CANTO XXVII.

Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano, supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y aproximándose á ella, le dijo:

—Hermosa jóven, sois nuestra, si no hay alguien que monte á caballo en favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros á ello; pues tales son las leyes de la guerra.

Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contestó.

—Tu opinion es harto errónea: podria concederte que tuvieses razon al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese mi señor ó mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no soy suya, ni pertenezco á nadie más que á mí misma: por lo tanto, el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien yo sé manejar la lanza y el escudo, y he tendido á mis piés á más de un caballero.—Dadme mis armas y mi corcel, exclamó en alta voz dirigiéndose á sus escuderos, los cuales se apresuraron á obedecerla.

Quitóse sus vestidos femeniles, y lució más y más sus raras perfecciones y su bien formado cuerpo: á no ser porque las delicadas facciones de su rostro revelaban su sexo, hubiérasela tomado por el mismo Marte. Así que tuvo puesta la armadura, ciñóse la espada, y de un salto se colocó sobre el caballo, al que clavó tres veces el acicate, haciéndole caracolear á uno y otro lado: luego, desafiando al Sarraceno, empuñó la récia lanza, y comenzó una lucha que recordaba la sostenida al pié de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio Aquiles[22]. Al primer choque, rompiéronse las lanzas hasta el regaton, cual si fueran de vidrio; pero no se observó que ninguno de los dos combatientes se plegara hácia atrás una sola línea. Marfisa, ansiosa de conocer si combatiendo más de cerca le resistiria de igual modo el sarraceno, se volvió contra él espada en mano. Mandricardo prorumpió en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver á su enemiga inmóvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra descargaban recíprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fué más necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no habia espada ó lanza que las atravesara; de modo que el combate podia durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera interpuesto para interrumpirle, reconviniendo á Mandricardo por su demora y diciéndole:

—Si es que tanto deseo tienes de pelear, más vale que terminemos nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con más prontitud en socorro de nuestro ejército, y que convinimos en no acometer otro nuevo combate ó cualquiera otra empresa hasta haber cumplido este deber.

Despues se dirigió con la mayor cortesía á Marfisa, participándole que Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato auxilio. Rogóle en seguida que se dignara, no solo renunciar á aquel combate ó diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su compañía para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano, añadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una pelea ignorada y sin importancia.

Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo demedir sus fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo único objeto, al pasar á Francia desde las más remotas comarcas, era el de conocer por sí misma si su glorioso renombre era ó no exagerado, aceptó la proposicion de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de Agramante.

Entre tanto Rugiero habia seguido en vano á Hipalca por el camino del monte, y cuando llegó con ella al sitio designado, vió que Rodomonte se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente á la fuente, volvió las riendas á su corcel, y siguió con paso veloz las huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara á Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si volvia de nuevo á la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve á Frontino, como no tardaria en saberlo, bien en Montalban, ó bien en cualquier otro punto en que se hallara. Dióle además la carta que escribió en Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras muchas cosas, rogándole encarecidamente que le disculpara con su amada. Hipalca fijó en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidióse de él, volvió riendas, y no cesó de andar hasta llegar á Montalban aquella misma tarde.

A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno, que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta que le vió con Mandricardo junto á la fuente. Los dos sarracenos se habian prometido mútuamente que no se atacarian por el camino, ni antes de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por Cárlos. Al llegar allí, Rugiero conoció á Frontino; porél conoció al guerrero que le montaba, y enristró en el momento mismo su lanza, desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel dia más que Job; porque consiguió domar su fiero orgullo y rehusó el combate, él, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en buscarlo. Aquella fué la primera y última vez en su vida que se negase á combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio de su Rey, que aun cuando hubiese tenido á Rugiero más aferrado entre sus uñas que una liebre oprimida por las garras del ágil leopardo, no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar con él una ó dos estocadas. Añádase á esto, que sabia que Rugiero, con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con quien siempre habia deseado batirse, para conocer por sí mismo hasta dónde alcanzaba su denuedo; y á pesar de esto, no quiso aceptar aquel reto: ¡tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifestó á Rugiero la causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rogó que les prestara su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar así, haria lo que todo caballero leal está en el deber de hacer en obsequio de su señor; añadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de terminar sus querellas.

Rugiero le respondió:

—No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante quede libre del poder de Cárlos, con tal deque me devuelvas desde luego á Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un caballero valiente que has llevado á cabo arrebatando á una débil mujer mi caballo, deja á Frontino y devuélvemelo. De lo contrario, harás mal en suponer que yo renuncie á la contienda ni que te conceda una sola hora de tregua.

Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino ó un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negándose á combatir y á devolver el caballo, aplazaba para más adelante una y otra cosa, adelantóse Mandricardo y suscitó una nueva contienda al ver que Rugiero llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo el águila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Héctor, pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara en su escudo el águila blanca del héroe troyano, teniéndolo á grave injuria. Mandricardo llevaba tambien como enseña el ave que arrebató en el monte Ida á Ganimedes: no dudo que sabreis cómo la conquistó aquel dia que salió vencedor en el peligroso castillo, y cómo se la dió aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forjó Vulcano para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto á encontrarse hasta entonces, así es que en cuanto Mandricardo vió el escudo, prorumpió en amenazas con ademan arrogante, gritando á Rugiero:

—Te reto á singular pelea. ¿Todavía te atreves á usar, temerario, la enseña que me pertenece? No es este el primer dia que te he reconvenido por ello. ¡Insensato! ¿Has podido creer que, porque una vez te perdoné, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy á enseñarte cuánto más te hubiera valido obedecerme que desafiar mi saña.

Así como un leño seco y bien caldeado se enciende al más pequeño soplo, del mismo modo se inflamó la cólera de Rugiero desde la primera amenaza que oyó de Mandricardo.

—¿Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme á tu antojo, porque me ves empeñado en otra contienda? Si así lo has creido, pronto te demostraré que tan capaz soy de obligar á Rodomonte á que me devuelva mi Frontino, como de quitarte el escudo de Héctor. No hace aun mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron conatos, hoy serán hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte que esa águila blanca, antiguo blason de mi estirpe, será para tí fatal: tú la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.

—Tú eres el usurpador de mi divisa, exclamó Mandricardo, desnudando el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el bosque.

El buen Rugiero, que jamás habia desmentido su generosidad, cuando vió que el pagano desenvainaba la espada, dejó caer en el suelo su lanza, y empuñando la excelente Balisarda, embrazó el escudo; pero en aquel momento lanzó Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar á los contendientes, y rogándoles que no pasaran adelante. Rodomonte se lamentó de que Mandricardo hubiese roto por dosveces el pacto entre ellos estipulado; la primera, cuando combatió con varios caballeros, creyendo conquistar á Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa á Rugiero. Irritado por el poco interés que al Tártaro le inspiraba el peligro de Agramante, le dijo:

—Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que terminemos nuestro combate, mucho más justo y necesario que todos cuantos despues has emprendido. Con esta condicion quedó establecida la tregua que subsiste entre nosotros. Así que concluya contigo, me batiré con Rugiero por el caballo que reclama; y tú, si conservas la vida, podrás continuar la querella suscitada con él por causa de tu escudo; aun cuando espero darte tanto qué hacer, que no se fatigará mucho Rugiero.

—Padeces un error grosero, respondió Mandricardo: yo soy quien ha de darte qué hacer más de lo que deseas, y quien te hará sudar de piés á cabeza. No me faltarán vigor ni audacia, así como no falta el agua de un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con él, sino con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se atreviese á hacerme frente.

Por una y otra parte iban en progresivo aumento la cólera y las amenazas. Mandricardo, ébrio de furor, queria pelear á un tiempo mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado á soportar el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion, sino apelar á las armas. Marfisa iba de un lado á otro, procurando calmar los ánimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba en vano. Así como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas turbulentas aguas se abren á través de los campos un nuevo camino, acude presuroso á impedir que la inundacion destruya sus mieses y su forraje, y mientras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro á las aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un lado, no tardan en rebasar por otro los obstáculos que les ha puesto, precipitándose entonces toda su masa con ímpetu más destructor, así tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban coléricos entre sí, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse más esforzado, y exceder en denuedo á los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos, cansándose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia disuadir á uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los dos restantes con creciente ira.

La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:

—Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando Agramante esté fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empeña, á pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, haré á mi vez uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha con Mandricardo, y entonces veré si es tan capaz, como supone, de conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer á Agramante, hagámoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas entre nosotros.

—Por mí no ha de quedar, exclamó Rugiero, desde el momento en que se me devuelva el caballo. Una de dos; ó me restituye el corcel, ó de lo contrario que lo defienda de mí: estoy firmemente resuelto á perecer en este sitio, ó á regresar al campamento cabalgando en Frontino.

Rodomonte contestó:

—Probablemente será más fácil lo primero que lo segundo.—Y añadió:—Por lo demás, protesto aquí de que si nuestro Rey padece algun revés, tuya será la culpa; puesyo no habré sido causa de que no se haga á tiempo lo que se debe hacer.

Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la cólera, desnudó el acero, y se arrojó como un javalí sobre el rey de Argel, á quien empezó á golpear de tal modo con el escudo y con la hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de los estribos. Entonces Mandricardo le gritó:—«Suspende, Rugiero, ese combate, ó lucha conmigo.»—Al decir esto, más cruel y felon de lo que fuera hasta entonces, descargó un terrible cintarazo en el casco de Rugiero, el cual se vió obligado á bajar la cabeza hasta el cuello de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intentó, porque el hijo de Ulieno aprovechó aquel momento para darle un nuevo y más tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas. El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la otra las riendas: el caballo se lo llevó á través de los campos, y Balisarda quedó abandonada en el suelo.

Marfisa, que habia sido aquel dia su compañera de armas, se sintió abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel estado á uno solo: llevada de su natural magnánimo y generoso, se arrojó sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descargó un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte salió en persecucion de Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba vencido el jóven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron á interponerse entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometió á Rodomonte, le hizo retroceder, y le obligó á cesar en su persecucion; el segundose acercó á Rugiero, ya vuelto en sí, y le presentó su propia espada.

En cuanto el valiente Rugiero recobró los sentidos y empuñó la espada que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y se precipitó sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era la saña, el ímpetu y el furor que le estimulaban á tomar una sangrienta venganza.

Cayó como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escapó de las manos al principio de esta lucha á causa de una cobarde felonía, creo que el yelmo de Rodomonte no bastara á proteger su cabeza, por más que dicho yelmo fuese el que se mandó fabricar el rey de Babel[23]cuando intentó declarar la guerra á las estrellas.

Convencida la Discordia de que allí no podia haber más que contiendas y riñas, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda esperanza de paz y tregua, dijo á su hermana, la Soberbia, que podian regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejémoslas marchar, y volvamos á Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en la frente de Rodomonte.

El golpe de Rugiero fué tan terrible, que el Sarraceno tocó en la grupa de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa que cubria sus espaldas; tres ó cuatro veces se le vió oscilar con el cuerpo inclinadopara caer en tierra, y hubiérasele escapado la espada, á no tenerla atada á la muñeca.

Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia á Mandricardo, que el Tártaro tenia bañados en sudor la frente, el rostro y el pecho; otro tanto le sucedia á la guerrera; pero la armadura de ambos era tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte: hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso dado por el caballo de Marfisa, fué causa de que la jóven necesitara el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca, en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbaló de tal suerte, que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho; y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el descortés pagano lanzó sobre ella á Brida-de-oro, que atropellándola de través, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero á la doncella en tan crítica situacion, se apresuró á socorrerla, ya que en aquel momento podia hacerlo, porque Frontino se llevaba á Rodomonte privado de conocimiento: el jóven guerrero descargó un golpe tan violento en el casco del Tártaro que de seguro le habria partido la cabeza como un troncho, si hubiese empuñado á la sazon á Balisarda, ó si Mandricardo se hallara cubierto con otro yelmo.

Vuelto en sí el rey de Argel durante este corto intervalo, miró en su derredor, vió á Riciardeto, y recordando que habia salido á su encuentro para impedirle que hiriera nuevamente á Rugiero, lanzóse sobre él, é indudablemente le habria dado una recompensa poco envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara á su enemigo, á no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos. Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mágico más preeminente; y aun cuando á la sazon no tenia el libro, merced al cual le era fácil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espíritus infernales: inmediatamente obligó á uno de ellos á penetrar en el cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabritó furioso. Pocas palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los ángeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como á ello no le obligara la mano que le guiaba, dió súbitamente un salto de treinta piés de largo y diez y seis de altura. Grande fué el salto, pero no tan violento que derribara de la silla á la que en ella iba montada. La jóven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanzó gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo, emprendió una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una saeta, llevando consigo á la jóven, la cual no cesaba de pedir socorro.

El hijo de Ulieno fué el primero en suspender la lucha, al oir aquellas voces, y se lanzó á escape tras el desbocado palafren, con objeto de auxiliar á la doncella: Mandricardo no tardó en imitarle; y cesando en sus ataques contra Rugiero y Marfisa, voló en seguimiento de Rodomonte y Doralicia, sin pedir á sus adversarios tregua ó paz.

Entre tanto la guerrera se levantó del suelo, y ardiendo en iracunda saña, iba á vengarse de su afrenta, cuando echó de ver que su enemigo estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no solo hizo suspirar á Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era posible dar alcance á Brida-de-oro ni á Frontino.

El jóven no hacia ánimo de renunciar al combate hasta que el rey de Argel le devolviera el caballo; la doncella,por su parte, no queria terminar aun su contienda con el Tártaro, por no haber probado su valor á su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia á ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse de nuevo frente á frente, suponiendo que acudirian á él para hacer levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo. Emprendieron, pues, la marcha hácia donde creian hallar otra vez á sus enemigos; pero entonces no se alejó Rugiero tan precipitadamente que se olvidara de despedirse de sus compañeros.

Acercóse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreció como un verdadero amigo, lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna; le suplicó despues, con la mayor galantería, que saludara en su nombre á su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas que ni Riciardeto ni sus compañeros concibieron la menor sospecha. Dirigió el último adios á este jóven, á Viviano, á Malagigo y al herido Aldigiero, los cuales á su vez se manifestaron en extremo agradecidos á sus servicios, y le aseguraron que los tendria á su disposicion en cualquier parte que se hallasen.

Marfisa estaba tan deseosa de ir á Paris que se olvidó de despedirse de los amigos: así es que Malagigo y Viviano se vieron obligados á correr tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto: tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida. Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y á la sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referiré, Señor, los hechos maravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros de que os hablo llevaron á cabo con grave daño de los soldados de Carlo-Magno.

Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan á Carlomagno á refugiarse en Paris.—Cunden las rencillas en el campamento africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para calmar los ánimos.—El rey de Argel, despechado al ver que su dama se ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.

La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion, que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido pródigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto á las decisiones de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias que pueden acompañarlas, ó no han empleado mucho tiempo y mucho estudio antes de ponerlas por obra.

En el primer momento pareció excelente la estratagema de Malagigo; mas desgraciadamente no fué así, por más que, como he dicho, se librara merced á ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar Malagigo al espíritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de aquel sitio á Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvoen cuenta que el demonio los conduciria á causar gran daño en el ejército cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad á su primo, sin causar el menor perjuicio á las tropas cristianas. ¿No podia haber ordenado al espíritu que se llevara á la doncella hácia Oriente ú Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran á tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido hácia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hácia Paris; pero esta consideracion pasó desapercibida á Malagigo por causa de su precipitacion, y el Ángel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre de estrago, sangre y ruina, emprendió el camino más á propósito para afligir á Carlomagno, por lo mismo que el mágico no le prescribió la direccion que debia seguir.

El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continuó llevándose á la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las lagunas, las montañas ni los precipicios fueran un obstáculo para detenerle en su desatentada carrera. Atravesó con ella del mismo modo por en medio de los campos francés é inglés, y por entre todas las tropas agrupadas en torno de la enseña de Cristo, y no paró hasta llegar á la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.

Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque á lo lejos; pero de pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas, como el sabueso acostumbrado á seguir el rastro de la liebre ó del cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.

¡Mucho cuidado necesitas ahora, oh Cárlos; pues seamontona tanta cólera sobre tí, que no sé cómo podrás librarte de ella! Y no solo debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos á volver sus armas contra tí. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompañado, dejándote sumido en las tinieblas más profundas. Me refiero á Orlando y á Reinaldo: el primero, enteramente loco y además furioso, vaga desnudo por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio y el calor: el segundo, cuyo juicio no está mucho más sano, se aleja de tí precisamente cuando su auxilio es más necesario, y camina á la ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Angélica.

Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y fementido encantador habia hecho creer á Reinaldo que Angélica huia con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos más terribles que ha podido sentir amante alguno, se dirigió á Paris, en cuya ciudad le tocó por suerte el encargo de pasar á Bretaña en demanda de socorro. Terminada la batalla en que le correspondió el honor de haber encerrado á Agramante en su campo, regresó á Paris, y registró todos los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado á su Angélica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio á su amada ni á Orlando, prosiguió con nuevo ardor sus investigaciones por fuera de Paris.

Sospechó que su rival se la habria llevado á Anglante ó á Brava[24], donde estaria gozando tranquilamente de susencantos entre fiestas y placeres, y marchó á uno y otro punto sin obtener mejor resultado. Volvió de nuevo á Paris, creyendo que no podria menos de encontrar al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener inconvenientes. Permaneció uno ó dos dias en aquella ciudad, y viendo que Orlando no llegaba, dirigióse otra vez á Anglante y á Brava, donde procuró adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, así en las frescas horas de la mañana, como en las ardientes del medio dia, lo mismo á la luz del Sol, que á la claridad de la Luna, recorrió el camino de Paris á dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.

Entre tanto, el antiguo adversario del género humano, el que incitó á Eva á arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fijó sobre Cárlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el pueblo cristiano, concitó contra él todos los guerreros más escogidos con que contaban los sarracenos. Inspiró á Gradasso y Sacripante, que caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante, la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir el ejército del emperador Cárlos, sirviéndoles de guia al través de países desconocidos, y haciendo de este modo más corto su viaje. Dió á otro de los demonios que estaban á sus órdenes el encargo de apresurar la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su otro colega obligaba á ir al caballo de Doralicia. Envió además otro demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero el que guió á estos dos guerreros, procuró refrenar sus corceles, haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad á los otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron á Agramante media hora despues que suscompañeros; pues queriendo el Ángel negro y astuto causar la mayor pesadumbre á los cristianos, hizo lo posible para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.

Los cuatro primeros llegaron juntos á un sitio, desde el que podian reconocer perfectamente las posiciones del ejército opresor y del oprimido, y las banderas que ondeaban á merced del viento: celebraron consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar á Agramante, á pesar de Cárlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: «¡África y España!» y presentándose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas empezaron á gritar á su vez: «¡A las armas, á las armas!» pero antes sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la retaguardia huyó aun sin ser atacada, poseida de un terror pánico. El resto del ejército cristiano, puesto en conmocion, se desordenó sin saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa trabada entre suizos ó gascones, segun su costumbre; mas como para la mayor parte era todavía un misterio lo que pasaba, los soldados de cada nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas, á los toques de los clarines ó los tambores, produciendo todo esto un estruendo que retumbaba en el Cielo.

El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano el motivo del desórden que observaba en su ejército: con aspecto amenazador, detuvo á los fugitivos, y vió con sorpresa que muchos estaban heridos en elrostro ó en el pecho, que acudian otros con la cabeza ó el cuello ensangrentados, y alguno con una mano ó un brazo menos. Avanzó algun tanto, y halló un considerable número de sus soldados tendidos en tierra, revolcándose horriblemente en un rojo lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agonía: encontró el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fué, observó estremecido los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos, digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y sangrienta huella de su paso. Cárlos iba contemplando aquella espantosa carnicería, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante á aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos los destrozos que ha hecho en su camino.

Acababa de llegar apenas este primer auxilio á los parapetos del campamento de Agramante, cuando por otro lado se presentó el animoso Rugiero en compañía de Marfisa. Despues de haber recorrido una ó dos veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido cuál era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno, embistieron con denuedo á los cristianos. Así como cuando se da fuego á una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra pólvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se oye despues el estruendo producido por los muros ó peñascos al ser arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrépito en su embestida. Empezaron á dar tajos á diestro y siniestro, hendiendo cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban á dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de una tormenta,que, mientras hace sentir sus destructores efectos en una parte de un valle ó de un monte, deja libre de ellos á la otra, podrá figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento cristiano.

Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres compañeros, daban gracias á Dios por haberles concedido unas piernas tan ligeras; pero encontrándose luego por su desgracia con Rugiero y Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto si huye como si permanece firme, no es dueño de evitar su buen ó mal destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro, y paga su merecido á costa de su cuerpo, pareciéndose entonces á la tímida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado por el cazador á la entrada de su madriguera, sale de ella con sus hijuelos esperando salvarse, y va á parar entre los dientes de los perros que la aguardan para despedazarla.

Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos, dándole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareció como por encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel más acobardado se mostraba ya dispuesto á combatir con un centenar de enemigos, y resolvieron unánimemente renovar las hostilidades sin dilacion alguna.

Pronto atronaron el espacio con sus bélicos sonidos las trompas, las bocinas y las chirimías moriscas; y se vieron tremolar á impulsos del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de Cárlos reunian tambien á los alemanes, britanos, franceses, italianos é ingleses, trabándose á los pocos momentos una pelea espantosa y sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundoMandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrépida Marfisa y la del rey de Circasia, que á nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de Francia á implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y á guarecerse bajo los muros de Paris.

El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de Marfisa fueron tales, Señor, que no es posible imaginarlos, cuanto menos describirlos: por esto podreis suponer qué multitud tan inmensa de cristianos caeria bajo sus golpes, y cuán grande seria el descalabro que sufrió Cárlos. Ferragús y otros muchos caballeros moros corrieron á unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso á todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura por delante y por detrás, hubieran deseado poseer las alas de Ícaro. Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero y el marqués de Vienne, si bien el primero salió del combate con la cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese abandonado á Paris, como Reinaldo y Orlando, Cárlos se habria visto obligado á huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que estuvo en su mano; y cuando ya no pudo más, cedió ante el furioso ataque de los moros. La Fortuna sonrió á Agramante de tal suerte, que el monarca sarraceno volvió á sitiar de nuevo á Carlomagno en su misma capital.

Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos huérfanos y de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmósfera sombría hasta las puras regiones celestialesen que reside Miguel, llamando su atencion hácia á los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de Alemania, cuyos cadáveres, abandonados, á la voracidad de los lobos y de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecióse el rostro del Ángel bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido, y se creyó engañado y vendido por la pérfida Discordia, quien, sin embargo de habérsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. Así como un criado fiel, más falto de memoria que de buena voluntad, al observar que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se atreve á presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado, del mismo modo se negaba Miguel á remontarse hasta el sólio del Eterno, mientras no quedaran cumplidas sus órdenes.

Dirigióse con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia hallado á la Discordia, y la vió sentada en medio de los monjes reunidos en capítulo para la eleccion de los prelados, contemplando con deleite cómo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios á la cabeza. Asióla el Ángel por los cabellos y le dió un sin número de golpes con las manos, con los piés y con el cuento de una cruz que le rompió en la cabeza y las costillas. La mísera prorumpió en estridentes gritos, pidiendo misericordia y abrazándose á las rodillas del divino mensajero, el cual no la dejó tomar aliento hasta verla dispuesta á volar al campamento del rey de África, diciéndole al marcharse: «Cuenta con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los sarracenos.»

La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos, temiendo volver á sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo, cogió presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y añadiendo nuevo pábulo á las hogueras cuyo fuego permanecia latente, encendió otra más terrible que comunicó en breve su voracidad á muchos corazones. De tal modo inflamó á Rodomonte, Mandricardo y Rugiero, que les obligó á acudir á la presencia de Agramante, aprovechando la oportunidad de que Cárlos se habia retirado y el campo quedaba por ellos. Expusieron al monarca africano sus mútuos resentimientos, así como las causas que los produjeron, y sometieron á la consideracion del Rey que decidiera cuáles de ellos habian de ser los primeros en combatir. Marfisa habló tambien de su cuestion con Mandricardo, manifestando que estaba resuelta á terminar su interrumpida pelea con él, que fué el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta á tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar á que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigió las más vivas instancias á Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con el Tártaro.

Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella á ser el primero en terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces para socorrer á los sarracenos. Interrumpióle Rugiero diciendo, que no podia sufrir por más tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de su caballo, ni que combatiera con otro antes que con él. Para agriar más la cuestion, adelantóse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no tenia el menor derecho para ostentar en su blason el águila blanca: arrastrado por su insensato furor, queria terminar á un tiempo sus tres contiendas, desafiando á la vez á todos sus contrincantes, ylos habria atacado simultáneamente, si Agramante accediera á tal pretension.

El rey de África empleó toda clase de súplicas y reflexiones para reconciliarlos; pero viéndolos al fin sordos á su voz y firmes en su resolucion, paróse á discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que consintiesen en combatir uno tras otro, y por último adoptó como mejor partido el de fiarlo á la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y finalmente, en la última, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera que salió contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte, quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y Mandricardo; lo cual causó el mayor despecho á la doncella. Tampoco se mostró muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que se verian imposibilitados de luchar despues con él ó con Marfisa.

No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia próximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que hacia de él una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existió allí un castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y del fuego: en el camino de Parma á Borgo puede verse uno semejante á él. En dicho sitio se preparó el palenque, rodeándole de una estacada de mediana altura, y formando un recinto cuadrado á propósito para el objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.

Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafío de los pertinaces adversarios, se levantaron á uno y otro extremo del palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de las puertas. El pabellon que estaba hácia Poniente era el destinado al gigantesco rey de Argel: el audaz Ferragús y Sacripante le ayudaban á cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba á Levante, poniendo por sí mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los monarcas de África y de España estaban sentados en un palco anchuroso y elevado, y á su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales capitanes del ejército sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que lograban colocarse en alguna eminencia ó en la copa de un árbol, que les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que acudió á presenciarla era inmensa, apiñándose por todos lados en torno de la extensa empalizada. Acompañaban á la reina de Castilla otras muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de Granada, y de las demás naciones que se extienden hasta las columnas de Hércules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa, tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa vestia un traje adecuado á su doble carácter de mujer y de guerrera: el Termodonte[25]vió más de una vez en sus orillas á Hipólita y las amazonas adornadas de un modo semejante.

No tardó en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en su cota de armas la divisa del reyAgramante, y publicó en alta voz las leyes del combate; y la prohibicion impuesta á los espectadores de dar ninguna clase de señal ó auxilio á los campeones. La compacta muchedumbre esperaba impaciente la señal de la lucha, y se quejaba ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se oyó en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por momentos. Sabed, Señor, que el rey de Sericania y el Tártaro eran los que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo é iba á ceñirle la famosa espada que fué de Orlando, cuando leyó el nombre de Durindana, grabado en su empuñadura, y vió además en ella el blason usado por Almonte, á quien Orlando, muy jóven todavía, habia arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinóla con más detencion, y se cercioró de que era la misma del Señor de Anglante; la espada por cuya conquista se decidió á levantar el mayor y más excelente ejército que jamás saliera de los países orientales, con el cual habia subyugado el reino de Castilla y vencido á los franceses pocos años antes; pero por más que reflexionaba, no podia calcular cómo habia pasado á poder de Mandricardo.

Preguntóle dónde y cuándo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba á la sazon en su poder por haberlo conquistado á la fuerza, ó mediante algun convenio hecho con el Conde; á lo cual respondió Mandricardo que, por apoderarse de él, habia sostenido un reñido combate con Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con él, mientras no le cediera su espada, imitando así al castor que se arranca sus órganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.

Apenas oyó Gradasso semejante explicacion, cuando exclamó:

—No, no quiero cedértela ni á tí, ni á nadie: he consumido tanto oro, tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando esté loco ó cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de ella donde la encuentro. Tú la usurpaste en medio de un camino sin tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La cimitarra que empuño será mi última razon: vamos, pues, á decidir esta cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero tan mal adquirido por tí, habrás de conquistarlo: es costumbre antigua la de comprar las armas de uno ú otro modo antes de utilizarlas en la batalla.

—No hay melodía tan grata á mis oidos, replicó el Tártaro, irguiendo soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.

Rugiero exclamó entonces:

—Jamás consentiré en que se falte á lo acordado, ni en que se altere el órden establecido para los combates. Ó Rodomonte entra primero en la liza, ó habrá de acceder á batirse despues que yo. Si prevalece la razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes de servirse de ellas, tampoco debes usar tú el águila blanca de mi blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consentí en someterme á la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el rey de Argel el primero en combatir,y yo el segundo. Como llegueis á trastornar en parte el órden prefijado, os prometo que yo lo he de trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en la mano.

—Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso Mandricardo arrebatado por la cólera, ni el uno seria capaz de arrancarme la espada, ni el otro el blason.

Y ciego de furor, lanzóse con los puños cerrados sobre el rey de Sericania, y le descargó tan tremenda puñada en la mano derecha, que le hizo soltar á Durindana. No creyendo Gradasso que el Tártaro tuviese tan loca temeridad, quedó sorprendido un momento ante tan brusco ataque, y Mandricardo se aprovechó de su estupor para recobrar el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sintió la más viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en un sitio tan público, que era lo que más le afligia y le irritaba: se hizo atrás, ardiendo en deseos de venganza, y desenvainó su cimitarra. Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se preparó á empezar aquella lucha, sino que desafió tambien á Rugiero.

—Venid contra mí los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte, y la España, y el África, y el género humano; que yo no dejaré nunca de hacer frente.

Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo, é insultaba, desdeñoso y soberbio, lo mismo á Rugiero que á Gradasso.

—Déjame el cuidado, decia á éste el rey de Sericania, de curar por mí solo á ese loco.

—¡No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero; á mí me toca castigarle: retírate; déjame solo con él.

Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban á su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trágico, á no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos á saber por experiencia lo que cuesta la pretension de salvar á los otros con peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero, no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso Trojano con el rey de España, ante los cuales todos dieron muestras de reverencia y de respeto.

El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logró que Gradasso consintiese en ceder á Mandricardo la espada de Héctor por aquel dia solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo tanto á unos como á otros todo género de reflexiones, se oyó en el otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y Sacripante.

El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba á Rodomonte á cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le auxiliaba Ferragús. Aproximáronse despues al sitio en que, tascando el rico freno y llenándolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel caballo cuya usurpacion tenia tan indignado á Rugiero. Sacripante, que servia de padrino al rey de Argel, empezó á examinar cuidadosamente si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra, dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijándose con más atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas señales particulares, conoció, sin que le cupiera ningun génerode duda, que aquel corcel era su Frontalate[26], á quien habia tenido en tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su pérdida le afligió hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso caminar sino á pié. Brunel habia tenido la destreza de quitársele de debajo en Albracca, el mismo dia en que robó á Angélica el anillo, al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada á Marfisa; y cuando el bribon regresó á África, regaló á Rugiero la espada Balisarda juntamente con el caballo, al que el jóven guerrero puso despues el nombre de Frontino.

Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba, dirigióse al de Argel, diciéndole:

—¿Sabes, señor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera á contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la mano. Accedo gustoso, en atencion á la intimidad que en estos últimos dias ha reinado entre nosotros, á que hagas hoy uso de mi caballo pues bien veo que no podrias pasar sin él; pero ha de ser bajo la condicion de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no pienses montar en él, á no ser que quieras disputarme su posesion por medio de las armas.

Rodomonte, el más orgulloso de cuantos caballeros han ceñido espada, y tambien, en mi concepto, el más fuerte y valeroso de cuantos héroes han existido en la antigüedad, respondió:

—Sacripante, si otro se hubiera atrevido á hablarme en los términos que tú lo has hecho, no tardaria en conocer,por su mal, que le valdria más no haber nacido. Pero en obsequio á la intimidad que, segun me has dicho, nos une de pocos dias á esta parte, me limitaré á aconsejarte amistosamente, que aplaces la empresa que te propones llevar á cabo, hasta ver el resultado del combate que voy á sostener con el Tártaro, y entonces espero ofrecerte tal ejemplo, que no podrás menos de decirme: «Por favor, quédate con el caballo.»

—La mejor cortesía con un hombre como tú es ser villano, exclamó el Circasiano lleno de ira y de despecho; así, pues, te diré ahora lisa y llanamente, que no debes contar con ese caballo, porque estoy resuelto á prohibirte que hagas uso de él mientras mi mano pueda sostener este vengador acero; y, aun cuando no tuviera más armas que las uñas y los dientes para defenderlo, sabria mantener mi derecho.

De estas palabras pasaron ambos á las injurias, á los gritos, á las amenazas, y por fin á las manos, trabándose entre ellos una lucha encendida por su ira con mayor rapidez de la que el fuego enciende una paja. Rodomonte estaba completamente armado: Sacripante no tenia coraza ni cota de malla; pero era tan diestro en el manejo de la espada, que se resguardaba perfectamente con ella de los golpes de su adversario. Aunque el vigor y el denuedo de Rodomonte eran incomparables, no prevalecian sobre la destreza y la agilidad con que Sacripante suplia la desventaja de su fuerza. La muela que tritura el grano en un molino, no ha girado nunca con tanta rapidez como Sacripante dando vueltas en derredor de su enemigo, y colocándose con presteza en los puntos donde podia atacar sin ser atacado. Al fin, Ferragús y Serpentino sacaron con bastante atrevimiento sus espadas, y se lanzaron entre ellos, seguidos del rey Grandonio y de otros muchos jefes del ejército mahometano.

Esta era la causa del rumor que oyeron en el otro pabellon los que á él habian acudido para apaciguar, aunque en vano, al Tártaro, á Rugiero y al rey de Sericania. No faltó quien llevase al rey de África la noticia de que Rodomonte y Sacripante estaban batiéndose con extremada furia por causa del corcel; y el Rey, confuso y atónito al ver tantas querellas, dijo á Marsilio:—Permanece aquí para impedir que estos guerreros se acometan de nuevo, mientras yo procuro apaciguar á los otros dos.

Luego que entró Agramante en la tienda del Africano, refrenó este su ira y se retiró con ademan respetuoso ante su rey y señor; el rey de Circasia se retiró asimismo con iguales muestras de respeto. El jefe del ejército les preguntó con severo rostro y grave entonacion la causa de tanta cólera, y cuando la hubo conocido, procuró ponerlos de acuerdo; mas sus esfuerzos fueron inútiles. El rey de Circasia se negaba tenazmente á ceder por más tiempo su caballo al de Argel, mientras no se humillase hasta el punto de suplicarle que se lo prestara. Rodomonte, soberbio como siempre, le contestó:

—Ni el cielo ni tú podreis hacer que yo consienta en agradecer á nadie, sino á mi mismo, cualquiera cosa que me sea fácil obtener por medio de la fuerza.

El Rey preguntó al Circasiano cuáles eran sus derechos sobre el caballo, y cómo le fué robado. Sacripante se lo refirió minuciosamente, y no pudo menos de ruborizarse al confesar que el diestro ladron habia aprovechado un momento en que se hallaba sumido en una profunda meditacion, para sacarle el caballo de debajo, dejando la silla sostenida con cuatro estacas.

Marfisa, que habia acudido como otros muchos al ruido de la pelea, no bien oyó referir la historia del robo del caballo, se manifestó indignada, por recordar que aquel mismo dia le robaron su espada; y entonces reconoció el caballo en que habia visto huir al ladron, que era el mismo del buen rey Sacripante, y en el cual no se habia fijado hasta entonces. Los caballeros que la rodeaban habian oido muchas veces á Brunel vanagloriarse de aquellos hurtos, por lo cual no pudieron menos de fijar la vista en el astuto sarraceno, indicando con sus ademanes que él habia sido su autor, en término de que Marfisa concibió algunas sospechas, y preguntando á unos y á otros, averiguó por último que el ladron de su espada era Brunel. Supo además que el rey Agramante, en vez de hacerle ahorcar cual merecia por semejantes hurtos, le habia sentado en el trono de Tingitania, dando un pernicioso ejemplo.


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