Chapter 15

Rugiero entró en la ciudad por sitios ocultos y extraviados y sin ser conocido de nadie, presentándose al dia siguiente á Carlomagno acompañado de Leon. Llevaba el escudo con el águila de oro de dos cabezas, segun habian convenido de antemano, y las mismas insignias y sobrevesta rota y agujereada en varias partes que usó en su combate con Bradamante: así es que en el momento fuéconocido por el caballero que luchó con la jóven. Leon le acompañaba desarmado, vestido con un traje riquísimo y suntuoso, y rodeado de una brillante comitiva. Inclinóse respetuosamente al llegar á la presencia del Emperador, que se adelantó á recibirle, y llevando de la mano á Rugiero, en quien tenian fijas sus miradas todos los circunstantes, dijo así:

—Te presento al bravo caballero que supo resistir á Bradamante desde la salida hasta el ocaso del Sol, y como esta doncella no logró prenderle, matarle ni arrojarle del palenque, está seguro de haber vencido, y si no ha comprendido mal vuestro bando, magnánimo señor, cree haber conquistado la mano de la guerrera, y en su consecuencia acude á vos para que le sea entregada. Además de que nadie puede disputársela, á tenor de las condiciones del bando, ¿hay otro caballero más digno que él de merecerla por su valor? Si debe poseerla el que más la ame, no existe un hombre que sienta por ella una pasion tan viva y sincera como la suya, y si hay alguien que pretenda oponerse, dispuesto está á sostener su derecho con las armas en la mano.

Cárlos, y todos los que se hallaban presentes, se quedaron estupefactos al oir estas palabras; pues estaban persuadidos de que el adversario de Bradamante habia sido Leon, y no aquel caballero incógnito. Marfisa, que habia acudido á presenciar aquella escena con los demás señores de la corte, apenas pudo contenerse mientras Leon estuvo hablando, y tan luego como este dió fin á sus palabras, se adelantó diciendo:

—Puesto que Rugiero no se halla aquí para dirimir la contienda suscitada con ese caballero por causa de su esposa, yo, que soy su hermana, no puedo consentir sin protestar en que se le arrebate por falta de defensa, y desafío á cualquiera que pretenda tener derechos sobre Bradamante ó más mérito que Rugiero.

Pronunció estas palabras con un tono tan irritado y amenazador, que muchos temieron verla empezar allí mismo la lucha, antes de que el Emperador le designase el palenque. Leon no consideró oportuno que Rugiero continuara encubierto por más tiempo, y alzándole la visera del almete, exclamó dirigiéndose á Marfisa:

—He aquí el adversario que está dispuesto á aceptar tu reto.

Al ver que era Rugiero el campeon á quien tenia tanto ódio, se quedó Marfisa como el anciano Egeo, cuando en medio de un banquete impío conoció que era su propio hijo aquel á quien pretendia envenenar su inícua mujer, como sin duda lo habria logrado, á poco más que el engañado padre tardara en conocerle por su espada[198]. Marfisa corrió á abrazar á su hermano con tanta efusion, que no podia separarse de su cuello. Reinaldo, Orlando y el Emperador especialmente, le besaron con cariño sincero. Dudon, Olivero y el rey Sobrino no se cansaban de colmarle de caricias, y por fin, ninguno de los paladines ni de los barones dejó de agasajarle.

Cuando terminaron los abrazos y las felicitaciones, Leon, cuya elocuencia era notable, empezó á referir á Carlomagno en presencia de toda su corte cómo habian podido más en él la bizarría y la audacia desplegadas por Rugiero en Belgrado que cualquiera otra ofensa, á pesar del gran estrago que causó en sus gentes; manifestó que, estimulado por esta sincera y repentina inclinacion, le sacó, arrostrando el enojo de todos sus parientes, de la prision donde le habian encerrado despues de entregarle en poder de una desolada madre, que pretendia hacerle morir en medio de los más horribles tormentos; describió el incomparable acto de generosidad que no tuvo ni tendrá igual en los pasados ó futuros siglos, llevado á cabo por Rugiero en obsequio suyo y en pago de la libertad que le debia, y continuó refiriendo minuciosamente todo cuanto Rugiero habia hecho por él, sin dejar de hacer mencion del agudo dolor que laceró el alma del desdichado amante al verse obligado á renunciar á su esposa; dolor que le arrastró al suicidio, del que únicamente le libró un auxilio oportuno. Leon supo pintar estas escenas con tan suaves y patéticos colores, que sus oyentes no pudieron contener las lágrimas.

Dirigióse despues al obstinado Amon con tan eficaces y persuasivos ruegos, que no solo logró conmoverle, ablandar su corazon y hacerle mudar de dictámen, sino que tambien consiguió que accediera á pedir perdon á Rugiero por su anterior malevolencia, y á suplicarle que le aceptase por padre y por suegro, ofreciéndole la mano de Bradamante. Varias personas amigas, lanzando alegres exclamaciones, corrieron presurosas á anunciar tan feliz noticia á la doncella, que en aquellos momentos estaba retirada en su más oculta estancia, llorando sus contínuos sinsabores y próxima á perecer de dolor. Al simple anuncio de tan fausto suceso, quedó su corazon tan exhausto de aquella sangre que hacia afluir á él la piedad, cuando el dolor le traspasaba, que su mismo gozo estuvo á punto de hacerle perder la vida. Debilitóse su vigor y su energía de tal modo, que apenas podia tenerse en pié, sin embargo de poseer el ánimoesforzado y varonil que os es notorio. El condenado al cepo, á la horca, á la picota ó á otro género de muerte peor, cuyos ojos están ya cubiertos con la venda negra, no se manifiesta, al oir el grito del perdon, tan alegre como Bradamante.

Regocijáronse las familias de Mongrana y Claramonte al ver unidas sus dos próximas ramas por nuevos vínculos; pero sintieron un pesar semejante á la alegría de aquellas, Gano, el conde Anselmo, Falcon Gini y Ginami, que procuraron disimular su negra envidia y sus pérfidos manejos, esperando una ocasion de vengarse con tanta astucia como la zorra espera emboscada á la liebre. Aparte de que Orlando y Reinaldo habian arrancado la vida en diferentes ocasiones á muchos individuos de esta raza fementida, si bien los sabios y prudentes consejos de Carlomagno pudieron conseguir que dieran al olvido sus mútuas querellas y rencores, la reciente muerte de Pinabel y Bertolagio les dió nuevos motivos de duelo; pero ocultaban sus ruines proyectos de venganza, fingiéndose ignorantes de ambas muertes.

Los embajadores búlgaros que habian pasado á la corte de Carlomagno, como he dicho, con la esperanza de encontrar en ella al bravo campeon del unicornio, á quien habian aclamado por su rey, al saber que estaba allí, se felicitaron por su buena estrella, que habia confirmado su esperanza, y se postraron reverentemente á los piés de Rugiero, rogándole que volviese á Bulgaria, donde le tenian preparado el cetro y la corona en Andrinópolis, y excitándole á que se apresurara á acudir en defensa de su trono; porque, segun voz pública, Constantino se preparaba á invadir de nuevo el territorio búlgaro á la cabeza de un ejército mucho más numeroso que el primero. Terminaron asegurándole que si podian contar con el auxilio de su rey, esperaban rechazar á Constantino, y aun arrebatarle la corona imperial de Oriente.

Rugiero aceptó la corona, accedió á todos los ruegos de los embajadores, y les prometió estar en Bulgaria á los tres meses, si la suerte no le era contraria. Noticioso Leon Augusto de lo que ocurria, dijo á Rugiero que se atuviera á la amistad jurada, y que, siendo él rey de los búlgaros, quedaba de hecho estipulada la paz entre estos y Constantino; añadióle que él por su parte no se apresuraria á partir de Francia para ponerse al frente de sus escuadrones, y que se comprometia á hacer que su padre renunciara á las comarcas que hubiese arrebatado á sus nuevos súbditos.

A pesar de todas las virtudes y méritos de Rugiero, ninguno pudo tanto en el ánimo de la ambiciosa madre de Bradamante ni consiguió hacerle grato á sus ojos como el título de rey. Hiciéronse las bodas con régia esplendidez y con una magnificencia digna del que las dispuso: el mismo Emperador se ocupó en ellas, y quiso que se celebraran cual si hubiera casado á una de sus hijas. Los servicios y merecimientos de Bradamante eran tales, además de los contraidos por toda su familia, que aquel magnánimo señor no creia recompensarlos demasiado aunque para ello tuviese que vender la mitad de su reino. Hizo publicar por todas partes que celebraria audiencias públicas, donde por espacio de nueve dias podrian acudir con seguridad todos los que tuvieran alguna queja que exponer. Hizo levantar en la campiña suntuosos pabellones de oro y seda, adornados de ramos entrelazados y de vistosas flores, los cuales presentaban un golpe de vista tan agradable, que no se ha contemplado en el mundo un espectáculo más bello que aquel. No cabian dentro de París los innumerables forasterosgriegos, latinos ó bárbaros, pobres, ricos y de toda condicion que acudieron atraidos por la fama de aquellas fiestas. Los señores, los príncipes y los embajadores que allí se reunieron, procedentes de todos los puntos del globo, eran innumerables: por lo cual hubo necesidad de alojarlos, si bien con toda comodidad, en pabellones, en tiendas de campaña, y entre las enramadas de las próximas alamedas.

La maga Melisa se habia esmerado la noche anterior en adornar con cuidado prolijo la cámara nupcial que por tanto tiempo soñara. Aquella adivina deseaba vivamente, desde una época bastante lejana, la celebracion de una alianza tan conveniente: présaga del porvenir, conocia los admirables frutos que debia producir aquella planta. Habia colocado el lecho nupcial en medio de un pabellon anchuroso y capaz, el más rico, el más adornado y admirable que, con destino á la paz ó la guerra, se haya tejido en el mundo. La hada se lo habia quitado á Constantino, en ocasion en que estaba acampado en la costa de Tracia con objeto de esparcirse: contando de antemano con el asentimiento de Leon, y deseosa de presenciar su asombro, presentándole una prueba del arte que refrena al gran gusano infernal, y probándole que podia disponer á su antojo de él y de la raza espúrea enemiga de la divinidad, hizo que los mensajeros del Averno transportaran aquel pabellon desde Constantinopla á París. Se lo quitó á Constantino, emperador de Grecia, á la luz del medio dia, con las cuerdas, los palos y los demás accesorios interiores y exteriores: lo hizo transportar por los aires, y lo destinó para suntuoso alojamiento de Rugiero: una vez terminadas las bodas, lo restituyó milagrosamente á su primitivo sitio.

Habian transcurrido cerca de dos mil años desde que fué tejido aquel pabellon. Una doncella de la tierra de Ilion, queposeia la inspiracion profética, lo labró por su propia mano á fuerza de arte, tiempo y paciencia. Esta doncella se llamó Casandra, y ofreció aquel trabajo como un rico presente á su hermano el ínclito Héctor. Casandra habia bordado en la tela, con oro y seda de varios colores, la efigie del caballero más ilustre que debia salir del tronco de su hermano, á pesar de que no ignoraba que estaba separado de sus raices por numerosas ramas. Héctor lo tuvo en mucha estima mientras vivió, tanto por la mano que lo hizo como por su esquisito trabajo.

Pero despues de su muerte, cometida á traicion, y de la victoria alcanzada sobre los troyanos por los griegos, á quienes el falso Sinon abrió las puertas de la ciudad, dando lugar á la catástrofe más espantosa que registra la Historia, cupo en suerte aquel pabellon á Menelao, con el cual se trasladó á Egipto, donde se vió obligado á entregarlo al rey Proteo en cambio de la esposa que este tirano le habia arrebatado. Elena se llamaba la dama por quien Menelao trocó su pabellon, el cual pasó más tarde á manos de los Tolomeos, de quienes lo heredó Cleopatra. Esta reina lo tuvo que ceder con otras muchas riquezas en el mar de Leucades á las gentes de Agripa: cayó sucesivamente en poder de Augusto y de Tiberio, hasta que por último fué á parar á manos de Constantino, de aquel Constantino, á quien la bella Italia debe recordar con dolor mientras el cielo gire. Cuando este príncipe, disgustado de residir á orillas del Tíber, pasó á Bizancio, se llevó consigo aquel precioso velo, que Melisa arrebató á otro Constantino.

De oro eran sus cuerdas; de marfil sus apoyos, y estaba todo él entretejido con figuras más bellas que las producidas por el diestro pincel de Apeles. Allí se veian las Gracias, con trajes airosos y elegantes, auxiliando en su alumbramiento á una reina, la cual daba á luz un príncipe tan hermoso cual no ha visto otro la Tierra desde el siglo primero al cuarto. Veíase á Júpiter, al elocuente Mercurio, á Venus y á Marte, derramando sobre él á manos llenas etéreas flores, dulce ambrosía y perfumes celestiales. En sus pañales se leia en pequeños caractéres el nombre deHIPÓLITO[199]. La Ventura, precedida de la Virtud, le guiaba en sus juveniles años.—Más allá se veian representados nuevos personajes, de larga cabellera y prolongadas túnicas, que iban á reclamar á su padre el tierno niño de parte de Corvino. Veíasele alejarse reverente de Hércules y de Leonor su madre, y pasar á las márgenes del Danubio, donde la gente corria á verle y adorarle como á un Dios. Veíase al prudente Rey de los Húngaros admirando la precoz sagacidad de que daba muestras en su edad temprana, exaltándole sobre todos sus barones, y colocando en sus manos á pesar de sus tiernos años, el cetro de la Estrigonia. Veíase al jovencillo continuamente al lado de aquel monarca, ya fuese en su régio alcázar, ó ya en la tienda de campaña: si aquel poderoso rey llevaba su ejército contra los Turcos ócontra los Alemanes, con él iba Hipólito, contemplando fijamente sus esclarecidas y magnánimas proezas, y aprendiendo prácticamente el camino de la virtud. Veíase cómo distribuia los primeros años de su vida entre la cultura de las artes y los ejercicios bélicos, aleccionado por Fusco, el cual le explicaba los pasajes oscuros y difíciles de las obras clásicas. La hábil Casandra habia representado á Fusco con tal perfeccion, que parecia oírsele decir al niño:—«Si deseas ser fuerte, glorioso é inmortal, debes imitar este ejemplo, y evitar este otro.»

Aparecia despues revestido, jóven aun, con la púrpura cardenalicia, tomando parte en las deliberaciones del consistorio reunido en el Vaticano, y sorprendiendo con su talento y elocuencia al Sacro Colegio, cuyos individuos parecian exclamar maravillados:—«¿Qué llegará á ser este jóven cuando alcance su edad madura? ¡Oh! Si llega á poseer el manto de San Pedro, ¡qué dicha para su edad! ¡Qué fortuna para su siglo!»

En otra parte se veian los juegos y honestos pasatiempos de su juventud. Ora atacaba á los osos en las alpestres rocas, ora esperaba al jabalí en el fondo de los valles pantanosos, ora perseguia á caballo con la velocidad del viento á las cabras monteses ó los añosos ciervos, y al alcanzarlos parecian caer divididos en dos partes iguales de una sola de sus cuchilladas. En otra parte se le veia en medio de un escogido grupo de filósofos y poetas: unos le describian el curso de los planetas, otros la Tierra; otros le enseñaban la constitucion física del Cielo; estos tristes elegías, aquellos alegres versos, cantos heróicos ó armoniosas odas: más allá se le veia escuchando con placer la música ó ejecutando con suma gracia algunos pasos de baile.

Casandra habia consagrado esta primera parte de suscuadros á representar los hechos culminantes de la infancia del sublime mancebo; pero en la otra procuró pintar sus actos de prudencia, justicia, valor, modestia, y de aquella virtud que estuvo unida á él tan estrechamente: me refiero á la virtud que distribuye dádivas y favores, á esa liberalidad espléndida en que brilla tanto como en todas las otras. En esta segunda parte se veia al jóven con el infortunado Duque de los Insubres, sentándose á su lado en los consejos en tiempo de paz ó desplegando con él, armado, el estandarte de las culebras. Unido á aquel duque por una fé y una adhesion ilimitadas, así en los tiempos prósperos como en los adversos, le seguia en su fuga, le consolaba en su afliccion y le guiaba al través de los peligros.

En otro lado se le veia profundamente pensativo, atendiendo á la salvacion de Alfonso y de Ferrara, procurando con inusitada perspicacia y destreza descubrir lo que recelaba, y haciendo ver palmariamente á su justísimo hermano las traidoras y pérfidas tramas que contra él fraguaban sus más queridos allegados, y mereciendo así el glorioso sobrenombre que concedió á Ciceron la libertada Roma[200]. Más allá se le veia, cubierto con una brillante armadura, volando en socorro de la Iglesia y haciendo frente á un ejército aguerrido con un corto número de soldados indisciplinados: su sola presencia bastaba para extinguir el incendio que amenazaba devorar los Estados eclesiásticos, de suerte que con razon podia decir:—«¡Llegué, ví y vencí!»

Veíasele en otra parte peleando en las playas de su patria contra la flota más numerosa que jamás armaran los venecianos para combatir con los turcos ó los argivos: la vencia y destrozaba, entregando á su hermano las galerascautivas y cargadas de rico botin, sin que guardara para sí más que el honor de la jornada, lo único de que no podia desprenderse.

Las damas y los caballeros contemplaban atentamente aquellas figuras, sin saber lo que representaban, pues no tenian á nadie que les advirtiera que todas aquellas cosas designaban algunos acontecimientos futuros; pero se complacian en admirar unos rostros tan bellos y tan bien hechos y en leer las inscripciones. Solo Bradamante, instruida por Melisa, sentia una secreta satisfaccion, pues conocia perfectamente toda la historia. Aun cuando Rugiero no estaba tan enterado de ella como su esposa, recordaba, sin embargo, que Atlante le habia hablado muchas veces con encomio de aquel Hipólito, que seria uno de sus nietos.

¿Quién podria describir en verso los infinitos agasajos que á todos prodigó el Emperador, la variedad de los juegos, la magnificencia de las fiestas, y la abundancia y lujo de los festines? Los caballeros más valientes se daban á conocer por su vigor y pujanza, rompiendo millares de lanzas cada dia: se sostenian combates á pié y á caballo, uno á uno, dos á dos, y haciéndose á veces general la lucha; pero Rugiero descollaba entre todos, saliendo siempre vencedor, á pesar de justar dia y noche, y lo mismo en la danza que en la lucha ó en cualquier otro juego, nadie lograba arrebatarle la palma de la victoria.

El último dia de las fiestas, y en el momento de dar principio al banquete imperial, teniendo Carlomagno á Rugiero á su izquierda y á Bradamante á su derecha, vieron venir presuroso por la llanura, dirigiéndose hácia donde estaban las mesas, á un caballero completamente armado, de elevada estatura y arrogante aspecto, y cubierto tanto él como su caballo de negros paños. Era el Rey de Argel,que á consecuencia de la vergüenza que le habia causado la guerrera, cuando le derribó en el puente peligroso, juró no ponerse la armadura, ni ceñir espada ni montar á caballo, hasta haber permanecido en una celda un año, un mes y un dia, como un eremita. Tales eran los castigos que los caballeros solian imponerse por sus propias faltas en aquellos tiempos. A pesar de haber tenido noticia durante su retiro de lo ocurrido á Cárlos y al hijo de Trojano respectivamente, no obstante, por no faltar á su voto, dejó de requerir sus armas, como si la desgraciada suerte de su señor no le alcanzase tambien; pero tan pronto como hubo transcurrido todo el año, todo el mes y todo el dia, se encaminó á la corte de Francia con nuevas armas y espada, y lanza y caballo.

Sin apearse, sin inclinar la cabeza, y sin dar ninguna señal de reverencia, presentóse ante Carlomagno y toda su brillante corte con actitud provocativa y desdeñosa. Quedáronse todos asombrados al ver tanta insolencia, y suspendiendo las conversaciones y la comida, se levantaron para escuchar las palabras de aquel guerrero, que dijo con voz estentórea y arrogante, luego que estuvo delante de Cárlos y Rugiero.

—Soy Rodomonte, el rey de Sarza, y vengo á desafiarte, á tí, Rugiero, á singular batalla. Soy quien espera probarte, antes de que el Sol llegue al término de su carrera, que has sido desleal para con tu señor, y que eres un traidor, indigno de merecer los honores que te dispensan estos caballeros. A pesar de que tu felonía es bien patente, pues la confirmas en el mero hecho de ser cristiano, para hacerla más ostensible, me presento en este campo á probártela; y si hay alguien que se ofrezca á combatir en tu lugar, estoy dispuesto á admitir la lucha. Si no basta uno, poco importa; aceptarécuatro ó seis, y sostendré contra todos lo que he dicho.

Rodomonte desafía á Rugiero.(Canto XLVI.)

Rodomonte desafía á Rugiero.(Canto XLVI.)

Rugiero se irguió arrogante al oir tales palabras, y, con licencia de Cárlos, contestó al sarraceno, que mentía él y todos cuantos pretendieran tacharle de traidor; que siempre se habia portado con su rey de modo que nadie podia censurarle con justicia, y que estaba dispuesto á sostener que nunca habia dejado de cumplir sus deberes para con Agramante. Añadió que no tenia necesidad de auxilio ajeno para defender su causa, como esperaba demostrárselo, de suerte que tendria bastante, y aun quizá demasiado, con un solo adversario.

Reinaldo, Orlando, el Marqués y sus dos hijos, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro, Dudon, Marfisa, todos á una se ofrecieron á luchar con Rodomonte en defensa de Rugiero, procurando convencerle de que, estando recien casado, no debia turbar la paz de sus bodas; pero el jóven les respondió:

—Esos subterfugios serian indignos de mí: os ruego, pues, que permanezcais tranquilos.

Trajéronle las armas que conquistó al famoso Mandricardo, y preparóse sin la menor dilacion á la lucha. Orlando calzó las espuelas á Rugiero; el mismo Emperador le ciñó la espada; Bradamante y Marfisa le pusieron la coraza, y los otros caballeros el resto de su arnés. Astolfo le presentó de la brida su excelente corcel, cuyos estribos sostuvo el hijo del Danés, y por último, Reinaldo, Namo, y el marqués Olivero le abrieron paso al través de la multitud, haciendo despejar el palenque, que estaba siembre dispuesto para semejantes usos.

Veíase á las damas y á las doncellas pálidas y temblorosas, cual tímidas palomas que huyen de entre las espigas para refugiarse en sus nidos, arrojadas del pasto por el ímpetu del huracan que va mugiendo entre relámpagos y truenos, y empujando la negra tempestad que se desata en lluvia y granizo con grave daño de los campos: estaban temerosas por la suerte de Rugiero, cuya fuerza consideraban inferior á la de aquel pagano. Este temor se hacia extensivo al pueblo y á la mayor parte de los caballeros y barones, de cuya memoria no se habia borrado todavía lo que el pagano hizo en París, cuando, completamente solo, destruyó á sangre y fuego una gran parte de la ciudad, en la que se conservaban, como probablemente se conservarian por espacio de mucho tiempo, los vestigios de aquellos estragos, los mayores que soportó la Francia.

Pero sobre todos temblaba Bradamante, no ya por creer que el sarraceno aventajase á Rugiero en la fuerza y el ánimo que presta la confianza del propio valimiento, ni porque á Rodomonte le asistiese la razon que casi siempre milita en favor del que la tiene, sino por ese recelo natural en cuantos aman, el cual no dejaba de causarle cierta zozobra. ¡Oh! ¡Qué de buen grado habria tomado sobre sí la empresa de aquella incierta lucha, aun cuando hubiera tenido la seguridad de perecer en la demanda! No una, sino mil vidas habria deseado perder si las tuviera, con tal de que Rugiero no arriesgara la suya. Pero cuantos ruegos dirigió á su esposo para que le cediese tan árdua empresa, fueron inútiles, y tuvo que resignarse á presenciar la lucha con rostro triste y acongojado espíritu.

Dispuestos ya ambos combatientes, no tardaron en precipitarse uno contra otro lanza en ristre. Los hierros al chocar con la armadura parecieron de hielo: las astas, voladoras aves prontas á remontarse hasta las nubes. El bote de la lanza del pagano, dirigido al centro del escudo de su adversario, hizo muy poco efecto; pues se halló contrastado por el excelente temple del acero que forjara Vulcano para el famoso Héctor. Rugiero dirigió asimismo su bote contra el broquel del pagano, y lo pasó de parte á parte, á pesar de tener un palmo de espesor, y de ser de hueso, cubierto interior y exteriormente con una chapa de acero; y á no haber sido porque la lanza no resistió aquel tremendo choque, y se quebró al primer encuentro, elevándose hasta el cielo sus astillas cual si estuviesen provistas de alas, habria atravesado la coraza (¡tanta fuerza llevaba!) aunque fuera de diamante, quedando allí mismo terminado el combate. Los corceles tocaron el suelo con sus grupas; pero los ginetes, excitándoles con la brida y las espuelas, les hicieron erguirse en el acto, y abandonando las lanzas, desenvainaron los aceros y se acometieron con nueva furia.

Haciendo girar con maestría á uno y otro lado sus animosos y ágiles caballos, aptos para aquel género de lucha, empezaron á buscar con sus punzantes espadas la parte más débil de la armadura. Rodomonte no iba defendido aquel dia por la dura y escamosa piel de la serpiente, ni empuñaba la tajante espada de Nemrod, ni llevaba cubierta la cabeza con su yelmo acostumbrado: todas estas armas quedaron colgadas en el sepulcro de Isabel, como creo haber dicho anteriormente, desde el dia en que la doncella de Dordoña le venció en el puente. La armadura que llevaba á la sazon, aunque bastante buena, no era tan perfecta como la primera, por más que ni la una ni la otra pudieran resistir al filo de Balisarda, para la que eran tan inútiles los encantamientos ó lo esmerado de la construccion, como la bondad del acero ó la firmeza del temple. Rugiero la esgrimió con tal destreza, que agujereó las armas defensivas del pagano por más de un punto.

Cuando Rodomonte vió su armadura teñida en sangre por tantas partes, y que no podia evitar que cada cuchillada le rasgara la carne, sintió más rabia y más furor que el tempestuoso mar en el rigor del invierno; y arrojando el escudo, empuñó con ambas manos su acero, y descargó con todo su vigor una cuchillada sobre el yelmo de su enemigo. Una fuerza tan extraordinaria como la que tiene la máquina colocada en el Pó sobre dos naves, y que levantada á impulsos de varios hombres y de muchas ruedas, se deja caer empotrando las aguzadas vigas, llevaba el golpe que el pagano descargó con toda su fuerza sobre Rugiero con sus dos manos por demás pesadas; y á no tropezar con el yelmo encantado, habria partido de un solo golpe al caballo y al ginete. Rugiero inclinó por dos veces la cabeza, y abrió los brazos y las piernas, próximo á caer. El Sarraceno redobló su terrible golpe, sin dar á su adversario tiempo de reponerse; tras este siguió el tercero; pero la espada no pudo soportar tan continuado martilleo, y al fin voló hecha pedazos, dejando desarmado al cruel musulman. Este contratiempo no detuvo á Rodomonte, que se precipitó con rapidez sobre Rugiero, cuya cabeza estaba tan atronada y tan ofuscada la mente, que no sentia nada: pero no tardó el africano en despertarle de su sueño; pues ciñéndole el cuello con su membrudo brazo, le aferró con tanta violencia y de tal modo, que le arrancó del arzon y le hizo rodar por el suelo.

Apenas se encontró Rugiero tendido en tierra, cuando se puso en pié, lleno, más que de ira, de vergüenza y de despecho; porque fijando sus miradas en Bradamante, observó la palidez del semblante sereno de su amada, que al verle caer, se sintió desfallecida y próxima á morir de angustia. Deseoso Rugiero de vengar aquella afrenta, empuñó de nuevo su espada y arremetió furioso al pagano, el cual le echó encima su caballo con intencion de derribarle; pero el esforzado jóven supo esquivarle haciéndose rápidamente á un lado, y al pasar, cogió con la mano izquierda las riendas del corcel, obligándole á dar vueltas, mientras que con la derecha dirigia su espada contra el vientre, el pecho ó los costados del ginete, á quien hizo sentir por dos veces la frialdad del acero, una en el costado y otra en el muslo.

Rodomonte, que aun conservaba el pomo y la guarnicion de su espada rota, asestaba con ellos tales golpes á Rugiero, que fácilmente podria aturdirle de nuevo; mas el jóven, á quien asistia el derecho á la victoria, le sujetó el brazo, y ayudándose con las dos manos, empezó á tirar de él hasta que logró arrancarle de la silla. La fuerza ó la destreza del pagano hicieron que cayese de modo que quedara al igual de Rugiero; quiero decir que cayó en pié, pues por lo demás toda la ventaja estaba á favor del segundo, que habia conservado su espada. Rugiero se servia de ella para mantener á raya al sarraceno y quitarle las ganas de acercarse á él: sobre todo evitaba cuidadosamente que se le viniera encima aquel cuerpo tan grueso y tan grande, capaz de aplastarle con su peso, y procuraba ganar tiempo á fin de que Rodomonte fuera desangrándose por el costado, por el muslo y por sus demás heridas, hasta dejarle tan desmayado que no tuviese más remedio que confesarse vencido.

Sin embargo, reuniendo el sarraceno todas sus fuerzas, arrojó con furia el pomo de la espada, que aun tenia en la mano, sobre la cabeza de Rugiero, á quien dejó más aturdido que nunca. El golpe le alcanzó en la carrillera del yelmo y en el hombro, con tanta fuerza, que le hizo vacilary dar traspiés, permaneciendo derecho con mucho trabajo. El pagano quiso entonces precipitarse sobre él, pero no pudo conseguirlo; porque la herida del muslo le impidió dar un paso, y al esforzar su marcha más de lo que podia, cayó con una rodilla en tierra. Rugiero aprovechó rápidamente aquella ocasion propicia, y empezó á golpearle el pecho y el rostro, descargándole tal diluvio de estocadas y estrechándole tanto, que al fin le derribó de un fuerte empujon. Rodomonte, empero, volvió á levantarse, merced á sus esfuerzos sobrehumanos, y logrando alcanzar á Rugiero, le oprimió vigorosamente entre sus brazos. Entonces empezó una terrible lucha cuerpo á cuerpo, en la que cada cual de los combatientes, uniendo el vigor á la destreza, sacudia al otro violentamente, dando contínuas vueltas y aferrándose con inusitada fiereza.

Las heridas del muslo y del costado habian privado á Rodomonte de una gran parte de su fuerza, al paso que Rugiero tenia destreza, una gran inteligencia y estaba muy ejercitado en la lucha: conociendo el jóven héroe sus ventajas, quiso aprovecharse de ellas, y empezó á descargar furiosos golpes con los brazos y el pecho, y con uno y otro pié en donde veia salir la sangre con más abundancia, en donde más peligrosas eran las heridas del pagano. Rodomonte, abrasado de ira y de despecho, cogió á Rugiero por el cuello y por los hombros; le empujó, le hizo oscilar á uno y otro lado, y apoyándoselo en el pecho, lo levantó del suelo, manteniéndole suspendido; volvió á hacerle dar vueltas y á oprimirle estrechamente, y por último, trabajó lo que no es decible para derribarle. Entre tanto Rugiero, recogido en sí mismo, echaba mano de todo su vigor é inteligencia para quedar encima, y á fuerza de ensayar el modo más á propósito para realizar su intento, logró sujetar á Rodomonte; oprimióle el pecho con el costado izquierdo, manteniéndole unido á él con toda su fuerza: al mismo tiempo puso su pierna derecha delante de la rodilla izquierda del pagano, y le pasó la otra por detrás de la rodilla derecha dándole un fuerte empujon: en seguida le levantó del suelo y le hizo caer de cabeza á sus piés.

Rodomonte dejó impresas en la arena su cabeza y su espalda, y tan violenta fué la sacudida, que enrojeció la tierra en un gran trecho con la abundante sangre que brotaba de sus heridas. Rugiero, que se veia ayudado por la Fortuna, procuró impedir que se levantara el sarraceno, colocándole las rodillas sobre el vientre, y sujetándole por el cuello con una mano mientras con la otra dirigia el puñal sobre sus ojos. Así como acontece alguna vez en las minas de oro de la Panonia[201]ó de la Iberia, que si algun hundimiento repentino sorprende á los que en ellas se encuentran atraidos por una criminal avaricia, les deja tan abatidos que apenas puede su acongojado espíritu hallar una salida por donde escaparse, del mismo modo abatió el vencedor al sarraceno, en cuanto consiguió derribarle. Amenazándole con la punta del puñal que habia desenvainado, le intimó la rendicion, prometiendo respetar su vida; pero Rodomonte, á quien causaba menos temor la muerte que demostrar alguna cobardía en la mas insignificante de sus acciones, no respondió una palabra y empezó á retorcerse y á sacudir el peso de su enemigo, haciendo todos los esfuerzos posibles para ponerle debajo.

Así como el mastin, vencido por un feroz alano que ha hecho presa en su cuello, se afana, forcejea y se debate en vano con ojos ardientes y espumosa lengua, y no puedelibrarse de su tenaz enemigo, superior en fuerza aunque inferior en rabia, así tambien se veia impotente el pagano para salir de debajo del vencedor Rugiero. Sin embargo, se retorció y sacudió en tales términos, que pudo hacer uso de su mejor brazo, y procuró herir á Rugiero en los riñones con el puñal que á su vez habia sacado en aquella ocasion extrema. Conoció el jóven entonces el error que iba á cometer difiriendo por más tiempo la muerte del impío sarraceno, y levantando su brazo cuanto le fué posible, hundió dos y tres veces el hierro del puñal en la horrible frente de Rodomonte, librándose por fin de tan terrible enemigo. El alma desdeñosa del africano, que fué tan arrogante y soberbia en esta vida, se separó de su helado cuerpo, y huyó blasfemando á las estériles orillas del Aqueronte[202].

FIN DEL ORLANDO.


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