Regreso de Reinaldo á su castillo.(Canto XXX.)
Regreso de Reinaldo á su castillo.(Canto XXX.)
Habiendo descansado un dia ó dos en el castillo paterno, se ausentó de nuevo haciendo que le acompañaran sus hermanos Riciardo, Alardo, Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, así como Malagigo y Viviano, todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin. Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente transcurria para su anhelante deseo, dijo á sus hermanos que se hallaba indispuesta, y se excusó de ir con ellos. Con harta razon les manifestó que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre ó de algun dolor físico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una languidez amorosa.
Reinaldo no quiso detenerse más en Montalban, y se llevó consigo la flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dirá cómo se acercó á Paris, y cuánto auxilio dió á Carlomagno.
Guido combate con Reinaldo; pero conociéndose despues mútuamente, suspenden la lucha y se prodigan las mayores muestras de cariño.—Siguen su marcha á Paris, y derrotan á las gentes de Agramante.—Brandimarte encuentra á Rodomonte mientras iba en busca de Orlando, y se bate con él, saliendo vencedor el Sarraceno.—Reinaldo sostiene una lucha más terrible con el rey de Sericania, por haberse empeñado este en arrebatar al Paladin su caballo Bayardo.
¿Qué otro estado puede haber más dulce y más placentero que el de un corazon enamorado? ¿Qué otra existencia más feliz y más envidiable que la del que está sujeto al yugo del amor, si el hombre no se viera excitado continuamentepor esa cruel sospecha, ese temor, ese martirio, ese frenesí, esa rabia, en fin, que llaman celos? Cualquiera otra amargura que se interponga entre los suavísimos deleites del amor no hace más que aumentar, perfeccionar y purificar, si cabe, su exquisita delicadeza. La sed hace que el agua nos parezca sabrosa y agradable, y el hambre permite que apreciemos mejor los manjares que la satisfacen: el que no ha experimentado los desastres de la guerra, desconoce el inapreciable valor de la paz. Aun cuando los ojos no ven lo que nunca se aparta del corazon, el de todo amante se resigna á la ausencia del objeto amado; pero al regresar este, la alegría es tanto mayor cuanto más prolongada ha sido la ausencia. Puede soportarse el yugo del amor cuando este no es correspondido, si nos queda algun indicio de esperanza; pues tarde ó temprano se alcanza la recompensa que la constancia merece. Los desdenes, las negativas, todas las penas y los martirios que el Amor ocasiona, redundan en su mismo beneficio; porque el placer que más nos ha costado conseguir, es el que se disfruta con mayor deleite. Pero si el contagio infernal de los celos derrama su mortífero veneno en un alma agitada y predispuesta á recibirlo, no logra el amante destruir sus perniciosos efectos, aun cuando su presencia devuelva la alegría y el consuelo á aquella alma atormentada. Los celos producen la más cruel y emponzoñada de las heridas, contra la que no valen medicinas, ni emplastos, ni exorcismos, ni hechicerías, ni la prolongada observacion de los astros, ni todos los experimentos que durante su vida pudo hacer Zoroastro, el inventor del arte mágica: herida terrible, que hace sentir al hombre todos los dolores conocidos, y le mata de desesperacion.
¡Oh llaga incurable, tan fácilmente impresa en el corazon de un amante por la más leve sospecha, falsa ó verdadera! ¡Llaga que se apodera del hombro hasta el punto de ofuscarle la razon y la inteligencia y alterar por completo su primitivo aspecto! ¡Oh celos inícuos, que tan injustamente habeis arrebatado á Bradamante todo consuelo! No me refiero ahora precisamente á lo que Hipalca y Riciardeto le dijeron, y que tan amargamente impreso quedó en su corazon, sino á otra noticia infausta y desconsoladora que recibió algunos dias despues. Todo cuanto he dicho hasta ahora es nada en comparacion de lo que tengo aun que referiros; pero lo aplazo para otra ocasion, pues antes es preciso que volvamos á reunirnos con Reinaldo y sus compañeros, que se dirigian á París.
Hacia la tarde del segundo dia de viaje, encontraron á un caballero, cuya sobrevesta y escudo eran negros, si bien el segundo estaba atravesado por una faja blanca. Aquel caballero iba acompañando á una dama. En cuanto estuvo á corta distancia de Reinaldo y sus compañeros, desafió á Riciardeto, que iba delante de todos, y que por su aspecto parecia un animoso campeon: Riciardeto, pronto siempre á aceptar tales proposiciones, volvió riendas, tomó el terreno necesario, y sin decirse una sola palabra ni preguntarse siquiera su condicion, se lanzaron de improviso uno contra otro. Reinaldo y los demás caballeros se hicieron á un lado para ver el resultado de aquel encuentro.—«No tardaré en derribar á mi adversario, si consigo que mi lanza tropiece donde acostumbro á dirigir el bote», decia para sí Riciardeto; pero el efecto no correspondió á su intencion: el caballero le dió una lanzada en la visera del casco con tal violencia, que lo arrancó de la silla y lo echó á rodar por el camino á bastante distancia de su caballo. Alardo quiso encargarse en el acto, de vengarle, y á su vez midióel suelo, aturdido y maltrecho: tan terrible fué aquel encuentro, del que salió además con el escudo hecho pedazos. Guiciardo enristró sin demora la lanza, en cuanto vió á sus hermanos por el suelo; á pesar de que Reinaldo gritaba: «Detente, detente, que ahora me toca á mí.» Aun no se habia puesto el casco, cuando ya Guiciardo se precipitaba sobre su adversario; pero no supo sostenerse mejor que los dos anteriores, y sin saber cómo se encontró tendido á su lado.
Riciardo, Viviano y Malagigo quisieron hacer frente al guerrero desconocido; mas Reinaldo, armado ya completamente, interrumpió su generosa porfía, exclamando:
—Necesitamos estar pronto en París, y llegaríamos demasiado tarde, si tuviese que esperar á que cada uno de vosotros fuese derribado sucesivamente.
Pronunció estas palabras de modo que no le oyeron los demás; pues de lo contrario hubiera sido una injuria demasiado grave para ellos.
Reinaldo y su contendiente tomaron el terreno necesario, y se acometieron con sin igual violencia. Rudo fué el choque; pero el Paladin, que valia por sí solo tanto como todos sus compañeros juntos, permaneció firme en la silla: las lanzas se hicieron añicos, como si fueran de vidrio; mas ninguno de los combatientes se inclinó una sola línea hácia atrás. Los corceles chocaron uno contra otro con tal fuerza, que se vieron obligados á doblar los cuartos traseros: Bayardo se rehizo al momento, de modo que apenas interrumpió su carrera; pero el caballo del guerrero negro salió con la columna vertebral rota, y cayó sin vida. El caballero, al ver muerto á su corcel, dejó los estribos y se puso rápidamente en pié, diciendo al hijo de Amon, que se dirigia hácia él sin empuñar otra arma:
—Señor: el sentimiento que me ha causado la muerte de este corcel, á quien tuve en grande estima mientras vivió y del que acabas de privarme, no me permite dejarle sin venganza, porque va en ello mi honra: así, pues, prepárate á empezar de nuevo el combate; pero te aconsejo que eches mano de toda tu bravura para defenderte de mí.
Reinaldo le respondió:
—Si la pérdida de ese caballo es el único motivo que tienes para renovar la lucha, te daré uno de los mios no menos excelente que el tuyo, y de este modo quedará aquella recompensada.
—Equivocado estás, replicó el desconocido, si me crees tan cuidadoso por la carencia de caballo. Veo que no has comprendido bien mi idea, por lo cual me explicaré con más claridad. Quiero decir que creeria cometer una gran falta al retirarme sin haber experimentado tu valor espada en mano, y sin llevar la seguridad de que tu esfuerzo es igual al mio, ó si vales más ó menos que yo. Continúa á caballo ó apéate de él: lo dejo á tu albedrío; pues con tal que sostengas la lucha, estoy dispuesto á concederte toda clase de ventajas, segun lo que me estimula el deseo de conocer por mí mismo si sabes manejar la espada.
Reinaldo le respondió al momento, y sin la menor vacilacion:
—Acepto el desafío; y á fin de que combatas sin recelo, y no puedas desconfiar de mis compañeros, haré que se alejen hasta que me reuna con ellos, y únicamente quedará conmigo un paje para guardar mi caballo.
Al decir esto, previno á sus compañeros que le dejasen solo. Esta muestra de delicadeza del Paladin lo enalteció sobremanera en el concepto del guerrero incógnito. Reinaldo se apeó, entregó las riendas de Bayardo á uno desus escuderos, y en cuanto hubo perdido de vista á sus parientes, embrazó el escudo, desnudó el acero y se puso á las órdenes de su adversario. Inmediatamente se trabó entre ellos la lucha más terrible que pudiera haberse visto, quedando ambos asombrados de hallar una resistencia tan tenaz y prolongada en su adversario respectivo: mas así que conocieron su mútuo denuedo, dejaron á un lado el orgullo ó el furor que pudiera perjudicarles, y procuraron conservar su sangre fria para aprovechar todas las ventajas que les concedia su experiencia en los combates. Resonaban á gran distancia con horrible fragor los golpes despiadados y crueles que se daban: cada cuchillada hacia volar fragmentos de sus recios escudos, desgarraba sus cotas de malla ó arrancaba los clavos de sus corazas. Persuadidos ambos de que el más lijero descuido podia ocasionarles un daño inmenso, y no queriendo ceder una pulgada de terreno, ponian tanto cuidado en herir como en parar los golpes.
Más de hora y media duraba ya el combate: el Sol se habia ocultado bajo las olas; las tinieblas de la noche se extendian hasta los límites del horizonte, y sin embargo, los combatientes no se daban tregua ni reposo alguno, como si el ódio ó la venganza, y no el deseo de gloria, fuera el único motivo de su ruda pelea. Reinaldo no cesaba de pensar en quién podria ser aquel caballero tan esforzado, que se defendia de sus golpes con tanto vigor y audacia, que más de una vez habia puesto su vida en peligro, y cuyos ataques le tenian ya rendido y fatigado, hasta el extremo de inspirarle alguna inquietud el resultado del combate, y de desear que este terminara pronto, con tal de sacar ileso su honor. El guerrero desconocido, por su parte, no sospechaba siquiera que fuese el señor de Montalban, tan famoso entre todos los guerreros del mundo, aquel con quien luchaba por un motivo de tan escasa importancia: solo sabia que era imposible hallar un hombre más sobresaliente en el manejo de las armas. Se arrepentia ya de haber acometido la empresa de vengar la muerte de su caballo, y de buen grado pondria fin á aquella danza, si no le resultara algun baldon.
Era ya tan densa la oscuridad, que erraban casi todos sus golpes: no sabian donde descargarlos ni cómo pararlos, y apenas se distinguian sus espadas en la mano. Por fin, el señor de Montalban se decidió á proponer que no continuaran batiéndose á oscuras, y que valia más diferir la contienda para cuando el soñoliento Arcturo[35]se hubiese alejado con la noche. Invitó en seguida á su rival á que pasara á descansar en su tienda, ofreciéndole que estaria en ella tan seguro, honrado y agasajado como en el mejor castillo á cuya puerta hubiera pedido hospitalidad. El caballero incógnito aceptó la oferta sin hacerse rogar mucho, y ambos se dirigieron al sitio en que habian plantado sus tiendas los compañeros de Reinaldo. El Paladin cogió entonces el caballo de uno de sus escuderos, y regaló á su cortés adversario aquel corcel, que era un animal soberbio, ricamente enjaezado y á propósito para toda clase de combates.
El caballero negro habia oido á Reinaldo pronunciar su propio nombre antes de reunirse con sus parientes, y conociendo entonces que el guerrero con quien acababa de pelear era su propio hermano, sintió su corazon conmovido por la más dulce y afectuosa solicitud, y derramó lágrimas de gozo y de ternura. Aquel guerrero era Guido el Salvaje; el mismo que, segun recordareis, habia viajadopor mar mucho tiempo en compañía de Marfisa, Sansonetto y los hijos de Olivero. El traidor Pinabel le impidió ver más pronto á su familia, por haberle tenido cautivo y obligado á defender la inícua costumbre establecida por él. Al oir Guido que aquel caballero era Reinaldo, el más famoso de los héroes conocidos, á quien habia deseado ver con mayor vehemencia que el ciego la perdida luz, exclamó lleno de júbilo:
—¡Ah Señor! ¿qué fatalidad me ha arrastrado á pelear con vos, á quien por espacio de tanto tiempo he amado y amo, y á quien deseo manifestar mi inmenso respeto? Yo soy Guido, descendiente, como vos, de la sangre ilustre del generoso Amon. Constanza fué mi madre, y nací en las lejanas costas del mar Euxino[36]. La causa de mi venida á este país no es otra que el ardiente deseo de conoceros y de conocer asimismo á mis demás parientes; y sin embargo, en vez de honraros, como era mi intencion, veo que os he causado una grave injuria. Sírvame de excusa para tan lamentable error la circunstancia de no haberos conocido: decidme cómo podré borrar mi falta, pues á todo estoy dispuesto para lograrlo.
Despues de abrazarse y de darse recíprocamente las mayores muestras de cariño, Reinaldo le respondió:
—No teneis por qué arrepentiros del combate que habeis sostenido conmigo; pues para probarme que sois un digno vástago del árbol de nuestro linaje, no podíais haberme ofrecido mejor testimonio que el gran valor de que habeis dado tan arrogantes muestras. No mereceríais tanto crédito, si vuestras costumbres hubieran sido más tranquilas y pacíficas; pues el leon no engendra al gamo, ni el águila ó el halcon á la paloma.
Hablando de esta suerte, llegaron á la tienda, donde Reinaldo manifestó á sus compañeros que aquel caballero era Guido á quien deseaban conocer tanto tiempo hacia. Todos le acogieron con sumo gozo, y á todos les pareció que se asemejaba á su padre. No me detendré en explicar la acogida que le hicieron Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, así como Viviano, Aldigiero y Malagigo, sus primos, ni repetiré tampoco las cariñosas frases que mútuamente se dirigieron; solo diré, en conclusion, que fué cordialmente recibido por todos ellos.
Si en todo tiempo hubiera sido grata á sus hermanos la presencia de Guido, lo fué para ellos mucho más en aquella ocasion en que tan útiles podian serles sus auxilios. Apenas el nuevo Sol salió del seno de las aguas, coronado de luminosos rayos, cuando Guido emprendió la marcha con sus hermanos y primos bajo el estandarte de Montalban. Tan rápidamente caminaron por espacio de dos dias, que llegaron á la orilla del Sena, á unas diez millas de las asediadas murallas de Paris, donde su buena fortuna hizo que encontráran á Grifon el blanco y Aquilante el negro, los dos guerreros de impenetrable armadura, hijos de Gismunda y de Olivero. Estaban conversando con una doncella que por su aspecto no parecia de condicion humilde, pues vestia un rico traje blanco, adornado con franjas de oro: su rostro era plácido y bello; aun cuando lo anublaba algun tanto el llanto y la tristeza: en la expresion de sus facciones y en sus ademanes se conocia que hablaba de cosas muy importantes.
Guido conoció al instante á entrambos caballeros, y fué conocido tambien por ellos, en atencion á que no hacia muchos dias que se habian separado.
—Hé ahí, dijo á Reinaldo, dos guerreros á quienes pocosaventajan en valor: si llegaran á reunirse con nosotros en defensa de Cárlos, seguro estoy de que los sarracenos no se atreverian á hacernos frente.
Reinaldo confirmó la opinion de Guido, manifestando que los dos hermanos eran unos perfectos campeones. Tambien él los habia conocido en el esmerado adorno de sus personas y en las sobrevestas, blanca la del uno y negra la del otro, que llevaban constantemente sobre la armadura. Grifon y Aquilante se apresuraron á saludar á Guido, á Reinaldo y sus hermanos, y olvidando antiguas disensiones, estrecharon amistosamente al señor de Montalban entre sus brazos. En otro tiempo se batieron con encarnizamiento por culpa de Trufaldin, cuya aventura seria larga de contar; pero á la sazon se acogieron con cariño fraternal, dando su rencor al olvido. Reinaldo se volvió despues á Sansonetto, que habia tardado un poco más en reunirse con ellos, y le saludó con la reverencia debida á su reconocido valor, del que estaba ya plenamente informado.
En cuanto la doncella vió llegar á Reinaldo y le hubo conocido (pues trataba á todos los paladines), le comunicó una noticia harto triste.
—Señor, le dijo, tu primo Orlando, á quien tanto deben la Iglesia y el Imperio; ese héroe tan famoso y tan prudente hasta ahora, ha perdido el juicio y vaga errante por el mundo. Ignoro las causas de un suceso tan extraordinario como deplorable; pero sí puedo asegurarte que he visto su espada y sus demás armas esparcidas por el campo; y he visto además cómo un caballero cortés y compasivo las fué recogiendo una á una, y formó con ellas un hermoso trofeo, colgándolas en un arbusto, de donde el hijo de Agrican arrancó aquel mismo dia la espada, quedándose con ella. ¡Gran desgracia ha sido para los cristianos el que Durindana haya vuelto otra vez á poder de los infieles! Mandricardo se apoderó asimismo de Brida-de-oro, que vagaba libremente en derredor de las armas de su dueño. Aun no hace muchos dias, que ví á Orlando correr desnudo por los montes, sin rubor y sin conocimiento, lanzando gritos y aullidos espantosos: en resúmen, te afirmo que está loco, y nunca hubiera podido dar crédito á un acontecimiento tan cruelmente deplorable, á no verlo por mis propios ojos.
Despues refirió cómo le habia visto caer del puente abajo, luchando á brazo partido con Rodomonte.
—Hablo de estos sucesos, añadió la doncella, con todos aquellos á quienes creo amigos de Orlando, para ver si entre tantos hay alguno que, movido á compasion, procure traerlo á Paris ó á otro sitio seguro, donde permanezca hasta recobrar la razon.
Aquella dama era la bella Flor-de-lis, á quien Brandimarte amaba más que á sí mismo, la cual se dirigia á París por ver si allí lograba encontrar á su amante. Puso tambien en conocimiento de Reinaldo las disputas y combates sostenidos entre el Sericanio y el Tártaro por la posesion de Durindana; diciéndole por último, que á causa de la muerte de Mandricardo, habia pasado á poder de Gradasso.
Al recibir una noticia tan extraordinaria como triste, Reinaldo prorumpió en desconsoladores lamentos, sintiendo que su corazon se deshacia en llanto, lo mismo que el hielo se deshace al calor de los rayos del Sol. Al instante formó la incontrastable resolucion de buscar á Orlando, donde quiera que se hallara, lisonjeándose de antemano con la esperanza de obtener su curacion si llegaba á encontrarle; pero ya que por la voluntad del cielo, ó por efecto la casualidad se habia reunido en aquel sitio un grupo de guerreros tan escogidos, no quiso alejarse de allí sin poner antes en fuga á los sarracenos, y obligarles á levantar el asedio de París. Creyó, no obstante, oportuno diferir el ataque hasta que se hiciera completamente de noche, lo cual redundaria en ventaja suya, y resolvió por lo tanto acometer al enemigo hácia la tercera ó cuarta vigilia, cuando el agua del Leteo hubiera esparcido el sueño por todos los párpados.
Hizo que sus compañeros se retiraran á un bosque, donde permanecieron ocultos durante el resto del dia; pero en cuanto el Sol, dejando á la Tierra envuelta en la oscuridad, regresó al seno de su antigua nodriza, y los osos, cabras, serpientes y otras fieras[37], que habian estado ocultas mientras brillaba el más resplandeciente de los astros, adornaron el cielo, Reinaldo puso en movimiento su silenciosa hueste, y seguido de Grifon, Aquilante, Viviano, Alardo, Guido y Sansonetto, se adelantó cosa de una milla á sus demás compañeros, con paso cauteloso y sin proferir una sola palabra. Halló dormidos á los guardias de Agramante; los pasó á cuchillo sin perdonar á uno solo la vida, y llegó en seguida hasta el centro del campamento moro con tanto sigilo, que no fué visto ni oido. Tan destrozada dejó Reinaldo la primera guardia que encontró en el campo de los infieles, que no quedó un solo guerrero con vida; de suerte que los sarracenos, soñolientos, aterrados é inermes, no pudieron oponer gran resistencia al choque irresistible de sus impetuosos acometedores. Para infundir mayor espanto en los sorprendidos mahometanos, hizo Reinaldo que sus compañeros lanzaran penetrantes gritos, mezclando con los sonidos de sus trompas y clarines su nombre invencible y famoso. Lanzó al combate á su Bayardo, y el noble bruto, animado del mismo ardor que su dueño, traspuso de un salto las barreras, derribó ginetes, aplastó peones, y destrozó pabellones y barracas. Al oir resonar por el aire los formidables nombres de Reinaldo y Montalban, no hubo un solo soldado en el ejército pagano, por valiente que fuese, á quien no se le erizaran los cabellos. Españoles y africanos empezaron á huir en confuso tropel, sin perder tiempo en recoger sus armas y equipages; pues ninguno queria detenerse á probar los crueles efectos del impulso asolador de sus enemigos. Guido iba en pos de Reinaldo, y tanto él como los dos hijos de Olivero, Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, imitaban las heróicas acciones del Paladin: Sansoneto se abria ancho camino con su espada, y Aldigiero y Viviano daban evidentes pruebas de su destreza en el manejo de las armas: todos, en fin, competian en denuedo y bizarría, agrupándose en torno del estandarte de Claramonte.
Reinaldo tenia en Montalban y en las aldeas inmediatas setecientos soldados acostumbrados á soportar en todo tiempo las fatigas de la guerra, aunque no tan malos como los mirmidones de Aquiles[38]. Cada uno de por sí era tan ardoroso en el combate, que mil contrarios no hubieran podido hacer huir á un centenar de ellos, y puede asegurarse que muchos de tales soldados competirian ventajosamente con los caballeros más afamados. Aun cuando Reinaldo no poseia grandes riquezas en tesoros ni en ciudades, su generosidad, sus modales francos y su sencillez le habian granjeado la estimacion y el cariño de aquellos soldados, en términos de que ni uno solo quiso abandonar jamás su bandera, á pesar de las más brillantes ofertas. El Paladin noalejaba nunca de Montalban á su pequeño ejército, excepto cuando á ello le obligaba una necesidad imperiosa; pero entonces, deseando prestar á Carlomagno un eficaz auxilio, se decidió á dejar en su castillo una guarnicion muy reducida, y acudió con sus tropas á atacar á Agramante. Los pocos centenares de hombres, de quienes acabo de ocuparme, hicieron en los sarracenos el mismo estrago que causa el lobo voraz en los rebaños de ovejas que pastan en las orillas del falanteo Galeso[39], ó el terrible leon en los de cabras que se apacientan junto á las márgenes del bárbaro Cinifio[40].
Reinaldo habia dado al Emperador aviso prévio de su llegada á las inmediaciones de París, y de su intencion de asaltar por la noche de improviso el campamento mahometano: en virtud de dicho aviso, hizo Carlomagno los preparativos convenientes, y cuando llegó el momento oportuno, acudió en auxilio del Señor de Montalban con sus Paladines y con el hijo del rico Monodante, el prudente y leal amante de Flor-de-lis, á quien esta jóven habia ido buscando en vano durante tantos dias por casi toda la Francia. La doncella conoció á Brandimarte desde lejos por la enseña que acostumbraba llevar, y en cuanto él la conoció á su vez, dejó el combate, y lleno de gozo, corrió á abrazarla estampando en sus mejillas mil cariñosos besos. En los tiempos antiguos se tenia tal confianza en la virtud de las doncellas y de las mujeres, que las dejaban viajar sin compañía alguna por montes y llanuras y por lospaíses extranjeros: á su regreso las tenian por tan buenas y puras como al partir, sin que en el corazon de los amantes ó de los maridos se albergara la más lijera sospecha en contra de su honestidad.
Flor-de-lis se apresuró á participar á su amante que Orlando se habia vuelto loco. Parecióle á Brandimarte tan increible y desconsoladora aquella noticia, que á haberla oido de otros lábios, la habria tenido por una calumnia; pero no pudo dudar de la veracidad de la hermosa Flor-de-lis, á quien solia dar crédito en cosas más graves. Afirmóle la doncella, que no habia oido, sino visto por sus propios ojos tan lamentable desgracia, y que conocia perfectamente al Conde á quien solia tratar con alguna intimidad: le dijo el sitio y el momento en que le vió, y le describió el puente peligroso donde Rodomonte se oponia al paso de todos los caballeros, si no le entregaban sus ropas y sus armas para engalanar con ellas un sepulcro suntuoso construido por su órden. Añadió que habia presenciado la furiosa locura de Orlando, viéndole llevar á cabo cosas horribles y prodigiosas, y concluyó describiendo la lucha del Paladin con el Pagano, que estuvo á punto de perecer sepultado en las aguas.
Brandimarte, que amaba al Conde cuanto es posible amar á un compañero, á un hermano ó á un hijo, se dispuso á buscarlo, arrostrando si necesario fuese las mayores fatigas y peligros para lograr que el arte de la medicina ó el de los encantamientos restituyera la razon á aquel cerebro enfermo; y armado á caballo, como estaba, se puso en camino, acompañado de Flor-de-lis. Dirigieron su ruta hácia el sitio en que la doncella habia visto al Conde, y de jornada en jornada, llegaron al puente guardado por el rey de Argel. El vigía hizo la señal acostumbrada: los escuderospresentaron las armas y el caballo á Rodomonte, el cual terminó sus preparativos bélicos en el momento en que Brandimarte se presentaba en la entrada del puente. El Sarraceno le gritó con su ferocidad habitual:
—Quien quiera que seas, tú, á quien un extravío del camino ó de la mente ha hecho que la suerte dirija hasta aquí tus pasos, apéate del caballo, abandona tus armas y tributa homenaje á este sepulcro, si no quieres que te inmole y te haga servir de víctima propiciatoria á los manes de la que en él yace. Yo sabré obligarte á ello, si así no lo haces, y entonces no tendré consideracion contigo.
Brandimarte no se dignó responder al arrogante Sarraceno sino enristrando su lanza. Clavó el acicate á Batoldo, su excelente corcel, y se lanzó sobre el infiel con una bizarría digna de competir con la de los campeones más formidables. Rodomonte, á su vez, atravesó el puente á rienda suelta y lanza en ristre. Acostumbrado el caballo del infiel á recorrer aquel estrecho paso, y á hacer caer con frecuencia desde él ya á uno, ya á otro caballero, avanzaba con entera seguridad; pero el de Brandimarte se adelantaba vacilante, espantado y tembloroso. Extremecióse el puente: al peligro que ofrecia su angostura y la falta de pretiles, añadióse el riesgo de un inminente hundimiento.
Los dos caballeros, diestros en toda clase de combates, empezaron á descargarse golpes nada suaves con sus lanzas, que parecian vigas, y conservaban el mismo espesor que tenian al ser cortadas de sus troncos silvestres. El vigor y la agilidad de sus respectivos caballos no pudieron contrastar la violencia de los golpes; por lo cual ambos corceles cayeron sobre el puente, revueltos en confuso monton con sus ginetes. Al quererse levantar con la precipitacion á que los excitaba la aguda é insistente punta del acicate, les faltóel terreno necesario para afirmar la planta, y cayeron ambos en el agua, produciendo un estrépito que resonó en los Cielos, lo mismo que en otro tiempo resonó en ellos el estruendo producido por nuestro rio cuando se precipitó en él el inexperto conductor de la luz[41].
Los caballos fueron á parar con todo el peso de sus ginetes, que permanecieron firmes en la silla, hasta el fondo del rio, con intencion sin duda de ver si encontraban alguna ninfa bella. No era aquel el primero ni el segundo salto que el Pagano habia dado en aquellas ondas con su intrépido corcel, por lo cual sabia cómo estaba el fondo, dónde se hallaba el terreno firme ó blando, y los sitios en que las aguas eran más ó menos profundas: así fué que sacó inmediatamente fuera del rio la cabeza y los brazos, y procuró alcanzar á Brandimarte, valiéndose de todas sus ventajas. Este se vió al principio arrastrado por la corriente; pero despues su caballo se hundió en la arena, y no pudiendo salir de ella, puso al ginete en inminente peligro de perecer. Asaltóles despues una ola con tal fuerza, que elevándolos á una considerable altura, los hizo rodar por donde habia mayor profundidad, quedando Brandimarte debajo de su caballo.
Flor-de-lis, pálida y afligida, presenciaba desde el puente aquella lucha; y al ver el peligro de su amante, recurrió á las lágrimas, á los ruegos y á los votos.
—¡Ah, Rodomonte! exclamaba: en nombre de aquella cuya memoria quieres honrar, no seas tan cruel que dejes perecer ahogado á tan valiente caballero. Si has amado alguna vez, generoso guerrero, apiádate de mí, que tanto amoá tu adversario. Conténtate, por favor, con hacerle prisionero, y con que sus armas adornen ese sepulcro; porque esas armas serán el trofeo más brillante de cuantos has formado en él con los despojos de tantos caballeros.
Tan penetrantes al par que expresivas fueron las súplicas de la atribulada doncella, que conmovieron al Rey pagano, á pesar de su crueldad, haciendo que se apresurara á socorrer á Brandimarte, á quien tenia su corcel sepultado en el abismo, y estaba próximo á perecer á causa de tanta agua como habia tragado. Sin embargo, antes de auxiliarle, le quitó el Sarraceno la espada y el casco, despues de lo cual le sacó del rio, é hizo que le condujeran á la torre con los demás cautivos.
Cuando Flor-de-lis vió á su amante sepultado en una prision, perdió toda esperanza; sin embargo, antes que verle perecer en el rio, preferia mil veces aquel triste resultado del que se culpaba á sí misma, y á nadie más; pues ella habia sido causa del viaje de Brandimarte, por haberle referido su encuentro con el Conde en el peligroso puente. Alejóse de allí con la esperanza de llevar á Reinaldo, Guido el Salvaje, Sansoneto ú otro caballero de la corte de Pepino, famoso por sus hazañas en Mar y Tierra, á propósito para hacer frente al Sarraceno y si no más valiente, más feliz al menos de lo que Brandimarte habia sido. Muchos dias anduvo sin encontrar un caballero que por su aspecto le pareciera capaz de luchar con Rodomonte y salvar á su amado. Despues de buscar con insistencia un guerrero tal como lo deseaba, tropezó por fin con uno, que llevaba una sobrevesta rica, lujosa y recamada de ramas de ciprés. Más adelante os diré quién era este caballero, pues antes me es forzoso regresar á París, para continuar refiriéndoos el destrozo que en los moros causaron Reinaldo y Malagigo.
Imposible de todo punto me seria contar el número de los fugitivos y mucho menos el de los que fueron á parar á los rios del Infierno. Turpin, que se habia tomado el trabajo de contarlos, no logró terminar por haberle sorprendido en su tarea las sombras de la noche[42].
Entregado al primer sueño estaba en su tienda el rey Agramante, cuando despertó sobresaltado al oir á un caballero, que le gritaba que huyera cuanto antes, si no queria caer prisionero. Tendió el monarca una mirada en torno suyo, y quedó asombrado al ver el desórden de sus gentes, que huian á la desbandada en todas direcciones, sin pensar en hacer frente al enemigo, desarmados y desnudos, pues ni tiempo habian tenido para embrazar sus rodelas. Turbado, confuso y sin saber qué partido tomar, hizo Agramante que le pusieran la coraza, cuando se presentaron Falsiron, su hijo Grandonio, Balugante y los demás capitanes, participándole el peligro que corria de quedar muerto ó prisionero; añadiendo que, si lograba salvar su persona, bien podia decir que le era propicia la suerte. Esta fué la opinion unánime de Marsilio, Sobrino y todos los demás jefes sarracenos; los cuales aseguraron al monarca que su ruina no pendia más que de la llegada de Reinaldo, el cual avanzaba rápidamente, y que si esperaba á que viniese el Paladin con toda su gente, podia tener por cierto que él y sus amigos perderian la vida ó serian hechos prisioneros por el enemigo. Aconsejáronle en tan apurado trance que reuniera los escasos restos de su ejército, y se retirara con ellos á Arlés ó Narbona, plazas fuertes ambas y capaces demantener un sitio prolongado: de este modo lograria dos cosas: poner en salvo su persona, y vengar tarde ó temprano aquella afrenta, rehaciendo de una vez sus tropas, que tomando nuevamente la ofensiva, conseguirian á no dudarlo aniquilar á las de Carlomagno.
Agramante aceptó el parecer unánime de sus capitanes, por más que lo creyese muy duro, y emprendió la retirada hácia Arlés, marchando, ó mejor dicho, volando por el camino que más seguro le pareció, favorecido en su fuga por las tinieblas nocturnas y por los excelentes guias que llevaba. Entre españoles y africanos, apenas pudieron escapar veinte mil hombres de la bien urdida emboscada de Reinaldo. El que pudiera contar los infieles que acuchilló el Paladin, los que degollaron sus hermanos y los dos hijos del señor de Viena, los que mordieron el polvo á los golpes de los setecientos hombres de armas de Reinaldo, y los que, en su desatentada fuga, se ahogaron en el Sena, contaria tambien las hojas que esparcen Favonio y Flora en el mes de Abril.
Hay quien supone que á Malagigo se debió en gran parte aquella victoria nocturna, no porque hubiese cortado muchas cabezas, ni enrojecido el campo con la sangre de sus enemigos, sino porque con el poder de su arte hizo que saliera de las profundas cavernas del Tártaro una inmensa multitud de espíritus infernales con tantas banderas y tantas lanzas, que en toda la extension de la Francia no podria colocarse otro ejército igual al que formaron. Supónese tambien que hizo resonar tantos clarines, tantos tambores y tan discordantes ruidos, tantos relinchos de caballos, tantos gritos y tal tumulto y confusion, que sus ecos vibraron en las llanuras, montes y valles de las comarcas más lejanas, infundiendo de este modo un pánico irresistible en losmoros, que no pudieron menos de buscar su salvacion en la fuga.
No olvidó el Rey de África á Rugiero, que continuaba enfermo de gravedad á consecuencia de sus heridas; hizo que le colocaran lo más cómodamente posible en un corcel de suave andadura, y cuando llegó á un sitio en que ya no habia peligro, lo mandó trasladar á una nave que le condujo hasta Arlés, en cuya ciudad debia reunirse todo su ejército. Los que á Reinaldo y á Carlomagno volvieron las espaldas (cien mil, ó poco menos, segun creo), procuraron escapar de manos de los franceses, dispersándose por los campos, los bosques, los montes y los valles; pero la mayor parte de ellos encontró el paso interceptado, y enrojeció con su sangre lo que era verde y blanco.
No corrió igual suerte el rey de Sericania, cuya tienda estaba bastante apartada del campamento. Al llegar á su noticia que el señor de Montalban era el que atacaba á sus amigos, inundó tal júbilo su corazon, que se entregó á los más vivos arrebatos de alegría, dando gracias á su Dios por haberle proporcionado aquella noche la deseada ocasion de conquistar á Bayardo, aquel incomparable corcel. Creo haberos dicho ya en otra parte, que el rey Gradasso habia anhelado durante largo tiempo dos cosas: ceñir la excelente Durindana, y cabalgar en el sin par Bayardo. Con este objeto pasó á Francia á la cabeza de un ejército de cien mil hombres, y habia desafiado á Reinaldo para disputarle la posesion de su caballo, acudiendo á la orilla del mar donde esperaba efectuar la pelea; pero Malagigo echó por tierra sus planes, haciendo que su primo se alejara á pesar suyo de aquellas costas á bordo de un bajel. Seria prolijo referir esta historia; pero sí debo hacer constar que desde entonces tuvo Gradasso por cobarde y vil al esforzado Paladin. Por este motivo se alegró tanto el Sericanio al oir que Reinaldo era quien atacaba el campamento sarraceno. Púsose sin demora sus armas, montó en su alfana, y se dirigió en busca del señor de Montalban á través de la oscuridad. Fué tendiendo á sus piés sin vida á cuantos encontraba: sin cuidarse de si los que le salian al paso eran soldados franceses ó africanos, vibraba indistintamente contra ellos su temible lanza. Recorriendo el campo en todas direcciones, cuidaba tan solo de buscar á Reinaldo, llamándole muchas veces por su nombre con estentórea voz: poco á poco se fué acercando al sitio en que eran más espesos los cadáveres de los combatientes, hasta que al fin logró hallarse frente á frente con el Paladin, y del primer choque volaron sus lanzas hechas astillas hasta el estrellado carro de la noche.
Cuando Gradasso conoció al Paladin, no por que viera en él enseña alguna, sino por sus horribles golpes, y por Bayardo que parecia dueño absoluto del campo, no tardó en echarle en cara lo indignamente que en otro tiempo faltó á su palabra, dejando de presentarse en el terreno el dia en que debia batirse con él.
—Esperabas sin duda, añadió, que porque entonces pudiste escapar de mis manos, no volveríamos á encontrarnos nunca: bien ves ahora que tus esperanzas han quedado defraudadas. Debes estar persuadido de que, aun cuando te ocultaras en las profundidades de la laguna Estigia ó te remontaras hasta el cielo, lo mismo te seguiria á través de las tinieblas eternas, que á través de la luz celestial, mientras conservaras en tu poder ese caballo. Si tu corazon no te proporciona el ánimo suficiente para contrarestarme; si estás convencido de que no puedes igualarte á mí, y prefieres la vida al honor, fácilmente puedes salvarla, con talque me entregues en paz tu palafren. De este modo podrás vivir, ya que te es tan cara la vida; pero vivirás á pié, porque serás indigno de montar á caballo, ya que tan mal cumples con las reglas de caballería.
Riciardeto y Guido el Salvaje estaban presentes cuando el Sarraceno dirigió los anteriores reproches al Paladin, é irritados al ver tanta insolencia, desenvainaron á un tiempo sus aceros para castigarle por ella; mas Reinaldo se opuso á su resolucion, y no toleró que se infiriese el menor ultrage á Gradasso, exclamando:
—¿Por ventura, no soy yo solo suficiente para escarmentar al que se atreve á ultrajarme?
Dirigiéndose despues hácia el Pagano, añadió:
—Escucha, Gradasso: quiero ante todo probarte, si me prestas atencion, que fuí á la playa con objeto de llevar á cabo nuestro combate, despues de lo cual sostendré con las armas en la mano la verdad de mis palabras: por de pronto te diré, que mientes como un villano al acusarme de haber faltado á las reglas de caballería. Ruégote, sin embargo, que antes de empezar esta nueva lucha, dés oidos á mi legítima y verdadera excusa, á fin de que no vuelvas á dirijirme injustas reconvenciones: en seguida disputaremos á pié la posesion de Bayardo, frente á frente, y en sitio apartado, tal como en tu primer desafío deseaste.
El rey de Sericania era cortés, como suelen serlo todos los que tienen un corazon magnánimo, y accedió á oir las excusas del Paladin. Encaminóse con él á la orilla del rio, donde Reinaldo, en breves frases, expuso claramente los motivos de su ausencia, poniendo al cielo por testigo de la veracidad de sus asertos: llamó despues al hijo de Buovo, el único que estaba completamente informado de todas las circunstancias que para aquella mediaron, el cual explicó,sin añadir ni quitar una sílaba, el encanto de que se habia valido para impedir la realizacion del combate.
—Lo que acabo de probarte por medio de testigos, concluyó diciendo al Paladin, quiero demostrártelo tambien con las armas, y espero que ellas te servirán de testimonio más convincente en este mismo momento ó cuando te plazca.
El rey Gradasso, que no queria dejar por la segunda su primera querella, escuchó tranquilamente las disculpas de Reinaldo, aunque dudando si eran falsas ó verdaderas. Designaron para teatro de su segundo combate, no ya la playa de Barcelona, donde debió efectuarse el primero, sino una llanura regada por una fuente cercana, á la que convinieron en acudir á la mañana siguiente. Reinaldo prometió llevar allí su caballo, que seria colocado á igual distancia de ambos contendientes, con la condicion de que si el Rey mataba al Paladin, ó le hacia prisionero, quedaba el corcel por suyo; pero si Gradasso resultaba muerto, ó se entregaba á su adversario, Durindana pasaria á poder de este. Segun dije antes, Reinaldo habia oido de los lábios de Flor-de-lis, con gran asombro y mayor desconsuelo, que su primo habia perdido la razon, así como la contienda que se suscitó despues por causa de sus armas, y finalmente que Gradasso logró quedarse con aquel acero que tantos laureles proporcionara á Orlando.
Una vez puestos de acuerdo, volvió el rey de Sericania á reunirse con sus escuderos, á pesar de que el Paladin le dirigió las más vivas instancias para que aceptara su hospitalidad. Apenas despuntó el alba, armóse el Rey pagano: Reinaldo hizo otro tanto, y ambos llegaron simultáneamente cerca de la fuente, donde debia decidirse quién seria el dueño de Bayardo y Durindana. Los amigos de Reinaldoparecian temerosos por el éxito del combate que debia llevarse á cabo sin testigos entre este y Gradasso, y de antemano se lamentaban de la decision del Paladin: Gradasso unia á su extraordinaria sagacidad una audacia y un vigor incomparables, y como además, á la sazon ceñía la espada del hijo del gran Milon, su temor por Reinaldo era hasta cierto punto natural. Pero á quien tenia especialmente inquieto y desasosegado aquel desafío, era al hermano de Viviano, que de buena gana hubiera hecho lo posible por dejarlo sin efecto; mas no se atrevió á arrostrar por segunda vez el enojo y la cólera que le habia demostrado su primo, cuando impidió que se realizara el primer combate arrebatando al Paladin á bordo de una nave.
Mientras que todos estaban temerosos, inquietos y angustiados, Reinaldo se alejó alegre y tranquilo esperando librarse del baldon que una sospecha injuriosa habia hecho recaer sobre él, para sellar eternamente los lábios de los señores de Hautefeuille y Poitiers. Caminaba, pues, con celeridad, seguro y confiado en alcanzar los honores del triunfo. Cuando Reinaldo por un lado y Gradasso por otro llegaron casi al mismo tiempo junto á la cristalina fuente, se saludaron con suma cortesía, y se trataron con tan amistosa cordialidad cual si les unieran los estrechos vínculos del cariño y de la sangre. Creo oportuno dejar para otra ocasion el relato del combate que se siguió entre ambos.
Mientras Bradamante esperaba á Rugiero, recibe noticias que le oprimen el corazon. Dícenle que Marfisa ha conquistado su amor, por lo cual se entrega al dolor y al llanto.—Aléjase enteramente sola de Montalban para dar muerte á Marfisa, y en el camino encuentra á Ulania con tres reyes, á los que desafía y vence.
Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asaltó la imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y á decir verdad, aunque os lo habia prometido, se me olvidó despues); de una sospecha mucho más desagradable y cruel que la primera, y tambien más aguda y emponzoñada que la que le atravesó el corazon con su acerado dardo, á consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme de ella y empecé, sin embargo, á hablar de otra cosa, por haberse interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me dió bastante qué hacer, cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando así de uno á otro asunto, resultó que me olvidé de Bradamante; pero ya que ahora he refrescado mi memoria, seguiré mi interrumpido relato antes de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de proseguir, os diré algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba en reunir en Arlés el resto de las tropas que habian podido librarse de la matanza nocturna.
La ciudad de Arlés era un lugar muy á propósito para servir de punto de reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de víveres, teniendo la España próxima, elÁfrica en frente, y bañándola un rio que desemboca en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos los hombres de sus estados aptos para el combate, así infantes como ginetes, y dispuso además que se armaran en Barcelona, de grado ó por fuerza, todos los buques á propósito para sostener una batalla naval. Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones á todas las ciudades de África. A fin de obtener, aunque en vano, de Rodomonte que regresara á su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometiéndole en dote el hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se negó á alejarse del puente, donde habia vencido á cuantos caballeros llegaron al peligroso paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi desaparecia bajo ellos.
Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian quedado muertas, prisioneras ó fugitivas, y que él mismo se habia visto en la dura necesidad de retirarse á Arlés con los escasos restos de su ejército, sin esperar otro aviso, acudió presurosa á su lado para prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llevó consigo á Brunel, y se lo restituyó sano y salvo al monarca, despues de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento á otro; pero como la guerrera vió que nadie abrazaba su defensa ni lo reclamaba, le devolvió la libertad por no manchar sus manos con sangre tan ruin y despreciable. Perdonóle, pues, todas sus antiguas injurias, y le llevó consigo á Arlés, ofreciéndolo á Agramante. Fácilmente supondreis el júbilo que al monarca causaria el inesperado auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran estimacion que de él hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba más terminante, y dió órden de que le impusieran el mismo suplicio con que le habia amenazado la guerra: Brunel fué ahorcado, y su cadáver, abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvió de pasto á los cuervos y á los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese enfermo y no pudiera interceder por el ladron, ó quitarle del cuello el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya se habia llevado á cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereció abandonado de todos.
Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian los siete dias, término fijado para que Rugiero regresara á su lado y abrazase la verdadera fé: su impaciencia solo era comparable á la de los que gimen en la esclavitud ó en el destierro, los cuales creen que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad ó han de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria querida. Más de una vez pensó, en medio de su abrumadora espectacion, que Eton ó Pirous[43]se habrian quedado cojos, ó que las ruedas del carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho más tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia más largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de fé santa, produjo un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche más prolongada que aquella en que Hércules fué concebido[45].¡Ah! ¡Cuántas veces envidió la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soñolientos! Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueño con su grata voz; pero no solo no le era posible hacerlo así, sino que ni siquiera lograba conciliar el sueño por lo menos una hora cada noche. Agitábase continuamente en el lecho; huia de ella el reposo; á cada momento se levantaba á abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba á esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas á los primeros albores del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.
Cuando solo faltaban tres ó cuatro dias para que expirara el plazo, aguardaba llena de esperanza á cada momento que se presentara un mensajero diciéndole: «Ya está aquí Rugiero.» Subia con frecuencia á una elevada torre, desde la que se descubrian á lo lejos los bosques, los campos y el camino que conducia de París á Montalban. Si veia brillar una armadura, ó divisaba á alguno que por su aspecto le pareciera un caballero, creia conocer en él á su deseado Rugiero, y se despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte á pié ó desarmado, creia ver en él al mensajero de su esperanza; y aun cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducíanse en ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.
Esperando encontrarle, cubríase algunas veces con sus armas, bajaba del monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia que habria llegado ya á Montalban por otro camino, y entonces regresaba al castillo con la misma ansiedad con que de él habia salido, sufriendo una nueva decepcion. De este modo pasó dias y dias á cual más tristes, y entre tanto expiró el plazo tan esperado por ella. Pero transcurrió otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver á su esposo ni recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en desesperacion, prorumpió en quejas tales, que hubieran sido capaces de enternecer á las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros infernales; se golpeó el seno y se mesó los dorados cabellos.
—¿Será posible, exclamaba, que me vea obligada á perseguir con mi amor al ingrato que huye y se aparta de mí? ¿Habré de adorar al que me desdeña? ¿Debo suplicar al que se muestra sordo á mis quejas? ¿He de tolerar que reine en mi corazon el que así me ódia, al que tan envanecido está de sí mismo, que solo una diosa inmortal descendida del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? ¡Ay! ¡Harto sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido está de que por él padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme á que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lágrimas y oir el relato de mi contínuo sufrimiento, que bastaria para obligarle á ceder en su proterva tenacidad, y se oculta de mí, como puede ocultarse el áspid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos armoniosos. Amor, deten por piedad á ese rebelde, que huye libre y velozmente de mi lenta persecucion, ó vuélveme al felizestado del que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por tí ni por nadie. Pero ¡cuán necia soy al confiar en tí! Demasiado sé que no te ablandan los ruegos ni las súplicas, y que te deleitas, ó más bien que vives y te alimentas tan solo de las lágrimas que haces brotar á raudales de los ojos de tus víctimas. Mas ¡ah! ¡Desgraciada! ¿A quién he de acusar sino á mi insensata pasion, que me remonta á tanta altura á través de los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo á la Tierra? ¡Y si á lo menos concluyeran aquí mis males!... Pero no; es forzoso que mi pasion vuelva á remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, ¿no debo culpar más bien á mi propia insensatez, que me obligó á darle entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre él, que ha arrancado á la razon de su asiento, viéndome ya sin fuerza para resistir á su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla, aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que bajaré pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos mi martirio.—Pero ¿por qué me acrimino de este modo? ¿En qué ha consistido mi falta sino en amarle? ¿Y es esto de extrañar cuando su hermosura se apoderó de improviso de mis sentidos, dominados por la debilidad natural de mi sexo? ¿Por qué habia de resistir y defenderme de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas frases? ¡Ah! ¡Cuán desgraciado es el que se niega á ver la luz del Sol! Y además de que así lo quiso mi destino, ¿no consiguieron vencer mi resistencia otras palabras dignas de crédito? ¿No se me pintó con los colores más vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si susconsejos fueron engañosos, deberé lamentarme de su falacia, pero no dejar de amar á Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y me quejaré eternamente; pues si hicieron que los espíritus infernales me ofrecieran á la vista los descendientes de mi estirpe, fué tan solo para tenerme en una esclavitud perpétua por medio de una esperanza engañosa, aun cuando no comprendo la razon que les instigó á obrar así, como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila felicidad.
Tanto abrumaba el dolor á Bradamante, que hacia inaccesible su corazon á todo consuelo; y sin embargo, á pesar de su intensidad, no pudo impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza, trayendo á su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo á los contrarios afectos que á la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el regreso de su amante con más resignacion. Esta esperanza la sostuvo por espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias, é hizo más llevadera su cruel y continuada angustia.
Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde esperaba que vendria Rugiero, llegó á sus oidos una noticia que disipó la débil esperanza que aun la sostenia. Encontró casualmente á un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde habia permanecido prisionero desde el dia en que se dió la gran batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre diferentes asuntos, Bradamante entró de lleno en la cuestion, causa de su constante inquietud, y le pidió noticias de Rugiero, limitando á él desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministró las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de cuantohabia ocurrido en la corte de Agramante, y le describió el combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el Tártaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor salió tan mal herido, que permaneció más de un mes postrado en el lecho, inspirando su vida sérios temores. Si el caballero hubiese terminado aquí su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar á Rugiero; mas luego añadió que se encontraba en el campo africano una doncella llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo de las armas, la cual amaba á Rugiero de quien era correspondida, en términos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban en la persuasion de que se habian prometido eterna fé, y de que, en cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian públicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y príncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro, y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la más esforzada que jamás hubiese existido.
Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la version más acreditada y unánime en el campamento africano, y tal lo que públicamente se decia. Dieron orígen á estos rumores las repetidas muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena ó mala, se complace en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de los moros y de vérseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto esta sospecha, que tomó mayor incremento al observarse que, habiéndose ausentado Marfisa llevando consigo á Brunel, como ya he dicho, regresó sin que nadie la llamara, solo por ver á Rugiero. Unicamente por visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor, habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia á su lado durante el dia, y se separaba de él al hacerse de noche, dando con su conducta mucho que hablar á los sarracenos; pues suponiéndola todos tan altiva y desdeñosa, que apenas encontraba un caballero digno de aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.
Luego que el Gascon terminó su relato, asegurando á Bradamante que era la historia fiel de lo ocurrido, apoderóse de la doncella tanta pena y tan cruel desesperacion, que estuvo próxima á caer del caballo. Volvió riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de furiosos celos, y regresó á su castillo furibunda y sin el menor resto de esperanza. Armada como estaba se dejó caer en el lecho, apoyando su rostro y sus lábios en las almohadas, á fin de ahogar el rumor de los sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las palabras del caballero Gascon, cayó en tal desaliento y dolor, que no le fué posible contenerlo, y se vió obligada á exhalarlo de esta suerte:
—¡Ay mísera de mí! ¿A quién podré dar crédito en lo sucesivo? Fuerza será decir que todos los hombres son pérfidos y crueles, si lo eres tambien tú, Rugiero mio, ¡á quien yo creia tan tierno y tan leal! ¿Se vió nunca una crueldad, una traicion más odiosa? ¡Cualquiera otra es insignificante, si se compara con el pago que has dado á los beneficios que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse á tí en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en bizarría, ¿por qué no añades, Rugiero, á tan ilustres y virtuosas dotes, la de la constancia? ¿Por qué no se ha de decir tambien que es inviolable tu firmeza y tulealtad, esa virtud ante la cual ceden todas las demás? ¿Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe, pierden todo su esplendor el valor más heróico y las proezas más brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por hermoso que sea? Harto fácil te fué engañar á una doncella de quien eres señor, árbitro y dios, y á la que podias haber hecho creer con tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si así te lo hubieses propuesto. ¡Pérfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte á la que tanto te ama, ¿qué cosa habrá capaz de hacerte sentir remordimientos? Si la falta de fé y lealtad es para tí una cosa tan leve ¿qué otro peso podrá oprimir tu corazon? ¿Qué suplicios guardas para los que te aborrecen, cuando á mí, que tanto te amo, me haces sufrir estos tormentos? ¡Ah! ¡Si no consigo una pronta venganza, afirmaré que en el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fué precipitado el más hermoso de los ángeles desde el Cielo á los profundos Infiernos, y si todo crímen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo, ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de otro vicio más infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque habiéndote entregado á mí, te me has sustraido contra toda razon y justicia. ¡Restitúyeme tu corazon, impío, pues harto sabes que no hay salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas, para poner término de una vez á mis torturas y sufrimientos, puedo y quiero arrancarme la existencia. Un solo pesar me atormenta: el de no morir poseyendo tu cariño; pues si los dioses me hubiesen concedido la gracia de exhalar el último suspiro cuando me amabas, jamás muerte alguna fuera tan agradable.
Al decir estas palabras, saltó del lecho dispuesta á morir, y arrebatada por la cólera, dirigió contra su corazon la punta de la espada; pero la armadura que llevaba impidió la realizacion de su criminal propósito. Entonces se abrió paso en su turbada mente una idea más digna, y deslizó en su corazon estas palabras:—«¡Oh! doncella nacida de una estirpe esclarecida: ¿por qué intentas poner fin á tus dias de un modo tan innoble y bochornoso? ¿No vale más, acaso, que te lances en medio de los combates, donde á todas horas se puede encontrar una muerte gloriosa? Podrá muy bien suceder que expires á la vista de Rugiero, que tal vez derramará algunas lágrimas á tu memoria; y si llegases á sucumbir bajo sus golpes, ¿qué otra muerte más apetecible podrias esperar? Razon será que el mismo Rugiero te arranque la vida, ya que es causa de que vivas en un perpétuo tormento. Podrá tambien suceder que, antes de morir, encuentres una ocasion oportuna para vengarte de aquella Marfisa, que con sus pérfidos y deshonestos amores te ha conducido al borde de la tumba, privándote de tu Rugiero.»
Estas reflexiones parecieron mejores y más razonables á la guerrera, y en seguida añadió á sus armas una divisa, que era el emblema de su desesperacion y de sus deseos de morir. Su sobrevesta era del color amarillento que toman las hojas cuando las han arrancado de sus ramas, ó cuando al árbol que las hojas sostenia llega á faltarle la sávia que le daba vida: en la orla estaba recamada de troncos de ciprés, cual si estuviera marchito despues de haber sentido el filo de la dura hacha. Con este traje, tan adecuado á su dolor, saltósobre el caballo que solia montar Astolfo, y cogió aquella lanza de oro, cuyo solo contacto bastaba para lanzar de la silla á los caballeros más valientes. No creo necesario repetir ahora por qué, dónde ni cuándo se la entregó Astolfo, ni de qué modo habia pasado á manos del duque inglés. Bradamante se armó con ella, ignorando, sin embargo, su prodigiosa propiedad.