en un paraje inculto y solitario, situado entre oscuros bosques; y como su desesperacion le incitaba al suicidio, y deseaba morir oculto é ignorado, le pareció aquel paraje el más á propósito y mejor dispuesto para llevar á cabo tan criminal designio. Penetró en el bosque sombrío, por donde vió más espesas las umbrosas ramas y más intrincada la maleza; pero antes abandonó á Frontino, quitándole el freno y la rienda, y dejándole en completa libertad.

—¡Oh mi noble corcel! le dijo: si me fuera dado recompensar dignamente tus merecimientos, tendrias muy poco que envidiar á aquel palafren que se remontó al Cielo y está colocado entre las estrellas[190]. Ni Cilario[191], ni Arion[192], ni cuantos caballos mencionan en sus obras los escritores griegos y latinos, fueron mejores que tú, ni se hicieron acreedores á más alabanzas: si acaso llegaron á igualarte en bondad, sé que ninguno puede envanecerse de haber disfrutado la honra y prez que tú has tenido; pues te quiso y te cuidó con tanto cariño la más bella, valerosa y gentil de las mujeres, que ella misma te alimentaba por su mano, y por su mano tambien te colocaba el freno y la silla. Entonces eras grato para mi dama: ¡ah! ¿Por qué he de insistir en llamarla mia, si ya no me pertenece; si la he entregado en manos de otro? ¡Ay de mí! ¿Por qué tardo en volver la punta de esta espada contra mi pecho?

Si Rugiero se afligia y atormentaba en el bosque, moviendo á compasion á las fieras y á las aves, únicos seres animados que podian escuchar sus querellas y ver el llanto que iba cayendo, cual copiosa lluvia, en su pecho, no debeis figuraros que Bradamante se encontraba más tranquila en París, cuando vió que ya no podia alegar ninguna excusa para enlazarse con el Príncipe de Grecia ó dilatar por lo menos aquella union aborrecida. Antes que aceptar otro esposo que no fuese Rugiero, estaba resuelta á todo: á faltar á su palabra; á arrostrar la malevolencia del Emperador, de toda la corte, de sus parientes y de sus amigos; y cuando ya no le quedara otro recurso, á darse la muerte con la espada ó con el veneno. Preferia morir, á arrastrar una vida angustiosa separada de su amante.

—¡Ay, Rugiero mio! exclamaba; ¿dónde te encuentras? ¿Será posible que te halles tan distante de mí, que no hayastenido noticia del bando de Carlomagno, conocido de todo el orbe, y de tí solo ignorado? Estoy segura de que si hubiera llegado á tus oidos, nadie se habria presentado á aceptar el reto tan pronto como tú. ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué otra cosa debo pensar como no sean sucesos funestos? ¿Será acaso posible, Rugiero mio, que únicamente tú no hayas oido lo que ha llegado á noticia de todo el mundo? Si estás informado de ello, y no has acudido volando, forzosamente debes de haber muerto ó hallarte cautivo. ¡Oh! ¡Quién supiese la verdad! Tal vez ese hijo de Constantino te habrá tendido algun lazo, ó interceptado traidoramente la via, á fin de impedir que llegaras aquí antes que él. Impetré de Carlomagno la gracia de que se negara á conceder mi mano á todo caballero cuya fortaleza fuese inferior á la mia, creyendo que tú serias el único á quien yo no pudiera resistir con las armas en la mano. A nadie concedia tanto valor y pujanza como á tí: Dios ha castigado mi audacia, haciéndome caer en poder de un hombre que no ha llevado á cabo en toda su vida una sola accion honrosa. ¿Pero deberé someterme por no haber podido matar á mi adversario ni obligarle á rendirse? No, no: seria una injusticia, y no estoy dispuesta á resignarme á ella, ni á acatar la resolucion del Emperador. Sé que todo el mundo me acusará de inconstancia, si me niego á cumplir lo prometido; pero no seré la primera ni la última que haya parecido ó parezca inconstante. Me basta con tener la firmeza de una roca para guardar á mi amante la fidelidad debida, y con aventajar en constancia á las damas más famosas de los tiempos antiguos y modernos. Que me tachen de inconstante en cuanto á lo demás, poco me importa, con tal que la inconstancia redunde en mi beneficio; y aunque todo el mundo me crea más voluble que una hoja, no me dará cuidado alguno, si logro romper mi proyectado enlace con Leon.

Bradamante pasó toda la noche que siguió al dia tan infausto para ella, profiriendo tristes querellas, interrumpidas frecuentemente por los suspiros y las lágrimas; pero tan luego como el dios de la Noche se retiró á las grutas cimerias[193]acompañado de las sombras, el Cielo, cuyos decretos eternos habian dispuesto la union de Bradamante con Rugiero, acudió en auxilio de la doncella.

A la mañana siguiente se presentó la arrogante Marfisa al Emperador, protestando contra la grave falta que se habia cometido con su hermano, y declarando que no estaba dispuesta á tolerar que se le arrebatara tan arbitrariamente su esposa sin decirle una palabra. Añadió que fácilmente podria probar que Bradamante era mujer de Rugiero, como se lo probaria, antes que á nadie, á la misma guerrera, si se atreviese á negarlo; pues habia dicho á Rugiero en su presencia las solemnes palabras que forman el verdadero vínculo del matrimonio, y ambos estaban comprometidos de tal modo que ya no eran dueños de sí mismos ni podian uno ú otro aceptar desde entonces otro yugo.

Ignoro si Marfisa decia ó no la verdad; pero lo que sí me atrevo á asegurar es que el deseo de impedir, con razon ó sin ella, el enlace de Leon, le dictaba estas palabras, más bien que el propósito de decir la verdad, y aun estoy tentado á creer que dió aquel paso de acuerdo con Bradamante, que no hallaba otro medio más digno ni expedito de alejar á Leon y recobrar á Rugiero.

Sorprendido el monarca al oir semejante protesta, mandó llamar en el acto á Bradamante, y en presencia del duque Amon le repitió lo que Marfisa habia ofrecido probar.

La doncella escuchó las palabras de Carlomagno, con lacabeza baja, confusa, y sin afirmar ni negar nada, demostrando claramente en su actitud que Marfisa habia dicho la verdad. Tanto Reinaldo como el señor de Anglante oyeron alborozados las afirmaciones de la hermana de Rugiero, que podrian ser causa de que no siguiese adelante la alianza proyectada, y que Leon suponia como cosa resuelta. Merced á ellas Rugiero llegaria á ser dueño de Bradamante, á pesar de la obstinacion del anciano Duque, sin necesidad de apelar á nuevas cuestiones, ó de emplear la violencia para arrancarla del poder de su padre. Ambos paladines comprendian que si, en efecto, habian mediado entre los dos jóvenes tales palabras, su union era un hecho consumado é irrefutable, hecho que les facilitaria el cumplimiento de su promesa más dignamente y sin nuevas querellas.

—Ese es un engaño que habeis urdido contra mí, decia Amon; pero os equivocais torpemente, porque aun cuando fuesen ciertas todas vuestras ficciones, no lograríais doblegar mi voluntad. Aun suponiendo (y estoy muy lejos de creerlo) que mi hija haya hecho neciamente á Rugiero las promesas que decís, y que Rugiero le haya prometido lo mismo, quisiera que me dijeran con más despacio y claridad, y de un modo más explícito, cuándo y en qué sitio ocurrió eso. Estoy persuadido de que no se han cambiado tales promesas, como no fuese antes de que Rugiero recibiera el bautismo. Si pronunciaron esos juramentos antes de que Rugiero se convirtiese al cristianismo, poco caso debemos hacer de ellos; porque siendo ella cristiana y él pagano, no es válido semejante matrimonio. Por esta razon no creo que el Príncipe de Grecia haya luchado inútilmente, ni creo que nuestro Emperador deje de cumplir su palabra por esta sola causa. Esta cuestion la debiérais haber suscitado cuando el suceso estaba reciente y en todo su vigor, y antes deque Cárlos, á excitacion de Bradamante, hubiera publicado el bando que ha hecho venir á Leon á pelear desde tan lejos.

Tal fué la respuesta que dió Amon á Orlando y á su hijo, con objeto de desbaratar el mútuo convenio de los dos amantes. Entre tanto el Emperador escuchaba atento las razones de uno y otros, sin apoyar á ninguna de ambas partes.

Así como se oye el murmullo que producen las hojas en las profundas selvas, cuando Austro ó Bóreas lanzan sus impetuosos resoplidos, ó cual suelen estrellarse las ondas en la playa, si Eolo se manifiesta airado contra Neptuno, así tambien el sordo rumor de esta contienda se esparció en breve por toda la Francia, dando tanto que oir y escuchar, que apenas se trataba de otra cosa. Unos se pronunciaban en favor de Rugiero; otros en el de Leon; pero la mayor parte apoyaba al primero: Amon apenas reunia un voto favorable contra diez que le eran contrarios. El Emperador continuaba encerrado en la más extricta neutralidad; mas pareciéndole el asunto digno de estudio, lo sometió á la decision de su Parlamento.

Al ver Marfisa aplazada la boda, como lo deseaba, volvió á presentarse y propuso un nuevo partido.

—Puesto que Bradamante no puede ser esposa de otro, mientras viva mi hermano, si Leon insiste en obtenerla, será preciso que apele á todo su valor y su denuedo para arrancar á Rugiero la vida. Una vez muerto el vencido, el vencedor verá colmada su dicha sin temor á rival alguno.

Cárlos se apresuró á participar á Leon esta nueva propuesta del mismo modo que le habia hecho conocer todo lo ocurrido. Leon estaba seguro de vencer á Rugiero y desalir airoso de todo asunto mientras contara con el apoyo del caballero del unicornio: aceptó, pues, aquel fatal reto, porque ignoraba que su leal amigo se hubiese internado en el bosque oscuro y solitario para dar rienda suelta á su afliccion, y pensaba que se habria alejado tan solo una ó dos millas con objeto de pasearse, y que volveria pronto. Pero no tardó en arrepentirse: pues aquel en quien confiaba no regresó aquel dia, ni en los dos siguientes, ni siquiera se tenia noticia de él: no creyendo conveniente ni seguro aventurar sin él un combate con Rugiero, mandó á buscar al guerrero del unicornio por todas partes, á fin de evitar el perjuicio y la afrenta que preveia. Varios mensajeros recorrieron por órden suya las ciudades, aldeas y castillos, hasta una larga distancia, y no contento con esto, montó á caballo, y se puso á practicar en persona las más minuciosas pesquisas. Pero ni él, ni sus mensajeros habrian obtenido el menor indicio del guerrero á quien buscaban, á no ser por el auxilio de Melisa, que hizo lo que me propongo referiros en el otro canto.

Despues de muchas pesquisas, Leon consigue encontrar á Rugiero, y sabedor de los vínculos que le unen á Bradamante, renuncia á sus pretensiones sobre la doncella, con la que por fin se une el jóven héroe.—El Rey de Sarza es el único que pretende acibarar el júbilo de los dos esposos pero es vencido por Rugiero, y muere prorumpiendo en horribles blasfemias.

Si mis cartas marinas no me engañan, muy pronto descubriré el puerto, y podré cumplir en la playa los votos que he hecho á la que me ha guiado al través de tan anchurosos mares, donde más de una vez he temido extraviarme ó presenciar el naufragio de mi bajel. Pero ya me parece ver la tierra: sí, sí, ya la veo, y distingo perfectamente la costa. Percibo un rumor semejante al trueno, producido por la alegría que agita el aire y estremece las ondas, y oigo el ruido de las campanas y los penetrantes ecos de los clarines, mezclados con los gritos de gozo del pueblo. Empiezo á conocer los rostros de los que acuden á ocupar las dos orillas del puerto: parece que todos se alegren de mi feliz regreso despues de tan largo viaje. ¡Oh! ¡Cuántas damas nobles y hermosas, cuántos caballeros adornan la playa con su presencia! ¡Cuántos amigos me esperan, á quienes debo eterno agradecimiento por el placer con que saludan mi llegada!

En la misma punta del muelle veo á Mamma y á Ginebra con las damas de la familia del Correggio: con ellas está tambien Verónica de Gambera, tan querida de Apolo y del santo coro aonio. Veo otra Ginebra, de la misma sangre que la primera, teniendo á Julia á su lado; veo á Hipólita Sforza, y á la jóven Trivulcio, educada en el bosque sagrado: tambien os veo, Emilia Pia y Margarita, acompañadas de Ángela Borgia y de Graciosa. Más allá diviso á Ricarda de Este, con Blanca, Diana y sus demás hermanas. ¡Oh! Ahí está la bella Bárbara Turca, más honesta y prudente aun que hermosa, en compañía de Laura: el Sol no ha visto nunca una pareja tan perfecta como esta, desde las orillas del Indo hasta el confin de la Mauritania.

Hé ahí á Ginebra, cuyas virtudes enriquecen la casa de Malatesta con tanto brillo y esplendor, que los suntuosos palacios imperiales jamás han tenido adornos más dignos ni más espléndidos. Si esta doncella se hubiera encontrado en Ariminum[194], cuando César, envanecido por la conquista de la Galia, vaciló en arrostrar la enemistad de Roma atravesando el rio, estoy seguro de que, recogiendo sus banderas y abandonando su botin y sus victoriosos trofeos, habria hecho ó roto las leyes y pactos que le dictara Ginebra, y tal vez no hubiera llegado á oprimir la libertad de su patria.

Hé ahí á la esposa, la madre, las hermanas y las primas del Señor de Bozolo, á las Torelli con las Bentivoglio, á las Visconti y las Pallavicini: hé ahí á la que arrebata la palma de la gracia y la belleza á cuantas damas existen hoy y á cuantas griegas, latinas ó bárbaras han existido dignas de fama por su donosura; á la incomparable Julia Gonzaga, que donde asienta la planta ó fija los serenos ojos, no solo le cede la primacía toda belleza, sino que tambien la admira, cual si fuese una diosa bajada del Cielo. Con ella estásu cuñada, cuya constancia jamás pudieron alterar los prolongados reveses de la fortuna.

He ahí á Ana de Aragon, fúlgida antorcha de la estirpe del Vasto; á Ana, bella, gentil, amable y prudente, santuario de castidad, amor y fé. A su lado veo á su hermana: los esplendentes rayos de su belleza anublan los de cualquiera otra beldad. Hé ahí á la que ha arrebatado á su invicto consorte de las orillas de la laguna Estigia, haciéndole brillar en el Cielo, con ejemplo nunca visto, á pesar de las Parcas y de la Muerte. Tambien están allí mis Ferraresas, y las damas de la corte de Urbino, y conozco además á las de Mantua y cuantas doncellas galanas produce la Toscana y la Lombardia.

Si no me engañan mis ojos, deslumbrados por el brillo de tantos rostros agraciados, ese caballero que viene entre ellas y á quien tantas consideraciones guardan, debe de ser Unico Accolti, la antorcha refulgente de Arezzo. Allí veo á su sobrino Benedicto con su manto y su capelo de púrpura, juntamente con el cardenal de Mantua y con el Campeggio, honra y prez del sacro Colegio: si no me equivoco, observo en sus rostros y en sus movimientos un alborozo tan grande por mi feliz regreso, que no sé cómo podré pagar tan benévola solicitud. Con ellos están Lactancio y Claudio Tolomei, Pablo Pansa, el Dresino, Latino Juvenal, mis queridos Capilupi, el Sasso, el Molza, Florian Montino y Julio Camilo, que nos enseñó un camino más expedito y breve para guiarnos á las praderas ascreas[195]. Me parece distinguir tambien á Marco Antonio Flaminio, al Sanga y al Berna.

Hé ahí á mi Señor Alejandro Farnesio. ¡Cuán selecta essu comitiva! Fedro, Capella, Porzio, Filippo el bolonés, el Volterrano, el Madalena, Blosio, Pierio, el cremonés Vida, manantial inagotable de elocuencia; y Lascari, Musuro, Navagero, Andrés Maron y Severo el monje. En el mismo grupo veo otros dos Alejandros, Guarino el uno, y Orologi el otro. Conozco tambien á Mario de Olvito y al divino Pedro de Arezzo, azote de los príncipes[196]. Más allá diviso á dos Jerónimos, el uno es el de Veritade y el otro el Cittadino. Veo al Mainardo, veo á Leoniceno, al Panizzato, á Teocreno y á Celio. Allí están Bernardo Capel y Pedro Bembo, que ha sacado nuestro puro y armonioso idioma del dominio del vulgo, enseñándonosle con su ejemplo tal cual en realidad debe ser. Aquel que va en pos de él es Gaspar Obizi, admirador y émulo de sus glorias literarias.

Veo al Frascatoro, al Bevazzano, á Trifon Gabriele, y un poco más allá al Tasso. Observo cómo fijan en mí sus miradas Nicolás Tiepoli, Nicolás Amanio, y Anton Fulgoso, que se manifiesta sorprendido y alegre al verme cerca de la playa. Aquel que se mantiene apartado de las damas es mi Valerio: tal vez pide un consejo al Barignan, que le acompaña, para evitar la ardiente inclinacion que siente hácia ellas, á pesar de los desdenes que le han hecho sufrir.

Veo al Pico y al Pio, dos ingenios sublimes y sobrenaturales, unidos por los vínculos de la sangre y de la amistad. El que viene con ellos es uno de los escritores más esclarecidos; no he conocido otro á quien se tributen tantos honores como á él: si el retrato que de él me han hecho es verdadero, debe de ser el hombre á quien con tanto anhelo deseo conocer; es, en suma, Jacobo Sannazar, el que obliga á lasCamenas[197]bajará dejar los montes para á las playas. He ahí al docto, al fiel, al diligente secretario Pistofilo, que junto con los Acciajuoli y mi querido Angiar, se regocija al verme á cubierto de los peligros de las olas.

Veo á mi pariente Annibal Malaguzzo, acompañado de Adoardo, el cual me infunde la grata esperanza de que hará resonar el nombre de mi ciudad nativa desde el promontorio de Calpe hasta las orillas del Indo. Victor Fausto, el Tancredi y otros ciento dan señales de un verdadero júbilo al volverme á ver: veo, en fin, á todas las damas y caballeros manifestarse contentos por mi regreso. ¡Ea, pues! A concluir sin tardanza el corto trecho que me resta por recorrer, ya que el viento es favorable, y volvamos á Melisa, diciendo de qué modo salvó la vida al buen Rugiero.

Esta Melisa, segun recuerdo haberos dicho muchas veces, tenia un vehemente deseo de que Rugiero se uniese á Bradamante con indisolubles lazos, y tomaba una parte tan viva en las penas ó placeres de los dos amantes, que de hora en hora procuraba adquirir noticias suyas, teniendo continuamente ocupados á los espíritus infernales en ir y venir con nuevas de sus protegidos. De este modo pudo sorprender á Rugiero en el momento en que se encontraba en una selva oscura, víctima del dolor más profundo y tenaz, y resueltamente decidido á dejarse morir de hambre: al verle la encantadora, conoció que era ocasion de acudir en su auxilio, y saliendo de su habitual morada, marchó por el camino en que estaba segura de encontrar á Leon.

El Príncipe griego habia enviado unos tras otros diferentes mensajeros para explorar todos los lugares comarcanos, y él en persona se dedicó tambien á buscar al caballero del unicornio. Montada la sábia Maga en un espíritu,al que habia puesto freno y silla aquel mismo dia, dándole la figura de un mal caballo, se encontró, como esperaba, con el hijo de Constantino.

—Si la nobleza del alma es tal como indica el rostro, le dijo Melisa; si vuestra cortesía y bondad corresponden á vuestra presencia, prestad algun consuelo, algun auxilio al mejor caballero de nuestra época, el cual no tardará en exhalar el último aliento, si no halla una pronta ayuda ó un consuelo rápido. El mejor caballero de todos cuantos ciñen ó han ceñido espada y embrazado escudo; el caballero más apuesto y galan de cuantos existen ó han existido, se encuentra próximo á morir, si no hay quien vuele en su auxilio, tan solo por haberse portado con extremada hidalguía. ¡Venid, por Dios, señor, y ved si podeis hallar algun medio para arrancarle de su situacion desesperada!

Ocurriósele á Leon en el momento que el caballero á quien se referia Melisa debia ser aquel en cuya busca habia hecho recorrer, y aun él mismo recorria todo el país; por lo cual siguió en el acto presuroso á la persona que reclamaba su apoyo en tan piadosa empresa. No anduvieron mucho, cuando Melisa llegó con él al sitio en que se hallaba Rugiero al borde del sepulcro. Le vieron tan pálido, desencajado y abatido por un ayuno de tres dias, que difícilmente se habria podido levantar del suelo para volver á caer, aun cuando conservaba todavía algun vigor. Estaba tendido en la yerba, cubierto con su armadura, calado el yelmo y ceñida la espada; tenia la cabeza recostada en el escudo, donde se veia pintado el blanco unicornio. Entregado á su afliccion, no cesaba de pensar en la ofensa que habia inferido á Bradamante y en su negra ingratitud para con ella: su dolor se convertia en una rabia tan furiosa, que se mordia las manos y los lábios, mientras inundabansu rostro torrentes de lágrimas. Tan alucinado y absorto le tenian sus tristes pensamientos, que no vió acercarse á Leon y Melisa; por lo cual ni interrumpió sus lamentos, ni cesó en sus suspiros, ni dió tregua á su llanto.

Leon se detuvo, contemplando atentamente por algunos instantes al caballero; apeóse despues de su corcel, y se acercó á Rugiero, cuyas quejas le revelaban claramente que el Amor era causa de aquel tormento; pero no la persona que motivaba tan violento martirio, por no haberle oido pronunciar su nombre. Fué acercándose cada vez más, hasta que por último se le puso delante y le saludó con fraternal ternura, inclinándose hácia él y estrechándole entre sus brazos. La llegada repentina de Leon no creo que fuera muy grata á Rugiero, por temor de que le molestara, ó hiciese lo posible por oponerse á su fatal proyecto. Leon le dijo con las frases más cariñosas y persuasivas que se le ocurrieron, y con todo el afecto que pudo demostrarle:

—No te niegues á confiarme la causa de tus penas, pues en el mundo hay pocos males tan grandes que no tengan remedio, cuando se conoce su orígen, y el hombre no debe perder la esperanza mientras conserve un soplo de vida. Pésame en el alma que te hayas querido ocultar de mí, cuando debes estar persuadido de que soy tu mejor amigo, no solo desde que te hiciste tan acreedor á mi gratitud que jamás podré pagarte la deuda contigo contraida, sino desde el dia en que tuve motivo para considerarte siempre como mi enemigo más capital: por esta razon debes esperar que te ofrezca un desinteresado auxilio, poniendo á tu disposicion mis riquezas, mis amigos y hasta mi vida. No te parezca, pues, impertinente mi demanda, y permíteme que procure librarte de tu dolor, aunque para ello tenga querecurrir á la fuerza, á los halagos, á las dádivas, á la destreza ó á la astucia: si mis esfuerzos son inútiles, entonces podrás apelar á la muerte como al único remedio de tus males; pero antes de llegar á tal extremo, no impidas que haga cuanto cabe en lo humano.

Y siguió empleando frases tan tiernas y afectuosas, ruegos tan eficaces, que concluyó por conmover á Rugiero, cuyo corazon no era de hierro ni de mármol. El triste jóven comprendió que, si continuaba encerrado en su obstinado silencio, cometeria una accion descortés y censurable; quiso hablar, pero las palabras expiraron en sus lábios dos ó tres veces. Al fin dijo:

—Señor mio: voy á decirte mi nombre; pero estoy seguro de que cuando lo sepas, desearás mi muerte con tanta ó quizás con mayor vehemencia que yo mismo: sabe que soy tu aborrecido rival, ese Rugiero que tanto te odió. Ha muchos dias ya que salí de esta corte con intencion de darte la muerte, á fin de no verme privado por tu causa de Bradamante, en vista de que el duque Amon estaba decidido en favor tuyo. Pero como el hombre propone y Dios dispone, me ví en el apurado trance en que tu extremada generosidad me hizo cambiar de opinion, y desde entonces no solo depuse todo el ódio que abrigaba en mi corazon contra tí, sino que me propuse servirte y complacerte con la adhesion más ciega. Ignorando que yo fuese Rugiero, me suplicaste que conquistase para tí la mano de la hija de Amon, lo cual era lo mismo que pretender arrancarme el corazon del pecho ó el alma del cuerpo. ¡Bien has visto si he sabido sacrificar mis deseos á los tuyos! Bradamante te pertenece: poséela en paz: tu felicidad me será siempre mucho más grata que la mia; pero ya que me veo privado de ella, no te opongas á que me prive asimismo de la vida; pues antes podré quedarme sin alma, que vivir sin Bradamante. Además, mientras yo exista no puedes enlazarte con ella legítimamente, porque me unen á esa hermosa doncella vínculos sagrados, y no puede tener dos esposos á la vez.

Quedóse Leon tan lleno de asombro al oir que aquel caballero era Rugiero, que permaneció mudo, inmóvil y sin pestañear, pareciéndose mas bien que á un hombre á una de esas estátuas que se colocan en las iglesias en cumplimiento de un voto. La abnegacion de Rugiero le pareció una cosa tan extraordinaria como no se vió ni podrá verse jamás. No disminuyó esta confesion el cariño que profesaba al jóven; antes al contrario, se acrecentó de tal modo, que se dolia de sus penas más que el mismo Rugiero. Por esta razon; y por mostrarse digno de su elevado nacimiento, no quiso que el pundonoroso jóven le aventajara en generosidad y grandeza de alma, por más que se considerase inferior á él en todo lo demás, y le dijo:

—Rugiero, si aquel dia en que derrotaste mi ejército con tu valor increible hubiera sabido, como sé ahora, tu nombre, aun cuando te odiaba, me habria prendado tu virtud del mismo modo que me prendó cuando lo ignoraba; y desterrado el ódio de mi corazon, te habria amado con un cariño igual al que ahora siento hácia tí. No negaré que aborrecia tu nombre antes de conocerte; pero puedes estar seguro de que aquel aborrecimiento no ha pasado adelante, y si hubiese conocido la verdad cuando rompí tus cadenas, como la conozco ahora, habria hecho en aquella ocasion lo mismo que estoy dispuesto á hacer hoy en obsequio tuyo. Y si entonces, que no te debia la gratitud que ahora te debo, me habria portado de este modo, ¿con cuánto mayor motivo no deberé portarme lo mismo en estos momentos?No haciéndolo así, seria el más ingrato de los hombres, puesto que, ahogando tus deseos, te has privado de tu dicha para cedérmela; pero yo te la devuelvo, y al hacerlo así, me considero más feliz que si la hubiese poseido. Mereces mucho mejor que yo unirte á Bradamante; porque si bien sus méritos le han grangeado mi estimacion, no es tan grande mi amor hácia ella que piense en cortar el hilo de mi existencia por verla esposa de otro. No quiero de ningun modo que tu muerte, rompiendo los lazos matrimoniales que os unen, me facilite la legítima posesion de tan hermosa doncella. ¡Ah! No solo renunciaria á Bradamante, sino tambien á cuanto poseo en el mundo y hasta la vida misma, antes que pueda decirse que un caballero cual tú ha tenido que sufrir el menor disgusto por mi causa. Lo que sí me contrista es tu poca confianza en mí; pues pudiendo disponer de mi voluntad más que de la tuya propia, has preferido morir de desesperacion á aceptar mi sincero y desinteresado auxilio.

Seria prolijo repetir todas las palabras que Leon añadió á las anteriores, el cual, redarguyendo todas las observaciones que en contrario podia alegar Rugiero, logró triunfar de su resistencia y obtener esta respuesta:

—Me someto á tu voluntad, y prometo no atentar contra mi vida; ¿pero cuándo podré pagarte mi gratitud por haberme salvado dos veces de la muerte?

Melisa hizo traer al instante manjares suculentos y delicados y vinos generosos para restaurar las abatidas fuerzas de Rugiero, próximo á perecer de inanicion. Atraido Frontino por los relinchos de los caballos, corrió al sitio en que su señor se hallaba: hizo Leon que le cogieran sus escuderos, le ensillaran y se lo presentaran á Rugiero, el cual montó en su corcel con mucho trabajo, á pesar de ayudarle Leon: hasta tal extremo habia perdido aquel vigor de que hizo gala pocos dias antes para vencer á todo un ejército y para luchar más tarde con su amada. Alejáronse de aquel sitio, y despues de haber andado cosa de media legua, llegaron á una abadía, donde juzgaron conveniente permanecer tres dias, hasta que el caballero del unicornio hubo recobrado su primitivo vigor: despues Rugiero volvió á la corte acompañado de Leon y Melisa, y encontró en ella una embajada de los búlgaros, que habia llegado la noche anterior.

Aquella nacion, que habia elegido por rey á Rugiero, creyendo encontrarle en la corte de Carlomagno, enviaba en busca suya á algunos de sus magnates, deseando jurarle obediencia, prestarle homenaje y coronarlo. El escudero del jóven héroe, que acompañaba á los embajadores, llevó á Francia noticias suyas, refiriendo la batalla que habia sostenido auxiliando á los búlgaros en Belgrado, donde venció á Leon y al Emperador su padre, causando á las tropas griegas una mortandad espantosa; por cuya razon, aquellos le habian reconocido por su Señor, á pesar de su cualidad de extranjero: añadió tambien, que en Novengrado fué hecho prisionero por Ungiardo y entregado á Teodora, y que se daba por muy seguro que habia logrado escapar de la prision, cuya puerta se halló abierta y muerto al carcelero, ignorándose por lo demás el paradero del fugitivo.


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